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viernes, 19 de junio de 2020

CIENCIA Y CREATIVIDAD



CIENCIA Y CREATIVIDAD


            El método hipotético-racional empieza con la observación de fenómenos: por ejemplo, cuando yo veo que los perros, los gatos, las nutrias y los ratones tienen pelo, dedos, esqueleto, mamas y dientes. Me llama la atención que todos tienen pelo. Mi pregunta es: ¿qué tipo de animales tienen pelo? Viene aquí una tanda de ejemplos y contraejemplos; en ella voy examinando las distintas características que se me ocurren.
            El esqueleto. Los animales que tienen huesos tienen pelo. Pero los lagartos también tienen huesos y no tienen pelo: esta hipótesis no me vale.
            Los dedos. Los animales con dedos en las extremidades tienen pelo. Pero los pájaros tienen patas con dedos y sin embargo no tienen pelo: esta hipótesis tampoco me vale.
            Las mamas. Los mamíferos tienen pelo. Ahora sí: todos los animales con pelo que he observado (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen en común el ser mamíferos.
            Ahora tengo que hacer la pregunta al revés: ¿todos los animales que tienen pelo son mamíferos? Busco entre los animales con pelo hasta dar con alguno que no sea mamífero: las moscas.
            De modo que todos los mamíferos tienen pelo, aunque no todos los animales que tengan pelo son mamíferos. Me voy a quedar con los mamíferos: ése es el fenómeno que voy a estudiar.
            Recapitulemos. Lo que hemos hecho se puede condensar en los siguientes pasos:
            Primero: hemos observado que algunos animales que forman parte de nuestra experiencia (perros, gatos, nutrias y ratones) tienen pelo.
            Segundo: hemos hecho una lista de características que comparten esos animales; todos ellos tienen dedos, esqueleto, mamas y dientes.
            Tercero: hemos asociado una a una estas características con el pelo en la piel y hemos descartado estas asociaciones por medio de contraejemplos.
            Cuarto: cuando hemos encontrado alguna asociación sin contraejemplos la hemos convertido en nuestra hipótesis: los mamíferos tienen pelo.
            Quinto: ahora vamos a poner la oración al revés y preguntarnos si todos los animales con pelo son mamíferos, y hemos encontrado que no; porque las moscas, que tienen pelo, no son mamíferos. Decidimos estudiar todo lo que dice la hipótesis (que los mamíferos tienen pelo), pero nada más (es decir, no nos vamos a interesar por animales que, como la mosca, tienen pelo sin ser mamíferos). Vamos a buscar mamíferos desconocidos (o que no forman parte de nuestra experiencia) y buscar pelos en su piel. Nos fijaremos en los leones, los tigres, los elefantes, los hipopótamos y los cetáceos y estudiaremos su piel: a ver si tienen pelo.
            Si para formar la hipótesis hemos conectado la característica de tener pelo con alguna otra característica (tener huesos, dedos, dientes o mamas) y hemos postulado el binomio pelo-mamas, ahora debemos averiguar si este binomio se da también en animales desconocidos como los cetáceos, el dragón de Komodo, los hipopótamos o el pangolín.
            Hemos observado cierta cantidad de animales que compartían una cualidad: ser peludos.
            Hemos relacionado esta cualidad con otra: la de ser mamíferos.
            Ahora tenemos que ampliar la cantidad de animales observados para ver si la relación entre estas dos cualidades se mantiene. 


