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viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 5 de marzo de 2021

DE LOS NOMBRES

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

De los nombres

 


            Tener nombre es tener identidad, ser único. Caballeros andantes hay muchos pero Amadís de Gaula no hay más que uno. Si hablo de “ése” puedo estar hablando de muchas personas pero “ese que ama a Dulcinea” sólo puede ser don Quijote. Un individuo no nos interesa, pero un nombre nos llama la atención.

 

Cuando los romanos diezmaban a los ejércitos mataban a uno de cada diez soldados en la fila; cuando mataban a un hóplita su lugar lo ocupaba el que había detrás, y no importaba si se llamaba Antonio, Pepe o Juan o si era hijo de Reme, de Manuela o de Isabel. Ser un individuo, ocupar un lugar o no tener nombre es lo mismo que si lo que importara no fueras tú, sino el lugar que ocupas en la sociedad.

 

            Tener un nombre es ser alguien, de lo contrario no eres nada. Quien no tiene nombre es un cualquiera y se puede intercambiar por otro, como lo mismo da qué cuaderno me vendas porque todos me valen, todos me van a dar igual.

 

Y ser un don nadie es ser, como cantaba Jacques Brel, el siguiente de la lista, el siguiente del que viene después. ¿Quién eres tú? El siguiente. ¿Y tú quién eres? El que viene detrás. ¿Pero quién viene detrás? Da lo mismo, lo único que nos interesa es  que esté detrás. ¿Cómo se llama? “El siguiente”. Lo llamamos “el siguiente”. Aparte de ser el siguiente es un cero a la izquierda, un engranaje de la maquinaria, nada más; lo importante es la maquinaria, los engranajes los venden en la tienda y todos se pueden cambiar.

 

            Eres uno de tantos, uno cualquiera, el que no vale nada; el que si se pierde nadie lo echa de menos porque siempre va a haber quien ocupe su lugar. Y como no eres nadie sólo eres un lugar en el mundo, una mota de polvo, un grano de arena, no vales más que los otros y nada mereces, eres lo mismo que cualquiera que venga detrás.

 

            Nadie es más que nadie. De nacimiento. Ni Goya ni Cervantes ni Julio César, ni Cristo mismo en tanto que hombre, valen más de lo que valgo yo. Todos somos iguales.

 

Pero nadie es como yo. Ni el hombre más grande del mundo valdrá para mi madre lo que yo valgo porque si falto en el mundo, nadie en su pecho podrá ocupar mi lugar. Ninguno será como yo y nadie valdrá más (aunque tampoco valga menos) de lo que yo valgo; y aunque no merece morir nadie para que yo viva, mi historia es diferente de cualquier historia y mis méritos sólo son míos, y por eso merezco que me valoren por lo que soy y no por lo que otros hayan hecho o dejado de hacer; por eso no me valen los castigos colectivos.  

 


            Nadie es más que nadie por nacimiento, pero en la vida nadie es como yo. El mérito de ser digno me lo han regalado y por eso todos somos iguales, pero el mérito de ser único me lo he ganado yo y me lo ha entregado tu alma: por eso valgo más para los míos, y aunque yo sea igual que otros no por eso voy a ser uno cualquiera. Soy persona y no individuo, y el valor de haber nacido no puede confundirse con el valor de haber sido alguien para alguien.

 

            Eres un policía, ¿quién eres? Un número; es lo único que hay en tu placa de identidad. Estás en la cola, ¿quién eres? El siguiente: a nadie de la cola le importa otra cosa. Estás en el cine, ¿quién eres? Alguien que ha comprado una entrada, nada más le importa al portero. Quién seas es indiferente, lo único que importa es qué eres aquí: un policía, uno que está en la cola, un cliente, un espectador. Que seas Carmen, Antonio, Pedro o Inés no le importa más que a quien te importa; para los otros eres uno más.

 

            No ser anónimo es lo mismo que tener nombre. Dulcinea, don Quijote, Octavio, Sócrates son individuos porque cada uno es uno de tantos; también son personas porque ninguno vale más que otro; y son únicos porque don Quijote es el único que quiere a Dulcinea, Sócrates es el único que marcó a Platón y Octavio es el único que creó el imperio de Roma. Y aunque todos valen lo mismo como personas, como personajes unos valen más que otros y Sócrates y don Quijote fueron excelentes, y Octavio destacó por su grandeza en la ambición y por su instinto sanguinario, y destacó, en suma, por su ínfima catadura moral.

 

            Tener un nombre es ser importante, ser individuo y no sólo persona, poder ser juzgado por tus méritos, por tus acciones; la insignificancia de ser individuo se eleva hasta la grandeza de tener importancia individual: es cuando el individuo ya no será uno de tantos, y cuando sea único ya nadie podrá ocupar su lugar.

