viernes, 6 de noviembre de 2020

EL ARADO DEL REY WAMBA

 

 

EL ARADO DEL REY WAMBA 


1.

           Escudos redondos

         y de madera,

         espadas metálicas,

         garras de fiera,

         las lanzas arrojan

         y nos aterran,

         no mires, que avanzan

         en son de guerra.

 

  Avanzan por los caminos

aullando como los lobos,

y siembran sudor y muerte

         los visigodos.

 

  Dejando sobre sus pasos

caminos llenos de polvo

cabalgan, cruzando el cielo,

         los visigodos.

 

  Y no perdonan la vida,

que el suelo retumba todo,

que vienen en cabalgata

         los visigodos.

 

  El cielo aúlla y la hierba

bajo los cascos atruena,

que apunta el hierro y las lanzas

         desgarran la tierra;

 

que no perdona el guerrero,

que no perdonan las fieras,

espadas como relámpagos,

mandobles como centellas. 

 

  Un resplandor en la noche

se enciende, el cielo aprieta;

las chispas las lanza el rayo

y el trueno rompe la niebla.

 

  Hace tiempo que llegaron

como manadas de lobos

rompiendo la paz de Hispania

         los visigodos.

 

  Y fueron una tormenta

sembrando ríos de lodo,

tejiendo rayos y truenos

         sobre nosotros.

 

  ¡Huid, campesinos, huid,

huid lejos, dejadlo todo!

Que nadie puede con ellos,     

                                                     ¡los visigodos!

            ¡Huid! ¡Corred por los campos, andad por los valles, cruzad los ríos, llegad a la sierra! ¡Huid de las ciudades, huid! Los godos han sepultado las fronteras. Ahora se desparraman sus hordas, hombres a caballo, centauros casi, blandiendo sus hachas sobre la gente muerta. Son instinto salvaje que arrasa el corazón y le arranca, desbocando el alma, impulsos sin freno. La misma furia que invade a los romanos, los griegos y los galos cuando están en guerra, ahora ha invadido a los suevos, a los francos, a los vándalos y a los godos; no es la barbarie contra la civilización aunque el bárbaro venga del campo, no; es el instinto desalmado que se desborda sobre sí mismo destrozando el espíritu; la ira ciega que se desata, presa del terror, cuando los atacan otros bárbaros que vienen de Asia: los hunos de Atila. No son pueblos bárbaros sino la parte bárbara de un pueblo; no son pueblos que se desploman sobre la civilización sino la barbarie que destruye el alma y hace, de las gentes, fieras, de los pueblos, hordas, de las mieses, fuego; el alma desalmada, perdida la humanidad, sólo tiene odio; la ciegan los narcóticos, el miedo y la cólera, la desolación y la ruina. Roma construyó su imperio alzando el alma con legiones desalmadas; los foros y bibliotecas son el silencio de las armas: todos los pueblos han sido alguna vez almas erguidas por albañiles sin alma, depósitos de cultura entre soldados incultos y sus ciudades, pacíficas, se miran y reconocen en los campamentos guerreros; sus odeones y teatros conviven con las prisiones y los infiernos; y debajo de las casas bullen, inmundas, las cloacas.

            Roma fue una cloaca debajo de una ciudad, un alma debajo de una furia, un mundo debajo de un imperio; un bárbaro debajo de un espíritu y una horda debajo de un ejército. Y otras hordas arrasaron los campos de Roma, furia sin alma, cloacas sin ciudades, letrinas del espíritu, soldados sin imperio. Es el imperio de los bárbaros, los bárbaros de Roma, sí, adornados con ciudades; pero también los bárbaros germanos, bárbaros sin ciudades y, privados de adornos, no fueron sino cloacas; fueron expulsados de sus campos y convertidos en pueblos sin tierra, prisioneros de sus guerreros, porque otros guerreros los hostigaron desde otros pueblos.

            La caída de Roma fue la rebelión del soldado contra el pueblo. La destrucción del ejército por las hordas. El cambio del soldado por el guerrero: después, el guerrero se volvería, también, soldado. Los godos fueron empujados por los hunos. El caballo de Atila aplastó la hierba y la vistió de fuego. Los visigodos se desbocaron en Europa, los ostrogodos entraron en Roma, el oeste lo ocuparon los francos y más allá, furia de la furia, salvajes de los salvajes, violentos entre violentos, los vándalos: que arrasaron por donde pasaban, como todos. Fue la ley del más fuerte, la fuerza mandando en la inteligencia, no corazón, sino piedra, no fue valor, sino ira. Europa fue una mancha de sangre y un inmenso fuego que se extendía sobre la mies hasta quedarse ya sin mieses para que ardieran.

            Ataúlfo fue el primer rey de los visigodos. Sentado en su silla (una silla de tijera, a la vieja usanza, con las patas corvas), hablaba con sus nobles, un brazo apoyado sobre el respaldo, el otro descansándole en el muslo; sus piernas, abiertas, tenían correajes cruzados sobre sus pantalones, y su espada atada al cinto le caía, cruzada con correas, hacia adentro. Su capa estaba sujeta con un broche y se desparramaba sobre la silla y Ataúlfo yacía sentado en ella: en la frente relucía una corona que tenía las puntas rotas como almenas. Los nobles, de pie, tenían largos faldones sujetos con un cinto y adornados por la correa de la espada: que les caía, dentro de la funda, con correajes cruzados, apoyándose en la pierna; tenían cascos claveteados, capas amplias, pelo largo y luengas barbas sobre la cota de mallas. Los reyes visigodos no eran una monarquía hereditaria; eran elegidos por sus pares, y por eso morían, rodeados de ambiciones, asesinados por sus sucesores en medio de las intrigas. Ataúlfo murió a manos de sus nobles. Sigerico, jefe del partido exaltado, fue elegido en una asamblea tumultuosa y mató a los hermanos de Ataúlfo, pero reinó unos días tan sólo. Luego Valia, el hermano de Ataúlfo, recuperó el trono. El reino visigodo desgranó sus reyes, como se desgrana un racimo de uvas, por la antigua geografía de Hispania. Teodoredo, Eurico, Leovigildo, Recaredo, Sisebuto, Suintila. El tiempo nos lleva hasta Recesvinto. Que murió en 672 y nadie, entre los godos, sabía quién iba a ser el próximo rey.


2.

            He aquí la voz del santo padre; a quien los godos han ido a preguntar quién iba a ser el nuevo rey. El santo padre se sumió en un profundo sueño y, como José templando los sueños del faraón, vio un espacio oscuro engulléndolo todo, como si el mundo donde estamos fuera un enorme agujero, y escuchó voces: voces cavernosas que son como la oscuridad del sonido; todo él estaba lleno de antorchas y aquel aliento fantasmal se le metió en los huesos. Ecos de ultratumba retumbaban en aquellas voces.

            -Fuerte –dijo una, y  la otra dijo:

            -Templado.

            Y un ángel blanco, con la vara iluminada por las luces amarillas y rojas del crepúsculo, el aliento fantasmagórico de las hogueras, extendió en el cielo su voz como un eco en la bóveda de piedra:

-El alma fuerte ha de ser apasionada: y moderada en la pasión; ni tan fuerte que sus golpes la rompan ni tan blanda que no haga mella en la barbarie; el alma ha de ser templada como el acero.

Entonces volvió a hablar la primera voz:

-Acero.

Y la segunda dijo:

-Miel.

Y el ángel, que parecía en su rostro fantasmagórico la piel del demonio, retumbando su voz en las cavernas, volvió a atronar:

-El alma buena habrá de ser dulce y firme a la vez; dura como el acero, dulce como la miel; como un oso habrá de ser el alma, corazón de acero, piel de seda, miel de terciopelo, fuerza y decisión. El alma buena es como el oso de las montañas, cariñoso y tierno con sus ositos, pero fuerte cuando rompe a los fuertes con su abrazo, si vienen en son de guerra; el abrazo del oso sale de la misma piel de donde salieron los mimos; y del corazón.

Y otra vez, atronando en el cielo, retumbaba la primera voz:

-Justo.

Y la segunda decía:

-Bueno.

Y el ángel se alzaba, con el rostro encendido por el resplandor del infierno, y volvió a hablar a la luz de las antorchas: 

-El alma buena habrá de ser justa o no será: si es blanda confundirán su bondad con cobardía; la creerán blanda cuando es sensible, floja cuando es tierna, y si la ven pacífica la creerán dispuesta a claudicar. Pero el alma justa también habrá de ser buena: justa, no justiciera; firme, no cruel; será serena, sin violencia, donde hay castigo nunca puede haber crueldad; será fiel a sus principios y guardará fidelidad a la misericordia; todo castigo se hará por amistad y nunca con violencia; la justicia dura siempre será dulce: donde hay justicia tiene que haber corazón.

-Palabra -dijo, profunda, una de las voces.

-Voz –le replicó, oscura, la voz que hablaba a la luz.

El ángel del crepúsculo no era la voz del infierno; era la voz del corazón, que tiene sus luces diáfanas y sus alientos crepusculares; y dijo:

-El alma que tiene palabra no debe perder de vista la voz. En la palabra está la razón, pero la voz tiene vida; las cosas justas serán razonables, pero también buenas; donde falta corazón falta amor y falta fuerza, falta templanza y falta pasión, y una palabra sin voz es una razón sin vida: está vacía y suena hueca.

El velo del cielo se empezó a disolver en la niebla. El agujero negro se deshizo, hecho jirones, y sólo quedó el ángel que le hablaba al papa con el eco de su voz:

-Un rey bueno ha de ser apasionado en la fuerza, pero moderado en la pasión; razonable en la palabra, pero vibrante en la voz; su palabra será justa pero su voz será buena, dura y fuerte como el acero, pero sensible y pacífico, será fiel; y su corazón de acero será el abrazo del oso; su piel tersa, suave como el terciopelo, tendrá el sabor dulce de la miel.

Entonces alzó sus brazos y sus alas se abrieron, majestuosas, bajo la luz de Caravaggio:

-El rey que buscáis se llama Wamba. Es un campesino que en este mismo instante está arando los campos, allá por las tierras del sur. Su yunta tiene un buey blanco como la nieve, ¿queréis un rey bueno? Ahí lo tenéis; sólo lo tenéis que ir a buscar, pero está ahí.

Los cielos se cerraron y el santo padre abrió los ojos; y supo, entonces, que había salido de un profundo sueño; ahora sentía nostalgia de aquel corazón bueno, echaba de menos la luz de la razón, la voz cavernosa de las tinieblas, se le había clavado en lo más hondo y ahora se encontraba huérfano en este mundo: después de haber estado en el mundo de verdad; en su corazón trémulo todavía quedaba como una brisa, y el reino de la tierra tenía que parecerse a aquel otro, luz entre las sombras, de verdad resplandeciente y cristalina; de corazones que vibran bajo la voz; de vida conmoviendo a la razón.


