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viernes, 4 de mayo de 2018

EL GENARES EN RUSIA





EL GENARES EN RUSIA  
  

            Uno de aquellos jóvenes idealistas deseaba conocer en directo la revolución que estaba en marcha. Y se fue de viaje a Rusia (por aquellos tiempos, la Unión Soviética). Creyó que volvería contando las bondades del socialismo y volvió contando… que no le quisieron vender helados. Fue el caso que todos los españoles que estaba alojados en el hotel quisieron comprar helados por el mucho calor que hacía, y el camarada vendedor no quiso porque ya eran las ocho de la tarde: justo la hora a la que él cerraba su tienda. (En el viejo mundo capitalista el chiringuito habría seguido abierto media hora más, y hasta dos si hacía falta, para vender de golpe sesenta helados a sesenta turistas). Contó también que había visto regar los campos un día de lluvias torrenciales porque lo habían planificado desde hacía tiempo. Y que no pudieron visitar el país libremente porque las autoridades se encargaban de que sólo se visitase lo que ellas querían. Aun así, al volver se compraron un buen coche soviético; y como las soldaduras del Lada se caían a pedazos, acabaron comprándose un buen coche capitalista.
            También recuerdo cuando, siendo estudiante, trabajaba durante el verano para hacerme con algún dinerillo. Trabajé en los montajes, en una gran fábrica de productos químicos. Me tocó con un viejo comunista que había decidido ir aquel año de vacaciones a Yugoslavia: y ante el aburrimiento soberbio de un turismo espartano decidió, desde entonces, que pasaría siempre sus vacaciones en una buena playa capitalista. Tal otro había comprobado que en una fábrica soviética el obrero se escaqueaba de la tarea todo lo que podía (no le iban a pagar más: total, a él le daba lo mismo); y no sólo perdía el tiempo con un aburrimiento descomunal, sino que el desinterés y la desidia generaban productos de una calidad ínfima; luego pasaban al consumidor para no alegrarle la vida más de lo que un lingote de oro se la alegra a un perro. Recuerdo también que, estando trabajando en las carreteras, terminamos de asfaltar el camino que conectaba una casa con la carretera vecinal; y, como nos sobrase todavía medio camión de asfalto bien caliente, le preguntamos al dueño: ¿lo aprovechamos para asfaltar el pueblo? Total, el asfalto y la mano de obra ya estaban pagados, al pueblo le iban a salir gratis. A lo que el buen señor nos dijo: “que el ayuntamiento se lo pague si quiere, que esto es mío; así que lo vais a tirar ahí, en la cuneta”. Entre la falta de solidaridad de este campesino capitalista y la falta de implicación de aquel obrero soviético, o del camarada que vendía helados, ¿no había más semejanzas que diferencias? Al campesino le faltaba solidaridad, al camarada le faltaba motivación: el incentivo. El primero pensaba que, si él había asfaltado su casa con su trabajo, el ayuntamiento tendría que trabajar también para asfaltar el suyo; y el camarada pensaba que, trabajara más o trabajara menos, a él le iban a pagar lo mismo. El campesino, obsesionado con su trabajo, no podía concebir, aunque lo entendiera, que el trabajo no era un arte individual, sino un esfuerzo colectivo; y el camarada no sentía que en su trabajo estaba el bienestar de sus conciudadanos además del suyo. Los dos comprendían lo que era mejor para todos pero ninguno lo aceptaba: el uno porque creía que ayudar a los demás era sostener vagos, y el otro porque no sentía que su trabajo repercutiese en el bienestar de los demás y por lo tanto tampoco en el suyo; el primero creía sólo en él, y el segundo no creía en la sociedad: tampoco en sí mismo. El primero adoraba al dinero en el mismo altar en que le rendía culto al individualismo; y el segundo, en el altar del socialismo, no podía rendirle culto a la propiedad, y por lo tanto se desentendía de lo que no era suyo: igual que el campesino que no había querido regalarle al ayuntamiento el asfalto que le sobraba. Desde dos horizontes opuestos, capitalismo y socialismo, los dos acababan adorando al individuo: el primero estaba vacío porque era tan pobre que no tenía más que dinero; y el segundo vacío también, porque era tan pobre que no sabía aspirar más que al dinero: y no podía. Capitalismo y socialismo habían desembocado en la misma suerte de nihilismo: no creer en nada, no confiar en nada, nacer y vegetar sin esperar nada, consumidos en su riqueza el uno, el otro en su pobreza, y ambos en la misma miseria moral: la de vivir sin ilusión, el horizonte ciego, la pasión seca, la mirada vacía, la razón sin esperanza; vivir sobreviviendo, sin ninguna motivación; y la fe en un mundo mejor, desguarnecida.




viernes, 25 de agosto de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)


1.