            Es decir que tenemos que pasar de unos pocos animales observados (algunos mamíferos tienen pelo) al conjunto de todos ellos (todos los mamíferos tienen pelo). O sea que junto a los animales que conocemos bien (el perro y el gato, por ejemplo) tenemos que observar animales que o bien no los conocemos (como el pangolín) o bien los conocemos mal (como el rinoceronte y los delfines). Si se comprueba que todos tienen pelo habremos comprobado (demostrado) nuestra hipótesis.
            Pero esta demostración no es definitiva, porque siempre nos quedarán mamíferos por conocer.
            Los pocos animales con pelo que tenemos a la vista comparten una serie de cualidades (dientes, pelo, huesos, mamas): ésa es la parte conocida. Luego hemos tenido que buscar cuál o cuáles de esas cualidades están relacionadas con el pelo: es la parte desconocida, que cuando acabamos conociéndola se convierte en descubrimiento (es la asociación pelo-mamas: descubrimos que la característica de tener pelo en la piel corresponde a los mamíferos). Y entonces el conocimiento de que mamíferos como el perro, el gato, la nutria o el ratón tienen pelo se convierte en la parte observada; a partir de ella tenemos que llegar a un nuevo descubrimiento, esta vez cuantitativo (decimos también: en extensión): descubrir mamíferos nuevos y comprobar si tienen pelo; cuantos más descubramos más corroborada estará la hipótesis, aunque nunca estará demostrada del todo (nunca sabremos si ya no nos quedan mamíferos por descubrir).
            A la parte conocida, tanto si es cuantitativa o en extensión (número de animales observados) como en comprensión, es decir cualitativa (cualidades o características observadas en esos animales), la podemos llamar de varias maneras: parte observada, datos, parte empírica o suelo empírico, realismo, exploración.
            A la parte desconocida, tanto cuantitativamente (número de animales que nos quedan por observar) como cualitativamente (cuáles son las cualidades que tenemos que relacionar, en este caso pelo-mamas), también la podemos llamar de varias maneras: parte inventada, especulación o parte especulativa, creación racional o incluso fantasía; techo especulativo, en definitiva.
            Al descubrimiento cuantitativo lo llamamos inducción, y normalmente las inducciones científicas suelen ser incompletas porque el número de individuos y de especies es potencialmente infinito: por muchos cuervos negros que hayamos visto siempre nos quedarán muchos otros por ver, y no sabemos si algún día aparecerá alguno que no sea negro.
            Al descubrimiento cualitativo lo llamamos creación o construcción especulativa, y podemos llegar a él por intuición, deducción, hábito o analogía; en todos estos casos puede ser de manera consciente (razonamiento) o inconsciente (imaginación, inteligencia intuitiva). El pensamiento inconsciente responde seguramente a lo que los psicólogos llaman insight o comprensión súbita y los metafísicos prefieren llamar iluminación, que es como una fulguración mental, una inspiración, una corazonada, un destello. 


            La observación con la que empiezan las investigaciones empíricas es la exploración previa de la realidad, y puede ser intencional o espontánea. Intencional: cuando quiero resolver un problema. Espontánea: cuando la realidad me plantea problemas percibiendo, en mi experiencia cotidiana, cosas por las que inicialmente no tenía ningún interés. Cuando nos fijamos mucho en las cosas lo que hacemos es escrutarlas, acercarlas a nuestra vista, desmenuzarlas: y eso es lo que habitualmente llamamos análisis.
            Lo que hemos llamado hipótesis viene a ser una iluminación, una revelación donde la realidad oculta se nos aparece, que puede tener más de creación (si la idea ha sido construida por nosotros) o de descubrimiento (si nos es más bien impuesta por la realidad, dada por los hechos). Se trata de síntesis a partir de los fenómenos observados, como cuando juntamos las características “pelo” y “mamas” para formar la proposición “todos los mamíferos tienen pelo”.
            Las predicciones son consecuencias deducidas de la hipótesis, a menudo como efectos causados por ella. Puede ser inductiva o creativa.
            a) Inducción. También se trata aquí de una revelación, pero mientras que en la hipótesis lo que se revela es una relación entre dos cualidades (pelo-mamas), en la predicción lo que se revela son cantidades nuevas de individuos, por ahora desconocidos, que comparten este binomio: y esto es lo que hemos llamado inducción.
            b) Creación. También, como en la hipótesis, pueden hacerse deducciones, inducciones, asociaciones creadas por el hábito y analogías; sólo que, en vez de partir de una característica (el pelo) para buscar otra (las mamas), aquí partimos de un par de características (pelo-mamas) para buscar una tercera (por ejemplo la crianza: los mamíferos crían a sus hijos, los reptiles y los peces no). El aspecto creativo, intuitivo, racional o imaginativo está en que no sabemos, de entre todas las cualidades en número elevado y a veces infinito, cuál es la que tenemos que elegir; y por eso la imaginación interviene tanto o más que la lógica en la creatividad; lo conseguimos variando el enfoque para mirar, porque si la hipótesis funciona como un faro que nos deja ver, la intuición (más que la inducción) nos va diciendo, razonadamente o por tanteo, hacia dónde tenemos que enfocarlo.
            Lo que llamamos contrastación es el cotejo de las hipótesis (o, si no se puede, de algunas de las consecuencias predichas por la hipótesis) con la realidad: esto es el experimento. Si la factura de la luz es menos cara en verano puedo suponer que es porque en invierno consume mucho la calefacción eléctrica; de ahí puedo predecir que cuando vuelva el invierno volveré a consumir más, y si eso sucede, será que mi previsión era acertada. Y si la lluvia quema los campos puedo imaginar que tal vez sea por el humo de las fábricas; dependiendo de los productos de desecho de la fábrica que hay al lado puedo anticipar que, analizada en el laboratorio, una gota de lluvia tendrá rastros del ácido correspondiente: si el resultado es conforme a lo predicho, el experimento habrá sido concluyente.
            Las predicciones que han sido comprobadas las vamos almacenando en un libro de leyes de la naturaleza. Cuando vamos descubriendo relaciones de dependencia entre unas leyes y otras descubrimos también unas pocas de las que se pueden deducir todas las demás, y entonces formamos una teoría; una teoría es un conjunto de conocimientos ordenados según una estructura determinada. Las teorías científicas se están comprobando continuamente. A menudo construimos estructuras matemáticas para ordenarlas mejor y las convertimos en teorías axiomáticas. Una teoría es un sistema que contiene un conjunto de elementos dotados de una estructura que los ordena; la teoría de Newton recoge las leyes de la mecánica de los sólidos; la de Darwin estudia la evolución de las especies explicada por selección natural; la de Fernand Braudel ordena los acontecimientos históricos a partir de la estructura de las tres temporalidades; y así sucesivamente.


