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viernes, 20 de agosto de 2021

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 

 

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 


1. El hincha.

 

La hinchada es un reparto de tareas; unos ponen el trabajo, otros se alegran del éxito.

La hinchada se parece a la explotación; el éxito lo celebra el amo, pero el trabajo lo pone el siervo.

La diferencia entre la hinchada y la tiranía es que la segunda se alegra por un éxito que le da ganancias, y la primera no; lo único que el hincha gana con alegrarse es disfrutar del buen humor.

El hincha no disfruta de su buen humor, porque el humor se lo da el equipo que pierde o gana; y así, el hincha siente por lo que otros viven. Sólo quien juega vive el partido; el espectador, al vivir el éxito del equipo, vive la vida de otros; y si su equipo representa a su país, vive las alegrías y tristezas de su país sin hacer nada por lograrlas; el espectador sólo es un consumidor; el que produce es quien juega.

Cuando el aficionado ve a su equipo se está viendo a sí mismo, como si los méritos del equipo fueran propios; así, cuando gana el equipo no han ganado ellos: hemos ganado nosotros.

Ellos son los adversarios. La identificación del público con el protagonista hace que todos asumamos los aciertos y los errores de algunos; y eso ni es bueno ni es justo. Se parece a los problemas étnicos en que los errores de uno se los imputan a la etnia a la que pertenece.

Así surge la enemistad. En el deporte luchan los adversarios, pero los espectadores se enfrentan como enemigos. Ser enemigo de alguien es estar dispuesto a reconocerle los errores, pero no los aciertos. Si yo fallo es mi pueblo el que falla, pero mis aciertos son simplemente una cosa personal. Inversamente, los fallos de mi pueblo me los endosan a mí: pero no sus aciertos.

El individuo carga con los pecados de la colectividad, y la colectividad carga con los pecados del individuo. Pero las virtudes de los individuos y de su pueblo no se trasvasan entre sí; se pierden.

Ser enemigo es estar condenado a ser malo. Malo para la persona que nos mira, si esa persona es enemiga.

Ser enemigo de alguien es quedarse ciego para media realidad: la mitad de la realidad que no se quiere ver. Si hacen algo malo a uno de los nuestros nos indignamos; si se lo hacen a ellos miramos para otro lado. Y así anda el hincha, tuerto pero no ciego.

 


2. ¿Enseñar o educar?

 

Josemari se movía en su asiento con aire satisfecho. Vivía y respiraba por todos sus poros la sensación de estar en lo cierto.

-El profesor debe limitarse a transmitir conocimientos. La educación es cosa de los padres.

Y todo porque estaban comentando un texto sobre Sócrates. En el aire estaba si Sócrates, que presumía de no enseñar nada, realmente enseñaba; si se limitaba sólo a hacer preguntas; si el discípulo encontraba solo las respuestas conducido por las preguntas del maestro, como el gobernalle dirige el curso de los barcos sobre el mar.

Juan Luis inquirió entonces:

-¿Verdaderamente Sócrates no enseñaba nada?

Hubo un entrecruce de ideas y hubo controversia, pero el debate no acababa de centrarse. Entonces Juan Luis sintió la necesidad de precisar:

-¿Enseñaba Sócrates sólo con sus palabras? ¿O también enseñaba con su presencia?

Siguió habiendo intercambios, pero ninguno conclusivo. Y volvió a precisar su idea:

-¿Los maestros enseñan con lo que dicen o con lo que hacen?

-Con ambas cosas –respondió Jorge.

-¿No dura más en el recuerdo –habló Juan Luis- ver a un maestro fumando que su prohibición de fumar? Cuando un maestro no hace lo que dice, pierde autoridad ante los discípulos.

-No tiene por qué –interrumpió Josemari-. Mi madre fuma y dos de mis hermanos no han fumado nunca.

-Bueno –replicó Juan Luis-. Pero ahora no hablamos de cómo aprenden los discípulos, sino de cómo enseñan los maestros; ése es el tema que estamos debatiendo con Platón. ¿Qué pensáis que deja más huella? ¿Lo que dice el maestro o lo que hace cuando lo dice?

-Es lo que hace –contestó Juana-. Poco importa lo que digas: lo que me va a marcar es cómo lo digas.

-Y eso es educar –concluyó Juan Luis.

-¡No! -objetó Josemari-. Los profesores no tienen por qué educar, que para eso están los padres; los profesores deben limitarse a enseñar.

Aquello sonó a doctrina bien aprendida. Aquello sonó a consigna. De alguna manera intuía que los hijos eran el escenario de una batalla campal que se libraban los padres entre sí. Y él, como profesor de filosofía, debía combatir con razones los sectarismos de todas las capillas.

  -Está bien –terció Juan Luis-. ¿Un padre alcohólico tiene más derecho que un maestro cuerdo a educar a su hijo?

-¡Eso es una exageración! –protestó Josemari.

 -Precisamente, la técnica del debate consiste en el contraejemplo. Si yo pongo un solo ejemplo que contradiga lo que tú dices, te verás obligado a contestarme. Y el debate se enriquecerá analizando los casos extremos.                                                                                                                                                                   

-¡Pero las cosas no son así! –contestó Josemari, incómodo.

-Sí que lo son. Como lo es también el derecho de un padre a educar a su hijo, a su hija, cuando ese padre está dispuesto a matarla para salvar su honra, si la chica no actúa de acuerdo con las normas que él trata de imponer.

-¡Pero no exageres! Eso son unos casos extremos; en la mayoría de los casos no sucede así.

 -Sucede muchas veces. Más de lo que crees. Y cuando sucede, la chica está desprotegida frente a un padre abusivo si le niegas al maestro el derecho de educarla.

-La educación sólo les corresponde a los padres, no a los maestros; para eso han querido tener a sus hijos y se han sacrificado por ellos.

No siempre. Recuerda que se dan muchos casos de relaciones amorosas en las que el niño viene al mundo por accidente, por pura casualidad; y en muchos de esos casos es un niño no deseado, o no querido.

Josemari objetó que eso era porque nuestro mundo carece de valores y bla, bla... Frente a aquella moralina Juan Luis sintió la necesidad de ser contundente.

-Está bien –dijo-. Los profesores sólo podemos transmitir conocimientos. Ni ejercer de animadores, ni ser guías, ni cosas por el estilo; sólo tenemos derecho a enseñar. Está bien. Yo ahora os enseño el temario de filosofía. Si en mitad de la clase se produce un atropello, una falta de respeto, una agresión, yo no intervengo; mi misión no es educar.

-No es así. Los profesores nos podéis sancionar. Además, eso lo hace el consejo escolar, en el que han votado los padres. Y la disciplina sanciona conductas, no creencias.

-Falso. Una conducta es punible cuando manifiesta un hábito, y los hábitos reflejan actitudes, y las actitudes reflejan creencias. Recurrir a la disciplina adquirida equivale, a fin de cuentas, a modificar creencias. Yo como profesor debo conseguir que los alumnos crean que es preferible respetar al prójimo. Y eso, mi querido Josemari, es educar. –Se sentía marejada y había oleaje de fondo, y el timbre iba a sonar. Juan Luis zanjó la polémica remitiéndolos al texto-. Pero lo que estamos haciendo aquí es comentar las palabras de Sócrates. Recordad lo que estábamos debatiendo: ¿enseñaba Sócrates sólo con sus palabras, o con su presencia enseñaba también?

