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viernes, 19 de noviembre de 2021

EL MUNDO DE HOMERO

 

 

EL MUNDO DE HOMERO

VIRTUDES…

 


            No sirve entonces ser astuto en el valor. En el valor hay que ser prudente, como Telémaco[1]. La prudencia (valor templado en la cabeza o cabeza templada en el corazón) no la tuvo Ulises. Ulises se creyó que bastaba con tener razón para ser justo, y la razón fue mala cuando quedó sembrada entre las tripas. Mientras tanto ¿qué hacia Penélope? Esperar: discreta Penélope[2]. Penélope, belleza y juicio[3]; el buen juicio, que al de Ulises lo perdió la vehemencia, y perdió el sentimiento a fuerza de sentir tanto. Penélope, virtuosísima[4], intachable esposa. Conservó la memoria de Ulises y ella perdurará constantemente en nuestra memoria. Lo bueno, lo que vale la pena recordar; la gente buena, será recordada por los siglos de los siglos.

            En el pecho nos gobierna el ánimo; bueno o malo, el ánimo agita el sentimiento en nuestro pecho[5]; y las cosas que resultan feas para los otros pueden ser gratas para mí, por haberme dado la naturaleza esa inclinación; “que no todos hallamos deleite en las mismas acciones”[6]. A unos les gusta el campo, a otros los remos; a unos la casa, a otros la pluma: cada cual tiene sus vocaciones, cada cual tiene sus fuerzas. Pero hay quienes tienen el ánimo excitado y aturdido el entendimiento y no todo es bueno en esos gustos; puede ocurrir que el ánimo esté deformado, y tenemos mal gusto. El vino, el vino vuelve loco nuestro ánimo[7]; el vino puede perturbar el entendimiento[8].

            De entre las cosas que ocurren, unas se recuerdan en nuestro mundo, otras se recuerdan en todos los mundos. Unas se transmiten a través de nuestro pueblo; otras atraviesan el alma de todos los pueblos. Unas son el alma de mi tierra, otras son el alma de la humanidad entera: sólo estas últimas son las virtudes; los vicios yacen escondidos entre ellas en las primeras. La virtud es un esfuerzo por hacernos mejores; pero algunos prefieren más que ser buenas personas, ser buenos guerreros. No se lo podemos reprochar a Ulises: ésa fue su época, y Ulises fue un sarmiento crecido entre las uvas de su tiempo.

            Hospitalidad. Amor. Inteligencia. Astucia. Mando. Fuerza. El ideal de la paz. Tales fueron las virtudes de los tiempos de Homero; que no sabemos si fueron también las virtudes de Ulises. El tiempo es una casa donde vivimos. Podemos mirar el mundo desde nuestra casa, y entonces lo que sucede como ha sucedido siempre es razonable. Pero también podemos mirar las cosas desde fuera de nuestra casa; y desde fuera de las otras casas que se levantan fuera de la mía. Estén cerca o estén lejos; podemos contemplar el mundo desde fuera de todas las épocas y de todos los lugares; es decir, desde ninguna parte; entonces nos parecerá razonable lo que sucede siempre, aunque no sea lo que siempre sucede en nuestra casa. Vivir es estar a caballo entre dos tiempos: el nuestro y el de la eternidad; el nuestro nos da las razones donde hemos crecido; el otro nos da las razones que lo eran antes de nacer. Por eso la vida es un viaje. Vivir es vagar y vagar es estar perdido; unas veces buscamos sin rumbo, otras veces erramos sin rumbo. Y cuando salimos de casa nos sentimos perdidos. Aunque a veces sentirse perdido es la primera señal de que estamos en el camino. La vida es una cuerda perdida entre la soledad y la pereza. 



            Pues las virtudes son las virtudes del mundo que hay fuera de las casas: algunas veces las rodea; otras las penetra. Virtudes de los tiempos homéricos. La hospitalidad. “Tan mal procede con el huésped quien le incita a que se vaya cuando no quiere irse, como el que lo detiene si le cumple partir”[9]. Palabras de Menelao. Antínoo. Los pretendientes quisieron quedarse pero Ulises los estaba echando. ¿Era Ulises poco hospitalario? Hospitalarios eran los feacios. Que, cuando Ulises quiso marcharse, lo acompañaron en uno de sus barcos.