3.

            De vez en cuando se producen estallidos y saltan, como fuegos artificiales, diminutos puntos blancos, amarillos y rojos. El fuego chisporrotea y las llamas se entrelazan sobre un tronco que se consume; a ambos lados se acumulan las cenizas. Es un resplandor que ilumina la cara del conde, una luz vacilante que dibuja en su rostro sombras y cercos; sus ojos parecen pozos hundidos en la luz: tiene el ceño partido y la frente arrugada como un relámpago; su barba, espesa, canosa, se derrama bajo el mentón como una cortina; tiene la cabeza cubierta y en la frente una duda: como si la transparencia del fuego dejara ver pensamientos en su interior.

            Se ha retirado junto a la chimenea para estar solo. El sacerdote, hace un rato, ha terminado la misa contando viejas historias. La vara de Moisés. El bastón que se transforma en serpiente porque lo quiere el dios verdadero, retando a los sacerdotes del faraón: y en el desafío hay milagros y maravillas para demostrar que sus dioses son falsos; y, por lo tanto, no existen.

            -Sólo mi dios puede transformar este bastón en serpiente; los tuyos no pueden.

            Así lo hizo. Y la mente del conde, mirando, huraño, a Bauda, entornaba los ojos para volverlos rendijas; rendijas que dejaban escapar un brillo al amparo de la lumbre. Dos arrugas en cada ojo apuntaban sonrisas por debajo de las sienes. El conde era incrédulo, pero le divertían las historias extravagantes que contaba el cura. ¡Ramas convertidas en serpientes, bastones donde crecen las flores! ¿A quién se le ocurre?

            Aquella mañana había salido a pasear por la nieve. Iba envuelto en su capa de pieles que le cubría el pecho como un abrigo. Al llegar al río se quitó los guantes, se agachó sobre una piedra y se lavó las manos: sintió el frío mojarle la piel y traspasarla; y meterse por la carne hasta llegar al hueso, como si una onda insoportable lo congelara por dentro. El frío se le clavaba en la cara como puñales, como agujas agudas y diminutas. La nieve caía en copos menudos y se le antojaban hielo; no eran los copos algodonosos del día anterior, cuando eran el hermoso decorado que pintaba los bosques de blanco. Ramas cubiertas por el peso de la nieve, que unas veces las doblaba y otras las partía; abetos centenarios soportando el invierno sobre sus barbas espesas; más abajo, castaños enormes que se clavaban en el cielo, con sus ramas desnudas, punzantes, sarmentosas y huesudas.

            En la nieve veía las pisadas de un venado. Tenía, protegiéndose del frío, un corte en el entrecejo: por allí salían ideas; las ideas que iba teniendo, como aristas punzantes, sembradas por el sacerdote entre las brasas del cerebro. Un golpe de pecho con un ruido en la garganta, aire que disparaba por los orificios de la nariz, así soltaba su incredulidad: así se mostraba a sí mismo su sarcasmo, su ironía. ¿Qué querían? ¡Ja! Un rey bueno que al mismo tiempo fuese justo: en unas tierras labradas por la injusticia. ¡Ja! ¿Qué más? Dulce, pero firme (cuando el tiempo viste de luces a los cobardes y deja ver, por debajo de la firmeza, la crueldad). ¿Qué más queréis para el rey? Seguid pidiendo. Queremos que tenga temple en la pasión (cuando lo normal es ira y violencia); que tenga vida en la voz, en un mundo donde sólo se emplea la voz para gritar, a muerte; caballos galopando, aplastando el trigo y la hierba, y unos hombres vestidos de hierro, echando chispas por los ojos, la espada en alto. ¿Qué hará este hombre sembrando paz en tiempos de guerra? Se lo comerán a hachazos. Buscáis justicia y sólo hay crueldad, buscáis razones y sólo hay golpes, buscáis un corazón sensible y sois corazones de hierro: ese hombre no existe, y si existe os lo comeréis a dentelladas; porque poco pueden hacer los corderos en un mundo poblado de lobos.

            Volvió sobre sus pasos. Volvió a contemplar la belleza del paisaje mientras se le clavaba en las carnes la crueldad del frío. Y se reía. Sentía que su boca se estiraba en una sonrisa amarga. ¿A qué buscar hombres justos si los vais a matar? ¿A qué preguntar al santo padre? ¿Qué pintáis vosotros en Roma? ¡Ah, sí, que el lugar donde vive el papa también es tierra de lobos! ¡El santo padre es el primer lobo entre los lobos, pero vestido de cordero! Sois corazones de guerra vestidos de paz, aullidos de cólera bajo una máscara serena; decís que buscáis un rey bueno y buscáis, en verdad, un rey violento. Estáis afilando vuestra espada para cuando él llegue, lo obligaréis a estar al acecho si se le ocurre ser justo porque vuestros dominios están construidos sobre injusticias: ¿qué destino le espera a un rey en el reino de Recesvinto? 

            Calló el conde y su clamor lo sepultó la nieve. Quedó atrapado bajo una rama que se tronchó, cargada de nieve, junto al tronco de un pino; al caer, la nieve se hizo polvo y nube que volvió a caer, enterrándolo, sobre el lamento del conde. Aquella noche había soplado un viento terrible; tempestades y ventiscas habían azotado los árboles, estrellándose contra el castillo; el cielo ululaba y el conde no pudo dormir pensando en Ragnahilda: ¿dónde estaba ahora su hija? Las huestes de otro godo se la habían llevado a otro castillo. Quién sabe, quizá la habían violado, quizá la habían matado, quizá habían volcado en ella su violencia y su ira; y a él no le quedaba paz para sembrarla en el reino, su brazo pedía una espada y su pecho no pedía justicia, sino venganza. Violencia, violencia, violencia. ¿Qué le iban a pedir al rey justo si la violencia era la argamasa con la que estaba hecho su reino? No pidáis quimeras, pues quimera es la palabra en un país de gritos. Vuestra espada, empeñada en partir corazones, quiere un corazón de acero sin dejar de ser justo. ¡Desalmados! ¡Felones! ¡Coléricos! ¡Malditos!

4.

            Varios grupos de guerreros se esparcen en todas direcciones. Desde Toledo, que era capital del reino desde Atanagildo, los caballos avanzan por la llanura haciendo temblar la tierra. Atraviesan los montes, la tierra descalza y desértica; cruzan los campos sembrados de trigo, hollan con sus cascos terrenos pedregosos, buscan los puentes de los ríos y aminoran su marcha en Despeñaperros; desde allí se extienden sobre Cazorla, el llano cordobés, las tierras de Extremadura, el Guadalquivir, Sevilla; les han dicho que por el sur encontrarían al futuro rey y allí van, espada al cinto, con el escudo atado a la espalda, los cascos colgando del caballo y a un lado, el hacha; no esperan encontrar resistencia porque avanzan por tierra visigoda pero se previenen contra los malhechores, los fuera de la ley, sentados en sus pieles encima de los caballos. Ya no son los fríos del invierno. Sopla una brisa que les corre por el cuello y los árboles, indolentes, les susurran al oído.

            En uno de esos grupos está Rodrigo. Es un guerrero joven que, a falta de enfrentarse a las guerras, no lleva cota de mallas. Viste indumentaria ligera, pero la espada que tabletea al galope es un ruido seco que lo acompaña siempre; y el escudo se mueve, al ritmo de los cascos, golpeándole las espaldas. Es un cuerpo rudo sobre un rostro tosco cuyos ojos llenan de luz las tierras por donde pasa. Levanta la mano y sus guerreros obedecen y se detienen junto a unos matorrales. Rodrigo señala y frente a ellos se extiende un campo que todavía no ha sido sembrado. Hay un hombre empujando un arado del que tiran, indolentes, dos bueyes monótonos. Rodrigo grita:

            -¡Wamba!

            Nadie responde. Vuelve a gritar:

            -¡Wamba!

            Silencio. El campesino no se vuelve, parece que no lo oyera. Hay unos árboles al fondo y detrás de los árboles, una casa. Rodrigo se acerca abandonando la hierba que hay al otro lado del campo; atrás deja un arroyo de aguas transparentes y escasas; se acerca al campesino. El hombre, que le daba la espalda, oye los cascos y se vuelve hacia él. Estira los labios sin cerrar la boca y se le agrietan los pómulos; entonces se pasa el brazo por la frente y sus ojos se mojan: es el sudor, no son lágrimas. Rodrigo se acerca y, desde el borde del campo, para no pisarlo, se dirige a él.

            -Hola, buen hombre. Venimos buscando a un campesino llamado Wamba: ¿por ventura lo conocéis?

            El hombre niega con la cabeza y Rodrigo lo mira. Se despide con un gesto de la mano y tuerce el cuello del caballo tirando de la brida. Y cuando se aleja, deja tras de sí a unos hombres clavando en tierra sus azadas, recogiendo piedras en sus serones, y el hombre vuelve hacia la yunta y tira nuevamente del arado. El tedio de la mañana se posa en sus cabezas y, como si fuera una maldición bíblica, los acompaña. 

            Abandonan los campos de trigo y ahora se adentran por unos matorrales: es la primera vez que ven un arroyo en tierras de secano. Por encima de sus cabezas hay una urraca; córvido, su graznido desagradable le afea el hermoso cuerpo, negro y blanco. Pájaro de huevos en nido ajeno. Ladrón. Signo de los tiempos.

            Se internan por las matas y es un bosque de olivos; su tronco es corto, pero grueso y nudoso, y sus ramas, añosas, se retuercen bajo el sol. Campo de olivos sin aceitunas. Más allá han encontrado unas encinas. Sombras de bellotas que alimentan a los cerdos; detrás de ellos, el porquero.

            -Buenos días, buen hombre: ¿sabéis por ventura si hay por aquí un campesino que responde al nombre de Wamba?

            No. Los guerreros prosiguen su camino. Hay en la tierra esporádicos conejos y liebres. Corren, como culebras, y sacuden con sus patas la tierra que llama a los hurones, los zorros y las águilas. Allí a lo lejos hay un hombre con una ballesta.

            -¿Qué tal se da el día, cazador?

            Bien. Tiene atadas al cinto varias cuerdas de perdices. En el zurrón se bambolea una liebre.

            -Casi cazo un jabalí –dice-. Se me ha escapado por los pelos; tiene clavada una flecha y sólo tengo que seguir el camino de sangre.