Cuando sonó el timbre ya Luis había dicho:

-Sócrates no enseñaba cosas, porque presumía de no saberlas. ¿Qué conocimientos podía transmitir si, por muchos que tuviera, no estaba seguro de ninguno? Él enseñaba a aprender. Y mientras lo hacía enseñaba a escuchar, a respetar las razones del adversario, a amar la fuerza de la razón, a ser firme en sus convicciones, a hablar cuando hace falta y cuando hace falta callar. Y eso, por encima de todo, es educar.

Y sonó el timbre. Se fueron todos. Y no hubo más.

 


3. Somanoética.  

 

            Se le ocurrió crear una pedagogía psicosomática. Sus dos pilares serían la somítica y la somética (la primera tendría por objeto la somanoesis, y la segunda el somanoeto).

            La somítica es una mítica somática; el mythos es a la vez historia y palabra, relato surgido del fondo de la experiencia del cuerpo; y como hay que saber pensar desde el cuerpo, no está claro en qué medida esta mítica debe ser completada por una lógica: por un análisis del sentido de las cosas, con un análisis del significado de las palabras.

            De la experiencia somítica emergerá la somética: la ética somática. El sentimiento de la vida, emanado del cuerpo, pensado somáticamente, da lugar al descubrimiento del sentido; del sentido de la vida. Los valores, antes de ser pensados, deben ser sentidos; sólo entonces es posible la valoración; una valoración psicosomática en donde el cuerpo es el vehículo de la mente, y en los estratos más profundos llega a confundirse con la mente misma.

            Habría que crear un centro de pedagogía psicosomática. Que podría estar al lado de una sociedad de filosofía (Sofía) y de otras asociaciones parecidas. Todas ellas cabrían en un centro global de investigaciones sociales: el Centro de Investigaciones del Duero; el Cid.

 


 

 

 

viernes, 13 de noviembre de 2020

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTIN

 

 

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTÍN

            Según el intelectualismo moral para obrar bien hay que conocer el bien, y no hay gente malvada sino ignorante. Esto significa cuatro cosas:

 

            Primero: que si conozco los efectos del tabaco y no dejo de fumar ¿es por ignorancia o por falta de voluntad?

            Por ignorancia: sé lo que me puede pasar, pero ese inconveniente a largo plazo es sólo probable, mientras que los beneficios del tabaco son seguros. 

            No sé lo que es sufrir porque te hayan diagnosticado un cáncer; no me pongo en situación, no he vivido esa tesitura: ni soy tampoco capaz de imaginarme sufriendo, (pero conociendo el sentimiento de sufrir, no la palabra sufrir); muchos conocen la palabra pero no el significado.

 

            Segundo: que si me quedo con un dinero que no es mío ¿es por ignorancia?

            Sí. Ignoro el remordimiento y el sentimiento de no estar a gusto conmigo mismo. Conocer la palabra no es conocer su significado, y el significado de las palabras que expresan sentimiento son los sentimientos expresados por esas palabras.

            Tampoco me he puesto en el lugar de la persona que pierde el dinero con el que yo me quedo. A lo mejor no me gustaría que me lo hicieran a mí. Tengo que saber lo que se siente, pero para eso tengo que sentirlo yo primero, y para sentirlo yo, tengo que mirarme en el espejo de quien lo sufre, lo que sólo es posible si mi naturaleza me da la posibilidad de mirarme en el otro; los neurocientíficos hablan de neuronas-espejo.

 

            Tercero: que si me ponen en el plato cubiertos que no sé manejar, seguro que no sabré utilizarlos.

            Nadie me ha enseñado a usarlos; por esa ignorancia me comportaré mal a la hora de comer, y pasaré por un maleducado.

            Y cuarto: que si el romano le hace daño a Jesús se está comportando mal.

            Porque es un ignorante. Ve sufrir a Jesús pero no siente en sus carnes ese sufrimiento; no sabe lo que es, no lo conoce. En este caso conocerlo es sentirlo.

            a) Unas veces conocer es contemplar: sé lo que es un filete porque lo he visto.

            b) Otras veces es oler, gustar y tocar: sé lo que es el filete porque lo he probado.

            c) Otras veces es oír la palabra y entender (no sentir) su significado: pi es la circunferencia dividida por el diámetro. Aquí también hay dos grados: unas veces comprendo la fórmula de manera operatoria, que me permite hacer cálculos, como cuando sé que 6:1’9 = 3’14; y otras veces entiendo el significado de la fórmula, que tres veces y pico el diámetro sobre la circunferencia nos da pi. Comprender es entender las relaciones entre líneas; pero también es calcular.

            El conocimiento moral se basa en la simpatía, que es conocer con ayuda de los sentimientos propios los sentimientos ajenos.

            Cuando Sócrates dice que obrar bien es entender se refiere al conocimiento moral, es decir a la empatía. Lo que Agustín de Hipona llama voluntad no es más que sentimiento (propio o empático) convertido en acción; si bien yo siento (en este caso de manera figurada) el dolor del cáncer, no puedo dejar de evitarlo, es decir no puedo dejar de fumar. Las personas que siguen fumando después de habérseles explicado los efectos del tabaco lo ven pero no lo sienten, y no lo entienden de verdad; es decir, lo comprenden pero no les duele; como no sienten hoy el dolor que sentirán en el futuro, responden diciendo: “tan largo me lo fiáis”; y como sienten el placer de hoy sin ver en él el dolor de mañana (pues en él está escondido), no son conscientes de lo que hacen.

            Si sintiéramos hoy ese dolor futuro sentiríamos de inmediato el impulso de no fumar, que es un movimiento visceral, doloroso, incontenible y automático que nos sale de dentro: eso es lo que Agustín de Hipona llama voluntad; la voluntad es la motricidad asociada a la sensibilidad, como dos caras de una misma moneda.

            En el reverso del placer está el dolor, pero no vemos el segundo cuando experimentamos el primero: en el placer hay tentación y en el dolor tenemos el castigo; son las dos caras que tiene la funda de la medalla.

            Cuando sentimos en el placer de ahora el dolor de mañana y descubrimos la trampa, es como si tuviésemos una llave: con ella se abre la funda y vemos la moneda en su interior; la sensibilidad que hay en la cara activa la motricidad que hay en la cruz, y el sentimiento mueve (conmueve) nuestro ser: y entonces convierte el sentimiento en voluntad.

            “Voluntad” es la palabra que tiene Agustín de Hipona para traducir el conocimiento de Sócrates, empático y cordial, además de visceral; por eso el voluntarismo no es más que otra forma de decir intelectualismo (en este caso moral). Para obrar bien no basta con conocer el bien, además hay que quererlo; porque querer no es más que la otra cara del sentir, y sentir, a diferencia del conocimiento frío y abstracto, no es más que la auténtica cara del verdadero conocer.


