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viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 25 de agosto de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)


1.

            No se puede decir que un silencio recorriera la sala. Lo que sucedió más bien fue que la sala estaba en silencio. El silencio que reina cuando uno viene dormido, dispuesto a escuchar; cuando uno espera que se lo digan todo y no quiere preguntas, sino respuestas; así estaban los alumnos cuando iban a clase. Juan Luis ya no estaba para hacer experimentos que despertaran la participación de los alumnos. Se limitaba a exponer lo que sabía, poniendo todo el énfasis de que era capaz, haciéndolo atractivo, revistiéndolo de misterio; esperaba que la curiosidad se despertase en los alumnos con la simple escucha de lo que decía, con tal que su discurso no fuera un texto casposo, sino una apasionante aventura.
            Sin embargo los alumnos no reaccionaban. Escuchaban con la pasividad del espectador que viene al teatro para que la acción la pongan los actores, él ya ha tenido bastante con poner el dinero. Los alumnos, sin embargo, no ponían ni el dinero, porque la enseñanza era gratuita. Venían acostumbrados a que se lo dieran todo sin que ellos pusieran nada para merecerlo.
            Y así, en aquel instante, la sala permanecía en silencio. No que se hubiera quedado callada, es que no había empezado a hablar. No era silencio emocionado, no la mente enmudeciendo sobrecogida cuando la pasión del verbo nos deja sin voz. No: era el silencio del aburrimiento; de quien viene sin ganas de decir nada y sale sin nada que decir. Y no porque su clase estuviese aburrida, sino porque aquellos chicos nacieron aburridos y arrastraron la vida cargándola de angustia; de la angustia que mana de la falta de interés, de la atonía que nos llena de vacío, como se llena de aire la barriga cuando la inflamos de gaseosa; el desánimo de la nada que poblaba el corazón de aquellos jóvenes, acostumbrados a tener de todo sin luchar por nada; acostumbrados a no sentir emoción, a contemplar una obra de arte como quien ve jugar a las cartas, a aburrirse con la belleza, a ver veinte películas idénticas con los personajes y lugares cambiados, a tragarse doscientos pokemon que no sirven para nada, con sus características detalladas y bien aprendidas; luego son incapaces no ya de aprenderse la tabla periódica de los elementos, sino de distinguir entre el sujeto y el predicado.
            No sabría decir por qué, pero aquélla le parecía una generación perdida. Generación perdida es la que no tiene de nada por culpa de la guerra, pero aquella se perdía en la abundancia y nunca aprendió a valorar lo que tenía. Con una irónica paradoja lo supo decir José Luis Bartolomé:
Lo tienes todo ganado,
pero eres un perdido.
            Porque nada de lo que tienes tiene valor. El mundo para ti es un gran decorado, un escaparate donde puedes escoger de todo y nada te cuesta. En verdad era aquélla una generación perdida. Y la gente no lo reconocía. Sólo reconocemos la pérdida de lo que vemos, la pobreza de no tener nada, la ausencia de las cosas que se ven y tocan, la ausencia del cuerpo. Pero aquella generación sufría de tener de todo, y era la pobreza de tener lo que no reconocían como pobreza. Sí, aquello era una pobreza de espíritu. Habían alimentado su alma con desgana, con aburrimiento, con desinterés, y aquel sentimiento se convertía en desprecio; sus ademanes eran desdeñosos, su conducta intercambiable, y el no creer en nada había hecho de ellos unos rebeldes sin causa. Sólo creían en el dinero:
                                               Adiós, papá, adiós, papá,
                                               consíguenos un poco de dinero más. 


            Se reían con la canción de los Ronaldos. Aquel nihilismo había hecho de ellos unos seres desalmados; vivían del cuerpo, pero habían perdido el alma. Y el cuerpo, aunque ellos no lo supieran, tenía su alma también; su culto al cuerpo era vivir sin cultura corporal, entregados a la dejadez de los gimnasios, de la cosmética, de las dietas inconscientes, de los anabolizantes; del alcohol sin tino, las borracheras, las pastillas, la coca, las carreras por la noche, las peleas grabadas en el móvil, la nada. Vivían en un mundo que les habían regalado al nacer y ellos eran incapaces de apreciar; como despreciaban los viajes del instituto porque eran gratis, porque no les costaban nada; porque les abrían los ojos a la cultura y ellos sólo entendían de cultos; y sus maestros los abofeteaban con aquella otra deformación no menos perversa del culto a la cultura. Entre la vida desalmada de unos y la de los otros, los autobuses iban vacíos. Pero había que pagarlos. Y no eran ellos los que los pagaban. Ni los otros ni los unos. También los maestros estaban acostumbrados a que las cosas fueran gratis.
            Por eso no se podía decir que la sala la recorriera el silencio. Es que el silencio estaba en la sala y los alumnos habían escuchado, pero no tenían nada que decir. No tenían costumbre de pensar lo que decían, no eran productores de pensamientos sino consumidores de ideas. Juan Luis tan sólo había preguntado:
            -¿Qué quiere decir “ser bueno”?
            Y ante su insistencia, algunos empezaban a decir: “portarse bien”; “ser bien pensados”, decían otros, y otros corregían: “hacer bien las cosas”. Tuvo que intervenir el profesor:
            -Os he pedido el significado de un adjetivo, y vosotros me dais la misma palabra convertida en adverbio. “Ser bueno” y “portarse bien” contienen la misma palabra; “bien” replica el significado de “bueno”, y eso no sirve para nada; es como si me dijerais que lo blanco es la blancura.
            Entonces intervino Adriana, que tenía una lógica muy incisiva:
            -Lo importante no es el adverbio, sino el verbo. Ser bueno es obrar bien, pensar bien y trabajar bien.
            -De acuerdo, pero hay mezclados dos problemas y tenéis que ayudarme a distinguirlos. No basta con obrar, pensar y trabajar para ser bueno; para ser bueno hay que obrar, pensar y trabajar bien. Pero ¿qué significa la palabra “bien”? No me digáis que lo mismo que “bueno”, porque entonces estaremos dándole vueltas a lo mismo.
            Hubo un silencio, y esta vez sí fue de perplejidad.
            -¿Qué significa “ser bueno”? Seguramente “ser” es al mismo tiempo obrar, pensar y trabajar; pero ¿qué es ser “bueno”?
            Un silencio recorrió la sala. Ahora sí.
            -Os daré pistas –dijo Juan Luis para ayudarles a salir del atolladero-. Algo podría ser bueno si nos gusta; si nos atrae; si es deseable.
            Ahora el silencio significaba “sí”; “estamos de acuerdo”. Juan Luis los sacó ahora del conformismo. Buscó ejemplos en los que no estuvieran de acuerdo todos; buscó contraejemplos.
            -El chorizo nos gusta. La droga nos atrae. Deseamos hacer el vago. Pero no todos estamos de acuerdo en que todas esas cosas sean buenas. 


