Mostrando entradas con la etiqueta casa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta casa. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de octubre de 2021

 

 

 

HISTORIAS, FÁBULAS Y MORALEJAS

 


1.

 

            Cuenta la leyenda que un hombre rico segó los campos y tuvo un montón de trigo. Vino otro pidiendo limosna y el avaro se la negó. Entonces el pobre dijo: “ojalá que ese montón de trigo se te convierta en montón de paja”; y así sucedió. La avaricia rompió la ilusión del rico pero también se rompió a sí misma, porque cuando quiere más de lo que puede, inevitablemente, la avaricia rompe el saco.

 

2.

 

            Decía Platón que si nos llenamos la barriga el cuerpo nos pesará, y con su peso acabará atrapando al espíritu, y el espíritu, encarcelado dentro del cuerpo, ya no podrá pensar en salir. Que el mucho comer no va de la mano del mucho pensar. El pensamiento necesita que a nuestra alma le salgan alas y sólo con un vientre ligero puede el alma pensar en volar.

 

3.

 

            Viridiana repartió entre los pobres lo que tenía. Los pobres, acostumbrados a comer sin arar, destrozaron su hacienda.

También los campesinos pobres, si pudieran disponer de las vacas, se las comerían; y no pensarían en el mañana cuando ya no les quedaran vacas por comer.

 

4.

 

            La cigarra se pasaba el día cantando. La hormiga se lo pasaba trabajando. Es de suponer que la cigarra, para poder comer, trabajaría también un poco; y podemos suponer que la hormiga, con tanto trabajar, algo comería también; pero el exceso de trabajo le quitaba tiempo para cantar.

A veces necesitamos ahorrar como las hormigas, pero no tanto como para que, preocupados por el mañana, nos privemos ahora de vivir. El canto es una flor que no crece sin savia y la savia es materia y su espíritu es el canto; el espíritu se divierte cantando pero necesita trabajar para comer: no para que el trabajo le quite las ganas de cantar.

 

5.

 

            Vale más ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho: lo dijo Stuart Mill. Los placeres de la carne sólo valen si no entierran a los del espíritu, o de lo contrario la prosperidad del cuerpo será la ruina de los placeres del alma; y en el alma tengo la marca más importante de lo que soy.

 

6.

 

            Que el placer de comer un plato no te quite nunca el de disfrutar de un cuadro.

 

7.

 

            Las macetas son el decorado de las paredes. La música, las artes plásticas, la danza, el cuento y la poesía son los decorados de la vida. Si no hay ladrillos no hay paredes y si no hay carne el espíritu ya no puede crecer.

Pero si las paredes son muy altas las macetas estarán demasiado lejos y no podríamos verlas; y si el vientre está muy lleno la cabeza se vaciará demasiado; entonces ya no la podría preñar el corazón.

 

8.

 

            Chopin tuvo una casa en la que vivía con George Sand. En ella compuso cosas hermosas y en ella también se inspiró George Sand para componer. Muertos de hambre no habrían podido componer, aunque sí con una vida precaria; con una casa lujosa también; porque el espíritu sólo vuela con la pasión que tiene dentro y no con la posesión de las riquezas del mundo; se alimenta, sí, de las cosas del cielo, pero a esas cosas sólo se llega cuando se impulsa con un trampolín desde la tierra donde está.

 

9.

 

            También Edward Grieg tenía una casa hermosa. En ella, confortablemente, compuso al amor del fuego rodeado de bellísimos paisajes. Pero no componía porque tuviera casa sino porque su casa tenía vida; y también porque había vida en la casa que tenía en el corazón. Allí se calentaba el espíritu, allí se acurrucó para soñar.

La pasión se embellece con el calor del espíritu y el espíritu sólo se enciende donde hay amor de hogar; con los amores dulces; en el confort de la casa que nos despierta las ganas de pensar.

 

10.

 

            También sin casas acogedoras se puede componer, pero sólo si el calor de la inspiración nos arrulla por dentro. Cervantes, Quevedo, Berlioz, Beethoven, Mozart compusieron bellísimas creaciones desde la privación y la necesidad, pero no eran plácidas como las otras sino dolorosas; melancólicas, arrebatadas y tristes, envueltas en lágrimas o a punto de llorar.

 


 

viernes, 25 de diciembre de 2020

NAVIDAD

 

 

NAVIDAD

 

Actúa de tal manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica sobre la tierra.

                                                                                  Han Jonas. 


            Una navidad es un nacimiento. El músico nato toca y canta como si no hubiera necesitado estudiar música, como si hubiera sido músico desde que nació: natividad; nace, más que un músico, la esencia de la música, toca como si antes de nacer tuviera ya la música dentro, como si fuera la propia música la que nace porque siempre ha estado ahí aunque nunca la hayamos oído: el día de navidad no nace un niño, nace la humanidad.

            Nace lo que tenía que nacer. No es un hombre y una mujer que se han amado y tienen un niño sino el amor que engendra a un niño y para traerlo al mundo hacen falta un hombre y una mujer. Nace la esencia, lo que uno no tiene más remedio que ser, lo que está destinado a nacer y por eso lo llamamos naturaleza, la gente lo llama sobrenatural. Ese niño que ha nacido es la naturaleza misma, el sueño que soñamos porque existía antes de soñarlo y con nuestro sueño lo hemos traído a la realidad; es una naturaleza expectante y por eso, a falta de otra palabra, nosotros lo llamaremos dios. Pero no es una divinidad que está en el otro mundo sino la bondad que late en el fondo de éste, una bondad destinada a realizarse, la semilla que no era árbol y estaba en sus frutos, el árbol que dio sus frutos y era fruto antes de ser árbol, por eso ha nacido lo que tenía que nacer.

            Unos hablan del mesías prometido. Cuando la humanidad fue expulsada del paraíso había que redimirla, desde que el ángel extendía el brazo con su espada de fuego señalando una alambrada de espinas, el campo inhóspito donde nos refugiábamos cuando éramos Adán y Eva, nos mandaron derechos a un campo de refugiados, llegamos a un lugar donde estábamos de paso, donde no haríamos nuestra verdadera casa sino que iríamos de casa en casa en tiendas, chozas, barracones y cuevas buscando un lugar que nos acogiese, vigilados por gentes que no querían que nos quedáramos, vivir fuera del paraíso era vivir fuera de nosotros; y buscábamos la semilla que habíamos perdido, la aventura de encontrar nuestra propia naturaleza hasta que la encontramos en un niño: un niño que nacía en un pesebre, en un lugar pobre y miserable expulsado también del paraíso, refugiándose donde podía, perseguido por el mundo cuando el mundo, por mano de Herodes, se empeñó en matar a los inocentes, a todos cuantos nacían castigados ya antes de nacer; condenados sólo por ser niños, destinados a la muerte por haber tenido el atrevimiento de venir al mundo. Sus padres dejaron su casa y se marcharon a Egipto y allí, donde no tenían a nadie que los conociese, tampoco había soldados que los quisieran perseguir.

