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viernes, 19 de noviembre de 2021

EL MUNDO DE HOMERO

 

 

EL MUNDO DE HOMERO

VIRTUDES…

 


            No sirve entonces ser astuto en el valor. En el valor hay que ser prudente, como Telémaco[1]. La prudencia (valor templado en la cabeza o cabeza templada en el corazón) no la tuvo Ulises. Ulises se creyó que bastaba con tener razón para ser justo, y la razón fue mala cuando quedó sembrada entre las tripas. Mientras tanto ¿qué hacia Penélope? Esperar: discreta Penélope[2]. Penélope, belleza y juicio[3]; el buen juicio, que al de Ulises lo perdió la vehemencia, y perdió el sentimiento a fuerza de sentir tanto. Penélope, virtuosísima[4], intachable esposa. Conservó la memoria de Ulises y ella perdurará constantemente en nuestra memoria. Lo bueno, lo que vale la pena recordar; la gente buena, será recordada por los siglos de los siglos.

            En el pecho nos gobierna el ánimo; bueno o malo, el ánimo agita el sentimiento en nuestro pecho[5]; y las cosas que resultan feas para los otros pueden ser gratas para mí, por haberme dado la naturaleza esa inclinación; “que no todos hallamos deleite en las mismas acciones”[6]. A unos les gusta el campo, a otros los remos; a unos la casa, a otros la pluma: cada cual tiene sus vocaciones, cada cual tiene sus fuerzas. Pero hay quienes tienen el ánimo excitado y aturdido el entendimiento y no todo es bueno en esos gustos; puede ocurrir que el ánimo esté deformado, y tenemos mal gusto. El vino, el vino vuelve loco nuestro ánimo[7]; el vino puede perturbar el entendimiento[8].

            De entre las cosas que ocurren, unas se recuerdan en nuestro mundo, otras se recuerdan en todos los mundos. Unas se transmiten a través de nuestro pueblo; otras atraviesan el alma de todos los pueblos. Unas son el alma de mi tierra, otras son el alma de la humanidad entera: sólo estas últimas son las virtudes; los vicios yacen escondidos entre ellas en las primeras. La virtud es un esfuerzo por hacernos mejores; pero algunos prefieren más que ser buenas personas, ser buenos guerreros. No se lo podemos reprochar a Ulises: ésa fue su época, y Ulises fue un sarmiento crecido entre las uvas de su tiempo.

            Hospitalidad. Amor. Inteligencia. Astucia. Mando. Fuerza. El ideal de la paz. Tales fueron las virtudes de los tiempos de Homero; que no sabemos si fueron también las virtudes de Ulises. El tiempo es una casa donde vivimos. Podemos mirar el mundo desde nuestra casa, y entonces lo que sucede como ha sucedido siempre es razonable. Pero también podemos mirar las cosas desde fuera de nuestra casa; y desde fuera de las otras casas que se levantan fuera de la mía. Estén cerca o estén lejos; podemos contemplar el mundo desde fuera de todas las épocas y de todos los lugares; es decir, desde ninguna parte; entonces nos parecerá razonable lo que sucede siempre, aunque no sea lo que siempre sucede en nuestra casa. Vivir es estar a caballo entre dos tiempos: el nuestro y el de la eternidad; el nuestro nos da las razones donde hemos crecido; el otro nos da las razones que lo eran antes de nacer. Por eso la vida es un viaje. Vivir es vagar y vagar es estar perdido; unas veces buscamos sin rumbo, otras veces erramos sin rumbo. Y cuando salimos de casa nos sentimos perdidos. Aunque a veces sentirse perdido es la primera señal de que estamos en el camino. La vida es una cuerda perdida entre la soledad y la pereza. 



            Pues las virtudes son las virtudes del mundo que hay fuera de las casas: algunas veces las rodea; otras las penetra. Virtudes de los tiempos homéricos. La hospitalidad. “Tan mal procede con el huésped quien le incita a que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le cumple partir”[9]. Palabras de Menelao. Antínoo. Los pretendientes quisieron quedarse pero Ulises los estaba echando. ¿Era Ulises poco hospitalario? Hospitalarios eran los feacios. Que, cuando Ulises quiso marcharse, lo acompañaron en uno de sus barcos.

            No. La hospitalidad era una costumbre de la casa de Ulises. Pero se levanta sobre una costumbre que comparten todas las casas. Que el huésped respete a su anfitrión; que si no están esos cimientos universales no podremos construir el edificio; que las virtudes de una época se construyen sobre las que atraviesan todas las épocas, sobre las virtudes de la humanidad.

            Inteligencia: “viendo la paja conoceréis la mies”[10]; veréis en las apariencias lo que late escondido en lo profundo; la inteligencia, unas veces, sirve para convencer; otras es el cemento del engaño. Y ahí se convierte en astucia. Ulises, astuto, engañó al cíclope que los avasallaba; y salió del antro donde los daban por muertos[11]. Pero también mató a inocentes engañándolos con su astucia: niños murieron en Troya junto a los combatientes; y también murieron mujeres y ancianos: atrapados en el caballo de Ulises, pérfido, injusto, desolador, y malvado. Sin embargo el saqueo estaba bien visto. Era una costumbre de su tiempo, y Ulises, al abrir una orgía de sangre, sólo pudo ser un héroe de su tiempo. Y se perdió la ocasión de ser el héroe de todos los tiempos.

