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viernes, 24 de julio de 2020

LA VENTANA DE CRISTAL (1) DEL ERROR





LA VENTANA DE CRISTAL  
  

            Eso eres tú, amigo mío, un trozo de cristal; pero no sé si eres espejo o ventana. A veces te miro y me veo, otras veces en ti veo el mundo exterior. Converso contigo porque eres mi otro yo, mi sombra, tú tienes reflejos de lo que soy, qué digo reflejos, ¡si las sombras no tienen luz!: eres un reflejo opaco y entonces me devuelves mi silueta y las siluetas no tienen nada, sólo contornos: porque dentro de ellas no hay más que oscuridad; lo que hay dentro lo adivino y si no puedo me aguanto y entonces me pongo a buscar. Mi vida es una búsqueda continua en el misterio permanente de mi sombra.
            Mi sombra se proyecta en la pared pero delante de ti tú eres yo si eres opaco y, si no, tendrás que ser el mundo; mi mundo; el otro trozo de realidad; por eso hablo contigo, tú, que eres un trozo de cristal y a veces, como un espejo, me muestras lo que tengo dentro y otras veces, al mirarte, ya puedo ver lo que hay al otro lado, el mundo que hay más allá; lo que hay más allá de esa sombra, lo que hay enfrente de mí, el mundo que me rodea, el que me envuelve, el que arroja luces para desvelarse, el que me desvela también.
            Por eso quiero hablarte, amigo mío, porque me ayudas a verme en mi circunstancia y no sé cuándo eres circunstancia y cuándo soy yo; como enigma me hablas con la verdad, pero no sé si la verdad está cerca o lejos, y si eres, misterioso y sublime, tal vez reflejo o transparencia, espejo o ventana, descubrimiento de lo que soy y de lo que hay, de lo que fui y lo que seré; soy dentro de ti lo que tú mismo eres puesto que me descubres a mí mismo, yo, que no me sé entender; sereno, callado, amigo sin condiciones y  cariñoso, fiel como un perro, tal vez ventana o tal vez espejo; pero sé que en el cuerpo roto de mi alma, seas espejo o seas ventana, no eres, a fin de cuentas, más que un cristal.
  

