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viernes, 2 de abril de 2021

DE LOS QUE TIENEN LA CABEZA DURA

 

LA VENTANA DE CRISTAL

9. De los que tienen la cabeza dura.  

 


            Los de Espirdo tienen fama de meter el pendón atravesado (por la puerta de la iglesia, claro). Don Quijote veía gigantes donde había molinos (y cuando ya veía molinos todavía se empeñaba en ver gigantes, claro). Y aquel hombre no quiso operarse a pesar de los médicos porque creía que sentirse bien era lo mismo que estarlo. Empeñarse en ver lo que no existe es tener la cabeza dura como un canto.  No es de gente cuerda; no es de sensatos.

 

            Pero el equipo de Alcoy perdía todos los partidos y aun así volvía al campo de fútbol diciendo: “esta vez ganamos”. Aquel estudiante suspendía los exámenes y un día se dijo: “no estudio más; nunca voy a lograrlo”. A aquella mujer la mandaron a morir a casa y se cuadró ante los médicos y dijo: “no me pienso marchar”, y se reunió el consejo de médicos y la salvaron. Y otra que llegaba tarde corrió a pesar de todo y logró llegar a tiempo porque el tren, aquel día, salió con retraso. Empeñarse en ver lo invisible es mirar más allá del horizonte. ¡Carajo!

 

            Decía Epictero que debíamos luchar por lo que está en nuestras manos o de lo contrario resignarse; el problema es que no sabemos qué cosas dependen de nosotros (ante la menor duda hay que intentarlo). Perseverancia. Que no es lo mismo que testarudez sino fe, esperanza, la esperanza es energía: confiar es lo mismo que esperar hasta contra todo pronóstico si el pronóstico es incierto. Que no hay que rendirse nunca, que no hay que tirar la toalla, porque hay que tener la moral más alta que el Alcoyano.

 


 

 

 

viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 4 de agosto de 2017

PENSAMIENTOS






PENSAMIENTOS
 

1. El sauce llorón.

         Doblado en la orilla, metido en su regazo, gime sus tristezas el sauce llorón. Está vencido sobre la tierra. Su cuerpo abatido tiene la cabeza desplomada y sus largos mechones duermen en el suelo. Está desparramado sobre la orilla. Su pena, sumergida en la pereza, llora y se desconsuela. Está abatido y no se mueve. Tan sólo un soplo de aire balancea, como si fueran hilos en el suelo, el pelo dormido bajo el peso de la vida. Todo su ser dormita en la pereza, se olvida; no quiere rebelarse y quisiera dormir bajo la tierra.
            Es un cuerpo sin vida, un tronco rancio que sólo sabe estar quieto. Con su piel nervuda quisiera ser humus; dejar de ser árbol, desaparecer; borrar su vida, su tristeza. Pero no vive quien anda tras la muerte queriendo dejar de sufrir. Toda su flaqueza se afana en soportar las penas. No piensa en sacudírselas para volver a pensar en la vida.
La vida es una cadena para la absurda necedad del pobre sauce. Se sume en el desánimo, llevando los ojos al suelo; se conforma con dejar que pase alrededor; es humilde, callado, sencillo; no quiere molestar. Pero no lucha. Cree que llorar lo es todo y se esconde. Están sus pelos desplomados, agachados bajo el peso de las hojas, y su ser se desparrama diluyéndose en la claridad del río. Todo deja de ser presencia. Nada le interesa, nada le conmueve. Ya nada tiene querencia por el pobre sauce llorón.


