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viernes, 27 de noviembre de 2020

  

 

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA

MITO

            Al método conclusivo, considerado como método racional, le falta el último paso y entonces la ciencia se convierte en filosofía. Ya hemos visto que la filosofía observa, explica y concluye, pero no contrasta. La filosofía vive de experiencias pero no hace experimentos. Ahora bien, hay otras formas de pensar que también explican el mundo sin contar con el experimento: son, además de la filosofía, el mito, las matemáticas y el conocimiento ordinario. Iremos viendo una por una estas formas de conocimiento; tomemos ahora el mito: ¿en qué consiste?

            Las explicaciones filosóficas (a las que hemos llamado especulaciones porque se sacan del mundo pero no se le devuelven) son pensamiento que duda; el mito, y, por extensión, la religión, es pensamiento que cree. En el mito la creencia es obligada, con lo que hay una presión social en el pensamiento mítico; cuando especula el filósofo y deduce el matemático, y razona la gente de la calle, expresa creencias y dudas razonables, basadas en probabilidades que buscan el mayor grado de verosimilitud; diríamos que una creencia poco probable tendería a ser rechazada por la filosofía y buscaría creencias más firmes, que con el tiempo serán rechazadas por otras aún más plausibles. En el mito encontramos, por el contrario, creencias ciegas: una fe sin fisuras, una adhesión total, sin vacilaciones ni reservas.

            La fe razonable del filósofo nos pone en contacto con la verdad. Sabemos que el filósofo saca sus conclusiones de la razón, unas veces de la inteligencia lógica, otras por intuición: y siempre motivado, movido, y hasta arrastrado, por el entusiasmo. Cuando ese entusiasmo se maravilla sobre todo por la lógica de las cosas, aunque disfrute también con la analogía, diremos que tiene naturaleza filosófica. Si por el contrario prima en él la analogía, más que la lógica, y se transporta al goce de la fantasía o la imaginación, lo que busca más que la verdad es la belleza, y entonces lo llamamos arte; tanto el filósofo como el artista creen en sus especulaciones sin creer del todo en ellas, su fe no es una fe ciega, sino prudente y cautelosa, aunque con ella se eleven hasta el rapto de los sentidos, el éxtasis, ya sea frenético o de la ensoñación; dicen los andaluces cuando una cosa es maravillosa que “quita el sentío”; o sea, que nos lleva más allá de la experiencia cotidiana y eso es el éxtasis: nos saca de la realidad.

            Cuando la creencia tiene pretensiones de verdad absoluta, el entusiasmo que nos produce nos lleva a la religión: y como la naturaleza humana es dudar con la inteligencia y creer con la voluntad, muchas veces creemos por voluntad de otros cuando nuestra voluntad se debilita por efecto de la duda; la voluntad ajena es una imposición, una fuerza social, una obligación coactiva (es decir, que no procede de la conciencia, aunque la conciencia a veces la adopte, y mucho más si esa adhesión procede del inconsciente). La creencia impuesta es el fundamento de la religión, y una de sus expresiones son las explicaciones racionales, es decir filosóficas, palabra que por fuerza hay que creer aunque no siempre se crea en ella: el mito, que tiene el entusiasmo del arte pero no la fe dudosa y prudente de la filosofía; el entusiasmo filosófico nos puede llevar a esa forma de mística que produce el éxtasis propio de una religión personal, caracterizada por una unión directa del espíritu con dios; pero el entusiasmo religioso produce delirio colectivo, sustento de una religión política, fuente de adhesiones más ciegas y hasta fanáticas que de inspiraciones profundas y sinceras. El mito tiene un componente racional que busca la verdad, y un componente coactivo, y por lo tanto contrario a la razón, que busca la emoción, como el arte; pero imponiéndola, y en eso estriba la religión. En el momento en que el mito rompa las cadenas de la opresión se transformará en filosofía. Tanto mito como filosofía son palabra, pero el mito (mythos) es palabra que hay que creer, mientras que la filosofía (logos) es palabra de la que se puede dudar y a la que se critica. 

            Cuando la filosofía se ha desprendido de la emoción se ha convertido, con Platón, en razón sin sentimientos, en inteligencia seca. Autores como María Zambrano reivindican la vuelta a los orígenes; a unos orígenes donde la razón emocionada y la palabra filosófica eran también palabra poética. Ideas parecidas las reivindican también Pacal o Spinoza, pero sin lenguaje poético; y Nietzsche, y en menor medida Schopenhauer y Heidegger, reivindican la poesía como contenido y expresión, como palabra poética; y San Juan de la Cruz la reivindica menos como filósofo que como poeta. Reivindicar poéticamente la poesía: ése es el reto del filósofo; cuya palabra, a la vez filosófica y poética, desborda el concepto con la metáfora y sube peldaños en la dificultad de comprender, un poco con Nietzsche y Zambrano. De modo que podemos distinguir la inteligencia poética (Zambrano, Nietzsche, Unamuno) de la inteligencia seca (Platón, Aristóteles, Descartes, Hume, Kant y muchos otros).

            Pero volvamos al mito. Podríamos decir que el mito es filosofía surgida de las emociones y atrapada en la opresión. Filosofía: búsqueda de la verdad y, por lo tanto, duda. Emoción: palabra poética que lleva de la experiencia emotiva de origen a nuevas y posibles experiencias emocionales. Religión: pérdida de la libertad que ofrece la duda convirtiendo las conjeturas en leyes, las especulaciones en dogmas (que, como no pasan por la criba del cuarto paso del método científico –la contrastación-, están, evidentemente, sin demostrar); no es lo mismo creer con los ojos cerrados en la caída de los cuerpos graves que creer ciegamente en la virginidad de María.

            Recordemos que la palabra “religión” significa dos cosas. Por un lado es la experiencia mística del mundo misterioso, atractivo y enigmático de las fuerzas y sensibilidades que no podemos entender: y nos entregamos a ellas con un anhelo entusiasta volcando en lo incomprensible nuestra limitación metafísica, la sustitución de la inteligencia al sentimiento, nuestra necesidad de goce entregándolo a nuestra imposibilidad de comprender: que es entregarse a la realidad del enigma, de quien esperamos la salvación de nuestros anhelos y la liberación de la muerte. Y por otro lado entendemos por religión la sumisión al poder político que se presenta como la encarnación de ese enigma inabarcable al que llamamos divinidad; convertido en poder despótico, el enigma religioso prescinde de la mística y la sustituye por obediencia temerosa y a veces aterrada; la prohibición de no creer en los dogmas especulativos crea una ortodoxia cuya desobediencia es castigada; y ya no nos asusta el enigma de dios, sino los tormentos que nos promete el poder político del sacerdote si dejamos de creer en él. La religión política como poder tiránico no tiene nada que ver con la religión mística que busca el goce anhelado en manos del entusiasmo salvador; poder religioso es la religión política, el mito entronizado como dominación social, la obediencia debida a una palabra que está prohibido cuestionar, que no es sino especulación convertida en dogma; y eso no tiene nada que ver con la experiencia personal del misterio metafísico, de la unión mística, que ama la conjetura prometedora y gozosa y vive lo misterioso como una energía embriagadora que “quita el sentío”, como dicen los flamencos, que adormece la lógica para despertar las intuiciones de la razón. El mito de los místicos está hecho de especulaciones embriagadoras; el mito de los sacerdotes está hecho de especulaciones opresoras; poesía frente a dogma, sentimiento frente a imposición, voluntad propia de una razón ebria frente a una voluntad que nos impone el rechazo a la razón: tales son las dos dimensiones del mito, que son al mismo tiempo las dos dimensiones de la religión. El mito que nos oprime habla por boca de los sacerdotes, y el mito que nos embriaga habla a través de la voz de los profetas: que son, a diferencia de los sacerdotes, intermediarios entre dios y nosotros, no intermediarios entre nosotros, dios y el emperador. El sacerdote está integrado en las instituciones religiosas pero el profeta es un marginal; hay momentos en que la Biblia ensalza a los profetas y presenta a dios, desobedeciendo el mandato de los rabinos, como un verso libre y un verso suelto, una voz no integrada en la sociedad; Cristo cura a los enfermos incluso en sábado, y los sacerdotes quieren recriminarle su desobediencia a los preceptos religiosos porque en sábado no se puede trabajar. Pero miremos: todos hemos oído hablar de  algún profeta (Elías, Eliseo, Amós, Daniel, Jonás), pero ¿quién es capaz de recordar el nombre de un solo sacerdote en la Biblia? El cristianismo, que se ha convertido en voz de los que mandan, nació siendo la voz de quienes se deleitaban uniéndose a dios

