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viernes, 6 de agosto de 2021

PENSAMIENTOS (3)

 

 

PENSAMIENTOS (3)

 


1. Ocio.

 

            Ocio era para los romanos el tiempo libre, mientras que el tiempo que se dedicaba a las tareas obligatorias era la negación del ocio (negotium, de donde deriva “negocio”). Aristóteles concibió el ocio como cultivo del espíritu; un tiempo en el que, disfrutando de libertad, se descansaba aprendiendo; hoy llamamos aburrimiento, más que ocio, a la ociosidad; el tiempo en el que se descansa sin aprender nada, con lo que ni somos verdaderamente libres ni tenemos un descanso verdadero.

            Solemos contraponer el ocio al trabajo. Trabajar es hacer cosas (en física llaman trabajo al movimiento causado por una fuerza); el trabajo, en sentido amplio, puede ser obligatorio o libre; llamamos “trabajo” en sentido estricto al trabajo obligatorio; y al trabajo libre lo llamamos “afición”, “hobby” o, simplemente, “ocio”.

 

2. Placer.

 

            Es una sensación de bienestar; es decir de estar bien, de encontrarse uno a gusto donde está y como está. No se puede explicar con palabras. Pero si no se puede decir qué es el placer, sí se pueden describir sus efectos, y es que se abre nuestro cuerpo; abrimos la boca, abrimos los brazos, las piernas, nos dan ganas de saltar, correr, reír, el resultado es que nos sentimos cargados de energía, que es lo mismo que sentirse pletóricos.

            Hay dos momentos cruciales en el placer: la concentración y la relajación. Cuando bebemos un buen vino inspiramos profundamente y cerramos los ojos, como si necesitáramos aislarnos del mundo para concentrarnos sólo en nuestro placer; y luego chasqueamos los labios, abrimos la boca, abrimos los ojos y hasta extendemos los brazos.

            Cuando llegamos al orgasmo nos concentramos en dejar fluir el placer y cerramos los ojos, para que entre bien dentro de nosotros y explote y se expanda; y cuando crispamos los miembros, tensándolos mucho para llenarnos de placer durante el tiempo que dure; luego se relajan nuestros miembros y abrimos los ojos para soltar la paz que se nos ha metido dentro.

            El placer tiene, como mínimo, tres fases o momentos: concentración (nos aislamos mientras el cuerpo busca); explosión (nos encerramos profundamente para sentirnos estallar olvidándonos de todo); y relajación (nos invade una paz que irradia de dentro como si la energía que hemos absorbido en esa súbita descarga nos alimentara poco a poco). Concentrarse es aislarse de lo que no es la tarea de buscar placer, aunque todavía podemos sentir lo que pasa alrededor; la concentración es un crescendo que alcanza un clímax: ese clímax es el orgasmo, el estallido, el punto de máxima fruición. Explotar es cargarse súbitamente de energía olvidando completamente lo que pasa a nuestro alrededor. Y relajarse es consumir poco a poco ese chorro de energía que hemos producido, y que hemos almacenado dentro, en una sensación de paz que es plenitud, y que produce ensoñación; uno también se siente pletórico de fuerzas, que mientras la plenitud las siente lentamente hacia adentro, el aliento pletórico las descarga hacia afuera de manera rápida y expansiva.

            La tensión que se concentra se rompe bruscamente si, cuando uno inicia el crescendo, alguien rompe la fijación destruyéndola con bromas extemporáneas, como cuando nos cortan un bostezo. 



            El clímax, una vez iniciado, ya no se puede romper. Es una descarga tan fuerte que ya nada la distrae desde el mundo exterior.

            La relajación es más fuerte que todos los estímulos mundanos; aunque si éstos son fuertes y se prolongan, la pueden romper y entonces su magia desaparece, o se debilita.

            Una persona expansiva se siente pletórica después del clímax; una persona contenida se siente plena y se abandona, como cuando la música pone sordina en los momentos fuertes y convierte los gritos en lamentos. La felicidad pletórica es muy distinta de la felicidad plena: la primera es un alarde de fuerza, la segunda de delicadeza; la delicadeza es la fuerza contenida en el recuerdo; el frenesí, fuerza que se despliega en el instante.

            Probar una comida es concentrarse en el sabor, dejarse subyugar por la expresión que se produce en el paladar y espirar soltando el placer; saborear, transportarse y volver.