            La navidad es lo mismo que la huida a Egipto. Nace un niño que es la esencia de la humanidad y la humanidad vuelve a la esencia de sí misma, vuelve a la naturaleza de la que fue expulsada, aquella naturaleza primigenia, aquel paraíso, aquel ser feliz que había sido en los orígenes; donde estuvo su casa desde el primer momento y a la que había querido volver desde que fue expulsado; desde que se convirtió en peregrino transitando por campos de refugiados, siempre de paso y siempre buscando sitios de acogida, sin conocer ya lo que era una casa sino sólo barracones y cuevas y chozas que no eran su hogar. El niño nació en un pesebre rodeado de animales; lleno de paja y alimentado de orines, oliendo a cuadra y entre ovejas con pulgas, estiércol mojado de los bueyes y vacas, sin más lugar que una cuna sin sábanas, apenas mullida con paja, la cuna del portal de belén. 

            Nació porque tenía que nacer. Promesa que nació del paraíso perdido, la tierra prometida que robaron, la huida de quienes vivían en ella, un destino marcado en la frente, el destino de nacer; oráculo que fue anunciado antes que su madre, su propia naturaleza era nacer en el destino del que había sido expulsada la humanidad: entonces ya no seríamos peregrinos del mundo, no viviríamos de prestado y llegaríamos por fin a casa, a Ítaca, a Sefarad, ya no estaríamos perdidos en el mal que se nos había metido dentro; volveríamos a ser buenos, volveríamos a ser lo que siempre fuimos, recobraríamos la inocencia que habíamos perdido, volveríamos a nuestra casa; a nuestra existencia feliz, al candor de una vida de anhelos, a la capacidad de vernos y mirarnos, allí, en el horizonte donde está la aventura, volveríamos a reconciliarnos con la posibilidad de soñar: seríamos capaces de ilusionarnos de nuevo y el mundo haría posibles nuestros sueños, dejaríamos de ser ilusos para acurrucarnos en brazos de la ilusión.

            Por eso ese nacimiento es una noche buena. Por eso en el cielo nació una estrella, la estrella que llevaba hasta Belén. Los reyes magos. Que no iban a adorar al niño sino a reencontrarse, a reconciliarse con el paraíso, a ser lo que siempre fueron pero se les había olvidado, a buscar la bondad y la inocencia, a repoblar esa vida cándida que tuvimos antes de vivir: a lo que habíamos sido antes. Podemos decorarlo con belenes, con árboles, pueden ser los reyes o puede ser papá Noel, San Nicolás o Santa Claus, con un trineo en la nieve paseando con los renos, surcando el cielo y dejando una estela, como si fuera nieve o como si fuera, en su haz de luz helada, una estrella en su rastro: polvo de invierno dejando huella, aviones a reacción, la cola de un cometa desde esa barba helada, en esa capucha roja de bordes blancos y piel tersa, dulce, suave, mullida y adorable como el fuego que nos alienta en el hogar.

            Al pie del árbol dejaremos los regalos. Dejaremos zapatos en la ventana, los reyes pondrán paquetes en ellos y les pondremos un vaso de leche, porque estarán cansados y vendrán con sed. Celebraremos también el día de los inocentes. Colgaremos muñecos recortados con periódicos, los pegaremos a la ropa de la gente, nos reiremos mientras bailan en sus espaldas, animados por el movimiento de sus pasos, nos pasaremos el día gastando bromas. La televisión dirá en Francia que el gobierno abrió Versalles para dar cobijo a los parados, y en España dirá que en el tren había aparecido un trineo; en Nueva York, que detrás de los rascacielos han visto a Poe y a Whitman y a Lorca y que hay un gorila enorme en lo alto del Empire State; en Rusia dirán que han visto un oso vestido de rojo y vete a saber en otros sitios lo que dirán. 

            Las risas, las bromas, la nieve, el turrón, iremos de casa en casa y pediremos el aguinaldo; tocaremos la carraca y la pandereta, la zambomba, cantaremos villancicos, nos pondremos la bufanda mientras se prepara el pavo aunque yo, como no tenía pavo, comía pollo y estaba más rico, la navidad de entonces tenía otro sabor. ¡Ay, qué días felices en que no existía papá Noel! A mí, papá Noel me gustaba pero entonces no había costumbres como las de ahora, ni conocíamos las costumbres francesas ni centroeuropeas ni anglosajonas, tan solo conocíamos a papá Noel; pero no existía papá Noel sin los reyes, no teníamos árboles sino nacimientos, como también celebrábamos los santos y no celebrábamos halloween. Debo reconocer que ahora ponemos árboles y me gusta el abeto, siempre me ha parecido un árbol soñador: con sus ramas majestuosas cuajadas de nieve, agujas en vez de hojas, brazos abiertos como caídos al suelo, y su cabeza de punta clavada en el cielo donde brillan, como rachas heladas, las estelas del trineo donde está viajando papá Noel.

            ¡Qué bonita es la navidad! Nacimiento de una humanidad renovada, reencuentro con la naturaleza, la luz del fuego chisporroteando en la chimenea, un poco de turrón que se deshace en las manos, un villancico y un portal de belén. Un villancico… A lo lejos suenan aires de navidad. Las luces, como alegrías cuajadas, adornan las calles extendiéndose de parte a parte, ya no hace frío como hacía antes, nos gustaría, quién sabe, que el cambio climático no nos desbordara, que no se llenaran las calles de humo, que no se deshicieran los polos ni se elevaran los mares, que no perdiéramos de nuevo la humanidad recobrada… Me gustaría, ¡ay!, que fuéramos responsables, me acuerdo mucho de Hans Jonas; que otra vez usáramos la inocencia, que entre villancicos la estamos recobrando para que el mundo, cuajado de navidades, siga siendo un mundo sin deterioros: en eso consiste tener un feliz y próspero año nuevo. Si fuéramos los que fuimos antes de vivir en este mundo ya no volveríamos a perderlo: y haríamos un paraíso, cuidaríamos su naturaleza que es la nuestra, allí, entre belenes, turrones, almendras y piñones, y zambombas y panderetas y sidra y cava y también, cómo no, con un poquito de champán: nos encontraríamos con el hogar que habíamos perdido, el que estaba llamándonos desde un árbol, una estrella de belén; y desde las figuras del nacimiento, ovejas, pastores, burras y bueyes, estaría ese mundo que habíamos buscado entre los mares donde perdimos las llaves de nuestra casa, y que se llamaba América o Ítaca o, quién sabe, acaso se llamaba simplemente Sefarad. 



