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viernes, 26 de noviembre de 2021

MÁS ALLÁ DEL ARTE DE CONSUMO: LAS BELLAS ARTES

 

 

MÁS ALLÁ DEL ARTE DE CONSUMO:

LAS BELLAS ARTES

 


            El arte es una creación artificial. Toda creación es artificial pero no necesariamente artificio, que lo artificioso no es arte; a lo que es artificioso lo llamamos engendro, no creación, y un engendro es el producto de una técnica más o menos sofisticada para producir objetos. No es lo mismo lo ingenioso, que es producto del ingenio, del ingeniero, que lo artístico, que es producto de la inspiración, del artista.

            Creamos cuando producimos algo nuevo, cuando engendramos cosas insólitas y novedosas a partir de viejos materiales; cuando ordenamos cosas conocidas para dar a luz cosas que desconocíamos. En la creación hay un saber hacer y unas destrezas (la técnica), y un saber qué hacer (la meta, la intención, el objetivo); saber qué hacer y cómo hacerlo; o descubrir el cómo (la técnica aplicada a los materiales, el diseño) para realizar (o materializar) una idea que tenemos. Muchas veces esa idea puede ser vaga; sabemos qué problema queremos resolver pero no sabemos qué invento necesitamos para resolverlo. Inventar algo quizá no sea sólo ingeniarnos para realizar una idea, sino sobre todo buscar también cuál es la idea que queremos realizar; tal vez lo hallemos por un toque de inspiración, por un destello de ingenio o tal vez, por qué no, simplemente por azar.

            Cuando las creaciones son fruto del ingenio pertenecen a la industria. Cuando son fruto de un destello lo llamamos arte. El inventor puede ser un ingeniero si encuentra lo que busca guiado claramente por el problema que quiere resolver; pero si no sabe lo que busca pero sí qué quiere hacer, porque el problema que pide solución no tiene en sí mismo las claves de su solución, entonces el inventor es un artista. El inventor se ve guiado por la necesidad, y por la utilidad, y puede ser ingeniero (si lo guía su ingenio) o artista (si lo guía el genio, el latido, el destello, la inspiración); un ingeniero puede ser ingenioso o genial.

            Pero cuando hablamos del arte como ideal no nos estamos refiriendo a satisfacer necesidades, ni a buscar objetos que nos pueden resultar útiles, sino a crear cosas que nos dejen satisfechos de haberlas creado, a encontrar emoción en la tarea, a dejarse llevar por un impulso apasionado y, a fin de cuentas, por la felicidad. El artista puede ser ingenioso para resolver problemas que le plantea la técnica, pero esa misma técnica está al servicio del genio, del latido, del impulso creador, del objeto que trasciende por encima de la realidad. Un artista no nos hace más fácil la existencia sino que nos lleva más adentro en el ser de las cosas; no busca una existencia más fácil sino la misteriosa esencia de la realidad.

            El pintor tiene un sueño en la mente y para llevarlo al lienzo se enfrenta con problemas técnicos que debe resolver; y cuando inventa el instrumento que le resuelve esas dificultades (por ejemplo la técnica del claroscuro, el descubrimiento de la perspectiva, la mezcla de colores para producir un nuevo color que aún no conoce nadie y que no le han enseñado en el taller); cuando resuelve, pues, esos escollos, esa técnica que acaba de inventar no es más que un instrumento para desarrollar la idea que tiene en la cabeza; el sueño nebuloso, la intuición más o menos vaga, la forma que pugna por salir. Y lo mismo le pasa al músico, al poeta, al escritor de relatos, al escultor, al arquitecto, al actor, al director de teatro o de cine, a quien tiene que diseñar el curso de una danza o a quien tiene que escribir un guión. 



            La palabra “arte” (“ars” en latín) significa lo mismo que en griego “techné”. Pero el arte es la entrega a la inspiración mientras que la ingeniería es la inspiración puesta al servicio de la utilidad; que viene de la necesidad. Cuando se pone al servicio del entretenimiento, del placer y del espíritu que se satisface lo llamamos juego. Y lo llamamos deporte si tanto el genio como el ingenio los ponemos al servicio del espíritu de superación.

            En griego, “poiesis” significa “producir”. Tanto el arte, como la ingeniería, como el juego como el deporte producen cosas. Sin embargo, no siempre podemos distinguir estas actividades productivas. El juego busca placer y el deporte superación, pero solemos disfrutar cuando nos superamos y nos solemos superar cuando sólo queremos disfrutar; como en una partida de ajedrez, un partido de rugby o saltando a la comba. Podemos plantear una hipótesis: si hay más superación que goce lo llamamos deporte, en caso contrario lo llamaríamos juego. Así, aunque la superación y el placer siempre estén mezclados, sabremos que el parchís y la oca son juegos mientras que el fútbol y el atletismo son deportes; y una misma actividad, como la comba, puede ser juego si nos esforzamos por ganar pasándolo bien o deporte si la utilizamos sólo para entretener.

            En las llamadas bellas artes siempre hay un esfuerzo creador. Lo hace el autor cuando escribe, esculpe o compone, pero también el espectador cuando lee, observa o escucha; leer una novela o un poema es recrearlo, volverlo a crear; y escuchar música es interpretar (y muchas veces interpretamos cosas distintas de las que buscaba el autor), dando sentido a lo que estamos escuchando, leyendo… contemplando. Pero cuando nos entregamos al goce de la obra de arte de manera pasiva somos espectadores inertes, consumimos arte sin poner esfuerzo en disfrutar; la calidad se mide por el esfuerzo en el goce y disfrutar leyendo folletines no puede tener la misma calidad que disfrutar leyendo a Dostoievski, Cervantes o Calderón. A mayor esfuerzo en la contemplación de la obra de arte, más creación y menos consumo; y más intensidad en el placer; y más bienestar cuanto más delicada, más alegría y más satisfacción.

