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viernes, 15 de abril de 2022

 

 

EL MUNDO     



            El mundo es la acción conjunta de la naturaleza y la sociedad. El ambiente. No es lo mismo vivir en un palacio que en un suburbio. Respirar aire limpio que los humos de una fábrica. Estar en un lugar lleno de cuestas que en el llano. En el campo que en la ciudad. Y no es lo mismo vivir en la prehistoria que en el siglo XX, en la guerra de los cien años que en un prolongado periodo de paz. No es lo mismo tener amigos que vivir solo. Los ermitaños han elegido vivir solos voluntariamente; pero hay gente que vive sola porque no tiene otra opción. Antaño la gente se moría de apendicitis; hoy casi es una cirugía menor. Y no es lo mismo vivir en el polo que en el trópico. En el desierto que en la sierra. Soportar un calor seco que un calor cargado de humedad. Es fácil que haya filósofos en unas regiones templadas. En la selva ecuatorial bastante tenemos con protegernos del clima y de las fieras. En el polo no hay más filosofía que cazar y levantar un iglú.

            En el mundo hay gente mala y gente buena. Gente que piensa y aprendices de brutos. Unos cultivan el pensamiento a costa del cuerpo y se vuelven pedantes, solitarios, ratones de biblioteca, gentes que abusan de los demás. Otros cultivan el cuerpo acosta del pensamiento, y se vuelven todo músculos, hércules de feria, obsesos del deporte, o de la guerra, fuerza bruta, glotones, borrachos, drogadictos, modelos, prostitutas, presumidos, objetos de consumo, víctimas de sí mismos y de la sociedad. Otros tienen un cuerpo fuerte con una cabeza amueblada, y cultivan el cuerpo con la cabeza, y saben hablar sin ofender a nadie, habilidades sociales, lo llaman, y son eruditos sin dejar de ser atletas, buscan la soledad cuando la necesitan, y cuando lo necesitan están con amigos, saben comer sin dañar al cuerpo, beber sin intoxicarse, divertirse sin degenerar. Gente equilibrada, gente que sabe vivir sin caer en los excesos.

            También hay gente  sin corazón. O con afectos. El corazón es la llave de la vida para sentir. Es raro que haya quien cultiva la mente y el corazón pero no el cuerpo; el cuerpo y el corazón pero no la cabeza; lo más normal es que, si alguien tiene buen corazón, armonice el poder de la cabeza con el del cuerpo aunque en esta armonía hay muchas gradaciones y muchos estilos, según le demos más importancia, desde el corazón, a la cabeza o al cuerpo. Ésta es la gente equilibrada. Una buena cabeza con un buen corazón hacen a la gente buena. Con un buen cuerpo, el corazón disfruta de las sensaciones. Pero entre disfrutar del alma y disfrutar del cuerpo hace falta que intervenga mínimamente la cabeza. Lo contrario de ser sentimental es ser malvado. Lo contrario de hedonista, depravado. Se cae del sentimentalismo a la maldad perdiendo grados de corazón en manos de la inteligencia; la misma pérdida de cordura nos lleva del hedonismo a la degradación. Entre todos los extremos hay muchos grados intermedios. Pero la conjunción perfecta de cabeza, cuerpo y corazón hace a  las personas equilibradas, sensatas, buenas y felices; aunque hay grados de felicidad según sea la proporción relativa de corazón, cuerpo o cabeza. 



            La cabeza sin corazón es maquiavélica. Con corazón, es buena. Hermanas del maquiavelismo son la avaricia y la soberbia; y de la bondad son hermanas el respeto, la confianza en sí mismo y la generosidad.

            El cuerpo sin cabeza es lujuria, gula, ira y pereza. Con cabeza es erótico, sibarita, paciente y trabajadora. Pero si además tiene corazón el erotismo es amor, el saber vivir, la generosidad, la paciencia, la comprensión; y el trabajo sirve para compartir aunque sea compitiendo, es eficacia y humanidad.

            El mundo es un lugar donde hay gente maquiavélica, codiciosa, soberbia, lujuriosa, glotona, iracunda, perezosa y esclava; pero también hay gente buena, respetuosa, confiada, generosa, exquisita, paciente, trabajadora, sana, comprensiva, colaboradora, eficaz y humana. El mundo es bueno en esta segunda mitad; malo en la primera. Y si somos buenos, sabemos encontrar lo bueno dentro de lo malo; malos, encontraremos cosas malas dentro de lo bueno. Que la vida sea buena o mala dependerá de lo que nos da el mundo en el que estamos y de lo que ponemos nosotros en él.

            Mundo, demonio y carne: ésos son los tres enemigos del alma. Carne es la perspectiva pecaminosa del cuerpo: no es que el cuerpo sea malo, lo que es malo es el cuerpo sin alma, es decir sin inteligencia: pero sobre todo sin corazón. El demonio es la falta de corazón en el cuerpo y el corazón es una moneda cuya otra cara es la inteligencia. Y el mundo es lo que nos rodea, las circunstancias en las que estamos: ya hemos visto que, sea el mundo bueno o malo, el verdadero enemigo del alma no es el mundo sino la maldad que nosotros ponemos en él, renunciando a ser buenos. El demonio es malo por definición porque es falta de corazón, pero el mundo y la carne no son enemigos; el único enemigo es el demonio, que los contamina cuando lo tenemos dentro. Así que no hay que engañarse: el único enemigo del alma es la falta de corazón y no hay más historias; lo demás es cuento.

