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viernes, 20 de mayo de 2022

LA MATERIA

 

 

MATERIA  

 


            Este artículo está dirigido a los especialistas; pido perdón a quienes me leen habitualmente; después de este paréntesis volveremos con la filosofía literaria la semana próxima.

 

            En física se llama materia lo que, siendo fuente de fuerza, se mueve y ocupa un lugar en el espacio. A la característica de ocupar un lugar en el espacio Descartes la llamó inercia; la materia era, para él, extensión, es decir lo que está ahí y no se mueve si no es empujado por nada. Es inerte todo lo que tiende a quedarse como está, a menos que venga algo a cambiarlo. Una piedra es inerte porque no se mueve sola.

            A los tipos o clases de materia los llamamos sustancias. El vino, el agua, el cloro son sustancias distintas. También el uranio lo es. Ahora bien, el uranio es una sustancia radiactiva; es activa, y por tanto no podemos decir que sea inerte. Pero es que todas las demás sustancias son activas: tienen actividad eléctrica que las empuja a ser estables hasta convertirse en sustancias inertes, como los gases nobles.

            Si todas las sustancias se mueven (unas, por radiactividad, otras, por electricidad), eso quiere decir que, en tanto que materia, no son inertes; son extensión, sí, porque están en el espacio, pero se mueven por sí solas; no necesitan que nada choque contra ellas para entrar en movimiento; el movimiento y la actividad son, junto con la extensión, dos características de la materia. Extensión: están en un lugar. Movimiento: cambian de lugar. Acción: la causa del cambio es una fuerza que está dentro de ella. Fuerza: principio activo que contiene la materia. Cuando queremos definir la fuerza resulta imposible, puesto que entramos en un círculo vicioso: la fuerza es principio de acción y la acción es el efecto de una fuerza.

            Si definimos el movimiento como un cambio de lugar, sólo la materia se mueve. Pero si lo definimos como un cambio de estado podemos decir que las cosas inmateriales (como el espíritu) también se mueven.

            Un lugar es una porción del espacio, un trozo de vacío. Llamamos espacio al vacío que es apto para ser ocupado por la materia; al vacío que no pude serlo lo llamamos nada. El vacío, pues, no es la nada, puesto que la nada es inercia sin forma y sin energía, sin fuerza.

            Entonces tendremos que definir la materia como lo que está lleno, no como lo que es inactivo o inerte. Habría que suponer que el principio universal sería energía, fuente de fuerza, y eso es lo que llamaríamos ser. Es ser lo que contiene energía activa y a lo que contiene energía pasiva lo llamamos la nada (si es energía destructiva) y el espacio (si es energía conservadora). A lo que es coordinación, encaje o concordancia entre el ser y el espacio lo llamamos materia, pero hay un tipo de ser que existe fuera del espacio: lo llamamos alma; el alma viene a ser, entonces, la energía de la que están hechos el ser y el espacio; la nada es un ser desalmado, sin capacidad, sin fuerza, sin energía. 



            En el principio era la acción: el ser. La acción es el alma del mundo (alma afirmada) y la muerte del alma es la nada (alma negada). Si el alma cósmica, que en principio está llena de energía, llega a vaciarse, se convertiría en nada. El alma es un ser dentro de un espacio inmaterial, que la contiene. Cuando este espacio anula la capacidad de acción del ser lo convierte en materia, y entonces es extensión; la materia es extensión, si no inerte, sí al menos extensión que tiende a la inercia, como el uranio tiende a perder radiactividad al término de su periodo de radiación; o como cualquier sustancia tiende a perder actividad eléctrica adquiriendo la estructura de los gases nobles.

            El ser se fragmenta en el espacio: esos trozos son las partículas (partes pequeñas) que se dividen  hasta el infinito. Las partículas forman corpúsculos (cuerpos pequeños), a algunos de los cuales los llamamos átomos (que no se pueden dividir sin dejar de serlo).

            Energía. Energía que se afirma: el ser. Energía que se niega: la nada. Conjunción de ser y nada, afirmación y negación yuxtapuestas, sin mezclarse, sin combinarse: materia y espacio. El ser sin la nada: el alma (que, por lo tanto, no está rodeada por el espacio aunque dentro de ella sí haya espacios: espacios de ser, no trozos de vacío inerte; lo propio del ser, incluso en sus espacios, es la energía que contiene).

            Afirmar algo sería algo así como admitir que ese algo está despierto, tiene conciencia; negarlo sería suponer que está dormido o inconsciente. El inconsciente será la nada del ser. Pero el alma, que es un ser sin espacio material, contiene reflejos del sueño y es el inconsciente no material que podemos concebir como la sombra de la nada, que es el inconsciente absoluto. La nada es el inconsciente que no conoce. Los fantasmas son los inconscientes del alma cuando piensa de modo nebuloso, si consideramos la niebla como el vuelo de la nada reflejado en la conciencia del ser; así, el ser se piensa a sí mismo (y es pensamiento claro: pensamiento de luz) o piensa en la nada que no es (y es pensamiento nebuloso).

            En otras palabras: la falta de conciencia no debería llamarse, en rigor, inconsciencia sino falta de conciencia: la inconsciencia (más valdría llamarlo subconsciente) sería una conciencia dentro de la conciencia, una conciencia velada: in(dentro)–consciencia; o conciencia debajo (sub) de la conciencia. La nada no conoce, y no-conciencia sería más bien aconciencia (“a” es la partícula negativa).

 


 

viernes, 31 de diciembre de 2021

DE LA EDUCACIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA

 

DE LA EDUCACIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA   

 


            Mi hijo ha sacado un sobresaliente. Pero no en educación física ni en plástica ni en música, no… ¡En matemáticas! ¡En física, en biología, en lengua! En las cosas que importan de verdad. Mi hijo es un genio.

            Estos padres no saben lo que dicen. Querrían que su hijo fuera un cerebro sin cuerpo, sin alma, sin sentimientos. Su hijo podría ser –pero ellos no se dan cuenta- un cerebro conectado a una pila que sólo vale para calcular. El niño que saca sobresaliente sólo en las cosas del pensar no es más que una computadora conectada a la luz; que nos digan esos padres qué les parecería que su hijo les hablara con la cara convertida en teclado, un circuito donde tiene la cabeza y una memoria electrónica donde tiene los recuerdos.

 


            Mi hijo ha sacado sobresaliente en educación física. Tiene un cuerpo de Hércules, una fuerza impresionante, nadie puede con él y gana todos los partidos. Eso sí, suspenso en matemáticas, en física, en biología, en música, en plástica, en historia, en literatura, no sabe nada de nada pero… mira qué cuerpo tiene.

            Estos padres no se dan cuenta de que su hijo es un cuerpo sin cerebro, sin mundo y sin corazón, que no sabe disfrutar con nada que no sea el cuerpo ni le interesa el arte, la música, la literatura, la historia y la ciencia; ese chico podría ser un cuerpo sin cabeza. ¿Qué pensarían esos padres si vieran así a su hijo?

 


            Mi hijo ha aprendido un buen oficio. Va a ganar salarios estupendos y lo van a llamar de todas partes y no vivirá más que para el trabajo; cuando uno vive para trabajar no sabe trabajar para vivir.

            Ese chico no sabría pensar, con los demás haría el ridículo, no sabría qué hacer en las fiestas y sería un alfeñique; ni sabría hacer ejercicio físico, ni sabría bailar ni relacionarse con las chicas, sus padres lo tendrían metido en casa y sería un inadaptado; eso sí, ganaría un buen sueldo.

