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viernes, 13 de noviembre de 2020

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTIN

 

 

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTÍN

            Según el intelectualismo moral para obrar bien hay que conocer el bien, y no hay gente malvada sino ignorante. Esto significa cuatro cosas:

 

            Primero: que si conozco los efectos del tabaco y no dejo de fumar ¿es por ignorancia o por falta de voluntad?

            Por ignorancia: sé lo que me puede pasar, pero ese inconveniente a largo plazo es sólo probable, mientras que los beneficios del tabaco son seguros. 

            No sé lo que es sufrir porque te hayan diagnosticado un cáncer; no me pongo en situación, no he vivido esa tesitura: ni soy tampoco capaz de imaginarme sufriendo, (pero conociendo el sentimiento de sufrir, no la palabra sufrir); muchos conocen la palabra pero no el significado.

 

            Segundo: que si me quedo con un dinero que no es mío ¿es por ignorancia?

            Sí. Ignoro el remordimiento y el sentimiento de no estar a gusto conmigo mismo. Conocer la palabra no es conocer su significado, y el significado de las palabras que expresan sentimiento son los sentimientos expresados por esas palabras.

            Tampoco me he puesto en el lugar de la persona que pierde el dinero con el que yo me quedo. A lo mejor no me gustaría que me lo hicieran a mí. Tengo que saber lo que se siente, pero para eso tengo que sentirlo yo primero, y para sentirlo yo, tengo que mirarme en el espejo de quien lo sufre, lo que sólo es posible si mi naturaleza me da la posibilidad de mirarme en el otro; los neurocientíficos hablan de neuronas-espejo.

 

            Tercero: que si me ponen en el plato cubiertos que no sé manejar, seguro que no sabré utilizarlos.

            Nadie me ha enseñado a usarlos; por esa ignorancia me comportaré mal a la hora de comer, y pasaré por un maleducado.

            Y cuarto: que si el romano le hace daño a Jesús se está comportando mal.

            Porque es un ignorante. Ve sufrir a Jesús pero no siente en sus carnes ese sufrimiento; no sabe lo que es, no lo conoce. En este caso conocerlo es sentirlo.

            a) Unas veces conocer es contemplar: sé lo que es un filete porque lo he visto.

            b) Otras veces es oler, gustar y tocar: sé lo que es el filete porque lo he probado.

            c) Otras veces es oír la palabra y entender (no sentir) su significado: pi es la circunferencia dividida por el diámetro. Aquí también hay dos grados: unas veces comprendo la fórmula de manera operatoria, que me permite hacer cálculos, como cuando sé que 6:1’9 = 3’14; y otras veces entiendo el significado de la fórmula, que tres veces y pico el diámetro sobre la circunferencia nos da pi. Comprender es entender las relaciones entre líneas; pero también es calcular.

            El conocimiento moral se basa en la simpatía, que es conocer con ayuda de los sentimientos propios los sentimientos ajenos.

            Cuando Sócrates dice que obrar bien es entender se refiere al conocimiento moral, es decir a la empatía. Lo que Agustín de Hipona llama voluntad no es más que sentimiento (propio o empático) convertido en acción; si bien yo siento (en este caso de manera figurada) el dolor del cáncer, no puedo dejar de evitarlo, es decir no puedo dejar de fumar. Las personas que siguen fumando después de habérseles explicado los efectos del tabaco lo ven pero no lo sienten, y no lo entienden de verdad; es decir, lo comprenden pero no les duele; como no sienten hoy el dolor que sentirán en el futuro, responden diciendo: “tan largo me lo fiáis”; y como sienten el placer de hoy sin ver en él el dolor de mañana (pues en él está escondido), no son conscientes de lo que hacen.

            Si sintiéramos hoy ese dolor futuro sentiríamos de inmediato el impulso de no fumar, que es un movimiento visceral, doloroso, incontenible y automático que nos sale de dentro: eso es lo que Agustín de Hipona llama voluntad; la voluntad es la motricidad asociada a la sensibilidad, como dos caras de una misma moneda.

            En el reverso del placer está el dolor, pero no vemos el segundo cuando experimentamos el primero: en el placer hay tentación y en el dolor tenemos el castigo; son las dos caras que tiene la funda de la medalla.

            Cuando sentimos en el placer de ahora el dolor de mañana y descubrimos la trampa, es como si tuviésemos una llave: con ella se abre la funda y vemos la moneda en su interior; la sensibilidad que hay en la cara activa la motricidad que hay en la cruz, y el sentimiento mueve (conmueve) nuestro ser: y entonces convierte el sentimiento en voluntad.

            “Voluntad” es la palabra que tiene Agustín de Hipona para traducir el conocimiento de Sócrates, empático y cordial, además de visceral; por eso el voluntarismo no es más que otra forma de decir intelectualismo (en este caso moral). Para obrar bien no basta con conocer el bien, además hay que quererlo; porque querer no es más que la otra cara del sentir, y sentir, a diferencia del conocimiento frío y abstracto, no es más que la auténtica cara del verdadero conocer.


