viernes, 30 de septiembre de 2016

Sobre la tolerancia






SOBRE LA TOLERANCIA

 

  1.  

            Uno se siente orgulloso del dinero que ha ganado con su esfuerzo, con su trabajo. Muchos consideran justo disponer de él en beneficio propio; a otros, sin embargo, les perece bueno destinar una parte a aliviar la vida de quien no ha podido ganarlo. Los primeros valoran sobre todo la libertad de disfrutar, como les parezca, de lo que han ganado; un goce basado en el mérito, y un mérito obtenido a base de esfuerzo y sacrificio, que muchas veces consiste en tener iniciativa y audacia; pues tener iniciativa es ser creativo, tener ideas, ocurrencias, y realizarlas de forma responsable; y ser audaz, ya se sabe, es asumir riesgos. Los segundos, por el contrario, valoran más la solidaridad independientemente de que su dinero sea o no fruto de la iniciativa; lo más importante es que el necesitado también tenga posibilidades de disfrutarlo: llamo necesitado a quien no ha tenido oportunidades para ser audaz, no a quien carece de dinero (y aunque lo primero lleva necesariamente a lo segundo, lo segundo no siempre desemboca en lo primero).
            Los valores de la iniciativa se atribuyen tradicionalmente a la derecha (en el universo liberal); y los de la solidaridad suelen ser las señas de identidad de la izquierda: así, la derecha es más sensible al esfuerzo por crear riqueza, y la izquierda al esfuerzo por repartirla; y ambas (derecha e izquierda) son igualmente capaces de crear ideas.
Pero hay gente buena y gente mala. Llamo gente buena a quien es incapaz de hacer a los demás lo que sanamente no se haría a sí misma; y gente mala a quien es capaz de hacerlo. Hay una falacia, y es pensar que la búsqueda de la solidaridad es propia de la gente buena (y por tanto la izquierda es siempre buena); con lo que la búsqueda de la riqueza sería propia de la gente mala (y a la derecha no le quedaría más remedio que ser mala): nada más lejos de la realidad. Hay buenas personas en la derecha (yo no sé si Bill Gates sería buen ejemplo de ello) y buenas personas en la izquierda (por ejemplo Olof Palme). Y en la derecha ha habido gente mala y hasta muy mala (Hitler) como también la ha habido en la izquierda (Stalin).
Con esto intento hacer caer un viejo tópico: que la derecha siempre ha procurado explotar a los trabajadores y perseguirlos y matarlos y exterminarlos y esclavizarlos; afirmar esto supone no distinguir entre derecha moderada, derecha pura y extrema derecha; durante la transición española el líder comunista Santiago Carrillo solía distinguir entre derecha cavernícola y derecha civilizada; con la primera no se puede pactar (decía él) y con la segunda sí. Decir, ahora, que toda la derecha es igual y pretender taparle la boca es hacer gala de una intransigencia que no promete nada bueno; esa actitud desembocó en su día en la persecución a la Iglesia y en la quema de conventos; lo cual es comprensible porque la Iglesia también había llamado a los militares a reprimir cualquier aspiración de la gente pobre a ser feliz. Aquella derecha se entregó a una represión sangrienta y despiadada; pero hoy no todos son así. Aunque a algunos les gustaría volver a las andadas.
¿Qué es la intolerancia? No dejar hablar a quien no piensa igual que nosotros; el siguiente paso es no dejarle vivir. El intolerante divide el mundo en blancos y negros, y actúa como si los que no son blancos fueran negros: craso error, que reposa sobre una confusión lógica, la confusión entre contrariedad y contradicción. Lo negro es lo contrario de lo blanco: lo rojo, no; lo rojo no es su contrario, sino su contradictorio; los extremos se odian a muerte, lo que hay entre ellos convive sin odiarse: hay entre el blanco y el negro una infinita variedad de grises; y lo que no es blanco ni negro (es decir la contradicción) es inmensamente rico y permite el enriquecimiento recíproco. La intolerancia surge cuando pensamos que lo que no es blanco tiene por fuerza que ser negro, y que quien no está conmigo tiene necesariamente que estar contra mí. Pero cuando reconocemos que en medio de los extremos está la variedad de la vida, entonces la diferencia no nos empujará a la guerra, sino al diálogo: y estaremos viviendo en la tolerancia. La vida es lucha, sí, pero no con balas, sino con palabras; que a la dialéctica de Sócrates no sé quién le opuso la dialéctica de los puños y las pistolas. 

