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viernes, 5 de marzo de 2021

DE LOS NOMBRES

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

De los nombres

 


            Tener nombre es tener identidad, ser único. Caballeros andantes hay muchos pero Amadís de Gaula no hay más que uno. Si hablo de “ése” puedo estar hablando de muchas personas pero “ese que ama a Dulcinea” sólo puede ser don Quijote. Un individuo no nos interesa, pero un nombre nos llama la atención.

 

Cuando los romanos diezmaban a los ejércitos mataban a uno de cada diez soldados en la fila; cuando mataban a un hóplita su lugar lo ocupaba el que había detrás, y no importaba si se llamaba Antonio, Pepe o Juan o si era hijo de Reme, de Manuela o de Isabel. Ser un individuo, ocupar un lugar o no tener nombre es lo mismo que si lo que importara no fueras tú, sino el lugar que ocupas en la sociedad.

 

            Tener un nombre es ser alguien, de lo contrario no eres nada. Quien no tiene nombre es un cualquiera y se puede intercambiar por otro, como lo mismo da qué cuaderno me vendas porque todos me valen, todos me van a dar igual.

 

Y ser un don nadie es ser, como cantaba Jacques Brel, el siguiente de la lista, el siguiente del que viene después. ¿Quién eres tú? El siguiente. ¿Y tú quién eres? El que viene detrás. ¿Pero quién viene detrás? Da lo mismo, lo único que nos interesa es  que esté detrás. ¿Cómo se llama? “El siguiente”. Lo llamamos “el siguiente”. Aparte de ser el siguiente es un cero a la izquierda, un engranaje de la maquinaria, nada más; lo importante es la maquinaria, los engranajes los venden en la tienda y todos se pueden cambiar.

 

            Eres uno de tantos, uno cualquiera, el que no vale nada; el que si se pierde nadie lo echa de menos porque siempre va a haber quien ocupe su lugar. Y como no eres nadie sólo eres un lugar en el mundo, una mota de polvo, un grano de arena, no vales más que los otros y nada mereces, eres lo mismo que cualquiera que venga detrás.

 

            Nadie es más que nadie. De nacimiento. Ni Goya ni Cervantes ni Julio César, ni Cristo mismo en tanto que hombre, valen más de lo que valgo yo. Todos somos iguales.

 

Pero nadie es como yo. Ni el hombre más grande del mundo valdrá para mi madre lo que yo valgo porque si falto en el mundo, nadie en su pecho podrá ocupar mi lugar. Ninguno será como yo y nadie valdrá más (aunque tampoco valga menos) de lo que yo valgo; y aunque no merece morir nadie para que yo viva, mi historia es diferente de cualquier historia y mis méritos sólo son míos, y por eso merezco que me valoren por lo que soy y no por lo que otros hayan hecho o dejado de hacer; por eso no me valen los castigos colectivos.  

 


            Nadie es más que nadie por nacimiento, pero en la vida nadie es como yo. El mérito de ser digno me lo han regalado y por eso todos somos iguales, pero el mérito de ser único me lo he ganado yo y me lo ha entregado tu alma: por eso valgo más para los míos, y aunque yo sea igual que otros no por eso voy a ser uno cualquiera. Soy persona y no individuo, y el valor de haber nacido no puede confundirse con el valor de haber sido alguien para alguien.

 

            Eres un policía, ¿quién eres? Un número; es lo único que hay en tu placa de identidad. Estás en la cola, ¿quién eres? El siguiente: a nadie de la cola le importa otra cosa. Estás en el cine, ¿quién eres? Alguien que ha comprado una entrada, nada más le importa al portero. Quién seas es indiferente, lo único que importa es qué eres aquí: un policía, uno que está en la cola, un cliente, un espectador. Que seas Carmen, Antonio, Pedro o Inés no le importa más que a quien te importa; para los otros eres uno más.

 

            No ser anónimo es lo mismo que tener nombre. Dulcinea, don Quijote, Octavio, Sócrates son individuos porque cada uno es uno de tantos; también son personas porque ninguno vale más que otro; y son únicos porque don Quijote es el único que quiere a Dulcinea, Sócrates es el único que marcó a Platón y Octavio es el único que creó el imperio de Roma. Y aunque todos valen lo mismo como personas, como personajes unos valen más que otros y Sócrates y don Quijote fueron excelentes, y Octavio destacó por su grandeza en la ambición y por su instinto sanguinario, y destacó, en suma, por su ínfima catadura moral.

