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viernes, 25 de septiembre de 2020

 

 

LA NATURALEZA HUMANA

 


-He pensado que al nacer todos somos como los coches. Venimos al mundo con las mismas capacidades, pero unos las tienen más limitadas y otros menos; igual que los coches tienen más o menos caballos dependiendo del modelo que sean. La naturaleza nos ha hecho iguales porque todos somos coches, pero no todos somos de la misma marca; y aun siendo de la misma marca, no todos somos del mismo modelo, de fábrica.

Luis se hallaba sumido en una meditación profunda.

-Sigue.

-También hay coches potentes que han perdido fuerza con el tiempo. Con la edad. A nosotros nos pasa lo mismo, cuando envejecemos perdemos facultades.

-Hm… Habría una psicología de la esencia, que se ocupa de cómo podemos ser al nacer; y una psicología de la existencia, que se ocuparía de la evolución de nuestras facultades por el mundo, de cómo se pueden desarrollar o atrofiar dependiendo de la educación que reciban; y de cómo se pueden deteriorar o potenciar con el paso de los años.

-A la primera pertenecerían todas las tipologías de la personalidad; todas las caracterologías; y la relación entre determinismo y libertad.

-Así es. Libertad es lo que yo puedo hacer con lo que la naturaleza me ha dado. No es realizar deseos que no correspondan a mis posibilidades.

-Y a la segunda pertenecerían todas las psicologías de la edad, de las experiencias ambientales, del desarrollo; que también plantearían una libertad condicionada.

-Libertad sería, aquí, lo que dice Sartre: lo que yo puedo hacer con lo que han hecho de mí.

Luis gemía alargando una m con la boca cerrada.

-Hmm… Claro.

-Pero –dijo Luis, corrigiéndose de repente- es muy peligroso embarcarse en una psicología de la esencia. Podríamos acabar clasificándonos en seres superiores y seres inferiores, desembocando en darwinismos excluyentes e incurriendo en el racismo.

-Ya. Eso puede ser pero que muy, muy peligroso.

-La única opción sería admitir que hay inteligencias múltiples, sensibilidades múltiples, múltiples formas de ser; unas no son superiores a otras, sino que desarrollan, a niveles equivalentes, distintos modos de existir. Las pérdidas de grado, como de casta o naturaleza (Juan se acordaba de Calipso y de Circe) no se deberían a la naturaleza misma, sino al tipo de educación que hayamos recibido: no haría lo mismo de nosotros una educación socrática que una educación de Heathcliff.

-Sí, desde luego. Aunque también la naturaleza podría traer piezas falladas. Un síndrome de Down, por ejemplo.

Juan se hallaba sumido en una profunda perplejidad. Su cabeza lo obligaba a admitir todas esas posibilidades, pero su corazón (Luis) se rebelaba contra ellas.

 

 

            La naturaleza humana era una fábrica de coches. Pero también un juego de cartas. Todos estábamos hechos de lo mismo (espadas, copas, oros, bastos), pero no robábamos del mazo las mismas cartas. Todos robábamos tres, o siete, según el juego que fuera; pero unos tenían más copas, otros más oro y menos espadas, y aun teniendo varias cartas del mismo palo, unos tenían el 7 y otros tenían el as. Sí, todos estábamos hechos de lo mismo; pero no teníamos de todo en las mismas proporciones. Todo está en todo: eso mismo dijo Anaxágoras; nosotros estamos hechos de tres semillas, tres palos: la inteligencia, los afectos y la voluntad; con ellos construimos los pensamientos; la voluntad está hecha de libertad; la inteligencia y los afectos, de condiciones (como los nucleones están hechos de quarks). Nacemos cuando la naturaleza nos da siete cartas, por lo que algunos palos pueden estar repetidos; y las cartas que nos tocan de cada palo pueden ser más afortunadas o serlo menos; ésa es la dotación con que venimos a la vida.

