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viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 14 de febrero de 2020

BUSCÁNDOME EN MI SOMBRA



BUSCÁNDOME EN MI SOMBRA


1.

            Las mentalidades suelen contener impresiones, ideas, sentimientos, a veces se apoyan en relatos, canciones, poesías y otras veces en creencias, ilusiones y adhesiones inquebrantables; las ideas se construyen a base de observaciones o fantasías y suelen estar sin demostrar; es así como la gente dice cosas que ha admitido siempre por tradición  y son creencias ciegas: por eso no son ciencia; y no se sostienen en la duda sino que se imponen como verdaderas, nunca se cuestionan: por eso no son filosofía; en tanto que incuestionables, son sagradas y están cerca de la religión; y en tanto que prescinden de los dioses otras veces son doctrinas ideológicas, da lo mismo que sean revolucionarias o conservadoras, su efecto es el mismo; al admitirse de forma casi ciega sin habérselas juzgado se imponen como prejuicios, y al no demostrarse de manera coordinada y metódica no son teorías científicas sino doctrinas de andar por casa: visiones del mundo.
            Las doctrinas y prejuicios que se introducen en las mentes de manera confusa, imponiéndose sin argumentos sólo por defender una idea, pueden hacer mucho daño; así, ciertos feminismos defienden ideas peregrinas como que las tetas no son un órgano sexual; otros veganismos niegan que las carnes sean buenas para la salud, y algunos puritanismos, obsesionados (lo que está bien) con no reducir la sexualidad a genitalidad, afirman (lo que está mal) que la sexualidad viene a serlo todo; si eso fuera así cada vez que yo abrazo a un ser querido estaría haciendo un acto sexual; en su empeño por no hablar de sexo los puritanos diluyen el erotismo y así, buscando las dimensiones no sexuales del erotismo (que existen), se olvidan de las sexuales, y lo hacen para establecer una censura, para no hablar de ellas; porque ellas también existen.  
            Las tetas son órganos sexuales aunque también sirvan para alimentar al bebé (como la uretra, que sirve para orinar, pero también sirve para expulsar eyaculaciones); la carne no es mala para la salud (aunque lo sean las grasas que contiene); el erotismo está en los genitales (aunque también se encuentre en otras partes del cuerpo). Todo prejuicio reduce la realidad a una sola de sus manifestaciones, y expulsa las otras por pecaminosas. Todo porque nos parece que el placer es malo. Pero no podemos evitar que todas y cada una de las funciones de nuestro organismo (comer, beber, dormir) lleve emparejada siempre la función de producir placer; comemos para matar el hambre, bebemos para aplacer la sed y dormimos porque necesitamos descansar, pero al mismo tiempo disfrutamos comiendo, bebiendo y durmiendo; el sexo sirve para reproducirse, pero también para disfrutar; y lo mismo que en el agua podemos separar los minerales para convertirla en agua destinada, también podemos buscar placer en el sueño sin que necesitemos dormir, disfrutar del alimento sin que necesitemos comer y gozar de la bebida sin que necesitemos beber; y podemos aislar el placer del sexo olvidándonos por un momento de que también podemos usarlo para tener hijos.


2.

            Veinte años atrás un joven segoviano quería a una chica, pero la chica no lo quería a él. Estaba haciendo estudios en la universidad. Era hijo único. Sus padres, que tenían una pequeña tienda en la ciudad, lo querían con devoción; en él habían cifrado todas sus esperanzas. Pero él, vete a saber por qué (algún cable se le cruzaría en la cabeza), se acercó una noche a ella y estaban a las puertas de la universidad; la siguió hasta la muralla; ella le diría por enésima vez que no lo quería y él, cegado por el arrebato, preso de su locura tal vez, la apuñaló hasta la muerte.
            En una ciudad sin historias como Segovia el eco del crimen, que se repetía de boca en boca y se transmitía de oído en oído, se estremeció hasta los cimientos. El chico fue juzgado y condenado a veinte años. Era el entierro de la joven: un rumor supersticioso filtró los corazones, un nudo de rabia se anudó en las gargantas, un estremecimiento, un temor fue el hilo que se anudaba en las casas enredándose en las puertas, trepando en las enredaderas, atravesando ladrillos, piedras, enfoscados y argamasas, penetrando por las ventanas. Los padres cerraron la tienda y se marcharon a otra ciudad. Huyeron de la vergüenza, de los dedos anónimos que los señalaban, pero sobre todo del dolor insoportable de tener que perder al hijo como si estuviera muerto, porque se puede morir por la hoja de un cuchillo y por el cuchillo de las lenguas; uno atraviesa tus carnes y las hace sangre, y otro atraviesa tu vida poco a poco, a puñaladas, con las hojas afiladas de las palabras que te lo matan en las mentes después de habértelo quitado en cuerpo y alma, miles de palabras recorriendo la ciudad, clavándose en los oídos, en las calles, en las paredes, repitiéndote mil veces lo que mil ves has oído y estás cansado de oír: que tu hijo es un asesino; ese niño que jugaba de pequeño, que comía la sopa y creció luego con sus juegos inocentes, y luego creció un poco más y se volvió raro y creció más todavía como están destinados a crecer todos los jóvenes; mi hijo, ¿cómo pudo ser? Esa joven que ya no existe truncó su vida a los veinte años, y ahora la llevan sus deudos, camino del cementerio, con la desesperación de sus padres, precipitados, hundidos, desolados en el mundo, sangre de su sangre que ha dejado de latir; una víctima inocente de un criminal que tuvo la culpa pero que todavía ni él, ni sus padres, ni el médico ni el cura ni nadie, ni el psicólogo mismo que cura el alma, sabe cómo pudo ser.
            Han pasado veinte años y se ha cumplido la condena. Una deuda saldada con la sociedad. Una deuda contraída que se ha dejado de deber. La joven tendría ahora cuarenta años: los que ahora tiene el joven que ha enterrado su vida entre las cuatro rejas, el que ha se ha robado así mismo la inmensa juventud. Ninguno de los dos ha sido joven, aunque sólo él y no ella se dirigirá ahora hacia las puertas de la vejez. Se ha cumplido la condena: el joven está libre. Pero la gente, cebándose como se ceba la turba que se enrosca y enturbiándose en las nieblas de un linchamiento, alza sus voces al altísimo: son gente decente; piden que los asesinos no salgan de la cárcel, se les impida vivir; como la chica asesinada, él tampoco debería vivir (la ley del Talión lo llaman, ya se sabe); anónimas voces que salen a la calle, firman manifiestos, escriben en el periódico: no quieren que el joven salga de la cárcel. ¿Hasta cuándo? ¡Hasta nunca! No quieren que salga de la cárcel nunca más. 


