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viernes, 29 de septiembre de 2017

ÉTICA PARA AMADOR






         Dedicado especialmente a los alumnos del colegio Markham de Lima. Su profesora, mi amiga Tana (a la que ellos llaman cariñosamente Miss Burga), se dispone a empezar el curso con el estudio de un libro de Fernando Savater, y me ha pedido que les escriba un texto de bienvenida: aquí está; cada una de sus partes estará destinada a ser leída al final de cada capítulo del libro y en ellas se descubrirán, progresivamente, algunas de las fuentes donde ha sabido beber el autor en el momento de escribirlo.
         Desde España, para Perú, con mis mejores muestras de respeto y de cariño.



LAS FUENTES FILOSÓFICAS DE LA ÉTICA PARA AMADOR

         El hijo de Fernando Savater se llama Amador. Cuando entró en la adolescencia, hace ya unos cuantos años, su padre quiso darle unas sencillas nociones de ética para que aprendiera a moverse por la vida; el resultado fue este libro: Ética para Amador. En él están contenidos, de manera implícita, unos cuantos autores que son, desde hace tiempo, verdaderos clásicos del pensamiento universal. Savater no ha querido citarlos para no estropear la sencillez con la erudición, pero la amenidad no tiene por qué estar reñida con el conocimiento y se pueden escribir cosas eruditas, como quería Hume, sin dejar de decir cosas entretenidas. Los autores están ahí, desperdigados por el libro, pero no se ven (como si no existieran, o como si estuvieran ocultos); en las páginas que siguen voy a intentar ponerles nombre.

1. De qué va la ética. (Sartre).
         Kant distinguía entre naturaleza y libertad. La naturaleza está programada, la libertad no. Cuando soltamos una piedra, cae hacia abajo por efecto de la gravedad (siempre hacia abajo, nunca hacia arriba); cuando un átomo de oxígeno (al que le faltan dos electrones) se encuentra con dos de hidrógeno (que tienen cada uno un electrón) se unen en un enlace covalente; cuando entra el sol por la ventana, la maceta se orienta hacia ella por efecto de la fototaxia; y cuando huele un trozo de queso, el ratón corre a buscarlo movido por su instinto: todas estas cosas suceden por necesidad, y siempre son previsibles. Sin embargo, nadie puede prever cuál va a ser nuestra reacción ante un problema, porque nos lo vamos a tener que pensar antes de actuar y nadie puede conocer de antemano el resultado de nuestros pensamientos. Kant sostenía que la razón nos hace libres, porque, al obligarnos a pensar las cosas, nos evita que tengamos que reaccionar ante ellas de manera automática. Sartre llegó a decir por eso que estamos (valga la paradoja) condenados a ser libres.
         Precisamente porque somos libres podemos buscar en todo momento lo que nos conviene, y por eso dice Aristóteles que somos animales racionales; la parte animal que hay en nosotros debe ser guiada por la razón, y en eso consiste la ética. La ética es el arte de saber vivir.

2. Órdenes, costumbres y caprichos. (Horkheimer).
         A la libertad, Kant la llama autonomía: somos autónomos cuando seguimos los dictados de nuestra razón; pero cuando nos mueven a actuar las órdenes (por miedo), las costumbres (por comodidad) o los caprichos (por ganas), es como si no decidiéramos nosotros, como si tuviéramos dentro una especie de parásito moral que nos mueve a hacer las cosas sin pensarlas: a esa forma irreflexiva de actuar Kant la llama heteronomía (de héteros = otro, y nomos = norma: es como si las normas nos las impusiera otro ser que tenemos dentro, y que no somos nosotros).
         Horkheimer nos aclara un poco más cuál es el papel de la razón. Existe una razón instrumental, que nos dice cómo tenemos que hacer las cosas (por ejemplo, puede ser útil, para evitar que el barco naufrague, arrojar al mar a una parte de la tripulación); pero sólo la razón crítica nos dice si está bien hacerlo (en efecto, tirar a la gente para que se ahogue es inmoral, porque valen más las personas que las cosas y es preferible que se pierda la mercancía a que se pierda una sola vida humana). Aristóteles llamaba técnica (“techné”) a la razón instrumental, y ética (o “praxis”) a la razón crítica. El problema es que estamos invadidos por la técnica y vivimos esclavos de ella, porque no se nos ocurre filtrarla a la luz de la praxis; por ejemplo, aprendemos a hacer cosas nuevas pero no sabemos para qué las hacemos; aprendemos a manejar los móviles (los celulares) sin darnos cuenta de que los usamos para incomunicarnos (pues preferimos comunicarnos por WhatsApp con la gente que está lejos, ignorando a la que tenemos a nuestro lado); sabemos fabricar televisores y los utilizamos para no hablar con quienes comen a la misma mesa que nosotros, pues en lugar de mirarlos a ellos miramos la pantalla; y compramos cosas caras, que la publicidad convierte en caprichos, sin darnos cuenta de que, en realidad, no las necesitamos.

3. Haz lo que quieras. (San Agustín).
         Ésta es una frase de San Agustín: “dilige et quod vis fac” (o sea: “ama y haz lo que quieras”); si tus acciones están motivadas por amor, entonces no pueden ser malas (y, hagas lo que hagas, necesariamente tiene que ser bueno). Savater, como buen hedonista que es, asume explícitamente una cita de Rabelais: que las personas libres sienten por naturaleza el instinto de huir del vicio y de acogerse a la virtud.
         Y si la libertad consiste en no dejarse llevar por otros, uno tiene que darse cuenta de lo que está decidiendo, y tiene que informarse para decidir por sí mismo; el saber nos hace libres; la ignorancia nos hace obedientes. Esto tiene que ver con el intelectualismo moral de Sócrates, que se enuncia así: para obrar bien hay que conocer el bien, o lo que es lo mismo: no hay gente malvada, sino gente  ignorante; se porta mal quien no sabe reconocer el bien. Por eso se ha comparado a Sócrates con Jesucristo, que no consideraba malvados, sino ignorantes, a quienes disfrutaban con su sufrimiento: “perdónalos porque no saben lo que hacen”. 


4. Darte la buena vida. (Aristóteles).
         Después de aludir de pasada, implícita o explícitamente, a algunos de los autores que ya han sido mencionados (Kant, Sartre, Rabelais), Savater se centra en lo que le interesa: Aristóteles, que ha definido al ser humano como un animal racional; de ahí  tiene que deducir que es un animal que habla (el resto de los animales tienen voz, que sirve para expresar placer y dolor, y no palabra, que sirve para expresar lo justo y lo injusto). Ahora bien, no se puede hablar si no hay interlocutores, y escucharlos es tratarlos como a personas igual que nosotros; con lo cual llega la tercera definición que da Aristóteles del ser humano: un animal social (o lo que es lo mismo: un animal político). Al hablar aprendemos cosas, y por eso el lenguaje es la base de la cultura.
         Llegados a este punto Savater vuelve a Kant: una persona (dice Kant) es un ser que no puede ser utilizado como herramienta, como objeto; la prostitución, por ejemplo, es inmoral porque la mujer deja de ser persona para convertirse en objeto de placer. Hay otras versiones de la mujer objeto: la modelo que se instrumentaliza hasta ser esclava de su cuerpo, sin importarle adelgazar hasta volverse anoréxica; la que, en un concurso de misses, se anula a sí misma hasta no ser más que un modelo de belleza. El esclavo también es un hombre convertido en objeto: como tal, puede venderse y comprarse. Hay hombres que tratan a sus novias como sus propiedades, prohibiéndoles salir de casa cuando no están ellos.
         La buena vida, para Aristóteles, no es el placer desmedido de la juerga, sino el intento de mejorar cada día más como persona: eso requiere un esfuerzo; sobre todo un esfuerzo de la razón. Si yo valgo para tocar el piano porque tengo talento musical, debo ejercitar ese talento y practicar mucho; así me convertiré en un virtuoso del piano. La virtud, para Aristóteles, consiste en hacer las cosas bien, y hacerlas cada vez mejor; pero ¿qué cosas debemos perfeccionar? Las que están en nuestra naturaleza: la razón, el diálogo, la sociedad. Por eso darse la buena vida es lo mismo que dar la buena vida; y por eso Kane (el personaje de una película de Orson Welles: Ciudadano Kane), acostumbrado a comprarlo todo, nunca fue feliz: porque a su lado nunca tuvo personas, sino objetos.