            No se puede decir que un silencio recorriera la sala. Lo que sucedió más bien fue que la sala estaba en silencio. El silencio que reina cuando uno viene dormido, dispuesto a escuchar; cuando uno espera que se lo digan todo y no quiere preguntas, sino respuestas; así estaban los alumnos cuando iban a clase. Juan Luis ya no estaba para hacer experimentos que despertaran la participación de los alumnos. Se limitaba a exponer lo que sabía, poniendo todo el énfasis de que era capaz, haciéndolo atractivo, revistiéndolo de misterio; esperaba que la curiosidad se despertase en los alumnos con la simple escucha de lo que decía, con tal que su discurso no fuera un texto casposo, sino una apasionante aventura.
            Sin embargo los alumnos no reaccionaban. Escuchaban con la pasividad del espectador que viene al teatro para que la acción la pongan los actores, él ya ha tenido bastante con poner el dinero. Los alumnos, sin embargo, no ponían ni el dinero, porque la enseñanza era gratuita. Venían acostumbrados a que se lo dieran todo sin que ellos pusieran nada para merecerlo.
            Y así, en aquel instante, la sala permanecía en silencio. No que se hubiera quedado callada, es que no había empezado a hablar. No era silencio emocionado, no la mente enmudeciendo sobrecogida cuando la pasión del verbo nos deja sin voz. No: era el silencio del aburrimiento; de quien viene sin ganas de decir nada y sale sin nada que decir. Y no porque su clase estuviese aburrida, sino porque aquellos chicos nacieron aburridos y arrastraron la vida cargándola de angustia; de la angustia que mana de la falta de interés, de la atonía que nos llena de vacío, como se llena de aire la barriga cuando la inflamos de gaseosa; el desánimo de la nada que poblaba el corazón de aquellos jóvenes, acostumbrados a tener de todo sin luchar por nada; acostumbrados a no sentir emoción, a contemplar una obra de arte como quien ve jugar a las cartas, a aburrirse con la belleza, a ver veinte películas idénticas con los personajes y lugares cambiados, a tragarse doscientos pokemon que no sirven para nada, con sus características detalladas y bien aprendidas; luego son incapaces no ya de aprenderse la tabla periódica de los elementos, sino de distinguir entre el sujeto y el predicado.
            No sabría decir por qué, pero aquélla le parecía una generación perdida. Generación perdida es la que no tiene de nada por culpa de la guerra, pero aquella se perdía en la abundancia y nunca aprendió a valorar lo que tenía. Con una irónica paradoja lo supo decir José Luis Bartolomé:
Lo tienes todo ganado,
pero eres un perdido.
            Porque nada de lo que tienes tiene valor. El mundo para ti es un gran decorado, un escaparate donde puedes escoger de todo y nada te cuesta. En verdad era aquélla una generación perdida. Y la gente no lo reconocía. Sólo reconocemos la pérdida de lo que vemos, la pobreza de no tener nada, la ausencia de las cosas que se ven y tocan, la ausencia del cuerpo. Pero aquella generación sufría de tener de todo, y era la pobreza de tener lo que no reconocían como pobreza. Sí, aquello era una pobreza de espíritu. Habían alimentado su alma con desgana, con aburrimiento, con desinterés, y aquel sentimiento se convertía en desprecio; sus ademanes eran desdeñosos, su conducta intercambiable, y el no creer en nada había hecho de ellos unos rebeldes sin causa. Sólo creían en el dinero:
                                               Adiós, papá, adiós, papá,
                                               consíguenos un poco de dinero más. 


            Se reían con la canción de los Ronaldos. Aquel nihilismo había hecho de ellos unos seres desalmados; vivían del cuerpo, pero habían perdido el alma. Y el cuerpo, aunque ellos no lo supieran, tenía su alma también; su culto al cuerpo era vivir sin cultura corporal, entregados a la dejadez de los gimnasios, de la cosmética, de las dietas inconscientes, de los anabolizantes; del alcohol sin tino, las borracheras, las pastillas, la coca, las carreras por la noche, las peleas grabadas en el móvil, la nada. Vivían en un mundo que les habían regalado al nacer y ellos eran incapaces de apreciar; como despreciaban los viajes del instituto porque eran gratis, porque no les costaban nada; porque les abrían los ojos a la cultura y ellos sólo entendían de cultos; y sus maestros los abofeteaban con aquella otra deformación no menos perversa del culto a la cultura. Entre la vida desalmada de unos y la de los otros, los autobuses iban vacíos. Pero había que pagarlos. Y no eran ellos los que los pagaban. Ni los otros ni los unos. También los maestros estaban acostumbrados a que las cosas fueran gratis.
            Por eso no se podía decir que la sala la recorriera el silencio. Es que el silencio estaba en la sala y los alumnos habían escuchado, pero no tenían nada que decir. No tenían costumbre de pensar lo que decían, no eran productores de pensamientos sino consumidores de ideas. Juan Luis tan sólo había preguntado:
            -¿Qué quiere decir “ser bueno”?
            Y ante su insistencia, algunos empezaban a decir: “portarse bien”; “ser bien pensados”, decían otros, y otros corregían: “hacer bien las cosas”. Tuvo que intervenir el profesor:
            -Os he pedido el significado de un adjetivo, y vosotros me dais la misma palabra convertida en adverbio. “Ser bueno” y “portarse bien” contienen la misma palabra; “bien” replica el significado de “bueno”, y eso no sirve para nada; es como si me dijerais que lo blanco es la blancura.
            Entonces intervino Adriana, que tenía una lógica muy incisiva:
            -Lo importante no es el adverbio, sino el verbo. Ser bueno es obrar bien, pensar bien y trabajar bien.
            -De acuerdo, pero hay mezclados dos problemas y tenéis que ayudarme a distinguirlos. No basta con obrar, pensar y trabajar para ser bueno; para ser bueno hay que obrar, pensar y trabajar bien. Pero ¿qué significa la palabra “bien”? No me digáis que lo mismo que “bueno”, porque entonces estaremos dándole vueltas a lo mismo.
            Hubo un silencio, y esta vez sí fue de perplejidad.
            -¿Qué significa “ser bueno”? Seguramente “ser” es al mismo tiempo obrar, pensar y trabajar; pero ¿qué es ser “bueno”?
            Un silencio recorrió la sala. Ahora sí.
            -Os daré pistas –dijo Juan Luis para ayudarles a salir del atolladero-. Algo podría ser bueno si nos gusta; si nos atrae; si es deseable.
            Ahora el silencio significaba “sí”; “estamos de acuerdo”. Juan Luis los sacó ahora del conformismo. Buscó ejemplos en los que no estuvieran de acuerdo todos; buscó contraejemplos.
            -El chorizo nos gusta. La droga nos atrae. Deseamos hacer el vago. Pero no todos estamos de acuerdo en que todas esas cosas sean buenas. 


