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viernes, 19 de marzo de 2021

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

 

 

 

 

ENTRE LA BONDAD Y LA JUSTICIA

(PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN)

 


SOBRE LA JUSTICIA  

 

Es justo dar a cada uno lo suyo. Reconocer el mérito. Poner el mérito a trabajar.

 

Es justo que todos tengan lo mínimo. Aunque no hagan méritos. Todo el mundo merece vivir no por lo que hemos hecho, sino sólo por haber nacido. Los méritos que tenemos por haber nacido son nuestros derechos. Es el derecho natural. Los derechos humanos. 

 

SOBRE LA BONDAD  

 

No se puede ser bueno engañando a la gente.

No se puede hacer creer que se merece más de lo que se merece. La bondad, que es energía regada con cariño, tiene en su corazón la llama de la justicia; no se puede ser bueno sin ser justo porque mal puede el cariño brotar donde el corazón no es bueno; por no ser sincero.

Dar más meritos de los que se tienen no es ser justo, sino malo: eso es engañar.

 

SOBRE EL CARIÑO

 

La ternura es la fuerza del carácter. La ternura sin carácter es debilidad.

 

SOBRE EL TRABAJO

 

No siempre el trabajo nos garantiza el éxito.

 

SOBRE LOS CASTIGOS  

 

Ningún castigo es sufrimiento: un castigo es un espejo donde se reflejan los errores con los que uno puede enmendarse y corregir.

 

El castigo sirve para reparar el daño y para corregirse uno mismo. El sufrimiento que hay en el castigo sólo es bueno si es la única forma de mejorar; pero lo ideal sería mejorar sin sufrimiento.

 

Ningún castigo que sólo busque el sufrimiento es verdadero; no será castigo sino venganza. O ceguera. O falta de sensibilidad. O fanatismo. 




ELENA        

 

Se había formado un corrillo en torno a Elena. Después de recoger su examen Elena volvió a su sitio mirando la nota fugazmente: tres con nueve. Se sentó. Estuvo unos segundos petrificada, con la mirada perdida, la cara de mármol. Después Juan sintió sus lágrimas. Las sentía mientras llamaba a los demás alumnos; uno por uno, examen por examen. El pesar de la chica fue tan grande que no podía dejar de mirar por el rabillo del ojo. Al cabo de un rato, la chica sollozaba. Los sollozos hacían temblar su cuerpo y no pasó medio minuto antes de que Helga se acercara a ella. Juan sintió el brazo de Helga sobre los hombros de Elena, su mano apretándole el brazo, la mejilla junto a la suya, su ademán de consuelo: pero Elena parecía inconsolable. Después vino         Cristina, que se coló tras ella y se agachó poniéndole las manos sobre los hombros. Al cabo de un rato había cinco chicas en torno a Elena. Y los temblores se habían convertido en hipo; un hipo nervioso, incontrolado, convulso, a Juan le parecía que estaba fuera de lugar; y, sobre todo, era exagerado.

Siguió entregando los exámenes a los alumnos. Los alumnos se acercaban a su pupitre, uno por uno. Otras veces era él el que iba, entre las mesas, buscando sitio. Acabó de entregárselos a todos y, de soslayo, siguió escrutando con preocupación el llanto de Elena. Le pareció de mal gusto. Le pareció una presión inadmisible, un chantaje sentimental, un montaje encaminado a forzar la subida de la nota: no estaba dispuesto a transigir. Ningún alumno iba a sacarse el aprobado por su cara bonita. Juan se mantenía firme (con una firmeza férrea: el hierro de la justicia), y era su propósito distribuir los aprobados solamente sobre las bases del mérito. Ningún aprobado había de regalarse. Juan era amigo de sus alumnos, pero por encima de todo quería ser justo. Ninguna amistad debe ir creciendo contra la justicia. La amistad era un campo de flores sobre hierba de respeto, y la hierba no crece lejos del sol: el sol de la bondad, la consideración, el reconocimiento del mérito; no se puede ser bueno engañando a la gente, no se le puede hacer creer que se merece más de lo que se merece; la bondad, la energía, regada por el cariño, tiene en su corazón a la llama de la justicia; no se puede ser un profesor bueno sin ser un profesor justo; mal puede brotar el cariño donde el corazón no es bueno.

