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viernes, 20 de noviembre de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (4). DE LA JUBILACIÓN

  

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

4. De la jubilación.

            Todo tiene su fin. Lo tiene la primavera, el verano, lo tiene el día y la noche, la escuela, la comida, lo tiene la jornada de trabajo, todo empieza y termina todo y aquí termina nuestra vida laboral; las lluvias, las guerras, no hay nada que, por largo que parezca, nunca tenga un final. La euforia ya no dura y tampoco los sufrimientos; nada es eterno y los días están contados y por duros que sean los males, por grandes que sean las risas y por fuertes que sean los tiempos, las cosas buenas son efímeras al igual que las malas: todo está destinado a desaparecer.

            Pero todo lo que termina empieza de nuevo. A la primavera le sigue el verano y al invierno la primavera otra vez; después del día viene la noche, tras la tempestad viene la calma, cuando termina el trabajo nos jubilamos y la vida es jubilosa porque de nuevo  empieza a trabajar. Pocas cosas hay tan gozosas como la libertad del jubilado; pues no ve las horas de ponerse a hacer lo que siempre quiso y nunca tuvo tiempo de hacer. En el principio era la acción.

            Es el mito del eterno retorno: todo vuelve y todo empieza, tras de la noche viene el día y tras el día la noche otra vez. Pero hay retornos que no se repiten, que permiten que nazca lo que nunca tuvo tiempo de nacer. Jubilarse: libertad de lo que siempre has querido, fuerza para que tus sueños se hagan realidad, tiempo: todo tiene su fin y se ha acabado el trabajo esclavo: ya va siendo hora de que empiece el trabajo de verdad.

 


 

 

 

viernes, 24 de julio de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (1) DEL ERROR





LA VENTANA DE CRISTAL  
  

            Eso eres tú, amigo mío, un trozo de cristal; pero no sé si eres espejo o ventana. A veces te miro y me veo, otras veces en ti veo el mundo exterior. Converso contigo porque eres mi otro yo, mi sombra, tú tienes reflejos de lo que soy, qué digo reflejos, ¡si las sombras no tienen luz!: eres un reflejo opaco y entonces me devuelves mi silueta y las siluetas no tienen nada, sólo contornos: porque dentro de ellas no hay más que oscuridad; lo que hay dentro lo adivino y si no puedo me aguanto y entonces me pongo a buscar. Mi vida es una búsqueda continua en el misterio permanente de mi sombra.
            Mi sombra se proyecta en la pared pero delante de ti tú eres yo si eres opaco y, si no, tendrás que ser el mundo; mi mundo; el otro trozo de realidad; por eso hablo contigo, tú, que eres un trozo de cristal y a veces, como un espejo, me muestras lo que tengo dentro y otras veces, al mirarte, ya puedo ver lo que hay al otro lado, el mundo que hay más allá; lo que hay más allá de esa sombra, lo que hay enfrente de mí, el mundo que me rodea, el que me envuelve, el que arroja luces para desvelarse, el que me desvela también.
            Por eso quiero hablarte, amigo mío, porque me ayudas a verme en mi circunstancia y no sé cuándo eres circunstancia y cuándo soy yo; como enigma me hablas con la verdad, pero no sé si la verdad está cerca o lejos, y si eres, misterioso y sublime, tal vez reflejo o transparencia, espejo o ventana, descubrimiento de lo que soy y de lo que hay, de lo que fui y lo que seré; soy dentro de ti lo que tú mismo eres puesto que me descubres a mí mismo, yo, que no me sé entender; sereno, callado, amigo sin condiciones y  cariñoso, fiel como un perro, tal vez ventana o tal vez espejo; pero sé que en el cuerpo roto de mi alma, seas espejo o seas ventana, no eres, a fin de cuentas, más que un cristal.
  