            No. La hospitalidad era una costumbre de la casa de Ulises. Pero se levanta sobre una costumbre que comparten todas las casas. Que el huésped respete a su anfitrión; que si no están esos cimientos universales no podremos construir el edificio; que las virtudes de una época se construyen sobre las que atraviesan todas las épocas, sobre las virtudes de la humanidad.

            Inteligencia: “viendo la paja conoceréis la mies”[10]; veréis en las apariencias lo que late escondido en lo profundo; la inteligencia, unas veces, sirve para convencer; otras es el cemento del engaño. Y ahí se convierte en astucia. Ulises, astuto, engañó al cíclope que los avasallaba; y salió del antro donde los daban por muertos[11]. Pero también mató a inocentes engañándolos con su astucia: niños murieron en Troya junto a los combatientes; y también murieron mujeres y ancianos: atrapados en el caballo de Ulises, pérfido, injusto, desolador, y malvado. Sin embargo el saqueo estaba bien visto. Era una costumbre de su tiempo, y Ulises, al abrir una orgía de sangre, sólo pudo ser un héroe de su tiempo. Y se perdió la ocasión de ser el héroe de todos los tiempos.

            Mandar. Esclavizar. El jefe no es el guía de su pueblo, sino el que lo alimenta para esclavizarlo. “No toleraré que permanezca ocioso quien coma de lo mío”[12]: así vive Telémaco; y en sus palabras late el espíritu de la época y el de todos los tiempos. Como habla desde su época, dice: si quieres comer, obedece; y si hablara fuera de ella diría: si quieres vivir, trabaja: ése es el espíritu de todos los tiempos. Está en la fábula de Esopo. Un labrador dijo a sus hijos en su lecho de muerte: buscad debajo de la tierra, en ella hay un tesoro; los hijos cavaron todo el campo y no lo encontraron, pero aquel año la tierra dio sus mejores frutos; la fábula enseñaba que el trabajo es un tesoro; pero el trabajo es libre, y no se condena a la esclavitud dando la libertad en precio, a cambio de comida, para que obedezcas a quien no sabe mandar.

            Fuerza. La fuerza mana de la inteligencia, nunca contra ella; de lo contrario será violencia, furia, crueldad. La verdadera fuerza no se deja atrapar por la ira (Ulises cayó prisionero de ella). Fuerza del ánimo: los bríos. Fuerza del brazo: el vigor. Así lo dice Telémaco cuando habla con su padre: pues que “dicen que tu consejo es en todas cosas el mas excelente”, nosotros seguiremos tu consejo; “y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras fuerzas”[13]. Así lo decía también don Quijote: “sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad”; no hay leyes que no procedan de la fuerza, y no hay fuerza sana si no procede de la voluntad. De la voluntad, no del capricho, ni de la ira; ni de la mediocridad. Penélope nos recuerda que somos de vida corta; y mientras al cruel lo insultan después de muerto, al intachable le dan una fama que alarga su vida después de morir[14]; y si nuestra vida se ha de acabar un día, sólo la del bueno perdurará siempre en nuestra memoria; y hasta traspasará la barrera de nuestro tiempo; y seguirá vivo más allá de nuestro mundo, en los tiempos de los tiempos. Porque no será el héroe de la guerra, sino de la paz. “Ámense los unos a los otros”[15], dice Zeus; y que se olviden todas las matanzas; pero Zeus presupone que algunas matanzas son necesarias; Ulises era necesario en la sociedad de Homero. Nosotros no lo necesitamos hoy. Ulises se convirtió en un magnífico héroe para los griegos, pero perdió la oportunidad de convertirse en el mejor héroe de todos los tiempos.