            Mandar. Esclavizar. El jefe no es el guía de su pueblo, sino el que lo alimenta para esclavizarlo. “No toleraré que permanezca ocioso quien coma de lo mío”[12]: así vive Telémaco; y en sus palabras late el espíritu de la época y el de todos los tiempos. Como habla desde su época, dice: si quieres comer, obedece; y si hablara fuera de ella diría: si quieres vivir, trabaja: ése es el espíritu de todos los tiempos. Está en la fábula de Esopo. Un labrador dijo a sus hijos en su lecho de muerte: buscad debajo de la tierra, en ella hay un tesoro; los hijos cavaron todo el campo y no lo encontraron, pero aquel año la tierra dio sus mejores frutos; la fábula enseñaba que el trabajo es un tesoro; pero el trabajo es libre, y no se condena a la esclavitud dando la libertad en precio, a cambio de comida, para que obedezcas a quien no sabe mandar.

            Fuerza. La fuerza mana de la inteligencia, nunca contra ella; de lo contrario será violencia, furia, crueldad. La verdadera fuerza no se deja atrapar por la ira (Ulises cayó prisionero de ella). Fuerza del ánimo: los bríos. Fuerza del brazo: el vigor. Así lo dice Telémaco cuando habla con su padre: pues que “dicen que tu consejo es en todas cosas el mas excelente”, nosotros seguiremos tu consejo; “y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas”[13]. Así lo decía también don Quijote: “sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad”; no hay leyes que no procedan de la fuerza, y no hay fuerza sana si no procede de la voluntad. De la voluntad, no del capricho, ni de la ira; ni de la mediocridad. Penélope nos recuerda que somos de vida corta; y mientras al cruel lo insultan después de muerto, al intachable le dan una fama que alarga su vida después de morir[14]; y si nuestra vida se ha de acabar un día, sólo la del bueno perdurará siempre en nuestra memoria; y hasta traspasará la barrera de nuestro tiempo; y seguirá vivo más allá de nuestro mundo, en los tiempos de los tiempos. Porque no será el héroe de la guerra, sino de la paz. “Ámense los unos a los otros”[15], dice Zeus; y que se olviden todas las matanzas; pero Zeus presupone que algunas matanzas son necesarias; Ulises era necesario en la sociedad de Homero. Nosotros no lo necesitamos hoy. Ulises se convirtió en un magnífico héroe para los griegos, pero perdió la oportunidad de convertirse en el mejor héroe de todos los tiempos.

 


…Y VICIOS

 

            La inteligencia nos sirve para despertar el ánimo, para inervar la fuerza, para cimentar el amor; no para dirigir la astucia en contra de nosotros. En Ítaca los pretendientes, soberbios, pronunciaban buenas palabras “revolviendo en su espíritu cosas malas”[16]; cuando el espíritu no es el reflejo de las palabras: dos caras, una distinta de la otra; hipocresía; para maquinar contra Telémaco “la muerte y el destino”[17]: lo mismo que contra los otros hacía su padre. ¡Oh, Ulises, fecundo en ardides! Cuando tu astucia maquina contra los otros eres sabio, pero cuando te lo hacen los otros a ti son crueles: y vas a jugar siempre con un doble rasero; bueno lo que te favorece, aunque a otros perjudique; malo lo que te perjudica, aunque beneficie a todos.

            Lo contrario de la soberbia es la timidez. Pero “al que está necesitado”, dice Homero, “no le conviene ser vergonzoso”[18]; y hay quien, “obligado por la necesidad”, cantaba ante los pretendientes: como el aedo Femio[19]; el mismo que, defendiéndose ante Ulises, decía:

            -No he entrado yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria; me han forzado a que venga[20].

            Timidez, dignidad, soberbia: la fuerza o la penuria nos arrancan la timidez, el impulso nos lleva entre la dignidad y la soberbia; la pérdida de la dignidad nos lleva a la soberbia, y la ira es el vestíbulo por donde se va; de ahí que Homero nos recomiende paciencia. Hay que contener la cólera en el corazón[21], conservar la fuerza, pero sin perder la inteligencia: la única que puede convencer al ánimo[22]; evitar que el ánimo sea cruel, “más duro que una piedra”[23].

            Ser duro es no sentir, sentir es ablandar el ánimo. La envidia. La envidia es una sensibilidad ciega para lo que no sea nuestro. Arneo. Iro. El mendigo que intentó echar a Ulises de su propia casa, sin saberlo.

            -En este umbral hay sitio para los dos –dijo Ulises- y no hay por qué envidiar las cosas del otro[24].

            Y sin embargo las envidiaba. Quería todo el sitio para sí y no compartirlo con ningún mendigo. Pensar en sí, sin importarle el mundo; pensar en hoy, sin importar mañana; aquel mendigo era verdaderamente pobre; miserable; pobre de comida, y de espacio y tiempo. “¡Rústicos necios que no pensáis más que en lo del día!”[25] Sólo os preocupa lo inmediato, lo importante os deja fríos; no tenéis ideales, ilusiones, ni futuro; sólo os importa el momento, la comida; matáis de hambre vuestro espíritu preocupados sólo de alimentar vuestro cuerpo; os habéis vendido por un plato de lentejas. 