1. Del error

            Hoy te miro y en ti veo al mundo que me rodea. Quiero que seas la bola de una pitonisa, el cristal del tiempo, que me digas con certeza qué es lo que va a pasar; porque lo que pasa yo ya lo veo, quiero ver el futuro en tu cristal.
            En lo que hubo hay una vacuna, lo que hay es una pandemia y el error o el acierto están en lo que viene. Un coronavirus ha invadido el mundo. Nadie sabe cómo ha sido, su naturaleza es opaca para los ojos del científico y el científico, andando a ciegas, tiene que encontrar un tratamiento sin apenas tiempo para investigar: le pedimos encima que acierte porque si se equivoca lo llamaremos inútil, ignorante, inepto, carcamal. ¿Qué es un médico? Alguien que llama resfriado a lo que tú tienes pero si no se te pasa, te dice que a lo mejor no era resfriado, habrá sido otra cosa: para descubrirlo primero tiene que buscar. Busca en los análisis, encuentra un diagnóstico y luego te cura, eso es lo que hace el médico: primero, busca; luego, descubre; por último, cura; pero si, empujado por las prisas, se ve condenarlo a curar antes de encontrar y a encontrar antes de buscar, entonces le estarán pidiendo cosas que no se pueden hacer juntas; que no se puede hacer la que hay delante si no has hecho antes la que hay detrás, y si te equivocas es porque no vales pa ná.
            Como los médicos, los políticos del coronavirus actúan a ciegas. La oposición debería ayudar criticando pero aturde en realidad para que nunca salga nada; es como en esos partidos de baloncesto donde, para evitar que el contrario haga canasta, le silba y abuchea el público local. Tal es la táctica: desconcentrar para que no haya acierto. También los hinchas de fútbol se plantaron una noche delante del hotel del equipo visitante: su intención era impedir, a gritos, que durmieran; que la falta de sueño los aturdiera y los cansara y que al día siguiente perdieran el partido; y que encajaran goles y estuvieran tan espesos que no tuvieran el acierto de marcar.
            Cuando la oposición no critica al gobierno para ayudarle sino para estorbar; cuando la crítica es abucheo que desconcentra, cuando el fallo de quien anda a ciegas se convierte en muchos fallos más; y cuando multiplicamos las posibilidades de error para derribar al gobierno arriesgándonos a que empeoren las cosas: entonces es que la crítica no sirve para corregir, sino para frenar; y debería ayudar a hacer las cosas, no a insultar. En tiempo de crisis es bueno remar todos en la misma dirección. Si por lograr que caiga el gobierno se nos cae el país, mala faena; es como cuando le disparamos al enemigo y mueren también amigos que no tenían que haber muerto. Llamar inútil a quien se equivoca es como culpar al médico de que la medicina no sea ciencia exacta; a veces el paciente (impaciente más bien: la impaciencia es una característica de la ignorancia) le echa al médico la culpa de estar enfermo, como si curar sin que el enfermo sane es como si el médico tuviera la culpa de haber fracasado; porque la medicina es una ciencia y no puede fallar, como las matemáticas (o como el papa), y confundir el error con la ignorancia es castigar al reo antes de juzgarlo, llamar inutilidad al error. Lo propio de la naturaleza humana es equivocarse. Quien no se equivoca, decía Aristóteles, sólo puede ser una bestia o un dios y evidentemente los políticos no son dioses: sean éstos del gobierno o de la oposición.
            El drama de los médicos del coronavirus es que tienen que trabajar contra reloj, curar a los enfermos sin saber lo que les pasa, probar fármacos por instinto por si funcionan; su tragedia es verlos morir sin poder evitarlo, darles la mano y transmitirles cariño, encomendarse, si llegara el caso, al protomédico celestial. Curan sin medios para curar, se aíslan sin medios para aislarse y por eso se contagian; sin mascarillas, sin escafandras, sin barreras que les defiendan, los médicos enferman; algunos mueren.
            Por eso les aplaudimos todas las tardes en señal de agradecimiento: luego los aplausos fueron de cacerolada. Importa menos querer a los médicos que insultar al adversario porque el gobierno no puede equivocarse (y sin embargo, falla). ¿Nadie tiene derecho a errar? Y el error ¿siempre ha de ser patrimonio de los inútiles? La ignorancia (dicen) no está en el acierto, sino en el error: pero el verdadero científico ¿no es aquel que reconoce su ignorancia? ¿No es la ciencia un pequeño acierto en un mar de errores cuando tropezar es caminar? Caminamos, a veces, por las piedras, también a veces por la oscuridad, y avanzar sin ver suele ser lo mismo que no poder adelantarse uno al dolor. En lugar de unir separan, en lugar de sumar dividen, se arriesgan a que se hunda el barco porque quienes manejan los remos tiran cada uno por su lado. En tiempo de crisis lo menos que puede pedirse es que rememos todos en la misma dirección.
  



viernes, 16 de noviembre de 2018

PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN: LOS ESPEJOS



PENSAMIENTOS SOBRE LA EDUCACIÓN:
LOS ESPEJOS

 
             Hay una ventana abierta al mundo. Por ella vemos lo que hay fuera pero a veces, también, nos vemos mirar; hay ventanas que son espejos y ventanas que son cristal.