            -Somos como un arpa –dijo Luis-. No somos notas, pero las podemos producir porque estamos hechos de cuerdas. Hay, decía Bécquer, mucha nota dormida en tus cuerdas: “como el pájaro duerme en las ramas”; esperando al maestro, al músico, la mano “que sabe arrancarlas”. Para tocar hace falta un músico, un buen maestro; pero sin arpa no habría música: nosotros somos el arpa.

            -El maestro no nos enseñaría sentimientos si nosotros no fuéramos capaces de sentirlos.

            -Ni nos enseñaría cosas si no fuéramos capaces de aprenderlas.

            -De reconocerlas en nosotros.

            -Ni nos podría enseñar pensamientos si no fuéramos capaces de pensarlos.

            -Ni, por último, podría enseñarnos a manejar la voluntad si nosotros no tuviéramos, en nuestra propia fuerza de voluntad, un instrumento.

            -Eso es mayéutica: sacar de ti lo que tienes dentro.

            -Sacar a la luz los tesoros que guardas. Y dejar dentro, enterrados, los desechos, las basuras, lo que más puede estorbarnos.

            Dijo entonces Luis descubriendo una luz en sus ideas:

            -¡Sócrates se había equivocado! Creía que sólo podíamos fabricar pensamientos, como el esclavo de Menon que dibuja, en la cera prefigurada del espacio abstracto, la relación de la diagonal del cuadrado con respecto a su superficie; Sócrates saca afuera su capacidad de pensar, y lo hace tendiéndole puentes por donde encontrar caminos.

            -¿Y en qué se equivocó Sócrates?

            -En que se olvidaba de que también podíamos fabricar conocimientos. La información que le da el maestro, como cualquier otra información que nos viene del entorno, dibuja, en la cera prefigurada de nuestra mente, formas compatibles con ellas y con ella; la figura es similar a lo prefigurado, y por eso la podemos asimilar; aprender cosas es, verdaderamente, digerir la realidad: asimilar el mundo exterior para convertirlo en nuestro propio nutriente. Si sacar cosas es desarrollar nuestra inteligencia, asimilarlas es también desarrollar nuestra memoria; también podemos sacar estos recuerdos desarrollando nuevamente nuestra inteligencia, y nuestra imaginación.

            -Y todo eso es mayéutica.

            -Claro; pulsar nuestras fibras sensibles para sacar las notas que duermen en ellas.

            A Juan le picó la curiosidad.

            -Desarrollar tus capacidades es aprender: ejercitar la inteligencia, la memoria, la fantasía.

            -Claro. Para despertar una cuerda dormida y arrancarle notas hace falta pulsarla; estimularla, hacerla vibrar, introducirle datos. Unas veces introduces un problema que excita su curiosidad, sus ganas de resolverlo; otras introduces una solución que, excitando también su curiosidad, le dan ganas de seguir preguntando.

            -¿Y qué consigues con eso?

            -¿Con qué?

            -Con excitar las facultades que tienes.

            -Ser feliz.

            -¿Cómo?

            -Uno es feliz ejercitando sus propias capacidades. Como si fueran moldes para fabricar cosas. Y cuantas mejores cosas fabricamos, más felices somos fabricándolas.

            -Eso decía Aristóteles.

            -Exactamente. No basta con tener buenas facultades, además hay que emplearlas bien. Y así, haciendo las cosas que se nos dan mejor, somos más felices. Aristóteles llamaba virtud a la costumbre de hacer bien las cosas. Y cuanto mejor las hacemos mejor nos sentimos. La virtud, el esfuerzo por el trabajo bien hecho, está conectado con la felicidad; una actividad plena refuerza nuestra plenitud; el bien hacer incrementa nuestro bienestar y una persona plena, y realizada, desarrolla plenamente todas las potencias de su ser. 