            Juan Luis recurrió al libro de Savater. Quiso zanjar así la cuestión, porque éste no era el debate que le interesaba.
            ¿Estaréis de acuerdo en que es bueno todo lo que no nos hace daño?
            El sí de la respuesta fue unánime en los alumnos.
            -Pero si yo ahora os pregunto que qué es el daño vosotros me lo relacionaréis con el dolor. Y si os pregunto por el dolor me diréis que es el sentimiento del daño. Y si os apuro un poco más, me diréis que es el sentimiento del mal. Y si queréis saber lo que es el mal, contestaréis que lo contrario del bien; y ya estamos liados otra vez; no salimos del círculo vicioso.
            Juan Luis ahora tomó carrerilla. Él tenía la sartén por el mango y los chicos ardían en deseos de saber cómo salir del atolladero.
            -Es bueno lo que produce placer. Y malo lo que produce dolor. El mal es lo contrario del bien como el dolor lo es del placer, y lo contrario del placer y el dolor es la indiferencia; a menos que penséis que la indiferencia es ya una forma de dolor. Ahora recurriremos a Savater; un placer es malo cuando te quita la posibilidad de disfrutar de los otros; la borrachera se disfruta mientras te estás emborrachando, pero luego te pierdes la fiesta, vomitas y te queda la resaca. Pero volvamos a la pregunta que os hice: ¿qué significa ser bueno?
            El silencio fue de nuevo el mensajero de la perplejidad. Pero Adriana, que sabía escarbar para buscar petróleo, dijo:
            -Bastará con que tomemos las definiciones que acabamos de hacer. Ser, según hemos dicho, es obrar, pensar y trabajar. Bueno es lo que se disfruta sin perder la capacidad de disfrutar después. Si unimos estas dos definiciones tendremos la respuesta a lo que preguntas; ser bueno será obrar, pensar y trabajar sin perder nunca la posibilidad de seguir disfrutando.
            Un suspiro de admiración recorrió las mesas donde se sentaban los alumnos. La sorpresa se notó en sus bocas abiertas. Juan Luis, acostumbrado a las piruetas dialécticas, no perdió tampoco su capacidad de sorprenderse; y le aplaudió la idea. Acto seguido pasó a comentarla.
            -Si yo trabajo bien soy un buen trabajador; un buen carpintero si hago buenas sillas, por ejemplo. Si pienso bien seré un buen pensador; en este caso un buen filósofo. Pero si obro bien seré bueno a secas. Una buena persona. Pues bien, ahora que estáis satisfechos os contaré algo que me pasó hace muchos años. Tenía yo la edad que tenéis vosotros ahora, y acababa de terminar el bachillerato. Yo era bueno en latín y en griego. Un compañero me pidió que le diera clases y se las di gratis. Y otro compañero, cuando se enteró, me dijo que yo era bueno. Añadió en seguida que no me lo decía como un cumplido. Al llamarme bueno me estaba llamando...
            -... tonto –respondió Raúl, que las cazaba al vuelo.
            -Efectivamente –concluyó Juan Luis-. Bueno también significa tonto, y tonto es el que se pierde la fiesta por estar ayudando a los demás; como la borrachera es la tontería del vino, así también la tontería es la borrachera del bien. Si es bueno lo que no te quita la posibilidad de disfrutar del resto de las cosas buenas, privarse del bien por ayudar a los demás no puede ser cosa buena; aquí entronca la filosofía de Nietzsche.
            Se paró, miró a los alumnos que estaban sentados y comprobó en sus miradas que se había despertado el interés. Prosiguió tranquilo.
            -La filosofía de Nietzsche es un alegato contra la moral: la moral entendida como forma de desvivirse por hacer el bien. Desvivirse; dejar de vivir. Si lo bueno te quita la vida no puede ser bueno. El sacrificio de sí mismo en aras de los demás es un absurdo; ¿tiene acaso más valor la vida de los demás que tu propia vida? Eso del amor cristiano, que sufre para gozar después de la muerte, no tiene sentido. La caridad que te doblega no es buena, porque no es caridad contigo. El amor al prójimo no está mal, siempre que no se asiente sobre el amor propio, sobre el desprecio de sí mismo; pues el amor propio no es esclavo del amor al prójimo como yo no soy esclavo de los demás. El amor, el bien, la vida, son buenos si no se suicidan. El sacrificio sólo tiene sentido si es en aras de un bien que se disfruta antes de morir; siempre que ese beneficio tenga más valor que los bienes que sacrificamos para llegar a él. Ahí está Nietzsche. Nietzsche no desprecia el amor, la generosidad, la solidaridad con el mundo; lo que desprecia es el sacrificio de la vida en el altar de la muerte, que vale menos; y después de esta vida ya no hay más. Dejar de vivir esta vida pensando en la otra no es soltar el pájaro de la mano por cazar los ciento que vuelan: es que no hay pájaros volando por el cielo, y el único que existe es el que tenemos en la mano. La vida es placer, sí, pero placer que requiere sacrificio: la vida es lucha; y la lucha por la vida se empeña en las cosas buenas que hay antes de morir; después habrá otras cosas, pero ya no será para nosotros; serán para otros seres que hayan empezado a vivir después. Nuestra vida existe antes de morirnos, y no podemos acceder a ninguna otra vida que no sea para seguir viviendo después; vivir nuestra vida es vivir lo que ya nos ha pasado; será nuestro eterno retorno.
 