 


            Mi hijo tiene un montón de amigos, lo llaman a todas partes y todos le quieren; qué pena que no sepa nada de nada, ni siquiera sepa pensar y no tenga oficio ni beneficio; ni tampoco conozca las historias de su país, ni las mejores obras de arte, ni tenga maña para pintar ni tampoco sepa sentir la música.

            Ese chico será una máquina de hacer amigos. Sin cuerpo y sin cabeza, sin corazón y, si me apuras, sin cuerpo; sabrá posar allí donde vaya, será un hombre de éxito y siempre será un figurín.

 


            Mi hijo es inteligente, tiene cuerpo de atleta, sabe un montón de cosas, tiene un buen oficio y no le faltan amigos; ay, pero no tiene corazón.

            Ese chico será un pensador cruel con un cuerpo bruto, tendrá una cultura apabullante y dominará el oficio; ay, pero será frio, maquiavélico y calculador, ese chico tal vez sea un asesino.

 


            A los chicos no puede faltarles ni cabeza ni cuerpo ni cultura ni amigos, ni puede faltarles corazón ni oficio. No tener más que cabeza es quedar convertido en máquina. No tener más que cuerpo es vivir esclavo del gimnasio, del abuso de sustancias vigorizantes, de la vigorexia; el cuerpo debe desarrollarse en contacto con la cabeza porque ya lo dice el refrán: mens sana corpore sano. No tener más que oficio es condenarse a ser un engranaje de la sociedad, sin libertad ni vida propia. No tener más que amigos es olvidarse de que la vida social no puede darse si no tenemos nada en el corazón, el cuerpo, el trabajo o la cabeza.

            Nuestros hijos no pueden ser como Mister Spock: pensamiento que no siente. Ni como Pinocho: sentimiento que no piensa. Ni tampoco como Hitler: el pensamiento de un corazón enfermo. Ni como Fausto: una mente brillante que vive aislada en su soledad, sin atreverse a salir a la calle. Una persona es un corazón, una cabeza, un cuerpo, un ser social y un oficio, esas cinco cosas juntas conforman el desarrollo integro de la persona. La educación del cuerpo está al servicio de la persona, lo mismo que la del corazón y la cabeza, y si falta alguna de esas cosas el equilibro estará cojo. La sexualidad sin amistad es violación; el ejercicio físico sin cabeza da siempre en el exceso; en el deporte que quiere ganar a toda costa aunque en el camino nos dejemos el corazón, porque nos falle; quien sólo tiene amigos y está vacío por dentro no es más que un presuntuoso, un figurín, un escaparate. Y para no ser ni violador ni imprudente ni estafador, ni maquiavélico ni ignorante ni un figurín en el escaparate: para no ser ninguna de esas cosas, ha de ser completa la educación; no hay que dejar pasar unas para favorecer a otras porque las consideremos de mayor trascendencia: todos los aspectos de la persona son igualmente importantes; y aunque faltara uno solo ya estaría roto el equilibrio, porque tendríamos al discípulo abandonando la fortaleza, convertida ya en una persona frágil. He aquí las cosas en las que debe pensar un buen maestro.

 


viernes, 3 de septiembre de 2021

EL ESPÍRITU Y LA ESPERANZA

 

 

VARIA (4)

 


1. Espíritu.  

 

            La palabra latina “spiritus” está relacionada con “spirare”, que quiere decir “respirar”. También la palabra “alma” deriva del latín “anima”, que está relacionada con el vocablo griego “anemós” (viento), y significa también “respirar”; lo mismo que “psyché” (de donde viene “psicología”), que quiere decir “soplo”. Tanto “alma” como “espíritu” empezaron significando “respiración” y acabaron significando “vida”, “movimiento”, “ánimo”, “animación”. Tener ánimo es tener carácter, energía, fuerza de voluntad, y frenesí es el movimiento apasionado que procede del soplo vital.

            Mi propuesta es la siguiente: que “alma” signifique capacidad de pensar y sentir y “espíritu” signifique pensamientos y sentimientos que se han desarrollado a lo largo de una vida (y no sólo facultad de ser valorada por sus hechos). Si el alma fuera el corazón, el espíritu sería su historia sentimental, pero también su manera de amar; si fuera la inteligencia, su espíritu serían sus pensamientos y su forma de pensar (paralela a su forma de amar); y si el alma fuera el carácter, el espíritu serían las decisiones tomadas y su forma de decidir. Así podemos distinguir entre el alma y el espíritu de una persona, de un pueblo, de una comunidad.

 

2. Esperanza.  

 

            La espera es cuando alguien ha prometido volver. La esperanza es cuando confiamos en el regreso de alguien que no nos ha asegurado que volvería. La espera es cuando prestamos atención a un regreso casi seguro, muchas veces anunciado. Esperanza es prestar atención a una llegada, anunciada o no, que estamos deseando que se produzca pero de la que no estamos seguros. El viajero espera el tren de las doce. El enamorado espera que su amor no lo defraude. El paciente espera en la consulta del médico. De quien se ha prometido se espera que cumpla su promesa. El madrugador espera que la tienda abra a las ocho. Quien ha prestado un dinero espera que se lo devuelven. Quien ha sido citado espera que el reloj corra hasta la hora prevista. Quien ha hecho un buen examen espera que el profesor le ponga una buena nota.

            Uno espera que se cumpla aquello en que confía. Confiar es fiarse, fiarse es creer en negativo; creer que no nos van a hacer daño. Confiar es algo más, es creer en positivo; estar seguro de que alguien sólo puede ser bueno con nosotros. La esperanza se cimenta en la fe, y fe es creer en alguien o en algo; no es posible esperar que se produzca aquello en lo que no se cree.

 


 

 

viernes, 9 de julio de 2021

PENSAMIENTOS

 

 

PENSAMIENTOS

 


1. La muerte.

 

            Morir es dejar de sentir. Si no sentimos lo malo no podemos sufrir. Si no sentimos lo bueno no podemos disfrutar. Y si no sentimos que nos falta lo bueno tampoco podemos sufrir por lo que hemos dejado de disfrutar. Sufrir. En ningún caso la muerte puede ser motivo para el dolor.

 

2. El alma.

 

            El alma es el origen del movimiento. La diferencia entre un ser vivo y un cadáver es que uno se mueve y el otro no. Se podrán mover las partes del cadáver como moléculas y células, pero el cuerpo, como tal cuerpo, ya nunca se moverá.

 

3. Dios.

 

            Sentimos hambre porque tenemos aparato digestivo; un átomo, que no lo tiene, nunca tendría ganas de comer. Si sentimos a dios es porque tenemos el vacío de dios; si no lo tuviéramos no lo sentiríamos, como una piedra, una planta o un murciélago no pueden tener nostalgia de dios. Pero ese vacío ¿cómo es que lo tenemos? ¿De dónde nos viene ese anhelo si no es por la inercia de vivir? Todos los seres tienden a seguir viviendo, la vida es una inercia que nos empuja a no dejar de vivir. Esa inercia que huye de la muerte busca, inventándose lo divino, vivir soñando en la inmortalidad.

 

4. El amor.  

 

            Sentimos hambre porque necesitamos que nos quieran. En ese anhelo de ser queridos por seres que necesitan que los queramos es lo que nos convierte en seres enamorados, y esa naturaleza enamorada la tenemos clavada en el alma: es el corazón.

 

5. La admiración.

 

            Nos admiramos de las cosas porque queremos que nos admiren. Necesitamos una mirada que nos diga no sólo que estamos bien hechos, sino que las cosas que hemos hecho las estamos haciendo bien. Si no nos maravillara el mundo; si no necesitáramos que nos admiraran, no podríamos decir que somos, en nuestra naturaleza, muerte, alma, aliento divino y admiración; el amor vence a la muerte y el alma, que palpita, le exige a la inteligencia que no deje de volar; de alimentar los anhelos de esos seres enamorados que no dejan de maravillarse porque tienen razón: y en la razón tienen el corazón.