sábado, 19 de octubre de 2019

A VUELTAS CON SÓCRATES


  

A VUELTAS CON SÓCRATES   


 1. Sócrates.

            Para obrar bien hay que conocer el bien. “Conocer” significa varias cosas:

            a) Saber lo que pasa: a eso lo llamamos tener conciencia. Si yo me doy cuenta de que estoy en clase puedo decir que tengo conciencia de dónde estoy; si por el contrario no me doy cuenta de nada es porque estoy inconsciente (me he dormido, estoy bebido o me he mareado).
            b) Saber lo que debo hacer: a eso lo llamamos tener conciencia moral. Si me doy cuenta de que estoy copiando en un examen y sé que no debo hacerlo, tengo conciencia de dónde estoy pero también tengo conciencia moral; y si robo pero no sé que robar es malo es porque soy un inocente; y si sé que robar es malo y a pesar de todo robo soy un inconsciente. Somos inconscientes porque estamos enfermos (por ejemplo, porque somos psicópatas), o porque nos hemos distraído, o porque nos han educado mal o porque estamos mal acostumbrados.
            Sócrates seguramente se refería a lo segundo: conocer el bien es tener conciencia moral. Aunque también puede entenderse en dos sentidos:
(1) Saber hacer las cosas: son las destrezas adquiridas; saber montar en bicicleta, saber construir un puente, saber escribir. Se trata de conocer los medios necesarios para alcanzar el fin que buscamos (como saber leer y escribir para entender las cartas que nos manda nuestra familia).
(2) Saber qué cosas tenemos que hacer: éste es el conocimiento moral o, como diríamos igualmente, la conciencia moral. Todos tenemos este tipo de conocimiento pero a veces nos distraemos y no nos fijamos cuando hacemos las cosas, por eso Sócrates también decía:

            No existe gente malvada, sino gente ignorante.

            Ser malvado es olvidarse de pensar las cosas antes de hacerlas, perder la costumbre de pensarlas, o no haber sido enseñado de niños para reflexionar sobre todo; tener conciencia moral es sentir en nuestro fuero interno lo bueno y lo malo, con lo que darse cuenta de lo que está bien no es otra cosa que experimentar el goce de hacer el bien o el remordimiento (el arrepentimiento) que sentimos cuando hacemos cosas malas. Conocer es sentir.