 

 

viernes, 25 de agosto de 2017

DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)





DIÁLOGOS LIBRES EN TORNO A NIETZSCHE (1)


1.

            No se puede decir que un silencio recorriera la sala. Lo que sucedió más bien fue que la sala estaba en silencio. El silencio que reina cuando uno viene dormido, dispuesto a escuchar; cuando uno espera que se lo digan todo y no quiere preguntas, sino respuestas; así estaban los alumnos cuando iban a clase. Juan Luis ya no estaba para hacer experimentos que despertaran la participación de los alumnos. Se limitaba a exponer lo que sabía, poniendo todo el énfasis de que era capaz, haciéndolo atractivo, revistiéndolo de misterio; esperaba que la curiosidad se despertase en los alumnos con la simple escucha de lo que decía, con tal que su discurso no fuera un texto casposo, sino una apasionante aventura.
            Sin embargo los alumnos no reaccionaban. Escuchaban con la pasividad del espectador que viene al teatro para que la acción la pongan los actores, él ya ha tenido bastante con poner el dinero. Los alumnos, sin embargo, no ponían ni el dinero, porque la enseñanza era gratuita. Venían acostumbrados a que se lo dieran todo sin que ellos pusieran nada para merecerlo.
            Y así, en aquel instante, la sala permanecía en silencio. No que se hubiera quedado callada, es que no había empezado a hablar. No era silencio emocionado, no la mente enmudeciendo sobrecogida cuando la pasión del verbo nos deja sin voz. No: era el silencio del aburrimiento; de quien viene sin ganas de decir nada y sale sin nada que decir. Y no porque su clase estuviese aburrida, sino porque aquellos chicos nacieron aburridos y arrastraron la vida cargándola de angustia; de la angustia que mana de la falta de interés, de la atonía que nos llena de vacío, como se llena de aire la barriga cuando la inflamos de gaseosa; el desánimo de la nada que poblaba el corazón de aquellos jóvenes, acostumbrados a tener de todo sin luchar por nada; acostumbrados a no sentir emoción, a contemplar una obra de arte como quien ve jugar a las cartas, a aburrirse con la belleza, a ver veinte películas idénticas con los personajes y lugares cambiados, a tragarse doscientos pokemon que no sirven para nada, con sus características detalladas y bien aprendidas; luego son incapaces no ya de aprenderse la tabla periódica de los elementos, sino de distinguir entre el sujeto y el predicado.
            No sabría decir por qué, pero aquélla le parecía una generación perdida. Generación perdida es la que no tiene de nada por culpa de la guerra, pero aquella se perdía en la abundancia y nunca aprendió a valorar lo que tenía. Con una irónica paradoja lo supo decir José Luis Bartolomé:
Lo tienes todo ganado,
pero eres un perdido.
            Porque nada de lo que tienes tiene valor. El mundo para ti es un gran decorado, un escaparate donde puedes escoger de todo y nada te cuesta. En verdad era aquélla una generación perdida. Y la gente no lo reconocía. Sólo reconocemos la pérdida de lo que vemos, la pobreza de no tener nada, la ausencia de las cosas que se ven y tocan, la ausencia del cuerpo. Pero aquella generación sufría de tener de todo, y era la pobreza de tener lo que no reconocían como pobreza. Sí, aquello era una pobreza de espíritu. Habían alimentado su alma con desgana, con aburrimiento, con desinterés, y aquel sentimiento se convertía en desprecio; sus ademanes eran desdeñosos, su conducta intercambiable, y el no creer en nada había hecho de ellos unos rebeldes sin causa. Sólo creían en el dinero:
                                               Adiós, papá, adiós, papá,
                                               consíguenos un poco de dinero más. 


