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domingo, 20 de febrero de 2022

 

 

 

LA SERPIENTE QUE SE ENROSCA

 


            Al principio no había luz. Y tampoco había sombra porque la sombra es el recorte de la luz y la luz se la había tragado la tierra. Lo que había era una tiniebla enorme, una oscuridad donde no se recortaban las formas porque las formas eran tijeras encendidas cortando sombras, y el mundo era oscuro como el fondo de un pozo sin bordes, como el sueño de unos ojos que no sueñan, como un cielo enorme sin estrellas: que parece que se va a caer porque la oscuridad de la noche pesa. Y vino Huiracocha y sacó la luz del mismo vientre de la tierra. Y la luz se derramó en el cielo y las gotas de luz se clavaron y fueron puntos mezclados con tierra, unos más, otros menos, y unos eran luminosos como el sol, otros pálidos como la luna, y en el firmamento, que era un telón negro, figuras de un teatro muerto donde las luces eran focos de la escena.

            El sol fue luz y salió de la tierra. La luna fue luz y salió del mismo lugar que el sol, pero estaba más enterrada y por eso era mortecina y brillaba menos; y luego salieron luces diminutas, diamantes, gemas, unas envueltas en más tierra y brillaban menos, otras, Huiracocha las había limpiado quitándoles el polvo y brillaban más, pero nunca como el sol, y esas piedras diminutas, irisadas, talladas con montones de caras, eran estrellas que se clavaron en el telón del cielo y fue el primer decorado que hubo en el teatro de la tierra.

            Pero las luces eran blancas. No había color y Venus no era azul, Marte no era rojo, el Sol no era amarillo y las nebulosas no eran caleidoscopios ni arco iris, ni era el iris de los ojos sembrado en el cielo como cuadros de Renoir, de Degas, como luces de Sorolla o lluvias de Turner desplomándose en días de tormenta. Todo el cielo era negro. Todas las luces eran blancas. Y entre el blanco y el negro todo era gris, gris blanco o gris negro o gris gris o gris gris y gris, pero el pincel de la oscuridad guardaba intensidades sin colores; sin alegrar el mundo, sin teñirlo de nostalgia, y la luz tenía más vida y las sombras tenían menos, pero no había manchas de colores que pusieran corazón en un mundo de tripas escondiendo cabezas incontables, almacenes de lógica donde dormitaba la inteligencia.

            En un lugar de la tierra había montañas de picos cortados como cráteres; y cada cráter era un pozo de lava fría y cada pozo tenía la lava de un color, y había miles de pozos con miles de colores diferentes; pero como los indios no sabían distinguir todos los colores, Huiracocha quiso que en un rincón de aquella sierra sólo estuvieran los picos del arco iris; que eran muy pocos. Nadie los había explorado y sólo los indios del crepúsculo tenían el color rojo y el amarillo y el rojo y el blanco los tenían los indios de la aurora. Los tenían guardados en cubos y los cubos estaban metidos en un almacén, cerrados con siete llaves. La llave del lunes, la del martes, y del miércoles y el jueves, las llaves de los cinco planetas y del sol y la luna, y de las estrellas.

            La culebra siseaba entre las plantas y el suelo, subiéndose a los árboles y amparándose de las rocas, o escondiéndose bajo ellas. La serpiente miraba al sol, abría sus escamas, aspiraba profundamente y se llenaba de fuerza. Huiracocha, padre del Sol, había dispuesto que todos los animales y las plantas obedecieran al Sol, que era el padre de las fuerzas que se guardaban en ellos. La serpiente, comiéndose al puma, le quitaba la fuerza al puma que se comía; y el puma se la quitaba a la llama; la llama se la quitaba a la hierba; y la hierba se la había quitado al Sol, comiéndose sus rayos con las hojas, que eran de un gris oscuro, a veces brillante, o a veces negro. 



            Pero el Sol sólo brillaba por el día. Inti lo llamaban los indios. El sol Inti se escondía por la noche y nadie podía encontrarlo, si buscaba su luz, para seguir viendo las cosas en los días de insomnio. La serpiente buscó con ahínco la luz de la noche. Anduvo por las selvas, quebradas, picachos, nubes y collados; buscó en la puna. Y encontró un día, amparados al abrigo de las rocas, enfundados en sus chullos y envueltos en sus ponchos, unos indios calentándose al fuego, un fuego que habían encendido arrebatándoselo al rayo, al que habían arrimado un haz de leña para que prendiera; y el fulgor de las llamas brillaba en la suela negra de sus ojotas.

            El fuego tenía luz. Y con su luz podía ver en plena noche como si fuese el día. Pero en la luz tenía calor y vio que si se acercaba mucho se quemaría. Y le dio miedo. Entonces se marchó porque al luz del fuego sólo podía servirle si la veía de lejos. Además, ahora dependía de los indios, que eran quienes encendían el fuego; y no lo encendían cuando quería la serpiente, sino cuando querían ellos; si antes dependía del Sol, ahora dependía de los indios, y ella lo que buscaba era una libertad independiente. ¡Promete, oh, Huiracocha, que encontraré la luz que dependía de mí solo y de nadie más! Huiracocha la miraba con ojos torvos, y pensaba en castigarla por querer ver la luz sin obedecer a sus leyes, porque no quería obedecer más que a sí misma, y lo demás le resultaba del todo indiferente.

