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viernes, 15 de abril de 2022

 

 

EL MUNDO     



            El mundo es la acción conjunta de la naturaleza y la sociedad. El ambiente. No es lo mismo vivir en un palacio que en un suburbio. Respirar aire limpio que los humos de una fábrica. Estar en un lugar lleno de cuestas que en el llano. En el campo que en la ciudad. Y no es lo mismo vivir en la prehistoria que en el siglo XX, en la guerra de los cien años que en un prolongado periodo de paz. No es lo mismo tener amigos que vivir solo. Los ermitaños han elegido vivir solos voluntariamente; pero hay gente que vive sola porque no tiene otra opción. Antaño la gente se moría de apendicitis; hoy casi es una cirugía menor. Y no es lo mismo vivir en el polo que en el trópico. En el desierto que en la sierra. Soportar un calor seco que un calor cargado de humedad. Es fácil que haya filósofos en unas regiones templadas. En la selva ecuatorial bastante tenemos con protegernos del clima y de las fieras. En el polo no hay más filosofía que cazar y levantar un iglú.

            En el mundo hay gente mala y gente buena. Gente que piensa y aprendices de brutos. Unos cultivan el pensamiento a costa del cuerpo y se vuelven pedantes, solitarios, ratones de biblioteca, gentes que abusan de los demás. Otros cultivan el cuerpo acosta del pensamiento, y se vuelven todo músculos, hércules de feria, obsesos del deporte, o de la guerra, fuerza bruta, glotones, borrachos, drogadictos, modelos, prostitutas, presumidos, objetos de consumo, víctimas de sí mismos y de la sociedad. Otros tienen un cuerpo fuerte con una cabeza amueblada, y cultivan el cuerpo con la cabeza, y saben hablar sin ofender a nadie, habilidades sociales, lo llaman, y son eruditos sin dejar de ser atletas, buscan la soledad cuando la necesitan, y cuando lo necesitan están con amigos, saben comer sin dañar al cuerpo, beber sin intoxicarse, divertirse sin degenerar. Gente equilibrada, gente que sabe vivir sin caer en los excesos.

            También hay gente  sin corazón. O con afectos. El corazón es la llave de la vida para sentir. Es raro que haya quien cultiva la mente y el corazón pero no el cuerpo; el cuerpo y el corazón pero no la cabeza; lo más normal es que, si alguien tiene buen corazón, armonice el poder de la cabeza con el del cuerpo aunque en esta armonía hay muchas gradaciones y muchos estilos, según le demos más importancia, desde el corazón, a la cabeza o al cuerpo. Ésta es la gente equilibrada. Una buena cabeza con un buen corazón hacen a la gente buena. Con un buen cuerpo, el corazón disfruta de las sensaciones. Pero entre disfrutar del alma y disfrutar del cuerpo hace falta que intervenga mínimamente la cabeza. Lo contrario de ser sentimental es ser malvado. Lo contrario de hedonista, depravado. Se cae del sentimentalismo a la maldad perdiendo grados de corazón en manos de la inteligencia; la misma pérdida de cordura nos lleva del hedonismo a la degradación. Entre todos los extremos hay muchos grados intermedios. Pero la conjunción perfecta de cabeza, cuerpo y corazón hace a  las personas equilibradas, sensatas, buenas y felices; aunque hay grados de felicidad según sea la proporción relativa de corazón, cuerpo o cabeza. 



            La cabeza sin corazón es maquiavélica. Con corazón, es buena. Hermanas del maquiavelismo son la avaricia y la soberbia; y de la bondad son hermanas el respeto, la confianza en sí mismo y la generosidad.

            El cuerpo sin cabeza es lujuria, gula, ira y pereza. Con cabeza es erótico, sibarita, paciente y trabajadora. Pero si además tiene corazón el erotismo es amor, el saber vivir, la generosidad, la paciencia, la comprensión; y el trabajo sirve para compartir aunque sea compitiendo, es eficacia y humanidad.

            El mundo es un lugar donde hay gente maquiavélica, codiciosa, soberbia, lujuriosa, glotona, iracunda, perezosa y esclava; pero también hay gente buena, respetuosa, confiada, generosa, exquisita, paciente, trabajadora, sana, comprensiva, colaboradora, eficaz y humana. El mundo es bueno en esta segunda mitad; malo en la primera. Y si somos buenos, sabemos encontrar lo bueno dentro de lo malo; malos, encontraremos cosas malas dentro de lo bueno. Que la vida sea buena o mala dependerá de lo que nos da el mundo en el que estamos y de lo que ponemos nosotros en él.

            Mundo, demonio y carne: ésos son los tres enemigos del alma. Carne es la perspectiva pecaminosa del cuerpo: no es que el cuerpo sea malo, lo que es malo es el cuerpo sin alma, es decir sin inteligencia: pero sobre todo sin corazón. El demonio es la falta de corazón en el cuerpo y el corazón es una moneda cuya otra cara es la inteligencia. Y el mundo es lo que nos rodea, las circunstancias en las que estamos: ya hemos visto que, sea el mundo bueno o malo, el verdadero enemigo del alma no es el mundo sino la maldad que nosotros ponemos en él, renunciando a ser buenos. El demonio es malo por definición porque es falta de corazón, pero el mundo y la carne no son enemigos; el único enemigo es el demonio, que los contamina cuando lo tenemos dentro. Así que no hay que engañarse: el único enemigo del alma es la falta de corazón y no hay más historias; lo demás es cuento.