            Se dice que el mito surgió en el siglo –VIII de la mano de Homero y Hesiodo: craso error; lo que hicieron Hesiodo y Homero fue darles forma literaria a los mitos, no crearlos; los mitos nacieron mucho antes. En el siglo –XII se produce la invasión de los dorios; desaparece la escritura juntamente con el universo micénico y durante cuatrocientos años es el caos, la inseguridad en las casas, en los caminos, poblados siempre de bandidos; las narraciones son orales y las cantan los rapsodas, que deben memorizar los versos a falta de poderlos escribir. La inseguridad produce miedo y con el mido desaparecen las dudas que pueden tener los poetas: se impone la ortodoxia, que es el arma del poder, el castigo a los heterodoxos, la fe impuesta y la prohibición de pensar. Los historiadores llaman a esa época los tiempos oscuros; oscuros no porque reinara la ignorancia y la superstición, sino porque no había escritura que hablara de ellos; era una cultura ágrafa. Los únicos pensamientos que se tienen son los de los mitos: explicaciones verosímiles, tradiciones de las que no se duda porque el peso de las armas lo sostiene, el peso inerte de la tradición.

            Pero antes de los dorios estuvieron los cretenses. Los cretenses tuvieron una cultura muy desarrollada junto con una sólida y compleja organización política: ¿estaba permitida la duda? Seguramente tenían escritura, pero no alfabética, ni siquiera silábica. Debía haber escuelas donde se intercambiaban opiniones, se creaba controversia, y a eso no podemos llamarlo exactamente pensamiento mítico. Los mitos eran explicaciones verosímiles, y sobre ellos seguramente había lugares de ortodoxia y lugares de crítica. No, la cultura cretense no era 100 % mítica, si bien seguramente sus gérmenes filosóficos ocupaban espacios reducidos; la fe de los cretenses ocupaba el grueso del pensamiento de las gentes, y debía haber, junto a la ortodoxia del poder, maestros y escuelas de pensamiento racional.

            Así que el pensamiento mítico no es el que había antes de Homero, sino el que daba explicaciones que ninguna ciencia podía ni quería cuestionar. Palabra impuesta, no palabra hallada; y no fue la primera forma de pensar que hubo, antes de que apareciera el logos, puesto que el logos ya estaba contenido en el mito; el mito ya contenía lógica, analogía, intuición, y conciencia y experiencia del mundo; sólo que hubo épocas en que todo eso estaba encadenado y la creación vivía yugulada por la obediencia, la fe se durmió en el dogma. Lo que llamamos mythos no es un pensamiento anterior a la lógica, donde los relatos (cuentos, explicaciones, leyendas, poesía lírica y otras formas narrativas a los que llamamos mitos), sino un pensamiento que se impone y un pensamiento censurado; el mythos no es la proliferación de mitos que se oponen a la razón (mitos también los hay en la razón), sino la adopción de algunos de esos mitos como instrumento represivo del poder. 

            El siglo –VIII es el de la sistematización de los mitos, y en eso tiene más de pensamiento racional de la ortodoxia que de amputación ortodoxa de la razón, aunque también la tiene: por eso lo podríamos llamar protofilosófico. El verdadero pensamiento es aquel donde la arbitrariedad de la violencia está onmipresente y convierte a los mitos en expresión de la sumisión provocada por el miedo. Podríamos llamar mythos a las épocas donde el peso del miedo producido por la violencia (que convierte a la poesía en instrumento del poder) es mucho mayor que el peso (quizá habría que decir la ingravidez) del pensamiento libre; quizás habría que suponer que los poetas pensaron libremente historias (mitos) que después fueron utilizadas por los políticos para apuntalar su poder convirtiéndolo en pensamiento atado. Las épocas en que, por el contrario, el peso de la razón atada es proporcionalmente menor que el de la razón libre corresponderían a lo que la historiografía oficial ha venido llamando logos. No es que el mythos contuviera sólo relatos y el logos sólo abstracciones, sino que la abstracción fue ganando peso con el relato (y dentro de él) a medida que la creación se fue haciendo progresivamente más libre.

            Antes de los cretenses quizá hubo alternancias milenarias de periodos de logos y de mythos; y hasta en la época de las cavernas, donde el mythos seguramente pesaba más, quizá los maestros que enseñaban a tallar piedras también razonaban con sus discípulos; y junto a los hechiceros y magos que ejercían su poder a la sombra de la superstición acaso hubo otros magos que tenían poco de hechiceros y mucho de sabios; eso significa que posiblemente también hubo filósofos en la época de las cavernas; pero la oralidad no predispone a la conservación inteligente del saber, sino a su memorización, entusiasta o mecánica, o las dos cosas a la vez, más automática que comprensiva, aunque también adoptara simultáneamente estas dos formas. En la América precolombina hubo sociedades, como la cultura mochica, donde la vigilancia del ejército imponiendo mitos y miedo no impidió que hubiera un florecimiento formidable de observadores, pensadores y artistas; una ilustración parecida a la que Europa conoció en el Renacimiento, paralela, todo hay que decirlo, a la Inquisición. La cultura paracas desarrolló un pensamiento metafísico, sabían hacer trepanaciones, y el desarrollo de la técnica nazca se prolonga después en la formidable maquinaria de los incas, donde la técnica, la ciencia y el arte  se dieron la mano con el abrazo del oso del  imperio, cuyo ombligo era el Cuzco: el Tahuantinsuyo. Y no nos olvidemos de Chavín, donde el terror de los terremotos propició un culto fanático, despótico y cruel. Algo de eso debía haber también en el imperio huari, que se extendió sobre el ardor de los iluminados portadores del fanatismo; al igual que hizo Almanzor, o el imperio almohade, ahogando en fe ciega los progresos culturales del islam. El mundo es una alternancia de mythos y logos. Logos es la derrota de las enfermedades con el desarrollo de las vacunas; mythos es la superstición disfrazada de razones que extienden los movimientos antivacunas que quieren retrotraernos a los momentos anteriores a Pasteur.