            Ahora se han caído las máscaras, estamos presenciando el ocaso de los ídolos. Penélope era injusta, Ulises cruel. No eran nobles en la fortuna, sino en el infortunio. Ulises era colérico, Penélope despreciativa. Ulises se desnudó de sus andrajos. Tensó el arco, disparó la flecha. La flecha pasó por el ojo de las segures. Y Penélope musitaba:

            -No voy a casarme contigo. No sería razonable.

            Momentos antes se había comprometido a casarse con quien lo hiciera. Y al ver que uno de ellos no era un príncipe, al punto precisó: contigo no. Porque no importaba que fuera bueno, lo importante era que, aunque malvado, fuera hijo de un rey, un príncipe. Penélope no miraba desde lejos para ver el bosque. Miraba desde dentro y sólo veía árboles. Y si lo razonable necesariamente era lo justo, allí, ante todo, tenía que ser la tradición y la costumbre; aunque no fuera lo justo; aunque valiera más un plebeyo que un noble. En la óptica de la nobleza era Penélope un espíritu mediocre: que prefería las cosas de su tiempo, hasta tal punto su tiempo la impregnaba; y su amor por la humanidad palidecía un poco, porque nos cuesta más mirar desde la óptica de todos los tiempos; la tradición es, para el espíritu, el mundo de las preocupaciones del día; la preocupación que vale está en el mundo de la humanidad entera; de las ilusiones puras; de los ideales.

            Todo es fruto de la dedicación. Del esfuerzo. Quien es “ducho en malas obras no querrá aplicarse al trabajo, antes irá mendigando”[26] ; mendigando para su vientre; su vientre insaciable.

 


 



[1] Homero, La Odisea, p. 196.

[2] Ibídem, p. 214.

[3] Ibídem, p. 237.

[4] Ibídem, p. 308.

[5] Ibídem, p. 227.

[6] Ibídem, p. 182.

[7] Ibídem, p. 241.

[8] Ibídem, p. 246.

[9] Ibídem, p. 191.

[10] Ibídem, p. 181.

[11] Ibídem, p. 259.

[12] Ibídem, p. 243.

[13] Ibídem, p. 296.

[14] Ibídem, p. 251.

[15] Ibídem, p. 315.

[16] Ibídem, p. 217.

[17] Ibídem, p. 264.

[18] Ibídem, p. 224.

[19] Idídem, p. 288.

[20] Ibídem, p. 289.

[21] Ibídem, p. 221.

[22] Ibídem, . 298.

[23] Ibídem, p. 295.

[24] Ibídem, pp. 231-232.

[25] Ibídem, p. 271.

[26] Ibídem, p. 221.

viernes, 30 de julio de 2021

DE LAS DEUDAS AJENAS

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 

DE LAS DEUDAS AJENAS   

 


            Las hojas tienen dos caras, como las monedas, y no hay anverso sin reverso como tampoco hay cara sin cruz. Que la llegada de los españoles perturbó la historia de América es una gran verdad; pero también lo es que antes de que llegara España en América ya había perturbaciones. Perú no fue un modelo de armonía antes de la conquista: la guerra entre Huáscar y Atahualpa causó centenares de miles de muertos, algunos hablan de millones, las masacres fueron terribles, las crueldades, infinitas y las venganzas, espantosas. Los incas no tenían una sociedad igualitaria exenta de desigualdades, y España no sólo llevó allí aventureros sino también el derecho de gentes; no es honesto citar las virtudes propias omitiendo sus vicios y recordar los defectos ajenos olvidándose de sus virtudes. Toda cara tiene su cruz; toda cruz, su cara.

 

            Toda la vida han maltratado al niño. Ha sido su abuelo. Después de sufrir sus palizas, ahora castigáis al niño por lo que su abuelo les ha hecho a los demás. Castigar a uno por las culpas de otro. Mis antepasados invadieron América y ahora me echan la culpa a mí, ¿qué tengo que ver yo? Tal vez no esté de acuerdo con muchas de las cosas que se hicieron, ¡pero es que encima me acusan de haberlas hecho! La mujer no tiene por qué pagar las deudas que su marido ha contraído en el juego.

 

            Yo soy inocente y no se me puede acusar. Los culpables ya se han muerto, pero el daño está hecho. Por mal camino vamos si queremos que otros paguen las deudas que nadie ha podido contar. Todavía es peor tapar nuestros errores de hoy con errores de otros en el pasado, es como obligar a pagar las deudas del abuelo para no tener que pagar nuestras propias deudas. No mires por la ventana y mírate en el espejo: tal vez veas en tu cara los errores de los que a los demás les estás acusando.

 


 

 

viernes, 21 de junio de 2019

LA CARA...