            Juan Luis recurrió al libro de Savater. Quiso zanjar así la cuestión, porque éste no era el debate que le interesaba.
            ¿Estaréis de acuerdo en que es bueno todo lo que no nos hace daño?
            El sí de la respuesta fue unánime en los alumnos.
            -Pero si yo ahora os pregunto que qué es el daño vosotros me lo relacionaréis con el dolor. Y si os pregunto por el dolor me diréis que es el sentimiento del daño. Y si os apuro un poco más, me diréis que es el sentimiento del mal. Y si queréis saber lo que es el mal, contestaréis que lo contrario del bien; y ya estamos liados otra vez; no salimos del círculo vicioso.
            Juan Luis ahora tomó carrerilla. Él tenía la sartén por el mango y los chicos ardían en deseos de saber cómo salir del atolladero.
            -Es bueno lo que produce placer. Y malo lo que produce dolor. El mal es lo contrario del bien como el dolor lo es del placer, y lo contrario del placer y el dolor es la indiferencia; a menos que penséis que la indiferencia es ya una forma de dolor. Ahora recurriremos a Savater; un placer es malo cuando te quita la posibilidad de disfrutar de los otros; la borrachera se disfruta mientras te estás emborrachando, pero luego te pierdes la fiesta, vomitas y te queda la resaca. Pero volvamos a la pregunta que os hice: ¿qué significa ser bueno?
            El silencio fue de nuevo el mensajero de la perplejidad. Pero Adriana, que sabía escarbar para buscar petróleo, dijo:
            -Bastará con que tomemos las definiciones que acabamos de hacer. Ser, según hemos dicho, es obrar, pensar y trabajar. Bueno es lo que se disfruta sin perder la capacidad de disfrutar después. Si unimos estas dos definiciones tendremos la respuesta a lo que preguntas; ser bueno será obrar, pensar y trabajar sin perder nunca la posibilidad de seguir disfrutando.
            Un suspiro de admiración recorrió las mesas donde se sentaban los alumnos. La sorpresa se notó en sus bocas abiertas. Juan Luis, acostumbrado a las piruetas dialécticas, no perdió tampoco su capacidad de sorprenderse; y le aplaudió la idea. Acto seguido pasó a comentarla.
            -Si yo trabajo bien soy un buen trabajador; un buen carpintero si hago buenas sillas, por ejemplo. Si pienso bien seré un buen pensador; en este caso un buen filósofo. Pero si obro bien seré bueno a secas. Una buena persona. Pues bien, ahora que estáis satisfechos os contaré algo que me pasó hace muchos años. Tenía yo la edad que tenéis vosotros ahora, y acababa de terminar el bachillerato. Yo era bueno en latín y en griego. Un compañero me pidió que le diera clases y se las di gratis. Y otro compañero, cuando se enteró, me dijo que yo era bueno. Añadió en seguida que no me lo decía como un cumplido. Al llamarme bueno me estaba llamando...
            -... tonto –respondió Raúl, que las cazaba al vuelo.
            -Efectivamente –concluyó Juan Luis-. Bueno también significa tonto, y tonto es el que se pierde la fiesta por estar ayudando a los demás; como la borrachera es la tontería del vino, así también la tontería es la borrachera del bien. Si es bueno lo que no te quita la posibilidad de disfrutar del resto de las cosas buenas, privarse del bien por ayudar a los demás no puede ser cosa buena; aquí entronca la filosofía de Nietzsche.
            Se paró, miró a los alumnos que estaban sentados y comprobó en sus miradas que se había despertado el interés. Prosiguió tranquilo.
            -La filosofía de Nietzsche es un alegato contra la moral: la moral entendida como forma de desvivirse por hacer el bien. Desvivirse; dejar de vivir. Si lo bueno te quita la vida no puede ser bueno. El sacrificio de sí mismo en aras de los demás es un absurdo; ¿tiene acaso más valor la vida de los demás que tu propia vida? Eso del amor cristiano, que sufre para gozar después de la muerte, no tiene sentido. La caridad que te doblega no es buena, porque no es caridad contigo. El amor al prójimo no está mal, siempre que no se asiente sobre el amor propio, sobre el desprecio de sí mismo; pues el amor propio no es esclavo del amor al prójimo como yo no soy esclavo de los demás. El amor, el bien, la vida, son buenos si no se suicidan. El sacrificio sólo tiene sentido si es en aras de un bien que se disfruta antes de morir; siempre que ese beneficio tenga más valor que los bienes que sacrificamos para llegar a él. Ahí está Nietzsche. Nietzsche no desprecia el amor, la generosidad, la solidaridad con el mundo; lo que desprecia es el sacrificio de la vida en el altar de la muerte, que vale menos; y después de esta vida ya no hay más. Dejar de vivir esta vida pensando en la otra no es soltar el pájaro de la mano por cazar los ciento que vuelan: es que no hay pájaros volando por el cielo, y el único que existe es el que tenemos en la mano. La vida es placer, sí, pero placer que requiere sacrificio: la vida es lucha; y la lucha por la vida se empeña en las cosas buenas que hay antes de morir; después habrá otras cosas, pero ya no será para nosotros; serán para otros seres que hayan empezado a vivir después. Nuestra vida existe antes de morirnos, y no podemos acceder a ninguna otra vida que no sea para seguir viviendo después; vivir nuestra vida es vivir lo que ya nos ha pasado; será nuestro eterno retorno.
 