 

 

viernes, 3 de julio de 2020




EL GUARDIA CONVERTIDO EN CAZADOR  


Podría imaginar dos conversaciones distintas entre dos personas: un cliente de un establecimiento comercial y un guardia de seguridad. En una de ellas el guardia le dice: “perdone, señor, sólo está permitido que venga a la compra un miembro por familia; no pueden venir juntos los dos miembros de la pareja”, y el cliente responde: “discúlpeme, no lo sabía; le aseguro que no se volverá a repetir”; ambos se separan como caballeros. Fin del primer acto.
En la segunda conversación el guardia se acerca al cliente con la tienda prácticamente vacía pero, qué casualidad, justo cuando está detrás el único cliente que hay en ese momento; levanta la voz para que la oigan bien en el pueblo de al lado y se reviste de agresividad (que él confunde, seguramente, con autoridad), y con un tono de prepotencia le dice: “¡no está permitido que vengan a la compra dos personas de la misma familia!”; el cliente le responde: “perdone, se lo voy a explicar ahora mismo”, y el guardia levanta más la voz para que se entere todo el mundo: “¡no tengo nada que escuchar, es eso o la policía!”. El cliente que hay detrás se siente incómodo, se remueve, y el que ha sido increpado empieza a sentir vergüenza. “Se lo voy a explicar todo”, insiste, y el guarda insiste, a su vez, redoblando la insolencia: “¡que le he dicho que no tengo nada que escuchar! ¡Le estoy ahorrando seiscientos euros de multa, o me hace caso o llamo a la policía!”. Fin del segundo acto.
El cliente empieza a enfadarse: es mucha soberbia. “Podrían hablarle a uno de otra manera”, se dice, y cuando ha pasado por caja se dirige nuevamente al vigilante: que está a la entrada junto a otra de las cajas con un cajero cobrando. “Querría explicarle…” “¡Que usted a mí no me tiene que explicar nada: se lo explica a la policía!” Por tercera vez se lo ha repetido. El cliente, perplejo, no entiende lo que pasa. Y mientras tanto puede escuchar a sus espaldas al cajero que le dice al guardia: “es que esta gente es así, no hay quien pueda con ellos, no hay manera, joder”. El guardia dice de nuevo: “así están con sus putas máscaras y no lo entenderán hasta que haya un puto muerto en su puta familia”. El cliente, desbordado por tanta desvergüenza, decide hablar con el encargado.
Porque ha ido a la tienda a la hora de comer. Ha ido a esa hora porque sabía que la tienda estaría vacía y así podría evitar las aglomeraciones, y con ellas la posibilidad de contagio. Ha ido con la mascarilla puesta. Y se ha encontrado con aquella falta de discreción porque el único cliente que había en la tienda se ha enterado de que amenazaban con la policía, como si fuera un delincuente. A la salida, hablando de él en tercera persona del plural, para el cajero y el guardia no ha sido una persona sino un individuo, un fuera de la ley: “así son, ya ves, no hay quien pueda con ellos”. Ya he hablado de los malos modos con los que el guardia se ha dirigido al cliente, levantándole la voz como el padre que regaña a su hijo. Y de su negativa a dialogar, a escucharle siquiera, cuando el cliente se quería explicar. 


No está el encargado, hay una chica que momentáneamente ocupa su lugar. El cliente le dice que su mujer ha venido a hacer la compra de la semana, y él la compra del mes. La compra del mes es un carro pesado lleno hasta los topes de botellas de agua, cajas de leche, zumos, aceite, cerveza, maíz, mermelada, tomate… productos no perecederos que, mensualmente (porque pesan mucho) les llevaba a su casa el servicio a domicilio; ahora, con la crisis del coronavirus, ese servicio ha dejado de existir. “Son las normas”, dice la chica, “usted viene y se lleva la compra del día, y luego vuelve otra vez y se lleva la compra del mes”; con lo que tiene que estar cargado como un burro, pasando más tiempo en la tienda como si fuera una condena. A buscar virus, hale, que en la calle no hay bastantes. El cliente lo entiende pero no le parece lógico; lo ve  injusto y absurdo. ¿Va a tener que emplear dos horas en hacer una compra que sólo tarda una hora? Para eso hemos venido a mediodía, cuando sabíamos que estaba la tienda vacía: pensábamos que al evitar las multitudes evitaríamos también el riesgo de contagio”. La letra de la ley prohíbe que vayan dos personas de la misma familia pero por encima de la letra está el espíritu. ¿No han respetado el espíritu de la norma? ¿O es más importante que se hagan las cosas al pie de la letra? ¿Para violentarla luego, como hacen muchos, con la picaresca? La ley se ha hecho para liberar a las personas, no para encadenarlas; encadenarlas a la ley, no a su seguridad (eso es lo que más nos duele). “El sábado se ha hecho para el hombre y no el hombre para el sábado”; lo dijo un tal Jesús de Nazaret.
Pero en una tienda vacía ¿quién ha denunciado a los esposos? Una empleada que hacía la limpieza. Una cámara que había en el garaje. Un guardia. Un cajero. Tanto aparato bélico para cazar a un hombre indefenso. Era una tienda vacía en la que no había casi nadie. Bueno, sí, estaba yo. Una atmósfera de delación convirtiendo a todos en policías de todos. Todos acusaban sin preguntar. Quizá no eran dos esposos, sino dos vecinos que venían en el mismo coche: pero eso no les importaba; “¡que llamo a la policía!” (¡Tenían que ser marido y mujer!). Ése era, para ellos, el diálogo. Alzando la voz. Malas formas, desprecio, indiscreción, violación de la dignidad; sensación de ser culpable mientras no se demuestra lo contrario. Una batería de cañones apuntando en fuego cerrado sobre una mosca. El mundo convertido en coto de caza y el ciudadano pacífico en presa que había que cazar. La caza al inocente. La caza al cliente.
A lo mejor el cliente no conocía la norma. A lo mejor lo primero que tenían que haber hecho era informarle, porque la persona que no está informada habla con la inocencia de los niños y quien peca de no conocer las cosas nunca puede pecar de malo; hace mucho que lo decía Sócrates; aunque esa tienda era claramente antisocrática: porque sus agentes, que eran vigilantes de seguridad, se habían olvidado de la seguridad y se creían sólo vigilantes; debían pensar que todos nacemos malos y nos tenían que tratar, de entrada, como delincuentes; disparando antes de preguntar; confundieron la ayuda con la persecución y transformaron aquella tienda en territorio de caza, iban a pillar: el cliente era una presa a la que había que cazar. Mal apaño tenemos si de tener razón el cliente de repente hemos pasado a convertir la inocencia en culpabilidad.

Artículo aparecido en “El Adelantado de Segovia”, 21 de mayo de 2020.




viernes, 15 de mayo de 2020

A PRIORI Y A POSTERIORI




DICCIONARIO DE FILOSOFÍA:
A PRIORI Y A POSTERIORI
  
          
            Los sofistas eran personas que habían estudiado mucho y sabían, por consiguiente, muchas cosas; su erudición hacía de ellos unos auténticos ilustrados; a los sofistas les debemos la expansión cultural de Atenas durante el siglo de Pericles, aunque ya enseñaban sus conocimientos durante el siglo –VI; porque eran extranjeros y careciendo, por tanto, de derechos políticos, se ganaban la vida dando clases; los sofistas cobraban por enseñar.
            ¿Y qué es enseñar? Meter cosas en la cabeza de los alumnos, llenarla de conocimientos, como el minero llena las vagonetas con el carbón que extrae de las minas. Y eso es lo que hacen los profesores hoy: sueltan sus conocimientos para que los aprendan los alumnos, o, como los alumnos dicen, “sueltan el rollo”; cuando habla uno para que escuchen los demás se dice que está dando un discurso: eso es lo que hacen los profesores de geografía, de historia, de literatura, de biología o de química. El discurso era la herramienta con la que trabajaban los sofistas. Pero ellos, además de enseñar cosas, enseñaban a hablar en público; y también enseñaban cuestiones de moral: hoy decimos que la degeneración de la moral (la moralina) convierte los discursos en sermones o monsergas, y las monsergas, unidas a los discursos aburridos, son rollos. Pues bien, los sofistas procuraban enseñar bien sin soltar rollos. Enseñaban conocimientos, procedimientos y valores.
            Sin embargo Sócrates enseñaba de otra forma. Decía que la mente no era un almacén que teníamos que llenar, sino una facultad dormida que había que despertar; enseñar no era meter conocimientos en la mente de los alumnos sino sacarlos de ella; y lo demostró logrando que un esclavo al que nadie había enseñado nada resolviera por sí solo un problema de geometría; Sócrates, preguntándole cosas, iba guiando su pensamiento hasta que el esclavo solo encontró la respuesta; no se trata de enseñar cosas sino de enseñar a pensar, y eso es lo que hacen los profesores de matemáticas: que en lugar de demostrar teoremas les piden a los alumnos que los demuestren ellos. Esto tiene mucho que ver con el aprendizaje por descubrimiento: en lugar de enseñarles cosas a los alumnos ellos las tienen ellos que descubrir; el profesor ya no es una enciclopedia ambulante que nos enseña lo que sabe: sino un animador y un guía que nos ayuda a aprender. El profesor tiene que hacer las preguntas adecuadas para que el alumno descubra lo que sabe, no confundirlos con sus preguntas (que es lo que hacen quienes “van a pillar”). El arte del maestro ya no es el discurso, como en los sofistas, sino el diálogo; en el diálogo socrático (que se llama mayéutica) el maestro pregunta y el discípulo, después de unas cuantas preguntas, encuentra la respuesta. 


