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viernes, 31 de diciembre de 2021

DE LA EDUCACIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA

 

DE LA EDUCACIÓN INTEGRAL DE LA PERSONA   

 


            Mi hijo ha sacado un sobresaliente. Pero no en educación física ni en plástica ni en música, no… ¡En matemáticas! ¡En física, en biología, en lengua! En las cosas que importan de verdad. Mi hijo es un genio.

            Estos padres no saben lo que dicen. Querrían que su hijo fuera un cerebro sin cuerpo, sin alma, sin sentimientos. Su hijo podría ser –pero ellos no se dan cuenta- un cerebro conectado a una pila que sólo vale para calcular. El niño que saca sobresaliente sólo en las cosas del pensar no es más que una computadora conectada a la luz; que nos digan esos padres qué les parecería que su hijo les hablara con la cara convertida en teclado, un circuito donde tiene la cabeza y una memoria electrónica donde tiene los recuerdos.

 


            Mi hijo ha sacado sobresaliente en educación física. Tiene un cuerpo de Hércules, una fuerza impresionante, nadie puede con él y gana todos los partidos. Eso sí, suspenso en matemáticas, en física, en biología, en música, en plástica, en historia, en literatura, no sabe nada de nada pero… mira qué cuerpo tiene.

            Estos padres no se dan cuenta de que su hijo es un cuerpo sin cerebro, sin mundo y sin corazón, que no sabe disfrutar con nada que no sea el cuerpo ni le interesa el arte, la música, la literatura, la historia y la ciencia; ese chico podría ser un cuerpo sin cabeza. ¿Qué pensarían esos padres si vieran así a su hijo?

 


            Mi hijo ha aprendido un buen oficio. Va a ganar salarios estupendos y lo van a llamar de todas partes y no vivirá más que para el trabajo; cuando uno vive para trabajar no sabe trabajar para vivir.

            Ese chico no sabría pensar, con los demás haría el ridículo, no sabría qué hacer en las fiestas y sería un alfeñique; ni sabría hacer ejercicio físico, ni sabría bailar ni relacionarse con las chicas, sus padres lo tendrían metido en casa y sería un inadaptado; eso sí, ganaría un buen sueldo.

 


            Mi hijo tiene un montón de amigos, lo llaman a todas partes y todos le quieren; qué pena que no sepa nada de nada, ni siquiera sepa pensar y no tenga oficio ni beneficio; ni tampoco conozca las historias de su país, ni las mejores obras de arte, ni tenga maña para pintar ni tampoco sepa sentir la música.

            Ese chico será una máquina de hacer amigos. Sin cuerpo y sin cabeza, sin corazón y, si me apuras, sin cuerpo; sabrá posar allí donde vaya, será un hombre de éxito y siempre será un figurín.

 


            Mi hijo es inteligente, tiene cuerpo de atleta, sabe un montón de cosas, tiene un buen oficio y no le faltan amigos; ay, pero no tiene corazón.

            Ese chico será un pensador cruel con un cuerpo bruto, tendrá una cultura apabullante y dominará el oficio; ay, pero será frio, maquiavélico y calculador, ese chico tal vez sea un asesino.

 


            A los chicos no puede faltarles ni cabeza ni cuerpo ni cultura ni amigos, ni puede faltarles corazón ni oficio. No tener más que cabeza es quedar convertido en máquina. No tener más que cuerpo es vivir esclavo del gimnasio, del abuso de sustancias vigorizantes, de la vigorexia; el cuerpo debe desarrollarse en contacto con la cabeza porque ya lo dice el refrán: mens sana corpore sano. No tener más que oficio es condenarse a ser un engranaje de la sociedad, sin libertad ni vida propia. No tener más que amigos es olvidarse de que la vida social no puede darse si no tenemos nada en el corazón, el cuerpo, el trabajo o la cabeza.

            Nuestros hijos no pueden ser como Mister Spock: pensamiento que no siente. Ni como Pinocho: sentimiento que no piensa. Ni tampoco como Hitler: el pensamiento de un corazón enfermo. Ni como Fausto: una mente brillante que vive aislada en su soledad, sin atreverse a salir a la calle. Una persona es un corazón, una cabeza, un cuerpo, un ser social y un oficio, esas cinco cosas juntas conforman el desarrollo integro de la persona. La educación del cuerpo está al servicio de la persona, lo mismo que la del corazón y la cabeza, y si falta alguna de esas cosas el equilibro estará cojo. La sexualidad sin amistad es violación; el ejercicio físico sin cabeza da siempre en el exceso; en el deporte que quiere ganar a toda costa aunque en el camino nos dejemos el corazón, porque nos falle; quien sólo tiene amigos y está vacío por dentro no es más que un presuntuoso, un figurín, un escaparate. Y para no ser ni violador ni imprudente ni estafador, ni maquiavélico ni ignorante ni un figurín en el escaparate: para no ser ninguna de esas cosas, ha de ser completa la educación; no hay que dejar pasar unas para favorecer a otras porque las consideremos de mayor trascendencia: todos los aspectos de la persona son igualmente importantes; y aunque faltara uno solo ya estaría roto el equilibrio, porque tendríamos al discípulo abandonando la fortaleza, convertida ya en una persona frágil. He aquí las cosas en las que debe pensar un buen maestro.

