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viernes, 1 de octubre de 2021

ACA FALA

 

ACA FALA. 

 


1.

 

            La estrella titilaba en el firmamento. Aca Fala estaba de pie, la cabeza levantada y los ojos dormitando, en el espacio lleno de estrellas: una llanura inmensa que no era llana sino profunda; y era un vientre de luces pálidas, plateadas como la luna, algunas con un brillo intenso, pero frío, brillo que no despertaba reflejos en la piel, sin calentar el cuerpo.  

            Miró aquella estrella. El mar batía el suelo y mojaba sus tobillos, en lentas oleadas, que iban y venían como lenguas; la sal se había metido en el aire y se impregnaba en el espacio invisible, lleno de humedad en la tierra mientras en el cielo titilaba más arriba, inabarcable, enigmático y seco.

            Caminó lentamente por la playa. La brisa le acariciaba la cara, la luna encendía pálidas voces iluminando el suelo y encima de ella, incrustadas en la lejanía, las estrellas; algunas eran faros cegadores que llenaban, con sus reflejos pálidos, el cielo.

Se detuvo.  Algo había rozado sus pies descalzos. Una lengua de mar depositaba hilos de sal entre sus dedos. Cercos de arena. Bajó los ojos y descubrió, varado en la playa, atenazado e inmóvil, sin atreverse a respirar, el cuerpo redondo de una estrella. Se había caído del cielo perdiendo su fulgor, convertida en cuerpo granuloso, anaranjado y áspero, una estrella de mar, una estrella sin techo. Ya no podría brillar. Sus brazos no tenían luz y les habían salido, ya que no flotaban, miríadas de patas para caminar sobre la tierra. La estrella de mar no flotaba ni en el agua ni en el cielo; y tenía que estar entre nosotros, pegada a la triste realidad donde tiene que pasear, en un mundo de fealdades, la belleza.

 

2.

 

            Aca Fala era bella. Demasiado bella para vivir entre cosas feas. Sus antepasados eran los antiguos soberanos yungas, dueña y señora de Túcume, entre el mar de agua y el de la selva, entre Chiclayo y Moyobamba, allí están las olas inmensas que sostienen Cajamarca y Chachapoyas, las olas de los Andes, las olas de piedra.

            Era la princesa de los yungas; de los habitantes de la tierra cálida, en la costa y en los valles profundos. La tierra del Perú es una columna que desciende de norte a sur como un tuétano de frío, desolación y piedra (la puna), rodeada de montañas como médula cubierta por vértebras (la quechua) sobre un cuerpo que se vierte al mar por un lado mientras por el otro anuncia la llegada de la selva: ésa es la yunga. Aca Fala era hermosa y todos suspiraban por sus ojos y sus labios, convertidos en palabras, cuando hablaba dulcemente; palabras que eran, más que palabras, el aliento de la música.

            Había suspirado por ella el rico dueño de Motupe, el joven Pono Rendo: Aca Fala lo había ignorado, ya cuando las palabras no eran conversación, sino cortejo. La había pretendido Fanquizán, bravo cacique  de Lambayeque, que tampoco tuvo mejor suerte. Aca Fala, esculpida en su belleza, era una estrella brillante entre los yungas; su brillo eran rayos de puntas majestuosas, la belleza, sí, por supuesto, la simpatía, la bondad, el deseo de libertad, el deleite de irradiar, los anhelos de estar en el cielo, alejada de las ruines mezquindades, entre las estrellas. Aca Fala ambicionaba un ideal y los ideales no están con nosotros en la tierra; quería vivirlo donde amar sólo fuera contemplar sin desgastarse, sin mezclarse con el mundo, porque el mundo mancillaba todas las cosas que tocaba, y las rompía.

 


3.

 

            Se puede sentir con el corazón y sentir con la piel. Con la piel sentimos por fuera, con el corazón por dentro; placer que viene de fuera o placer interior, ¿cuál es el placer del alma, cuál el del cuerpo? Las fuerzas del alma son deseos íntimos, instintos que calzamos sobre lo que tenemos fuera; también tiene fuerzas para el placer que duerme en el mundo y es capaz de despertarlos en nosotros, lo mismo que el cuerpo. Con el corazón sentimos amor y con los sentidos placer. La princesa Aca Fala tenía simpatía y era buena, y tenía, por qué lo íbamos a negar, un corazón de oro. Y los ojos, los oídos, las manos, los olores, los sabores los era capaz de disfrutar pero ella misma no los buscaba. Disfrutaba con el placer de amar, con el placer de apiadarse de las miserias ajenas, disfrutaba ayudando a quien lo necesitaba y amando a quien la quería; y es que el amor se vierte en los demás y es misericordia, se vierte en uno mismo y es supervivencia, se vierte en quienes tenemos ahí y entonces es cariño, y la primera persona a quien queremos somos nosotros mismos. Aca Fala era piadosa y su corazón era un paisaje de ríos, afluentes y manantiales que se podían atropellar en las rocas de la sierra o amansarse, cerca ya de la desembocadura, a punto de verter sus aguas.