 

Contaba Buñuel una vieja broma. Decía que al salir a la calle vio un día un cura, y ante semejante provocación no pudo menos que darle un puñetazo. Aquella broma retrataba muy bien lo que es ser intolerante: el intolerante no sabe dirigirse al adversario si no es insultándolo y mandándole callar, cuando no matándolo. Pero quien no es intolerante sabe apreciar la infinita variedad de la vida; y quienes no piensan como él no son sus enemigos, sino sus adversarios; un adversario es el que saca de ti lo mejor que tienes, enfrentándose a ti con todas sus fuerzas; un enemigo es el que te mata. No hay cosa más enternecedora que dos deportistas dándose la mano después de haber luchado a brazo partido; en el tenis; en el rugby; y así debía ser en la política.
Yo pienso que las víctimas del franquismo deben ser sacadas del olvido, rescatadas en su dignidad, ya que fueron idealistas, leales y no forajidos. Tú piensas que ya está bien de remover el pasado, que el pasado está muerto. Yo te digo que no podemos dejar en paz a los muertos, como decía Gabriel Celaya, porque los muertos no están enterrados, sino desaparecidos. Tú me contestas con Celaya: “¡allá los muertos, que entierren como Dios manda a sus muertos!” Y yo te digo: “estamos de acuerdo, porque eso es precisamente lo que queremos: enterrarlos; para eso tenemos que encontrarlos primero, y luego conseguir que todo el mundo reconozca que no fueron traidores, sino leales al gobierno”. ¿Ves? Nos hemos puesto de acuerdo. Hablando. No disparando ni una sola bala. Aceptándonos, sin descalificaciones ni peleas. A esa actitud nosotros la llamamos tolerancia.
No estoy de acuerdo con lo que tú dices (decía Voltarie): pero me batiré hasta la muerte, si es preciso, hasta conseguir que puedas decirlo. La esencia de la democracia es el diálogo; y la esencia del diálogo no está en hablar, sino en escuchar. Si hablo yo solo y mando callar a quien no está de acuerdo conmigo eso ya no será diálogo, sino monólogo: o sea, tiranía; porque mis razones se estarán imponiendo por exclusión del otro. Dialogar es no excluir a nadie, sino aceptar al otro, escucharlo, porque todos tenemos derecho a la palabra: isegoría; ése es el lema de la democracia ateniense; nadie tiene por qué mandar callar a nadie, siempre que nadie impida que hablen los otros. Y no hablar con insultos, sino con razones.
Alguien ha dicho que la razón es lo contrario de la arbitrariedad. Hay que defender nuestras ideas con palabras: para eso necesitamos un adversario. Si tapamos la boca del adversario ya no tendremos con quién hablar: y entonces nos quedaremos solos; y acabaremos por parecernos a Hitler o a Stalin. Un adversario es alguien que nos aporta ideas que no habíamos pensado antes, porque nosotros pensábamos de otro modo. Un adversario es un espejo donde mirarnos, y al mirarnos nos vemos a nosotros mismos, y si no hay espejo no tendremos donde mirarnos. Un adversario es un amigo: que con sus críticas nos muestra lo que no veíamos, y gracias a él lo vemos ya, y desaparece la cara oculta de la luna. ¿Cuál es el mejor padre, la mejor madre: quienes  hacen lo que dicen sus hijos, o quien los critica cuando se equivocan para darles la posibilidad de cambiar? La crítica es lo contrario de la intolerancia. Criticamos lo que más queremos, porque silenciar nuestras críticas no seria amor verdadero.
¿Y qué ocurre  cuando nos tapan la boca? Que dejamos de ser libres. Los amigos, como los padres y los hijos, si dejan de ser libres de decir lo que piensan ya no son verdaderos amigos. Si, por no incomodar al otro, hacemos como si no hubiera pasado nada, la herida se estará cerrando en falso. ¿Debe cicatrizar una herida antes de limpiarla, cuando aún no hemos vencido el foco de la infección? Seguir como si nada hubiera pasado es dejar de ser amigos y dejamos de ser libres: porque el único límite que le ponemos a nuestra libertad son los derechos de los otros; mi libertad termina donde empieza la tuya.
Muchas veces he pensado en lo que sería un mundo libre. Antaño no podíamos hablar porque nos lo impedía el despotismo. Y ahora que no hay déspota nos convertimos en déspotas nosotros mismos. Lo decía Unamuno: tenemos a la inquisición metida en nuestra cabeza. Le hacía coro ortega y Gasset cuando nos animaba a desconfiar de aquel que no se esforzaba en comprender a sus enemigos. Y es que amar a sus amigos lo hace cualquiera; todos comulgan con su equipo y denigran al adversario, nos identificamos con nuestro partido, nuestro sindicato, y vapuleamos a los demás. Un Capuleto sólo puede amar a un Capuleto, y por eso Julieta siempre tendrá prohibido amar a Romeo. Ahora bien, amar a nuestros amigos es cosa fácil, lo difícil es amar a nuestros enemigos, y ése es el camino por el que debemos dirigir nuestros esfuerzos: lo decía un tal Jesús de Nazaret; por lo menos es lo que cuenta el evangelio.

