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viernes, 2 de agosto de 2019

RECIPROCIDAD



RECIPROCIDAD


            La moral es una forma de vivir bien; sus reglas surgen de la vida y las valora la razón, aunque suele ocurrir que los instintos vitales tienen algo que decir a la hora de valorar las reglas morales. La reflexión sobre las reglas es lo que llamamos ética.
            Tanto la vida social como la solitaria reposan sobre la reciprocidad. La reciprocidad es una forma de igualdad, y en eso consiste la justicia. Si yo compro harina por valor de cien euros, justo es que me den el equivalente de su valor; si el vendedor moja la harina para que pese más y, al hacerlo, me da menos por más, me estará robando: eso es injusto; deberá darme mercancía que valga lo mismo que el dinero que le doy. Podemos distinguir dos formas de igualdad:
1. La justicia. El imperativo de justicia podría expresarse así: “devuelve el bien que te dan”. Si tú me tratas bien yo a ti también te trataré bien.
2. La venganza. Su imperativo se expresa así: “devuelve el mal que te hacen”. Si tú me haces daño, yo te hago daño a ti también: ojo por ojo y diente por diente; es la ley del talión.
      Hay un instinto natural hacia la venganza, pero también hacia la generosidad. Somos felices devolviendo el mal pero nos dura poco; también lo somos devolviendo el bien, y parece que esa felicidad nos dura más. La pasión de la venganza es más intensa y por eso nos arrastra con más fuerza, aunque sea efímera; la de la felicidad quizá lo sea menos; podemos decir que en nosotros hay instintos, fuerzas que nos empujan a actuar de un modo o de otro; como la satisfacción de esos instintos nos libera de tensiones podemos decir que, más que tratarse de instintos egoístas, la naturaleza del instinto es el egoísmo.
      Lo propio del instinto es ser una fuerza que nos arrastra desde nuestra naturaleza. También hay una fuerza que arrastra al instinto y nosotros la llamamos libertad: capacidad de hacer lo contario de lo que nos apetece. El agente de la libertad es la razón, mientras que el del instinto es el automatismo (que es una forma de espontaneidad); la espontaneidad de la razón es, por el contrario, autonomía: capacidad de darse a sí mismo leyes distintas de las del instinto. El instinto es reacción atada a una forma pasiva de vivir, mientras que la libertad es acción atada a la iniciativa de la razón, que establece prioridades entre los instintos según lo vaya pudiendo cada ocasión.



También hay dos formas de desigualdad:
A. La injusticia. Consiste en devolver el mal por el bien.
B. La generosidad. Consiste en devolver el bien por el mal, como en la obra de Muñoz Seca: el perdón por la venganza, o mejor todavía: ayuda a cambio de injusticia, que no es otra cosa más que el amor a los enemigos que predica el evangelio; es justo amar a tus amigos pero amar a tus enemigos es mucho más que justo, es generoso. Nos mueve a la generosidad la compasión, que hoy llamamos empatía, y es el sentimiento que nos impulsa a ponernos en lugar de los otros: pensar y sentir como ellos suponiendo que vivimos como ellos, pero sin perder la visión crítica que emana de la razón; o sea de la libertad.
El egoísmo mediado por la empatía nos hace espejos los unos de los otros; en el padecimiento ajeno nos vemos a nosotros mismos, y también en el nuestro vemos a los demás: es lo que se llama misericordia, que no es más que sentir la miseria ajena con el corazón nuestro (eso sí, sin dejar de pensarla con la razón: sin perder nunca el sentido crítico).
La formulación más conocida de la empatía se la debemos a Kant: es el imperativo categórico; no hagas a nadie lo que no te gustaría que te hicieran a ti, lo que supone varias cosas:
Primero, que debemos huir de la venganza (pus a nadie le gustaría recibir el mal que damos cuando nos vengamos).
Segundo, que debemos ser justos (pues a todos nos gustaría que nos trataran tan bien como tratamos nosotros a los demás).
Tercero, que hay que ser generosos (pues incluso cuando nos hacen daño tenemos el deber de comprender y perdonar antes que ignorar y condenar; la crítica ha de entenderse como generosidad: no como condena del mal que nos hacen, sino como redención de los malvados ayudándolos a liberarse de las cadenas del mal).
Eso es lo que quiere decir, para la ética, reciprocidad. Y hay que añadir otra cosa: la generosidad que damos debemos dárnosla también a nosotros (por el mismo principio de reciprocidad); eso significa no abusar de nadie (empatía), pero tampoco dejar que abuse nadie de nosotros (asertividad). Asertividad y empatía son las dos consecuencias de la reciprocidad entendida como justicia, y justicia crítica; si devolvemos el mal somos agresivos y, por ende, vengativos; si devolvemos el bien somos justos; y si devolvemos el bien por el mal seremos generosos; sólo siendo generosos podremos construir un mundo en el que cada vez haya más semillas del bien y menos semillas del mal.






viernes, 21 de septiembre de 2018

LA VALENTÍA




            Virtudes, vicios, impulsos y estados de ánimo. 