            Puede suceder con la lectura de un libro. Con la audición de una sinfonía. Con la contemplación de un cuadro, una escultura, un edificio, un ballet, con el embrujo de una conversación, disfrutando de una buena película o creando una obra de arte. Algunos dicen que lo sienten cuando hace estragos en ellos el aliento de dios (y es la mística). Y otros dicen que el éxtasis les sobreviene cuando los abruma la naturaleza, exaltación increíble, cuando los posee, o es poseída por ellos, una fuerza inspiradora: el entusiasmo de la creación.

 

3. Dolor.

 

            El dolor es el extremo de un continuo que empieza en el disgusto o simple desagrado; tampoco lo podemos definir con palabras. Nos duele algo cuando no  nos encontramos bien.

            O sea cuando estamos mal. En Francia al sentir dolor lo llaman “tener mal”. En España al daño lo llaman “mal”, que se usa como sinónimo de enfermedad: “el mal ha avanzado mucho”, decimos a veces, por ejemplo cuando empeora o aumenta una infección, cuando el veneno de una mordedura sube por la sangre, o cuando los tumores se extienden por el cuerpo. Aunque solemos distinguir entre el mal y el dolor: el mal, los tejidos dañados, o la parte del cuerpo que no funciona bien, es la causa del dolor, aunque a veces hay males o daños que no duelen.

            El dolor es una pena, un pesar. Puede ser físico o psicológico. También se da por grados, desde un simple malestar hasta el tormento más terrible, pasando por diversidades que van del malestar o desagrado al pesar, el dolor o el daño, la mortificación… El mal psicológico es un pesar, una pena, una tristeza que va en aumento hasta la rabia, el miedo, el asco o la desesperación.

            Al contrario de lo que sucede con el placer, en el dolor no nos concentramos sino que nos desconcentra; nos distrae de las cosas placenteras. Es quien nos inflige dolor quien debe concentrarse en saber dónde nos duele más. El dolor aumenta por grados hasta llegar al clímax o punto máximo, y entonces se hace insoportable. 




 

viernes, 4 de octubre de 2019

CÓMO TOMAR APUNTES EN CLASE



CÓMO TOMAR APUNTES EN CLASE


             Con frecuencia el ponente introduce su charla (verbalmente o mediante diapositivas) enumerando y nombrando las partes en que va a dividir su discurso; cuando tomamos apuntes convine e escribirlas al principio y enumerarlas; luego, cuando empieza con cada una de ellas, escribimos su título y, si no nos ha dado tiempo, ponemos el número, dejamos la línea en blanco y ya la escribiremos al final.
            Suele ocurrir que cada una de esas partes se subdivide a su vez en varias partes más pequeñas: hagamos lo mismo. Una forma de hacerlo es introducir sangrías mayores a medida que las subdivisiones van siendo menos importantes. Por ejemplo, supongamos que el ponente empieza así:

Voy a hablar de los trastornos psicológicos. Después de una breve introducción histórica iré exponiendo uno a uno cada uno de esos trastornos: la tristeza, la ansiedad, las fobias, las TOC, el estrés postraumático, la esquizofrenia y los problemas alimentarios.
            Antiguamente se pensaba que los trastornos eran envenenamientos del alma y los producía el demonio metiéndose dentro de nosotros; por consiguiente la única cura posible era el exorcismo. Después Hipócrates rechazó su origen sobrenatural y los estudió únicamente como fenómenos de la naturaleza. Para Platón, en cambio, estos trastornos en parte eran divinos y en parte tenían un origen ético. Nosotros los dividiremos en cuatro categorías: depresión, ansiedad, esquizofrenia y problemas alimentarios; dentro de la ansiedad incluiremos las fobias, los TOC, el estrés postraumático y la ansiedad generalizada.
            La depresión es una tristeza que en un treinta por ciento tiene origen genético; también intervienen factores ambientales (como las drogas, el tabaco, el alcohol) y otros más fisiológicos o personales. Sus síntomas suelen ser un estado anímico bajo, dificultad para dormir, cambios bruscos de peso (a más o a menos) y dificultad para el placer; se trata con antidepresivos (que afectan a la serotonina) y psicoterapia.
            La ansiedad se caracteriza por preocupaciones diarias intensas y ataques de pánico (o, como se dice generalmente, ataques de ansiedad). Entre sus síntomas encontramos el nerviosismo, las sensaciones de peligro y los problemas para concentrarse; puede tener causas genéticas, sobre todo físicas (un desequilibrio químico en el cerebro), pero también ambientales (como distintos tipos de presiones, por ejemplo en los exámenes). Se cura con psicoterapia, sobre todo terapia cognitivo-conductual, y también con fármacos. Hablemos ahora de las distintas manifestaciones de la ansiedad, como las fobias, el TOC o el estrés postraumático…