 

viernes, 15 de mayo de 2020

A PRIORI Y A POSTERIORI




DICCIONARIO DE FILOSOFÍA:
A PRIORI Y A POSTERIORI
  
          
            Los sofistas eran personas que habían estudiado mucho y sabían, por consiguiente, muchas cosas; su erudición hacía de ellos unos auténticos ilustrados; a los sofistas les debemos la expansión cultural de Atenas durante el siglo de Pericles, aunque ya enseñaban sus conocimientos durante el siglo –VI; porque eran extranjeros y careciendo, por tanto, de derechos políticos, se ganaban la vida dando clases; los sofistas cobraban por enseñar.
            ¿Y qué es enseñar? Meter cosas en la cabeza de los alumnos, llenarla de conocimientos, como el minero llena las vagonetas con el carbón que extrae de las minas. Y eso es lo que hacen los profesores hoy: sueltan sus conocimientos para que los aprendan los alumnos, o, como los alumnos dicen, “sueltan el rollo”; cuando habla uno para que escuchen los demás se dice que está dando un discurso: eso es lo que hacen los profesores de geografía, de historia, de literatura, de biología o de química. El discurso era la herramienta con la que trabajaban los sofistas. Pero ellos, además de enseñar cosas, enseñaban a hablar en público; y también enseñaban cuestiones de moral: hoy decimos que la degeneración de la moral (la moralina) convierte los discursos en sermones o monsergas, y las monsergas, unidas a los discursos aburridos, son rollos. Pues bien, los sofistas procuraban enseñar bien sin soltar rollos. Enseñaban conocimientos, procedimientos y valores.
            Sin embargo Sócrates enseñaba de otra forma. Decía que la mente no era un almacén que teníamos que llenar, sino una facultad dormida que había que despertar; enseñar no era meter conocimientos en la mente de los alumnos sino sacarlos de ella; y lo demostró logrando que un esclavo al que nadie había enseñado nada resolviera por sí solo un problema de geometría; Sócrates, preguntándole cosas, iba guiando su pensamiento hasta que el esclavo solo encontró la respuesta; no se trata de enseñar cosas sino de enseñar a pensar, y eso es lo que hacen los profesores de matemáticas: que en lugar de demostrar teoremas les piden a los alumnos que los demuestren ellos. Esto tiene mucho que ver con el aprendizaje por descubrimiento: en lugar de enseñarles cosas a los alumnos ellos las tienen ellos que descubrir; el profesor ya no es una enciclopedia ambulante que nos enseña lo que sabe: sino un animador y un guía que nos ayuda a aprender. El profesor tiene que hacer las preguntas adecuadas para que el alumno descubra lo que sabe, no confundirlos con sus preguntas (que es lo que hacen quienes “van a pillar”). El arte del maestro ya no es el discurso, como en los sofistas, sino el diálogo; en el diálogo socrático (que se llama mayéutica) el maestro pregunta y el discípulo, después de unas cuantas preguntas, encuentra la respuesta. 