 

 

viernes, 1 de noviembre de 2019

LA MADRE





LA MADRE


            El hogar, la lumbre. El hogar es la lumbre que nos calienta. Allí donde hay un fuego que crepita, donde cuelga la marmita sostenida por un gancho, bajo las luces fantasmagóricas en las noches de invierno, allí está nuestro hogar. El pecho es una casa y en uno de sus rincones hay una hoguera dulce, acogedora y cálida: es el corazón; el corazón, lumbre que convierte las casas en hogares. Una casa con un hogar que la llena en uno de sus rincones es el lugar donde vive el cuerpo. Y una casa con una madre que la llena en todos sus rincones es el lugar donde vive el alma. Como los fuegos que se apagan muchas veces por la falta de leña, así también, por falta de fuerzas, se apaga la luz de la madre. Y del padre. Y de los abuelos. Y de las abuelas. Ese día tendremos que aprender a vivir convirtiéndonos en madres; convirtiéndonos en padres; y es entonces, como en una carrera de relevos, cuando se enciende la llama que habrá de alumbrar a los demás, estando nosotros en el centro.
            Dicen que el pecado original se transmite gratuitamente de padres a hijos: habría que verlo. Lo que sí me creo es que de padres a hijos se transmite, como de antorcha en antorcha, el calor de la llama; y la llama olímpica no se apagará jamás aunque se encienda en otros pebeteros. Madre no hay más que una y es la misma que transmite el calor en todas las casas a través de todas las madres. Y cuando esa madre falta, resulta que nosotros sin querer, sin apenas darnos cuenta, nos estamos convirtiendo también en madres. El fuego no se apaga nunca, el calor no morirá jamás, y el rincón del pecho que el corazón habita crepitará con dulzura, y es entonces el corazón de todas las madres. Las madres velan por sus hijos, ¿pero quién vela por ellas cuando les toca el turno de perder a sus madres?
            Dar el calor a los demás, qué bonito; calor de las entrañas, calor entrañable. Pero qué triste es quedarse sin madre. Nos vienen a la mente los recuerdos de infancia cuando el sol derramaba su luz y la convertía en color entre las hojas de la parra; cuando jugábamos alegres por el campo y volvíamos a casa y la madre esperaba con el bocadillo en la mano, si era por  la tarde; o esperaba con la cena si era por la noche; y luego, un poco mayores ya (pero todavía niños), alzábamos el botijo o el porrón o apretábamos la bota y bebíamos el agua fresca y transparente y el vino cálido, refulgente y rojo. Los perros que ladran en el campo. Por el cielo, extendiéndose en las bodas, el piar de los pájaros. Los cantos del suelo con los que tropezábamos y nos hacíamos sangre en las rodillas. El sudor de los niños que corrían, despreocupados, mientras se oían las novelas de la tarde. Chiquillos correteando después de la siesta. O en un balcón, el rayo, en días de tormenta, empapándonos del agua que nos alimenta mientras nos cala en la ropa; y luego, cuando escampa, salimos otra vez para pisotear la hierba y salpicar los charcos. Siempre volvíamos, más sucios que limpios, y siempre estaba en la casa esperándonos la madre. O la madre de la madre, porque el padre, y el padre del padre y todos los padres de todas las madres, siempre estaban fuera ganando el pan con la frente, sudando y trabajando; aunque también trabajaban las madres que sudaban. Pero dentro, dentro de casa, allí donde nosotros íbamos, estaba siempre la abuela; la madre; y nos daban pan con chorizo o pan con chocolate. Y su presencia cálida le daba a la casa un fulgor que lo hacía todo diferente. Entre caliente y cálido. Cálido para el corazón, caliente para el pecho; que tiritaba siempre cuando se juntaba el frío con la lluvia y se helaban todas las superficies de todos los charcos.      
Y hoy la madre se acaba de morir. El corazón se ha quedado solo, solo con nuestra infancia aunque ahora, rodeados de niños, también estemos nosotros muy bien acompañados. Pero ahora corretean ellos, no nosotros. En algún lugar se quedó el viento, el agua de la lluvia, los trotes de los niños, el salpicar de los charcos, las palizas que nos dábamos. Todo eso estaba en la madre, la madre que era nuestro recuerdo, hoy ya triste y arrugado, y la madre éramos nosotros de niños, eran nuestros juegos, era nuestra infancia; ahora se ha muerto y ha muerto con ella, también, ese pedazo de nosotros; por eso nos sentimos, aunque siga habiendo niños y hogar y calor y pisar de charcos y trotar en la hierba y murmullo de gritos en el campo, nos sentimos solos porque se ha ido, con la infancia, el guardián del reino donde fuimos príncipes hace muchos años; se ha ido la reina y ahora nos quedamos huérfanos aunque seamos príncipes: la madre.
A mi amiga Agustina, en quien crepita sereno, en el momento de la partida, el corazón marchito de una madre.
  


