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viernes, 7 de febrero de 2020

LA VOLUNTAD

  

LA VOLUNTAD


Cordura.

            Siempre que hacemos algo es por algún motivo. Algunas veces nos mueve el capricho (vemos una pastelería y compramos compulsivamente un dulce, movidos por la tentación); otras lo hacemos porque nos mandan, cumplimos órdenes (el soldado tiene la obligación de hacer lo que le dice el superior); otras, porque estamos acostumbrados a hacer siempre las mismas cosas (atendiendo a los dictados de la moda, las formas de hablar y comportarse de la gente de nuestro pueblo, nuestras propias rutinas adquiridas, etc.); habrá veces que actuemos de manera automática, movidos por nuestro temperamento (unos son impulsivos, otros tímidos, otros pesimistas); otros se dejarán llevar por reflejos aprendidos (cerrar la puerta después de entrar, apagar la luz al salir), por reflejos innatos (taparse la cara cuando nos tiran una piedra); otros, por el contrario, actuarán movidos por fantasías, desvaríos, quimeras (don Quijote dando estocadas a los pellejos de vino porque confundía los pellejos con enemigos y el vino con la sangre); y habrá también quien, desprovisto de toda motivación, se deje llevar por la abulia y no quiera nada; o porque le dé pereza arrancar a andar.
            Nos conviene siempre pensar lo que vamos a hacer para estar seguros de que lo interesante es beneficioso. Me pueden tentar los dulces pero tal vez sea diabético. Mis amigos beben más de la cuenta pero a mi salud no le conviene beber. Me gusta mucho el picante pero acaso mi estómago sufre. El jefe me manda abusar de otro pero eso repugna a mi conciencia. Hay cosas que no me conviene hacer, bien porque me harán daño (como abusar de los dulces), o bien porque chocan con mis instintos morales (como abusar del débil). Llamamos prudencia al arte de elegir siempre lo más conveniente y justicia al arte de elegir lo  que me manda mi conciencia; en ambos casos buscamos felicidad, pues no pueden ser feliz ni el imprudente ni el injusto. Admitamos que la unión de la prudencia, la felicidad y la justicia se llama cordura; que tiene mucho que ver con la cordialidad (“cordis” en latín significa “corazón”).

Eficacia.

            Una vez que hemos visto claro lo que queremos hacer conviene mirar bien cuáles son los mejores medios para conseguirlo. Si me empeño en hacer triplete tal vez lo pierda todo por querer ganarlo todo, quizá mis fuerzas no sean suficientes: ¿hacer triplete o ganar la liga? Acaso me convenga centrarme en la liga y olvidarme del resto, porque “quien mucho abarca poco aprieta”. Acaso sea preferible perder esta batalla si con ello conservo mis fuerzas intactas para ganar la guerra. Tal vez si me empeño en aprobarlo todo suspenda algo porque el nivel de exigencia sea demasiado alto, ¿quién sabe? O tal vez si lo hubiera intentado todo lo habría ganado todo (liga, copa y champions), y valía la pena arriesgar. Yo sé lo que puedo, pero puede que no sea consciente del nivel de lo que me exigen. O sí. Debo elegir lo que me gusta con toda libertad, y dentro de lo que me gusta, debo elegir lo que me conviene, y dentro de lo que me conviene, lo que me hace feliz, que siempre es inseparable de lo que hace felices a los demás; para eso a veces es necesario tener imaginación, pero sin abandonar el realismo; quizá a eso lo podamos llamar utopía; verdadera utopía: un terreno sólido para tomar impulso y una ligereza propia de quien aspira a volar. La utopía tiene que ver poco con la quimera; se trata de imaginar cosas que no existen, pero plantearlas para que puedan echar raíces (y raíces sanas) en la existencia; cosas que no existen pero que podrán existir.
            Buscar los medios más adecuados para conseguir lo que queremos bien puede también llamarse prudencia, pero no es aquí la prudencia de la ética (que tiene mucho que ver con la cordura) sino de la técnica, y es más bien cuestión de estrategia (que apunta a lo que llamamos eficacia). Plantearse metas sin medios o no sopesar los medios es inconsciencia, mientras que plantearse metas sin cordialidad y sin cordura es fanatismo. Contra el fanático no hay nada mejor que la duda, el escepticismo (nunca exagerado, siempre razonable); hay que cuestionar siempre lo que tenemos entre manos hasta borrar cualquier sombra de daño, tanto si nos lo podemos hacer a nosotros como a los demás.


Decisión.