2.
Intuición e inteligencia: lógica y razón.

            El eterno retorno... y las miradas se hundían en el ensueño. Nietzsche era el apóstol del eterno retorno, y nadie lo entendió. Porque no se expresaba bien.
            -Bueno, hay que ir con cuidado cuando se habla así. Nietzsche se expresaba muy bien, pero lo hacía con metáforas; y la metáfora, a diferencia del concepto, hace vivir las cosas que se dicen, y vivir es entender. Con el concepto se entienden las cosas sin vivirlas, y eso, valga la paradoja, es vivirlas. Con la metáfora vivimos las cosas aunque no las entendamos con la cabeza; pero las entendemos con el corazón; y con las tripas.
            -No entiendo nada –interrumpió Roberto.
            Juan Luis lo miró con el verbo interrumpido, y después hundió sus ojos en el vacío; como cuando quería buscar una idea y la perseguía por las nieblas de la conciencia.
            -¿Cómo te lo podría explicar?... Mira, imagina que tienes que explicarle el color verde a un ciego; si perdió la vista en un accidente, todavía se acordará del color; pero si nació ciego no habrá visto el verde en su vida. ¿Qué le dirías para que lo entendiera? ¿Que el verde es el color que hay entre el azul y el amarillo en el arco iris? ¿Le hablarías de su frecuencia y su longitud de onda para que lo entendiera? ¿Lo entendería si se lo explicaras así?
            Roberto abrió la boca sin contestar, como se quedan los que se quedan perplejos.
            -Si te dice Descartes que el color aparece en el arco iris cuando tu mirada, el agua y el sol forman un ángulo de 50 grados, ¿entenderías tú lo que es el arco iris? ¿Te darías por satisfecho?
            Roberto tardó un poco en contestar, y contestó sin estar seguro.
            -¿Qué te faltaría? –continuó Juan Luis-. ¿Qué necesitas saber que no te muestra la explicación del ángulo y los grados? ¿Por qué no tienes la sensación de haber comprendido?
            Roberto buscaba en su mente sin encontrar. Juan Luis le ayudó con otro ejemplo.
            -Fíjate: los electrones giran en torno al átomo en distintos niveles. Imagina que un nivel es una órbita, o un orbital, eso ahora nos da lo mismo; figúrate que cada órbita es una camino y que cada camino contiene un vehículo de dos plazas; por cada camino, por tanto, sólo puede circular un máximo de dos electrones. Si aparece un tercer electrón tiene que buscarse otro vehículo que irá por otro raíl, por otro camino, no pueden subir tres electrones en el mismo coche, no hay sitio para tanto. ¿Lo entiendes?
            -Sí, es fácil de entender: está claro.
            -Pero con esta explicación ¿entenderías del todo la realidad del electrón en el átomo?
            -Para nada.
            -¿Por qué? ¿No dices que lo has entendido?
            -Sí, he entendido que si por un camino sólo pueden circular dos, no es posible que pasen tres; pero lo que no entiendo es por qué no pueden circular más de dos.
            -Exactamente. Lo mismo pasa con el arco iris. Tú entiendes que cada color tiene su ángulo, pero ¿por qué ese ángulo precisamente? Tú entiendes que, partiendo de unas premisas, se dan obligatoriamente unas conclusiones. Pero ¿por qué hay que admitir esas premisas? ¿Por qué no pueden ser otras? ¿Siempre hay que aceptar el punto de partida? 