 


sábado, 5 de noviembre de 2016

Los dilemas morales





LOS DILEMAS MORALES

 

1. El razonamiento moral.
            Hacen falta unas virtudes básicas en la toma de decisiones; para ello es preciso que las tentaciones y los instintos dejen hablar a la razón en aras de los instintos superiores. El razonamiento moral consta de tres pasos: estudio de la realidad, búsqueda de ideales (a la que Aristóteles llamaba “representación de los fines”) y deliberación. Luego, para llevar a cabo lo que hemos elegido, nos decidimos por fin y nos sometemos a nuestra propia disciplina. Vamos a exponer estos cinco pasos uno por uno.
1.1. Análisis de la situación. Lo primero que hay que hacer, antes de tomar cualquier decisión en la vida, es saber lo que pasa; asegurarnos bien de que conocemos el terreno, conocer las cosas: ése es el paso previo a cualquier transformación que queramos hacer; no podemos castigar a un chico por estar fuera de su clase si su profesor lo ha mandado a hacer un recado.
            El estudio de la realidad nos ayuda a plantear los problemas y resolverlos. Para hacerlo hay que comprender y comprobar lo que pasa. Comprender es observar y explicar; observamos los hechos cuando, al ver un conjunto de cosas, nos centramos uno por uno en los detalles para estudiarlos mejor, como un zoom hacia adelante (a eso lo llamamos análisis); y después volvemos a insertar el detalle en su conjunto para ver  si lo que zoom hacia atrás). Luego, si fuera necesario, volvemos a analizar más detalles, y los volvemos a insertar en su conjunto para entenderlos mejor; el proceso de análisis y síntesis puede durar tantas veces como sea necesario. La observación nos da una descripción de los fenómenos o hechos que estamos estudiando (describir las cosas es decir cómo son).
            La observación nos muestra como son las cosas; después hay que explicarlas, saber cómo son como son, y para eso hay que buscar las causas, las circunstancias y los motivos que han hecho que las cosas sean como son y no de otro modo. La explicación es la búsqueda del porqué de lo que estamos observando.
            Así pues, comprender es observar y penetrar, describir y explicar. Después de que hemos entendido las cosas hay que ver si nuestra interpretación es la correcta: hay que comprobar si lo que hemos pensado ha sucedido realmente; hay que ver si nuestras ideas encajan con los hechos; no basta con que tengamos una explicación, necesitamos también una prueba; necesitamos saber si nuestras explicaciones (nuestras hipótesis) encajan verdaderamente en la realidad, y que no son figuraciones y fantasías. 

 

1.2. Búsqueda de ideales. Una vez que comprendemos lo que ha sucedido, y que estamos ya con los pies en tierra, hay que buscar los ideales que ayudarían a resolver el problema que estamos estudiando: muchos los llaman valores; un ideal, o un valor, es la creencia de que una forma de ser es mejor que otra para llenar de sentido y satisfacción nuestra vida. ¿De dónde vienen esos ideales? ¿Del mundo? ¿De nosotros? ¿Quién manda en nosotros? ¿Quién tiene autoridad para decirnos lo que debemos hacer?
            Puede ser el mundo que nos rodea; el mundo que nos provoca tentándonos con una multitud de estímulos que excitan nuestros deseos: nosotros los llamamos tentaciones.
            Pueden ser nuestros caprichos: esos impulsos que nos vienen de las tripas (podemos llamarlos instintos). Nuestro instinto cede a las tentaciones de una manera irracional, acrítica; como cuando los marinos de Ulises se dejaban llevar por el atractivo de Circe sin saber que los convertiría en cerdos. También dispara impulsos que vienen de dentro de nosotros y que son independientes del medio en que vivimos; impulsos que, por estar desligados de la razón, son ciegos; como el impulso de correr sin mirar si lo que tenemos delante es un precipicio o un camino. Un capricho puede ser, o bien un impulso despertado por una tentación, o un impulso que se despierta solo sin necesidad de ser tentado.
            También puede ser que quien nos diga lo que hacer sea nuestra razón: hay razón en la lógica, motivos que surgen, no ya de los impulsos, sino de la conclusión de un razonamiento; nuestra mente nos obliga al razonamiento, no a los impulsos; como cuando decidimos usar botas si comprendemos que va a llover, aunque el cuerpo nos pida ir con un calzado más ligero. Dejarse llevar por la razón es ser capaz de ver las consecuencias de nuestros actos, anticiparnos a ellas, y abstenerse de hacer algo bueno cuando sus consecuencias pueden ser malas (incluso peores que el mal que intentan resolver): esta capacidad de ver más allá del presente y del lugar donde estamos, en el pasado y en el futuro y en otro espacio, con la razón y no con los sentidos, es lo que llamamos prudencia.
            Pero la razón también se expresa mediante la intuición: una intuición intelectual, no sentimental o afectiva; por ejemplo, puedo calcular la distancia del coche que tengo delante y el tiempo de frenada para no chocar con él si ese coche se para; y puedo hacerlo intuitivamente, con bastante aproximación, sin hacer cálculos; también puedo saber que si es de día no es de noche, sin que nadie me tenga que explicar el principio de no contradicción; ese principio se intuye, no podemos demostrarlo.
            También podemos dejarnos llevar por nuestro corazón: es una sensibilidad cordial; aquí somos sensibles a los sentimientos, no a las sensaciones como cuando hablábamos de los caprichos. Lo mismo que los caprichos son impulsos despertados y cegados por las tentaciones (podríamos hablar de pasiones sensoriales y viscerales), así también los impulsos del corazón tienen sus propias tentaciones (las pasiones cordiales, que se despiertan cuando vemos a una persona a la que queremos, odiamos, envidiamos o admiramos); pero también hay impulsos del corazón que no necesitan, para despertarse, ser tentados por la presencia de personas por las que sentimos cosas: por ejemplo sentimos la amistad, no al amigo: ésos son los sentimientos morales; un tipo de pasiones a las que Scheler llamaba valores.