 


 

 

viernes, 25 de junio de 2021

 

 

MISCELÁNEA (1)

 


1. Los esclavos de Miguel Ángel.  

 

            El paleontólogo debe remover la tierra con mucho cuidado; no vaya a ser que en el lugar donde excava haya un hueso prehistórico y él, con el pico y la pala o el martillo o el mazo, lo rompa rompiendo la tierra que lo cubre y se quede sin él.

            El trabajo del paleontólogo consiste en quitarle al hueso toda la tierra que lo cubre y envuelve hasta desnudarlo y sacarlo del suelo. Pero no sabe en qué lugar de la tierra hay escondido un hueso; a veces sospecha que no lo hay y utiliza el mazo; otras veces piensa que puede haberlo y utiliza agujas, espátulas y pinceles; las herramientas que usa cambian según van cambiando sus intuiciones, pero a veces se puede equivocar; puede ocurrir que está dando mazazos en un lugar donde tendría que usar la pala o la espátula, o al revés; al instinto de saber qué herramientas debe utilizar según donde crea que estén las formas que quiere sacar: a ese instinto lo podemos llamar intuición, corazonada, destreza, simplemente olfato o, tal vez, inspiración.

            El escultor también quita la piedra que rodea a las formas que quiere sacar. Es como si las esculturas estuvieran atrapadas en la materia y la tarea del artista consistiera en liberarlas, quitando todo lo que sobra. En un bloque de granito hay un Moisés, un Apolo, una Piedad, todas esas formas están dentro de la piedra pero hay que elegir una para luchar por sacarla de allí. Es lo que pensaba Miguel Ángel: y sus esclavos son un ejemplo imponente de cómo las formas luchan con la materia que las envuelve en un empeño agónico por quitar lo que sobra y, de esa manera, liberarse al fin.

            La piedra es como un negativo que hay pegado a las esculturas: el escultor tiene que quitarlo. Lo contrario es hacer un molde de escayola con la figura hecha en negativo y luego llenarlo de bronce fundido y, de esa manera, positivarlo después.

 


2. El alma.

 

            Decía Platón que morir es separarse el alma del cuerpo como se separa, cuando lo hervimos, el hueso de la carne. El cuerpo está lleno de cadenas que sujetan el alma y la mantienen presa; y cuando el cuerpo se destruye, se relajan todas esas amarras y el alma, al sentir que ya no la aprietan, se suelta y, libre de ligaduras, se mueve a su aire sin que nada lastre sus movimientos. Hasta que cae presa de otro cuerpo y vuelve a vivir esclava: a eso lo llamamos reencarnación.

            Aristóteles no aceptaba estas ideas de Platón. Decía que cada alma se ajusta perfectamente a su cuerpo y no cabe dentro de otro cuerpo que no sea el suyo; sería como meter en un coche el motor de un camión, o, peor aún, el de un avión, una turbina; o meter el motor de un avión en un barco, o el de un barco en un autobús. Cada alma debe estar adaptada a su cuerpo. Mal arreglo tiene meter un motor diesel en una locomotora de vapor. Un alma humana no puede reencarnarse en el cuerpo de un ciervo, en el de un caballo, o en un jabalí; los amarres del alma humana no encajan en la estructura de amarres que tienen esos cuerpos que no son el suyo. De modo que cuando muere el cuerpo el alma queda descolocada y por eso muere también.

            Eso significa que no es posible la evolución. Durante la evolución los peces se adaptaron a la vida terrestre y se convirtieron en anfibios; luego los anfibios se hicieron reptiles y los reptiles, por fin, pájaros. Aristóteles llamaba alma a la fuente del movimiento. El movimiento de un reptil no es el mismo que el de un pez y por lo tanto su alma tampoco; el alma de un pez jamás se va a convertir en reptil. Las especies no se han transformado unas en otros y tiene que ser cada una una forma de vida independiente de las demás.

            Pero podemos suponer que cada cuerpo no tiene una sola posibilidad de amarre con su alma; que lo que hay no son lugares fijos, sino espacios dentro de los cuales se pueden estirar y encoger los amarres; y por lo tanto el pez que tuvo alma de pez algún día pudo estirar sus anclajes y el alma pisciforme pasó a tener el alma de un reptil; y esa forma intermedia no dejó de estirar y recolocar todos sus anclajes hasta que fue reptil con todas las consecuencias y dejó de tener el alma der un pez; sólo le quedaron vestigios pisciformes mientras se colocaba, adaptándose plenamente a ella, en su nueva naturaleza de reptil. Esto ya lo intuimos en las ideas de Anaximandro; luego lo pensó Lamarck, y después con Darwin esta nueva concepción se impuso finalmente en el pensamiento científico. Lo que no deja de ser curioso es que la idea de que los cuerpos no pueden cambiar la impuso Aristóteles; que defendió al mismo tiempo la teoría de la generación espontánea, a tenor de la cual la naturaleza del barro se puede transformar en un sapo, en cualquier otro batracio o en una lombriz.

 

Coda

 

            Algunos métodos para aprender a escribir prohíben escribir las letras sin sus enganches: así, el rabo de la “p” se puede enganchar con la “e” siempre que la “e” tenga otro gancho que le pueda dar la mano; los amarres que tienen las letras (como los que tiene el alma) son enlaces (o anclajes) multivalentes.

            Las letras que no tienen anclajes no se conectan bien y en las palabras parecen vagones sueltos. Las letras que tienen anclajes se encadenan perfectamente y circulan uno tras otro formando un tren.

 


viernes, 30 de octubre de 2020

 

 

 

 

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA 

FILOSOFÍA 

            El alma. ¿Qué es el alma? Algunos dicen que es el conjunto de todo lo que pensamos, sentimos o recordamos. Pero no, dirán otros. Mis pensamientos están en el alma, pero no son el alma. Mis sentimientos están en el alma, pero no son el alma. Mis recuerdos están en el alma, pero no son el alma. Mis pensamientos son como las guindas de un pastel; mis sentimientos son los trozos de piña; mis recuerdos, pepitas de chocolate; si quito las guindas, la piña y el chocolate, debajo está el bizcocho, que es la base del pastel; y si quito los pensamientos, los sentimientos y los recuerdos debajo está el alma, que es la base de lo que soy. Pero hay una diferencia: el bizcocho lo podemos ver; el alma, no. El alma no es más que una hipótesis cuya presencia no se puede materializar en algo que podamos ver, oler, oír y tocar. El alma no es más que una conjetura que no forma parte de nuestra experiencia, sino de nuestra imaginación; yo no percibo el alma, sino que la imagino; o la pienso y la deduzco, pero no puedo verla. Las cosas que no se pueden ver, oler, probar, oír ni tocar no pueden ser estudiadas por la ciencia, porque no podemos hacer experimentos con ellas: decimos que forman parte de la filosofía. Si nos atenemos al método hipotético-racional, podemos observar cosas animadas y explorarlas, podemos especular sobre ellas iluminándolas con nuestras conjeturas para enfocar nuestros pensamientos con ellas, pero no podemos comprobar si esos pensamientos nuestros corresponden a cosas que estén en la realidad; es decir podemos tener experiencias de las cosas, pero no podemos experimentar con ellas; podemos observar indicios pero no podemos hacer observaciones controladas. No podemos meter el alma en un laboratorio para estudiarla bien, porque el alma no es observable.

