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viernes, 25 de marzo de 2022

EL DESTINO DE EUROPA

 

EL DESTINO DE EUROPA 


            Políticamente hoy es Europa una potencia débil. Pero está hecha de esa debilidad que da la fuerza, porque, por respeto a la libertad de todos los Estados que la integran, tiene que pagar el precio de no hablar con una sola voz. Otras potencias hablan con una voz única pero tienen por dentro maniatadas sus voces; la fuerza que ejercen en la escena internacional es aparente, porque en el fondo son inmensamente débiles.

            Europa adolece también de una debilidad militar: sólo Francia es una potencia atómica; Europa tiene ejércitos menos poderosos que Rusia y China, y éstos los tienen aún menos que los Estados Unidos.

            Europa es una enorme potencia cultural. La fuerza de su cultura es descomunal. Los Estados Unidos son un país joven y ni de lejos pueden compararse con la enorme riqueza europea. Rusia tiene una cultura exquisita y la de China es de una riqueza milenaria. Ante mi ignorancia a la hora de compararlas me atrevería a decir que Europa, China y Rusia es posible que tengan sendas culturas de una fuerza equivalente.

            Pero Europa tiene una riqueza moral: eso no lo pueden decir ni Rusia ni China. China tiene filosofías que han marcado hitos en el pensamiento moral del mundo, pero Europa disfruta de un respeto a los derechos humanos como no lo tiene ningún país del planeta; y esto no tiene que ver con el hecho de que, coyunturalmente, promueva la violación de esos derechos un buen número de europeos. Es como el mar, cuyo oleaje puede desbaratarlo todo pero en sus fondos abisales, que son la identidad inconsciente de Europa, hay un sentimiento arraigado de respeto que es su tarjeta de presentación verdadera; que perdura mucho más que las efímeras tarjetas de atropellos que identifican por momentos a muchos europeos. En oposición a ellos, Estados Unidos parecen tener una doble identidad paradójica: en su medalla brillan, por un lado, los nobles ideales de Europa, y por el otro, la sombra de los fanatismos medievales, restos de un pasado que se niega a desaparecer.

            El primer tercio del siglo XXI es el del declive de Europa: militarmente va a ser arrinconada por Estados Unidos, Rusia y China y políticamente tiene escasa trascendencia (aunque la tiene). Pero hay un auge de Europa que viene de su esencia, de aquello que permanece, una riquísima cultura donde convive lo despótico con lo humano y una dimensión ética envidiable para cualquier país de la tierra. Por eso podemos decir que el declive de Europa puede ser una realidad coyuntural a lo largo de décadas, esperemos que no durante siglos; pero Europa es, en la cultura, uno de los grandes faros de la humanidad y en la moral, el único. Puede que las mareas bajas eclipsen los valores de Europa y sus realidades; pero su presencia será permanente en el enorme empuje que siempre tienen sus mareas vivas.

 


 

viernes, 26 de noviembre de 2021

MÁS ALLÁ DEL ARTE DE CONSUMO: LAS BELLAS ARTES

 

 

MÁS ALLÁ DEL ARTE DE CONSUMO:

LAS BELLAS ARTES

 


            El arte es una creación artificial. Toda creación es artificial pero no necesariamente artificio, que lo artificioso no es arte; a lo que es artificioso lo llamamos engendro, no creación, y un engendro es el producto de una técnica más o menos sofisticada para producir objetos. No es lo mismo lo ingenioso, que es producto del ingenio, del ingeniero, que lo artístico, que es producto de la inspiración, del artista.

            Creamos cuando producimos algo nuevo, cuando engendramos cosas insólitas y novedosas a partir de viejos materiales; cuando ordenamos cosas conocidas para dar a luz cosas que desconocíamos. En la creación hay un saber hacer y unas destrezas (la técnica), y un saber qué hacer (la meta, la intención, el objetivo); saber qué hacer y cómo hacerlo; o descubrir el cómo (la técnica aplicada a los materiales, el diseño) para realizar (o materializar) una idea que tenemos. Muchas veces esa idea puede ser vaga; sabemos qué problema queremos resolver pero no sabemos qué invento necesitamos para resolverlo. Inventar algo quizá no sea sólo ingeniarnos para realizar una idea, sino sobre todo buscar también cuál es la idea que queremos realizar; tal vez lo hallemos por un toque de inspiración, por un destello de ingenio o tal vez, por qué no, simplemente por azar.

            Cuando las creaciones son fruto del ingenio pertenecen a la industria. Cuando son fruto de un destello lo llamamos arte. El inventor puede ser un ingeniero si encuentra lo que busca guiado claramente por el problema que quiere resolver; pero si no sabe lo que busca pero sí qué quiere hacer, porque el problema que pide solución no tiene en sí mismo las claves de su solución, entonces el inventor es un artista. El inventor se ve guiado por la necesidad, y por la utilidad, y puede ser ingeniero (si lo guía su ingenio) o artista (si lo guía el genio, el latido, el destello, la inspiración); un ingeniero puede ser ingenioso o genial.

            Pero cuando hablamos del arte como ideal no nos estamos refiriendo a satisfacer necesidades, ni a buscar objetos que nos pueden resultar útiles, sino a crear cosas que nos dejen satisfechos de haberlas creado, a encontrar emoción en la tarea, a dejarse llevar por un impulso apasionado y, a fin de cuentas, por la felicidad. El artista puede ser ingenioso para resolver problemas que le plantea la técnica, pero esa misma técnica está al servicio del genio, del latido, del impulso creador, del objeto que trasciende por encima de la realidad. Un artista no nos hace más fácil la existencia sino que nos lleva más adentro en el ser de las cosas; no busca una existencia más fácil sino la misteriosa esencia de la realidad.

            El pintor tiene un sueño en la mente y para llevarlo al lienzo se enfrenta con problemas técnicos que debe resolver; y cuando inventa el instrumento que le resuelve esas dificultades (por ejemplo la técnica del claroscuro, el descubrimiento de la perspectiva, la mezcla de colores para producir un nuevo color que aún no conoce nadie y que no le han enseñado en el taller); cuando resuelve, pues, esos escollos, esa técnica que acaba de inventar no es más que un instrumento para desarrollar la idea que tiene en la cabeza; el sueño nebuloso, la intuición más o menos vaga, la forma que pugna por salir. Y lo mismo le pasa al músico, al poeta, al escritor de relatos, al escultor, al arquitecto, al actor, al director de teatro o de cine, a quien tiene que diseñar el curso de una danza o a quien tiene que escribir un guión. 