            Hemos visto que el alma inspirada busca vivir la existencia si pone la inspiración al servicio del placer; o busca vivir en el fondo de las cosas, empeñada en sentir la esencia como cuando olemos en el aroma la esencia del café; desnudando la realidad de todos sus ropajes; disfrutándola en cueros, pura, como la poesía de Juan Ramón. Los culebrones de la televisión nos gustan y nos hacen disfrutar siguiendo las peripecias de sus personajes como si viviéramos con ellos, día tras día, y hasta nos hacen compañía si nos encontramos solos. Vivir con los personajes. Sentir con ellos, pensar con ellos y hasta aconsejarles lo que tienen que hacer. Integrarlos en nuestra existencia, quererlos como se quiere a los familiares y a los amigos, es más: convirtiéndolos en nuestros amigos y familiares. Por eso mucha gente disfruta con el culebrón. El culebrón le da amigos y vecinos, seres queridos y gente malvada para poder odiar; y se desahoga matando en la pantalla porque en el mundo real no se puede matar; o queriendo a ese personaje del que te has enamorado porque en el mundo real no te has podido enamorar; o te has enamorado con menos intensidad que en esa pantalla donde miras lo que en el mundo muchas veces no has podido ver.

            Ese es el arte para la existencia. El que nos crea una vida nueva para vivir en ella y, metiéndonos dentro de la novela, abandonamos por un tiempo ese mundo real donde no vivíamos con tanta intensidad. 



            Y luego está el arte para la esencia. La obra de arte, no ya el arte como entretenimiento. El arte de consumo nos ayuda a pasar el tiempo cuando en la vida real no nos pasaba nada interesante y el tiempo, vacío, pasaba lánguido, monótono; para matar ese aburrimiento necesitábamos matar el tiempo que pasa sin sustancia y se alarga, desesperadamente, en el hastío de un vacío que parece eterno. Para matar el tiempo vacío ha nacido el arte de consumo. El que no te hace pensar mucho pero te divierte, el arte para el gran público.  

Pero el arte de calidad (y por qué no decirlo: el de verdad) hace justamente lo contrario: llena de sentido el vacío que hay en nuestras vidas y lo eleva por encima de ellas; o quién sabe, tal vez penetra en ellas por debajo, hasta adentro, hasta trascender; nos proyecta hacia espacios de plenitud, nosotros que no necesitamos buscar amigos porque ya los tenemos o porque no nos hacen falta; y buscamos el éxtasis que nos endulza la vida más que la miel; vivimos, entonces, más allá de nuestra existencia, buscando el fondo que tiene dentro (su esencia), igual que el aroma del café nos lleva a éxtasis más profundos que si estuviéramos aspirando un sorbo de café; o como cuando unas formas insinuadas a través de la ropa nos embriagan más que los cuerpos sin ropa: porque en ellos se esconde el hastío, el vacío de consumir, sin ese estar ebrio que nos quita el sentido, borrachos de erotismo; cuando lo erótico se ha ido porque hemos quitado la ropa que cubría los cuerpos y, cubriéndolos, mostraba su desnudez.

Si: el arte es un salto dentro de la esencia. En la esencia de las cosas nos emborrachamos de belleza, de lo hondo, de lo más íntimo, lo que nos arranca de la existencia y nos lleva más allá: al ser; donde la vida se hunde dentro de sí misma perdiendo la conciencia, en el abismo, en el arrebato, en el vuelo que nos lleva, lejos de la monotonía y el aburrimiento; donde por un momento somos capaces de vislumbrar misterios que permanecen ocultos al común de los mortales.

Ése es el arte. No el entretenimiento, el arte, el arte de verdad. Escuchad la novena sinfonía de Beethoven. La patética de Tchaikovsky, buscad en las Pasiones de Bach, en las tragedias de Shakespeare, los libros de Luis Landero, algunas de las cosas de Calderón. En el Partenón de Atenas. La Sagrada Familia, la catedral de Chartres, la capilla Sixtina, la piedad de Miguel Ángel, buscad en Turner, Velázquez, Delacroix… Buscad en el arte. En el arte que ha nacido para darle intensidad a la vida. No para entretenerla. Para gozar contemplando el sentido y no el sinsentido con que gozan quienes no han aprendido a entrar en él. El arte: el que nos abre las puertas de la esencia, el que pone esencia en nuestra vida para que siempre sea esencial nuestro vivir. El arte. La vida plena, la puerta que nos salva… La única llave capaz de abrirla es el esfuerzo. El esfuerzo: motor que eleva el placer a la máxima potencia, no la droga ni el vino ni el dinero fácil, ni las promesas falsas, el arte; el que, con la ética, se ha convertido en viento que sopla y ya es el eje fundamental de nuestro existir.

 


 

viernes, 28 de agosto de 2020

¿ESTÁN VIVOS LOS VIRUS?

 

¿ESTÁN VIVOS LOS VIRUS?

  


1. Planteamiento del problema.

             Los biólogos no se ponen de acuerdo sobre lo que son los virus. Para unos, están hechos de materia viva; para otros, no. Las funciones básicas de la vida son nutrición, relación y reproducción. El lugar más pequeño donde se desarrollan esas funciones es la célula. Pero los virus no son capaces de reproducirse solos, por lo tanto no son células; y según la teoría celular, tampoco son seres vivos.

            Los virus son ácidos nucleicos rodeados de proteínas; son, pues, material genético (ADN o ARN) protegidos por una cubierta proteica a la que llamamos cápside; y cuando se encuentran en libertad, es decir solos, fuera de las células a las que infectan, los cubre una segunda capa, esta vez de grasa, que los protege y aísla: la misma bicapa lipídica que forma la membrana de las células; la envoltura vírica. La forma de los virus es variada; algunos son poliedros casi perfectos, y por ejemplo el VIH es un icosaedro; otros son helicoides. Pero hay seres todavía más simples que los virus; por ejemplo los priones, que están hechos de una sola proteína; o los viroides, que contienen sólo una cadena de ADN.

            Los virus necesitan nucleótidos y otras biomoléculas para poderse reproducir; por eso necesitan meterse dentro de una célula, para obligarla, con sus materiales celulares, a producir materiales víricos; es como construirse una casa con los ladrillos de otro; yo tengo cemento, yeso, agua y herramientas, pero me faltan ladrillos: entonces se los quito a otro para construir mi propio edificio; y, no contento con meterme en su casa, lo obligo a trabajar para mí; en vez de dejarle hacer las cosas que él necesita lo obligo a hacer las cosas que necesito yo; en una palabra: lo esclavizo; para decirlo en términos biológicos: lo infecto.