 

            Tener un nombre es ser importante, ser individuo y no sólo persona, poder ser juzgado por tus méritos, por tus acciones; la insignificancia de ser individuo se eleva hasta la grandeza de tener importancia individual: es cuando el individuo ya no será uno de tantos, y cuando sea único ya nadie podrá ocupar su lugar.

 

            He observado a muchas mujeres hablar de sus maridos sin nombrarlos. “Se me ha muerto”, dicen, “vino  borracho a casa”, “¿habrá llegado ya?” ¿Y quién se ha muerto, quién ha venido borracho, quién ha llegado ya? Él. ¿Quién es él? Nadie. En el fondo no es nadie. Uno cualquiera, uno que se casó contigo y desde entonces dejó de hacer méritos para ti. Por eso ahora no le pones nombre. Para ti no es más que “él”. Un ser anónimo que vive contigo y hace tiempo que dejó de tener nombre. Y aunque nunca lo vas a cambiar por otro (al fin y al cabo os une la costumbre de aburriros), ya no será nada para ti; y nunca te importará más que la escoba, el armario o la mesa, que están ahí porque están y no porque hayan hecho méritos; porque hay que ganarse el derecho de valer y el mérito de poder seguir estando donde se está.

 


 

viernes, 22 de mayo de 2020

DE NECIOS E IGNORANTES




DE NECIOS E IGNORANTES
  

            -Pues lo mismo le pasa al ignorante. Él no tiene la culpa de ser ignorante, cuando en su infancia no tuvo a nadie que le enseñara. Pero vos, señor alcalde, que habéis tenido todos los maestros, vos tenéis la culpa de ser grosero porque os enseñaron a ser educado.
            La humanidad pesaba menos que la jerarquía: excepto en el soldado.
            -Yo, señor, no tengo la culpa de ser ignorante; la tendría si me complaciera vivir en la ignorancia. Pues debéis saber que hay dos clases de necios: los que no saben y los que no quieren saber; para los primeros guardo mis respetos, y entre ellos se encuentra el soldado; deberíais elegir entre cuál de ellos os gustaría estar.
            El silencio grave, profundo, dio paso a la ofensa; de la autoridad ofendida se podría esperar cualquier castigo.
            -Entended, señor, todos somos ignorantes aunque unos sepamos más que otros; a pesar de nuestra ciencia, todos somos necios: hasta el más sabio; pero no lo somos todos en el mismo grado. Solamente dios lo sabe todo: ¿alguien puede atreverse a ser más que dios?
            Aquella disertación paralizó cualquier represalia; y el señor Ayzaga, alcalde de la Granja, se vio desarmado en su venganza. El sargento Gómez aprovechó aquella parálisis para proseguir.
            -Somos como los niños que aprenden cosas; nuestra vida es una larga aventura de aprendizaje que no se detiene hasta la muerte; aprendemos con los libros, es verdad, pero también con la experiencia; el gran libro del mundo, que decía Descartes.
            La alusión a Descartes sonó a ofensa en algunos de aquellos oídos que nunca fueron ilustrados. El sargento Gómez los apabullaba, vengaba a su joven soldado, estaba dispuesto a no dejarles respirar; especialmente al alcalde de la Granja.
            -El niño no tiene la culpa de ser pequeño; la tendría si se negara a crecer.
            Años más tarde lo llamarían complejo de Peter Pan.
            -Yo sé muy poco, pero quiero aprender; y hay mucha gente que, sepa o no sepa, considera que no le hace falta estudiar.
            La gravedad de la reina le daba un aire doctoral: por la curiosidad que había en sus ojos. Su gesto serio no era severo, sino amable; en la blancura de su traje irradiaba toda su serena majestad.
            -¡Atrévete a saber! –dijo el sargento-. ¡Ten coraje de servirte de tu propio entendimiento! –Lo dijo mirando a los soldados, para justificar el tuteo; que no paraba de ser, si alguien era lo bastante inteligente para entenderlo, un tuteo didáctico; de ninguna manera desacato-. No te conformes con ser listo: ¡atrévete a pensar! –La mano del sargento se levantaba, sobre el codo doblado a media altura, con los dedos tensados, curvados como una garra; en señal de arenga. –Que la inteligencia sin conocimiento nunca logrará hacernos sabios.
            -Sabes mucho para ser un sargento –dijo el duque de Arteaga, menos con ironía que con fastidio; estaba buscando la manera de provocar.
            -Esas palabras no son mías; son de Kant.
            -¿De Kant?