            La palabra “arte” (“ars” en latín) significa lo mismo que en griego “techné”. Pero el arte es la entrega a la inspiración mientras que la ingeniería es la inspiración puesta al servicio de la utilidad; que viene de la necesidad. Cuando se pone al servicio del entretenimiento, del placer y del espíritu que se satisface lo llamamos juego. Y lo llamamos deporte si tanto el genio como el ingenio los ponemos al servicio del espíritu de superación.

            En griego, “poiesis” significa “producir”. Tanto el arte, como la ingeniería, como el juego como el deporte producen cosas. Sin embargo, no siempre podemos distinguir estas actividades productivas. El juego busca placer y el deporte superación, pero solemos disfrutar cuando nos superamos y nos solemos superar cuando sólo queremos disfrutar; como en una partida de ajedrez, un partido de rugby o saltando a la comba. Podemos plantear una hipótesis: si hay más superación que goce lo llamamos deporte, en caso contrario lo llamaríamos juego. Así, aunque la superación y el placer siempre estén mezclados, sabremos que el parchís y la oca son juegos mientras que el fútbol y el atletismo son deportes; y una misma actividad, como la comba, puede ser juego si nos esforzamos por ganar pasándolo bien o deporte si la utilizamos sólo para entretener.

            En las llamadas bellas artes siempre hay un esfuerzo creador. Lo hace el autor cuando escribe, esculpe o compone, pero también el espectador cuando lee, observa o escucha; leer una novela o un poema es recrearlo, volverlo a crear; y escuchar música es interpretar (y muchas veces interpretamos cosas distintas de las que buscaba el autor), dando sentido a lo que estamos escuchando, leyendo… contemplando. Pero cuando nos entregamos al goce de la obra de arte de manera pasiva somos espectadores inertes, consumimos arte sin poner esfuerzo en disfrutar; la calidad se mide por el esfuerzo en el goce y disfrutar leyendo folletines no puede tener la misma calidad que disfrutar leyendo a Dostoievski, Cervantes o Calderón. A mayor esfuerzo en la contemplación de la obra de arte, más creación y menos consumo; y más intensidad en el placer; y más bienestar cuanto más delicada, más alegría y más satisfacción.

            Hemos visto que el alma inspirada busca vivir la existencia si pone la inspiración al servicio del placer; o busca vivir en el fondo de las cosas, empeñada en sentir la esencia como cuando olemos en el aroma la esencia del café; desnudando la realidad de todos sus ropajes; disfrutándola en cueros, pura, como la poesía de Juan Ramón. Los culebrones de la televisión nos gustan y nos hacen disfrutar siguiendo las peripecias de sus personajes como si viviéramos con ellos, día tras día, y hasta nos hacen compañía si nos encontramos solos. Vivir con los personajes. Sentir con ellos, pensar con ellos y hasta aconsejarles lo que tienen que hacer. Integrarlos en nuestra existencia, quererlos como se quiere a los familiares y a los amigos, es más: convirtiéndolos en nuestros amigos y familiares. Por eso mucha gente disfruta con el culebrón. El culebrón le da amigos y vecinos, seres queridos y gente malvada para poder odiar; y se desahoga matando en la pantalla porque en el mundo real no se puede matar; o queriendo a ese personaje del que te has enamorado porque en el mundo real no te has podido enamorar; o te has enamorado con menos intensidad que en esa pantalla donde miras lo que en el mundo muchas veces no has podido ver.

            Ese es el arte para la existencia. El que nos crea una vida nueva para vivir en ella y, metiéndonos dentro de la novela, abandonamos por un tiempo ese mundo real donde no vivíamos con tanta intensidad. 



            Y luego está el arte para la esencia. La obra de arte, no ya el arte como entretenimiento. El arte de consumo nos ayuda a pasar el tiempo cuando en la vida real no nos pasaba nada interesante y el tiempo, vacío, pasaba lánguido, monótono; para matar ese aburrimiento necesitábamos matar el tiempo que pasa sin sustancia y se alarga, desesperadamente, en el hastío de un vacío que parece eterno. Para matar el tiempo vacío ha nacido el arte de consumo. El que no te hace pensar mucho pero te divierte, el arte para el gran público.  

Pero el arte de calidad (y por qué no decirlo: el de verdad) hace justamente lo contrario: llena de sentido el vacío que hay en nuestras vidas y lo eleva por encima de ellas; o quién sabe, tal vez penetra en ellas por debajo, hasta adentro, hasta trascender; nos proyecta hacia espacios de plenitud, nosotros que no necesitamos buscar amigos porque ya los tenemos o porque no nos hacen falta; y buscamos el éxtasis que nos endulza la vida más que la miel; vivimos, entonces, más allá de nuestra existencia, buscando el fondo que tiene dentro (su esencia), igual que el aroma del café nos lleva a éxtasis más profundos que si estuviéramos aspirando un sorbo de café; o como cuando unas formas insinuadas a través de la ropa nos embriagan más que los cuerpos sin ropa: porque en ellos se esconde el hastío, el vacío de consumir, sin ese estar ebrio que nos quita el sentido, borrachos de erotismo; cuando lo erótico se ha ido porque hemos quitado la ropa que cubría los cuerpos y, cubriéndolos, mostraba su desnudez.

Si: el arte es un salto dentro de la esencia. En la esencia de las cosas nos emborrachamos de belleza, de lo hondo, de lo más íntimo, lo que nos arranca de la existencia y nos lleva más allá: al ser; donde la vida se hunde dentro de sí misma perdiendo la conciencia, en el abismo, en el arrebato, en el vuelo que nos lleva, lejos de la monotonía y el aburrimiento; donde por un momento somos capaces de vislumbrar misterios que permanecen ocultos al común de los mortales.

Ése es el arte. No el entretenimiento, el arte, el arte de verdad. Escuchad la novena sinfonía de Beethoven. La patética de Tchaikovsky, buscad en las Pasiones de Bach, en las tragedias de Shakespeare, los libros de Luis Landero, algunas de las cosas de Calderón. En el Partenón de Atenas. La Sagrada Familia, la catedral de Chartres, la capilla Sixtina, la piedad de Miguel Ángel, buscad en Turner, Velázquez, Delacroix… Buscad en el arte. En el arte que ha nacido para darle intensidad a la vida. No para entretenerla. Para gozar contemplando el sentido y no el sinsentido con que gozan quienes no han aprendido a entrar en él. El arte: el que nos abre las puertas de la esencia, el que pone esencia en nuestra vida para que siempre sea esencial nuestro vivir. El arte. La vida plena, la puerta que nos salva… La única llave capaz de abrirla es el esfuerzo. El esfuerzo: motor que eleva el placer a la máxima potencia, no la droga ni el vino ni el dinero fácil, ni las promesas falsas, el arte; el que, con la ética, se ha convertido en viento que sopla y ya es el eje fundamental de nuestro existir.