Los amigos se ayudan, se dicen las verdades, se quieren de verdad, se gastan bromas. La lealtad nos obliga a corregir, a aceptar las razones cuando uno se equivoca: querer es querer lo mejor para la persona querida, hacerla mejor de lo que es, abrirle los ojos: sólo un amigo puede ayudarte a ver. El profesor saca lo mejor de los alumnos; les dice en qué acertó, en qué se equivocaron; les premia sus aciertos, les castiga sus yerros. Ningún castigo es sufrimiento: sólo es un espejo; en él se reflejan los errores, en él puede el alumno enmendarlos y corregirse. Si él aprobaba a Elena, sería injusto que Elena no los viese: nunca se corregiría. Poner el profesor la respuesta para que el alumno la compare con la suya, como se pone la transparencia sobre el papel para ver que el dibujo es correcto.

No, no podía aprobar a Elena aunque quisiera. Era de justicia. Y Elena sollozaba. Sus amigas, como un coro compacto, la envolvían con sus voces y sus manos le arrullaban el sufrimiento; como si Elena hubiera sido objeto de una agresión injusta; como si hubiera sufrido un ataque despiadado. Juan quería a sus alumnos. Reía con ellos, pero sus bromas crecían sobre el suelo respetuoso donde se reconoce el valor, enemigas del engaño. Algunos alumnos se reían con Juan y decían: “¡qué majo es!” Y luego, si les suspendía, torcían el gesto: “¿y éste qué se ha creído? ¡Menudo impresentable!” La mirada se les volvía torva pero Juan no era simpático ni impresentable: era justo; o sea, bueno; y en justicia debía decir las cosas agradables como decía las desagradables cuando había que decirlas.

Había pasado ya media hora y Elena no paraba de llorar. La mesa de Juan estaba llena de alumnos. Juan los revisaba, ejercicio por ejercicio. Atendía las reclamaciones, unas veces corrigiéndose, las más ratificándose en su nota. Cada uno preguntaba sus dudas, unos porque las tenían realmente, otros porque las fingían para arañar un punto; o unas décimas (que les faltaban para llegar al aprobado). Juan les respondía a todos, ordenadamente, de uno en uno; y el coro que crecía en torno a él lo rodeaba con un halo de confusión parecido a la masa confusa que crecía en torno a Elena. Brazos que se mezclaban, manos que se cruzaban, cuerpos que se abrazaban, susurros superpuestos. Cuarenta y cinco minutos llorando. Juan tenía ya los plomos fundidos, el hígado hecho paté, estaba furioso; molesto, ofuscado, porque la chica no había ido a su mesa para preguntarle por sus dudas; para reclamar los comentarios de Juan, para ver sus fallos. Cuando sonó el timbre y el temblor de la chica persistía en el sollozo, vino una de sus amigas y le dijo:

-Es la que más estudia de nosotras. No se esperaba el suspenso.

Y cuando Juan se disponía a decir que no siempre el trabajo nos garantiza el éxito, vino otra y le dijo.

-Es la que mejor toma tus apuntes. Todo lo que tú explicas lo escribe ella: con esos apuntes hemos estudiado todas.

Pasó entre ellas otra chica y añadió:

-Elena es brillante. Saca sobresalientes en el instituto, en la escuela de idiomas, en el conservatorio. Es realmente trabajadora.

Entonces se  le encogió el alma. Temió que el corazón de ella estuviese asfixiado por el trabajo y su cuerpo, convertido en olla a presión, no estuviese listo para encajar los fracasos; los inevitables fracasos  que de vez en cuando nos depara la vida. Nadie es perfecto y aquí hasta el más brillante falla. Pero sintió preocupación y quiso enmendar sus errores (por si los hubiera tenido). Con preocupación le dijo:

-Dame tu ejercicio. Lo corregiré de nuevo para ver cómo te he calificado.