            Lo mismo pasa con la muerte. ¿Qué es la muerte? Epicuro decía que es la ausencia de toda sensación; cuando dejamos de ver, oler, gustar, oír y tocar, y sentir placer y dolor y miedo y sentirnos en equilibrio, es que estamos muertos; pero un sordomudo que además haya nacido ciego, y que, por causa de una gripe, haya perdido los sentidos del gusto y del olfato y que además haya sufrido lesiones en el oído interno ¿tendríamos derecho a decir que está muerto? Más tarde se pensó que sólo se podría certificar la muerte mediante un electrocardiograma plano: pero hubo fenómenos catalépticos que incitaron a dar por muertas a personas que luego resucitaron en el momento en que las iban a enterrar. Por eso hoy se piensa que la muerte es un electroencefalograma plano, que sólo se ha producido la muerte de alguien cuando hemos podido constatar que hay muerte cerebral. Pero podríamos seguir pensando que hay algo de nosotros que sigue vivo aunque el cerebro estuviera muerto, algo que sería el alma; y que no dejaría de existir aunque no detectáramos su presencia lo mismo que existe la torre Eiffel aunque yo no la haya visto. Los científicos dirían que esto son cosas de charlatanes, pero los filósofos se seguirían preguntando: ¿y por qué? ¿No hay cosas que existen más allá de los sentidos? ¿Existen percepciones extrasensoriales? ¿Qué es la telepatía? ¿Existen realmente las fuerzas a distancia, como las que postuló, pero no demostró, Newton? 

            Las cuerdas. Hoy día se está intentando unificar la relatividad con los fenómenos cuánticos y lo hacemos con una teoría de cuerdas, pero ¿existen las cuerdas? ¿Alguien las ha visto, oído o tocado? Las partículas subatómicas dejan rastros en las placas fotográficas de los grandes aceleradores, pero ¿alguien ha visto rastros fotográficos, sonoros o de otro tipo dejados por las cuerdas (o, para ser más precisos, las supercuerdas)? No. Las supercuerdas son objetos teóricos forjados por los cálculos, no por la observación; y sirven para iluminar nuevos cálculos que explicarán otras partes de la realidad, pero ningún experimento puede detectarlas hoy. ¿Quizá en el futuro podríamos diseñar experimentos para detectar supercuerdas, aunque fuera de manera indirecta? Es posible. O no. Pero mientras eso ocurra las supercuerdas son entes que no hemos sacado de la experiencia, sino de la especulación matemática; pero de unas matemáticas alejadas de la experiencia, que no son euclídeas, ni tampoco riemannianas, y por tanto podríamos preguntarnos si esas matemáticas tan alejadas de nuestra experiencia sirven para explicar fenómenos empíricos. Mientras tanto los físicos que se ocupan de la teoría de cuerdas serán tachados de charlatanes por los otros físicos, o lo que es lo mismo de teóricos, de metafísicos. Para decirlo con otras palabras: la teoría de cuerdas es hoy filosofía, no ciencia.

            ¿Y qué decir de dios? Hay una canción de Violeta Parra que habla de Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta. Dice que si dios está en el cielo, y si ella viajó al cielo, tendría que haber visto a dios: pero no lo vio; por lo tanto dios no existe. Lo que podría haber sido una prueba irrefutable de que dios no existe no es ni siquiera una broma, porque ¿cómo explicarlo? Si yo llego a Segovia y sólo veo los arrabales no puedo volver a Madrid diciendo que no existe el acueducto; tendría que venir a Segovia otra vez y penetrar en su interior hasta dar con él. Del mismo modo Valentina Tereshkova no puede decir que dios no existe cuando sólo exploró un trozo de espacio que no llega ni a la luna; tendría que ir más lejos: a Saturno, a Plutón, fuera del sistema solar, al ojo de la galaxia, más allá de la Vía Láctea, fuera de nuestro cúmulo de galaxias… ¿hasta dónde? Si el universo fuera finito se tardaría mucho en recorrerlo pero al final tal vez podríamos decir que dios no existe si no lo vemos: a menos que estuviera jugando al escondite con nosotros; pero si fuera infinito nunca terminaríamos de recorrerlo, y por lo tanto nunca lo podríamos demostrar. La cuestión de dios no pertenece a la ciencia porque está fuera de nuestra experiencia, y por tanto nunca podríamos hacer experimentos con él. Pertenece a la filosofía. Ni siquiera a la religión, porque la religión nos obliga a creer en él y con la fe no podemos hacernos preguntas; pero la filosofía (que, al igual que la religión, empieza con el asombro) avanza gracias a la duda, y la duda es esa sed de preguntar que no se sacia.

            ¿Y de la justicia? ¿Qué podríamos decir? Que queda fuera de nuestra experiencia, porque no hay ni un solo juzgado, ni una teoría, ni una experiencia donde podamos observarla. Se ha dicho que justicia es dar a cada uno lo suyo, pero ¿cómo saber lo que es suyo? ¿Nos pertenece lo que ganamos, o también lo que hemos heredado de nuestros padres? Y en este segundo caso ¿es justo que herede el hijo mayor y los menores se queden sin nada? ¿O es más justo que hereden todos a partes iguales? Y si es así, ¿hay que vender la casa para repartirnos su valor? Pero entonces nos quedamos sin casa. Si un alumno hace el vago pero aprieta en el último mes ¿es justo que apruebe? Y si otro alumno con dificultades, pero con tenacidad, consigue aprobar al final pero siempre antes ha estado suspendiendo ¿merece el aprobado? Y si nos atenemos a los hechos, ¿no es lo mismo su expediente que el del alumno vago del que hemos hablado antes? ¿No contienen los dos las mismas notas? Aprobar a uno y suspender al otro ¿sería justo? ¿No sería un agravio comparativo? Una vez más, no parece posible diseñar un experimento con el que podamos comprobar la existencia de la justicia. El derecho no es una ciencia porque la justicia no es observable: sería filosofía; filosofía práctica, porque no se ocupa de lo que son las cosas sino de cómo deben ser. 

            El alma, la muerte, las supercuerdas, dios o la justicia son entes inobservables. No pueden ser estudiados por la ciencia, puesto que de las  cuatro partes del método hipotético-racional (observación, hipótesis, predicciones y contrastación) le falta la última: este método amputado de su último paso da lugar a la filosofía; la filosofía es el estudio de todo lo inobservable y es, por tanto, una actividad especulativa: la que piensa a partir de la realidad pero no puede ver realidad en sus pensamientos; aunque siempre es posible conjeturar si podemos hacerlos realidad; no podemos ver si nuestros pensamientos sobre el alma corresponden a la realidad del mundo, pero sí podemos intentar hacer realidad nuestros pensamientos, nuestros ideales, nuestras utopías; aunque todos los ideales hasta la fecha (Platón, Jesucristo, Don quijote, Marx) hayan fracasado.

            Ya sabemos lo que es la filosofía. La podemos definir por su método y por su objeto de estudio; su método es el de una ciencia sin experimento, y su estudio se ocupa de lo inobservable. ¿Podemos observar el fuego y experimentar con él? Eso es ciencia. ¿Podemos observar el alma y experimentar con ella? Eso es filosofía. Todo lo que hace la ciencia le sirve a la filosofía, pero parece que la filosofía no le sirve a la ciencia para nada. ¿O sí? Lo que hicieron Einstein, Heisenberg, Schrödinger, y hasta el propio Newton ¿no es también filosofía? Todas las ciencias ¿no contienen partes empíricas, propias de la ciencia, y partes inobservables, propias de la filosofía? Es una cuestión de proporción. Podríamos decir a primera vista que en Newton hay más ciencia que filosofía, pero en Einstein la cosa no parece tan clara; la parte especulativa de Einstein probablemente sea mucho mayor, pero sigue siendo una parcela pequeña en comparación con su contenido científico.  