            La charla sigue: detengámonos ahí; se trata sólo de un ejemplo. Desde los primeros momentos nos hemos dado cuenta de que el problema de los trastornos empieza con una clasificación muy precisa; y que para cada categoría el orador considera, sistemáticamente, tres apartados: síntomas, causas y tratamiento; puede que al principio hayamos vacilado un poco, pero rápidamente las cosas se ordenan en nuestra cabeza. Nuestros apuntes se ordenarían así:

  
LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS

  1. Introducción.
Antiguamente sólo se curaban con el exorcismo.
Hipócrates pensaba que tenían un origen natural.
Para Platón eran, en parte, trastornos divinos, y en parte eran éticos.

  1. Clasificación: depresión, ansiedad, esquizofrenia y problemas alimentarios.
2.1.Depresión: es una tristeza que en un 30% puede tener origen genético.
a)      Síntomas:
Estado anímico bajo.
Dificultad para dormir.
Cambios bruscos de peso (a menos o a más).
Dificultad para el placer.
b)      Causas:
Genéticas en un 30% de los casos.
Factores ambientales (drogas, tabaco, alcohol).
Fisiológicas.
Personales.
c)      Tratamiento:
Antidepresivos (inciden en la serotonina).
Psicoterapia.
2.2.Ansiedad:
a)      Síntomas:
Nerviosismo.
Sensaciones de peligro.
Problemas para concentrarse.
b)      Causas:
Genéticas.
Físicas (desequilibrio químico en el cerebro).
Ambientales (distintos tipos de presiones, por ejemplo en los exámenes).
c)      Tratamiento:
Psicoterapia (sobre todo cognitivo-conductual).
Fármacos.
                                               Tipos de ansiedad:
·         Fobias.
·         TOC.
·         Estrés postraumático.
·         (Ansiedad generalizada).
(Fig. 3)

Con lo que hemos escuchado de la conferencia habremos podido, incluso antes de empezar a tomar apuntes, hacer un esquema de toda la charla. Lo hizo el ponente al principio de su presentación. El esquema es el siguiente:

LOS TRASTORNOS PSICOLÓGICOS

A.- Introducción histórica.
B.- Clasificación de los trastornos.
1. Depresión (tristeza):
            I. Fobias.
            II. TOC.
            III. Estrés postraumático.
            IV. Ansiedad generalizada.
2. Ansiedad:
3. Esquizofrenia.
4. Problemas alimentarios.

C.- Conclusión.


            Si tenernos a mano ese esquema durante la toma de apuntes no nos perderemos en ningún momento; cada vez que el ponente empiece un punto nuevo nosotros lo marcaremos en el esquema de la charla con un punto o una raya y lo escribiremos en el cuerpo de nuestros apuntes. Si es posible ir ordenando las subdivisiones de cada uno de esos puntos, podremos utilizar sangrías, y así tendremos un esquema sinóptico. Por ejemplo:

  1. Introducción.
·         Antiguamente los trastornos psicológicos sólo se curaban con el exorcismo.
·         Hipócrates pensaba que tenían un origen natural.
·         Para Platón eran trastornos divinos en parte, y en parte éticos.
  1. Clasificación… etc.
(Fig. 1)

Pero si no conseguimos separar en nuestra mente las distintas partes que tiene cada epígrafe lo podremos hacer de forma redactada. El anterior fragmento quedaría así:

  1. Introducción.
Antiguamente los trastornos psicológicos sólo se curaban con el exorcismo; después Hipócrates pensaba que tenían un origen natural, pero para Platón eran trastornos en parte divinos y en parte éticos.
  1. Clasificación… etc.
(Fig. 4)