 


 

viernes, 3 de enero de 2020

DISTOPÍA





DISTOPÍA  


            Distopía: utopía que nos muestra la imagen de un futuro peor.


            El Estado es algo así como la organización de toda la sociedad para servirse a sí misma. En esa organización no pueden estar todos, porque entonces habría tantos administradores como administrados y eso sería el colmo de la ineficacia; toda organización debe ser trabajo de unos pocos para poder beneficiar al conjunto.
            Ahora bien, una parte de ese trabajo debe destinarse a alimentar a la misma organización que lo realiza; nadie duda de que si una de sus misiones es repartir los bienes comunes, una parte de esos bienes debe servir para pagar a los funcionarios mismos que los están repartiendo, porque si desaparecen los administradores desaparece también la administración; no se puede trabajar en beneficio de todos si no se trabaja también en beneficio de uno mismo, es de cajón: si un Estado no alimenta a sus funcionarios no puede esperar que sus funcionarios lo alimenten a él; y alimentarlo a él es alimentar al conjunto de todos los ciudadanos.
            Hemos visto que el Estado es una parte de la sociedad puesta al servicio de la sociedad entera; el lugar donde unos pocos trabajan para todos, y esos pocos han sido puestos en su sitio por voluntad de todos (representados en mayorías, si no unánimes, sí, por lo menos, con vocación de consenso). Hay Estados, claro está, cuyos administradores se han puesto a sí mismos por voluntad propia en contra de la voluntad de los demás, es decir por la fuerza; y administradores que, en lugar de defender a sus administrados, se defienden de ellos; esta defensa puede hacerse por las armas, por los mitos o por ambas cosas a la vez; por ejemplo, obligando a aceptar que su razón de ser es la voluntad de dios sin posibilidad de comprobar si esa voluntad es auténtica en cada caso.
            Se ha dicho que el Estado es la totalidad de los ciudadanos, y no es así; el Estado es la expresión de la voluntad de todos, y esa voluntad se encarna en una parte de la sociedad; cuando esa parte impone su voluntad a la de todos se produce una subversión de la parte contra el todo, una usurpación que en literatura tiene el nombre de sinécdoque: decir que tenemos cabezas de ganado cuando queremos decir que tenemos los cuerpos enteros de los animales es como hablar de la voluntad del Estado cuando queremos referirnos a la voluntad de toda la sociedad; una cabeza sin su cuerpo estaría muerta, del mismo modo que el Estado sin la sociedad no podría o no debería mandar: pues no podría vivir.


            Pues bien: cuando el Estado se presenta como una voluntad que afecta a todos sin que emane de ellos, que obliga a todos a servirle en lugar de servir él a todos, entonces se llama totalitarismo. Un gobierno totalitario es aquel que, en lugar de servir a la sociedad, se sirve de ella; porque donde tenía que haber una voluntad general sólo hay una voluntad particular que la suplanta y usurpa, como un impostor; el beneficio colectivo se ha convertido en beneficio de unos pocos y el monarca absoluto, lejos de ser representante de todo el conjunto, le usurpa su voluntad. Lo mismo sucede cuando la mayoría de la gente se pone al servicio de unos pocos: no importa que numéricamente sean mayoría, aunque sean una mayoría abrumadora, sino que ponen su libertad en manos de una minoría y esa renuncia a sus propios derechos es, como cuando le vendemos el alma al diablo, un contrato de nulo derecho.
            Afirmaba MacIntyre que toda actividad tiene objetivos esenciales, como enseñar para el profesor, construir casas para el arquitecto o cuidar de la salud para el médico: a eso lo llamaba bienes internos, beneficios intrínsecos, funciones inherentes a la propia actividad: un médico que no quiere cuidar de la salud de sus pacientes no es que sea un mal médico, es que no es un médico. Ahora bien, todas esas actividades tienen también bienes externos, como ganar dinero; un profesor, un arquitecto o un médico tienen derecho a cobrar por enseñar, construir y curar; pero si sólo trabajan para cobrar se están olvidando de los bienes propios de su oficio y entonces se vuelven corruptos; un médico que no quiere curar a quien no le puede pagar es tan corrupto como un maestro que no enseña a quienes quieren aprender más, sino a quienes tienen menos interés pero más dinero. La corrupción, que consiste en sustituir los bienes internos por los externos, no es más que servir al dinero en lugar de servir a la medicina, a la enseñanza o a la construcción; y no es servir para curar, enseñar o construir, sino servirse de esos oficios como fuente de riqueza: como fuente de utilidad.
            También una administración que vive a costa de sus administrados es una administración corrupta. Está al servicio de todos, no los ciudadanos al servicio de ella. Podemos admitir que si tiene pocos medios para hacer su trabajo éste se vuelve difícil; que tanto los administradores como los administrados tienen que sufrir las consecuencias de una organización insuficientemente atendida, sufriendo largas esperas en largas colas, muchas inclemencias e inconvenientes, muchas incomodidades; todo eso lo podemos soportar cuando los medios de que se dispone no son suficientes; todo, menos que desaparezca el servicio que nos tienen que dar; no es lo mismo ponerlo a uno en lista de espera que decirle que se vaya porque no hay sitio para él en ninguna lista.
            Es lo que está sucediendo en las jefaturas provinciales de tráfico (y uno puede suponer que en otras administraciones también). Supongamos que hemos adquirido un coche de segunda mano: uno tiene que formalizar el contrato, pagar los impuestos correspondientes en hacienda y llevarlo todo a tráfico para que formalicen el cambio de titularidad. Uno va a tráfico y le dicen que debe ir con cita previa: hasta ahí, todo va bien. Pero vuelve a casa y pide cita por teléfono y le dicen que no hay sitio para él en todo el mes: admitámoslo; pero es que luego no le dan cita para el mes siguiente sino que la tiene que pedir todos los días intentándolo sin éxito: todo esto en el universo de los ordenadores. Uno tiene que estar todos los días, como si no tuviera otra cosa que hacer, probando suerte con el programa informático de las oficinas de tráfico; en horas de trabajo y fuera de ellas, y siempre con la misma respuesta: todas las horas están completas, inténtelo más tarde. Día a día, semana tras semana, un mes tras otro. Desesperado, uno  va a un taller y le pregunta al mecánico, y la respuesta del mecánico es que sospecha que todo está pensado para que pongamos nuestros asuntos en manos de las gestorías: para que les paguemos a ellas por un servicio que nosotros mismos podríamos hacer gratis. Es como para pensar que tenemos que alimentar a la maquinaria administrativa; una maquinaria que está hecha (ésa es su función) para servirnos, para alimentarnos a nosotros.