2.
Intuición e inteligencia: lógica y razón.

            El eterno retorno... y las miradas se hundían en el ensueño. Nietzsche era el apóstol del eterno retorno, y nadie lo entendió. Porque no se expresaba bien.
            -Bueno, hay que ir con cuidado cuando se habla así. Nietzsche se expresaba muy bien, pero lo hacía con metáforas; y la metáfora, a diferencia del concepto, hace vivir las cosas que se dicen, y vivir es entender. Con el concepto se entienden las cosas sin vivirlas, y eso, valga la paradoja, es vivirlas. Con la metáfora vivimos las cosas aunque no las entendamos con la cabeza; pero las entendemos con el corazón; y con las tripas.
            -No entiendo nada –interrumpió Roberto.
            Juan Luis lo miró con el verbo interrumpido, y después hundió sus ojos en el vacío; como cuando quería buscar una idea y la perseguía por las nieblas de la conciencia.
            -¿Cómo te lo podría explicar?... Mira, imagina que tienes que explicarle el color verde a un ciego; si perdió la vista en un accidente, todavía se acordará del color; pero si nació ciego no habrá visto el verde en su vida. ¿Qué le dirías para que lo entendiera? ¿Que el verde es el color que hay entre el azul y el amarillo en el arco iris? ¿Le hablarías de su frecuencia y su longitud de onda para que lo entendiera? ¿Lo entendería si se lo explicaras así?
            Roberto abrió la boca sin contestar, como se quedan los que se quedan perplejos.
            -Si te dice Descartes que el color aparece en el arco iris cuando tu mirada, el agua y el sol forman un ángulo de 50 grados, ¿entenderías tú lo que es el arco iris? ¿Te darías por satisfecho?
            Roberto tardó un poco en contestar, y contestó sin estar seguro.
            -¿Qué te faltaría? –continuó Juan Luis-. ¿Qué necesitas saber que no te muestra la explicación del ángulo y los grados? ¿Por qué no tienes la sensación de haber comprendido?
            Roberto buscaba en su mente sin encontrar. Juan Luis le ayudó con otro ejemplo.
            -Fíjate: los electrones giran en torno al átomo en distintos niveles. Imagina que un nivel es una órbita, o un orbital, eso ahora nos da lo mismo; figúrate que cada órbita es una camino y que cada camino contiene un vehículo de dos plazas; por cada camino, por tanto, sólo puede circular un máximo de dos electrones. Si aparece un tercer electrón tiene que buscarse otro vehículo que irá por otro raíl, por otro camino, no pueden subir tres electrones en el mismo coche, no hay sitio para tanto. ¿Lo entiendes?
            -Sí, es fácil de entender: está claro.
            -Pero con esta explicación ¿entenderías del todo la realidad del electrón en el átomo?
            -Para nada.
            -¿Por qué? ¿No dices que lo has entendido?
            -Sí, he entendido que si por un camino sólo pueden circular dos, no es posible que pasen tres; pero lo que no entiendo es por qué no pueden circular más de dos.
            -Exactamente. Lo mismo pasa con el arco iris. Tú entiendes que cada color tiene su ángulo, pero ¿por qué ese ángulo precisamente? Tú entiendes que, partiendo de unas premisas, se dan obligatoriamente unas conclusiones. Pero ¿por qué hay que admitir esas premisas? ¿Por qué no pueden ser otras? ¿Siempre hay que aceptar el punto de partida? 


            -Sí, sí, estás en lo cierto. Es como si tu padre te dice “¡esta noche a las doce en casa!” Si aceptas esta imposición llegarás a determinadas consecuencias, ¿pero por qué tienes que aceptarla? ¿No puedes imponer tú otras condiciones?
-¡Pues eso es lo que os quería decir! –exclamó Juan Luis con alegría-. Una ecuación matemática, una descripción geométrica, te hacen entender las cosas desde un determinado punto de vista; pero si cambiamos el punto de vista la ecuación y el dibujo varían; habrán servido para que entendamos una perspectiva, pero no otras de las muchas perspectivas desde las que se puede enfocar el problema. Un matemático te explica las cosas desde un punto de partida que, sin querer, aceptamos. ¿Pero y si quieres entender esas mismas cosas desde una óptica diferente? ¿O independientemente del enfoque que le demos?
Juan Luis respiró. La respiración se hace presente, se insubordina, se impone, cuando uno la contiene para dejar pasar la inspiración.
-Cuando os hablo del modo de entender las cosas, os recuerdo que hay dos: uno es con la cabeza; el otro con el corazón. A la cabeza se llega con el concepto; al corazón, con la metáfora. Son dos ópticas diferentes, dos perspectivas; la cabeza entiende las cosas en el espacio, y el corazón las entiende en el tiempo. Cuando la cabeza quiere entender el tiempo lo parte en trozos y extiende cada uno en un lugar del espacio; asó lo entendía Bergson. El corazón, sin embargo, no entiende las cosas separándolas en partes, pero entiende el conjunto. Entender un conjunto sin entender las partes es intuición, entender las partes sin entender el todo es inteligencia. La intuición y la inteligencia son formas de la razón. La inteligencia comprende las cosas en sus límites, pero no entiende por qué hay límites, ni por qué hay unos límites y no otros; la intuición se salta los límites y vive lo que entiende, pero lo ve todo borroso; su entendimiento es difuso.
Ahí los chicos se perdían, y Juan Luis era consciente de ello. Pero se dejó llevar por el numen, que le estaba haciendo descubrir cosas nuevas; o perfilar cosas que intuía desde hacía tiempo, no sabría  decirlo. Pero aquél era un momento creativo en sus clases. A veces le pasaba. Explicaba cosas poniéndose en le mente de los chicos; pero al hacerlo, a veces las ideas se encadenaban solas y cobraban vida: y fluían. Su flujo era entonces creación como brota el agua de la tierra, como manan en la mente las ideas, como surge la luz desde las sombras; haciéndose manantial. Aquellos momentos tenían algo divino. Subyugaban a Juan Luis con su potencia. Llenándolo de energía, en una especie de éxtasis que une la idea con el corazón. Juan Luis se dejaba llevar por aquellos arrebatos dialécticos a pesar de que sabía que sus alumnos no lo entendían; pero había que dar a luz corazonadas e ideas y aquello requería su tiempo. Luego, cuando sentía que había terminado el parto, volvía a la realidad. Regresaba de nuevo con sus alumnos.
-Perdonadme. Sé que todo esto que acabáis de oír es ininteligible para vosotros. Rebobinemos la película y volvamos al principio. Os quería explicar por qué  Nietzsche se expresaba con imágenes mientras otros se han expresado con conceptos. Platón, el gran adversario de Nietzsche, también se expresaba con imágenes: con mitos, con metáforas, con vivencias. Curioso, ¿no? Pues bien, la metáfora surge cuando queremos entender las cosas más allá de lo que el concepto lo permite; entonces recurrimos al lenguaje poético, que nos hace sentir lo que no entendemos. Sentir, aunque sea no comprendiendo, es una forma de comprender. Se comprenden las cosas con el corazón, viviéndolas; metiéndote en ellas, no contemplándolas desde lejos. Por eso el lenguaje poético, que es más difícil de entender, parece fácil porque lo muestra todo como si fuera un juego de palabras, como si ese juego fluyera al margen de la razón, pero no es verdad. Nietzsche decía que lo suyo era irracional, pero no es cierto. La vida, que es lógica y sensibilidad, no se puede entender sólo con la lógica. Las razones del corazón podrán perecer ilógicas, pero no irracionales. Hablar es siempre expresarse con la razón; o de lo contrario no hablamos, sino que gritamos. Los seres humanos, decía Aristóteles, tienen palabra: a diferencia de los otros animales que sólo tienen voz. El ser humano es un animal que habla. Unos filósofos, como el propio Aristóteles, hablaban con la lógica de los conceptos, y sus palabras eran ordenadas, claras y precisas; y aunque fueran complicadas, se entendían bien. Otros, como Platón, hablaban con la intuición de las imágenes, y sus palabras parecían más hermosas y sencillas, pero todo era más complicado: porque no seguían un hilo claro y preciso, aunque tuvieran su orden; pero era un orden misterioso y escondido, un orden que el lector no encontraba señalizado, un orden que el lector tenía que encontrar. El lenguaje poético, que es mucho más bonito, nos permite entender muchas más cosas, pero con mucha mayor dificultad. Nietzsche no escribía como Aristóteles. Escribía como Platón.
Y Juan Luis se corrigió mentalmente cuando lo estaba diciendo. “No exactamente”, se decía a sí mismo. “No exactamente”. Pero para aquellos chicos aquellas palabras bastaban. No estaban listos para entrar en aguas de mayor profundidad.