 

2.

            Otra forma de intolerancia que tienen los jóvenes es la manía de etiquetar: éste es un friki, un hipster, un pijo, un sharpero, un skin, un grunge, una tribu urbana de tal y tal… y entonces, inmediatamente, queda marginado; ponerle una etiqueta a alguien es meterlo en un cajón con otras personas similares a él y tratarlos a todos por igual; y si esa categoría de personas no nos gusta, inmediatamente queda excluido de nuestro trato: excomulgado, incomunicado, aislado, solo. Pepe no es Pepe, es un pijo; Beatriz no es Beatriz, es una mujer; poner etiquetas es meter a una persona dentro de un grupo y juzgarla igual que juzgamos a todos los que pertenecen a ese grupo; querer que reaccione como todos los miembros de su grupo (no de manera personal, sino estereotipada); debe ajustarse a su cliché, como si todos los miembros del grupo fueran copias fieles del mismo cliché, clones idénticos unos a otros, individuos indiferenciados, no personas distintas; porque yo, aunque sea un hombre, no me comporto igual que todos los hombres, como supone el viejo cliché femenino: “todos los hombres sois iguales”.  
Acosar a una persona es aislarla, y la mejor forma de aislamiento es ponerle una etiqueta, que es como un muro o una valla con la que la separamos de los demás; con la etiqueta juntamos a todos los que se parecen en un campo de concentración, los tratamos como si fueran iguales y nos olvidamos de ese pequeño detalle que importa tanto: porque en ese casi nada está toda la diferencia. Y si tú eres un empollón y no te comportas como tal, recibirás burla y escarnio, porque una persona que estudia debe comportarse como un empollón (por cierto, ¿cómo se comportan los empollones?). Pero si te comportas como un empollón también recibirás burla y escarnio: no tienes escapatoria, vayas por donde vayas estás pillado. No sólo te catalogan con una etiqueta, sino que si no te ajustas a la etiqueta no pintas nada; y si te ajustas tampoco. Tienes una cruz: eres cristiano. Una estrella de David: eres un judío. Un martillo y una hoz: eres un comunista. O tienes una svástica: eres un nazi. Dejas de ser persona, te conviertes en una definición, un estereotipo, uno de tantos; en adelante sólo serás una etiqueta; ya eres un objeto, una cosa sin derechos, no una persona (que es un ideal que quiere realizarse), sino un individuo (que es uno más en un grupo donde todos son iguales); no eres un ideal, un sueño, sino una realidad que ya no puede soñarse. La persona ama, el individuo compra el amor en un prostíbulo. Cuando la prostituta ha acabado contigo en seguida te dice: “¡el siguiente!” Y Jacques Brel, cuando le cantaba al joven fracasado que había dejado los estudios para enrolarse en el ejército, lo mostraba formando en fila delante de los prostíbulos; y cuando por fin encuentra a una chica que le quiere, aún se despierta por las noches atacado por la fiebre, soñando que le dice, después de hacer el amor: “¡el siguiente!” Todos los siguientes del mundo deberían darse la mano, es lo que se dice el recluta en su deliro; y llorando su fracaso el poeta lo viene a compadecer, reivindicando a los individuos que sólo son uno de tantos, los que son iguales a los demás como madalenas sacadas del mismo molde, los que tienen una etiqueta como hormigas condenadas a ser números anónimos dentro del hormiguero, los que nunca serán ellos sino sólo una copia de los demás: eso es lo que nos dice Jacques Brel. Todos somos iguales en derecho, porque todos valemos lo mismo: valemos lo máximo; por eso nadie vale más que nadie, como dice el viejo refrán castellano; porque no se nos puede comprar ni con todo el oro del mundo, por eso tenemos valor, no precio; y como somos tan valiosos todos tenemos derecho a desarrollar nuestra vida siguiendo nuestro propio camino, sin que ese camino nos lo impongan nuestra tribu, nuestro sexo o nuestra religión. Lo decía Antonio Machado: se hace camino al andar; y por eso, iguales en derechos, somos profundamente diferentes en nuestros hechos, en nuestra naturaleza, en nuestras acciones; y ninguna etiqueta puede reflejar fielmente nuestra verdadera identidad. 

