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viernes, 13 de mayo de 2022

LA MIRADA RUSA SOBRE OCCIDENTE

 

 

LA MIRADA RUSA SOBRE OCCIDENTE   

 


            En los últimos años del siglo XX todo cambió en la Unión Soviética. El Estado se vino abajo, la economía estaba desabastecida y la población ansiosa de cambios. La gerontocracia ya no pudo aguantar, porque a un viejo le sucedía otro más viejo hasta que ya no quedaron viejos: Breznev, Andropov, Chernenko. Entonces fue cuando el propio partido decidió que había que morir si quería seguir viviendo: y eligió a un joven de ideas jóvenes, abierto al mundo, que quiso hacer lo que el viejo mundo ya no tenía más remedio que dejarle hacer. Perestroika. Cambio. Que se haría desde la transparencia. Glasnost. De repente un pueblo maniatado recobra la voz, se siente libre. Y lo más extraño es que el pueblo había dejado de ser libre en nombre de la libertad, estaba pasando penurias en nombre de la prosperidad (la misma que iba a  traer la emancipación de la clase trabajadora) y había dejado que gobernaran contra el pueblo en nombre del pueblo. Hasta que el mundo en el que estaban atadas las contradicciones se rompió de repente.

            Por Moscú soplaba un aire fresco. Un mosaico de opciones políticas ocupó la escena, partido del campo, partido de las mujeres, partido de no sé qué… La gente se asustaba de Yirinovski: un extremista megalómano que enarbolaba la bandera nazi. Las viejas estructuras de poder se removían, inquietas, las viejas estructuras aferradas a ideales prostituidos amenazaban con arrasarlo todo, y la vida estaba convulsa. La economía estaba hundida. La pobreza se enseñoreó de todo, hasta los profesores de la universidad tenían que tener un huerto si querían comer algo. Hubo un golpe de Estado. Gorbachov fue secuestrado. Los liberales, con Yeltsin a la cabeza, ganaron las elecciones. Los tanques asaltaron el parlamento porque el parlamento quería asaltar el poder. Pero había libertad, ya no se encerraba a los disidentes en los hospitales psiquiátricos; ahora a los que luchaban por la libertad les daban el premio que se llama como el más famoso de los disidentes, Shajarov.

            Pero la libertad no liberó solamente las energías de un pueblo, también liberó su lado oscuro; y fue el terreno donde creció la inseguridad, el desorden, la delincuencia; las mafias rusas se hicieron tan famosas como las italianas; las calles no eran seguras, a muchos no les importaba dejar de ser libres si a cambio les devolvían la seguridad. Hacía falta mano dura para acabar con el caos, la anarquía. Y lo que tenía que ocurrir, ocurrió.

            Yeltsin se corrompió hasta la médula. Es lo que les pasa a aquellos liberales que confunden el ser libres para todo con el serlo para que nadie los controle: y metieron las manos en las arcas del Estado. Yeltsin, además, era alcohólico. Y quería pasar sus últimos años (acaso tuviera cirrosis, pocos le quedaban ya) sin que a nadie le importara: nombró a un sucesor que acapararía el poder a cambio de que no persiguieran a Yeltsin; y Yeltsin murió.

            Para entonces la Unión Soviética se había desmembrado. Se independizaron los países bálticos. Georgia, Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán. Hubo que hacer frente a la rebelión chechena: y Putin la aplastó; la aplastó a sangre y fuego. Vladimir Putin, el delfín de Yeltsin; antigua cabeza del KGB. Como espía, Putin conocía todas las armas arteras: y las empleó. 



            Putin puso orden en la casa; aplastando, si hacía falta, los derechos de las personas. Apareció en Rusia una misteriosa agencia experta en el hackeo informático; el Estado ruso siempre negó estar detrás de ello, siempre lo atribuyó a los piratas que escapaban a su control: pero era más que dudoso que la guerra informática no formara parte de la estrategia del Kremlin. Y cuando dentro todo estuvo en orden, el Kremlin empezó a mirar fuera.