            Lo comentas con amigos conocidos y te cuentan cosas increíbles. ¿Eso te ha pasado en Segovia? En Madrid es igual. Inténtalo en Toledo, o en Ávila, que allí puede salir mejor. Eso es. Salir de mi provincia, desplazarme en autobús, comer fuera y perder un día de trabajo. Y eso porque en mi provincia no me hacen ese servicio. ¿Qué administración es esa? ¿No tenemos ordenadores? ¿No hay programas informáticos que te puedan colocar a la cola, aunque te toque dentro de dos meses, pero que no te obliguen a intentarlo día tras día sin saber nunca cuándo te van a dar cita? Uno acaba añorando los viejos tiempos en que había que hacer cola y desesperarse, pero te lo hacían, bien que mal, todo en el mismo día. Es como si estuviéramos en el mundo de Metrópolis que imaginó Fritz Lang, o en el del gran hermano de Orwell, o en las distopías de Husley, o en los tiempos modernos de Chaplin, para qué seguir… El mundo de la tiranía ha llegado ya. Tiene forma de democracia, ¿qué no sería si viviéramos en dictadura? Vives para servir a la máquina, al ordenador que manda en todos los ordenadores, al cerebro que piensa en lugar del tuyo, siendo el tuyo de neuronas y el otro de hojalata. El futuro distópico ha llegado ya.
            Si el Estado debe ser la sociedad organizada para servir al ciudadano y es el ciudadano el que sirve al Estado. Si la administración es una herramienta en manos del ciudadano y es el ciudadano el que acaba siendo herramienta del administrador. Si la máquina está para servir al usuario y es el usuario quien sirve a la máquina. Si él debe darle órdenes a la máquina y es él quien, refiriéndose a la máquina, dice muchas veces: “no me deja”. Si pasan esas cosas: entonces es que debemos temer que la finalidad de la administración es esclavizar al administrado y lo que es peor: que ahora el tirano no es un político convertido en poder absoluto, sino que el poder absoluto es una máquina que manda en quien le manda y que, como el ordenador de Kubrik (que se llama Hal como si fuera dios), acaba tomando el poder sobre las cosas humanas, incluso sobre los políticos. Si esas cosas empiezan a suceder, es que el futuro ya ha llegado; pero no ha llegado cualquier futuro: el que ha llegado es el futuro distópico, el que nunca querríamos ver llegar, aquel que temían los pensadores utópicos más pesimistas. ¿Un pesimista es un optimista bien informado? Cuidado, cuidado.
            Yo sólo quería tener mi título de propiedad. Los papeles de identificación míos y del coche. Porque sin eso no lo podía llevar a la inspección técnica del vehículo (el cual, por ser de segunda mano, ya estaba viejo). Y lo quería para traer a mi madre a casa. Y para celebrar juntos la navidad. Y para ir con ella al cementerio cuando se acercaba el día de los santos. Y para enseñarles a unos amigos, que venían de visita, unas cuantas cosas bonitas de ver. Todo eso lo quería hacer y no he podido. Porque me han dado cita en tráfico casi cuatro meses después de haberlo comprado. Porque la administración me ha hecho perder el tiempo. Porque, al ponerme yo a su servicio y no ella al mío, se ha transformado en burocracia. Y porque estamos sirviendo todos al dictado de unas máquinas. O quizá peor (y no quiero pensar que sea cierto), porque los administradores sean unas máquinas al servicio de políticos que sean máquinas también. Y peor aún: que los mismos trabajadores de la administración sean máquinas que se creen superiores porque trabajan allí y nos tratan a todos como sus engranajes. Decía Unamuno que los españoles, pensando que “del rey abajo, ninguno”, no aceptaban ninguna otra autoridad que no sea la del déspota: a los demás nos tratan como seres insignificantes. Dicen en Francia que muchos se creen caca y no llegan a pedo; y que se tiran pedos por encima de donde tienen el culo. Otros los llaman el pequeño poder. Y uno tiene derecho a pensar que, aunque haya muchos que sean así, hay muchos otros que no lo son. Porque creemos en la bondad natural del ser humano. Y porque es la única garantía que tenemos de que nunca, por mucho que nos asuste lo que ya está sucediendo, nunca suceda que nos lleguen a gobernar las máquinas.