            Su capacidad de amar no tenía límites. Ni de gozar. No gozaba de lo que tenía cerca como cuando se iba lejos, a lo más alto de los cerros, para disfrutar desde las alturas la majestad del paisaje. Sus ojos disfrutaban de los pocos árboles que la rodeaban, oía los escasos pájaros que tenía cerca, la embriagaban las flores del metro cuadrado donde estaba pero se embelesaba más con todas las cosas que había en la amplitud de la mirada; con el tordo que tenía cerca, sí, pero también con el cóndor que vencía las distancias, los aromas cercanos los disfrutaba y los más lejanos, si no traspasaban sus sentidos, los sentía ella misma con el alma. El latido sensorial fue placentero pero el corazón lo fecundaban sus placeres interiores, y entonces era más que placer, era belleza contemplada; embeleso y arrebato, el delirio de los artistas inspirados.

            Aca Fala estaba apegada a la belleza. Al placer que despertaban en su pecho las cosas que contemplaba. Dentro tenemos el corazón (el suspiro de eso que llamamos alma), y el mismo corazón que se deshacía en belleza cuando contemplaba las cosas se volvía amor si era a la gente a la que contemplaba; a la que no conocía y a la que la rodeaba. Amaba el paisaje humano que tenía al lado y también amaba al que estaba lejos; igual que gozaba, ya estuviese cerca, ya lejos, de las cosas bellas del alma. Las cosas nos dan placer o el placer nos lo da el alma, allí donde nacen los escalofríos de la belleza, los del amor: el deleite, la misericordia y el cariño,

            El amor suscita ternura. La belleza, admiración. Puede ser amor torrencial cuando tiemblan las entrañas o un amor tranquilo, cercano a la desembocadura de los ríos, cuando el mar está cerca. La belleza también nos puede arrebatar en el delirio o temblar pausadamente, bogando en una admiración serena, en los hogares del alma.

            Aca Fala amaba a la humanidad, y era buena. Pero no había conocido a nadie que supiera despertar en ella el temblor de la admiración, del arrebato. Aca Fala no se había enamorado: ni de Pono Rendo, ni de Fanquizán, ni de ninguno de los jóvenes que suspiraban por ella. Y no sintiéndose atrapada en los lazos del amor, ¿quién podría reprocharle no amar cuando la amaban y no corresponder, si la querían?

            Aca Fala amaba la belleza. Y no habiendo conocido el temblor de la obra de arte, si nadie compuso nunca ni música, ni cuadro, ni escultura ni templo que la satisficieran, si no había visto belleza mayor que la suya propia, ¿los había de engañar a todos diciendo que temblaba si no temblaba y que tiritaba de admiración, si no se conmovía?

 


4.

 

            En la tierra de los yungas los buitres se ensañaban con los lobos. He visto bandadas de buitres atacar a un lobo marino, acorralándolo entre las rocas, hundiéndole las garras, clavándoles el pico y arrancándole los ojos.

            En la tierra de los yungas los pescadores se ahogaban y se los comían los tiburones. Nadaban mar adentro y luego volvían, braceando y gritando y haciendo ruido, para que los peces huyeran hacia la orilla y se quedaran atrapados en las redes; y mientras los hombrees pescaban peces los peces pescaban hombres.

            En la tierra de los yungas había unas aves muy grandes que no tenían plumas. Salían al mar y andaban encima del agua, criándose entre peñascos con los buitres, con los peces y con los lobos marinos. Eran murciélagos. Los indios hacían telas con su pelo y se abrigaban como si ellos mismos fueran vampiros.

            A la tierra de los yungas llegó un hombre venido del mar. No tenía padre ni madre y fue engendrado por el mar, y les enseñó las formas de pescar y aprendieron a llamar a la abundancia arrancándoles los ojos, y comiéndoselos, a los primeros peces que habían pescado. Se llamaba Huiracocha.

            En la tierra de los yungas las casas no tenían techo. Eran unos cercados de caña bajo los árboles y por la noche, si alguien quería soñar, miraba entre las ramas y se veían las estrellas.