¿Qué diferencia hay entre la primera forma de trabajar y la segunda, entre el esquema y el resumen? Resumir es tomar las palabras del conferenciante en el tiempo que podamos; teniendo en cuenta que él siempre hablará más rápido de lo que nosotros escribimos, y está claro que por lo menos la mitad de lo que dice no lo podemos escribir; la cuestión es entonces distinguir lo importante (y apuntarlo) de lo superfluo (y omitirlo). Sin esta habilidad (distinguir lo importante de lo accesorio) no podemos tomar apuntes. Esta habilidad se desarrolla acostumbrándose uno a pensar; no dejando que los demás piensen por nosotros (para copiarlo nosotros después). Habría que inventar un juego que consistiese en dar instrucciones con muchas cosas superfluas mezcladas con lo importante, como se suele decir: con mucha paja envuelta en el grano; y que los ganadores de ese juego serían quienes hicieran lo que se les dice: para lo cual tienen que distinguir lo principal de lo accesorio. Otra forma de acostumbrarse a distinguir las ideas importantes es acostumbrarse a leer mucho. Centrarse en lo importante es como poner una lupa sobre el follaje para enfocar el insecto que estamos buscando. Es como si nuestra mente fuera un teatro, y en ella pusiéramos un vigilante que pusiese el foco en la parte del escenario que queremos que vea el público, valiéndonos para ello del texto que contiene las instrucciones del autor.


      De modo que la primera habilidad es distinguir lo importante de lo accesorio. La segunda es ordenarlo. Ordenar es colocar las cosas separándolas por temas (a esto último se le llama clasificar); y luego juntar cada grupo o clase de cosas que se parecen entre sí. Por ejemplo, meto los tornillos en una caja. Las tuercas en otra, los lápices en otra, en otra los destornilladores, en otra los cuadernos, en otra las gomas… Luego junto las cajas que contienen lápices, cuadernos y gomas y los meto en un armario y lo identifico como material escolar; lo mismo hago con los tornillos, tuercas y destornilladores y los junto, debidamente clasificados, en el almacén de mecánica. Clasificar y ordenar son respectivamente separar y juntar. Y haciéndolo establezco jerarquías: por ejemplo, las novelas las meto dentro del armario de literatura, que contendrá también poesía y teatro; y ordenaré los libros de ciencias en otro armario en el que separaré la física, la química o la psicología. El orden (todo orden jerárquico) quedaría así:

  1. Libros.
1.1. De literatura.
1.1.1. Novela.
1.1.2. Teatro.
1.1.3. Poesía.
1.2. De ciencias.
1.2.1. Física.
1.2.2. Química.
1.2.3. Psicología.
  1. Almacén de mecánica.
2.1. Accesorios y piezas.
2.1.1. Tornillos.
2.1.2. Tuercas.
2.2. Herramientas.
2.2.1. Destornilladores.
2.2.2. Martillos… etc.

            Volvamos nuevamente sobre el texto que nos ocupa. El discurso del que estamos tomando apuntes es como un armario que contiene tres cajones (y tendríamos entonces la fig. 5, que quedaría como sigue):

            A.- Introducción histórica.
            B.- Clasificación de los trastornos.
            C.- Conclusión.

            Sabemos que el segundo cajón (o, si lo preferimos así, el segundo armario) contiene cuatro estanterías, y lo sabemos porque lo ha dicho el autor. Estas cuatro estanterías son (y ésta sería la fig. 6):

  1. Depresión.
  2. Ansiedad.
  3. Esquizofrenia.
  4. Problemas alimentarios.

También sabemos que en la segunda estantería hay tres separaciones (tres tablas o baldas) que delimitan cuatro compartimentos (sería la fig. 7):

I.                   Fobias.
II.                TOC.
III.             Estrés postraumático.
IV.             Ansiedad generalizada.