sábado, 26 de noviembre de 2016

Juventud y borrachera





JUVENTUD Y BORRACHERA

 

      Ha muerto una niña. Y era fin de semana. Empapándose de alcohol (tenía doce años). Salió con sus amigas y, como muchos jóvenes, ya no sabía divertirse si no es con el botellón. Celebraban halloween. Y, como una ironía, la fiesta de los muertos condujo a la muerte de la fiesta, en un momento de la noche, cuando todavía no había empezado la resaca. Se había bebido un litro de vodka. Ella sola. Doce años. Se quedó tumbada en el suelo, olvidada de todos, mientras a su alrededor la fiesta continuaba. Pasaron cuarenta minutos hasta que alguien se dio cuenta de que llevaba tiempo sin moverse. La metieron en un carro de la compra y la llevaron al centro de salud. Allí urgieron a la ambulancia y le hicieron cuidados intensivos, pero en el hospital, donde todavía la mantenían con vida, no pudieron hacer nada ya; fue un fallo multiorgánico.
      El alcohol nos hincha el cerebro (edema cerebral, dicen los médicos); nos para el corazón; y en más de cinco minutos la parada cardiorrespiratoria provoca trombos que detienen la sangre y los órganos empiezan a necrosarse: el vientre, el estómago, el riñón; al final, todos los órganos acaban muertos. La niña se murió porque se le murió todo el cuerpo; parte a parte, hasta que el todo ya no pudo. Otros se ahogan en sus propios vómitos. Pasas por la calle y te encuentras a jóvenes en las esquinas, inconscientes, abandonados de sus amigos, empapados en alcohol. Es frecuente que los jóvenes acaben en un coma etílico; unos mueren, otros se pueden salvar.
      El botellón. Maldita sociedad que nos empapa las mentes de botellón. No sé quién lo inventó todo, pero al principio debió ser una forma de resistencia. Frente a los precios abusivos de los bares, nada tan natural como comprarte las botellas tú mismo; democratizar el gasto; zumos, cervezas, gaseosas… En lugar de botellines se compraron botellas grandes. El litro de cerveza se llama botellón: así empezó todo. Pero empezaron a pasar frío. Ya no se sentaban al calor del bar y buscaron sitios más inhóspitos; la calle de los bares fue sustituida por lugares apartados de la ciudad.
      Pero poco a poco la gente ya no se reunía para beber; se reunía para beber alcohol; comprarlo barato acabó siendo empezar a perder el control. Cuando la consumición se pagaba a precio de bar, el límite del consumo lo marcaba el bolsillo; pero ahora, que las botellas se compraban en la tienda, todo era más barato: y se perdieron los límites del fin de fiesta; la fiesta duraba lo que duraba el alcohol, y entonces la propia fiesta acabó durando más tiempo. Un botellón de zumos y cerveza es un lugar para reunirse, la gente habla en la calle, aquello es un acto social. Pero un botellón de alcohol es una ocasión de aislarse, la gente no se emborracha porque bebe, sino que bebe para emborracharse; y no es extraño que una persona se aferre a una esquina para beberse la botella, despreocupada del resto, agarrada a su botella, a su móvil, y hablando en la distancia mientras desprecia a cuantos tiene al lado, como si las caras virtuales fueran más importantes que las de verdad. 

 

      El botellón empezó para gastar menos, sí; pero el dinero que se ahorraba acabó gastándose también, y ahora con lo mismo que se tenía antes se compraba más; de manera que lo que debía emplearse en gastar menos, ahora se empleaba en beber más; más alcohol, se entiende. Pero ahora los bares y discotecas ya no estaban para controlar, la edad de consumo se fue rebajando poco a poco. Primero se bajó a los diecisiete, luego a los dieciséis, después… Bueno, ahora a los doce; como esa niña que se bebió una botella de vodka ella sola en la noche de halloween.
     Y ¿quién les vende alcohol a los menores? Siempre hay un amigo que tiene dieciocho años (normalmente los que fracasan en los estudios, aunque no siempre; los que están menos preparados para pensar); y es ese amigo quien hace la compra de todos. También hay, entre los tenderos, desaprensivos capaces de vender alcohol a los menores, todo vale con tal de ganar. Y si alguno, como esta niña, es alto y tiene el cuerpo desarrollado, acaso pase desapercibido y no lo tomen por criatura y le vendan alcohol. Yo me acuerdo de lo que pasó en Rusia cuando vino la democracia: la carne costaba demasiado cara y pocos la podían comer, pero el vodka era muy barato; el alcoholismo en Rusia se había convertido en una lacra, y, con la economía destrozada, muchas veces he pensado que sólo el vodka evitaba que algún día se produjera un estallido social.
      Y me acordé de los emperadores romanos: pan y circo; los emperadores de ahora conservan el circo aunque ya no puedan dar pan a nadie; y los jóvenes, que crecen como esponjas, se empapan de las modas y de todo lo fácil que le viene bien al poder. Antaño podíamos salir de fiesta a las diez de la noche; y cuando volvíamos a casa, a las dos, ya habíamos tenido tiempo suficiente para divertirnos: cuatro horas. Ahora, sin embargo, la gente sale a la una de la noche y antes de las cinco todavía no ha tenido tiempo suficiente para divertirse. ¿Quién fue el que cambió los horarios? “La noche es joven”, se le ocurrió a una importante casa de bebidas; que no eran bebidas alcohólicas, pero combinaban muy bien con el alcohol. El propio Nietzsche ensalzó las fuerzas irracionales de la vida ligándolas a la noche; al delirio báquico; a la pérdida de control. ¿Es la borrachera una construcción social que mamamos de pequeños? ¿O es un instinto natural que nace pegado a la vida? No lo sé, pero siento que esto último, en caso de ser cierto, acaba siendo potenciado por las fuerzas oscuras de la sociedad: que ejercen un efecto multiplicador. En Segovia se inventaron la ruta de San Millán con una lista de bares por los que había que pasar, la noche que salías de marcha, como estaciones de un via crucis; como si fueras en procesión; y no te podías saltar ninguno, que era pecado. Y tiempo atrás la gente se iba hasta Valencia viajando en su coche, recalando las noches en la discoteca y empapándose de drogas para aguantar varias noches sin dormir. 