5. ¡Despierta, baby! (Kant).
            Kant ha estado presente en todos los capítulos anteriores: éste parece estarle dedicado de manera especial. Siguiendo con el ejemplo de Ciudadano Kane, Savater insiste en que si tratamos a los demás como cosas, sólo cosas recibiremos de ellos; sólo si los tratamos como personas recibiremos lo que sólo una persona puede darnos: amistad, respeto, amor; porque eso se da entre iguales.
            Kant distinguía entre un yo empírico y un yo puro. Si veo que alguien pierde una joya muy valiosa y yo la recojo del suelo y me la llevo sin decirle nada, habré actuado por interés, por egoísmo, como el resto de los seres de la naturaleza: soy un yo empírico. Pero si, venciendo mi codicia, se la devuelvo, habré actuado libre de todo interés y egoísmo: y seré entonces un yo puro. Los caprichos son propios del yo empírico, que nos vuelve heterónomos, como las órdenes y las costumbres; pero la libertad, que hace de mí un ser desinteresado y autónomo, me convierte en un yo puro. Todos los animales actúan por interés: sólo el ser humano puede ser desinteresado al actuar. Si soy juez y debo juzgar a mi amigo y lo absuelvo a pesar de saberlo culpable, estoy actuando como un yo empírico; si soy justo y tengo que condenarlo aunque sea mi amigo seré, verdaderamente, un yo puro. Hay poca gente pura en el mundo en que vivimos. Eso pensaba Kant. En la película Los diarios de la calle vemos cómo unos jóvenes que se crían en guetos marcados por su origen étnico acaban teniendo problemas con la justicia; si uno de ellos tiene que ser sometido a juicio, los testigos de su etnia tienen la obligación de testificar a favor de ellos, aunque sean culpables; de lo contrario serán perseguidos por los propios miembros de la etnia a la que pertenecen. Lo que nos dice Kant es que sólo si actuamos de manera desinteresada seremos justos. 



6. Aparece pepito Grillo. (Sócrates).
            La conciencia es esa voz interior que nos dice lo que está bien y lo que está mal. Algunos quieren triunfar desoyendo la voz de su conciencia, haciendo cosas perversas; otros prefieren hacer cosas buenas aunque la gente no los aplauda: es lo que quería Sócrates. Hoy no está de moda ser bueno; por el contrario, la gente aplaude a los que son “mosca”, a los “vivos”, a los pillos, a los sinvergüenzas; incluso en el cine y la televisión los héroes suelen ser los ladrones, los asesinos y los corruptos; e incluso a veces, cuando te llaman bueno, en realidad te quieren llamar tonto; hasta el propio Antonio Machado tuvo que aclarar que era, “en el buen sentido de la palabra”, bueno; y Kant advertía con amargura que en este mundo a las personas malas les va bien y a las personas buenas les va mal, y eso es injusto: pero es así.
            La conciencia es ese olfato moral del que habla Savater; ese buen gusto moral con el que nacemos, y que se desarrolla con la práctica por si alguien se olvida de él. La conciencia es esa voz interior que nos habla sin engañarnos. Dice Savater que tener conciencia es pensar en sí mismo, y no tenerla es, por el contrario, convertirse uno mismo en su propio enemigo.

7. Ponte en su lugar. (Protágoras).
            Dice Frankestein que es malo porque es desgraciado; si eso es verdad resultará que si, cuanto más felices somos, también somos más buenos, será bueno para nosotros que quienes nos rodean también sean felices. Perseguimos a los malvados, pero rara vez nos paramos a pensar qué piensan y qué sienten; para comprender a los demás es necesario amarlos. Protágoras se esforzó en comprender al adversario e inauguró la técnica del doble discurso: consistente en defender lo contrario de lo que se piensa, ponerse en lugar del rival e intentar sentir y pensar como él. Esto se llama hoy empatía, pero antiguamente se llamaba compasión. Se trata de hacer un esfuerzo por ver las cosas como las ven los otros, y nos sorprenderá descubrir que detrás de todas las personas que hacen daño hay siempre una persona que está sufriendo. 



8. Tanto gusto. (Hedonismo).
            Hay quien piensa que sufrir es bueno: son los puritanos. Y quien piensa que lo que es bueno es el placer: son los hedonistas (“hedoné” en griego significa “placer”). El problema es que no sabemos qué son los placeres.
            Para Aristipo hay que buscar los placeres sensoriales: el placer del olfato (los perfumes), del gusto (los banquetes), del tacto (el erotismo)… Ahora bien, hay que tener un control de los placeres y no dejar que sean ellos los que nos controlen a nosotros. Savater recuerda que el uso de los placeres nos enriquece la vida, mientras que el abuso nos la quita; no hay que permitir (y en esto sigue los pasos de Montaigne) que un placer te quite la posibilidad de disfrutar de los otros; el tabaco te priva del sentido del gusto; el alcohol inhibe tu capacidad sexual; las drogas te incapacitan para seguir disfrutando, porque el síndrome de abstinencia es un continuo sinvivir. Cuando un placer te mata (dice Savater) es un castigo disfrazado de placer, mientras que el placer intenso, cuando es sano, disuelve la rutina y le pone emoción a nuestra vida.
            Aunque Epicuro no estaba de acuerdo con esta forma de ver las cosas. Para Epicuro el verdadero placer es la ausencia de necesidad (hay un refrán que dice: “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”). Los placeres sensoriales siempre acaban en dolor: la borrachera acaba en resaca, la comida en indigestión, la droga en dependencia, las competiciones siempre nos hacen sufrir por el ansia que tenemos de ganar… Hay que buscar, por el contrario, los placeres espirituales, que son también los  placeres tranquilos: la lectura, el paseo, la conversación de los buenos amigos, el arte… Se ha criticado a los epicúreos porque viven una moral de viejos: no beben porque tienen ácido úrico, no comen porque tienen colesterol, no compiten en el estadio porque sus músculos ya no tienen fuerza; Savater, en estas páginas, se muestra hedonista cirenaico, no epicúreo (Aristipo vivía en la ciudad de Cirene); a diferencia de los animales, tenemos que transformar la alimentación en gastronomía, el movimiento en atletismo, el sexo en erotismo: es necesario disfrutar.
            Pero añade, inmediatamente, que hay que poner el placer al servicio de la alegría; que la alegría es un sí espontáneo a la vida que nos brota de dentro; y que la vida no sólo es placer, sino que abarca placer y dolor; e introduce, en todas estas ideas, el planteamiento de Nietzsche. De ahí deduce que no hay que abstenerse de los placeres, sino supeditarlos a la templanza, y define la templanza como el arte de poner el placer al servició de la alegría; o sea, de la vida.
            No aparece aquí Stuart Mill cuando valora los placeres en cantidad (hay que buscar el máximo placer para el mayor número de personas), pero sí cuando los valora en calidad: hay que preferir los placeres superiores a los inferiores; entre beber una copa y admirar un cuadro, o entre Aquí no hay quien viva (infumable serie de televisión) o El acorazado Potemkin (una de las mejores películas de todos los tiempos), siempre es preferible lo segundo. No sólo hay que controlar los placeres, como decía Aristipo, sino que también hay que seleccionarlos. Stuart Mill lo resume en una expresión muy gráfica: “es preferible ser un hombre insatisfecho antes que un cerdo satisfecho”. 