            Platón hacía lo mismo que Sócrates: la dialéctica (o arte del diálogo) pretendía que el discípulo aprendiera solo (eso sí, guiado por el maestro): por eso no escribía tratados, sino diálogos. Aristóteles, por el contrario, hacía lo mismo que los sofistas: era un erudito y enseñaba todo lo que sabía, y lo hacía escribiendo tratados; los tratados son discursos escritos. En matemáticas se enseña a pensar, en geografía se enseñan conocimientos, y la física tiene una parte que es discurso (pues hay que conocer las características de la materia y las leyes que rigen su comportamiento) y otra parte que es mayéutica (cuando el profesor nos pide que deduzcamos fórmulas nuevas de las viejas fórmulas que ya conocemos). La química, la biología, pero también la historia, la geografía o la literatura tienen, junto a los conocimientos que adquirimos, una parte de mayéutica, pues las cosas que aprendemos nos ayudan también a pensar; por ejemplo, conociendo los factores del clima y el lugar donde se encuentra cada pueblo, podemos deducir el clima que hará en cualquier parte del mundo; conociendo los estilos literarios, el lector podrá descubrir la estructura de una novela y la época en que ha sido escrita; y la historia no se conforma con enseñar hechos, también nos pide que entendamos sus causas y consecuencias.
            Empeñado en enseñar cosas, Aristóteles era un observador, y se pasaba la vida estudiando animales, plantas, estrellas y constituciones; Aristóteles era médico. Pero Platón era matemático. ¿Cómo podemos estudiar la zoología? Abriendo puertas y ventanas, abriéndose al mundo, saliendo a la calle, abriendo los ojos y empapándose de lo que vemos. ¿Cómo podemos estudiar matemáticas? Cerrando las ventanas, aislándose uno del mundo, buscar en la mente y ver lo que tiene uno en ella. Aristóteles estudiaba lo que hay fuera, lo que formaba parte de su experiencia, y como “experiencia” se dice en griego “empiría”, lo que descubrimos observando el mundo se dice que son conocimientos empíricos. Pero Platón estudiaba lo que tenemos en la cabeza, esos conocimientos con los que hemos nacido sin que nos los haya enseñado nadie: los conocimientos matemáticos, que sabemos antes de nacer, pero los tenemos dormidos y ahora toca despertarlos, como el gallo nos despierta con su canto: los descubrimientos matemáticos son conocimientos innatos. Si Platón se preocupa por lo innato, Aristóteles se preocupa por lo aprendido. Es la diferencia que hay entre lo que llamamos hoy ciencias formales (matemáticas y lógica) y lo que llamamos ciencias empíricas (todas las demás).
            En la Edad Media la principal preocupación de los estudiosos era demostrar que Dios existe. Unos decían que teníamos a dios dentro de la cabeza y que nadie nos la había enseñado, habíamos nacido con ella; demostrar la existencia de dios no era más que sacarla de nuestro pensamiento, despertarla como nos despierta el gallo, hacerla hablar, como Sócrates hacía hablar a nuestra mente dormida: es lo que hacían Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, vulgarmente conocidos como San Anselmo y San Agustín.
            Tomás de Aquino, por el contrario, quería llegar a dios por medio de la observación de la naturaleza (y seguía, al hacerlo, el camino de Aristóteles). Tener a dios en la cabeza no era saber que dios existe, como saber que alguien llama a la puerta no es saber que quien llama es Pedro. Y si no podemos sacarlo de nuestra cabeza aunque lo tengamos dentro, el único camino que nos queda es observar el mundo y sacar de él al ser que lo había hecho; al mundo se le llamaba “creación” en la Edad Media, y a dios, el creador; nosotros, que formamos parte del mundo, somos sus criaturas. La mayéutica socrática pasa ahora a llamarse demostración propter quid, y la observación aristotélica demostración quia; aunque más lejos que los aristotélicos fueron, en su afán por observarlo todo, los nominalistas; nosotros conocemos a un nominalista famoso: Guillermo de Occam, el protagonista de El nombre de la rosa (pero Umberto Eco le cambió el nombre por el de Guillermo de Barkerville). 


            Ya en el siglo XVII la mayéutica socrática, o dialéctica platónica, que no es otra cosa que el método propter quid de Santo Tomás, la volvemos a encontrar en Descartes; curiosamente Descartes, como Platón, es un amante de las matemáticas; inventó las coordenadas que llevan su nombre, descubrió la geometría analítica y se dedicó a deducir las leyes de la naturaleza en vez de observarlas; pero como este método, que vale para las matemáticas, no vale para la física, se equivocó en casi todo. Los conocimientos innatos a partir de entonces se llamaron a priori, es decir que son anteriores a toda experiencia, los que teníamos ya en la mente antes de que empezáramos a aprender nada: como el principio del tercio excluso.
            Y en el siglo XVIII, con el desarrollo del empirismo inglés (cuyos principales representantes son Locke y Hume), los conocimientos que aprendemos por observación, pasarán a llamarse conocimientos a posteriori: y es que los adquirimos después de nacer, “posteriormente” al nacimiento, en contacto con la experiencia: son los viejos conocimientos empíricos de Aristóteles. Si para el racionalismo cartesiano nuestra mente nace con conocimientos que no pueden venir de ninguna experiencia previa puesto que todavía no hemos nacido, para el empirismo inglés en nuestra mente no hay nada que no hayamos aprendido; y como sólo podemos aprender por los sentidos, un niño que hubiera nacido sin ellos (ciego, sordo, mudo, sin olfato, sin gusto y sin tacto) tendría la mente vacía; esa mente que, según los empiristas, no viene al mundo con ideas anteriores al nacimiento sino que es una tabula rasa, una pizarra vacía, y en ella no hay nada más que lo que vamos escribiendo a lo largo de nuestra vida con la tiza de la experiencia. A diferencia de Descartes, Newton descubrió las leyes de la naturaleza observando, inquiriendo, experimentando: y acertó.
            Ésta es la diferencia que hay entre lo a priori y lo a posteriori: lo innato y lo aprendido, lo pensado y lo memorizado, lo formal y lo empírico, lo platónico y lo aristotélico. Todos los filósofos y científicos se siguen escindiendo entre estas dos corrientes. A título de ejemplo, podemos decir que en la órbita de Platón, y por lo tanto del pensamiento a priori, no encontramos solamente matemáticos sino también científicos; científicos que, o bien hacen experimentos ideales sólo matematizando el mundo, o bien se ven obligados a prescindir de la experiencia porque la parte de la naturaleza que ellos estudian no se puede observar; es lo que pasa con la física cuántica o la teoría de cuerdas, cuyas únicas herramientas son las matemáticas, a falta de poder hacer experimentos; otros científicos platónicos son Copérnico, Kepler, Giordano Bruno, Chomsky o Galileo.
            En cambio Skinner, Pavlov, Bacon, Mendeleiev o Darwin se pueden clasificar como empíricos preocupados por los conocimientos a posteriori, en la medida en que no creen que podamos saber nada acerca del mundo si no es experimentando con él; son, por lo tanto, empíricos aristotélicos y hasta nominalistas. Bertrand Russell, que en una etapa de su vida había sido platónico, acabó sus días abandonando el platonismo. Y buena parte de la física cuántica abrazó un pitagorismo emparentado con Platón. Aunque en Newton el ideal platónico no tuvo más remedio que plegarse, a través del experimento, a la realidad empírica de los hechos, que son tozudos. También le había pasado a Galileo unos años atrás.
  