            -Bueno, no son citas literales. Lo he dicho con mis palabras, pero las ideas son suyas. La ilustración no es conocimiento, es valor; yo puedo ser ignorante, pero tengo el valor de salir de mi ignorancia, tengo el valor de estudiar. Bien es verdad que sólo dios puede llamarse ilustrado, porque él y sólo él lo sabe todo; pero los que queremos saber estamos llenos de curiosidad; la ilustración es la fábrica de ilustrados, sabiendo que cuanto más sepamos, más conscientes seremos de lo que nos falta por aprender. La ilustración es la educación. La instrucción. El estudio. La curiosidad. Primero con maestros; luego solos: autodidactas.
            -Y… ¿dónde has oído hablar de Kant?
            -En Alemania, señor; pasé allí un corto lapso de tiempo.
            Un hombre muy serio se deslizó entre los oyentes. Tenía el pelo sobre la frente, como en desorden, a la manera del rey Fernando y de Napoleón. Las guías de los bigotes estaban levantadas; sobre su cara, unas largas patillas; las gafas le brillaban a la luz de la vela y no era posible verle los ojos.
            -Y ahora –dijo el sargento- voy a demostraros que este soldado no es tonto; aunque sea ignorante.
            Se giró hacia él y lo llamó con su mirada.
            -¿De dónde eres, soldado?
            -De Lugo.
            -De Lugo… ¿Qué recuerdas tú de Lugo?
            El soldado calló intentando recordar.
            -La playa de las catedrales -dijo en seguida.
            El sargento paseó la mirada en un movimiento panorámico.
            -¿Alguien conoce la playa de las catedrales?
            Nadie contestó.
            -Yo tampoco: no he estado allí; ni he leído esos libros. –Una breve pausa-. Y ahora, soldado, dinos algo que te recuerde la playa de las catedrales.
            El soldado dijo sin vacilar.
            -El escarapote.
            -¿Qué es el escarapote?
            -Es un pez que se entierra en la arena. Si lo pisas cuando andas por el agua te puede clavar sus pinchos; duele mucho.
            -¿Y tú cómo lo sabes?
            -Picome uno.
            -¡Ah! –dijo el sargento girándose nuevamente-. ¿Alguien conoce el escarapote?
            -No creo que lo conozcan; fuera de Lugo lo llaman ariego.
            Todos callaban. A los labios del sargento asomaba una sonrisa.
            -De modo que el soldado conoce la playa de las catedrales, que no conoce ninguno de los ilustrados que están aquí presentes; conoce el escarapote, que tampoco conoce nadie aquí; y también sabe que entre nosotros el escarapote es el ariego. ¿Alguien lo sabía?
            Se masticaba el silencio.        
            -Sin embargo eso no me da derecho a llamarte ignorante. A nadie. Las autoridades aquí presentes, ciertamente ilustradas, saben muchas cosas, pero ignoran otras; este soldado ignora cuanto nuestras autoridades han aprendido en los libros, pero sabe otras que le ha enseñado la experiencia; este hombre, pues, aunque ignore cosas, no es ignorante; también, a su manera, es un sabio; también, como nosotros, tiene cultura, pero no es la nuestra, no es la cultura de los libros: es la suya; también él, a su manera, es culto.
            Calló. Fue la suya una pausa didáctica. Aprovechó el silencio. 