 


 

viernes, 25 de diciembre de 2020

NAVIDAD

 

 

NAVIDAD

 

Actúa de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la tierra.

                                                                                  Han Jonas. 


            Una navidad es un nacimiento. El músico nato toca y canta como si no hubiera necesitado estudiar música, como si hubiera sido músico desde que nació: natividad; nace, más que un músico, la esencia de la música, toca como si antes de nacer tuviera ya la música dentro, como si fuera la propia música la que nace porque siempre ha estado ahí aunque nunca la hayamos oído: el día de navidad no nace un niño, nace la humanidad.

            Nace lo que tenía que nacer. No es un hombre y una mujer que se han amado y tienen un niño sino el amor que engendra a un niño y para traerlo al mundo hacen falta un hombre y una mujer. Nace la esencia, lo que uno no tiene más remedio que ser, lo que está destinado a nacer y por eso lo llamamos naturaleza, la gente lo llama sobrenatural. Ese niño que ha nacido es la naturaleza misma, el sueño que soñamos porque existía antes de soñarlo y con nuestro sueño lo hemos traído a la realidad; es una naturaleza expectante y por eso, a falta de otra palabra, nosotros lo llamaremos dios. Pero no es una divinidad que está en el otro mundo sino la bondad que late en el fondo de éste, una bondad destinada a realizarse, la semilla que no era árbol y estaba en sus frutos, el árbol que dio sus frutos y era fruto antes de ser árbol, por eso ha nacido lo que tenía que nacer.

            Unos hablan del mesías prometido. Cuando la humanidad fue expulsada del paraíso había que redimirla, desde que el ángel extendía el brazo con su espada de fuego señalando una alambrada de espinas, el campo inhóspito donde nos refugiábamos cuando éramos Adán y Eva, nos mandaron derechos a un campo de refugiados, llegamos a un lugar donde estábamos de paso, donde no haríamos nuestra verdadera casa sino que iríamos de casa en casa en tiendas, chozas, barracones y cuevas buscando un lugar que nos acogiese, vigilados por gentes que no querían que nos quedáramos, vivir fuera del paraíso era vivir fuera de nosotros; y buscábamos la semilla que habíamos perdido, la aventura de encontrar nuestra propia naturaleza hasta que la encontramos en un niño: un niño que nacía en un pesebre, en un lugar pobre y miserable expulsado también del paraíso, refugiándose donde podía, perseguido por el mundo cuando el mundo, por mano de Herodes, se empeñó en matar a los inocentes, a todos cuantos nacían castigados ya antes de nacer; condenados sólo por ser niños, destinados a la muerte por haber tenido el atrevimiento de venir al mundo. Sus padres dejaron su casa y se marcharon a Egipto y allí, donde no tenían a nadie que los conociese, tampoco había soldados que los quisieran perseguir.

            La navidad es lo mismo que la huida a Egipto. Nace un niño que es la esencia de la humanidad y la humanidad vuelve a la esencia de sí misma, vuelve a la naturaleza de la que fue expulsada, aquella naturaleza primigenia, aquel paraíso, aquel ser feliz que había sido en los orígenes; donde estuvo su casa desde el primer momento y a la que había querido volver desde que fue expulsado; desde que se convirtió en peregrino transitando por campos de refugiados, siempre de paso y siempre buscando sitios de acogida, sin conocer ya lo que era una casa sino sólo barracones y cuevas y chozas que no eran su hogar. El niño nació en un pesebre rodeado de animales; lleno de paja y alimentado de orines, oliendo a cuadra y entre ovejas con pulgas, estiércol mojado de los bueyes y vacas, sin más lugar que una cuna sin sábanas, apenas mullida con paja, la cuna del portal de belén. 

            Nació porque tenía que nacer. Promesa que nació del paraíso perdido, la tierra prometida que robaron, la huida de quienes vivían en ella, un destino marcado en la frente, el destino de nacer; oráculo que fue anunciado antes que su madre, su propia naturaleza era nacer en el destino del que había sido expulsada la humanidad: entonces ya no seríamos peregrinos del mundo, no viviríamos de prestado y llegaríamos por fin a casa, a Ítaca, a Sefarad, ya no estaríamos perdidos en el mal que se nos había metido dentro; volveríamos a ser buenos, volveríamos a ser lo que siempre fuimos, recobraríamos la inocencia que habíamos perdido, volveríamos a nuestra casa; a nuestra existencia feliz, al candor de una vida de anhelos, a la capacidad de vernos y mirarnos, allí, en el horizonte donde está la aventura, volveríamos a reconciliarnos con la posibilidad de soñar: seríamos capaces de ilusionarnos de nuevo y el mundo haría posibles nuestros sueños, dejaríamos de ser ilusos para acurrucarnos en brazos de la ilusión.

            Por eso ese nacimiento es una noche buena. Por eso en el cielo nació una estrella, la estrella que llevaba hasta Belén. Los reyes magos. Que no iban a adorar al niño sino a reencontrarse, a reconciliarse con el paraíso, a ser lo que siempre fueron pero se les había olvidado, a buscar la bondad y la inocencia, a repoblar esa vida cándida que tuvimos antes de vivir: a lo que habíamos sido antes. Podemos decorarlo con belenes, con árboles, pueden ser los reyes o puede ser papá Noel, San Nicolás o Santa Claus, con un trineo en la nieve paseando con los renos, surcando el cielo y dejando una estela, como si fuera nieve o como si fuera, en su haz de luz helada, una estrella en su rastro: polvo de invierno dejando huella, aviones a reacción, la cola de un cometa desde esa barba helada, en esa capucha roja de bordes blancos y piel tersa, dulce, suave, mullida y adorable como el fuego que nos alienta en el hogar.

            Al pie del árbol dejaremos los regalos. Dejaremos zapatos en la ventana, los reyes pondrán paquetes en ellos y les pondremos un vaso de leche, porque estarán cansados y vendrán con sed. Celebraremos también el día de los inocentes. Colgaremos muñecos recortados con periódicos, los pegaremos a la ropa de la gente, nos reiremos mientras bailan en sus espaldas, animados por el movimiento de sus pasos, nos pasaremos el día gastando bromas. La televisión dirá en Francia que el gobierno abrió Versalles para dar cobijo a los parados, y en España dirá que en el tren había aparecido un trineo; en Nueva York, que detrás de los rascacielos han visto a Poe y a Whitman y a Lorca y que hay un gorila enorme en lo alto del Empire State; en Rusia dirán que han visto un oso vestido de rojo y vete a saber en otros sitios lo que dirán. 