            Los mitos utilizan inducciones, deducciones, analogías, valoraciones y virtudes. Edipo tiene que pensar para resolver el problema de la esfinge. Los egipcios construyeron pirámides utilizando el teorema de Pitágoras (mucho antes que Pitágoras). Los griegos explicaron las alternancias de inviernos y veranos con el mito de Perséfone. Los nórdicos supusieron que el caos primigenio estaba hecho de hielo y fuego, lo que no dejaba de ser una poetización del paisaje de Islandia: donde había montañas de hielo que escondían fuego en su interior porque eran volcanes. 

            ¿Qué decir de la creencia de los escandinavos en el valhalla y en el crepúsculo de los dioses? ¿Explicación del mundo surgida en un mundo de guerreros, o imposición de un espíritu guerrero por medio de relatos para convertir en salvajes unos pueblos pacíficos? ¿No extienden la creencia, tan supersticiosa como heroica, en que sus gestas serán recompensadas por las valkirias? ¿A qué responde la creencia de los griegos en el destino? ¿El culto al erotismo en los ritos, cánticos y bailes relacionados con Dionysos? ¿Qué representa el orfismo? Mitos, todos ellos, que florecieron en épocas donde ya se cultivaba la razón. Mitos en tiempo de logos.

            También en los mitos se encontraban modelos de virtudes, ejemplos edificantes para la vida. Incitación a la prudencia mediante ejemplos de episodios imprudentes: imprudencia de Krimilda al contarle a Brunilda el secreto de la hoja de tilo; imprudencia de Esaú al venderle a Jacob, por un plato de lentejas, su derecho de primogenitura; imprudencia de los marinos al robarle a Ulises, para abrirlo, el saco de los vientos. La desgracia producida por la codicia. La desgracia que nos acompaña si nos dejamos arrebatar por la ira: como le pasó a Heracles asesinando, en un arrebato de cólera, a su mujer y a sus hijos. La enseñanza de la astucia a través de Ulises, que lo mismo es capaz de engañar a Polifemo que de construir el caballo de Troya; de Prometeo, que engaña al mismísimo Zeus cuando tiene que repartir la carne y los huesos de un buey. El poder embriagador de la música, que se encarna en Orfeo. Y se inventan suplicios terribles, como el de Prometeo, condenado a ser devorado eternamente por un águila, o el de Tántalo, muerto de hambre  y sed y flotando en agua que se retira cada vez que se agacha para beberla, bajo viandas que se levantan sobre su cabeza cada vez que les quiere dar un mordisco.

            Creo que queda demostrado que en el mito hay dos ingredientes: los relatos, que no son incompatibles con la filosofía, y la ortodoxia, violenta e intransigente, que sí lo es; llamaremos mito a lo primero; a lo segundo, que utiliza el mito como instrumento de dominación, lo podemos llamar mythos. La filosofía no surge con el paso del mythos al logos. La filosofía contiene mitos (en Heráclito, en Parménides, en Platón, en Nietzsche, en Heidegger) perfectamente integrados en la razón. Y el logos convive con el mythos en épocas de ortodoxia y opresión, como en  el Renacimiento europeo. El mythos no es una existencia irracional que precede al advenimiento de la razón, sino un mar de despotismo en el que van apareciendo islotes de libertad; llega un momento en que esos islotes son tan numerosos que el mar desaparece y el agua se incrusta en la tierra, por la que corre, formando ríos, lagos, corrientes y aguas subterráneas. No hay un paso del mythos al logos; hay un logos que crece en el mito, en cuyo interior siempre estuvo desde el principio, pujando por salir a la superficie sin liberarse del todo de sus ataduras; y los mitos que alimentan la ortodoxia son los mismos que alimentan la libertad. 



 

 

viernes, 31 de agosto de 2018

LAS IDEOLOGÍAS



LAS IDEOLOGÍAS


            Quizá el rasgo más característico de toda ideología sea que todo gira en torno a un núcleo sagrado; por sagrado entiendo lo que no se puede tocar, ni criticar, lo que es absoluto e incuestionable, lo que escapa, por tanto, al poder de la razón. Ser sagrado es lo mismo que ser tabú: ni se toca ni se habla de ello, a veces ni siquiera para dorarlo; lo innombrable, lo prohibido. La revolución. La raza. La nación. Dios. Una ideología es una construcción de sensaciones, sentimientos, razones y palabras, que se levanta para apuntalar un sentimiento supremo que le da sentido a todo. Si quitamos ese sentimiento (que está más allá de toda duda) se desmorona todo.
            Una ideología es el retrato de un mundo ideal al que aspiramos. Su punto de partida es el análisis del mundo real, en el que vivimos, y la identificación de lo que queremos que cambie para convertirlo en un mundo mejor. Su meta, el retrato de ese mundo mejor al que queremos llegar. Entre ambos mundos hay un camino que tenemos que trazar para saber cómo llegar del uno al otro. Estas tres facetas de la ideología, que son como sus tres caras, son, respectivamente, la realidad, el ideal y la estrategia. La realidad se estudia mediante la razón que produce deseos, iluminada ella misma por el deseo. El ideal se construye mediante el deseo iluminando a la razón. Y la estrategia puede ser razonable (si la razón le marca el camino al deseo) o delirante (si es el deseo el que conduce a la razón hasta ahogarla).
            Así, una ideología tiene un cuerpo racional obedeciendo a un sentimiento intocable. Es una cabeza al servicio de un corazón, hoy diríamos que un córtex esclavizado por un sistema límbico. El cuerpo racional es la doctrina. El ideal es la luz que la ilumina. Si la doctrina fuera un barco, el ideal sería el faro que lo guía; y si la doctrina fuera filosofía o ciencia, el ideal sería el mito: un mundo crítico sosteniendo a una realidad incuestionable, la ciencia y la técnica al servicio de la magia y el rito, el intelectual obedeciendo al sacerdote, los doctores de la ciencia escuchando a los doctores de la Iglesia, una escuela racional dando cobertura a la escuela de la fe: ambas juntas configuran una escolástica, un entramado de mentalidades y razones al que Kuhn ha llamado paradigma.