 


 

viernes, 7 de agosto de 2020

EL HEDONISMO

 

 

     Hoy vamos a dar una clase de filosofía. Para ser más exactos, de ética.  

EL HEDONISMO 

            Hay una corriente ética que se conoce como hedonismo (la palabra griega “hedone” suele traducirse por “placer”): sus dos principales representantes son Aristipo (que fundó la escuela de Cirene, razón por la cual a sus discípulos se les llama cirenaicos) y Epicuro (que fundó también su propia escuela, conocida como el Jardín).

            Epicuro, como Aristipo, piensan que la felicidad consiste en el placer; pero no se ponen de acuerdo en lo que es el placer; contemplar un cuadro o un bello atardecer, escuchar una sinfonía o dar un paseo son actividades placenteras, pero también lo son beber vino, comer bien, darse un baño relajante o entregarse al erotismo. ¿Qué tipo de placeres es preferible? ¿En ambos casos se puede hablar de placer?

  • Para Aristipo hay que buscar el placer en el momento presente, y se trata por tanto de un placer sensorial.
  • Epicuro prefiere el disfrute de los momentos pasados o futuros; a veces disfrutamos más recordando un viaje que mientras viajábamos, y suele ocurrir también que soñar con la realización de nuestros proyectos nos proporciona más alegría que cuando los empezamos a realizar. Epicuro se interesa, por consiguiente, por la búsqueda del placer espiritual.

1. LOS PLACERES

(1) El cuerpo:

Aristipo y los cirenaicos admiten que hay dos sentimientos (páthe) básicos en el cuerpo: 

            El placer como movimiento suave.

            El dolor como movimiento áspero.

(2) El alma:

Epicuro, frente a los placeres del cuerpo, admite también los placeres del alma:

            El placer estable (“catastemático”) es el que sigue a la eliminación de los dolores: es una ausencia de perturbación. Éste es el fin último.

Epicuro emplea el vocablo “hedoné” para referirse a la ausencia de dolor, y éste tiene dos vertientes, igual que la medalla tiene dos caras:  

            a) Aponía es la falta de dolor en el cuerpo.

b) Ataraxía es la ausencia de perturbación espiritual.

          Podríamos resumir esta diferencia diciendo que para Aristipo la felicidad consiste en el placer, mientras que para Epicuro consiste en la ausencia de dolor; “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”, dice el refrán popular.

El placer de los cirenaicos es un placer cinético puesto que se transforma en su contrario, el dolor (a toda borrachera le sigue siempre una resaca). Y el de los epicúreos es más bien un placer catastemático (es decir estático), puesto que nunca se transformará en su contrario (el placer de un paseo tranquilo nunca se convierte en perturbación o dolor).

1. El placer cinético o genético es una agitación de nuestra sensibilidad.

2. El placer catastemático (es decir “estable” o “constitutivo”) es el placer fundamental. El dolor es el límite del placer; y por tanto:

a)      No hay un estadio neutro intermedio entre placer y dolor, como el gris es el intermedio entre el blanco y el negro.

b)      No existe ese placer mixto, formado de mezcla de placer y dolor, del que hablaba Platón.

Y como el placer está enraizado en nuestra sensibilidad, no es ilimitado; la naturaleza misma ha fijado los límites del placer.  En efecto,

a)      El placer nos es connatural, propio de nuestro organismo vivo; oikeîon.

b)      El dolor es allótrion (“extraño, ajeno”).

 

2. LOS DESEOS

 El deseo es esa especie de atracción que sentimos hacia el placer. Hay cuatro clases de deseos:  

 1. Los que son naturales y necesarios (como beber cuando se tiene sed). Éstos son los que eliminan el dolor. Comer, beber, dormir, vestirse, sentir amistad, pasear, son placeres naturales y necesarios.

 2. Los que son naturales, pero no son necesarios (como la comida refinada). Éstos diversifican el placer sin eliminar el sentimiento de dolor. Vivir en una casa de lujo, vestir bellas ropas, tener colchones mullidos, cojines y alfombras, nos proporcionan placeres naturales (puesto que dormir y vestir son necesidades de la naturaleza), pero de manera innecesaria (porque la naturaleza no exige que se añada lujo a la satisfacción de esas necesidades).

 3. Los que no son ni naturales ni necesarios (como las coronas y la erección de estatuas honoríficas). Hoy diríamos que las drogas, la moda, el botellón, los tatuajes, los peircings, son placeres artificiales (es decir “no naturales”) y no necesarios.

  

3. EL TETRAFÁRMAKO

(CUÁDRUPLE REMEDIO)

         Hay obstáculos a nuestros deseos, que son dificultades para conseguir el placer. Epicuro destaca cuatro miedos que hay que vencer: a los dioses, a la muerte, al placer y al dolor.

 1. Los dioses.

             Los dioses son felices e imperecederos, por lo tanto ni tienen preocupaciones ni nos las proporcionan a nosotros. 

Este mundo funciona solo, no tiene necesidad de que ningún dios lo haga funcionar. Por lo tanto no hay que temer a los dioses ni esperar que los dioses nos salven; tendremos que salvarnos nosotros mismos.

            Tampoco hay que atribuir a los dioses acciones indignas de ellos, como los castigos de su cólera terrible; ni ellos nos necesitan a nosotros (y por tanto todo sacrificio es inútil) ni tampoco se enfadan con nosotros como creemos.