            -Creo haber demostrado que este hombre no es ignorante. Ahora voy a demostrar que no es tonto; que no es necio. Soldado, ¿sabes tú lo que es el diámetro?
            -Es el ancho de las ruedas. 
            El sargento sonrió, sorprendido por la sencillez de su respuesta; que fue certera.
            -Muy bien. –Buscó entre las cosas que había en la sala y reparó en un sombrero-. Señor marqués, ¿seríais tan amable de prestarme vuestro sombrero?
            -¡Cómo no! –dijo.
            Luego sacó una cuerda de su bolsillo y se la dio al soldado.
            -Aquí tienes. ¿Podrías medir con esta cuerda el diámetro de este sombrero?
            El soldado la midió y se quedó señalando con el dedo el punto de la cuerda que indicaba aquella longitud.
            -Ahora ten la bondad de medir el borde del sombrero; a ver cuántas veces cabe el diámetro en su circunferencia.
            El soldado lo hizo.
            -Tres y me sobra un cacho –dijo.
            -Bien. Ahora haz lo mismo con esta moneda. –Sacó una moneda y pidió a uno de los presentes un trozo de hilo; el resultado fue el mismo que con el sombrero. Luego lo mandó hacer con un botón ancho, con una rueda que había en una estatua y con un ornamento de la pared.
            -En todos los círculos –concluyó el soldado- el borde mide tres veces lo que mide el diámetro, y a todos les sobra un poco.
            -Mide algo así como 3’1.
            -Más o menos.
            -De acuerdo. Ahora supón que necesites una palabra breve para nombrar a ese número, cuando tengas que nombrarlo: ¿cómo lo llamarías?
            -No sé.
            -Di algo.
            Apremiado varias veces, el soldado replicó.
            -Ro.
            -¿Por qué?
            -Porque así es como llamo a mi hermano Rodrigo.
            El sargento se relajó, abriendo los brazos y girándose hacia todos con una amplia sonrisa. Luego se dirigió otra vez al soldado.
            -¿Ves? Nosotros lo llamamos pi; por puro capricho.
            Inmediatamente aprovechó para dar la lección.
            -¿Dónde has aprendido matemáticas, chaval?
            -En ningún sitio; nunca he ido a la escuela.
            -Y sin embargo sabe matemáticas; a poco que le ayudemos a pensar; por lo tanto no es tonto, porque sin instrucción piensa rectamente por sí solo. Hace un rato demostré que no era ignorante, ahora acabo de demostrar que tampoco es necio; sólo necesita una escuela para igualarnos.
            Ahora se extendió el silencio de admiración. Pero, como es lógico, no se lo celebraron las autoridades, cuya razón yacía presa de su sentimiento de casta; los soldados, sin embargo, aplaudieron.
            -¿Esto también lo has aprendido de Kant? –interrumpió el hombre de las gafas que brillaban.
            -No, señor: de Platón; léase el Menón; se lo recomiendo.



                                               (De La sinfonía del nuevo mundo, páginas 39 a 45).

sábado, 15 de junio de 2019

ONTOLOGÍA DEL JUEGO



ONTOLOGÍA DEL JUEGO
  

 1. Definiciones fundamentales.

            Recordemos que existen dos clases de juego, dos estructuras de lucha, dos formas de luchar: la teletaxia y la televida.
            La lucha por la existencia es teletaxia.
            La lucha por nuestra forma de ser es televida.
            La historia es lucha por la existencia temporal.
            La lucha contra el tiempo es la patética. Hay dos formas de patética: la lucha por la existencia impuesta (tragedia) y la lucha por la existencia eterna (mística); el drama de vivir nuestro tiempo interior (nuestra historia) contra un tiempo que nos viene de fuera (el destino) hace que podamos caracterizar la tragedia como erótica y lucha del anacronismo.
            A través de la tragedia buscamos una existencia más acorde con nuestro ser; también lo hacemos a través de la mística; el goce trágico y el goce místico son, por consiguiente, en tanto que reconciliación de nuestro ser con el mundo, una búsqueda de lo esencial; por eso son trascendentes.