            Tomemos, como ejemplo, un  comunismo de ideología marxista: los dioses incuestionables son los grandes apóstoles de la doctrina (Marx, Engels y Lenin o Mao, según venga al caso); el ideal es la revolución socialista, la diosa suprema, dogmáticamente caracterizada por esos apóstoles; la realidad es la sociedad capitalista, que ellos analizaron y criticaron; y la estrategia sería, según los resultados de ese análisis, la alianza de la clase obrera con el campesinado, o bien el campesinado solo: arrancando en las ciudades o batiendo las ciudades desde el campo, según se trate de Lenin o Mao; y en todo caso por la violencia, después de haber comprobado que la vía pacífica siempre es ahogada en sangre por los capitalistas. Una vez conquistado el triunfo, el poder se erige en sacerdote de la diosa, y se limita a glosar la doctrina de los apóstoles con sus intelectuales orgánicos; los otros intelectuales tienen una línea roja que no deben traspasar con la crítica: la que marca la escolástica revolucionaria. Y así, la crítica es buena si sirve para apuntalar los dogmas fundacionales; en caso contrario será perseguida por desviacionista, porque nadie puede desviarse de los principios; por revisionista, porque nadie tiene derecho a revisar esos principios, que deben ser acatados con fe ciega; y por herejía, porque nadie puede salirse de la ortodoxia. Ya lo decían los filósofos en la edad Media: la razón debe estar al servicio de la fe.
            Esa estructura es el retrato robot de todas las ideologías; el esqueleto que todas tienen en común, algo así como el patrón compartido por todas. Lo que varía es la carne que le ponemos a ese esqueleto. La cara que le ponemos a esa calavera, lo particular y accesorio, el folklore; un folklore que puede mostrar grandes diferencias de unos a otros (desde el culto a la vida hasta el culto a la muerte, tal y como lo vemos en la Unión Soviética o en el Estado Islámico); pero todos comparten el mismo culto a la personalidad (en unos casos, del amado líder; en otros, del dios todopoderoso e inagotable). Regímenes como el de Stalin, Franco o Kim Il Sung son del primer tipo; movimientos como la ETA o el independentismo catalán lo son del segundo; en unos casos se adora al caudillo, en otros al dios que está por encima de todos los caudillos.
            Lo propio de la ideología es que persigue, en una primera fase, a la razón que se rebela contra los ídolos, pero en una fase ulterior acaba persiguiendo cualquier manifestación de la razón misma. La ideología se parece mucho a la paranoia: el paranoico puede tener una lucidez asombrosa, pero sus razonamientos giran en torno a una idea delirante y obsesiva, en eso estriba su locura; y es más peligroso cuanta más inteligencia tiene, todo el mundo sabe que el peor enemigo de todos es el más listo. Ahora bien, el paranoico es listo en sus razones y tonto en su delirio: como dice lapidariamente un conocido refrán, el paranoico es listo de la cabeza y tonto del culo. En este sentido las ideologías (laicas o religiosas) son paranoias; y lo más grave es que las razones sirven para justificar los delirios, y en los delirios, junto con los ideales y las ilusiones, está la realidad de las maldades, las crueldades, los atropellos y los abusos; una ideología es una coartada para justificar la violación de los derechos humanos: del derecho natural, como se decía en los tiempos antiguos. Cualquier dolor infligido a un semejante, aunque sea con ardor sádico, si es por la causa, está perdonado, no ya permitido.


            De modo que una ideología es como una mercancía que queremos vender: bella por fuera, fea por dentro. Como una tentación, como el canto de las sirenas, que detrás de la fascinación nos reserva la muerte. O como una medalla o una moneda, que detrás de su cara tiene su cruz. Lo malo de las ideologías es que su núcleo sagrado deslumbra de tal manera que borra en los adeptos la capacidad de razonar, y los lleva al fanatismo;  no es que no sepan pensar, es que no pueden pensar de otro modo: porque el magnetismo los ciega. Y no todos son tontos de la cabeza, pero sí son tontos del culo.
            Sin embargo las ideologías son necesarias. Son el motor de la historia, nada habría sucedido en el mundo sin una ideología que lo sustentara. El científico, el filósofo, estudian la realidad, y cuando proyectan en ella sus deseos siempre son deseos controlados por la razón: ellos ayudan a avanzar los ideales, pero desgraciadamente nadie los escucha. Sólo cuando la ciencia o la filosofía caen en manos de un ideólogo las ideas se encarnan en la sociedad y se ponen en movimiento. De modo que si no hubiera ideologías los científicos y filósofos se escucharían sólo entre ellos, y con reservas, y aparte de ellos no los escucharía nadie; la sociedad se dividiría en una minoría ilustrada y una mayoría embrutecida, la primera que tiene cosas que decir y la segunda que no quiere escucharlas: porque no pueda; porque su fe le ciega el sentimiento. Gracias a la ideología, el embrutecimiento se vuelve ilustrado y la sociedad avanza, por una sucesión de ideologías, desde las más abyectas a las más humanas: no habría habido revolución francesa si no hubiera habido atrocidades ilustradas; el ser humano no habría salido de las cavernas de no saber retrocedido las glaciaciones… y avanzado las ideologías.
            Pero las ideas tienen efectos perversos además de ser sueños bonitos. El más bondadoso de los ideales acaba produciendo crueldad sin límites (durante unos siglos también le pasó al cristianismo): pero también es cierto que del mismo tronco del que salió Torquemada salieron San Francisco, los mercedarios y el propio Jesucristo. Y si las ideologías son necesarias, será preciso limar sus asperezas, ablandarlas en lo que tienen de duro, cuidar las rosas y quitar espinas. No faltará quien diga que las espinas están para proteger a las  rosas, pero si nos atrevemos a quitar cada vez más espinas (no todas de golpe, por supuesto), llegará un momento en que cada vez haya también menos enemigos de los que protegerlas. Dijo Adriano: si quieres la paz, prepárate para la guerra. Quizás haya que decir más bien: si quieres la paz, aleja de la guerra a tu enemigo. Y aunque siga habiendo ejércitos, cada vez serán menos numerosos y agresivos.  Bosnia Herzegovina se desarmó en señal de paz: y se la comieron sus vecinos, que estaban armados hasta los dientes; por eso quizá no sea sensato desarmarse unilateralmente; el desarme debe ser concertado y realista, y hay que ir sentando las bases para ponerse de acuerdo. Pero, como un antídoto, lo que sí tenemos que hacer es ir desarmando las ideologías. Eso se consigue con la clarificación ideológica. En ella deben intervenir la ciencia y la filosofía. “Guardaos de los falsos profetas”, dice Jesús; para saber si un profeta es falso hay que usar la razón, no el fanatismo; y la fe debe ser racional, no una fe ciega; en síntesis, el propio Jesús viene a decirnos que para que nadie hable falsedades en su nombre hay que pensar las cosas desde una fe amorosa, y creer amorosamente desde la razón, no predicar la fe desde el odio ni extender el odio atizándolo racionalmente: que la propia Iglesia puede ser invadida por sus impostores y atacar a los infieles con la espada, cuando el propio Jesús le quitó a San Pedro la misma espada con la que San Pedro le iba a defender. No a la guerra para defender la religión, ése es su mensaje. El verdadero mensaje de Cristo no es matar a los infieles, sino amar a tus enemigos. Y lo que haya que combatir, lo haremos siempre con la razón; y con la fe; pero ambas guiadas por el amor (razón amorosa y fe amorosa, y amor razonable y fiel, en las antípodas del amor ciego: que amar apasionadamente no es lo mismo que cerrar los ojos para amar).


