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viernes, 11 de diciembre de 2020

 

 

EL MUNDO DE ULISES  

            Para comprender bien estas líneas será necesario conocer ante algunas leyendas. He aquí algunos de los motivos legendarios que podemos encontrar en lo viajes de Ulises:

            Circe era una hechicera que vivía en una isla maravillosa; a los que atrapaba en ella les hacía olvidar su hogar dándoles a beber una pócima; luego los transformaba en cerdos.

            Calipso era una diosa que atrajo a Ulises a su isla. Allí le ofreció las mejores delicias, los placeres más exquisitos (bebida, magníficos manjares y yacer en su propio lecho). Pero Ulises, cansado de tantos agasajos, quiso salir de la isla y volver a su casa, la isla de Ítaca. 

            Las sirenas eran seres mitológicos que embrujaban a los navegantes con su canto irresistible; atraídos por él se acercaban a la costa y allí encontraban la muerte.  

            Escila y Caribdis eran dos seres monstruosos. Cada uno estaba a un lado del canal por donde debía pasar Ulises. Escila tenía torso de mujer, cola de pez y seis cuellos serpeantes con cabeza de perro. Caribdis era un remolino que succionaba los barcos y los arrastraba hasta el fondo. Escila estaba a tiro de flecha de Caribdis, por lo que los barcos que querían alejarse de ella tenían que acercarse de Caribdis, y viceversa; estar entre Escila y Caribdis es lo mismo que estar entre la espada y la pared.

            Los lestrigones eran unos gigantes antropófagos que persiguieron a los marinos de Ulises; a los que consiguieron escapar los arponearon como a peces y destrozaron su barco tirando rocas enormes desde el acantilado.

            Polifemo tenía un solo ojo, colmillos de sable y orejas puntiagudas. Encerró en su cueva a los amigos de Ulises y empezó a comérselos hasta que, utilizando su astucia, Ulises consiguió vencerlo.

            Ulises era la personificación de la astucia. A él se debe la invención del caballo de Troya, para vencer a los troyanos mediante el engaño (ya que no les habían podido vencer en la guerra).

            Tiresias era un adivino ciego al que consultó Ulises para saber cómo sería su regreso a Ítaca; los dioses lo compensaron de su ceguera dándole el don de ver el futuro; para hablar con él, Ulises tuvo que bajar a los infiernos.

            Las vacas del sol eran un ganado prohibido porque quien se atreviera a comérselas tendría que soportar una terrible maldición. Los amigos de Ulises las cazaron y, como castigo, tuvieron que navegar bajo la tempestad y en ella encontraron la muerte.

            Los cícones fueron atacados por Ulises, que mandó quemar sus ciudades y raptar a sus mujeres; pero los amigos de Ulises se entretuvieron disfrutando del botín de guerra y fueron atacados, a su vez, por los refuerzos, que mataron a muchos de ellos; los que sobrevivieron los tuvieron que huir bajo un enorme temporal.

            Los lotófagos eran un pueblo que se drogaba comiendo flor de loto; los amigos de Ulises se aficionaron a esa droga y se olvidaron de su patria, hasta que Ulises los obligó a regresar a las naves para volver a ella.

            El saco de los vientos fue un regalo de Eolo. Eolo encerró los vientos y los ató para que no molestaran a los barcos de Ulises. Pero sus amigos creyeron que era un regalo que Ulises se guardaba para él solo, y por eso lo abrieron con intención de repartírselo; en cuanto quedaron sueltos, los vientos azotaron las naves y provocaron terribles tempestades que les hicieron naufragar.

            Los feacios eran un pueblo pacífico donde Ulises naufraga; allí lo encuentra la hija del rey, que consigue, después de oír el relato de sus aventuras, que pongan un barco a disposición de Ulises para que por fin pueda regresar a Ítaca. 


1.

 

            -Si os fijáis bien –dijo Juan-, el mundo de la Odisea se acerca bastante a lo que decía Ortega y Gasset: yo soy yo y mi circunstancia; yo soy Ulises, y el mundo son las aventuras por las que voy pasando.

            -¿Y cómo es ese mundo? –se atrevió a  preguntar Baiba.

            -Es un mundo de peligros, pero no de oportunidades. Está lleno de amenazas (acordaos de Escila, de Caribdis, de los lestrigones); de tentaciones (las sirenas, Circe, Calipso); pero no tiene posibilidades; no hay ocasiones para construir, sólo la necesidad de escapar a la destrucción.

            -¡Caramba! –exclamó Maia.