9. Elecciones generales. (Maquiavelo).
            Ya había dicho Aristóteles que el ser humano es un animal social: por lo tanto la ética debe acompañar a la política. En este punto Fernando Savater hace un pequeño resumen de las cosas que ha ido tratando en este libro: hay que tratar a las personas  como a personas, porque tienen dignidad y no precio (Kant); ponernos en su lugar (Protágoras); vivir en comunidad (Aristóteles); amar a nuestros semejantes (San Agustín).
            Pero nos advierte que tengamos cuidado con el maquiavelismo: al separar la ética de la política, Maquiavelo admite (aunque la literalidad de esta expresión no sea suya) que el fin justifica los medios; que podemos cometer injusticias y atropellos si el fin que perseguimos es bueno; y que los derechos de las personas están subordinados a los intereses del Estado. Las bases del totalitarismo estaban ya en Maquiavelo (y, aunque Savater no habla de ello, también las encontramos en Platón).
            Lo que sí queda claro aquí son los tres valores fundamentales que defiende Savater: la libertad (la política coordina lo que muchos hacen con sus libertades); la igualdad (la dignidad de la persona nos hace iguales al obligarnos a admitir nuestras diferencias); y la solidaridad, que en otro tiempo fue una caridad bien entendida (asistencia, simpatía, compasión). Y si en la esfera privada Savater se nos presentaba como un hedonista convencido, en la esfera pública se nos muestra como un firme defensor de los tres valores encarnados en el lema de la Revolución francesa.

Epílogo.
            Como podemos ver, Ética para Amador es un compendio de algunas de las principales teorías que se han sucedido a lo largo de los tiempos. El siguiente paso sería ordenarlas y sistematizarlas un poco, pero eso ya queda para otro momento. Lo interesante ahora es comprender por qué este libro ha tenido tanto éxito: y es que en un lenguaje natural, sencillo, asequible y llano, ha sabido introducir los pilares más importantes de la historia de la ética; eso sí, sin nombrarlos; sin pedantería; sin presumir de ello; Fernando Savater ha sido catedrático de ética durante muchos años, primero en Deusto, luego en Madrid. Sólo quienes saben mucho pueden decir tanto en tan pocas palabras. Decía Ortega y Gasset que la claridad es la cortesía del filósofo. Y Vargas Llosa, en la presentación de su último libro, en Madrid, ha confesado que cuando era joven buscaba la complejidad, pero ahora es la claridad lo que más le interesa; y es que es un error pensar que la profundidad tenga que expresarse con oscuridades: se puede ser profundo sin llegar a ser oscuro, por lo menos en algunas cosas. Fernando Savater, con la humildad que le caracteriza, ha demostrado que no necesita hacer alarde de conocimientos y que vale más que los grandes autores lleguen el gran público con palabras claras y sencillas llenas de erudición, pero sin parecerlo. En eso estriba su calidad. En eso estriba su modestia. Pero levantando el caparazón donde yacían dormidos los datos históricos, he querido sacarlos a la luz: y los he puesto al desnudo.






sábado, 13 de mayo de 2017

KANT (y 3): POLÍTICA Y RELIGIÓN






KANT (y 3): POLÍTICA Y RELIGIÓN


            Ingrid. Cuerpo de mi alma y alma de mis venas. Sustancia de mi sustancia, tesoro mío. Ardor de mi carne y sopor de mis besos. Sueño de mis sueños, carne de mi vida. Dolor de mi pecho y cuerpo de alegría. Montaña y valle, sol y nube, sombra y luz, mirada escapada del desierto. Agua cristalina en un riachuelo que recorre mi vida y riega mi existencia, como la manzana deja su frescura en mi paladar y el paladar la lleva al cerebro, y en el cerebro se expande, lo inunda todo, riega las alegrías que habían nublado las penas y me despierta en la sonrisa, la alegría de vivir, el rocío en las hojas, el verde del valle. Ingrid: bálsamo y manantial que vibra en mis manos, ¡oh, Ingrid!, suspiros del corazón, sangre de mis venas.
            Juan Luis volvía entre los árboles, pinar abajo, con el tiempo cumplido, incrustado en el reloj del instituto. Pensar había sido liberarse, y en la liberación había llegado al amor, porque el amor, como un sol de Platón, había guiado su pensamiento. Descubría en su pensamiento un don que la vida le podía dar: alegría; porque pensar con alegría era a la vez un regalo que brotaba del pensamiento generoso y una generosidad que llevas a tu mente cuando te dispones a pensar. Sólo nos salva del tedio del mundo el pensar generoso. Del tedio. Y de la desesperación.
            Todo tiene sentido. Sentía en sus venas, insuflado por su aparente atonía, el apasionamiento de Kant. Kant: un hombre metódico, disciplinado, rígido, maniático, serio, incapaz de reír: pura apariencia; detrás de ese fenómeno estaba el númeno kantiano; y era un hombre capaz de sentir, y sus vibraciones destilaban sutiles vapores atrapado en la hondura de un manantial de vida, conmovido y trémulo, sostenido en contemplación apasionada, transido entre lo bello y lo sublime, extasiado en la realidad del sentir.
            Así era Kant. Así lo sentía. Vibrante detrás de su semblante hierático, romántico en la fachada de su rigidez. Y le anegó en un vuelco interno una emoción algo así como la convulsión de un llanto sin lágrimas, que sacude su diafragma y deja en su garganta como un nudo para anudar las lágrimas que quieren salir. Lo admiraba. Juan admiraba a Kant. Y pensaba en el obrero que firmaba con el empresario un contrato libre sin que el empresario se aprovechara de su situación de indigencia, de la penuria de su familia, de su necesidad de comer. No, no estaba prohibido utilizar su fuerza de trabajo. No era contrario al imperativo categórico. Libremente, el obrero firma la cesión de su fuerza de trabajo: nunca de su libertad; el contrato kantiano no era para nada el contrato de Hobbes buscando desesperadamente un leviatán. Y el empresario, admitiendo el don de la fuerza de trabajo, le entrega al obrero un salario que le sirve para vivir bien: no simplemente para sobrevivir, o malvivir apenas, sino para llevar la buena vida que con tanta insistencia nos reclamaba Aristóteles. El contrato de trabajo nunca será lucha o relación de fuerzas, pues sería inmoral; nunca puede ser una rendición, sino un acuerdo.
             Y ese uso respetuoso era el que también encontraba en el amor; y aunque el amor era una relación libre, no era para nada un contrato: era una entrega que liberaba, una entrega feliz porque obrar bien siempre nos hace felices, pero también porque al entregarnos obtenemos el premio que necesitamos y sin exigirlo; porque el amor, además de libertad, es generosidad. Es más que respeto: por eso no es un contrato. En la moneda del amor hay una cara con impulso de entrega (tal es la tentación) y otra con entrega generosa del otro (tal es su consecuencia). En el amor hay premio, no castigo. Pero en la vida ética no. 