 

      Hay un hedonismo expansivo en los jóvenes. Pero no es el de Epicuro, que se ríen si les hablas de un placer espiritual; aunque, si le damos gusto al cuerpo, tampoco es de los placeres de Aristipo, que se empeñaba en gozar de los sentidos sin que los sentidos gozasen de él; controlándolos siempre, evitando siempre que los placeres lo controlaran. No: al placer de los jóvenes ni le gusta el espíritu ni practicar el control; se reirán de ti si los llevas a ver cuadros al museo del Prado; el sentimiento ha sido sustituido por la sensación, ya no es ni siquiera conectar con el alcohol con las fuerzas creativas que hay en ti sino dormirlas: acallarlas, perder la conciencia para buscar silencio en el inconsciente, quedarte desmayado para no oír, ni sentir, ni pensar: la borrachera que buscan los jóvenes se parece al coma etílico, a tener la mente en blanco, como si buscaran las sensaciones para perder la experiencia misma de la sensación.
      ¿Es eso hedonismo? ¿Se puede llamar placer a la inconsciencia donde ya ni siquiera puede hablar el inconsciente? Uno puede entender que el alcohol sea la llave que te lleva a un mundo de éxtasis desconectándote de la realidad, pero lo que no se entiende es que desconectes a un mismo tiempo de la realidad y del éxtasis; como si lo que de verdad te interesara fuera salir del ser, fundirte en la nada.
      Sé por unos jóvenes que, para no oler a alcohol cuando llegan a casa, se echan el alcohol directamente en los ojos; parece que así les llega antes al cerebro; también parece que se lo echan en la vagina, que eso les produce efectos similares; yo, como decía el dramaturgo, ni lo afirmo ni lo niego: como me lo contaron, te lo cuento. Pero si fueran así las cosas tendríamos la mejor prueba de que lo que los jóvenes quieren no es disfrutar, sino mamarse; saltar directamente desde la conciencia a la nada (todavía algún tonto lo llamará nirvana), sin pasarse por el inconsciente. A ver: si la conciencia es la realidad y la realidad es dura, lo normal será escaparse de ella dejándose llevar, como dice Freud, por el principio de placer y despertar las voces calladas del inconsciente. Pero no. Los jóvenes saltan por encima del placer y llegan a la inconsciencia silenciosa; a esa que no tiene voces que te deleiten; a esa donde no se siente dolor ni placer porque no se siente ya. Ausencia de sensibilidad era la muerte, según  Epicuro: pues bien, cuando los jóvenes beben parece que se quisieran morir, morirse por un momento para volver después a la vida; jugar a morirse, pero sin morirse de verdad; porque los jóvenes tampoco es que vivan, es que juegan a vivir. Jugar a la vida y a la muerte es hacer como si experimentaras las cosas sin experimentarlas siquiera. Por eso quizá les resulte tan atractivo el halloween. 

 