            Si miramos un mapa de Europa anterior a la perestroika veremos que toda Europa del Este, hasta Italia, Suiza y la mismísima Alemania, estaba dentro del eje de influencia de Moscú. Si miramos el mapa posterior a la perestroika veremos que todos los antiguos países comunistas forman ya parte del mundo capitalista; hasta Ucrania ha abrazado el alejamiento de la antigua Rusia. Supongamos que la OTAN sea algo así como el ejército del mundo capitalista; si Ucrania pide su ingreso en la OTAN resultará que el ejército enemigo, que pasó de estar lejos a estar a las puertas de Rusia, ahora puede estar dentro de la antigua URSS; y Rusia, claro, se siente amenazada. Por eso amenaza con invadir Ucrania. Para que Ucrania nunca pertenezca a la OTAN.

            Ucrania significa “tierra de frontera”. Como lo era, en España, la Extremadura castellana; la de la Reconquista. Extremadura. Extremos del Duero; tierra fronteriza entre moros y cristianos; tierra de escaramuzas, tierra insegura. Ucrania es ahora la Extremadura de Rusia. ¿Dónde están los moros, dónde los cristianos? Putin ha desplazado a cien mil soldados a la frontera; amenaza con invadir.

            En el año 2014 se anexionó la península de Crimea. La razón esgrimida fue que allí estaban los silos nucleares. Aquel arsenal no podía estar en manos no rusas. Pase. Pero también envió armas ligeras y pesadas para los separatistas del Donbás, al este de Crimea; que no sabían manejar los misiles y le dieron, aparentemente sin querer, a un avión de pasajeros que pasaba por allí. La razón esgrimida fue la protección de la población rusa. Sin embargo, dicen algunos expertos que la mayoría de los rusos de Ucrania convive pacíficamente con la población. Como los cristianos y judíos antes de que viniera a separarlos la reina católica; así estaban las cosas en la ciudad de Segovia.

            Sigamos mirando el mapa. Descubriremos que en el oeste de Moldavia también hay rusos. Si Putin se anima a ocuparlo, entre Moldavia y Crimea está la costa del mar Negro, lo mismo que entre Crimea y el Donbás. Lo que sobrevuela en esta estrategia es posiblemente el control de mar Negro. En la frontera del Este está Kazajistán, gobernada por un régimen despótico; al que Rusia ha ayudado a aplastar la rebelión de una población descontenta.

            Sigamos con el mapa. Más al norte está Bielorrusia, gobernada por el dictador Lukashenko: al que Putin ayuda también contra su propia población. Lo mismo que Kazajistán, Bielorrusia conserva la lealtad hacia un país amigo; de un país que se siente subordinado. Y Bielorrusia es el pase natural hacia las repúblicas bálticas: Letonia, Lituania y Estonia. Con el acceso al mar Báltico y el control del mar Negro, Rusia puede abrir una pinza sobre Europa; Suecia ya ha enviado soldados a la isla de Gotland, un enclave estratégico frente a las repúblicas bálticas. 



            Según se mire, el órdago de Rusia puede interpretarse como defensa frente a la OTAN o como agresión hacia Europa. Y no olvidemos que Serbia, Albania y Montenegro hace años que alojan bandas desestabilizadoras; malhechores y borrachos, elementos violentos, gentes de mal vivir, que intentan socavar lentamente la democracia en esos lugares. Si algunos de esos países balcánicos llega  a desestabilizarse (ya hay una guerra ideológica, de corte nacionalista, que parece virulenta) el entorno de Serbia puede caer otra vez bajo la órbita rusa; y Serbia está muy cerca de Italia. ¿Qué es lo que se cuece en el desafío de Moscú? Posiblemente la reconstrucción de la antigua zona de influencia; la misma que Rusia perdió con la descomposición del bloque soviético. Reforzando sus fronteras con una zona tampón frente a Europa, sometidas las poblaciones díscolas, amarrados los países despóticos como Georgia y Bielorrusia, devotos de Moscú, ya todo estará listo para reconstruir el imperio ruso.