LA VALENTÍA


             Ser valiente es atreverse, pero no todo el que se atreve es valiente. Hay jóvenes que terminan las fiestas apostando mucho dinero, cada uno pone un billete encima del coche y se reúnen, al final, grandes cantidades: “esto para quien se atreva a circular por la autopista en sentido contrario a la marcha”. Quienes aceptan el reto pasan por valientes, e incluso por hombres; “¡qué huevos tienes!”, le dicen. Sucede, sin embargo, que arriesgar la propia vida, y poner en riesgo la de los demás, es una cobardía; esa familia que circulaba tranquilamente por la carretera ha perdido a uno de sus miembros sin tener culpa de nada; por culpa de unos cobardes.
            Para ser valiente hay que ser atrevido, pero eso solo no basta; hace falta también que el reto sea sensato: que tenga sentido; arriesgar la vida por un capricho es una insensatez; arriesgarla por salvar otra vida es valentía; la adrenalina que sueltan los jóvenes circulando en sentido contrario es criminal; la que suelta el bombero que se mete en la boca del lobo para salvar a alguien de las llamas es valentía; muchos crímenes producen emoción y requieren atrevimiento; también muchos actos heroicos; el heroísmo y la criminalidad comparten estos ingredientes, pero sólo el heroísmo es sensato y generoso; a la osadía del cobarde Aristóteles no la llamaba valor, sino temeridad; poner en peligro la vida propia o ajena: pero sin necesidad.
            Si eres solamente atrevido no eres valiente, todo lo contrario: eres un cobarde. El valiente, además de decidido (eso que llaman “tener huevos”), ha de ser sensato y generoso; respetuoso; el cobarde que se atreve, elevando las pulsaciones a cien y poniendo la adrenalina al máximo, para vivir una emoción a costa de una vida, ése no es decidido, sino impulsivo; se atreve en un arranque de fogosidad, no en un relámpago de lucidez, como quien se  lanza a hacer lo que no quiere porque sabe que es necesario; el héroe es un espíritu trágico; el héroe rompe con la comodidad cotidiana porque la vida le exige el sacrificio de renunciar; valiente no es Aquiles que sabe que va a ganar porque es el más fuerte, sino Héctor, que sabe que va a perder y, sin embargo, acepta el reto: no para descargar adrenalina, sino para batirse por los suyos.
            Decisión, sensatez, generosidad y espíritu trágico: ésos son los ingredientes del valor. Donde el valiente se decide, el cobarde se deja arrastrar; donde el valiente piensa, el cobarde lucha a ciegas; donde el valiente es generoso, el cobarde pone desprecio; y donde el cobarde busca placer (adrenalina, sensaciones fuertes, emoción a tope), el valiente asume retos no siempre buscados por él, sino impuestos por la vida; y, como decía Ortega y Gasset, si no soy capaz de salvar mi circunstancia no me salvo yo.


