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sábado, 15 de junio de 2019

ONTOLOGÍA DEL JUEGO



ONTOLOGÍA DEL JUEGO
  

 1. Definiciones fundamentales.

            Recordemos que existen dos clases de juego, dos estructuras de lucha, dos formas de luchar: la teletaxia y la televida.
            La lucha por la existencia es teletaxia.
            La lucha por nuestra forma de ser es televida.
            La historia es lucha por la existencia temporal.
            La lucha contra el tiempo es la patética. Hay dos formas de patética: la lucha por la existencia impuesta (tragedia) y la lucha por la existencia eterna (mística); el drama de vivir nuestro tiempo interior (nuestra historia) contra un tiempo que nos viene de fuera (el destino) hace que podamos caracterizar la tragedia como erótica y lucha del anacronismo.
            A través de la tragedia buscamos una existencia más acorde con nuestro ser; también lo hacemos a través de la mística; el goce trágico y el goce místico son, por consiguiente, en tanto que reconciliación de nuestro ser con el mundo, una búsqueda de lo esencial; por eso son trascendentes.

2. Definiciones complementarias.

            El descanso es reposo o juego. El reposo es una forma de descansar en la que se detiene la conciencia apartándose de la lucha (por ejemplo durante el sueño). El juego es el descanso consciente. También durante el reposo se puede prolongar la lucha, pero es ya en el inconsciente: sueños, pesadillas y (quizá también) ensoñaciones.
            El juego puede ser laboral o lúdico. Es juego laboral el que sirve a la lucha por la existencia (trabajo en sentido bíblico como maldición o cadena). El juego lúdico sirve al ocio consciente, en su doble aspecto de trabajo por la esencia y diversión (que son conceptos que se solapan): ambas caen bajo la etiqueta de afición (hay aficionados al fútbol y aficionados a la filosofía, al ajedrez, a la baraja, a la música o al teatro). El juego lúdico es entretenimiento. El juego laboral es obligación.
            El juego puede ser de tiempo o de pasatiempo. Es juego de tiempo cuando utiliza el tiempo para vivir en él, y es pasatiempo cuando se sale de él sin ir a ninguna parte (se habla entonces de matar el tiempo o pasar el rato: el pasatiempo llega incluso a llamarse “matarratos”). Como la vida es tiempo, matar el tiempo es morir un poco: si es en busca de la eternidad estaríamos en la mística; pero si es para quedarnos fuera del tiempo y de la eternidad estaremos muertos en vida: tal es el aburrimiento, spleen de los poetas, que lleva a la desesperación y la angustia.
            El juego lúdico es el mundo de la comedia o de la mística; el juego laboral es el de la tragedia o el drama.
            El juego laboral es tentación o compromiso. En la tentación, se captan voluntades mediante la destrucción de la voluntad ajena (convirtiendo el deseo en capricho). En el compromiso, dos rivales compiten en calidad para ganarse el sustento: tal es la competitividad.
            El juego lúdico es exhibición o carácter. Es carácter la superación de sí mismo por el mero placer. La exhibición es, también, superación de sí mismo, solo o frente a otros, pero sólo para recibir el aplauso del público; ganar es aquí ser reconocido como el mejor, y no importa tanto serlo como parecerlo; ganar un partido de tenis puede suponer superioridad real sobre el adversario, pero también marcar un tanto en el momento adecuado; ganar un partido de fútbol puede deberse a haber tenido la suerte de marcar un gol, aunque  el otro equipo sea mejor que nosotros.
            La tentación, la exhibición y el compromiso admiten trampas; el carácter, no.


3. El ocio en el juego: nuevas definiciones.
             
            El esfuerzo, tanto trascendente (concentración) como inmanente (trabajo), produce alegría. Volvamos sobre algunas cuestiones importantes.  
            La vida es ocio. Llamamos ocio al empeño de la esencia por instalarse en la existencia. Tres son las formas fundamentales del ocio: el trabajo por ser nosotros mismos (en él se cifra el carácter, cimentado en la afición, el gusto, el hobby); la diversión (que es distracción del esfuerzo para superar el cansancio); y el descanso.
            Pero todo esfuerzo supone un desgaste que debe ser reparado: y lo hace mediante el descanso. El descanso es un periodo de inactividad durante el cual se llenan las fuerzas perdidas
            Pues bien, hay una forma de descanso proyectado en formas, más que trascendentes, intrascendentes, en el ocio. El ocio generado tras el esfuerzo es diversión; el que genera la pereza es, por el contrario, distracción y pasatiempo. Normalmente el divertirse produce risa, que es una forma agradable de relajarse; el humor es, pues, también una forma de esparcimiento.
            En la conciencia trascendente hay tres formas nobles (arte, ética y ciencia) a las que corresponden otras tres formas devaluadas (respectivamente el juego, el humor y la técnica).
            Ciencia es ver el mundo desde fuera. Esto implica estar fuera del mundo.
La alegría es producto del esfuerzo, y cuesta; el placer es gratis, no requiere trabajar. Entre ambos se sitúa el arte que, por participar de los dos, es a la vez esfuerzo y descanso, alegría y placer, arte y juego, compromiso y evasión; esta doble naturaleza del arte hace que a veces se confunda la tensión artística con el placer ocioso: por ejemplo, a la hora de distinguir entre la danza y el baile.
También vivimos con distancia lo que les pasa a los demás (por el mero hecho de que a nosotros no nos pasa): por eso nos reímos de los males ajenos sin sentirlos en carne propia. Es el mundo de la comedia, del humor, pero también del juego y del arte.
Podemos distinguir entre necesidades de supervivencia y necesidades de realización: las primeras se caracterizan por la competitividad; las segundas, por la competencia. La primera requiere que los seres que interactúan sean compatibles: a esta compatibilidad la llamaremos valencia.
Atendiendo al tipo actitudinal de la valencia (de respeto o de desprecio) se pueden establecer cinco tipos de lucha (agresión, competición, negociación, crítica y plenitud):

a)      Lucha por la existencia (competitividad):
(1)   Agresión: interacción entre dos seres cuyas necesidades son incompatibles.
(2)   Competición: interacción entre dos seres cuyas necesidades convergen en el mismo objeto, y sólo uno lo puede poseer.
(3)   Negociación: lucha desencadenada entre dos contendientes por deseo de ambos y con necesidades compartidas.
b)      Lucha por la esencia (competencia):
(4)   Crítica: relación entre un sujeto guiado por la necesidad y un objeto que introduce una posibilidad: así, yo deseo saber y el mundo tiene capacidad de proporcionarme datos.
(5)   Plenitud: afán de superación, de mejora; eleva el nivel ontológico del individuo (un individuo bueno tiene más ser que uno malo o malvado).

En el capítulo dedicado a la historia aparecían ya caracterizados estos cinco tipos de lucha; los dos últimos tienen que ver con la esencia, cuyas puertas nos adentran en ese tipo de felicidad a que llamamos plenitud; y los tres primeros, de manera especial el segundo, tienen que ver con el juego, particularmente con sus dos dimensiones: aristónica (búsqueda de la perfección) y agónica (lucha por la existencia).


4. Anatomía del espectáculo: pereza y esfuerzo.

            Juego sensorial. Requiere esfuerzo del autor; un esfuerzo corporal en actividades como el montañismo o el esquí, o un esfuerzo mental cuando se trata de crear obras: pues la inspiración se prepara con el trabajo y también requiere trabajo una vez que la hemos despertado; si el público se esfuerza en interpretar la obra mientras la contempla, evita esa pasividad característica de la pereza del consumidor: una pereza corporal cuando nos dejamos llevar por las atracciones o por la comida basura; o mental, cuando consumimos productos, necesariamente superficiales, de inspiración fácil, como los tabloides, los culebrones, la telebasura, y esos productos literarios o musicales propios de la cultura kitsch; que no viene a ser, en el fondo, más que falta de cultura.