viernes, 20 de septiembre de 2019

LA FALSA ALTERNATIVA





LA FALSA ALTERNATIVA   


             Existe una tendencia general a proteger a los de casa. La casa, al contrario de lo que decía Aristóteles, no es sólo el lugar donde se satisfacen las necesidades cotidianas, también es el lugar creado por el amor por encima de todas las cosas; uno puede querer al vecino pero el amor a los hijos está por encima de toda medida; y la economía familiar nutre, por encima de toda crítica, las necesidades y aspiraciones de los hijos. Es un instinto que nos atenaza a todos como una fuerza poderosa. Pocas cosas son tan sólidas como el amor de una madre y un padre por su hijo o por su hija; esa atracción está fuera de toda duda, es superior a cualquier otra fuerza, es imbatible e incuestionable. Yo puedo querer al vecino, incluso quererlo mucho, pero emplearé mi dinero en darle estudios a mi hijo, no al del vecino.
            Que se lo pague él. Sí, así serían las cosas si viviéramos en la ley de la selva; donde cada cual se saca las pulgas como puede, donde quien quiere peces se tiene que mojar el culo, y donde el pez gordo se come al chico. Si sólo comiera quien arrima el ascua a su sardina viviríamos en un mundo de sálvese quien pueda; y si el más listo prosperara a costa del más tonto la pobreza sería una doble injusticia: de la naturaleza, porque la fluidez mental se desarrollaría creando riqueza (y la pobreza sería el patrimonio de los más lentos); y de la sociedad, porque los hijos de los primeros ricos (es decir de los primeros listos) nacerían con las oportunidades que la naturaleza reserva a los listos aunque ellos no lo fueran; aunque no fueran, según la naturaleza, tan ricos como sus padres. La sociedad se rige, así, contra la naturaleza: la riqueza de aptitudes, que es una oportunidad natural, crea oportunidades para quienes no tienen riqueza en las aptitudes. Para decirlo con otras palabras: si la inteligencia crea riqueza, la riqueza no crea inteligencia; lo que la naturaleza no da Salamanca no lo presta.
            En la ley de la selva la naturaleza ha dotado a unas especies para atacar, a otras para defenderse; el éxito de  los individuos depende, en cada caso, de la suerte. Pero en la ley de la codicia, propia de la especie humana, la naturaleza ha dotado a unos individuos para mandar, a otros para obedecer, y lo que llamamos mando es un combinado de inteligencia, fuerza de voluntad y altura de miras; los pensamientos de altura no sostienen siempre aspiraciones de altura; ni viceversa; y suele haber espíritus nobles con pensamientos estrechos y pensamientos hondos en espíritus mezquinos, aunque también hay, y muchas veces, espíritus nobles con pensamientos vastos y agudos. La suerte hace que la genialidad noble, que se habría hecho rica en el principio de los tiempos, la fortuna la haga pobre en los momentos de la historia en que le ha tocado vivir; y que la riqueza sea de los espíritus nobles pero limitados y de los hondos y mezquinos: porque la riqueza no se gana con la excelencia, sino que se hereda con la cuna: y no precisamente por naturaleza. La gente limitada (sea por falta de capacidad o de nobleza) tendría que obedecer a la gente genial y noble, que debería tener el mando; pero a veces quienes mandan no saben mandar y quienes deben obedecer no quieren; y no mandan quienes deben mientras que obedecen quienes no debieran; cuando esas cosas suceden (creía Ortega y Gasset) vivimos épocas de crisis: ahora precisamente vivimos en una de ellas; donde los gobiernos no tienen altura de miras; y donde mandan los mediocres, y los mediocres apartados del mando se arriman a ellos para mandar.


            La ley de la selva, donde el fuerte se come el chico, convive con la ley del egoísmo, donde la jerarquía se decide por categorías y no por lógicas ni capacidades; el león macho es el primero que come, mientras que la leona es quien ha traído la caza; y en las sociedades humanas una masa de mujeres laboriosas alimenta a una caterva de zánganos que son sus maridos. La categoría marca el lugar en la jerarquía, no las capacidades; Mary Anning, muy capacitada para la paleontología, no pudo enseñar en la universidad porque era mujer.
            La naturaleza, pues, se rige por dos leyes complementarias: la de la selva (que también podemos llamar ley de la función), que distribuye funciones entre las especies y compensa con el número a aquellas cuyos individuos están destinados a perecer; y la del mando, que distribuye derechos entre las categorías, no entre las capacidades; las capacidades individuales sirven para conquistar el mando (por ejemplo, cuando dos machos luchan por el control de la manada); pero cuando uno se convierte en macho alfa y tiene categoría para estar en lo alto, es decir para tener más derechos que nadie (que más que derechos son privilegios), no tiene que volver a luchar para que se les reconozcan otra vez. Cuando el macho alfa es retado por otro macho joven que le quiere arrebatar el poder, le conviene conservar su capacidad para desarrollar las funciones que necesita la manada; porque si se demuestra, en el combate, que la categoría la tiene un incapaz, entonces será expulsado inmediatamente, por el otro macho, del lugar privilegiado que ocupaba en la jerarquía; y sin que sirva de estereotipo, la película Bambi nos muestra que el ciervo que manda en la manada es aquel que es capaz de infundir seguridad en todos en situaciones de peligro.
            Pero, además de la función y el mando, las sociedades humanas están regidas por un tercer tipo de leyes: las de la justicia. La justicia consiste en asegurar para todos el mismo respeto básico, independientemente de funciones y categorías, como sustrato de igualdad sobre el cual podrán crecer las diferencias individuales, atribuidas al mérito y no a la casualidad ni a la fuerza; y puedo aceptar la autoridad del gobernante cuando el gobernante acepta que tiene los mismos derechos que yo; como en una maceta, la igualdad humana (es decir la dignidad) es la tierra fértil y abonada en la que crece la planta del mérito, que funda a su vez, en su tronco, en sus raíces, en sus ramas, en sus flores y en sus hojas, las categorías jerárquicas que le van a permitir crecer; si corto el tronco, la planta se quedará sin raíz: y morirá; por lo tanto está claro que las raíces son una de las partes más importantes de la planta. Si la sociedad es una construcción jerárquica que puede funcionar si falta un albañil pero no puede si falta un ministro, está claro que el ministro importa más que el albañil; pero si faltan todos los albañiles también está claro que la sociedad no funciona, e importan más que el ministro. En esta jerarquía hacen falta dos cosas: que se reconozca la dignidad de la persona (tanto de los albañiles como de los ministros) por encima de la dignidad del cargo (pues un albañil vale más por ser persona que un ministro por ser ministro: porque los ministros, como los albañiles, son intercambiables mientras que las personas no); y que, a la hora de calibrar la importancia, no se confunda lo necesario con lo suficiente: sin campesinos, los señores feudales no son nada, pero basta con que haya señores para que haya campesinos; sin raíces no crece el árbol, pero si no hay hojas, por más raíces que tenga, la existencia es imposible; todas las partes del árbol son necesarias pero, dada la existencia de las más básicas, las más altas son suficientes; por muchas raíces que haya no hay árbol si no hay hojas que hagan la fotosíntesis; y por mucho azúcar y agua que tenga una pera, para ser pera no basta con azúcar y agua: hace falta algo más.