            Los virus son parásitos (o sea piratas) porque son débiles; porque lo necesitan; tienen una maquinaria reproductiva que necesita, para funcionar, ácidos nucleicos, nucleótidos y otras moléculas, pero ellos sólo tienen nucleótidos: ¿de dónde sacan lo que les falta? Se lo quitan a las células. Es como si yo tuviera un coche con todo lo necesario menos la caja de cambios; la tendría que sacar de algún sitio.

            Por lo tanto los virus son malos por necesidad. Al decir “malos” no podemos darle a ese término ninguna connotación moral, sino que les hacen cosas malas a sus huéspedes, lo que no significa necesariamente que tengan intención de hacer el mal; tienen necesidades que sólo pueden satisfacer haciendo daño a los demás y por eso son parásitos. Las células, en cambio, tienen todo lo que necesitan y por eso no hacen daño, no atacan, no infectan, pueden permitirse el lujo de colaborar entre ellas para hacer cosas mejores de las que hacen; para perfeccionar el fruto de su acción. 



            En otro lugar he propuesto una teoría para intentar explicar el mundo. No es una teoría científica, porque no se apoya en experimentos; es una teoría filosófica. Pero si tiene fuerza explicativa debería ser capaz de resolver problemas como el de los virus: para ello habría que definir la vida de otra manera. Nitezsche y Schopenahuer lo hicieron. Para el segundo, la vida, y en general el mundo, eran voluntad (pero esto no nos sirve, porque si ano aclaramos lo que entendemos por voluntad no podremos distinguir la materia viva de la inerte); para Nietzsche la vida era voluntad de poder, algo así como un espíritu de superación; Aristóteles afirmaba que la diferencia entre los seres vivos y los muertos era que los primeros tenían alma, con lo que el alma se convertía en fuente de movimiento, y por lo tanto en fuerza que los producía. Hay biólogos que aseguran que, más allá de la bioquímica, la vida está hecha de fuerza vital. El problema es que no aclaran lo que es esa fuerza, ni por qué surge, ni de dónde proviene; es una especie de deus ex machina que, como el monolito de 2001, se mete dentro de las cosas y las anima.

            Vamos a suponer que la bioquímica es necesaria para la vida. Necesaria, pero no suficiente. Así como hace falta que haya nubes para que llueva pero eso solo no basta, así también para que haya vida son necesarias moléculas orgánicas pero se necesita algo más. Una proteína, por sí misma, no sería vida (un prión); una cadena de ARN (es decir un viroide) tampoco; ni la proteína asociada con el ARN (un virus); es decir, no serían vida sólo por contener moléculas orgánicas. ¿Qué les hace falta a las biomoléculas para que estén vivas? Ese plus que necesitan ¿lo tienen los priones, los viroides y los virus? Si lo tienen, serían seres vivos. Si no lo tienen, no lo serían. Según la teoría celular, los virus no serían seres vivos porque son estructuras algunas de las cuales no pueden cumplir su función. Pero según la hipótesis que estamos planteando aquí lo serían sólo si contienen ese plus que les hace falta para vivir; porque hay seres que no funcionan solos y se asocian con otros para funcionar; por eso hay simbiosis, saprofitismo y parasitismo. Antiguamente se pensaba que la materia estaba viva porque se metía dentro de ella el fuído vital, el pneuma que se encuentra en el aire; lo decía Hipócrates y lo rubricaban los estoicos.

            Veamos. Una necesidad es una estructura lógica de complementariedad donde uno tiene lo que le falta a otro. Los átomos tienen una capa externa donde debe haber ocho electrones: ni uno más, ni uno menos. Si hay un átomo que sólo tiene seis (como el oxígeno) y otro que tiene sólo dos (el hidrógeno tiene uno), se unen dos hidrógenos con un oxígeno y entre ambos crean una nube electrónica de ocho unidades; al hacerlo, dan origen al agua. También el virus tiene una estructura de ácidos nucleicos y nucleótidos en la que faltan los nucleótidos: los toman de las células y ya está; entre ambos completan la estructura; pero al hacerlo, el virus mata a la célula; los átomos, sin embargo, cuando se unen no se matan el uno al otro: se ayudan, se completan, se equilibran.

            Las fuerzas de la naturaleza inorgánica son tendencias. El hidrógeno tiende a unirse con el oxígeno, el cloro con el sodio (porque tienen electronegatividades opuestas) y los metales tienden a juntar todos sus electrones en una nube que los rodea. La tendencia se caracteriza por la repetición, y la repetición se manifiesta en la causalidad: las mismas causas producen los mismos efectos, y siempre que un imán se acerque al hierro acabará atrayéndolo; necesariamente; es un fenómeno que se repite siempre.  

            La primera forma que adopta la necesidad en la naturaleza, la más elemental y simple, es la tendencia; es decir las estructuras repetitivas, la causalidad. La necesidad es una estructura incompleta de carácter complementario. Las tendencias, por ser repetitivas, no tienen historia, o, si la tienen, esa historia no tiene sentido: o son reversibles o no tienen destino, y hay una flecha del tiempo que no sabe adónde va; si tiene alguna guía, esa guía, sin duda, es el azar. Podemos contar la historia de una planta y hasta la de un virus: ¿qué significado tendría  que contásemos la historia de un electrón?


            La necesidad, a la que hemos calificado de complementariedad incompleta, cuando, por efecto de la repetición, se convierte en causalidad, es la primera forma de espontaneidad, de automatismo o inercia que existe: la llamamos anataxia, porque es el momento del contacto; un contacto hecho presencia o planteado, en la tendencia, como posibilidad; un contacto programado.