2. Vindicanza.


                No era venganza. El odio que sentía no eran ganas de matar, de romper, de destruir, eran ganas de que se tragaran sus palabras; y sus maldades, sus fechorías, que se las tragaran. Nunca disfrutaría haciéndoles sufrir. Disfrutaría haciéndoles tragar justicia, engargantándoles la razón hasta el occipucio, embuchándoles bondad hasta que vomitaran: entonces arrojarían por la boca todo el veneno que tenían dentro; el que los intoxicaba y con el que intoxicaban, como inmundas culebras que lo corrompen todo, cuando lo tocan.
            Aquello no era venganza: era el placer de ver triunfar a la justicia. Era una revancha, sí, pero no la del malvado que disfruta con sadismo. Era la revancha de ver el regreso de lo justo en el mismo escenario de donde lo habían expulsado. El retorno de los justos al lugar que les quitaron los impíos. La expulsión de los malditos. Los invasores serían arrojados fuera, y el lugar que habían profanado volvería a ser habitado de nuevo.
            No era el triunfo de la justicia abstracta que nos deja fríos. No era el triunfo de una palabra, de un pensamiento, de un concepto; era el triunfo del corazón; o de la razón, que viene a ser lo mismo. No era el triunfo de la justicia sino el de la gente justa; aquello sí que nos daba alegría; era el placer de ver que las cosas vuelven a su sitio, que la privación y la desmesura se marchan al destierro, que la razón y la corazonada triunfan en el mundo.
            Aquello no podía ser venganza, aunque compartiera con ella el placer de la victoria. Vencer a la traición y a los traidores. Reivindicar lo que por tanto tiempo había estado proscrito, poner en pie lo que había estado patas arriba, desterrar la perversión y la locura: no tener más locura que la que no produce sufrimiento. Aquello era romper cadenas, tumbar prisiones, ganarse el aire. Era rescatar la vida del cementerio. No era venganza, no, aunque lo pareciera: aquel reivindicarse era la vindicanza. O dicanza, si queréis: que diki significa justicia en griego.



sábado, 7 de mayo de 2016

La paciencia




LA PACIENCIA

 

            La paciencia puede ser una virtud o un vicio, según se mire; o sea que hay dos clases de paciencia. Tener paciencia es esperar. Se puede emprender una acción y esperar que las cosas sigan su curso, después de haber hecho todo lo necesario para que se muevan; y se puede esperar sin hacer nada, para que las cosas se hagan solas. La primera es la paciencia del luchador, que sabe que las cosas maduran y no quiere forzarlas; pues sabe también que si fuerza la maduración de las cosas (como el ganadero que le pone hormonas al ganado) se perderá la calidad que tienen. Y la segunda es la paciencia de quien, sin luchar, aspira a la victoria; la del labrador que quiere recoger los frutos sin sembrarlos; no hay producto sin trabajo como no hay cosecha sin semilla. Hay una paciencia esforzada y una paciencia claudicante.
            La impaciencia destruye los resultados del esfuerzo. No se puede plantar tomates y esperar que crezcan al día siguiente; como tampoco se pueden esperar sus frutos más de la cuenta. La falta de paciencia nos agobia, el exceso de paciencia es abandono. Dejar un reloj en la tienda y esperar tres años para recogerlo es casi, para el relojero, una declaración de que nos hemos olvidado de él; de que renunciamos a recogerlo. Y recoger la fruta antes de que lo permita la naturaleza es renunciar a la calidad buscando el beneficio; acortar los plazos más allá de lo sensato es impaciencia criminal, rotura de la naturaleza y artificio.
            A veces castigamos a los niños porque no aprenden, y ni siquiera les dejamos tiempo para que estudien; cada niño a su ritmo; cada cosa a su tiempo. Podemos apagar el cocido a la media hora de ponerlo y ese día comeremos cocido, pero no estará bien hecho: ¿qué podrá hacer el cocinero sino esperar?
            Hay que respetar los ritmos de la naturaleza si queremos que las cosas vayan bien; si queremos mantener la salud, el equilibrio, la calidad, la supervivencia. No podemos esperar que salgan flores en invierno; y si aprieta el calor en el tiempo de las nieves, es que algo está funcionando mal. Si forzamos nuestros ritmos viene el estrés; si queremos acelerar las cosechas la fruta no tendrá sabor; si saturamos la atmósfera de dióxido de carbono nos expondremos al cambio climático.
            Las prisas son necesarias cuando lo que tenemos entre manos tiene un ritmo más rápido que el nuestro, y tenemos que aclimatarnos; y aun así nuestra aceleración tiene un límite, y es nuestra propia calidad de vida; si nos aceleramos por servir a las máquinas, que van más rápido que nosotros, perderemos la salud, acabaremos perdiendo los nervios y lo que es peor, perderemos nuestra autonomía: pues olvidarnos de nosotros para servir a las máquinas que nos sirven es lo mismo que ser esclavos de ellas. Lo mismo pasa cuando ayudamos a los enfermos, a los menesterosos, a los ancianos; que debemos frenar nuestro ritmo, lleno de vitalidad, para ajustarnos a los de ellos; y si nos preocupáramos de ellos sin preocuparnos de nosotros acabaríamos desvitalizados; ser esclavos de los necesitados no es distinto que ser esclavos de las máquinas; los necesitados nos frenan; las máquinas nos aceleran; pero en los dos casos somos sus esclavos; nos acabamos olvidando de nosotros mismos; no somos libres; perdemos autonomía.
            Lo mismo pasa cuando damos clase: el profesor debe adaptarse al ritmo del niño; los ritmos de los niños; es como un entrenamiento en que el preparador físico nos somete a frecuentes cambios de ritmo; algo que Stravinsky reflejó muy bien en La consagración de la primavera. 