            Ya tenemos claro lo que queremos hacer. Ahora tenemos que pensar en decidirlo. ¿Cuándo hemos terminado de pensar las cosas? ¿Cuándo podemos pasar a la acción? Hay quien lo piensa todo demasiado y no se decide nunca: son personas que disfrazan de prudencia su cobardía; parecen personas sensatas que van al fondo de las cuestiones, porque no paran de darles vueltas a las cosas, pero son en realidad personas indecisas, no se atreven nunca a tomar una decisión; analizar las cosas es como mirar un mapa cuando nos vamos de viaje; decidirse a realizar lo planteado es como encender el motor; mucha gente se pasa la vida viendo mapas e imaginando los viajes que se podrían hacer; pero no todos se atreven a hacer un viaje de verdad.
            Se trata de ser atrevido, tener valor, osadía, fuerza de voluntad. Decidirse es tensar la energía como se tensa el arco, y dispararla como se dispara la flecha después de haber apuntado. Llegar a una conclusión es, más que decidirse, dejarse llevar por la lógica de los hechos, pero decidirse es tomar el camino en el que el análisis ha concluido, para explorarlo y comprobar si es verdad lo que hemos analizado. La duda, que era una virtud mientras estábamos deliberando, ahora se convierte en un lastre; nada es tan pernicioso como vacilar continuamente cuando hemos decidido avanzar por un camino; si debíamos tomar ese camino u otro es algo que hemos sopesado mucho cuando estábamos pensando, pero ahora se trata de explorarlo y ya no hay que dudar sino decidirse; a menos que aparezcan peligros inesperados que hagan necesario reflexionar otra vez. Si hemos llegado a la conclusión de que para estudiar hemos de ajustarnos a un horario y si no hay nada que impida llevarlo a cabo, no sirve de nada contemplar el horario un día tras otro retrasándolo siempre: hay que decidirse a cumplirlo de una vez; hay que empezar a caminar.

            La deliberación requiere prudencia, la decisión requiere valor (que es justamente lo contrario): hay que ser paciente y esperar cuando se piensa, frenando nuestros ímpetus; pero cuando tenemos las cosas claras no hay que esperar más; si confiamos en nuestras razones hay motivos para tener esperanza, y esperar que se cumpla lo que creemos que va a pasar. Ser paciente es lo contrario de ser decidido, pero decidimos ser pacientes y eso es valentía, y después decidimos andar y eso es valentía también: paciencia en el primer caso y atrevimiento en el segundo; atreverse es desafiar a la suerte, enfrentarse a las dificultades, tener el valor y el deseo de vencer. Hay quien necesita obligarse a sí mismo para no sucumbir a la tentación de desfallecer: Cortés quemó las naves y aquel perezoso pagó en la universidad una matrícula muy cara para verse obligado a estudiar, so pena de perder el dinero que había invertido; es bueno nadar y guardar la ropa, pero cuando eso amenaza con derrumbar nuestra valentía es necesario lanzarse al agua sin cubrirse las espaldas: o de lo contrario no nos lanzaremos jamás; si hemos comprobado que el trampolín es seguro no tiene sentido seguir pensándolo veinte veces antes de dejarse caer; cuando la duda es motivada por la prudencia es necesario dudar, pero cuando es espoleada por el miedo, no.


Tenacidad.

            Ya hemos tomado nuestra decisión: ahora es necesario llevarla a cabo. Hay alumnos que deciden estudiar, pero cuando llega el momento de hacerlo siempre lo posponen para otro día: ahora la virtud que necesitamos es la constancia; y, si se presentan dificultades, tenacidad: justo lo contrario de la pereza. Si la falta de ganas de querer hacer cosas era abulia, la falta de ganas de hacer las cosas que queremos es pereza; por lo tanto la pereza no es aquí un ocio creativo, sino un lastre que impide la creación; y ya se sabe que los globos, para poder volar, necesitan arrojar lastre; liberarse de las trabas que los hacen pesados y tiran de ellos hacia abajo, quitándoles ligereza.
La pereza es como un peso que nos impide movernos, que nos quita la energía. El perezoso no es culpable de ser perezoso, sino víctima de su pereza; necesita hacer acopio de grandes dosis de energía para hacer tareas que otros hacen casi sin esfuerzo; puede, es verdad, salir de su inercia, paro le cuesta mucho hacerlo solo; necesita sentir la presión de los plazos que se cumplen (por eso lo hace todo a última hora), del jefe que le obliga (por eso sólo trabaja cuando se ve forzado), de la paga que no cobra (por eso no sabe trabajar si no hay un incentivo, si no lo empujan las amenazas, o los premios, o los castigos). Se acusa al perezoso por vago y no tiene la culpa de serlo; pero la tiene de no hacer nada para combatir su pereza. El vago, con el tiempo, es desgraciado, porque ve que todos van cumpliendo sus objetivos y él se va quedando en la cuneta.
De modo que la pereza es a la vez un castigo y un pecado; un castigo por una culpa que no tenemos, y un pecado que merece castigo cuando no hacemos nada por remediarlo; no somos responsables de estar en el agujero, pero sí lo somos de no salir de él. Eso, por supuesto, si nos referimos a la pereza congénita: la de quienes están en el agujero desde que nacieron. Luego está la pereza adquirida, de aquellos que han adquirido malos hábitos durante toda su vida y se han acostumbrado a la pereza: ellos han caído en el hoyo por preferir siempre lo fácil, cuando lo fácil te quita las fuerzas que tienes y te convierte en un ser desprotegido; el estudio te carga de herramientas que te van a servir porque cada herramienta aumenta tu energía, y el concurso de todas las herramientas coordinadas multiplica la fuerza de cada una, elevándola siempre a su máxima potencia.
El lastre es un peso que te quita la energía. La cultura es un peso que fabrica más energía de la que tienes, y consigue que, siendo cada vez más fuerte, cada vez consigas más ligereza. Hay que arrojar el lastre por la borda. Hay que llenar nuestros almacenes de máquinas culturales que refuercen y dinamicen nuestras capacidades psicológicas. Hay personas muy decididas, pero poco constantes; se emocionan fácilmente, pero se desinflan en seguida; tal estudiante pagó una matrícula cara para obligarse a estudiar, pero la pereza vació su combustible y cada vez flojeaba más, hasta que acabó tirando el dinero que había pagado. Muchas veces hay que cargarse de amigos que tiran de nosotros para salir de la pereza.