            Las risas, las bromas, la nieve, el turrón, iremos de casa en casa y pediremos el aguinaldo; tocaremos la carraca y la pandereta, la zambomba, cantaremos villancicos, nos pondremos la bufanda mientras se prepara el pavo aunque yo, como no tenía pavo, comía pollo y estaba más rico, la navidad de entonces tenía otro sabor. ¡Ay, qué días felices en que no existía papá Noel! A mí, papá Noel me gustaba pero entonces no había costumbres como las de ahora, ni conocíamos las costumbres francesas ni centroeuropeas ni anglosajonas, tan solo conocíamos a papá Noel; pero no existía papá Noel sin los reyes, no teníamos árboles sino nacimientos, como también celebrábamos los santos y no celebrábamos halloween. Debo reconocer que ahora ponemos árboles y me gusta el abeto, siempre me ha parecido un árbol soñador: con sus ramas majestuosas cuajadas de nieve, agujas en vez de hojas, brazos abiertos como caídos al suelo, y su cabeza de punta clavada en el cielo donde brillan, como rachas heladas, las estelas del trineo donde está viajando papá Noel.

            ¡Qué bonita es la navidad! Nacimiento de una humanidad renovada, reencuentro con la naturaleza, la luz del fuego chisporroteando en la chimenea, un poco de turrón que se deshace en las manos, un villancico y un portal de belén. Un villancico… A lo lejos suenan aires de navidad. Las luces, como alegrías cuajadas, adornan las calles extendiéndose de parte a parte, ya no hace frío como hacía antes, nos gustaría, quién sabe, que el cambio climático no nos desbordara, que no se llenaran las calles de humo, que no se deshicieran los polos ni se elevaran los mares, que no perdiéramos de nuevo la humanidad recobrada… Me gustaría, ¡ay!, que fuéramos responsables, me acuerdo mucho de Hans Jonas; que otra vez usáramos la inocencia, que entre villancicos la estamos recobrando para que el mundo, cuajado de navidades, siga siendo un mundo sin deterioros: en eso consiste tener un feliz y próspero año nuevo. Si fuéramos los que fuimos antes de vivir en este mundo ya no volveríamos a perderlo: y haríamos un paraíso, cuidaríamos su naturaleza que es la nuestra, allí, entre belenes, turrones, almendras y piñones, y zambombas y panderetas y sidra y cava y también, cómo no, con un poquito de champán: nos encontraríamos con el hogar que habíamos perdido, el que estaba llamándonos desde un árbol, una estrella de belén; y desde las figuras del nacimiento, ovejas, pastores, burras y bueyes, estaría ese mundo que habíamos buscado entre los mares donde perdimos las llaves de nuestra casa, y que se llamaba América o Ítaca o, quién sabe, acaso se llamaba simplemente Sefarad. 



 

 

viernes, 25 de septiembre de 2020

 

 

LA NATURALEZA HUMANA

 


-He pensado que al nacer todos somos como los coches. Venimos al mundo con las mismas capacidades, pero unos las tienen más limitadas y otros menos; igual que los coches tienen más o menos caballos dependiendo del modelo que sean. La naturaleza nos ha hecho iguales porque todos somos coches, pero no todos somos de la misma marca; y aun siendo de la misma marca, no todos somos del mismo modelo, de fábrica.

Luis se hallaba sumido en una meditación profunda.

-Sigue.

-También hay coches potentes que han perdido fuerza con el tiempo. Con la edad. A nosotros nos pasa lo mismo, cuando envejecemos perdemos facultades.

-Hm… Habría una psicología de la esencia, que se ocupa de cómo podemos ser al nacer; y una psicología de la existencia, que se ocuparía de la evolución de nuestras facultades por el mundo, de cómo se pueden desarrollar o atrofiar dependiendo de la educación que reciban; y de cómo se pueden deteriorar o potenciar con el paso de los años.

-A la primera pertenecerían todas las tipologías de la personalidad; todas las caracterologías; y la relación entre determinismo y libertad.

-Así es. Libertad es lo que yo puedo hacer con lo que la naturaleza me ha dado. No es realizar deseos que no correspondan a mis posibilidades.

-Y a la segunda pertenecerían todas las psicologías de la edad, de las experiencias ambientales, del desarrollo; que también plantearían una libertad condicionada.

-Libertad sería, aquí, lo que dice Sartre: lo que yo puedo hacer con lo que han hecho de mí.

Luis gemía alargando una m con la boca cerrada.

-Hmm… Claro.

-Pero –dijo Luis, corrigiéndose de repente- es muy peligroso embarcarse en una psicología de la esencia. Podríamos acabar clasificándonos en seres superiores y seres inferiores, desembocando en darwinismos excluyentes e incurriendo en el racismo.

-Ya. Eso puede ser pero que muy, muy peligroso.

-La única opción sería admitir que hay inteligencias múltiples, sensibilidades múltiples, múltiples formas de ser; unas no son superiores a otras, sino que desarrollan, a niveles equivalentes, distintos modos de existir. Las pérdidas de grado, como de casta o naturaleza (Juan se acordaba de Calipso y de Circe) no se deberían a la naturaleza misma, sino al tipo de educación que hayamos recibido: no haría lo mismo de nosotros una educación socrática que una educación de Heathcliff.

-Sí, desde luego. Aunque también la naturaleza podría traer piezas falladas. Un síndrome de Down, por ejemplo.

Juan se hallaba sumido en una profunda perplejidad. Su cabeza lo obligaba a admitir todas esas posibilidades, pero su corazón (Luis) se rebelaba contra ellas.

 

 

            La naturaleza humana era una fábrica de coches. Pero también un juego de cartas. Todos estábamos hechos de lo mismo (espadas, copas, oros, bastos), pero no robábamos del mazo las mismas cartas. Todos robábamos tres, o siete, según el juego que fuera; pero unos tenían más copas, otros más oro y menos espadas, y aun teniendo varias cartas del mismo palo, unos tenían el 7 y otros tenían el as. Sí, todos estábamos hechos de lo mismo; pero no teníamos de todo en las mismas proporciones. Todo está en todo: eso mismo dijo Anaxágoras; nosotros estamos hechos de tres semillas, tres palos: la inteligencia, los afectos y la voluntad; con ellos construimos los pensamientos; la voluntad está hecha de libertad; la inteligencia y los afectos, de condiciones (como los nucleones están hechos de quarks). Nacemos cuando la naturaleza nos da siete cartas, por lo que algunos palos pueden estar repetidos; y las cartas que nos tocan de cada palo pueden ser más afortunadas o serlo menos; ésa es la dotación con que venimos a la vida.

            -Somos como un arpa –dijo Luis-. No somos notas, pero las podemos producir porque estamos hechos de cuerdas. Hay, decía Bécquer, mucha nota dormida en tus cuerdas: “como el pájaro duerme en las ramas”; esperando al maestro, al músico, la mano “que sabe arrancarlas”. Para tocar hace falta un músico, un buen maestro; pero sin arpa no habría música: nosotros somos el arpa.