      Pero si los jóvenes no son hedonistas ¿qué son? Uno está tentando de pensar que sólo están insatisfechos, frustrados, inseguros, necesitados de afirmarse; y para eso uno tiene que probarse, demostrarse a sí mismo que vale, superarse aunque sólo sea delante de los demás. ¿Y quién es su público? Los otros jóvenes. Por eso se desprecia olímpicamente la opinión de los mayores. Huyen de los sermones y en eso tienen razón (no hay cosa más antipática que un pepito grillo diciéndote a todas horas lo que tienes que hacer); pero es que también huyen de la razón, porque saben lo que quieren y no quieren que ni la misma razón los aparte aunque sepan que caminan a su pérdida. La vida te exige retos de largo alcance, mucha gente no tiene paciencia para esperar. Si estudias, podrás ser un buen médico (después de estudiar un montón de años). Si respetas a esa chica te acabará queriendo (pero es más sencillo abusar de ella, porque yo lo único que quiero es copular). Si quieres ser un buen futbolista tendrás que entrenar mucho (pero no, que yo quiero ganar partidos ahora mismo; no importa si para conseguirlo tengo que jugar con los que son peores que yo). Esa impaciencia terminará en sentimiento de culpa y de frustración.
      ¿Qué les queda? Los jóvenes deseosos de mostrar que valen mucho ¿qué es lo que pueden hacer? Buscar retos cortos. Satisfacciones inmediatas. Los retos que se ganan en un momento. Échate un pulso: al instante sabrás si eres el más fuerte. Te reto a correr hasta aquel árbol: instantáneamente también sabré si puedo ganarte. Bebamos, a ver quién aguanta más; en un abrir y cerrar de ojos se concede la victoria. ¿Duele un peircing? Yo me hago veinte. Un tatuaje ¿duele también? ¡Venga! ¡Los que hagan falta! Y si tengo que pasarme un mes sufriendo hasta que se me pase, eso demostrará que soy el más valiente: como Juan sin miedo. Ser valiente es lo mismo que valer más. Para mí. Y para todos. Me bebo una botella de vodka ¿qué te apuestas? Y si sabes del coma etílico lo arriesgas todo; echas el resto porque a ti no te va a pasar; y si crees que es posible, igual te arriesgas porque esperas que no te pase nada; y si no tienes ni idea de lo que te puede pasar te arriesgas con los ojos cerrados: ya está; que es lo que pudo pasarle a la chica de doce años que murió en halloween.
      Entonces, si la juventud no es hedonista ¿qué es? Nihilista, dirán algunos. Nihilista es el que no cree en nada; el que no tiene nada y nada quiere; el que no siente nada y el que no tiene nada que perder. Pero nuestros jóvenes tienen vida y no quieren perderla, por eso no se suicidan, sólo juegan a morir; aunque a veces, son gajes del oficio, se mueren de verdad. Yo no creo que los jóvenes no quieran nada. Los jóvenes quieren ser felices como todo el mundo, pero no saben cómo. Sienten que la felicidad está lejos y los separa de ella un foso enorme que no tienen ni fuerzas ni ganas de saltar. Aquí está la paradoja: quiero ser feliz, pero no me apetece molestarme en serlo; tengo pereza; la pereza no es más que una falta de energía. Ser perezoso es lo mismo que no tener fuerzas, te sientes débil y eso te hace sentirte mal, y ese malestar lo curas jugando a que eres fuerte sin serlo; en lugar de cultivar tus fuerzas, sacas a relucir las que te duran poco, como las burbujas del champán; y te metes en apuestas y retos que te dan victorias fáciles, mientras cavas, como telón de fondo, tu enorme fracaso existencial.
      Hedonista es quien busca el placer. Nihilista quien, porque ya no cree en nada, ha dejado de buscar. Pero el que quiere y no puede no es nihilista de vocación: es un perezoso; lo propio de la pereza es arrancarle a la vida el mínimo esfuerzo, el que dura poco aunque exija más; por eso los jóvenes viven en el mundo de lo efímero; hacen de las cosas un escaparate, un envoltorio, un decorado, algo que se muestra, aunque la hermosa caja de bombones no tenga nada dentro. Es la vida, para los jóvenes, un instinto poderoso de llegar a ser, pero instinto sin voluntad; ningún joven carece de fuerza, pero se empeña en no cultivarla porque nadie lo ha animado a sostenerla, y acaba cultivando, sin quererlo ni saberlo (aunque él en el fondo lo intuya), una enorme debilidad. También el fanático se cree fuerte porque es capaz de inmolarse; y es porque sólo ha aprendido a acumular la fuerza en un momento de máximo desgaste, que es cuando aprieta el botón. La experiencia atormentada que precede es para él la prueba más impactante de su fortaleza. Y vive, buscando la muerte, como si la vida fuera una ficción. 

 

      ¿Quién tiene la culpa? ¿La escuela lo ha frustrado? Puede ser. ¿Pero la escuela habría triunfado si hubiera hecho bien las cosas? Tampoco es seguro; porque detrás de la escuela estaban los padres, y mal puede un maestro lograr que los chicos quieran lo que en su casa le enseñan a despreciar. Supongamos que los padres hicieran bien las cosas; que trabajaran al unísono con la escuela: ¿garantizaría eso que los chicos crecieran sanos, confiados en sus posibilidades y con ganas de luchar por ser felices? Tampoco es seguro: porque la sociedad late detrás de los padres, y mal pueden unos padres, en consonancia con la escuela, hacer que amen los chicos lo que los jóvenes les enseñan a despreciar. ¿Y quiénes son los jóvenes? Los jóvenes son esa ficción construida por todos; ese modelo, esas modas, esa forma de ser que los arroja en brazos de la bebida y los incita a buscar placeres fáciles en la propia destrucción del placer; beber sin disfrutar de la bebida, copular sin disfrutar del sexo, fumar para hacerse mayores, ajenos a cuanto les hace disfrutar. Esa ficción a la que llamamos “los jóvenes” la han construido los comerciantes para ganar dinero, los que hacen rutas de borrachos, los que venden el alcohol a los menores, los que truecan el día por la noche, los que han cambiado los horarios. También la han construido los padres que han llenado su educación de estereotipos y prohibiciones; los que han confundido la madurez con la mayoría de edad; los que se han negado a que sus hijos tomen sus propias decisiones; los que los han querido mucho cuando eran pequeños, y cuando todavía no empezaban a ser grandes les decían: “ay, hijos, ¿por qué creceréis?” Y no se libra la escuela de esa responsabilidad colectiva. La que no ha enseñado a los chicos a ser personas, sino a ser obedientes; la que ha fracasado al convertir la disciplina en una diosa, cuando el verdadero dios debía ser la libertad, madre de la responsabilidad, abuela del control (que la disciplina viene del discípulo, no del maestro; de imponerse a sí mismo unos controles, no que te los impongan otros desde fuera). La escuela fracasa cuando no sabe enseñar y atiborra los cerebros. Cuando tiene que imponer castigos porque no tiene autoridad. Y los padres fracasan porque empapan a sus hijos con sus vicios y sus fobias; con los prejuicios que ellos mismos heredaron de sus padres; con la pereza aprendida que se empeñan en que sus hijos aprendan; o con una naturaleza débil que muestran sin rubor a los ojos de sus hijos, camuflada de machismo, con el instinto gregario de saberse piezas de una maquinaria y no querer que sus hijos aprendan a buscar sus propios caminos, porque los obligan a andar por los caminos por donde siempre les enseñaron a andar a ellos. Y la sociedad, que la hemos construido entre todos, multiplica estos vicios y los hace cristalizar en un escenario, el escenario de nuestras frustraciones; que podría ser el escenario de la libertad. 