            Juego aristónico. Es el mundo de la competencia. Siempre es el autor quien pone el esfuerzo: corporal (velocidad, puntería, la faena del torero, los entrenamientos, las marcas superadas por los atletas, las plusmarcas); o puede ser también esfuerzo mental (en el caso del entrenamiento matemático o de la creación intelectual o artística). El público puede contemplar la superación personal de manera pasiva (como fans, identificándose incondicionalmente con sus autores que son sus ídolos, o siguiendo las banalidades del Guiness de los records); pero también puede ser espectador activo.

            Juego agónico. Es el mundo de la competición. Sus autores ponen esfuerzo (corporal en el deporte: judo, fútbol, creación de jugadas bellas, elegantes y eficaces; y mental, en las creaciones no físicas tales como las que se hacen en los concursos musicales o las justas poéticas). El público puede contemplar el esfuerzo desde la pereza del hincha, que se identifica incondicionalmente, y por lo general de manera acrítica, con su jugador o su equipo; o desde el esfuerzo del espectador activo que trata de entender, criticar, admirar y evidentemente desfrutar con lo que está viendo.

5. Conclusión.

            Juegos de sensación, juegos de ejercicio y juegos de representación. Juegos de trabajo y juegos de ocio. Goce lúdico, goce trágico, goce místico, competencia y competitividad, tentación y compromiso, esfuerzo y descanso, relajación y tensión, elementos todos que se encuentran englobados en el concepto de juego; pero están dispersos en distintos tipos de juego, muy diferentes unos de otros. Diversión, humor, valor, devaluación: placer. La felicidad puede reducirse al placer cuando consume sin producir; pero cuando trasciende los límites dramáticos del aburrimiento y la pereza, el placer se convierte en plenitud.
            Hay juegos para todos: juegos para vagos, juegos para el esfuerzo, juegos de abandono, juegos de superación. Los mejores juegos están en el límite del arte, se adentran en honduras trascendentes, y en esa zona de nadie es difícil saber cuándo una representación es juego y cuándo también es algo más. Habrá que adentrarse en los dominios del arte para conocer, aunque sólo sea de forma nebulosa, esa tierra de nadie, pero más acá de esa zona el juego estaba delimitado en toda su extensión. Hemos intentado estudiar todas sus caras, perfilar sus territorios, explorarlo en todos sus paisajes. Estas páginas han sido un primer intento de clasificación. Si ese intento ha dejado muchas lagunas, el tiempo lo dirá.
  



viernes, 23 de febrero de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN


PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN


 1. El profesor.

            El profesor debe ser un fiscal cuando plantea retos, un abogado cuando ayuda a resolverlos, un juez cuando los sanciona y un notario cuando apunta los resultados. A muchos profesores les gusta el papel de fiscal, juez y notario; a muy pocos el de abogado.


2. Los alumnos.

            Como los cristales de colores de las catedrales, la luz brilla en la escuela que ha sido creada para enseñar. Es la pintura que tienen fuera lo que brilla, no las luces negras de su interior. Los alumnos, que tenían que brillar con ellos, son luces apagadas en sus colores; por eso no los podemos ver.


3. La siembra.

            La cosecha del maestro es puro sentimiento kantiano: una parte le es dada; la otra la pone él. El alumno le da su trabajo y él pone el resto; si el maestro no abona bien la tierra, ¿cómo va a fructificar el alumno? ¿De quién es la culpa si el alumno no trabaja? Y si trabaja ¿de quién es el mérito?
            La culpa es del alumno que no trabaja. Pero si trabaja, el mérito es del maestro. Eso es lo que dice el maestro.
            Pera otros, más rigurosos y consecuentes, dicen que los éxitos son, como el fracaso, la responsabilidad exclusiva del alumno.
             Yo os digo que los méritos y los fracasos son un trabajo conjunto. El maestro pone el abono. El discípulo la semilla. El esfuerzo del discípulo nace de su naturaleza recogida en un óvulo, fecundada por el maestro; de la semilla del que aprende, brotando del abono del que enseña. El esfuerzo es la acción conjunta del maestro y el discípulo. Aunque hay discípulos que pueden esforzarse sin necesidad de maestro.
            Y maestros que sólo saben sembrar teoría, y no son capaces de sembrar esfuerzo.
  

4. La escuela.

I.

            La escuela ha parasitado a los alumnos. Nació para ayudarles a vivir y ha acabado viviendo a costa de ellos. El cuaderno de lectura debía animarles a leer, y ahora leen para presumir de cuaderno de lectura. Los programas nacieron para servir al alumno, y ahora los alumnos están para servir al programa; deberían premiarlos por educar, pero sólo educan para que los premien; ¿qué tipo de educación es ésa? Una escuela, tan sólo, que les chupa las ganas de aprender como los parásitos nos chupan la sangre. Y a fuerza de forzar la educación ya no queda de la educación más que el nombre. Un fantasma, no más, es ya la escuela: una realidad prostituida. Los maestros nos han robado la educación, ¡que nos la devuelvan!


II.  

            Al centro educativo lo habéis vaciado de contenido y sólo es un órgano vacío. Ahora no es más que el centro, pero ¿el centro de qué?
            La educación era el centro de la escuela y ahora la escuela es el centro de la educación. La escuela, nacida para educar, ha suplantado a la educación y eso es un golpe de estado. El educador es una paradoja porque vive a costa de su cometido; se alimenta de ella y es ella la que de él se tenía que alimentar.
            La escuela es una impostura, una impostora que está en un sitio que no es el suyo; un actor que se interpreta a sí mismo y no interpreta su papel, un parásito que vive a costa de los otros; un engaño que da gato por liebre, un teatro que ahoga la realidad para convertirla en ficción. La escuela, que no educa sino que vive de mostrarse sin hacer, es, en realidad, una mentira. Hace cosas que realzan su figura: no las cosas que realzan su misión.


 5. Los títulos.

            La educación está montada al servicio de un ídolo. Y el ídolo está sediento de sangre, de sangre joven para alimentarse. Profesores hay a su servicio. Al frente, viene en perfecta formación la dirección del instituto. La carne para el sacrificio son los propios alumnos; allí están, dispuestos para el holocausto. Detrás vienen las familias. Las madres y los padres desfilan como comparsas, metidos en su papel de padres, vestidos con él como en un disfraz. Todos juegan el papel que les tienen asignado: burdos personajes de un retablo, sombras de ficción suplantando la verdad. El tótem se levanta como una figura imponente, de redención a la par que amenazadora, extendiendo su sombra sobre los muñecos que lo adoran. Y nada se mueve si no lo quiere el tótem, convertido en ideal, hermosa máscara de un monstruo que se alimenta de nosotros; el colmo de las perversiones es hacernos creer que nos alimenta con su fuerza.
            El ídolo al que adoramos se llama selectividad. Se cierne como una amenaza sobre los estudiantes, condenados a vagar sin rumbo si no aceptan el sacrificio. Sus sacerdotes, los profesores, custodian las formas sagradas en el santo de los santos; los ritos, los exámenes, los sufrimientos, la sumisión al espíritu del tótem, la entrega de la vida por el ideal de la vida... Todo, en este templo maldito, conspira contra la vida para que nadie respire.
            Antaño había un pequeño tótem que estaba en el altar con él, acompañándolo como si fuera un dios menor: era la formación profesional. Hoy se ha ido desmoronando hasta desaparecer casi. Los sacerdotes del bachillerato han ido socavando su figura, se han comido a los dioses menores que le hacían sombra al gran ideal. El dios supremo, el sagrado bachillerato que es eso: un ser sagrado, cruel, intocable, un mito y un tabú. Y ha extendido su mano como un pantocrátor implacable, severo; un dios del antiguo testamento que castiga con fuego a los sodomitas, con ira y con rabia a los desobedientes, diluvios devastadores que se llevan a las gentes que se atrevieron a vivir. Y fueron todos, curiosidad castigada, un ansia de atravesar los límites para conocer el más allá; castigados fueron todos por ser la vida con soberbia; castigados por el hambre, para el parto con dolor; y fue el trabajo entonces no más que una cadena. Expulsados del paraíso, excomulgados, exiliados en el mundo por haberse atrevido a sentir, a querer; por haberse atrevido a pensar; por haberse atrevido a vivir.