            Siguió caminando y vio la luna, que le daba una luz pálida con la que podía ver, dentro de su corazón más que fuera de su pellejo, aunque también veía las cosas que había fuera, pero frías. Y le gustó. Vio que ya no dependía del Sol pero pronto descubrió, también, que ahora dependía de la luna; porque no salía cuando le apetecía a la serpiente sino a ella; y aun así, cuando salía entre las nubes no la podía ver y también dependía de las nubes, las mismas nubes que le ocultaban a veces las estrellas; su voluntad de serpiente no era nada sin la voluntad del Sol, y de la luna, y de las nubes.

            Siguió arrastrándose buscando la luz que dependiera sólo de ella. Anduvo por sendas, bosques, selvas, montes y valles. Estiraba su cuerpo haciendo ondulaciones, como los ríos, y a veces se ondulaba tanto que parecían meandros que quisieran salirse de la serpiente y formar islas, como los ríos. Hasta que llegó a un lugar del bosque. La noche era profunda y la intensidad de la sombra espesaba la bruma del cielo negro. No había sol. No había luna. Detrás de las nubes no brillaban las  estrellas. Y la serpiente vio, en el cuerpo sin cuerpo de la noche, puntos de luz que brillaban en el suelo. Como si fueran estrellas de tierra. No es que viera mucho, pero algo se veía; aunque sólo fuera por no depender del sol ni de la luna ni de las nubes, mirar por aquella luz diminuta, que alumbraba como faros invisibles, valía la pena; hasta que se dio cuenta de que ahora dependía de las luciérnagas; no era libre, no, su voluntad no dependía de sí misma, su voluntad dependía de fuera.

            Se quedó quieta. Estaba cansada y se durmió. Y en sus sueños, vio como un hilo de plata que alumbraba en la noche por los sitios donde había pasado, los sitios donde se había movido; eran como ríos que hubiera sembrado y ahora, si quería avanzar, sería como un río en la noche, un río que se mueve, un río cuyas aguas nunca estaban quietas aunque descansara. Se volvió a dormir. Y una voz, en la luna del sueño, le decía, cavernosa, desde el fondo de sí mismo:

            -¿De dónde viste a Huiracocha sacar la luz?

            Otra voz, en el inconsciente, contestaba:

            -De dentro de la tierra.

            La misma voz le preguntaba:

            -¿De dónde la habrás de sacar tú?

            La conciencia de la serpiente le decía:

            -Del fondo de mí misma. 



            Entonces pudo dormir, con una tranquilidad que no había conocido en toda su vida. En ese sueño vio que tenía dentro de los ojos un cristal, un cristalino; que si en los otros animales el cristalino cambiaba de tamaño, en el ojo de la serpiente se movía hacia adelante y hacia atrás y esto no dependía más que de sí misma. Pero este ojo necesitaba la luz para ver, necesitaba del sol, era esclavo de las nubes, dependía de la luna. A la serpiente le hacía falta un ojo que pudiera ver en la oscuridad. Un ojo capaz de ver el calor, no solamente la luz. Y se le ocurrió ponerse en los bordes de la boca unos ojos para ver el calor. Los ojos luminosos verían por el día y los ojos térmicos le darían visión nocturna. Y así fue. Ya no dependería del sol, ni de la luna, ni de las luciérnagas, ni de las nubes. Y es verdad. La serpiente boa tiene ojos en la cara que detectan las formas y ojos en la boca que detectan la variación del calor; la serpiente, que tiene fría la sangre, detecta la presencia de otros animales que son de sangre caliente aunque sea de noche y ya no se quedará sin ver, aunque no haya luz, como las serpientes subterráneas, las serpientes ciegas.

            Huiracocha se enfadó y su cólera fue profunda. Él había creado todo lo que hay para que dependiera de él, no para que se criaran voluntades ajenas. Y quiso castigar a la serpiente por atreverse a ser libre, a vivir sin él, a vivir su vida. No pudo soportar perder el control de una sola de sus criaturas y así hay padres que quieren a sus hijos bien atados, y les espanta la posibilidad, aunque sea remota, de que sus hijos sean más poderosos y mejores de lo que ellos han sido. Huiracocha lanzó un rayo invisible con su mano. Paralizó a la serpiente, la durmió, la estiró como una soga y la ató con grapas a la tierra; cuando despertó, su voluntad era libre pero estaba atada a su cuerpo, que había sido atado a la tierra, que estaba atada a Huiracocha, que no estaña atado a ninguna voluntad a no ser del dios Con, que reinó en los tiempos pasados, pero que ahora había desaparecido. El único color que había era el de la tierra, que era una variedad del gris, tenebroso, oscuro, que sacaba la luz que tenía dentro dejando una huella brillante cuando se arrastraba por el suelo. El río es una serpiente que camina.