 


…Y VICIOS

 

            La inteligencia nos sirve para despertar el ánimo, para inervar la fuerza, para cimentar el amor; no para dirigir la astucia en contra de nosotros. En Ítaca los pretendientes, soberbios, pronunciaban buenas palabras “revolviendo en su espíritu cosas malas”[16]; cuando el espíritu no es el reflejo de las palabras: dos caras, una distinta de la otra; hipocresía; para maquinar contra Telémaco “la muerte y el destino”[17]: lo mismo que contra los otros hacía su padre. ¡Oh, Ulises, fecundo en ardides! Cuando tu astucia maquina contra los otros eres sabio, pero cuando te lo hacen los otros a ti son crueles: y vas a jugar siempre con un doble rasero; bueno lo que te favorece, aunque a otros perjudique; malo lo que te perjudica, aunque beneficie a todos.

            Lo contrario de la soberbia es la timidez. Pero “al que está necesitado”, dice Homero, “no le conviene ser vergonzoso”[18]; y hay quien, “obligado por la necesidad”, cantaba ante los pretendientes: como el aedo Femio[19]; el mismo que, defendiéndose ante Ulises, decía:

            -No he entrado yo en esta casa de propio impulso, ni obligado por la penuria; me han forzado a que venga[20].

            Timidez, dignidad, soberbia: la fuerza o la penuria nos arrancan la timidez, el impulso nos lleva entre la dignidad y la soberbia; la pérdida de la dignidad nos lleva a la soberbia, y la ira es el vestíbulo por donde se va; de ahí que Homero nos recomiende paciencia. Hay que contener la cólera en el corazón[21], conservar la fuerza, pero sin perder la inteligencia: la única que puede convencer al ánimo[22]; evitar que el ánimo sea cruel, “más duro que una piedra”[23].

            Ser duro es no sentir, sentir es ablandar el ánimo. La envidia. La envidia es una sensibilidad ciega para lo que no sea nuestro. Arneo. Iro. El mendigo que intentó echar a Ulises de su propia casa, sin saberlo.

            -En este umbral hay sitio para los dos –dijo Ulises- y no hay por qué envidiar las cosas del otro[24].

            Y sin embargo las envidiaba. Quería todo el sitio para sí y no compartirlo con ningún mendigo. Pensar en sí, sin importarle el mundo; pensar en hoy, sin importar mañana; aquel mendigo era verdaderamente pobre; miserable; pobre de comida, y de espacio y tiempo. “¡Rústicos necios que no pensáis más que en lo del día!”[25] Sólo os preocupa lo inmediato, lo importante os deja fríos; no tenéis ideales, ilusiones, ni futuro; sólo os importa el momento, la comida; matáis de hambre vuestro espíritu preocupados sólo de alimentar vuestro cuerpo; os habéis vendido por un plato de lentejas. 



            Ahora se han caído las máscaras, estamos presenciando el ocaso de los ídolos. Penélope era injusta, Ulises cruel. No eran nobles en la fortuna, sino en el infortunio. Ulises era colérico, Penélope despreciativa. Ulises se desnudó de sus andrajos. Tensó el arco, disparó la flecha. La flecha pasó por el ojo de las segures. Y Penélope musitaba:

            -No voy a casarme contigo. No sería razonable.

            Momentos antes se había comprometido a casarse con quien lo hiciera. Y al ver que uno de ellos no era un príncipe, al punto precisó: contigo no. Porque no importaba que fuera bueno, lo importante era que, aunque malvado, fuera hijo de un rey, un príncipe. Penélope no miraba desde lejos para ver el bosque. Miraba desde dentro y sólo veía árboles. Y si lo razonable necesariamente era lo justo, allí, ante todo, tenía que ser la tradición y la costumbre; aunque no fuera lo justo; aunque valiera más un plebeyo que un noble. En la óptica de la nobleza era Penélope un espíritu mediocre: que prefería las cosas de su tiempo, hasta tal punto su tiempo la impregnaba; y su amor por la humanidad palidecía un poco, porque nos cuesta más mirar desde la óptica de todos los tiempos; la tradición es, para el espíritu, el mundo de las preocupaciones del día; la preocupación que vale está en el mundo de la humanidad entera; de las ilusiones puras; de los ideales.