 

            ¿Y qué es, entonces, la conciencia moral? Conciencia es darse cuenta de las cosas, cuando estamos despiertos (no dormidos, ni drogados, ni ebrios, ni inconscientes). Y conciencia moral es darse cuenta del bien y del mal, porque el bien nos obliga y el mal nos prohíbe, sentimos el deber de hacer el bien y la prohibición de hacer cosas malas. Pues bien: la razón moral nos protege contra las consecuencias adversas de nuestros actos (es la prudencia); el sentimiento moral nos obliga a cumplir con nuestro deber, aunque no nos apetezca (hay personas en quienes el impulso moral es más fuerte que el del capricho, aunque lo más frecuente es que suceda lo contrario): ésa es la justicia; un instinto moral emanado del corazón, no como los impulsos viscerales, que arrancan de las tripas. La conciencia moral es darse cuenta de lo que debemos hacer, que es cuando la justicia y la prudencia se hacen conscientes (¿quizá era eso lo que suponía el intelectualismo moral cuando lo vislumbraba Sócrates?). La conciencia moral selecciona, entre lo que más nos apetece (y a veces entre lo que menos) lo que es mejor para nosotros; para nosotros y para todo el mundo. Llamaremos cordura a la síntesis de la prudencia y la justicia; de la razón y el corazón; de las razones para actuar y los sentimientos entrañables que actúan.
            1.3. Deliberación. Hemos seleccionado unos fines para realizar los ideales que nos hemos marcado; ahora se trata de buscar los mejores medios para conseguir esos fines, y a eso es a lo que llamamos deliberación. Primero buscamos todos los medios que se nos ocurren para conseguir un fin: por ejemplo, para aprobar un examen podemos estudiar, hacer chuletas, pedirle a un compañero estudioso que se presenten en nuestro lugar o cualquier otra cosa semejante. Luego los comparamos entre sí, sopesando los pros y los contras de cada opción, como hemos hecho en el apartado 2: o sea, midiendo las consecuencias; por ejemplo, si hago chuletas aprobaré acumulando una ignorancia que, como una bola de nieve, se me echará encima impidiéndome afrontar con éxito exámenes futuros; la chuleta, pues, no es una buena opción. Por último, y después de haber sopesado todos los medios alternativos que hemos descubierto, elegimos los más adecuados.
            1.4. Decisión. Hacemos acopio de energía para atrevernos a hacer lo que hemos elegido; en eso consiste el valor; los griegos también lo llaman fortaleza. Siguiendo con nuestro ejemplo, hay gente que ha elegido estudiar para aprobar un examen; sabe lo que tiene que hacer, pero no acaba de decidirse a hacerlo.
            1.5. Ejecución. Y entonces viene el último paso: hacemos un despliegue de energía para mantener nuestra decisión; es la tenacidad, el espíritu de sacrificio, la constancia. No todo el mundo tiene fuerza para materializar en un horario, bien calculado y con unas rutinas razonables, el resultado de su decisión; es lo que llamamos disciplina. 

 
 