 


            La serpiente, que era del color de la tierra, fue condenada a perder su color. La ataron, estirada sobre el suelo, para que no se moviera. Y aparecieron muchos indios con un cubo de agua y una brocha. Luego apareció una india que transportaba un cubo lleno de intensa pintura roja. Detrás vino un niño que llevaba en su mano un cubo de pintura amarilla.

            Se pusieron en fila todos los que llevaban cubos de agua, mirando a la serpiente, desde el primero, que estaba junto a la cabeza, hasta el último, que estaba junto a la cola. El dios Sol, hijo de Huiracocha, los miraba desde el cielo. Todos los indios tuvieron que vaciar la mitad del agua que había en sus cubos. Luego vino la mujer con su cubo rojo y pasó delante del primer indio sin decirle nada. Fue adonde estaba el segundo y echó en su cubo un vaso de la pintura que traía en el suyo. Luego fue al tercero y le echó dos vasos. En el cuarto cubo echó tres. En el quinto seis. Y el último indio tuvo que vaciar su cubo para dejar sitio a todos los vasos de pintura roja que le estaba echando la india.

            El primer indio mojó su brocha en el cubo y pintó la cabeza de la serpiente; como no había más que agua, la cabeza se quedó como estaba.

            El segundo le pintó el cuello, y como en el agua se había disuelto sólo un vaso de pintura roja, el cuello se tiñó de un rosado lejano, tan lejano que apenas parecía rosa.

            El tercero le pintó el primer anillo que tenía la serpiente después del cuello; un anillo invisible, como si la serpiente estuviera hecha de tubos de carne como vértebras, como cuentas de un collar, y a todas las cubriera una piel viscosa llena de escamas. El indio pintó ese anillo y, como en su cubo se habían disuelto dos vasos de pintura roja, el color rosado ahora se notaba un poco más.

            El cuarto indio le echó con la brocha una pintura rosa que se notaba más todavía.

            El quinto indio pintó el siguiente anillo y le dejó un color rosa todavía más intenso.

            Y así hasta que el último indio, que no tenía más que pintura roja en un cubo sin agua, le dejó el anillo pintado de un rojo tan intenso que parecía encarnado o carmesí, del color de los rubíes, de tonos granates.

            Luego vino el niño y en su mano tenía un cubo de pintura amarilla Pintó él mismo de amarillo el siguiente anillo de la serpiente. Luego vertió un vaso de pintura amarilla en el cubo de agua del primer indio, y le dijo que la removiera hasta que se mezclase toda: y parecía que se había teñido de un amarillo remoto, tan lejano era su parecido con el amarillo y tan grande su parecido con el agua. En el cubo del siguiente indio echó otro vaso, y como ya tenía un vaso de color rojo disuelto en el agua la pintura se volvió lejanamente naranja. En el siguiente cubo echó dos, y en el siguiente tres, y así hasta llegar al último; y en el último el color naranja se volvió pastoso e intenso.

            Los indios, entonces, siguieron pintando los anillos de la serpiente uno tras otro. Y cada anillo que pintaban tenía el color de las naranjas cada vez más fuerte y profundo. Y cuando terminaron, la cola estaba teñida de un color intensísimo mientras que la cabeza no tenía color ninguno, tal era la marca del agua; y en ella fulgían dos ojos vacíos pintados con una raya de miedo.

            Luego la desataron; recogieron sus cubos y se fueron todos; y la serpiente quedó pintada de tantas tonalidades que parecía un arco iris que se arrastraba por tierra bañada de todos los colores cálidos: el rojo, el naranja, el amarillo y el color de la tierra que había en su cabeza; que era, según se la mirase, un color cálido o un color frío; y por la noche la frialdad de su cabeza arrastraba un collar de colores que brillaban a la luz de la luna: así la verían todos los animales y aquellos de los que se alimentaba huirían al verla, y ya no los podría cazar y se moriría de hambre; pero Huiracocha había dispuesto que no se muriera nunca para que el hambre la atenazara durante la noche, mañana y tarde.

            También los animales que la atacaban la podrían ver y le clavarían las zarpas, los picos y los dientes y no se moriría nunca y tendría que arrastrar toda la vida, como un rosario de maldiciones, como una cadena, todos los males que la aquejarían como consecuencia de aquella condena. Y ya para toda la vida no se podría disimular, no se podría proteger y la verían todos: había sido castigada a no esconderse, pues tan grande fue su delito como su castigo.