            Todo es fruto de la dedicación. Del esfuerzo. Quien es “ducho en malas obras no querrá aplicarse al trabajo, antes irá mendigando”[26] ; mendigando para su vientre; su vientre insaciable.

 


 



[1] Homero, La Odisea, p. 196.

[2] Ibídem, p. 214.

[3] Ibídem, p. 237.

[4] Ibídem, p. 308.

[5] Ibídem, p. 227.

[6] Ibídem, p. 182.

[7] Ibídem, p. 241.

[8] Ibídem, p. 246.

[9] Ibídem, p. 191.

[10] Ibídem, p. 181.

[11] Ibídem, p. 259.

[12] Ibídem, p. 243.

[13] Ibídem, p. 296.

[14] Ibídem, p. 251.

[15] Ibídem, p. 315.

[16] Ibídem, p. 217.

[17] Ibídem, p. 264.

[18] Ibídem, p. 224.

[19] Idídem, p. 288.

[20] Ibídem, p. 289.

[21] Ibídem, p. 221.

[22] Ibídem, . 298.

[23] Ibídem, p. 295.

[24] Ibídem, pp. 231-232.

[25] Ibídem, p. 271.

[26] Ibídem, p. 221.

sábado, 29 de octubre de 2016

¿ Por qué el sexo se ha convertido en un tema tabú?



¿POR QUÉ EL SEXO SE HA CONVERTIDO EN UN TEMA TABÚ?[1]

 

            Hablemos de sexo: tal era el título de un programa de televisión. En una época en que sólo hablar del tema era ya una provocación, la doctora Ochoa se atrevió a llevarlo a la pequeña pantalla. Dos décadas más tarde media España se levantó en contra de que se hablara de sexo en las aulas; las voces del silencio pilotaron aquel tema con una consigna: que el sexo no debe ser reducido a pura genitalidad, que compromete íntegramente a la persona; y que el sexo es todo. Cuando los alumnos repetían mecánicamente aquella consigna, diluyendo el sexo en la afectividad, un día me limité a preguntarles: ¿entonces cuando le doy un beso a mi hijo estoy teniendo relaciones sexuales con él? No supieron contestarme. Porque no les habían enseñado una asimetría fundamental: que si en el sexo siempre hay afecto, no siempre el afecto contiene sexo; extender la sexualidad a la totalidad de la persona sirve para no hablar de esa parte de la persona que es lo sexual; como aquellos que, cuando el médico les pregunta qué les duele, contestan: “me duele todo”; que es lo mismo que decir que no les duele nada; en ningún caso dicen exactamente lo que les duele, que es lo que les estaban preguntando. Si se dice, por ejemplo, que la pubertad incluye cambios corporales, psicológicos y sociales, los libros hablan de los dos últimos omitiendo los primeros; incluir la parte dentro de un todo es la mejor manera de no hablar de la parte; que es el error contrario a lo que constituye la sinécdoque.
¿Por qué no queremos hablar de sexo? ¿Por qué es el sexo un tema que suena mal? La primera respuesta que se nos ocurre es que está asociado a la economía. La sexualidad suele desembocar en la procreación, y tener un hijo nos obliga a mantenerlo; la mejor forma de asegurar que cumplimos con nuestras obligaciones es encerrar el sexo en el matrimonio, es decir consagrarlo para que el sustento de los hijos corra a cargo de quienes los tuvieron. Pero como, además, durante mucho tiempo la mujer trabajó en casa sin cobrar y el hombre trabajó fuera de casa cobrando, el matrimonio se convirtió también en la garantía del sustento de la mujer; que pasó a ser mantenida por su marido como si ella, a cambio, no aportara nada a la economía familiar; lo cual, como todos sabemos, es una falacia. Por eso la liberación económica de la mujer en los años sesenta vino acompañada de su libertad sexual; para trabajar sobraba el pelo largo, que podía enredarse en los engranajes de las máquinas (y se puso de moda el pelo “a lo garçon”); y sobraban las faldas de vuelos anchos o estrechos que, además de provocar accidentes, no permitían agacharse sin que los obreros a las obreras les vieran las piernas (y se pusieron de moda los pantalones en vez de las faldas); la minifalda y el bikini, fuera de las fábricas, fueron la manifestación de la libertad sexual.
Claro, si el sexo está ligado a la economía, si copular viene a ser lo mismo que pagar (lo cual supone una mercantilización del sexo); si las cosas son así, no es extraño que estén prohibidos el sexo sin matrimonio y el dinero sin trabajo (o sea, el placer y el robo), no sólo de obra, sino también de pensamiento y de palabra. Se prohíbe la vida sexual sin matrimonio (“no cometerás actos impuros”), pero se prohíbe también en el pensamiento (“no tendrás pensamientos impuros”). El robo (“no hurtarás”) también se prohíbe en el pensamiento (“no codiciarás los bienes ajenos”). Si, de los diez mandamientos que hay, sólo estos dos están repetidos, es que constituyen, ellos solos, casi la mitad del decálogo; lo cual nos da una idea de la importancia institucional que tenía la economía ligada al sexo. 