2. Agustín de Hipona.

            Para obrar bien no basta con conocer el bien: además hay que quererlo.

            a) La conciencia puede ser de dos tipos: conciencia de lo que pasa y de lo que hacemos (por ejemplo, que estoy fumando) o conciencia de lo que puede pasar (por ejemplo, que si sigo fumando puedo enfermar de los pulmones; a esto último lo llamamos conocer las consecuencias de nuestros actos). Puede ocurrir que yo no conozca esas consecuencias (entonces si fumo es por ignorancia); y que, conociéndolas, siga fumando (porque me parecen tan lejanas que piense que nunca me van a pasar: “¡tan largo me lo fiáis!”, que dice Tirso de Molina): comportarse así es ser inconsciente.


b) La conciencia moral la tenemos cuando tenemos uso de razón; los niños pequeños parece que son inconscientes. Pero también hay inconscientes entre los adultos porque se han acostumbrado a hacer las cosas sin pensarlas, y son brutos; porque no sienten la diferencia entre el bien y el mal, y están enfermos. Hasta los brutos que tienen pocas luces tienen sentimiento moral, y son buenos.
Podemos distinguir, así, entre la inconsciencia perezosa (propia de quien sigue fumando aunque conozca los efectos del tabaco, sólo porque le da pereza dejar de fumar); y la inconsciencia afectiva (propia de quien no siente que algunas cosas están mal, como matar para el psicópata).
¿De cuál de estas dos formas de inconsciencia hablaba Agustín de Hipona? Tener conciencia afectiva es lo mismo que sentir el impulso de hacer el bien, como decía Sócrates: entonces con sólo conocerlo ya tenemos ganas de hacerlo, en eso consiste el instinto de hacer el bien, el instinto moral. Pero la conciencia perezosa no es un instinto, por eso conocer las consecuencias de las cosas no nos da un deseo irrefrenable de obrar bien; y fumamos aunque sepamos que no nos va a hacer bien.
¿De cuál de estas cosas hablaba Agustín de Hipona: de la conciencia perezosa o del instinto moral?

3. La conciencia.

            En resumen, podemos tener conciencia:

1. De lo que pasa (es decir, de los hechos). Estamos conscientes cuando nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor; de lo contrario nos habremos desmayado, o estaremos borrachos, con fiebre, o drogados… en una palabra: estaremos inconscientes.
2. De lo que hacemos (o sea, de nuestros actos). Se trata de todo lo que hacemos de manera consciente: comer, estudiar, pasear, ducharnos, ir al teatro… Como en el caso anterior, estar consciente y sobrio es lo contrario de perder conciencia.
3. De lo que debe pasar (o sea, de las consecuencias de lo que nos pasa y de lo que hacemos). Consecuencias de los hechos: si hay actividad volcánica es señal de que temblará la tierra; si cae algo en un vaso de ácido sulfúrico se disolverá; si llueve olerá después a tierra mojada. Consecuencias de nuestros actos: si nos acostamos tarde nos levantaremos tarde; si le dedicamos demasiado tiempo a los juegos electrónicos no nos quedará tiempo para leer; si cenamos tarde tendremos el sueño pesado; si no miramos donde pisamos nos caeremos. No pensar en las consecuencias es propio de la inconsciencia perezosa: nos resulta más cómodo no pensar.
4. De lo que sabemos hacer (es decir de nuestras capacidades y destrezas). Si somos conscientes de nuestra pericia o nuestra torpeza sabremos en todo momento lo que podemos intentar o no; si no sé que debo protegerme las manos con guantes o quitar los plomos, no será prudente empalmar dos cables para que haya corriente eléctrica; si no sé conducir no será prudente ponerme al volante; si no sé cantar no tendrá sentido meterme en un coro.
5. De lo que debemos hacer (es decir tener conciencia de nuestro deber). Todos tenemos el instinto de hacer las cosas buenas, el instinto de hacer el bien: ayudar al necesitado, desarrollar nuestro potencial, ser felices, llevar una vida placentera sin dejarnos dominar por el placer, ser los dueños de nuestras vidas: a eso lo llamamos tener conciencia moral.