            Pero la necesidad sube escalones para manifestarse en niveles más complejos que la causalidad: el escalón que está por encima de ella es la finalidad; la finalidad está hecha como esas gradas de los estadios cuyos escalones altos se descomponen, en algunos tramos, en peldaños menos altos; el escalón de la finalidad se descompone en dos niveles, y asciende por uno para llegar al otro; el primer nivel es la teleonomía; el segundo, la teleología. La teleonomía es la finalidad que obliga a avanzar a muchos seres sin haberla buscado; es como estar obligados a buscar una meta impuesta, como las arañas, que fabrican su tela sin querer, movidas por su propia naturaleza, o como las plantas, que hacen la fotosíntesis sin saber por qué. La teleología es la finalidad buscada con la conciencia, como el perro, que sabe lo que hace cuando busca comida.

            Está claro que los virus sufren esa forma de impulso que llamamos tendencia. Pero también son seres teleonómicos, porque buscan las biomoléculas que les faltan, aunque no van, sino que se dejan ir; no van a buscarlas porque no tienen conciencia de lo que hacen, se dejan llevar. Pero ¿cuál es la fuerza que los lleva? No puede ser la tendencia, porque la tendencia no tiene finalidad: la mueve una causa, un motivo, tal vez un motor, pero no un destino, no una meta a la que quiera llegar. Diríamos, sí, que el objeto del átomo es conseguir el octeto, rellenar su última capa con ocho electrones, pero eso no es verdaderamente finalidad: es complementariedad, porque es repetitiva, continuamente idéntica a sí misma, y nunca puede cambiar: por eso podríamos decir que es como si no estuviera dentro del tiempo.

La finalidad es otra cosa: es búsqueda; no es ser expulsado de una realidad incompleta hasta que el azar la complete, sino ser atraído por una meta; al principio es una atracción ciega, como si tirara de nosotros un imán: es la teleonomía; y luego (teleleología) esa atracción se convierte en búsqueda, en intención, en conciencia.

La necesidad se manifiesta, pues, sucesivamente en contacto y tendencia (los átomos), atracción (los tropismos de las plantas) y búsqueda (cuando el gato se pone a cazar). A la fuerza que nos atrae podríamos llamarla instinto; y al gato que caza, además del instinto, lo mueve la conciencia: que no consiste sólo en saber, sino en un saber que nos empuja, que nos lleva, que nos arrastra.

La tendencia es la fuerza del contacto; el instinto, la fuerza de atracción (pero no, claro, de los imanes, porque en los imanes sólo es una manifestación atómica de la tendencia); y la conciencia, la fuerza de buscar. Atracción y búsqueda. Tendencia, instinto y conciencia.

La conciencia y el instinto conforman la lucha por la existencia. Es el mundo de Darwin, el mundo de la adaptación. También lo guía el azar, pero es el mundo del tiempo, no de la repetición; además el azar es el modo como el tiempo despliega la lógica en el mundo, buscando para cada cosa que se presente su ocasión. El problema de existir es el problema de la evolución. Los seres que quieren existir se resisten a la muerte, están guiados por un instinto de supervivencia. Podríamos emplear la metáfora del erotismo, platónicamente entendido como un instinto que busca su media naranja, como si hubiéramos sido partidos en dos y anduviéramos por el mundo en busca de nuestra otra mitad. Si empleamos esa metáfora, podríamos decir que el erotismo es un instinto (una necesidad de completarse, pero en el tiempo; una exigencia de llenar lo que nos falta, de ocupar nuestro vacío hasta satisfacerlo, una exigencia de plenitud); el erotismo, pues, es un instinto que busca su ocasión y a eso lo llamamos vida. El erotismo es esa fuerza vital que aparece como deseo, y, cuando encuentra obstáculos para satisfacerlo, lucha. El deseo y la lucha son las dos caras del instinto, las dos formas que tiene el contenido del instinto (su naturaleza o esencia) de venir a la existencia, de manifestarse en ella, de volcar nuestro ser. 



Pues bien, a partir de la anataxia, que es el mundo de la causalidad, surge, con la finalidad, el mundo de la teletaxia, que es la anataxia volcada en los moldes del tiempo: eso es mucho más que la repetición; el tiempo cambia pero la repetición nos conserva idénticos: es, dentro de la naturaleza, el mundo de la historia, la historia de una lucha, la lucha por la vida. Luego los seres vivos toman conciencia de sí mismos y es la aparición del ser humano: al que muy bien podríamos llamar autoconciencia. A la teletaxia humana la podríamos llamar lucha humana por la existencia, que es el momento culminante de la evolución. Cuando ya la humanidad va capturando sus ocasiones en el mundo, se asienta en ellas y puede preocuparse sobre todo por desarrollar su propia esencia, y eso ya no es lucha por existir, sino lucha por ser, o lo que es lo mismo: lucha por consistir, por desarrollar, en contra del mundo, su propia naturaleza. Sin olvidar la necesidad de adaptación que tiene, porque siempre habrá problemas que resolver con nuestro entorno, podremos preocuparnos por nuestro desarrollo, que es completar nuestra naturaleza inacabada, encontrar nuestra media naranja, recobrar lo que hemos perdido, y es la escalera que nos lleva a la plenitud. Ahora se trata de mejorar nuestra naturaleza, nuestro ser, y el instinto, más que un deseo de encontrar sitio en el mundo, es un impulso al desarrollo, un deseo de llegar a ser, de encontrarse a sí mismo: a eso lo llamamos televida. Lo que empezó siendo instinto de conservación acabó siendo, lo era desde el principio pero de forma larvada, un entusiasmo sentido como instinto de plenitud; y quien dice instinto dice impulso, claro está, porque el uno contiene al otro.

Los virus, como tienen átomos y moléculas, tienen tendencias y los mueven las fuerzas de la causalidad. Pero sus moléculas tienen finalidades teleonómicas y no pueden ser solamente materia inorgánica; el material genético sirve para reproducirse, las proteínas sirven a los ácidos nucleicos, y las grasas sirven de cubierta de protección: es indudable, pues, que los virus tienen teleonomía. Y como la teleonomía es esa fuerza de atracción a la que llamamos instinto, los virus tienen como mínimo instinto de supervivencia. Es el que los impulsa a infectar las células para arrebatarles el material que necesitan, aunque sea a costa de destruirlas.