            Se reían con la canción de los Ronaldos. Aquel nihilismo había hecho de ellos unos seres desalmados; vivían del cuerpo, pero habían perdido el alma. Y el cuerpo, aunque ellos no lo supieran, tenía su alma también; su culto al cuerpo era vivir sin cultura corporal, entregados a la dejadez de los gimnasios, de la cosmética, de las dietas inconscientes, de los anabolizantes; del alcohol sin tino, las borracheras, las pastillas, la coca, las carreras por la noche, las peleas grabadas en el móvil, la nada. Vivían en un mundo que les habían regalado al nacer y ellos eran incapaces de apreciar; como despreciaban los viajes del instituto porque eran gratis, porque no les costaban nada; porque les abrían los ojos a la cultura y ellos sólo entendían de cultos; y sus maestros los abofeteaban con aquella otra deformación no menos perversa del culto a la cultura. Entre la vida desalmada de unos y la de los otros, los autobuses iban vacíos. Pero había que pagarlos. Y no eran ellos los que los pagaban. Ni los otros ni los unos. También los maestros estaban acostumbrados a que las cosas fueran gratis.
            Por eso no se podía decir que la sala la recorriera el silencio. Es que el silencio estaba en la sala y los alumnos habían escuchado, pero no tenían nada que decir. No tenían costumbre de pensar lo que decían, no eran productores de pensamientos sino consumidores de ideas. Juan Luis tan sólo había preguntado:
            -¿Qué quiere decir “ser bueno”?
            Y ante su insistencia, algunos empezaban a decir: “portarse bien”; “ser bien pensados”, decían otros, y otros corregían: “hacer bien las cosas”. Tuvo que intervenir el profesor:
            -Os he pedido el significado de un adjetivo, y vosotros me dais la misma palabra convertida en adverbio. “Ser bueno” y “portarse bien” contienen la misma palabra; “bien” replica el significado de “bueno”, y eso no sirve para nada; es como si me dijerais que lo blanco es la blancura.
            Entonces intervino Adriana, que tenía una lógica muy incisiva:
            -Lo importante no es el adverbio, sino el verbo. Ser bueno es obrar bien, pensar bien y trabajar bien.
            -De acuerdo, pero hay mezclados dos problemas y tenéis que ayudarme a distinguirlos. No basta con obrar, pensar y trabajar para ser bueno; para ser bueno hay que obrar, pensar y trabajar bien. Pero ¿qué significa la palabra “bien”? No me digáis que lo mismo que “bueno”, porque entonces estaremos dándole vueltas a lo mismo.
            Hubo un silencio, y esta vez sí fue de perplejidad.
            -¿Qué significa “ser bueno”? Seguramente “ser” es al mismo tiempo obrar, pensar y trabajar; pero ¿qué es ser “bueno”?
            Un silencio recorrió la sala. Ahora sí.
            -Os daré pistas –dijo Juan Luis para ayudarles a salir del atolladero-. Algo podría ser bueno si nos gusta; si nos atrae; si es deseable.
            Ahora el silencio significaba “sí”; “estamos de acuerdo”. Juan Luis los sacó ahora del conformismo. Buscó ejemplos en los que no estuvieran de acuerdo todos; buscó contraejemplos.
            -El chorizo nos gusta. La droga nos atrae. Deseamos hacer el vago. Pero no todos estamos de acuerdo en que todas esas cosas sean buenas. 