A modo de conclusión.

En fin, las cosas que hacemos no debemos hacerlas porque tengamos ganas sino porque pensemos en las ganas que tenemos; midiendo con sensatez los pasos que vamos a dar, y reajustándolos mientras los vamos dando; decidiéndonos con valor, y siendo constantes en el trabajo. Prudencia, crítica, decisión y tenacidad, tales son nuestras virtudes. Preferencia, deliberación, decisión y ejecución, tales son las fases del acto voluntario. Así lo entendía Aristóteles. Si tenemos la cordura de conjugarlas adecuadamente haremos las cosas bien, y pocas veces llegaremos a equivocarnos. La prudencia de la ética: cordura. La prudencia en la técnica: eficacia. La pasión en el valor: decisión. Y la constancia en el trabajo: tenacidad. Con estas virtudes nos enfrentaremos a la abulia, la inconsciencia, la cobardía y la pereza. El éxito nos esperará a la vuelta de la esquina aunque nos equivoquemos a veces. El mérito será nuestro y será obra nuestra cada una de las cosas que hagamos: no del azar; aunque el azar tenga, inevitablemente, una parte del protagonismo que se enfrenta al protagonismo que tenemos; y a veces es el antagonismo fiero al que tenemos que derrotar.







sábado, 15 de junio de 2019

ONTOLOGÍA DEL JUEGO



ONTOLOGÍA DEL JUEGO
  

 1. Definiciones fundamentales.

            Recordemos que existen dos clases de juego, dos estructuras de lucha, dos formas de luchar: la teletaxia y la televida.
            La lucha por la existencia es teletaxia.
            La lucha por nuestra forma de ser es televida.
            La historia es lucha por la existencia temporal.
            La lucha contra el tiempo es la patética. Hay dos formas de patética: la lucha por la existencia impuesta (tragedia) y la lucha por la existencia eterna (mística); el drama de vivir nuestro tiempo interior (nuestra historia) contra un tiempo que nos viene de fuera (el destino) hace que podamos caracterizar la tragedia como erótica y lucha del anacronismo.
            A través de la tragedia buscamos una existencia más acorde con nuestro ser; también lo hacemos a través de la mística; el goce trágico y el goce místico son, por consiguiente, en tanto que reconciliación de nuestro ser con el mundo, una búsqueda de lo esencial; por eso son trascendentes.

2. Definiciones complementarias.

            El descanso es reposo o juego. El reposo es una forma de descansar en la que se detiene la conciencia apartándose de la lucha (por ejemplo durante el sueño). El juego es el descanso consciente. También durante el reposo se puede prolongar la lucha, pero es ya en el inconsciente: sueños, pesadillas y (quizá también) ensoñaciones.
            El juego puede ser laboral o lúdico. Es juego laboral el que sirve a la lucha por la existencia (trabajo en sentido bíblico como maldición o cadena). El juego lúdico sirve al ocio consciente, en su doble aspecto de trabajo por la esencia y diversión (que son conceptos que se solapan): ambas caen bajo la etiqueta de afición (hay aficionados al fútbol y aficionados a la filosofía, al ajedrez, a la baraja, a la música o al teatro). El juego lúdico es entretenimiento. El juego laboral es obligación.
            El juego puede ser de tiempo o de pasatiempo. Es juego de tiempo cuando utiliza el tiempo para vivir en él, y es pasatiempo cuando se sale de él sin ir a ninguna parte (se habla entonces de matar el tiempo o pasar el rato: el pasatiempo llega incluso a llamarse “matarratos”). Como la vida es tiempo, matar el tiempo es morir un poco: si es en busca de la eternidad estaríamos en la mística; pero si es para quedarnos fuera del tiempo y de la eternidad estaremos muertos en vida: tal es el aburrimiento, spleen de los poetas, que lleva a la desesperación y la angustia.
            El juego lúdico es el mundo de la comedia o de la mística; el juego laboral es el de la tragedia o el drama.
            El juego laboral es tentación o compromiso. En la tentación, se captan voluntades mediante la destrucción de la voluntad ajena (convirtiendo el deseo en capricho). En el compromiso, dos rivales compiten en calidad para ganarse el sustento: tal es la competitividad.
            El juego lúdico es exhibición o carácter. Es carácter la superación de sí mismo por el mero placer. La exhibición es, también, superación de sí mismo, solo o frente a otros, pero sólo para recibir el aplauso del público; ganar es aquí ser reconocido como el mejor, y no importa tanto serlo como parecerlo; ganar un partido de tenis puede suponer superioridad real sobre el adversario, pero también marcar un tanto en el momento adecuado; ganar un partido de fútbol puede deberse a haber tenido la suerte de marcar un gol, aunque  el otro equipo sea mejor que nosotros.
            La tentación, la exhibición y el compromiso admiten trampas; el carácter, no.