2. El dilema moral.
            Un dilema moral es un caso en que dos ideales entran en conflicto: ¿cuál de ellos debemos elegir? ¿Podemos elegir entre una novia y un amigo, entre el amor y la amistad? Para intentar entenderlo vamos a analizar el caso que exponemos a continuación:
            Pedro es muy amigo de Juan; ambos comparten gustos, diversiones y confidencias; confían plenamente el uno en el otro, se ayudan cuando hace falta, y si algo tienen claro es que el cemento de su amistad es siempre el respeto. Pedro sale con Lucía y ambos se quieren; sin embargo, en algún momento Lucía se acaba enamorando de Juan. Juan, al principio, la ignora por respeto a su amigo, pero poco a poco también se va enamorando de ella. Un día se da cuenta de que se encuentra desgarrado entre el amor de Lucía, a la que adora, y la amistad de Juan, al que quiere como si fuera su hermano. La situación se va volviendo insostenible y Juan no sabe qué hacer. Por más que lo piensa está hecho un lío, y tarde o temprano tendrá que tomar una decisión. ¿Qué debería hacer?
            Procederemos de la siguiente manera: primero analizaremos los hechos; luego buscaremos los valores en conflicto y los ordenaremos en una jerarquía; después tomaremos una decisión y, por último, comprobaremos si es la más adecuada. (La fase de ejecución no tiene lugar aquí, porque se trata de decidirse, no de realizar lo que hemos decidido; se trata de estudiar un dilema moral, no de realizar la acción moral sobre la que hemos decidido en el dilema. Veamos.
            2.1. Analizaremos la situación para mejor resolver el conflicto. Y como para resolver un conflicto primero tenemos que conocerlo bien, analizaremos los tres ejes que tiene el caso que nos ocupa:
a) Pedro y Juan son muy amigos. Comparten gustos, diversiones y confidencias; se ayudan y se respetan.
            b) Pedro y Lucía se quieren y salen juntos.
            c) Juan y Lucía rompen las dos relaciones anteriores: Lucía se enamora de Juan y Juan la ignora por respeto a su amigo Pedro, pero, al correr el tiempo, también acaba enamorándose de ella: entonces se siente desgarrado entre el amor por Lucía (a la que adora) y la amistad por Pedro (al que quiere como a un hermano); entre esos dos amores incompatibles Juan no sabe qué hacer.
            2.2. Valores en conflicto. En la relación entre Pedro y Juan, como hemos visto, sólo hay solidaridad (esto es, ayuda) y respeto; y en la relación entre Juan y Lucía hay amor y amistad; sólo hay estos cuatro valores: todo lo demás son hechos.
            2.3. Jerarquía de valores. Respeto, amor y amistad: por ese orden; no hay respeto sin amor ni amor sin amistad; estos dos últimos requieren solidaridad; puede haber solidaridad sin amor, pero no puede haber amor sin solidaridad. Ésta es, pues, la jerarquía que buscamos.
1. Respeto.
2. Amor.
3. Amistad.
4. Solidaridad.
            Aunque, según se dice, cada cual puede tener su propia jerarquía de valores, está por ver si eso es cierto. Lo importante es que al hacerlo no nos dejemos llevar ni por el mundo (que nos tapa los ojos del instinto moral con sus normas, sus costumbres y sus modas, con el velo del prejuicio inmovilizando nuestro juicio), ni por el capricho (que son esos instintos premorales despertados, a veces, también por las tentaciones del mundo); sino sólo por la cordura, que es armonía ritmada en un concierto a dos voces: la voz del corazón (cuando la escuchamos sentimos que detrás de las sensaciones, ordenando sus impulsos, nos guía el sentimiento); y la voz de la razón (que, cuando mis sentimientos son confusos, por ejemplo si hay conflicto de valores, también me ayuda a decidir, y cuando he decidido me ayuda a mantenerme firme en mi decisión). 

 