 

Se ha dicho que si el instinto es el impulso de la naturaleza, la institución es la vía por a que la sociedad da salida al instinto; así, el instinto sexual sólo es aceptado en el matrimonio. La represión del acto sexual como acto pecaminoso viene acompañada de la celebración, con banquete, música y oficio religioso, de la primera cópula de nuestros hijos; y si, después de haber reprimido el instinto como algo sucio, no nos parece sucio que lo liberemos un día bajo el decorado del matrimonio, es porque en las bodas no se celebra la unión sexual (la de los cuerpos), sino la unión familiar (la de las almas, pero sobre todo la de los bolsillos); con lo que el sexo, junto con el cuerpo, sigue siendo algo turbio, sucio y pecaminoso, de lo que vale más no hablar; y se perpetúa, de una vez por todas, la ley del silencio.
Y si el sexo es sucio no puede sino darnos vergüenza. El acto sexual se realiza siempre en la intimidad. Mostrar los genitales es tener la posibilidad de usarlos, por eso los tapamos con una hoja de parra. Pero hubo un tiempo en que Eva y Adán, antes del pecado, los mostraban de manera natural sin avergonzarse de ellos. Lo lógico hubiera sido que, después de redimidos (con el bautismo y la cruz), la prohibición se hubiera levantado y hubiéramos vuelto a la inocencia primitiva, donde Adán y Eva disfrutaban y procreaban sin avergonzarse. Sin embargo no fue así. Quizá fuera porque, después de la caída, nuestra bondad natural fuera considerada pecaminosa y mala por las fuerzas de la sociedad; no por la mano de dios, que es la de la naturaleza. La moral de la religión habría sido desvirtuada por la moral de la historia.
¿Por qué nos avergonzamos de nuestras relaciones sexuales? ¿Por qué sólo disfrutamos en la intimidad? ¿Por qué, si somos observados, se nos inhibe la líbido y ya no experimentamos el mismo placer? ¿Y por qué nos sentimos culpables del placer que obtenemos del sexo, como si al disfrutar hubiéramos hecho un mal uso? El sexo es para procrear, sí; pero lo mismo que comemos muchas veces por placer, no por hambre, también copulamos buscando el orgasmo, no sólo la procreación. Parece que el placer estuviera prohibido, porque la lujuria y la gula se han convertido en pecados capitales. Si el placer es un parásito del cuerpo, es pecaminoso, y por lo tanto disfrutar pintando o haciendo matemáticas también sería pecado. Pero si el placer es un amigo del cuerpo y no un enemigo suyo, entonces sería bueno disfrutar de él: ¿cómo dios ha podido darnos esa posibilidad para luego quitarnos su uso? Es como fabricar coches que circulan a doscientos kilómetros por hora y prohibirles circular a más de cien.
También pudiera ser que dios hubiera hecho del placer un enemigo del cuerpo y un amigo del alma. En este universo platónico alma y cuerpo estarían en relación inversa: cuanto más disfrutara el cuerpo, más sufriría el alma; y para que el alma disfrutara tendría que sufrir el cuerpo; es más, sin cuerpo, que es un estorbo, el alma puede disfrutar mucho más: filosofar es aprender a morir. Hay algo turbio y siniestro en esta filosofía de la muerte. El Génesis la rechaza de plano, puesto que el cuerpo no era malo antes del pecado, sino después; la prohibición de los goces corporales es un producto de la caída, y la pureza del ser humano debería retroceder a aquellos momentos felices en que el cuerpo no estaba prohibido: hay que volver a la naturaleza para disfrutar inocentemente de la sexualidad; con esa inocencia que Nietzsche encontraba en el niño de Heráclito; la pureza, entendida como limpieza de alma, limpieza de corazón, resplandece claramente en el cuerpo, que es nuestra casa; nuestro cuerpo es nuestro hogar y en él vive nuestra alma; hay que cuidar la casa si queremos cuidar del habitante. El amor, dice Gil de Biedma, es cosa del alma, pero se escribe en el libro del cuerpo: un cuerpo que no goza es un alma que sufre, y un libro sin letras. 