3. El ocio en el juego: nuevas definiciones.
             
            El esfuerzo, tanto trascendente (concentración) como inmanente (trabajo), produce alegría. Volvamos sobre algunas cuestiones importantes.  
            La vida es ocio. Llamamos ocio al empeño de la esencia por instalarse en la existencia. Tres son las formas fundamentales del ocio: el trabajo por ser nosotros mismos (en él se cifra el carácter, cimentado en la afición, el gusto, el hobby); la diversión (que es distracción del esfuerzo para superar el cansancio); y el descanso.
            Pero todo esfuerzo supone un desgaste que debe ser reparado: y lo hace mediante el descanso. El descanso es un periodo de inactividad durante el cual se llenan las fuerzas perdidas
            Pues bien, hay una forma de descanso proyectado en formas, más que trascendentes, intrascendentes, en el ocio. El ocio generado tras el esfuerzo es diversión; el que genera la pereza es, por el contrario, distracción y pasatiempo. Normalmente el divertirse produce risa, que es una forma agradable de relajarse; el humor es, pues, también una forma de esparcimiento.
            En la conciencia trascendente hay tres formas nobles (arte, ética y ciencia) a las que corresponden otras tres formas devaluadas (respectivamente el juego, el humor y la técnica).
            Ciencia es ver el mundo desde fuera. Esto implica estar fuera del mundo.
La alegría es producto del esfuerzo, y cuesta; el placer es gratis, no requiere trabajar. Entre ambos se sitúa el arte que, por participar de los dos, es a la vez esfuerzo y descanso, alegría y placer, arte y juego, compromiso y evasión; esta doble naturaleza del arte hace que a veces se confunda la tensión artística con el placer ocioso: por ejemplo, a la hora de distinguir entre la danza y el baile.
También vivimos con distancia lo que les pasa a los demás (por el mero hecho de que a nosotros no nos pasa): por eso nos reímos de los males ajenos sin sentirlos en carne propia. Es el mundo de la comedia, del humor, pero también del juego y del arte.
Podemos distinguir entre necesidades de supervivencia y necesidades de realización: las primeras se caracterizan por la competitividad; las segundas, por la competencia. La primera requiere que los seres que interactúan sean compatibles: a esta compatibilidad la llamaremos valencia.
Atendiendo al tipo actitudinal de la valencia (de respeto o de desprecio) se pueden establecer cinco tipos de lucha (agresión, competición, negociación, crítica y plenitud):

a)      Lucha por la existencia (competitividad):
(1)   Agresión: interacción entre dos seres cuyas necesidades son incompatibles.
(2)   Competición: interacción entre dos seres cuyas necesidades convergen en el mismo objeto, y sólo uno lo puede poseer.
(3)   Negociación: lucha desencadenada entre dos contendientes por deseo de ambos y con necesidades compartidas.
b)      Lucha por la esencia (competencia):
(4)   Crítica: relación entre un sujeto guiado por la necesidad y un objeto que introduce una posibilidad: así, yo deseo saber y el mundo tiene capacidad de proporcionarme datos.
(5)   Plenitud: afán de superación, de mejora; eleva el nivel ontológico del individuo (un individuo bueno tiene más ser que uno malo o malvado).

En el capítulo dedicado a la historia aparecían ya caracterizados estos cinco tipos de lucha; los dos últimos tienen que ver con la esencia, cuyas puertas nos adentran en ese tipo de felicidad a que llamamos plenitud; y los tres primeros, de manera especial el segundo, tienen que ver con el juego, particularmente con sus dos dimensiones: aristónica (búsqueda de la perfección) y agónica (lucha por la existencia).


4. Anatomía del espectáculo: pereza y esfuerzo.

            Juego sensorial. Requiere esfuerzo del autor; un esfuerzo corporal en actividades como el montañismo o el esquí, o un esfuerzo mental cuando se trata de crear obras: pues la inspiración se prepara con el trabajo y también requiere trabajo una vez que la hemos despertado; si el público se esfuerza en interpretar la obra mientras la contempla, evita esa pasividad característica de la pereza del consumidor: una pereza corporal cuando nos dejamos llevar por las atracciones o por la comida basura; o mental, cuando consumimos productos, necesariamente superficiales, de inspiración fácil, como los tabloides, los culebrones, la telebasura, y esos productos literarios o musicales propios de la cultura kitsch; que no viene a ser, en el fondo, más que falta de cultura.

            Juego aristónico. Es el mundo de la competencia. Siempre es el autor quien pone el esfuerzo: corporal (velocidad, puntería, la faena del torero, los entrenamientos, las marcas superadas por los atletas, las plusmarcas); o puede ser también esfuerzo mental (en el caso del entrenamiento matemático o de la creación intelectual o artística). El público puede contemplar la superación personal de manera pasiva (como fans, identificándose incondicionalmente con sus autores que son sus ídolos, o siguiendo las banalidades del Guiness de los records); pero también puede ser espectador activo.