 2. La muerte.

             La muerte nada es para nosotros, porque mientras existimos la muerte no está, y cuando se presenta ya hemos dejado de existir.

            En efecto, todo bien y todo mal, tanto el placer como el sufrimiento,  residen en la sensación; pero como la muerte es ausencia de sensaciones (puesto que cuando estamos muertos no sentimos nada), entonces no nos puede hacer sufrir; por lo tanto no tenemos motivos para temerla. 

 3. El placer.

             El bien es fácil de procurar.

Donde exista placer, por el tiempo que dure, no hay ni dolor ni pena ni mezcla de ambos.

 4. El dolor. La enfermedad.

             El mal es fácil de soportar.

            El dolor del cuerpo no dura mucho, el más agudo perdura lo mínimo y el más leve no persiste muchos días.

            Y las enfermedades duraderas ofrecen al cuerpo mayor cantidad de placer que de dolor.

             Tampoco hay que temer a la fatalidad: unas cosas suceden por necesidad, otras por azar y otras dependen de nosotros.

            1. La necesidad es irresponsable. Es la fatalidad de los físicos.

            2. El azar es vacilante.

            3. Lo que está en nuestro poder es la única propiedad que tenemos. Es mejor ser sensatamente desafortunados que gozar de buena fortuna con insensatez. (Hoy diríamos que la suerte no viene sola, sino que se busca; y se busca siempre con nuestro trabajo, por eso no hay que esperar a tener suerte quedándonos con los brazos cruzados). Se trata, por supuesto, de la voluntad.

             Los placeres que valen la pena dependen de nuestra voluntad.

 

viernes, 28 de septiembre de 2018

HAY FESTIVAL DE SEGOVIA (2018)




EL HAY FESTIVAL DE SEGOVIA (2018)


            El Hay Festival es un punto de encuentro donde se reúnen escritores, editores, artistas y comunicadores de todo el mundo. La edición de Segovia acabó el 23 de septiembre de 2018 utilizando como foro de debate la biblioteca, el museo, el teatro o la universidad; participaron figuras de primera fila, tanto de literatura selecta como de consumo, tales como Antonio Muñoz Molina, Santiago Roncagliolo, Isabel Coixet, Ken Follet, Javier Sierra y un largo etcétera; y se debatió sobre el papel de la literatura ante el reto de las tecnologías en el seno de la modernidad. Dar cuenta exhaustiva de estos encuentros es imposible, dado que muchos se desarrollaron a la misma hora en lugares diferentes; pero sí podemos aproximarnos a ellos a partir de algunos que bien pueden servirnos de muestra. Empezaremos por la literatura de masas, continuaremos con la literatura selecta y concluiremos con una muestra de cómo el gran público es capaz de apreciar a las grandes figuras que hablan para todos como si estuvieran hablando para una minoría: donde la palabra no se degrada por el mero hecho de dirigirse al gran número.

1. La literatura serializada.

            Lo que empezó siendo un libro leído se va convirtiendo cada vez más en un subgénero nuevo con un lenguaje propio que hay que ir descubriendo; por ejemplo, se puede describir la tristeza en lugar de hacer hablar a un personaje triste. Los autores que se dedican a este subgénero están descubriendo su lenguaje (como Eisenstein, mientras filmaba el Potemkin, descubría al mismo tiempo el lenguaje del cine). No es el teatro radiado de la BBC. No es el antiguo serial radiofónico. No es el audiolibro. Se llama audionovela, audioserie, radiotexto, ficción sonora. Es literatura de consumo y de consumo cotidiano, con lo que debe reunir varios ingredientes: es un podcast serializado, una especie de novela por entregas que se mueve en la oralidad; más que la verosimilitud y tranquilidad que se le exige el libro (aunque también), se le exige que mantenga mucho la atención; es económico porque las palabras son gratis y, al no tener carácter visual, nos ahorramos la escenografía; y tiene un formato tecnológico.
            Formato tecnológico: uniformización de los tiempos (lo que no ocurre con el libro); en Estados Unidos hay entregas que duran 20 ó 30 minutos (el tiempo que se tarda en llegar al trabajo); el prime time es de 10 a 12 de la noche, después de cenar y antes de dormir; pero una lectura de dos horas es excesiva. Comparémoslo con el libro: una novela de 200 a 300 páginas son de 6 a 7 horas de audio; además, los capítulos de una novela pueden tener distinta extensión, mientras que los de la audioserie deben durar todos lo mismo. Y hacen falta herramientas para seducir a los lectores.
            Entre la calidad deficiente de los antiguos seriales y la buena calidad de muchas novelas hay una zona intermedia en la que se mueven las audioseries: en ella se potencia el entretenimiento dentro de unos mínimos de calidad; que Santiago Roncagliolo (escritor, dramaturgo, guionista y premio Alfaguara) cultive este subgénero es ya una garantía; y que Ana Alonso (guionista interesada por el teatro y directora de la serie El gran apagón) se interese por él le da las dosis necesarias de interés comercial sin renegar totalmente de la calidad. Moderó el coloquio Javier Celaya, director de la plataforma de audiolibros Storytel. Entre las dos escuelas conocidas de audiolibros (la anglosajona, muy sobria, y la americana, muy hollywoodiense) se mueve el subgénero del que estamos hablando. Santiago Roncagliolo está terminando una larga serie que durará diez horas. 