 

            He observado a muchas mujeres hablar de sus maridos sin nombrarlos. “Se me ha muerto”, dicen, “vino  borracho a casa”, “¿habrá llegado ya?” ¿Y quién se ha muerto, quién ha venido borracho, quién ha llegado ya? Él. ¿Quién es él? Nadie. En el fondo no es nadie. Uno cualquiera, uno que se casó contigo y desde entonces dejó de hacer méritos para ti. Por eso ahora no le pones nombre. Para ti no es más que “él”. Un ser anónimo que vive contigo y hace tiempo que dejó de tener nombre. Y aunque nunca lo vas a cambiar por otro (al fin y al cabo os une la costumbre de aburriros), ya no será nada para ti; y nunca te importará más que la escoba, el armario o la mesa, que están ahí porque están y no porque hayan hecho méritos; porque hay que ganarse el derecho de valer y el mérito de poder seguir estando donde se está.

 


 

viernes, 16 de octubre de 2020

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

 

 

 

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

            Cuando miramos las cosas con una lupa aumentamos el tamaño de su imagen y es como si la acercáramos a los ojos. El microscopio nos acerca las imágenes de lo que, aunque lo tengamos cerca, es tan pequeño que no lo podemos ver; la pequeñez es como la lejanía,  y aunque las cosas estén cerca sus imágenes están lejos. También la lejanía es como la pequeñez: las imágenes de las estrellas son pequeñas porque las estrellas, que son enormes, están muy alejadas de nosotros; los objetos, vistos al telescopio, son iguales que cuando los vemos a simple vista, pero sus imágenes no; sus imágenes cambian de tamaño, también cambian de color porque se tiñen del color del cristal. Y hay cristales de aumento que  se pueden mover: como la lupa, como los prismáticos; con los prismáticos podemos cambiar de lugar y ver las mismas cosas desde ópticas diferentes.

            La inteligencia es como un cristal. Cuando analiza el mundo lo acerca para verlo mejor, pero no puede verlo en sus imágenes sino en sus conceptos; los conceptos son imágenes mentales, entes que nos permiten ver muchas cosas a la vez; así, con el concepto de “insecto” yo veo todos los insectos a la vez, pero no en sus imágenes ópticas, veo sólo lo que tienen en común, y eso es la totalidad, y la abstracción; si los cristales ópticos nos dejan ver lo individual, que es también lo particular, con los cristales mentales vemos lo general, lo que no se puede ver con los otros ojos. Los conceptos son cristales que acercan al ojo del espíritu lo que no puede ver el ojo del cuerpo. Analizar es lo mismo que acercar, y es como si los conceptos estuvieran más cerca de la mente y revelaran otros  conceptos que antes no podíamos ver, y entonces la mente es como un teleobjetivo que selecciona una cosa y la muestra en sus detalles: eso es la inteligencia, un travelling de acercamiento, un zoom mental.

            Esa misma inteligencia también puede alejarse de los conceptos para verlos en medio de otros conceptos que les sirven de contexto y fondo: y es entonces una imagen panorámica, pero una imagen mental. Es como si miráramos los conceptos a través de un gran angular. Este travelling mental de alejamiento es la síntesis, otra forma de mirar. Si analizo el concepto de guerra veré dentro tácticas, estrategias y daños colaterales; y si lo estudio de manera sintética lo veré como una forma de violencia o como una extensión de la política, o como una consecuencia de las crisis económicas. Hoy vamos a usar cristales de aumento. Y los enfocaremos sobre el problema de la democracia, intentando aclarar de cerca lo que de lejos se ve borroso; mas para ver las cosas nítidas hay que enfocarlas bien.

            Si la democracia es el instrumento para que mande el pueblo, la veremos de una forma; y si sirve para que manden en él la veremos de otra; el pueblo que se deja mandar sólo se parece a la democracia si obedece por persuasión, no por violencia, que la demagogia no es lo mismo que el despotismo. Si nos atenemos a su significado etimológico, la república es la cosa de todos, y puede ser una democracia, una demagogia o un despotismo.

 


             El problema es que en democracia manda el pueblo, que es un ente abstracto. En la demagogia, en cambio, mandan sobre el pueblo una o varias personas concretas de carne y hueso: si es una sola, la llamaremos monarquía, y si son varias, oligarquía. Se puede construir una demagogia: basta con que la gente de carne y hueso se ponga a engañar para dirigir. Pero no es fácil construir una democracia porque quien piensa para ejercer el mando no son las personas concretas, sino una abstracción de ellas; yo cito a un demagogo y puedo hablar con él pero si cito al pueblo ¿quién vendrá a hablar?  ¿Todos? ¿O sólo sus representantes? Y los representantes ¿deben hablar por sí mismos o en nombre de los demás? ¿Se representan ellos o representan a sus electores? Los representantes de los profesores en un consejo escolar no estaban obligados a votar siguiendo la opinión de quienes los han elegido, sino siguiendo su propia opinión; y eran, al hacerlo, como espejos distorsionados, imágenes deformadas de la realidad; un representante que no dice lo que le mandan es como un espejo en el que uno se ve gordo estando delgado.