            Juego agónico. Es el mundo de la competición. Sus autores ponen esfuerzo (corporal en el deporte: judo, fútbol, creación de jugadas bellas, elegantes y eficaces; y mental, en las creaciones no físicas tales como las que se hacen en los concursos musicales o las justas poéticas). El público puede contemplar el esfuerzo desde la pereza del hincha, que se identifica incondicionalmente, y por lo general de manera acrítica, con su jugador o su equipo; o desde el esfuerzo del espectador activo que trata de entender, criticar, admirar y evidentemente desfrutar con lo que está viendo.

5. Conclusión.

            Juegos de sensación, juegos de ejercicio y juegos de representación. Juegos de trabajo y juegos de ocio. Goce lúdico, goce trágico, goce místico, competencia y competitividad, tentación y compromiso, esfuerzo y descanso, relajación y tensión, elementos todos que se encuentran englobados en el concepto de juego; pero están dispersos en distintos tipos de juego, muy diferentes unos de otros. Diversión, humor, valor, devaluación: placer. La felicidad puede reducirse al placer cuando consume sin producir; pero cuando trasciende los límites dramáticos del aburrimiento y la pereza, el placer se convierte en plenitud.
            Hay juegos para todos: juegos para vagos, juegos para el esfuerzo, juegos de abandono, juegos de superación. Los mejores juegos están en el límite del arte, se adentran en honduras trascendentes, y en esa zona de nadie es difícil saber cuándo una representación es juego y cuándo también es algo más. Habrá que adentrarse en los dominios del arte para conocer, aunque sólo sea de forma nebulosa, esa tierra de nadie, pero más acá de esa zona el juego estaba delimitado en toda su extensión. Hemos intentado estudiar todas sus caras, perfilar sus territorios, explorarlo en todos sus paisajes. Estas páginas han sido un primer intento de clasificación. Si ese intento ha dejado muchas lagunas, el tiempo lo dirá.
  



viernes, 9 de marzo de 2018

PALABRAS PARA UN JOVEN QUE LEE A SAVATER




PALABRAS PARA UN JOVEN QUE LEE A SAVATER


             ¿Puedo ser feliz? ¿Cómo? Encontré la respuesta en un libro que Savater le había escrito a su hijo Amador. Si ser libre es lo mismo que ser feliz, no puede ser feliz quien ha renunciado a los placeres; y si el placer es bueno, el cuerpo, que es fuente de placer, no puede ser por naturaleza malo.

  1. El cuerpo.
Nosotros no tenemos cuerpo. No si entendemos que “tener” significa “poseer”. Muchos son los que dicen: “mi cuerpo es mío, yo hago con él lo que quiero”. Hablan como si su cuerpo fuera suyo. “Si me apetece emborracharme, me emborracho; si quiero copular, copulo; si quiero matarme, me mato”: y se quedan tan tranquilos. Hablan del cuerpo como si fuera una propiedad, una mercancía. Lo mismo que cuando compro un libro lo puedo usar como pisapapeles, si ése es mi deseo: del mismo modo cuando se trata de utilizar mi cuerpo también puedo estropearlo si quiero. Punto y aparte.
Hablar así es desconocer el significado de las palabras. Si le echamos un vistazo a un diccionario (el que sea), encontraremos que el primer significado de la palabra “tener” no es “poseer” (ése viene en sexto o séptimo lugar); antes que “poseer” significa “asir”, “gozar”, “mantener”, “contener” o “dominar”; también “guardar” y “hospedar”; de modo que “tener un cuerpo” no significa tenerlo en propiedad, sino en custodia; yo no soy el propietario de mi cuerpo, sino su guardián: él es mi huésped; a los huéspedes no se los mata ni se los estropea, sino que se los cuida; y “cuidar” significa también “dominar”, “contener”; si un niño se echa a correr cuesta abajo tendremos que contener sus bríos para que no se caiga por el barranco; y si pide muchos caramelos habrá que dominar sus deseos para evitar que le salgan caries en los dientes; el cuerpo se cuida, no se usa como si fuera una herramienta; lejos de ser nuestra propiedad (es decir, nuestro esclavo), el cuerpo es nuestro invitado; no hacemos con él lo que queremos, hay que tratarlo bien; emborracharse, drogarse, abusar sexualmente de él es la mejor forma de tratar mal al cuerpo; el cuerpo sólo nos proporciona un auténtico placer si nos enamoramos de él, como un amigo sólo se comporta como amigo si lo queremos de verdad; si nos dejamos ayudar por él, si lo ayudamos.
Además, nuestro cuerpo nos ha sido dado por nuestros padres. Si nosotros lo maltratamos ahora, no sólo nos maltrataremos a nosotros mismos, sino que también maltrataremos a nuestros padres; maltrataremos a nuestros amigos, que nos necesitan; y maltrataremos a cualquier desconocido, que a todos nos ofende y nos hace sufrir ver cuerpos enfermos, borrachos, sumidos en el exceso, mortecinos y débiles. El cuerpo no es una herramienta que usamos para gozar, sino el protagonista de nuestro placer; es un amigo, no una propiedad; es un ser íntimo que nos consuela, no un ser extraño.
¿Disfrutar? Por supuesto. Disfrutar con nuestro cuerpo, no a costa de él. Que la vida, al fin y al cabo, es alegría y la alegría es fuerza, salud que se consigue con el placer. ¿No habéis visto las caras tristes que deja en nuestro rostro el placer de la droga? El alcohol, cuyo exceso nos proporciona un falso placer, ¿no nos hace comportarnos como monos?