sábado, 19 de octubre de 2019

A VUELTAS CON SÓCRATES


  

A VUELTAS CON SÓCRATES   


 1. Sócrates.

            Para obrar bien hay que conocer el bien. “Conocer” significa varias cosas:

            a) Saber lo que pasa: a eso lo llamamos tener conciencia. Si yo me doy cuenta de que estoy en clase puedo decir que tengo conciencia de dónde estoy; si por el contrario no me doy cuenta de nada es porque estoy inconsciente (me he dormido, estoy bebido o me he mareado).
            b) Saber lo que debo hacer: a eso lo llamamos tener conciencia moral. Si me doy cuenta de que estoy copiando en un examen y sé que no debo hacerlo, tengo conciencia de dónde estoy pero también tengo conciencia moral; y si robo pero no sé que robar es malo es porque soy un inocente; y si sé que robar es malo y a pesar de todo robo soy un inconsciente. Somos inconscientes porque estamos enfermos (por ejemplo, porque somos psicópatas), o porque nos hemos distraído, o porque nos han educado mal o porque estamos mal acostumbrados.
            Sócrates seguramente se refería a lo segundo: conocer el bien es tener conciencia moral. Aunque también puede entenderse en dos sentidos:
(1) Saber hacer las cosas: son las destrezas adquiridas; saber montar en bicicleta, saber construir un puente, saber escribir. Se trata de conocer los medios necesarios para alcanzar el fin que buscamos (como saber leer y escribir para entender las cartas que nos manda nuestra familia).
(2) Saber qué cosas tenemos que hacer: éste es el conocimiento moral o, como diríamos igualmente, la conciencia moral. Todos tenemos este tipo de conocimiento pero a veces nos distraemos y no nos fijamos cuando hacemos las cosas, por eso Sócrates también decía:

            No existe gente malvada, sino gente ignorante.

            Ser malvado es olvidarse de pensar las cosas antes de hacerlas, perder la costumbre de pensarlas, o no haber sido enseñado de niños para reflexionar sobre todo; tener conciencia moral es sentir en nuestro fuero interno lo bueno y lo malo, con lo que darse cuenta de lo que está bien no es otra cosa que experimentar el goce de hacer el bien o el remordimiento (el arrepentimiento) que sentimos cuando hacemos cosas malas. Conocer es sentir.

2. Agustín de Hipona.

            Para obrar bien no basta con conocer el bien: además hay que quererlo.

            a) La conciencia puede ser de dos tipos: conciencia de lo que pasa y de lo que hacemos (por ejemplo, que estoy fumando) o conciencia de lo que puede pasar (por ejemplo, que si sigo fumando puedo enfermar de los pulmones; a esto último lo llamamos conocer las consecuencias de nuestros actos). Puede ocurrir que yo no conozca esas consecuencias (entonces si fumo es por ignorancia); y que, conociéndolas, siga fumando (porque me parecen tan lejanas que piense que nunca me van a pasar: “¡tan largo me lo fiáis!”, que dice Tirso de Molina): comportarse así es ser inconsciente.


b) La conciencia moral la tenemos cuando tenemos uso de razón; los niños pequeños parece que son inconscientes. Pero también hay inconscientes entre los adultos porque se han acostumbrado a hacer las cosas sin pensarlas, y son brutos; porque no sienten la diferencia entre el bien y el mal, y están enfermos. Hasta los brutos que tienen pocas luces tienen sentimiento moral, y son buenos.
Podemos distinguir, así, entre la inconsciencia perezosa (propia de quien sigue fumando aunque conozca los efectos del tabaco, sólo porque le da pereza dejar de fumar); y la inconsciencia afectiva (propia de quien no siente que algunas cosas están mal, como matar para el psicópata).
¿De cuál de estas dos formas de inconsciencia hablaba Agustín de Hipona? Tener conciencia afectiva es lo mismo que sentir el impulso de hacer el bien, como decía Sócrates: entonces con sólo conocerlo ya tenemos ganas de hacerlo, en eso consiste el instinto de hacer el bien, el instinto moral. Pero la conciencia perezosa no es un instinto, por eso conocer las consecuencias de las cosas no nos da un deseo irrefrenable de obrar bien; y fumamos aunque sepamos que no nos va a hacer bien.
¿De cuál de estas cosas hablaba Agustín de Hipona: de la conciencia perezosa o del instinto moral?

3. La conciencia.

            En resumen, podemos tener conciencia:

1. De lo que pasa (es decir, de los hechos). Estamos conscientes cuando nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor; de lo contrario nos habremos desmayado, o estaremos borrachos, con fiebre, o drogados… en una palabra: estaremos inconscientes.
2. De lo que hacemos (o sea, de nuestros actos). Se trata de todo lo que hacemos de manera consciente: comer, estudiar, pasear, ducharnos, ir al teatro… Como en el caso anterior, estar consciente y sobrio es lo contrario de perder conciencia.
3. De lo que debe pasar (o sea, de las consecuencias de lo que nos pasa y de lo que hacemos). Consecuencias de los hechos: si hay actividad volcánica es señal de que temblará la tierra; si cae algo en un vaso de ácido sulfúrico se disolverá; si llueve olerá después a tierra mojada. Consecuencias de nuestros actos: si nos acostamos tarde nos levantaremos tarde; si le dedicamos demasiado tiempo a los juegos electrónicos no nos quedará tiempo para leer; si cenamos tarde tendremos el sueño pesado; si no miramos donde pisamos nos caeremos. No pensar en las consecuencias es propio de la inconsciencia perezosa: nos resulta más cómodo no pensar.
4. De lo que sabemos hacer (es decir de nuestras capacidades y destrezas). Si somos conscientes de nuestra pericia o nuestra torpeza sabremos en todo momento lo que podemos intentar o no; si no sé que debo protegerme las manos con guantes o quitar los plomos, no será prudente empalmar dos cables para que haya corriente eléctrica; si no sé conducir no será prudente ponerme al volante; si no sé cantar no tendrá sentido meterme en un coro.
5. De lo que debemos hacer (es decir tener conciencia de nuestro deber). Todos tenemos el instinto de hacer las cosas buenas, el instinto de hacer el bien: ayudar al necesitado, desarrollar nuestro potencial, ser felices, llevar una vida placentera sin dejarnos dominar por el placer, ser los dueños de nuestras vidas: a eso lo llamamos tener conciencia moral.