1. Del error

            Hoy te miro y en ti veo al mundo que me rodea. Quiero que seas la bola de una pitonisa, el cristal del tiempo, que me digas con certeza qué es lo que va a pasar; porque lo que pasa yo ya lo veo, quiero ver el futuro en tu cristal.
            En lo que hubo hay una vacuna, lo que hay es una pandemia y el error o el acierto están en lo que viene. Un coronavirus ha invadido el mundo. Nadie sabe cómo ha sido, su naturaleza es opaca para los ojos del científico y el científico, andando a ciegas, tiene que encontrar un tratamiento sin apenas tiempo para investigar: le pedimos encima que acierte porque si se equivoca lo llamaremos inútil, ignorante, inepto, carcamal. ¿Qué es un médico? Alguien que llama resfriado a lo que tú tienes pero si no se te pasa, te dice que a lo mejor no era resfriado, habrá sido otra cosa: para descubrirlo primero tiene que buscar. Busca en los análisis, encuentra un diagnóstico y luego te cura, eso es lo que hace el médico: primero, busca; luego, descubre; por último, cura; pero si, empujado por las prisas, se ve condenarlo a curar antes de encontrar y a encontrar antes de buscar, entonces le estarán pidiendo cosas que no se pueden hacer juntas; que no se puede hacer la que hay delante si no has hecho antes la que hay detrás, y si te equivocas es porque no vales pa ná.
            Como los médicos, los políticos del coronavirus actúan a ciegas. La oposición debería ayudar criticando pero aturde en realidad para que nunca salga nada; es como en esos partidos de baloncesto donde, para evitar que el contrario haga canasta, le silba y abuchea el público local. Tal es la táctica: desconcentrar para que no haya acierto. También los hinchas de fútbol se plantaron una noche delante del hotel del equipo visitante: su intención era impedir, a gritos, que durmieran; que la falta de sueño los aturdiera y los cansara y que al día siguiente perdieran el partido; y que encajaran goles y estuvieran tan espesos que no tuvieran el acierto de marcar.
            Cuando la oposición no critica al gobierno para ayudarle sino para estorbar; cuando la crítica es abucheo que desconcentra, cuando el fallo de quien anda a ciegas se convierte en muchos fallos más; y cuando multiplicamos las posibilidades de error para derribar al gobierno arriesgándonos a que empeoren las cosas: entonces es que la crítica no sirve para corregir, sino para frenar; y debería ayudar a hacer las cosas, no a insultar. En tiempo de crisis es bueno remar todos en la misma dirección. Si por lograr que caiga el gobierno se nos cae el país, mala faena; es como cuando le disparamos al enemigo y mueren también amigos que no tenían que haber muerto. Llamar inútil a quien se equivoca es como culpar al médico de que la medicina no sea ciencia exacta; a veces el paciente (impaciente más bien: la impaciencia es una característica de la ignorancia) le echa al médico la culpa de estar enfermo, como si curar sin que el enfermo sane es como si el médico tuviera la culpa de haber fracasado; porque la medicina es una ciencia y no puede fallar, como las matemáticas (o como el papa), y confundir el error con la ignorancia es castigar al reo antes de juzgarlo, llamar inutilidad al error. Lo propio de la naturaleza humana es equivocarse. Quien no se equivoca, decía Aristóteles, sólo puede ser una bestia o un dios y evidentemente los políticos no son dioses: sean éstos del gobierno o de la oposición.
            El drama de los médicos del coronavirus es que tienen que trabajar contra reloj, curar a los enfermos sin saber lo que les pasa, probar fármacos por instinto por si funcionan; su tragedia es verlos morir sin poder evitarlo, darles la mano y transmitirles cariño, encomendarse, si llegara el caso, al protomédico celestial. Curan sin medios para curar, se aíslan sin medios para aislarse y por eso se contagian; sin mascarillas, sin escafandras, sin barreras que les defiendan, los médicos enferman; algunos mueren.
            Por eso les aplaudimos todas las tardes en señal de agradecimiento: luego los aplausos fueron de cacerolada. Importa menos querer a los médicos que insultar al adversario porque el gobierno no puede equivocarse (y sin embargo, falla). ¿Nadie tiene derecho a errar? Y el error ¿siempre ha de ser patrimonio de los inútiles? La ignorancia (dicen) no está en el acierto, sino en el error: pero el verdadero científico ¿no es aquel que reconoce su ignorancia? ¿No es la ciencia un pequeño acierto en un mar de errores cuando tropezar es caminar? Caminamos, a veces, por las piedras, también a veces por la oscuridad, y avanzar sin ver suele ser lo mismo que no poder adelantarse uno al dolor. En lugar de unir separan, en lugar de sumar dividen, se arriesgan a que se hunda el barco porque quienes manejan los remos tiran cada uno por su lado. En tiempo de crisis lo menos que puede pedirse es que rememos todos en la misma dirección.
  