6. El saber.

            Saber es poder, porque los conocimientos facilitan la acción. Pero reconocer que alguien sabe, a través de un título o un diploma, es darle derecho a trabajar, a cobrar un sueldo, a tener sustento; y así, cuanto más elaborado sea el saber mayor será el reconocimiento: mayor será el sueldo; dinero y estatus es lo que ganamos con estudiar.
            Estudiamos para ganar un sueldo: no para saber. El maestro quiere que sus discípulos se ganen la vida y su reto es aprobar. ¿Pero y si no pueden? ¿No tienen derecho a vivir bien los que no le tienen apego al estudio?
            Luego están los que estudian para aprender. Con ellos el maestro no tiene por qué sufrir si no aprueban; no les va en ello la vida.
            Enseñar para competir. Enseñar para ser competente. A veces hay gente competente y competitiva, pero los más compiten con un título que les reconoce competencias que no tienen. He aquí el dilema del educador.


7. La realidad prostituida.

            Desde hace muchos años  hemos buscado centro cosas que mejoran la educación, y ahora las hacéis todas para que mejore el centro: a costa de la educación.





viernes, 8 de diciembre de 2017

LOS VIENTOS DE MI PAÍS




LOS VIENTOS DE MI PAÍS


            A mi amiga Agustina, que al lanzarme un reto me ha obligado a repasar desde la raíz todas mis convicciones.


            Vengo de un lugar donde los mineros volvían cansados a casa; donde los obreros subían penosamente, cuesta arriba, a la fábrica; donde por las noches se respiraba un aire de huevos podridos y gas sulfúrico. Los mineros, enfundados en sus monos, llevaban el talego al hombro, el casco con su lámpara y la cara negra; los obreros pedaleaban la cuesta con pinzas en los pantalones, y las torres de hierro se elevaban entre el amoníaco lanzando a la noche el venenoso vaho de su lengua. Los mineros morían a veces en las explosiones de metano; y sembraban en sus pulmones polvo de carbón que los endurecía, poco a poco, como las piedras. Los mineros morían tantas veces de silicosis. Un día se petrificó el pueblo cuando la central térmica, arrojando llamaradas de carbón, quemó al obrero que miraba por la ventanilla de la caldera; y no fue mi padre: no estaba de turno. Mi padre conoció la soledad de los días tristes. En las noches de invierno, con el aullido del lobo, muchas veces se resguardaba en un mísero chozo empapado de lluvia; con la manta mojada, alejado de todos, cuidando las ovejas; y en el canto berrueco imaginaba fantasmas, sacudido por las ráfagas que rompían los árboles en las noches lúgubres. O trabajaba de sol a sol, pero de sol de tres días; metido en la tolva y alimentando el molino: tres días sin dormir; y como al cuarto se quedase dormido fue expulsado por el amo, como un haragán, sin que le temblase el pulso. O gemía en la noche guardando las vacas, con el chillido del búho, tiritando en sus cuatro años, más que de frío y de hambre, de melancolía: llamando a su madre y sabiendo que no le contestarían más que las lechuzas y los búhos.
            Soy de un país donde la mujer trabaja, como el hombre, de sol a sol, pero sin cobrar un sueldo. Donde las manos se helaban, frotando en la tabla, lavando la ropa en el río. Y planchaba y cosía y tantas veces segaba, y trillaba, con un sombrero de paja, con la piel cuarteada y seca, labrada por el viento solano, las tardes a mediodía. Y los cerros se llenaban de barro los días de lluvia, cuando la tierra se envolvía en polvo y la preñaban las nubes y el lodo se atascaba en las puertas; y la gente no podía andar, cuando se hundían los pies mientras cantaba Pepe Pinto; con las botas catiuscas, la riada arrastrándose cuesta abajo como una culebra, y en las ventanas abiertas, con la radio puesta, cantaba Rafael Farina. Los chicos iban al colegio y recitaban, como recita las letanías el cura, aplicados como niños buenos, las alineaciones del fútbol.


*

            Corría el año 1960. Los mineros volvían a casa con la cara negra de carbón y yo ahora comprendo que no debía haber duchas en la mina; ni duchas ni vestuario, porque volvían con el mono sucio. Mi madre encendía el brasero en las frías mañanas de invierno. Comíamos garbanzos y judías y en navidad comíamos pollo; el pavo, la ternera, el cordero, todo eso era comida de ricos; como lo era el jamón serrano y por eso comíamos jamón cocido. Mi madre hacía trajes a domicilio porque era modista; sin embargo no trabajó nunca porque era mujer, la mujer sólo podía ser mujer de su casa, ya se sabe, ama de una casa que la esclavizaba; sólo el marido podía llevar el sueldo a casa. El padre de Rafa se había ido a trabajar a Alemania; Rafa se quedó solo con su madre, como Pepe, Manuel y tantos otros, que tenían padres y tíos que se habían marchado del pueblo. Será que no tenían trabajo. No lo sé.
            Los obreros iban en bicicleta al poblado: allí, en el otro extremo del pueblo, lejos, cuesta arriba, se llegaba a la fábrica. Luego pusieron los autobuses y en ellos controlaba las huelgas la policía secreta. Había una residencia de empleados y otra de ingenieros; una piscina de ingenieros y otra de obreros; por lo menos había piscina: la Calvo Sotelo era una fábrica grande; y la Montoro, y la Montesa, y la Calatrava. Luego estaban las minas (Peñarroya, Asdrúbal), donde la tierra se tragaba a los mineros; y los obsequiaba con silicosis, con metano, de vez en cuando alguna explosión, bajo el suelo. El ruido de las máquinas era ensordecedor, mi padre casi se queda sordo. Había una plaza de toros y un gran teatro. Y una casa de baños de la que se contaban cosas terribles en el pueblo.
            Había un seguro donde estaban las consultas, pero cuando tenías que operarte ibas a Ciudad Real. Un instituto de enseñanza media, ¿para qué más? A pesar de que el pueblo llegó a tener cien mil habitantes. Los hijos de los médicos, los ingenieros, los policías, los abogados, los que tenían comercios, iban al instituto; para los demás era la escuela de maestría; pero poco a poco el instituto fue recibiendo a los hijos de los obreros. No había televisión y los mocosos teníamos que ir a verla a casa del vecino. Tampoco había coches. El tren era de carbón y cuando íbamos a la estación, mi padre cargaba las maletas; y el trayecto era siempre bien largo. Algún taxi habría, seguramente, pero no había costumbre de usarlo; ni dinero. El hotel León era sólo para los ricos. Hoy  comprendo que el sueldo no daba para más, pero es que aunque hubiera dado tampoco había costumbre de gastarlo. Y en el verano uno viajaba hasta el pueblo no más; en tren y en viajera, y si estaba cerca, andando: el avión sólo estaba para el Hola y el ABC.
            Tiempo atrás, durante la guerra, mis padres habían conocido las calamidades. El hambre. La tristeza. Alcobas sin puertas separadas por cortinas. Dormir tres en una cama, y hasta cuatro, dos en la cabecera y dos a los pies. Comer cocido sin carne, a veces una molleja, unos bofes: casquería. Gachas. Contar el turrón y pasarse la noche con un único trozo (“¿a ti cuánto te queda?”). El racionamiento. Guardar las ovejas en días de nieve, dormir en la choza empapado, tumbado en la manta que el pastor se liaba al cuerpo, y temblar bajo el aullido de los lobos. Después de la guerra fue peor. Trabajar de un sitio a otro por un sueldo de miseria, sin vacaciones, sin seguridad social, sin un domingo de descanso. Crecer flacos como don Quijote, soportar abusos, días interminables de trabajo, diez horas, doce, ¡qué más da! Podían ser dieciséis. Peor era para los represaliados: el padre preso, huido, fusilado, los hijos desprotegidos, señalados con el dedo, las viudas trabajando como esclavas sólo para vivir. Los hijos en el tren, en el molino, en la construcción, en la vaquería, bajo el viento y la nieve y la lluvia y el frío. Así crecieron nuestros padres y nuestros abuelos. Nosotros, por lo menos, teníamos la fábrica. La fábrica tenía sus ventajas. Cuando la había. Como en Puertollano.