El alumno es, para el maestro, un mundo al que se asoma y al mirar por la ventana el profesor mira al alumno y entonces… ¿qué ve?  


1.

            El cristal muestra lo que hay delante pero el espejo muestra a quienes ven.

            Cuando el profesor mira al alumno también se ve a sí mismo porque el alumno es un espejo y un cristal; mientras hace mejor al alumno también consigue que él mismo mejore como profesor.


2.

            Los programas educativos son cristales, muchas veces de aumento, que sirven, como microscopios, para que el alumno vea lo que le falta por saber; son, pues, fieles retratos del alumno, fieles negativos: buenas pinturas de lo que el alumno debe llegar a ser; de ninguna manera espejos que sirven para brillar.
Las cosas brillan cuando no dejan ver a través de ellas, y una educación que brilla, si brilla demasiado, está escondiéndose a sí misma. ¿Qué es la educación entonces? El colegio convertido en escaparate, los maestros desfilando en una pasarela, los niños transformados en espectáculo, el público aplaudiendo la representación.
Los programas son gafas para que el maestro vea y no parches que le quitan la vista.

 Los escaparates, al exhibirse, ocultan detrás de sus cristales las miserias de la mercancía; se exhiben, sin exhibirla, olvidando que es la mercancía lo que tienen que exhibir.


3.

            Bellarmino le dijo a Galileo: no hay que mirar la luna con el telescopio sino con los libros de Aristóteles. Un espejo, no un cristal, era el artefacto en que miraba: para no ver la realidad sino sus pensamientos; o los de Aristóteles (que no son peores por ser de Aristóteles, sino por ser ajenos). La ceguera crece cuando se mira con otras gafas, porque uno puede tener presbicia y las gafas que se pone acaso hayan sido hechas para la miopía. 

            Nuestras ideas son gafas. Nuestras emociones son gafas. Nuestros deseos son gafas. Gafas con las que miramos cuando no queremos ver lo que las cosas son, sino lo que nuestras ideas, nuestras emociones y nuestros deseos quieren ver.


 4.

            La realidad hay que verla con cristales dobles: que por un lado miran nuestros pensamientos y por otro las cosas que hay en el exterior. Dos caras tienen nuestras gafas, la de dentro y la de fuera. Dos caras hacen falta para ver.


5.

            La sociedad y la escuela son dos espejos que se miran; la escuela, al reflejar a la sociedad, se refleja a sí misma; se muestra como aparece, no tal y como es. En esa imagen la escuela brilla quitándoles la luz a los discípulos, que son los que la necesitan; la escuela, así, es un verdadero parásito; se alimenta de los hambrientos a los que tiene que alimentar.


6.

            Como los cristales de colores de las catedrales, la luz brilla en la escuela que ha sido creada para enseñar. Es la pintura que tiene fuera lo que brilla, no las luces negras de su interior. Los alumnos, que tenían que brillar con ellos, son luces apagadas en sus colores; por eso no los podemos ver.

            Los vitrales que brillan no llenan el suelo de colores; brillan porque no se proyectan fuera, porque se tragan el color. Así también la escuela que se exhibe se guarda para ella los colores: y tiene a los discípulos sumidos en la oscuridad.

            No es que esté prohibido que la escuela brille, pero nunca a costa de los alumnos que buscan su luz. Que el brillo de la escuela no tenga a los alumnos sumidos en la oscuridad.

7.