COSTUMBRES ESTUDIANTILES
LA CARA…


             Entre los estudiantes hay unas cuantas virtudes y algunos vicios. Virtudes y vicios son hábitos, y tienen que ver con la adaptación al medio y con la altura moral de las personas: estamos hablando, pues, de costumbres. Las costumbres estudiantiles tienen que ver con mochilas, mesas, estuches, timbres, pasillos, puertas y pinganillos. Vamos a hacer en estas líneas un poco de costumbrismo; el costumbrismo en las aulas es una parte de la sociología de la educación.
            La mochila de un alumno no sirve para llevar libros; bueno, eso es accesorio, porque no son pocos quienes llegan a clase sin los necesarios lápices, libros y cuadernos; pero la primera función de una mochila es tapar el móvil; el alumno la coloca sobre la mesa, pone encima el anorak si la altura de la mochila no es suficiente y la utiliza como parapeto: detrás de ella el alumno se dedica, como soldado en una trinchera, a mirar el móvil; y, lo que son las cosas (el mundo al revés), el móvil está abierto y la mochila cerrada; los libros permanecen guardados en una mesa impoluta (ya se sabe que los estudiantes padecen un agudísimo fenómeno de alergia para la que no hay antihistamínicos: la alergia a los libros). En el móvil consultan el wasap, el instagram, los resultados de la liga o los emparejamientos de la champions; otras veces se entretienen haciendo apuestas deportivas.
            A veces la mochila sirve, también, de novia o de almohada, que al caso viene a ser lo mismo; el alumno se abraza a ella y duerme plácidamente los sueños de una noche que no durmieron como dios manda, porque se quedaron jugando hasta las tantas a los muñequitos y a la play. Luego en clase, como se aburren, ya se sabe que quien no hace nada se aburre de necesidad, se dedican a grabar a sus compañeros o al profesor; su destreza es grande, saben hacerlo sin que se les note; y cuando los pillan y les exigen que borren las grabaciones que han subido a internet, viene la madre, que de policías sabe mucho pero de estar con los hijos bien poco, y amenaza con denunciar al instituto porque el móvil es la vida privada de sus hijos y nadie puede meterse en ella; eso sí, los compañeros cuyas fotos han publicado en internet no tienen vida privada, de ellos no se preocupan nunca sus padres.
            Mientras el profesor da la clase, los alumnos se entregan a un juego plácido y nemoroso; una extiende la mano y la otra le hace cosquillitas con los dedos; o se las hace en el cuello, también se las hace una chica a un chico y se las hace delante de ti, tú estás explicando, no importa, ellos siguen en su salón de masaje porque eso es para ellos la clase donde parece que están aprendiendo; aunque lo importante es lo otro, las cosas de la clase forman parte de lo accesorio.
            Los estuches tampoco sirven para guardar lápices y bolígrafos, rotuladores, reglas, gomas y típex. No: un día sirvieron para meter chuletas, y la técnica es siempre la misma; se coloca el estuche sobre la mesa con la cremallera vuelta hacia el alumno, y el alumno hurga con los dedos girando las diminutas chuletas según convenga; otras veces las chuletas (de letra diminuta) están enrolladas en el canuto del bolígrafo, que se gira suavemente para, con esos dedos de lince, seguir leyendo.
            Claro que la técnica del estuche pertenece a la prehistoria; ahora sólo la usan los pringados (en mis tiempos una chica, la más pícara, se escribía en el muslo las chuletas de religión, y religión entonces la daba un cura; a ver quién era el cura guapo que le decía a la chica que se levantara la falda para verle la chuleta). Hoy la chuleta se mete en el móvil y el móvil entre las piernas; la figura del profesor mirando entre las piernas de las chicas parece, cuando menos, sospechosa; sospechosa, pintoresca y picaresca. A veces el profesor manda poner todos los móviles en su mesa pero de nada sirve; algunos se llevan dos a clase y, ya libres de la sospecha, utilizan el de repuesto.


            ¿Que qué hacen con los móviles? Variadas cosas. Si es un examen de historia llevan el tema metido en un archivo. Si es de matemáticas fotografían la hoja con las preguntas, así, sin que las vean, siempre hay un momento en que el profesor mira para otro lado, y se lo mandan por correo electrónico a un amigo que está en la calle; el amigo resuelve los problemas, los fotografía a su vez y se los manda por correo; el alumno no tiene más que copiar las respuestas y ya está; como el profesor se pasea mirándolo todo porque ya no se fía de nadie, siempre hay un momento en que mira a otros y entonces tú vas y aprovechas para copiar.
            Sabido es que los cuellos y las bufandas no sirven para abrigarse; sirven para esconder pinganillos. El pinganillo es un dispositivo electrónico del tamaño de un mosquito que se mete dentro de la oreja; ahora ya los hacen tan pequeños que ni se ven; no hace tanto eran un poco mayores y se veían, y entonces las chicas aprovechaban su larga cabellera para esconderlos; el profesor lo sabía porque la chica siempre se recogía el pelo amontonándolo al mismo lado de la cabeza, nunca del otro; pero, claro, tampoco se imagina uno al profesor levantándole el pelo sedoso y hurgando entre cuello y oreja como si fuese un otorrinolaringólogo. Hoy la tecnología ha avanzado tanto que es absolutamente imposible pillar a un alumno que está copiando con un dispositivo suficientemente caro. Algunas voces piden que se gaste una parte del presupuesto del instituto  en comprar inhibidores de frecuencia.
            El timbre tampoco sirve para marcar la hora; sirve para que automáticamente, como un resorte, se levanten todos los alumnos y salgan disparados hacia la puerta; estos muelles vivientes buscan desesperadamente como si se estuvieran asfixiando, la puerta convertida en salida de emergencia, y el profesor se queda, con la palabra en la boca, diciendo la frase a medio terminar; diciéndosela ya a la nada, porque ni las ventanas ni las paredes le escuchan ya. Claro, esta estampida tiene sus preludios: porque cinco minutos antes de que sonase el timbre, y a veces hasta diez, los alumnos empezaron a ponerse sus chaquetas y a guardar los libros en las mochilas sin que al alumno le importara nada la regla de Ruffini, el imperativo categórico  o la revolución francesa. Cuando el profesor les manda quitarse las chaquetas, sacar de nuevo los cuadernos y alargar la explicación cinco minutos más por encima del timbre, parece que está violando uno de sus derechos más inalienables, elementales y sagrados.
            El profesor va por los pasillos y tiene que esperar a que las escaleras, completamente atascadas de chicos que las tapan a lo largo y ancho, se vacíen de marabuntas, de hormigas y caballos relinchando porque nadie, absolutamente nadie, va a fijarse en que por allí hay esperando un profesor; no lo ven porque no miran y cuando miran y lo ven siguen bufando en sus narices porque nadie se va a molestar en apartarse para dejar pasar a un profesor. Estás en la biblioteca leyendo durante una guardia y entra un lebrel, dos lebreles, tres lebreles, abriendo la puerta a golpes y salen luego sin cerrarla; y a nadie le importa que el ruido del pasillo en los cambios de clase sea un estrépito incompatible con la concentración y la lectura. Los mandan a la biblioteca y son capaces de estarse una hora sin hacer nada con tal de no abrir un libro: y luego dicen que se aburren; todo porque un profesor imbécil, un impresentable, les ha prohibido sacar el móvil. La biblioteca es un triste lugar (y eso se ve en el bachillerato nocturno donde, por ser mayores, ya no tienen tantas prohibiciones); las mesas se decoran con libros abiertos que nadie mira y las manos son soportes de móviles donde se congelan las miradas embrutecidas, magnetizadas como imanes. 