            El día que acabó la guerra ondeaba en el ayuntamiento la bandera bicolor. Mi padre la miró con melancolía. Sus ojos nublados mandaban destellos al corazón, a la cabeza: “si para que vuelva la bandera tricolor tiene que haber otra guerra, yo prefiero la bicolor”; eso pensaba mi padre: republicano. Su padre fue fusilado y él nunca pidió venganza. Padeció persecución por la justica por haber militado en un partido que luchaba por la reconciliación nacional. Eran tiempos de hambre, de frío. Una mentalidad derrotista y terrible la de aquellos tiempos. Días de resignación, de fatalismo: era la mentalidad de la derrota (porque todos perdimos la guerra). Pero había detrás de ellos una fatalidad centenaria, milenaria quizá: de la que se nutrían los fandangos, las soleás, las coplas; la que flotaba en el amén de la iglesia; la costumbre de agachar siempre la cabeza, como los campesinos de Courbet. Y detrás de ella había otra mentalidad natural, agarrada a las tripas, visceral y biológica: la de echarle la culpa al otro; la necesidad de identificar a los demás para mejor separarlos del clan, para tenerlos enfrente, para poder apuntar mejor cuando tiraban las piedras.
            Cuando acabó la guerra nadie tenía dinero para trabajar. Ni siquiera los que la ganaron. Sólo, entre los vencedores, tenían dinero los que mandaban. Y ellos abusaban de los otros, vencedores y vencidos. La mayoría tenía sólo sus brazos, el sudor de sus frentes. No había máquinas para arar, apenas el arado romano. La ciencia y la técnica desaparecieron del horizonte. Para médico bastaba un cursillo, y ser adicto al régimen. Si padecías apendicitis te morías de peritonitis. Cualquiera podía ser maestro. Para gimnasia, el instructor de falange. Todavía en los años 60 tenían que venir los ingenieros de Inglaterra, del Japón, de Alemania. La mentalidad del empresario era la de lucrarse, no la de invertir. España, en pleno siglo XX, no había llegado ni siquiera al capitalismo: Buñuel lo supo ver; en Viridiana. Por eso nos tuvimos que ir a trabajar a Alemania. Porque en España no había empresas.
            Poco importaba la competencia. Así lo vimos en la Muerte de un ciclista: lo mostró José Antonio Bardem. Pero es que ni siquiera había competición. Sólo había agresión, avasallamiento, violencia; una violencia larvada en los que mandaban, en aquel triste bigotillo, autoritario y mediocre, en el traje gris de los policías, en los municipales. La guardia civil parecía temible. La radio, mientras tanto, nos tenía en un mundo feliz tan ideal como bello, tan amable como falso; Antonio Molina encantado de bajar a la mina: Rafael Farina preocupándose por los toreros; luego vendría Manolo Escobar y en España sólo cabían el vino, el sol y las mujeres; y nuevamente excomulgar al discrepante, pues todo era viva España “y el que no la quiera no tiene perdón”. La única ideología posible era el nacional-catolicismo. Existía el marxismo, perseguido, acosado hasta la muerte; todavía murió algún anarquista en el garrote vil; la socialdemocracia existía, en las catacumbas; la democracia cristiana, el liberalismo, eran espuma que rebalsaba por los bordes del régimen. La única plenitud que había estaba en la Iglesia; pero la Iglesia cambiaba, con Juan XXIII, con Paulo VI, con el concilio; y el cardenal Tarancón y el obispo Añoveros; otra Iglesia intentó despegar con la ciencia, con la técnica, con el negocio, con el dinero; era del Opus Dei, y gobernaba con Franco. Las mujeres necesitaban ir con velo a misa. Era un  mundo más triste, más gris, más pegado a las jerarquías, insensible al respeto, un mundo aburrido, de plomo.
            Eran los años 60. Años de especulación. De inversiones fáciles. De abusos. El turismo nos llenaba de divisas y España, puritana y católica, tuvo que aceptar a las suecas, la música yé-yé y las minifaldas. En el cine guardaba las esencias el español analfabeto, reprimido y baboso, arrastrándose detrás de las rubias después de que Manolo le hubiera cantado a la morena de su copla; José Luis López Vázquez, Alfredo Landa: especímenes inferiores persiguiendo a la raza superior, la de las rubias; los escotes y bikinis merodeaban en las playas: eran los tiempos de la españolada. Pero con el turismo vinieron también los libros, una tímida apertura se dibujó con los escritores de la tierra, ni dentro ni fuera, y con el pie cambiado; y entre ellos se colaron Voltaire, Lorca, Marx, Freud, Marcuse, Machado. Y mientras se desesperaba la censura los grises ocupaban las universidades. Un despegue industrial afloró en Cataluña: mis amigos se iban a trabajar a Barcelona, se estaban emancipando al tiempo que se convertían en charnegos.


            Los tiempos estaban cambiando. La mentalidad de superficie también cambió. Ya no nos abrazaba la fatalidad: con el trabajo ganábamos dinero, el dinero nos hizo poderosos, y el poder nos hizo libres. Las mujeres se emanciparon, porque también empezaban a trabajar. Ser joven era ponerse el mundo por montera. Serrat lo supo ver bien, sintiéndose mediterráneo y buscando amores “de antes de la guerra”. Y combatiendo la hipocresía. Raimon nos lanzaba a todos al viento, y Lluis Llach nos animaba a tirar de la estaca. La poesía también había salido a la calle: con Gabriel Celaya, con Blas de Otero. Alberti nos llevaba a buscar a los poetas andaluces, de la mano de Agua Viva. Y Luis Eduardo Aute. Y Jarcha. El país salió de su letargo, se sacudió de encima el nuevo fatalismo, pero no el viejo. Crítica, negociación, felicidad, fueron palabras que se pusieron de moda. Y se puso de moda comprar un piso. Y viajar. Muerto el dictador, el país parecía otro; ya antes se habían conquistado tantas zonas de libertad que, a pesar del régimen, juntándolas todas, los españoles se creían libres. La reforma no hizo más que oficializar la realidad; reconocer lo que había en la calle.
            Llegó la década de los 70. Y de los 80. El golpe de Tejero no pudo parar un avance social que era imparable. Yo era maestro por aquel entonces. Pasé muchas horas esperando el tren, el autobús, buscando un taxi cuando nevaba a todo meter, enseñando los números y las letras, de pueblo en pueblo. Y oí a mucha gente en las estaciones, en el mercado, en los bares. Todos hablaban de lo mismo. De hipotecas. De aviones. De Londres, París y Nueva York. Ya todos presumían de haber estado allí, y quien no había pisado un avión es que era tonto. Eso sí, desde una incultura apabullante. Te hablaban de Trafalgar Square, del Big Ben, de Harrod’s; pero no sabían del partenón, o poco; ni de los burgueses de Calais, con Rodin a la cabeza; todo era presumir y no conocer: estar sin ver, o ver sin mirar, que es lo mismo; porque yo he estado en Londres, pero Londres no ha estado en mí, que es como si no hubiera ido. Y que a cómo están las hipotecas. Y que si a capital fijo o capital variable, vete tú a saber, el ignorante jugaba en bolsa, se creían altas las clases medias, y el paleto se ponía corbata sin saber que bajo el traje despuntaba la boina todavía: y era Miguel Delibes. Viejas historias de Castilla la Vieja. A mí se me salían las hipotecas y los coches por la orejas. Era el capitalismo popular de Margaret Thatcher. La filosofía de Felipe González: gato negro o gato blanco, lo que importa es que cace ratones. Se anunciaba el fin de las ideologías. Desde una ideología inconsciente, la del pensamiento único.
            Había, sí, bolsas de pobreza. En los extrarradios había chabolas. Pero como había poco paro, nos creíamos la ficción del pleno empleo. Cualquiera podía invertir. Pero las empresas no querían obreros, ahora buscaban autónomos; así, se ahorrarían gastos, derechos laborales y seguridad social. Se extendió la ciencia como una mancha de aceite: la técnica; todos querían estudiar en la universidad, todos querían una carrera; en la cuneta quedaban los desclasados; y los vagos. Mucha movilidad, era el sueño americano: el más pobre podía ser jefe del más rico; si descollaba. Rockefeller, Onassis eran ahora los modelos. Una mentalidad universal: si tú quieres, tú puedes; en las antípodas del fatalismo coyuntural de posguerra, cuando querer era la prueba cruel de la impotencia.