El instinto de supervivencia es el impulso de adaptación al mundo; y adaptarse quiere decir en este caso dejarse llevar hasta las células que tienen los materiales que los virus necesitan para vivir; no llega a ser una búsqueda, porque los virus no tienen conciencia, pero es mucho más que una tendencia; es esa forma de finalidad en la que se sienten atraídos por la meta aunque no sepan buscarla; no hay intención, no puede haber búsqueda porque no hay conciencia: es teleonomía.

Esa fuerza que hay entre la tendencia y la conciencia es el instinto en su forma más elemental y primitiva. El instinto de supervivencia no está contenido en ninguna estructura cerebral porque no la tiene; el virus no tiene información ambiental pero sí genética. La única información ambiental le viene de la tendencia, y de las presencias celulares que lo atraen a más o menos distancia de él. La vida, aquí, ya no sería definida por la nutrición, la relación y la reproducción, sino por el instinto; y hay una escala de instintos desde los más primitivos hasta los más elaborados; los más primitivos de todos estarían, quizá, en esa zona de nadie en donde sería difícil distinguirlos de las tendencias; que la estructura reproductora estuviera incompleta no sería óbice para que el organismo no tuviera vida; como no lo es el que el alga o el hongo no puedan vivir por separado, sino asociándose en el liquen. La vida aparecería cuando la causalidad se integra en la finalidad, cuando el instinto emerge sobre la tendencia, y esto, seguramente, es lo que hacen los virus: por lo tanto, los virus son seres vivos.

 


2. Sintetizando.

 

            La fuerza de contacto se desglosa en tendencia y atracción.

Tendencia es cuando un átomo con cinco electrones en su capa de valencia se inclina por la unión con otros átomos; átomos que le proporcionen los tres electrones que le faltan para completar el octeto; de modo que el octeto es la plenitud, puesto que un octeto lleno proporciona a los átomos el equilibrio de los gases nobles; y ese equilibrio se consigue con la unión de los iones. Tendencia es lo mismo que inclinación. La tienen los cuerpos que están demasiado alejados entre sí.

Atracción es la fuerza que empuja a los cuerpos a unirse unos con otros. Esta fuerza tira de nosotros desde fuera (como cuando un átomo nos arrastra hacia su órbita) y nos empuja al mismo tiempo desde dentro (pues ese átomo atraído por otro no le respondería si desde dentro no lo moviera la estructura que se completa con él). También nos puede empujar desde fuera, y es entonces un movimiento forzado; la unión de una atracción y un empuje complementario coordinado produce un movimiento natural; si por el contrario un átomo es sometido a la atracción de otro y al mismo tiempo al empuje de un tercero, el movimiento resultante será el que tiene mayor fuerza, y si vence el empuje exterior podemos hablar de movimiento forzado.  Resumiendo:

Atracción  es la fuerza que tira de nosotros desde fuera.

Empuje interior es la fuerza que nos orienta hacia otra fuerza que nos atrae.

Empuje exterior es la fuerza que nos orienta hacia fuerzas que no nos atraen.

Las inclinaciones de los cuerpos se convierten en atracciones cuando se acercan tanto los unos de los otros, que sus inclinaciones complementarias entran en contacto y generan un campo de fuerzas; o lo que es lo mismo, producen movimiento.

            La tendencia y la teleonomía son ambas atracción de formas complementarias que están separadas y, porque se completan, tienden a unirse; pero mientras que en la tendencia esa unión se da fuera del tiempo y es siempre idéntica, en la teleonomía el resultado puede variar porque se dan fuera de él. La unión de oxígeno e hidrógeno dará siempre agua, mientras que el ojo verá cosas distintas según el lugar y el tiempo desde el que mire. La tendencia es causalidad porque lo que atrae a un átomo hacia otro es la imagen especular que el otro tiene de él, y su unión dará el mismo resultado por mucho que se repita; podemos decir, entonces, que la atracción causal es una finalidad con resultado predeterminado (las mismas causas producen los mismos efectos); pero a la teleonomía la llamamos finalidad porque el resultado de lo que el ojo ve y de lo que el mundo muestra es distinta cada vez que el ojo mira.

 

            La teleonomía se manifiesta al menos a través de tres estadios sucesivos: la atracción, la sensibilidad y el instinto.

            La atracción es la necesidad de completarse en el tiempo. Estamos hablando aquí de una atracción teleonómica, no de una atracción causal. La atracción del ciervo macho por la hembra produce duelos entre machos en los que no se sabe de antemano cuál será el vencedor (si el duelo se hubiera producido media hora antes tal vez el que ha ganado hubiera resultado perdedor); y cuando se aparean el macho y la hembra nacerán crías diferentes en cada unión, según la forma en que se han combinado los genes (leyes de Mendel). En la atracción teleonómica podemos decir que la necesidad se ha transformado en azar. Podemos dudar de que los tropismos de las plantas sean fenómenos causales o atracciones teleonómicas.



            La sensibilidad es la aparición de placer o dolor en esta necesidad. El oxígeno no sufre cuando está buscando los electrones que le faltan, pero el gato en celo, si no encuentra a la gata, sí. El orgasmo es una descarga de placer durante la reproducción y el hambre es un sentimiento de dolor cuando uno no come. Los tropismos vegetales no parece que sean atracciones placenteras o dolorosas, serían atracciones teleonómicas sin sensibilidad.

            El instinto es la memoria de las distintas necesidades en nuestro cerebro. El instinto sexual empuja a los animales a buscarse, utilizando estrategias de seducción; y a veces, como en la mantis, el instinto empuja a la hembra a comerse al macho después de realizada la cópula. Un instinto es una atracción sensible almacenada en la memoria de la especie.