2. Definiciones complementarias.

            El descanso es reposo o juego. El reposo es una forma de descansar en la que se detiene la conciencia apartándose de la lucha (por ejemplo durante el sueño). El juego es el descanso consciente. También durante el reposo se puede prolongar la lucha, pero es ya en el inconsciente: sueños, pesadillas y (quizá también) ensoñaciones.
            El juego puede ser laboral o lúdico. Es juego laboral el que sirve a la lucha por la existencia (trabajo en sentido bíblico como maldición o cadena). El juego lúdico sirve al ocio consciente, en su doble aspecto de trabajo por la esencia y diversión (que son conceptos que se solapan): ambas caen bajo la etiqueta de afición (hay aficionados al fútbol y aficionados a la filosofía, al ajedrez, a la baraja, a la música o al teatro). El juego lúdico es entretenimiento. El juego laboral es obligación.
            El juego puede ser de tiempo o de pasatiempo. Es juego de tiempo cuando utiliza el tiempo para vivir en él, y es pasatiempo cuando se sale de él sin ir a ninguna parte (se habla entonces de matar el tiempo o pasar el rato: el pasatiempo llega incluso a llamarse “matarratos”). Como la vida es tiempo, matar el tiempo es morir un poco: si es en busca de la eternidad estaríamos en la mística; pero si es para quedarnos fuera del tiempo y de la eternidad estaremos muertos en vida: tal es el aburrimiento, spleen de los poetas, que lleva a la desesperación y la angustia.
            El juego lúdico es el mundo de la comedia o de la mística; el juego laboral es el de la tragedia o el drama.
            El juego laboral es tentación o compromiso. En la tentación, se captan voluntades mediante la destrucción de la voluntad ajena (convirtiendo el deseo en capricho). En el compromiso, dos rivales compiten en calidad para ganarse el sustento: tal es la competitividad.
            El juego lúdico es exhibición o carácter. Es carácter la superación de sí mismo por el mero placer. La exhibición es, también, superación de sí mismo, solo o frente a otros, pero sólo para recibir el aplauso del público; ganar es aquí ser reconocido como el mejor, y no importa tanto serlo como parecerlo; ganar un partido de tenis puede suponer superioridad real sobre el adversario, pero también marcar un tanto en el momento adecuado; ganar un partido de fútbol puede deberse a haber tenido la suerte de marcar un gol, aunque  el otro equipo sea mejor que nosotros.
            La tentación, la exhibición y el compromiso admiten trampas; el carácter, no.


3. El ocio en el juego: nuevas definiciones.
             
            El esfuerzo, tanto trascendente (concentración) como inmanente (trabajo), produce alegría. Volvamos sobre algunas cuestiones importantes.  
            La vida es ocio. Llamamos ocio al empeño de la esencia por instalarse en la existencia. Tres son las formas fundamentales del ocio: el trabajo por ser nosotros mismos (en él se cifra el carácter, cimentado en la afición, el gusto, el hobby); la diversión (que es distracción del esfuerzo para superar el cansancio); y el descanso.
            Pero todo esfuerzo supone un desgaste que debe ser reparado: y lo hace mediante el descanso. El descanso es un periodo de inactividad durante el cual se llenan las fuerzas perdidas
            Pues bien, hay una forma de descanso proyectado en formas, más que trascendentes, intrascendentes, en el ocio. El ocio generado tras el esfuerzo es diversión; el que genera la pereza es, por el contrario, distracción y pasatiempo. Normalmente el divertirse produce risa, que es una forma agradable de relajarse; el humor es, pues, también una forma de esparcimiento.
            En la conciencia trascendente hay tres formas nobles (arte, ética y ciencia) a las que corresponden otras tres formas devaluadas (respectivamente el juego, el humor y la técnica).
            Ciencia es ver el mundo desde fuera. Esto implica estar fuera del mundo.
La alegría es producto del esfuerzo, y cuesta; el placer es gratis, no requiere trabajar. Entre ambos se sitúa el arte que, por participar de los dos, es a la vez esfuerzo y descanso, alegría y placer, arte y juego, compromiso y evasión; esta doble naturaleza del arte hace que a veces se confunda la tensión artística con el placer ocioso: por ejemplo, a la hora de distinguir entre la danza y el baile.
También vivimos con distancia lo que les pasa a los demás (por el mero hecho de que a nosotros no nos pasa): por eso nos reímos de los males ajenos sin sentirlos en carne propia. Es el mundo de la comedia, del humor, pero también del juego y del arte.
Podemos distinguir entre necesidades de supervivencia y necesidades de realización: las primeras se caracterizan por la competitividad; las segundas, por la competencia. La primera requiere que los seres que interactúan sean compatibles: a esta compatibilidad la llamaremos valencia.
Atendiendo al tipo actitudinal de la valencia (de respeto o de desprecio) se pueden establecer cinco tipos de lucha (agresión, competición, negociación, crítica y plenitud):

a)      Lucha por la existencia (competitividad):
(1)   Agresión: interacción entre dos seres cuyas necesidades son incompatibles.
(2)   Competición: interacción entre dos seres cuyas necesidades convergen en el mismo objeto, y sólo uno lo puede poseer.
(3)   Negociación: lucha desencadenada entre dos contendientes por deseo de ambos y con necesidades compartidas.
b)      Lucha por la esencia (competencia):
(4)   Crítica: relación entre un sujeto guiado por la necesidad y un objeto que introduce una posibilidad: así, yo deseo saber y el mundo tiene capacidad de proporcionarme datos.
(5)   Plenitud: afán de superación, de mejora; eleva el nivel ontológico del individuo (un individuo bueno tiene más ser que uno malo o malvado).