sábado, 9 de agosto de 2014

Nicófagos y Agoniatras








NICÓFAGOS Y AGONIATRAS


 1.

         El mundo estaba lleno de nicófagos y agoniatras. Nicófagos: gentes que se alimentan de victorias. Niké es la victoria en griego. No saben vivir si no ganan, si no vencen no se alegran. Y luego estaban los agoniatras, que buscan la salud en la experiencia de la lucha. Agón: lucha. Médico: iatra. Para ellos, el combate es la mejor medicina. Hay quien vuelve contento de haber jugado bien al fútbol, y quien no puede alegrarse si no gana; para éstos, la victoria es la única medicina.
         Claro, el triunfo tiene un poder estimulante. Uno se deprime cuando el fracaso corona los esfuerzos. Eso es verdad. Pero si lo estimulante es buscar la victoria, no lo es tanto obsesionarse con ella. No es lo mismo ser nicófago que nicópata. El nicópata sólo ve la eclosión del huevo, pero el nicófago es capaz de ver, además, su lenta maduración. En eso estaba cuando se quedó sumido en un sueño profundo y se le cerraron los ojos.


2.

         Los nicófagos quieren ganar los partidos; los agoniatras prefieren jugarlos. Los nicófagos quieren ver ganar a su equipo; los agoniatras prefieren ganar ellos mismos. Los nicófagos quieren que les toque la lotería; los agoniatras eligen el trabajo en serio. Los nicófagos estudian para aprobar; los agoniatras estudian para aprender. Los nicófagos trabajan para cobrar; los agoniatras cobran por trabajar. Los nicófagos pasan el rato; los agoniatras viven y el tiempo pasa. Los nicófagos matan el tiempo; los agoniatras lo llenan de sustancia. Los nicófagos se aburren; los agoniatras se divierten. Los nicófagos copian; los agoniatras estudian. Para los nicófagos es el trabajo inútil; para los agoniatras el trabajo que rinde. Los agoniatras se animan solos; a los nicófagos tienen que los animarlos. Los nicófagos se rinden antes de tiempo; a los agoniatras no los vence ni el destino. El nicófago odia el trabajo; el agoniatra disfruta hasta el trabajo bíblico. El nicófago se queja siempre; el agoniatra saca de lo malo lo bueno. Para el nicófago la vida es un valle de lágrimas; el agoniatra encara la vida con esperanza. El nicófago, porque fracasa, destruye al que triunfa; el agoniatra, aunque fracase, se alegra del triunfo ajeno. El nicófago necesita de un equipo que gane; el agoniatra es su propio equipo. El nicófago no sabe compartir; el agoniatra comparte su trabajo. El agoniatra tira del carro; el nicófago necesita que lo animen. El nicófago sólo tiene ganas; el agoniatra, además de tenerlas, quiere. Los nicófagos necesitan cadenas; los agoniatras quieren ser libres. Los nicófagos necesitan de la técnica; los agoniatras la usan y, si no les vale, también viven. Los nicófagos quieren que los vean guapos; los agoniatras necesitan sentirse guapos aunque nadie mire. Los nicófagos quieren estar buenos; los agoniatras necesitan serlo. Para ser tú mismo hace falta entrar en el mundo; pero estar en él sin ser tú es vivir de vacío. Los nicófagos no se sienten bien aunque estén buenos; los agoniatras, que son buenos, se sienten bien (plenos y realizados). El nicófago se consume en el placer; el agoniatra lo vive sin consumirse. El nicófago vive el terror del más allá; el agoniatra saca, de su miedo, motivos de lucha. Hay perdidos en el mundo muchos nicófagos; ya es hora de que lo pueblen los agoniatras.



3.

         En un mundial de fútbol no ganan siempre los mejores. Ni son los peores siempre los que pierden. Por ejemplo, cuando Nadal perdió la final contra Wawrinka.


         Sin una mota de optimismo, Kant afirma que en esta vida no triunfan los mejores. Los virtuosos no son felices, sino los sinvergüenzas. Los que no son buenos se las apañan para conseguir el éxito, que es el reconocimiento.
         El éxito de una acción es la certeza de haberla hecho bien, pero la mayoría lo identifica con el reconocimiento de ser los mejores.
          

         El mejor triunfo es la convicción de haber sido el mejor, aunque ni te lo reconozcan.
            Pero quien juega bien necesita la satisfacción de su juego, el reconocimiento de su valía: ese reconocimiento que es el triunfo.
         No es malo anhelar el triunfo. Lo que es malo es obsesionarse con él. A costa de no mejorarse.
         El goce de la victoria es un placer del que no nos alimentamos, sino que nos alimenta; no lo tragamos sin digerir, y nos aprovecha.      
         No es lo mismo estudiar por soberbia que por instinto. Los profesores harán bien exponiendo en los torneos los méritos de los alumnos, pero no deben usarlos como fábricas de éxito; haciendo de ellos nicófagos que repriman desde dentro sus impulsos agoniatras.
        

4.

         Ser es desarrollar tus posibilidades; sacar fuera lo que tienes dentro. Estar es desarrollar las posibilidades del mundo: meter dentro lo que tienes fuera. Ganar es una sabia dosificación de ser y estar.