 

            Cuanto hemos visto nos mueve a considerar que los virus poseen una complementariedad lógica que, físicamente, es una tendencia, pero también una estructura teleonómica; y dentro de la teleonomía, serían atracciones donde la necesidad se ha convertido en azar, pero no parece sensato atribuirles sensibilidad ni mucho menos instinto. Lo mismo podemos decir de las células, con una salvedad: puede que las células tengan sensibilidad pero no instintos (porque no tienen cerebro); las células serían, pues, más perfectas que los virus, y si las células son seres vivos, ¿dónde empieza la fuerza vital? ¿Empieza con las atracciones aleatorias? Entonces los virus serían seres vivos. ¿Empiezan, por el contrario, con la sensibilidad? En este caso sería imposible atribuirles vida.

            Parece que la fuerza vital no empieza con la causalidad, sino con la teleonomía; y habría varios grados de intensidad, sutileza y organización en la naturaleza de esa fuerza; Habría fuerzas vitales atractivas, sensibles e instintivas; y corresponderían a tres tipos distintos de formas de vida, desde el más primitivo al más elaborado y evolucionado.

 

3. Conclusión.

 

            Desde aquí podemos postular, como conclusión, que los virus son materia viva; y lo son porque, además de moléculas orgánicas, poseen necesidades que van más allá de los impulsos: son atracciones; sus movimientos no son sólo automáticos, además se despliegan en el tiempo. A las fuerzas que se despliegan en el tiempo las llamamos fuerzas vitales: luego los virus están vivos. Si esas fuerzas vitales contuvieran sensibilidad serían capaces de experimentar alguna forma de placer y dolor (más que placer, sería el bienestar del equilibrio; más que dolor, el malestar de no estar donde se debería estar); pero, aunque no la tengan, estarían movidos por una energía de conservación que sería más que el impulso de los átomos, pero menos que el instinto; y no lo podríamos llamar instinto porque los virus no tienen un encéfalo donde almacenar la memoria de esos impulsos (los instintos son pautas fijas de acción almacenadas en el encéfalo).

            Se hace necesario, entonces, distinguir una forma de impulso que va más allá de la tendencia causal; frente a la tendencia a la conservación (propia de la materia inorgánica) estaría el impulso de conservación, que sería más que una tendencia, pero menos que un instinto; el instinto de conservación lo tendrían sólo los animales con algún tipo de capacidad cerebral, por pequeña que ésta fuera; el mundo vegetal tendría también, al igual que los virus, impulso de conservación, no instinto (pues es sabido que los vegetales no tienen encéfalo).

            Así, pues, los virus son seres vivos que se caracterizan por estos tres rasgos:

 

(1)   Experimentan atracciones teleonómicas (la fuerza de atracción es repetición mineral invertida en el tiempo de la vida).

 

(2)   Es posible que esa fuerza contuviera algún tipo de sensibilidad primitiva, entre el equilibrio insensible de la materia orgánica y el placer y el dolor del mundo animal, y la podríamos llamar bienestar protosensible (o, simplemente, protosensibilidad).

 

(3)   Y estarían dotados, además, de impulso de conservación.

 

Esa forma de vitalidad caracterizada por la atracción, la protosensibilidad y el impulso de conservación sería ya una fuerza vital: atractiva y protosensible, pero no instintiva. La sensibilidad básica del placer y el dolor, sobre todo en su forma primitiva, está situada en cada una de las partes del organismo, no en un órgano central (que sería el encéfalo); también en el resto de los animales el placer y el dolor se encuentra diseminado por todo el cuerpo: en la piel, en los huesos, en las vísceras y en el resto de los órganos. Sólo hay una diferencia: que los receptores alguedónicos son células nerviosas y habría que suponer que hay una forma de sensibilidad que pudiera experimentarse en ausencia de neuronas: por lo tanto, en ausencia de células; y, como sabemos, los virus no sólo no contienen células, sino que ellos mismos no llegan a ser células.

Las tesis (1) y (3) no presentan, posiblemente, mayores dificultades; el problema estaría en la tesis número (2), porque nos obligaría a encontrar evidencias científicas de que puede haber sensaciones sin neuronas; y las neuronas, como todos sabemos, son, de momento, los centros generadores de la sensación.

 


 

 

 

 

viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







sábado, 23 de julio de 2016

Un darwinismo lamarckista de inspiración cristiana




UN DARWINISMO LAMARCKISTA DE INSPIRACIÓN CRISTIANA[i]

 

            La teoría de la evolución admite que las especies biológicas proceden unas de otras; y se admite también que el único mecanismo evolutivo aceptable es el de Darwin: Lamarck, hace ya tiempo, ha caído en desuso. Pero de vez en cuando encontramos en la biología ciertos brotes de lamarckismo. No sólo la selección natural, sino también la adaptación tendría algo que ver en la evolución de las especies; y si a veces se admite, con Lamarck, que la función crea el órgano, no se admite con la misma facilidad que se hereden los caracteres adquiridos; esto bastaría para introducir la idea de finalidad en una evolución que Darwin quería que fuese azarosa.
            Álvaro Hernández Álvarez ha  tenido la idea de especular sobre las posibilidades del lamarckismo; y digo especular porque la formulación de hipótesis reposa sobre observaciones que no han generado experimentos, pero pueden generarlos. La hipótesis es parte fundamental del método científico: la otra parte son los datos; esta conjetura puede ser sometida a prueba y, por lo tanto, sería falsable (con lo que cumpliría el criterio de Popper para ser calificada de científica); aunque, de momento, le falten datos.
            Sostiene Álvaro Hernández que “todo ser vivo es una lámpara con su duende dentro y éste es el que a requerimiento del medio se enerva y crea variedades intencionadas y dirigidas, inconscientemente para el individuo, el duende, el alma que percibe y procesa lo externo”. En esta metáfora se percibe una suerte de lamarckismo cristiano. Cristiano en el sentido en que el alma (del individuo o de la especie) cumple una función relevante en la activación del cuerpo, pero no con vocación de trasladar la reflexión biológica fuera de la ciencia; queda por ver lo que aquí se entiende por alma, pero no es lo mismo un concepto platónico que aristotélico; un espiritualismo gratuito que un finalismo psicosomático.
            Seguimos la exposición de Álvaro Hernández. “El alma de cada ser vivo”, dice, “se expresa al exterior (…) a través de la especie en la que se aloja”; después añade que esa alma que “se relaciona con lo tangible a través de (su) especie”, logra que “sus expresiones (sean) más evolucionadas (…) cuanta más capacidad tenga la especie de expresar lo que desea”.
            Hay, pues, dos puntos de partida. El primero es que todos los seres vivos se expresan a través de su especie. De ahí se derivan las siete tesis siguientes: 

(1)   Cada ser vivo (es decir, cada individuo) tiene un alma.
(2)   El alma se expresa a través de la especie en la que se aloja.
(3)   Lo tangible es el cuerpo. Por lo tanto:
(4)   El alma no es corpórea.
(5)   El alma se expresa a través del cuerpo.
(6)   La especie limita las posibilidades que tiene el cuerpo de expresar la voz del alma.
(7)   La especie es una maqueta, un molde que conforma los cuerpos de los individuos. 