Cuando alguien hace las cosas sin medir sus consecuencias, o hace cosas que no sabe hacer o cosas que no debe, decimos que es un inconsciente; el inconsciente se mete a hacer mal las cosas o a hacer cosas malas; tampoco es previsor, porque no tiene costumbre de ver las cosas antes de que se produzcan (sobre todo cuando esas cosas son consecuencia de sus actos). No es lo mismo estar inconsciente que ser un inconsciente; en el primer caso no nos damos cuenta de las cosas que hacemos ni de las  que nos pasan; y en el segundo no nos damos cuenta de lo que puede ocurrir, ni de que no sabemos hacer bien las cosas ni que no sabemos hacer cosas buenas. Los inconscientes no deben confundirse con los dormidos; y estar dormido es lo mismo que desorientarse, delirar, estar desvanecido o haberse desmayado.

4. Ejemplos.

            Vivimos una época de crisis: crisis económica (desde 2008); crisis política (desde hace unas décadas); crisis cultural y crisis social (sobre todo en los últimos años). Podemos pensar que la razón de la crisis es nuestra inconsciencia; veámoslo con algunos ejemplos.
            James Maddoz estaba consciente y en sus cabales; conocía perfectamente el mundo de la bolsa y se daba cuenta de lo que hacía, pero no midió sus consecuencias; sabía, sí, que ganaría un dinero considerable y eso fue lo que sucedió; sabía también que se hundiría la economía del mundo y eso no le importó: porque le faltaba el instinto moral (actuó, aquí, como el ser inconsciente que era); pero no supo prever que lo encarcelarían ni que acabaría suicidándose, dejándoles a sus hijos una herencia bien penosa; por quererlo todo se quedó sin nada y por perder habrá perdido hasta la vida (y, por supuesto, hasta el honor).
            Donald Trump es consciente de lo que hace y a veces de las consecuencias de sus actos; actúa como si conociera toda la realidad y sólo conoce una mínima parte, y por esa fisura se le escapa buena parte de las consecuencias de lo que hace; sabe también cuáles son las destrezas que maneja y conoce sus capacidades, pero le falta el instinto moral; no tiene olfato, no tiene buen gusto, no tiene el sentimiento de su deber aunque sí lo tiene en lo referido a sus deseos y a su actos; es un egoísta en quien los niveles éticos están muy por debajo de lo que necesita la realidad.
            La gente que no tiene trabajo tiende a pensar que es por culpa del extranjero. Le gustaría cerrar sus fronteras y que no pasara nadie. Ve al de fuera como un enemigo, alguien que va a allanar su morada, que le va a robar en la calle, a quitarle su trabajo, y por quitar, le quita hasta el seguro de desempleo y la asistencia sanitaria. Si viviéramos aislados, si no pasara nadie, si las puertas estuvieran cerradas y nos quedáramos solos: entonces estaríamos protegidos de los de fuera.
            Vienen entonces políticos que levantan vallas. Construyen muros para que no se pueda pasar, alambradas de espino, patrullas de policía, y volvemos a la gran muralla. No nos damos cuenta de que los mismos muros que les impiden a ellos entrar nos impiden salir a nosotros; y nos quedamos solos, sin vecinos y sin amigos, sin poder salir de casa, encerrados entre nuestras cuatro paredes, aislados del mundo, sin poder viajar, cautivos de las puertas que les poníamos a los demás; porque mientras protegíamos nuestro hogar no nos dábamos cuenta de que con tanto muro lo estábamos convirtiendo en nuestra cárcel.