            Juan Luis recurrió al libro de Savater. Quiso zanjar así la cuestión, porque éste no era el debate que le interesaba.
            ¿Estaréis de acuerdo en que es bueno todo lo que no nos hace daño?
            El sí de la respuesta fue unánime en los alumnos.
            -Pero si yo ahora os pregunto que qué es el daño vosotros me lo relacionaréis con el dolor. Y si os pregunto por el dolor me diréis que es el sentimiento del daño. Y si os apuro un poco más, me diréis que es el sentimiento del mal. Y si queréis saber lo que es el mal, contestaréis que lo contrario del bien; y ya estamos liados otra vez; no salimos del círculo vicioso.
            Juan Luis ahora tomó carrerilla. Él tenía la sartén por el mango y los chicos ardían en deseos de saber cómo salir del atolladero.
            -Es bueno lo que produce placer. Y malo lo que produce dolor. El mal es lo contrario del bien como el dolor lo es del placer, y lo contrario del placer y el dolor es la indiferencia; a menos que penséis que la indiferencia es ya una forma de dolor. Ahora recurriremos a Savater; un placer es malo cuando te quita la posibilidad de disfrutar de los otros; la borrachera se disfruta mientras te estás emborrachando, pero luego te pierdes la fiesta, vomitas y te queda la resaca. Pero volvamos a la pregunta que os hice: ¿qué significa ser bueno?
            El silencio fue de nuevo el mensajero de la perplejidad. Pero Adriana, que sabía escarbar para buscar petróleo, dijo:
            -Bastará con que tomemos las definiciones que acabamos de hacer. Ser, según hemos dicho, es obrar, pensar y trabajar. Bueno es lo que se disfruta sin perder la capacidad de disfrutar después. Si unimos estas dos definiciones tendremos la respuesta a lo que preguntas; ser bueno será obrar, pensar y trabajar sin perder nunca la posibilidad de seguir disfrutando.
            Un suspiro de admiración recorrió las mesas donde se sentaban los alumnos. La sorpresa se notó en sus bocas abiertas. Juan Luis, acostumbrado a las piruetas dialécticas, no perdió tampoco su capacidad de sorprenderse; y le aplaudió la idea. Acto seguido pasó a comentarla.
            -Si yo trabajo bien soy un buen trabajador; un buen carpintero si hago buenas sillas, por ejemplo. Si pienso bien seré un buen pensador; en este caso un buen filósofo. Pero si obro bien seré bueno a secas. Una buena persona. Pues bien, ahora que estáis satisfechos os contaré algo que me pasó hace muchos años. Tenía yo la edad que tenéis vosotros ahora, y acababa de terminar el bachillerato. Yo era bueno en latín y en griego. Un compañero me pidió que le diera clases y se las di gratis. Y otro compañero, cuando se enteró, me dijo que yo era bueno. Añadió en seguida que no me lo decía como un cumplido. Al llamarme bueno me estaba llamando...
            -... tonto –respondió Raúl, que las cazaba al vuelo.
            -Efectivamente –concluyó Juan Luis-. Bueno también significa tonto, y tonto es el que se pierde la fiesta por estar ayudando a los demás; como la borrachera es la tontería del vino, así también la tontería es la borrachera del bien. Si es bueno lo que no te quita la posibilidad de disfrutar del resto de las cosas buenas, privarse del bien por ayudar a los demás no puede ser cosa buena; aquí entronca la filosofía de Nietzsche.
            Se paró, miró a los alumnos que estaban sentados y comprobó en sus miradas que se había despertado el interés. Prosiguió tranquilo.
            -La filosofía de Nietzsche es un alegato contra la moral: la moral entendida como forma de desvivirse por hacer el bien. Desvivirse; dejar de vivir. Si lo bueno te quita la vida no puede ser bueno. El sacrificio de sí mismo en aras de los demás es un absurdo; ¿tiene acaso más valor la vida de los demás que tu propia vida? Eso del amor cristiano, que sufre para gozar después de la muerte, no tiene sentido. La caridad que te doblega no es buena, porque no es caridad contigo. El amor al prójimo no está mal, siempre que no se asiente sobre el amor propio, sobre el desprecio de sí mismo; pues el amor propio no es esclavo del amor al prójimo como yo no soy esclavo de los demás. El amor, el bien, la vida, son buenos si no se suicidan. El sacrificio sólo tiene sentido si es en aras de un bien que se disfruta antes de morir; siempre que ese beneficio tenga más valor que los bienes que sacrificamos para llegar a él. Ahí está Nietzsche. Nietzsche no desprecia el amor, la generosidad, la solidaridad con el mundo; lo que desprecia es el sacrificio de la vida en el altar de la muerte, que vale menos; y después de esta vida ya no hay más. Dejar de vivir esta vida pensando en la otra no es soltar el pájaro de la mano por cazar los ciento que vuelan: es que no hay pájaros volando por el cielo, y el único que existe es el que tenemos en la mano. La vida es placer, sí, pero placer que requiere sacrificio: la vida es lucha; y la lucha por la vida se empeña en las cosas buenas que hay antes de morir; después habrá otras cosas, pero ya no será para nosotros; serán para otros seres que hayan empezado a vivir después. Nuestra vida existe antes de morirnos, y no podemos acceder a ninguna otra vida que no sea para seguir viviendo después; vivir nuestra vida es vivir lo que ya nos ha pasado; será nuestro eterno retorno.
 
2.
Intuición e inteligencia: lógica y razón.

            El eterno retorno... y las miradas se hundían en el ensueño. Nietzsche era el apóstol del eterno retorno, y nadie lo entendió. Porque no se expresaba bien.
            -Bueno, hay que ir con cuidado cuando se habla así. Nietzsche se expresaba muy bien, pero lo hacía con metáforas; y la metáfora, a diferencia del concepto, hace vivir las cosas que se dicen, y vivir es entender. Con el concepto se entienden las cosas sin vivirlas, y eso, valga la paradoja, es vivirlas. Con la metáfora vivimos las cosas aunque no las entendamos con la cabeza; pero las entendemos con el corazón; y con las tripas.
            -No entiendo nada –interrumpió Roberto.
            Juan Luis lo miró con el verbo interrumpido, y después hundió sus ojos en el vacío; como cuando quería buscar una idea y la perseguía por las nieblas de la conciencia.
            -¿Cómo te lo podría explicar?... Mira, imagina que tienes que explicarle el color verde a un ciego; si perdió la vista en un accidente, todavía se acordará del color; pero si nació ciego no habrá visto el verde en su vida. ¿Qué le dirías para que lo entendiera? ¿Que el verde es el color que hay entre el azul y el amarillo en el arco iris? ¿Le hablarías de su frecuencia y su longitud de onda para que lo entendiera? ¿Lo entendería si se lo explicaras así?
            Roberto abrió la boca sin contestar, como se quedan los que se quedan perplejos.
            -Si te dice Descartes que el color aparece en el arco iris cuando tu mirada, el agua y el sol forman un ángulo de 50 grados, ¿entenderías tú lo que es el arco iris? ¿Te darías por satisfecho?
            Roberto tardó un poco en contestar, y contestó sin estar seguro.
            -¿Qué te faltaría? –continuó Juan Luis-. ¿Qué necesitas saber que no te muestra la explicación del ángulo y los grados? ¿Por qué no tienes la sensación de haber comprendido?
            Roberto buscaba en su mente sin encontrar. Juan Luis le ayudó con otro ejemplo.
            -Fíjate: los electrones giran en torno al átomo en distintos niveles. Imagina que un nivel es una órbita, o un orbital, eso ahora nos da lo mismo; figúrate que cada órbita es una camino y que cada camino contiene un vehículo de dos plazas; por cada camino, por tanto, sólo puede circular un máximo de dos electrones. Si aparece un tercer electrón tiene que buscarse otro vehículo que irá por otro raíl, por otro camino, no pueden subir tres electrones en el mismo coche, no hay sitio para tanto. ¿Lo entiendes?
            -Sí, es fácil de entender: está claro.
            -Pero con esta explicación ¿entenderías del todo la realidad del electrón en el átomo?
            -Para nada.
            -¿Por qué? ¿No dices que lo has entendido?
            -Sí, he entendido que si por un camino sólo pueden circular dos, no es posible que pasen tres; pero lo que no entiendo es por qué no pueden circular más de dos.
            -Exactamente. Lo mismo pasa con el arco iris. Tú entiendes que cada color tiene su ángulo, pero ¿por qué ese ángulo precisamente? Tú entiendes que, partiendo de unas premisas, se dan obligatoriamente unas conclusiones. Pero ¿por qué hay que admitir esas premisas? ¿Por qué no pueden ser otras? ¿Siempre hay que aceptar el punto de partida? 