            -Y fijaos –prosiguió Juan-, Ulises también tiene sus propias posibilidades, como las tiene el mundo en el que está. Se puede ser inteligente de dos maneras: o siendo astuto (como Ulises) o siendo sabio (como Tiresias); pero de ningún modo se plantea la posibilidad de ser cuerdo sin ser un iluminado ni un aprovechado; la cordura de la calle es la picaresca, la de Ulises; la que utiliza la inteligencia para sacar tajada; pero esa inteligencia generosa, que observa la realidad sin aprovecharse de ella, no está en la Odisea.

            Cristal, sorprendida, se sumió en una profunda meditación; no había caído en ello.

            -Ser sabio –prosiguió Juan- no es razonar desinteresadamente haciendo uso de la inteligencia; es dejarse llevar por la intuición, que no siempre es acertada; nuestras corazonadas nos engañan a veces; la lógica, no.

            Cristal buscaba un orden en sus ideas. Desde luego, ella se sentía una persona racional, hipercrítica, un tanto escéptica, no dada a fiarse tan fácilmente de las intuiciones; ella necesitaba pruebas, razonamiento, argumentación, y descubría que en la Odisea sólo cabían el pillo y el iluminado; el científico, no.

            -Y si la naturaleza, concediéndonos la astucia, y a veces la clarividencia de las intuiciones, nos ha dado buenas armas, también nos ha dado un talón de Aquiles; unas limitaciones que actúan en nosotros, como un virus que nos destruye: un caballo de Troya; que unas veces nos hace ser así por naturaleza y otras nos las inocula la sociedad.

            Cristal no salía de su perplejidad. Jaime, que era astuto como Ulises, se sentía identificado; y también Baiba, a la que a veces ayudaban las corazonadas; pero Cristal, que sólo se guiaba por la razón científica, no tenía cabida en la Odisea.

            -Estamos en el mundo con nuestras armas y nuestro talón de Aquiles; por ejemplo, el de Polifemo es que era bruto. Esas posibilidades, junto con esas limitaciones, son nuestro destino de partida; el bagaje con el que nacemos, que incluye también nuestra libertad. Al hacer uso de él vamos construyendo nuestro destino, pero no el de partida: el de llegada; en parte depende de los dioses, que nos mueven a su antojo, pero cada cual sortea el capricho de los dioses con sus propias armas; por ejemplo, sus hombres responden a la tentación de Circe cediendo al deseo, y son convertidos en cerdos; pero Ulises responde con la libertad, y se libra de la desgracia. Lo mismo pasa con las vacas del sol: Ulises obedece a los dioses, porque le conviene; sus amigos, ciegos para ver lo que les conviene, desobedecen: y se pierden. Lo mismo pasa cuando se enfrenta a los cícones; se descuidan y se duermen en los laureles, y eso les cuesta la vida; o se dejan llevar por el placer de la droga, con los lotófagos; o caen en la indiscreción y los arrastra el saco de los vientos; o, como Ulises, resisten a la vida fácil (con los feacios) y prefieren viajar a Ítaca, donde no encuentran más que dificultades: pero les espera la felicidad.

            Sí. El mundo de Ulises no estaba hecho a escala humana. Se podía vivir en él si eras astuto y obediente, pero no si eras libre y no usabas la razón para dañar; que la razón es, a la postre, la más peligrosa de nuestras armas.

 


2.

 

            -Así pues, en la vida no hay más que peligros. No siempre hay que ser valientes, porque a veces no hay más remedio que huir; y aun así, no siempre es posible escapar; a veces sí, como en el país de los lestrigones; otras, aunque se pueda evitar el peligro, las amenazas, como Escila, nos ponen en situaciones límite. Y cuando nos acecha Caribdis no queda más que la resignación, porque con ella no hay escapatoria.

            Se quedó mirándolos, expectante. Carraspeó un poco.

            -El mundo ejerce sobre nosotros una poderosa atracción. Es como un conjunto de fuerzas que actúan sobre nosotros succionándonos hacia el centro. Cada peligro es un campo de fuerza que nos atrae. Y hay por el mundo muchos peligros. Otros son campos repelentes, y nos acercamos a ellos sin estar advertidos.

            -¿Como en Newton? –preguntó Cristal.

            -¿Perdón?

            -En física nos han hablado de Newton. Todo el universo se rige por la poderosa fuerza de gravitación universal.

            Juan respiró profundamente. Sí, podía valer.

            -Claro. Cada peligro es una fuerza que nos atrae. Pero no todas las fuerzas nos atraen de igual manera: unas nos llaman desde lejos, para que vayamos cuando no las habíamos visto; otras, en cambio, no las vemos; si caemos en ellas nos aspiran, nos devoran; pero si no caemos en su radio de acción nos dejan tranquilos.

            -Ya comprendo. –Cristal conocía bien la Odisea; se la había currado-. Los lestrigones no nos llaman; pero si nos acercamos a ellos los tenemos detrás de nosotros, para matarnos.