            Nos movemos en el terreno de la literatura de consumo, el que produce los éxitos de ventas; el Hay Festival también acogió a Ken Follet y Javier Sierra, dos de los grandes maestros adorados del gran público. En estos autores, que se mueven en el terreno de la novela clásica, y en los que ponen sus esfuerzos al servicio de la audioserie, se aprecia una dignificación de esta tercera vía, a caballo entre la gran literatura y la mala literatura de consumo; el entretenimiento no está condenado a separarse de la seriedad; se pueden contar historias interesantes sin que se pierda calidad en aras del interés.

2. La literatura seria.

            La buena literatura está representada por Antonio Muñoz Molina, que respondía a las preguntas de Nativel Preciado sobre su nuevo libro: Un andar solitario entre la gente. Solitario: es decir ensimismado. Entre la gente: es decir acompañado. Se puede estar solo y acompañado a la vez, y eso no es una paradoja. Muñoz Molina ha recopilado frases sacadas de los anuncios publicitarios y de los periódicos, y cada una de ellas le inspira un reflexión sobre algún aspecto de la vida; una decía, por ejemplo: “oficina de instantes perdidos”; y no sabemos si valorar más la creatividad del publicista o la mirada atenta del escritor que ha sabido fijarse en ellas y rescatarlas.
            La literatura (dice el autor) “nos enseña pluralismo; los seres humanos somos distintos y eso nos humaniza vacunándonos contra el papanatismo”. Y frente a la uniformidad está la vacuidad, el hecho de que la vida no tiene horizonte; “la gente hoy no cree en nada y a la vez se lo cree todo”; la falta de fe priva de ilusión y el exceso de credulidad la vacía de contenido, pues se cree lo que dice cualquiera y no tiene en cuenta lo que le dice su propio yo. “En Sevilla habita mi otro yo, mi yo de enfrente”, dice Gerardo Diego; eso que le falta a la gente y por eso las personas no saben dialogar consigo mismas. La consecuencia es que se ven abocadas a “gestionar un presente sin porvenir” y eso es lo que llaman la cultura del ocio: ese ocio que se entiende como pérdida de tiempo, no como tiempo contemplativo; por eso no hay ayer ni tampoco mañana. Frente a ese ocio mal entendido, Muñoz Molina reivindica una cultura del esfuerzo; “lo que va a pasar es lo que vayamos a hacer”, para “que tu pasado no se llene de futuros que nunca se han cumplido”. Si frente al “todo está atado y bien atado” de tiempos pretéritos hemos levantado el vacío confundiéndolo con la falta de ligaduras, entonces hemos perdido el sentido del hedonismo.
            Porque el hedonismo que nos tiene algo que decir (dice el autor) “a mí me encendió una gran cantidad de luces interiores”; esas que nos hacen andar solos entre la gente; “las personas tenemos oscilaciones entre zonas de oscuridad y zonas de claridad”, y gracias a ellas nos vamos haciendo jóvenes cuando pasa el tiempo. Muñoz molina cita la frase de un pintor: “cuando pinto tengo treinta años”. Su último libro es un conjunto de pinceladas para un cuadro; concebido en ese tono reflexivo, bien podría ser literatura con vocación filosófica. “Confesiones de un pequeño filósofo”, decía Azorín; aquí la filosofía tiene forma literaria como lo fue en el principio de los tiempos; eso que le gustaba siempre recordar a María Zambrano. 


3. La seriedad desenfadada.

            Se pueden decir cosas serias sin dejar uno de reírse. En esta visión desenfadada de la vida se inscriben dos de las numerosas intervenciones que hubo en el Hay Festival de Segovia: la de Isabel Coixet y la de Iñaki y Aitor Gabilondo.
            Isabel Coixet practica un humor irreverente que no se preocupa mucho de las formas. Habló de la mujer poniendo el ojo en el hombre, y de los catalanes poniendo el ojo en los independentistas: es una dialéctica de trincheras donde los enemigos están identificados y se comportan como dos ejércitos frente a frente; y como donde ella pone el ojo pone la bala, nuca dispara sin munición; interpretó el cese de  Lluis Pasqual como una represalia por haberse negado a poner un lazo amarillo en el Teatre Lliure.
            Aitor Gabilondo es guionista y autor de series de éxito como El príncipe; su último trabajo será una serie para HBO sobre la novela de Fernando Aramburu, Patria. Su tío Iñaki procede de una familia de nueve hermanos que creció al amparo de una carnicería; del negocio familiar salieron ingenieros, filósofos, comunicadores, artistas. Precisamente el conocimiento, el arte y la política centraron sus intervenciones que, como electrones en torno al núcleo, giraron continuamente sobre la carnicería.
            El arte. “Hay músicas que te emocionan y otras que no”, dice Iñaki Gabilondo, “y eso no tiene que ver con cánones objetivos”; aclara acto seguido que “existe el derecho de que no te guste algo que le gusta a todo el mundo”, aunque no esté en el museo, porque “el arte no es ir al museo, sino la percepción estética de la vida” y “ese sentido estético forma parte de la vida cotidiana”. Para Iñaki Gabilondo esta sensibilidad es casi una necesidad biológica, y lo resume con una expresión muy gráfica: “sin pan uno se muere de hambre, y sin arte uno se muere de hastío”.
            El conocimiento. Necesitamos conocer cosas distintas y esa necesidad es un reto que nos desazona: “la ansiedad es seguir buscando un acomodo nuevo”. Pero no hay por qué conocerlo todo, tenemos derecho a ignorar cosas, y a combatir “el exhibicionismo de quien lo ha visto todo”; porque caemos en la pedantería, que es ese consumismo supuestamente noble de quien se somete a las “urgencias dictadas por la moda, no por lo mejor que hay  en nosotros”; es más, “la sensibilidad verdadera no siempre está conectada con un conocimiento nuevo”, y no necesita de todas esas erudiciones de las que hace gala la pedantería.
            La política. Iñaki utiliza la metáfora del amor. “El enamoramiento no depende de la voluntad, lo que depende de la voluntad es el comportamiento amoroso”. Trasladada a la política, esta reflexión nos lleva a plantear que “no hay convivencia democrática cuando el fondo y la forma no se acompañan, y hoy hemos roto las formas”; confundimos la cortesía con la vanidad y sin embargo “no hay que confundir la burocracia inútil con el procedimiento administrativo”; porque esas “formalidades fundamentales” no están vacías: son, simplemente, respeto, el cimiento sin el cual no se levanta un edificio. Sobre esa confianza de partida hay, en el camino, una desconfianza y por eso “la democracia es un  sistema de control”: que consiste en el escepticismo, en la actitud permanente de vigilancia, porque “el ser humano es muy frágil” y puede muy bien caer en la tentación de corromperse.