Cuando alguien hace las cosas sin medir sus consecuencias, o hace cosas que no sabe hacer o cosas que no debe, decimos que es un inconsciente; el inconsciente se mete a hacer mal las cosas o a hacer cosas malas; tampoco es previsor, porque no tiene costumbre de ver las cosas antes de que se produzcan (sobre todo cuando esas cosas son consecuencia de sus actos). No es lo mismo estar inconsciente que ser un inconsciente; en el primer caso no nos damos cuenta de las cosas que hacemos ni de las  que nos pasan; y en el segundo no nos damos cuenta de lo que puede ocurrir, ni de que no sabemos hacer bien las cosas ni que no sabemos hacer cosas buenas. Los inconscientes no deben confundirse con los dormidos; y estar dormido es lo mismo que desorientarse, delirar, estar desvanecido o haberse desmayado.

4. Ejemplos.

            Vivimos una época de crisis: crisis económica (desde 2008); crisis política (desde hace unas décadas); crisis cultural y crisis social (sobre todo en los últimos años). Podemos pensar que la razón de la crisis es nuestra inconsciencia; veámoslo con algunos ejemplos.
            James Maddoz estaba consciente y en sus cabales; conocía perfectamente el mundo de la bolsa y se daba cuenta de lo que hacía, pero no midió sus consecuencias; sabía, sí, que ganaría un dinero considerable y eso fue lo que sucedió; sabía también que se hundiría la economía del mundo y eso no le importó: porque le faltaba el instinto moral (actuó, aquí, como el ser inconsciente que era); pero no supo prever que lo encarcelarían ni que acabaría suicidándose, dejándoles a sus hijos una herencia bien penosa; por quererlo todo se quedó sin nada y por perder habrá perdido hasta la vida (y, por supuesto, hasta el honor).
            Donald Trump es consciente de lo que hace y a veces de las consecuencias de sus actos; actúa como si conociera toda la realidad y sólo conoce una mínima parte, y por esa fisura se le escapa buena parte de las consecuencias de lo que hace; sabe también cuáles son las destrezas que maneja y conoce sus capacidades, pero le falta el instinto moral; no tiene olfato, no tiene buen gusto, no tiene el sentimiento de su deber aunque sí lo tiene en lo referido a sus deseos y a su actos; es un egoísta en quien los niveles éticos están muy por debajo de lo que necesita la realidad.
            La gente que no tiene trabajo tiende a pensar que es por culpa del extranjero. Le gustaría cerrar sus fronteras y que no pasara nadie. Ve al de fuera como un enemigo, alguien que va a allanar su morada, que le va a robar en la calle, a quitarle su trabajo, y por quitar, le quita hasta el seguro de desempleo y la asistencia sanitaria. Si viviéramos aislados, si no pasara nadie, si las puertas estuvieran cerradas y nos quedáramos solos: entonces estaríamos protegidos de los de fuera.
            Vienen entonces políticos que levantan vallas. Construyen muros para que no se pueda pasar, alambradas de espino, patrullas de policía, y volvemos a la gran muralla. No nos damos cuenta de que los mismos muros que les impiden a ellos entrar nos impiden salir a nosotros; y nos quedamos solos, sin vecinos y sin amigos, sin poder salir de casa, encerrados entre nuestras cuatro paredes, aislados del mundo, sin poder viajar, cautivos de las puertas que les poníamos a los demás; porque mientras protegíamos nuestro hogar no nos dábamos cuenta de que con tanto muro lo estábamos convirtiendo en nuestra cárcel.


            Vivir seguros, aislados de todos; o vivir comunicados y por consiguiente libres. Ser libre no es ponerse vallas para que no pasen los que, amenazándote, nos van a quitar la libertad. Ser libre es diluir las fronteras para que pasen nuestros vecinos: porque si ven que les damos confianza, lo más normal es que nos la devuelvan; sólo nos quieren atacar quienes se sienten rechazados; aunque también hay, por desgracia, gentes rechazadas por otras y que nos atacan a nosotros; pero si acabamos rechazando a todo el mundo resultará que al final no nos atacarán de vez en cuando unos pocos: nos acabarán atacando todos. Si vamos por el mundo tratando a los demás como malvaos, todos los demás acabarán tratándonos como malvados también; no es lo mismo encerrar los brotes malvados en un mundo de bondad que construir un mundo malo donde quedarán atrapados algunos brotes buenos.
            La gente siente temor en tiempos de crisis. Sus buenos instintos conviven en su alma con el temor de los peligros que producen los tiempos malos. En medio de la gente que siente las cosas sin decidirse entre ellas, hay gente que decide sin sentir o, peor aún, decide habiendo sentido en su vida cosas malas; unos pocos deciden habiendo sentido también cosas buenas: son los líderes; los caudillos, los jefes, los que saben mandar; son las voluntades que guían a quien no tiene mucha voluntad, los guías.
            Los guías pueden movilizar los sentimientos buenos que hay en nosotros: son los buenos líderes, los que tienen conciencia del deber. También los hay que movilizan los bajos instintos que duermen entre la población y son líderes que carecen de conciencia del deber: los que ponen su voluntad al servicio de su pasiones brutas; brutas y, las más de las veces, brutales; esos líderes conectan su sed de poder con el hambre que tienen los pueblos de ser guiados; Atila, Hitler, Moussolini, Lundendorff, Borgia, Almanzor, Calvino, Puigdemont, Trump, Boris Johnson… o Salvini. O Stalin. Muchos de ellos sufrieron de niños y aprendieron a llenar el mundo con los abusos que ellos mismos padecieron: Saddam Husein, el propio Hitler, Franco. El dolor sufrido por culpa ajena lo riegan entre los demás porque es lo único que tienen, lo único que les enseñaron. “Por qué acusarme?”, dice Bécquer; “¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

5. Hacer bien las cosas y hacer cosas buenas.

            Cuando dice Sócrates que para obrar bien hay que conocer el bien ¿a qué tipo de cocimiento se refiere? ¿Es un conocimiento teórico? (No hay que tocar el enchufe con las manos mojadas porque las sales del agua son buenas conductoras de la electricidad). ¿Técnicos? (Para cortar los racimos de uvas hay que tirar del pedúnculo hacia arriba). ¿Se trata, por el contrario, de conocer los principios éticos? (No está bien matar). Los conocimientos teóricos y técnicos se adquieren estudiando, pero los principios éticos se aprenden sin estudio, solo como mirar dentro de sí y ver lo que tenemos escrito dentro. La ciencia y la técnica se aprenden mirando fuera; los principios éticos, mirando dentro; la experiencia como fuente de conocimiento debe ser completada con la conciencia. Ahora bien, la teoría y la técnica se aprenden en la escuela, pero la ética ¿puede también aprenderse en la escuela? No, si lo que se aprende en la escuela procede del mundo exterior.
            Muchos estudiantes están sensibilizados con los problemas medioambientales: y muchos de ellos se olvidan de vivir de acuerdo con esta sensibilidad. Todos sabemos buscar la papelera, pero a la entrada de las escuelas hay muchas papeleras vacías y papeles en el suelo. Hay técnicas para dejar de fumar, pero aunque conocemos los efectos del tabaco, nos falta fuerza de voluntad para usarlas. Y sabemos también que copiar en los exámenes es desleal e insolidario, pero resulta más cómodo copiar que estudiar. El mundo no echará a andar correctamente mientras no aprendamos a comportarnos con corrección; es decir según nuestros principios, no según nuestros deseos (los principios son los deseos del espíritu; los llamados deseos, deseos del cuerpo; los primeros son en sí mismos fuerza de voluntad; los segundos, voluntad dormida cuando vislumbramos la sombra de los primeros); el desarrollo sostenible viene de quienes, pensando globalmente, son capaces de actuar localmente; y esa capacidad sólo la tienen quienes saben lo que está escrito en su corazón, lo mismo que en su cerebro; y quienes, sabiéndolo, saben también cómo hay que hacerlo; pero saber cómo hay que hacer las cosas no sirve de nada si no sabemos qué cosas tenemos que hacer; y eso es imposible sin mirar dentro de nosotros, puesto que hay gente que no puede mirar porque tiene tapados los orificios por donde salen las cosas buenas que tenemos dentro.