            Ya no había que ser competentes, sino competitivos. Tragar conocimientos e indigestarse de ingeniería, pero sin criticar nada, que aquello no era cultura, sino culto: culto al trabajo, culto al poder, culto al dinero, culto al saber: el que te da poder, no el que te da plenitud; lejos de esa felicidad que se consigue, según San Juan de la Cruz, “toda ciencia trascendiendo”. San Juan se saltaba la crítica, pero es que los yuppies no llegaban a ella. Yuppy: young urban people. Se perdió de vista la cultura con el culto al dinero. “Adiós, papá, consíguenos un poco de dinero más”. Los Ronaldos. Se perdió la sencillez, la autenticidad, y fuimos gente disfrazada, aparente, falsa, plástica. “Dicen que tienes veneno en la piel”. Radio Futura. Se puede hundir el mundo mientras no me quiten el botellón. El dinero fácil hizo posibles todos los sueños, y entonces dejamos de soñar. Yo vengo de un mundo donde soñábamos casi todos, porque los sueños eran imposibles. Como don Quijote. Rocío Dúrcal. La prosperidad escaló peldaños con Felipe Gonzalez: y la clase media, que él contribuyó a crear, se volvió contra su creador porque el obrero que se creyó rico ya no necesitaba un partido de izquierda (se volvió de derechas). José María Aznar demostró que España había dejado de ser de izquierda: y revivió el franquismo sociológico. Los valores de libertad, solidaridad y felicidad se difuminaron frente a la libertad de empresa, la competitividad y el dinero. El mundo se volvió egoísta. Y lo hicimos entre todos. Votando a José María Aznar. Libremente empezamos a decir que la empresa  pública era ineficaz, que gastaba mucho; y había que volverla privada, liberalizar la economía: era el turno de los liberales. Los mismos que volvieron deficitarias las empresas salvándolas luego con el dinero público. Y entonces descubrimos que gastar no era derrochar. Las empresas públicas gastaban más porque no estaban para ganar, sino para servir; para servir a los más necesitados, que eran muchos; y no por gastar más iban a ser más ineficaces. Desaparecieron las cajas de ahorros, y, ya convertidas en bancos, desapareció la obra social que llevaban a cabo: cuando editaban libros, daban becas, regalaban agendas y financiaban proyectos de desarrollo local y regional (por ejemplo, sosteniendo económicamente museos, teatros y cosas parecidas).
            Resumiendo: se privatizó la fuerza de trajo (los autónomos); se banalizó la ciencia (investigando sólo en lo que la economía necesitaba); se empezaron a privatizar las máquinas (para conseguir trabajo se necesitaba coche, ordenador y móvil); se diluyó la frontera entre los obreros y los cuadros (pues cualquier obrero podía ser universitario). Paralelamente, se vaciaron los estudios, como un cochino en la matanza al que estuvieran destripando (y así, tú podías tener los máximos títulos con los mínimos conocimientos: o sea, que se devaluaron los diplomas; sólo funcionaba la ciencia en su nivel práctico y la LOGSE, que pretendía adaptar al alumno a la vida laboral sólo después de haber buscado el pleno desarrollo de su personalidad, quedó devaluada en la LOMCE: competitividad a costa de felicidad; y de cultura). Se extendió una mentalidad superficial que empezó a impregnar todos los estratos sociales: el placer por el placer; el culto al cuerpo, despreciando lo espiritual; odio al pensamiento (porque el nuevo rico necesitaba sentirse bruto, ser bruto es ser macho, y todos los empollones son unos mariquitas); egoísmo; ya no está de moda ser generoso, amar, compartir: el corazón también está devaluado; el único valor en alza era el alcohol, el sexo, el músculo.
            Hemos desembocado en la civilización del tedio. Cuanto más placer buscamos, más nos aburrimos. La prosperidad económica ha desembocado en pobreza afectiva, en miseria intelectual. El horizonte de nuestros jóvenes está vacío. Todo es fácil, nada cuesta, nada quieren, nada saben, nada esperan, el futuro se ha vaciado porque ya en el presente lo tienen todo; es una generación vana, sin interés, sin futuro. Y es que se agota en el presente, ya ni disfruta con el pasado ni espera nada del mañana: es un parásito que está ahí, vegetando, sin aliento, sin ilusión, sin esperanza, sin energía.


            ¿Cómo empezó todo? Yo llegué a Segovia hace treinta años. Todavía había máquinas de escribir en las oficinas, en los bancos. Pero en un suspiro las cambiaron por ordenadores. Estábamos asistiendo a una revolución tecnológica. Y la técnica lo puso todo patas arriba. Cambió la mentalidad. Cualquiera podía, con un ordenador en casa, manejar el mundo. Nos creíamos núcleos de nuestra propia célula mandando sin obedecer; hebras de ADN que controlaban nuestro protoplasma; y, convertidos en puestos de mando, nos olvidamos del protoplasma; mentes sin cuerpo. Paralelamente nos íbamos al gimnasio preocupados sólo de nuestros músculos: nos convertíamos en maniquíes descerebrados. Y, pura contradicción, se solapó la realidad con la apariencia: nos creíamos mentes sin cuerpo y éramos cuerpos sin cabeza; una enorme esquizofrenia se apoderó de nuestra sociedad; y, creyéndonos poderosos más que libres, éramos, exactamente, lo contrario. Estábamos alienados. Hasta la médula. Y por eso votamos a Aznar.
            El mismo que defendía al individuo: frente al Estado. Pero el individuo al que defendía era el rico y como ricos nos creíamos todos, por eso le votábamos más y más. Con Aznar triunfaron los mediocres. O sea, casi toda España. Quienes querían que cada cual se sacara las castañas del fuego: no que el Estado defendiera a los más débiles. La bajada de impuestos: la insolidaridad. Con Aznar había que pagar las autopistas. Las autovías de Felipe nos salieron gratis, porque las habíamos pagado nosotros: o sea el Estado. Con Aznar triunfó ese liberalismo que confundió la iniciativa con el individuo, la libertad con la soledad, el Estado con el abandono: más economía y menos Estado. No fue culpa suya sino nuestra: le votamos nosotros. Con Aznar subió al poder la insolidaridad disfrazada de iniciativa. Había que arriesgarse sin preocuparse por la igualdad de oportunidades. Cuando Felipe necesitó estabilidad compró a Pujol, a Cataluña. Y cuando la necesitó Aznar la pagó mucho más cara. Entre todos alimentaron la codicia de la burguesía catalana. El ansia de independencia para mandar y enriquecerse sin que la controlara la otra burguesía; la de España. El mundo de Aznar fue el de los que no se equivocan nunca. Ni con el Prestige, ni con el yak-42, ni con las nacionalizaciones, ni con la guerra de Irak. Nunca reconocieron sus errores. Como tampoco los reconocía Felipe González. Aquí no dimitía ni dios, y si alguien se iba era porque los echaba la justicia: como a Roldán, a Barrionuevo, a Corcuera. Aquí se apalancaban todos y ahí se quedaban. Le pasaría después a Rajoy, con la Gürtel, con la Púnica, con los trajes de Camps; y con Rita Barberá, la incombustible.
            Pero no lo hubieran hecho si no les hubiéramos dejado. Cuando a los mafiosos los condenaba la justicia el pueblo los premiaba con mayorías absolutas; y no había quien los echara a la calle, porque la voluntad popular así lo quería. ¿Y por qué lo quería? Porque votaban con la mentalidad del capitalismo popular. Porque los políticos eran el reflejo de lo que quería hacer el pueblo; si es que el pueblo existe. La mentalidad del triunfador; de levantarse sobre el mundo, de descollar sobre todos. Los famosos del Hola son el escaparate de lo que sus lectores no serían nunca. Pero los políticos eran el escaparate de lo que todos creían poder llegar a ser. Una generación insolidaria, unas generaciones egoístas, soberbias, avasalladoras, enajenadas. Cuando Zapatero llegó al poder prohibió fumar en los espacios públicos, y Aznar vociferaba: ¿quién es el Estado para decirme a mí lo que debo fumar o beber? ¡Zas! De un plumazo se despedazó a la educación. Porque en una sociedad liberal, según eso, no hace falta que nadie nos enseñe; y si mis hijos deciden drogarse un día, el Estado no será quién para inmiscuirse en su libertad. Porque una sociedad liberal no necesita educación. Y el hombre de derechas, el que era rico y el que pretendía serlo, se convirtió en un anarquista con recursos; el Estado liberal, reducido a su mínima expresión, se acababa pareciendo al ideario ácrata de una sociedad sin Estado; Bertín Osborne no tuvo empacho en decir en televisión que era anarquista. Sí, como yo cura. Igualito.