            En la tierra de los yungas había sacerdotes. Velaban sobre el cielo y la tierra y se cernían como buitres picando los ojos, tiburones comiendo pescadores, murciélagos oscuros volando sin plumas, como si no tuvieran alas. En la tierra de los yungas la mirada inquietante de los sacerdotes se cernía sobre tu vida y la de los otros. Su tiranía.

            En la tierra de los yungas los sacerdotes llamaron a Aca Fala.

 

5.

 

            -Han llegado a nuestros oídos cosas inquietantes sobre ti.

            La bella princesa se amaba a sí misma y su pensamiento se convirtió en palabras. Las palabras, como las lleva el viento, habían volado por todas partes y acabaron en los oídos de los sacerdotes.

            -Dicen las lenguas que no quieres a nadie, que sólo te amas a ti misma.

            -Yo, señor, siento cariño por mis vecinos y siento por quienes sufren. Quiero a mis padres y los respeto, adoro a mis hermanos y siento devoción por nuestro pueblo; pero desgraciadamente no he encontrado a un hombre que me atraiga tanto como para que pueda quererle.

            -¿No niegas, entonces, que no has amado a ninguno de tus pretendientes?

            -No lo niego, señor.

            -¿Ni haber dicho que no hay en el mundo belleza capaz de encandilar tus ojos?

            -No, señor, no lo niego.

            -¿Sabes que eres bella?

            -Eso dice la gente.

            -¿Y tú lo crees?

            -Con toda humildad, creo ser bella.

            -¿No has dicho que te gustaría ser como las estrellas y brillar en el cielo, luminaria entre las luces?

            -¡Y cómo me gustaría! Sueño por las noches con las estrellas, cuando las miro, antes de dormirme, echada en la cama, mirando hacia el cielo mientras pienso.

            El viejo sacerdote arrugó la frente, apretó los dientes, tensó el mentón y lanzó chispas por los ojos.

            -Has caído en la soberbia, princesa. Has caído en lo más bajo, te has hundido. No hay en tu belleza más que vanidad y no hay humanidad en tu hermosura. Te crees igual que la luna, semejante a Venus, tu luz natural no es luz de estrella pero te lo crees; no hay nadie fuera de ti, eres una mariposa sin sustancia, y un cóndor: dominas el espacio y no conoces la humildad, no tienes alma: princesa, tu amor no vale nada. ¡Te casarás irremediablemente antes de que salga la una!

            Su corazón se estremeció, su pecho se hizo más pequeño y sintió encogérsele hasta el aire. ¿Cómo hacerle comprender lo que sentía por la humanidad, por su destino, aunque no la viera? ¿El temblor del corazón por quienes sufren? Y si eso sentía por quienes ni oye ni ve ni toca, ¿qué no sentiría por quienes ve y oye y acaricia, por quienes viven con ella? Un sentimiento indescriptible, una pasión infinita, una ternura de porcelana, unas cuerdas que vibran dentro de sí, tan frágiles que pueden romperse, delicadas como el mismo corazón, tan dulces y entrañables, tan tiernas? ¿Cómo decir que lo mismo sentía hacia ella misma? ¿Cómo decir, sin que la condenaran, que lo mimo que sentía hacia los demás lo sentía también hacia ella?

            ¿Y cómo decir que le agradaba la lluvia, el color de mariposas y flores, el sabor del agua del mar, el olor de la tierra? ¿Y la belleza de una puesta de sol, de una noche estrellada, de los bosques frondosos, del vuelo del cóndor planeando sobre la sierra? ¿Cómo explicar que no había encontrado entre la gente la belleza que encontraba en la naturaleza? ¿Y cómo decir que ella, cuando se miraba en el espejo, se sentía bella? ¿Cómo decirlo sin que la condenaran? ¿Sin que convirtieran en vanidad lo que ella sentía que era instinto natural, una admiración inocente, una corazonada buena?

            Entonces se acordó de la flor blanca, abierta y delicada, como una campanilla; de su dulce elegancia, tan dulce como fatal, de su cuello de cisne; del fruto verde lleno de púas, como un erizo de mar creciendo en tierra; el mismo fruto abierto, con los tabiques rotos, amarillo y seco, mostrando las semillas: y llena de alcaloides como estaba, la planta era una invitación a la muerte; un viaje a través de un sueño alucinado hasta las puertas del sueño eterno; la datura.