viernes, 17 de julio de 2020

LA VERDAD




LA VERDAD
  

            Si estuviéramos en el fondo de una mina y quisiéramos saber si nos han traído el bocadillo, tendríamos que subir a la superficie para comprobarlo. La hora que me da el reloj no sé si es la auténtica, tendría que poner la televisión a la hora de las noticias y ver si esa hora que dan allí es la misma que marca mi reloj: porque mi reloj podría tener las pilas gastadas y retrasarse o adelantarse; además, puedo quitarle la pila y averiguar si todavía está cargada poniéndola en un aparato que pudiera medir la energía eléctrica.
            También pueden decirme que está lloviendo: para saber si es verdad no hay más que mirar por la ventana. Y si estoy en la estación y hay un letrero que anuncia que el próximo tren sale a las cinco, y si veo que en ese mismo momento está saliendo el tren, y que el reloj del andén marca las cinco y diez, entonces sabré que eso que decía el letrero no era verdad. Y si Newton dice que la luz que incide en un prisma se descompone en siete colores, tendría que repetir el experimento de Newton para saber si eso es verdad. Decimos que algo es verdad cuando lo que escuchamos coincide con lo que vemos; para ser más exactos, cuando lo que se dice coincide con la realidad; ese concepto de verdad se denomina teoría de la correspondencia; se la debemos a Aristóteles.
            Pero no siempre es fácil saber si algo es verdad. Cuando nos hablan de cosas que no están aquí, bastaría desplazarnos hasta el lugar donde están para saber si nos están engañando; por ejemplo, nos dicen que a la giralda de Sevilla se sube sin escalera y sin ascensor, saldremos de dudas viajando a Sevilla y subiendo a la giralda; allí veremos que subimos sin escaleras y sin ascensor, porque lo que hay es una rampa. Y cuando nos dicen que en Tailandia hay mujeres-jirafa lo mejor que podemos hacer, para creerlo, es ir a verlas a Tailandia.
            Pero cuando nos hablan de cosas que existieron en otro tiempo es más difícil saber si lo que nos dicen de ellas es verdad, porque no es posible viajar en el tiempo, no es posible volver al pasado. ¿Existió el Cid? Lo dicen las crónicas, pero hay que tener buenos motivos para creerlas. Tampoco podemos ir al futuro. Decía Julio Verne que en el futuro llegaríamos a la luna, habría submarinos y podríamos viajar al fondo de la tierra: ¿era verdad? ¿Tenían que creerle sus contemporáneos? Habría que esperar a que pasara el tiempo para ver si se confirmaban sus predicciones. A veces el pasado deja huella en el presente y podemos creer lo que nos dice: y así, los restos de una ciudad se pueden fechar al carbono 14, las ánforas de un barco naufragado no nos mienten sobre la realidad de la antigua Grecia y el cráneo de un australopiteco nos habla de su inteligencia a través de su capacidad craneana.
            Dos problemas se plantean a la hora de saber si algo es verdad: el análisis de lo que nos dicen y el de la realidad. El primero tiene que ver con la crítica de las fuentes: que un códice nos hable del Cid no quiere decir que no nos esté mintiendo; si varios códices dicen lo mismo estaríamos más inclinados a creerlo; y si son muchos testimonios los que van en el mismo sentido llegaríamos a tener prácticamente la certeza de que eso es verdad. Esta variante de la teoría de la correspondencia es la teoría de la intersubjetividad, a tenor de la cual algo es cierro si los testimonios coinciden. También habría que comprobar, aparte de la fiabilidad de los testimonios, el crédito que nos inspiran los mensajeros: tal autor dijo algo sobre tal personaje, pero si autor y personaje era enemigos, su testimonio no es de fiar; si le damos el suero de la verdad a quien está hablando habrá más probabilidades de saber si miente, y si torturamos a la persona a la que estamos preguntando tendremos la cuasi-certeza de que no nos podremos fiar de su confesión (porque el dolor, cuando es intolerable, debilita la voluntad y casi siempre consigue anularla). 


