ELEGÍAS A MI AMIGO
PACO

Se
presenta este libro como un conjunto de ocho elegías y es una elegía dividida
en ocho partes. Ya desde el título es transgresor: pues no hay nada tan poco
poético como dirigírselas a Paco, y no a Fabio, y el poeta, que rompe los
moldes de la poesía, renuncia a los contenidos nobles para ennoblecer, en la
figura de Paco, al pueblo llano que no tiene cartas de nobleza. Invoca a la
locura sin aspavientos ni estridencias, con la serenidad de un Séneca y el
equilibrio de los clásicos. Este desprecio de la grandilocuencia también está
en los metros, que son de arte menor, de tono mucho más popular y parece que no
tan grave y sentencioso en el contenido, y desde luego nada grandilocuente en
las exclamaciones; parco en palabras, con palabras que parece que reposan en
los metros creados para la velocidad: hexasílabos, heptasílabos y octosílabos
con algún endecasílabo entreverados; versos libres alternan con romances y
décimas, huyendo del barroquismo y buscando la sencillez. Una especie de
prólogo de pocas líneas recuerda el propósito de estos versos: vencer al
olvido, que es nuestra segunda muerte, esa que se produce después de la muerte
física; pero el autor no lo llama “introducción” sino “introito”; dándole un
tono religioso como si esta elegía fuera una suerte de misa atea; y el poema,
desde esta apariencia (sólo apariencia) religiosa, termina en una de las formas
más obsesivas que pueda tener la religión: una letanía; los dos últimos versos
insisten en su propósito:
Así el olvido no nos dé la espalda
y
vivo quedes en el pensamiento.
La idea que concluye en las
últimas líneas es la misma que se anunciaba en las primeras; la despedida (ite
misa est) es el leit-motiv al que tristemente, pero desde la serenidad, el
poeta nos convocaba en el introito.
Las ocho
partes que integran la elegía vienen introducidas por una cita, y así
dialogamos, como quien dice sin querer, con otros poetas que son, por este
orden: Alfonsina Storni, Antonio Machado, Neruda, Vallejo, Manrique, Juan
Ramón, Bergamín y Miguel Hernández; de este último nos lleva el pensamiento a
un poema distinto del que no hay duda de que está en su pensamiento; se me
antoja que en su mente martillea (y no lo cita, como si quisiera engañarnos)
García Lorca: ¿cómo, si no, darle sentido al obsesivo “una mañana de
septiembre” que recuerda a un no menos obsesivo “a las cinco de la tarde”? Como
una letanía igualmente obsesiva pero más altisonante y machacona. El propósito
de la elegía se recuerda en la primera cita como quien no quiere la cosa: “las
cosas que mueren jamás resucitan”. Ahí está. Como el mundo del Hades condenado
a no ser ya; la única forma de ser que tenemos es la memoria, y eso mientras
dure; estos versos son un intento de estirarla para que se alarguen más en el
tiempo a sabiendas de que, de una manera inexorable, desaparecerá.

La primera
parte tiene forma de elegía. Cuatro tiras de versos como un romance dividido en
cinco partes, empiezan, menos la cuarta, de la misma forma: “una mañana de septiembre”;
es la llegada de la muerte; sigilosa, y por lo tanto traicionera; de sobra la
conocemos, y sin embargo nos sorprende; siempre. En el segundo fragmento la
tristeza resignada (que por eso no se vierte en desesperación) se expresa con
un par de antítesis: nos hundimos, y nos levantamos; creemos que somos héroes
pero “nos fundimos en el barro”. En el tercer fragmento uno siente un eco del
exaltado Canto a Teresa que nos viene
de Espronceda:
Sigan viviendo otras personas,
el cosmos gire ensimismado,
las cosas tengan su criterio
las mentes sufran su descargo,
el tiempo fluya indiferente,
tensos se ubiquen los espacios.
Pero donde uno espera ese “que
haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?” nos encontramos con serenidad en la
resignación, no con un llanto desesperado:
Que
seguiré con mi obsesión,
que seguiré con mi descaro.
El descaro de arrancarle el
recuerdo al tiempo, para que quede y
que el tiempo no pueda llevárselo.
El
cuarto fragmento del romance (ese que no reproducía la anáfora en el primer
verso) es un eco de Epicuro: la muerte es la ausencia de sensación, y por eso:
Solo
nos queda un gran desierto
extenso y duro, enorme páramo
donde se pudren los sentidos
y prescriben los abrazos.