Juan estaba ahora en clase. Estaba de nuevo con sus alumnos. Retomaban la conversación donde la habían dejado dos días antes, y Juan la iniciaba con la tercera de aquellas grandes preguntas de Kant.
            -¿Qué puedo esperar?
            Evidentemente no esperó respuesta alguna. Una pregunta como aquélla, en el aire, sin referirse a ningún tema concreto y, desde luego, fuera de contexto, no podía ser sino interrogación retórica.
            -Vayamos por partes. Referida  a la primera pregunta, puedo esperar saber de matemáticas y física, pero no de metafísica. Referida a la segunda, puedo esperar alguna luz sobre el modo de comportarme (esa luz es el imperativo categórico). Pero ¿y después? ¿Qué otras cosas podemos esperar? ¿Qué otros deseos podemos tener?
            -Ir al fútbol esta tarde –dijo Julián. Babiana dijo:
            -Salir a pasear.
            -Ser feliz y tener mucho dinero –dijo Cristina.
            -Estar de vacaciones –volvió a decir Julián.
            -Está bien –dijo Juan Luis-. Ninguna de esas cosas es contraria al imperativo categórico. Pero son deseos. Todo deseo tiene sus consecuencias. Recordad: si como demasiada carne, acabaré con exceso de ácido úrico. Pero a Kant no le importan las consecuencias: una acción es buena o mala en sí misma, si se ajusta o no al imperativo categórico, sin tener en cuenta nuestros deseos; Kant desconfía mucho de nuestros deseos, ya lo habéis visto. Y sin embargo la esperanza tiene que ver con los deseos. Si vosotros esperáis algo, es que lo estáis deseando; de lo contrario esperáis (deseáis) que no se produzca. Qué puedo esperar es lo mismo que decir que puedo desear. Qué me cabe esperar. Qué cabe en mi ser, cuál es el deseo que está de acuerdo con mi naturaleza. Yo puedo desear convertirme en león, pero no puedo esperar que ese deseo se realice. Si Kant se hace esa pregunta es porque piensa que hay algún deseo legítimo: ¿sabéis cuáles?
            Todos callaban; alguno (quizá Julián) porque se lo estaban pensando, otros porque esperaban a que pensara Juan. Y Juan pensó. Le pagaban por ello, claro; pero es que, además, le gustaba; y se lo sabía: o él lo creía así.
            -Aristóteles pensaba que la virtud nos da la felicidad; ser virtuoso es lo mismo que ser feliz. Pero Kant ha dicho que nuestro deber es obrar justamente, aunque eso no nos haga felices. La experiencia muestra, además, que en este mundo les va bien a los sinvergüenzas; la gente justa es desgraciada, maltratada injustamente, perseguida, insultada, expuesta a la burla e ignorada, cuando no vilipendiada.
            Juan levantó la vista buscando su complicidad.
            -¿No?
            El árbol se erguía tras la ventana. Su copa, meciéndose con suavidad, se sostenía sobre el recio tronco (blanda y flexible como la hierba, resistente y dura como el carbón). A Juan le gustaba mirarlo. Aquel árbol era como un miembro de la familia, un testigo mudo de la tarea de educar, y su presencia lo relajaba infundiendo paz en su cuerpo; su ánimo desfallecía en aquellos momentos de debilidad.
            -Los deseos son caprichosos y guían las voluntades como el aire guía a la rama. Pero la ley que gobierna a la voluntad no puede cambiar según nuestro capricho, tiene que ser firme para poder servir de guía. La ley no puede depender del deseo, porque la ley del deseo es, precisamente, la violación de la ley.


            Su mirada volvió al árbol que le inspiraba confianza; su mente se relajó.
            -Intentemos comprender por qué Kant razona de esta manera. Resulta que la ley moral debe ser inflexible si queremos ser felices. Pero si buscamos la felicidad puede que la conquistemos a costa de la ley moral. La única manera de lograrlo es que la ley moral se respete sin esperar ningún premio a cambio; o sea, respetarla a ciegas; no dejándose llevar por los deseos.
            Juan buscó otra vez el árbol, pero se encontró con el rostro de Helga; Helga se había levantado para cerrar la ventana y que no les siguiera rozando aquella brisa de aire frío.
            -Y ahora –prosiguió-, resulta que a quienes cumplen con su deber les caen todas las tortas juntas. Si quieres recibir tortas no tienes más que ser justo.
            Juan descansó un momento mientras buscaba las ideas.
            -Ahí tenéis a Milosevic: el carnicero de los Balcanes; no hay quien le eche el guante; enseñoreándose, encima, de burlarnos a todos. Y Pinochet. Como antes le pasó a Franco. Javier de la Rosa fue condenado por ladrón de guante blanco, y Mario Conde, y Roldán, estamos de acuerdo; pero para un sinvergüenza que condenan hay otros cien que escapan a la justicia.
            Juan pensó en Jaime. Egoísta, sinvergüenza, sin escrúpulos; parecía que todo su afán era medrar. Todavía se acordaba de cuando le reventaba las tutorías sembrando derrotismo; y cuando desveló como un cotilla las intimidades de sus compañeros, el día que como delegado asistió a aquella evaluación.
            -Ahí tenéis al Dioni: el vigilante que custodiaba un furgón blindado y se fugó con el dinero; ahora es más famoso que el pupas, con todo el mundo pidiéndole entrevistas para salir en la televisión. Y el público, encantado. Deseando ver a un sinvergüenza encumbrado, convertido en un villano simpático al que muchos quieren imitar.
            Y Julio. Convertido en líder, respetado por todos. Molestando a punta de músculo su superioridad sobre los demás. Este mundo es el de los listos (pensaba Juan); de los listos, que son los fuertes, porque hoy ser listo no es ser inteligente, sino sinvergüenza. Los listos son los que abusan de los más pequeños; y de los débiles.
            -No sé si habéis oído hablar de Papillon: fue un ladrón que acabó en la cárcel, pero escribió sus memorias y fue la admiración de todos. Hasta le hicieron una película.
            Y Radón. Radón, el que les faltaba al respeto a los alumnos. El que ponía castigos colectivos haciendo que pagaran justos por pecadores. El que lo insultaba a él cuando él no estaba, calumniándolo ante de todos. El que trataba de acosarlo cuando se le enfrentaba en el claustro de profesores, haciendo del ataque por la espalda la venganza por atreverse a criticar su gestión. El mismo que, habiendo sancionado a un montón de alumnos, se atrevía a anunciar que el suyo era un instituto sin conflictos. Radón. El que había hecho de la enseñanza un oficio triste, un arma para triunfar, un terreno de batalla para escalar puestos. Ahí lo tenían: de jefe de estudios.
            -En fin, ¿para qué seguir hablando? La gente malvada, la gente sin escrúpulos, se ha convertido en espejo donde nos miramos todos: queremos ser como ellos, queremos triunfar. Buscamos el éxito a toda costa, aunque sea a costa de la honradez. Mientras tanto a la gente honrada la dan de lado. Ser bueno se ha convertido en sinónimo de tonto, y hasta el pobre Machado, cuando se reconocía como una persona buena, tenía que aclarar que sólo “en el buen sentido de la palabra”. Porque si ser bueno era ser tonto, entonces ser malvado era ser listo: y el mundo estaba lleno de gente que se pasaba de lista; que se pasaba tres pueblos (por no decir siete). Y hemos cambiado el sentido de las palabras. Si el malo pasa por listo, ya no nos extrañará que se le tenga por bueno. “¡Qué bueno es este tío!”, decimos; “¡ha pasado de ser un don nadie a ser el amo”. Y si el malo es el bueno, ya no nos extrañará que el bueno sea el tonto y el listo el sinvergüenza; ahora el bueno es el triunfador, el que consigue ganar, aunque no se lo merezca; y el que tiene mérito, si no se lo reconocen, pasará por inútil, y por necio. De modo que les damos los honores a los que triunfan y triunfan los que no son buenos; mientras tanto a la gente buena se la ignora en el mejor de los casos, y en el peor se la persigue. Esta inversión de los valores la veremos con Nietzsche, pero aquí se trata más bien de Orwell. Algún día veremos cómo tergiversaban las cosas. “La paz es la guerra”, llegaría a decir; “la libertad es la esclavitud”; “la debilidad es la fuerza”. ¿No os suena esto a música conocida? ¿Cuáles son los alumnos buenos? Los obedientes, los que se someten; y se someten los que se vuelven débiles, los que no se atreven a enfrentarse al despotismo: a esos les damos los diplomas, los parabienes, los reconocimientos, con tal que reconozcan como justo el despotismo que sus maestros ejercen sobre ellos. Y nosotros, los maestros, los doblegamos a la fuerza, sometemos su voluntad de resistencia, los volvemos inútiles, incapaces de vivir, acobardados, sin atreverse a pensar, diciendo sí a todo, amansados, dóciles; y a la violencia que ejercemos sobre ellos la llamamos disciplina, la ensalzamos como buena, valiosa, y decimos que hay que ser muy bueno para vencer el ímpetu de su naturaleza salvaje, que hay que ser fuertes para no ceder a su fuerza, y hay que quererlos mucho para forzar su disciplina y obligarlos a la obediencia. A un profesor así lo llamamos bueno, a la fuerza la llamamos autoridad, a la humillación la llamamos educación, a la violen la llamamos amor. Sí, ya lo decía Orwell: “la paz es la guerra”. Y nos quedamos tan contentos. 
 