            En democracia todos pueden votar (siempre que se rijan por el sufragio universal). Pero cuando votan, cada uno se guía por su interés propio; o casi todos; son pocos quienes buscan el interés público, que surge del interés privado aplicándole la regla de la mayoría. Y las mayorías a veces no tienen en cuenta los derechos de las minorías, como cuando se vota en contra de que las mujeres, o los pobres, o los judíos, tengan poder de decisión; al hacerlo, aunque quienes votan sean mayoría, no les ocupa el interés general sino el interés de una parte a costa de la otra; que una decisión se tome por mayoría no quiere decir que esa decisión sea justa; las mayorías representan el egoísmo de los grupos, que es el egoísmo de una parte de los individuos sobre otra, y unas veces lo hacen por ignorancia y otras por interés. Las democracias deberían ser capaces de anular la ignorancia para que las decisiones fueran sensatas; y de humanizar el egoísmo para que la sensatez fuera compatible con la generosidad. Ignorancia. Egoísmo. Ésos son los dos grandes problemas de la democracia. La solución está en la sensatez y la generosidad, sí, pero entonces aparece un problema mayor: ¿cómo se llega a ellas? ¿Cómo convertimos el egoísmo en generosidad? ¿Cómo transformamos la ignorancia en sensatez? Parece como si buscáramos imposibles y los pusiéramos en manos de un alquimista.

            Empecemos por la ignorancia. Se ha puesto de moda pisotear la inteligencia, y la ciencia es una de sus manifestaciones. En el año 2020 los ignorantes votan si existe o no el cambio climático, si hay o no hay virus en el aire, y lo mismo que unos no darán ni un solo céntimo para combatir un cambio climático para ellos inexistente, otros se pasearán sin mascarilla buscando multitudes en plena crisis epidemiológica que ellos niegan. ¿Cómo es posible que en la ciencia manden, no ya quienes no son científicos, sino quienes niegan sus dictámenes? Lo propio de la ciencia son las dudas, no las certezas (o de lo contrario sería religión); y sus dictámenes son hipótesis probables para las que siempre se están buscando pruebas, pero es más razonable seguir posibilidades fundadas que certezas de humo que flotan en el aire.

            ¿Quién es el pueblo? La suma de sus individuos. He dicho la suma, no la integración. En esa suma hay muchos individuos ignorantes. Los ignorantes no deberían pronunciarse sobre cuestiones científicas. En esas cuestiones no deberían tener derecho de voto. ¿Cómo voy a votar quién quiero que sea mi médico si yo no entiendo nada de medicina? Puedo votar, entre varios médicos, quien me parece mejor, por las razones que sean; pero no puedo nombrar médico a quien no lo es, no tenemos derecho a nombrar médicos a los albañiles, profesores o arquitectos, si no han terminado también sus estudios de medicina. De la misma manera no deberíamos dejar que ni los políticos ni la gente profana tomara decisiones sobre las epidemias o el cambio climático; podemos escuchar sus opiniones, eso sí, y entre ellas seguro que habría algunas que a los expertos no se les habrían ocurrido; pero no deberíamos dejarles decidir.

 


            Ese tipo de decisiones debería incumbir sólo a los expertos. Los expertos son los que saben más, los mejores, los que están más y mejor preparados, informados y preparados: “mejor” se dice en griego “aristos”, de modo que el grupo de sabios constituye realmente una aristocracia: ellos son los mejores científicos  (otra cosa es saber si son las mejores personas). Una buena democracia debería dejar que se oyera la voz de todos en lo que tiene que ver con la experiencia, pero sólo la de los científicos en lo que tiene que ver con el experimento; la voz de todos es democracia; la de los expertos es aristocracia; la democracia debería ser aristocrática, esta idea ya se le ocurrió a Aristóteles; Nicolás de Piérola hablaba en el Perú de formar una república aristocrática, sólo que donde él decía “aristocracia” seguramente había que entender “oligarquía”; se trata de la aristocracia del mérito, no de la riqueza ni de la sangre; el hijo de un rico nace rico, el hijo de un noble nace noble, pero el hijo de un médico no nace médico y no lo será nunca a menos que estudie medicina.

            Dejemos para otro momento el problema de cómo se articula la democracia con la aristocracia. Cómo conjugamos democráticamente la decisión de la mayoría con la decisión de los expertos, sobre todo cuando la segunda no está de acuerdo con la primera: es un problema complejo. Lo que sí es cierto es que los expertos deberían ser científicos antes que técnicos: la aristocracia debería ser mucho más que tecnocracia. Sería el único camino para que no tomaran decisiones los ignorantes. El ignorante puede opinar mientras aprende, pero no decidir sobre lo que no sabe, lo mismo que la opinión de un zapatero sobre albañilería vale lo mismo que la de un religioso sobre política: que el religioso no debe ser político por ser religioso, sino porque se haya preparado para la política (al margen de la religión).