 

Todo esto se resume en una estupenda metáfora que el autor expone en la página 5: “todo ser vivo es una lámpara con su duende dentro y es éste el que a requerimiento del medio se enerva y crea variedades intencionales y dirigidas, inconscientemente para el individuo, el duende, el alma (que) percibe y procesa lo externo”: éste es el segundo punto de partida del que estábamos hablando; y es que todo ser vivo es una lámpara (un cuerpo) con su duende dentro (el alma). De aquí se desprenden otras tres tesis más:
  
(8)   Cada ser vivo tiene dentro un alma y se aloja en una especie; y cada ser vivo es un individuo, por lo tanto, cada especie contiene individuos y cada individuo contiene un alma.
(9)   El alma crea variedades intencionadas.
(10)  Las crea a requerimiento del medio, o sea que el medio plantea problemas y el individuo propone soluciones entre las que el medio, a su vez, elige la mejor. 

            Recapitulando: cada individuo es un cuerpo (“lámpara”) con un alma (“duende”) dentro, y se aloja en una especie; la especie, a su vez, se aloja en el medio en el que vive.
            Como Segovia está en Castilla, que está en España, que está en Europa, así también el alma está en el cuerpo, que está en la especie, que está en el medio: es como un juego de muñecas rusas.
            El círculo exterior plantea retos; el círculo interior los resuelve; y el círculo exterior, de nuevo, los valida (los “selecciona” en un “esfuerzo crítico”). ¿Cuál es la función de los círculos intermedios? En el cuerpo se expresa el alma. Y el individuo, un alma contenida en un cuerpo, se expresa a través su especie: conjunto de individuos que comparten los mismos rasgos; es decir que contienen la maqueta que conforma por igual a todos los cuerpos.
            Tal es la distribución lógica. Pero el orden biológico es diferente: un individuo es un cuerpo que contiene un alma específica que contiene, a su vez, el alma del individuo. Toda especie es un conjunto de individuos que tienen, todos, un alma idéntica, clonada, en la cual cada uno ha puesto sus diferencias individuales.
            Ahora bien, el alma (“el duende”), al percibir y procesar lo externo, crea variedades “intencionadas”, pero las crea “inconscientemente”: ¿puede alguien tener intenciones inconscientes? ¿No es eso contradictorio? ¿O no es el alma del individuo quien crea, sino el alma de la especie?
            No obstante, de todas estas afirmaciones se desprenden dos consecuencias:
            Primera:
            1º. Cada individuo propone sus propias soluciones a los retos del medio.
        2º. El medio selecciona las mejores haciendo que sobrevivan generación tras generación; las demás desaparecen.
          3º. Los individuos seleccionados se extienden y conforman una nueva especie; la especie es la proliferación de la descendencia del individuo más acertado.
            Segunda: el afán por superar los problemas surge de la desesperación del individuo cuando su existencia se siente amenazada; surge de su nerviosismo. La especie es el medio que utiliza el individuo para sobrevivir, y si no le vale la suya se inventa otra; es como si un electricista sustituyera la llave manual por una llave eléctrica.
            Todo esto nos lleva, como se ha podido comprobar, a Darwin: el lamarckismo de Álvaro Hernández no es solamente cristiano, sino también darwiniano (valga la paradoja); de Lamarck retiene la idea (aristotélica) de finalidad; y de Darwin conserva la selección natural; evolucionan, efectivamente, las especies, pero en el proceso también tienen algo que decir los individuos. 

 

            Lo interesante de esta propuesta es que está en las antípodas de lo que dice el darwinista más convencido del momento: Richard Dawkins; para él es precisamente la especie la que se perpetúa a través de los individuos, y el individuo el medio que utiliza la especie para sobrevivir; por eso habla Dawkins del “gen egoísta”.
            El mecanismo de la evolución acaba de sufrir un vuelco: no se trata ya de variaciones espontáneas, sino de intenciones espontáneas que son seleccionadas por la naturaleza; desembocamos en una suerte de darwinismo lamarckiano.
            Inmediatamente se plantea otra pregunta: ¿de dónde vienen esas intenciones espontáneas? De los individuos, por supuesto, no de la especie. ¿Y cómo surgen? Del nerviosismo desencadenado en los individuos por las trabas que el medio le impone para sobrevivir. El proceso es el siguiente: 

            Primero: el medio pone obstáculos a la supervivencia.
            Segundo: cada individuo varía su conducta para vencer esa resistencia.
         Tercero: si las variaciones son adaptativas, los individuos que las han inventado sobreviven; los otros desaparecen: he aquí un ejemplo de adaptación cultural, típicamente lamarckiana.
            Cuarto: pero las conductas inventadas no se heredan; pudiera ocurrir que, al cabo de mucho tiempo, surgiera una mutación que correspondiera a esas nuevas conductas: entonces se perpetuarían de generación en generación; he aquí un ejemplo de adaptación natural, típicamente darwiniana. 