            Vivir seguros, aislados de todos; o vivir comunicados y por consiguiente libres. Ser libre no es ponerse vallas para que no pasen los que, amenazándote, nos van a quitar la libertad. Ser libre es diluir las fronteras para que pasen nuestros vecinos: porque si ven que les damos confianza, lo más normal es que nos la devuelvan; sólo nos quieren atacar quienes se sienten rechazados; aunque también hay, por desgracia, gentes rechazadas por otras y que nos atacan a nosotros; pero si acabamos rechazando a todo el mundo resultará que al final no nos atacarán de vez en cuando unos pocos: nos acabarán atacando todos. Si vamos por el mundo tratando a los demás como malvaos, todos los demás acabarán tratándonos como malvados también; no es lo mismo encerrar los brotes malvados en un mundo de bondad que construir un mundo malo donde quedarán atrapados algunos brotes buenos.
            La gente siente temor en tiempos de crisis. Sus buenos instintos conviven en su alma con el temor de los peligros que producen los tiempos malos. En medio de la gente que siente las cosas sin decidirse entre ellas, hay gente que decide sin sentir o, peor aún, decide habiendo sentido en su vida cosas malas; unos pocos deciden habiendo sentido también cosas buenas: son los líderes; los caudillos, los jefes, los que saben mandar; son las voluntades que guían a quien no tiene mucha voluntad, los guías.
            Los guías pueden movilizar los sentimientos buenos que hay en nosotros: son los buenos líderes, los que tienen conciencia del deber. También los hay que movilizan los bajos instintos que duermen entre la población y son líderes que carecen de conciencia del deber: los que ponen su voluntad al servicio de su pasiones brutas; brutas y, las más de las veces, brutales; esos líderes conectan su sed de poder con el hambre que tienen los pueblos de ser guiados; Atila, Hitler, Moussolini, Lundendorff, Borgia, Almanzor, Calvino, Puigdemont, Trump, Boris Johnson… o Salvini. O Stalin. Muchos de ellos sufrieron de niños y aprendieron a llenar el mundo con los abusos que ellos mismos padecieron: Saddam Husein, el propio Hitler, Franco. El dolor sufrido por culpa ajena lo riegan entre los demás porque es lo único que tienen, lo único que les enseñaron. “Por qué acusarme?”, dice Bécquer; “¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

5. Hacer bien las cosas y hacer cosas buenas.

            Cuando dice Sócrates que para obrar bien hay que conocer el bien ¿a qué tipo de cocimiento se refiere? ¿Es un conocimiento teórico? (No hay que tocar el enchufe con las manos mojadas porque las sales del agua son buenas conductoras de la electricidad). ¿Técnicos? (Para cortar los racimos de uvas hay que tirar del pedúnculo hacia arriba). ¿Se trata, por el contrario, de conocer los principios éticos? (No está bien matar). Los conocimientos teóricos y técnicos se adquieren estudiando, pero los principios éticos se aprenden sin estudio, solo como mirar dentro de sí y ver lo que tenemos escrito dentro. La ciencia y la técnica se aprenden mirando fuera; los principios éticos, mirando dentro; la experiencia como fuente de conocimiento debe ser completada con la conciencia. Ahora bien, la teoría y la técnica se aprenden en la escuela, pero la ética ¿puede también aprenderse en la escuela? No, si lo que se aprende en la escuela procede del mundo exterior.
            Muchos estudiantes están sensibilizados con los problemas medioambientales: y muchos de ellos se olvidan de vivir de acuerdo con esta sensibilidad. Todos sabemos buscar la papelera, pero a la entrada de las escuelas hay muchas papeleras vacías y papeles en el suelo. Hay técnicas para dejar de fumar, pero aunque conocemos los efectos del tabaco, nos falta fuerza de voluntad para usarlas. Y sabemos también que copiar en los exámenes es desleal e insolidario, pero resulta más cómodo copiar que estudiar. El mundo no echará a andar correctamente mientras no aprendamos a comportarnos con corrección; es decir según nuestros principios, no según nuestros deseos (los principios son los deseos del espíritu; los llamados deseos, deseos del cuerpo; los primeros son en sí mismos fuerza de voluntad; los segundos, voluntad dormida cuando vislumbramos la sombra de los primeros); el desarrollo sostenible viene de quienes, pensando globalmente, son capaces de actuar localmente; y esa capacidad sólo la tienen quienes saben lo que está escrito en su corazón, lo mismo que en su cerebro; y quienes, sabiéndolo, saben también cómo hay que hacerlo; pero saber cómo hay que hacer las cosas no sirve de nada si no sabemos qué cosas tenemos que hacer; y eso es imposible sin mirar dentro de nosotros, puesto que hay gente que no puede mirar porque tiene tapados los orificios por donde salen las cosas buenas que tenemos dentro.