            ¿Y cómo combatiremos con la razón? Sometiendo a su dictamen al núcleo duro de las ideologías. Claro, hay un núcleo duro en esta ideología que estoy planteando: ese núcleo es el amor. Pero la razón tiene argumentos para defenderlo. Y entonces será ya un ideal, no un dogma de fe: lo propio del ideal es que nos anima y entusiasma; lo propio del dogma, que nos obliga con miedo. Necesitamos menos dogmas y más ideales. Hay que dejar que la razón entre en el templo de los ideales. Del mismo modo que en Einstein todo era relativo menos la velocidad de la luz, en la crítica ideológica todo se puede cambiar menos el amor; porque su cordura resiste bien a la crítica y sale siempre airosa de sus ataques, a diferencia del odio, que sale mal parado; como el egoísmo. Imaginemos a un maestro que enseña que cualquier arma es válida con tal de conquistar el poder; entonces su discípulo, siguiendo sus enseñanzas, lo matará para quitarle el poder cuando haya aprendido: éste es el destino de los maestros sith a manos de sus aprendices; de sus padawan. Pero si enseña que el amor es la fuente del poder, crearemos una sociedad donde la gente conquiste cada vez más poder sin necesitad de matar a quien lo detenta: la razón se lo aumentará a unos y se lo disminuirá a otros, y lo hará siempre mediante el diálogo. Una sociedad donde todos se matan acabará destruyéndose a sí misma en una guerra de todos contra todos. Pero una sociedad donde todos se aman se reforzará cada vez más, pues el amor a las personas se reforzará con el amor a la razón: con la crítica.
            Nos hacen falta ideologías, sí. Que analicen la realidad con la cordura, con el auxilio de la razón, con la lucidez del análisis. Y que sepan querer con amor y no con odio, rechazar las crueldades. Y que construyan utopías donde el suelo empírico, que se resquebraja en las visiones del futuro, se refuerce con el ideal de la razón, alimento de los otros ideales. Y que los ideales no se vuelvan dogmas y se puedan discutir. Y que no haya guardianes de la ortodoxia sino vigilantes de su coherencia, para corregirla todas las veces que haga falta. Donde no se llame traición a la crítica ni debilidad al amor, y donde todas las fuerzas sean vitales y no violencias ciegas, que conducen a la muerte, a la que adoran sin pensar: porque sean fuerzas irracionales; brutales y suicidas, y primitivas, sí, y aunque los instintos primitivos son buenos, sólo se desvirtúan si se alejan de la razón, que los vigila. Vigilancia, sí: pero no para meter preso a nadie sino para ser libres. Nuestros únicos ideales, que son el amor y la razón, están en el corazón y en la cabeza, en nuestro córtex y en nuestro sistema límbico. Y, lo mismo que la energía nuclear, las ideologías pueden servir para curar o para hacer bombas, y sólo la razón amorosa puede alejarnos de las bombas y pensar sólo en curarnos: aunque para eso las ideologías deben estar siempre vigilantes, vigilarse a sí mismas para asegurarse de que no se apartan nunca de la razón, que avanza, ni del amor, que, como un faro, las alumbra en el camino. Hacen falta ideologías, sí, pero más falta nos hace la crítica ideológica: para protegernos de los accidentes y de las desgracias.





sábado, 29 de agosto de 2015

Rincón del Filósofo (3)






2014.
RINCÓN DEL FILÓSOFO (3)

 
 NOVIEMBRE


45

            La razón  no ha surgido luchando contra el mito como si el mito fuera irracional; por el contrario, ha salido del vientre del mito como un árbol sale de su semilla.


46

No ha habido un momento en que el mito acabara por retirarse para dejar paso al logos: la razón estuvo siempre en el interior de los pensamientos míticos, pero estuvo dormida; y el mito no se retiró tampoco de la escena de la historia cuando se produjo el desarrollo de la razón.


47

La tarea más importante de la filosofía peruana no es, hoy, buscar razones que ya posee, sino plantarlas en esas otras razones que laten dormidas en su suelo.



DICIEMBRE


48

            La razón es la capacidad de concebir y juzgar, y en último extremo concebir y juzgar es tomar decisiones.


49

Concebir es formar conceptos, y la razón lo hace por análisis y síntesis, en los distintos procesos de observación, inducción, deducción y analogía.
Juzgar es formar proposiciones, y los procedimientos son los mismos que para la formación de conceptos.
            La razón puede ser inteligente e intuitiva. Como inteligencia, se desarrolla de manera consciente, y como intuición, piensa sin tener conciencia de que piensa; ni de lo que piensa.
El pensamiento de la razón puede ser lógico o analógico. Llamamos lógica al estudio del análisis y la síntesis aplicado a la deducción y a la inducción; el resto es analogía. Analogía y lógica son, pues, dos mundos racionales.


50

            Tener conciencia es darse cuenta de las cosas.

 
51

            Tener conciencia es darse cuenta de las cosas: y podemos darnos cuenta de lo que son las cosas (es la racionalidad teórica) o de lo que las cosas deben ser (y es la racionalidad práctica).


                                                                      52                 

El amor es más fino que el placer de los sentidos; el placer de los sentidos se contiene en el de los sentimientos, pero no al revés: el amor contiene erotismo, pero el erotismo puro no contiene amor. Cuando no podemos disfrutar de dos placeres al mismo tiempo es mejor elegir el más completo


53

Un placer concreto es un camino que te lleva. Un placer abstracto es un horizonte que te guía por ese camino.


54

El bien en general es preferible a una cosa buena; porque, guiado por el bien, tu instinto podrá encontrar en el mundo muchas cosas buenas.


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            Hay, pues, dos tipos de jerarquía en las motivaciones: la jerarquía de los placeres, que nos abre los ojos para disfrutar de las cosas materiales, sensoriales, individuales y concretas; y la jerarquía de los valores, que nos da ojos para gozar de un ideal, cuando este ideal no nos cierra el camino de los goces sensoriales y concretos. La llamada del cuerpo debe saberse compaginar con la del espíritu.
            Hace falta un saber que sabe lo que hace; pero cabalga sobre un hacer que sabe lo que tiene que hacer. ¿Qué es el deber? Saber que un ideal o un placer no te quita la posibilidad de disfrutar de otro mejor; y no saber también que los mejores ideales no deben ser tiranos que esclavicen a los que no son tan buenos.


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Debe haber un equilibrio entre lo superior y lo inferior, porque lo superior se derrumba también cuando se caen los pisos inferiores. No puede haber amor puro cuando estamos reprimiendo la sexualidad.


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            El placer automático hace, sin pensar, lo que le dicen. El placer autónomo lo piensa primero. ¿Qué es pensar? Pensar es hacer uso de la razón.


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            El que resiste las tentaciones nocivas sabe lo que tiene que hacer; conoce lo que le conviene; sabe lo que es bueno. Podríamos decir que en su caso obrar bien es lo mismo que conocer el bien: en eso conoce su deber, y él lo sabe; es muy consciente de ello.
            El que no resiste las tentaciones nocivas ¿por qué lo hace? Puede que no sepa que esas tentaciones son malas: en ese caso se lo enseñamos y, una vez que lo aprenda, será imposible que obre mal. Pero puede ser también que no tenga capacidad de resistencia y entonces, aunque sabe lo que le conviene, no tiene fuerzas para buscarlo.


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            Y puede suceder también que conozca mi deber sin llegar a creérmelo del todo.
                                                                                          

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            Y es que conocer no es sólo sentir en el momento. Ni pensar a largo plazo en consecuencias que no siento. Sino sentir los dolores futuros como una presencia que tiene capacidad persuasiva para hacerme cambiar ahora.






sábado, 8 de noviembre de 2014

Los orígenes de la filosofía en el Perú






LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA EN EL PERÚ


1. EL PROBLEMA DE LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA.

            La razón  no ha surgido luchando contra el mito como si el mito fuera irracional; por el contrario, ha salido del vientre del mito como un árbol que sale de su semilla. Y no surgió bruscamente, sino a través de una lenta maduración. No puede decirse que, de repente, después de una dura lucha de la razón contra las fuerzas irracionales, aquélla saliera victoriosa arrinconando a la ignorancia para siempre; a la ignorancia, a las creencias, a la magia, a la superstición. No ha habido un momento en que el mito acabara por retirarse para dejar paso al logos: para empezar, la razón estuvo siempre en el interior de los pensamientos míticos, pero estuvo dormida; y para seguir, el mito no se retiró tampoco de la escena de la historia cuando se produjo el desarrollo de la razón: por eso fue razón naciente antes de ser una razón nacida; también hubo una razón latente, herida, aletargada, que terminó por eclosionar.
            Suele considerarse a Homero y Hesiodo, en el siglo VIII antes de Cristo, como los representantes tardíos del pensamiento mítico en Grecia. Pero en los cuatro siglos que les precedieron, quizá el mito no era vivido de la misma manera; quizá pudiéramos hablar de mito I y mito II para referirnos a dos formas sucesivas de vivirlo a lo largo de los años. Paralelamente, quizá desde el siglo VIII hasta el VI, y hasta incluso el V, la filosofa no revistiera tampoco las mismas formas; quizá también pudiéramos hablar de filosofía I y filosofía II para caracterizar estas dos fases. El paso del mito a la razón sería una expresión simplista para referirse a un proceso complejo más dilatado. ¿En qué consisten esas fases de la razón de las que hemos hablado?