            Rodrigo sonríe. Mira alrededor. El sol cae ya verticalmente sobre el suelo. Hace calor. Pero una brisa gélida todavía se empeña en meterse por el cuello.

            -¿Sois, por ventura, de este lugar?

            -Sí, señor, ¿qué se os ofrece?

            -¿Hay campesinos por esta tierra?

            -Por aquí no. Es terreno de encinas, olivos y alcornoques. Aquí sólo hay porqueros, tenéis a tiro de piedra los montes de Toledo; pero más allá –señala con la mano- hay llanuras de secano y tierras de labor; por allí hay campesinos.

            -Gracias, cazador. –Rodrigo hace un saludo con la mano-. Suerte con el jabalí.

            -Gracias, señor; id con dios.

            Rodrigo avanza por las encinas y los caballos siguen al paso. Sus hombres a veces le siguen, otras veces se acercan a él y hablan de cualquier cosa combatiendo el tedio. No pierden la esperanza, aunque merma; si no fuera por la profecía la habrían perdido. Al punto se topan con un pastor de ovejas; unos soldados; y un vaquero; todos les dicen que encontrarán tierras de labranza más al sur. Pasan por Despeñaperros. El suelo se seca y se llena de pedruscos, que crecen, con el tiempo, y se convierten en peñascos; y empiezan a subir por las cuestas suaves, empinadas luego, y de repente se encuentran sobre unos riscos contemplando un hermoso valle. De vez en cuando descansan, cazan alguna presa o se nutren en casa de los labradores.

            -¿Hay, por los alrededores, algún labriego llamado Wamba?

            Siempre una respuesta negativa. Siempre seguir adelante, sin cejar en el empeño: la profecía los guía. Y al cabo de muchos días ven a una mujer que camina con lentitud. Es una mujer hermosa, con un canasto al hombro, que pasa por una cañada. Entre los guerreros cunde el desaliento: el tedio va de la mano de la fatiga; preguntemos. Súbitamente oyen todos la voz de aquella mujer.

            -¡Wamba, desuncid ya! ¿No veis que es mediodía? ¡Es hora de comer!

            Rodrigo abre los ojos. Y sus guerreros. Al estupor le sigue la conciencia de su sorpresa, y tras la sorpresa viene la alegría. ¡Vamos! Y avanzan al paso por un camino y divisan, al doblar por entre unos cuantos árboles, a un hombre que ha dejado el arado y se seca la frente con el antebrazo. Los guerreros se apresuran. Al cabo de un rato están delante de él y se detienen, contemplándolo, y Rodrigo lo examina punto por punto y de arriba abajo; cuarenta años, calculo; mirada noble y de aspecto sereno; cuerpo robusto, músculo fornido, le ponemos una armadura y podría ser… un rey…

            -¿Por fortuna os llamáis…? 

            -¡Wamba! –responde él; y les recorre una ola de alegría que pone luz en sus ojos sombríos.

            -¡Wamba! –repite Rodrigo-. ¡Vaya…!

            Rodrigo inclina la frente en señal de respeto. Se dispone a bajar del caballo pero se fija, de repente, en la yunta: uno de los bueyes es blanco; ¡la profecía!

            -Permitidnos –dice ya, pie en tierra- que os besemos la mano; vos sois el rey Wamba, al que venimos buscando por todo el reino; sois, señor, nuestro rey.

            Wamba arruga el ceño y desconfía. Sin duda son unos rufianes que se burlan de él. Pero no, ahora teme que sea mucho peor, que sean soldados o forajidos y que vengan a prenderlo. Rodrigo le explica que vienen en nombre del santo padre y que sobre él ha caído una profecía; él es el rey de los visigodos, lo ha nombrado dios, todos los nobles lo esperan desde la muerte de Recesvinto; ya ha pasado tiempo y nuestro pueblo sigue sin rey; y vos, señor, habéis sido uncido; vos, rey Wamba, sois el elegido.

            Los juglares recorrerían después estas tierras y castillos. Cantarían con sus laúdes las hazañas de los héroes, cuando ya no hubiera godos, cuando Rodrigo hubiera sido vencido; cuando Pelayo se hubiera alzado en armas y los osos se comieran la historia de Asturias. Los juglares cantarían en tierra de lobos, y dirían hermosos versos, mientras hacían vibrar las cuerdas sensibles de su laúd; cantarían las cosas del reino godo, y del rey Wamba, cantarían la muerte de Recesvinto.

 

  Mirada firme y serena, brazo justo,

rostro dulce, frente alerta y gesto austero;

mano que abraza en la paz la mano amiga

y sabe empuñar, si es preciso, el acero;

sujeta la fuerza allí donde hay amigos,

mas, cuando al corazón le roban sus fueros,

sabe soltar la ira buscando la guerra:

y ése es el sabio que, sin ser pendenciero,

destroza y abraza y se mira en la tierra.

5.

            Wamba los miró. La mujer, callando, estudiaba minuciosamente a su marido. Él la miró y miró después a los feroces guerreros: ni los ojos fieros podían competir con su mirada dulce ni las greñas sucias podían igualar su cabellera rubia. Miró los hierros: las espadas no valdrían nunca lo que su arado, que, lejos de clavarse en los cuerpos para sacarles sangre, se clavaba en la tierra para sacarle vida. Y miró las bestias: los caballos aguerridos, cubiertos de pieles, no valdrían nunca lo que vale el yugo uncido sobre sus bueyes mansos. No, la guerra no era lo suyo. Prefería la paz del hogar con el trabajo duro antes que el ardor de la guerra, con sus riquezas, entre saqueo y rapiña.

            Los nobles lo miraban, expectantes. Él miraba al suelo como si en la tierra estuviera su decisión escrita. Levantaba la vista hacia ellos: la bajaba mirando al suelo; y cuando lo miraba se le ponían cosquillas en el vientre y se le expandía un profundo bienestar en su pecho. No, no quería riquezas, ni gloria ni poder, no, no los quería. Y no supo rechazarlos. Quería devolverles el cetro sin ofenderlos, despedirlos sin mancillarlos, y no sabía cómo. De repente se acordó del bastón de Moisés: aquel que se transformaba en serpiente si lo quería dios y florecía milagrosamente sin echar raíces. Levantó su cayado mostrándolo a los guerreros y les dijo:

            -El día que este bastón florezca yo seré rey de los visigodos.

            Y al bastón le brotaron yemas que se hicieron capullos que se hicieron flores; las ramas, como columnas salomónicas, se enroscaban cubriéndolo de pétalos. Rosas, blancos y negros, de todos los colores, sobre sus toscos sarmientos: sobre sus sépalos verdes. Wamba miró a Rodrigo con desaliento y, presa de desesperación, su rostro resignado no tuvo más remedio que decir:

            -Está bien, acepto.

            Y lo llevaron a la corte. Y fue coronado en Toledo y se convirtió en rey bueno, justo y magnánimo: bueno porque para todos quiso prosperidad, no sólo para la corte; justo porque a los buenos cuidaba y a los sanguinarios y crueles tuvo que aniquilarlos con crueldad, volviéndose él mismo sanguinario; y magnánimo porque todo lo que hizo, tanto premiar como castigar, lo hizo siempre con grandeza.

 

  Habéis elegido un rey sabio en la casa de Wamba,

sensible, fuerte y templado, fiel, justiciero y bueno;

enamorado de una mujer, pero colérico,

violento con los violentos y tierno con los tiernos:

moderado en la pasión, apasionado en la paz,

pacífico en el valor, valeroso en el silencio;

si habla, su voz es dulce cuando es tiempo de palabras,

y habla a gritos si es de guerra la voz que nos pusieron.


6.

            Mas no hubo paz en el reino de Wamba. Ilderico encabezó una revuelta en Septimania, y el duque Paulo, rebelándose en Narbona, se proclamaba rey en Gerona; Wamba, mientras tanto, se encontraba en Cantabria combatiendo a los gascones; y tuvo que volverse como el rayo y arrasar Narbona, Barcelona y Tarragona. Los nobles contra el rey, los nobles entre sí, católicos contra arrianos, hispanos contra visigodos. Tuvo que sofocar la rebelón de los vascones, de los astures, contra todos empuñó el hacha y la empuñó contra los bereberes, que penetraban por el norte de África. Wamba amaba la paz y tuvo guerra. Se puede ser sabio y sensible, pero no ser a un tiempo templado y fuerte; no cuando la fuerza salvaje te obliga a ser salvaje, no puedes moderar tus fuerzas. Tienes que ser justiciero con la gente que no es fiel, y ya no puedes ser magnánimo, misericordioso y bueno; tienes que ser violento con los violentos pero no te dejan ser tierno con los tiernos; no puedes ser pacífico porque por todos lados te rodea la guerra.

            Los jinetes avanzan en cabalgata, espada en alto; los infantes aplastados por los caballos; las hachas se abaten rompiendo pechos, cortando cabezas, partiendo cráneos; los chorros de sangre llueven en su ceguera y te ciegan los ojos, te manchan el cuerpo, te empapan la mano y llueven por el aire mandobles furiosos; jirones de carne, un confuso montón de guerreros apretados y locos golpeando escudos, mazas llenas de clavos, almetes partidos, teñidos de rojo, ayes de dolor, la pasión de la carne rasgada, los heridos gritando, gateando sin fuerzas, rematados sin piedad, abandonados a su suerte o batidos por las lanzas, las flechas anónimas, las espadas sin nombre o las patas de los caballos. Eso es la guerra: pasiones sin compasión, fuerza sin corazón, palabras teñidas de ardor, reducidas al silencio. Ser fiel es cobrar venganza puesto que los otros han sido infieles; ser pacífico es hacer la guerra puesto que la paz es amenaza; amar a una mujer es olvidarla, que no hay sitio para el amor en el campo de batalla; y ser bueno es matar si el que mata no muere: pues expandirá la muerte por doquier, la violencia, el dolor, la injusticia y el ardor de poner patas arriba lo que la naturaleza quiso que estuviera en pie, grande, transparente, limpio, bajo el sol y bajo el viento. 

            En mitad de la batalla espolea su caballo el rey Wamba. El caballo está agotado, anda no más, ya no puede trotar, pesadamente sube por la falda de un cerro. Allí se detiene el rey. Allí mira a sus tropas, cómo batallan, cómo están venciendo sus guerreros, pero a costa de muchas vidas, mucho dolor y sacrificio, muchas penalidades sin cuento; muchos huérfanos, muchos amores que, cuando suspiran por sus dueñas, no son ya más que relámpagos de muertos.