         Esto lo aplicamos al campeonato mundial de fútbol. Año 2014.
         España no mereció ganar, porque ya no era; ni estaba.
         Costa Rica no lo mereció porque todavía no era del todo.
         Ni Argentina: porque estuvo donde hacía falta, pero no acababa de encontrarse en su ser.
         Y Chile era mucho pero aún no lo suficiente. Y estaba donde había que estar.
         Lo hubiera merecido Holanda, porque era; pero se olvidó de estar.
         Alemania mereció la victoria: porque era y estaba.


         La tradición platónica es preformacionista: explica el desarrollo a partir del ser; cada ser tiene su forma, y la vida es el crecimiento de lo que tiene dentro.
         La tradición aristotélica es epigenética: explica el desarrollo a partir del estar; cada ser se desarrolla según el mundo que lo rodea, y es el mundo, que tenemos fuera, el que nos hace nacer o no, según las circunstancias. Las circunstancias mandan en nosotros. Y a veces nos convierten en gusanos o en ranas.
         La copa del nicófago celebra lo que su existencia tiene.
         La copa del agoniatra celebra lo que su existencia vale.
         Sólo vale lo que hay en ti, no lo que te regalan. Tus tesoros sólo pueden salir con el trabajo.
         El triunfo epigenético es nicófago: su éxito consiste en aparecer, nacer, que te reconozcan. El triunfo preformacionista es agoniatra: consiste en desarrollar lo que tienes dentro aunque no te lo reconozca nadie. No importa que te entreguen copas y medallas: la verdadera copa del mundo es la que mide de la calidad de tu existencia.


         Hay quien se entrena para ganar y pierde: Holanda.
         Hay quien entrena para ganarse y pierde, pero se gana: Sócrates.
         Quien se entrena para ganar y gana: el Real Madrid.
         Y quien se entrena para ser y también gana: Alemania.
         El mundo está entre Holanda, Sócrates, Real Madrid y Alemania. A veces nos perdemos para ganarlo todo.
         Porque ganar sin ganarse es perderse al fin y al cabo. ¡Cuánta gente se pierde queriendo ganar!


5.

         El nicófago es una criatura skinneriana, porque no hace nada que no tenga premio; o que no sea bajo amenaza.
         Maslow nos enseña que podemos ser agoniatras llevándonos por el deseo de ser; lo que nos hace humanos. La lucha se vuelve cooperación.


6.

         Están los que fracasan porque no han querido estudiar, ni trabajar, coronando el éxito con el esfuerzo. ¡Qué importa que sus amigos les jaleen las gracias!
         Están quienes fracasan porque han preferido el impulso fácil a la dificultad de las cuestas; y presumen como energúmenos elevando la fuerza bruta a categoría máxima.
         Están los que triunfan estudiando como becerros y cifran su majestad en saber más que los demás, y el saber se queda en repetición erudita de frases huecas. Los escaparates de la virtud se lo celebran.
         Y luego están los que triunfan de verdad, estudiando para saber y no para pasar por sabios; trabajan para ser mejores, no para aparentarlo, y forjan el impulso en vez de dejar que el impulso los arrastre. Los que no sacrifican la vida en aras de los libros, como ratas de biblioteca: ésos son los verdaderos sabios. Pero los nicófagos los desprecian porque huelen a agoniatras.



7.
         Se puede triunfar de tres formas: consiguiendo lo que buscas, consiguiendo que te aplaudan o haciendo bien las cosas; el aplauso es el reconocimiento de que lo que has hecho es bueno.




sábado, 19 de julio de 2014

Bruno






            Toda clase es un diseño de estrategia. Hay tres claves en las que se cifra el secreto del éxito: sorpresa, libertad de acción y ser más fuerte en el punto decisivo. Hoy vamos a hablar de la segunda.



EL ARTE DE LUCHAR

1. Exordio terminológico.

            El idioma español se presta mucho al estudio de la filosofía; el to be de los ingleses y el être de los franceses se encuentra disociado en dos mitades complementarias: el ser y el estar; y aunque el verbo ser comprende una amplia gama de matices, parece posible aceptar que designa a la vida fuera del tiempo mientras que el estar la caracteriza dentro de él. Una de las acepciones más importantes del verbo ser corresponde a la esencia; el estar se referiría a la existencia. La esencia sería no sólo lo que somos, sino también lo que estamos destinados a ser; la existencia sería ese grado de desarrollo del ser que limitan un espacio y un tiempo. Por eso decía Terencio: conviértete en lo que eres; desarrolla todo lo que puedes ser. Ese desarrollo requiere esfuerzo, y es lo que los griegos llamaban areté: virtud. Quien desarrolla sus cualidades musicales después de horas de ensayo llegará a ser un virtuoso del piano; pero por mucho que ensaye, si no tiene esas cualidades, digamos innatas, sólo conseguirá tocar bien, sin más; y quien las tiene y las desperdicia por falta de práctica no puede llegar a ser un buen pianista. Tener buenas cualidades para el fútbol y no someterse a la disciplina de los entrenamientos no nos convertirá nunca en buenos jugadores. Las disposiciones innatas son los trampolines desde los que saltamos, pero saltar requiere esfuerzo y sólo se esfuerza el que tiene interés; de ahí la importancia de la motivación.
            El desarrollo de las capacidades de nuestra esencia es una lucha contra los obstáculos que se oponen a ese desarrollo; un obstáculo es la pereza, otro la falta de dinero, otro la desorientación… Quien ha desarrollado mucho la capacidad de hacer bien ciertas cosas es una persona competente, pero también hay obstáculos que se oponen al uso de nuestras competencias; si conseguimos superarlos ganaremos en competitividad. Ser competente es ser capaz de hacer cosas, ser competitivo es lograr que los demás te dejen hacerlas. Hay personas que son muy competentes y poco competitivas, y personas que siendo competitivas son poco competentes; las primeras necesitan patrocinadores; las segundas, asesores; aunque ser competitivo requiere también ese tipo de dominio que podemos llamar competencia social.
            La vida es entrenamiento para ser competente, y eficacia para obrar como tal. El entrenamiento es lucha contra las resistencias que hay dentro de nuestro ser; la eficacia y la competitividad, lucha contra las dificultades externas. Lo primero es lucha por ser, y lo segundo por existir. A lo segundo lo ha llamado Darwin lucha por la vida. Pero a veces no se lucha por vivir, sino por matar; a este último tipo de lucha lo llamamos guerra. El deporte, el arte, la ética, el aprendizaje, la religión son formas de lucha por la esencia. Pero a veces la religión no busca este objetivo y se convierte en lucha por (o lucha contra) la existencia. La lucha en sentido genérico consiste en salvar obstáculos. Si los obstáculos contra los que luchamos son la propia vida de los otros, lo llamamos guerra; si son obstáculos que ponen a prueba nuestras cualidades físicas lo llamamos deporte; si afectan a cualquier tipo de cualidades, intelectuales o físicas, lo llamamos aprendizaje; y si buscamos disfrute en la lucha misma lo llamamos juego. A nosotros nos interesa aquí el arte de la lucha; no el arte de la guerra.
            En un combate de yudo, uno de los dos luchadores ha sido inmovilizado por el otro en el suelo. En un partido de fútbol, una defensa muy adelantada impide que el adversario organice su ataque.  O un equipo ataca sin cesar, y el que defiende, bruscamente, ha conseguido armar un contraataque que ha pillado al otro desprevenido; ha conseguido sorprender por donde el otro no lo esperaba: lo ha pillado por sorpresa. O uno de los dos equipos domina durante largo rato situaciones intrascendentes, pero el otro le marca un gol en la única jugada que ha conseguido organizar con mucha paciencia: ha sido el más fuerte en el punto decisivo. Uno de los jugadores ha conseguido jaque mate; jaque mate es cuando se pone en jaque al rey y el rey no puede zafarse. O el acosado, viendo que no puede ganar, se queda con el rey solo y se las apaña para que, sin estar en jaque, el rey no se pueda mover: el rey está ahogado; el atacante no puede vencer. O consigue resistir quince jugadas seguidas con el rey solo y la partida se queda en tablas. También el profesor amenaza a todas horas con castigar y no castiga; y el alumno se le sube a las barbas.
            ¿Qué tienen en común todas esta situaciones? Que uno de los dos ha perdido su libertad de acción. Y el otro ha conseguido un efecto sorpresa; un efecto teatral. Sorpresa, libertad, eficacia; en eso se cifra todo el arte de la lucha. Sorpresa: un contraataque inesperado. Libertad: la que pierde el rey cuando está en jaque mate. Ser el más fuerte en el punto decisivo: cuando el otro me come peones y yo, con mucha paciencia, consigo comerme a la reina. Al final todo se resuelve en un golpe de efecto. Así concibe Clausiewicz toda la estrategia. Sung Tzu construyó, sobre pilares semejantes, el arte de la guerra. En la lucha siempre hay que sorprender. A veces hay que renunciar a un torneo para ganar otro; el que lo quiere todo a veces todo lo pierde. Y sabemos que si la estrategia es el arte de ganar guerras, la táctica es el de ganar batallas: pues bien, Napoleón era tan creativo en estrategia como repetitivo en táctica; eso le perdió en Waterloo.
            