            Platón hacía lo mismo que Sócrates: la dialéctica (o arte del diálogo) pretendía que el discípulo aprendiera solo (eso sí, guiado por el maestro): por eso no escribía tratados, sino diálogos. Aristóteles, por el contrario, hacía lo mismo que los sofistas: era un erudito y enseñaba todo lo que sabía, y lo hacía escribiendo tratados; los tratados son discursos escritos. En matemáticas se enseña a pensar, en geografía se enseñan conocimientos, y la física tiene una parte que es discurso (pues hay que conocer las características de la materia y las leyes que rigen su comportamiento) y otra parte que es mayéutica (cuando el profesor nos pide que deduzcamos fórmulas nuevas de las viejas fórmulas que ya conocemos). La química, la biología, pero también la historia, la geografía o la literatura tienen, junto a los conocimientos que adquirimos, una parte de mayéutica, pues las cosas que aprendemos nos ayudan también a pensar; por ejemplo, conociendo los factores del clima y el lugar donde se encuentra cada pueblo, podemos deducir el clima que hará en cualquier parte del mundo; conociendo los estilos literarios, el lector podrá descubrir la estructura de una novela y la época en que ha sido escrita; y la historia no se conforma con enseñar hechos, también nos pide que entendamos sus causas y consecuencias.
            Empeñado en enseñar cosas, Aristóteles era un observador, y se pasaba la vida estudiando animales, plantas, estrellas y constituciones; Aristóteles era médico. Pero Platón era matemático. ¿Cómo podemos estudiar la zoología? Abriendo puertas y ventanas, abriéndose al mundo, saliendo a la calle, abriendo los ojos y empapándose de lo que vemos. ¿Cómo podemos estudiar matemáticas? Cerrando las ventanas, aislándose uno del mundo, buscar en la mente y ver lo que tiene uno en ella. Aristóteles estudiaba lo que hay fuera, lo que formaba parte de su experiencia, y como “experiencia” se dice en griego “empiría”, lo que descubrimos observando el mundo se dice que son conocimientos empíricos. Pero Platón estudiaba lo que tenemos en la cabeza, esos conocimientos con los que hemos nacido sin que nos los haya enseñado nadie: los conocimientos matemáticos, que sabemos antes de nacer, pero los tenemos dormidos y ahora toca despertarlos, como el gallo nos despierta con su canto: los descubrimientos matemáticos son conocimientos innatos. Si Platón se preocupa por lo innato, Aristóteles se preocupa por lo aprendido. Es la diferencia que hay entre lo que llamamos hoy ciencias formales (matemáticas y lógica) y lo que llamamos ciencias empíricas (todas las demás).
            En la Edad Media la principal preocupación de los estudiosos era demostrar que Dios existe. Unos decían que teníamos a dios dentro de la cabeza y que nadie nos la había enseñado, habíamos nacido con ella; demostrar la existencia de dios no era más que sacarla de nuestro pensamiento, despertarla como nos despierta el gallo, hacerla hablar, como Sócrates hacía hablar a nuestra mente dormida: es lo que hacían Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, vulgarmente conocidos como San Anselmo y San Agustín.
            Tomás de Aquino, por el contrario, quería llegar a dios por medio de la observación de la naturaleza (y seguía, al hacerlo, el camino de Aristóteles). Tener a dios en la cabeza no era saber que dios existe, como saber que alguien llama a la puerta no es saber que quien llama es Pedro. Y si no podemos sacarlo de nuestra cabeza aunque lo tengamos dentro, el único camino que nos queda es observar el mundo y sacar de él al ser que lo había hecho; al mundo se le llamaba “creación” en la Edad Media, y a dios, el creador; nosotros, que formamos parte del mundo, somos sus criaturas. La mayéutica socrática pasa ahora a llamarse demostración propter quid, y la observación aristotélica demostración quia; aunque más lejos que los aristotélicos fueron, en su afán por observarlo todo, los nominalistas; nosotros conocemos a un nominalista famoso: Guillermo de Occam, el protagonista de El nombre de la rosa (pero Umberto Eco le cambió el nombre por el de Guillermo de Barkerville). 