De vez en cuando (como en estos
versos) un encabalgamiento viene a romper el ritmo para que sea menos machacón;
y la quimera de vencer al tiempo se recuerda una vez más, convertido
en
un intento pertinaz
ilógico y desesperado.
Ilógico:
por lo tanto loco. Desesperado: pero contenido. En el último fragmento del
poema se habla ya de locura y se asocia con la pasión. Y en un arrebato de
locura se exalta el poeta en lo que parece un eco de Unamuno cuando llama a
rescatar el sepulcro del Quijote:
¡Vayamos
todos juntos, venga!
¡Vayamos
todos juntos, vamos
a
recorrer aquellas sombras
que
inmovilizan nuestros pasos
y
en un alarde de pasión,
desbaratados
los sudarios;
perdidos
en un laberinto,
en
los negocios, despistados.
Y nuevamente la contención del
poeta sujeta las bridas de esos versos que ya estaban listos para desbocarse,
arrebatados por la pasión al control de las espuelas y las bridas.
Sigue
lo que puede interpretarse como una carta a Paco; una carta que abarca las dos
partes siguientes. En la segunda el poeta se dirige a él reproduciendo los
encabezamientos formales de las cartas de antaño:
Paco,
querido amigo,
¿qué
tal te encuentras por ese otro lado?
Pero el formalismo inexpresivo se
disuelve en el lugar donde vive el destinatario: el “otro lado”. Dos palabras
intrascendentes introduciendo, por contraste, la trascendencia, ese lugar
tremendo del que se habla como si no pasara nada. Y dice como si estuviera
vivo: “llámame cuando puedas”. Es un intento de resucitarlo, revivir a un
muerto es hablarle como si estuviera vivo, ése es el papel tan importante que
tiene la ficción. La vida sigue. La primavera viene y nosotros “te
reivindicamos”, porque “mantenerte” es lo mismo que mantenernos, “y no nos
mantenemos, sin embargo”. La vida es el gran teatro del mundo y nos gustaría
ser Calderón, pero desgraciadamente
vivimos
en la ausencia
y
morimos pidiendo un escenario.
Muy a pesar nuestro retumban en
nuestra mente, con las palabras del poeta, las palabras con las que nos
congelaba Alfonsina Storni: “todo ha terminado”. Y eso nos recuerda las
exaltadas palabras de una tumba que hay en el cementerio ateo de la Almudena:
“¡después de la muerte no hay nada!”
La
tercera parte prosigue nuestro poeta el contenido de su carta. Ahora insiste en
que “tú no puedes haberte ido” (lo que es, más que un hallazgo de la
inteligencia, un esfuerzo de la voluntad; nuevamente Unamuno: creer en dios es
querer que exista). Pero Paco no está entre nosotros como un holandés errante,
si vaga por el mundo no es como un alma en pena, sino “como un alma sin pena”.
“Dicen que tan solo eres polvo”, pero (parece decir el poeta) no me lo creo.
Las certezas de la ciencia no sirven para redimirnos, al final sólo nos redimen
los sueños; pero cuando soñamos en el fondo sabemos, por más que nos empeñemos
en ignorarlo, que todo es sueño:
(…)
peleamos
por
parecer que todo sigue igual
y
nos disfrazamos de fe.
La obsesión por devolver la vida
al muerto es “locura”, “ceguera”, de tu memoria solo quedarán “unos pétalos
secos” (las flores que se marchitan en la tumba y se deshojan) y el nombre del
muerto (puro nominalismo, pensemos en Umberto Eco: de la rosa, ese símbolo de
la fragilidad de la vida, sólo nos queda su nombre). Mas sobre la inteligencia
se eleva la voluntad:
Recuerda al menos
que
quise eternizarte.
¿Y qué se empeña en eternizar el
poeta? ¡La amistad! Ese sentimiento (Aristóteles y no Platón) que es “comunión
de los espíritus”, “concordia de las mentes”: esperanza y no arrebato.
En
la cuarta parte concluye esta epístola imaginaria. Aquí resuena Miguel
Hernández: “compañero, tú no has muerto”, que se renueva invirtiendo sus
términos en la tercera estrofa: “tú no has muerto, compañero”. Son cuatro
décimas en las que se vierte la nostalgia en un panteísmo entrañable:
Tú
no has muerto compañero,
estás
inserto en las cosas;
en
plantas, en mariposas,
en
el abono terrero.