            Así que no es lo mismo ser valiente que tener huevos. En primer lugar porque hay mujeres valientes y no los tienen. Y en segundo porque, como decía Unamuno siguiendo a San Agustín, la voluntad quiere las cosas, la fanfarronería no; la voluntad es valiente y el fanfarrón no lo es, aunque asuma peligros; la fanfarronería sale de los huevos, la voluntad del corazón; de hecho, “voluntad” viene de “volo”, que en latín significa “querer”; lo propio del fanfarrón y el temerario es la “noluntad” (sigo en esto a Unamuno), de “nolo”, que significa “no querer”. Nosotros a la noluntad la llamamos derrotismo; nihilismo; palpitar de una vida vacía, sin sentido, un luchar aparente sin ningún motivo, un estar ahí sin saber por qué; “rebeldes sin causa”, por tomar el título de una película, son esas personas que se retan para pasar el rato: con retos absurdos que no sacan de nosotros lo mejor que tenemos, y juegan al filo de la navaja, en busca de emociones, porque su vida no es emocionante; arriesgando la muerte porque, de hecho, se sienten muertos ya.
            Lo que le falta al cobarde que se cree valiente es energía para vivir. Alegría. Todas las fuerzas, todos los impulsos, todos los instintos que sienten, son tristes: no les producen felicidad aunque les proporcionen placer. Quien no tiene fuerza se deja llevar. Quien la tiene se lleva  a sí mismo. Una cosa es que te manejen las cosas y otra muy distinta que las manejes tú a ellas. Quien no tiene fuerza para manejarse se deprime con facilidad, puesto que la sensación de no poder resistir las tentaciones, de no hacer frente a las dificultades, nos baja el ánimo y nos hace descender el tono vital; uno se siente como un muñeco, juguete de los elementos, cuando no se siente con fuerza para tomar las riendas de su destino y mandar en él.
            Cuando uno se deja llevar por sus instintos, que son su naturaleza, deja que los instintos le gobiernen: no puede ser señor de sí mismo. Ya decía Hipócrates que no podemos dejar que nos lleve nuestro temperamento, sino que lo tenemos que llevar nosotros a él: en eso consiste forjar el propio carácter, la libertad. Dejarse llevar por un impulso emocionante, aunque nos dé miedo, es pensarse mucho las cosas hasta que nos lanzamos al agua: hasta que nos atrevemos; hasta que tenemos huevos.
            Cuando tomamos una decisión alimentando ese impulso que nos pide emoción y atrevimiento lo que hacemos, según decimos, es “echarle huevos”; lo pensamos, con miedo, montones de veces hasta que nos lanzamos: ¡ya! Si ese impulso es sensato, generoso, respetuoso consigo mismo y con los demás, seremos valientes; y la valentía contiene un ingrediente más que es el heroísmo: ese espíritu de sacrificio en que consiste el espíritu trágico. Lo veremos con un ejemplo.


            Hay un joven que necesita estudiar; sabe que quiere, pero no tiene ganas. Si llama a sus amigos para salir a pasear cuando debería estar estudiando, no se comporta como un valiente; no es un héroe: lo sería si luchara contra sus inercias (en este caso contra la pereza) y las venciera. Ser valiente es saber sacrificarse con sensatez, obligándote a hacer lo que de momento no quieres, pero a la larga quieres; la falta de ganas es un freno para las ilusiones que alimentan tus grandes proyectos. Ser valiente es tomar decisiones que no te emocionan ahora pero que, al final, te acabarán emocionando; y que son más valiosas que lo que haces cuando te dejas llevar por los impulsos del momento.
            Uno puede decidirse de tres maneras: o porque le gustan las cosas que no sirven para nada, o porque le gustan las cosas valiosas, o porque lucha contra la facilidad (y lo fácil son las cosas que gustan, pero que no sirven). En el primer caso soy un fracasado, en el segundo he nacido con estrella y en el tercero soy un valiente. Lo fácil te divierte ahora, pero te quita de hacer cosas que a la larga te harían feliz. Lo valioso también te divierte cuando buscas, de modo natural, lo que merece la pena, y huyes naturalmente de lo fatuo y de lo vano. Y lo difícil te obliga a luchar contra lo fácil y requiere de ti un gran despliegue de fuerzas. Hay muchos amantes de la vanidad, unos cuantos amantes de lo noble y algunos que aman la vanidad pero se empeñan en luchar por lo noble; estos últimos no aman realmente la vanidad, pero se sienten atraídos por ella; en realidad aman la nobleza aunque la nobleza no les atraiga; por eso experimentan un impulso hacia lo bueno, y ese impulso  contrarresta de sobra las fuerzas que los mueven hacia lo malo; por eso tienen que renunciar a lo que les agrada, tirando ellos de las cosas nobles; si la montaña no viene a mí, seré yo quien tenga que ir a la montaña.
            Resumiendo: ser valiente es atreverse a gobernarse uno mismo, aunque sea  bogando a contracorriente. El valor siempre requiere sacrificio, es decir, heroísmo: capacidad de elegir, si fuera preciso, lo contrario de lo que nos apetece. Pero cuando a uno le gustan las cosas buenas ya no se trata de valentía sino de buena educación, que es el buen gusto; y debe tener la humildad de reconocer que sabe hacer bien las cosas sin necesidad de valentía. Aunque el espíritu educado, que todo lo ha vuelto fácil, también se ha ido construyendo poco a poco: superando retos, obligándose siempre y derrochando valor.