 

            Ahora bien, si el profesor no puede ir a su propio ritmo, preocupado por trabajar al de los niños, está forzando su naturaleza; está violando el reloj interno, está mortificando sus fuerzas. Si esto sólo fuera así, el maestro estaría en permanente estrés, como los cuidadores de las máquinas, como los camareros, como los enfermeros. El vigor que perdemos en el trabajo sólo se podría reinvertir en nosotros cuando hacemos del trabajo una pasión: y eso pasa cuando la vocación de enseñar, de curar, o de arreglar las cosas nos repone las fuerzas que gastamos porque nos gusta nuestro oficio, nuestra profesión. El ingeniero puede pasarse las horas muertas estudiando las máquinas y disfruta con ellas; el científico puede olvidarse de comer porque no siente pasar el tiempo; el maestro se llena de energía cuando la desgasta en el servicio a los alumnos; (curiosa energía, que se recarga en la motivación mientras se está descargando en el esfuerzo); y el enfermero llega a ser feliz cuando su vida entera está dedicada a los enfermos, olvidándose de sí mismo sin olvidarse, distrayéndose de sus necesidades porque necesita ocuparse de las necesidades ajenas.
Nada de eso tiene que ver con el cuidador sacrificado que cura y cuida a su prójimo por obligación o por deber, sin disfrutar con ello; o porque necesita ese trabajo para ganarse el sueldo o porque se siente culpable si no lo hace, pero no siente la vocación del deber; el temor al remordimiento es una rémora, no una pasión.
            Hay mucha gente sacrificada que vade mártir por la vida. Presume de lo mucho que ha sufrido ayudando a los demás y no los quería mientras los ayudaba. Por haber sufrido, dicen las mujeres en España, tienen ganada la mitad del cielo; pero lo que nos hace buenos es la alegría, no el sufrimiento. Hay quien busca el sufrimiento como si fuera el mejor de los tesoros, el máximo bien. Pero no nos engrandece el sufrimiento cuando lo buscamos por resignación, renunciando a la vida: el espíritu de sacrificio es otra cosa; el espíritu de sacrificio es resistir la adversidad cuando buscamos alegría; renunciar a una parte de nuestro ser por dedicárselo al ser de los otros, pero sin la soberbia de creernos más que los demás por esta renuncia; y renunciar, sobre todo, a perder todo nuestro ser para dárselo al necesitado, primero porque mal podremos dar lo que no tenemos, y después porque todo lo que hacemos, hasta el sacrificio, debe salir de la vida y volver a ella, pero nunca matarla.
            Dos formas hay, pues, de paciencia. La que respeta los tiempos de las cosas y la que rompe los tiempos. La primera respeta los ritmos naturales, y es, como su propio nombre indica, respeto a la naturaleza; simplemente respeto. Pero respeta también los ritmos de nuestras acciones y nuestros proyectos; la que nos hace, por ejemplo, no precipitarnos a formular hipótesis sin haber recogido datos suficientes; o recoger datos antes de haber forjado una hipótesis que guíe su búsqueda. Hablaremos, respectivamente, de respeto a la naturaleza y de paciencia esforzada: en ambos casos será una virtud cualquier forma de sacrificio.
            La paciencia que rompe los tiempos es o impaciencia (cuando queremos las cosas con demasiada vehemencia) o falta de vigor (cuando hacemos lo que quieren los demás olvidándonos de nuestro propio querer): ésta es renuncia sin vocación, esclavitud sin dignidad, sacrificio sin sentido. Hay gente que se siente feliz siendo esclava, cuando el suelo de la felicidad no es otro que el ser libre; y está orgullosa de pertenecer a la cofradía de la esclavitud (a la que, para más inri, califica de santísima), o de someterse a la voluntad de dios, llámese como se llame, sin reparar en que lo que dios quiere es que tengamos voluntad de vivir, haciendo cosas que respeten a dios a través del reflejo de su espejo creador, que es la naturaleza. Sacrificarse a costa de vivir es adorar a la muerte, cuando dios es vida; y ese tipo de sacrificio, esa paciencia claudicante, no es resignación viva, y no es servicial, sino servil, y no es humilde, sino dominadora, pues lo que busca con esa renuncia es soberbia, creerse, sin merecerlo, mucho más que los demás, como el ermitaño de Tirso de Molina que se perdió por orgullo. Y eso no puede ser una virtud: es vicio. 