            ¿Qué es una familia? Un grupo humano que, en tanto que naturaleza o grupo, tiene funciones y jerarquía, y en tanto que humano, dignidad. Los padres tienen funciones que desarrollar en el cuidado y crecimiento de los hijos; la historia ha ido modificando las categorías, de modo que la figura del pater familias ha quedado obsoleta y ahora los esposos ejercen un liderazgo compartido; y los hijos tienen, como los padres, la misma dignidad que los hace iguales en derechos aunque no lo sean en las responsabilidades del cargo; el mandato de honrar a padre y madre debe entenderse desde el mandato de respetar la dignidad de los hijos, y no violar en ningún momento sus derechos. El instinto paternal, como el instinto maternal, es un amor incondicional hacia los hijos que nos hace temblar de emoción; ese instinto también lo tienen los animales, especialmente los mamíferos (quizá los reptiles, gusanos y madréporas no lo tengan).
            Pues bien, la función de los padres es cuidar y hacer crecer a los hijos. Cuidar es alimentar, proteger, amar y dar calor, y abonar la tierra fértil para que crezcan en ella. Desarrollar es dejarlos crecer en esa tierra y que en ellos vayan aflorando sus cualidades, sin cortar las que no nos gustan ni querer imponerles las nuestras. Y queremos que nuestros hijos tengan, de mayores, una categoría, pero debemos querer también que desde esa atalaya no pisoteen los derechos de los demás: es decir que crezcan como personas dignas. Todas las familias emplean su dinero en cuidar a los hijos procurándoles las máximas comodidades; en desarrollarlos imponiéndoles los retos necesarios para que afloren sus talentos (todos queremos que estudien antes de ponerse a trabajar); y en colocarlos, para que el día de mañana tengan un empleo, satisfactorio y decente, con el que ganarse el sustento; y queremos, en la base de todo, que nadie se  ría, que nadie los engañe, que nadie abuse de ellos.
            Cuidar, desarrollar, colocar, respetar a los hijos, que sean respetuosos y que todo el mundo los respete: eso es lo que queremos para nuestros hijos; y para eso queremos nuestro dinero. Pero hay padres que cuidan, desarrollan y colocan su dinero más que a sus hijos, como si, por obsesión, quisieran más a su dinero (la muerte de un hijo a veces les recuerda, amargamente, que no es así: le pasó a la familia Agnelli). Otros padres los cuidan tanto que se niegan a dejar que se desarrollen, acaparándolos siempre para que no se vayan de su lado (“ay, hijos, ¿por qué creceréis?”). Otros los cuidan y desarrollan buscando lo que creen mejor para ellos y haciéndolos perfectos con los mejores estudios, los mejores oficios y las mejores notas, sin pensar que tal vez ellos no aspiran a lo mismo; y, como Pigmalión, quieren que sus hijos sean como ellos o que sean lo que ellos nunca llegaron a ser. Y otros, en fin, se molestan en enseñarles sus derechos, en que sean respetuosos y buenos, en que desarrollen su libertad, olvidándose de que para desarrollarse como personas deben desarrollar, también, sus capacidades y talentos, no sólo sus derechos y su dignidad.
            Supongamos que hay un vecino cuyo hijo tiene más talento que el nuestro: ¿sería justo que le quitáramos dinero al nuestro para financiar los estudios del vecino? Sería bueno ayudarlos a los dos, pero si nuestro dinero no da para tanto ¿quién podría reprocharnos que echáramos el resto sólo por nuestro hijo, independientemente de sus capacidades, por dignidad, por deber y, sobre todo, por amor? Seguramente nadie. Nadie puede reprocharles a un padre y a una madre que desarrollen todo lo que puedan el talento, pequeño o grande, que tenga su hijo; quizá tenga otro tipo de talento que no sea sólo meramente intelectual, pero nos hemos acostumbrado a pensar que quien no vale para estudiar no vale para nada: y tal vez valga para mucho aunque o no sea ese tipo de estudios; ésos que consisten en  hincar los codos sobre la mesa, enfangados en los libros durante horas.


            Para ocuparse de los jóvenes con talento, cuando no pueden hacerlo sus padres, está la sociedad. Están las becas, las residencias para estudiantes, las dietas para el transporte, está todo eso. La búsqueda de la perfección es la excelencia. Cada joven debe buscar el grado de excelencia que le compete en su desarrollo. El estado español debe proteger, financiar y velar por el desarrollo de los niños españoles. Ya de por sí es una injusticia que los nacidos fuera de España no tengan esas mismas oportunidades (para eso debieran crearse las oportunas instancias internacionales); pero si, encima, nos fragmentamos, la situación puede volverse esperpéntica; si, dentro de España, cada territorio quiere ser independiente de los demás, gestionar sus dineros sin compartir nada con los otros y que, por ejemplo, los catalanes se desentiendan de los andaluces, estaremos creando una sociedad insolidaria. Porque, puestos a ser independientes, ¿no podría ocurrir que un día Barcelona se desconectara de Cataluña? ¿Y que su ciudad se separara luego de su campo? ¿Dónde pararíamos? Si, en lugar de sentirnos fuertes cuando nos sentimos unidos, nos empeñamos en separarnos, ¿hasta dónde nos llevará el proceso? Aparte de que uno se separa de otro cuando el otro no lo ayuda en su cuidado, en su desarrollo, en su subsistencia o en su dignidad: nada de eso ha descuidado España con respecto a Cataluña; entonces ¿qué sentido tiene separarse? ¿Para debilitar al otro? ¿Para poner odio donde antes hubo amor? ¿Para faltarle al respeto y vilipendiarlo? ¿Qué es el derecho de autodeterminación? ¿Derecho a poner fronteras cuando nos apetece? ¿O derecho a liberarse frente a la opresión? En este caso, si una comunidad no oprime a la otra, ¿para qué separarse de ella? ¿Sería lógico que dos esposos se separasen solamente porque quieren ser libres? ¿No se puede ser libre viviendo juntos, en solidaridad?
            Lo mismo les pasó años atrás a los de la ETA. Que había un conflicto vasco, cuando el único conflicto era el que habían creado ellos. Y, lo mismo que es criminal separar por la fuerza lo que está unido, también es criminal unir por la fuerza lo que está separado. Crear en España un Estado islámico. Unirlo por las armas al califato de Siria como lo estuvo antes Al Ándalus al califato de Bagdad. La historia ha dado muchas vueltas y ahora esos pueblos tienen pocas cosas en común: ¿cómo crear afinidades políticas donde sólo hay afinidades culturales? Y no todas, algunas: que además del mundo árabe hay muchos mundos que han dejado profundas huellas en España; Europa, con la que compartimos (y no la compartimos con ellos) la cultura de los derechos humanos.
            Este empeño en invadir, en separarse. Separarse de un territorio para unirse por la fuerza (eso sí, llevando nosotros la batuta) a un territorio que no quiere unirse a nosotros; el País Vasco siempre ha querido anexionarse Navarra; y lo que llaman Euskadi Norte, que es el País Vasco francés. Cataluña reivindica, obligando a Baleares y Valencia, la construcción de los países catalanes; pero lo que tiene principio no tiene fin, y un día querrán la Provenza francesa y, por qué no, Cerdeña y Sicilia y tal vez Nápoles también: puestos a pedir… Si para estas anexiones hacen falta algunas guerras, que las haya. ¿Qué nos dejará este chovinismo de la paz que disfrutábamos antes con España?
            Pero es que el espíritu separatista no termina ahí. En Madrid, que es el centralismo por antonomasia, también lo hay. Cuando un alumno de Segovia quiere estudiar en un instituto de Madrid, siendo buen estudiante, se encontrará con que el peor estudiante de Madrid tiene 9 puntos más que él, siendo él el mejor de Segovia; y quedará de los últimos de la lista porque, frente al privilegio de ser madrileño, pesará poco el mérito del expediente académico. ¿Resultado? Que se premiará la procedencia de los alumnos, no su excelencia. Y una educación que premia a las personas por su origen está condenada a perder calidad, ya que uno no ha elegido dónde nace pero sí cuánto estudia; aquí se está premiando el mérito de nacer frente al mérito de estudiar, ya que a los estudiantes se les valora por dónde nacen, no por lo que hacen.
            Protegemos a los de casa frente a los de fuera y al hacerlo descuidamos nuestro futuro, nos condenamos a la mediocridad; porque acabaremos dando los mejores cargos a los peores, o por lo menos correremos ese riesgo. A no ser que corrijamos esa anomalía compensándola por otro lado.