  1. El placer.
 La timidez y la falta de audacia son problemas que tienen que sufrir muchos jóvenes: no confían en sí mismos, miran de reojo, no se atreven, y muchos encuentran en el alcohol la solución a sus problemas. El alcohol te libera, te quita la vergüenza, te atreves a hablar y a bailar… También aumenta la alegría entre las personas.
Pero lo que tenemos ahora no es una cultura del vino, sino un culto al vino. Lo principal no es alegrarse, sino emborracharse. ¿Qué tal lo pasaste anoche? ¡Genial, me cogí una cogorza…! Genial, sí; es genial emborracharse a la media hora de salir de casa y estar tirado en una esquina mientras tus amigos se divierten; porque lo principal no es beber, sino presumir de que se bebe. Y presumir de que se aguanta. Nos reímos de quienes no pueden beber más de dos vasos sin emborracharse y no nos damos cuenta de que, si aguantamos seis, es porque ya estamos alcoholizados: confundimos intoxicación con resistencia. Presumir de borrachera es, entonces, una forma de sentirse fuerte; como si le echáramos un pulso al vino y creyéramos vencerlo cuando en realidad es él el que nos está venciendo.
Lo mismo pasa con el sexo: ya no se trata de disfrutar, sino de presumir; presume más quien antes empieza. ¿Lo has hecho?, te dicen a los trece años; y como digas que no, ya están llamándote ignorante, pardillo, anticuado, frustrado y hasta trastornado, si me apuras. Es como si el conocimiento estuviera dividido en dos mitades: saber de sexo y probarlo antes de tiempo (eso da prestigio); y saber latín y matemáticas (eso te lo quita). Es la antesala del maltrato para quienes estudian; los nuevos héroes son quienes prueban las cosas antes de estar preparados para probarlas: el alcohol, el sexo y el tabaco. Y hasta probar cosas que no hay que probar nunca: las drogas. El consumo nos hace más fuertes y más machos si somos chicos; más modernas y superadas si somos chicas.
Y es que hay jóvenes que no usan el cuerpo para buscar placer, sino poder. El poder nace cuando se muestra,  y no hay mejor forma de ser poderoso que aparentar serlo: hago como que domino el alcohol, y mostrar aguante significa, en realidad, que mi cuerpo ya no aguanta; hago como si el sexo para mí no tuviera secretos y cuanto más muestro mi experiencia más se muestra mi ignorancia; voy por ahí presumiendo de ser experto en drogas, hasta que me da una sobredosis y me mata.
Culto al cuerpo. En el cuerpo buscamos placer y lo encontramos en el alcohol, el tabaco, las drogas, el sexo y la comida rápida; pero también buscamos poder, y lo logramos compitiendo para ver si descubrimos nuevas fuentes de placer antes, mucho antes, que los demás; buscamos una imagen y la encontramos en el gimnasio; en el peircing, en los tatuajes, en las modas, en los símbolos de la tribu, en la ropa de marca. Placer, poder e imagen. En la imagen nos reconocemos, como si tuviéramos miedo de no gustarnos, de no disfrutar de lo que somos; le tenemos miedo al espejo; y, para no ver en él las miserias de nuestra desnudez, nos ponemos máscaras: los peircings, los tatuajes, los músculos hinchados en el gimnasio (aunque sea artificialmente, con anabolizantes), y los símbolos y ropas son imágenes: nos gustan para cubrir con ellas nuestra propia imagen, que no nos gusta. Así, presumimos de lo que no tenemos. No nos mostramos ante los demás como somos, sino como los personajes que nos hemos creado, con los disfraces que nos hemos puesto; cuando nos miramos al espejo no vemos nuestro rostro verdadero, sino el rostro de la sociedad, que se ha apoderado de nosotros; presumir de ser como quiere la moda es mostrar como fuerza lo que nos hace débiles: porque ser como Lady Gaga es la mejor forma de no ser ni ella, ni nosotros; esa manía de “ser como” es la mejor forma de no ser nada. ¿Qué hay detrás de ese culto al cuerpo? Una tremenda insatisfacción.