6. Consecuencias para la enseñanza de la moral.

            Para estar consciente hace falta estar despierto; despierto de cuerpo (que es lo que comúnmente se entiende por estado de vigilia); y despierto mentalmente (o sea, aparte de no estar dormido, eso significa no estar alterado, drogado ni bebido). A eso lo llamamos tener conciencia, y es necesario para tener conciencia moral, pero no es suficiente; tener conciencia moral es otra cosa.
            Ser un inconsciente es lo contrario de ser responsable. Una persona responsable se adelanta a los acontecimientos leyéndolos antes de que ocurran; ve en las cosas que ocurren (nubes bajas, viento, pájaros que vuelan bajo) signos de lo que va a suceder (lluvia). Pero también se preocupa de prever las consecuencias de sus actos (si robo, violo los derechos de otro y me pueden meter en la cárcel). Y le preocupa sobre todo si sus propios actos son buenos o malos (es decir, le debería preocupar más faltarles al respeto a los demás que ir a la cárcel).
            Uno aprende a leer en la naturaleza conociéndola y estudiándola; nos sirven para ello la experiencia y la enseñanza; es necesaria la enseñanza para ampliar nuestra experiencia, como un buen complemento del aprendizaje.
            Uno aprende a cambiar la naturaleza teniendo ideas propias y aprendiendo tecnología y matemáticas; la creatividad se desarrolla hasta que se topa con unos límites; para desarrollarla más hacen falta las escuelas técnicas, aunque ya se empiezan a aprender cosas en la enseñanza general, tanto en la escuela media como en la escuela secundaria.
            Pero es más difícil aprender en la escuela el sentido del deber. El deber es un sentimiento que procede, en parte, de las cosas que sabemos, pero sobre todo de nuestros sentimientos anteriores; la conciencia moral es semejante a un átomo cuya atmósfera electrónica se configura en sociedad, pero su núcleo está en el corazón, y ese corazón viene ya prefigurado antes de ir a la escuela; Hitler aprendió a pintar, pero el escaso valor que les dieron en Viena a sus pinturas no hizo de él un ser rencoroso, sino el sufrimiento que había vivido en su casa, lo mismo que le pasaba a Franco; los sucesivos dictadores norcoreanos se volvieron implacables porque los acostumbraron desde niños a que era bueno imponer su voluntad sagrada; los incas creían natural matar a toda la familia de su adversario, como hizo Atahualpa con Huáscar, eliminando a las más de mil personas que constituían su panaca y bebiendo, sin ningún tipo de remordimiento, en el cráneo vaciado de su hermano. Octavio Augusto tampoco tuvo remordimiento en sembrar de crucificados los caminos que llevaban a Roma; y los talibanes más crueles fueron aquellos niños desamparados, huérfanos de la guerra, que habían sido recogidos en las madrasas; los mismos que, en manos de maestros fanáticos (niños desamparados igual que ellos), comieron un trozo de pan y tuvieron un sitio donde dormir a cambio de aprender el Corán y perforar con dios su corazón vacío: vaciándolo de cualquier sentimiento de compasión o misericordia.
            La educación moral puede dar forma al sentimiento del deber, pero no puede crear ese sentimiento. Ese sentimiento germina en el corazón de los niños que han sufrido privaciones y excesos; la privación del abandono y la desolación; el exceso de poder que han recibido desde que nacieron, y que tapó, probablemente para siempre, su capacidad de amar y respetar a sus semejantes.
            En otras palabras, la conciencia moral no se crea, pero se desarrolla. La escuela puede esculpirla con bellas formas en quienes ya la tienen, pero no puede inocularla en quienes carecen de ella: unos porque están enfermos (como los que son psicópatas)  y otros porque han cegado sus sentimientos desde su más tierna infancia (ya sabemos que lo primero que aprendemos queda grabado en nuestro corazón con tinta indeleble: como los patos de Lorenz).
            Educar la conciencia moral es tarea imposible si no se viene a clase con una conciencia embrionaria; por eso Platón no pudo hacerlo con el hijo del tirano de Siracusa. Hay, en quienes han sufrido, corazones capaces de amar a pesar de todo y por eso tienen suerte; pero la mayoría han sentido cegarse en ellos los poros del corazón y ya no pueden cambiar aunque quieran. Es como el alfarero, que sólo puede moldear la arcilla tierna; con la arcilla seca ya no puede hacer nada. Para esculpir el granito hace falta cincel y martillo y el escultor puede romper, voluntariamente o por error, el granito dándole un mal golpe en un lugar donde ya no es posible rectificarlo; tampoco puede cincelar nada donde los detalles esenciales de la figura tenían que surgir de las partes del granito que estaban rotas. Las familias pueden cuidar el granito o romperlo. Luego la escuela lo cincela. Y ninguna escuela puede cincelar la conciencia moral de los niños, si sus familias han roto irremediablemente el material del que estaban hechos sus sentimientos.