            -Sí, sí, estás en lo cierto. Es como si tu padre te dice “¡esta noche a las doce en casa!” Si aceptas esta imposición llegarás a determinadas consecuencias, ¿pero por qué tienes que aceptarla? ¿No puedes imponer tú otras condiciones?
-¡Pues eso es lo que os quería decir! –exclamó Juan Luis con alegría-. Una ecuación matemática, una descripción geométrica, te hacen entender las cosas desde un determinado punto de vista; pero si cambiamos el punto de vista la ecuación y el dibujo varían; habrán servido para que entendamos una perspectiva, pero no otras de las muchas perspectivas desde las que se puede enfocar el problema. Un matemático te explica las cosas desde un punto de partida que, sin querer, aceptamos. ¿Pero y si quieres entender esas mismas cosas desde una óptica diferente? ¿O independientemente del enfoque que le demos?
Juan Luis respiró. La respiración se hace presente, se insubordina, se impone, cuando uno la contiene para dejar pasar la inspiración.
-Cuando os hablo del modo de entender las cosas, os recuerdo que hay dos: uno es con la cabeza; el otro con el corazón. A la cabeza se llega con el concepto; al corazón, con la metáfora. Son dos ópticas diferentes, dos perspectivas; la cabeza entiende las cosas en el espacio, y el corazón las entiende en el tiempo. Cuando la cabeza quiere entender el tiempo lo parte en trozos y extiende cada uno en un lugar del espacio; asó lo entendía Bergson. El corazón, sin embargo, no entiende las cosas separándolas en partes, pero entiende el conjunto. Entender un conjunto sin entender las partes es intuición, entender las partes sin entender el todo es inteligencia. La intuición y la inteligencia son formas de la razón. La inteligencia comprende las cosas en sus límites, pero no entiende por qué hay límites, ni por qué hay unos límites y no otros; la intuición se salta los límites y vive lo que entiende, pero lo ve todo borroso; su entendimiento es difuso.
Ahí los chicos se perdían, y Juan Luis era consciente de ello. Pero se dejó llevar por el numen, que le estaba haciendo descubrir cosas nuevas; o perfilar cosas que intuía desde hacía tiempo, no sabría  decirlo. Pero aquél era un momento creativo en sus clases. A veces le pasaba. Explicaba cosas poniéndose en le mente de los chicos; pero al hacerlo, a veces las ideas se encadenaban solas y cobraban vida: y fluían. Su flujo era entonces creación como brota el agua de la tierra, como manan en la mente las ideas, como surge la luz desde las sombras; haciéndose manantial. Aquellos momentos tenían algo divino. Subyugaban a Juan Luis con su potencia. Llenándolo de energía, en una especie de éxtasis que une la idea con el corazón. Juan Luis se dejaba llevar por aquellos arrebatos dialécticos a pesar de que sabía que sus alumnos no lo entendían; pero había que dar a luz corazonadas e ideas y aquello requería su tiempo. Luego, cuando sentía que había terminado el parto, volvía a la realidad. Regresaba de nuevo con sus alumnos.
-Perdonadme. Sé que todo esto que acabáis de oír es ininteligible para vosotros. Rebobinemos la película y volvamos al principio. Os quería explicar por qué  Nietzsche se expresaba con imágenes mientras otros se han expresado con conceptos. Platón, el gran adversario de Nietzsche, también se expresaba con imágenes: con mitos, con metáforas, con vivencias. Curioso, ¿no? Pues bien, la metáfora surge cuando queremos entender las cosas más allá de lo que el concepto lo permite; entonces recurrimos al lenguaje poético, que nos hace sentir lo que no entendemos. Sentir, aunque sea no comprendiendo, es una forma de comprender. Se comprenden las cosas con el corazón, viviéndolas; metiéndote en ellas, no contemplándolas desde lejos. Por eso el lenguaje poético, que es más difícil de entender, parece fácil porque lo muestra todo como si fuera un juego de palabras, como si ese juego fluyera al margen de la razón, pero no es verdad. Nietzsche decía que lo suyo era irracional, pero no es cierto. La vida, que es lógica y sensibilidad, no se puede entender sólo con la lógica. Las razones del corazón podrán perecer ilógicas, pero no irracionales. Hablar es siempre expresarse con la razón; o de lo contrario no hablamos, sino que gritamos. Los seres humanos, decía Aristóteles, tienen palabra: a diferencia de los otros animales que sólo tienen voz. El ser humano es un animal que habla. Unos filósofos, como el propio Aristóteles, hablaban con la lógica de los conceptos, y sus palabras eran ordenadas, claras y precisas; y aunque fueran complicadas, se entendían bien. Otros, como Platón, hablaban con la intuición de las imágenes, y sus palabras parecían más hermosas y sencillas, pero todo era más complicado: porque no seguían un hilo claro y preciso, aunque tuvieran su orden; pero era un orden misterioso y escondido, un orden que el lector no encontraba señalizado, un orden que el lector tenía que encontrar. El lenguaje poético, que es mucho más bonito, nos permite entender muchas más cosas, pero con mucha mayor dificultad. Nietzsche no escribía como Aristóteles. Escribía como Platón.
Y Juan Luis se corrigió mentalmente cuando lo estaba diciendo. “No exactamente”, se decía a sí mismo. “No exactamente”. Pero para aquellos chicos aquellas palabras bastaban. No estaban listos para entrar en aguas de mayor profundidad.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Juventud y borrachera





JUVENTUD Y BORRACHERA

 

      Ha muerto una niña. Y era fin de semana. Empapándose de alcohol (tenía doce años). Salió con sus amigas y, como muchos jóvenes, ya no sabía divertirse si no es con el botellón. Celebraban halloween. Y, como una ironía, la fiesta de los muertos condujo a la muerte de la fiesta, en un momento de la noche, cuando todavía no había empezado la resaca. Se había bebido un litro de vodka. Ella sola. Doce años. Se quedó tumbada en el suelo, olvidada de todos, mientras a su alrededor la fiesta continuaba. Pasaron cuarenta minutos hasta que alguien se dio cuenta de que llevaba tiempo sin moverse. La metieron en un carro de la compra y la llevaron al centro de salud. Allí urgieron a la ambulancia y le hicieron cuidados intensivos, pero en el hospital, donde todavía la mantenían con vida, no pudieron hacer nada ya; fue un fallo multiorgánico.
      El alcohol nos hincha el cerebro (edema cerebral, dicen los médicos); nos para el corazón; y en más de cinco minutos la parada cardiorrespiratoria provoca trombos que detienen la sangre y los órganos empiezan a necrosarse: el vientre, el estómago, el riñón; al final, todos los órganos acaban muertos. La niña se murió porque se le murió todo el cuerpo; parte a parte, hasta que el todo ya no pudo. Otros se ahogan en sus propios vómitos. Pasas por la calle y te encuentras a jóvenes en las esquinas, inconscientes, abandonados de sus amigos, empapados en alcohol. Es frecuente que los jóvenes acaben en un coma etílico; unos mueren, otros se pueden salvar.
      El botellón. Maldita sociedad que nos empapa las mentes de botellón. No sé quién lo inventó todo, pero al principio debió ser una forma de resistencia. Frente a los precios abusivos de los bares, nada tan natural como comprarte las botellas tú mismo; democratizar el gasto; zumos, cervezas, gaseosas… En lugar de botellines se compraron botellas grandes. El litro de cerveza se llama botellón: así empezó todo. Pero empezaron a pasar frío. Ya no se sentaban al calor del bar y buscaron sitios más inhóspitos; la calle de los bares fue sustituida por lugares apartados de la ciudad.
      Pero poco a poco la gente ya no se reunía para beber; se reunía para beber alcohol; comprarlo barato acabó siendo empezar a perder el control. Cuando la consumición se pagaba a precio de bar, el límite del consumo lo marcaba el bolsillo; pero ahora, que las botellas se compraban en la tienda, todo era más barato: y se perdieron los límites del fin de fiesta; la fiesta duraba lo que duraba el alcohol, y entonces la propia fiesta acabó durando más tiempo. Un botellón de zumos y cerveza es un lugar para reunirse, la gente habla en la calle, aquello es un acto social. Pero un botellón de alcohol es una ocasión de aislarse, la gente no se emborracha porque bebe, sino que bebe para emborracharse; y no es extraño que una persona se aferre a una esquina para beberse la botella, despreocupada del resto, agarrada a su botella, a su móvil, y hablando en la distancia mientras desprecia a cuantos tiene al lado, como si las caras virtuales fueran más importantes que las de verdad. 