2. La historia de Bruno. 

Primer episodio.
            Entraba en aquella clase por primera vez. Juan los estudiaba con curiosidad, pero no podía; no podía porque no se sabía sus nombres; no sus rostros. Pasó lista. Casi todos tenían en la cara un retrato de indisciplina. Pero ahora se aguantaban. De momento. Era un profesor nuevo y no lo conocía nadie. Lo que iba a enseñar a lo largo del curso lo resumía ahora en una frase:
            -Las cosas sirven y cuando dejan de servir se tiran y se compran otras. En cambio las personas no tienen precio; tienen dignidad.
            Oyó que un chico hablaba en voz alta. Hablaba solo.
            -Perdón, ¿cómo te llamas? –dijo Juan dirigiendo la mano hacia él.
            -¿Yo? Bruno. –Y Bruno gesticulaba como si él no hubiera molestado a nadie.
            -Profe. Profe –dijo otro, que ya se levantaba hacia él. Se le puso encima y le metía la cabeza en las narices, invadiendo su espacio privado-. ¿Qué hay que hacer para aprobar?
            Juan se apartó y, a cada paso que retrocedía, era un paso que el chico avanzaba. Para intentar pararle los pies le preguntó su nombre.
            -Luis –dijo el chico; y Juan no supo decir si esa cara era sincera o lo miraba con cinismo.
            Le puso una mano en el pecho para alejarlo un poco y de pronto oyó ruido en dos asientos de la izquierda; dos de los chicos se estaban despachando a gusto.
            -Vete a tu sitio, Luis –dijo, intentando mirar tras de su cabeza como quien mira detrás de unos árboles molestos. El corpachón de Luis se le acercaba. –Siéntate, por favor- y lo dijo poniendo distancia con la mano.
            -Pero, profe, ¿qué hay que hacer para aprobar?
            La paciencia de Juan estaba poniéndose a prueba. Su cabeza empezaba a calentarse.
            ¡Eh, vosotros! –dijo, mirando detrás del corpachón, que no se apartaba-. ¡Estaos quietos!
            Los dos le miraban. Tenían pinta de estar estudiándolo a fondo, para ver hasta dónde podían llegar. Juan hacía gala de fuertes dosis de aguante. Bruno hablaba de nuevo; ahora miraba en diagonal, al otro extremo de la clase; allí había un chico que se volvió hacia él.
            -¡Bruno! ¡Cállate, por favor!
            -Si yo no estoy hablando.
            Y lo decía con toda tranquilidad, sin inmutarse.
            -Luis, me vas a acabar enfadando, ¿te quieres sentar en tu sitio?
            Luis contestaba con una voz de Forrest Gamp.
            -¡Que te sientes!
            Ahora sí fue un grito. Se sorprendió a sí mismo: Juan no estaba acostumbrado a gritar en clase. Pero la inestabilidad de las mesas fue acrecentando un desorden que crecía como una bola de nieve; la voz de Juan subía poco a poco para hacerse oír, pero Juan se daba cuenta y, de vez en cuando, la bajaba; era difícil hablar normalmente y hacerse oír al mismo tiempo: aquello era lo más parecido a un bar y, en los bares españoles, el que quiere que lo oigan grita.