            -Sí, sí, estás en lo cierto. Es como si tu padre te dice “¡esta noche a las doce en casa!” Si aceptas esta imposición llegarás a determinadas consecuencias, ¿pero por qué tienes que aceptarla? ¿No puedes imponer tú otras condiciones?
-¡Pues eso es lo que os quería decir! –exclamó Juan Luis con alegría-. Una ecuación matemática, una descripción geométrica, te hacen entender las cosas desde un determinado punto de vista; pero si cambiamos el punto de vista la ecuación y el dibujo varían; habrán servido para que entendamos una perspectiva, pero no otras de las muchas perspectivas desde las que se puede enfocar el problema. Un matemático te explica las cosas desde un punto de partida que, sin querer, aceptamos. ¿Pero y si quieres entender esas mismas cosas desde una óptica diferente? ¿O independientemente del enfoque que le demos?
Juan Luis respiró. La respiración se hace presente, se insubordina, se impone, cuando uno la contiene para dejar pasar la inspiración.
-Cuando os hablo del modo de entender las cosas, os recuerdo que hay dos: uno es con la cabeza; el otro con el corazón. A la cabeza se llega con el concepto; al corazón, con la metáfora. Son dos ópticas diferentes, dos perspectivas; la cabeza entiende las cosas en el espacio, y el corazón las entiende en el tiempo. Cuando la cabeza quiere entender el tiempo lo parte en trozos y extiende cada uno en un lugar del espacio; asó lo entendía Bergson. El corazón, sin embargo, no entiende las cosas separándolas en partes, pero entiende el conjunto. Entender un conjunto sin entender las partes es intuición, entender las partes sin entender el todo es inteligencia. La intuición y la inteligencia son formas de la razón. La inteligencia comprende las cosas en sus límites, pero no entiende por qué hay límites, ni por qué hay unos límites y no otros; la intuición se salta los límites y vive lo que entiende, pero lo ve todo borroso; su entendimiento es difuso.
Ahí los chicos se perdían, y Juan Luis era consciente de ello. Pero se dejó llevar por el numen, que le estaba haciendo descubrir cosas nuevas; o perfilar cosas que intuía desde hacía tiempo, no sabría  decirlo. Pero aquél era un momento creativo en sus clases. A veces le pasaba. Explicaba cosas poniéndose en le mente de los chicos; pero al hacerlo, a veces las ideas se encadenaban solas y cobraban vida: y fluían. Su flujo era entonces creación como brota el agua de la tierra, como manan en la mente las ideas, como surge la luz desde las sombras; haciéndose manantial. Aquellos momentos tenían algo divino. Subyugaban a Juan Luis con su potencia. Llenándolo de energía, en una especie de éxtasis que une la idea con el corazón. Juan Luis se dejaba llevar por aquellos arrebatos dialécticos a pesar de que sabía que sus alumnos no lo entendían; pero había que dar a luz corazonadas e ideas y aquello requería su tiempo. Luego, cuando sentía que había terminado el parto, volvía a la realidad. Regresaba de nuevo con sus alumnos.
-Perdonadme. Sé que todo esto que acabáis de oír es ininteligible para vosotros. Rebobinemos la película y volvamos al principio. Os quería explicar por qué  Nietzsche se expresaba con imágenes mientras otros se han expresado con conceptos. Platón, el gran adversario de Nietzsche, también se expresaba con imágenes: con mitos, con metáforas, con vivencias. Curioso, ¿no? Pues bien, la metáfora surge cuando queremos entender las cosas más allá de lo que el concepto lo permite; entonces recurrimos al lenguaje poético, que nos hace sentir lo que no entendemos. Sentir, aunque sea no comprendiendo, es una forma de comprender. Se comprenden las cosas con el corazón, viviéndolas; metiéndote en ellas, no contemplándolas desde lejos. Por eso el lenguaje poético, que es más difícil de entender, parece fácil porque lo muestra todo como si fuera un juego de palabras, como si ese juego fluyera al margen de la razón, pero no es verdad. Nietzsche decía que lo suyo era irracional, pero no es cierto. La vida, que es lógica y sensibilidad, no se puede entender sólo con la lógica. Las razones del corazón podrán perecer ilógicas, pero no irracionales. Hablar es siempre expresarse con la razón; o de lo contrario no hablamos, sino que gritamos. Los seres humanos, decía Aristóteles, tienen palabra: a diferencia de los otros animales que sólo tienen voz. El ser humano es un animal que habla. Unos filósofos, como el propio Aristóteles, hablaban con la lógica de los conceptos, y sus palabras eran ordenadas, claras y precisas; y aunque fueran complicadas, se entendían bien. Otros, como Platón, hablaban con la intuición de las imágenes, y sus palabras parecían más hermosas y sencillas, pero todo era más complicado: porque no seguían un hilo claro y preciso, aunque tuvieran su orden; pero era un orden misterioso y escondido, un orden que el lector no encontraba señalizado, un orden que el lector tenía que encontrar. El lenguaje poético, que es mucho más bonito, nos permite entender muchas más cosas, pero con mucha mayor dificultad. Nietzsche no escribía como Aristóteles. Escribía como Platón.
Y Juan Luis se corrigió mentalmente cuando lo estaba diciendo. “No exactamente”, se decía a sí mismo. “No exactamente”. Pero para aquellos chicos aquellas palabras bastaban. No estaban listos para entrar en aguas de mayor profundidad.