 

      El botellón empezó para gastar menos, sí; pero el dinero que se ahorraba acabó gastándose también, y ahora con lo mismo que se tenía antes se compraba más; de manera que lo que debía emplearse en gastar menos, ahora se empleaba en beber más; más alcohol, se entiende. Pero ahora los bares y discotecas ya no estaban para controlar, la edad de consumo se fue rebajando poco a poco. Primero se bajó a los diecisiete, luego a los dieciséis, después… Bueno, ahora a los doce; como esa niña que se bebió una botella de vodka ella sola en la noche de halloween.
     Y ¿quién les vende alcohol a los menores? Siempre hay un amigo que tiene dieciocho años (normalmente los que fracasan en los estudios, aunque no siempre; los que están menos preparados para pensar); y es ese amigo quien hace la compra de todos. También hay, entre los tenderos, desaprensivos capaces de vender alcohol a los menores, todo vale con tal de ganar. Y si alguno, como esta niña, es alto y tiene el cuerpo desarrollado, acaso pase desapercibido y no lo tomen por criatura y le vendan alcohol. Yo me acuerdo de lo que pasó en Rusia cuando vino la democracia: la carne costaba demasiado cara y pocos la podían comer, pero el vodka era muy barato; el alcoholismo en Rusia se había convertido en una lacra, y, con la economía destrozada, muchas veces he pensado que sólo el vodka evitaba que algún día se produjera un estallido social.
      Y me acordé de los emperadores romanos: pan y circo; los emperadores de ahora conservan el circo aunque ya no puedan dar pan a nadie; y los jóvenes, que crecen como esponjas, se empapan de las modas y de todo lo fácil que le viene bien al poder. Antaño podíamos salir de fiesta a las diez de la noche; y cuando volvíamos a casa, a las dos, ya habíamos tenido tiempo suficiente para divertirnos: cuatro horas. Ahora, sin embargo, la gente sale a la una de la noche y antes de las cinco todavía no ha tenido tiempo suficiente para divertirse. ¿Quién fue el que cambió los horarios? “La noche es joven”, se le ocurrió a una importante casa de bebidas; que no eran bebidas alcohólicas, pero combinaban muy bien con el alcohol. El propio Nietzsche ensalzó las fuerzas irracionales de la vida ligándolas a la noche; al delirio báquico; a la pérdida de control. ¿Es la borrachera una construcción social que mamamos de pequeños? ¿O es un instinto natural que nace pegado a la vida? No lo sé, pero siento que esto último, en caso de ser cierto, acaba siendo potenciado por las fuerzas oscuras de la sociedad: que ejercen un efecto multiplicador. En Segovia se inventaron la ruta de San Millán con una lista de bares por los que había que pasar, la noche que salías de marcha, como estaciones de un via crucis; como si fueras en procesión; y no te podías saltar ninguno, que era pecado. Y tiempo atrás la gente se iba hasta Valencia viajando en su coche, recalando las noches en la discoteca y empapándose de drogas para aguantar varias noches sin dormir. 

 

      Hay un hedonismo expansivo en los jóvenes. Pero no es el de Epicuro, que se ríen si les hablas de un placer espiritual; aunque, si le damos gusto al cuerpo, tampoco es de los placeres de Aristipo, que se empeñaba en gozar de los sentidos sin que los sentidos gozasen de él; controlándolos siempre, evitando siempre que los placeres lo controlaran. No: al placer de los jóvenes ni le gusta el espíritu ni practicar el control; se reirán de ti si los llevas a ver cuadros al museo del Prado; el sentimiento ha sido sustituido por la sensación, ya no es ni siquiera conectar con el alcohol con las fuerzas creativas que hay en ti sino dormirlas: acallarlas, perder la conciencia para buscar silencio en el inconsciente, quedarte desmayado para no oír, ni sentir, ni pensar: la borrachera que buscan los jóvenes se parece al coma etílico, a tener la mente en blanco, como si buscaran las sensaciones para perder la experiencia misma de la sensación.
      ¿Es eso hedonismo? ¿Se puede llamar placer a la inconsciencia donde ya ni siquiera puede hablar el inconsciente? Uno puede entender que el alcohol sea la llave que te lleva a un mundo de éxtasis desconectándote de la realidad, pero lo que no se entiende es que desconectes a un mismo tiempo de la realidad y del éxtasis; como si lo que de verdad te interesara fuera salir del ser, fundirte en la nada.
      Sé por unos jóvenes que, para no oler a alcohol cuando llegan a casa, se echan el alcohol directamente en los ojos; parece que así les llega antes al cerebro; también parece que se lo echan en la vagina, que eso les produce efectos similares; yo, como decía el dramaturgo, ni lo afirmo ni lo niego: como me lo contaron, te lo cuento. Pero si fueran así las cosas tendríamos la mejor prueba de que lo que los jóvenes quieren no es disfrutar, sino mamarse; saltar directamente desde la conciencia a la nada (todavía algún tonto lo llamará nirvana), sin pasarse por el inconsciente. A ver: si la conciencia es la realidad y la realidad es dura, lo normal será escaparse de ella dejándose llevar, como dice Freud, por el principio de placer y despertar las voces calladas del inconsciente. Pero no. Los jóvenes saltan por encima del placer y llegan a la inconsciencia silenciosa; a esa que no tiene voces que te deleiten; a esa donde no se siente dolor ni placer porque no se siente ya. Ausencia de sensibilidad era la muerte, según  Epicuro: pues bien, cuando los jóvenes beben parece que se quisieran morir, morirse por un momento para volver después a la vida; jugar a morirse, pero sin morirse de verdad; porque los jóvenes tampoco es que vivan, es que juegan a vivir. Jugar a la vida y a la muerte es hacer como si experimentaras las cosas sin experimentarlas siquiera. Por eso quizá les resulte tan atractivo el halloween. 