            El otro problema es el egoísmo. El interés no debería estar reñido con la generosidad. Buscar lo que a mí me conviene no debería hacerse a costa de lo que nos conviene a todos, sino que, entre todas las cosas que me podrían convenir, debería elegir las que también convienen a los demás. En su famoso documental sobre el cambio climático, Al Gore reconocía haber tomado conciencia de los perjuicios del tabaco después de ver morir por culpa del tabaco a uno de sus hermanos; y se cuestionó el sentido ético de esos cultivos en las enormes plantaciones que tenía en casa. Es cierto que no comprendemos las cosas hasta que las hemos vivido en carne propia; y que ojos que no ven, corazón que no siente; pero también lo es que podemos aprender a sentir y comprender cosas que no hemos vivido, porque las han vivido los demás: a eso lo llamamos empatía; los neurocientíficos lo relacionan con las neuronas-espejo, fuente de la capacidad de ser cada uno un espejo donde mira a los demás; y de sentir el sufrimiento ajeno, aunque nosotros no lo sintamos, como propio. La empatía es un cristal y cuando el egoísmo se mira en él, ve generosidad, y cuando el generoso también se mira, ve egoísmo; cuando suceda eso el egoísmo sólo será amor propio y amor fraterno, y de ninguna manera deseo de prosperar a costa de los demás.

            Cuando los ciudadanos sientan empatía serán capaces de sacrificarse por los demás. Si tengo que decidir sobre el destino de la industria del tabaco debería hacerlo sin pensar que mi padre, que trabaja en una plantación de tabaco, podría perder su trabajo; pero si pongo mi egoísmo al servicio del interés de todos, luego todos deberían poner su generosidad a mi servicio; y compensar a mi padre por la pérdida de su trabajo: esa solidaridad también forma parte de la democracia, democracia no es solamente capacidad de decidir, sino también necesidad de amar; y de ser amado.

 


            La pérdida de la ignorancia hace de nosotros buenos especialistas. Y la humanización del egoísmo nos convierte en buenas personas. Para ser buena persona hace falta una sólida cultura general, y una buena formación humanista, y para ser buen especialista hace falta una buena cultura científica, sobre todo en nuestra especialidad. Un científico humanista es un buen experto que también es buena persona, y eso, más que erudición, es sabiduría. Hemos dicho que en la democracia aristocrática los únicos que deberían decidir sobre cuestiones científicas son los científicos. Ahora vemos que los únicos científicos que deberían tomar esas decisiones son quienes sienten empatía por los demás: de lo contrario no se dejarían llevar por la ciencia, aunque fueran científicos, sino por sus propios intereses; en eso consiste la corrupción. En la película El fugitivo vemos que una empresa farmacéutica se quiere lucrar a costa de la salud de sus clientes, porque sabe que uno de sus fármacos no es bueno para la salud (pero sí lo es para sus intereses). Los intereses corruptos llevan a prácticas corruptas y no se detienen ante la amenaza, la extorsión o el asesinato. La ignorancia se cura con el saber, el egoísmo con la empatía, y lo mismo que sentir empatía no es dejar de ser egoísta (pues el egoísmo es necesario para la vida), de la misma manera ser sabio no es dejar de ser ignorante (puesto que no es posible llegar a saberlo todo); aunque sí arrinconar a la ignorancia con las pocas cosas que alcanzamos a saber. Nuestra ignorancia debería ser aristocrática para escuchar a los sabios, y humana para que sólo hablaran las buenas personas; y para que sólo las buenas personas escucharan; y nunca hicieran caso a los sordos, a esos sordos que no son los que no oyen, sino los que no quieren oír.

            Estos son los tres principios de la democracia aristocrática: democracia, aristocracia y humanidad. Estos tres principios son tres conceptos a los que nos hemos acercado mediante el análisis, que es el espejo de la inteligencia. Te miro a ti, amigo mío, que antes de ser espejo eras un cristal, y necesito que me acerques todas estas cosas a la inteligencia, necesito hacer un zoom que vaya más lejos desarrollando estas ideas; una mirada que alcance a ver cosas todavía más pequeñas y que por eso se ven lejanas: otro día miraré; pero ahora tengo la vista cansada y debo parar; y cuando paro, tengo la satisfacción de que algunas cosas están más claras porque ahora las he estado viendo a través de un cristal. 


 

 

viernes, 17 de agosto de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?




¿QUÉ SIGNIFICA SER DE IZQUIERDA?  