En el capítulo dedicado a la historia aparecían ya caracterizados estos cinco tipos de lucha; los dos últimos tienen que ver con la esencia, cuyas puertas nos adentran en ese tipo de felicidad a que llamamos plenitud; y los tres primeros, de manera especial el segundo, tienen que ver con el juego, particularmente con sus dos dimensiones: aristónica (búsqueda de la perfección) y agónica (lucha por la existencia).


4. Anatomía del espectáculo: pereza y esfuerzo.

            Juego sensorial. Requiere esfuerzo del autor; un esfuerzo corporal en actividades como el montañismo o el esquí, o un esfuerzo mental cuando se trata de crear obras: pues la inspiración se prepara con el trabajo y también requiere trabajo una vez que la hemos despertado; si el público se esfuerza en interpretar la obra mientras la contempla, evita esa pasividad característica de la pereza del consumidor: una pereza corporal cuando nos dejamos llevar por las atracciones o por la comida basura; o mental, cuando consumimos productos, necesariamente superficiales, de inspiración fácil, como los tabloides, los culebrones, la telebasura, y esos productos literarios o musicales propios de la cultura kitsch; que no viene a ser, en el fondo, más que falta de cultura.

            Juego aristónico. Es el mundo de la competencia. Siempre es el autor quien pone el esfuerzo: corporal (velocidad, puntería, la faena del torero, los entrenamientos, las marcas superadas por los atletas, las plusmarcas); o puede ser también esfuerzo mental (en el caso del entrenamiento matemático o de la creación intelectual o artística). El público puede contemplar la superación personal de manera pasiva (como fans, identificándose incondicionalmente con sus autores que son sus ídolos, o siguiendo las banalidades del Guiness de los records); pero también puede ser espectador activo.

            Juego agónico. Es el mundo de la competición. Sus autores ponen esfuerzo (corporal en el deporte: judo, fútbol, creación de jugadas bellas, elegantes y eficaces; y mental, en las creaciones no físicas tales como las que se hacen en los concursos musicales o las justas poéticas). El público puede contemplar el esfuerzo desde la pereza del hincha, que se identifica incondicionalmente, y por lo general de manera acrítica, con su jugador o su equipo; o desde el esfuerzo del espectador activo que trata de entender, criticar, admirar y evidentemente desfrutar con lo que está viendo.

5. Conclusión.

            Juegos de sensación, juegos de ejercicio y juegos de representación. Juegos de trabajo y juegos de ocio. Goce lúdico, goce trágico, goce místico, competencia y competitividad, tentación y compromiso, esfuerzo y descanso, relajación y tensión, elementos todos que se encuentran englobados en el concepto de juego; pero están dispersos en distintos tipos de juego, muy diferentes unos de otros. Diversión, humor, valor, devaluación: placer. La felicidad puede reducirse al placer cuando consume sin producir; pero cuando trasciende los límites dramáticos del aburrimiento y la pereza, el placer se convierte en plenitud.
            Hay juegos para todos: juegos para vagos, juegos para el esfuerzo, juegos de abandono, juegos de superación. Los mejores juegos están en el límite del arte, se adentran en honduras trascendentes, y en esa zona de nadie es difícil saber cuándo una representación es juego y cuándo también es algo más. Habrá que adentrarse en los dominios del arte para conocer, aunque sólo sea de forma nebulosa, esa tierra de nadie, pero más acá de esa zona el juego estaba delimitado en toda su extensión. Hemos intentado estudiar todas sus caras, perfilar sus territorios, explorarlo en todos sus paisajes. Estas páginas han sido un primer intento de clasificación. Si ese intento ha dejado muchas lagunas, el tiempo lo dirá.
  



sábado, 29 de agosto de 2015

Rincón del Filósofo (3)






2014.
RINCÓN DEL FILÓSOFO (3)

 
 NOVIEMBRE


45

            La razón  no ha surgido luchando contra el mito como si el mito fuera irracional; por el contrario, ha salido del vientre del mito como un árbol sale de su semilla.