 

      Pero si los jóvenes no son hedonistas ¿qué son? Uno está tentando de pensar que sólo están insatisfechos, frustrados, inseguros, necesitados de afirmarse; y para eso uno tiene que probarse, demostrarse a sí mismo que vale, superarse aunque sólo sea delante de los demás. ¿Y quién es su público? Los otros jóvenes. Por eso se desprecia olímpicamente la opinión de los mayores. Huyen de los sermones y en eso tienen razón (no hay cosa más antipática que un pepito grillo diciéndote a todas horas lo que tienes que hacer); pero es que también huyen de la razón, porque saben lo que quieren y no quieren que ni la misma razón los aparte aunque sepan que caminan a su pérdida. La vida te exige retos de largo alcance, mucha gente no tiene paciencia para esperar. Si estudias, podrás ser un buen médico (después de estudiar un montón de años). Si respetas a esa chica te acabará queriendo (pero es más sencillo abusar de ella, porque yo lo único que quiero es copular). Si quieres ser un buen futbolista tendrás que entrenar mucho (pero no, que yo quiero ganar partidos ahora mismo; no importa si para conseguirlo tengo que jugar con los que son peores que yo). Esa impaciencia terminará en sentimiento de culpa y de frustración.
      ¿Qué les queda? Los jóvenes deseosos de mostrar que valen mucho ¿qué es lo que pueden hacer? Buscar retos cortos. Satisfacciones inmediatas. Los retos que se ganan en un momento. Échate un pulso: al instante sabrás si eres el más fuerte. Te reto a correr hasta aquel árbol: instantáneamente también sabré si puedo ganarte. Bebamos, a ver quién aguanta más; en un abrir y cerrar de ojos se concede la victoria. ¿Duele un peircing? Yo me hago veinte. Un tatuaje ¿duele también? ¡Venga! ¡Los que hagan falta! Y si tengo que pasarme un mes sufriendo hasta que se me pase, eso demostrará que soy el más valiente: como Juan sin miedo. Ser valiente es lo mismo que valer más. Para mí. Y para todos. Me bebo una botella de vodka ¿qué te apuestas? Y si sabes del coma etílico lo arriesgas todo; echas el resto porque a ti no te va a pasar; y si crees que es posible, igual te arriesgas porque esperas que no te pase nada; y si no tienes ni idea de lo que te puede pasar te arriesgas con los ojos cerrados: ya está; que es lo que pudo pasarle a la chica de doce años que murió en halloween.
      Entonces, si la juventud no es hedonista ¿qué es? Nihilista, dirán algunos. Nihilista es el que no cree en nada; el que no tiene nada y nada quiere; el que no siente nada y el que no tiene nada que perder. Pero nuestros jóvenes tienen vida y no quieren perderla, por eso no se suicidan, sólo juegan a morir; aunque a veces, son gajes del oficio, se mueren de verdad. Yo no creo que los jóvenes no quieran nada. Los jóvenes quieren ser felices como todo el mundo, pero no saben cómo. Sienten que la felicidad está lejos y los separa de ella un foso enorme que no tienen ni fuerzas ni ganas de saltar. Aquí está la paradoja: quiero ser feliz, pero no me apetece molestarme en serlo; tengo pereza; la pereza no es más que una falta de energía. Ser perezoso es lo mismo que no tener fuerzas, te sientes débil y eso te hace sentirte mal, y ese malestar lo curas jugando a que eres fuerte sin serlo; en lugar de cultivar tus fuerzas, sacas a relucir las que te duran poco, como las burbujas del champán; y te metes en apuestas y retos que te dan victorias fáciles, mientras cavas, como telón de fondo, tu enorme fracaso existencial.
      Hedonista es quien busca el placer. Nihilista quien, porque ya no cree en nada, ha dejado de buscar. Pero el que quiere y no puede no es nihilista de vocación: es un perezoso; lo propio de la pereza es arrancarle a la vida el mínimo esfuerzo, el que dura poco aunque exija más; por eso los jóvenes viven en el mundo de lo efímero; hacen de las cosas un escaparate, un envoltorio, un decorado, algo que se muestra, aunque la hermosa caja de bombones no tenga nada dentro. Es la vida, para los jóvenes, un instinto poderoso de llegar a ser, pero instinto sin voluntad; ningún joven carece de fuerza, pero se empeña en no cultivarla porque nadie lo ha animado a sostenerla, y acaba cultivando, sin quererlo ni saberlo (aunque él en el fondo lo intuya), una enorme debilidad. También el fanático se cree fuerte porque es capaz de inmolarse; y es porque sólo ha aprendido a acumular la fuerza en un momento de máximo desgaste, que es cuando aprieta el botón. La experiencia atormentada que precede es para él la prueba más impactante de su fortaleza. Y vive, buscando la muerte, como si la vida fuera una ficción. 