            También podemos analizar la realidad. Veo un reloj de pared: ¿es eso realmente un reloj? Abramos la caja y miremos lo que hay dentro: si encontramos sus engranajes bien ordenados, será un reloj; si no tiene nada o le faltan piezas será una caja que imita el aspecto de un reloj. Lo mismo ocurre con los mapas: si viajo a Madrid con un mapa de carreteras de hace veinte años es fácil que existan carreteras que ya no están, o que no estaban aún, en el mapa (por ejemplo la AP-6); entonces diremos que, por mucho que aquello parezca un mapa, no lo es, porque no se parece a su referente. En algunas paredes hay árboles pintados en trampantojo que no existen en la realidad, y el sol, o la perspectiva, producen imágenes falsas cuando el aspecto que tienen las cosas es engañoso; por ejemplo, el filósofo francés Alain creyó ver un dragón corriendo por una montaña donde no había más que una mosca deslizándose por la ventanilla del tren; se deslizaba en el lugar mismo en que el cristal, en aquella visión nocturna, mostraba el borde de una montaña lejana y aquella mosca, sobre todo si la mirábamos en duermevela, parecía un dragón. A esta teoría de la verdad como éxito la llamamos teoría pragmática de la verdad: se la debemos a William James; un mapa es un verdadero mapa si nos conduce con éxito adonde queremos ir.
            Pero no siempre hace falta ver o tocar las cosas para saber si es verdad que existen: a veces nos basta con fijarnos en si son compatibles con otras cosas que ya conocemos o con otras verdades de las que tenemos absoluta seguridad; ésta es la verdad como coherencia, y se emplea mucho en matemáticas. Si alguien nos dice que ha visto una figura de forma triangular cuyos ángulos miden 60, 70 y 80 grades respectivamente, sabemos que nos está engañando, porque suman 200 grados y no pueden sumar más de 180. Si alguien nos habla de un círculo de radio 6 y diámetro 3 sabemos que se está burlando de nosotros, porque el radio es la mitad del diámetro. Si un naturalista nos muestra las muelas de un roedor nos miente, porque sabemos que los roedores no tienen muelas. Decir que Kepler vivió en el siglo XVII y Copérnico en el XVI y hablar después de la influencia astronómica de Kepler en Copérnico es incoherente, porque Copérnico vivió antes que Kepler. Y si un alumno que ha llegado tarde a clase nos dice que no oyó el despertador y le pillamos después diciendo que no tenía despertador en casa, sabremos que nos está mintiendo; no necesitaremos ver el despertador, nos bastará con ver que se está contradiciendo; ni necesitaremos conocer a Kepler, ni ver círculos ni triángulos ni roedores con dientes: sabremos que lo que se dice de ellos no es verdad porque no se dicen más que incoherencias.
            De modo que unas veces necesitamos ver las cosas para saber si son ciertas (como pasa con la verdad como correspondencia, como intersubjetividad o como éxito) y otras veces no necesitaremos verlas porque lo que se dice de ellas es contradictorio (verdad como coherencia). En el primer caso hablamos de verdad empírica, y en el segundo de verdad lógica: yo no necesito esperar a morirme para saber si cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo (bastará con analizar esta oración para comprobar que lo que dice es cierto: a este tipo de verdades las llamamos analíticas; las verdades de las matemáticas son analíticas); pero necesito observar el objeto que un observador ha visto desde arriba y otro desde abajo para saber que en ambos casos se trata del mismo objeto visto desde dos puntos de vista distintos: en ese caso hablamos de la verdad como perspectiva, y esta teoría se la debemos a Leibniz, a Nietzsche, a Ortega y Gasset; como la verdad es un cruce de perspectivas, habría que mirar las cosas desde muchos ángulos distintos para comprenderla en su totalidad. 