            Desde allí mira sus tropas. Y ve en las hachas azadones terrosos, los caballos le parecen bueyes, las espadas son arados y él, en vez de corona, tiene la frente desnuda; el sol la perla de gotas, le parece estar en el campo, labrando la tierra, en el tiempo en que era feliz, y su mujer lo llamaba a desuncir los bueyes para ir a comer, ¡oh, qué tiempo desdichado, desdichado, sí, porque ya no es! ¡Tiempo aquel en que todo era paz y el aire se llenaba de luz, y sus ojos dulces lo miraban todo y sus manos le acariciaban el rostro, y el campo era de labor y no, como ahora, un campo de batalla! ¡Ay de mí, desdichado! Tuve que ser rey y abandonar la paz y sólo fui desde entonces un fantasma en una guerra. ¡Ay, dios, si volviera aquel tiempo! Más quiero yo empujar el arado y soñar con el amor que me embriagaba entonces. Bien sabía yo que aceptando el cetro ceñí corona y fui poder, pero en la corona estaba la espada y en la espada ceñí también la sangre y el dolor, la maldición de la tierra.

            No quise ser rey y pedí un imposible. Dije que sería rey cuando me floreciera el bastón y el bastón floreció porque yo no sabía que dios, que me había elegido, obraría milagros pidiera yo lo que pidiera. No valió mi palabra, venció el destino: que era la palabra de dios y me impuso su voluntad, y mi voluntad no valió nada; yo estaba condenado a ser rey y lo fui aunque no quise, y ahora que se ha cumplido todo me acuerdo del campo en que viví, el que abandoné cuando el destino me arrastró, pero yo prefiero ser un pobre labrador en paz conmigo mismo y con dios y ya no tengo dios ni me tengo a mí ni la tengo, si me apuras, a ella. Me acuerdo de la tierra en que nací. De mis padres, que me criaron; que me enseñaron la humildad y la alegría de ser feliz, aunque fuera pobre, que no lo era; que mi yunta de bueyes me daba para vivir y aunque no nadara en oro, tampoco nadaba en la pobreza. Oh, dios, ¿por qué no te apiadas de mí? ¿Por qué no haces que el tiempo corra al revés, por qué no haces que el tiempo vuelva? Mas no, que Arturo se convirtió en rey cuando pudo arrancar la espada de la piedra y yo fui rey cuando crecieron flores en mi bastón, cuando yo les pedí que florecieran.

            Ahora sufro y soy rey. Soy poderoso, sí, pero no tengo amigos que me quieran sino nobles que me envidian; y duques y condes que, tan pronto vuelvo la espalda, se arrojan sobre mí para clavarme las armas; para quitarme el reino y dividir lo que está unido y destrozar los campos sembrados, incendiar las mieses, arrasar las ciudades para alimentar su ambición, que crece a costa de los muertos y se alimenta, como la hoz y la guadaña, de todas las vidas que siegan. ¡He venido a defender el reino! ¡Y lo defenderé, vive dios, cueste lo que cueste, caiga quien caiga y muera quien muera! 

            Eso es lo que he hecho y estoy cansado. Los surcos han venido a labrar mi frente y mis ojos se han hundido en pozos siniestros, en oscuras cuevas. Tengo las mejillas partidas desde mis barbas gruesas y son dos tajos que apuntan a los ojos, cansados, vencidos, entornados y muertos. Ya no hay fulgor en mis ojos. Ya no lo hay, ni furia siquiera. Antaño brillaban de alegría, otras veces de pasión, otras porque les daba el sol, otras porque los reflejaba el agua del arroyo que regaba la tierra. Hoy no tienen brillo, ya ves: sombrío me he vuelto; sombrío en el dolor, sombrío en mi pesadez, me pesan las guerras que he tenido, me pesan los recuerdos de ella. No está junto a mí. ¿Dónde estás, amor, dónde fuiste, que estoy solo, estás acaso en el cielo, pues ya conmigo no estás, yo, que estoy en la tierra?

            Entonces tiene una visión. Mira al sol y sus ojos se velan y es entonces un resplandor, y en él se disuelve el mundo, que se va, fundido en blanco, amarillo como el oro, deslumbrado, ciego; él se frota los ojos y en la niebla de mil luces que se cruzan en ellos ve, entre telarañas, un arado: el arado del rey Wamba; la presencia de la vida que sacrificó, por sentido del deber, cuando el cielo lo señaló a él, para ceñir corona, a la muerte de Recesvinto. Cambió el arado por la espada y ahora vuelve al arado para decirle que si no hay ardor en él tampoco puede haber paz en la espada; abandonada a sí misma la espada es guerra, pero guiada por el corazón la espada es… la espada son los ojos de ella.

            Oigo el laúd del trovador. Oigo la música que envuelve las cuerdas que me embriagan, los versos que me apenan. Ésta es la historia del rey Wamba. Del labrador arrancado al campo para suceder a un rey, trocando alegrías por guerra: quiso ser bueno, justo y fuerte y no pudo ser más que fuerte, pues las armas rompen la bondad y la justicia es una balanza con una espada. Su voz era dulce cuando se llenaba de palabras… pero no eran tiempos de palabras sino de voces: hablaban a gritos, escudos que paraban las espadas, brazos que no servían para abrazar, sino para golpear con fuerza. Ésta es la historia del rey Wamba. Quiso ser bueno y no pudo ser: eran tiempos de lobos, tiempos de muerte. En la colina un aullido atraviesa el aire; abraza el cielo, la nieve estremece con su llanto, se extiende avanzando hacia el ocaso y se hunde en las tinieblas, se apaga el sol y desaparece. Viene el tiempo de los lobos. El tiempo de los amores dulces viene.


  Mas no hay dulzura, ya no es tiempo

de hablar de amor y justicia

sino de violencia y guerra;

estos ojos sólo miran

en el polvo de la tierra,

tiempo en el que sólo había

cabalgatas de salvajes

destrozando las ermitas

que se encuentran en la sierra:

truenos, rayos se encendían

incendiando la meseta

entre muerte y agonía

y desprecio a las leyendas.

Ya no es tiempo de justicia,

ya no es tiempo de valor,

no es el tiempo del rey Wamba,

ahora es tiempo de violencia.

Ahora sí que somos bárbaros,

y en relámpagos de sangre,

por los siglos de los siglos,

arderá toda la tierra:

no es el tiempo de la vida,

¡es el tiempo de la guerra!

            Es el tiempo de la muerte. Cuando Wamba estuvo en guerra.


viernes, 30 de octubre de 2020

 

 

 

 

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA 

FILOSOFÍA 

            El alma. ¿Qué es el alma? Algunos dicen que es el conjunto de todo lo que pensamos, sentimos o recordamos. Pero no, dirán otros. Mis pensamientos están en el alma, pero no son el alma. Mis sentimientos están en el alma, pero no son el alma. Mis recuerdos están en el alma, pero no son el alma. Mis pensamientos son como las guindas de un pastel; mis sentimientos son los trozos de piña; mis recuerdos, pepitas de chocolate; si quito las guindas, la piña y el chocolate, debajo está el bizcocho, que es la base del pastel; y si quito los pensamientos, los sentimientos y los recuerdos debajo está el alma, que es la base de lo que soy. Pero hay una diferencia: el bizcocho lo podemos ver; el alma, no. El alma no es más que una hipótesis cuya presencia no se puede materializar en algo que podamos ver, oler, oír y tocar. El alma no es más que una conjetura que no forma parte de nuestra experiencia, sino de nuestra imaginación; yo no percibo el alma, sino que la imagino; o la pienso y la deduzco, pero no puedo verla. Las cosas que no se pueden ver, oler, probar, oír ni tocar no pueden ser estudiadas por la ciencia, porque no podemos hacer experimentos con ellas: decimos que forman parte de la filosofía. Si nos atenemos al método hipotético-racional, podemos observar cosas animadas y explorarlas, podemos especular sobre ellas iluminándolas con nuestras conjeturas para enfocar nuestros pensamientos con ellas, pero no podemos comprobar si esos pensamientos nuestros corresponden a cosas que estén en la realidad; es decir podemos tener experiencias de las cosas, pero no podemos experimentar con ellas; podemos observar indicios pero no podemos hacer observaciones controladas. No podemos meter el alma en un laboratorio para estudiarla bien, porque el alma no es observable.

            Lo mismo pasa con la muerte. ¿Qué es la muerte? Epicuro decía que es la ausencia de toda sensación; cuando dejamos de ver, oler, gustar, oír y tocar, y sentir placer y dolor y miedo y sentirnos en equilibrio, es que estamos muertos; pero un sordomudo que además haya nacido ciego, y que, por causa de una gripe, haya perdido los sentidos del gusto y del olfato y que además haya sufrido lesiones en el oído interno ¿tendríamos derecho a decir que está muerto? Más tarde se pensó que sólo se podría certificar la muerte mediante un electrocardiograma plano: pero hubo fenómenos catalépticos que incitaron a dar por muertas a personas que luego resucitaron en el momento en que las iban a enterrar. Por eso hoy se piensa que la muerte es un electroencefalograma plano, que sólo se ha producido la muerte de alguien cuando hemos podido constatar que hay muerte cerebral. Pero podríamos seguir pensando que hay algo de nosotros que sigue vivo aunque el cerebro estuviera muerto, algo que sería el alma; y que no dejaría de existir aunque no detectáramos su presencia lo mismo que existe la torre Eiffel aunque yo no la haya visto. Los científicos dirían que esto son cosas de charlatanes, pero los filósofos se seguirían preguntando: ¿y por qué? ¿No hay cosas que existen más allá de los sentidos? ¿Existen percepciones extrasensoriales? ¿Qué es la telepatía? ¿Existen realmente las fuerzas a distancia, como las que postuló, pero no demostró, Newton? 

            Las cuerdas. Hoy día se está intentando unificar la relatividad con los fenómenos cuánticos y lo hacemos con una teoría de cuerdas, pero ¿existen las cuerdas? ¿Alguien las ha visto, oído o tocado? Las partículas subatómicas dejan rastros en las placas fotográficas de los grandes aceleradores, pero ¿alguien ha visto rastros fotográficos, sonoros o de otro tipo dejados por las cuerdas (o, para ser más precisos, las supercuerdas)? No. Las supercuerdas son objetos teóricos forjados por los cálculos, no por la observación; y sirven para iluminar nuevos cálculos que explicarán otras partes de la realidad, pero ningún experimento puede detectarlas hoy. ¿Quizá en el futuro podríamos diseñar experimentos para detectar supercuerdas, aunque fuera de manera indirecta? Es posible. O no. Pero mientras eso ocurra las supercuerdas son entes que no hemos sacado de la experiencia, sino de la especulación matemática; pero de unas matemáticas alejadas de la experiencia, que no son euclídeas, ni tampoco riemannianas, y por tanto podríamos preguntarnos si esas matemáticas tan alejadas de nuestra experiencia sirven para explicar fenómenos empíricos. Mientras tanto los físicos que se ocupan de la teoría de cuerdas serán tachados de charlatanes por los otros físicos, o lo que es lo mismo de teóricos, de metafísicos. Para decirlo con otras palabras: la teoría de cuerdas es hoy filosofía, no ciencia.