46

No ha habido un momento en que el mito acabara por retirarse para dejar paso al logos: la razón estuvo siempre en el interior de los pensamientos míticos, pero estuvo dormida; y el mito no se retiró tampoco de la escena de la historia cuando se produjo el desarrollo de la razón.


47

La tarea más importante de la filosofía peruana no es, hoy, buscar razones que ya posee, sino plantarlas en esas otras razones que laten dormidas en su suelo.



DICIEMBRE


48

            La razón es la capacidad de concebir y juzgar, y en último extremo concebir y juzgar es tomar decisiones.


49

Concebir es formar conceptos, y la razón lo hace por análisis y síntesis, en los distintos procesos de observación, inducción, deducción y analogía.
Juzgar es formar proposiciones, y los procedimientos son los mismos que para la formación de conceptos.
            La razón puede ser inteligente e intuitiva. Como inteligencia, se desarrolla de manera consciente, y como intuición, piensa sin tener conciencia de que piensa; ni de lo que piensa.
El pensamiento de la razón puede ser lógico o analógico. Llamamos lógica al estudio del análisis y la síntesis aplicado a la deducción y a la inducción; el resto es analogía. Analogía y lógica son, pues, dos mundos racionales.


50

            Tener conciencia es darse cuenta de las cosas.

 
51

            Tener conciencia es darse cuenta de las cosas: y podemos darnos cuenta de lo que son las cosas (es la racionalidad teórica) o de lo que las cosas deben ser (y es la racionalidad práctica).


                                                                      52                 

El amor es más fino que el placer de los sentidos; el placer de los sentidos se contiene en el de los sentimientos, pero no al revés: el amor contiene erotismo, pero el erotismo puro no contiene amor. Cuando no podemos disfrutar de dos placeres al mismo tiempo es mejor elegir el más completo


53

Un placer concreto es un camino que te lleva. Un placer abstracto es un horizonte que te guía por ese camino.


54

El bien en general es preferible a una cosa buena; porque, guiado por el bien, tu instinto podrá encontrar en el mundo muchas cosas buenas.


55

            Hay, pues, dos tipos de jerarquía en las motivaciones: la jerarquía de los placeres, que nos abre los ojos para disfrutar de las cosas materiales, sensoriales, individuales y concretas; y la jerarquía de los valores, que nos da ojos para gozar de un ideal, cuando este ideal no nos cierra el camino de los goces sensoriales y concretos. La llamada del cuerpo debe saberse compaginar con la del espíritu.
            Hace falta un saber que sabe lo que hace; pero cabalga sobre un hacer que sabe lo que tiene que hacer. ¿Qué es el deber? Saber que un ideal o un placer no te quita la posibilidad de disfrutar de otro mejor; y no saber también que los mejores ideales no deben ser tiranos que esclavicen a los que no son tan buenos.


56

Debe haber un equilibrio entre lo superior y lo inferior, porque lo superior se derrumba también cuando se caen los pisos inferiores. No puede haber amor puro cuando estamos reprimiendo la sexualidad.


57

            El placer automático hace, sin pensar, lo que le dicen. El placer autónomo lo piensa primero. ¿Qué es pensar? Pensar es hacer uso de la razón.


58

            El que resiste las tentaciones nocivas sabe lo que tiene que hacer; conoce lo que le conviene; sabe lo que es bueno. Podríamos decir que en su caso obrar bien es lo mismo que conocer el bien: en eso conoce su deber, y él lo sabe; es muy consciente de ello.
            El que no resiste las tentaciones nocivas ¿por qué lo hace? Puede que no sepa que esas tentaciones son malas: en ese caso se lo enseñamos y, una vez que lo aprenda, será imposible que obre mal. Pero puede ser también que no tenga capacidad de resistencia y entonces, aunque sabe lo que le conviene, no tiene fuerzas para buscarlo.


59

            Y puede suceder también que conozca mi deber sin llegar a creérmelo del todo.
                                                                                          

60

            Y es que conocer no es sólo sentir en el momento. Ni pensar a largo plazo en consecuencias que no siento. Sino sentir los dolores futuros como una presencia que tiene capacidad persuasiva para hacerme cambiar ahora.