Todo eso lo sabemos porque nos lo ha dicho el autor. Su discurso, pues, está jerarquizado en recipientes cada vez más pequeños: almacén, armario, estante, compartimento. Cuando el autor anuncia cada una de las partes de su discurso (un discurso es como un almacén de palabras, cada armario es un párrafo (en este caso, numerado) y, dentro de cada párrafo, cada subdivisión (estante, compartimento) se marca con una sangría dentro del párrafo donde está (ésta sería la fig. 1).
Pero cuando al autor no dice cuáles son las partes de su discurso (sería la fig. 4) hay que adivinarlos; mejor dicho, hay que descubrirlas, hay que mirarlas, hay que encontrar dónde están; el párrafo de la fig. 4 es semejante a un cajón donde hay mezclados melocotones, naranjas y tomates, y nosotros tenemos que separarlos en cajas distintas; es como si en la fig. 3 la primera línea dentro del epígrafe “introducción” fuera la de los melocotones, la segunda la de las naranjas y la tercera la de los tomates.
      ¿Cómo hace el vendedor? Muy fácil: él sabe distinguir los melocotones de las naranjas y los tomates. ¿Cómo hace, para convertir la figura 4 en la figura 3, la persona que está tomando apuntes? Muy fácil: aprendiendo a distinguir unas ideas de otras. ¿Y eso como se hace? Prestando atención. Muchos no saben tomar apuntes porque no prestan atención a lo que oyen; oyen, pero no escuchan; el problema de mucha gente que está tomando apuntes es que no se fija en lo que se dice; o se fija en otras cosas, quizá porque éstas no le interesan, su mente no se centra; si la atención tiene su punto de arranque en el interés, la distracción brota del desinterés, es decir del aburrimiento. No hay esquema de trabajo que pueda enseñar apuntes a quien no pone interés ¿Y cómo puede poner interés alguien que tiene que prestar atención a algo que no le interesa? Obligándose. Poniendo fuerza de voluntad. Sacando energía de donde no la tiene, ¿y por qué no la tiene? Porque ha decidido dedicar sus fuerzas a jugar a las cartas y no a centrarse en un discurso del que tiene que sacar apuntes.
      El punto de arranque es, pues, una simple decisión: quien decide dedicar sus energías a tomar apuntes aprenderá a tomar apuntes, es lo que Daniel Goleman llama automotivarse: obligarse a sí mismo a coger gusto a las cosas que no le gustan, si considera que valen la pena; si no me gusta la música clásica y sé, porque lo intuyo, que la música clásica es buena, debo obligarme a escucharla y, entre escucha y escucha, procurar informarme sobre ella y hablar con gente que entienda; y así, obligándome un día sí y otro también, llegará un día en que ya no tendré que obligarme: me acabará gustando; la fuerza de la costumbre me habrá familiarizado con esos sonidos y la comprensión de lo que oigo le habrá ido dando sentido a lo que escucho; al final, el gusto será una combinación de la familiarización con la música y el pensamiento que habrá encontrado densidad en ella; no es lo mismo que familiarizarse con cosas vanas y simplonas (que no simples), que será acostumbrarme a lo fácil y en lo fácil se esconde el mal gusto.
Aristóteles pensaba que los hábitos se adquieren por la repetición de los mismos actos, pero esta repetición tiene que brotar de un acto de la voluntad la cual, a su vez, surge de la razón. Los hábitos razonables son virtudes (Aristóteles los llama hábitos buenos); pero acostumbrarse a lo fácil es vicio, porque lo fácil nos quita las ganas de esforzarnos y la falta de esfuerzo es falta de vida (ya que la vida se potencia haciendo frente a la adversidad, superando los retos cuando los retos son obstáculos que dificultan el vivir).
      Tomar apuntes, en suma, requiere dos cosas: una es prestar atención, poner empeño, esforzarse, y otra es saber distinguir el orden de las ideas y la jerarquía de los conceptos. La segunda es, para algunos, una capacidad innata que hay quien ha tenido la suerte de tener (suerte que no han tenido quienes han nacido con síndrome de Down, por ejemplo); pero la mayoría consigue aprenderla con ejercicio, esforzándose en poner interés si consideramos que vale la pena aunque no nos interese; sería inútil pretender que el profesor nos lo enseñara como por ciencia infusa sin que nosotros moviéramos un solo dedo; no se puede aprender ninguna técnica de trabajo abandonándose uno a la pereza; el dominio de las técnicas, si bien es preciso que alguien te las enseñe cuando tú no sabes aprenderlas solo, en el fondo es simplemente tener fuerza de voluntad.