            ¿Y qué decir de dios? Hay una canción de Violeta Parra que habla de Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta. Dice que si dios está en el cielo, y si ella viajó al cielo, tendría que haber visto a dios: pero no lo vio; por lo tanto dios no existe. Lo que podría haber sido una prueba irrefutable de que dios no existe no es ni siquiera una broma, porque ¿cómo explicarlo? Si yo llego a Segovia y sólo veo los arrabales no puedo volver a Madrid diciendo que no existe el acueducto; tendría que venir a Segovia otra vez y penetrar en su interior hasta dar con él. Del mismo modo Valentina Tereshkova no puede decir que dios no existe cuando sólo exploró un trozo de espacio que no llega ni a la luna; tendría que ir más lejos: a Saturno, a Plutón, fuera del sistema solar, al ojo de la galaxia, más allá de la Vía Láctea, fuera de nuestro cúmulo de galaxias… ¿hasta dónde? Si el universo fuera finito se tardaría mucho en recorrerlo pero al final tal vez podríamos decir que dios no existe si no lo vemos: a menos que estuviera jugando al escondite con nosotros; pero si fuera infinito nunca terminaríamos de recorrerlo, y por lo tanto nunca lo podríamos demostrar. La cuestión de dios no pertenece a la ciencia porque está fuera de nuestra experiencia, y por tanto nunca podríamos hacer experimentos con él. Pertenece a la filosofía. Ni siquiera a la religión, porque la religión nos obliga a creer en él y con la fe no podemos hacernos preguntas; pero la filosofía (que, al igual que la religión, empieza con el asombro) avanza gracias a la duda, y la duda es esa sed de preguntar que no se sacia.

            ¿Y de la justicia? ¿Qué podríamos decir? Que queda fuera de nuestra experiencia, porque no hay ni un solo juzgado, ni una teoría, ni una experiencia donde podamos observarla. Se ha dicho que justicia es dar a cada uno lo suyo, pero ¿cómo saber lo que es suyo? ¿Nos pertenece lo que ganamos, o también lo que hemos heredado de nuestros padres? Y en este segundo caso ¿es justo que herede el hijo mayor y los menores se queden sin nada? ¿O es más justo que hereden todos a partes iguales? Y si es así, ¿hay que vender la casa para repartirnos su valor? Pero entonces nos quedamos sin casa. Si un alumno hace el vago pero aprieta en el último mes ¿es justo que apruebe? Y si otro alumno con dificultades, pero con tenacidad, consigue aprobar al final pero siempre antes ha estado suspendiendo ¿merece el aprobado? Y si nos atenemos a los hechos, ¿no es lo mismo su expediente que el del alumno vago del que hemos hablado antes? ¿No contienen los dos las mismas notas? Aprobar a uno y suspender al otro ¿sería justo? ¿No sería un agravio comparativo? Una vez más, no parece posible diseñar un experimento con el que podamos comprobar la existencia de la justicia. El derecho no es una ciencia porque la justicia no es observable: sería filosofía; filosofía práctica, porque no se ocupa de lo que son las cosas sino de cómo deben ser. 

            El alma, la muerte, las supercuerdas, dios o la justicia son entes inobservables. No pueden ser estudiados por la ciencia, puesto que de las  cuatro partes del método hipotético-racional (observación, hipótesis, predicciones y contrastación) le falta la última: este método amputado de su último paso da lugar a la filosofía; la filosofía es el estudio de todo lo inobservable y es, por tanto, una actividad especulativa: la que piensa a partir de la realidad pero no puede ver realidad en sus pensamientos; aunque siempre es posible conjeturar si podemos hacerlos realidad; no podemos ver si nuestros pensamientos sobre el alma corresponden a la realidad del mundo, pero sí podemos intentar hacer realidad nuestros pensamientos, nuestros ideales, nuestras utopías; aunque todos los ideales hasta la fecha (Platón, Jesucristo, Don quijote, Marx) hayan fracasado.

            Ya sabemos lo que es la filosofía. La podemos definir por su método y por su objeto de estudio; su método es el de una ciencia sin experimento, y su estudio se ocupa de lo inobservable. ¿Podemos observar el fuego y experimentar con él? Eso es ciencia. ¿Podemos observar el alma y experimentar con ella? Eso es filosofía. Todo lo que hace la ciencia le sirve a la filosofía, pero parece que la filosofía no le sirve a la ciencia para nada. ¿O sí? Lo que hicieron Einstein, Heisenberg, Schrödinger, y hasta el propio Newton ¿no es también filosofía? Todas las ciencias ¿no contienen partes empíricas, propias de la ciencia, y partes inobservables, propias de la filosofía? Es una cuestión de proporción. Podríamos decir a primera vista que en Newton hay más ciencia que filosofía, pero en Einstein la cosa no parece tan clara; la parte especulativa de Einstein probablemente sea mucho mayor, pero sigue siendo una parcela pequeña en comparación con su contenido científico.  

            La filosofía es necesaria para darle ideas a la ciencia. Para darle alas. Cuando la abstracción provocada por la ciencia traspasa la barrera de lo observable debe encomendarse a la filosofía. Y lo que hoy es filosofía puede mañana convertirse en ciencia: o seguir siendo filosofía si su contenido es tan profundo que no hay ciencia que pueda abarcarlo. Los tres rasgos de la filosofía son, de momento, la especulación, lo inobservable y la profundidad. La especulación hace referencia al método; lo inobservable tiene que ver con la naturaleza; y la profundidad es una mezcla de los dos. Donde se ve bien esto es en la filosofía de María Zambrano.

            Los primeros filósofos pensaron que detrás de las apariencias de la naturaleza y dentro de ella hay una naturaleza inobservable. Es como el bizcocho del pastel. La naturaleza está hecha de cosas que se pueden observar (los fenómenos) y cosas que no aparecen en la experiencia (los inobservables). Los mitos ponían todo lo inobservable fuera de la naturaleza, en manos de los dioses: eran cosas sobrenaturales. Pero cuando empezamos a pensar que lo inobservable no era sobrenatural sino que estaba dentro de la naturaleza, entonces empezó la filosofía. La filosofía prescindió de los dioses. Y cuando Tales de Mileto decía que la naturaleza está hecha de dioses lo que quería decir es que se mueve sola: era sólo una metáfora. La naturaleza (physis) está hecha de materia (hylé) dotada de movimiento (zoon): hilozoísmo decimos hoy, y no animismo; porque el animismo da a entender que las fuerzas que hay en las cosas son sobrenaturales; el hilozoísmo no. 

            Los fenómenos de la naturaleza están hechos de partes que se pueden dividir en otras partes. Pero debe llegar un momento en que las partes más pequeñas ya no se pueden dividir más: son los elementos. Hoy sabemos que hay muchos elementos y los hemos identificado en la tabla de Mendeleiev. Pero Tales pensaba que sólo había uno: el agua. ¿Por qué lo pensaba? Porque lo sacó de la experiencia; Tales vivía en Mileto, que era puerto de mar; si se los saca del agua los peces mueren; acaso observó también que envejecer es deshidratarse, porque nos salen arrugas y nos secamos, y los cadáveres al final son cuerpos totalmente secos; además, Tales entró en contacto con Mesopotamia, donde conoció la tradición legendaria del diluvio. Tales se equivocó, porque el agua no es un elemento, sino un compuesto de hidrogeno y oxígeno; pero también nos equivocamos nosotros: porque llamamos elementos a los átomos que se pueden dividir en partes (“a” en griego significa “no”, y “tomos” quiere decir “partes”, como cuando una enciclopedia la dividimos en partes y cada una es un tomo; pues bien, “átomo” quiere decir que no tiene partes, que no se puede dividir; sin embargo los átomos de Mendeleiev los podemos dividir  en electrones, protones y neutrones, y éstos a su vez los dividimos en quarks). De modo que si Tales se equivocó llamando elemento a un compuesto, tampoco nosotros hemos avanzado mucho, porque llamamos átomos a unos trozos de materia que siguen siendo divisibles.

            El agua de Tales no es el agua del mar, ni la que hay en nuestras lágrimas, ni la que tienen los peces; es una naturaleza que hay dentro de nosotros, como la sustancia de la que está hecho nuestro cuerpo, aunque cuando miramos cuerpos no la veamos. El agua de Tales se puede ver en los ríos, mares y lagos, y también en las lluvias, pero es invisible cuando la buscamos dentro de los cuerpos; a este nivel el concepto de agua es una abstracción, casi una metáfora; el pensamiento de Tales dio un salto de gigante al fabricar un concepto con las apariencias. Y eso es la filosofía. Es filosofía porque el concepto de agua surgió de la observación de los fenómenos del agua, pero no dio lugar a otros conceptos que a su vez se pudieran observar: le faltaba, pues, el experimento; por eso no era ciencia.

            Hoy tenemos aparatos para observar lo que en tiempos de Tales era invisible: tenemos microscopios, espectrógrafos, máquinas electrolíticas; Tales no tenía nada de eso. En su caso llamamos filosofía al estudio no científico de las proposiciones científicas, pero en realidad lo que hacía Tales era ciencia sin aparatos; sin los aparatos adecuados; del mismo modo a la técnica rudimentaria la llamaban magia.

            Anaximandro dio un paso al frente y fue más lejos que Tales. Pensó que si el agua que había en los cuerpos era inobservable, no tenía sentido llamarla agua; la llamó naturaleza indefinible (en griego, “ápeiron”; ya hemos visto que “a” significa “no” y “péras” quiere decir “límite”, “fin”; el ápeiron es lo ilimitado, lo indefinible). De modo que la naturaleza tiene dos niveles: por un lado están los fenómenos aparentes y observables (el agua está entre ellos) y por otro lo que no se puede observar (el ápeiron, al que Tales llamaba “agua”). En consecuencia, Tales imaginaba el mundo como una corteza flotando en un mar de agua, y Anaximandro como una esfera flotando en un mar de ápeiron (que no era exactamente el vacío, sino una sustancia sutil parecida al aire; al ápeiron, Anaxímenes lo llamaría aire). Pues bien, el pensamiento de Anaximandro contiene partes científicas y partes que no lo son; es científica su concepción del mundo como una esfera porque hoy podemos mandar naves al espacio y comprobarlo; pero no lo es su conjetura sobre el ápeiron, porque ni los mejores microscopios electrónicos son capaces ce ver ápeiron en los cuerpos). A ambos aspectos de su pensamiento, tanto la ciencia sin aparatos imprescindibles como la parte no científica, nosotros los llamamos filosofía.