            -Eso es. O las cabezas de Escila; sus cuellos se estiran para buscarnos, pero Circe nos llama y somos nosotros quienes la buscamos.

            Cristal se hinchó, levantando los hombros con los brazos apoyados en la mesa. Su forma de respirar era una manera de pensar.

            -En cierto modo las tentaciones son atracciones libres. Son cabezas que nos buscan con sus cuellos larguísimos, mucho más largos que los de Escila; pero no están hechas de carne, sino de pensamientos; de imaginaciones, de encantos, de deseos. Las cabezas inmateriales son hechizos. Vapores mágicos que nos envuelven con su pegamento, como las telarañas.

            -Son las que nos explicaste el otro día, ¿verdad?

            -Las mismas. Calipso, la degradación; Circe, la degeneración; las sirenas, la muerte. Pero hemos conocido otra: la huida desertora, la de los lotófagos; la búsqueda de la inconsciencia, la vida fácil, los finales felices; huyen así quienes renuncian a sus obligaciones porque renuncian a su destino.

            -Eso –preguntó Cristal -¿es una degradación o un vivir degenerado?

            -Es una vida degradada –contestó Luis-. Se parece mucho a Calipso. Y algunos caen en ella porque su naturaleza los inclina como un trampolín, como el pervertido que se deja arrastrar por el juego porque tiene una inclinación natural hacia él; en el vicioso se conjugan la tentación y la tendencia: hay muchos que son tentados y resisten; pero otros sucumben porque tienden naturalmente a ella; la tentación funciona como una potentia; la tendencia, como possibilitas. Nuestras tendencias naturales son el abanico de posibilidades que tenemos en el mundo; pero algunas de ellas, volviéndose contra nosotros, funcionan como un caballo de Troya; como los leucocitos que matan a sus propios glóbulos rojos; como los soldados que, en vez de atacar a sus enemigos, atacan a sus protegidos.

            -¿Podría decirse que, si las tentaciones son atracciones libres, nuestras tendencias (las inclinaciones) son atracciones programadas? 

            -Sí. Unas veces por la naturaleza, como la ludopatía. Otras por la sociedad, como el apego a las modas.

            Cristal sopesó aquellas consideraciones.

            -Claro. Según eso, las enfermedades se producen cuando los virus invaden un organismo con predisposición genética; si el cuerpo no es receptivo, los virus no podrían hacer mella en él.

            Juan continuó con sus explicaciones.

            -La atracción, libre o programada, despierta dos pasiones en nosotros: la curiosidad y la búsqueda de la felicidad; la curiosidad es la pasión del conocimiento; la felicidad es la del corazón, y se escinde en los caminos de la cordialidad (que obra por nosotros) y de la visceralidad (que actúa contra nosotros). La felicidad regalada sigue un camino fácil, como cuando encontramos a los feacios; pero la felicidad conquistada es esforzada y valiente, como cuando llegamos a Ítaca.

            Juan aguzó la vista interior, concentrando los ojos de la inteligencia. Su inteligencia penetraba en las cosas con la agudeza de un águila.

            -La curiosidad es investigación o indiscreción; pero sólo la indiscreción aparece en la Odisea, como vemos en el episodio del saco de los vientos; la investigación, como curiosidad sana, nos enriquece con sus tesoros porque la ciencia pulsa en nosotros las cuerdas sensibles al saber; y el conocimiento tiene caminos que son toda una aventura: noodisea. Pero Ulises no valora la noodisea; para él la vida solamente es una odisea.

            -Ya –se quejó Cristal, ensimismada-. En el mundo homérico no se valora el saber; sólo si nos sirve para la supervivencia.

-Exacto. El saber práctico es astucia, táctica, estratagema. Ser listo es ser pícaro, no inteligente; y la picardía no es toda la inteligencia, sino solamente una de sus formas.

            -Por lo tanto la curiosidad sirve al conocimiento.

            -Sí. En Ulises es un conocimiento práctico, pero existe también el conocimiento teórico.

            -El conocimiento práctico es la técnica.

            -Sí. Y cuando se utiliza para combatir a otra voluntad que se enfrenta a la nuestra, lo llamamos estrategia.

            Cristal movió la cabeza, profundamente concentrada. Juan prosiguió exponiendo su punto de vista.

            -Según lo que acabamos de ver, el conocimiento es saber o sabiduría; lo contrario es brutalidad, y la encontramos en Polifemo. En Polifemo la brutalidad tiene dos vertientes: por un lado la ignorancia, por otro la crueldad; crueldad, torpeza, salvajismo, ésos son los dos significados de la palabra “bruto”.