sábado, 30 de julio de 2016

La Matrioschka del método "COCER" (2) Comprender




LA MATRIOSCHKA DEL MÉTODO “COCER” (2):
COMPRENDER

 

            Saber lo que es un centauro no es saber que existen los centauros. Y saber que el hígado es ese órgano que veo y sitúo correctamente en el muñeco de anatomía es conocer el hígado, pero si sé que sirve para convertir las grasas en hidratos de carbono lo conoceré algo mejor; conocer sintiendo no es lo mismo que conocer comprendiendo, al menos si descartamos la ontopatía: sentir no es lo mismo que pensar, y conocer no es lo mismo que comprender; por otro lado, cuando memorizamos algo que previamente hemos comprendido, puede ocurrir (y ocurre muchas veces) que nos olvidemos de la explicación y dejemos de entender lo que entendimos en su día. El aprendizaje memorístico puede asimilar cosas sin entenderlas, o asimilar cosas que hemos dejado de entender.
            Comprender las cosas es, además de saber cómo son, saber qué son, y cómo funcionan; o para qué sirven. Comprender es poner coherencia y verdad en el conocimiento alojado en la memoria. El pensamiento es un artilugio del conocer: conocemos lo que vemos y sentimos, pero no siempre lo comprendemos. La vieja escuela se ha esforzado en enseñar conocimientos, la escuela nueva prefiere enseñar a pensar; y cuando sabemos sin comprender, aprendemos de memoria; pero comprender sin conocer es imposible, porque siempre hacen falta datos donde anclar el pensamiento. El conocimiento y la comprensión son dos eslabones de una cadena; al primero se llega por la sensación, y se mantiene en la memoria; pero porque el segundo contenga pensamientos no vamos a decir que no se aloje en la memoria: también guardamos el recuerdo de nuestros pensamientos y los ajenos. La vieja escuela, al centrarse en la memoria, se olvidó de pensar; pero la escuela nueva, queriendo rescatar el pensamiento, se ha olvidado de memorizar; no podemos deducir el clima que hay en un territorio si no conocemos sus accidentes geográficos (proximidad al mar, altitud, latitud, corrientes). Los conocimientos son las rocas donde echamos el ancla del pensamiento; no pensamos verdaderamente si no hay cosas sobre las que pensar.
            La razón es el órgano del pensamiento: un hilo que nos enseña a salir de los laberintos; y la vida es un viaje que está lleno de laberintos; corporales y mentales. La razón piensa de dos maneras: con la analogía, que trabaja con metáforas, y con la lógica, que nos enseña a ir de lo general a lo particular, y de lo particular a lo general, a través de un camino de experiencias y de ejemplos. Aprendemos con metáforas: y así, los hematíes son camiones que transportan oxígeno, y los leucocitos soldados que patrullan por las venas. Y aprendemos con razonamientos válidos, que nos adentran en la crítica; identificar, incluir, condicionar, verificar, todo eso es pensar; veremos lo oculto detrás de lo aparente; veremos el daño detrás de la tentación, el daño con los ojos del alma (que ven el futuro) y la tentación con los ojos del cuerpo (que sólo pueden ver lo que está presente). Así, a partir del bien, que es un instinto, la inteligencia nos desvela lo que es la justicia: una razón de intereses en juego cuando todos compiten entre sí; una razón de instintos conviviendo por igual. 