            Yo me acuerdo del cura que daba los sermones. En mi infancia. En la iglesia de mi pueblo. Cada vez que hablaba de algo buscaba siempre la voz de las entrañas: ese joven ha cometido un crimen, es cierto; pero también tiene un padre, y una madre, y esos padres están llorando; y ese llanto sube al cielo y  llega ahora hasta dios: allí se encuentra con la niña muerta, esa joven que no tiene vida, que ya no puede volver; también ella tiene unos padres y esos padres tienen voces que les gritan en el pecho; les han estado gritando veinte años, ahora se han vuelto voces sordas y claman ya sin llanto, con lágrimas secas, una pasión indescriptible que no ha dejado de sufrir.
            La vida de esa chica no volverá con la vida del verdugo. Las lágrimas de sus padres ya no tienen consuelo: si se marcharan con las que están vertiendo los padres del chico, cebarse en él quizá tuviera su razón; pero no la tiene; si se ceban en el chico no van a resolver un drama pero van a alimentar dos; ese vivir de las lágrimas de otro se llama venganza (otros lo llaman socialización del sufrimiento); si he sufrido yo, también tienes que sufrir tú, para que la tierra se riegue de sufrimiento; y esa semilla plantada crezca y llegue a fructificar, y luego suelte otras semillas, y estas semillas se siembren a su vez. Sembrando el odio en la tierra y regándolo cada vez con más lágrimas, ¿quién devolverá la vida a quien la perdió? De acuerdo, si ese chico (hombre hoy que ha madurado sin vivir), si ese chico fuera un peligro, habría que impedir que siguiera haciendo daño. Pero si no lo es ¿para qué cebarse en él? Ha cumplido su condena. Ha pagado su deuda. Tiene derecho a salir, a vagar, extraviado, en el bosque de marañas donde no sabe cómo hacer ahora para poder vivir.
            Las penas que se tienen no son para siempre. Las penas que se cumplen tienen su fin. Quien erró un día aciago tiene derecho a volver a empezar y nunca hay que cebarse en la mujer adúltera. El padre del hijo pródigo espera a que vuelva y lo espera con los brazos abiertos. Bienaventurados quienes padecen persecución por la justicia, amad a vuestros amigos, sí, pero sobre todo amad a vuestros enemigos, no hay delito tan grande que nunca merezca el perdón. Comprender. Y mirar quien no tiene pecado cuando quiere tirar la primera piedra. Porque, no lo olvidemos, quien no está dispuesto a comprender al otro se arriesga, un día, a que el otro tampoco lo comprenda a él. ¿Acaso el error que cometiste te va a tener marcado toda tu vida? ¿Cómo un pecado original? El pecado original se borra con el bautismo, el pecado de tu crimen se acaba con tu pena. En el castigo tienes la redención, sí, pero  en el mismo delito has tenido también tu penitencia. Esas son las voces del corazón. No de la cabeza.
            Y no digo más.


MI SOMBRA Y YO

            Ando por la calle y miro mi sombra: cuando tengo la luz detrás. Y cuando la tengo delante mi sombra me persigue. Si me enfocan miles de luces tengo también miles de sombras, la sombra es el revés indispensable de la luz: por eso es mi compañera; camina siempre conmigo, o vivo en ella y ella vive en mí. La luz son las cosas que nos pasan y que vemos: la sombras son las cosas que nos pasan pero nadie ve; ni nosotros siquiera. Por eso hay que avanzar fijándose bien en la sombra. Para buscar a oscuras, en las huellas que dejamos, los secretos enigmáticos que esconden los rayos de la luz.
            Voy a mirar las cosas que me rodean porque sólo veo cuando hay luz. Pero hay ojos que ven en la penumbra y pueden ver el otro lado de las cosas, el que no ve nadie pero está ahí, mirándote y esperando: los ojos del alma; no son ciegos como los de la cara, son los ojos del interior; con ellos veo el corazón de las noticias, quiero desgranarlas y comprenderlas, quiero llegar a verlas en su totalidad: las noticias esperan en la sombra para que las miremos desde el otro lado porque, como decía Buero Vallejo, hay que estar ciego para poder llegar a ver.






viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.