(1)     Llamamos razón atada a las épocas que producen pensamientos cautivos; épocas de la historia donde el pensador está sujeto al político. Corresponden a la fase de mito I y se trata de un pensamiento extensional imaginativo, porque lo que no es extensión se conoce imaginándolo. El mito en su primera fase (Kotosh, Chavín) se extendería del año -700 hasta el +100, y se caracterizaría por una experiencia sin analizar llena de personificaciones igualmente sin analizar; y el mito, como punto de llegada, era la culminación de las razones.

(2)     La razón naciente. Produce pensamientos sueltos (pero aún no verdaderamente libres). Conoce una liberación progresiva del saber con respecto al poder, y el mismo saber empieza a vencer los obstáculos epistemológicos. Es lo que llamamos primer pensamiento intensional reflexivo. Se despliega en dos fases:

·        Mito II.  (Paracas, nazca). Del año 100 al 800. Caracterizado por un análisis empírico defectuoso sobre un incipiente análisis de las personificaciones (nazca, paracas).

·        Filosofía I. (Mochicas, chimús, incas). Desde el año 800 hasta el 1532. Ahora el mito es sólo punto de partida. La inducción y la analogía se revisten de lógica (deducción) y el culto ha segregado crítica, y convive con la cultura. Ya hay un análisis conceptual explicativo, fragmentariamente desligado de la experiencia.

(3)     La razón nacida es generadora de pensamientos libres. La técnica va arrinconando a la magia y el mito deja paso a la filosofía: es lo que llamamos segundo pensamiento intensional reflexivo. Ya no se trata sólo de impulsos  racionales y liberadores, sino de proyectos liberadores de la razón. Corresponde a las fases de filosofía II y ciencia. 

·        Filosofía II.  (Perú colonial). Desde 1.532 hasta 1.800. La filosofía refuerza la porosidad urbana sobre la que se asienta, que es a la vez consecuencia y causa de su actividad; el mito es sustituido por los conceptos y sobre una técnica mejorada crece un análisis empírico cada vez más afinado.

·        Ciencia.  (Perú republicano). Desde 1.800 hasta hoy. Aquí surge, segregado por la experiencia, el experimento (que es una experiencia controlada). El pensamiento especulativo se transforma en ciencia experimental y las explicaciones, ancladas en los hechos, se vuelven abstractas (porque levantan el vuelo sobre el techo de lo cotidiano).

En Perú, el período de la razón nacida se escindiría en dos periodos:
A.    Razón suplantada. El logos autóctono es suplantado por el europeo.
B.  Razón plantada. El logos autóctono emerge, para emprender una síntesis, cuando se relajan las ataduras del europeo.

La tesis que defenderemos es la siguiente: que el pensamiento peruano precolombino alcanzó el estadio de filosofía I casi 1.500 años después de que los pensadores de Mileto hubieran alcanzado el umbral de la filosofía II. Y no avanzó más porque sus ciudades no eran suficientemente porosas; la ausencia de escritura impidió el desarrollo de la democracia, de la curiosidad y de la apertura no militar a otras culturas de su entorno. 

 
2. EL PROBLEMA DE LOS ORÍGENES PERUANOS DE LA FILOSOFÍA.

2.1. RAZÓN ATADA (PENSAMIENTO CAUTIVO).  

La constelación de la cruz del sur “destaca en el cielo nocturno entre los meses de marzo y agosto y puede observarse prácticamente toda la noche hasta junio y especialmente en el mes de mayo. Está constituida por estrellas brillantes y es visible desde el polo sur hasta el ecuador”. Gustavo Estremadoyro señala que “los habitantes de las antiguas culturas rindieron culto a la constelación de la Cruz del Sur, no como una divinidad sino como un sistema de orientación y como relación básica para su sistema de medida”;

1. CULTURA CHAVÍN .

            El templo de Chavín tiene galerías angostas, altas, frías, formando un laberinto donde es fácil perderse: hay una sensación de misterio. El presunto dios-jaguar, cuya cabellera está formada por haces de serpientes, inspira una mitología centrada en el terror. Así lo pinta Vargas Llosa.
Pero, más todavía que al temblor, al rayo, los aniegos y el huaico, la razón primordial de su pavor eran las garras y los colmillos del puma y el jaguar, o la mordedura del crótalo, que anidaban por doquier en estos bosques intrincados y que debían causar innumerables víctimas en las aldeas y caseríos. Por eso los convirtieron en divinidades y trataron de sobornarlos y aplacarlos, construyéndoles este majestuoso santuario”; imagina Vargas Llosa que “el miedo que sentían explica el salvajismo a que se entregaban, la inaudita violencia a que recurrían”. Porque “ese horrible dios, híbrido de pájaro, crótalo y felino”, estaba representado en el Lanzón; y el Lanzón “estaba impregnado de sangre humana, que chorreaba sobre él, de las víctimas sacrificadas por los sacerdotes, allá arriba, en el templo, en la piedra que era el ara propiciatoria, estratégicamente colocada de tal modo que la sangre del sacrificado bañara al dios de la caverna. Muchos peregrinos caerían fulminados, aquí, de terror y devoción”.
El mundo es un entorno hostil que impone un pensamiento afectivo: no puede, pues, haber ciencia, sino rudimentarios conocimientos empíricos. No se busca un arte realista que sea representación del mundo sensorial; el arte de Chavín es simbólico, metafórico y abstracto.


2. CULTURA PARACAS .

            No es lo mismo la naturaleza como conjunto de las cosas que hay que la naturaleza como totalidad con sentido; en el primer caso hablamos de la pluralidad; en el segundo de totalidad, de absoluto. Chavín no conoció enriquecimientos significativos de la experiencia que no estuvieran orientados a la explotación técnica del medio; y en cuanto a pensar lo absoluto, no hubo inquietudes destacables, ya que el pensamiento estaba guiado mucho por las emociones y poco por la razón. Paracas, contemporánea de Chavín, desarrolló una técnica elaborada de las trepanaciones, y produjo las telas más bellas de todo el continente americano. Técnica y arte, pero no experiencias protocientíficas ni interés por la trascendencia. El periodo Formativo se caracteriza por una ausencia de teología y por una liturgia orientada sobre todo al sacrificio.