            Se baja el telón. Con estos tres botones hemos elaborado una muestra. La literatura nos ha aparecido en la encrucijada del arte y de la sociedad, buscando realidad en la apariencia y calidad en la superficie; aunque, inevitablemente, lo superficial nos espera a la vuelta de la esquina. Los segovianos esperamos otra nueva edición del Hay Festival; donde la palabra sea un ingrediente de la vida y hablar, mal que pese a algunos, no sea sinónimo de perder el tiempo.




sábado, 26 de noviembre de 2016

Juventud y borrachera





JUVENTUD Y BORRACHERA

 

      Ha muerto una niña. Y era fin de semana. Empapándose de alcohol (tenía doce años). Salió con sus amigas y, como muchos jóvenes, ya no sabía divertirse si no es con el botellón. Celebraban halloween. Y, como una ironía, la fiesta de los muertos condujo a la muerte de la fiesta, en un momento de la noche, cuando todavía no había empezado la resaca. Se había bebido un litro de vodka. Ella sola. Doce años. Se quedó tumbada en el suelo, olvidada de todos, mientras a su alrededor la fiesta continuaba. Pasaron cuarenta minutos hasta que alguien se dio cuenta de que llevaba tiempo sin moverse. La metieron en un carro de la compra y la llevaron al centro de salud. Allí urgieron a la ambulancia y le hicieron cuidados intensivos, pero en el hospital, donde todavía la mantenían con vida, no pudieron hacer nada ya; fue un fallo multiorgánico.
      El alcohol nos hincha el cerebro (edema cerebral, dicen los médicos); nos para el corazón; y en más de cinco minutos la parada cardiorrespiratoria provoca trombos que detienen la sangre y los órganos empiezan a necrosarse: el vientre, el estómago, el riñón; al final, todos los órganos acaban muertos. La niña se murió porque se le murió todo el cuerpo; parte a parte, hasta que el todo ya no pudo. Otros se ahogan en sus propios vómitos. Pasas por la calle y te encuentras a jóvenes en las esquinas, inconscientes, abandonados de sus amigos, empapados en alcohol. Es frecuente que los jóvenes acaben en un coma etílico; unos mueren, otros se pueden salvar.
      El botellón. Maldita sociedad que nos empapa las mentes de botellón. No sé quién lo inventó todo, pero al principio debió ser una forma de resistencia. Frente a los precios abusivos de los bares, nada tan natural como comprarte las botellas tú mismo; democratizar el gasto; zumos, cervezas, gaseosas… En lugar de botellines se compraron botellas grandes. El litro de cerveza se llama botellón: así empezó todo. Pero empezaron a pasar frío. Ya no se sentaban al calor del bar y buscaron sitios más inhóspitos; la calle de los bares fue sustituida por lugares apartados de la ciudad.
      Pero poco a poco la gente ya no se reunía para beber; se reunía para beber alcohol; comprarlo barato acabó siendo empezar a perder el control. Cuando la consumición se pagaba a precio de bar, el límite del consumo lo marcaba el bolsillo; pero ahora, que las botellas se compraban en la tienda, todo era más barato: y se perdieron los límites del fin de fiesta; la fiesta duraba lo que duraba el alcohol, y entonces la propia fiesta acabó durando más tiempo. Un botellón de zumos y cerveza es un lugar para reunirse, la gente habla en la calle, aquello es un acto social. Pero un botellón de alcohol es una ocasión de aislarse, la gente no se emborracha porque bebe, sino que bebe para emborracharse; y no es extraño que una persona se aferre a una esquina para beberse la botella, despreocupada del resto, agarrada a su botella, a su móvil, y hablando en la distancia mientras desprecia a cuantos tiene al lado, como si las caras virtuales fueran más importantes que las de verdad. 