            De modo que la verdad puede entenderse de varias maneras: como correspondencia de lo que se dice con los hechos; como coherencia de lo que descubrimos con lo que ya sabemos; como coincidencia (intersubjetiva) entre lo que dicen muchos sobre el mismo acontecimiento; como éxito a la hora de utilizar lo que nos dicen para lograr un objetivo; o como cruces de perspectivas. Pero a veces tenemos que contentarnos con lo que parece más verosímil, porque no podemos descubrir si es verdadero: es lo que nos pasa cuando hablamos de dios, pero también cuando nos cuentan bulos, noticias falsas, ésas que se han puesto de moda nombrándolas en inglés: fake news.
            Los animales que nadaban en petróleo, y que la televisión mostraba como efecto de los bombardeos en Irak, pertenecían en realidad a las costas de Galicia: el petróleo había sido vertido por el Prestige, un petrolero que encalló allí algún tiempo antes. ¿Cómo hemos descubierto la verdad? Cotejando estas imágenes con las que había dado la televisión en su momento cuando anunció el naufragio del Prestige. No lo sabemos porque hayamos visto lo que sucedió, porque no habíamos estado por aquellas fechas en Galicia; los sabemos porque hemos comparado los dos testimonios gráficos y, lógicamente, hemos descubierto que son anteriores a los bombardeos en Irak. No podemos recurrir a la observación, pero suplimos esa carencia indagando en la coherencia de lo que se muestra con lo que se dice.
            Hay un médico que dice, en una grabación que se ha hecho viral, que está en tal hospital y que la organización es un caos y que las camas están abarrotadas. En realidad el caos que ve está en su consulta pero él afirma, seguramente sin comprobarlo, que el hospital entero está tan desorganizado como su consulta (es posible que sea la única que él haya visto allí); lo que hace es extender al conjunto el relato de lo ha visto en una parte, es sólo una cuestión de perspectiva. ¿Cómo podemos saberlo? Viajando al hospital del que nos habla o descubriendo contradicciones en lo que nos dice. Lo primero es inviable, porque hay montones de médicos que cuelgan montones de videos virales de un montón de hospitales, y no podemos visitarlos todos. Pero sí podemos analizar sus incoherencias: y como cuesta trabajo, la gente prefiere alimentarse de noticias sin molestarse en desmenuzarlas: o se las tragan sin digerir o se las creen todas fingiendo dudar de todas; “cada uno dice una cosa”, pretextan siempre, “ya no sabe uno qué creer”. Lo sabrían si se tomaran la molestia de averiguarlo porque, como hemos visto, no hace falta viajar al lugar de la noticia, nos basta con criticarla; y como eso requiere esfuerzo y tiempo, la gente prefiere consumir videos virales a una velocidad de vértigo; ver sin mirar, creer sin pensar, o dudar creyéndoselo todo, que es la forma que adopta hoy la ignorancia: la falta de ganas de pensar, la pereza de consumir sin criticar, eso nos hace mediocres; eso nos masifica, nos quita el esfuerzo de pensar, nos embrutece.
            ¿Es verdad que Trump se apoyó en la trama rusa para facilitar su elección? ¿Hay que aislarse para protegerse de la pandemia, como dicen los científicos, o tenemos que juntarnos en la calle y en los bares, como dice Bolsonaro? ¿Existe o no existe el cambio climático? ¿Es verdad que los camiones que mandó Putin a Crimea estaban llenos de víveres y no de armas? ¿Que China nos quiere invadir a través de sus exportaciones? ¿Que el mundo se hundirá si volvemos al proteccionismo? ¿Que España está abusando de Cataluña y la deja sin libertad? ¿Que Europa se aprovecha del Reino Unido y por eso ellos se defendieron con el Bréxit? No podemos viajar a todos estos sitios para comprobar la verdad de estas afirmaciones, no tendríamos tiempo; y aun cuando pudiéramos hacerlo, sólo veríamos parcelas de realidad, nunca la realidad entera. Además, cada uno veríamos las cosas desde nuestra perspectiva y cada país tiene la suya. Tendríamos que buscar el cruce de perspectivas. Comparar las noticias, leerlas en distintas fuentes, no arrinconarnos en los mismos periódicos. Hacer crítica de lo que se nos dice y buscar sus incongruencias, sus incoherencias, sus contradicciones. Hay noticias falsas que será imposible comprobar, pero la mayoría se puede: podemos desmenuzarlas, desnudarlas, desmontarlas, lo que nos llevará tiempo; tiempo y ganas; además, hay dudas que resuelven los especialistas tras largos años de dedicación y estudio, y  el ciudadano medio, que ni tiene tiempo ni es especialista, no tiene más remedio que renunciar a resolverlas. 