            Proteccionismo. El proteccionismo lo conocemos bien en economía. Si yo fabrico buenos zapatos y los que tú fabricas son peores que los míos, está claro que la gente me los comprará a mí; pero si cuando yo te los venda tú me cobras impuestos para que mis zapatos se vendan en tu país más caros que los tuyos, que son peores, está claro que no fomentas la excelencia, sino la mediocridad. Lo que deberías hacer es animar a tus fabricantes a hacer zapatos iguales o mejores que los míos, no a desanimar a tus compradores de que compren zapatos buenos porque yo, que soy extranjero, soy mejor que tú; te crees que proteges la prosperidad de tus productores y quizá de momento sea así, pero estás debilitando, a la larga, la calidad de los productos que compras; te acostumbrarás a vivir peor pudiendo vivir mejor; esto es limitar la altura de tus aspiraciones, reducirte a la pobreza en vez de aspirar a ir mejorando, que es lo que debería buscar todo pueblo con verdaderas ambiciones.
            Hace veinte años me gustaba viajar en familia y recorríamos España alojándonos en albergues de juventud. Cuando te hacías el carnet de alberguista te daban un mapa con todos los albergues de España; un día compré un libro con todos los que había en Europa, y hasta pude hacerme con otro que contenía todos los albergues del mundo. Hoy, como vivo en Segovia, me dan un mapa sólo de Castilla y León; si quiero ir a Galicia tengo que buscar los mapas en la Xunta de Galicia, si quiero ir a Benicassim tendré que pedirlo en la generalitat valenciana y si quiero ir a Sevilla, Huelva o Granada, tendré que preguntar en la Junta de Andalucía, si me quieren atender; con nuestras ansias de independencia hemos pasado de tener toda la información en un solo sitio a recorrer muchos sitios para recoger poca información. Vaya por dios: progresamos.
            Esto me recuerda que en la Baja Edad Media se desarrolló la burguesía, como economía de las ciudades, en los talleres, en los oficios, en los comercios. Cuando un comerciante iba de feria en feria tenía que pagar peaje en cada ciudad, en cada sitio usar distintas monedas, distintas unidades de medida, y eso, qué duda cabe, hacía que su trabajo fuese muy difícil; hasta que las monarquías se centralizaron y se empezó a pagar un solo impuesto, y a usar en todas partes las mismas monedas y las mismas unidades de medida; en España primero fue la monarquía autoritaria, en Francia fue después la monarquía absoluta. La cuestión de los abusos se quiso resolver con la revolución francesa, pero Francia no dejó de ser, con la revolución, un país centralizado; nada nos asegura que dando autodeterminación a todas las regiones el país hubiera ganado en prosperidad y en futuro.
            Hace no tantos años, entre 2002 y 2010, los padres se manifestaban furibundamente contra el gobierno; el motivo de su cólera era que sus hijos, en lugar de ser enviados a estudiar a un instituto que distaba 300 metros de su escuela, iban a serlo a otro que estaba a 600 metros; y en los pueblos no querían que los enviaran a la cabecera de comarca dos años antes de lo que correspondía, a pesar de que el gobierno garantizaba la gratuidad del transporte escolar. Yo me acordaba de la Edad Media: donde un estudiante podía ir a París, Oxford, Montpellier o Salamanca y, fuera donde fuera, en todas partes se entendía en latín; el espíritu de la universidad era eso: un espíritu universal; hoy queremos que nos hagan universidades en nuestro país, y más que en nuestro país en nuestra región, y si puede ser en nuestra provincia, mejor, y ya puestos a pedir, que las hagan en nuestra ciudad: todo para que el niño no se nos vaya de casa, que hoy los obligan a estudiar en inglés. Claro, luego viene la Unión Europea y abre fronteras, establece el inglés (el latín de nuestros días) como lengua vehicular, nos mete en el plan Bolonia, establece las becas Erasmus, y nos asusta; y ahora queremos que se acabe Europa, que cada uno se vaya con los de casa y ahí se apañen los que vienen de fuera. Nacionalismo. Proteccionismo. Provincianismo. Miedo a lo desconocido. Vuelta al hogar. Nos refugiamos en nuestra historia y si no nos gusta nos inventamos otra. Nos ponemos senyera y barretina. Y nos olvidamos de que la bandera de España fue, en un principio, una réplica de la bandera de Cataluña.
            Nadie ignora que nos han engañado con el plan Bolonia. Que antes la licenciatura con grado nos salía gratis y ahora el master que necesitamos nos cuesta un huevo. Pero tenemos un espacio europeo de educación superior y en él desaparecen los problemas que teníamos antes para convalidar los estudios: la solución no está en derribar el espacio, sino en democratizar el master. Y en la educación secundaria proliferan los estudios bilingües, los bachilleratos mixtos, la apertura al mundo. Abrirse, claro está, supone problemas, pero la solución no es cerrarse. Entre abrirse a Europa a través de España y encerrarse en Cataluña no debería haber dudas; siempre que para salir al mundo no hubiera que renunciar a la sardana, a la barretina, a la senyera y a la Sagrada Familia; lo malo es renunciar a Beethoven por una sardana. España, decía Ortega, es el problema y Europa es la solución, o lo que es lo mismo: si quien puede lo más puede lo menos ¿quién sería tan tonto para quedarse con menos?
            Y viva Cataluña. Con la mirada puesta en horizontes lejanos, que no hay que mirar tan lejos para encontrar a España; algunos parece que no saben español pero se expresan muy bien en inglés, y ya se sabe: que para ignorar al de al lado no hay como poner de pantalla al que nos mira de lejos.