 


            La serpiente se arrastraba sobre la tierra. Su cuerpo frío iba dejando una estela, una estela de agua como la baba de los caracoles, como una línea que avanzaba por donde ella avanzaba, y se veía brillar a la luz de la luna. Porque su vientre era blanco. Pero su espalda, llena de colores, espantaba a los animales que huían de ella para que ella no los cazara; y atraía a los animales que no huían para que la mordieran con sus colmillos, la pincharan con sus picos, la rajaran con sus zarpas. Un mapa de cicatrices acabó cubriendo la serpiente. Cuando se cansaba, muerta de hambre mientras dormía la selva, se enroscaba alrededor de su cola y ponía la cabeza en la última vuelta de la espiral de su cuerpo, la más grande, y parecía un remolino rojo que se volvía amarillo en el ojo estrecho que tenía en el fondo; allí donde el agua se hunde en las profundidades, atraída por la fuerza irresistible del remolino.

            Se despertó y volvió a dibujar con el vientre brillantes estelas blancas. Allí donde se había enroscado había dejado su huella un círculo brillante, un mar de agua: un lago. El río es una serpiente que camina. Y volvió a pasar hambre. Y volvieron los dientes afilados, los picos puntiagudos y las garras aceradas. La sangre volvió a salir por sus escamas, y era roja donde el cuerpo era rojo y amarilla donde amarillo. En todo su cuerpo se volvieron a abrir, trocha sobre trocha, los filos del machete, los surcos del arado.

            Se enroscó sobre una rama. Vio a unos indios comiendo papaya. Sin poder acercarse a ellos para que no la descubrieran, llena de colores como estaba, condenada a estar lejos y a no cazarlos, los miró. Un indio rajó la piel con su cuchillo y desnudó la papaya. Bajo aquella piel, amarilla teñida de verde, apareció la pulpa; de un amarillo intenso, y el indio la iba cortando y lentamente se la comía; y saboreaba sus jugos. Hasta que el último corte de su cuchillo abrió, bajo la pulpa, un pozo negro, negro como el ojo de un remolino, lleno de semillas que parecían gemas en el interior de una  geoda, como granos iridiscentes de cuarzo; sólo que eran redondos y negros y tapizaban las paredes de la cavidad que tenía la papaya en el núcleo, como ojos sombríos de una oscuridad tenebrosa, sin brillo.

            El otro indio cortó su papaya en dos mitades. Con la punta del cuchillo fue arrancando la pared membranosa del corazón hasta despegar sus tripas, llenas de pepitas, que tiró al suelo y quedó enredado entre las hojas, soltando gotas y jugos filamentosos que aún chorreaban, gota a gota, en las ramas. Entonces el indio empezó a arrancar la pulpa cortándola a trozos y se la iba comiendo y cuando rascó bien las paredes que cubrían la pulpa sólo quedaba una piel, y la tiró. Era la cáscara.

            ¿Ves? Un indio se comió la papaya de fuera adentro y el otro se la comió de dentro afuera; la primera fue del amarillo al negro y la segunda del negro al amarillo; y ahora pensó que se iba a enroscar rodeando la cabeza con su cuerpo y, después de tejer sobre ella un remolino de colores, en la última vuelta dejaría la cola; y sería un remolino amarillo que se volvería rojo hacia el centro de la espiral, allí donde el agua la sorbía desde abajo con su fuerza.

            Los colores estaban cambiados y los cambiaba ella según le apetecía. Levantó los ojos y vio una cascada cubierta por dos arco iris; el primero tenía los colores al derecho y el segundo al revés; y era, allá a lo lejos, donde la selva se hundía en el suelo y el agua se precipitaba como una pulpa hacia el centro de sí misma; en una tormenta de espuma que ponía estruendo sobre la nube líquida se deshacía en gotas, y las gotas en nubes, flotando sobre el suelo con un estrépito ensordecedor.

            También las rocas se hunden en el precipicio de los acantilados. En su caída, se desnudan al viento y todos pueden ver que también están hechas de capas como las papayas; se fueron llenando de abajo arriba y cubriendo los tiempos viejos con los nuevos, tapando, con estratos nuevos, los antiguos. Pero allá al fondo había un trozo de roca que se había plegado, como las hojas que se doblan dejando arriba el envés, y, doblada por la fuerza de la tierra y cortada por el cuchillo del viento, parecía un pastel con las primeras capas arriba dejando al fondo las últimas; como si la roca estuviera boca abajo; como si fuera una papaya cortada por la mitad y el indio la hubiera pelado de dentro afuera, de abajo arriba.

            La serpiente se durmió. Cansada, como estaba, de que todas las fieras le arrancaran los dolores del cuerpo cubriéndola de cicatrices; de que al día siguiente se secaran las cicatrices y nuevamente los dientes, picos y garras la volvieran a rajar. Un día se fijaron los indios en las roscas de la serpiente; se había formado un lago; sus aguas, teñidas de rojo por el sol, eran manchas sangrientas arrebatándose en llamaradas; llamaradas granates, amarillas y naranjas, sangre que manaba de las cicatrices y salpicaba el cielo como una borrachera de vino tinto, negro y morado, ebrio de dolor, rojo de cólera, contra la crueldad de Huiracocha.