            Ya en el siglo XVII la mayéutica socrática, o dialéctica platónica, que no es otra cosa que el método propter quid de Santo Tomás, la volvemos a encontrar en Descartes; curiosamente Descartes, como Platón, es un amante de las matemáticas; inventó las coordenadas que llevan su nombre, descubrió la geometría analítica y se dedicó a deducir las leyes de la naturaleza en vez de observarlas; pero como este método, que vale para las matemáticas, no vale para la física, se equivocó en casi todo. Los conocimientos innatos a partir de entonces se llamaron a priori, es decir que son anteriores a toda experiencia, los que teníamos ya en la mente antes de que empezáramos a aprender nada: como el principio del tercio excluso.
            Y en el siglo XVIII, con el desarrollo del empirismo inglés (cuyos principales representantes son Locke y Hume), los conocimientos que aprendemos por observación, pasarán a llamarse conocimientos a posteriori: y es que los adquirimos después de nacer, “posteriormente” al nacimiento, en contacto con la experiencia: son los viejos conocimientos empíricos de Aristóteles. Si para el racionalismo cartesiano nuestra mente nace con conocimientos que no pueden venir de ninguna experiencia previa puesto que todavía no hemos nacido, para el empirismo inglés en nuestra mente no hay nada que no hayamos aprendido; y como sólo podemos aprender por los sentidos, un niño que hubiera nacido sin ellos (ciego, sordo, mudo, sin olfato, sin gusto y sin tacto) tendría la mente vacía; esa mente que, según los empiristas, no viene al mundo con ideas anteriores al nacimiento sino que es una tabula rasa, una pizarra vacía, y en ella no hay nada más que lo que vamos escribiendo a lo largo de nuestra vida con la tiza de la experiencia. A diferencia de Descartes, Newton descubrió las leyes de la naturaleza observando, inquiriendo, experimentando: y acertó.
            Ésta es la diferencia que hay entre lo a priori y lo a posteriori: lo innato y lo aprendido, lo pensado y lo memorizado, lo formal y lo empírico, lo platónico y lo aristotélico. Todos los filósofos y científicos se siguen escindiendo entre estas dos corrientes. A título de ejemplo, podemos decir que en la órbita de Platón, y por lo tanto del pensamiento a priori, no encontramos solamente matemáticos sino también científicos; científicos que, o bien hacen experimentos ideales sólo matematizando el mundo, o bien se ven obligados a prescindir de la experiencia porque la parte de la naturaleza que ellos estudian no se puede observar; es lo que pasa con la física cuántica o la teoría de cuerdas, cuyas únicas herramientas son las matemáticas, a falta de poder hacer experimentos; otros científicos platónicos son Copérnico, Kepler, Giordano Bruno, Chomsky o Galileo.
            En cambio Skinner, Pavlov, Bacon, Mendeleiev o Darwin se pueden clasificar como empíricos preocupados por los conocimientos a posteriori, en la medida en que no creen que podamos saber nada acerca del mundo si no es experimentando con él; son, por lo tanto, empíricos aristotélicos y hasta nominalistas. Bertrand Russell, que en una etapa de su vida había sido platónico, acabó sus días abandonando el platonismo. Y buena parte de la física cuántica abrazó un pitagorismo emparentado con Platón. Aunque en Newton el ideal platónico no tuvo más remedio que plegarse, a través del experimento, a la realidad empírica de los hechos, que son tozudos. También le había pasado a Galileo unos años atrás.
  



viernes, 14 de diciembre de 2018

DOS FORMAS DE EDUCAR



DOS FORMAS DE EDUCAR
(ENTRE LA MAYÉUTICA Y LA CULTURA)
  