 




sábado, 6 de febrero de 2016

La impertinencia de la lechuza (3): El estoicismo





LA IMPERTINENCIA DE LA LECHUZA (3): EL ESTOICISMO

            En filosofía ser impertinente es atreverse con los clásicos; hoy les toca el turno a los estoicos. 

 

EL CORAZÓN Y LA CABEZA

  1. La ceguera de Hércules.
Se dice con frecuencia que la pasión nos ciega; y por ceguera no entendemos la pérdida transitoria de la vista, sino de la razón; Hércules, obnubilado, mató a su familia; y fue porque Hera, para vengarse de Zeus (que había tenido a Hércules con otra mujer) le infundió la locura; con ella veló su entendimiento y le hizo perder el control de sus actos.
Pero al decir esto olvidamos que lo que realmente hizo Hera fue borrarle los sentimientos del corazón; para que por un momento él se dejara llevar por impulsos asesinos, sin que los frenase el amor que sentía por sus hijos; y por su esposa. Hércules no se obnubiló porque perdiera la cabeza, sino porque se veló su corazón. No es lo mismo perder la cabeza cuando no se siente (que es lo que le pasa a un ordenador roto) que perderla porque se ha perdido el corazón; cuando pierdes los sentimientos y conservas la razón has dejado de ser humano: te has convertido en una máquina. Por eso la solución estoica de controlar (en el sentido de reprimir, no de dirigir) las pasiones con la razón, no es una solución humana; para empezar, no es una solución; y si lo fuera, no sería humana.
El demente o alienado pierde la razón, pero eso no se debe a que lo cieguen las pasiones; decir eso es ignorar que las pasiones están conectadas inexorablemente con los pensamientos, como dos relojes cuyas agujas están unidas por una varilla que, sujetándolas por las puntas, las hace moverse solidariamente una con otra.