 

Desde esta nueva perspectiva Nietzsche nos llama a liberar el instinto. El alma ha sido en nuestras mentes la cárcel del cuerpo y, al encadenar sus instintos, se ha encadenado a sí misma. Hay que liberar el espíritu para vivir radiantemente con un cuerpo libre. Hay que aceptar el placer como un signo de la vida; el placer, que es como una moneda, por la otra cara también tiene dolor; pero no es lo mismo rechazar el placer del cuerpo para dejarle sólo el dolor, que dejar el dolor como signo de los peligros que amenazan al cuerpo, impidiéndole disfrutar; el dolor es un aviso de que algo no funciona bien, y de que hay que restaurar la facultad de disfrutar atendiendo la llamada de ese aviso. También sucede que, para disfrutar bien de algo, es preciso conquistarlo, merecerlo, y por eso se disfruta poco con una violación (que no deja de ser placer robado) y mucho con un sexo mutuamente compartido (que eso es placer conquistado entre los dos, y por tanto, mutuamente merecido).
La vergüenza de ser observado mientras uno llega al orgasmo ¿es un instinto natural? ¿Es un reflejo socialmente aprendido? Soy incapaz de contestar a esta pregunta. Uno puede limitarse a constatar que hay gente muy vergonzosa y gente bastante desinhibida; pero en lo relativo a la raíz de este sentimiento, sería preciso acercarse a él con el rigor de la ciencia, que quizá podría aportarnos apreciaciones dignas de crédito. Desde un punto de  vista filosófico quizá pudiéramos intentar explicarlo a partir de un par de sentimientos o instintos: el de la violencia y el del poder.
La violencia. Se ha dicho que la agresividad aumenta con la represión sexual. Orwell y Huxley han imaginado antiutopías donde el poder reprimía el instinto sexual para canalizarlo agresivamente contra el enemigo que estaba en guerra con el país; por ejemplo, el día del odio reunía a grandes masas de gente para soltar violentamente las energías que el poder no les permitía soltar sexualmente. La violencia es la recreación social de un instinto natural: la agresividad; o, lo que es lo mismo, la violencia es agresividad pintada con ideología. Si queremos crear un mundo violento tendremos que reprimir el sexo. También los deportistas saben que no deben copular la noche que precede a una gran competición, a un gran partido; porque el sexo les relaja y, por tanto, les quita fuerza, agresividad, competitividad, y mal puede ganar quien no está en posesión de todas sus energías. Inversamente, también se ha utilizado el ejercicio físico para combatir la sexualidad; la gimnasia y el deporte, por ejemplo, han sido a veces un instrumento contra la masturbación. 