            Pero sí podemos criticar muchas de las noticias falsas que nos llegan como verdaderas. No todas, es cierto. Las más de las veces no podemos comprobarlas en su realidad, pero sí en su coherencia: hay que acostumbrarse a pensar. Y mucha gente no piensa. Le cuesta pensar, o no sabe, o le supone esfuerzo, o le aburre. Hay que aprender a pensar, sí, pero sobre todo hay que querer pensar. Sucede que la inmensa mayoría huye de usar la cabeza porque el esfuerzo le aburre, como le aburre la música buena a quien no tiene costumbre de escucharla. Anda, cállate ya, no me andes con monsergas, deja de darles vueltas a las cosas, que ya raya. ¿No te conformas con vivir? Pues vive y no te preocupes, que te vas a hacer un lío y los líos no te dejan vivir y la vida hay que vivirla. Hale, vente al botellón, fúmate un porrete, verás qué bien te sientes.
            El placer. El placer fácil, sin pensar, el placer rápido, el placer que embrutece. Pensar lleva tiempo y no tenemos tiempo más que para disfrutar. Pensar cuesta y bastantes preocupaciones tienes. Anda, pásatelo bien: no te rayes. El mundo es rápido y vertiginoso. Los avances tecnológicos nos permiten pasar de un placer a otro saltando al siguiente sin disfrutar del primero. Consumir. Probarlo todo sin detenerse en nada. O sumergirse en juegos mecánicos que tientan tu habilidad pero atrofian tu cerebro, y además no se acaban nunca, son juegos eternos. Y mientras juegas no tienes tiempo de leer. No hay tiempo para pensar, no hay tiempo para sopesar las cosas, somos mariposas que vuelan de flor en flor. Sí, seriamos capaces de desenmascarar las noticias falsas pero eso lleva tiempo. Y vivimos en un mundo de prisas, tendríamos que acostumbrarnos a ser más lentos. Porque se disfruta verdaderamente con la lentitud. Y tendríamos tiempo de pensar. Pero odiamos la lentitud, flotamos en la velocidad, no podemos vivir fuera de ella porque nos ha encapsulado y no nos deja salir; ella es nuestro líquido amniótico y no podemos saborear las cosas antes de tragarlas, sin buscar la verdad con la inteligencia, porque nos ahogamos en todo lo que huele a lentitud: vivimos en un mundo de vértigo.
  





viernes, 8 de marzo de 2019

¿QUÉ ES ESO TAN RARO QUE LLAMAMOS COMENTARIO DE TEXTO?



¿QUÉ ES ESO TAN RARO QUE LLAMAMOS
 COMENTARIO DE TEXTO?