            Putin amenaza con hacer la guerra a la OTAN. Curiosa excusa, que para evitar una guerra haya que desencadenar la guerra: puro farol; Putin  no está loco. Todo forma parte de la partida de cartas que Rusia está jugando con Europa. En esas partidas ya se sabe, uno lanza desafíos para hacer creer al otro que tiene mejores cartas de las que tiene. Lo que sí es cierto es que Rusia no quiere formar parte de la casa común europea. Quiere vivir enfrentada a Europa.

            Pero si se mira bien, lo que realmente asusta a Moscú es otra cosa. Occidente es un mundo imperfecto, pero mucho más atractivo que Rusia. Es más próspero. Goza de una libertad que los rusos no tienen. Viven en una democracia imperfecta, pero no es democracia de apariencias. Su tarjeta de identidad son los derechos humanos que parece que en Rusia importan menos. Si en un día próximo en Ucrania llega a construirse una sociedad así, éste puede ser un espejo donde se miren los rusos y pueden despertarse las ansias de libertad. Esto sí que es peligroso para el Estado. Ni China ni Rusia son atractivas para los ciudadanos. La idea de progreso frente al despotismo asiático: eso es lo que verdaderamente está en juego; una forma de vivir, una forma de relacionarse, una forma de respetarse, la proyección humana de la cultura: tan rica en Rusia como triste, tan rebosante de espiritualidad, el alma rusa: tan sometida como excelsa. Lo que está en juego son dos modelos de civilización.

 


 

 

viernes, 21 de julio de 2017

EL FUERO DE SEPÚLVEDA








EL FUERO DE SEPÚLVEDA
 

  1.  
            El abuelo Víctor murió cuando florecía la primavera. Volvía cargado de ovejas, con la voluntad grabada en la frente, con la hombría regada en las venas; y tuvo que ser la fatalidad, las cosas del destino, la mala suerte. De allá a lo lejos volvía, entre polvareda de rebaños regresando para casa. En el río Tozo se había visto reflejado como en un espejo. En sus aguas, gélidas y transparentes, había galápagos montados en las piedras. El Tozo, el Marinejo, el Montes. El alma de Extremadura cincelada en las rocas, en los cantos rodados de los cauces, en las polvaredas. Día a día cambiaba el paisaje a medida que llegaba a casa. Allí se quedaba el suelo recién segado. Después empezaban a dorarse las espigas, el suelo verde... Al llegar a Segovia, empezaban a espigar las cosechas.
            Y allí fue, un día aciago de primavera, cuando moría el abuelo Víctor. Su nieto Mariano no lo llegó a conocer. Su nieto Mariano, como todos los nietos, no había nacido aún cuando en la fuente del chorro él bebía. Su hija Marcelina, huérfana de tres meses, tampoco lo conoció. El abuelo Víctor murió cuando volvía con sus rebaños en el mes de junio, y volvió a finales de mayo. Ya espigaban las cosechas cuando, a la vuelta de Extremadura, dejaba las ovejas en Navafría. Hacía calor y tenía sed. De caminar por los altos de Guadarrama sudaba el abuelo Víctor. Iba a la Revilla. La abuela Facunda, “la madre de mi madre” –recordaría un día Mariano-, solía dejarle las llaves de casa debajo de una piedra. El abuelo era mayoral. Pero se le olvidó dejárselas aquel desgraciado día. El abuelo Víctor, que estaba muerto de sed, bebió para revivir y conoció la muerte, en la fuente fría. No pasaron cuatro días cuando dejaba huérfana y viuda. Víctor, al que nada había podido domar, forjado en los campos de mayo y curtido bajo el sol de invierno, con la piel cuarteada por el viento, murió, ironías que tiene la suerte, de una pulmonía.



2.