La chica se lo entregó. Con una sumisión que desarmaba. Estaba dispuesto a ser fuerte porque la ternura es la fuerza del carácter, y un cariño que cede contra la justicia es débil. El cariño, para ser fuerte, había de ser justo.

-¿Por qué no has venido a reclamar la nota? Llorar no es la solución. El que llora se resigna, y si tu reclamación es justa no tienes derecho a resignarte. ¡Hay que luchar!

            Pero el llanto –lo sabía bien- a veces no es signo de debilidad, sino de nerviosismo. Hay personas fuertes con temperamento débil y lloran cuando quieren pelear sin poder evitarlo. Juan deseó que Elena fuese de esos. Y pasó junto a ella, recogiendo su examen, al dirigirse al pasillo para dejar los libros; volvió de la sala de profesores y cambió de clase. Y entonces sonó el timbre.

 


 

 

viernes, 24 de julio de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (1) DEL ERROR





LA VENTANA DE CRISTAL  
  

            Eso eres tú, amigo mío, un trozo de cristal; pero no sé si eres espejo o ventana. A veces te miro y me veo, otras veces en ti veo el mundo exterior. Converso contigo porque eres mi otro yo, mi sombra, tú tienes reflejos de lo que soy, qué digo reflejos, ¡si las sombras no tienen luz!: eres un reflejo opaco y entonces me devuelves mi silueta y las siluetas no tienen nada, sólo contornos: porque dentro de ellas no hay más que oscuridad; lo que hay dentro lo adivino y si no puedo me aguanto y entonces me pongo a buscar. Mi vida es una búsqueda continua en el misterio permanente de mi sombra.
            Mi sombra se proyecta en la pared pero delante de ti tú eres yo si eres opaco y, si no, tendrás que ser el mundo; mi mundo; el otro trozo de realidad; por eso hablo contigo, tú, que eres un trozo de cristal y a veces, como un espejo, me muestras lo que tengo dentro y otras veces, al mirarte, ya puedo ver lo que hay al otro lado, el mundo que hay más allá; lo que hay más allá de esa sombra, lo que hay enfrente de mí, el mundo que me rodea, el que me envuelve, el que arroja luces para desvelarse, el que me desvela también.
            Por eso quiero hablarte, amigo mío, porque me ayudas a verme en mi circunstancia y no sé cuándo eres circunstancia y cuándo soy yo; como enigma me hablas con la verdad, pero no sé si la verdad está cerca o lejos, y si eres, misterioso y sublime, tal vez reflejo o transparencia, espejo o ventana, descubrimiento de lo que soy y de lo que hay, de lo que fui y lo que seré; soy dentro de ti lo que tú mismo eres puesto que me descubres a mí mismo, yo, que no me sé entender; sereno, callado, amigo sin condiciones y  cariñoso, fiel como un perro, tal vez ventana o tal vez espejo; pero sé que en el cuerpo roto de mi alma, seas espejo o seas ventana, no eres, a fin de cuentas, más que un cristal.
  