            Y no quiero contar más cosas. Aún las podría contar porque haberlas, haylas, pero hay que ponerle a todo un punto y final. Tan sólo unas puntualizaciones como colofón de fiesta. Que muchos de estos alumnos que ensucian las aulas luego salen a la calle pidiendo calidad de enseñanza. Y muchos de estos mismos (aparte de algunos auténticos estudiantes, todo hay que decirlo) gritan en las manifestaciones pidiendo un mundo mejor y yo me digo: igualito que el que ellos crean en las clases erigiendo la traición en norma y el recelo, y la desconfianza, cuando transforman los exámenes en sesiones de copieteo.
            Ésas son las costumbres de muchos de nuestros alumnos. Van de botellón y sólo beben hasta coger el puntillo; sólo que el puntillo es una medida elástica que puede variar entre un par de copas y ocho o diez (porque algunos, alcoholizados, se creen ya que aguantan mucho). Sólo sé que las virtudes son los hábitos buenos; y bueno quiere decir adaptar los medios a los fines o adaptarse a los buenos fines; en este sentido nuestros alumnos son unos inadaptados. Son capaces de pasar sin mirar por el corcho del departamento de orientación, con toda la información que necesitan pinchada allí, y luego quejarse de que no están bien informados. Y tener una web que les orienta con pelos y señales sobre absolutamente todo, y no abrirla siquiera porque tiene mucha letra… ¡vaya rollo! Claro. Es más entretenido consultar en el móvil las apuestas deportivas o los emparejamientos de la champions.
            Yo abogo por un cambio en las costumbres. Cómo se hace no lo sé, pero hace falta. Algo intentamos hacer en la clase de ética. Hace falta que el profesor, íntegro con su trabajo y respetuoso con los alumnos, sea para ellos un auténtico modelo. Yo no sé lo que hay en la calle ni lo que pasa en sus casas: sólo sé lo que tengo en el aula, y quiero cambiarlo. Y pongo mis ojos en la isla de utopía apuntando a un futuro mejor porque quiero seguir enseñando, porque creo en la escuela y quiero al alumno, y quiero que no tardando mucho amanezca en el horizonte y venga un mundo nuevo: y pueda leer, riendo y cantando, las páginas vitales de unos chicos cantarines y unas mentes sanas, liberadas al fin de los senderos perversos de la técnica. Entonces podré contar cosas donde haya mucha inteligencia y no tanta picaresca. No tanto cerrilismo sin escrúpulos. ¡Sería tan hermoso bogar en la sociología de la educación…! Brindemos por un nuevo costumbrismo.




           


sábado, 14 de noviembre de 2015

Una Antropología Tripartita





UNA ANTROPOLOGÍA TRIPARTITA.