Segundo episodio.
            -Cállate, Bruno.
            Delante había tres chicas que no decían ni mú. Una de ellas decía algo a su compañero de mesa, porque estaban viendo que aquel profesor no era malo. Los dos chicos de al lado hablaban de nuevo; como Juan  no podía ocuparse de ellos, al poco rato se les unió un tercero. Bruno contestó con aires inocentes.
            -Pero si yo no hablo, profe.
            -Bruno, cállate.
            -Si es que yo no hablo.
            -Que te calles.
            -Pues yo no digo nada, no molesto.
            En la cara de Bruno se dibujaba una sonrisa. Neutra. Juan no sabía aún si interpretarlo como cinismo. Hacía esfuerzos titánicos para no gritar. Se obligaba a mantener la calma en un acto supremo de disciplina. Fue al pupitre. Sacó el cuaderno.
            -Bruno, has estrenado tú la lista de negativos.
            -Pero si yo no he hecho nada, profe.
            -Profe, ¿cuántos negativos tengo yo? –dijo Luis.
            -Ahora tienes uno –dijo Juan, y escribió en el cuaderno.
            Luis se levantó de su silla. Juan, viéndolo llegar, extendió el brazo para pararlo: antes de que rebasara los dos últimos pupitres. A su izquierda los que hablaban ya eran cuatro. Una de las chicas empezaba a hablar con su compañero. Juan sentía que la cabeza le ardía como una olla a presión.
            -¡Silencio!
            Retumbó su voz en las paredes. Juan no se reconocía a sí mismo: era su segundo fracaso. Se dirigió a la banda de los cuatro.
            -¿Cómo os llamáis?
            -Pedro.
            -Antonio.
            -Juanjo.
            -Y Diego.
            -Un negativo cada uno.
            -Profe, ¿para qué sirven los negativos?
            -Cada negativo vale un cuarto de punto. Cada cuatro negativos os bajo un punto de la nota.
            Quizá pudo aprovechar diez minutos de los cincuenta que tenía la hora. Necesitaba escribir en el encerado para hacerse entender. Les explicó lo que era una persona, y que una piedra no era persona porque ni actuaba ni pensaba ni sentía, y que un robot no era persona porque sólo sabía pensar y cuando actuaba no sentía, y que un árbol sentía sin pensar y por eso tampoco era persona, y que un animal, además de sentir, se desplazaba, pero su pensamiento no era conceptual y por eso actuaba como un autómata.



Tercer episodio.
            Juan entró en su clase ya con el miedo en el cuerpo. Pero lo mismo que el perro mete el rabo entre las patas cuando lo miras desafiante, así tampoco quería entrar él con las orejas gachas. Respiró profundamente.
            -Profe, profe, ¿puedo ir al servicio?
            -No.
            -Profe, que no me aguanto.
            -Ya habéis tenido tiempo antes de que sonara el timbre.
            -¡Si no nos han dejado!
            -Profe, profe…
            Todos encima de él. Como un alud imparable. Tuvo que levantar la voz y hacía tiempo que sabía que era para hacerse oír, no porque lo enfadaran. Bajó un brazo contundente juntando los dos dedos índice y pulgar, y dijo:
            -¡A callar! ¡A callar! Todos a sus sillas.
            Pero no se detenía la avalancha humana.
            -¿Pero es que no me habéis oído? –Los gritos ganaban en decibelios-. ¿No me vais a dejar pasar?
            -¡Pero es que no me aguanto, profe! ¡Por favor!
            -¡A callar! –Grito del trueno que bramaba en la montaña. El eco retumbaba. Como un moisés, Juan contenía el avance de la marea y los alumnos eran cada vez más avance vencido del agua. Juan cerró la puerta tras de sí.
            -Jeison, ¿te quieres sentar?
            Cogió el libro de su cartera; una cartera que soltaba hojas antes de que la pudiera abrir. Aquella clase le estaba dando la vuelta a la lógica. “Esto es el mundo al revés”, pensó Juan.
            -¡Qué es so?
            El que preguntaba era Luis.
            -El cuaderno de fusilar gente.
            - ¿Y para qué sirve?
            -Para ponerte un negativo.
            Aquel día, a duras penas, les pudo hablar del acoso. De la marginación y la violencia. Y de cómo la violencia se aprende sobre una agresividad innata. Y de cómo se podía hacer violencia no sólo con golpes, sino con palabras; el cuerpo era una voz intermedia entre la palabra y el golpe. A Juan le dio por pensar si aquello que había en clase era violencia o sólo agresividad primaria, ciega y bruta pero noble. Juan miraba los ojos infantiles de aquellos cuerpos grandes. Sobre la mesa había una cruz gamada.
      


     
Cuarto episodio.
            Biblioteca. Juan tenía guardia. Sacó su libro, puso unos folios sobre la mesa y dejó el estuche abierto con sus lápices. Había un silencio que acariciaba. Frío. El frío de octubre hasta se disfrutaba a pesar de que aquellas fechas todavía no habían puesto la calefacción.
            No había estado escribiendo ni cinco minutos. A esas horas los chicos estaban en clase y no había posibilidad lógica de que pudieran ir a la biblioteca. Se abrió la puerta. Por el marco entró un corpachón enorme que casi chocaba con la madera: era Bruno; se acercó a darle un papel y se sentó en la mesa de al lado. En el papel decía que su profesora lo había expulsado de la clase y tenía que hacer unas tareas. Matemáticas. Juan esperó. A los diez minutos firmó el papel y fue a entregárselo a su mesa. No estaba haciendo matemáticas. Tenía un cuaderno de hojas a cuadros y entretenía el tiempo en repasar los cuadros y poner, como aspas, sus diagonales rellenándolas de colores. Juan pensó en el derroche que suponía gastar así la tinta de los rotuladores.
            Se sentó junto a él. Iba por la cuarta clase con él, una hora por semana. Y a pesar de la dura batalla que era aquella clase, él tenía claro que nunca expulsaría a los alumnos. Una clase es un cuerpo a cuerpo y expulsar a uno era lo mismo que perder la batalla. Y lo mismo que abusaban de él, él sabía, como una roca, que si resistía los ataques furiosos del mar su autoridad saldría reforzada en el cuerpo a cuerpo. Ellos sabrían que una debilidad aparente esconde la fortaleza del roble. Y que la firmeza del castigo era la otra cara de la comprensión, de la amistad, del cariño. Juan sabía que poco a poco a sus alumnos se los iba ganado. Pero le estaba costando sudar tinta.
            -¿Por qué no estudias, Bruno?
            El sonido se posaba sobre la biblioteca.
            -Bruno, ¿por qué no haces los ejercicios de matemáticas?
            El silencio era relajante. La calma se oía. Sin saber cómo, Bruno, a cuento de qué, se encontraba hablando.
            -En mi país no hacemos matemáticas.
            -¿No?
            -No como éstas. Allí sólo hacemos cuentas. Es todo más fácil.
            Bruno no levantaba la vista. Ese detalle no se le escapaba a Juan. Embebido en su cuaderno, callado, ausente, sin saber cómo, dejaba escapar filamentos de alma.
            -Yo odio a mi madre. No quiero verla. Vivo con mi hermana.
            -Pero Bruno, ¿cómo puedes decir eso?
            -Yo no quiero ver a mi madre. La odio. Quiero marcharme.
            Lo dijo con una frialdad que desnudaba. Le heló el corazón. Aquella declaración parecía arrancarle, con su brutalidad, algo que Juan tenía dentro… ¿Sería verdad lo que decía Bruno? Parecía sincero, pero ¿lo sentía? ¿Tenía Bruno capacidad de sentir?