viernes, 5 de enero de 2018

EL DESCUBRIMIENTO DE LOS REYES MAGOS


EL DESCUBRIMIENTO DE LOS REYES MAGOS
  

            A Fernando se le veían los ojillos tristes. Corría y reía con su prima, pero de vez en cuando podían sorprenderle con la mirada perdida. Era sólo un suspiro; en seguida, sin dejar que se le notase el abatimiento, volvía a correr. Sus gritos, unidos a los gritos de la niña, eran un guirigay que retumbaba por la casa. Acababan de ver la cabalgata de reyes. Los pajes habían arrojado caramelos y la gente, apretujada en las aceras, se desvivía por cogerlos. Entre Iñigo y él recogieron unos cuantos. También Doris, ayudada por Ingrid y Juan, había recogido caramelos.
            Tenía nueve años. Aquella navidad fue para el niño el final de la inocencia. Cuando se fueron a acostar, en nochebuena, Ignacio y Alicia no tenían los juguetes en el árbol de navidad. Y eran las doce. A Fernando no se le escapó ese detalle. Alicia se encerró en su dormitorio después de decirle a Ignacio que entretuviese al niño, y allí se estuvo, haciendo los paquetes. Fernando, que era mosca, se escapaba a la habitación contigua pero Ignacio, agarrándolo del brazo, tenía que decirle:
            -¡Ven, Fernandito, tienes que ayudarme!
            -¿A qué?
            -A coger unos vasos para llevarlos al comedor.
            Fernando se los cogía, pero en seguida se escapaba otra vez. Entonces Ignacio, agarrándolo por la cintura, le volvía a decir:
            -¡Que me tienes que ayudar a recoger el pan!
            Fernandito lo hacía. Nueva escapada. Ahora Ignacio lo agarraba de los hombros:
            -Ven conmigo, que quiero darte un besito.
            Y los dos se fundían en un largo abrazo mejilla con mejilla. Pero ya a su padre no se le ocurría nada más que decir y el niño se le escapaba a la habitación de la madre, que veía cerrada a cal y canto y eso le olía a chamusquina. En una de esas abrió la puerta y se topó con ella, rodeada de papeles. Evidentemente, eran papeles de regalo. Fernando se hizo al tonto y preguntaba una y otra vez, lo preguntaba todo. Alicia intentaba disimular.
            -Estoy recogiendo las bolsas de la compra, y se me ha hecho un lío todo aquí, con estos papeles.
            Fernando se dejó engañar. En seguida vino su padre para disimular la evidencia.
            -¡Oye, vente conmigo, ayúdame a recoger los platos! ¡No piensas más que en escaparte!
  

            Y así estuvo tonteando con él, en un juego que ya no engañaba a nadie, hasta que a una señal de Alicia salieron ambos del comedor. Se lo llevó a la habitación del chico para preguntarle cuál de sus libros le gustaba más. Una pregunta absurda. No absurda en sí, sino absurda en ese momento, cuando la mente estaba ocupada en otra cosa. Ignacio vio que Alicia había terminado la faena y ya pudo desentenderse del niño. Evidentemente, Fernando se le escapó.
            Cuando fue al comedor encontró a Fernando dubitativo. No había sido la gran ilusión que se supone que despierta papá Noel, ni se oyó ningún grito de alegría. Fernando estaba serio y comentó con una severidad apabullante.
            -Cuando yo he venido aquí no había paquetes en el árbol.
            Ignacio se quedó mudo. Tuvo que hablar Alicia, porque a él no se le ocurría nada. Alicia dijo que papá Noel aprovecha los momentos en que estamos descuidados, y allí había venido en ese preciso instante. Fernando seguía escéptico. Por fin cogió un paquete, sin ninguna convicción, y mostró el papel amarillo que tenía pegado con papel celo.
            -Ésta es la letra de mamá.
            Alicia lo había hecho todo precipitadamente. También había escrito aquella nota a toda prisa; evidentemente, era su letra. Ante aquel cúmulo de evidencias Alicia se desarmó y tiró la toalla. Se agachó para mirar a su hijo, lo agarró de los brazos y, mirándolo de hito en hito, le confesó un secreto a voces.
            -Fernando, papá Noel son los padres. Son ellos los que compran los juguetes. Los padres los ponen en el árbol, mientras duermen los niños, y al día siguiente les dicen que papá Noel ha venido por la ventana.
            Fernando la miraba con ojos incrédulos. Ni se creía que existiera papá Noel, ni se resignaba que no existiera. De sus ojos nacía una mirada perpleja, mezcla de fantasía y resignación, entre inocencia nostálgica y desengañado escepticismo. Aquel niño vivía en aquellos momentos un drama. Un drama que él mismo había prolongado, porque ya en el colegio comentaba con los amigos el protagonismo navideño que tenían los padres. Lo sabía, hacía un año que Fernando lo sabía todo. Pero  se entregaba al juego de medias tintas entre creerlo y no creerlo, saberlo y fingir que no lo sabía, soñar y abrir los brazos a la madurez desnuda que llamaba a su puerta.
            Eso había sido en navidad. Para reyes iba ya con la conciencia desengañada. Eso le daba una desilusión que lo ponía triste, sabedor de que ya no podía jugar a aquel juego: y eso le inquietaba. Su corazón sentía como un peso y, curiosamente, era porque no pesaba: aquello era el peso del vacío; supo que el vacío podía oprimir como oprime una piedra cuando aprieta; y así supo que, más de lo que oprime la presencia de las cosas, nos puede oprimir su ausencia.
            En aquel momento despertó. Sentía la vida como un hermoso sueño del que había despertado. Ahora conocía la verdad, había salido del engaño; pero era más bonito creer en una ilusión que vivir desengañado. Su corazón sentía nostalgia sin saber aún lo delicado que era el hilo del que pende la ilusión. En eso se convertiría ahora su vida: en un denodado esfuerzo por vivir las ilusiones sin ser iluso. Cuando era niño eso no ocurría. Cuando era niño las ilusiones no eran el engaño. Eran la realidad.
  