            Volvió un nuevo día y las cosas volvieron de nuevo. El vientre de la serpiente, con su hilo blanco que brillaba (tal la tela de una araña) bajo el Sol, cavaba ríos que corrían y se estancaba en lagos en los sitios donde la serpiente había estado. Y un día le brotó una sonrisa malévola a la serpiente. Se le cubrieron los ojos de una mirada cruel, más cruel que Huiracocha, y se expandió su corazón al ver que había vencido. Sí, había vencido. No era el Sol el que pintaba los lagos con las luces del crepúsculo sino al revés: los lagos eran los pinceles del Sol. Agazapado en las sombras, con la pluma en la mano, garabateando en el papel, el poeta lo escribía. La serpiente se enroscó extendiéndose como un lago. Pero el agua del lago era blanca, blanca como el Sol, y no se llenó de colores hasta que la serpiente se hubo enroscado; y allí en el agua los colores de sus escamas brillaron hasta el cielo y en el espejo del Sol se pintaron todos, derramándose en pinceladas y brochazos, como la sangre de una herida (¿quién sabe?, dentelladas, picotazos y zarpazos), golpeada por la mano de un pintor loco. ¡Era la serpiente, que le daba sus colores al Sol! ¡No era el Sol el que pintaba las aguas del lago! ¡Había vencido a Huiracocha! ¡Su voluntad se había impuesto a la voluntad de un dios malo!

            Mira. Que el poeta, desde las sombras, mira. Mío es el triunfo, Huiracocha, no has podido conmigo, por más que sufro, te he vencido. Nada pueden el hambre ni los picos, ni los dientes ni las garras, José Santos Chocano. Soy artífice de la derrota de Huiracocha, del triunfo del río y la serpiente, del brillo de su cólera en el lago. Que el lago es la serpiente que se enrosca; y el río una serpiente que camina.

 


 

viernes, 1 de octubre de 2021

ACA FALA

 

ACA FALA. 

 


1.

 

            La estrella titilaba en el firmamento. Aca Fala estaba de pie, la cabeza levantada y los ojos dormitando, en el espacio lleno de estrellas: una llanura inmensa que no era llana sino profunda; y era un vientre de luces pálidas, plateadas como la luna, algunas con un brillo intenso, pero frío, brillo que no despertaba reflejos en la piel, sin calentar el cuerpo.  

            Miró aquella estrella. El mar batía el suelo y mojaba sus tobillos, en lentas oleadas, que iban y venían como lenguas; la sal se había metido en el aire y se impregnaba en el espacio invisible, lleno de humedad en la tierra mientras en el cielo titilaba más arriba, inabarcable, enigmático y seco.

            Caminó lentamente por la playa. La brisa le acariciaba la cara, la luna encendía pálidas voces iluminando el suelo y encima de ella, incrustadas en la lejanía, las estrellas; algunas eran faros cegadores que llenaban, con sus reflejos pálidos, el cielo.

Se detuvo.  Algo había rozado sus pies descalzos. Una lengua de mar depositaba hilos de sal entre sus dedos. Cercos de arena. Bajó los ojos y descubrió, varado en la playa, atenazado e inmóvil, sin atreverse a respirar, el cuerpo redondo de una estrella. Se había caído del cielo perdiendo su fulgor, convertida en cuerpo granuloso, anaranjado y áspero, una estrella de mar, una estrella sin techo. Ya no podría brillar. Sus brazos no tenían luz y les habían salido, ya que no flotaban, miríadas de patas para caminar sobre la tierra. La estrella de mar no flotaba ni en el agua ni en el cielo; y tenía que estar entre nosotros, pegada a la triste realidad donde tiene que pasear, en un mundo de fealdades, la belleza.

 

2.

 

            Aca Fala era bella. Demasiado bella para vivir entre cosas feas. Sus antepasados eran los antiguos soberanos yungas, dueña y señora de Túcume, entre el mar de agua y el de la selva, entre Chiclayo y Moyobamba, allí están las olas inmensas que sostienen Cajamarca y Chachapoyas, las olas de los Andes, las olas de piedra.

            Era la princesa de los yungas; de los habitantes de la tierra cálida, en la costa y en los valles profundos. La tierra del Perú es una columna que desciende de norte a sur como un tuétano de frío, desolación y piedra (la puna), rodeada de montañas como médula cubierta por vértebras (la quechua) sobre un cuerpo que se vierte al mar por un lado mientras por el otro anuncia la llegada de la selva: ésa es la yunga. Aca Fala era hermosa y todos suspiraban por sus ojos y sus labios, convertidos en palabras, cuando hablaba dulcemente; palabras que eran, más que palabras, el aliento de la música.

            Había suspirado por ella el rico dueño de Motupe, el joven Pono Rendo: Aca Fala lo había ignorado, ya cuando las palabras no eran conversación, sino cortejo. La había pretendido Fanquizán, bravo cacique  de Lambayeque, que tampoco tuvo mejor suerte. Aca Fala, esculpida en su belleza, era una estrella brillante entre los yungas; su brillo eran rayos de puntas majestuosas, la belleza, sí, por supuesto, la simpatía, la bondad, el deseo de libertad, el deleite de irradiar, los anhelos de estar en el cielo, alejada de las ruines mezquindades, entre las estrellas. Aca Fala ambicionaba un ideal y los ideales no están con nosotros en la tierra; quería vivirlo donde amar sólo fuera contemplar sin desgastarse, sin mezclarse con el mundo, porque el mundo mancillaba todas las cosas que tocaba, y las rompía.