  1. Inteligencia, cordialidad y visceralidad.

            -Una estatua de barro. Una figura humana. Cabeza, corazón y vientre: sirven para decidir; sólo la cabeza sirve para conocer.
            -No –replicó Cristal-; conocemos con todo el cuerpo.
            -¿Cómo es eso?
            -Los ojos, los oídos, la nariz y la boca están en la cabeza; pero también conocemos con la piel, que está repartida por todo el cuerpo.
            -Tienes razón.
            -Lo que hace la cabeza es comprender, eso no lo puede hacer  el resto del cuerpo.
            -Conocemos y decidimos con todo el cuerpo- se atrevió Juan a aventurar- pero sólo comprendemos con la cabeza.
            Cristal lo pensó y vio que era correcto. Juan continuó.
            -Conocemos con todo el cuerpo, pero desde el cuello para abajo nuestro conocimiento es inmediato, fidedigno, directo: el tacto, el contacto con las cosas, la proximidad íntima; desde el cuello para arriba conocemos en la distancia con el oído y con los ojos; y por contacto, con el olfato y el gusto.
            -Así es –respondió Cristal.
            -Comprendemos sólo con la cabeza. En la cabeza está la capacidad de imaginar y de razonar. La razón inconsciente es intuición; y si es consciente, inteligencia. Pensar es imaginar y razonar.
            -¿Dónde está el instinto?
            -Grabado en la cabeza; pero se manifiesta por todo el cuerpo. Pero ojo: conocer es sentir, si captamos la realidad por los sentidos; intuir, si la conocemos por impulsos naturales, por instinto; y razonar, si captamos las cosas por lógica. Cuando expresamos con palabras nuestro conocimiento sensorial describimos lo que hay en la superficie de las cosas; y cuando verbalizamos nuestros conocimientos racionales e intuitivos explicamos o definimos lo que hay en la profundidad de las cosas, tanto de los abismos como de las alturas.
            -Háblanos ahora de lo que hay del cuello para abajo.
            -Empezaremos por el corazón. Es la parte entrañable de nuestro ser; cuando siente nos hunde en el ensueño, cuando actúa nos llena de valor.
            -¿Qué más?
            -El vientre: la parte visceral; cuando siente produce arrebatos, y cuando actúa nos  vuelve crueles.
            -¿Qué es la cultura?
-La cultura es la parte entrañable de nuestra inteligencia, o lo que es lo mismo: la unión de la cabeza y el corazón. Cuando la cabeza se une al vientre la generosidad se convierte en egoísmo y ya no tenemos cultura, sino culto. De la inteligencia y el saber mana el diálogo: inteligencia para comprender; saber para conocer.
-¿Y cómo nos decidimos?
-Podemos elegir con la cabeza, con el corazón o con las tripas. Las decisiones racionales son las conclusiones de nuestros razonamientos (que pueden ser descriptivas o prescriptivas). Las decisiones cordiales desencadenan acciones entrañables, y las viscerales desencadenan acciones despiadadas. Las decisiones racionales pueden ser cordiales (pues la lógica de las conclusiones suele estar de acuerdo con los impulsos del corazón); pero las decisiones viscerales es muy difícil que sean cordiales, porque los impulsos arrebatados no tienen por qué ser conformes a los impulsos del corazón.
            -La generosidad es el cimiento de la cultura; el del culto lo sería el egoísmo.
            -Sí. Si hablamos de cultura en sentido amplio, sus dos cimientos serían la generosidad y el egoísmo.
            -Hablemos ahora de las decisiones cordiales.
-Si emanan de la inteligencia, son compromisos. Pero si surgen del impulso son instintos naturales. En este caso hablamos de derechos naturales, de los derechos humanos. En el primer caso nos referíamos a la inteligencia cordial, y en el segundo, a los instintos cordiales. La intuición es una vía rápida, con frecuencia certera, para acercarse a la inteligencia; y al instinto.
-Así pues, una decisión cordial (la que tomamos con la inteligencia del corazón) puede ser un sentimiento ético (si surge del instinto cordial) o un compromiso (si procede de la inteligencia cordial); si he entendido bien.
-Lo has entendido perfectamente.
-Háblanos ahora de las decisiones viscerales.
-Son impulsos ciegos: generalmente alejados de la razón. Cuando surgen de la naturaleza hablaríamos de instintos viscerales; y si surgen de la influencia del entorno hablaríamos más bien de impulsos o reacciones viscerales.
-Has hablado hace un rato del compromiso; acláranos un poco más en qué consiste.
-Un compromiso es una obligación innata. El derecho está en la naturaleza, y es esencia; pero el compromiso surge de nuestra historia personal, de la existencia. El compromiso, que brota del corazón, es respeto; y la falta de respeto, que brota de las vísceras, es crueldad.
-Háblanos un poco de los vicios y las virtudes.
            -La virtud fundamental del corazón es, en sus distintas facetas, valor, ánimo, esfuerzo: fortaleza; el vicio cordial por excelencia es la pereza, la falta de ánimo, la necesidad de tener un amo que mire y vea por nosotros; aquí estaría la alegre pereza, un espejismo de felicidad. En cuanto a los instintos cordiales, los principales son la igualdad y la justicia; el respeto a estos principios es un compromiso con la concordia, que contiene justicia y audacia y conduce a la felicidad. 
 