            Cristal continuaba ensimismada.

            -¿Qué diferencia hay entre saber y sabiduría?

            -El saber puede entenderse como astucia o como cordura; en ambos casos es inteligencia moviéndose entre palabras; pero la sabiduría es intuición que alimenta la inteligencia.

            -¿En qué se diferencia la inteligencia de la intuición?

            -La intuición sería una lógica inconsciente; la inteligencia, una lógica mirando por las ventanas de la conciencia.

            Cristal había comprendido.

            -¿Y la conciencia? -preguntó.

            -Conciencia es darse cuenta de las cosas. No la hay que confundir con la conciencia moral, que es darse cuenta de lo que está bien y lo que está mal.

            Cristal sopesó aquellas respuestas. Le parecieron sensatas.

            -El saber –prosiguió Juan- es el conocimiento; en su grado máximo es sabiduría y en su grado mínimo, brutalidad.

            Luego calló, por un instante, antes de proseguir. 



            -El conocimiento bebe de tres fuentes: la razón, la experiencia y la conciencia. Empecemos por la razón; es la facultad de conectar unos conocimientos con otros; cuando se fija en la forma (llamémosla también estructura), es la lógica; cuando se fija en la figura, analogía; la lógica es, pues, el arte de conectar conocimientos desde su estructura; la analogía lo hace desde su figura o apariencia. Seguramente se pensó en algún momento que los parecidos no eran relaciones lógicas; por eso se les llamaría seguramente “alogías” (“a” es la negación griega); posiblemente se pensó después que sí que lo eran, y se negó la negación (“an” es la negación cuando la palabra negada empieza por vocal). Hay tanta razón en las estructuras como en las figuras; en los conceptos como en las percepciones.

Carraspeó un poco para marcar una pausa didáctica.

            -Hablemos ahora de la experiencia. La experiencia, o conjunto de cosas vividas, puede ser externa (mis relaciones con el mundo), interna (mis percepciones del mundo) o íntima (mis percepciones de mí mismo).

            Cogió una tiza y dibujó un rectángulo horizontal muy alargado. Lo dividió horizontalmente en dos mitades y en una puso a la razón y en otra a la experiencia. El rectángulo de la razón lo dividió horizontalmente en  otros dos, la lógica y la analogía, y el de la experiencia en otros tres: interna, externa e íntima. Cerró todos aquellos rectángulos con una línea horizontal y en ella escribió: “conciencia”. Lo dividió verticalmente en otros dos: inteligencia e intuición. Y la inteligencia la dividió a su vez en tres bandas verticales: instintiva, motriz y discursiva.

            -La conciencia –explicó- es darse cuenta o no de lo que uno está pensando. Al pensamiento inconsciente lo llamaremos intuición; al consciente, inteligencia. Ambos funcionan con lógica o analogía –y mostró, mientras hablaba, cómo se cruzaban los rectángulos verticales con los horizontales-. La inteligencia instintiva es una inteligencia bruta: la que tiene Polifemo. La inteligencia motriz se pone en juego en el deporte, la caza, la conducción, y cuando es analógica, en el juego; sobre todo en el juego simbólico, que es aprendizaje por imitación; aunque el juego simbólico, el de imitar roles, contiene también diferentes dosis de inteligencia discursiva.

            Luego utilizó la tiza como un puntero.

-La ciencia es la experiencia interna de la inteligencia discursiva auxiliada por la intuición; no se trata de que sólo estudie lo que nos pasa, no; estudia las percepciones que tenemos de lo que pasa en el mundo; si son percepciones de nuestros estados mentales, sería psicología.

Luego señaló una línea más bajo.

-La técnica es intuición e inteligencia (tanto discursiva, motriz como instintiva) de la experiencia externa; es decir, del mundo que se nos presenta como un reto, como una posibilidad, o como una amenaza.

Y señaló finalmente la última de las líneas.

-Esto es la comprensión: instinto e inteligencia aplicadas a nuestras experiencias íntimas; los afectos que adquieren un grado tan grande de profundidad, que resulta imposible expresarlos con palabras.

-La espiritualidad es la intuición de Tiresias.

            Juan abrió unos ojos grandes como platos: ¡qué grande era la inteligencia de Cristal!

-La razón, aplicada a la experiencia interna o externa, es el saber; pero aplicada a la experiencia íntima, que es donde predominan las intuiciones, es la sabiduría: tienes toda la razón, Cristal; el estudio del conocimiento ya no tiene secretos para ti.

            Y cerró la conversación con una sonrisa. Alguna fibra se debió estremecer en el corazón de la chica, porque se le escapó una sonrisa nerviosa; y sus ojos, cantarines, no sabían adónde mirar.