 


3.

 

            Se puede sentir con el corazón y sentir con la piel. Con la piel sentimos por fuera, con el corazón por dentro; placer que viene de fuera o placer interior, ¿cuál es el placer del alma, cuál el del cuerpo? Las fuerzas del alma son deseos íntimos, instintos que calzamos sobre lo que tenemos fuera; también tiene fuerzas para el placer que duerme en el mundo y es capaz de despertarlos en nosotros, lo mismo que el cuerpo. Con el corazón sentimos amor y con los sentidos placer. La princesa Aca Fala tenía simpatía y era buena, y tenía, por qué lo íbamos a negar, un corazón de oro. Y los ojos, los oídos, las manos, los olores, los sabores los era capaz de disfrutar pero ella misma no los buscaba. Disfrutaba con el placer de amar, con el placer de apiadarse de las miserias ajenas, disfrutaba ayudando a quien lo necesitaba y amando a quien la quería; y es que el amor se vierte en los demás y es misericordia, se vierte en uno mismo y es supervivencia, se vierte en quienes tenemos ahí y entonces es cariño, y la primera persona a quien queremos somos nosotros mismos. Aca Fala era piadosa y su corazón era un paisaje de ríos, afluentes y manantiales que se podían atropellar en las rocas de la sierra o amansarse, cerca ya de la desembocadura, a punto de verter sus aguas.

            Su capacidad de amar no tenía límites. Ni de gozar. No gozaba de lo que tenía cerca como cuando se iba lejos, a lo más alto de los cerros, para disfrutar desde las alturas la majestad del paisaje. Sus ojos disfrutaban de los pocos árboles que la rodeaban, oía los escasos pájaros que tenía cerca, la embriagaban las flores del metro cuadrado donde estaba pero se embelesaba más con todas las cosas que había en la amplitud de la mirada; con el tordo que tenía cerca, sí, pero también con el cóndor que vencía las distancias, los aromas cercanos los disfrutaba y los más lejanos, si no traspasaban sus sentidos, los sentía ella misma con el alma. El latido sensorial fue placentero pero el corazón lo fecundaban sus placeres interiores, y entonces era más que placer, era belleza contemplada; embeleso y arrebato, el delirio de los artistas inspirados.

            Aca Fala estaba apegada a la belleza. Al placer que despertaban en su pecho las cosas que contemplaba. Dentro tenemos el corazón (el suspiro de eso que llamamos alma), y el mismo corazón que se deshacía en belleza cuando contemplaba las cosas se volvía amor si era a la gente a la que contemplaba; a la que no conocía y a la que la rodeaba. Amaba el paisaje humano que tenía al lado y también amaba al que estaba lejos; igual que gozaba, ya estuviese cerca, ya lejos, de las cosas bellas del alma. Las cosas nos dan placer o el placer nos lo da el alma, allí donde nacen los escalofríos de la belleza, los del amor: el deleite, la misericordia y el cariño,

            El amor suscita ternura. La belleza, admiración. Puede ser amor torrencial cuando tiemblan las entrañas o un amor tranquilo, cercano a la desembocadura de los ríos, cuando el mar está cerca. La belleza también nos puede arrebatar en el delirio o temblar pausadamente, bogando en una admiración serena, en los hogares del alma.

            Aca Fala amaba a la humanidad, y era buena. Pero no había conocido a nadie que supiera despertar en ella el temblor de la admiración, del arrebato. Aca Fala no se había enamorado: ni de Pono Rendo, ni de Fanquizán, ni de ninguno de los jóvenes que suspiraban por ella. Y no sintiéndose atrapada en los lazos del amor, ¿quién podría reprocharle no amar cuando la amaban y no corresponder, si la querían?

            Aca Fala amaba la belleza. Y no habiendo conocido el temblor de la obra de arte, si nadie compuso nunca ni música, ni cuadro, ni escultura ni templo que la satisficieran, si no había visto belleza mayor que la suya propia, ¿los había de engañar a todos diciendo que temblaba si no temblaba y que tiritaba de admiración, si no se conmovía?

 


4.

 

            En la tierra de los yungas los buitres se ensañaban con los lobos. He visto bandadas de buitres atacar a un lobo marino, acorralándolo entre las rocas, hundiéndole las garras, clavándoles el pico y arrancándole los ojos.

            En la tierra de los yungas los pescadores se ahogaban y se los comían los tiburones. Nadaban mar adentro y luego volvían, braceando y gritando y haciendo ruido, para que los peces huyeran hacia la orilla y se quedaran atrapados en las redes; y mientras los hombrees pescaban peces los peces pescaban hombres.