             Durante mucho tiempo hemos creído que ser de izquierdas era preocuparse por el pueblo. Y muchas veces, afirmando pertenecer al pueblo de izquierdas, hemos admitido sin darnos cuenta que también existía un pueblo de derechas; con lo que tenemos que concluir, si queremos ser consecuentes, que ser de izquierdas es preocuparse por el pueblo de izquierda y por el de derecha.
            Todo está en saber qué entendemos por pueblo: y ahí empiezan los problemas; en el imaginario popular el pueblo son los pobres; pero en sentido amplio somos todos; podemos decir que la palabra “pueblo” se refiere al conjunto de la población pero connota pobreza; de esa distorsión en su significado arrastra la teoría muchos problemas. Ser de izquierdas puede significar dos cosas: ocuparse de los pobres y ocuparse de todos.

1. El populismo.

            Empecemos por la primera acepción. El sueño de una persona de izquierda sería que desapareciera la pobreza; y si no es un ideal, por lo menos podemos considerarlo como su meta. ¿Cómo se llega a ella? Hay muchos caminos para llegar a un mismo lugar. Sucede con frecuencia que un líder que se dice de izquierda sea una persona provocadora, despreciativa, altanera y chulesca: ahí tenemos el caso de Hugo Chávez, por ejemplo; peor aún, su sucesor en la autoproclamada revolución bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, parece salido literalmente de un concurso de payasos.
            Sus manifestaciones verbales no tienen desperdicio. En cierta ocasión Hugo Chávez interrumpía constantemente al presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, y el rey Juan Carlos le tuvo que decir: “¿por qué no te callas?” Lo que quería el rey era que se respetara su turno de palabra. Lo que dijo Chávez que el rey pretendía era mandar callar a la joven república venezolana, en un gesto imperialista que pretendía ningunear a su antigua colonia. Nada que ver con la realidad. Es como si yo te pregunto si tienes agua y tú me acusas de querer quitarte el agua del río.
            Otro ejemplo: Nicolás maduro dijo una vez que iba a ganar las elecciones de España porque, según él, salía más en la televisión española que Rajoy. Una respuesta que denota megalomanía (creerse más que nadie); reduccionismo (presuponer que salir en la televisión es suficiente para ganar una elecciones); y desprecio (les hablaba a sus conciudadanos como si fuesen tontos). Podría haber sido una broma graciosa, nos habríamos reído un poco, pero suele suceder que los déspotas no tienen sentido del humor; el caso es que lo decía completamente en serio; y en todo caso era una broma de mal gusto, como todas bromas que buscan reírse a costa de los demás.
            Lo que vale para políticos de izquierda también vale para quienes se presentan como defensores del pueblo; ésos que utilizan al pueblo de comparsa para jalearlos en lugar de hablar en serio con él. Chulerías y payasadas las encontramos en todos los populismos: Donald Trump, Berlusconi, Musolini, Yirinovski. La primera tarea sería entonces separar el izquierdismo del populismo: ser populista es pretender defender un objetivo popular a cualquier precio; ser de izquierdas es, por el contrario, un ideal: un sueño y un talante (no se puede buscar el bien sin ser bueno); el populismo se preocupa por la pobreza como motor para las masas; la izquierda, porque es injusta. El problema es encontrar un solo movimiento de izquierda que no sea populista (y en el punto de mira está Pablo iglesias, el rutilante líder de “Podemos”).
            Marx lo había dicho hace unos cuantos años: los extremos se tocan. Trump se preocupa por el pueblo desde la derecha más extrema; Marine Le Pen dice querer salvar a Francia desde la extrema derecha; Trump y Berlusconi tienen en común su desprecio por las mujeres (que no debería  ser, en principio, un valor de la izquierda); Lenin y Estalin dieron el poder al pueblo para quedarse con él, desde la izquierda revolucionaria; una entrega nominal que servía de tapadera para concentrar todo el poder en una única persona; se llegó al culto a la personalidad, cuya expresión más patética es el último dictador de Corea del Norte. Incluso Fidel Castro, que fue tomado en serio durante mucho tiempo, obligaba a las multitudes a soportar discursos de cuatro o cinco horas: una extraña y soporífera verborrea.