            La filosofía es necesaria para darle ideas a la ciencia. Para darle alas. Cuando la abstracción provocada por la ciencia traspasa la barrera de lo observable debe encomendarse a la filosofía. Y lo que hoy es filosofía puede mañana convertirse en ciencia: o seguir siendo filosofía si su contenido es tan profundo que no hay ciencia que pueda abarcarlo. Los tres rasgos de la filosofía son, de momento, la especulación, lo inobservable y la profundidad. La especulación hace referencia al método; lo inobservable tiene que ver con la naturaleza; y la profundidad es una mezcla de los dos. Donde se ve bien esto es en la filosofía de María Zambrano.

            Los primeros filósofos pensaron que detrás de las apariencias de la naturaleza y dentro de ella hay una naturaleza inobservable. Es como el bizcocho del pastel. La naturaleza está hecha de cosas que se pueden observar (los fenómenos) y cosas que no aparecen en la experiencia (los inobservables). Los mitos ponían todo lo inobservable fuera de la naturaleza, en manos de los dioses: eran cosas sobrenaturales. Pero cuando empezamos a pensar que lo inobservable no era sobrenatural sino que estaba dentro de la naturaleza, entonces empezó la filosofía. La filosofía prescindió de los dioses. Y cuando Tales de Mileto decía que la naturaleza está hecha de dioses lo que quería decir es que se mueve sola: era sólo una metáfora. La naturaleza (physis) está hecha de materia (hylé) dotada de movimiento (zoon): hilozoísmo decimos hoy, y no animismo; porque el animismo da a entender que las fuerzas que hay en las cosas son sobrenaturales; el hilozoísmo no. 

            Los fenómenos de la naturaleza están hechos de partes que se pueden dividir en otras partes. Pero debe llegar un momento en que las partes más pequeñas ya no se pueden dividir más: son los elementos. Hoy sabemos que hay muchos elementos y los hemos identificado en la tabla de Mendeleiev. Pero Tales pensaba que sólo había uno: el agua. ¿Por qué lo pensaba? Porque lo sacó de la experiencia; Tales vivía en Mileto, que era puerto de mar; si se los saca del agua los peces mueren; acaso observó también que envejecer es deshidratarse, porque nos salen arrugas y nos secamos, y los cadáveres al final son cuerpos totalmente secos; además, Tales entró en contacto con Mesopotamia, donde conoció la tradición legendaria del diluvio. Tales se equivocó, porque el agua no es un elemento, sino un compuesto de hidrogeno y oxígeno; pero también nos equivocamos nosotros: porque llamamos elementos a los átomos que se pueden dividir en partes (“a” en griego significa “no”, y “tomos” quiere decir “partes”, como cuando una enciclopedia la dividimos en partes y cada una es un tomo; pues bien, “átomo” quiere decir que no tiene partes, que no se puede dividir; sin embargo los átomos de Mendeleiev los podemos dividir  en electrones, protones y neutrones, y éstos a su vez los dividimos en quarks). De modo que si Tales se equivocó llamando elemento a un compuesto, tampoco nosotros hemos avanzado mucho, porque llamamos átomos a unos trozos de materia que siguen siendo divisibles.

            El agua de Tales no es el agua del mar, ni la que hay en nuestras lágrimas, ni la que tienen los peces; es una naturaleza que hay dentro de nosotros, como la sustancia de la que está hecho nuestro cuerpo, aunque cuando miramos cuerpos no la veamos. El agua de Tales se puede ver en los ríos, mares y lagos, y también en las lluvias, pero es invisible cuando la buscamos dentro de los cuerpos; a este nivel el concepto de agua es una abstracción, casi una metáfora; el pensamiento de Tales dio un salto de gigante al fabricar un concepto con las apariencias. Y eso es la filosofía. Es filosofía porque el concepto de agua surgió de la observación de los fenómenos del agua, pero no dio lugar a otros conceptos que a su vez se pudieran observar: le faltaba, pues, el experimento; por eso no era ciencia.

            Hoy tenemos aparatos para observar lo que en tiempos de Tales era invisible: tenemos microscopios, espectrógrafos, máquinas electrolíticas; Tales no tenía nada de eso. En su caso llamamos filosofía al estudio no científico de las proposiciones científicas, pero en realidad lo que hacía Tales era ciencia sin aparatos; sin los aparatos adecuados; del mismo modo a la técnica rudimentaria la llamaban magia.

            Anaximandro dio un paso al frente y fue más lejos que Tales. Pensó que si el agua que había en los cuerpos era inobservable, no tenía sentido llamarla agua; la llamó naturaleza indefinible (en griego, “ápeiron”; ya hemos visto que “a” significa “no” y “péras” quiere decir “límite”, “fin”; el ápeiron es lo ilimitado, lo indefinible). De modo que la naturaleza tiene dos niveles: por un lado están los fenómenos aparentes y observables (el agua está entre ellos) y por otro lo que no se puede observar (el ápeiron, al que Tales llamaba “agua”). En consecuencia, Tales imaginaba el mundo como una corteza flotando en un mar de agua, y Anaximandro como una esfera flotando en un mar de ápeiron (que no era exactamente el vacío, sino una sustancia sutil parecida al aire; al ápeiron, Anaxímenes lo llamaría aire). Pues bien, el pensamiento de Anaximandro contiene partes científicas y partes que no lo son; es científica su concepción del mundo como una esfera porque hoy podemos mandar naves al espacio y comprobarlo; pero no lo es su conjetura sobre el ápeiron, porque ni los mejores microscopios electrónicos son capaces ce ver ápeiron en los cuerpos). A ambos aspectos de su pensamiento, tanto la ciencia sin aparatos imprescindibles como la parte no científica, nosotros los llamamos filosofía.

            Así se fueron construyendo los primeros sistemas filosóficos, las primeras explicaciones del mundo, las primeras cosmologías: las que habían dejado ya de ser mitológicas, pero tenían, flotando en un mar especulativo, semillas de ciencia que todavía no podían fructificar. Se ha dicho que cuando salgan todos los gérmenes científicos que hay en la filosofía la filosofía dejará de existir: no; porque junto a esos gérmenes hay problemas inexplicables que la ciencia es incapaz de resolver; problemas como el alma, la materia, el infinito, dios, la justicia, la belleza, el universo, la materia, el infinito, la naturaleza oscura… Misterios insondables que van más allá de la ciencia, y que conforman una sabiduría que se construye “toda ciencia trascendiendo”, para decirlo con palabras de San Juan de la Cruz. Dolencias de amor que no se curan sino con la presencia y la figura, pero “apártalas, amor, que voy de vuelo”. Allí nos encontramos con las razones del corazón que la razón no entiende, y nos topamos con Pascal; y con conatos o impulsos o instintos que se juegan en la frontera de lo inexplicable, y nos encontramos con Spinoza, Nietzsche, Schopenhauer y hasta el mismísimo Kant; y si nos acercamos a la comprensión de la naturaleza también nos toparemos con cosas incomprensibles que no pueden explicar ni las fuerzas distantes de Newton, ni los campos de fuerza, ni las discontinuidades cuánticas, ni siquiera la teoría de la relatividad.


                                            

viernes, 28 de agosto de 2020

¿ESTÁN VIVOS LOS VIRUS?

 

¿ESTÁN VIVOS LOS VIRUS?

  


1. Planteamiento del problema.

             Los biólogos no se ponen de acuerdo sobre lo que son los virus. Para unos, están hechos de materia viva; para otros, no. Las funciones básicas de la vida son nutrición, relación y reproducción. El lugar más pequeño donde se desarrollan esas funciones es la célula. Pero los virus no son capaces de reproducirse solos, por lo tanto no son células; y según la teoría celular, tampoco son seres vivos.