 

Lo que nos impide comprendernos es la distancia. Vemos las cosas desde lejos y es porque los toros se ven muy bien desde la barrera. Un poema tiene Machado donde se mete en el pellejo de un condenado a muerte, y se esfuerza en sentir como él debe sentirse y se compadece de él; y mientras tanto las turbas, tratándolo como asesino, lo insultan e increpan, y hasta algún exaltado, si le dejaran, le gustaría también tirarle piedras. A esta falta de corazón, a esta crueldad con el que se le hemos puesto la etiqueta de asesino (como aquel otro asesino al que le pusieron un INRI en la frente), abruma y desconcierta. Lo bueno es que el que más se exalta con el ataque al condenado suele ser el que tiene el corazón más sucio. Por eso dijo Jesús: “el que esté libre de culpa que tire la primera piedra”. Y esos culpables que se pasean con dignidad, porque nadie les ha puesto la etiqueta de culpables, son capaces de ver la paja en el ojo ajeno pero no pueden ver la viga que tienen en el suyo. O lo que es lo mismo, no son sensibles a la crítica; porque lo primero que debemos criticar es a nosotros mismos. Criticar es ver las cosas y para ver hay que mirar, y el intolerante no quiere mirar porque teme verlo todo de manera diferente a como él quiere verlo.
El terrorismo es deleznable, pero ¿nos hemos puesto alguna vez en la mente de un terrorista? Antes de condenarlo ¿sabemos por qué piensa como piensa, siente como siente, reza como reza? Nadie dice que haya que justificarlo, pero sí tenemos que comprenderlo. “Camada negra” es una interesante película de Manuel Gutiérrez Aragón; en ella se muestran las vivencias, frustraciones y desvaríos de un terrorista de extrema derecha: interesante ejercicio de comprensión. No se trata de tolerar la violencia: se trata de comprenderla; si la comprendemos, pondremos las bases de su erradicación, como cuando el médico que comprende una enfermedad ya está empezando a curarla. ¿Cómo voy a curar un melanoma igual que un grano? ¿Cómo podría yo curar ese lunar sangrante si no he comprendido el origen de esa sangre?
Tolerancia es aceptar las opiniones de los demás, y el límite de la tolerancia es cuando las opiniones incitan a la violencia. Y si con la violencia no debemos ser tolerantes, sí debemos ser comprensivos. Tolerar es respetar y respetar es aceptar, y no aislar ni a las personas ni a las ideas. Aceptamos a los demás cuando los escuchamos, no cuando los obligamos a que nos escuchen ellos. La mejor forma de respeto es el diálogo: un intercambio de ideas, sentimientos y experiencias desde la escucha.
Un sofista de nuestra época ha desarrollado un curioso argumento contra la tolerancia. “¿Os imagináis que yo le diga a mi mujer: te tolero? Sería absurdo. Tolerar a las personas no es amarlas, y yo a mi mujer la amo”. Por lo tanto concluía, muy ufano: “yo soy intolerante”. Y la gente aplaudía a rabiar. Luego, cuando salieron a la calle, se produciría un salto semántico; y de la tolerancia que es menos que amar desembocarían en la tolerancia que es lo contrario del amor. Conclusión insoslayable: si yo quiero amar, debo ser intolerante; o sea que debo practicar la violencia. La violencia es lo mismo que el amor: ésa es la paradoja que le gusta al intolerante.
Pero cuando nosotros hablamos de tolerancia no nos referimos a eso. La tolerancia de la que estamos hablando no consiste en soportar, apechugar o aguantarse. La tolerancia de la que queremos hablar consiste en respetar, y cuando la otra persona no nos respeta, lo que debemos hacer es comprenderla como única terapia. “¡No tolero tus insolencias!”, decimos a veces. Es verdad: no hay que tolerar la falta de respeto. Pero sí debemos tolerar las opiniones respetuosas que se dicen de forma respetuosa: tolerar, que en este segundo sentido (ya lo hemos visto) significa respetar, es lo mismo que aceptar a los demás, aceptarlos como son, sin obligarlos a que sean iguales que nosotros, como si nos sintiéramos inseguros y amenazados cuando todos los que nos rodean no están vestidos con nuestro mismo uniforme. Pero aún hay más: debemos aceptar también que los demás no son un bloque monolítico, sino que ellos también son diferentes entre ellos. Sin prejuzgarlos. Sin estereotipos. Sin querer que todos se comporten de la misma manera, sin obligarlos a todos a ajustarse al mismo modelo. Sin etiquetas. Que yo, antes que ser cristiano o judío o comunista o musulmán o liberal, soy y he sido yo mismo, y el grupo al que pertenezco me coloreará de manera diferente que a mi vecino, aunque mi vecino y yo tengamos el mismo credo: como el pintor no pone tampoco el mismo rojo en todos sus cuadros. No todos los cristianos son iguales. No todas las izquierdas son iguales. No lo son tampoco todas las derechas. Afortunadamente, yo no soy una hormiga idéntica a las demás hormigas, soy un ser humano, y como todos mis semejantes, humano, pero al igual que ellos, distinto: cada uno de nosotros es un mundo que tiene su propia forma de ver el mundo; el de los demás, sí, pero sobre todo nuestro mundo propio.