Buscar el placer, sí; es bueno, es bonito, pero tienen que ser placeres naturales (comer, beber, leer y escribir, ver cuadros y pintarlos, conversar con los amigos, pasear, escuchar música… buscando siempre la calidad, que nos llena por dentro; nos llena de satisfacción, de intensidad, de plenitud, de vida); no se trata de buscar placeres artificiales (alcohol, drogas, tabaco), que no nos llenan por dentro y son un exceso en sí mismos. La vida placentera nos llena de entusiasmo, de ganas de vivir, el trabajo se convierte en placer cuando lo vives con salud; pero los placeres tóxicos nos ponen la cara triste cuando nos reímos, la cara se nos queda demacrada a fuerza de disfrutarlos, nos quitan la ilusión y se nos apaga la fuerza de la vida. Hay que vivirlos con autenticidad, no imitando a los ídolos de los famosos; y ser auténticos es lo mismo que ser libres; hacer lo que queremos y no lo que quiere la moda; hacer nuestra voluntad y no nuestro capricho, porque el capricho no es más que la esclavitud de estar pendientes de que dirán los demás, de qué dirán los amigos. Ser auténtico es ser tú, con tus luces y tus sombras, tus virtudes y defectos, tus potencias, tus debilidades, un tesoro que hay dormido dentro de ti y tienes que despertarlo: no ser la cara que nos impone la sociedad y cuando la abres no hay ningún tesoro, está vacía; el mayor tesoro que tienes es poder disfrutar de lo que eres, disfrutar de tu imagen, tirando las máscaras pero sin olvidarte del mundo en el que vives; disfrutar de los placeres del cuerpo y de los del alma, sentirte fuerte porque no necesitas ninguna máscara, ningún tatuaje, ningún peircing, porque no necesitas ser un anuncio, te basta con ser tú mismo. Ni obedecer órdenes de la moda, ni dejarte arrastrar por los caprichos, ni ser esclavo de las tentaciones, y que tus costumbres obedezcan al corazón: y no ser un corazón encadenado a unas costumbres que te han dictado las máscaras de la sociedad: a través de la televisión, de internet, de las redes sociales, del móvil o del MP3, al servicio de los mitos. Si eres fuerte no necesitas presumir de lo fuerte que te sientes. Si te quieres a ti mismo no necesitas cuidar tu imagen, pues tu imagen se cuida sola. Y si sabes disfrutar no necesitas tentaciones, pues tú mismo sabrás elegir con qué cosas vas a motivarte, sin necesidad de que el mundo de la fama te diga lo que tienes que hacer: porque los famosos viven en un mundo que no es verdad, y, aunque disfrutemos alguna vez de ellos, no los necesitamos para vivir, necesitamos huir de sus mentiras. Ya lo decía Quevedo: atavío y afeite cuesta caro y miente.

  1. Nuestro prójimo.
 Podemos buscar la felicidad, el placer, el amor o la libertad y nos estaremos desarrollando como individuos: pero nos faltarán los amigos para desarrollarnos de verdad. Robinson Crusoe cambió radicalmente en su vida cuando se encontró con Viernes (porque estar con otra persona es estar en otro mundo; la compañía de una persona lo amplía todo y todo lo enriquece, nos cambia de cabo a rabo). El otro es un ser que al mismo tiempo que me potencia, me limita. Soy libre, pero mi libertad termina donde empieza la suya. El amor no tiene sentido si no tengo a una persona a quien amar. En cuanto a la felicidad, ¿cómo puedo ser feliz si no estoy rodeado de personas sino de cosas? Las cosas las puedo utilizar, a las personas no; en cambio las personas pueden darme satisfacciones que una cosa no me dará nunca. Estar con una persona quizá me permita hacer menos cosas, pero las cosas que hago tendrán, desde luego, mucha mayor calidad para mí; calidad humana, por lo menos.
Hoy en día utilizamos los móviles para comunicarnos (otros los llaman celulares, todo depende: en cada país los llaman de una manera distinta); y muchas son las personas que, teniendo amigos a su lado, no hablan con ellos sino con los móviles; o sea, que preferimos hablar con las máquinas antes que con las personas.