            La realidad se había colado por la puerta y le había dado un puñetazo en las narices. Como los cuatro acordes de Beethoven, lo había congelado la llamada del destino. Su destino era ahora vivir en libertad; o sea, vencer al destino. De repente se había hecho mayor. Fernando no entendía estas cosas, pero sentía la pena que se le metía por dentro. Por eso, sin querer, a veces sus ojos se volvían tristes. Y él no quería mostrar su abatimiento, disimulaba como un hombre mayor y correteaba y gritaba mientras jugaba con su prima. La procesión iba por dentro. Fuera estaba la cabalgata. Pero él ya no estaba en el mundo de las cabalgatas. Había sido arrojado al mundo de las procesiones. Había sido expulsado del paraíso. El arcángel miraba severo mientras levantaba su espada de fuego.
            Sin embargo él no había hecho nada. Adán había cometido el pecado original, pero a él le expulsaron sin cometer pecado. Su único pecado era haber crecido. Nuestro destino es crecer. Cuando crecemos, como los cuatro acordes de Beethoven, el destino viene y llama a la puerta. Llega la libertad. Con la libertad llega la expulsión del paraíso, el choque con la realidad, las ilusiones perdidas.
            Ignacio se agachó para mirar a Fernando. Le puso una mano en el hombro, le acarició con la otra su mejilla infantil y le dijo:
            -Fernando, ¿tú quieres que vayamos a ver a los reyes?
            Fernando decía que no con la cabeza.
            -¿No quieres que hagamos cola para llegar hasta ellos? ¿Quieres hablar con ellos? Yo voy contigo.
            Fernando movía negativamente la cabeza, sin mirarle. Otras veces miraba al suelo. Estaba serio. Fernando aceptaba las cosas con resignación, y se negaba a volver a ser niño: lo que se va, no vuelve; la infancia que vivimos con toda naturalidad, cuando dejamos de ser niños, se vuelve quimera; y Fernando no quería vivir en una quimera. En aquella resignación decidida se labraba dolorosamente una grandeza estoica.
            Así era Fernando. Con un corazón a prueba de bombas. Con una voluntad de hierro. A Ignacio, que se le caía el alma, se le puso el corazón en un puño. Le volvió a ofrecer que hicieran cola para ver a los reyes. Y Fernando, más valiente que él, volvió a negar con la cabeza. Mirando al suelo. Serio como un adulto, triste como un niño. Se fueron a cenar. Los juegos de su hermano le ayudaron a salir de la desilusión. Volvió a encontrar la sonrisa. Si la libertad era el destierro, con el tiempo descubriría nuevas tierras donde luchar. Tierra que él mismo conquistaría: con su esfuerzo. Tierras donde echar raíces, plantar su vida, plantando en ella la semilla de la libertad.


*

            Una libertad sin casa es desolación. Abandono. Para vivir libre hace falta una casa. Los liberales que sólo quieren ser libres no saben lo que dicen. Tienen la fortaleza de luchar en el desierto, pero ignoran que no todos son como ellos. Mucha gente es incapaz de ser libre si no siente dentro la fuerza del hogar. Unos pueden disfrutar de la soledad, y otros pueden disfrutar de la casa. No son dos caminos distintos, uno bueno y otro malo. Son dos naturalezas. Dos formas de nacer al mundo. Y ambas tienen que buscar la conciliación de los dos caminos. Nada más.
            La libertad es un motor que necesita gasolina. Unos la tienen dentro. Otros fuera: la fuerza que necesitan la encuentran en el hogar. Ni los unos son valientes ni los otros son cobardes por ello. Es que unos y otros están hechos así. Haber nacido fuerte no es ningún mérito para nadie. Y haber nacido débil tampoco es pecado. El pecado es, para los unos, desperdiciar su fuerza; para los otros, no buscarla siquiera. Unos, despreciando a los otros, incurren en el pecado de soberbia; los otros, despreciando a los primeros, caen en el vicio de la envidia: que no tiene que ver nada con la humildad.

*

            Fernando se acostó muy tarde: mucho después de la una y algo antes de las dos. A las once se levantaba, sigilosamente, para observar el árbol de navidad y comprobar que estaba lleno de paquetes; entonces se tranquilizó y volvió a su cama sin hacer ruido. Sus temores habían sido infundados. A pesar de que no existían los reyes, el árbol seguía llenándose de regalos. Sintió crecer en él la confianza en sus padres.
            Mientras dormitaba, en su mente infantil sentía, acaso aún sin comprenderlo, que se estaba haciendo independiente. Se había liberado de las viejas creencias que le tenían atado a las ilusiones sin base. En su lugar, estaba empezando a creer en otras ilusiones firmemente afianzadas en la realidad. Sentía que las ilusiones reposaban ahora sobre la razón, y que la confianza debía basarse en los hechos, no en las palabras: lo sentía, si bien no lo comprendía aún. Sus padres no le fallaban. Como no le fallarían todas las personas –extraños, amigos, familiares- que estuviesen dispuestos a sostener con los hechos la fuerza de sus palabras.
            Liberado de la fe ciega, el niño se hacía mayor. Ahora descansaba sobre una fe racional. Su rostro dulce dormía con una placidez angelical. Desde la noche anterior, había dudado. La noche de reyes había sido velar las armas como don Quijote en la venta, iluso porque todavía la confundía con un castillo. Pero él, que había dejado de creer en castillos y en reyes magos, había temido que el choque con la realidad significara la pérdida de las ilusiones. Por eso había estado triste. Por eso, entre las carreras y los gritos de su prima, su mirada se perdía en el vacío.


            Ahora se había convencido de que la realidad no es enemiga de la ilusión. Durmió plácidamente hasta que, a las doce, se despertó. Llamó a sus padres y fue a despertar a su hermano. Y ellos se sorprendieron de la frialdad con que abrió los paquetes. Ni un átomo tembló en su cuerpo. Ni el más leve estremecimiento. Pero más tarde, cuando estaban los paquetes abiertos y empezaron a leer las instrucciones, su ánimo se encendía más y más y se llenó de alegría. Entonces su hermano suspiró. Entonces sus padres se sintieron aliviados. La ilusión, que había salido por la puerta, entraba de nuevo por la ventana.
            Por la ventana entran en casa los reyes magos. Se dirigen a los zapatos y en ellos depositan sus juguetes. O bien buscan el árbol de navidad para dejar sus paquetes en él. Aquella noche no habían dejado su tazón de leche. No se la habían bebido los reyes (que venían cansados de trabajar) ni le habían dejado tampoco una nota de agradecimiento. Aquel año también habían llegado los regalos. Sin tazones. Y sin reyes
            Ignacio, que sentía rebosar su cuerpo de una ternura indescriptible, apachurraba a Fernandito y le colmaba de besos. Fernando lo sentía y se dejaba querer. Las muestras de cariño le hicieron acurrucarse contra él y le buscaba todo el día porque en él encontraba protección y alegría. Con él se sentía seguro, y le colmaba la caricia de su mano en la mejilla, las palmaditas que le daba en la espalda, el brazo que reposaba sobre sus hombros. Había perdido a los reyes, pero había ganado a sus padres. La fe en el futuro se había convertido en la nueva ilusión de su vida. La creencia de que tras de las cosas grises había cosas bellas se había convertido en esperanza. Y era la esperanza lo que le hacía vivir. La fe, la esperanza, la voluntad enamorada. Aunque aún no lo sabía, ya sentía que el amor era un esfuerzo que acompañaba siempre al sentimiento. Siempre que lo admitiera, se abriría para él el país de las maravillas. El mundo sería la tierra prometida. Sólo su corazón tendría la llave del secreto. No los reyes. El corazón, liberado de la credulidad y reforzado por la confianza, y la confianza que crece sobre los cimientos del pensamiento; que tira las ilusiones vanas con los martillazos de la crítica y levanta, en su lugar, las ilusiones sabias con la fortaleza de los sueños.