             Juan se quedó un momento callado mirando al vacío. Las palabras fluían ahora solas, impulsadas por la inspiración. Y un silencio religioso ponía gravedad en el aula, estremeciendo los asientos.
            -El mundo de Orwell quedó reflejado en una novela: “1984”; algún día tendremos tiempo de estudiarla. Ese mundo es una gran mentira, una enorme aberración, una farsa: contra esa farsa se rebelará Nietzsche, exigiendo enderezar lo que la perversión de nuestra cultura ha retorcido; lo que hemos acabado desnaturalizando. Nietzsche reclamará que vuelva la vida a la cultura; tanto hemos falseado las cosas que habría que reclamar que volviéramos a lo auténtico. Para eso tendrán que caer todas las máscaras. Tanto nos hemos creído dioses que acabamos olvidando que sólo somos humanos: demasiado humanos.
            Juan se pasó la mano por el pelo y se rascó la cabeza. Después se lo alisó acariciándoselo todo, desde la frente hasta la nuca.
            -Volvamos a Kant. En el mundo están las cosas al revés, porque la gente buena es la que sufre y quienes disfrutan son los malvados. Y eso, dice Kant, es absurdo. Demasiado absurdo para no rebelarnos. Pero Kant, que desconfía de nuestros deseos cuando busca una ley universal para la ética, los respeta como derechos sagrados. El ser humano tiene derecho a ser feliz; y tiene el deber de ser bueno. Pero no es justo que la gente buena sea desgraciada. Es como si Kant reconociera que el derecho a la felicidad fuera inalienable.
            Juan los miró serio.
            -Si en esta vida la gente justa no puede hallar la felicidad, tiene que haber otra en donde ésta sea posible. Otra vida: o sea que nuestra alma tiene que ser inmortal, perdurar después de la muerte. Ser feliz siendo justo: o lo que es lo mismo, debe existir dios como garantía de la felicidad; única forma de salvar a este mundo del absurdo en el que se halla. Pero la existencia de dios no se puede demostrar, ni tampoco la inmortalidad del alma: ya lo hemos visto en la crítica de la razón pura. Sin embargo son necesarias. Dios y el alma, inaceptables para la razón pura, son necesarios para la razón práctica: y deben ser postulados, afirmados sin demostración, para evitar que la razón nos lleve al absurdo; a la sinrazón. Dios y el alma deben existir para evitar que la razón se destruya a sí misma. De modo que lo que Kant ha tirado por la puerta (ha dicho algún crítico), ahora lo debe dejar entrar por la ventana.
            “Decididamente, tengo que traerme una botella de agua”, pensó Juan; “hablo mucho y se me reseca la garganta”. Julián, emocionado, abrió el blanco de los ojos en un gesto admirativo. Y cuando iba a preguntar algo Juan terminó su razonamiento.
            -“¿Qué puedo esperar?” Tal era la tercera pregunta de Kant. Puedo esperar que dios exista y que haya una vida después de la muerte; una vida en donde todos podamos ser felices. Ésa es la respuesta. De modo que Kant, que ha sido criticado por no tener en cuenta los anhelos del ser humano, ahora se nos presenta como una persona sensible, horrorizada por la injusticia, preocupada por la felicidad. Kant, el ser inflexible, inhumano y riguroso, aparece aquí dotado de un gran corazón: está lleno de humanidad y, a pesar de toda su flema, es un romántico.
            Se acarició la boca con el dedo índice deslizándose entre los labios; sujetándose el mentón entre el pulgar y el resto de los dedos de la mano. 