 


viernes, 19 de enero de 2018

EL DIABLO MUNDO






EL DIABLO MUNDO


             -Nosotros somos seres libres. El mundo es como una cueva donde estamos encerrados, y hay un dragón que representa las malas influencias; y un espacio vital. Muchas veces nos dejamos llevar por las amistades: si son buenas, expansionarán nuestro espacio vital; si son malas, se comportarán como un dragón, que nos devora. Nuestro espacio vital es el lugar donde crece la semilla del corazón, y el resto es terreno estéril, tierra sin abonar, humo: cizaña. La cueva es una tierra sin abonar: nuestro espacio es el abono. El humo es la cizaña. Y así como el labrador abona la tierra y corta la cizaña, así también nosotros sembramos nuestro espacio y apagamos el fuego.

            -Todos tenéis amigos. Todos los tenemos. Seguro que más de una vez nos vienen a llamar cuando estamos trabajando.
            Guardó silencio. Nadie hablaba. Volvió a insistir.
            -¿No es así?
            -Sí, sí, muchas veces –irrumpió Pedro-. Que te lo diga Darío.
            -¿Darío? –llamó Juan apuntándole con la mirada.
            -Sí –contestó Darío sonriendo-. Todas las tardes.
            -¿Cómo? –inquirió Juan Luis-. ¿Todas las tardes? ¿A qué hora?
            Después de comer.
            -¿Dónde estás tú a esa hora?
            -En mi cuarto. Me pongo a hacer las tareas.
            -¿Y dónde tienes tu cuarto?
            -¡Ése es el problema! Está a un lado de la casa, alejado de mis padres y de mi hermano, pero da a la calle. Estoy aislado por dentro, pero comunicado con el exterior. A todas horas pasan mis amigos, me empiezan a silbar y a tirar piedras, me dicen que me vaya con ellos y nunca acabo de estudiar. Y aunque yo no vaya ellos siguen ahí, bromeando y haciendo el tonto por la ventana, y tampoco estudio.
            -¡Vaya! –replicó Juan Luis-. Parece que tenemos aquí a un hombre atado. Y a un dragón.
            Todos escuchaban, callados. Pero su silencio ahora era inquisitivo. Era como si esperasen la continuación de un capítulo que decía: “continuará”.
            -Os lo explicaré de nuevo: la calle es como una cueva; Darío, que está libre en casa, se encuentra atado a esa cueva: sus amigos, con su insistencia, lo tienen como encadenado, no puede dejar de mirar allí; y él sólo está libre para jugar con ellos, porque si sigue estudiando lo seguirán distrayendo, que es como si lo volvieran a atar.
            A los ojos de los alumnos les salieron miradas de sorpresa. Y de expectación.
            -Y si además es primavera –prosiguió Luis-, el sol que calienta por la ventana lo distraerá más todavía; como la galbana de mayo; como todos esos días que hace demasiado bueno para poder estudiar. El calor es, a veces, como un veneno: como un fuego que nos intoxica; pero el humo también representa el juego, el entretenimiento, la diversión, que es distracción en un doble sentido: porque nos distrae del aburrimiento y nos distrae también de nuestras obligaciones.


            -Nuestra casa es un terreno favorable para estudiar; un terreno abonado.
            -Así que –preguntó Maia- es el mundo el que nos hace ser como somos. Si Darío no tuviera la ventana mirando a la calle, estudiaría más. Entonces no sería tan vago. Porque la culpa de no estudiar sería de sus amigos, no sería de él.
            -Bueno –contestó Juan Luis-, no sé qué pensáis los demás. ¿Creéis que es el mundo el que nos mueve, o que la fuerza de las cosas está en nuestro interior?
            -¡La fuerza está en nosotros! –exclamó Cristal en una exhalación-. ¡Si tú no quieres dejarte llevar por el mundo, el mundo no te arrastra!
            -¡Yo creo que no! –interrumpió Maia-. Hay veces que quieres hacer las cosas y no puedes. No te dejan.
            -¿No puedes o no te dejan? –inquirió Juan Luis.
            -¿Eh?
            -Hay gente que no puede trabajar aunque le dejen.
            -No entiendo –replicó Maia.
            -¿Tú no te has distraído nunca?
            -Sí, muchas veces.
            -¿Quién más se ha distraído?
            Se levantaron varias manos. Otros hablaron sin pedir permiso. Juan Luis le dio la palabra a Pedro para desliar el barullo.
            -A ver, Pedro, ¿tú qué piensas?
            Pedro miró con su cara de ignorante. Su cara bondadosa temblaba con timidez.
            -Yo es que no me concentro. Me distraigo aunque no haya moscas.
            -Yo no –interrumpió Ilse-. Hay muchas veces que quiero trabajar y me entretienen los amigos. ¡Son ellos los que no me dejan! El ambiente puede más que yo.
            -¡Pues yo, si quiero trabajar, trabajo! ¡Si me molesta la gente me voy a otro sitio y arreglado! ¡Te aíslas y ya está!
            -¡Bueno, bueno, no os peleéis! –zanjó Juan Luis-. Hay opiniones para todos los gustos. Quizá no haya una respuesta única: seguramente todos tenéis razón. Hay quien puede más que el mundo, y hay quien el mundo puede más que él. El mundo es lo que nos rodea: circum-stantia; esta aclaración la hizo un filósofo español cuyo nombre seguro que os suena: Ortega y Gasset.
            -Yo creía que eran dos: Ortega, y Gasset.
            Juan sonrió con benevolencia. En seguida se dispuso a darles su explicación.