            En la tierra de los yungas había unas aves muy grandes que no tenían plumas. Salían al mar y andaban encima del agua, criándose entre peñascos con los buitres, con los peces y con los lobos marinos. Eran murciélagos. Los indios hacían telas con su pelo y se abrigaban como si ellos mismos fueran vampiros.

            A la tierra de los yungas llegó un hombre venido del mar. No tenía padre ni madre y fue engendrado por el mar, y les enseñó las formas de pescar y aprendieron a llamar a la abundancia arrancándoles los ojos, y comiéndoselos, a los primeros peces que habían pescado. Se llamaba Huiracocha.

            En la tierra de los yungas las casas no tenían techo. Eran unos cercados de caña bajo los árboles y por la noche, si alguien quería soñar, miraba entre las ramas y se veían las estrellas.

            En la tierra de los yungas había sacerdotes. Velaban sobre el cielo y la tierra y se cernían como buitres picando los ojos, tiburones comiendo pescadores, murciélagos oscuros volando sin plumas, como si no tuvieran alas. En la tierra de los yungas la mirada inquietante de los sacerdotes se cernía sobre tu vida y la de los otros. Su tiranía.

            En la tierra de los yungas los sacerdotes llamaron a Aca Fala.

 

5.

 

            -Han llegado a nuestros oídos cosas inquietantes sobre ti.

            La bella princesa se amaba a sí misma y su pensamiento se convirtió en palabras. Las palabras, como las lleva el viento, habían volado por todas partes y acabaron en los oídos de los sacerdotes.

            -Dicen las lenguas que no quieres a nadie, que sólo te amas a ti misma.

            -Yo, señor, siento cariño por mis vecinos y siento por quienes sufren. Quiero a mis padres y los respeto, adoro a mis hermanos y siento devoción por nuestro pueblo; pero desgraciadamente no he encontrado a un hombre que me atraiga tanto como para que pueda quererle.

            -¿No niegas, entonces, que no has amado a ninguno de tus pretendientes?

            -No lo niego, señor.

            -¿Ni haber dicho que no hay en el mundo belleza capaz de encandilar tus ojos?

            -No, señor, no lo niego.

            -¿Sabes que eres bella?

            -Eso dice la gente.

            -¿Y tú lo crees?

            -Con toda humildad, creo ser bella.

            -¿No has dicho que te gustaría ser como las estrellas y brillar en el cielo, luminaria entre las luces?

            -¡Y cómo me gustaría! Sueño por las noches con las estrellas, cuando las miro, antes de dormirme, echada en la cama, mirando hacia el cielo mientras pienso.

            El viejo sacerdote arrugó la frente, apretó los dientes, tensó el mentón y lanzó chispas por los ojos.

            -Has caído en la soberbia, princesa. Has caído en lo más bajo, te has hundido. No hay en tu belleza más que vanidad y no hay humanidad en tu hermosura. Te crees igual que la luna, semejante a Venus, tu luz natural no es luz de estrella pero te lo crees; no hay nadie fuera de ti, eres una mariposa sin sustancia, y un cóndor: dominas el espacio y no conoces la humildad, no tienes alma: princesa, tu amor no vale nada. ¡Te casarás irremediablemente antes de que salga la una!

            Su corazón se estremeció, su pecho se hizo más pequeño y sintió encogérsele hasta el aire. ¿Cómo hacerle comprender lo que sentía por la humanidad, por su destino, aunque no la viera? ¿El temblor del corazón por quienes sufren? Y si eso sentía por quienes ni oye ni ve ni toca, ¿qué no sentiría por quienes ve y oye y acaricia, por quienes viven con ella? Un sentimiento indescriptible, una pasión infinita, una ternura de porcelana, unas cuerdas que vibran dentro de sí, tan frágiles que pueden romperse, delicadas como el mismo corazón, tan dulces y entrañables, tan tiernas? ¿Cómo decir que lo mismo sentía hacia ella misma? ¿Cómo decir, sin que la condenaran, que lo mimo que sentía hacia los demás lo sentía también hacia ella?

            ¿Y cómo decir que le agradaba la lluvia, el color de mariposas y flores, el sabor del agua del mar, el olor de la tierra? ¿Y la belleza de una puesta de sol, de una noche estrellada, de los bosques frondosos, del vuelo del cóndor planeando sobre la sierra? ¿Cómo explicar que no había encontrado entre la gente la belleza que encontraba en la naturaleza? ¿Y cómo decir que ella, cuando se miraba en el espejo, se sentía bella? ¿Cómo decirlo sin que la condenaran? ¿Sin que convirtieran en vanidad lo que ella sentía que era instinto natural, una admiración inocente, una corazonada buena?

            Entonces se acordó de la flor blanca, abierta y delicada, como una campanilla; de su dulce elegancia, tan dulce como fatal, de su cuello de cisne; del fruto verde lleno de púas, como un erizo de mar creciendo en tierra; el mismo fruto abierto, con los tabiques rotos, amarillo y seco, mostrando las semillas: y llena de alcaloides como estaba, la planta era una invitación a la muerte; un viaje a través de un sueño alucinado hasta las puertas del sueño eterno; la datura.