            Los virus son ácidos nucleicos rodeados de proteínas; son, pues, material genético (ADN o ARN) protegidos por una cubierta proteica a la que llamamos cápside; y cuando se encuentran en libertad, es decir solos, fuera de las células a las que infectan, los cubre una segunda capa, esta vez de grasa, que los protege y aísla: la misma bicapa lipídica que forma la membrana de las células; la envoltura vírica. La forma de los virus es variada; algunos son poliedros casi perfectos, y por ejemplo el VIH es un icosaedro; otros son helicoides. Pero hay seres todavía más simples que los virus; por ejemplo los priones, que están hechos de una sola proteína; o los viroides, que contienen sólo una cadena de ADN.

            Los virus necesitan nucleótidos y otras biomoléculas para poderse reproducir; por eso necesitan meterse dentro de una célula, para obligarla, con sus materiales celulares, a producir materiales víricos; es como construirse una casa con los ladrillos de otro; yo tengo cemento, yeso, agua y herramientas, pero me faltan ladrillos: entonces se los quito a otro para construir mi propio edificio; y, no contento con meterme en su casa, lo obligo a trabajar para mí; en vez de dejarle hacer las cosas que él necesita lo obligo a hacer las cosas que necesito yo; en una palabra: lo esclavizo; para decirlo en términos biológicos: lo infecto.

            Los virus son parásitos (o sea piratas) porque son débiles; porque lo necesitan; tienen una maquinaria reproductiva que necesita, para funcionar, ácidos nucleicos, nucleótidos y otras moléculas, pero ellos sólo tienen nucleótidos: ¿de dónde sacan lo que les falta? Se lo quitan a las células. Es como si yo tuviera un coche con todo lo necesario menos la caja de cambios; la tendría que sacar de algún sitio.

            Por lo tanto los virus son malos por necesidad. Al decir “malos” no podemos darle a ese término ninguna connotación moral, sino que les hacen cosas malas a sus huéspedes, lo que no significa necesariamente que tengan intención de hacer el mal; tienen necesidades que sólo pueden satisfacer haciendo daño a los demás y por eso son parásitos. Las células, en cambio, tienen todo lo que necesitan y por eso no hacen daño, no atacan, no infectan, pueden permitirse el lujo de colaborar entre ellas para hacer cosas mejores de las que hacen; para perfeccionar el fruto de su acción. 



            En otro lugar he propuesto una teoría para intentar explicar el mundo. No es una teoría científica, porque no se apoya en experimentos; es una teoría filosófica. Pero si tiene fuerza explicativa debería ser capaz de resolver problemas como el de los virus: para ello habría que definir la vida de otra manera. Nitezsche y Schopenahuer lo hicieron. Para el segundo, la vida, y en general el mundo, eran voluntad (pero esto no nos sirve, porque si ano aclaramos lo que entendemos por voluntad no podremos distinguir la materia viva de la inerte); para Nietzsche la vida era voluntad de poder, algo así como un espíritu de superación; Aristóteles afirmaba que la diferencia entre los seres vivos y los muertos era que los primeros tenían alma, con lo que el alma se convertía en fuente de movimiento, y por lo tanto en fuerza que los producía. Hay biólogos que aseguran que, más allá de la bioquímica, la vida está hecha de fuerza vital. El problema es que no aclaran lo que es esa fuerza, ni por qué surge, ni de dónde proviene; es una especie de deus ex machina que, como el monolito de 2001, se mete dentro de las cosas y las anima.

            Vamos a suponer que la bioquímica es necesaria para la vida. Necesaria, pero no suficiente. Así como hace falta que haya nubes para que llueva pero eso solo no basta, así también para que haya vida son necesarias moléculas orgánicas pero se necesita algo más. Una proteína, por sí misma, no sería vida (un prión); una cadena de ARN (es decir un viroide) tampoco; ni la proteína asociada con el ARN (un virus); es decir, no serían vida sólo por contener moléculas orgánicas. ¿Qué les hace falta a las biomoléculas para que estén vivas? Ese plus que necesitan ¿lo tienen los priones, los viroides y los virus? Si lo tienen, serían seres vivos. Si no lo tienen, no lo serían. Según la teoría celular, los virus no serían seres vivos porque son estructuras algunas de las cuales no pueden cumplir su función. Pero según la hipótesis que estamos planteando aquí lo serían sólo si contienen ese plus que les hace falta para vivir; porque hay seres que no funcionan solos y se asocian con otros para funcionar; por eso hay simbiosis, saprofitismo y parasitismo. Antiguamente se pensaba que la materia estaba viva porque se metía dentro de ella el fuído vital, el pneuma que se encuentra en el aire; lo decía Hipócrates y lo rubricaban los estoicos.

            Veamos. Una necesidad es una estructura lógica de complementariedad donde uno tiene lo que le falta a otro. Los átomos tienen una capa externa donde debe haber ocho electrones: ni uno más, ni uno menos. Si hay un átomo que sólo tiene seis (como el oxígeno) y otro que tiene sólo dos (el hidrógeno tiene uno), se unen dos hidrógenos con un oxígeno y entre ambos crean una nube electrónica de ocho unidades; al hacerlo, dan origen al agua. También el virus tiene una estructura de ácidos nucleicos y nucleótidos en la que faltan los nucleótidos: los toman de las células y ya está; entre ambos completan la estructura; pero al hacerlo, el virus mata a la célula; los átomos, sin embargo, cuando se unen no se matan el uno al otro: se ayudan, se completan, se equilibran.

            Las fuerzas de la naturaleza inorgánica son tendencias. El hidrógeno tiende a unirse con el oxígeno, el cloro con el sodio (porque tienen electronegatividades opuestas) y los metales tienden a juntar todos sus electrones en una nube que los rodea. La tendencia se caracteriza por la repetición, y la repetición se manifiesta en la causalidad: las mismas causas producen los mismos efectos, y siempre que un imán se acerque al hierro acabará atrayéndolo; necesariamente; es un fenómeno que se repite siempre.  

            La primera forma que adopta la necesidad en la naturaleza, la más elemental y simple, es la tendencia; es decir las estructuras repetitivas, la causalidad. La necesidad es una estructura incompleta de carácter complementario. Las tendencias, por ser repetitivas, no tienen historia, o, si la tienen, esa historia no tiene sentido: o son reversibles o no tienen destino, y hay una flecha del tiempo que no sabe adónde va; si tiene alguna guía, esa guía, sin duda, es el azar. Podemos contar la historia de una planta y hasta la de un virus: ¿qué significado tendría  que contásemos la historia de un electrón?


            La necesidad, a la que hemos calificado de complementariedad incompleta, cuando, por efecto de la repetición, se convierte en causalidad, es la primera forma de espontaneidad, de automatismo o inercia que existe: la llamamos anataxia, porque es el momento del contacto; un contacto hecho presencia o planteado, en la tendencia, como posibilidad; un contacto programado.

            Pero la necesidad sube escalones para manifestarse en niveles más complejos que la causalidad: el escalón que está por encima de ella es la finalidad; la finalidad está hecha como esas gradas de los estadios cuyos escalones altos se descomponen, en algunos tramos, en peldaños menos altos; el escalón de la finalidad se descompone en dos niveles, y asciende por uno para llegar al otro; el primer nivel es la teleonomía; el segundo, la teleología. La teleonomía es la finalidad que obliga a avanzar a muchos seres sin haberla buscado; es como estar obligados a buscar una meta impuesta, como las arañas, que fabrican su tela sin querer, movidas por su propia naturaleza, o como las plantas, que hacen la fotosíntesis sin saber por qué. La teleología es la finalidad buscada con la conciencia, como el perro, que sabe lo que hace cuando busca comida.