2. La democracia aristocrática.

            Vayamos a la segunda acepción de la palabra: ser de izquierda sería preocuparse por el bienestar de todo el pueblo, no sólo de los pobres. Esta izquierda no basaría su razón de ser en enfrentar a una parte de la sociedad contra la otra, sino en buscar la justicia sin ignorar a nadie, contando con todos. Dicho de otro modo: sería una izquierda democrática. En democracia hay que preocuparse más por los que más necesitan, y por consiguiente tendría que trabajar necesariamente por sacar a los pobres de su pobreza. Ahora bien, esto puede hacerse de muchos modos; se puede hacer con prisas o con paciencia (siempre que la paciencia no sea una excusa para olvidarse del problema). Imaginemos una reforma agraria: la tierra para quien la trabaja; bien. En Portugal, durante la revolución de los claveles, así se hizo; y los campesinos, que pasaban hambre, se comieron las vacas y la cosecha y después ni quedaban vacas ni se supo hacer la siembra; como se suele decir algunas veces: fue pan para hoy y hambre para mañana.
            Podría haberse hecho de otro modo. Formar a los campesinos para que aprendieran a administrar sus tierras, a cultivarlas racionalmente: a planificar y sopesar los medios, garantía de que el trabajo seguiría siendo eficaz en el futuro. Para eso habría que haber aplazado la privatización; o haberla convertido en cooperativa donde pudiesen seguir trabajando los ingenieros, a ser posible; y evitar que sucedieran cosas que sucedieron en el Perú del general Velasco, donde se nacionalizaron las minas y sus propietarios se llevaron los planos. Se trata de buscar la colaboración y no la confrontación. Y si esto no es posible porque un de las partes no quiere, ir despacito y con pies de plomo. Nelson Mandela quiso hablar, cuando tomó el poder, con la mismísima extrema derecha afrikáner; y se lograron contener las iras de todos.
            Las soluciones radicales no suelen ser buenas. Por “radical” solemos entender inmediato; lo queremos todo, ahora, ya; lo queremos todo, no una parte; y nos olvidamos de que nunca se consiguen las cosas de golpe, sino siempre trabajándolas poco a poco. Recuerdo una piscina que fue privatizada en beneficio del pueblo: antes servía para el descanso de los ricos, después dejó de servir para el descanso de los pobres (porque, precisamente, ¡curiosa paradoja!, ahora podían descansar también los pobres); el caso es que los ricos se fueron y los pobres se desentendieron de su mantenimiento; en poco tiempo tenía las aguas sucias, los desagües atascados, los trampolines rotos, los bordes sin pintar y las paredes desconchadas. Se la habían quitado a los ricos, pero no se la habían dado a los pobres; porque dar no significa sólo entregar, sino preparar a quienes la van a recibir para que quieren, puedan y sepan cuidarla. Nacionalizar no es sólo dárselo a los pobres, sino que los pobres estén preparados para seguirlo cuidando; porque ahora el cuidado no tiene que ser de todos para unos pocos, sino de todos para todos. El problema es que nadie, ni los pobres ni los ricos, quiere ya cuidar de lo que posee con los demás, sino solamente de lo que posee él solo. No sentimos como nuestra la propiedad comunal; sólo cuidamos como propia nuestra propiedad privada.


3. Conclusión.

            Ser de izquierdas no es quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres: es acostumbrar a los ricos  a querer compartirlo con los pobres. Si quitamos a los ricos y los pobres no lo cuidan después, es como si hubiéramos roto el juguete del rico para dárselo al niño pobre: el resultado no es que el pobre juega, sino que ahora el rico tampoco puede jugar (pues nadie juega con un juguete roto). Lo mismo pasa con las tierras, el ganado, las granjas y las fábricas.
            Lo popular es contar el dinero de los ricos, dividirlo entre los pobres y repartirlo: a eso lo llaman ser de izquierdas. Pero si alguien dice que repartir dinero no es incentivar las inversiones lo critican como si fuera de derechas; preparar hoy el beneficio de mañana es menos popular que gastar hoy lo que producíamos ayer; perdida en esa confusión o en esa negativa a ver el dinamismo de las cosas, la izquierda pierde el norte; y acabamos confundiendo la política con el bandolerismo romántico.
            Pongamos un ejemplo: un hombre ha puesto una tienda que le reporta unos pingües beneficios; al mismo tiempo a sus empleados les paga unos sueldos de miseria. Llega un gobierno de izquierda y dice: le vamos a quitar la tienda al dueño; ahora los beneficios los vamos a repartir entre todos. Muy bien. ¿Y luego, qué? ¿De quién era la iniciativa de invertir, de rentabilizar la tienda, de emprender mejoras? ¿De quién eran las ideas? ¿De quién era el interés, la ilusión, el empeño? Ahora la tienda no es de nadie. Bueno, sí, es de todos, pero ninguno la siente como suya. No pasará mucho tiempo antes de que la veamos abandonada.