            La tomaría y tardaría en morir menos de un día. Hierbas de las brujas. Convulsiones, depresión, arritmia, taquicardia, necesidad de respirar, colapso, todo… Todo lo que no quería pero tenía que tomar, puesto que atarla era, con la libertad, quitarle la vida. Y ¡qué ironía!, que por falta de amar muriera envenenada por un filtro de amor, el mismo que utilizaban en los tiempos oscuros, sacándolos de la datura. De la datura se saca la burundanga que te lleva a la amnesia; y ella quería amnesia, no quería acordarse de nada de este mundo, ahora sólo pensaba en la eternidad, mirando a las estrellas.

 


6.

 

            Aca Fala se había vestido con sus mejores joyas. Había serenidad en su rostro. Sus labios, carnosos como una estrella roja, atraían voluntades y corazones como la música de las sirenas. Sus ojos. Su piel tersa. Como el aire que no toca, como la brisa que acaricia, como el aturdimiento que adormece las voluntades ajenas. Su pelo negro. El color de la noche. Brillante como el sol, luz embriagadora, la luz más hermosa, luz que brilla en las tinieblas. Su hermoso penacho de plumas, torso delgado de formas puras, esculpidas en el taller de las nubes, cintura estrangulada bajo la suavidad de la falda, negra y larga, que bailaba con un vaivén en sus tobillos. Aca Fala se había recostado sobre el lecho de las emperatrices. La princesa Aca Fala, en toda su majestad, dulce y suave y tierna y adorable, amada, eterna, era, había sido siempre, la emperatriz de la belleza.

            Descansó. Dejó reposar su nuca sobre almohadones. Miró al cielo. Desde allí veía, inteligente y soñadora, el parpadeo de las estrellas. Puntos de luz, como puntos redondos, como luces, destellos; que salían del fondo de sí mismos formando una corona de rayos que iluminaban sin quemar. Eran luces frías, pero radiantes; fantasmagóricas e ignotas. Aca Fala las miraba y soñaba con convertirse en una de ellas. Así lo había querido toda la vida. Lejana, inaccesible, para que su luz fuera imposible de tocar, su piel fuera caricia del ojo y no de la mano y así flotando, sin consumirse, su belleza fuera un templo de los templos.

            Notó un leve temblor en su mano. En su vientre, en su cuello, sus piernas estaban temblando. Quiso levantarse pero no podía. Apartó las almohadas para que sus ojos, boca arriba, miraran las estrellas. ¿Cuánto tiempo estuvo así? No sabía. De repente entró en un sopor, se hundió su voluntad por debajo del sentimiento y en el pecho quedó un vacío sembrado de temblores y de dudas: el vacío de la nada. La invadió el sueño. Sus párpados se cerraban pero los restos de su voluntad los mantenían entreabiertos, o quién sabe, tal vez cerrados a medias; el mundo se vino abajo como una bóveda que se desplomaba dentro de su pecho. Durmió. Durmió sin dormir, su alegría se había ido, su fantasía se había hundido, su energía la había abandonado. Su cuerpo ingrávido como una pluma se vencía al venirse abajo el esqueleto de su voluntad; que flotaba derrotado, hundido, o más que flotar se arrastraba, sobre los restos de su vigor que reptaban por el suelo. Estaba sumida en una profunda depresión: su ánimo no era capaz de reír, sus piernas no eran capaces de andar, la pasión se le había ido y el corazón no sabía ya si respirar o detenerse.

            Aquel corazón se desbocaba como un corcel que no obedece a la brida, que no escucha razones. Luego se paraba cuando quería latir. Y se movía como las piernas que quieren correr cuando las frena la  lentitud del viejo que te lleva de su brazo; más que caminar, vacilaba. Entre latidos frenéticos y palpitares lentos aquel corazón, que había perdido el norte, se consumía.

            ¿Cuánto tiempo pasó? ¡Y cómo saberlo! Pero el cielo pintaba de rosa y las estrellas se habían marchado y ya la princesa Aca Fala, acercándose a la aurora, desaparecía en el crepúsculo de sus latidos. Había respirado con agitación pero ahora su pecho se movía apenas, respirando sin respirar, con la serenidad y parsimonia con que respiran los muertos. Aca Fala dejó de existir. Después de una noche de agonía, sangrando en su interior, tras ingerir aquel veneno.

 

7.

 

            Dice la leyenda que Aca Fala se convirtió en estrella. En estrella de  mar. Los astros, los más brillantes de los dioses, la castigaron. La volvieron estrella de mar para que necesitara patas puesto que no flotaba, estrella sin luz, sin gracia, sin belleza. Que lo hicieron para castigar su vanidad. Pero yo creo que lo hicieron por envidia: porque Aca Fala superaba en hermosura, rebosante de luz, hasta a las estrellas.