En el siglo pasado aparecieron los medios electrónicos de comunicación. El teléfono servía para hablar con las personas que estaban lejos; luego vino la radio para escuchar y entretenernos, no para hablar; cuando ibas al peluquero te callabas para escuchar la radio, o hablabas y la radio se convertía en un rumor de fondo, un ruido al que nos fuimos acostumbrando. Cuando llegó la televisión se convirtió en un huésped que rompió definitivamente todas nuestras conversaciones; huésped, porque, cuando volvías de trabajar, siempre estaba encendida, como un invitado más, aunque no la escucharas; plomo porque, como pasaba con los cortocircuitos, siempre saltaban los plomos de la conversación, y cuando estábamos todos a la mesa, la mirábamos y no hablaba nadie: pero al menos estábamos juntos. Hoy ya no vemos juntos la televisión. En algunos hogares cada uno tiene la suya y nos retiramos todos a nuestra habitación para verla: sin hablar con nadie. En otros hogares sólo hay una televisión para todos: pero entonces viene el móvil y cada uno está en lo suyo, sin interesarse por lo que hacen los demás. Antes veíamos una película juntos y la comentábamos. Ahora cada uno ve la suya y no comenta nada; nuestros cuerpos están juntos, pero nuestras mentes se han separado; estamos uno al lado del otro pero no  nos hablamos, preferimos hablar con las máquinas. Todavía habrá quien diga: “no, si yo no hablo con el móvil, sino con una persona que tengo al otro lado”. Y entonces nos preguntamos: “¿y qué tiene esa persona que está lejos para que prefieras hablar con ella y no conmigo, que estoy junto a ti?” Los medios de comunicación han nacido para incomunicarnos. Ya no compartimos cosas con los que están presentes, sino sólo con los ausentes, que no pueden acariciarnos, sonreírnos ni mirarnos; y el lugar donde estamos juntos ya no es un hogar, sino una casa.
Vas en el metro y la gente está leyendo. Pero lo que más ves es gente que usa el móvil. En ambos casos nos aislamos de cuantos nos rodean, pero es que en la parada del autobús, en el metro, en la calle, estamos rodeados de desconocidos; no es lo mismo que cuando nos aislamos con los que viven en casa. Por otro lado, los libros son comunicación con los ausentes, que son sus autores, sí: pero comunicación de calidad, llena de matices que alimentan nuestra fantasía, nuestra emoción, nuestro entendimiento; sin embargo pero los móviles wasapean con frases cortas, descuidadas, llenas de imprecisiones, faltas de matices y plagadas de faltas de ortografía, que nos introducen en conversaciones efímeras, en intrascendencias y banalidades; al cambiar el libro por el móvil también hemos salido perdiendo.
El hogar y la amistad son calor de vida que se alimenta comunicando. Los japoneses identifican al silencio con el diablo: de modo que, si seguimos esa forma metafórica de hablar, al meter en casa esos medios de comunicación que nos incomunican resultará que hemos metido en casa al diablo. Acordémonos de Robinson: cuando, en lugar de hablar con las cosas, pudo hablar con un semejante que compartía sus alegrías y sus tristezas, pudo darle a su vida un salto de gigante. Yo creo que ese sentimiento lo podríamos compartir. Rescatar a ese ángel que duerme dentro de nosotros, no al diablo del silencio, de la insolidaridad y de la incomunicación que también tenemos dentro. Sería bueno que el móvil nos ayudara a comunicarnos con los ausentes; no a sustituir a los presentes que tenemos a nuestro lado.


  1. La felicidad.
 Tanto gusto. Con esa frase de presentación nos invita Savater a saborear el placer. Los límites del placer son, por un lado, el exceso; los excesos nos traen pobreza espiritual y un cuerpo en un espíritu insatisfecho es, a la postre, también un cuerpo insatisfecho; el hastío; el hastío lo sentimos cuando lo hemos probado todo como quien come sin digerir, le hemos quitado a la vida el misterio que tenía y ya no nos satisface nada. Y si por abajo tenemos la puerta del empobrecimiento (que no deberíamos franquear nunca), por arriba tenemos otra puerta igualmente perversa: la del puritanismo, que es pensar que una cosa es mala sólo porque nos da placer. Entre esos dos límites, la permisividad y la prohibición, se extienden todas las formas del placer, todas sus gamas, allí tienes donde elegir; “tanto gusto”, dice Savater; que te aproveche.
Hay placeres que vibran en el cuerpo. Hay otros que vibran en el corazón. El cuerpo es un camino que lleva al corazón, y el temblor de la piel sólo es hermoso cuando escucha sus voces. “Haz lo que quieras”, dice Savater: pero sólo si lo haces por amor; porque, hagas lo que hagas, si es el amor el que te guía sólo puede ser bueno. Y en otro momento dice Savater: “tendrás que pensártelo”; el pensamiento sólo es bueno si late al unísono con el corazón. Yo puedo estudiar la radiactividad, pero no es lo mismo estudiarla para fabricar bombas que para combatir el cáncer. El corazón tiene que ponerse de acuerdo con la cabeza. Quererte a ti mismo es lo mismo que querer a los demás, que el egoísmo, cuando se transforma en empatía, no es más que generosidad. No es posible que una madre que se odia a sí misma pueda querer de verdad a sus hijos. No olvides lo que dice Frankestein cuando se encuentra con una niña; “¿por qué eres malo?”, le pregunta la niña; y Frankestein le contesta: “porque no soy feliz”. ¡Qué fácil es ser bueno! Basta solamente con ser feliz.
Toda la ética se resume una sola palabra: felicidad. Las personas que son felices nunca son malas, y para ser felices hay que disfrutar de los placeres (del alma, por supuesto, pero si tu cuerpo no disfrutara sería muy difícil que tu espíritu llegara también a disfrutar). Ni esclavizar el cuerpo con las cadenas del alma, como hacían los antiguos, ni esclavizar el alma con las cadenas del cuerpo, como algunos jóvenes lo están llegando a creer. El cuerpo y el alma deben ser libres y deben quererse, del amor entre ambos sale la verdadera felicidad. Y la felicidad, como todas las medallas, tiene dos caras: la otra es la justicia. Si quieres ser justo debes ser feliz y sólo los jóvenes que se realizan pueden ser felices de verdad. “¡Despierta, baby!”, dice Savater. Despertar al mundo es abrirle los brazos, y en el abrazo que tú das está también el abrazo que recibes: ser justo es ser feliz y si haces felices a los otros ¿quién te quitará el placer de ser bueno? ¿Quién te quitará las ganas de disfrutar?