-¿Y los vicios del vientre?
-Son las pasiones viscerales: la primera de todas es la crueldad. La crueldad procede del odio y de la ignorancia. Y el odio surge del miedo, que es también una forma de ignorancia. El odio, el miedo y la crueldad son todos sentimientos ignorantes, en ellos se cifra la cobardía. La crueldad se resuelve en soberbia, despotismo, dominación, que en el fondo no son más que inercia.
-Enuméranos cuántas son las formas del conocer.
-Hay un conocer a secas, que viene de los sentidos: como cuando sabemos si hace frío o calor. Luego hay un conocer con las vísceras: rapto o arrebato es ese conocimiento visceral. Habría también un conocer con el corazón: un conocimiento entrañable. Y un conocer con la razón: conocimiento lógico por excelencia.
Juan dijo esto último por decir, pero en el fondo no se lo creía; no veía bien qué podría ser el conocimiento visceral o el conocimiento entrañable; en el fondo sólo creía en el conocimiento lógico y en el sensorial.
-El alma –prosiguió Juan- es el principio del movimiento. Contiene inteligencia y afectividad. La inteligencia (la razón) puede ser consciente (inteligencia en sentido estricto) o inconsciente; la inteligencia consciente es lógica; la inconsciente puede ser intuición o impulso. Vayamos ahora con la afectividad: puede ser sensitiva o motora; la afectividad motora contiene impulsos e instintos: ambos son tendencias; y la afectividad sensitiva se escinde en sentimientos, emociones y pasiones.
-Te has equivocado –dijo Cristal-. A los impulsos los has mencionado dos veces: con la inteligencia y con la afectividad.
-Y es así: hay una continuidad entre los impulsos afectivos y los de la inteligencia. Observad que sólo la lógica ocupa la conciencia; todo lo demás (intuiciones, impulsos, instintos, emociones, pasiones y sentimientos) son el inconsciente. 
-Vayamos por partes. ¿Qué es el alma?
-El alma es vida anímica. Movimiento.
-El alma (dices) se escinde en inteligencia y afectividad: ¿en qué consiste cada una de ellas?
-La inteligencia es el movimiento de las formas; la afectividad lo es de los contenidos.
-Has dicho que la afectividad podía ser sensitiva o motora. ¿Cómo las definirías?
-La sensación es un movimiento que viene del exterior y se imprime en nosotros: propiamente sería afección, inyección de afectos. La motilidad es justo lo contrario: movimiento que procede de nuestro interior y se imprime fuera de nosotros: eyección o, si queremos, efectos. En este juego de palabras (un juego mnemotécnico) afecto se opone a efecto.
-Aquí estarían los impulsos, ¿verdad?
-Exactamente.
-Háblanos de ellos.
-El impulso racional sería la prudencia.
-Bien.
-Del corazón saldría la fortaleza. La fortaleza es un impulso del que emanan otros dos: la esperanza (emparentada con la fe) y la ambición cordial (que es deseo de llegar a ser). La fe, la confianza, es un impulso sensitivo y le corresponde un impulso motor: la fidelidad; el vicio correspondiente es la soberbia, que está emparentada con el complejo de inferioridad.
-¿Y la ambición cordial?
-Es un impulso sensitivo que mueve hacia el interés. Sus vicios propios son la avaricia y la apatía. La avaricia es una ambición visceral, como la envidia.
-O sea que hemos dejado el corazón: ahora estamos en el vientre.
-Sí. Sus impulsos principales son la avaricia y el amor. El amor es un impulso motor de un impulso sensitivo que es el erotismo. Su vicio característico es la lujuria.
-¿Y la gula?
-Es un vicio del vientre; le corresponde la virtud de la templanza.
-Veo que estás siguiendo el esquema de los siete pecados capitales. ¿Qué puedes decir de la ira?
-La ira surge de varias fuentes. De la soberbia, por supuesto, pero también de la envidia. La ira es la visceralidad de dos impulsos cordiales: uno sensitivo (la paciencia) y otro motor (la asertividad). La ira está emparentada con el rencor y con el miedo.
-La envidia ¿qué es?
-La visceralidad de la amistad. La amistad y  el amor son dos formas de empatía; el impulso sensitivo que les corresponde sería la admiración.
-¿Y la pereza?
-Es la visceralidad de la fuerza; o, más bien, de la fortaleza. Me faltaba decirte que la prudencia, emparentada con la curiosidad (y, por tanto, con la ambición) tiene tres formas de visceralidad: el donjuanismo, el faustinismo y la faustinidad.
-¿Qué es el donjuanismo?
-Vivir el presente sin pensar en la trascendencia.
-¿Y el faustinismo?
-Vivir la trascendencia a costa del presente.
-¿Y la faustinidad?
-Vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. En los tres casos la vida es un atentado contra la salud.
-Ahora háblanos de la decisión.
-Podemos decidirnos de varias maneras.
-¿Cuáles son?
-La forma más rudimentaria son los impulsos viscerales. Lo encontramos en Miguel Hernández cuando dice: el hambre es la mejor escuela. Lo encontramos también en Jack London.
-¿De qué otra forma nos podemos decidir?
-A la manera de Epicuro y Aristipo: se atiene a los sentimientos más elementales (las sensaciones) y los controla mediante la lógica.
-¿Y después?
-Hay una forma más elaborada de tomar decisiones que es la voluntad en sentido aristotélico. Contiene, además de estas emociones o impulsos viscerales, los sentimientos y la lógica. El acto voluntario delibera antes de decidir.
-¿No es lo mismo el pensamiento de Aristóteles que el de Epicuro? Los dos emplean la lógica.
-Sí, pero hay una diferencia: Epicuro quiere vivir las sensaciones y le pide ayuda a la razón; pero Aristóteles quiere vivir la razón y no puede prescindir de los sentimientos: porque, como animal racional, el ser humano es racional, pero no por ello deja de ser animal; lo que quiere Aristóteles es controlar nuestra parte animal con nuestra parte pensante.
-¿Hay alguna otra forma de voluntad?
-La de Platón. Platón dice que por encima de la lógica está el espíritu, una especie de iluminación que es intuición intelectual. Pero prescinde de las sensaciones, porque le parecen degradantes a la hora de actuar.
-¿Y no hay quien junte las emociones, los sentimientos, la lógica y el espíritu?
-Sí: es el tipo más completo de voluntad. Lo encontramos en Nietzsche y María Zambrano. Nietzsche, aunque él no lo crea, no es en el fondo un filósofo irracional.
-Ya veo. Sería curioso ver cómo se comporta la gente cuando toma sus decisiones. Quién sabe si actúa con la cabeza, con el estómago o con el corazón.