            El mundo es un complejo de materia y energía. La materia es energía almacenada y, por tanto, paralizada; y el movimiento es energía desplegada, activa, materia transformándose. Si decimos: aquí está el dinero, vamos a quitárselo a los ricos, queremos entregárselo a los pobres; si hacemos eso, lo único que hacemos es cambiar de manos unos billetes para que sus nuevos propietarios compren cosas con ellos; y el dinero se gasta: habremos transferido materia destruyendo las energías. Si, por el contrario, buscamos energías para mover ese dinero y crear riqueza, después entregaremos dinero para poner en marcha esas energías y consensuar cómo se va a repartir después. En el primer caso se reparten las existencias. En el segundo los beneficios. Lo primero produce un efecto teatral, muy vistoso por cierto, muy aparatoso, como un teatro que tiene su público y actúa para recibir los aplausos. Lo segundo no se exhibe, sino que trabaja muchas veces lejos de la vista del público y nadie aplaude. ¿Es mejor repartir la riqueza que tenemos o crear riqueza para seguir repartiéndola después? En el primer caso es regalar un pez; en el segundo, enseñar a pescar. En el segundo caso es seguir haciendo pan, y en el primero es pan para hoy y hambre para mañana. También en el segundo caso habría que apañárselas para que mañana siguiera habiendo peces que pescar.
            La gente confunde ser de izquierdas con repartir la riqueza: la tierra para quien la trabaja. Pero la verdadera izquierda tendría que hacer el reparto pensando en que mañana tiene que seguir habiendo riqueza para repartir. A cada uno según sus necesidades; de cada uno según sus capacidades (se dice desde la órbita de Marx). Y Aristóteles, que estaba de acuerdo con ello, añadía también: a cada uno según sus méritos; ése es el tema del que el viejo marxismo se había olvidado; por eso no funcionó; entre las necesidades humanas no está solamente la supervivencia, sino también el éxito y, con los debidos controles y contrapesos, el poder. La izquierda bien entendida no puede identificarse con una dictadura.
            Sucede  que se quiere vencer antes que convencer: lo mismo en la izquierda como en la derecha. La izquierda quiere repartir sin preocuparse tanto por la producción; la derecha quiere producir para ganar, no para repartir; en el término medio estaría la solución; habría que repartir sin dejar de producir, y merecer nuestros beneficios sin olvidarse del reparto. La riqueza de bienes crecería junto a la riqueza de méritos y habría que vigilar las riquezas coyunturales, inmerecidas: sujetarlas, pero no prohibirlas.
            Es difícil. El pueblo quiere soluciones fáciles, vistosas, teatrales, no sabe si eficaces: ése es su ideal. Pero el ideal verdadero es pensar en el mañana, que no se ve, no sólo en el hoy, que tenemos a la vista. El pueblo votaría teatralidad y no cosas reales, y el ideal crecería a costa del talante. Así, tendría líderes presumidos, vistosos, chulos hasta la náusea; y la democracia se convertiría en demagogia olvidándose de que el mismo esfuerzo que exige tenacidad, también requiere paciencia; porque no basta con empeñarse en sembrar para que crezcan las patatas: hace falta también esperar a que crezcan, que cada semilla tiene su ritmo y uno lo puede forzar sin quitarle su poder, sin desnaturalizarla.
            Ser de izquierdas debería ser tener talante para luchar por un ideal, no buscar el ideal a costa del talante: que un ideal sin honradez siempre acaba dejando de ser ideal para convertirse en pesadilla. ¿Fue Jesús de izquierdas, lo fue Sócrates, Salvador Allende, Nelson Mandela o el Mahatma Gandhi? ¿Lo fue Nicolás Maduro, lo fue Hugo Chávez? Cuando se pierde la decencia ya no hay diferencia entre derechas e izquierdas; y lo mismo da Vladimir Putin, Silvio Berlusconi, Donald Trump, Pablo Iglesias (el de la coleta), Fidel Castro o Hugo Chávez. O Esperanza Aguirre o Margarett Thatcher. Cuando perdemos el talante no pasará mucho tiempo entres de que se diluyan las diferencias. 





sábado, 18 de marzo de 2017

Entre la letra y el espíritu



ENTRE LA LETRA Y EL ESPÍRITU

 

            Figuraos que hay un chico que ha metido la pata hasta el fondo; que ha desperdiciado el trimestre cosechando un fracaso clamoroso; figuraos, por ejemplo, que el aprobado en los estudios se cifra en dos exámenes y el primero se ha saldado con un cero; figuraos, pues, que en el segundo examen tiene que sacar la máxima nota para que la media de los dos le dé el pase para el aprobado; tiene que lograr una remontada, trabajar como un cosaco y lograr el éxito. El estudiante hace un esfuerzo titánico y lo consigue.
            Suponed ahora que entre las seis hojas que tiene el examen se haya traspapelado una; y que esa hoja corresponda a otro alumno, el mejor de todos los de la clase. El profesor las corrige por error como si fueran suyas y le da la máxima nota: lo que le supone el aprobado.
            Suponed también, por qué no, que es el propio profesor el que ha cambiado los papeles. Que le ha añadido a sabiendas una hoja que no le pertenece a él, sino al mejor de los alumnos: la intervención fraudulenta del profesor ¿anula en algo el trabajo del que está suspenso, cuando ha sido titánico su esfuerzo? Todas las horas de estudio, las noches sin dormir, el trabajo acumulado ¿dejan de tener mérito porque el profesor haya cometido una injusticia? Hay ocasiones en que el profesor, queriendo ayudar al alumno, lo condena.
            Supongamos que el alumno saca la máxima nota: la hoja traspapelada, brillantemente escrita, ¿les quita mérito a las otras cinco si no tienen menos brillantez? Alguien podrá argumentar que quien ha salido perjudicado es el autor de la hoja traspapelada; dar por supuesto, de manera gratuita, que el estudiante que tuvo que remontar un cero escribió cinco hojas bien y una mal; y que la hoja mal escrita es la que ha ido a parar al examen del alumno más brillante. ¿Con qué fundamento suponemos esto? ¿No podría haber escrito ese alumno una hoja perfecta, pero de la persona equivocada? Despreciar el trabajo de un alumno por el error de un profesor es quitarle valor a un esfuerzo que ha sido valioso; que el profesor se haya equivocado o haya hecho trampa es un detalle secundario. Supongamos que los dos alumnos compiten en unas oposiciones por la misma plaza, y que el autor de la hoja traspapelada sacó en el primer examen una nota excelente; el error (o la trampa) le habrán privado de un triunfo que se merecía por nota, pero no por esfuerzo; porque el excelente examen que hizo la primera vez no impide que en el segundo examen haya sido un aspirante mediocre. 