  1. El error estoico.
Los estoicos piensan, por el contrario, que cuando habla el corazón, calla la cabeza; y que ambos entablan siempre un diálogo de sordos. El argumento estoico por excelencia tendría dos versiones. He aquí la primera:
Cuando falla la razón, se liberan las pasiones.
Hércules actuó movido por la pasión.
Por lo tanto perdió la razón.
La solución sería:
Si liberamos la razón, ataremos las pasiones.
Supongamos que Hércules recuperara la razón.
Entonces dominaría sus pasiones.
En los dos casos la primera premisa es falsa. Presupone que el corazón y la razón son dos cajitas que comparten una misma puerta; esa puerta está unida a los dos por una palanca; si tiramos de la palanca cerraremos una puerta (por ejemplo la de la razón) en el mismo momento de abrir la otra (en este caso sería la del corazón): aunque no queramos. Lo que hace la una es lo contrario de lo que hace la otra: no puede haber ajuste; no puede haber armonía; no puede haber diálogo; sólo habría, si hablaran las dos al unísono, cacofonía, disonancia y ruido.
Cambiemos la primera premisa del primer silogismo y quedaría del siguiente modo:
Cuando falla la razón falla el corazón, y viceversa. 
Ahora ya todo es distinto. No es lo mismo un condicional que un bicondicional. Ahora el primer silogismo tendría dos vertientes. Primera:
Si falla la razón, falla el corazón: y viceversa. 
Hércules perdió la razón. 
Por eso también perdió el corazón.  
He aquí la segunda:
Si falla la razón, falla también el corazón: y viceversa. 
Hércules perdió los sentimientos (es decir, el corazón). 
Por eso perdió también la cabeza.  
Si pierdes uno gana el otro, en los estoicos; si pierdes uno se pierden los dos, en nuestra versión antiestoica.
O sea: que lo que lo impulsó a matar a su familia no fueron las pasiones, sino la incapacidad de sentirlas. Las pasiones del corazón, lejos de cegarnos, son luces que nos alumbran el camino, haciéndonos ver, lo mismo que la razón, los peligros y escollos que nos pueden hacer volcar. En los estoicos, por el contrario, la única luz que hay es la de la razón, y el corazón pone los escollos que sortearemos.
Estableceremos, ahora, la segunda versión del silogismo. Quedaría así:
Si liberamos la razón, liberaremos las pasiones.
Supongamos que Hércules vuelve a sentir.             
Entonces también volvería a pensar. 
Recuperando la razón, Hércules recuperaría el corazón. (Para los estoicos, por el contrario, si Hércules recuperara la razón, dominaría a su corazón en sus pasiones). Eso es así porque el corazón no es enemigo de la cabeza. Los dos son amigos y comparten un mismo enemigo: el que les quita la libertad para que ninguno de ellos pueda expresarse. ¿Quién es ese enemigo que tienen en común?
Las tripas. Las tripas son el descontrol del corazón; y por lo tanto, también el descontrol de la cabeza. Pero no todo descontrol es obra de las tripas.


  1. El mundo de los afectos.
Para verlo todo más claro habrá que hacer un pequeño análisis de nuestros afectos. Nuestros afectos pueden ser intensos (pasiones o emociones, según que duren poco o sean permanentes) o sutiles (los sentimientos). Y pueden reforzarnos o debilitarnos (alegría y tristeza, en el caso de los sentimientos; o entusiasmo y abatimiento, en el caso de las pasiones).
La embriaguez es un estado de felicidad caracterizado por la pérdida gradual de conciencia. Puede ser entrañable cuando pide recogimiento, y es ensueño: como cuando escuchamos la canción de Solveij, de Grieg, o las notas graves y descendentes de la sinfonía patética de Tchaikovsky. Y puede ser eufórica cuando pide movimiento, y es arrebato: como cuando escuchamos, en Dvorak, el tercer movimiento de la sinfonía del nuevo mundo.
La embriaguez puede ser una pasión explosiva (como cuando estallamos de júbilo en el momento de conseguir un triunfo); tranquila (como cuando disfrutamos de la lectura); o violenta (como cuando nos ciegan los celos y la ira). A la embriaguez explosiva la llamaremos entusiasmo; a la que es violenta la llamaremos abatimiento; entusiasmo y abatimiento son dos formas, constructiva y destructiva respectivamente, de arrebato.
Veamos ahora las formas que puede tomar el sentimiento. Cuando el sentimiento aumenta nuestras fuerzas nos llena de alegría: la alegría nos carga las pilas, aumenta nuestra fortaleza, nos llena de vida. Nos lo da un rayo de sol, la llegada de un amigo al que llevas mucho tiempo sin ver, o cuando te dan una  buena noticia; cuando salimos a pasear después de haber estado encerrados mucho tiempo, o cuando te encuentras en presencia de ser amado; y cuando esperas que ocurra algo bueno, por ejemplo, cuando nos dicen que se ha acabado la guerra.
      La tristeza es el sentimiento, o el estado de ánimo, que nos quita las fuerzas. Puede tocar fibras tan íntimas que, al no poderlo concentrar en un instante, le reconocemos intensidad en el tiempo: y decimos que nuestra tristeza es infinita a falta de poder decir que es explosiva e intensa. Cuando nos duele de manera entrañable la ausencia de esa joven a la que hemos perdido. Nos entristece la ausencia de la amada, los días que suceden al fracaso (cuando no hemos tenido suerte en un examen, o en un torneo); o cuando tememos la muerte de un ser querido.
 