            Y el tiempo de Víctor se perdió en un remolino. Se perdió como los remolinos de otoño, que envuelven en polvo la hojarasca y el espino. Como los remolinos del alma, que depositan nostalgia en las praderas del sentimiento. El tiempo es un remolino agitado por el sentimiento. Un abismo donde las cosas pierden forma, sumidas en lo más profundo de las entrañas, y en el palpitar más puro de los corazones que no existen. En el murmullo del viento, una presencia caótica y cuántica de melodía y ritmo; donde las nubes presienten infinitos que se depositan en el espacio como gotitas de rocío. Vasto abismo del tiempo antes del tiempo, Ginungagap. Vértigo y remolino donde late el infinito: el sentir doloroso de las fibras del ser, vibrando como violines en las cuerdas del universo, que aún no puede existir.
            Los remolinos giran como galaxias en los sumideros del tiempo: y emergen por las cañerías del espacio, depositando espirales (y entre luceros, polvo de estrellas). En algún rincón del tiempo, penetrando en lo más hondo de sí mismo, yace dormido el mundo de Víctor en el regazo de Ginungagap: un ser profundo donde vamos todos después de existir, porque allí éramos semilla sembrada por el viento antes de nacer.
            En esos remolinos se perdió el tiempo de Víctor. Se quedó envuelto en una nebulosa de nostalgia. En ella se formó Mariano, hijo de Casto, esposo de Marcelina, hija de Víctor, el desgraciado mayoral. Su esposa Facunda tuvo que volver a casarse, porque en aquellos tiempos la mujer no era nada y sólo tenía existencia a través del marido. Casó, pues, Facunda con Esteban, que era pastor. Para entonces su hija Marcelina tuvo como tutor a su tío Alejandro, en un tiempo en que Víctor les dejó de todo en la casa de la Revilla. Pero aquella herencia se esfumó, nunca se supo si por la excesiva bondad de Alejandro o por la picaresca inteligente de los otros. Fue el caso que, al casarse, Marcelina no tenía ni un colchón donde dormir.
            La hija del tío Alejandro se llamaba Josefa. Josefa y Marcelina eran primas. De Josefa nació Elvira, y de Marcelina Mariano; siendo primos segundos, vivieron sin conocerse; porque Mariano vivió en Orejana y Elvira había emigrado a Segovia. Josefa se había casado con un jirón arrinconado de la nobleza, Ángel Isabel de Santiago, hidalgo del tres al cuarto descendiente de los marqueses de Santa Cruz. Pero Marcelina no estaba casada con la nobleza de sangre, aunque sólo fuera de la que estaba condenada a la pobreza material. Marcelina, pobre y desprotegida como su prima Josefa, se había casado con la nobleza de carácter; su marido se llamaba Casto Martín: Martín, hijo de Marte, esforzado y luchador, de la casta bravía de quienes no agachan la frente.
            Casto era un castellano viejo de tierra de Segovia, como él decía. Y de Orejana, por más señas. Del partido de Sepúlveda. Donde nunca les pisó ni el mismísimo rey Almanzor. Donde reinaban la libertad y la dignidad de las personas, y la igualdad de la sociedad se enseñoreaba con el autogobierno, en democracia. Tierra de frontera en los extremos del Duero, tierras de Segovia: la Extremadura de abajo. Tierra donde se afirma con más fuerza el carácter democrático del pueblo castellano. En el fuero de Extremadura, manado