            Así se fueron construyendo los primeros sistemas filosóficos, las primeras explicaciones del mundo, las primeras cosmologías: las que habían dejado ya de ser mitológicas, pero tenían, flotando en un mar especulativo, semillas de ciencia que todavía no podían fructificar. Se ha dicho que cuando salgan todos los gérmenes científicos que hay en la filosofía la filosofía dejará de existir: no; porque junto a esos gérmenes hay problemas inexplicables que la ciencia es incapaz de resolver; problemas como el alma, la materia, el infinito, dios, la justicia, la belleza, el universo, la materia, el infinito, la naturaleza oscura… Misterios insondables que van más allá de la ciencia, y que conforman una sabiduría que se construye “toda ciencia trascendiendo”, para decirlo con palabras de San Juan de la Cruz. Dolencias de amor que no se curan sino con la presencia y la figura, pero “apártalas, amor, que voy de vuelo”. Allí nos encontramos con las razones del corazón que la razón no entiende, y nos topamos con Pascal; y con conatos o impulsos o instintos que se juegan en la frontera de lo inexplicable, y nos encontramos con Spinoza, Nietzsche, Schopenhauer y hasta el mismísimo Kant; y si nos acercamos a la comprensión de la naturaleza también nos toparemos con cosas incomprensibles que no pueden explicar ni las fuerzas distantes de Newton, ni los campos de fuerza, ni las discontinuidades cuánticas, ni siquiera la teoría de la relatividad.


                                            

viernes, 23 de octubre de 2020

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

3. De los sueños.

            Un asno no será nunca un caballo. Ni un mulo será un asno. Ni podrá un animal tener branquias y a la vez pulmones. Ni podrá la humanidad volar porque no tiene alas, ni bucear porque no tiene agallas, ni correr porque no tiene patas; la humanidad no tiene el vuelo de los pájaros ni la vejiga de los peces ni las patas del guepardo, pero puede conseguirlo todo si imita a los pájaros, a los guepardos y a los peces; los sueños se hacen realidad si se fijan en la naturaleza, no en la magia de los charlatanes.

            Gengis Khan pasó de pastor a rey como la bellota se convierte en encina; David venció a Golitah como el débil vence al fuerte; Napoleón pasó de soldado a guardián de la república, y Miguel Hernández fue pastor y poeta como el genio del poeta sale de dentro y crece. La humanidad no vuela, pero construye aviones; no nada como los peces, pero construye submarinos; y no corre como el guepardo pero construye bólidos.   

            Estamos hechos del mismo material que los sueños. Los patitos son feos porque algún día se convertirán en cisnes y el grano de mostaza siempre acabará convertido en árbol. El futuro es el espejo del pasado y si un peón se ve como álfil, algún día será un álfil; también los albañiles se pueden convertir en arquitectos; y los pobres en reyes.


 

viernes, 16 de octubre de 2020

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

 

 

 

DE LA DEMOCRACIA ARISTOTÉLICA

            Cuando miramos las cosas con una lupa aumentamos el tamaño de su imagen y es como si la acercáramos a los ojos. El microscopio nos acerca las imágenes de lo que, aunque lo tengamos cerca, es tan pequeño que no lo podemos ver; la pequeñez es como la lejanía,  y aunque las cosas estén cerca sus imágenes están lejos. También la lejanía es como la pequeñez: las imágenes de las estrellas son pequeñas porque las estrellas, que son enormes, están muy alejadas de nosotros; los objetos, vistos al telescopio, son iguales que cuando los vemos a simple vista, pero sus imágenes no; sus imágenes cambian de tamaño, también cambian de color porque se tiñen del color del cristal. Y hay cristales de aumento que  se pueden mover: como la lupa, como los prismáticos; con los prismáticos podemos cambiar de lugar y ver las mismas cosas desde ópticas diferentes.

            La inteligencia es como un cristal. Cuando analiza el mundo lo acerca para verlo mejor, pero no puede verlo en sus imágenes sino en sus conceptos; los conceptos son imágenes mentales, entes que nos permiten ver muchas cosas a la vez; así, con el concepto de “insecto” yo veo todos los insectos a la vez, pero no en sus imágenes ópticas, veo sólo lo que tienen en común, y eso es la totalidad, y la abstracción; si los cristales ópticos nos dejan ver lo individual, que es también lo particular, con los cristales mentales vemos lo general, lo que no se puede ver con los otros ojos. Los conceptos son cristales que acercan al ojo del espíritu lo que no puede ver el ojo del cuerpo. Analizar es lo mismo que acercar, y es como si los conceptos estuvieran más cerca de la mente y revelaran otros  conceptos que antes no podíamos ver, y entonces la mente es como un teleobjetivo que selecciona una cosa y la muestra en sus detalles: eso es la inteligencia, un travelling de acercamiento, un zoom mental.

            Esa misma inteligencia también puede alejarse de los conceptos para verlos en medio de otros conceptos que les sirven de contexto y fondo: y es entonces una imagen panorámica, pero una imagen mental. Es como si miráramos los conceptos a través de un gran angular. Este travelling mental de alejamiento es la síntesis, otra forma de mirar. Si analizo el concepto de guerra veré dentro tácticas, estrategias y daños colaterales; y si lo estudio de manera sintética lo veré como una forma de violencia o como una extensión de la política, o como una consecuencia de las crisis económicas. Hoy vamos a usar cristales de aumento. Y los enfocaremos sobre el problema de la democracia, intentando aclarar de cerca lo que de lejos se ve borroso; mas para ver las cosas nítidas hay que enfocarlas bien.

            Si la democracia es el instrumento para que mande el pueblo, la veremos de una forma; y si sirve para que manden en él la veremos de otra; el pueblo que se deja mandar sólo se parece a la democracia si obedece por persuasión, no por violencia, que la demagogia no es lo mismo que el despotismo. Si nos atenemos a su significado etimológico, la república es la cosa de todos, y puede ser una democracia, una demagogia o un despotismo.

 


             El problema es que en democracia manda el pueblo, que es un ente abstracto. En la demagogia, en cambio, mandan sobre el pueblo una o varias personas concretas de carne y hueso: si es una sola, la llamaremos monarquía, y si son varias, oligarquía. Se puede construir una demagogia: basta con que la gente de carne y hueso se ponga a engañar para dirigir. Pero no es fácil construir una democracia porque quien piensa para ejercer el mando no son las personas concretas, sino una abstracción de ellas; yo cito a un demagogo y puedo hablar con él pero si cito al pueblo ¿quién vendrá a hablar?  ¿Todos? ¿O sólo sus representantes? Y los representantes ¿deben hablar por sí mismos o en nombre de los demás? ¿Se representan ellos o representan a sus electores? Los representantes de los profesores en un consejo escolar no estaban obligados a votar siguiendo la opinión de quienes los han elegido, sino siguiendo su propia opinión; y eran, al hacerlo, como espejos distorsionados, imágenes deformadas de la realidad; un representante que no dice lo que le mandan es como un espejo en el que uno se ve gordo estando delgado.

            En democracia todos pueden votar (siempre que se rijan por el sufragio universal). Pero cuando votan, cada uno se guía por su interés propio; o casi todos; son pocos quienes buscan el interés público, que surge del interés privado aplicándole la regla de la mayoría. Y las mayorías a veces no tienen en cuenta los derechos de las minorías, como cuando se vota en contra de que las mujeres, o los pobres, o los judíos, tengan poder de decisión; al hacerlo, aunque quienes votan sean mayoría, no les ocupa el interés general sino el interés de una parte a costa de la otra; que una decisión se tome por mayoría no quiere decir que esa decisión sea justa; las mayorías representan el egoísmo de los grupos, que es el egoísmo de una parte de los individuos sobre otra, y unas veces lo hacen por ignorancia y otras por interés. Las democracias deberían ser capaces de anular la ignorancia para que las decisiones fueran sensatas; y de humanizar el egoísmo para que la sensatez fuera compatible con la generosidad. Ignorancia. Egoísmo. Ésos son los dos grandes problemas de la democracia. La solución está en la sensatez y la generosidad, sí, pero entonces aparece un problema mayor: ¿cómo se llega a ellas? ¿Cómo convertimos el egoísmo en generosidad? ¿Cómo transformamos la ignorancia en sensatez? Parece como si buscáramos imposibles y los pusiéramos en manos de un alquimista.

            Empecemos por la ignorancia. Se ha puesto de moda pisotear la inteligencia, y la ciencia es una de sus manifestaciones. En el año 2020 los ignorantes votan si existe o no el cambio climático, si hay o no hay virus en el aire, y lo mismo que unos no darán ni un solo céntimo para combatir un cambio climático para ellos inexistente, otros se pasearán sin mascarilla buscando multitudes en plena crisis epidemiológica que ellos niegan. ¿Cómo es posible que en la ciencia manden, no ya quienes no son científicos, sino quienes niegan sus dictámenes? Lo propio de la ciencia son las dudas, no las certezas (o de lo contrario sería religión); y sus dictámenes son hipótesis probables para las que siempre se están buscando pruebas, pero es más razonable seguir posibilidades fundadas que certezas de humo que flotan en el aire.

            ¿Quién es el pueblo? La suma de sus individuos. He dicho la suma, no la integración. En esa suma hay muchos individuos ignorantes. Los ignorantes no deberían pronunciarse sobre cuestiones científicas. En esas cuestiones no deberían tener derecho de voto. ¿Cómo voy a votar quién quiero que sea mi médico si yo no entiendo nada de medicina? Puedo votar, entre varios médicos, quien me parece mejor, por las razones que sean; pero no puedo nombrar médico a quien no lo es, no tenemos derecho a nombrar médicos a los albañiles, profesores o arquitectos, si no han terminado también sus estudios de medicina. De la misma manera no deberíamos dejar que ni los políticos ni la gente profana tomara decisiones sobre las epidemias o el cambio climático; podemos escuchar sus opiniones, eso sí, y entre ellas seguro que habría algunas que a los expertos no se les habrían ocurrido; pero no deberíamos dejarles decidir.