 

      El botellón empezó para gastar menos, sí; pero el dinero que se ahorraba acabó gastándose también, y ahora con lo mismo que se tenía antes se compraba más; de manera que lo que debía emplearse en gastar menos, ahora se empleaba en beber más; más alcohol, se entiende. Pero ahora los bares y discotecas ya no estaban para controlar, la edad de consumo se fue rebajando poco a poco. Primero se bajó a los diecisiete, luego a los dieciséis, después… Bueno, ahora a los doce; como esa niña que se bebió una botella de vodka ella sola en la noche de halloween.
     Y ¿quién les vende alcohol a los menores? Siempre hay un amigo que tiene dieciocho años (normalmente los que fracasan en los estudios, aunque no siempre; los que están menos preparados para pensar); y es ese amigo quien hace la compra de todos. También hay, entre los tenderos, desaprensivos capaces de vender alcohol a los menores, todo vale con tal de ganar. Y si alguno, como esta niña, es alto y tiene el cuerpo desarrollado, acaso pase desapercibido y no lo tomen por criatura y le vendan alcohol. Yo me acuerdo de lo que pasó en Rusia cuando vino la democracia: la carne costaba demasiado cara y pocos la podían comer, pero el vodka era muy barato; el alcoholismo en Rusia se había convertido en una lacra, y, con la economía destrozada, muchas veces he pensado que sólo el vodka evitaba que algún día se produjera un estallido social.
      Y me acordé de los emperadores romanos: pan y circo; los emperadores de ahora conservan el circo aunque ya no puedan dar pan a nadie; y los jóvenes, que crecen como esponjas, se empapan de las modas y de todo lo fácil que le viene bien al poder. Antaño podíamos salir de fiesta a las diez de la noche; y cuando volvíamos a casa, a las dos, ya habíamos tenido tiempo suficiente para divertirnos: cuatro horas. Ahora, sin embargo, la gente sale a la una de la noche y antes de las cinco todavía no ha tenido tiempo suficiente para divertirse. ¿Quién fue el que cambió los horarios? “La noche es joven”, se le ocurrió a una importante casa de bebidas; que no eran bebidas alcohólicas, pero combinaban muy bien con el alcohol. El propio Nietzsche ensalzó las fuerzas irracionales de la vida ligándolas a la noche; al delirio báquico; a la pérdida de control. ¿Es la borrachera una construcción social que mamamos de pequeños? ¿O es un instinto natural que nace pegado a la vida? No lo sé, pero siento que esto último, en caso de ser cierto, acaba siendo potenciado por las fuerzas oscuras de la sociedad: que ejercen un efecto multiplicador. En Segovia se inventaron la ruta de San Millán con una lista de bares por los que había que pasar, la noche que salías de marcha, como estaciones de un via crucis; como si fueras en procesión; y no te podías saltar ninguno, que era pecado. Y tiempo atrás la gente se iba hasta Valencia viajando en su coche, recalando las noches en la discoteca y empapándose de drogas para aguantar varias noches sin dormir. 

 

      Hay un hedonismo expansivo en los jóvenes. Pero no es el de Epicuro, que se ríen si les hablas de un placer espiritual; aunque, si le damos gusto al cuerpo, tampoco es de los placeres de Aristipo, que se empeñaba en gozar de los sentidos sin que los sentidos gozasen de él; controlándolos siempre, evitando siempre que los placeres lo controlaran. No: al placer de los jóvenes ni le gusta el espíritu ni practicar el control; se reirán de ti si los llevas a ver cuadros al museo del Prado; el sentimiento ha sido sustituido por la sensación, ya no es ni siquiera conectar con el alcohol con las fuerzas creativas que hay en ti sino dormirlas: acallarlas, perder la conciencia para buscar silencio en el inconsciente, quedarte desmayado para no oír, ni sentir, ni pensar: la borrachera que buscan los jóvenes se parece al coma etílico, a tener la mente en blanco, como si buscaran las sensaciones para perder la experiencia misma de la sensación.
      ¿Es eso hedonismo? ¿Se puede llamar placer a la inconsciencia donde ya ni siquiera puede hablar el inconsciente? Uno puede entender que el alcohol sea la llave que te lleva a un mundo de éxtasis desconectándote de la realidad, pero lo que no se entiende es que desconectes a un mismo tiempo de la realidad y del éxtasis; como si lo que de verdad te interesara fuera salir del ser, fundirte en la nada.
      Sé por unos jóvenes que, para no oler a alcohol cuando llegan a casa, se echan el alcohol directamente en los ojos; parece que así les llega antes al cerebro; también parece que se lo echan en la vagina, que eso les produce efectos similares; yo, como decía el dramaturgo, ni lo afirmo ni lo niego: como me lo contaron, te lo cuento. Pero si fueran así las cosas tendríamos la mejor prueba de que lo que los jóvenes quieren no es disfrutar, sino mamarse; saltar directamente desde la conciencia a la nada (todavía algún tonto lo llamará nirvana), sin pasarse por el inconsciente. A ver: si la conciencia es la realidad y la realidad es dura, lo normal será escaparse de ella dejándose llevar, como dice Freud, por el principio de placer y despertar las voces calladas del inconsciente. Pero no. Los jóvenes saltan por encima del placer y llegan a la inconsciencia silenciosa; a esa que no tiene voces que te deleiten; a esa donde no se siente dolor ni placer porque no se siente ya. Ausencia de sensibilidad era la muerte, según  Epicuro: pues bien, cuando los jóvenes beben parece que se quisieran morir, morirse por un momento para volver después a la vida; jugar a morirse, pero sin morirse de verdad; porque los jóvenes tampoco es que vivan, es que juegan a vivir. Jugar a la vida y a la muerte es hacer como si experimentaras las cosas sin experimentarlas siquiera. Por eso quizá les resulte tan atractivo el halloween. 