6. Consecuencias para la enseñanza de la moral.

            Para estar consciente hace falta estar despierto; despierto de cuerpo (que es lo que comúnmente se entiende por estado de vigilia); y despierto mentalmente (o sea, aparte de no estar dormido, eso significa no estar alterado, drogado ni bebido). A eso lo llamamos tener conciencia, y es necesario para tener conciencia moral, pero no es suficiente; tener conciencia moral es otra cosa.
            Ser un inconsciente es lo contrario de ser responsable. Una persona responsable se adelanta a los acontecimientos leyéndolos antes de que ocurran; ve en las cosas que ocurren (nubes bajas, viento, pájaros que vuelan bajo) signos de lo que va a suceder (lluvia). Pero también se preocupa de prever las consecuencias de sus actos (si robo, violo los derechos de otro y me pueden meter en la cárcel). Y le preocupa sobre todo si sus propios actos son buenos o malos (es decir, le debería preocupar más faltarles al respeto a los demás que ir a la cárcel).
            Uno aprende a leer en la naturaleza conociéndola y estudiándola; nos sirven para ello la experiencia y la enseñanza; es necesaria la enseñanza para ampliar nuestra experiencia, como un buen complemento del aprendizaje.
            Uno aprende a cambiar la naturaleza teniendo ideas propias y aprendiendo tecnología y matemáticas; la creatividad se desarrolla hasta que se topa con unos límites; para desarrollarla más hacen falta las escuelas técnicas, aunque ya se empiezan a aprender cosas en la enseñanza general, tanto en la escuela media como en la escuela secundaria.
            Pero es más difícil aprender en la escuela el sentido del deber. El deber es un sentimiento que procede, en parte, de las cosas que sabemos, pero sobre todo de nuestros sentimientos anteriores; la conciencia moral es semejante a un átomo cuya atmósfera electrónica se configura en sociedad, pero su núcleo está en el corazón, y ese corazón viene ya prefigurado antes de ir a la escuela; Hitler aprendió a pintar, pero el escaso valor que les dieron en Viena a sus pinturas no hizo de él un ser rencoroso, sino el sufrimiento que había vivido en su casa, lo mismo que le pasaba a Franco; los sucesivos dictadores norcoreanos se volvieron implacables porque los acostumbraron desde niños a que era bueno imponer su voluntad sagrada; los incas creían natural matar a toda la familia de su adversario, como hizo Atahualpa con Huáscar, eliminando a las más de mil personas que constituían su panaca y bebiendo, sin ningún tipo de remordimiento, en el cráneo vaciado de su hermano. Octavio Augusto tampoco tuvo remordimiento en sembrar de crucificados los caminos que llevaban a Roma; y los talibanes más crueles fueron aquellos niños desamparados, huérfanos de la guerra, que habían sido recogidos en las madrasas; los mismos que, en manos de maestros fanáticos (niños desamparados igual que ellos), comieron un trozo de pan y tuvieron un sitio donde dormir a cambio de aprender el Corán y perforar con dios su corazón vacío: vaciándolo de cualquier sentimiento de compasión o misericordia.
            La educación moral puede dar forma al sentimiento del deber, pero no puede crear ese sentimiento. Ese sentimiento germina en el corazón de los niños que han sufrido privaciones y excesos; la privación del abandono y la desolación; el exceso de poder que han recibido desde que nacieron, y que tapó, probablemente para siempre, su capacidad de amar y respetar a sus semejantes.
            En otras palabras, la conciencia moral no se crea, pero se desarrolla. La escuela puede esculpirla con bellas formas en quienes ya la tienen, pero no puede inocularla en quienes carecen de ella: unos porque están enfermos (como los que son psicópatas)  y otros porque han cegado sus sentimientos desde su más tierna infancia (ya sabemos que lo primero que aprendemos queda grabado en nuestro corazón con tinta indeleble: como los patos de Lorenz).
            Educar la conciencia moral es tarea imposible si no se viene a clase con una conciencia embrionaria; por eso Platón no pudo hacerlo con el hijo del tirano de Siracusa. Hay, en quienes han sufrido, corazones capaces de amar a pesar de todo y por eso tienen suerte; pero la mayoría han sentido cegarse en ellos los poros del corazón y ya no pueden cambiar aunque quieran. Es como el alfarero, que sólo puede moldear la arcilla tierna; con la arcilla seca ya no puede hacer nada. Para esculpir el granito hace falta cincel y martillo y el escultor puede romper, voluntariamente o por error, el granito dándole un mal golpe en un lugar donde ya no es posible rectificarlo; tampoco puede cincelar nada donde los detalles esenciales de la figura tenían que surgir de las partes del granito que estaban rotas. Las familias pueden cuidar el granito o romperlo. Luego la escuela lo cincela. Y ninguna escuela puede cincelar la conciencia moral de los niños, si sus familias han roto irremediablemente el material del que estaban hechos sus sentimientos.




viernes, 14 de diciembre de 2018

DOS FORMAS DE EDUCAR



DOS FORMAS DE EDUCAR
(ENTRE LA MAYÉUTICA Y LA CULTURA)
  