            -Yo soy yo y mi circunstancia. Mi circunstancia es el mundo, pero también es mi propia naturaleza; la mía y la de mi especie, que es la especie a la que pertenezco. Yo soy mi libertad. Hay quien, como Rousseau, afirma que tenemos una naturaleza buena rodeada de un ambiente malo; y quien, como Hobbes, sostiene que los malos somos nosotros. La maldad que hay en el ambiente que nos rodea es el propio mundo en el que estamos. Que es un mundo perverso. El diablo mundo.
            -¿Mi circunstancia es mi naturaleza? –inquirió Jaime-. Mi naturaleza soy yo; yo no soy el mundo, estoy en el mundo.
            -No estoy de acuerdo –explicó Juan Luis-. Tú eres lo que controlas, lo que libremente puedes hacer. A tu naturaleza no siempre la controlas; es como un mundo con el que tienes que luchar.
            Se detuvo un poco para buscar un ejemplo; lo encontró en seguida.
            -Si Pedro dice que su naturaleza es distraída, debe ser verdad; él lo sabrá mejor que nadie. Seguramente le gustaría no ser así, pero él es así, no puede cambiarlo. Su naturaleza puede más que su voluntad.
            Y le vino a la mente otro ejemplo.
            -Nuestra naturaleza es humana. Quizá a alguno le hubiera gustado ser pájaro para volar, pero no es un pájaro; no puede volar. La especie a la que pertenece no la ha elegido él, es algo que le ha sido impuesto por la naturaleza.
            Y prosiguió con nuevas ideas.
            -El tiempo en el que vivís es otro mundo en el que tenéis que luchar: no tenéis que luchar contra él, tenéis que luchar en él. ¿Que a alguno le hubiera gustado vivir en la Edad Media? Lo siento: ha nacido en el siglo XX; él no es libre de cambiarlo. Y lo mismo que con el tiempo, pasa también con el espacio. Quizá a alguno le hubiera gustado nacer en Grecia, pero ha nacido en España. Y le hubiera gustado nacer en una familia rica, pero no ha sido así. Y le hubiera gustado... El destino. Todo eso es el destino. No depende de nosotros. Nuestra naturaleza, nuestro tiempo, nuestro espacio, nuestra clase social, todas esas son realidades que tenemos que admitir aun a pesar nuestro: están ahí. Son mundos en los que tenemos que vivir. Son nuestro mundo. Nuestra circunstancia.
            Se acercó a la mesa y rebuscó entre unos papeles que había traído. Cuando encontró el que buscaba lo leyó para sus alumnos.
            -He pensado en Espronceda, que ve (leo) “el mundo cual magnífico escenario”[1]. El nacimiento es una caída, así lo expresa por boca de Salada, que es uno de los dos protagonistas de El diablo mundo. Salada, que lleva una vida de sinsabores y de desgracias, se vio
                                   arrojada en el mundo una mañana
                                   cuando la luz entre miserias vi[2].
La caída es un tema que procede de la tradición cristiana. Del pecado original. Y el mundo, como imaginara Platón, refugio del engaño.
                                   Mas, ¡ay!, volad, huid, engañadoras
                                   sombras por siempre[3].
Lo que no nos engaña es lo que no se ve: “formas sin forma”[4] lo llama Espronceda; formas que son ideas, y las ideas no se ven: se piensan. Lo que vemos es mentira, y en el pensamiento está la verdad. Alguien hay (alguna fuerza oculta) que se empeña en engañarnos. Espronceda lo materializa en una voz que habla de los humanos.
                                   Yo confundiré a sus ojos
                                   la mentira y la verdad[5].
El mundo que vemos, oímos y tocamos, es un mundo de placeres. Y el placer despierta la ilusión. Vosotros sois jóvenes, estáis llenos de ilusiones y sentís la llamada del placer. Pero cuando pasen los años, dice Espronceda, con la juventud se marcharán las ilusiones:
                                   ¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas
de juventud, de amor y de ventura![6]
Y nos queda el vacío.