 


            Ese tipo de decisiones debería incumbir sólo a los expertos. Los expertos son los que saben más, los mejores, los que están más y mejor preparados, informados y preparados: “mejor” se dice en griego “aristos”, de modo que el grupo de sabios constituye realmente una aristocracia: ellos son los mejores científicos  (otra cosa es saber si son las mejores personas). Una buena democracia debería dejar que se oyera la voz de todos en lo que tiene que ver con la experiencia, pero sólo la de los científicos en lo que tiene que ver con el experimento; la voz de todos es democracia; la de los expertos es aristocracia; la democracia debería ser aristocrática, esta idea ya se le ocurrió a Aristóteles; Nicolás de Piérola hablaba en el Perú de formar una república aristocrática, sólo que donde él decía “aristocracia” seguramente había que entender “oligarquía”; se trata de la aristocracia del mérito, no de la riqueza ni de la sangre; el hijo de un rico nace rico, el hijo de un noble nace noble, pero el hijo de un médico no nace médico y no lo será nunca a menos que estudie medicina.

            Dejemos para otro momento el problema de cómo se articula la democracia con la aristocracia. Cómo conjugamos democráticamente la decisión de la mayoría con la decisión de los expertos, sobre todo cuando la segunda no está de acuerdo con la primera: es un problema complejo. Lo que sí es cierto es que los expertos deberían ser científicos antes que técnicos: la aristocracia debería ser mucho más que tecnocracia. Sería el único camino para que no tomaran decisiones los ignorantes. El ignorante puede opinar mientras aprende, pero no decidir sobre lo que no sabe, lo mismo que la opinión de un zapatero sobre albañilería vale lo mismo que la de un religioso sobre política: que el religioso no debe ser político por ser religioso, sino porque se haya preparado para la política (al margen de la religión).

            El otro problema es el egoísmo. El interés no debería estar reñido con la generosidad. Buscar lo que a mí me conviene no debería hacerse a costa de lo que nos conviene a todos, sino que, entre todas las cosas que me podrían convenir, debería elegir las que también convienen a los demás. En su famoso documental sobre el cambio climático, Al Gore reconocía haber tomado conciencia de los perjuicios del tabaco después de ver morir por culpa del tabaco a uno de sus hermanos; y se cuestionó el sentido ético de esos cultivos en las enormes plantaciones que tenía en casa. Es cierto que no comprendemos las cosas hasta que las hemos vivido en carne propia; y que ojos que no ven, corazón que no siente; pero también lo es que podemos aprender a sentir y comprender cosas que no hemos vivido, porque las han vivido los demás: a eso lo llamamos empatía; los neurocientíficos lo relacionan con las neuronas-espejo, fuente de la capacidad de ser cada uno un espejo donde mira a los demás; y de sentir el sufrimiento ajeno, aunque nosotros no lo sintamos, como propio. La empatía es un cristal y cuando el egoísmo se mira en él, ve generosidad, y cuando el generoso también se mira, ve egoísmo; cuando suceda eso el egoísmo sólo será amor propio y amor fraterno, y de ninguna manera deseo de prosperar a costa de los demás.

            Cuando los ciudadanos sientan empatía serán capaces de sacrificarse por los demás. Si tengo que decidir sobre el destino de la industria del tabaco debería hacerlo sin pensar que mi padre, que trabaja en una plantación de tabaco, podría perder su trabajo; pero si pongo mi egoísmo al servicio del interés de todos, luego todos deberían poner su generosidad a mi servicio; y compensar a mi padre por la pérdida de su trabajo: esa solidaridad también forma parte de la democracia, democracia no es solamente capacidad de decidir, sino también necesidad de amar; y de ser amado.

 


            La pérdida de la ignorancia hace de nosotros buenos especialistas. Y la humanización del egoísmo nos convierte en buenas personas. Para ser buena persona hace falta una sólida cultura general, y una buena formación humanista, y para ser buen especialista hace falta una buena cultura científica, sobre todo en nuestra especialidad. Un científico humanista es un buen experto que también es buena persona, y eso, más que erudición, es sabiduría. Hemos dicho que en la democracia aristocrática los únicos que deberían decidir sobre cuestiones científicas son los científicos. Ahora vemos que los únicos científicos que deberían tomar esas decisiones son quienes sienten empatía por los demás: de lo contrario no se dejarían llevar por la ciencia, aunque fueran científicos, sino por sus propios intereses; en eso consiste la corrupción. En la película El fugitivo vemos que una empresa farmacéutica se quiere lucrar a costa de la salud de sus clientes, porque sabe que uno de sus fármacos no es bueno para la salud (pero sí lo es para sus intereses). Los intereses corruptos llevan a prácticas corruptas y no se detienen ante la amenaza, la extorsión o el asesinato. La ignorancia se cura con el saber, el egoísmo con la empatía, y lo mismo que sentir empatía no es dejar de ser egoísta (pues el egoísmo es necesario para la vida), de la misma manera ser sabio no es dejar de ser ignorante (puesto que no es posible llegar a saberlo todo); aunque sí arrinconar a la ignorancia con las pocas cosas que alcanzamos a saber. Nuestra ignorancia debería ser aristocrática para escuchar a los sabios, y humana para que sólo hablaran las buenas personas; y para que sólo las buenas personas escucharan; y nunca hicieran caso a los sordos, a esos sordos que no son los que no oyen, sino los que no quieren oír.

            Estos son los tres principios de la democracia aristocrática: democracia, aristocracia y humanidad. Estos tres principios son tres conceptos a los que nos hemos acercado mediante el análisis, que es el espejo de la inteligencia. Te miro a ti, amigo mío, que antes de ser espejo eras un cristal, y necesito que me acerques todas estas cosas a la inteligencia, necesito hacer un zoom que vaya más lejos desarrollando estas ideas; una mirada que alcance a ver cosas todavía más pequeñas y que por eso se ven lejanas: otro día miraré; pero ahora tengo la vista cansada y debo parar; y cuando paro, tengo la satisfacción de que algunas cosas están más claras porque ahora las he estado viendo a través de un cristal. 


 

 

viernes, 9 de octubre de 2020

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

 

 

MI ÚLTIMA CLASE DE FILOSOFÍA

Era el día en que me iba a jubilar. El azar quiso que tuviera clase con dos grupos que me iban a plantear problemas, los últimos de mi vida académica (pero no de mi vida de filósofo). Uno me implicaba como persona, el otro como estudioso, y ambas cosas son caras distintas del oficio de profesor; del profesor que se implica, por un lado, enseñando y aprendiendo, y por otro, poniéndole sentimiento a la razón. Voy a explicar brevemente lo que exigieron de mí estas dos últimas clases.


PENÚLTIMA CLASE

            Voy a llamarlo Guido. Por llamarlo de algún modo. Estaba escondido en un rincón, en la última fila, pegado a la ventana. Ni él me podía ver a mí ni yo lo podía ver a él porque todos estábamos escondidos en nuestras mascarillas; obligados por la pandemia del coronavirus, que estaba asolando el planeta. Acababa de pasar lista y ahora me dirigía a él.

            -Guido, ¿podrías dejar de mirar por la ventana? Lo que pasa dentro de la clase ahora es más importante que lo que pasa fuera.

            -Métete en tus asuntos; yo miro adonde quiera.

            Hice un esfuerzo por controlarme. Precisamente habíamos hablado de él en la evaluación cero. Las evaluaciones cero son esas juntas de profesores que se reúnen al mes siguiente de empezar el curso y su objetivo no es evaluar, sino conocer a los alumnos. Allí se había dicho que Guido había estado en residencias y casas de acogida; que sus padres estaban separados y cada uno por su lado lo había maltratado a su gusto, que había tenido experiencias traumáticas que no había que desvelar por no ser indiscretos, pero que estuviéramos seguros de que la vida no lo había tratado bien. Guido tenía un rencor escondido que escupía allí por donde pasaba, y que no intentáramos enfrentarnos con él, que iba a ser peor; que con comprensión y cariño conseguiríamos algo, pero con autoridad y razones, nada. 

            Allí no había motivo para darle palmaditas en el hombro, él me acababa de ofender. Aunque tampoco era el momento de sancionar nada: no era dueño de sí mismo y cuando hablaba, las palabras no venían cargadas de razones que intentaran convencer a nadie sino de odio que tenía intención de hacer daño. A una ofensa no se le responde con cariño, sino con razones, pero comprendiendo, no castigando; de esa manera mis palabras tendrían el cariño en las razones y no en el perdón (¿cómo iba a perdonar sus ofensas, si no quería retirarlas?); y su mejor castigo iba a ser el que él mismo se diera comprendiendo la maldad de lo que había hecho; yo le enviaba cariño que se expresaba con autoridad, pues no debía mostrarme débil, y razones comprensivas que él entendería aunque no las quisiera reconocer. En la pelea de gallos que él imponía, yo sabía que vencería la razón; pero él no reconocería esa victoria sino que la disfrazaría con su propia victoria insolente, que era la victoria de las apariencias; para él era importante quedar bien delante de los demás; y así, las derrotas injustas que él había sufrido se redimirían con la injusticia que él mismo impondría a los demás disfrazándola de fuerza; ofendiendo a una persona que él sabía que no lo iba a ofender; y sabía también que, debajo del teatro que veían todos, había también otro teatro escondido; uno donde la insolencia había perdido la batalla frente a la fuerza comprensiva de la razón. Me encaré con él.

            -¿Te he gritado? –Un silencio acusador-. ¿Entonces por qué me gritas? ¿Te he faltado al respeto? –Otro silencio retador-. ¿Entonces por qué me faltas al respeto? ¿Acaso no te estoy tratando con cariño? –Nuevo silencio-. ¿Entonces por qué me fulminas con la mirada, por qué me lanzas rencor, por qué me odias, si yo no te odio? 

            Hubo un silencio que él quiso que fuera breve; en el teatro del mundo las apariencias te dan la victoria si no te quedas callado, aunque te falten razones; si dices tú la última palabra; gana siempre quien manda callar al otro.

            -Me has gritado.

            -¿Yo? ¿Te he gritado yo? ¿Yo te he gritado?

            -Sí.

            Bajé los brazos derrotado; derrotado por la sinrazón, que es la expresión más clamorosa de la derrota.

            -Me gritaste el otro día.

            Me quedé mudo. Apabullado por la estupidez de aquel chico.