Eres
el humus certero
que
alimenta los sembrados.
¿Está también el aliento de
Nietzsche? Es la tierra, no es el cielo; como los pies enormes de la estatua
del pastor que, a la entrada de Segovia, parece que se hunden en el suelo. El
cielo sólo engaña a la vida para después enterrarla, ¡fidelidad a la vida!
¡Quién sabe si el eterno retorno devolverá estas cenizas a la vida otra vez,
como este panteísmo que se reivindica!
La
quinta parte tiene nuevamente forma de elegía. Cinco fragmentos que empiezan
todos con el mismo verso: “cuando un hombre muere”. Machaconamente. De manera
obsesiva. Morir joven es más que una injusticia, es un crimen; “de lesa
naturaleza”; que rompe las leyes de la física y comprime la razón, que no tiene
respuestas. Morir sin dar de sí es luto, sin dejar nuestro sello, ésa es la
deuda de la vida: y se expresa “con su impronta”, en los camaradas que quedaron
vivos. Morir joven es un olvido de la historia; por eso, jugando con las
palabras, la muerte injusta “es la historia del olvido”. Morir joven es, en
fin,
vivir
en la ausencia
buscando
recuerdos
que
quieren vivir;
y no pueden; sólo podemos
recrearnos en el dolor, como si quisiéramos disfrutar de la pena.
Las
dos partes siguientes son un soliloquio. Han sido precedidas en la parte
anterior por un verso de Jorge Manrique. Y la meditación grave y seria de la
quinta parte se vuelve ahora desenfadada e irónica, que es la forma barroca del
desengaño:
A
la gente le da por morirse,
es
una costumbre absurda,
cuando
no suicida.
Se puede morir de amor, de pena y
hasta de risa; se puede morir de éxito, de fracaso,
algunos
nacen muertos
y
otros mueren vivos.
Hay quien quiere morir y no le
dejan, otros no quieren y se mueren. Al muerto, dice el poeta con ironía, todos
le dejan de hablar: ¿y qué culpa tiene? Lo peor es la vida del que queda, pues
nos
dejaste medio muertos
en los límites de la demencia.
Estas
meditaciones concluyen con una letanía. Muerte avariciosa. Muerte sibilante.
Muerte maliciosa. Muerte tenebrosa. Muerte poderosa. Muerte codiciosa. Que nos
llevas al olvido, que envenena los sueños y las semillas, que hace trampas en
el juego, que agota las razones, que nos seduce sin freno, paradójicamente
(dice el poeta)
tan
solo la nada
no
te pertenece.
Como si la hubiéramos podido
vencer rescatando a los muertos del olvido.
La
elegía concluye con unos versos de arte mayor: endecasílabos; tercetos
encadenados. Si empezó con un relato concluye con otro relato. ¿Qué fue para el
poeta el amigo que murió? Un fiel amigo, una conversación en libertad, un
compartir los sencillos placeres de la cerveza y el vino, un recuerdo de que la
naturaleza ha ocupado el espacio de dios, y una bofetada en la cara propinada
por la injusticia: que nos manda a criar malvas (“ya crías plantas”) y
convierte la vida en barro, y borra (¿otra vez Nietzsche?), volviéndolas
nebulosas, las fronteras del bien y del mal. La muerte hace pedazos la
libertad, pues nos somete a su tiranía, pero nosotros nos vengamos de ella,
aunque no sea en la realidad, sino en el deseo:
Así
el olvido no nos dé la espalda
y
vivo quedes en el pensamiento.
El
deseo se convierte en realidad. No es realidad más que lo que yo quiero.
Voluntad. Nietzsche. Schopenhauer. Unamuno. Y una lucha denodada por rescatar
la profundidad de los versos a las sonoridades fáciles de la estrofa que los
transporta. Como en San Juan de la Cruz. Estas elegías a Paco (o más bien en
singular, así: esta elegía), este lamento y estos versos son un recordatorio
sencillo de cómo lo sublime puede discurrir por lo sereno; y el dolor se
expresa de manera sencilla con la contención de los clásicos, así, sin
molestar, sin dar voces ni hacer alardes, sin gesticular ni forzar el gesto, en
una palabra: sin aspavientos.
Demos
la bienvenida a José Luis Bartolomé en la república de las letras. Y a su amigo
Paco. Y quédese en nuestra memoria con esta elegía.