            Todos sabemos que los políticos de entonces cometieron muchos errores. Pero al hacerlo, cumplían con nuestro mandato. Los elegíamos nosotros. Engañándonos en las campañas, sí; pero también queríamos que nos engañasen; nos dejábamos engañar. Luego vino el reflujo. Con Zapatero volvió a la escena la vieja España de izquierda que combatió contra Franco. Y la derecha de Rajoy, delfín de Aznar, respondió con una de las peores campañas de linchamiento que uno pueda recordar. La descalificación. El insulto. El sofisma. La prepotencia. La manipulación. La mentira. Las manifestaciones multitudinarias (un millón de personas) donde la Iglesia protestaba, de la mano de Rajoy, contra el matrimonio homosexual. (Sin recordar que Jesús, cuando querían lapidar a la adúltera, les exhortó a que, quien se sintiese autorizado, tirara la primera piedra). Se protestaba contra el maestro que no podía educar (el niño es propiedad de su familia; ella es la única que puede, si quiere, manipularlo); ya lo había dicho Aznar, ¿quién es el Estado para prohibirme fumar si yo quiero? Se protestaba contra el estatuto catalán, que Zapatero propuso que se reformase para contener las iras del nacionalismo. Los héroes se volvieron villanos: y se expulsó al juez Garzón por investigar demasiado la corrupción y defender la memoria histórica a capa y espada. Había que dejar tranquilos a los muertos, si eran de la guerra, pero teníamos que removerlos mucho si eran de la ETA. De repente hubo gente que, sin ningún complejo, se declaraba intolerante. Y Zapatero, que estaba en el centro de todo, fue sometido a escarnio y  reducido a payaso, un ignorante que no sabía mandar. Un linchamiento sin escrúpulos. Del mismo político que, ya convertido en presidente, nos pedía moderación. Con Cataluña. Cuando ardió la mecha que él mismo había prendido.
            Sólo había un problema: que se mofaba de la voluntad popular; ésa que él mismo invocaba cuando le iban bien las cosas. El pueblo no se equivoca (decía). Pero si Zapatero era tonto y lo había elegido el pueblo, era evidente que el pueblo se había equivocado. Nos estaba llamando tontos a la mitad de los españoles. Pero el pueblo es una palabra que no corresponde a ninguna realidad. Si los votantes son de los nuestros, ellos son el pueblo; pero si les votan a los otros son la chusma. Y si bien es verdad que existen las chusmas (esas masas enloquecidas capaces de linchar a cualquiera), al pueblo yo no lo he visto en ninguna parte: eso del pueblo es una palabra vacía, una abstracción, un fantasma inexistente; el pueblo es la gente cuando la coronamos con una aureola de santidad; pero cuando la convertimos en un demonio la llamamos chusma. No existe el pueblo español. Existe un pueblo de izquierda, un pueblo de derechas, un pueblo de centro. Más que hablar del pueblo, habría que hablar de la gente. Cuando se manifiesta un millón de personas por la autonomía, son fascistas españoles; cuando se manifiesta por la independencia, es el pueblo catalán; ni una ni otro son realidades que existen; en ambos casos son generalizaciones abusivas, abstracciones sin contenido, fantasmas inconsistentes. No existe el pueblo: existe la gente. En todos los países hay gente que piensa con el corazón y gente que piensa con las tripas; Berlusconi, Le Pen, el bréxit son los productos de un pensar visceral; la España de Zapatero, la América de Obama, la Alemania de Willy Brandt son los productos de un pensar cordial; unos están disueltos en la mentalidad egoísta, la del insulto, la de la ira, la del linchamiento (como sucede ahora con el independentismo catalán); y a otra la guía la generosidad, la comprensión, la empatía, el respeto (como esos voluntarios que se van desinteresadamente a ayudar al necesitado). En España hay dos espíritus: el espíritu del 36, que por la derecha quisiera fulminar a todos los rojos y por la izquierda exterminar, con espíritu justiciero, a los sinvergüenzas; y el del 78, que pretende asentar la convivencia en el diálogo, la conmiseración y el respeto: y no ser esclavo de las tripas cuando se le revuelven a uno con tanto sinvergüenza como anda suelto por ahí. El mundo se puede cambiar, pero poco a poco. Cuando se cambia de golpe se vuelve despiadado. Abimael Guzmán quiso ayudar al pobre y construyó una guerrilla terrible que acabó matando a pobres y ricos. Pol Pot quiso destruir el viejo mundo para construir uno nuevo: y los muertos que dejó en el camino se contaron por decenas de miles, por millones; pero se dejó en la cuneta la dignidad, el respeto, los derechos humanos. Si no queremos quemar Roma para hacerla mejor, tendremos que soportar a los sinvergüenzas que tenemos alrededor, mientras la cambiamos, aunque nos comamos sapos y culebras. Que el mundo cambia lentamente y mientras cambia, tendremos que vigilar poco a poco que la insolidaridad vaya desapareciendo; que el fin no justifica los medios, como se empeñaba en hacer creer la ETA. Y otra cosa importante habrá que vigilar: que no nos hagamos como ellos cuando vayamos construyendo un mundo cada vez más humano; como les pasó a aquellos españoles pobres con Felipe González, que cuando se sintieron ricos (poco importa que no lo fueran) se olvidaron de ser solidarios y se encastillaron ciegamente en el egoísmo.


            Sé que es difícil. Lo sé. Soportar la tentación de acabar de un manotazo con todo. Pero cuando España inició la transición había una canción que nos decía cómo tenía que ser la libertad: sin ira. Si, presa de la ira, media España se hubiera levantado contra la otra media, la violencia habría sido indescriptible. Cuando ganó Mandela no promovió la revancha de los negros contra los blancos: buscó la reconciliación, a pesar de que las injusticias todavía estaban vivas; Mandela militó en el mismo partido en que militaba Gandhi. A quien quiera empaparse un poco de ello les aconsejo que vean una película: Invictus. Y siempre me acuerdo de mi padre, cuando acabó la guerra, después de que le hubieran matado al suyo: nunca quiso venganza ni quiso tampoco luchar por una bandera, pues prefería la monarquía si con eso se podía evitar otra guerra. Con mucha claridad lo expresaba también Santiago Carrillo: la opción no es elegir  entre monarquía y república, sino entre dictadura y democracia. Todo esto se resume en las palabras de un estupendo filósofo peruano (por cierto, de derechas), lleno de humanidad y buen sentido. Las transcribo a continuación modificándolas levemente:
   Hay gente que lucha contra la gente
para defender una teoría.
   Y gente que lucha por la gente
a pesar de todas las teorías.
            Ni el marxismo, ni el liberalismo, ni el anarquismo, ni el nacionalismo, ni el cristianismo ni el islam, merecen que muera gente por defenderlas. Lo demás es comprensión y pacifismo. Y humanidad. Y respeto. Y paciencia para tolerar el salvajismo sin dejar de luchar contra él. Con las armas de la libertad. De la generosidad. Del humanismo. No hay sangre humana para sacrificarla por una teoría. La única teoría posible es la humanidad.