 

            Comprendemos por analogía: y el aparato locomotor nos aparece como un sistema de palancas donde los músculos son potencias y resistencias y los puntos de apoyo son los huesos. Comprendemos por deducción: si hallamos una mandíbula con dientes poderosos podemos suponer que tenía una potente musculatura en la cara; y esto nos hace conjeturar, a su vez, que tenía cresta sagital: estas conexiones lógicas nos hacen buscar, en el mismo yacimiento, fragmentos de cráneo, a ver si alguno tiene la cresta que buscamos. Al hallazgo, que hemos prolongado por la deducción, debe seguir una nueva búsqueda, y a la búsqueda el análisis de los datos que encontremos. Fijémonos nuevamente en una de nuestras deducciones:
(1)   Donde  hay dientes fuertes hay fuertes músculos masticadores.
(2)   Donde hay fuertes músculos masticadores hay cresta sagital.
(3)   Por lo tanto, si hemos encontrado dientes fuertes encontraremos una cresta sagital.
En ella hay tres términos en juego: los dientes, la musculatura y la cresta. Uno de ellos (la musculatura facial) está repetido; sirve de cemento para unir a los otros; y los otros (dientes, cresta) aparecen unidos en la conclusión: es un silogismo.
Luego seguimos haciendo más deducciones: si tiene dientes tan fuertes es que se alimentaba de raíces; por lo tanto tenía un tubo digestivo muy largo; y esto significa que no era demasiado inteligente (pues la energía que se invierte en alimentar el tubo digestivo no se puede invertir en desarrollar el cerebro). En otras palabras: de unos huesos que hemos encontrado podemos deducir cómo eran algunas de sus partes blandas, que no se han conservado; y así, conoceremos más cosas de las que hay en el hipodigma robustus; las conoceremos, no por observación, sino por lógica; la lógica nos permite acceder al conocimiento de las cosas que están ocultas.
También la costumbre, y no sólo la lógica, nos permite relacionar cosas. Si yo he descubierto un mamífero (en nuestro caso, un australopithecus) y sé, porque estoy acostumbrado a verlo, que todos los mamíferos tienen pelo, entonces concluiré que este australopithecus también lo tiene; esta conclusión no será deductiva, sino empírica, pues estoy acostumbrado a asociar el pelo con los mamíferos, como asocio las plumas con las aves y las escamas con los reptiles.
La costumbre procede de la inducción. Después de haber visto muchos mamíferos (perros, gatos, murciélagos, ratones) y de haber comprobado que todos ellos tienen pelo, concluyo que cualquier otro mamífero que me encuentre por el mundo también será peludo. Será una conclusión (inductiva) que elevaré a rango de ley, y será una ley probable, muy probable quizá: pero no segura; será una ley empírica. Así, si yo sé, por experiencia (es decir por la costumbre) que todos los mamíferos tienen pelo, concluiré, por subalternación, que también las ballenas deben tenerlo; busco una ballena, la analizo bien y compruebo que lo tiene. Así es como procede el método inductivo de Aristóteles.
            También podemos recurrir al método de análisis y síntesis. Analizar es separar, dividir, fragmentar; sintetizar elementos es unirlos en un todo coherente. Para analizar las cosas tenemos que acercarnos a ellas, y veremos los detalles; pero las síntesis son alejamiento de los detalles para poder ver el conjunto: zoom hacia adelante y hacia  atrás, respectivamente. Llevo el coche al taller. Digo que pierde agua. Entonces el mecánico desmonta las partes donde puede estar la fuga y va descartando hipótesis: puede ser un manguito, lo ve a simple vista, lo desmonta y sigue perdiendo agua con un manguito nuevo: ya sé que el problema no está allí; sigo probando y al final tengo que desmontar la junta de la culata, y por fin encuentro allí el problema; cambio la pieza defectuosa, lo vuelvo a montar todo y el coche anda de nuevo: ya he dado con la solución. Las hipótesis son conjeturas (posibilidades) que me van guiando para desmontar unas piezas y no otras; si no contara con hipótesis (faros que me van alumbrando), tendría que desmontar todo el coche para arreglar la avería más aparente, más superficial y más nimia. ¿Y cómo descubro las hipótesis? Por la costumbre. Yo ya sé, por experiencia, que si pierde agua puede ser por la culata o por un manguito; que si no arranca puede ser la batería; que si se para después de circular puede deberse a un fallo en el alternador. El mecánico, como usuario, conoce las cosas por experiencia; el ingeniero las conoce por lógica, por analogía, por deducción. 