 2.2. RAZÓN NACIENTE (PENSAMIENTO SUELTO).  

3. CULTURA MOCHICA.

En la cerámica mochica los astrónomos aparecen representados en forma de sacerdotes-búhos; ello se debe a que se interesaban más por la astronomía nocturna, centrada en la observación de las estrellas más que en el estudio del sol.
            Soldados-felinos, sacerdotes-búhos, pueblo-lagartija. La cerámica escultórica posee un “afán de retratar la vida cotidiana”, como los escritores y artistas del Siglo de Oro español; veremos que aquí aflora también una atmósfera picaresca. Se representan palacios, pero también casas humildes. La cerámica representa al médico, al idiota, al jiboso (reconocible por su rostro triangular), al ciego (“que ya no tiene necesidad de utilizar determinados músculos faciales”). Se representa “la cara del individuo (...): al pensativo, al enérgico, al sereno y al colérico, al que ríe y al que sufre, al de nariz carnosa y al de ojos almendrados; se representan “partos difíciles, hermanos siameses unidos por el costado, caras con huella de forúnculos, labios leporinos, sífilis de tercer grado, mal de Pott, bocio exoftálmico, hemipejia, rostros roídos por la uta, pies y párpados edematosos”. Por último cabe destacar el huaco pornográfico, que parece remitir a ritos sexuales sin afán moralizador.
            La cultura mochica también piensa la pluralidad, pero lo hace en sus apariencias, no en sus profundidades especulativas e inobservables. Frente a la metafísica intuitiva nazca podemos hablar de la extraordinaria observación científica de los mochicas: tal es la cantidad de los datos recogidos que cabe pensar en la presencia de verificaciones, y por lo tanto conocieron la experimentación, aunque fuese rudimentaria. Quién sabe si se dedicaron a describir más que a explicar, y por eso podría hablarse, salvando todas las distancias, de un positivismo mochica. Pero este interés por los datos se dio en la medicina, que también en Grecia supuso una avanzadilla de la ciencia entre las creencias religiosas y las especulaciones metafísicas; entre la cultura nazca y el propio clero mochica.
Se trata de una verdadera secularización, y es difícil no imaginarse a buena parte de la sociedad civil disputarle el saber, si no el poder, al sacerdote.
            El realismo adquiere carta de nobleza en la cultura mochica. Ya no se busca la metáfora y el símbolo que expresan lo indecible (y lo temible), sino una verdad concebida como adecuación a la experiencia cotidiana. Sigue habiendo dioses feroces: Aia-Paec todavía ostenta colmillos heredados del legendario dios-jaguar. La casta guerrera, extremadamente cruel como en las anteriores culturas, tiene como distintivo, “tal como se ve en la cerámica pintada, (...) la figura antropomorfa con cabeza de felino”. Pero los sacerdotes, siendo aún guerreros, también eran “grandes médicos y cirujanos”, como hemos visto. Su distintivo no es el felino que destruye, sino el zorro y el búho; el zorro, “animal conocedor de muchos secretos y gran amigo de la luna, como que le aúlla y conversa en la soledad nocturna”. El saber está relacionado con la noche, tanto en la figura del zorro como en la del búho: parece una intuición de la lechuza de Atenea.


4. CULTURA NAZCA.

Seguirán estudiándose las extensiones, con lo que no dejarán de desarrollarse las matemáticas y la astronomía (el calendario nazca da fe de ellos); pero ahora hay un interés por interpretar los fenómenos completando la imaginación con el pensamiento reflexivo, y matizando las intuiciones con la inteligencia.
Su interés se centra en la pluralidad circundante para resbalar de inmediato en la estructura profunda, huyendo de la apariencia. No busca, pues, enriquecer el universo empírico, sino metafísico. Trasciende la apariencia para penetrar en su corteza, auscultando lo que guarda: aquí metafísica no es teología.
     a) Sustancia. Hacia el siglo +VI la cerámica nazca huye del fondo que rodea la figura, y lo suprime dibujando seres que engendran dos seres cada uno, y éstos a su vez engendran cuatro; no se trata aquí de iteración yuxtapuesta, sino introducida dentro del motivo inicial, como si fuera una “mise en abîme”: hoy los llamamos fractales. El horror al vacío no es aquí una conceptualización como en Aristóteles; es un sentimiento. No describe, sino que prescribe. Proyecta el propio sentir sobre el objeto de arte. Y lo hace asomándose sin saberlo a la noción de fractal, que el siglo XX conceptualizará como espacio de un número decimal de dimensiones. Esta huida del espacio hace presagiar una ontología llena donde el vacío no tiene cabida; ontología intuitiva en que la sustancia reside en la forma, pues permanece la forma replegada sobre sí misma en reflejos infinitos y decrecientes. Pero es, en la cultura nazca, un sentimiento de artista, lejos aún de la abstracción del filósofo.
     b) Movimiento. Un autor anónimo esculpió la Procesión del Antarista, que representa a un músico junto a varios personajes; “si vemos a los personajes de perfil aparecen caminando, si los vemos de frente están detenidos: el secreto estriba en que cada personaje posee tres piernas”. Un recurso que va más allá de los bisontes de Altamira, que parece que corren porque tienen más de cuatro patas. Dos conclusiones hay que extraer de estas observaciones: la primera es que el artista nazca ve la naturaleza como un movimiento que subyace a las figuras que se mueven (el mundo es un vértigo que a escala humana genera quietud, como el equilibrio newtoniano es el resultado de desequilibrios y aberraciones cuánticas: la quietud es una apariencia y, al revés que en Parménides, la auténtica realidad es cambio); y la segunda observación es que el antarista es una imagen vista desde varios ángulos, una acumulación de perspectivas (algo que siglos después desarrollará el cubismo). Si recordamos que Ortega y Gasset veía a Dios como la reunión de todas las perspectivas, veremos en el antarista no un perspectivismo epistemológico sino metafísico.
Esta metafísica intuitiva de artistas (y, seguramente también, sacerdotes) quizá no fue capaz de generar una ética respetuosa de la condición humana. ¿O sí? La ausencia de textos es ahora mudo testigo de nuestra ignorancia.


2.3. RAZÓN DORMIDA (PENSAMIENTO LATENTE).  

5. CULTURA HUARI.

El pensador está sujeto al político, pero hay gérmenes de razón sembrados en el pasado. El retroceso huari supone, al parecer, una vuelta de la razón a las catacumbas: como si volviera Chavín. Parece oscurecerse la ilustración del periodo anterior, con el declive de los mochicas, cuya cultura mochica se renovará, atenuada, en la chimú. Entre ambas se extiende el Segundo Horizonte (de Huari-Tiahuanaco), caracterizado por una religión instalada como ideología más que mentalidad; de agitadores que predican la buena nueva, “con misioneros de Tiahuanaco” o bien “hombres de Huari y Ayacucho que visitaron el altiplano y tornaron inflamados con la fe de los conversos”. Surgió así un Estado al amparo de la nueva religión, “que pronto irradió sus ideas”. Sacerdotes, artesanos y mercaderes, y pastores. Tal un sistema patriarcal “convencido de su religión y que trata de imponerla por la fuerza”. Pachacámac, conquistada, “se convertirá en el gran centro sagrado de la costa”.