viernes, 19 de octubre de 2018

PERSEVERANCIA




            PERSEVERANCIA


            Ser constante es seguir esforzándose sin desfallecer. Hay quien, de manera decidida, emprende una tarea y al poco tiempo se ha cansado. Uno puede ser decidido sin perseverar, y hay quien no se decide y es flojo; pero el más flojo de todos es quien no termina las cosas que empieza.
            Ser capaz de hacer las cosas hasta el final es tener tesón, pues el mero hecho de perseverar requiere una fuerza que muchas veces no tenemos; pero quien, terminando todo lo que empieza, lo hace sin ganas, no lo tiene. Hay dos formas de tener tesón: una consiste en no abandonar la tarea, la segunda en hacerla con empeño. Se puede empeñar uno en hacer las cosas porque se siente ilusionado, pero también por disciplina: surge la disciplina cuando uno siente la obligación de trabajar y es capaz de cumplir aunque no le ilusione.
Procedamos, según esto, a precisar nuestras definiciones:
Constancia es mantener el esfuerzo.
Perseverancia es mantenerlo cuando nos tenemos que esforzar más.
Tesón es persistir en el empeño con una fuerza mucho mayor; entre la constancia, la perseverancia y el tesón habría una diferencia de grado, de menor a mayor.
El empeño son las ganas que tenemos de terminar una tarea, aunque no nos guste; el empeño puede ser constante, perseverante o hacerse con tesón, y puede estar motivado por la ilusión o por la disciplina.
Ilusión es la energía que evita que el esfuerzo se haga pesado; por el contrario, lo vuelve alegre, agradable y ligero.
Disciplina es la energía que nos mueve a terminar las cosas aunque no disfrutemos con ellas; la disciplina es una forma de sacrificio.
Sacrificio es renunciar a una cosa que nos gusta por otra que nos conviene, o que vale más, aunque no nos guste o nos guste menos.


Ejemplo 1. La inactividad. La abulia. El nihilismo.

            Hay quien empieza a leer una novela y, como no se siente enganchado por ella, la abandona: ha tomado la decisión de leerla, con lo que estaba decidido; pero no ha sido constante porque no ha podido seguir leyendo si la novela no lo cautivaba, si no lo atrapaba en sus redes como atrapan las arañas a la mosca; esa persona no puede hacer las cosas que no le ilusionan, incapaz de obligarse si no siente placer, y no puede someterse a disciplina. Algunos psicólogos dirán que es una persona inactiva; las personas no activas no paran cuando hacen cosas que las apasionan, pero demoran siempre la tarea si tienen que hacer algo que no les gusta; un alumno apasionado por la biología puede sacar sobresaliente en biología y suspender en todo lo demás.

Ejemplo 2. El tedio, el hastío. El spleen.

            Después de una arenga puede uno sentirse arrastrado a trabajar, pero en menos de un día pierde la energía acumulada y se esfuman las ganas; y lo que tan apasionadamente ha empezado cae en la inactividad y degenera en abulia; y en aburrimiento, que es el tono anímico que tenemos cuando no queremos hacer nada.

Ejemplo 3. Dueños de nuestro destino.

            Final de la champions. El Real Madrid perdía por uno a cero: faltaban tres minutos para terminar. Si hubieran dado el partido por perdido lo habrían perdido. Pero no se rindieron: y empataron en el tiempo de descuento. Forzaron la prórroga y se hundió el Atlético de Madrid y el Real Madrid se alzó con el triunfo.
            “Hasta el rabo todo es toro”, dice el refrán popular. Si nos rendimos antes de que acabe la batalla renunciamos a vencer. Si abandonamos, podremos achacar la derrota a nuestra mala suerte, pero perderemos, en realidad, porque no hemos querido seguir luchando; en el último minuto podemos cambiarlo todo aunque todo parezca perdido, sólo hay que persistir en el empeño: sólo tenemos que perseverar.

Ejemplo 4. El abandono.

            Hay alumnos que estudian y suspenden y eso sucede montones de veces. Y algunos que piensan que si, después de estudiar, han suspendido, entonces ¿para qué estudiar? Sucede sin embargo que el estudio no te garantiza el aprobado, pero la falta de estudio sí te asegura el suspenso: con total seguridad.
            Si el estudio no te garantiza el éxito al menos te lo hace más probable; y si persistes es más probable todavía que acabes aprobando, sólo tienes que ser constante; si de tanto ir el cántaro a la fuente se acaba rompiendo, también es cierto que de tanto esperar en la cola tiene que llegar el momento en que te toque. Es, simplemente, una cuestión de paciencia: de no abandonar nunca por mucho que tarde en llegar el éxito; mantenerse en la lucha es el único secreto, a veces la lucha ha de ser paciente: y perseverar.