Quinto episodio.
            Los siguientes días hubo una especie de tregua con Bruno. Él lo recriminaba menos y en respuesta, Bruno parecía que no lo hostigaba tanto. Durante unos días no molestó, pero tampoco aprendía nada. Juan dedujo que no tenía capacidad de atender; por lo tanto, de aprender tampoco; sospechó también que Bruno tenía poco control sobre sus actos. Entonces el que molestaba era Luis. Y la chica. Y Pedro, Antonio, y Diego y Juanjo. Un día encontró al tutor en la sala de profesores.
            -Ese Luis, ¿parece inocente de verdad, o es un cínico?
            -La inteligencia no le da para más; su coeficiente es bajo.
            Abrió los ojos. Se le abrieron los ojos del alma. En poco tiempo había descubierto, al menos en dos chicos, que no somos malos de verdad, sino prisioneros del alma; y en ese calabozo, como le pasaba a Bruno, le habían salido telarañas.
            Pero Luis le sacaba de quicio. Y Bruno también, cuando pasó aquel periodo de gracia.
            -Cállate, Bruno.
            -Si yo no hablo.
            -Que te calles.
            -Yo estoy aquí, solo, sin meterme con nadie, y tú me molestas.
            -¿Qué te molesto yo?
            -Sí.
            -¡Que te calles!
            -No hablo.
            -¿Te callas?
            -No te metas conmigo, yo…
            Un crescendo. Fue una maraña de voces que ascendía como un crescendo. Y bramó. Al estallido inicial le siguieron otros. Bruno no gritaba, gritaba Juan; más tarde comprendería que había perdido el control, que no tenía herramientas para actuar, piedras a las que agarrarse; y tuvo que reconocerse a sí mismo, cuando pasó aquel incidente, que había perdido la batalla: había echado a Bruno de clase. En jefatura de estudios acababa de firmar una amonestación, prisionero todavía de las garras de la ira:
            -Bruno necesita mi ayuda, yo lo sé, pero con Bruno tengo a otros veinticinco alumnos y ellos también tienen derecho a que les dé clase; y Bruno, día tras día, me la está dinamitando.
            Su nombre en la lista estaba lleno de negativos; como el de Luis, como el de Pedro, Antonio, Diego, y Juanjo. A la banda de los cuatro le hacían daño los negativos, pero ellos no podían moderar su conducta: los estaba apretando la juventud y ellos, aunque lo intentaban, se controlaban poco; Bruno y Luis, sin embargo, no podían intentarlo; pero a Luis le importaban las notas y a Bruno no; a Bruno, aparentemente, le daba igual todo.
            Había quemado sus últimos cartuchos. Los negativos acumulados no servían con él, porque sumaban ya muchos puntos y es que a Bruno no le importaba; no podría recurrir con él, en adelante, a la amenaza de los negativos. Ni a las amonestaciones, ni a los gritos,  ni a los partes. Había sido expulsado varias veces y eso había ayudado a sus compañeros que se veían libres de él, pero a él no. Un día le preguntó Juan:
            -¿Por qué eres así?
             Y Bruno, en un alarde de sinceridad, le había contestado:
            -No sé. Porque he dejado de medicarme, supongo.
            Lo dijo sin levantar la vista. Sin levantar la voz. Y sin dejar de repasar con la tinta del rotulador los cuadrados de su cuaderno. Juan se sintió herido. En alguna parte de su corazón, alguna fibra sensible se rompía. Trastorno de la personalidad. ¿Déficit de atención, quizá? ¿Hiperactividad? Y el pobre Bruno odiaba a su madre. Juan estaba vuelto hacia la pizarra. Les estaba hablando de identidad sexual y de identidad de género. A su espalda se oyó, sonora, una palmada. Juan se volvió.
            -¿Quién ha sido?
            Silencio. Miró inquisitivo. Frunció el ceño. Y siguió explicando. Había hablado del acoso. Síndrome de la Tourette. Ahora tocaban los derechos humanos.



Sexto episodio.
            Navidad. Cada uno contó cómo era la navidad en su país. Llamaron a la puerta y era Bruno. Pidió permiso para pasar. Bruno, aquella hora, no tenía clase allí. Juan lo miró. Lo miró sonriendo.
            -Pasa.
            Y cuando le tocó a él contar cómo vivía su navidad, se le trababan las palabras. Juan comprendió que le costaba armar frases. Que algo interior, en su lógica, estaba descolocado. Que no era sólo el corazón que no sentía, era la lógica que no pensaba. Pensaba, sí, pero no para expresarse. Después de navidad venía a clase muy manso. Lo conocía por los pasillos, le saludaba por la calle (algo que nunca había hecho antes). Juan podía sospechar que ahora Bruno tomaba la medicación con disciplina. Pero sabía también que sentía que Juan lo estaba ayudando.
           
 
3. la libertad de acción.

            Y así pasaron los meses y los días. En lo que no dependía de él, Juan no había tenido libertad de acción. Aquel chico dependía de los médicos, de las drogas, de su ambiente, de su medio estéril, de una familia que no amaba. Pero en lo que sí dependía de él, Juan había hecho progresos: primero perdió libertad con los negativos, los partes y las expulsiones; hacia navidad le había dicho el profesor de música que aquellos chicos no reaccionaban a los gritos, sino al calor de las palabras; y entonces se armó de una paciencia infinita y dejó de gritar. Su cuerpo fue una olla a presión cada vez que se aguantaba, porque los chicos, como viento sin control, provocaban y provocaban…
            Y fue, así, cuando recuperó el control de sí mismo; y entonces se hizo con el control de la clase. Un control paciente, poniendo conatos de orden en el desorden, pero sin dejar de nadar en el inevitable desorden. Supo que, de haber reprimido a la naturaleza, habría fracasado: no se le pueden poner puertas al campo. Él aceptó el natural turbulento de aquellos chicos (que eran, en sus jóvenes años, fuertes torrentes, no remansos de paz; y Bruno y Luis lo eran también porque su naturaleza estaba hecha de rocas rotas y en ellas el agua se había atropellado). Aprendió a admitir que era impotente con esos chicos; pero que, en toda su impotencia, había cosas que podía hacer y las estaba haciendo. No eran cosas ambiciosas: modestas eran. Pero las hizo y él sabía que en sus rostros adustos, cuando los veía por la calle, había un gesto mudo de gratitud.
            Había recuperado la libertad de acción. Y había ganado.