3.1.  El arrebato de la alegría.
La alegría, cuando es apasionada, puede arrebatarnos en el ensueño: la alegría arrulladora, dulcísima, dolorosa, imponente, del éxtasis místico; cuando se conmueven las entrañas; dolor dulce, como una herida que, más que clavarse, resbala, y en su fluidez te embriaga con los fluidos de la miel, un dolor tierno; un placer entrañable, infinito deleitarse sin orgasmo, como una caricia; sentido de subir, de elevarse, de flotar; hasta estallar en mil pétalos de luz pulverizándote en el orgasmo, ya del sentimiento, no de la sensación; como una caricia; que te clava los dedos en el dolor de un placer infinito, como el rayo que no cesa.

3.2.  Sentir hacia afuera.
Algo parecido sentimos cuando nos transporta el arrebato de una sinfonía. El escalofrío. Cuando estás absorto en plena actividad creadora, en estado de flujo. Un flotar en el aire, en el vacío, en el espacio, en la nada. La inspiración. Cuando regresa el ser amado después de haber esperado tanto.

3.3.  Sentir hacia adentro.
Y aquí, en vez de sentir hacia adentro (el lamento, el éxtasis, el escalofrío), sentimos hacia afuera, y las fuerzas de recogimiento son sustituidas por fuerzas expansivas: cuando metes un gol y ganas un campeonato, o un partido; cuando consigues algo después de haberlo intentado mucho, cuando te  toca la lotería; cuando la preocupación es coronada por el éxito; y cuando has tenido un éxito arrollador; cuando saltas, y te sobresaltas, gritando “¡eureka!” porque has descubierto algo genial y te alegras: un placer intenso, auténtico orgasmo intelectual, y sentimental, pero no de los sentidos; cuando te elevas, en fin, con la euforia de una borrachera.

3.4.  Expansión explosiva y expansión lenta.
Pero también el éxtasis es, más que recogimiento, expansión; expansión contenida; nos sentimos subir en el cielo, transportarnos en el espacio, flotar: pero lentamente; no con el ímpetu que tienen las fuerzas explosivas. El éxtasis es una fuerza, expansiva, pero contenida; y la euforia, que también es expansiva, es explosiva.

3.5.  Tensión.
Y luego está la tensión, que produce angustia. La espera de lo que tiene que ocurrir y no quieres que ocurra. O la espera que produce preocupación cuando te preparas para la tarea. La tensión no es alegría ni tristeza, es concentración, dolor de parto, esfuerzo que conduce al éxito: y el éxito es alegría. 

 

  1. Ocaso del estoicismo.
Volvamos ahora sobre el estoicismo: para esta forma de pensamiento, la cabeza controla al corazón (y es el equilibrio) o el corazón controla a la cabeza (y es desmesura). Cuando manda el corazón no sabe lo que quiere: nos mueve a ciegas.
Crítica del estoicismo: no es el corazón el que nos hace perder el control, el que provoca el extravío de la cabeza; no es el corazón: son las tripas. Por corazón entendemos sentimiento razonado, corazón metido en la cabeza. Y por tripas, sentimiento extraviado, corazón escapado de la cabeza. Hay dos tipos de pasiones, las cordiales y las viscerales; y la pasión, en sí misma, no es mala, sólo cuando se vuelve visceral; la pasión cordial no solamente es aliada de la razón, sino que su naturaleza, su ser constitutivo, es racional.
El corazón, cuando nos hace perder la razón (y los sentidos), en realidad no la pierde: es una forma de hablar heredada de los estoicos. Cuando decimos que el corazón nos hace perder la cabeza lo que en realidad queremos decir es que el pensamiento, cuando nos arrebata el corazón, es un pensamiento inconsciente: piensa, pero no se da cuenta. El clímax de ese arrebato, según sea contenido o explosivo, es un éxtasis o un orgasmo: pero no de los sentidos; es un orgasmo sentimental que no nos arrebata la razón, sino los sentidos; nos hacer perder la noción de donde estamos, no el timón del pensamiento; cuando el barco surca la niebla todavía lo sigue manejando el timonel.
También existe una pasión intelectual. Cuando investigamos, concentrándonos profundamente, llega un momento en que bruscamente comprendemos lo que estábamos buscando: y es un estallido de alegría, una explosión de entusiasmo, eureka que claramente podemos identificar como un orgasmo intelectual: se nos ha abierto la luz, descorriéndose, como las cortinas, el velo de las tinieblas, el portón de la ignorancia; es una iluminación, un descubrimiento súbito, tan súbito como inesperado, se nos ha encendido la bombilla: y esa genialidad, ese chispazo, esa sorpresa, es como si alguien (un ser divino) nos lo hubiera regalado, pero lo hemos buscado nosotros con todo el esfuerzo de una larga y penosa investigación: buscábamos la luz, y la luz se hizo; la encendimos nosotros, desde las profundidades de nuestro inconsciente, cuando consiguió conectar con él, y comunicarle el resultado de su trabajo, el largo y paciente laborar de la conciencia. Y de repente, se produjo el despertar; pero no el despertar de la conciencia, guiada por una razón que ya estaba dormida, sino de la intuición que velaba semidormida en un rincón de nuestro cerebro: esperando el aldabonazo de la conciencia.