            Se prepara mejor un viaje cuando conocemos la geografía de los lugares por los que queremos pasar; es más rápido cuantos más detalles tenemos en la cabeza de nuestro trayecto; qué otras cosas hay cerca de donde queremos ir, por qué caminos nos podemos desviar, cuándo vale la pena apartarse de la autopista y viajar por carreteras secundarias… También es más fácil pensar adónde queremos ir si tenemos el conocimiento de muchos lugares entre los que elegir; si apenas conocemos nada nos veremos obligados a buscar bibliografía al azar, sin ningún criterio; con el riesgo de tardar mucho en encontrar un destino que encaje con nuestros gustos, con nuestras posibilidades, sabiendo que cambiamos de clima si cambiamos de hemisferio, qué ropa nos tenemos que poner según adonde vayamos, qué medidas sanitarias tenemos que tomar, si hay alimentos que nos gustan o agua potable… También corremos el riesgo, si apenas sabemos cosas de geografía, de ir adonde han ido otros, después de que se nos hayan abierto los ojos al oír el relato de sus viajes.
            También conviene que sepamos cosas de historia; para entender por qué sucede lo que sucede en cada país; por qué insisten los catalanes en conseguir la independencia, a qué se agarran los judíos para quitarles las tierras a los palestinos, con qué se justifican los vascos para atacar y sentirse después víctimas de las gentes a las que atacan; y por qué entre los sudamericanos se ataca tanto a España por haber descubierto su continente. De gastronomía también hay que conocer cosas; y de biología; para saber qué ingredientes debe tener una buena comida, qué debemos hacer para que esté rica, cuándo debemos limitar nuestro consumo de sal, por qué hay que cuidarse mucho con las grasas… Y no sólo nosotros: también los animales a los que cuidamos.
            Siempre es conveniente conocer y dominar la ortografía. Escribir sin faltas, manejar bien la sintaxis para que nos entiendan, conocer el léxico adecuado, los giros de cada sitio, no emplear las palabras en los lugares que no son los idóneos… De que sepamos hablar y escribir correctamente depende a veces que encontremos trabajo; o que nos entiendan nuestros interlocutores: no es lo mismo cábila que cavila, dónde que donde, baca que vaca; y no es lo mismo escribir “la pérdida de tu mujer” que “la perdida de tu mujer”. A veces han surgido conflictos por no haber sabido entender lo que nos decían, o por no haber sabido expresarlo.
            Conocer la historia de la música nos habilita para disfrutarla mejor; y para elegir en cada momento lo que a nuestro espíritu le apetece escuchar; conocer las distintas corrientes musicales es sentir todas las sensibilidades, compararlas y entender los sentimientos de los autores, y no menospreciar lo que no nos gusta, cuando sabemos que es bueno, y no despreciar lo que ignoramos, cuando valoramos cosas de poco valor porque no sabemos que hay cosas más valiosas, y hasta nos gustarían quizá si las conociéramos. Conocer la literatura también nos ayuda a disfrutar más de los libros que leemos, a elegirlos mejor según nuestro estado de ánimo, a entender lo que nos dicen, a comprender, detrás de la historia, su mensaje, criticarlos si no están bien escritos, aunque sean de Víctor Hugo, de Galdós o de Cervantes; y a apreciar formas arcaicas de contar cosas para disfrutar con el Potemkin en vez de Torrente, con Tchaikovsky en vez del disco o el tecno, no tanto con los culebrones como los relatos importantes.
            Hay que saber muchas cosas para enriquecer nuestra vida; adquirir muchos conocimientos para que nuestras experiencias sean fecundas, empaparse del mundo que nos rodea para admirar su belleza, aprovechar sus descubrimientos y protegernos de sus agresiones. Hay que aprender biología cuando no somos biólogos, psicología, arte, sociología, política, gastronomía, idiomas, cultura clásica, saber de todo aunque sólo nos especialicemos en una cosa; saber matemáticas aunque no seamos matemáticos, conocer las culturas de los demás sin tener que abandonar la nuestra, conocer la religión aunque seamos ateos, conocer el pensamiento de los ateos aunque seamos creyentes, y comprender a los unos y a los otros aunque seamos escépticos o agnósticos. Saber de todo, sembrar en nuestra mente conocimientos nuevos, plantar las semillas del mundo que nos rodea para que crezcan en ella. Adquirir sabiduría es la mejor forma de aprender: lo decían los sofistas.


            ¿Pero de qué nos sirve saber cosas si no las entendemos? La erudición no consiste en acumular datos, sino en reflexionar sobre ellos, analizarlos, criticarlos. Aprender cosas sin entenderlas es como comer sin digerir, tragar sin masticar, ahogarse, no tener criterio propio entre las masas de datos. Lo importante no es saber: es saber pensar. Lo importante no es adquirir conocimientos, sino sacarlos de dentro de nosotros; que el maestro no demuestre los teoremas sino que obligue al discípulo a demostrarlos; lo importante no es aprender cosas sino descubrirlas; porque esos conocimientos están ya en nuestra mente y sólo tenemos que ayudar a sacarlos fuera, y por eso el maestro es, más que el que alimenta nuestra mente, quien la despierta; si aprender es dar a luz de lo que tenemos dentro, el aprendizaje no es nutrición sino parto; más que comer cosas de fuera tenemos que sacarlas de nosotros, y el maestro es como la comadrona, es el partero del espíritu.
            Eso lo decía Sócrates. No se  trataba de que el maestro nos diera conocimientos como el pájaro alimenta a sus polluelos; se trata de que el maestro nos ayude a sacarlos porque esos conocimientos ya los tenemos dentro. ¿Para qué aprender mal lo que otros saben en lugar de descubrir con fecundidad lo que sabemos ya, pero no sabemos que lo sabemos? ¿No es preferible hablar con voz propia antes que repetir lo que otros saben y convertirnos en sus ecos? Somos como la lira de Bécquer:

   ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

            Somos como liras llenas de cuerdas. Cuerdas que apenas han vibrado y esperamos que llegue un maestro que sepa pulsarlas: para arrancar los sonidos que estaban allí, pero estaban dormidas, no habían sonado nunca porque nadie había venido a despertarlos. Observemos que el maestro no pone las notas en la lira; esas notas ya estaban en ella como un niño en gestación, sólo había que ayudarles a nacer.


            La enseñanza de los sofistas se parecía más bien a la guitarra del mesón. Así lo decía Machado:

   Guitarra del mesón
que hoy suenas jota,
mañana petenera,
según quien llega y tañe
las empolvadas cuerdas.

            La música de la guitarra no le sale de dentro: la pone el músico que arranca sus notas. La melodía no está en la guitarra sino en la cabeza del músico; por eso le dice Machado a la guitarra: “no fuiste nunca, ni serás, poeta”. Porque para ser poeta no basta con hacerle eco a la música que ponen otros en ti: tienes   que hablar tú con tu propia voz, sí, pero también con tu música; la voz la pone la guitarra, pero la canción la pone quien la toca. Tampoco la lira de Bécquer tenía dentro la melodía; sólo tenía, para que esa música se oyera, la vibración de sus cuerdas.
            Sacar conocimiento de dentro es ayudar al parto; al parto del espíritu: “mayéutica”, en griego. Pero la mayéutica sólo se puede aplicar a las matemáticas; y a la lógica. Intenta conseguir que tu alumno demuestre un teorema y es posible que lo consigas. Pero no intentes que saque de su cabeza dónde está París sin aprenderlo de su maestro ni sacarlo de los relatos, los viajes y los libros: no lo conseguirá nunca. Intenta aplicar la lógica para deducir el clima de Italia si no conoces su latitud, su altitud, y las corrientes marinas que la rodean: no lo conseguirá nunca.
            Y es que la enseñanza no está ni en Sócrates ni en los sofistas: está en los dos, conjugados a un tiempo. Si aprendes cosas pero no las sabes razonar, eres como un loro que repite cosas sin entenderlas. Y si aprendes a pensar pero no tienes en que aplicar tu pensamiento, serás como un horno perfectamente programado, pero sin carne para hornear. La lógica es como una red que la araña saca de sí misma: la lógica es la telaraña del espíritu. Y la cultura es como las moscas que quedan atrapadas en la telaraña: la cultura es el alimento del espíritu. Sólo que, a diferencia de la araña, las redes del espíritu no sirven para enredar, sino para ayudar. La mayéutica sirve para tañer las cuerdas de la lira, de la guitarra, para sacar las notas que duermen en ella; y la cultura, como erudición, sirve para ponerles melodía a estas notas que sacamos de allí. Enseñar es introducir cosas en la mente del discípulo sacando de ella la inteligencia que sirve para digerirlas; pero poner conocimiento sin despertar las redes del alma haciendo que sus cuerdas vibren es tragar, tragar y tragar, sin que ninguna enseñanza nos alimente. La verdadera enseñanza debe despertar las redes de la inteligencia para entender las cosas y hacerlas vibrar para sentirlas. Pero no es sólo pensar lo que tiene que enseñar la escuela: no sirve de nada si al mismo tiempo no nos enseña a sentir lo que se piensa. La verdadera enseñanza (despertar al dormido) es hacer vibrar las cuerdas de la guitarra y de la lira; pero también (mirar el mundo antes y después de haberlo soñado) es tocar con el alma la melodía que nos enseña el maestro: para que luego podamos nosotros componer nuestras propias canciones. Sócrates y los sofistas a la vez. Conocimiento con sensibilidad. Cultura con mayéutica.