 

      Pero si los jóvenes no son hedonistas ¿qué son? Uno está tentando de pensar que sólo están insatisfechos, frustrados, inseguros, necesitados de afirmarse; y para eso uno tiene que probarse, demostrarse a sí mismo que vale, superarse aunque sólo sea delante de los demás. ¿Y quién es su público? Los otros jóvenes. Por eso se desprecia olímpicamente la opinión de los mayores. Huyen de los sermones y en eso tienen razón (no hay cosa más antipática que un pepito grillo diciéndote a todas horas lo que tienes que hacer); pero es que también huyen de la razón, porque saben lo que quieren y no quieren que ni la misma razón los aparte aunque sepan que caminan a su pérdida. La vida te exige retos de largo alcance, mucha gente no tiene paciencia para esperar. Si estudias, podrás ser un buen médico (después de estudiar un montón de años). Si respetas a esa chica te acabará queriendo (pero es más sencillo abusar de ella, porque yo lo único que quiero es copular). Si quieres ser un buen futbolista tendrás que entrenar mucho (pero no, que yo quiero ganar partidos ahora mismo; no importa si para conseguirlo tengo que jugar con los que son peores que yo). Esa impaciencia terminará en sentimiento de culpa y de frustración.
      ¿Qué les queda? Los jóvenes deseosos de mostrar que valen mucho ¿qué es lo que pueden hacer? Buscar retos cortos. Satisfacciones inmediatas. Los retos que se ganan en un momento. Échate un pulso: al instante sabrás si eres el más fuerte. Te reto a correr hasta aquel árbol: instantáneamente también sabré si puedo ganarte. Bebamos, a ver quién aguanta más; en un abrir y cerrar de ojos se concede la victoria. ¿Duele un peircing? Yo me hago veinte. Un tatuaje ¿duele también? ¡Venga! ¡Los que hagan falta! Y si tengo que pasarme un mes sufriendo hasta que se me pase, eso demostrará que soy el más valiente: como Juan sin miedo. Ser valiente es lo mismo que valer más. Para mí. Y para todos. Me bebo una botella de vodka ¿qué te apuestas? Y si sabes del coma etílico lo arriesgas todo; echas el resto porque a ti no te va a pasar; y si crees que es posible, igual te arriesgas porque esperas que no te pase nada; y si no tienes ni idea de lo que te puede pasar te arriesgas con los ojos cerrados: ya está; que es lo que pudo pasarle a la chica de doce años que murió en halloween.
      Entonces, si la juventud no es hedonista ¿qué es? Nihilista, dirán algunos. Nihilista es el que no cree en nada; el que no tiene nada y nada quiere; el que no siente nada y el que no tiene nada que perder. Pero nuestros jóvenes tienen vida y no quieren perderla, por eso no se suicidan, sólo juegan a morir; aunque a veces, son gajes del oficio, se mueren de verdad. Yo no creo que los jóvenes no quieran nada. Los jóvenes quieren ser felices como todo el mundo, pero no saben cómo. Sienten que la felicidad está lejos y los separa de ella un foso enorme que no tienen ni fuerzas ni ganas de saltar. Aquí está la paradoja: quiero ser feliz, pero no me apetece molestarme en serlo; tengo pereza; la pereza no es más que una falta de energía. Ser perezoso es lo mismo que no tener fuerzas, te sientes débil y eso te hace sentirte mal, y ese malestar lo curas jugando a que eres fuerte sin serlo; en lugar de cultivar tus fuerzas, sacas a relucir las que te duran poco, como las burbujas del champán; y te metes en apuestas y retos que te dan victorias fáciles, mientras cavas, como telón de fondo, tu enorme fracaso existencial.
      Hedonista es quien busca el placer. Nihilista quien, porque ya no cree en nada, ha dejado de buscar. Pero el que quiere y no puede no es nihilista de vocación: es un perezoso; lo propio de la pereza es arrancarle a la vida el mínimo esfuerzo, el que dura poco aunque exija más; por eso los jóvenes viven en el mundo de lo efímero; hacen de las cosas un escaparate, un envoltorio, un decorado, algo que se muestra, aunque la hermosa caja de bombones no tenga nada dentro. Es la vida, para los jóvenes, un instinto poderoso de llegar a ser, pero instinto sin voluntad; ningún joven carece de fuerza, pero se empeña en no cultivarla porque nadie lo ha animado a sostenerla, y acaba cultivando, sin quererlo ni saberlo (aunque él en el fondo lo intuya), una enorme debilidad. También el fanático se cree fuerte porque es capaz de inmolarse; y es porque sólo ha aprendido a acumular la fuerza en un momento de máximo desgaste, que es cuando aprieta el botón. La experiencia atormentada que precede es para él la prueba más impactante de su fortaleza. Y vive, buscando la muerte, como si la vida fuera una ficción. 