            -¡Ah! –dije-. Y lo que decimos ahora está marcado por lo que dijimos ayer. –Subrayé mi ironía acusándolo con un silencio y luego proseguí-. Yo no tengo costumbre de gritar a nadie, ya ves, y a veces la culpa no la tienen los demás. ¿Tú no tienes nunca la culpa? ¿Tú no metes nunca la pata? ¿Nunca te equivocas? Yo no tengo costumbre de gritar y ahora me has ofendido, y mientras tú me ofendes yo te estoy contestando con tranquilidad: de modo que algo habrías hecho el otro día para que yo te gritara; si es que te grité.

            Él guardó silencio con la boca pero habló con la mirada; y sus ojos lanzaban chispas bíblicas como fulminantes lenguas de fuego; todos lo pudieron ver.

            -Trátame con insolencia: yo no seré insolente contigo. Fáltame al respeto que yo a ti no te faltaré, ódiame si quieres: pero no conseguirás que te odie ni que se apague ni un ápice este cariño que te tengo. Pero quiero que tengas bien clara una cosa: que todo este afecto que siento no está hecho de sensiblerías vanas sino de fuerza; una fuerza cálida y comprensiva, la fuerza de la razón; que es también, por si quieres saberlo, la fuerza de la amistad.

            Y di la cuestión por zanjada. Luego seguí con la clase hasta que sonó el timbre; y supe que, en el secreto del teatro donde no hay victorias ni derrotas falsas, las razones habían removido algunas briznas de su pecho. Entonces cogí mi cartera y me dirigí al aula siguiente. 


ÚLTIMA CLASE

            La ética nos sirve para saber estar. Pero ¿cómo sabremos cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Cómo aprenderemos dónde, cuándo y cómo tendremos que estar en él? ¿Y por qué tenemos que estar así y no de otra manera? Hay una regla muy sencilla: estar en el lugar que te corresponde es comportarse como ese lugar te pide que te comportes. Tu lugar ante un semáforo en rojo está antes, y no después, del semáforo; porque ese semáforo te ordena que te quedes parado, te lo pide desde el código de la circulación; si estuviera en verde te pediría que avanzaras, y en ámbar te diría que te fijaras en el cruce, que tuvieras cuidado, pero ahora está en rojo. Los distintos lugares por los que pasamos nos hablan, nos dicen cómo tenemos que comportarnos. Estar bien en un sitio es comportarse como ese sitio quiere que nos comportemos.

            Estar bien en un váter público es usarlo sin mancharlo. Estar bien en el fútbol es jugar sin coger la pelota con las manos. Estar bien en clase es venir dispuesto a estudiar y no a jugar con la pelota. Estar bien en casa es respetar a tu familia. Estar bien como estás es cumplir con las normas de cada sitio, y estar en paz con las normas es obedecer a la lógica de las cosas, de los lugares: hacer lo que las cosas sirven para hacer, y no utilizarlas de manera absurda; un vaso sirve para beber, no para jugar a los dados, una biblioteca sirve para leer, no para comer, un comedor sirve para comer, no para leer, y un laboratorio no sirve para jugar sino para hacer experimentos; porque si comemos en las bibliotecas, leemos en los comedores, jugamos en los laboratorios y  miramos por los vasos, veremos mal cuando miramos, nos indigestaremos leyendo, se nos mancharán los libros y nos quemaremos con ácido. Y como hay veces que nos falta tiempo para hacer las cosas, es posible que tengamos que leer mientras comemos pero eso será excepción y no la regla; las excepciones ajustan la regla a las necesidades de cada día porque las normas sirven para vivir libres, no para encadenarnos; no es la vida la que se debe plegar a las normas, sino las normas las que se pliegan a la vida; toda norma es justa si nos facilita las cosas, y por lo tanto las que lo entorpecen todo no pueden ser normas justas.

            Pero ¿cómo podremos saber si una norma es justa? Saber estar en tu sitio, saber obedecer, saber estar en el mundo es la mejor manera de ser felices. Si necesito buscar trabajo es mejor que no vaya con la camiseta del Che, porque el empresario que me lo ofrece podría sentir la tentación de no dármelo. Si quiero jugar al fútbol es mejor que no toque la pelota con la mano, porque el árbitro pararía el juego y, si no dejo de hacerlo, me acabaría expulsando y entonces ya sí que no podría jugar. Y si utilizo un microscopio para mirar el cielo es seguro que no veré ni el cielo ni los microbios, ni las estrellas ni las células, que es para lo que está hecho el microscopio. El primer criterio para usar las cosas es la lógica, que me proporciona utilidad; el segundo, cuando no sabemos qué cosas son útiles, es la empatía

            Porque toda la ética se resume en un solo principio: no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti. No ensucies el váter de la estación porque no te gustaría que quien lo hubiera usado antes que tú te lo hubiera dejado sucio. No te saltes los semáforos en rojo porque no te gustaría que tú, que vas correctamente por tu sitio, te chocaras con un coche que se ha saltado el semáforo cuando tú pasabas. Y no comas mientras lees el libro que te han prestado porque a ti no te gustaría que otros comieran mientras leen el libro que tú les prestaste; y te lo mancharan.

            Ésa es la empatía: ponerte en lugar de los demás para sentir como sienten ellos, para pensar como ellos piensan. Kant lo llamaba imperativo categórico. Pero hay más. El imperativo categórico te dice qué cosas debes hacer. La asertividad te dice cómo debes hacerlas. Debes hacer las cosas (no te digo cuáles) las que a ti te gustaría que te hicieran. Y cuando te piden otras que no están bien debes rechazarlas sin enfadarte. Si insultas a quien te ofrece un cigarro que atenta contra tu salud, estás abusando de él, por insultarlo; le estás diciendo las cosas de mala manera; y si aceptas, estás dejando que abusen de ti porque, por no atreverte a decir que no, permites que los demás te obliguen a hacer cosas que tú no deberías nunca hacer por ellos; lo que tienes que hacer es aprender a decir que no sin ofender a nadie, pero sin dejar tampoco que nadie te ofenda.

            La agresividad le quita paz a la vida, la sumisión le quita libertad, y la única forma de vivir libre y en paz es siendo al mismo tiempo amable y firme: eso es ser asertivo. El imperativo categórico te dice cómo debes hacer las cosas; la asertividad, cómo debes renunciar a hacerlas; recházalas siempre pensando en los demás cuando piensas en ti y no hagas a los demás lo que a ti no te gustaría que te hicieran; y, sabiéndolo, no te hagas a ti lo que sabes que no les gustaría a los demás que les hicieras. Una balanza es un dispositivo que mide un peso con ayuda de otro peso (al que llamamos contrapeso). La balanza de la ética es el saber estar, que tiene la empatía (o dicho de otro modo, el imperativo categórico) como peso y la asertividad como contrapeso; esa conducta que nunca es agresiva, pero tampoco sumisa. Veámoslo ahora con un ejemplo: la persona a la que le gusta sufrir, el masoquista.

            Entre un masoquista y alguien que no lo es hay también un punto de coincidencia: y es que los dos quieren que les hagan cosas que a los dos les gustan, aunque no sea de la misma forma; aunque uno sienta placer sufriendo y otro lo sienta evitando el sufrimiento.  

El masoquista no debe hacer sufrir a los demás so pretexto de que eso es lo que a él le gusta; tiene que dar gusto a los demás con lo que les gusta a ellos, no con lo que le gusta a él. No hacer a nadie lo que a uno no le gustaría que le hicieran significa que si a ti te gusta sufrir, pero a los otros no, no tienes por qué darles ese sufrimiento: debes darles el gusto por el placer que ambos compartís, él sin sufrir y tú sufriendo; es un placer que conseguís ambos por distintos medios; que a mí me guste sufrir no significa que yo te tenga que hacer sufrir a ti, porque a lo mejor a ti no te gusta. Lo que hay que buscar en los demás es la necesidad de estar bien y no los medios con los que cada uno se procura ese bienestar. 

            Ahora bien: no sólo hay que saber estar, sino que también hay que aprender a ser uno mismo: sin intentar adulterarse, como se adultera la mantequilla cuando pasa el tiempo y se pone rancia. ¿Sabéis por qué se pone rancia? Porque no la hemos puesto en su sitio, que es el frigorífico. Saber estar en nuestro lugar es la mejor manera de saber ser lo que cada uno es, sin adulterarse. Quien sabe que vale para la pintura, su sitio es el taller, y quien vale para la música, su sitio es el conservatorio. Hay que aceptarse como se es y no rechazarse a sí mismo, eso es el respeto. O dicho de otro modo: no basta con saber estar, también hay que saber ser en la vida.

 Si yo soy bajo de estatura sería un iluso que pretendiera ser alto, porque tengo la obligación de aceptar lo que la naturaleza me ha dado. Mírate en el espejo: ése eres tú. Acéptalo. Hazte amigo de ése que ves ahí porque él será siempre tu mejor amigo. Acepta a ese ser que tienes dentro, búscalo, encuéntralo y quiérelo mucho, porque él es quien más te va a querer en la vida. No quieras cambiarlo: cualquiera que pongas en su lugar valdrá menos que tú, siempre estará adulterado. Y tú eres quien más vale para ti, que no te quepa duda. Podrás llevar la vida de otro pero nunca la llevarás como si fuera la tuya; podrás fijarte en los demás para mejorar, podrás imitarlos para sacar lo mejor que tienes dentro, los utilizarás a ellos de modelo, pero nunca podrás cambiarte por ellos; puede que quieras ser como Beethoven porque quieres superarte como se superó él, pero sólo te superarás haciendo tus propias cosas, no las que hizo Beethoven.

Así que ya lo sabes: vive tu propia vida y no vivas nunca la de los demás; para ser tú mismo tendrás que mirarte en los demás como en un espejo, sí, y en ese espejo habrá imágenes que seguramente te ayudarán, pero no olvides que esas imágenes no son tuyas aunque te parezcas a ellas; puedes estar en ellas pero tú eres más que una imagen, tú eres tu modelo; mejorarás imitando las virtudes ajenas pero imítalas solamente para que te ayuden a ser tú mismo. Porque si quieres cambiarte por ellos acabarás adulterándote, como la mantequilla, y tu vida se volverá rancia, y no serás auténtico. 

            No me sorprendió que me dieran un aplauso cariñoso a modo de despedida. Me sorprendió, sin embargo, que la persona que más aplaudía fuera la que siempre me había rechazado, o eso era lo que yo creía: siempre seria conmigo, severa, distante, desafiante y hasta agresiva, así la recordaba yo hacía años. Ahora resultaba que, como ella, quienes más se enfrentan a nosotros tal vez sean, a la larga, quienes más se empapan con nuestras palabras; esas palabras severas, inexorables, duras, terriblemente sinceras, y siempre cargadas de cariño que son, en definitiva, las palabras donde se esconde el secreto de la ética.