            Está claro que los virus sufren esa forma de impulso que llamamos tendencia. Pero también son seres teleonómicos, porque buscan las biomoléculas que les faltan, aunque no van, sino que se dejan ir; no van a buscarlas porque no tienen conciencia de lo que hacen, se dejan llevar. Pero ¿cuál es la fuerza que los lleva? No puede ser la tendencia, porque la tendencia no tiene finalidad: la mueve una causa, un motivo, tal vez un motor, pero no un destino, no una meta a la que quiera llegar. Diríamos, sí, que el objeto del átomo es conseguir el octeto, rellenar su última capa con ocho electrones, pero eso no es verdaderamente finalidad: es complementariedad, porque es repetitiva, continuamente idéntica a sí misma, y nunca puede cambiar: por eso podríamos decir que es como si no estuviera dentro del tiempo.

La finalidad es otra cosa: es búsqueda; no es ser expulsado de una realidad incompleta hasta que el azar la complete, sino ser atraído por una meta; al principio es una atracción ciega, como si tirara de nosotros un imán: es la teleonomía; y luego (teleleología) esa atracción se convierte en búsqueda, en intención, en conciencia.

La necesidad se manifiesta, pues, sucesivamente en contacto y tendencia (los átomos), atracción (los tropismos de las plantas) y búsqueda (cuando el gato se pone a cazar). A la fuerza que nos atrae podríamos llamarla instinto; y al gato que caza, además del instinto, lo mueve la conciencia: que no consiste sólo en saber, sino en un saber que nos empuja, que nos lleva, que nos arrastra.

La tendencia es la fuerza del contacto; el instinto, la fuerza de atracción (pero no, claro, de los imanes, porque en los imanes sólo es una manifestación atómica de la tendencia); y la conciencia, la fuerza de buscar. Atracción y búsqueda. Tendencia, instinto y conciencia.

La conciencia y el instinto conforman la lucha por la existencia. Es el mundo de Darwin, el mundo de la adaptación. También lo guía el azar, pero es el mundo del tiempo, no de la repetición; además el azar es el modo como el tiempo despliega la lógica en el mundo, buscando para cada cosa que se presente su ocasión. El problema de existir es el problema de la evolución. Los seres que quieren existir se resisten a la muerte, están guiados por un instinto de supervivencia. Podríamos emplear la metáfora del erotismo, platónicamente entendido como un instinto que busca su media naranja, como si hubiéramos sido partidos en dos y anduviéramos por el mundo en busca de nuestra otra mitad. Si empleamos esa metáfora, podríamos decir que el erotismo es un instinto (una necesidad de completarse, pero en el tiempo; una exigencia de llenar lo que nos falta, de ocupar nuestro vacío hasta satisfacerlo, una exigencia de plenitud); el erotismo, pues, es un instinto que busca su ocasión y a eso lo llamamos vida. El erotismo es esa fuerza vital que aparece como deseo, y, cuando encuentra obstáculos para satisfacerlo, lucha. El deseo y la lucha son las dos caras del instinto, las dos formas que tiene el contenido del instinto (su naturaleza o esencia) de venir a la existencia, de manifestarse en ella, de volcar nuestro ser. 



Pues bien, a partir de la anataxia, que es el mundo de la causalidad, surge, con la finalidad, el mundo de la teletaxia, que es la anataxia volcada en los moldes del tiempo: eso es mucho más que la repetición; el tiempo cambia pero la repetición nos conserva idénticos: es, dentro de la naturaleza, el mundo de la historia, la historia de una lucha, la lucha por la vida. Luego los seres vivos toman conciencia de sí mismos y es la aparición del ser humano: al que muy bien podríamos llamar autoconciencia. A la teletaxia humana la podríamos llamar lucha humana por la existencia, que es el momento culminante de la evolución. Cuando ya la humanidad va capturando sus ocasiones en el mundo, se asienta en ellas y puede preocuparse sobre todo por desarrollar su propia esencia, y eso ya no es lucha por existir, sino lucha por ser, o lo que es lo mismo: lucha por consistir, por desarrollar, en contra del mundo, su propia naturaleza. Sin olvidar la necesidad de adaptación que tiene, porque siempre habrá problemas que resolver con nuestro entorno, podremos preocuparnos por nuestro desarrollo, que es completar nuestra naturaleza inacabada, encontrar nuestra media naranja, recobrar lo que hemos perdido, y es la escalera que nos lleva a la plenitud. Ahora se trata de mejorar nuestra naturaleza, nuestro ser, y el instinto, más que un deseo de encontrar sitio en el mundo, es un impulso al desarrollo, un deseo de llegar a ser, de encontrarse a sí mismo: a eso lo llamamos televida. Lo que empezó siendo instinto de conservación acabó siendo, lo era desde el principio pero de forma larvada, un entusiasmo sentido como instinto de plenitud; y quien dice instinto dice impulso, claro está, porque el uno contiene al otro.

Los virus, como tienen átomos y moléculas, tienen tendencias y los mueven las fuerzas de la causalidad. Pero sus moléculas tienen finalidades teleonómicas y no pueden ser solamente materia inorgánica; el material genético sirve para reproducirse, las proteínas sirven a los ácidos nucleicos, y las grasas sirven de cubierta de protección: es indudable, pues, que los virus tienen teleonomía. Y como la teleonomía es esa fuerza de atracción a la que llamamos instinto, los virus tienen como mínimo instinto de supervivencia. Es el que los impulsa a infectar las células para arrebatarles el material que necesitan, aunque sea a costa de destruirlas.

El instinto de supervivencia es el impulso de adaptación al mundo; y adaptarse quiere decir en este caso dejarse llevar hasta las células que tienen los materiales que los virus necesitan para vivir; no llega a ser una búsqueda, porque los virus no tienen conciencia, pero es mucho más que una tendencia; es esa forma de finalidad en la que se sienten atraídos por la meta aunque no sepan buscarla; no hay intención, no puede haber búsqueda porque no hay conciencia: es teleonomía.

Esa fuerza que hay entre la tendencia y la conciencia es el instinto en su forma más elemental y primitiva. El instinto de supervivencia no está contenido en ninguna estructura cerebral porque no la tiene; el virus no tiene información ambiental pero sí genética. La única información ambiental le viene de la tendencia, y de las presencias celulares que lo atraen a más o menos distancia de él. La vida, aquí, ya no sería definida por la nutrición, la relación y la reproducción, sino por el instinto; y hay una escala de instintos desde los más primitivos hasta los más elaborados; los más primitivos de todos estarían, quizá, en esa zona de nadie en donde sería difícil distinguirlos de las tendencias; que la estructura reproductora estuviera incompleta no sería óbice para que el organismo no tuviera vida; como no lo es el que el alga o el hongo no puedan vivir por separado, sino asociándose en el liquen. La vida aparecería cuando la causalidad se integra en la finalidad, cuando el instinto emerge sobre la tendencia, y esto, seguramente, es lo que hacen los virus: por lo tanto, los virus son seres vivos.

 


2. Sintetizando.

 

            La fuerza de contacto se desglosa en tendencia y atracción.

Tendencia es cuando un átomo con cinco electrones en su capa de valencia se inclina por la unión con otros átomos; átomos que le proporcionen los tres electrones que le faltan para completar el octeto; de modo que el octeto es la plenitud, puesto que un octeto lleno proporciona a los átomos el equilibrio de los gases nobles; y ese equilibrio se consigue con la unión de los iones. Tendencia es lo mismo que inclinación. La tienen los cuerpos que están demasiado alejados entre sí.