                                   Los años, ¡ay!, de la ilusión pasaron[7].
A menos que hayamos sabido buscar los placeres del pensamiento y alejarnos de este mundo, siendo soñadores, y volar:
                                               ¡dame que del mundo
                                   rompa mi alma la prisión sombría,
mis pies desprende de su lodo inmundo,
y en alas de Aquilón álzame y guía![8]
            Porque la vida por encima de los placeres es una ilusión. Y vencemos cuando mantenemos viva la ilusión en nosotros, sin depender de las ilusiones que nos da el mundo. El mundo. Los placeres. El engaño. La materia.
                                   La flaca, vil materia
                                               (...)
                                   y sombras y luces,
                                   la estancia que gira[9].
La materia es el engaño. La sombra; pero las sombras no tienen fuerza para actuar. La fuerza está en la voluntad; en el espíritu.
                                   La materia al espíritu obedece
                                   hasta que, yerta al fin, cede y fallece[10].
La muerte sobreviene cuando desaparece la energía, la voluntad; cuando desaparece el espíritu de la materia, cuando se queda sin fuerzas. El espíritu de la circunstancia se enfrenta a nosotros y nos gobierna, si desfallecemos. ¿Quién puede más: nosotros o el mundo? El que tenga más fuerza de los dos.
                                   Ver todo el mundo que gira
                                   a mi alrededor.
                                               (...)
                                   Tú vendrás donde yo elija[11].
El mundo y yo somos dos fuerzas en contacto. El mundo trata de envolverme, de atraparme. Yo trato de abrirme camino en el mundo. No podré caminar si el mundo es duro como el diamante, ni el mundo me podrá tragar si yo soy un diamante puro. Pero nadie en el mundo es tan duro que no se pueda moldear. El diamante no existe, es un ideal; un límite que ni yo ni el mundo podremos atravesar nunca. La vida se mueve dentro de sus límites, que son la dureza irrompible y la infinita blandura. El mundo y yo somos dos fuerzas que chocan; dos espíritus echando un pulso para abrirse camino, como dos caballeros embistiendo en un puente porque ninguno quiere dejar pasar al otro. ¿Y por qué? ¿Por qué hemos tenido que encontrarnos en el puente?
                                   Juntos tú y yo lanzados en la vida[12].


Hemos nacido sin que nadie nos pida permiso. Hemos sido lanzados a la vida. Arrojados al azar. Y hemos caído allí donde el destino ha querido. El destino es nuestro mundo, nuestra circunstancia; nosotros somos nuestra libertad. Una libertad luchando contra el destino, eso es lo que somos; luchando en el mundo en el que hemos caído, con él o contra él, con el destino o contra el destino, con su ayuda o con su oposición. Ninguna libertad puede oponerse al destino, que ha trazado el marco de nuestra vida; dentro de esos límites lo podremos todo, pero si escapamos a ellos nos destruirá como se destruye la materia al chocar con la antimateria. La libertad es una fuerza dentro del destino; pero si se opone a él, no es más que debilidad.
                                   Rompamos del destino las cadenas[13],
dice Espronceda; y eso quiere decir que la fuerza de nuestra voluntad puede vencer al mundo, no que pueda escaparse de él. Yo puedo salir victorioso de los retos que me plantea mi tiempo, pero no puedo elegir otro tiempo para vivir. La libertad es, más que una fuerza dentro del tiempo, una fuerza dentro de mi tiempo; si se empeña en salir de él, como un cuadro empeñado en salirse de su marco, perdería toda su fuerza y dejaría de ser libertad. La libertad es, en suma, una fuerza dentro del destino. Y eso es reconocer lo que decía el título de la ópera de Verdi: la fuerza del destino; las coordenadas espacio-temporales de nuestra libertad. Sólo si acepta los límites de la historia y de la naturaleza podrá exclamar, con Espronceda:
                                   El hombre aquí ha de enredar
                                   sin que le enrede el enredo[14].
Todas las telarañas del mundo pueden ser vencidas; todos los líos pueden desliarse; todos los obstáculos se pueden salvar. Si aceptamos el punto de partida, si aceptamos los obstáculos que nos ha puesto el destino: sólo entonces podremos elegir nuestras aventuras, nuestros propios obstáculos, dentro del repertorio que tenemos al alcance de la mano. Un ideal es una ilusión forjada entre las cosas de este mundo, pero si buscamos ideales que no están en él, no seremos seres ilusionados, sino ilusos. Es de ilusos plantearse metas inalcanzables. Y entre las que podemos alcanzar, hay que elegir las que nos hacen triunfar en el mundo, no las que hacen que el mundo triunfe sobre nosotros. Si elegimos vivir envenenados por las drogas, nos habrá vencido el mundo; si elegimos resistir al encanto de las drogas, habremos vencido al mundo. El mundo es una cueva. Como todas las cuevas, ésa no es ni buena ni mala. Tiene cosas buenas y cosas malas. El mundo tiene fuerzas positivas y negativas, energías que nos ayudan y energías adversas: en nuestra mano está elegir las que más nos convienen. Y sabemos que lo bueno cuesta trabajo, eso es una ley universal.