             Comentar un texto es conseguir que la persona que nos escucha entienda el texto. A veces oímos hablar a un político y decimos: “¿qué ha dicho?” También los religiosos hablan a veces de manera oscura. Los abogados y los jueces tienen un lenguaje esotérico que sólo entienden ellos, y cada oficio tiene su propia jerga: matemáticos, ingenieros, psicólogos, historiadores, bioquímicos y filólogos.
            Comentar un texto es, ante todo, explicar lo que significan las palabras, una especie de traducción. A veces se ponen de moda palabras de otros idiomas y la gente las utiliza como si fueran del nuestro: sorpasso, perestroika, laico, brexit, week end… Otras veces lo que se pone de moda son expresiones enteras: dar el paseíllo, dar boleto, tener un hijo de penalty… Otras la gente habla con refranes y frases hechas: salir trasquilado, todo fluye, no es oro todo lo que reluce, hablar en el desierto… Explicar esas palabras es hablar del lugar y la época donde surgieron, de la persona que las inventó, del sentido que les dio la gente, de cómo cambia a veces el significado de las palabras… Cuando leemos el famoso romance que dice “marinero de Tarpeya” nos tienen que explicar que en realidad decía “mira, Nero de Tarpeya”, y que por lo tanto no hablaba de marineros, sino de Nerón; pero la gente, al oírlo de boca en boca, lo deformó y se lo aprendió mal.
Comentar un texto es también explicar la intención de quien habla; no se trata de aclarar qué dice sino para qué lo dice, qué significado les da a las palabras. Cuando Jesucristo dice “soy el rey de los judíos” no lo dice para que la gente se crea que manda en la tierra, sino para que todos entiendan que su reino no es de este mudo; y cuando en la cruz le ponen un letrero que dice “INRI” (Iesus Nazareno Rey de los Iudíos) lo hacen para burlarse de él.
            Comentar un texto es contar una historia de manera que se entienda; si acabo de ver una película y mi amigo me pide que se la cuente, lo que debo hacer es relatar las cosas sin perder el hilo, porque hay gente que se pierde en los detalles y se olvida del argumento, que es por ejemplo lo que hacen los niños. A veces la película da saltos atrás en el tiempo, pero cuando la contamos debemos hacerlo de manera lineal para que no se pierda quien nos está escuchando; o si damos saltos en el tiempo hay que tener cuidado para que se entiendan en la historia, porque a veces el espectador puede confundir un salto atrás con algo que está ocurriendo en el presente. Por ejemplo, cuando en La prima Angélica el protagonista acude al entierro de su madre, su mente recuerda los momentos del pasado en que él era más joven; las escenas del pasado pueden confundirse con las del presente, y el director (Carlos Saura) utiliza un recurso para que no nos perdamos: cuando el personaje tiene calcetines de liga es que la escena pertenece al pasado, y cuando usa calcetines modernos es que estamos en el presente.


            Otras veces contar una película es decir cómo la hemos entendido nosotros, que no quiere decir que así sea como la ha hecho el director; eso pasa cuando la película es difícil de entender. Por ejemplo cuando contamos 2001. Una odisea en el espacio, ¿cómo entendemos que al final el astronauta se vuelva bebé dentro de la nave? ¿Quiere esto decir que el tiempo dentro de la historia corre hacia atrás, del futuro hacia el pasado? Y cuando vemos un monolito ¿cómo lo debemos interpretar, como la mano de dios? Y cuando en Elisa, vida mía el protagonista ve animales en el matadero, ¿hay que entender que es la realidad, o que es un sueño?


            Vamos a volver al principio para recoger todas las cosas que hemos dicho sobre el comentario y ordenarlas en un conjunto; según esto comentar un texto es:

            1º. Identificar las palabras que no se entienden y buscarles un significado. Para ello vamos a tener que usar un diccionario. A veces necesitaremos conocer el lugar o la época para entenderlas bien (por ejemplo “sacarse la mierda” en Chile significa trabajar duro, “tomar once” es merendar, “desfacer entuertos” en el Quijote significa combatir las injusticias; está claro que cuando no conocemos el lugar y la época no podemos comentar bien el texto).