            -El maestro no nos enseñaría sentimientos si nosotros no fuéramos capaces de sentirlos.

            -Ni nos enseñaría cosas si no fuéramos capaces de aprenderlas.

            -De reconocerlas en nosotros.

            -Ni nos podría enseñar pensamientos si no fuéramos capaces de pensarlos.

            -Ni, por último, podría enseñarnos a manejar la voluntad si nosotros no tuviéramos, en nuestra propia fuerza de voluntad, un instrumento.

            -Eso es mayéutica: sacar de ti lo que tienes dentro.

            -Sacar a la luz los tesoros que guardas. Y dejar dentro, enterrados, los desechos, las basuras, lo que más puede estorbarnos.

            Dijo entonces Luis descubriendo una luz en sus ideas:

            -¡Sócrates se había equivocado! Creía que sólo podíamos fabricar pensamientos, como el esclavo de Menon que dibuja, en la cera prefigurada del espacio abstracto, la relación de la diagonal del cuadrado con respecto a su superficie; Sócrates saca afuera su capacidad de pensar, y lo hace tendiéndole puentes por donde encontrar caminos.

            -¿Y en qué se equivocó Sócrates?

            -En que se olvidaba de que también podíamos fabricar conocimientos. La información que le da el maestro, como cualquier otra información que nos viene del entorno, dibuja, en la cera prefigurada de nuestra mente, formas compatibles con ellas y con ella; la figura es similar a lo prefigurado, y por eso la podemos asimilar; aprender cosas es, verdaderamente, digerir la realidad: asimilar el mundo exterior para convertirlo en nuestro propio nutriente. Si sacar cosas es desarrollar nuestra inteligencia, asimilarlas es también desarrollar nuestra memoria; también podemos sacar estos recuerdos desarrollando nuevamente nuestra inteligencia, y nuestra imaginación.

            -Y todo eso es mayéutica.

            -Claro; pulsar nuestras fibras sensibles para sacar las notas que duermen en ellas.

            A Juan le picó la curiosidad.

            -Desarrollar tus capacidades es aprender: ejercitar la inteligencia, la memoria, la fantasía.

            -Claro. Para despertar una cuerda dormida y arrancarle notas hace falta pulsarla; estimularla, hacerla vibrar, introducirle datos. Unas veces introduces un problema que excita su curiosidad, sus ganas de resolverlo; otras introduces una solución que, excitando también su curiosidad, le dan ganas de seguir preguntando.

            -¿Y qué consigues con eso?

            -¿Con qué?

            -Con excitar las facultades que tienes.

            -Ser feliz.

            -¿Cómo?

            -Uno es feliz ejercitando sus propias capacidades. Como si fueran moldes para fabricar cosas. Y cuantas mejores cosas fabricamos, más felices somos fabricándolas.

            -Eso decía Aristóteles.

            -Exactamente. No basta con tener buenas facultades, además hay que emplearlas bien. Y así, haciendo las cosas que se nos dan mejor, somos más felices. Aristóteles llamaba virtud a la costumbre de hacer bien las cosas. Y cuanto mejor las hacemos mejor nos sentimos. La virtud, el esfuerzo por el trabajo bien hecho, está conectado con la felicidad; una actividad plena refuerza nuestra plenitud; el bien hacer incrementa nuestro bienestar y una persona plena, y realizada, desarrolla plenamente todas las potencias de su ser. 



 

viernes, 4 de septiembre de 2020

LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA



LA REBELIÓN DE LA NATURALEZA

1.

            La lectura de Jack London le había producido un auténtico shock. La llamada del bosque. La voz de la naturaleza. Esa naturaleza que es más profunda que nosotros mismos, “regresando hasta las entrañas del tiempo”[1]. Los instintos: “recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres”[2]; adormecidos durante siglos; de repente se despertaban.
            Era la historia de un perro. Un perro que había vivido en casa del hombre, “marcado por generaciones de vida doméstica”[3]; pero no dejaba de ser “una criatura bravía, que llegaba de la naturaleza”[4]; debajo de la lealtad, que nace “junto al fuego y bajo techo”, estaba la astucia y la fiereza; debajo de “la influencia civilizadora” estaba “la fuerza de lo primitivo”; era “más viejo que los días que había vivido”[5]; “no era más que un perro”, pero tras él vivían las sombras de otros perros, “medio lobos y lobos salvajes”: ellos “le imponían sus costumbres, dirigían sus acciones”.
            Y de repente sintió la llamada, una auténtica vocación. “Del bosque le llegaba la llamada”[6], una llamada que no lograba comprender; eran “impulsos irresistibles”[7]. Fue un aullido prolongado… “y le resultó conocido y familiar: como un sonido ya escuchado”[8]; “murmullos del bosque, leyendo signos y sonidos igual que un hombre puede leer un libro; y vio al lobo gris”.
            “Lo llamaban estas sombras”… “Resonaba imperiosamente desde lo más profundo del bosque”[9]. Al fin respondió a la llamada; “los recuerdos de antaño acudían en tropel y lo conmovían como en otros tiempos lo habían conmovido de las realidades de los que en estos eran una sombra”[10]. Pero lo que más le inquietó fue que nosotros también estamos atados a “antiguos instintos”[11]; ellos también llaman a los seres humanos “a salir de las ruidosas ciudades y dirigirse a bosques y llanuras”; por debajo de la humanidad vive también la bestia.


2.

            Se acordó de lo que había enseñado años atrás en Fresneda. Educar era someter lo brutal a lo entrañable, aunque si reprimimos el sentir visceral para dedicarnos al sentir cordial algo en nosotros estará muriendo; es lo que le había pasado al perro de London. Sin embargo no aceptaba que por debajo de la humanidad palpitara la bestia; tenía que haber otros impulsos, otros sentimientos, otros instintos. Durante muchos días estuvo preocupado por este asunto; hasta que un día, hundido en el mundo de Herman Melville, la lectura de Moby Dick le dio la respuesta. 