            La tomaría y tardaría en morir menos de un día. Hierbas de las brujas. Convulsiones, depresión, arritmia, taquicardia, necesidad de respirar, colapso, todo… Todo lo que no quería pero tenía que tomar, puesto que atarla era, con la libertad, quitarle la vida. Y ¡qué ironía!, que por falta de amar muriera envenenada por un filtro de amor, el mismo que utilizaban en los tiempos oscuros, sacándolos de la datura. De la datura se saca la burundanga que te lleva a la amnesia; y ella quería amnesia, no quería acordarse de nada de este mundo, ahora sólo pensaba en la eternidad, mirando a las estrellas.

 


6.

 

            Aca Fala se había vestido con sus mejores joyas. Había serenidad en su rostro. Sus labios, carnosos como una estrella roja, atraían voluntades y corazones como la música de las sirenas. Sus ojos. Su piel tersa. Como el aire que no toca, como la brisa que acaricia, como el aturdimiento que adormece las voluntades ajenas. Su pelo negro. El color de la noche. Brillante como el sol, luz embriagadora, la luz más hermosa, luz que brilla en las tinieblas. Su hermoso penacho de plumas, torso delgado de formas puras, esculpidas en el taller de las nubes, cintura estrangulada bajo la suavidad de la falda, negra y larga, que bailaba con un vaivén en sus tobillos. Aca Fala se había recostado sobre el lecho de las emperatrices. La princesa Aca Fala, en toda su majestad, dulce y suave y tierna y adorable, amada, eterna, era, había sido siempre, la emperatriz de la belleza.

            Descansó. Dejó reposar su nuca sobre almohadones. Miró al cielo. Desde allí veía, inteligente y soñadora, el parpadeo de las estrellas. Puntos de luz, como puntos redondos, como luces, destellos; que salían del fondo de sí mismos formando una corona de rayos que iluminaban sin quemar. Eran luces frías, pero radiantes; fantasmagóricas e ignotas. Aca Fala las miraba y soñaba con convertirse en una de ellas. Así lo había querido toda la vida. Lejana, inaccesible, para que su luz fuera imposible de tocar, su piel fuera caricia del ojo y no de la mano y así flotando, sin consumirse, su belleza fuera un templo de los templos.

            Notó un leve temblor en su mano. En su vientre, en su cuello, sus piernas estaban temblando. Quiso levantarse pero no podía. Apartó las almohadas para que sus ojos, boca arriba, miraran las estrellas. ¿Cuánto tiempo estuvo así? No sabía. De repente entró en un sopor, se hundió su voluntad por debajo del sentimiento y en el pecho quedó un vacío sembrado de temblores y de dudas: el vacío de la nada. La invadió el sueño. Sus párpados se cerraban pero los restos de su voluntad los mantenían entreabiertos, o quién sabe, tal vez cerrados a medias; el mundo se vino abajo como una bóveda que se desplomaba dentro de su pecho. Durmió. Durmió sin dormir, su alegría se había ido, su fantasía se había hundido, su energía la había abandonado. Su cuerpo ingrávido como una pluma se vencía al venirse abajo el esqueleto de su voluntad; que flotaba derrotado, hundido, o más que flotar se arrastraba, sobre los restos de su vigor que reptaban por el suelo. Estaba sumida en una profunda depresión: su ánimo no era capaz de reír, sus piernas no eran capaces de andar, la pasión se le había ido y el corazón no sabía ya si respirar o detenerse.

            Aquel corazón se desbocaba como un corcel que no obedece a la brida, que no escucha razones. Luego se paraba cuando quería latir. Y se movía como las piernas que quieren correr cuando las frena la  lentitud del viejo que te lleva de su brazo; más que caminar, vacilaba. Entre latidos frenéticos y palpitares lentos aquel corazón, que había perdido el norte, se consumía.

            ¿Cuánto tiempo pasó? ¡Y cómo saberlo! Pero el cielo pintaba de rosa y las estrellas se habían marchado y ya la princesa Aca Fala, acercándose a la aurora, desaparecía en el crepúsculo de sus latidos. Había respirado con agitación pero ahora su pecho se movía apenas, respirando sin respirar, con la serenidad y parsimonia con que respiran los muertos. Aca Fala dejó de existir. Después de una noche de agonía, sangrando en su interior, tras ingerir aquel veneno.

 

7.

 

            Dice la leyenda que Aca Fala se convirtió en estrella. En estrella de  mar. Los astros, los más brillantes de los dioses, la castigaron. La volvieron estrella de mar para que necesitara patas puesto que no flotaba, estrella sin luz, sin gracia, sin belleza. Que lo hicieron para castigar su vanidad. Pero yo creo que lo hicieron por envidia: porque Aca Fala superaba en hermosura, rebosante de luz, hasta a las estrellas.

 


viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.