 

Recordemos: el corazón y la cabeza son dos órganos de un mismo aparato; ambos trabajan coordinados para conseguir un mismo fin; no son enemigos declarados, como se desprende del pensamiento estoico; el estoicismo confundió el corazón con las tripas y no distinguió entre esos dos tipos de pasiones confundiéndolas en una sola. Entre el corazón y la cabeza hay armonía, no lucha; y entre ellos y las tripas puede haber, o armonía, o lucha.
Si un corazón siente es que la cabeza piensa. Pero no porque la cabeza sienta vamos a deducir que siente el corazón, pues puede ocurrir que el lazo entre los dos se haya roto; es imposible una alegría sin razón, pero no lo es una razón sin alegría: bien porque el cerebro se ha descorazonado (el pensamiento cerebral es insensible, implacable y frío); o bien porque lo gobiernan las tripas (y su estallido llega a ser, más que implacable, despiadado). “Dura es la ley, pero es la ley”, dice el cerebro descorazonado; “sufre su rigor como otros han sufrido el tuyo”, dice, por boca de la venganza, el cerebro de las tripas; y muere, por falta de alimento, si es un cerebro destripado; con lo que las tripas son necesarias, pero hay que gobernarlas; más bien hay que decir que ellas gobiernan la parte más salvaje de nuestras funciones, la del hambre, la sed, la sexualidad y el frío; pero esa visceralidad no debe subvertirse gobernando partes del alma, como la generosidad o el pensamiento, donde ella no está preparada para mandar.
Hércules no se perdió porque perdiera la cabeza, sino porque perdió el corazón. Al cegarle el corazón, Hera le cegó la cabeza: y lo dejó a merced de las tripas. Si se le hubiera cegado la razón se habría convertido en una máquina de matar, pero no fue así: se convirtió en un animal salvaje. En efecto, no perdió la razón porque quisieran arrebatársela las pasiones, sino porque las pasiones, que también estaban ciegas, perdieron la facultad de gobernarse: y se volvieron viscerales.
Las pasiones no son enemigas de la razón: los estoicos se equivocaron. Es más, para que la razón no se vuelva maquinal, ha de ser guiada por el corazón; sólo así evitará que, como gigantes gobernándose en el tártaro, nuestra visceralidad no se salga del lugar que la naturaleza le ha asignado: y no empiece a invadir, en metástasis descontrolada, los otros lugares que no está preparada para gobernar.
La solución ya no será dejar de sentir: fin de la aponía; fin de la ataraxia. Cuando todo parezca perdido el único camino ya no será la resignación, la entrega al destino, la aceptación de todo: también nos quedará la queja; y, contra viento y marea, luchar; luchar siempre, porque nunca sabremos si nuestros problemas tienen solución aunque parezcan no tenerla. Y tras el crepúsculo estoico surge, en el cielo teñido de naranja, el racionalismo romántico.