2.4. RENACIMIENTO DEL PENSAMIENTO SUELTO.  

6. CULTURA CHIMÚ .

El periodo clásico (de los maestros artesanos: de +100 a +800) continúa en un período posclásico (de los constructores de ciudades: de +1100 a +1450), y la cultura mochica se renueva, atenuada, en la chimú. Entre ambas se ha extiendido el Segundo Horizonte (de Huari-Tiahuanaco),


7. CULTURA INCAICA.

     a) Inmovilidad. La pintura de los keros (vasos) representa pájaros que vuelan sin avanzar como si estuvieran petrificados; lo mismo sucede al resto de los animales, y también a los seres humanos. El dinamismo mochica se trueca en ausencia de movimiento.
     b) Sustancia. La sustancia incaica, a diferencia de la nazquense, no reside en la forma: reside en la materia, concretamente en la dureza. El modelo es la piedra: naturaleza pétrea de los Andes, de la que derivan los duros y macizos edificios La dureza es inmovilidad, resistencia a la erosión, y por lo tanto permanencia. La sustancia-piedra es estable, compacta y de hondos relieves; mas no es un concepto forjado por los amautas, sino un sentimiento expresado por los artistas.
La cultura incaica, inspirándose en la mochica, representa en sus vasijas todo tipo de personajes: incas y coyas, príncipes y princesas, mujeres y niños[1]; aunque no tanto como explicación, sino como descripción y relato. La profundidad de las imágenes mochicas queda lejos de sus imitaciones incaicas; pero queda el modelo.
La physis, dominada con la técnica pero aún no comprendida por la teoría, tiene un doble especular: el estudio de la sociedad, entendido como técnica de dominación antes que como teoría del poder; en el plano teórico es sobre todo ideología de legitimación, nunca interés por comprender el mundo: con lo que lo religioso cubre interesadamente lo social en vez de entroncarlo con lo físico y metafísico.
     c) Libertad petrificada. El tiempo libre no existía para los jatun-runa: el ocio se identificaba con la pereza, hasta el punto de ser azotados quienes eran sorprendidos durmiendo de día[2]. Al ser el descanso una noción pecaminosa, también lo era el ocio (del que emana la cultura). El trabajo ha de ser penoso; no se concibe el trabajo agradable, pues es una contradicción en los términos.
            Libertad. No existía en el tawantinsuyo. Pasar el tiempo es tedioso, y en la mente del campesino no ha arraigado la idea de aprovecharlo en libertad, fuera de las obligaciones laborales. Entre los campesinos la cosa el ocio es pereza y por eso se castiga con el trabajo inútil; por ejemplo, bajando piedras al valle para luego volverlas a subir (verdaderos sísifos de los Andes).
Igualdad. No existe en el tawantinsuyo. Es más, la desigualdad no sólo es jurídica, sino ontológica. Hay una asimetría entre el inca y sus súbditos. Si el término “runa” significa “hombre” en quechua, entonces el inca, que es hombre, no sería runa; y es que (cito a Waldemar Espinoza) “los incas de sangre constituían una nación, y el nombre de ésta era incaruna”; el incaruna se divertía y gozaba, mientras el mitayo o jatunruna (el campesino) sólo debía “sufrir, padecer y callar”.
         Fraternidad. Fraternidad social: la minka o reciprocidad que, entre otras cosas, movilizaba a los campesinos para realizar trabajos para la comunidad (obras hidráulicas, por ejemplo). Aquí sí se vivía el trabajo como una fiesta; el trabajo comunitario, a diferencia del trabajo de interés individual, era vida, y dinamizaba voluntades compensando esfuerzos con cantos y comidas y bebida. Mas la fraternidad reposa sobre la voluntad de quien la practica, no sobre la obligación ni la recompensa. No puede, pues, hablarse de amor y fraternidad entre los jatun runas, sino de racionalización en la gestión de recursos y en el reparto de tareas.
            La ausencia de fraternidad queda bien ilustrada en el concepto de eficacia que tenía el tawantinsuyo. En un país donde la escritura o no existía o era patrimonio de la casta sacerdotal, los correos debían memorizar los mensajes relevándose unos a otros en su travesía de los Andes; el correo desmemoriado era ejecutado en la plaza de su pueblo “con cincuenta mazazos en la cabeza y luego, ya cadáver, se le quebraban las piernas”.
            También la ausencia de fraternidad se manifiesta en un desprecio a la vida (valor fundamental del pensamiento circumeuropeo). En la pena de muerte se llegaba incluso a “la muerte en masa de los inculpados”[3]. Las vírgenes del sol que perdían su virginidad podían ser despeñadas o quemadas, colgadas de los cabellos y abandonadas hasta la muerte, “hallándose determinado afán ejemplarizador en sepultarlas vivas con sus cómplices”; pero lo peor es que después se asolaba el pueblo de los culpables, matándose a todos los hombres.
            Los jatun runa son, pues, un pueblo sin alegría, sin amor, sin intimidad, casi está uno tentado de decir: sin derechos. Y ciertamente no tienen derechos individuales, sólo son titulares de derechos colectivos. Basadre y Belaúnde ven en el derecho incaico el más desarrollado de América precolombina, y si eso es verdad podemos certificar una cosa: que la cultura incaica estaba muy por debajo de la cultura española que la conquistó, por más que la Conquista y sus abusos hayan sido económica, política y militarmente una gesta inhumana; pero espiritualmente fue también una inyección de humanidad.
            Le faltaba también (esto lo podemos añadir ahora) una dimensión ética que no había en su moral. Pero algún atisbo de ello hay cuando, en el nombre de uno de los barrios del Cuzco, encontramos la palabra “munaysenca”. Munaysenca significa “relación de voluntad y amor”: este solo nombre es ya una huella de lo que debió ser pensamiento delicado y profundo. Obsérvese que este pensamiento surgió en el Cuzco; y eso indica que, frente a la moral pasiva de los jatun runa, seguramente se estaba desarrollando una actividad ética (filosófica y no sólo religiosa) en la sociedad de los inca runa. La voluntad es amor en San Agustín, y amor es para él “diligere” (elegir), no “amare”; querer presupone pensar, pero sobre todo es un amor sensible; así se desprende de esta palabra dejada como mudo testigo en el tiempo del Cuzco. ¿Qué anónimo amauta forjaba tales intuiciones, quizá en el propio barrio de Munaysenca?




2.5. RAZÓN NACIDA (PENSAMIENTO LIBRE).  

Después de la conquista ha eclosionado un pensamiento liberador coincidiendo con el nacimiento de la razón. Pero, por desgracia, no ha surgido de la semilla pacientemente plantada en los Andes; ha surgido de una semilla europea. El pensamiento andino es brutalmente perseguido, arrinconado, destruido, y sus manifestaciones reducidas a la nada por la codicia de los conquistadores; sus dogmas, tan distintos de los cristianos, son reducidos al silencio por los extirpadores de idolatrías. Como en un campo de maíz donde se arranca el maíz para plantar el trigo, el pensamiento andino desapareció sin dejar huella más que en la mente de los aldeanos; y de los cronistas
            En Perú se escindiría en dos periodos: el de la razón suplantada (desde el 1.532 hasta el año 2.000) y el de la razón plantada (del 2.000 en adelante).
El tema de nuestro tiempo sería entonces repoblar los Andes con la razón andina. Al lado de la europea. Sin que ninguna de las dos se convierta en cizaña que eche a perder los frutos de la otra. Será entonces una razón plantada. La tarea más importante de la filosofía peruana no es, hoy, buscar razones que ya posee, sino plantarlas en esas otras razones que laten dormidas en su suelo. Eso es renovarse el Perú desde sus orígenes: de él podrá brotar en el siglo XXI la razón plantada. 
 





[1] José Antonio del Busto, Perú incaico, Lima, Studium, 1986; p. 362.
[2] Luis Emilio Valcárcel, Historia del Perú antiguo, 1, Lima, Ed. Juan Mejía Baca, 1964; p. 648.
[3] Luis Emilio Valcárcel, ibídem, p. 642.