 

            También en matemáticas puedo emplear el método de análisis y síntesis. Ante un problema complicado, si no sé resolverlo puedo pensar en dividirlo en partes más simples, resuelvo cada parte por separado y luego las utilizo todas para resolver el conjunto.
            La razón nos guía en nuestra vida. El pensamiento, como uso de la razón en nuestra experiencia, puede ser inconsciente o consciente: en el primer caso es intuición, y en el segundo inteligencia. La razón hace análisis, síntesis y analogías. Los análisis y las síntesis son pensamientos deductivos, pero también pueden ser inductivos. Las analogías son deducciones parciales probables, no seguras; por ejemplo, Newton definió la gravedad como el producto de las masas dividido por el cuadrado de la distancia; análogamente, Faraday definió el campo eléctrico como el producto de las cargas dividido por el cuadrado de la distancia; esa analogía funcionó; también nos ha servido comparar músculos y huesos con palancas; y la palabra, vehículo del concepto, con un camión que transporta una carga.
            Conocemos objetos, pero también ideas. Los objetos los conocemos por análisis (y los desmenuzamos para saber lo que tienen dentro: cada análisis nos da una descripción más atinada y afinada de lo que antes conocíamos menos); también los podemos conocer por síntesis (si vemos muchos árboles juntos veremos, más que una suma, una totalidad: el bosque): así, vemos individuos y agregados. Los agregados pueden ser conjuntos (bosques, rebaños, nubes) o cantidades (que no son sino individuos de un conjunto o de un fragmento). En resumen, que las descripciones se expresan con palabras (letras) y las cantidades con números.
            Además de los objetos, que captamos sensorialmente, la razón conoce ideas. Las ideas son generalizaciones de nuestras experiencias (inducciones) y abstracciones que toman en cuenta sólo lo que tienen en común varios objetos. Si los objetos producen descripciones, las ideas producen definiciones y se agrupan en teorías: una teoría no es un agregado de ideas a la manera como un bosque es un agregado de árboles, sino una estructura de ideas, lo mismo que un organismo es una estructura de órganos, aparatos y sistemas.
            La razón es, como hemos visto, intuición e inteligencia. La inteligencia es lógica aplicada a los objetos que conocemos; en un sentido amplio la lógica es deducción, inducción y analogía, y en sentido restringido empleamos la palabra “lógica” como sinónimo de deducción: pero es evidente que las analogías también tienen su lógica, aunque no una lógica de identidades, sino de parecidos; la identidad, la identificación que hacen las definiciones (a es b) se convierte en identificación de fenómenos distintos (a es b como c es d). Si el corazón es a la sangre lo que el sol a los planetas, podemos concluir, despejando, que el sol es el corazón de los planetas; eso es una metáfora. Y si digo que el corazón es la bomba que impulsa el riego sanguíneo lo estoy identificando: eso es una definición. Pero las definiciones son, en el fondo, antiguas metáforas. El corazón es a los vasos sanguíneos lo que la bomba es a la manguera. 

 

            Admitiremos que las intuiciones son razonamientos (lógicos o analógicos) inconscientes. Una intuición puede ser la conclusión de una cadena deductiva que ha hecho nuestro cerebro sin que nosotros nos diéramos cuenta. O puede ser el resultado de una analogía que no ha aflorado a la conciencia. Así, hay intuiciones certeras e intuiciones aproximadas, según que su raíz escondida sea una deducción o una analogía. No todas las intuiciones tienen la misma fuerza. Intuiciones, presentimientos, premoniciones, corazonadas.
            En el apartado anterior hemos visto que podemos conocer con el alma o con el cuerpo. También podemos conocer desde el cuerpo: que es cuando el alma se expresa a través de las profundidades corporales. En ese caso las vivencias incrustadas en nuestro cuerpo serían también las profundidades del alma. Nuestra mente tiene vocación racional cuando piensa, y vocación espiritual cuando siente con los pensamientos. El alma racional es en primer lugar un alma lógica, realista, inteligente; pero también es intuitiva, cuando la razón es una lógica diluida en el sentimiento; y esa lógica suele ser difusa, no sólo bivalente. La intuición, cuando conecta con el cuerpo, se choca con el instinto: que está en las regiones abisales del alma; un instinto donde se mezclan lo reptiliano (el hambre, la sed, el territorio), lo mamífero (ternura, amor, instinto maternal) y lo humano (admiración, razonamiento y sentimientos éticos): ahí es donde se mezcla el espíritu con el cuerpo; donde el cuerpo es la puerta por donde sale el espíritu. Lo decía Jaime Gil de Biedma: el amor es cosa del alma, pero el cuerpo es el libro donde se escribe. O San Juan de la Cruz: mira, que esta dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura. Pero San Juan de la Cruz, temiendo llegar a sus últimas consecuencias, exclama, asustado: “apártalos, amado, que voy de vuelo”. El cuerpo es, inexorablemente, una necesidad del alma.