 

      ¿Quién tiene la culpa? ¿La escuela lo ha frustrado? Puede ser. ¿Pero la escuela habría triunfado si hubiera hecho bien las cosas? Tampoco es seguro; porque detrás de la escuela estaban los padres, y mal puede un maestro lograr que los chicos quieran lo que en su casa le enseñan a despreciar. Supongamos que los padres hicieran bien las cosas; que trabajaran al unísono con la escuela: ¿garantizaría eso que los chicos crecieran sanos, confiados en sus posibilidades y con ganas de luchar por ser felices? Tampoco es seguro: porque la sociedad late detrás de los padres, y mal pueden unos padres, en consonancia con la escuela, hacer que amen los chicos lo que los jóvenes les enseñan a despreciar. ¿Y quiénes son los jóvenes? Los jóvenes son esa ficción construida por todos; ese modelo, esas modas, esa forma de ser que los arroja en brazos de la bebida y los incita a buscar placeres fáciles en la propia destrucción del placer; beber sin disfrutar de la bebida, copular sin disfrutar del sexo, fumar para hacerse mayores, ajenos a cuanto les hace disfrutar. Esa ficción a la que llamamos “los jóvenes” la han construido los comerciantes para ganar dinero, los que hacen rutas de borrachos, los que venden el alcohol a los menores, los que truecan el día por la noche, los que han cambiado los horarios. También la han construido los padres que han llenado su educación de estereotipos y prohibiciones; los que han confundido la madurez con la mayoría de edad; los que se han negado a que sus hijos tomen sus propias decisiones; los que los han querido mucho cuando eran pequeños, y cuando todavía no empezaban a ser grandes les decían: “ay, hijos, ¿por qué creceréis?” Y no se libra la escuela de esa responsabilidad colectiva. La que no ha enseñado a los chicos a ser personas, sino a ser obedientes; la que ha fracasado al convertir la disciplina en una diosa, cuando el verdadero dios debía ser la libertad, madre de la responsabilidad, abuela del control (que la disciplina viene del discípulo, no del maestro; de imponerse a sí mismo unos controles, no que te los impongan otros desde fuera). La escuela fracasa cuando no sabe enseñar y atiborra los cerebros. Cuando tiene que imponer castigos porque no tiene autoridad. Y los padres fracasan porque empapan a sus hijos con sus vicios y sus fobias; con los prejuicios que ellos mismos heredaron de sus padres; con la pereza aprendida que se empeñan en que sus hijos aprendan; o con una naturaleza débil que muestran sin rubor a los ojos de sus hijos, camuflada de machismo, con el instinto gregario de saberse piezas de una maquinaria y no querer que sus hijos aprendan a buscar sus propios caminos, porque los obligan a andar por los caminos por donde siempre les enseñaron a andar a ellos. Y la sociedad, que la hemos construido entre todos, multiplica estos vicios y los hace cristalizar en un escenario, el escenario de nuestras frustraciones; que podría ser el escenario de la libertad. 

 

      Si los jóvenes tuvieran una educación sólida no serían pasto del alcohol, ni de las drogas, ni del tabaco, ni de la aversión al estudio; ni del odio, ni de lo fácil, ni de la pereza; y no morirían bebiendo cuando salen de botellón. Una sólida personalidad es el mejor antídoto para no ser borregos. Hay que reivindicar el hedonismo, tanto físico como espiritual. El amor a los placeres, verdaderos motores de la vida: placer de beber (no de ser marionetas de la bebida); del erotismo creativo, no del sexo mecánico y roto; del placer del paseo y la comida, no del aburrimiento y de la gula; el placer de correr, de jugar y del deporte (no del deporte convertido en maquinaria de ganar copas y torneos); el placer de sentir el aire sobre tu cara, de patear la naturaleza y escuchar el silencio, el placer de la lectura, de ir al teatro, de ver una buena película y no un bodrio que anestesia el tiempo; el placer de la música que eleva los sentidos y dinamiza el cuerpo, no el que nos hace autómatas y nos deja sordos; el de contemplar un cuadro bien hecho y no sólo bonito, el que despierta en nosotros sentimientos de colores y no sólo sensaciones, el que sabe apreciar una estatua, un videoarte, un edificio: no el que nos embrutece haciendo que nos guste lo que nos gusta a todos. Y que cada uno, en la medida de sus posibilidades, disfrute de los placeres; para que nadie considere que ahogar las penas en drogas es un placer.
      Entre todos los placeres, uno de los más exquisitos es el de la trascendencia. Unos lo ven en dios, otros en la vida misma, otros en la naturaleza. El placer del amor, convertido en sentimiento que nos hace felices más allá de los sexos. El placer del amor al prójimo. De amar la naturaleza y el instinto ético. Cada uno en sus posibilidades. Todos, intensamente a veces, y siempre dilatándolo en la duración. El placer de vivir, de ser uno mismo: ¿cree alguien que con esta suma de placeres los jóvenes morirían de botellón?
      Pues no. El sumo placer es el antídoto contra el pesimismo. Que es lo que late detrás del nihilismo, de la frustración. Una vida plena es el ideal que nos orienta a todos, el norte y la brújula que nos fija el rumbo, el aire suave que nos hace vibrar, palpitante y hermoso: si eres feliz, seguro, seguro, que disfrutarás. Pero si no lo eres buscarás la felicidad en el placer y eso sí que ya no es lo mismo: bastará con ser feliz para tener una vida placentera, pero si buscas los placeres no es seguro que seas feliz. El placer de vivir es lo que no tienen los jóvenes que mueren de coma etílico. Si mueren es porque no ven las cosas, que son ciegos, que no han tenido amor; porque tampoco les han enseñado amar. El amor evita que las niñas de doce años mueran emborrachadas. El amor, recóndito y oscuro líquido amniótico, cálido y acogedor, recogido en las entrañas, único trampolín de la vida (llena de saltos), nos enseña a saltar. Un impulso no más es la vida entera. Un impulso que empuja desde la tierra y, aterrizando en ella, nos echa a volar.