            -Kant nació, vivió y murió en la ciudad de Königsberg (antiguamente perteneciente a Prusia, hoy en Polonia: se llama Kaliningrado). Era metódico hasta la exageración, excesivamente riguroso en sus horarios. Salía a pasear siempre a las cinco; hasta tal punto que sus vecinos, cuando lo veían por la calle, decían: “son las cinco”. Pues bien, una persona de costumbres inflexibles se asusta de los imprevistos: por eso quiere controlarlo todo. Pero la vida es por naturaleza incontrolable, y el miedo de Kant le impidió disfrutar de la vida, aceptando que quizá lo más bonito sea lo que escapa a la razón; como harían Bergson y Unamuno, por poner un par de ejemplos.
            Julián se dejó transportar por su propia pregunta.
            -Lo que acabas de decir es extraordinariamente bonito. Se me ponen los pelos de punta con la lucha interior del pobre Kant: su necesidad de encontrar una razón para todo y el reconocimiento de que por encima de la razón está la felicidad; o sea, el deseo: el anhelo más profundo del ser humano. Se me antoja una lucha titánica en la que su pensamiento hizo un trágico esfuerzo: admitir que, adonde no llega la razón, tiene que llegar el sentimiento.
            -Totalmente de acuerdo. Kant no dio ese paso, pero intuyó que habría que darlo.
            Los comentarios de Julián llenaron de sentido aquella clase sobre Kant; la llenaron de belleza, de misterio, y anularon la banalidad de aquellas chicas que acompañaron el debate con ideas hueras y palabras prosaicas. El árbol, mientras tanto, se mecía en el patio y Juan lo miró; y aquellas hojas, no sabía por qué, sembraron calor en su pecho. Juan prosiguió, todavía transportado a una tierra de nadie por el apasionado fulgor de sus palabras; un fulgor tan vehemente como razonado y paciente.
            -Es indudable que la libertad existe. Pero cuesta esfuerzo. Decía Quevedo que:
Libertad ha engendrado
en mi pereza la pobreza.
Kant pensaría lo mismo. La libertad es esforzada, y por lo tanto valiente. Pues bien, si recordáis, actuar libremente es obrar como si nuestras decisiones no nos afectaran, como si no nos dejáramos llevar por nuestros intereses: recordad al juez que tenía que juzgar a su propio hijo como si no lo fuera.
            -Sí –dijo Babiana.
            -Pues bien: aquel que toma decisiones sin tener en cuenta sus intereses es un yo puro. Me encuentro una cartera con dos mil euros. Esa cartera pertenece a alguien que seguramente acaba de cobrar su sueldo, y lo necesita tanto como yo. Si me olvido de mis deudas y devuelvo la cartera, actúo como un yo puro.
            -Eso no lo hace nadie –dijo Babiana.
            -¡Y que lo digas! –coreó Cristina.
            -Si, por el contrario, me quedo con esa cartera para pagar mis deudas, actúo como un yo empírico. Como una persona cuyas necesidades y pasiones influyen en sus decisiones, impidiéndole ser justa.
            -¿Tú qué eres, un yo empírico o un yo puro? –dijo Cristina a Babiana.
            -¡Adivina! –contestó Babiana.
            -A veces actuamos de una forma y a veces de otra –comentó Julián-. No somos siempre la misma persona. Vete a saber por qué. 


            -Somos volubles –dijo Helga.
            -Y que lo digas –prosiguió Juan Luis-. Prosigamos. Nuestra historia arrancaba con una pregunta: ¿qué puedo esperar? En la vida eterna, la felicidad. Pero en esta vida también podemos esperar otras cosas: por ejemplo, que desaparezcan las guerras. A Kant se le ocurrió la idea de una paz perpetua. Para conseguirla habría que crear un gobierno que estuviese por encima de todos los gobiernos; un gobierno de todas las naciones reunidas, algo así como la O.N.U. Daos cuenta de la genialidad; con ciento y pico de años de distancia Kant supo anticipar lo que serían las naciones unidas.
            Juan sonrió.
            -Algunos historiadores dicen que los europeos somos kantianos porque todo lo queremos arreglar con el diálogo; y que los norteamericanos son hobbesianos porque tienen el sentimiento de que las palabras sobran: de que la única acción eficaz es  la guerra. O sea, que los europeos son de Venus y los americanos de Marte: la diosa del amor y el dios de la guerra, respectivamente; lo que es toda una metáfora.
            Al llegar a este punto Helga sonrió; le parecía poética esa manera de expresarse, tan poética como idealista.
            -¡Qué forma tienes de hablar! –dijo-. Parece sacada de una poesía.
            -Yo, no –respondió Juan-; los americanos. Ellos son de Marte y nosotros de Venus.
            -¿No te parece un poco esquemático? –preguntó Babiana.
            -Desde luego; pero, aparte de que eso no lo digo yo (lo dicen ellos), los esquemas sirven para  aclarar las cosas. Un esquema no es más que el esqueleto de un discurso. Mucha gente que escucha lo que otros dicen es incapaz de identificar las líneas maestras, que son las grandes ideas, las ideas principales que sirven de columna vertebral y de costillas al texto; son como los huesos que sostienen el discurso, como esqueletos o andamios que guían el sentido de las palabras y orientan nuestra atención. Decir que los americanos son de Marte y los europeos de Venus es una simplificación, pero nosotros necesitamos entender las ideas simples para comprender luego las otras. Un esquema es un boceto de lo que hemos dicho o vamos a decir; y, como hace el pintor, sobre ese boceto pinta detalles que le hubiera resultado difícil poner si no hubiera tenido el boceto. Es como cuando levantamos un edificio, primero ponemos los cimientos, luego los pilares y las vigas y, por último, lo rellenamos todo con ladrillos, después ponemos los muebles y los decorados.
            -Creo que te estás enredando.
            -Yo creo que no. En selectividad tenéis que comentar textos, y un comentario empieza descubriendo los pilares y las vigas para buscar luego los cimientos; si las palabras no se entienden, buscamos en la época para extraer del contexto lo que necesitamos (hay que saber buscarlo). Sólo entonces podremos empezar a perdernos en los detalles, porque las vigas van dirigiendo nuestro pensamiento hacia unas palabras y no hacia otras, descartando el relleno y centrándonos en las adecuadas; es decir, que las líneas maestras nos sirven de guía para ordenar el resto de las ideas; nos orientan para entender el texto en sus recovecos, para sacar el sentido que duerme en sus escondrijos. 


            Los chicos callaron. La sensación de haber sido entendido le dio una profunda calma. Y en esa calma se solazó su mirada, llevándola a la ventana, e instintivamente contempló el árbol.
            -¿Sabéis? –reanudó después de un momento. El amor y la guerra son hijos de la sociedad; Marte y Venus, por tanto, son hermanos. Kant dio una definición muy acertada de lo que significa vivir en sociedad. Habló de la insociable sociabilidad humana.
            Los retó con la mirada. Sabía que aquella paradoja prendería en sus mentes y esperó las reacciones. Pero, sorprendidos unos y otros, se entregaron a la pereza del pensamiento; pusieron su curiosidad en manos de él.
            -No es difícil. Sentimos necesidad de los demás cuando estamos solos. Y, cuando estamos rodeados de gente, a veces necesitamos estar solos. Vivimos como el péndulo. Que nos movemos, alternativamente, de la soledad a la compañía. Es la única manera que tenemos de vivir.
            Se pasó una mano por el pelo y la detuvo encima de la frente, sobre la que se apoyó para meditar bien.
            -¿Cuántos años tienes, Helga?
            -¿Yo? –Helga se sorprendió, pillada por sorpresa. Y sin que Juan le respondiese contestó-: dieciocho.
            -¿Eres mayor de edad?
Ella miraba, perpleja.
            -¿Por qué?
            -¿Por qué va a ser? Porque tengo dieciocho años.
            -¿Y qué tienen los dieciocho años para hacerte mayor de edad?
            -Pues… no sé… Nunca me lo he preguntado.
            -Babi, ¿tienes tú dieciocho años?
            -No, yo tengo diecisiete.
-Por lo tanto eres menor de edad.
            Babi sonreía, entre desconcertada e insolente.
            -…sí.
            Se encogió de hombros. O más bien, encogió el hombro derecho inclinando la mejilla sobre él mientras esbozaba una sonrisa.
            -Mirad –explicó Juan-. La edad no es un atributo de madurez. Hay países que sólo la reconocen a los veintiuno, y países que te dejan conducir a los dieciséis. Pero un chaval de quince años puede tener más juicio que un hombre de cincuenta. Nosotros decimos que al hacernos mayores empezamos a tener uso de razón. Ahora bien, podemos ser mayores de edad y seguir pensando como chiquillos. Hay quien habla del complejo de Peter Pan, que es lo que les pasa a los chicos que se niegan a crecer, y les gustaría estar jugando toda la vida. Para nosotros hacerse mayor significa dejar de jugar; y en ese contexto ¿quién quiere hacerse mayor? ¡Como si ser niños sólo fuera divertirse! ¡Como si no fuera divertido ser mayor! ¡Como si la mayoría de edad fuera volverse grises y aburridos, perder las ilusiones y no sentir ya ganas de vivir!
Calló un momento. Y mientras callaban sentía que todos los alumnos estaban de acuerdo con él.
-No sé si habéis leído Momo. Es una novela de Michael Ende. Momo es una niña que debe enfrentarse a los hombres grises: la única que, además de hablar, sabe escuchar; la única que conserva la alegría y la vuelve contagiosa; la que vive en el tiempo en lugar de dejar pasar el tiempo, la que gasta el tiempo en lugar de ahorrarlo, la que quiere a los demás y no los abandona mientras piensa en ganar dinero. 