de la costumbre, la nobleza es una clase abierta a todos; al valor y al mérito de cada uno, con sólo tener las armas y un caballo. La población, el concejo, la asamblea vecinal tiene todos los poderes; el concejo son todos los hombres y mujeres, de él emana el juez y emanan los alcaldes, de todos los pobladores, “ricos y pobres, poderosos y humildes, infanzones y villanos”. Cada vecino es dueño de su casa y de las tierras que trabaja, pero las tierras vecinales son colectivas; los bosques, las aguas, los prados, las dehesas; los montes que invadían la entrañable llanura castellana. Por eso la gente se siente vecina de su concejo, y el concejo es el alma que llena el nombre de su tierra; hombre de Sepúlveda, como era y se sentía la nobleza de Casto, que tenía sus raíces en el fuero: en el derecho de la Extremadura castellana. En los territorios reconquistados al sur del Duero (la Extremadura, la tierra de frontera), donde no podía sino surgir un derecho fronterizo. Pero la frontera tiene un destino que no es el de seguir siendo frontera eternamente; su destino es el mestizaje.
            A Sepúlveda la repobló el conde Fernán González. La misma Sepúlveda que, en el declive de la época visigoda, tuvo a San Frutos por patrón porque no había en aquella tierra más que pastores y ermitaños. Luego vino Almanzor. Vino Abú-Amir, que se dio a sí mismo el sobrenombre de Victorioso (eso sí, con la ayuda de dios: Almanzor, singular mezcolanza de orgullo y humildad fingida). Su ambición no tenía límites. Cerrando los ojos a la corrupción, se llenó de aliados y amigos; y se granjeó la aprobación del clero saqueando la biblioteca de Córdoba, quemando libros; y detuvo el avance de los cristianos del norte organizando un poderoso ejército. Nadie le discutía sus dotes militares, pero ¿a qué intereses servía? No a los fueros y libertades de Sepúlveda, sino a su desmesurada ambición que le calmaba la sed bebiendo sangre. Convertido en un auténtico dictador, Abú-Amir, antes de ser Almanzor, atravesó la tierra de frontera. Le pareció que Madrid ardía porque su muralla de pedernal brillaba como una hoguera cuando le daba el sol. Lo arrasaba todo a sangre y fuego, aniquilando a quien le presentaba batalla. Saqueó Zamora, fortaleza inexpugnable de Castilla, pasando a cuchillo a toda la guarnición. Arrasó Barcelona. Penetró hasta los confines de la cristiandad, el mismísimo brazo de la galaxia, el campo de estrellas, Compostela: las campanas se llevaba a hombros de agotados prisioneros, agachando la cerviz, la población esclavizada. Y tuvo tiempo antes del año mil de asolar la Extremadura castellana, Sepúlveda la del fuero libre, la tierra de Fernán González.
            Casto, que se casó con la pobre Marcelina, vio cuán triste es el destino de las gentes que no se defienden. De quienes no tienen padres desde que fueron niños. El coraje le atizaba el corazón diciéndole, en el pequeño barrio de Orejana al que llamaban la Revilla (allí, donde ellos habían nacido), que defendería a su familia con todas las fuerzas de su ser, apoyado en la tierra en que se hundía. Con la fuerza del brazo apoyándose en el derecho, pues era ésa la índole de los descendientes de Hércules: como un castellano viejo de la tierra de Sepúlveda. Como un castellano viejo.
 