 

            Este símil nos sirve para analizar un torneo de fútbol: los octavos de final de la Champions, entre el Paris-Saint Germain y el Barça, que se disputaron en marzo de 2017; en el partido de ida ganó el primero por cuatro a cero; en el de vuelta, ganó el segundo por seis a uno; el esfuerzo del Barça fue titánico; la remontada, épica; los jugadores sudaron sangre como quien suda tinta, transfigurados, y traspasados, por el dardo de la fe; los parisinos, por el contrario, se limitaron a defender su ventaja echándose atrás, blindando la portería, echando el cerrojo, sin jugar al fútbol: un equipo rácano fue arrollado por otro equipo sublime. Lo que pasa es que el árbitro se equivocó.
            De los seis goles que marcó el Barça uno fue consecuencia de un penalty inexistente: ¿se debió acaso a un error arbitral? ¿Fue, por el contrario, obra de la parcialidad del árbitro? Ahí entramos en el terreno de las especulaciones. En cuanto al resultado del partido, entramos en el terreno de la ficción. ¿Alguien podría asegurar que, de no tirarse Suárez (como parece que hizo), los ataques del Barça (quizá en esa misma jugada) no habrían acabado la jugada en gol? El ímpetu que movió al equipo durante aquellos últimos minutos se saldó con tres goles: quitémosle uno, todavía quedan dos; y, volviendo a insistir en lo mismo, nada garantiza que sin ese penalty mal pitado el Barça no hubiera marcado de todas formas el tercero; el equipo se encontraba en estado de flujo, que es un estado que los psicólogos conocen bien; nosotros lo llamamos inspiración, acierto, euforia, éxtasis, arrebato, rapto; y ese furor incontenible, ese huracán imparable, auténtica fuerza de la naturaleza, es algo que se salda casi siempre con el éxito. En ese estado las pelotas casi siempre entran en la portería y nadie sabe por qué; es como si el corazón fuese movido por una mano divina que se trasladara al pie y el pie se lo comunicara a la pelota.
            El esfuerzo del Barça fue titánico. La remontada, épica. Que hubiese error en el árbitro (con intención o sin ella) no le quita valor ni mérito. Sin el árbitro quizá (pero sólo quizá: eso no se sabe) uno de los seis goles no habría subido al marcador; nada nos asegura que el portero del Barça no hubiera parado un posible penalty en contra, en pleno estado de flujo como estaban; como le pasó una semana después al portero del Leicester contra el Sevilla. Reducirlo todo al error arbitral es ignorar la magistral lección de fútbol que dio el Barça durante todo el partido. Supongamos (por suponer) que uno de los seis goles no hubiera subido al marcador: el Barça no se habría clasificado, pero eso no le hubiera quitado valor; los sofistas estaban preocupados por el éxito; Sócrates lo estaba por el mérito; si hubieran sido cinco goles en vez de seis, el Barça no se habría clasificado pero lo habría merecido; a veces la aritmética no expresa la justicia, como la realidad no se retrata fielmente en el reconocimiento; que con un cinco a uno no se le reconociera el derecho a clasificarse no significa que los chicos del Barça, en aquella obra de arte que fue el partido (una obra apoteósica de inspiración colectiva), no lo hubieran merecido.
            Los griegos llamaban praxis a las acciones que tenían por objeto la mejora personal de quien las hace. El partido de aquella noche fue el toque sublime de la praxis; no reconocerlo es envidia. Dice el evangelio que la letra mata: el espíritu da vida; quienes lo reducen todo a la pitada del árbitro son seres mediocres pegados a la letra; por encima de la letra, y muchas veces a pesar de ella, resplandece el espíritu del partido. Recoger firmas para que se repita es un gesto desesperado, pero legítimo, de quienes perdieron; pero hacerlo por no reconocer al ganador es un gesto estrecho y mezquino del envidioso: y eso lo deslegitima.