            No son, pues, los genes quienes proponen novedades; las novedades las propone la conducta nerviosa de los individuos, y los genes no hacen más que copiarlas. Y le damos la vuelta al argumento de Richard Dawkins: son los individuos, y no los genes, los que son egoístas; si por egoísmo entendemos, claro está, el instinto de supervivencia.
            Veamos más de cerca cómo funciona este mecanismo. Las modificaciones del medio producen un nerviosismo en los individuos de una especia amenazada. Cada ser no está en su propio entorno (p. 4), sino que lo tiene que buscar o adaptarse al que tiene: esta tensión (estrés) genera una lucha por la supervivencia que no tiene por qué ser competencia contra otros (aunque también suele serlo). Esta tensión provoca impulsos, al principio ciegos, luego tanteados, para vivir. Si el entorno se adapta al individuo aparecerá una pereza evolutiva: la pereza intrínseca del ser vivo (p. 7); es lo que sucedería en el mundo perfecto de San Francisco de Asís, donde dios dio a cada criatura “su propio entorno”; la lucha contra los entornos adversos es, precisamente, el detonante de la evolución.
            Y es que el medio obliga. Nos impone retos que nos obligan a asumir riesgos, si es que queremos sobrevivir: esos riesgos producen nerviosismo, tensión, desasosiego, estrés. Esto implica otras tres tesis más:

(11)   Que los seres vivos no son sustancias inertes, como pretendía Descartes (sino activas, como quería Leibniz).
(12)    Que la vida es el resultado de cierto grado de organización de las partículas materiales (Diderot); lo mismo cabe decir del pensamiento.
(13)     Que los seres vivos están compuestos de partículas afines que crean una atracción entre ellas (Newton, Maupertuis). 

 

Disquisición final.
            Pertenecer a una especie es tener dentro de cada célula el código genético de la especie a la que se pertenece; no es estar unido por lazos invisibles a una especie de cerebro exterior que fuera el cerebro de nuestra especie. Es como si la especie se alojara en nosotros, no como si nosotros nos alojáramos en ella. Somos como tarjetas magnéticas autónomas que, además de contener el cerebro del banco, tienen también su propio cerebro; por eso se pueden introducir en los cajeros y operar cada una según su propia información personalizada, compartiendo todas ellas la misma información común del banco al que pertenecen; es como si contuvieran, a la vez, el alma individual y la de la especie; el alma de la especie se expresa directamente en el cajero y el alma individual necesita alojarse en el cerebro para expresarse. Somos tarjetas magnéticas: nuestra especie está clonada en todos los individuos. No se trata de un ombligo universal al que todos estamos unidos a través de nuestros ombligos. Lógicamente hablando, nosotros vivimos alojados ene nuestra especie; pero biológicamente (es decir como seres físicos, químicos y orgánicos) nuestra especie vive en nosotros multiplicándose en cada uno como si estuviera rota en mil cristales y cada uno se reflejara en un cristal, al tiempo que ella se refleja en cada uno de nosotros; vivir en nuestra especie no significa que estemos metidos en su casa, sino que somos miles de casas en las que ella se mete.
            Nuestra vida no consiste en adorar a la especie que tenemos en nuestro interior, sino en utilizarla para sobrevivir y desarrollarnos; la especie no es un parásito que vive a nuestra costa sino un motor que nos ayuda a vivir; según el motor que tengamos (es decir, según la especie a la que pertenezcamos), así serán las posibilidades de nuestra existencia. Nuestra especie es el motor y nuestro cuerpo la carrocería; y en ese coche en el que vivimos, en esa lámpara, hay un genio que piensa y siente y decide: el conductor; nuestro cerebro, que conduce el coche donde estamos. A veces es el coche el que nos lleva cuando su mecanismo no responde (le fallan los frenos, la refrigeración o el embrague); otras veces se rebela y no quiere dejarse llevar (como el ordenador que se rebela contra los astronautas en la película “2001”); pero lo más normal es que el coche obedezca al conductor¸ que la especie se deje llevar por el individuo; puede haber errores en la replicación de las hebras de ADN, pero lo más normal es que el material genético se replique sin errores.
            Contrariamente a la tesis de Richard Dawkins, no somos instrumentos utilizados por nuestros genes para sobrevivir; al revés, nuestros genes son el instrumento de nuestra supervivencia; y son, también, los amigos diminutos que tenemos que respetar si queremos respetarnos a nosotros mismos; los genes no son nuestros esclavos, sino nuestros amigos; ni son nuestros esclavos ni nosotros somos esclavos suyos; son parte de nuestro ser, parte íntima de nosotros; y si alguna vez nos los arrancamos para sobrevivir, nos estaremos matando en el acto mismo en que sobrevivimos: pues no podemos arrancarlos de nosotros in arrancarnos a nosotros mismos de nuestro cuerpo: sería un suicidio. Es como si para quitarnos el dolor de la herida del brazo nos cortáramos el brazo herido; o como si para curarnos de una enfermedad nos hiciéramos una lobotomía: estaríamos vivos, pero ya no seríamos los mismos.
            El modelo de la tarjeta magnética tiene sus limitaciones. Cada tarjeta contiene una doble memoria: la del banco y la del usuario; la de la especie y la del individuo. La de la especie contiene nuestra naturaleza, la del individuo, nuestra historia. Las dos siguen mecanismos diversos: la de la especie se aloja en las células y la del individuo en el cerebro; son dos softwares diferentes, pero conectados entre sí; la naturaleza se conserva y la historia cambia; pero también hay cambios que afectan a la naturaleza y que disparan la evolución: esos cambios son, para Dawkins, fortuitos (intencionados para Lamarck); el problema es que las informaciones de nuestro cerebro puedan afectar a las que hay en el núcleo de nuestras células; que la historia del individuo pueda comunicarse con la de la especie; y que la filogénesis, que ha mejorado nuestra ontogénesis, pueda ser mejorada también por nuestra historia; que no todos los cambios evolutivos se debieran al azar.
            No sólo los errores de programación genética intervendrían en la evolución de las especies; también tendrían algo que decir la epigénesis y la historia del individuo; es como si volvieran, respectivamente, Aristóteles y Lamarck (que un día salieron por la puerta del teatro y se cuelan, ahora, por sus ventanas); vuelven a la escena de la obra en la que tenían algo que decir. Vienen dispuestos a ello y ya no se quieren callar. 


 




[i] Álvaro Hernández Álvarez. Bases teóricas de una nueva teoría de la evolución, manuscrito de 7 páginas.