            Y entonces dijo Darío:
            -Perdona, ¿no se dice que la naturaleza sigue la ley del mínimo esfuerzo?
            -Sí, así es –repuso Juan Luis.
            -Entonces lo más natural sería ser vago.
            -No –cortó Juan Luis al vuelo-. Lo más natural es ser feliz con el menor esfuerzo posible; que no es lo mismo que esforzarse lo mínimo a costa de la felicidad. Suponte que el esfuerzo sea dinero. Cuando vas a la compra tú no vas buscando lo más barato, porque entonces comprarías siempre vino malo, que es el que cuesta menos. No. Tú lo que buscas es calidad, y dentro de la calidad quieres la que cuesta menos, sin que la bajada del precio signifique una merma en la calidad. En resumidas cuentas, tú lo que buscas es la mejor relación calidad-precio.
            Darío se quedó pensativo, paralizado su pensamiento por esta respuesta. Y Juan Luis aprovechó para sacar conclusiones de ella.
            -No sé si conocéis a Georges Moustaki. Es un cantante francés de origen griego. En una de sus canciones reivindica “el derecho a la pereza”. Yo estoy de acuerdo con él. Ser feliz significa disfrutar de la pereza, pero la felicidad cuesta esfuerzo. Para ser perezoso y desgraciado no hace falta esforzarse, pero para disfrutar verdaderamente de la pereza hay que trabajar. Si no te duchas porque te da pereza aguantarás la roña y te picarán las pulgas, pero si te tomas el trabajo de ducharte disfrutarás de una piel fresca y de una sensación de bienestar: la misma que te invade cuando estás limpio. Si quieres te pongo otro ejemplo. Mira, si no estudias cuando tienes que estudiar y haces el vago, sentirás el pesar de no hacer lo que debes; y cuando suspendas, ese peso te pesará cada vez más. Pero si estudias lo necesario y te diviertes después, la diversión tendrá un sabor más exquisito; además, cuando apruebes te sentirás más ligero, porque te quitarás un peso de encima: de lo que te has examinado ya no tendrás que volverte a examinar; y si te examinas de nuevo te costará menos, porque luego no tendrás que estudiarte todas las cosas, sino solamente repasarlas. Al revés que el vago, que cada vez irá acumulando suspensos y cada vez tendrá más cosas que estudiar. El estudio del vago va pesando como una bola de nieve. El del perezoso feliz pierde peso, como el agua que se evapora, porque ha comprendido que la vida es una carrera y la meta es la pereza; para llegar a la meta hay un punto de partida, que es el esfuerzo, el trabajo, el despliegue de la voluntad.
            Ahora Darío estaba perplejo. Juan Luis había puesto el mundo al revés. Y Juan Luis remató la faena con una guinda que le puso al pastel.
            -Recuerda lo que hemos dicho: divertirse es distraerse del aburrimiento, no de la felicidad. Para disfrutar de la pereza hay que ser feliz, pero el vago piensa lo contrario: piensa que con la pereza alcanzará la felicidad.
            -Explícate un poco mejor.
            -La felicidad la da el trabajo: no la pereza. Lo que da la pereza es el disfrute, el goce, pero gozar sin ser feliz es lo mismo que circular sin gasolina: te durará poco. La felicidad es la gasolina de la pereza. La felicidad requiere trabajo y la pereza produce placer. Pues bien: cuanto más esfuerzo habrá más goce, y el trabajo es la fuerza del placer.










[1] Espronceda, Poesías completas. Edición a cargo de Don Juan  Alcina Franch. Barcelona, Bruguera, 1968;  p. 120. 
[2] Ibídem, p. 335.
[3] Ibídem, p. 156.
[4] Ibídem, p. 225.
[5] Ibídem, p. 216.
[6] Ibídem, p. 244.
[7] Ibídem, p. 250.
[8] Ibídem, p. 375.
[9] Ibídem, p. 196.
[10] Ibídem, p. 223.
[11] Ibídem, p. 347.
[12] Ibídem, p. 335.
[13] Ibídem, p. 335.
[14] Ibídem, p. 299.