            2.4. Tomamos una decisión. En el caso que estamos estudiando yo, personalmente, elegiría el amor de Lucía, pero no a costa de la amistad de Pedro; amar a Lucía significa respetarla en su propia  toma de decisiones (que, si son contrarias a las mías, deben ser discutidas escuchando sus razones y las mías, y, si las mías no son más poderosas, debo sacrificar mi amor por ella en aras del respeto). Mi decisión tampoco debe tomarse a costa de la amistad que tengo hacia Pedro, que implica respeto hacia él, es decir que tengo la obligación de no traicionarlo; pero que lo obliga a él a respetar mi amor por Lucía si ha surgido de la espontaneidad, no de un plan deliberado por arrebatársela.
            Sería necesario, pues, que Lucía y yo nos quisiéramos noblemente (lo que, de hecho, sucede); que ambos habláramos con Pedro para explicarle la situación (la situación es que nos hemos querido muy a pesar nuestro; que no somos culpables de nuestro amor, sino más bien sus víctimas, puesto que ninguno de los dos lo hemos querido; y que le faltaríamos al respeto si se lo ocultáramos aunque fuera renunciando a nuestro amor, separándome de Lucía: pues entonces Lucía seguiría a su lado sin quererle, y eso sí que sería desleal). En fin, habría que velar por que esta situación dramática no suprimiera nuestra solidaridad recíproca, porque, aunque a partir de ahora, y para evitar sufrir y hacernos daño unos a otros, dejáramos de salir juntos, eso no significa que hubiera desaparecido nuestra amistad; en un futuro, cuando las heridas se hubiesen cerrado, ningún falso orgullo impediría que volviéramos a cultivarla de nuevo.
            2.5. Comprobamos si hemos elegido de acuerdo con nuestros ideales. Y sí: la decisión es coherente con la jerarquía de valores que hemos establecido. He tenido que sacrificar, muy a pesar mío, la amistad de Pedro, pero era necesario: no había otra salida. A veces hay que sufrir cuando se preserva el sentimiento de humanidad.
            Se puede admitir comúnmente que cada uno tiene su propia jerarquía de valores; y que cada uno toma decisiones diferentes según cuál sea esa jerarquía: no creo que sea acertado hablar así. Los valores morales son universales, y por tanto son los mismos para todos; no me vale decir que si tú pones el dinero por encima del amor tienes derecho a sacrificar el amor para conseguir riquezas, porque el amor nunca valdrá menos que el dinero; ni el respeto; ni la salud; ni la vida. Los valores morales están ordenados en una jerarquía que no depende de nosotros; de nuestros gustos, de nuestra voluntad, mucho menos de nuestra mentalidad o nuestro capricho. Si me he criado en un lugar donde el poder es un ideal más fuerte que el respeto, eso no significa que el poderío valga más.
            ¿Qué hacemos, entonces? ¿Negamos que cada uno pueda tener su propia jerarquía de valores? Por supuesto que lo negamos, si estamos hablando de valores morales; nadie está por encima der los derechos de los demás, porque esos derechos valen más que nuestra voluntad, aunque sea la voluntad de todos. Sí podemos jerarquizar esos valores, esos ideales, que dependen de nuestra naturaleza personal, no los que dependen de la naturaleza de todos; mis gustos, mis preferencias, mis instintos premorales, sí que se pueden jerarquizar a criterio de cada cual; pero no los instintos morales, que son intocables y que ninguna voluntad puede cambiar. Cada uno podrá tener sus propios valores estéticos, pero los valores morales son los mismos para todos; lo mismo cabe decir de la jerarquía en la que están ordenados.
            Por lo tanto el dilema moral que hemos dilucidado en este ejercicio no tiene tantas soluciones como personas intenten resolverlo. La solución para todos es la misma. Sólo podemos admitir diferencias de orden psicológico, de ninguna manera diferentes éticas; por ejemplo, si Pedro es una persona tan sensible que no podría estar junto a su amigo y su novia después de que su novio se hubiese ido con su amigo, habría que respetar su derecho a no verlos más; pero eso no significa que dejasen de ser amigos; otro carácter más fuerte, menos sensible a esas cosas, aceptaría sólo una separación temporal, como dicen que sucede en Islandia; su ruptura transitoria tampoco supondría la ruptura de su amistad.
3. Epílogo.
            Una última precisión de orden metodológico. Todo lo que precede puede considerarse una aplicación, e incluso una extensión, del método “cocer”; la “e” que viene después del conocimiento (“co”) comprensivo (“c”) es una comprobación de la existencia de lo que estamos investigando (algo que en el método hipotético-deductivo equivale al experimento); la búsqueda de la garantía de que lo que estamos observando son realidades y no visiones, existencias y no especulaciones, presencias y no castillos en el aire; el análisis de la situación, como primer paso de la resolución de un dilema moral, corresponde, pues, a la afirmación de que los conocimientos comprensivos que hemos adquirido se refieren a cosas que existen realmente. Pero la “e” tiene un doble significado: aparte de existencia indica también elección; aquí intervienen el segundo paso de la resolución de los dilemas morales (identificación de los valores en conflicto), el tercero (su organización jerárquica) y el cuarto (elección del que más importa entre todos ellos); la “r” final del método “cocer” nos advierte de que todas nuestras elecciones deben ser guiadas por el respeto, como si el respeto fuese el faro que ilumina el instinto moral que late dentro de nuestra conciencia. Para analizar la realidad (primer paso) es necesaria la metáfora; para identificar el ideal (en los tres pasos siguientes) necesitamos el ejemplo; el quinto y último paso nos obligan a comprender si la decisión que hemos tomado (cuarto paso) es coherente con la jerarquía de valores; teniendo en cuenta que esa jerarquía también es coherente (porque emana de ella) con la realidad del caso que hemos estudiado.

 


                                                                                                                                                                                                                                            


sábado, 14 de noviembre de 2015

Una Antropología Tripartita





UNA ANTROPOLOGÍA TRIPARTITA.