            El ser humano tiene también su propio instinto. Podremos ser necios, sórdidos, truhanes, asesinos, podremos “ser detestables colectivamente”[12] cuando nos disolvemos en nacionalidades; pero el ser humano “en cuando ideal, es algo tan noble y resplandeciente, una criatura tan elevada y luminosa”, que orienta como un faro la esencia crucial de cada individuo; “esta enmascarada humanidad la sentimos en nuestro interior” y le confiere una dignidad que es igual en todos, por encima de los reyes y vestiduras; es, para Herman Melville, “esa democrática dignidad que, presente en todas las personas”, es la “sustancia y centro de la democracia”[13]; él achaca su origen a dios, pero la depositaria de dios es inevitablemente la naturaleza.
            Así pues, la humanidad, la dignidad, son la sustancia misma de la naturaleza humana. Con ella se nace y la sentimos en nosotros, aunque nos olvidemos de ella y tengamos que volver a aprenderla. Por eso piensa Melville que hasta “los más sórdidos marineros, los renegados y los malhechores”, tienen “altas cualidades, aunque sombrías”; por eso ve posible tener con ellos unas “trágicas indulgencias”; porque “incluso los más sombríos, los más degradados quizá, se elevan a veces por sí mismos a las exaltadas cumbres”; don Juan se salvó a pesar de su depravación, Fausto se salvó con su soberbia, y hasta el temido bandolero se salva por su humanidad en “El condenado por desconfiado”. A pesar de todos los errores siempre hay “un manto de humanidad sobre todos” los de nuestra especie. Podremos degradarnos al existir, pero hay un tesoro inagotable en nuestra esencia.


3.

            Aquello desató la imaginación de Juan. Y le dio sentido a todo lo que había dicho en Fresneda. Todos tenemos una doble naturaleza, un doble instinto. Como animales experimentamos un sentir visceral, y como humanos, ese instinto se llena de cordialidad; el sentir visceral brota del deseo y nos lleva a hacer lo que nos apetece, y el sentir cordial brota de la conciencia moral y nos induce a hacer lo que sentimos que está bien; el primero es la fuerza de lo primitivo, de London; el segundo es el sentimiento de humanidad, de Melville. Ambos son instintos: recuerdos de los antepasados convertidos en costumbres. Lo primitivo es míster Hyde en estado puro; lo segundo es el doctor Jekyll, mezcla de primitivismo y humanidad. Pero lo primitivo no es malo si no se rebela contra la humanidad que contiene (aunque Stevenson se confundiese con la supuesta maldad de mister Hyde). Por eso la ética, que es el control de la parte visceral por la parte entrañable, no debe alimentar al corazón a costa de las tripas: ni viceversa; por eso estaba Nietzsche tan acertado cuando lanzaba sus críticas contra esa inmoralidad de la moral; que ésa y no otra cosa es la humanidad cuando se brutaliza. El espíritu animal es amor a la prole, si me apuras a la tribu; el espíritu humano es amor a todas las tribus sin distinciones ni barreras.
            Es bueno que el instinto viva libre, tanto si es animal como si es humano. Porque si se le encadena pierde su naturalidad, y una naturaleza encadenada ya no es naturaleza. La educación, fruto y fuente de la cultura, tiene que respetar las sanas fuerzas naturales; el deporte sirve para hacernos mejores, no para reprimir nuestro impulso (por ejemplo sexual); de lo contrario la educación no desarrollará nuestras fuerzas sino que las desvirtuará. Se produce entonces la rebelión de la naturaleza. Que es, aparte de una desnaturalización de nuestras fuerzas, un hundimiento en la enfermedad. 






[1] Jack London, La llamada de lo salvaje, Madrid, el país, 2004; p. 50.
[2] Ibídem, p. 60.
[3] Ibídem, p. 88.
[4] Ibídem, p. 38.
[5] Ibídem, p. 89.
[6] Ibídem, p. 106.
[7] Ibídem, p. 105.
[8] Ibídem, p. 106.
[9] Ibídem, p. 89.
[10] Ibídem, pp. 107-108.
[11] Ibídem, p. 50.
[12] Herman Melville, Moby Dick (I). Madrid, El País, 2004; p. 167.
[13] Ibídem, p. 168.

viernes, 13 de diciembre de 2019



EL ARTE (3): TRASCENDENCIA
  

1. Definiciones.

            Uno puede preguntarse qué es la esencia de las cosas. Una respuesta frecuente es que es la abstracción de sus apariencias. Un avión no es un bimotor (pues hay aviones que tienen más de dos motores) ni un cuatrimotor (por las mismas razones), ni un planeador, ni un biplano, ni un aparato con hélice (pues puede tener turbinas); las hélices son tanto de los aviones como de los barcos, y lo son tanto como las turbinas, y los biplanos lo son tanto como los monoplanos. Un avión es, en esencia, lo que tienen en común todas sus apariencias: un aparato con motor y alas que sirven para volar. Aparato: por lo tanto un ser artificial, no un animal, no un insecto,  ni un murciélago, ni un pájaro. Con motor, independientemente del número de motores que tenga. Con alas, da igual que sean una o dos; o tres, incluso. La idea de avión no se puede dibujar; sólo se dibuja cualquiera de sus existencias, no su esencia; dibujamos aviones reales, no ideales; aviones existentes, no esencias de avión. La esencia de una cosa es eso que comparten todas sus variedades y que no corresponde en particular a ninguna.
            O sí. Quién sabe. En segunda aproximación veamos en qué contextos usamos la palabra “esencia”. La esencia del café es esa sustancia donde se concentra su olor y su sabor, el grano que mezclamos con el agua, un grano de café torrefacto; en ese sentido la esencia del café, volcada en el exterior, sería su aroma; tendríamos que distinguir entre una esencia contenida (el grano de café) y una esencia derramada (el aroma): y habría que admitir que, al menos en parte, hay esencias que existen en la realidad, no son sólo representaciones ideales captadas por la inteligencia, inaccesibles a los sentidos. La esencia del café se huele; no es sólo una idea, también es una realidad que existe: una manifestación concreta de sus propiedades.
            En tercera aproximación, la esencia de una cosa es lo que conviene a la totalidad de sus individuos. Yo digo que robar es bueno si no me pillan, pues con el dinero robado satisfago mis caprichos y realizo mis proyectos. Pero eso no es bueno para la persona robada, aunque lo sea para mí; por lo tanto no puedo decir que robar sea bueno, así, en general, sino que es bueno para unos y malo para otros. Lo que es bueno para unos y malo para otros no es bueno, así, en sí mismo, bueno a secas. Lo que es bueno sin mayores precisiones es lo que es bueno para todos, tal es la naturaleza del bien. Bueno es lo que conviene a todos los seres humanos de la historia, a los que han vivido, viven y vivirán. La salud es buena para todos. El amor también. Y el dinero. Y el bienestar. Y la belleza. Y la justicia. Y el respeto. Pero lo que es bueno sólo para algunos no es el bien sino el placer, el capricho, la codicia.
            En cuarto lugar, la esencia de las cosas es lo que no entra en contradicción con otras cosas esenciales para ellas: tal es, ahora, la naturaleza del bien. El placer es bueno pero si el tabaco me quita la salud, entonces el placer que me procura es un mal disfrazado de bien; si un placer te quita la posibilidad de disfrutar de otro entonces no es bueno: los momentos agradables que nos proporcionan las drogas, incluido el tabaco, el café o las pasiones en general, nos van destruyendo poco a poco y lo propio del bien es construirnos, no colaborar en nuestro desmoronamiento.