1. Del error

            Hoy te miro y en ti veo al mundo que me rodea. Quiero que seas la bola de una pitonisa, el cristal del tiempo, que me digas con certeza qué es lo que va a pasar; porque lo que pasa yo ya lo veo, quiero ver el futuro en tu cristal.
            En lo que hubo hay una vacuna, lo que hay es una pandemia y el error o el acierto están en lo que viene. Un coronavirus ha invadido el mundo. Nadie sabe cómo ha sido, su naturaleza es opaca para los ojos del científico y el científico, andando a ciegas, tiene que encontrar un tratamiento sin apenas tiempo para investigar: le pedimos encima que acierte porque si se equivoca lo llamaremos inútil, ignorante, inepto, carcamal. ¿Qué es un médico? Alguien que llama resfriado a lo que tú tienes pero si no se te pasa, te dice que a lo mejor no era resfriado, habrá sido otra cosa: para descubrirlo primero tiene que buscar. Busca en los análisis, encuentra un diagnóstico y luego te cura, eso es lo que hace el médico: primero, busca; luego, descubre; por último, cura; pero si, empujado por las prisas, se ve condenarlo a curar antes de encontrar y a encontrar antes de buscar, entonces le estarán pidiendo cosas que no se pueden hacer juntas; que no se puede hacer la que hay delante si no has hecho antes la que hay detrás, y si te equivocas es porque no vales pa ná.
            Como los médicos, los políticos del coronavirus actúan a ciegas. La oposición debería ayudar criticando pero aturde en realidad para que nunca salga nada; es como en esos partidos de baloncesto donde, para evitar que el contrario haga canasta, le silba y abuchea el público local. Tal es la táctica: desconcentrar para que no haya acierto. También los hinchas de fútbol se plantaron una noche delante del hotel del equipo visitante: su intención era impedir, a gritos, que durmieran; que la falta de sueño los aturdiera y los cansara y que al día siguiente perdieran el partido; y que encajaran goles y estuvieran tan espesos que no tuvieran el acierto de marcar.
            Cuando la oposición no critica al gobierno para ayudarle sino para estorbar; cuando la crítica es abucheo que desconcentra, cuando el fallo de quien anda a ciegas se convierte en muchos fallos más; y cuando multiplicamos las posibilidades de error para derribar al gobierno arriesgándonos a que empeoren las cosas: entonces es que la crítica no sirve para corregir, sino para frenar; y debería ayudar a hacer las cosas, no a insultar. En tiempo de crisis es bueno remar todos en la misma dirección. Si por lograr que caiga el gobierno se nos cae el país, mala faena; es como cuando le disparamos al enemigo y mueren también amigos que no tenían que haber muerto. Llamar inútil a quien se equivoca es como culpar al médico de que la medicina no sea ciencia exacta; a veces el paciente (impaciente más bien: la impaciencia es una característica de la ignorancia) le echa al médico la culpa de estar enfermo, como si curar sin que el enfermo sane es como si el médico tuviera la culpa de haber fracasado; porque la medicina es una ciencia y no puede fallar, como las matemáticas (o como el papa), y confundir el error con la ignorancia es castigar al reo antes de juzgarlo, llamar inutilidad al error. Lo propio de la naturaleza humana es equivocarse. Quien no se equivoca, decía Aristóteles, sólo puede ser una bestia o un dios y evidentemente los políticos no son dioses: sean éstos del gobierno o de la oposición.
            El drama de los médicos del coronavirus es que tienen que trabajar contra reloj, curar a los enfermos sin saber lo que les pasa, probar fármacos por instinto por si funcionan; su tragedia es verlos morir sin poder evitarlo, darles la mano y transmitirles cariño, encomendarse, si llegara el caso, al protomédico celestial. Curan sin medios para curar, se aíslan sin medios para aislarse y por eso se contagian; sin mascarillas, sin escafandras, sin barreras que les defiendan, los médicos enferman; algunos mueren.
            Por eso les aplaudimos todas las tardes en señal de agradecimiento: luego los aplausos fueron de cacerolada. Importa menos querer a los médicos que insultar al adversario porque el gobierno no puede equivocarse (y sin embargo, falla). ¿Nadie tiene derecho a errar? Y el error ¿siempre ha de ser patrimonio de los inútiles? La ignorancia (dicen) no está en el acierto, sino en el error: pero el verdadero científico ¿no es aquel que reconoce su ignorancia? ¿No es la ciencia un pequeño acierto en un mar de errores cuando tropezar es caminar? Caminamos, a veces, por las piedras, también a veces por la oscuridad, y avanzar sin ver suele ser lo mismo que no poder adelantarse uno al dolor. En lugar de unir separan, en lugar de sumar dividen, se arriesgan a que se hunda el barco porque quienes manejan los remos tiran cada uno por su lado. En tiempo de crisis lo menos que puede pedirse es que rememos todos en la misma dirección.