  1. Inteligencia, cordialidad y visceralidad.

            -Una estatua de barro. Una figura humana. Cabeza, corazón y vientre: sirven para decidir; sólo la cabeza sirve para conocer.
            -No –replicó Cristal-; conocemos con todo el cuerpo.
            -¿Cómo es eso?
            -Los ojos, los oídos, la nariz y la boca están en la cabeza; pero también conocemos con la piel, que está repartida por todo el cuerpo.
            -Tienes razón.
            -Lo que hace la cabeza es comprender, eso no lo puede hacer  el resto del cuerpo.
            -Conocemos y decidimos con todo el cuerpo- se atrevió Juan a aventurar- pero sólo comprendemos con la cabeza.
            Cristal lo pensó y vio que era correcto. Juan continuó.
            -Conocemos con todo el cuerpo, pero desde el cuello para abajo nuestro conocimiento es inmediato, fidedigno, directo: el tacto, el contacto con las cosas, la proximidad íntima; desde el cuello para arriba conocemos en la distancia con el oído y con los ojos; y por contacto, con el olfato y el gusto.
            -Así es –respondió Cristal.
            -Comprendemos sólo con la cabeza. En la cabeza está la capacidad de imaginar y de razonar. La razón inconsciente es intuición; y si es consciente, inteligencia. Pensar es imaginar y razonar.
            -¿Dónde está el instinto?
            -Grabado en la cabeza; pero se manifiesta por todo el cuerpo. Pero ojo: conocer es sentir, si captamos la realidad por los sentidos; intuir, si la conocemos por impulsos naturales, por instinto; y razonar, si captamos las cosas por lógica. Cuando expresamos con palabras nuestro conocimiento sensorial describimos lo que hay en la superficie de las cosas; y cuando verbalizamos nuestros conocimientos racionales e intuitivos explicamos o definimos lo que hay en la profundidad de las cosas, tanto de los abismos como de las alturas.
            -Háblanos ahora de lo que hay del cuello para abajo.
            -Empezaremos por el corazón. Es la parte entrañable de nuestro ser; cuando siente nos hunde en el ensueño, cuando actúa nos llena de valor.
            -¿Qué más?
            -El vientre: la parte visceral; cuando siente produce arrebatos, y cuando actúa nos  vuelve crueles.
            -¿Qué es la cultura?
-La cultura es la parte entrañable de nuestra inteligencia, o lo que es lo mismo: la unión de la cabeza y el corazón. Cuando la cabeza se une al vientre la generosidad se convierte en egoísmo y ya no tenemos cultura, sino culto. De la inteligencia y el saber mana el diálogo: inteligencia para comprender; saber para conocer.
-¿Y cómo nos decidimos?
-Podemos elegir con la cabeza, con el corazón o con las tripas. Las decisiones racionales son las conclusiones de nuestros razonamientos (que pueden ser descriptivas o prescriptivas). Las decisiones cordiales desencadenan acciones entrañables, y las viscerales desencadenan acciones despiadadas. Las decisiones racionales pueden ser cordiales (pues la lógica de las conclusiones suele estar de acuerdo con los impulsos del corazón); pero las decisiones viscerales es muy difícil que sean cordiales, porque los impulsos arrebatados no tienen por qué ser conformes a los impulsos del corazón.
            -La generosidad es el cimiento de la cultura; el del culto lo sería el egoísmo.
            -Sí. Si hablamos de cultura en sentido amplio, sus dos cimientos serían la generosidad y el egoísmo.
            -Hablemos ahora de las decisiones cordiales.
-Si emanan de la inteligencia, son compromisos. Pero si surgen del impulso son instintos naturales. En este caso hablamos de derechos naturales, de los derechos humanos. En el primer caso nos referíamos a la inteligencia cordial, y en el segundo, a los instintos cordiales. La intuición es una vía rápida, con frecuencia certera, para acercarse a la inteligencia; y al instinto.
-Así pues, una decisión cordial (la que tomamos con la inteligencia del corazón) puede ser un sentimiento ético (si surge del instinto cordial) o un compromiso (si procede de la inteligencia cordial); si he entendido bien.
-Lo has entendido perfectamente.
-Háblanos ahora de las decisiones viscerales.
-Son impulsos ciegos: generalmente alejados de la razón. Cuando surgen de la naturaleza hablaríamos de instintos viscerales; y si surgen de la influencia del entorno hablaríamos más bien de impulsos o reacciones viscerales.
-Has hablado hace un rato del compromiso; acláranos un poco más en qué consiste.
-Un compromiso es una obligación innata. El derecho está en la naturaleza, y es esencia; pero el compromiso surge de nuestra historia personal, de la existencia. El compromiso, que brota del corazón, es respeto; y la falta de respeto, que brota de las vísceras, es crueldad.
-Háblanos un poco de los vicios y las virtudes.
            -La virtud fundamental del corazón es, en sus distintas facetas, valor, ánimo, esfuerzo: fortaleza; el vicio cordial por excelencia es la pereza, la falta de ánimo, la necesidad de tener un amo que mire y vea por nosotros; aquí estaría la alegre pereza, un espejismo de felicidad. En cuanto a los instintos cordiales, los principales son la igualdad y la justicia; el respeto a estos principios es un compromiso con la concordia, que contiene justicia y audacia y conduce a la felicidad. 
 