 

El poder. Cuando hacemos el amor nos desnudamos anímicamente, y buscar el placer es dejarse llevar por la pasión, o sea: no llevar la batuta, no ser la voz cantante, no controlar las cosas, ser una brizna de paja gobernada por el viento. El dictador Trujillo parecía poderoso a todos menos a Urania, que se acostó con él y conocía su impotencia (así lo refleja Vargas Llosa). Ser impotente es ser débil; y volcar nuestra potencia sexual es abandonarse al orgasmo y aceptar que disfrutar, en el momento mismo en que disfrutamos, es también perder el poder (porque el éxtasis viene cuando dejamos de controlar); y somos un juguete en manos de un impulso que nos llega en lugar de llevarlo nosotros, en eso consiste el rapto: el abandono de sí mismo, la renuncia momentánea a poder, entregarse al placer es lo mismo que abandonar el poder; mantenemos nuestra potencia mientras contenemos nuestros impulsos en el acto sexual, aguantando la eyaculación, hasta llegar al momento propicio; pero cuando llega ese momento el tiempo se vuelve sublime (porque se detiene), eyacular es detener el tiempo y salir fuera de sí, parar el mundo, salir de él, éxtasis, entusiasmo que nos arranca la razón y es abandono, dejarse transportar por el placer, olvidarse en él y sentirse penetrado por todo a condición de no ser nada.
Quizá por eso reprimimos la sexualidad. Porque nos quita el control. Y al reprimirlo amputamos nuestra vida y la dejamos reducida a un montón de funciones sin placer, y creemos, como decía Savater, que disfrutar de algo es la señal de que ese algo es malo: en eso consiste el puritanismo. El puritano se prohíbe el placer para no perder poder; y se lo prohibe a los demás para controlarlos, convirtiéndolos en máquinas de violencia cuyo amor, separado del erotismo, es amor sublimado. Pero el amor a los seres abstractos (dios, la belleza, la familia) no se siente con el corazón, sino con la cabeza: o sea que no se siente; es un amor intelectual, o, lo que es lo mismo, un sentimiento vacío. Y nos volvemos rígidos, implacables y fríos.
En la psicología de Maslow el amor es deseo, necesidad de amistad, de entrar en un grupo para sentirse aceptado sintiendo lo que sienten los demás: espíritu gregario; y el sexo es un instinto biológico, primario, como el instinto de comer, beber y dormir, en el suelo mismo de nuestras necesidades. Si reprimimos el instinto sexual se resquebraja el suelo del amor, se hunde, pierde pie; y si no se sostiene por abajo, el amor tampoco puede aspirar a lo que tiene en su techo. La seguridad en sí mismo, el concepto de su propio valor, la autoestima. Estoy hablando del amor erótico, por supuesto; el eros, que es una especie de locura (o, como decían los griegos, de manía: ¿hay algo más desesperado que un animal en celo?). La atenuación de ese instinto es la amistad: el amor tranquilo. La amistad, el amor paterno, el de los hijos, también se manifiesta a través del cuerpo: un apretón de manos, una sonrisa, un abrazo, un beso; y de la fuerza de los saludos dependerá la intensidad y naturaleza del afecto. Cuando procede directamente de los genitales estaremos hablando del erotismo en sentido propio, la libido, que subyace por debajo de nuestra conciencia. Entonces tenemos que admitir, necesariamente, que el impulso erótico abarca, sí, la totalidad de la persona; pero no a costa de degradar a esa parte de nuestro instinto que es la genitalidad; el erotismo sin amor es la libido, su cultivo es el arte de amar (amor entendido aquí como arte de follar: lo que diría el kamasutra); pero no olvidemos que la libido, cuando no se empapa con amor (el amor del sentimiento, no sólo el de las sensaciones), no es más que un placer sin alegría; y muchas veces el placer se hunde en el vacío si no se alegra, y las sensaciones se cansan de sí mismas si no se asoman al corazón. 

 





[1] Todo esto no son sino reflexiones a vuelapluma; espero poder hace en un futuro un desarrollo más pormenorizado de la cuestión.