            Se prepara mejor un viaje cuando conocemos la geografía de los lugares por los que queremos pasar; es más rápido cuantos más detalles tenemos en la cabeza de nuestro trayecto; qué otras cosas hay cerca de donde queremos ir, por qué caminos nos podemos desviar, cuándo vale la pena apartarse de la autopista y viajar por carreteras secundarias… También es más fácil pensar adónde queremos ir si tenemos el conocimiento de muchos lugares entre los que elegir; si apenas conocemos nada nos veremos obligados a buscar bibliografía al azar, sin ningún criterio; con el riesgo de tardar mucho en encontrar un destino que encaje con nuestros gustos, con nuestras posibilidades, sabiendo que cambiamos de clima si cambiamos de hemisferio, qué ropa nos tenemos que poner según adonde vayamos, qué medidas sanitarias tenemos que tomar, si hay alimentos que nos gustan o agua potable… También corremos el riesgo, si apenas sabemos cosas de geografía, de ir adonde han ido otros, después de que se nos hayan abierto los ojos al oír el relato de sus viajes.
            También conviene que sepamos cosas de historia; para entender por qué sucede lo que sucede en cada país; por qué insisten los catalanes en conseguir la independencia, a qué se agarran los judíos para quitarles las tierras a los palestinos, con qué se justifican los vascos para atacar y sentirse después víctimas de las gentes a las que atacan; y por qué entre los sudamericanos se ataca tanto a España por haber descubierto su continente. De gastronomía también hay que conocer cosas; y de biología; para saber qué ingredientes debe tener una buena comida, qué debemos hacer para que esté rica, cuándo debemos limitar nuestro consumo de sal, por qué hay que cuidarse mucho con las grasas… Y no sólo nosotros: también los animales a los que cuidamos.
            Siempre es conveniente conocer y dominar la ortografía. Escribir sin faltas, manejar bien la sintaxis para que nos entiendan, conocer el léxico adecuado, los giros de cada sitio, no emplear las palabras en los lugares que no son los idóneos… De que sepamos hablar y escribir correctamente depende a veces que encontremos trabajo; o que nos entiendan nuestros interlocutores: no es lo mismo cábila que cavila, dónde que donde, baca que vaca; y no es lo mismo escribir “la pérdida de tu mujer” que “la perdida de tu mujer”. A veces han surgido conflictos por no haber sabido entender lo que nos decían, o por no haber sabido expresarlo.
            Conocer la historia de la música nos habilita para disfrutarla mejor; y para elegir en cada momento lo que a nuestro espíritu le apetece escuchar; conocer las distintas corrientes musicales es sentir todas las sensibilidades, compararlas y entender los sentimientos de los autores, y no menospreciar lo que no nos gusta, cuando sabemos que es bueno, y no despreciar lo que ignoramos, cuando valoramos cosas de poco valor porque no sabemos que hay cosas más valiosas, y hasta nos gustarían quizá si las conociéramos. Conocer la literatura también nos ayuda a disfrutar más de los libros que leemos, a elegirlos mejor según nuestro estado de ánimo, a entender lo que nos dicen, a comprender, detrás de la historia, su mensaje, criticarlos si no están bien escritos, aunque sean de Víctor Hugo, de Galdós o de Cervantes; y a apreciar formas arcaicas de contar cosas para disfrutar con el Potemkin en vez de Torrente, con Tchaikovsky en vez del disco o el tecno, no tanto con los culebrones como los relatos importantes.
            Hay que saber muchas cosas para enriquecer nuestra vida; adquirir muchos conocimientos para que nuestras experiencias sean fecundas, empaparse del mundo que nos rodea para admirar su belleza, aprovechar sus descubrimientos y protegernos de sus agresiones. Hay que aprender biología cuando no somos biólogos, psicología, arte, sociología, política, gastronomía, idiomas, cultura clásica, saber de todo aunque sólo nos especialicemos en una cosa; saber matemáticas aunque no seamos matemáticos, conocer las culturas de los demás sin tener que abandonar la nuestra, conocer la religión aunque seamos ateos, conocer el pensamiento de los ateos aunque seamos creyentes, y comprender a los unos y a los otros aunque seamos escépticos o agnósticos. Saber de todo, sembrar en nuestra mente conocimientos nuevos, plantar las semillas del mundo que nos rodea para que crezcan en ella. Adquirir sabiduría es la mejor forma de aprender: lo decían los sofistas.


            ¿Pero de qué nos sirve saber cosas si no las entendemos? La erudición no consiste en acumular datos, sino en reflexionar sobre ellos, analizarlos, criticarlos. Aprender cosas sin entenderlas es como comer sin digerir, tragar sin masticar, ahogarse, no tener criterio propio entre las masas de datos. Lo importante no es saber: es saber pensar. Lo importante no es adquirir conocimientos, sino sacarlos de dentro de nosotros; que el maestro no demuestre los teoremas sino que obligue al discípulo a demostrarlos; lo importante no es aprender cosas sino descubrirlas; porque esos conocimientos están ya en nuestra mente y sólo tenemos que ayudar a sacarlos fuera, y por eso el maestro es, más que el que alimenta nuestra mente, quien la despierta; si aprender es dar a luz de lo que tenemos dentro, el aprendizaje no es nutrición sino parto; más que comer cosas de fuera tenemos que sacarlas de nosotros, y el maestro es como la comadrona, es el partero del espíritu.
            Eso lo decía Sócrates. No se  trataba de que el maestro nos diera conocimientos como el pájaro alimenta a sus polluelos; se trata de que el maestro nos ayude a sacarlos porque esos conocimientos ya los tenemos dentro. ¿Para qué aprender mal lo que otros saben en lugar de descubrir con fecundidad lo que sabemos ya, pero no sabemos que lo sabemos? ¿No es preferible hablar con voz propia antes que repetir lo que otros saben y convertirnos en sus ecos? Somos como la lira de Bécquer:

   ¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

            Somos como liras llenas de cuerdas. Cuerdas que apenas han vibrado y esperamos que llegue un maestro que sepa pulsarlas: para arrancar los sonidos que estaban allí, pero estaban dormidas, no habían sonado nunca porque nadie había venido a despertarlos. Observemos que el maestro no pone las notas en la lira; esas notas ya estaban en ella como un niño en gestación, sólo había que ayudarles a nacer.


            La enseñanza de los sofistas se parecía más bien a la guitarra del mesón. Así lo decía Machado:

   Guitarra del mesón
que hoy suenas jota,
mañana petenera,
según quien llega y tañe
las empolvadas cuerdas.

            La música de la guitarra no le sale de dentro: la pone el músico que arranca sus notas. La melodía no está en la guitarra sino en la cabeza del músico; por eso le dice Machado a la guitarra: “no fuiste nunca, ni serás, poeta”. Porque para ser poeta no basta con hacerle eco a la música que ponen otros en ti: tienes   que hablar tú con tu propia voz, sí, pero también con tu música; la voz la pone la guitarra, pero la canción la pone quien la toca. Tampoco la lira de Bécquer tenía dentro la melodía; sólo tenía, para que esa música se oyera, la vibración de sus cuerdas.
            Sacar conocimiento de dentro es ayudar al parto; al parto del espíritu: “mayéutica”, en griego. Pero la mayéutica sólo se puede aplicar a las matemáticas; y a la lógica. Intenta conseguir que tu alumno demuestre un teorema y es posible que lo consigas. Pero no intentes que saque de su cabeza dónde está París sin aprenderlo de su maestro ni sacarlo de los relatos, los viajes y los libros: no lo conseguirá nunca. Intenta aplicar la lógica para deducir el clima de Italia si no conoces su latitud, su altitud, y las corrientes marinas que la rodean: no lo conseguirá nunca.
            Y es que la enseñanza no está ni en Sócrates ni en los sofistas: está en los dos, conjugados a un tiempo. Si aprendes cosas pero no las sabes razonar, eres como un loro que repite cosas sin entenderlas. Y si aprendes a pensar pero no tienes en que aplicar tu pensamiento, serás como un horno perfectamente programado, pero sin carne para hornear. La lógica es como una red que la araña saca de sí misma: la lógica es la telaraña del espíritu. Y la cultura es como las moscas que quedan atrapadas en la telaraña: la cultura es el alimento del espíritu. Sólo que, a diferencia de la araña, las redes del espíritu no sirven para enredar, sino para ayudar. La mayéutica sirve para tañer las cuerdas de la lira, de la guitarra, para sacar las notas que duermen en ella; y la cultura, como erudición, sirve para ponerles melodía a estas notas que sacamos de allí. Enseñar es introducir cosas en la mente del discípulo sacando de ella la inteligencia que sirve para digerirlas; pero poner conocimiento sin despertar las redes del alma haciendo que sus cuerdas vibren es tragar, tragar y tragar, sin que ninguna enseñanza nos alimente. La verdadera enseñanza debe despertar las redes de la inteligencia para entender las cosas y hacerlas vibrar para sentirlas. Pero no es sólo pensar lo que tiene que enseñar la escuela: no sirve de nada si al mismo tiempo no nos enseña a sentir lo que se piensa. La verdadera enseñanza (despertar al dormido) es hacer vibrar las cuerdas de la guitarra y de la lira; pero también (mirar el mundo antes y después de haberlo soñado) es tocar con el alma la melodía que nos enseña el maestro: para que luego podamos nosotros componer nuestras propias canciones. Sócrates y los sofistas a la vez. Conocimiento con sensibilidad. Cultura con mayéutica.