 
Volvió a hacer un silencio para marcar la pausa.
-Eso es Momo. Para la gente que ha crecido (la gente seria), Momo es una niña. No la tomarán en serio. Creen que hacerse mayor es ser importante, y ser importante es olvidarse de vivir. Pero Momo no quiere ser importante. Momo quiere ser feliz. Momo quiere crecer sin abandonar la ilusión y la alegría. Porque ¿queréis saber una cosa? Momo es adulta. No es una niña. Momo sabe pensar, y piensa que vivir es soñar y desvivirse: hacer realidad los sueños. Los hombres grises, en cambio, creen que crecer es dejar de soñar. Hacer realidad los sueños de otros. O mejor aún: trabajar para otros que también han dejado de soñar. No pensar lo que quieres: hacer lo que te dicen que hagas. Aquí es donde viene Kant.
            Helga y Julián se quedaron sorprendidos. Cristina, con su silencio, decía también que quería entender.
-Obedecer es dejar de pensar: cumplir los pensamientos de otro. Kant pensaba que ser menor de edad es no tener entendimiento. Y es verdad. Pero decía también que hay otra forma de ser menor de edad, y es no querer usar el entendimiento que ya se tiene; y la condena. El niño pequeño no tiene la culpa de su falta de entendimiento, pues aún no ha crecido lo bastante. Pero el adulto que es capaz de pensar y no quiere, ése sí que es culpable: no se atreve; es perezso o cobarde, o ambas cosas a la vez. Helga, ¿te gusta leer?
-Un poco.
-¿Qué es lo que lees?
-Me gustan las novelas... También me gustan los libros de autoayuda: libros que te dicen cómo tienes que ser.
-¿Vas a misa?
-Sí.
-¿Vas a confesarte?
-Sí: soy católica.
-¿Por qué?
-¿Que por qué soy católica?
-No: por qué te confiesas.
-Porque es mi obligación.
-¿Quién te obliga?
-La Iglesia.
-¿Y por qué le haces caso?
-Porque creo en dios.
-¿Y dios te pide que te confieses con un cura?
-Claro.
-¿Y tu conciencia? ¿No basta con tu conciencia? ¿Necesitas depender de la conciencia del cura?
-Tampoco te pongas así. Las cosas no son tan extremas como te parecen.
-Bueno, dejémoslo... Ah, sí, otra cosa! ¿Qué haces cuando quieres adelgazar?
-Voy al médico.
-¿Al médico?
-Sí, al médico. Bueno, no un médico cualquiera: un nutricionista; alguien que entiende del asunto, un endocrino; yo no me pongo en manos de cualquiera. 


-Ya. Kant hablaba de lo complicado que es pensar: es más fácil que piensen por ti; así no tendrás que tomar decisiones, bastará con obedecer a quien manda; y si la cosa no marcha tú no serás nunca responsable, la culpa será siempre de otro. Del que piensa; del que te manda lo que tienes que pensar y hacer. Porque, o nos da pereza o no nos atrevemos. Lee, y el libro pensará por ti. Hazle caso al cura, y el cura pensará por ti. Vete al médico, y el médico pensará por ti. –Helga gesticulaba intentando hablar, pero Juan no la dejaba; seguía hablando sin dejarla justificarse-. Necesitamos muletas, porque estamos cojos. Y no nos damos cuenta de que estamos cojos porque tenemos muletas. Los libros, los curas y los médicos son nuestras muletas. Nuestros tutores. Ellos hacen nuestro trabajo para que podamos vivir en la pereza. ¿Pero sabéis lo que hacen los tutores? Nos engañan. No nos dejan andar sin muletas. Y luego nos asustan, avisándonos de lo peligroso que es atreverse a andar solos. Así dependeremos siempre de ellos. Y no quieren que sepamos caminar. ¿Sabéis cómo se aprende a caminar?
-Tú dirás.
-Tropezando. Pero ellos no nos dejan tropezar: dicen que para que no nos caigamos; en realidad es para que no aprendamos. Porque si nos caemos y nos hacemos daño, eso nos servirá de escarmiento.
Helga protestó de nuevo y explicó que ni el médico ni el libro eran para ella unas muletas. Él le contestó que ya no sabía; pero estaba exagerando (siempre con medida) porque exagerando se entienden las cosas mejor; era una técnica para motivar al alumno.
-Pues bien -prosiguió-, resulta que a trabajar se aprende trabajando; y a caminar se aprende caminando. Nuestra reforma educativa (la L.O.G.S.E.) lo dice bien claro: hay que aprender de nuestros errores. Si nos equivocamos acabaremos aprendiendo; y si no hemos aprendido será porque no nos hemos atrevido a errar. Nos falta valor. O nos sobra pereza. ¿Sabéis cómo llamaba Kant al valor de pensar por sí solo?
-¿Cómo? –preguntó Cristina.
-Ilustración. “¡Sapere aude!”, decía Kant: “atrévete a saber”. Es una frase de Horacio, y en Kant esa frase se convirtió en el lema de la Ilustración.
Juan Luis sacó un paquete de pañuelos y se limpió la nariz. No se atrevió a sonarse, porque siempre temía que se le quedase alguna hebra entre los pelos; y le daba vergüenza ir así por todas partes, sin tener un espejo con el que poderlo corregir. Pero sentía humedad cayendo sobre el labio y tenía que enjugarla; eran cosas que pasaban cuando hacía frío; también cuando venían las alergias, en primavera; pero en primavera era más aparatoso.
-Dos cosas hacen falta para que haya ilustración –prosiguió-: ante todo libertad; y luego esfuerzo. Libertad: si hay censura no se puede hacer un uso público de la razón. Kant aprovechó para reclamar a los reyes que se hicieran ilustrados. La majestad, decía, se destruye cuando se empeña en controlar las opiniones de los súbditos; cuanto más liberal es el gobierno, más majestuoso. Si volvemos la frase por pasiva se vuelve más dura; pues viene a decirnos que, cuanto más despótico, más despreciable (menos majestuoso); o lo que es lo mismo: la tiranía no se merece el respeto de nadie.
Juan constató, una vez más, que no tomaban apuntes. Tan solo Julián escribía en su cuaderno de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Sin desgastarse mucho, ¿eh?, que eso cansa. 