 
  1. De las entrañas a las vísceras.

            Cristal corrigió las palabras de Juan.
            -Las tripas también están de acuerdo con la razón.
            -No lo creo.
            -Sí.
            -Pon un ejemplo.
            -Hay veces en que mis amigas se ponen histéricas e intratables. Se enfadan mucho, no escuchan, siempre quieren tener razón. Uno diría: “estas chicas son impertinentes, ¡que se vayan a la mierda!” Y sin embargo no se ponen así porque sean caprichosas; siempre hay una razón.
            -¿Cuál?
            -¡Que tienen la regla!
            La clase prorrumpió en carcajadas. No tanto porque fuera gracioso como porque no se lo esperaban. Juan se quedó perplejo.
            -Es cierto.
            Y le vinieron cosas a la mente y empezó a pensar en voz alta.
            -Una vez iba yo a la escuela. Era maestro en Escalona y los compañeros me recogían todos los días en la vía Roma. Pero antes me habían recogido en la avenida del padre Claret, y aquel día, no sé por qué, cambiaron de sitio. A las ocho yo estaba ya, como todos los días, en el padre Claret. Pero ellos me esperaban en vía Roma. Yo en seguida me di cuenta de mi error y salí corriendo, pero cuando quise llegar a donde estaban ellos ya se habían ido. Monté en cólera. En mi interior fue como una olla a presión a punto de estallar y yo no paraba de acusar a mis amigos. Pero cuando me tranquilicé supe, en mi fuero interno, que ellos tenían razón. Tenían que estar en la escuela a la hora justa y no podían llegar tarde por esperarme a mí.
            -¿Ves? ¿Ves? -remachó Cristal.
            Juan, sin embargo, reflexionó sobre su propia experiencia; en pocos minutos encontró la solución.
            -Tenía razones para comportarme así, pero eso no significaba que tuviera razón.
            Cristal enmudeció, dubitativa, como si la hubiera pillado a contrapelo.
            -Verás: había razones que explicaban mi enfado, y que mis reproches fueran injustos; pero mi enfado se atenuaba por momentos y en esos instantes, liberada mi cabeza de reacciones viscerales, pensaba con objetividad: dando a cada uno lo que le pertenecía; y en aquellos cortos instantes yo era justo.
            -La regla produce dolores de barriga, de cabeza, malestar y a veces hasta diarrea; y eso nos agria bastante el ánimo y nos volvemos intransigentes.
            -Intransigentes e intratables, diría yo- precisó Darío.
            -De acuerdo. En esos momentos diríase que las mujeres no son así, pero no lo pueden evitar.
            -No son como se comportan…
            -Y no quieren comportarse de esa manera, pero no pueden evitarlo. Hay razones que explican esa conducta, pero ellas no llevan razón.
            Hubo un silencio entre murmullos. Los alborotadores de siempre estaban más pendientes del reloj.
            -Pero cuando siente el corazón (y no las tripas) sus sentimientos van acompañados de razones. Yo siento cariño por este niño (uno cualquiera, ahora no vamos a dar nombres; es sólo un ejemplo; pero es que este niño se ha ganado mi simpatía con su comportamiento; luego, independientemente de mis sentimientos hacia él, tengo razón al experimentarlos, porque ese chico, con su bondad, se ha merecido mi aprecio; se lo ha ganado).
            -Pero… ¿y cuando sientes simpatía por un chico que no se la merece? ¿No te ha pasado nunca?
            Juan reflexionó antes de contestar.
            -Sí… Es cierto.
            -A veces sentimos un cariño enfermizo por las personas. Y es algo que no se sale de las vísceras, sino de las entrañas.
            -Creo que tienes razón.
            Juan parecía darse por vencido, pero pronto encontró la respuesta. Sin embargo no pudo decirla, porque sonó el timbre y los brutos salieron como energúmenos. Juan se enfadó; pero, como ya todos se habían marchado, no pudo regañarles: al día siguiente les echaría una filípica.
            Notó a su lado una presencia. Miró y vio que Cristal no se había marchado. Era el recreo. Iban a estar bastante más de los cinco minutos que había entre clase y clase y Cristal, interesada por el curso que había tomado aquella conversación, quería prolongarla.
            -Te voy a decir lo que creo –le dijo todavía bogando en la duda-. Creo (pero aún no estoy seguro) que el corazón a veces late a favor de la razón, y a veces en contra; eso es lo que distingue a los sentimientos sanos de los enfermizos. Pero nuestras reacciones viscerales siempre laten de forma irracional. Son pérdida del sentido común, pasión, desmesura. Llamaremos emociones a nuestras reacciones viscerales. Y sentimientos a nuestras reacciones íntimas. Pues bien, las emociones rompen el sentido común.
            -No siempre –protestó Cristal-. El pánico sirve para huir del peligro, y eso es racional.
            Juan ya no supo qué decir. Cogió sus papeles de la mesa, los ordenó y empezó a meterlos en la cartera. Mientras lo hacía, su mente no paraba de dar vueltas y de repente tuvo un flash; un flash revelador.
            -Eso que tenemos en las tripas es Míster Hyde.
            -¿Míster qué?
            -¿No lo conoces?
            -No.
            -Es una novela. El doctor Jekyll estaba convencido de que hay en cada uno de nosotros dos principios encontrados; algo así como el bien y el mal.
            Cristal levantó la mirada, intrigada por esta idea. Pero escéptica. Cristal, como Santo Tomás, necesitaba ver para creer.