 

      Si los jóvenes tuvieran una educación sólida no serían pasto del alcohol, ni de las drogas, ni del tabaco, ni de la aversión al estudio; ni del odio, ni de lo fácil, ni de la pereza; y no morirían bebiendo cuando salen de botellón. Una sólida personalidad es el mejor antídoto para no ser borregos. Hay que reivindicar el hedonismo, tanto físico como espiritual. El amor a los placeres, verdaderos motores de la vida: placer de beber (no de ser marionetas de la bebida); del erotismo creativo, no del sexo mecánico y roto; del placer del paseo y la comida, no del aburrimiento y de la gula; el placer de correr, de jugar y del deporte (no del deporte convertido en maquinaria de ganar copas y torneos); el placer de sentir el aire sobre tu cara, de patear la naturaleza y escuchar el silencio, el placer de la lectura, de ir al teatro, de ver una buena película y no un bodrio que anestesia el tiempo; el placer de la música que eleva los sentidos y dinamiza el cuerpo, no el que nos hace autómatas y nos deja sordos; el de contemplar un cuadro bien hecho y no sólo bonito, el que despierta en nosotros sentimientos de colores y no sólo sensaciones, el que sabe apreciar una estatua, un videoarte, un edificio: no el que nos embrutece haciendo que nos guste lo que nos gusta a todos. Y que cada uno, en la medida de sus posibilidades, disfrute de los placeres; para que nadie considere que ahogar las penas en drogas es un placer.
      Entre todos los placeres, uno de los más exquisitos es el de la trascendencia. Unos lo ven en dios, otros en la vida misma, otros en la naturaleza. El placer del amor, convertido en sentimiento que nos hace felices más allá de los sexos. El placer del amor al prójimo. De amar la naturaleza y el instinto ético. Cada uno en sus posibilidades. Todos, intensamente a veces, y siempre dilatándolo en la duración. El placer de vivir, de ser uno mismo: ¿cree alguien que con esta suma de placeres los jóvenes morirían de botellón?
      Pues no. El sumo placer es el antídoto contra el pesimismo. Que es lo que late detrás del nihilismo, de la frustración. Una vida plena es el ideal que nos orienta a todos, el norte y la brújula que nos fija el rumbo, el aire suave que nos hace vibrar, palpitante y hermoso: si eres feliz, seguro, seguro, que disfrutarás. Pero si no lo eres buscarás la felicidad en el placer y eso sí que ya no es lo mismo: bastará con ser feliz para tener una vida placentera, pero si buscas los placeres no es seguro que seas feliz. El placer de vivir es lo que no tienen los jóvenes que mueren de coma etílico. Si mueren es porque no ven las cosas, que son ciegos, que no han tenido amor; porque tampoco les han enseñado amar. El amor evita que las niñas de doce años mueran emborrachadas. El amor, recóndito y oscuro líquido amniótico, cálido y acogedor, recogido en las entrañas, único trampolín de la vida (llena de saltos), nos enseña a saltar. Un impulso no más es la vida entera. Un impulso que empuja desde la tierra y, aterrizando en ella, nos echa a volar. 

 