jueves, 6 de diciembre de 2018

KUHN





KUHN  


             Los estudiosos de la ciencia se han centrado siempre en las teorías. ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la certeza? ¿Qué diferencia hay entre comprobar y refutar? ¿Puede ser deductiva una ciencia? ¿O debe conformarse con trabajar por inducción? ¿Cómo se produce el progreso científico? ¿Cuáles son los mecanismos de control?
            Desde Kuhn nos hemos acostumbrado también a introducir las ideologías y mentalidades. Una de las razones que se esgrimieron contra la teoría heliocéntrica fue que Josué le pidió a dios que detuviera el curso del sol (lo que significa que era el sol el que se movía, no la tierra). Contra la pluralidad de los mundos jugaba el hecho de considerar que el ser humano era el rey de la creación, y por lo tanto tenía que ocupar un lugar central en el universo (no vivir en la periferia); y contra las técnicas para aliviar el dolor en el parto se erguía el bíblico “parirás con dolor”, que excluía cualquier forma no dolorosa de parir. Sean cuales fueran las teorías y las técnicas empleadas, en la ciencia también influían las ideologías y mentalidades. Se podrían hacer observaciones que apuntaran a la esfericidad de la tierra, pero si la religión dice que la tierra es plana  esas observaciones no se tomarán en cuenta.
            Los epistemólogos, que hacen filosofía de la ciencia, se dividen en dos grandes categorías: quienes estudian la influencia de las mentalidades en las teorías y quienes estudian sólo las teorías; a los primeros se los descalifica diciendo que hacen sociología de la ciencia, no epistemología; y los segundos presumen de ser, a diferencia de los primeros, serios, meticulosos y rigurosos.
            O sea que quienes no hacen experimentos con matemáticas y lógica pasan por charlatanes. Ahora bien, desde el rigor científico se ha demostrado que no es posible el rigor total; el principio de Heisenberg nos enseñaba que la observación tiene sus límites, y el teorema de Gödel nos dice que el pensamiento y el cálculo también los tienen (pues arroja serias dudas sobre las posibilidades de la lógica y la matemática); ya demostró Kant que la filosofía, cuando se aleja de lo observable, se vuelve absurda y con ese absurdo nos topamos todos en el estudio del infinito.
            El rigor científico funciona, pues, a medias. Hay un mar de misterio que la ciencia no puede explorar; sobre ese mar hay islotes de realidades inteligibles; pero también hay islotes de pensamientos erráticos, y entre ellos, muchas mentalidades e ideologías (aunque no todas). Hay un mundo que conocemos y otro que no podemos conocer. El mundo que conocemos está hecho de observaciones y de hipótesis; y nuestras hipótesis, como son conjeturas verosímiles, cuando se demuestra que son verdaderas no dejan de ser creencias; puestos a creer cosas, ¿qué diferencia hay entre una explicación provisional, aunque sea científica, y una explicación ideológica, y hasta mitológica, si ninguna de las dos ha sido demostrada? La diferencia está en que la ciencia acepta las críticas; las ideologías y los mitos, no. Pero es una diferencia de talante, de actitud, no de método. Dicho de otro modo: los epistemólogos rigurosos tienen que admitir en la ciencia la misma presencia de mentalidades que en un principio rechazaban. Kuhn tendría razón: la ciencia no sería sólo una cuestión de experimentación y matemática, sino también de mentalidad.