-¿Y los vicios del vientre?
-Son las pasiones viscerales: la primera de todas es la crueldad. La crueldad procede del odio y de la ignorancia. Y el odio surge del miedo, que es también una forma de ignorancia. El odio, el miedo y la crueldad son todos sentimientos ignorantes, en ellos se cifra la cobardía. La crueldad se resuelve en soberbia, despotismo, dominación, que en el fondo no son más que inercia.
-Enuméranos cuántas son las formas del conocer.
-Hay un conocer a secas, que viene de los sentidos: como cuando sabemos si hace frío o calor. Luego hay un conocer con las vísceras: rapto o arrebato es ese conocimiento visceral. Habría también un conocer con el corazón: un conocimiento entrañable. Y un conocer con la razón: conocimiento lógico por excelencia.
Juan dijo esto último por decir, pero en el fondo no se lo creía; no veía bien qué podría ser el conocimiento visceral o el conocimiento entrañable; en el fondo sólo creía en el conocimiento lógico y en el sensorial.
-El alma –prosiguió Juan- es el principio del movimiento. Contiene inteligencia y afectividad. La inteligencia (la razón) puede ser consciente (inteligencia en sentido estricto) o inconsciente; la inteligencia consciente es lógica; la inconsciente puede ser intuición o impulso. Vayamos ahora con la afectividad: puede ser sensitiva o motora; la afectividad motora contiene impulsos e instintos: ambos son tendencias; y la afectividad sensitiva se escinde en sentimientos, emociones y pasiones.
-Te has equivocado –dijo Cristal-. A los impulsos los has mencionado dos veces: con la inteligencia y con la afectividad.
-Y es así: hay una continuidad entre los impulsos afectivos y los de la inteligencia. Observad que sólo la lógica ocupa la conciencia; todo lo demás (intuiciones, impulsos, instintos, emociones, pasiones y sentimientos) son el inconsciente. 
-Vayamos por partes. ¿Qué es el alma?
-El alma es vida anímica. Movimiento.
-El alma (dices) se escinde en inteligencia y afectividad: ¿en qué consiste cada una de ellas?
-La inteligencia es el movimiento de las formas; la afectividad lo es de los contenidos.
-Has dicho que la afectividad podía ser sensitiva o motora. ¿Cómo las definirías?
-La sensación es un movimiento que viene del exterior y se imprime en nosotros: propiamente sería afección, inyección de afectos. La motilidad es justo lo contrario: movimiento que procede de nuestro interior y se imprime fuera de nosotros: eyección o, si queremos, efectos. En este juego de palabras (un juego mnemotécnico) afecto se opone a efecto.
-Aquí estarían los impulsos, ¿verdad?
-Exactamente.
-Háblanos de ellos.
-El impulso racional sería la prudencia.
-Bien.
-Del corazón saldría la fortaleza. La fortaleza es un impulso del que emanan otros dos: la esperanza (emparentada con la fe) y la ambición cordial (que es deseo de llegar a ser). La fe, la confianza, es un impulso sensitivo y le corresponde un impulso motor: la fidelidad; el vicio correspondiente es la soberbia, que está emparentada con el complejo de inferioridad.
-¿Y la ambición cordial?
-Es un impulso sensitivo que mueve hacia el interés. Sus vicios propios son la avaricia y la apatía. La avaricia es una ambición visceral, como la envidia.
-O sea que hemos dejado el corazón: ahora estamos en el vientre.
-Sí. Sus impulsos principales son la avaricia y el amor. El amor es un impulso motor de un impulso sensitivo que es el erotismo. Su vicio característico es la lujuria.
-¿Y la gula?
-Es un vicio del vientre; le corresponde la virtud de la templanza.
-Veo que estás siguiendo el esquema de los siete pecados capitales. ¿Qué puedes decir de la ira?
-La ira surge de varias fuentes. De la soberbia, por supuesto, pero también de la envidia. La ira es la visceralidad de dos impulsos cordiales: uno sensitivo (la paciencia) y otro motor (la asertividad). La ira está emparentada con el rencor y con el miedo.
-La envidia ¿qué es?
-La visceralidad de la amistad. La amistad y  el amor son dos formas de empatía; el impulso sensitivo que les corresponde sería la admiración.
-¿Y la pereza?
-Es la visceralidad de la fuerza; o, más bien, de la fortaleza. Me faltaba decirte que la prudencia, emparentada con la curiosidad (y, por tanto, con la ambición) tiene tres formas de visceralidad: el donjuanismo, el faustinismo y la faustinidad.
-¿Qué es el donjuanismo?
-Vivir el presente sin pensar en la trascendencia.
-¿Y el faustinismo?
-Vivir la trascendencia a costa del presente.
-¿Y la faustinidad?
-Vivir el presente y la trascendencia a costa de violar los límites de la naturaleza. En los tres casos la vida es un atentado contra la salud.
-Ahora háblanos de la decisión.
-Podemos decidirnos de varias maneras.
-¿Cuáles son?
-La forma más rudimentaria son los impulsos viscerales. Lo encontramos en Miguel Hernández cuando dice: el hambre es la mejor escuela. Lo encontramos también en Jack London.
-¿De qué otra forma nos podemos decidir?
-A la manera de Epicuro y Aristipo: se atiene a los sentimientos más elementales (las sensaciones) y los controla mediante la lógica.
-¿Y después?
-Hay una forma más elaborada de tomar decisiones que es la voluntad en sentido aristotélico. Contiene, además de estas emociones o impulsos viscerales, los sentimientos y la lógica. El acto voluntario delibera antes de decidir.
-¿No es lo mismo el pensamiento de Aristóteles que el de Epicuro? Los dos emplean la lógica.
-Sí, pero hay una diferencia: Epicuro quiere vivir las sensaciones y le pide ayuda a la razón; pero Aristóteles quiere vivir la razón y no puede prescindir de los sentimientos: porque, como animal racional, el ser humano es racional, pero no por ello deja de ser animal; lo que quiere Aristóteles es controlar nuestra parte animal con nuestra parte pensante.
-¿Hay alguna otra forma de voluntad?
-La de Platón. Platón dice que por encima de la lógica está el espíritu, una especie de iluminación que es intuición intelectual. Pero prescinde de las sensaciones, porque le parecen degradantes a la hora de actuar.
-¿Y no hay quien junte las emociones, los sentimientos, la lógica y el espíritu?
-Sí: es el tipo más completo de voluntad. Lo encontramos en Nietzsche y María Zambrano. Nietzsche, aunque él no lo crea, no es en el fondo un filósofo irracional.
-Ya veo. Sería curioso ver cómo se comporta la gente cuando toma sus decisiones. Quién sabe si actúa con la cabeza, con el estómago o con el corazón.