 
 
Epílogo

            Dos hombres caminan por la calle. Uno es viejo, encorvado y lento, y se apoya en la garrota y su andar es vacilante; el otro es su hijo. El hijo es fuerte, y su andar despacito le pone nervioso; al principio tiene paciencia pero luego, al cabo de dar pasos lentos con sus piernas rápidas, se cansa; no aguanta, se irrita, se enfada con su padre: acaba levantándole la voz y se molesta con él. Lo mismo le sucede a ese padre y esa madre que caminan con el niño que está empezando a andar: su espalda se curva, sus pasos son irregulares, de ritmo cambiante, tan pronto son lentos como atropellados, y andan agachados para evitar las caídas del niño. Y ese otro joven, flaco, alto y desgarbado, que lleva el carro de la compra y se enfada porque el carro es muy bajo y le obliga mucho a agacharse. El hombre, los padres y el joven son buenas personas, su corazón es justo y saben querer: pero cuando se les agota la paciencia ya se vuelven irritables, intolerantes y violentos.
Y es que a veces la tolerancia es paciencia; y quien, o porque es nervioso o porque está cansado, se impacienta, tiene ya poco aguante y entonces se vuelve intolerante. Otros se ponen así porque están tristes; o porque les ha ido mal, o porque les han enfadado, o porque están hundidos anímicamente y han perdido la moral, o porque les toca aguantar a gente muy pesada: entonces pierden los estribos, están fuera de sí y ya no pueden controlarse. También la tristeza o la cólera pueden volvernos intolerantes.
Somos intolerantes cuando no aguantamos, y si no aguantamos es porque hemos perdido fuerza: el intolerante es una persona debilitada, dominada por sus emociones; diríamos, más bien, que nos volvemos irritables. Pero cuando esta impaciencia se alimenta de ideas excluyentes y violentas, la intolerancia deja de ser un estado de ánimo para convertirse en un impulso moral: y entonces nos volvemos malos. No te dejes llevar por la impaciencia. Por el impulso. Por la intransigencia. Por la cólera. Por el odio. Una persona de natural impaciente puede llegar a convertirse, si no se sabe gobernar, en una bestia salvaje. No es lo mismo tener un natural intolerante que practicar la intolerancia moral; como no es lo mismo el temperamento que el carácter. Hay una leyenda india que lo explica muy bien.
Un niño le dijo a su padre: “padre, a veces siento que hay dos lobos que luchan dentro de mí; uno es bueno y otro malo. ¿Cuál de ellos vencerá?” El padre le contestó: “aquél que tú alimentes; el que tú quieras que se convierta en tu compañero de viaje”. 
 
 







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