viernes, 27 de noviembre de 2015

La conciencia, la policía y el diablillo



LA CONCIENCIA, LA POLICÍA Y EL DIABLILLO


            -El doctor Jekyll había caído bajo el dominio de Mister Hyde. Jekyll era (cito textualmente) más interesado que un padre; Hyde, más indiferente que un hijo. Jekyll era respetable porque se preocupaba; Hyde, como huía de las preocupaciones, era un desecho. Recordad que en la mente de Robert Louis Stevenson ser bueno significaba tener cargas, obedecer; y ser malo era desentenderse de las obligaciones, no ser obediente, comportarse como un rebelde.
            -¿La rebeldía es mala? –dijo Darío.
            -En el concepto de Stevenson, sí. Esa manera de pensar era propia del siglo XIX; de modo que el autor, al pensar así, hablaba como la mayoría de la gente en Inglaterra. El ser humano apenas tiene valor en sí  mismo; se vuelve valioso cuando obedece, y rebelarse es malo: como se rebeló Satanás cuando fue arrojado a los infiernos.
            -¿Contra quién se rebeló?
            -Contra dios; a él le debía obediencia, porque él lo creó.
            -Entonces –intervino Cristal-, si los hijos han sido traídos al mundo por sus padres, deben obedecerles.
            -Así es. En el cristianismo el cuarto mandamiento exige honrar a padre y madre.
            -Pero –prosiguió ella- si el ser obediente te hace respetable, no hay ninguna diferencia entre el bien y el éxito social.
            -Tú lo has dicho. Buenas son las personas que obedecen las normas sociales.
            -Pero hay una diferencia entre obedecer a la sociedad y obedecer a dios. La sociedad se supone que puede equivocarse; dios no debería.
            -Así es. Pero, si en la Biblia dios nos hizo a su imagen y semejanza, en esta forma de ver es la sociedad la que está hecha a imagen de dios. Obedecer a la sociedad es como obedecer a dios. Por eso, en esta concepción del mundo, la libertad interior es una fuerza que debe ser frenada por el deber, por la obligación. Pero fijaos bien: el deber no nos aparece aquí como un compromiso libremente asumido, sino como algo que se nos impone desde fuera; la autoridad es una fuerza que somete nuestras inclinaciones. Aquí –Juan levantó un poco la voz, como impulsada de repente por un resorte- se confunde la libertad con las inclinaciones naturales; parece que ser libre es dejarse llevar por los deseos, como si la razón no estuviese al servicio de la libertad, sino de las obligaciones; la ley, en lugar de ser un producto de la naturaleza, es un producto de la sociedad para ahogar a la naturaleza. Hay una desconfianza profunda en los instintos. La razón no está al servicio de la naturaleza, pero tampoco de la sociedad; ni los impulsos sin freno ni el freno al impulso son naturales; la razón es como un ajedrez que se mueve en el tablero; debe moverse respetando las reglas, pero no puede cambiarlas. Los límites de la razón son los instintos y las leyes, y los primeros deben ser reprimidos por los segundos; si aceptamos eso, la inteligencia puede ser libre, pero su libertad debe estar contenida dentro de esos límites. Los científicos, los médicos (como el doctor Lanion) se atenían a la materialidad de los hechos, pero los experimentos de Jekyll iban mucho más allá: por eso se habían saltado los límites de lo que se consideraba sensato, y se habían rebelado contra la sociedad; y contra dios; Jekyll era, de alguna manera, Lucifer.
            Hubo un silencio profundo. Con un murmullo de fondo que procedía de los instintos rebeldes de Marta, Aurelio, Olga, Maia, incapaces de contenerse: propensos a desobedecer. Ellos tenían una suerte de impaciencia natural que los incapacitaba para concentrarse (y, por lo tanto, para guardar silencio). Juan lo sabía. Su papel de profesor consistía en domar esos instintos, pero no para someterlos a la ley, sino a la razón; la naturaleza debía ser razonable porque la razón también era un impulso de la naturaleza. Si las leyes no lo tenían en cuenta, es que no eran razonables; y entonces no merecían obediencia, que era lo mismo que perder autoridad. Eso, los chicos no lo sabían; pero lo sentían en el fondo de su ser; el maestro sólo tenía que convertir su sentimiento en saber.
            -Voy a proseguir con una cita de Stevenson -prosiguió Juan Luis-. Jekyll dice en cierta ocasión que había empezado a “sospechar de él; digo de él porque en rigor no puedo decir yo”. Él era Mister Hyde: eso que latía en el fondo de su ser, de su vida y de su corazón; y cuando actuaba Hyde era como si Jekyll no fuera responsable de sus actos. 


            Juan miró al fondo y pidió silencio a los revoltosos.
            -Eh, vosotros, ¿habéis oído hablar de Freud?
            Se encogieron de hombros. Sólo Maia se erigió en su portavoz.
            -No.
            -Freud fue un psicólogo austriaco que vivió en el primer tercio de siglo. Mira, Maia, ¿no te ha ocurrido nunca que hayas dicho cosas que no pensabas? ¿Y que no querías hacer?
            Maia vaciló un momento, encogiéndose de hombros nuevamente.
            -No sé… ¿Qué quieres decir?
            -Por ejemplo, que cuando quieres decir que vas a estudiar se te haya escapado a veces: “voy a jugar”.
            -Sí, a veces me lío entre el estudio y el deporte.
            -Pues eso: hay un diablillo dentro de ti, una especie de monigote, que dice “jugar” en vez de “estudiar”. Y cuando te pasan esas cosas tus amigos te dicen: “¿qué has dicho?” Y tú les respondes: “que voy a estudiar”. Y ellos te replican: “nosotros hemos oído: jugar”. Y tú respondes: “yo no he dicho eso”. Y ellos insisten: “pues lo has dicho”. ¿Ves, Maia? A veces queremos decir una cosa y en su lugar decimos otra; sin darnos cuenta. Freud dice que esas cosas no las decimos nosotros, sino que las dice eso que tenemos dentro, alguien que habla por nosotros sin que nos demos cuenta.
            Maia sonrió, reconociéndose en esa descripción.
            -Sí, es verdad. El otro día dije que la sábana era blanca cuando en realidad quería decir que la nieve era blanca.
            -¿Ves? Eso es un lapsus. Es como si hubiese dentro de nosotros dos personas: una que dice lo que queremos, y otra que dice lo que se nos escapa. A la primera Freud la llamaba el yo: la conciencia. Y a la segunda la llamaba el ello, o el eso: que es el inconsciente, el deseo (muchos de nuestros deseos suelen ser inconscientes). Pues bien, Stevenson creía que los deseos eran malos: y los llamaba Hyde. Jekyll, obediente, no hacía lo que quería, sino lo que le mandaban: la conciencia.
            Ahora Juan se detuvo para formular la pregunta clave.
            -¿Y quién da las órdenes?
            Maia contestó, rápida:
            -La sociedad.
            En lo que demostró que había estado atendiendo. Pero Juan le pidió más precisiones.
            -¿Y dónde crees que Freud situaría la sociedad?
            -No sé.
         -Dentro de nosotros. La censura. Nosotros somos nuestros propios censores, nosotros nos criticamos, nosotros nos reprimimos; unas veces mediante prohibiciones, otras mediante remordimientos. A la censura Freud la llamaba el superyo: porque estaba la teoría del trampolín.
(Continuará)