 

      ¿Quién tiene la culpa? ¿La escuela lo ha frustrado? Puede ser. ¿Pero la escuela habría triunfado si hubiera hecho bien las cosas? Tampoco es seguro; porque detrás de la escuela estaban los padres, y mal puede un maestro lograr que los chicos quieran lo que en su casa le enseñan a despreciar. Supongamos que los padres hicieran bien las cosas; que trabajaran al unísono con la escuela: ¿garantizaría eso que los chicos crecieran sanos, confiados en sus posibilidades y con ganas de luchar por ser felices? Tampoco es seguro: porque la sociedad late detrás de los padres, y mal pueden unos padres, en consonancia con la escuela, hacer que amen los chicos lo que los jóvenes les enseñan a despreciar. ¿Y quiénes son los jóvenes? Los jóvenes son esa ficción construida por todos; ese modelo, esas modas, esa forma de ser que los arroja en brazos de la bebida y los incita a buscar placeres fáciles en la propia destrucción del placer; beber sin disfrutar de la bebida, copular sin disfrutar del sexo, fumar para hacerse mayores, ajenos a cuanto les hace disfrutar. Esa ficción a la que llamamos “los jóvenes” la han construido los comerciantes para ganar dinero, los que hacen rutas de borrachos, los que venden el alcohol a los menores, los que truecan el día por la noche, los que han cambiado los horarios. También la han construido los padres que han llenado su educación de estereotipos y prohibiciones; los que han confundido la madurez con la mayoría de edad; los que se han negado a que sus hijos tomen sus propias decisiones; los que los han querido mucho cuando eran pequeños, y cuando todavía no empezaban a ser grandes les decían: “ay, hijos, ¿por qué creceréis?” Y no se libra la escuela de esa responsabilidad colectiva. La que no ha enseñado a los chicos a ser personas, sino a ser obedientes; la que ha fracasado al convertir la disciplina en una diosa, cuando el verdadero dios debía ser la libertad, madre de la responsabilidad, abuela del control (que la disciplina viene del discípulo, no del maestro; de imponerse a sí mismo unos controles, no que te los impongan otros desde fuera). La escuela fracasa cuando no sabe enseñar y atiborra los cerebros. Cuando tiene que imponer castigos porque no tiene autoridad. Y los padres fracasan porque empapan a sus hijos con sus vicios y sus fobias; con los prejuicios que ellos mismos heredaron de sus padres; con la pereza aprendida que se empeñan en que sus hijos aprendan; o con una naturaleza débil que muestran sin rubor a los ojos de sus hijos, camuflada de machismo, con el instinto gregario de saberse piezas de una maquinaria y no querer que sus hijos aprendan a buscar sus propios caminos, porque los obligan a andar por los caminos por donde siempre les enseñaron a andar a ellos. Y la sociedad, que la hemos construido entre todos, multiplica estos vicios y los hace cristalizar en un escenario, el escenario de nuestras frustraciones; que podría ser el escenario de la libertad. 

 

      Si los jóvenes tuvieran una educación sólida no serían pasto del alcohol, ni de las drogas, ni del tabaco, ni de la aversión al estudio; ni del odio, ni de lo fácil, ni de la pereza; y no morirían bebiendo cuando salen de botellón. Una sólida personalidad es el mejor antídoto para no ser borregos. Hay que reivindicar el hedonismo, tanto físico como espiritual. El amor a los placeres, verdaderos motores de la vida: placer de beber (no de ser marionetas de la bebida); del erotismo creativo, no del sexo mecánico y roto; del placer del paseo y la comida, no del aburrimiento y de la gula; el placer de correr, de jugar y del deporte (no del deporte convertido en maquinaria de ganar copas y torneos); el placer de sentir el aire sobre tu cara, de patear la naturaleza y escuchar el silencio, el placer de la lectura, de ir al teatro, de ver una buena película y no un bodrio que anestesia el tiempo; el placer de la música que eleva los sentidos y dinamiza el cuerpo, no el que nos hace autómatas y nos deja sordos; el de contemplar un cuadro bien hecho y no sólo bonito, el que despierta en nosotros sentimientos de colores y no sólo sensaciones, el que sabe apreciar una estatua, un videoarte, un edificio: no el que nos embrutece haciendo que nos guste lo que nos gusta a todos. Y que cada uno, en la medida de sus posibilidades, disfrute de los placeres; para que nadie considere que ahogar las penas en drogas es un placer.
      Entre todos los placeres, uno de los más exquisitos es el de la trascendencia. Unos lo ven en dios, otros en la vida misma, otros en la naturaleza. El placer del amor, convertido en sentimiento que nos hace felices más allá de los sexos. El placer del amor al prójimo. De amar la naturaleza y el instinto ético. Cada uno en sus posibilidades. Todos, intensamente a veces, y siempre dilatándolo en la duración. El placer de vivir, de ser uno mismo: ¿cree alguien que con esta suma de placeres los jóvenes morirían de botellón?
      Pues no. El sumo placer es el antídoto contra el pesimismo. Que es lo que late detrás del nihilismo, de la frustración. Una vida plena es el ideal que nos orienta a todos, el norte y la brújula que nos fija el rumbo, el aire suave que nos hace vibrar, palpitante y hermoso: si eres feliz, seguro, seguro, que disfrutarás. Pero si no lo eres buscarás la felicidad en el placer y eso sí que ya no es lo mismo: bastará con ser feliz para tener una vida placentera, pero si buscas los placeres no es seguro que seas feliz. El placer de vivir es lo que no tienen los jóvenes que mueren de coma etílico. Si mueren es porque no ven las cosas, que son ciegos, que no han tenido amor; porque tampoco les han enseñado amar. El amor evita que las niñas de doce años mueran emborrachadas. El amor, recóndito y oscuro líquido amniótico, cálido y acogedor, recogido en las entrañas, único trampolín de la vida (llena de saltos), nos enseña a saltar. Un impulso no más es la vida entera. Un impulso que empuja desde la tierra y, aterrizando en ella, nos echa a volar.