viernes, 17 de noviembre de 2017

MARX (1): EN EL PRINCIPIO ERA LA MATERIA





MARX (1):
EN EL PRINCIPIO ERA LA MATERIA


1. La infraestructura.

            -La sociedad se levanta sobre la economía; eso es lo que pensaba Marx. Ninguna sociedad sobreviviría sin el trabajo, la técnica, la materia o la energía. La economía es la base de todo; la materia, no el pensamiento.
            -Perdona –interrumpió Luis-. No estoy de acuerdo. Yo soy lo que quiero ser, y pienso lo que quiero; si yo no hubiera decidido ir a selectividad no estaría aquí, estudiando bachillerato. Mi vida no depende de la materia, de los árboles, de mi cuerpo; mi vida depende de mi voluntad; de mi pensamiento, de lo que siento, de mi espíritu.
            -Voy a hacer de abogado del diablo, Luis –dijo Juan-: lo que dices no es verdad. Si tus padres no te dieran de comer no estarías estudiando. Si tuvieras sed, si no soportaras las ganas de orinar, si tuvieras sueño, si estuvieras enfermo, no podrías pensar ahora; no estarías hablando conmigo. Tu pensamiento depende de tu cuerpo.
            -No: hay gente que vence al cuerpo con la mente. Piensa en los ascetas. Los fakires. Pueden tumbarse sobre una tabla de clavos y con la mente controlan el dolor.
            -Para serfakir hay que prepararse primero; y uno no se prepara si tiene hambre. Valga la paradoja, para llegar a soportar las privaciones no puede uno estar privado. Para echar a correr hace falta carrerilla. Mira, te voy a poner un ejemplo que es todo una paradoja; quien necesita dinero y no lo tiene se lo pide prestado al banco, ¿verdad?
            -Sí, claro.
            -Pues el banco no se lo presta a quien no lo tiene. Lo primero que hace es pedir garantías de que el dinero le será devuelto, y si estás arruinado no puedes dárselas. Sin embargo una empresa millonaria recibe todos los préstamos para invertir. Vaya paradoja, nadie te da si no tienes, y si tienes te darán lo que pidas. En otras palabras, aquí no se ayuda al que más lo necesita, sino al que necesita menos; si me apuras un poco, la gente da a quien no le hace falta.
            La clase quedó en silencio, sumida en la perplejidad.
            -Os decía, entonces, que para Marx lo que mueve el mundo es el trabajo, la técnica, la materia y la energía; después viene el pensamiento. Tú, Álvaro, estás aquí porque quieres sacar la selectividad. Para eso pones tu trabajo, por supuesto. Pero sin libros, sin lápices, sin fotocopias, sin profesores, no podrías estudiar.
            Álvaro no tuvo más remedio que asentir.
            -Y los libros no los regalan. Hay que pagarlos. Hace falta el dinero y el dinero os viene de los padres, ¿no es así?


Las fuerzas productivas.

            Por la clase rodó un silencio de curiosidad, una atmósfera de expectativa.
-No necesito deciros de dónde sacan vuestros padres el dinero. Si no trabajaran no tendríais libros, y sin libros no habría selectividad.
-Pero la enseñanza es gratuita –objetó Diana.
-En efecto, lo es. Lo es por decisión política. ¿Pero de dónde saca el Estado el dinero para pagar a los maestros? ¿Con qué construye las escuelas, mantiene la calefacción en invierno, con qué compra bibliotecas y ordenadores? Con el dinero que recauda a través de los impuestos. Y los impuestos los pagan gentes como tus padres; trabajadores que cobran un sueldo a cambio de hacer funcionar las máquinas, que marchan con petróleo, para transformar las materias primas. Todo, hasta la educación, depende del trabajo, la técnica, la materia y la energía. Sin trabajador, sin máquinas, sin materias primas y sin petróleo, no funcionaría nada.


            -¿Y qué son las materias primas? –inquirió Álvaro después de un breve silencio.
            -Los materiales que hay que transformar. Una fábrica de automóviles necesita acero para el motor y plástico para la carrocería; para fabricar papel hay que cortar árboles; para hacer ropa necesitamos fibra vegetal, por ejemplo el lino… El acero, el plástico, los árboles y el lino son materias primas. Son los materiales a los que damos en la fábrica la forma que queremos.
            Juan Luis dijo, por fin, lo que estaba esperando:
            -El trabajo, la técnica, la materia y la energía son las fuerzas productivas. Ése es el vocabulario de Marx. Y, veréis, cuando las personas se ponen a producir contraen necesariamente unas relaciones de producción entre ellas; apuntaos esta nueva expresión que habéis oído, forma parte de la filosofía marxista.
            Juan Luis levantó los ojos, que se perdieron sin mirar a ningún sitio en particular: estaba buscando un ejemplo; algo con lo que lograr explicar este nuevo concepto. Lo encontró en seguida y sus ojos volvieron a la realidad. Los alumnos lo notaron porque antes de hablar se oyó un suspiro. Una aspiración silenciosa y discreta. Y en su cara se dibujó una luz que procedía de la mente: era un “fakir”.
            -¿Quién manda en vuestra casa?
            “Mi padre”, dijeron unos. “Mi madre”, dijeron otros. Otros dijeron que mandaban ambos. Y hubo algún cretino que todavía contestó con cinismo: “mando yo”.
            -Lo normal es que mande quien controla la economía. El reflejo de la economía es la sociedad. La sociedad se organiza económicamente, y el resultado de esa organización son las relaciones sociales. ¿Os acordáis de Aristóteles? Decía que la sociedad está organizada cuando hay unos que mandan y otros que obedecen. Los griegos eran muy dados a relacionar el mando con la capacidad: Platón decía que sólo podía gobernar el experto, el sabio, el filósofo; no se podía ser rey sin ser filósofo, aunque muchas veces haya algún filósofo que no sea rey; y muchas otras haya impostores que se arrogan el título de reyes sin saber filosofía. Para Platón, ser filósofo era casi lo mismo que ser rey: Platón, y Aristóteles, y muchos otros que vinieron después, definieron el gobierno de “los mejores”. Para Marx, sin embargo, los mejores no son los que mandan; los que mandan son los propietarios de las máquinas, los que controlan el desarrollo de la técnica; ellos son quienes tienen capacidad de decidir.
             Hizo un silencio para recobrar aliento.
            -¿Quién es en vuestra casa el dueño de las máquinas? ¿Quién gana el dinero con el que se compran la lavadora, el frigorífico, el microondas o el televisor? ¡Ése es el que manda!
            Se oyó en la clase un murmullo. Y en lo que los chicos hablaban unos con otros se podía oír: “¡anda, pues es verdad!” El poder, el control, la capacidad de decidir, el mando, lo tiene quien maneja el dinero; y así, en algunas casas el dinero lo gana el hombre y manda él; en otros es al revés y es la mujer la que manda; y cuando los dos traen el dinero a casa, lo normal es que su autoridad esté compartida. Hay excepciones, por supuesto, pero ésa es la regla.


            -El dueño de los medios de producción es el que manda. Los medios de producción son las máquinas. El poder, así, no lo tiene el que está más capacitado, ni tampoco el que más trabaja, sino el que tiene dinero, el propietario de la energía, las materias primas y las máquinas; y si no es propietario del obrero porque el trabajador no es un esclavo, es propietario de las decisiones que le afectan en el centro de trabajo. El que manda es dueño de la voluntad de los trabajadores, al menos en lo que toca al proceso económico de producción. El obrero puede ser en sus horas libres dueño y señor de su vida: al menos en teoría, porque en la práctica las largas jornadas laborales y el embrutecimiento por el alcohol le quitan el control de su existencia. Quien manda en el fondo en su tiempo libre es también el dueño de la fábrica.
             Aquello estaba haciendo reflexionar a los alumnos. Hacían comentarios sobre su vida cotidiana, identificando en ella las cosas que Juan Luis les estaba diciendo. No se habían dado cuenta hasta ahora, si bien eran cosas que intuían. Les venía a la conciencia un sentimiento dormido en el fondo del inconsciente. Juan Luis aprovechó para volver a la cuestión que había planteado al principio.
            -Estamos en plena revolución industrial, en Inglaterra; ésa es la época en que se desarrolla el pensamiento de Marx. Pensad un poco; si uno de esos obreros hubiese querido que estudiaran sus hijos, ¿lo habría podido hacer?
            La clase quedó dubitativa en un murmullo. Después Antonio materializó con una pregunta las dudas de todos;
            -No entiendo, ¿qué quieres decir?
            -Quiero decir que el salario de un obrero sólo daba para mal comer y malvivir; y para olvidarlo, emborrachándose en su tiempo libre. En aquel tiempo no había becas. ¿Con qué dinero iba a pagar el estudio de sus hijos?
            -Sí, es verdad –contestó Álvaro-. Tienes razón.
            -El obrero tenía en la mente lo que quería hacer: sin embargo no podía; le faltaba el dinero. No era fácil materializar los deseos y los proyectos. ¿Qué pensáis ahora que manda en nosotros? ¿La materia? ¿O el pensamiento? –Prosiguió, después de un breve silencio-. ¿Mandamos nosotros o mandan las circunstancias? ¿Se impone la realidad o la moldeamos con nuestras ideas?
            La mente inmadura de un adolescente no busca contraejemplos para el profesor; y si los  busca, no es fácil que los encuentre. Así, la clase se escinde en una mayoría que se convence de lo que le dicen y algún escéptico que, o lo rebate, o duda; cuando faltan argumentos el espíritu crítico, incapaz de rebatir, se queda dudando.