Atracción es la fuerza que empuja a los cuerpos a unirse unos con otros. Esta fuerza tira de nosotros desde fuera (como cuando un átomo nos arrastra hacia su órbita) y nos empuja al mismo tiempo desde dentro (pues ese átomo atraído por otro no le respondería si desde dentro no lo moviera la estructura que se completa con él). También nos puede empujar desde fuera, y es entonces un movimiento forzado; la unión de una atracción y un empuje complementario coordinado produce un movimiento natural; si por el contrario un átomo es sometido a la atracción de otro y al mismo tiempo al empuje de un tercero, el movimiento resultante será el que tiene mayor fuerza, y si vence el empuje exterior podemos hablar de movimiento forzado.  Resumiendo:

Atracción  es la fuerza que tira de nosotros desde fuera.

Empuje interior es la fuerza que nos orienta hacia otra fuerza que nos atrae.

Empuje exterior es la fuerza que nos orienta hacia fuerzas que no nos atraen.

Las inclinaciones de los cuerpos se convierten en atracciones cuando se acercan tanto los unos de los otros, que sus inclinaciones complementarias entran en contacto y generan un campo de fuerzas; o lo que es lo mismo, producen movimiento.

            La tendencia y la teleonomía son ambas atracción de formas complementarias que están separadas y, porque se completan, tienden a unirse; pero mientras que en la tendencia esa unión se da fuera del tiempo y es siempre idéntica, en la teleonomía el resultado puede variar porque se dan fuera de él. La unión de oxígeno e hidrógeno dará siempre agua, mientras que el ojo verá cosas distintas según el lugar y el tiempo desde el que mire. La tendencia es causalidad porque lo que atrae a un átomo hacia otro es la imagen especular que el otro tiene de él, y su unión dará el mismo resultado por mucho que se repita; podemos decir, entonces, que la atracción causal es una finalidad con resultado predeterminado (las mismas causas producen los mismos efectos); pero a la teleonomía la llamamos finalidad porque el resultado de lo que el ojo ve y de lo que el mundo muestra es distinta cada vez que el ojo mira.

 

            La teleonomía se manifiesta al menos a través de tres estadios sucesivos: la atracción, la sensibilidad y el instinto.

            La atracción es la necesidad de completarse en el tiempo. Estamos hablando aquí de una atracción teleonómica, no de una atracción causal. La atracción del ciervo macho por la hembra produce duelos entre machos en los que no se sabe de antemano cuál será el vencedor (si el duelo se hubiera producido media hora antes tal vez el que ha ganado hubiera resultado perdedor); y cuando se aparean el macho y la hembra nacerán crías diferentes en cada unión, según la forma en que se han combinado los genes (leyes de Mendel). En la atracción teleonómica podemos decir que la necesidad se ha transformado en azar. Podemos dudar de que los tropismos de las plantas sean fenómenos causales o atracciones teleonómicas.



            La sensibilidad es la aparición de placer o dolor en esta necesidad. El oxígeno no sufre cuando está buscando los electrones que le faltan, pero el gato en celo, si no encuentra a la gata, sí. El orgasmo es una descarga de placer durante la reproducción y el hambre es un sentimiento de dolor cuando uno no come. Los tropismos vegetales no parece que sean atracciones placenteras o dolorosas, serían atracciones teleonómicas sin sensibilidad.

            El instinto es la memoria de las distintas necesidades en nuestro cerebro. El instinto sexual empuja a los animales a buscarse, utilizando estrategias de seducción; y a veces, como en la mantis, el instinto empuja a la hembra a comerse al macho después de realizada la cópula. Un instinto es una atracción sensible almacenada en la memoria de la especie.

 

            Cuanto hemos visto nos mueve a considerar que los virus poseen una complementariedad lógica que, físicamente, es una tendencia, pero también una estructura teleonómica; y dentro de la teleonomía, serían atracciones donde la necesidad se ha convertido en azar, pero no parece sensato atribuirles sensibilidad ni mucho menos instinto. Lo mismo podemos decir de las células, con una salvedad: puede que las células tengan sensibilidad pero no instintos (porque no tienen cerebro); las células serían, pues, más perfectas que los virus, y si las células son seres vivos, ¿dónde empieza la fuerza vital? ¿Empieza con las atracciones aleatorias? Entonces los virus serían seres vivos. ¿Empiezan, por el contrario, con la sensibilidad? En este caso sería imposible atribuirles vida.

            Parece que la fuerza vital no empieza con la causalidad, sino con la teleonomía; y habría varios grados de intensidad, sutileza y organización en la naturaleza de esa fuerza; Habría fuerzas vitales atractivas, sensibles e instintivas; y corresponderían a tres tipos distintos de formas de vida, desde el más primitivo al más elaborado y evolucionado.

 

3. Conclusión.

 

            Desde aquí podemos postular, como conclusión, que los virus son materia viva; y lo son porque, además de moléculas orgánicas, poseen necesidades que van más allá de los impulsos: son atracciones; sus movimientos no son sólo automáticos, además se despliegan en el tiempo. A las fuerzas que se despliegan en el tiempo las llamamos fuerzas vitales: luego los virus están vivos. Si esas fuerzas vitales contuvieran sensibilidad serían capaces de experimentar alguna forma de placer y dolor (más que placer, sería el bienestar del equilibrio; más que dolor, el malestar de no estar donde se debería estar); pero, aunque no la tengan, estarían movidos por una energía de conservación que sería más que el impulso de los átomos, pero menos que el instinto; y no lo podríamos llamar instinto porque los virus no tienen un encéfalo donde almacenar la memoria de esos impulsos (los instintos son pautas fijas de acción almacenadas en el encéfalo).

            Se hace necesario, entonces, distinguir una forma de impulso que va más allá de la tendencia causal; frente a la tendencia a la conservación (propia de la materia inorgánica) estaría el impulso de conservación, que sería más que una tendencia, pero menos que un instinto; el instinto de conservación lo tendrían sólo los animales con algún tipo de capacidad cerebral, por pequeña que ésta fuera; el mundo vegetal tendría también, al igual que los virus, impulso de conservación, no instinto (pues es sabido que los vegetales no tienen encéfalo).

            Así, pues, los virus son seres vivos que se caracterizan por estos tres rasgos:

 

(1)   Experimentan atracciones teleonómicas (la fuerza de atracción es repetición mineral invertida en el tiempo de la vida).

 

(2)   Es posible que esa fuerza contuviera algún tipo de sensibilidad primitiva, entre el equilibrio insensible de la materia orgánica y el placer y el dolor del mundo animal, y la podríamos llamar bienestar protosensible (o, simplemente, protosensibilidad).

 

(3)   Y estarían dotados, además, de impulso de conservación.

 

Esa forma de vitalidad caracterizada por la atracción, la protosensibilidad y el impulso de conservación sería ya una fuerza vital: atractiva y protosensible, pero no instintiva. La sensibilidad básica del placer y el dolor, sobre todo en su forma primitiva, está situada en cada una de las partes del organismo, no en un órgano central (que sería el encéfalo); también en el resto de los animales el placer y el dolor se encuentra diseminado por todo el cuerpo: en la piel, en los huesos, en las vísceras y en el resto de los órganos. Sólo hay una diferencia: que los receptores alguedónicos son células nerviosas y habría que suponer que hay una forma de sensibilidad que pudiera experimentarse en ausencia de neuronas: por lo tanto, en ausencia de células; y, como sabemos, los virus no sólo no contienen células, sino que ellos mismos no llegan a ser células.

Las tesis (1) y (3) no presentan, posiblemente, mayores dificultades; el problema estaría en la tesis número (2), porque nos obligaría a encontrar evidencias científicas de que puede haber sensaciones sin neuronas; y las neuronas, como todos sabemos, son, de momento, los centros generadores de la sensación.