-De modo que es necesaria la libertad, dice Kant. Pero también el esfuerzo. Sólo se sale de la barbarie gracias al esfuerzo. El esfuerzo es el triunfo sobre la pereza. El valor es el triunfo de la libertad. Hay perezosos que son libres, y eso los arruina. Y perezosos que son cobardes, y eso los deprime. Quien esconde su miedo en la falta de libertad vive en un sueño ilusorio; pues llega a creerse que, si fuera libre, sería valiente. También la pereza es escuda en la opresión. “¡Si a mí me dejaran!”, dicen muchos; “si a mí me dejaran, cuántas cosas haría; pero no me dejan”.
Juan volvió a secarse la nariz, que parecía gotearle de nuevo; como antes, volvió a dejar el pañuelo en su bolsillo.
-Kant dice que la naturaleza humana es el progreso. Dejar de pensar sería renunciar a progresar, y eso sería antinatural: por eso es necesaria la ilustración. Ilustración, recordémoslo, es utilizar el propio entendimiento sin la guía de nadie, sobre todo (dice Kant) en materia de religión.
Otra vez se sacó el pañuelo. Los cristales, delante del árbol que había tras la ventana, estaban empañados.
-Hay que distinguir con Kant entre un uso público y un uso privado de la razón. Cuando digo lo que se espera de mí en razón de mi cargo, hago un uso privado: el profesor que explica a Kant en lugar de criticarlo, el militar que obedece las órdenes, aunque no las comparta; el cura ateo (tal un San Manuel Bueno) que habla de dios porque es cura, porque se lo exige su oficio, aunque no crea en él. Y aunque haya miles de fieles escuchando seguirá siendo un uso privado de la razón. Es la iglesia y la iglesia es un lugar privado, el lugar de los creyentes; no el de los agnósticos y los ateos.
-Perdona, Juan –dijo Cristina-: ¿dices que la iglesia es un lugar privado?
-No lo digo yo. Lo dice Kant.
-El cristianismo es el credo de la mayoría de los españoles.
-Y no sólo el cristianismo, sino una de sus corrientes: la católica; no, por ejemplo, los ortodoxos ni los protestantes.
-¿Y cómo puede ser privada una iglesia si es el lugar donde se reúnen todos?
-No todos, Cristina. No sé ni siquiera si son casi todos, no conozco las estadísticas; pero se trata de la mayoría.
-¿Entonces?
-Entonces lo que no es de  todos,  no es de todos; es sólo de una parte, aunque sea una parte muy numerosa.
-¡Me parece que exageras! –Cristina hizo un gesto de protesta, abriendo algo los brazos.
-Mira, supón que voy a hacer una peña del Real Madrid. Supón que pongo un anuncio y se apuntan casi todos. Supón que pongo unos locales enormes en cada pueblo ce España. Esos locales no serán públicos porque no son de todos: son sólo de mi peña, de la peña del Real Madrid; ni del Hércules, ni del Barça, ni del Atlético de Bilbao. Serán unos locales privados. Aunque vaya mucha gente. Esos locales serán de muchos, si me apuras de la mayoría; pero no serán de todos.
Cristina movía la cabeza hacia abajo y hacia arriba, obligada por la razón a mostrarse conforme.
-Pero si el profesor habla de Kant en un lugar público y no habla como profesor, sino como ciudadano; si el militar habla del ejército y el sacerdote de la Iglesia en esas mismas circunstancias: entonces estarán haciendo un uso público de la razón; entonces ya no estará limitada su libertad por las obligaciones de su cargo; entonces su pensamiento será libre, razonable y diáfano.
Como tenía por costumbre, Juan hizo un silencio para marcar una pausa; un cambio de tercio, un punto y aparte. 


-Si hablamos de las luces es para enfrentarlas al oscurantismo. Las luces del siglo XVIII. Es oscurantismo de la Edad Media: por lo menos en su primera parte. Kant es precavido y dice que su época no es una época ilustrada, sino una época de ilustración. Empieza a salir de la superstición, de la ignorancia, del oscurantismo, pero todavía no ha llegado a ser ilustrada. Está liberándose gracias a la razón, pero todavía no se ha liberado del todo. Pues bien, la ilustración no es un proceso rápido. No se logra con revoluciones, sino con un esfuerzo continuo y un continuo progreso. Una revolución cambiará un sistema político, pero nunca cambiará las mentes; persistirán los prejuicios, y aparecerán prejuicios nuevos; pero no podrá cambiar los modos de pensar. Miró Quesada, que es un filósofo kantiano, lo resumió en pocas palabras: con una revolución podrán cambiar las estructuras pero no las vigencias; las vigencias sólo cambian con un progreso continuo y gradual.
Carraspeó un poquito; le picaba algo la garganta.
-Lo que le interesa a Kant no es un cambio de estructuras, sino un cambio de mentalidad; tomar conciencia de que hay que obedecer menos y empezar a pensar; le preocupa, en suma, la libertad espiritual. Para lograrlo hacen falta espacios públicos para la razón, lo que Kant llama libertad civil. Pero ésta no es un requisito para la libertad espiritual, al contrario: cuanto más se libera el espíritu más se van liberando los espacios para pensar. El espíritu se abre camino, arrastrando consigo la libertad civil: viceversa. En la España de los sesenta se pensaba libremente antes de que se reconociera la libertad de opinión; se editaban libros atrevidos antes de que existiera la ley de prensa; se daban conciertos y recitales de protesta antes de que existiera la libertad de reunión. El pensamiento fue creando zonas de libertad, y esas zonas potenciaban un pensamiento que más libre, y éste multiplicaba cada día las zonas de libertad: hasta que ya la policía, y la censura, no tuvieron más remedio que reconocer en las leyes lo que ya se practicaba en la calle, a pesar de las restricciones que el poder le había impuesto a la libertad.
Estaba a punto de sonar el timbre. Juan, por su lado, estaba a punto de concluir. Se decía a sí mismo, mientras hablaba, que aquella clase (como otras muchas) era un continuo monólogo. Que no era un diálogo con los alumnos. No podía serlo, porque él debía transmitirles sus conocimientos y sólo podía hacerlo mediante el monólogo (salpicado, eso sí, de conatos de diálogo). Por otra parte los alumnos tampoco estaban muy participativos. Y Juan, que no paraba de hilvanar ideas en su cabeza, tampoco estaba para que participaran; hay momentos en que se opta entre centrarse en las ideas o en la dinámica del grupo; y otros momentos en que, por distinta dinámica, la génesis de las ideas es inseparable de la participación.
-Hemos llegado al final –dijo por fin-. Habréis observado que Kant, desde la razón pura, tanto especulativa como práctica, va preparando el terreno para la libertad, asociada con la cultura. El texto que acabamos de comentar es una respuesta a la pregunta: “¿Qué es la Ilustración?” Es el texto que está en el temario; para la prueba de selectividad. Habéis escuchado sus ideas durante algunos de días. Habéis tenido tiempo de familiarizaros con él. Lo que él ha querido decirnos está en las últimas líneas de este texto: y es que el ser humano, que en su tiempo era poco más que una máquina, debe llegar a ser persona, conquistando sus derechos. Que logre, y ésta es la enseñanza de Kant, sembrar el respeto por el mundo porque en él está la semilla de su dignidad.