Las relaciones de producción.

            -Os voy a poner un ejemplo. Trasladaos, mentalmente, al neolítico. Los hombres estaban acostumbrados a cazar mamuts, y el mamut era la base de la economía de aquel tiempo: ellos mandaban. Las mujeres, en silencio, recolectaban hierbas y adquirían un profundo conocimiento de las plantas medicinales. Pero ese conocimiento no tenía tanta utilidad como el de las técnicas de caza; como la destreza en manejar el arco, la fuerza para cavar fosos donde tender la trampa al mamut, y cosas semejantes. No dudéis de que en aquellas sociedades de cazadores el que mandaba era el hombre; y entre los hombres, mandaba el jefe. ¿Y quién era el jefe? El que sabía cazar mejor y conducir a los cazadores a la victoria; pero también contaban los que hacían las flechas y las lanzas. En aquel tiempo el poder estaba ligado a la competencia; a la capacidad, al saber, a la pericia: a la destreza; la autoridad la daba la preparación tanto como la propiedad de los instrumentos.
            Juan Luis miraba para sí mientras hablaba. No estaba con ellos. Estaba con ellos, y respondía a sus preguntas, pero a veces se ensimismaba y hablaba como si estuviera solo; ése era uno de aquellos momentos. Se abstraía porque las cosas que sabía se cuestionaban entre ellas, y él, que estaba acostumbrado a repetirlas, perdía el control sobre ellas y se encontraba de repente dudando de los viejos hábitos mentales; la duda, en aquellos casos, era un conflicto en las ideas que dolía como si la mente estuviera pariendo.
            ¿Quién tenía más poder entre los cazadores? ¿El que sabía organizar la caza? ¿El que dominaba el fuego? ¿El que poseía las flechas? ¿Por qué le obedecían todos cuando les mandaba? ¿Qué le daba autoridad sobre los demás, qué era lo que lo marcaba como jefe?
            -No hay que confundir –dijo, sintiendo de repente una iluminación- el poder que da la capacidad con el que viene de la posesión de las cosas. El verdadero jefe, el que tiene capacidad de liderazgo (el guía, el príncipe, el caudillo), es escuchado porque tiene autoridad; porque sabe cosas para que sobreviva el grupo y el grupo sabe que las sabe; porque de su competencia depende la suerte de todos. El dueño manda porque tiene las cosas en su poder; el líder, por el contrario, manda porque tiene poder sobre las cosas. La autoridad correspondería a las relaciones técnicas de producción: el que manda es el que sabe; el que domina la técnica. Y no hay que confundirlas con las relaciones de producción basadas en la propiedad. Saber es poder; tal sería la divisa de las primeras. Tener es poder; tal es la divisa de las segundas.
            Sintió un placer que lo inundaba por dentro al descubrir lo que decía en el mismo instante en que lo estaba descubriendo; ese alivio es la felicidad que nos llena en los momentos de creatividad.
            -Sigamos con nuestro ejemplo. El saber técnico del jefe era útil a la tribu, y por eso le obedecían. Pero el saber botánico de las mujeres no era tan importante. Si os parece podemos llamarlo poder baconiano. Pero también existe algo a lo que  llamaremos poder marxista; el poder, el mando, como queráis llamarlo. El primero es un liderazgo; el segundo una dominación.
            Su verbo se animó de repente y se sintió poseído por una especie de frenesí.
            -El saber es una fuerza productiva; la ciencia, inseparable de la técnica. Pero la propiedad establece relaciones de producción. Pues bien, de repente se produjo un cambio climático en Europa. Se detuvo la glaciación, se retiraron los hielos y empezaron a escasear los grandes mamíferos. Cada vez había menos mamuts, menos osos de las cavernas, menos rinocerontes lanudos. El saber de aquellos cazadores, en poco tiempo, dejó de servir a la tribu. Ya sólo cazaban conejos, armiños, pequeños mamíferos. Y entonces, poco a poco, el saber de las mujeres se fue haciendo imprescindible. Su conocimiento de las plantas, de su cuidado, de las semillas, fue la base de la agricultura. Se produjo la revolución neolítica. El descubrimiento de la agricultura, en gran medida, fue obra de las mujeres.


            Los alumnos escuchaban con admiración. Nunca antes habían considerado así la revolución neolítica.
            -Observad cómo el poder pasó a manos de las mujeres. Se pasó de un patriarcado a un matriarcado. Hasta que el cuidado de los ríos, que regaban los campos, dependió nuevamente del trabajo masculino; cuando se construyeron diques, presas y grandes obras hidráulicas; entonces, el mando volvió a caer en manos de los hombres.
            Ya tenía explicado lo esencial de aquella cuestión.
            -Quien paga, manda. Y quien sabe manda también. La propiedad es poder. Y el saber es poder también. Fijaos en la relación entre chicos y chicas. Cuando el chico invita, está afirmando su poder sobre la chica. Y no sólo porque se cobre en especie (lo que boca come, culo paga); sino sobre todo porque si él lo paga todo, todo pasa a depender de su voluntad; puesto que es él el que tiene el dinero, con su dinero comprará todo lo que se necesita para satisfacer las necesidades de la casa.
            -Pero el matrimonio no es una fábrica –dijo Inés.
            -El matrimonio es una empresa –dijo Juan Luis-. Casarse es repartirse el trabajo entre el hombre, que trabajará fuera de casa, y la mujer, que trabajará dentro. Y ocurre que el trabajo externo genera dinero; el trabajo doméstico no. El trabajo doméstico rinde, satisface las necesidades del hogar (comer, vestirse, descansar): necesidades biológicas ante todo; pero la mujer no cobra por su trabajo; tan necesario es, que nadie se da cuenta de ello; nadie se da cuenta de las cosas que tiene resueltas porque ya no siente su necesidad; y nadie se lo agradece a las mujeres. Es el hombre el que lo compra todo, incluidas las herramientas de la mujer, porque él lleva el dinero a casa.
             -Y en esa empresa ¿cuáles son las materias primas?
            -Los alimentos que se compran en el mercado; la mujer los elabora en la cocina. La energía muscular es completada por el carbón, el gas, la electricidad… La técnica que se maneja son los conocimientos de cocina y de limpieza que posee la mujer; y las herramientas que utiliza (la plancha, la escoba, el fregadero, la placa, los detergentes…). Como veis, la casa es un conjunto de fuerzas productivas. A la mujer la obedecen todos porque sabe manejar las cosas; sabe cómo hacerlo todo, ella es guía, es líder, es el alma de la casa. Pero ese poder baconiano, que dan la ciencia y la técnica, tiene sobre su cabeza un poder económico, el que da la propiedad de las cosas; el que nos hace poseerlas. El hombre, sustento de la casa, es su dominador, su propietario; la mujer, lejos de dominar poseyendo las cosas, las domina conociéndolas; por eso ella, siendo alma y guía, no es sin embargo quien manda.
            Y dijo, como en un aparte:
            -Manda quien paga.