            Las escuelas no son cristales sino espejos: siempre reflejan lo que tienen fuera. Son edificios cerrados, estancias oscuras, cuerpos negros; son, en toda su extensión, recintos herméticos. Siempre quieren esconder el mundo, reducirlo a la última batalla, olvidar la vida, esconder la guerra. ¡Pobre del alumno que sufre y pena! Que sólo quedará en los anales la última nota, el último examen, el último esfuerzo. Si tropieza (porque el fracaso es sólo un tropiezo), la escuela se encargará de que su caída sea definitiva. De que no pueda levantarse. Limitará su reconocimiento a un simple aprobado en los exámenes de septiembre, aunque haya sacado un sobresaliente: porque lo persigue el estigma de haber suspendido antes (como si aprobar a la primera no fuera lo mismo que aprobar después). Todo es amputar cabezas, cortar alas, ahogar alientos; bajar el ánimo, poner zancadillas, empobrecer el éxito. Cuando fracase, no le darán espejos donde mirar su derrota para corregirse después. Le negarán el derecho a trabajar con sus exámenes. No tendrá unas gafas para aprender de sus errores, que es la única forma de no repetirlos: la única forma de aprender. 
            Ésa es la escuela que se exhibe en lugar de educar.
  


AL OTRO LADO DEL ESPEJO

8.

            La autoridad del profesor tiene tres caras: el saber, el querer y el amar. Ninguna de ellas vale sin las otras; hay que amar, querer y saber.
            Son como las tres dimensiones del espacio: las tres dimensiones de la educación.

            Saber para conocer el mundo; y para conocernos. Querer para hacer las cosas, tener dentro un motor y que no nos empujen otros, sino que empujemos nosotros mismos: la voluntad. Y amar: vibrar; la voluntad es fuerza y el amor delicadeza, el amor es temblor sublime de lo que la voluntad tensa, el amor es sensibilidad y la voluntad movimiento, y las dos caras del éxtasis son precisamente esas dos: el ensueño y el frenesí; las dos caras del corazón.
            Sabes lo que aprendes y sólo lo aprendes si te atrae: si te enamora, si te subyuga, si te arrastra; sólo lo sabes si lo amas y sólo si lo amas lo quieres aprender. Querer es un esfuerzo de la voluntad que, como un tren del alma, avanza por los carriles de la pasión: querer es un verbo cuyas dos caras son amor y esfuerzo, arrastrar y sentirse arrastrado, pues hace falta sentirse arrastrado por los cantos de sirena para querer sacrificarse por su canción: donde no hay magia no puede haber voluntad; o es disciplina, o es motivación.


9.

            Hacía de Robin Hood y sólo era Juan sin tierra.
            Estaba haciendo política. Sólo le faltaba el partido.

            Quieren hacerse los buenos y son malos; pavonearse sin plumas, presumir sin tener, andar por el mundo robando mientras se finge generosidad.


10.

            Te limitas a ordenar los factores externos, porque el organizador interno está en ti. Tú no lo notas porque lo sientes: pero quien no lo tiene añora siempre su ausencia.
           
A algunos el comentario de texto les sale sin esfuerzo; no se dan cuenta de lo difícil que es para quien no tiene esa facilidad.
Si el habla te sale sola no entenderás que algunos no tengan la facultad de hablar.
Si tienes el ritmo en la sangre no entenderás que haya gente que no sepa bailar.
Si el cálculo te sale solo no entenderás que a algunos les cueste calcular.
Es como el pájaro que vuela sin esfuerzo: no entiende cómo al elefante le resulta tan difícil volar. Es como el pez que nada sin esforzarse: no entenderá que al pájaro le resulte difícil nadar. Es, en fin, como el guepardo que corre a la velocidad del rayo; no entiende cómo a la tortuga le resulta difícil correr.

Quien tiene habilidades naturales no concibe que haya gente que no haga lo que él es capaz de hacer.

            Porque las cosas que salen solas nunca cuestan esfuerzo. No notamos las dificultades de estar erguido y andar, pero el chimpancé, que no puede hacerlo, se pasará la vida intentándolo y no lo logrará.


11.

            Tener razón, pero esto sólo no basta; hace falta también que venza la razón, que venza la justicia.


12.

            Se aprende repitiendo y sólo se repite lo que gusta; os enseñarán a la fuerza.

            Os enseñarán a la fuerza si no hacéis un esfuerzo por que os guste lo que necesitáis aprender.




CLAMOR MACHADIANO

13.

            Quien no entiende ni llora desprecia cuanto ignora.
            Quien entiende sin sentir, para él vivir es despreciar.


14.

            En unas ocasiones no se ha escrito lo que se ha hablado y en otras no se ha hecho lo que se ha escrito. La palabra, entonces, no sirve para expresar: sino para esconder.