 
  1. De las entrañas a las vísceras.

            Cristal corrigió las palabras de Juan.
            -Las tripas también están de acuerdo con la razón.
            -No lo creo.
            -Sí.
            -Pon un ejemplo.
            -Hay veces en que mis amigas se ponen histéricas e intratables. Se enfadan mucho, no escuchan, siempre quieren tener razón. Uno diría: “estas chicas son impertinentes, ¡que se vayan a la mierda!” Y sin embargo no se ponen así porque sean caprichosas; siempre hay una razón.
            -¿Cuál?
            -¡Que tienen la regla!
            La clase prorrumpió en carcajadas. No tanto porque fuera gracioso como porque no se lo esperaban. Juan se quedó perplejo.
            -Es cierto.
            Y le vinieron cosas a la mente y empezó a pensar en voz alta.
            -Una vez iba yo a la escuela. Era maestro en Escalona y los compañeros me recogían todos los días en la vía Roma. Pero antes me habían recogido en la avenida del padre Claret, y aquel día, no sé por qué, cambiaron de sitio. A las ocho yo estaba ya, como todos los días, en el padre Claret. Pero ellos me esperaban en vía Roma. Yo en seguida me di cuenta de mi error y salí corriendo, pero cuando quise llegar a donde estaban ellos ya se habían ido. Monté en cólera. En mi interior fue como una olla a presión a punto de estallar y yo no paraba de acusar a mis amigos. Pero cuando me tranquilicé supe, en mi fuero interno, que ellos tenían razón. Tenían que estar en la escuela a la hora justa y no podían llegar tarde por esperarme a mí.
            -¿Ves? ¿Ves? -remachó Cristal.
            Juan, sin embargo, reflexionó sobre su propia experiencia; en pocos minutos encontró la solución.
            -Tenía razones para comportarme así, pero eso no significaba que tuviera razón.
            Cristal enmudeció, dubitativa, como si la hubiera pillado a contrapelo.
            -Verás: había razones que explicaban mi enfado, y que mis reproches fueran injustos; pero mi enfado se atenuaba por momentos y en esos instantes, liberada mi cabeza de reacciones viscerales, pensaba con objetividad: dando a cada uno lo que le pertenecía; y en aquellos cortos instantes yo era justo.
            -La regla produce dolores de barriga, de cabeza, malestar y a veces hasta diarrea; y eso nos agria bastante el ánimo y nos volvemos intransigentes.
            -Intransigentes e intratables, diría yo- precisó Darío.
            -De acuerdo. En esos momentos diríase que las mujeres no son así, pero no lo pueden evitar.
            -No son como se comportan…
            -Y no quieren comportarse de esa manera, pero no pueden evitarlo. Hay razones que explican esa conducta, pero ellas no llevan razón.
            Hubo un silencio entre murmullos. Los alborotadores de siempre estaban más pendientes del reloj.
            -Pero cuando siente el corazón (y no las tripas) sus sentimientos van acompañados de razones. Yo siento cariño por este niño (uno cualquiera, ahora no vamos a dar nombres; es sólo un ejemplo; pero es que este niño se ha ganado mi simpatía con su comportamiento; luego, independientemente de mis sentimientos hacia él, tengo razón al experimentarlos, porque ese chico, con su bondad, se ha merecido mi aprecio; se lo ha ganado).
            -Pero… ¿y cuando sientes simpatía por un chico que no se la merece? ¿No te ha pasado nunca?
            Juan reflexionó antes de contestar.
            -Sí… Es cierto.
            -A veces sentimos un cariño enfermizo por las personas. Y es algo que no se sale de las vísceras, sino de las entrañas.
            -Creo que tienes razón.
            Juan parecía darse por vencido, pero pronto encontró la respuesta. Sin embargo no pudo decirla, porque sonó el timbre y los brutos salieron como energúmenos. Juan se enfadó; pero, como ya todos se habían marchado, no pudo regañarles: al día siguiente les echaría una filípica.
            Notó a su lado una presencia. Miró y vio que Cristal no se había marchado. Era el recreo. Iban a estar bastante más de los cinco minutos que había entre clase y clase y Cristal, interesada por el curso que había tomado aquella conversación, quería prolongarla.
            -Te voy a decir lo que creo –le dijo todavía bogando en la duda-. Creo (pero aún no estoy seguro) que el corazón a veces late a favor de la razón, y a veces en contra; eso es lo que distingue a los sentimientos sanos de los enfermizos. Pero nuestras reacciones viscerales siempre laten de forma irracional. Son pérdida del sentido común, pasión, desmesura. Llamaremos emociones a nuestras reacciones viscerales. Y sentimientos a nuestras reacciones íntimas. Pues bien, las emociones rompen el sentido común.
            -No siempre –protestó Cristal-. El pánico sirve para huir del peligro, y eso es racional.
            Juan ya no supo qué decir. Cogió sus papeles de la mesa, los ordenó y empezó a meterlos en la cartera. Mientras lo hacía, su mente no paraba de dar vueltas y de repente tuvo un flash; un flash revelador.
            -Eso que tenemos en las tripas es Míster Hyde.
            -¿Míster qué?
            -¿No lo conoces?
            -No.
            -Es una novela. El doctor Jekyll estaba convencido de que hay en cada uno de nosotros dos principios encontrados; algo así como el bien y el mal.
            Cristal levantó la mirada, intrigada por esta idea. Pero escéptica. Cristal, como Santo Tomás, necesitaba ver para creer.