            En quinto lugar, podemos decir que la esencia de una cosa es su utilidad, y su utilización continuada la va destruyendo poco a poco (como la goma que se borra al borrar puesto que borrar consiste en deshacerse para deshacer el lápiz o la tinta que hay escritos en el papel); y como deshacerse es lo mismo que desaparecer, poner a trabajar la esencia de la goma es hacerla desaparecer poco a poco: hasta que se gasta. Existir es hacer que aparezca nuestra esencia y al hacerlo, inevitablemente, empezamos a desaparecer.
            Recapitulando provisionalmente, convendremos en que hemos adelantado cinco definiciones de lo que entendemos por esencia.
            Primero: una esencia es lo que tienen en común todas sus apariencias (un avión es un aparato con alas  que sirve para volar). Al revés que la existencia, la esencia no se puede dibujar. A menos que el cubismo de Picasso, que representa a las cosas de frente y de perfil, sea como esa superposición de fotos de rostros diferentes de la que sale lo que tienen en común todos los rostros: algo así como el fantasma abstracto del rostro que trasciende por encima de todos los rostros en los que se encarna.
            Segundo: una esencia es la concentración de sus cualidades, no ya de sus apariencias (la esencia del café es su aroma). Todos tenemos apariencias no esenciales pero la apariencia esencial es la esencia derramada (el aroma) y se derrama de un punto en el que estaba contenida y concentrada (el grano de café). No es esencial que yo me vista con jersey o con chaqueta, pero sí lo es que mi cuerpo se vista con la piel que la naturaleza le ha dado. Platón pensaba que las apariencias, engañosas, traicionan el espíritu de la esencia; yo defiendo, con Platón (no contra él), que las apariencias de las cosas son más o menos aproximadas según el grado de fidelidad con que participan de, o imitan a, la esencia con la que se comparan.
            Tercero: una esencia es lo que conviene a todos los individuos que la encarnan (es esencial para el ser humano tener salud, bienestar, dinero, belleza y amor, pues sin salud, dinero, bienestar, amor y belleza en ninguna persona puede realizarse –diríamos también: encarnarse- el proyecto de humanidad). El bien no conviene sólo a unos cuantos: o conviene a todos es un mal que se disfraza de bien.
            Cuarto: una esencia es lo que no entra en contradicción con otras cosas esenciales cuando viene a existir (el placer del tabaco me quita el placer de disfrutar de los olores y los sabores, por lo tanto no es un placer esencial). Existir es compartir rasgos compatibles en el trasfondo de nuestras apariencias, por lo tanto para un herbívoro tener dientes caninos no es un rasgo esencial; ni tener ojos para un topo; ni tener alas para una ballena; en el mejor de los casos las alas le estorban a la ballena, y en el peor, no le dejan nadar.
            Quinto: una esencia es lo que nos lleva a la  muerte en el momento mismo de nacer; aquello que, cuando llega a la existencia, inmediatamente empieza a dejar de existir; lo que apenas aparece empieza ya a desaparecer (como la goma que se borra cuando empieza a borrar).
            Abstracción. Concentración. Extensión. Consistencia. Contradicción. El aroma es la esencia del café porque es la abstracción de todas sus apariencias, está concentrado en el grano, lo tienen en común todos los granos de café de todas las variedades, no contiene sustancias parásitas que le quiten su olor y se consume, diluyéndose, desde el instante mismo en que empieza a salir de la taza (de la cafetera, más bien). Es posible que haya otras definiciones de lo que entendemos por esencia, de hecho seguro que las hay; pero como toda investigación debe tener un final demos, por el momento, por zanjado nuestro estudio aunque haya algo de aporía en sus conclusiones; aunque nuestro concepto sea sólo provisional.   


2. La esencia en el arte.

            El arte es un juego que se preocupa por la esencia, como la ciencia: sólo que para un científico las apariencias, importantes al principio, acaban siendo accesorias (y para el artista las apariencias son el vehículo en el que se muestra la esencia transportada). Una vez que sabemos que la esencia de la vida es nutrición, relación y reproducción, el estudio de la morfología, la anatomía, la fisiología y otros aspectos de los seres vivos sirve para definir categorías distintas de seres, con independencia de su aspecto; mas para el arte el aspecto es fundamental a la hora de plasmar lo que es esencial en las cosas.
            Hay apariencias que se contentan con existir: otras trascienden más allá de la existencia; las primeras conforman relatos episódicos, anecdóticos, intrascendentes, y las segundas los iluminan con la luz de su argumento; las primeras permiten construir lienzos, seguramente armoniosos y bonitos, pero sin alma, sin vida, se quedan en cromos, mientras que las segundas construyen auténticas cascadas de sentido que se tapan unas a otras; el arte superficial se comenta en un momento: la profundidad en el arte no ha terminado de admitir una interpretación cuando detrás de ella, oculta, aparece otra, y luego otra, y otra, y otra.
            Hubo en su momento folletines para el consumo de masas; historietas que convivieron con la tradición de la gran novela; Eugène Sue, por ejemplo, convivió con Balzac, Flaubert, Víctor Hugo, Los miserables fueron contemporáneos de Los misterios de París. En San Manuel Bueno, mártir vemos que convive Unamuno con el Bertoldo. Vinieron los pliegos de cordel. Luego fueron los tebeos, las fotonovelas, las telenovelas, finalmente los culebrones. La literatura de masas se consume mucho más que la literatura para las gentes cultas, para las élites, ¿cuál es la razón de su éxito? Al principio o al final de cada episodio de ese primer culebrón que vino a España (o, por lo menos, uno de los primeros: se llamaba Cristal) aparecía hablando Antonio Gala. Yo me preguntaba cada vez que lo veía: ¿qué pinta Antonio Gala aquí? Tuve que ver varios episodios para darme cuenta de que, por detrás del tedio de las repeticiones interminables y, desde luego, prescindibles, había momentos en la evolución de las tramas verdaderamente apasionantes; capítulos antológicos y magnéticos, episodios en los que te quedabas clavado y no eras capaz de apartar los ojos del televisor. Uno comprende entonces que los culebrones, por lo menos en momentos concretos de la trama, tienen gancho. La pregunta es por qué. Uno comprende entonces por qué Antonio Gala, con su bisturí de disecciones, se interesa denodadamente por la anatomía de los culebrones.  
            En el culebrón uno siente a los personajes como si fueran su familia. A fuerza de compartir tantas cosas con ellos acaba uno viéndolos como si vivieran en su casa, el televidente apaga la televisión y al salir al pasillo podría encontrárselos, podría toparse con ellos, en el dormitorio, en el salón, en la cocina. El culebrón, entonces, le alegra la existencia, le pone a uno delante la existencia de otras personas para fundirse con la suya propia; uno apaga el televisor y parece que fuera de la pantalla prosiguen las mismas cosas que veía dentro. El culebrón parece verdad como la vida misma, pero eso es sólo una ficción: en la realidad no se grita y gesticula como gesticulan los actores, y sin embargo hay algo en ellos que parece auténtico, algo con lo que se identifica uno: los temas; en la vida diaria también se utiliza a los niños como moneda de cambio para resolver los problemas de los matrimonios, también le hacemos un hijo al otro para evitar que nos abandone, imaginando que con el niño la pareja superará sus crisis; también se mira por la rendija de las puertas, se escucha por las paredes, se entera uno de las cosas por boca de cotillas, y las prácticas más abyectas de la gente sencilla y corriente se refleja en la pantalla, retratándola: pero el retrato nos hace buenos. Y nos enfurecemos con los malos imaginando que en la vida misma los malos son los otros, ya que en la pantalla nosotros nos identificamos con los buenos.