3.

            La victoria debe suceder al esfuerzo, pero en el caso de Casto fue al revés; y así, su primera hija se llamó Victoria: Casto fue su benjamín. A Victoria le sucedió Mariano, pero al pobre Marianín se lo llevó la difteria. Al tercer hijo también lo llamaron Mariano. Y Mariano heredó la casta de la tierra de Sepúlveda, aunque la tiñó el destino con un halo de testarudez. Mariano fue de la estirpe de los martines: austero, recio, bravo, dispuesto a afrontar el hado a pecho descubierto; impetuoso, valiente, luchador. Pero la suerte, que a todos nos amarra, le deparó a él el más triste de los destinos. Severas estaban las moiras cuando tejieron los hilos con el mismo material del que hicieron a su padre. Y en el fondo nació afortunado, pero lo pusieron en un piélago de ira. Desde siempre su destino fue luchar. Sobre la estela de su padre, la estela de los hombres libres, hay un camino de Santiago que nos lleva a la independencia. La alegría, el respeto, la igualdad. Pero la alegría para él fue sólo una meta; con nostalgia lo forjaron desde que nació, un recio día de febrero, cuando ardían las candelas en la ruta de las moiras.
            La nostalgia lo abrazó por los prados de Valdenavarre. Empezó segando en verano, un día, en Los Rancajales. Se habían quedado sin agua y su madre tenía que preparar el avío del día siguiente para comer: y se llevó en la burra a sus dos hermanos, porque eran pequeños; y como no cabía Mariano, tuvo que quedarse a dormir con su padre en aquellos campos de dios. Fue la primera vez que conoció la nostalgia. Ya no era la sed, era la nostalgia de ver que se iba su madre con sus hermanos y él se quedaba solo.
            -¡Madre! ¡Madre!
            Sus seis años en un puño se llenaron de pena a medida que la veía partir. Tenía sed y su padre le daba leche de cabra, pero él no quería beber. ¡Cuántas veces su madre, oyéndolo en la lejanía, lo sentía hundirse en el silencio de la noche y a ella se le ponía un nudo en la garganta!
            Seis años. Sus seis años no le tenían apego a su padre, porque se iba a ganar el pan y pasaba largas temporadas fuera de casa. Sólo estaba cuatro meses en verano, cuando se hacía la recolección de la mies; el resto del tiempo estaba fuera, y mientras tanto su madre araba, cavaba, cortaba leña, segaba, trillaba, limpiaba el grano, tenía que cuidar a los animales y tenía que cuidar de sus hijos. Y por eso los niños, que vivían bajo sus faldas, estaban con el padre como quien está con un extraño; la tierra no daba para más y vomitaba a sus hijos para buscarse la vida; los vomitaba para alimentar el hogar que se quedaba solo sin ellos, arrancándole el corazón como única forma de llenar el vientre; que era la disyuntiva o tener padre y no tener que comer, o tener comida y no tener padre. Por eso los seis años de Mariano gemían de pena en la noche dura y su corazón, apretado en el silencio, parece que decía:
            -Madre...
            Era pequeño y se quedó dormido con la fresca de la madrugada.
            Desde muy pequeño le gustaron la lectura y la escritura. Por la noche, cuando regresaba de guardar las vacas, escribía con un trozo de tiza en unos delantales o zajones de cuero, y se inventaba una carta a su padre; eran las largas temporadas de invierno que pasaba fuera de casa, trabajando en diversas ocupaciones o dedicándose al pastoreo. Y por el día, se ponía a leer en voz alta para que le oyesen los mayores.
            Cuando empezó a ir con las vacas por el monte de Valdenavarre tenía sólo cinco años. Iba a aquel dichoso monte a pasar frío y a mojarse con la lluvia, y a llorar y a rabiar viendo que las vacas parecía que tenían conocimiento; que se reían de él por lo pequeño que era y por no poder correr como quería para ir detrás de ellas. Un día, pasando por el barrio de la Revilla camino de Valdenavarre, tuvo ganas de hacer de vientre y el frío no le dejó desabrocharse los pantalones; y se ensució. Y cuando levantó el día, a hurtadillas para que no le viesen los vaqueros, se lavó la ropa y la tendió sobre unos matorrales. Allí encontró un periódico y lo leyó, en las piedras y a escondidas de los otros vaqueros, mientras se secaba la ropa; pudo el pequeño Mariano (corría por entonces el año mil novecientos treinta) conocer en unas fotografías la extraña silueta de los aeroplanos.
            Quizá fuera la escuela la liberación de las penurias. Un día don Roque, el maestro, mandó decir a los padres que si los niños no iban todos los días a clase, no los dejaría entrar; que nunca aprenderían nada si iban un día sí y otro no. Marcelina, sinceramente compungida, fue a explicarle a don Roque que necesitaba a su hijo para ir con las vacas al monte; era imposible mandarle a la escuela, aunque ella quería que aprendiera las letras. Don Roque, comprensivo, le dijo:
            -No, mujer, yo no le he dicho nada a tu chico. Sólo lo he dicho para los otros. Conozco vuestra situación y sé que Mariano, aunque no venga a la escuela, lee.
            Como tan pequeño tuvo que salir a trabajar, el chico aprendió a ser astuto. El maestro les daba a todos un libro para leer durante el verano, menos a Mariano. Y él se lo dijo a su madre para que hablara con el maestro, y el maestro le dijo:
            -A él no le he dado libros porque sé que tiene los suyos, y lee. Y sé que lee demasiado y no es bueno que lea tanto para su corta edad; que tan dañino es andar lo mucho como lo poco.
            Pero él no quería ser menos que los demás y se vengaba poniéndose a leer en voz alta junto a las paredes de las casas, para que lo oyesen.
            Sin embargo, era un niño. Y como todos los niños, travieso. ¿O era que las condiciones en que se desarrolló lo hicieron así? Los padres eran serios, los niños aprendían a golpes, fue el tiempo que le tocó vivir. No es fácil decir si las condiciones de vida eran brutales o es que eran brutales las personas. Sola, sin el consejo del padre, sin el apoyo del marido, su madre algunas veces llegaba a la desesperación. Fue un día de invierno. Marcelina, en días en que no podía salir al campo, se juntaba con las vecinas y se daban compañía cosiendo trapos. Como los niños les daban guerra, los mandaron a jugar al pajar. Y jugaron. Jugaron a los carniceros y se emplearon con las gallinas; mientras unos las cogían y otros las sujetaban el pescuezo sobre un tajo de madera, Mariano, con un hacha, se lo cortaba: sólo se escapó el gallo. Y envolvió entonces el pajar un silencio misterioso que empezó a preocupar a Marcelina; al ver luego la carnicería, ella se quedó de piedra. Le dio unos buenos latigazos, pero más miedo le dio su padre, que estaba en casa por aquel entonces trabajando en el campo. Cuando llegó, Mariano no quería entrar en la cocina. Él le exigió que se acercase y el niño, asustado, se arrimaba a una esquina sin atreverse a llegar a él; y Casto, apenado y, en su fuero interno, enternecido, no le hizo nada; se limitó a mandarle a la cama sin cenar.
            La nostalgia. La mayor enemiga que tuvo aquel niño. La más dura. La que más combatió durante toda su vida y la reconoció como su sino, porque en su frente la tendría marcada para siempre. El hambre, el frío, los padecimientos pasan, pero la nostalgia queda. Fue una existencia llena de rigores en Orejana, en el barrio de la Revilla, en las frías tierras donde pastaban las vacas; en el monte que se erguía a la salida de El Arenal, pasado el desgraciado cruce de la Muñeca, por los prados de Valdenavarre. Las letras, en la escuela, siempre fueron un refugio contra el frío: donde se escribe no hay que cuidar las vacas. Y era tan grande la calamidad que el buen Casto un día, esperando mejorar su suerte, los llevó a Chozas de la Sierra. Fue el catorce de abril de mil novecientos treinta y dos. Mariano, en su esperanza, tenía la ilusión de ir a la escuela para dejar aquel calvario. Ni su madre ni su hermana tendrían que ir detrás de las vacas, ni arar: allí todo era más moderno; su hermana Victoria podría vestirse con ropas menos viejas que las del Arenal, sí: Chozas parecía la tierra prometida. Don Roque, apenado, le dijo a Casto:
            -Deja al chico conmigo: podemos sacar algo de él. Mira a los otros chicos, Manolín, sin ir más lejos; le pregunto cosas y agacha la cabeza, y no hay manera de hacerle hablar. Pero Mariano tiene madera; te digo yo que podemos sacar algo de él.
            -¿Y cómo –dijo Casto-, cómo voy a dejarlo aquí si es mi hijo mayor? En él tengo puestas todas mis esperanzas.
            Dos años exactamente después de que se proclamara la república, un primero de abril, partieron para Chozas. El último día que fue con las vacas, Mariano, al salir del monte, volvió la vista atrás y se dijo a sí mismo: “adiós, Valdenavarre, ¡ojalá no te vuelva a ver!” En Chozas había una dehesa cerrada y no tendría que ir con las vacas, como en Orejana: iría a la escuela todos los días. Atrás quedaban los zajones que le hizo su tío Nicolás de unos  viejos de su padre, para que no tuviera frío. Atrás las piedras de la pared del prado del Hoyo, donde se machacó un dedo y se lo tuvo que lavar con vinagre y salmuera. Atrás las apreturas, las soledades, las calamidades sin cuento. Cuando subieron a la camioneta con las vacas y los enseres, en la mente de todos estaba, con la claridad de la aurora, la esperanza de una vida nueva.