            En una palabra: el culebrón es una existencia que prolonga en sus personajes los avatares de nuestra existencia cotidiana. Por eso no nos aburre que se repitan tantas veces las mismas cosas, porque en el mundo nosotros también les contamos los mismos cotilleos a la familia, los contamos en el trabajo, a los vecinos, en la tienda, en la calle, en la pescadería; tampoco nos aburre que aparezcan tantas veces los mismos personajes en situaciones intrascendentes, porque también en la vida diaria vemos un día tras otro a la misma gente en situaciones sin trascendencia. Si además a eso le añadimos que el culebrón no nos hace pensar, sino sorber lugares comunes y prejuicios, el cóctel está servido; luego le añadimos algunas pinceladas de cultureta, o ponemos a los personajes en un mundo exótico del que nos van enseñando cosas, y tenemos la sensación de aprender. Eso, unido a una inteligente distribución de las tensiones y los dramas, de los momentos flojos y los momentos fuertes, y tendremos el éxito asegurado.
            Pero no es arte lo que estamos viendo. El arte no es apariencia sin fondo, existencia sin sustancia, existencia prolongándose en la vida (sin dejar de ser espectáculo), episodio sin argumento. Hay claramente definida una línea de separación entre buenos y malos, tramas que se superponen sin superponerse las interpretaciones, para vencer el aburrimiento, y esquemas que simplifican la historia reduciéndola a simpleza (la simpleza es lo contrario de la sencillez, de la simplicidad). El culebrón está construido sobre aprioris de la sensibilidad, pero no tiene trascendencia, y la elaboración, esquemática y hueca, es mínima. No es arte, no, el culebrón es otra cosa. Es un juego de entretenimiento. Una historia que nos sirve para jugar, para evadirnos de la realidad mediante la identificación con fantasías irreales, pero llena de banalidades, simplona, intrascendente; uno diría que es una historia hueca, y es verdad; la existencia que se vacía de lo esencial pierde contenido, se queda en nada, y esa nada, para despojarla del tedio, se viste con oropeles artísticos, pero falsos, y la llenamos con tintes de realidad, pero su realidad es falsa también. Ni lo artístico es arte ni la realidad es real. Y no nos hace pensar.
            El arte empieza cuando la existencia que se nos muestra empieza a destilar sentidos que se ocultan unos a otros, interpretaciones diversas y complementarias, situaciones que trascienden fuera de la apariencia estrecha de su propio existir y, en el mismo instante en que aparece un significado profundo entre metonimias, metáforas y sinécdoques, se llena de profundidad la propia apariencia, y la superficie se vuelve tridimensional, el diagrama plano y las historias huecas se vuelven densas y en todos los episodios se teje, sobre el trasfondo de lo que importa, una línea argumental; si la superficie del relato no se rompe hundiéndose en el vacío, en la nada de un relato hueco, sino que se abomba en el ser llenándose cada vez más en el ser y a medida que se llena va trasmitiendo cada vez más plenitud, no sólo placer; y a veces felicidad sin placer; mientras que el arte malo, centrándose en el mal gusto, te deja un vacío después de haberte reído, y la alegría de lo aparente deja paso a la tristeza de la falta de profundidad. Lo mal hecho te empobrece, y no se compara con la riqueza que nos llena cuando absorbemos arte de verdad.


            Una de las formas en que se muestra la trascendencia es que el significado aparente cambia cuando lo leemos en profundidad. Esos personajes buenos, inocentes, puros, que son víctimas de los pérfidos y malvados, son malvados en realidad: y lo peor es que ese descubrimiento no procede de la obra de arte (suponiendo que lo fuera), sino de la crítica del espectador; en la novela de verdad, en el verdadero cine, en el arte de calidad, el descubrimiento de la maldad detrás de la bondad aparente viene del espesor de la historia, de la densidad de los personajes, de las cascadas de significados que se entrelazan unos con otros; y en esa polifonía de voces está la esencia que brota detrás de lo aparente, como en el fondo del vaso está el café, como en el fondo en el que se proyecta la superficie, como trascendencia que va destilando la existencia; y hay tantas interpretaciones trabadas, tantas lecturas que hay que hacer, que uno no acaba de comentarla nunca; por eso suscita tantos debates, y tan largos, el arte con mayúsculas; todos esos significados están en la obra, no los tiene que poner el crítico, sacándolos de la lógica y del buen gusto, para señalar que le faltan. A título de ejemplo: ese personaje dulce, cándido y bueno que aparece en la pantalla no puede ser bueno cuando lo presentan a todas horas cotilleando y quejándose, demasiado puro para ser verdadero, demasiado bueno para estar ocioso: porque si se pasa todos los capítulos de la serie hablando, ¿cuándo trabaja? ¿Se puede ser bueno y vago al mismo tiempo? ¿No se manchan las manos cuando uno trabaja, no huele uno a cocina y a fábrica, no se mancha la ropa cuando uno tiene cosas que hacer? ¿Se puede ser buena y al mismo tiempo estar maquillada, vestida de punta en blanco, las uñas largas y pintadas? ¿Es coherente ser cocinera y modelo al mismo tiempo? ¿Abnegada madre y no salir nunca con el niño, o salir para tenerlo sólo de adorno? Si la esencia, como hemos visto, es consistente, la forma en que aparecen los personajes no es la forma de lo que tienen que ser: en esa falta de consistencia los personajes se deshacen por sí solos, la historia se desmorona, las tramas se diluyen, y no queda nada trascendente más que relatos huecos y realidades sin retratar. Porque el retrato de las apariencias está en la esencia que tienen dentro en su existencia densa, nada plana, que hace de cada imagen una de las perspectivas en las que se expande su profundidad.