            2º. Resumir lo que dice el texto (es decir contarlo con pocas palabras) y dividirlo en partes; si el texto cuenta una historia suele tener exposición, nudo y desenlace; pero si lo que hace es defender una idea suele tener introducción, desarrollo y conclusión.
            En una historia la exposición es el planteamiento (en la primera parte de Parque Jurásico nos explican cómo es la garra del velocirraptor y cómo el millonario construye un maravilloso parque donde vamos a ver al velocirraptor en libertad); el nudo es cuando surge un problema y todo se pone patas arriba (que es cuando se va la luz, los animales se escapan y todo se enreda); y el desenlace es cuando se resuelve el problema y todo vuelve a la normalidad (el velocirraptor quiere cazar a los niños con la garra que vimos en la exposición, y los niños se salvan). Así, una historia es una perturbación que surge en una situación inicial y en el desenlace se resuelve esa perturbación: todo vuelve al orden que había al principio.
            En una argumentación la introducción suele decir a veces por qué vamos a defender una idea (lo mismo que los códigos de leyes suelen empezar con una exposición de motivos); luego viene el cuerpo del texto propiamente dicho, el desarrollo (donde se encadenan las ideas dividiéndolas en partes); y por último en la conclusión se deja bien clara la idea principal que se estaba defendiendo (aunque esto no siempre sucede así).
            Otras veces en la introducción aparece la idea principal y en el desarrollo las ideas secundarias; eso depende de que el texto sea deductivo (cuando va de lo general a lo particular de manera firme y segura) o inductivo (cuando va de lo particular a lo general y llega a una conclusión que no es segura, sino probable). Ejemplo de texto deductivo: si los leones son mamíferos y los mamíferos son vertebrados, entonces los leones son vertebrados. Ejemplo de texto inductivo: las gallinas, los gorriones, los cuervos, las cigüeñas, las avestruces… son pájaros y tienes plumas, por lo tanto todos los pájaros tienen plumas.


            3º. Explicar cuál es la intención del autor; qué nos quiere decir el texto. Por ejemplo cuando Jesús nos cuenta la parábola del grano de mostaza ¿qué nos quiere decir? Que la Iglesia empezó siendo pequeña como una semilla y acabó creciendo hasta convertirse en algo grande como un árbol.

            4º. Y por último, comentar un texto es dar nuestra opinión sobre él y decir qué nos ha parecido; pero decirlo siempre de manera razonada (no vale decir “me ha gustado” o “estoy de acuerdo con él”, sino que hay que explicar por qué nos gusta y por qué estamos de acuerdo).

            Resumiendo: un buen comentario debe contener análisis, síntesis y conclusión. En el análisis definimos las palabras que no se entienden y dividimos el texto en partes, explicando lo que se dice en cada una de ellas. En la síntesis resumimos el texto y explicamos la intención del autor; y en la conclusión aclaramos la idea principal y damos nuestro punto de vista. El orden puede ser el siguiente:

  1. Buscar el significado de las palabras oscuras o nuevas. (Análisis).
  2. Resumen. (Síntesis).
  3. Dividir el texto en partes y explicar cada una de ellas. (Análisis).
  4. Explicar cuál es la intención del autor (la mayoría de las veces a partir de la idea principal). (Síntesis o conclusión).
  5. Dar nuestra opinión sobre el texto (si nos gusta, si estamos de acuerdo con él, y por qué). (Síntesis y conclusión).

Volvamos al ejemplo de la película: si un amigo nos pide que se la contemos debemos resumirla con claridad; luego volvérsela a contar detallando y explicando cada una de sus partes (procurando aclarar los pasajes oscuros y las escenas que no se entienden bien); luego intentar explicar lo que creemos que ha querido decir el director con esa historia y, por último, decir qué nos ha parecido.
      Concluyendo: que debemos ser fieles a la película (debemos contar exactamente lo que hemos visto, no inventarnos nosotros nuestra propia película); y que, si no la hemos entendido bien, debemos decir claramente qué es lo que no hemos entendido y de qué maneras posibles lo podríamos interpretar; para concluir opinando de manera que quien escucha pueda opinar también (y sólo podrá opinar si se la hemos contado bien).
      Y no digo más.



viernes, 5 de octubre de 2018



La impertinencia de la lechuza.  
Esta vez le toca el turno a Tomás de Aquino, que, como veremos, también se equivocó.


LAS VÍAS TOMISTAS
O LOS CAMINOS SIN SALIDA DE SANTO TOMÁS


1. Las evidencias.

            Una proposición es una oración que puede ser verdadera o falsa: llueve, tengo hambre, hace frío… Hay una clase especial de proposiciones que son las que se construyen con el verbo ser y emparentadas: soy estudiante, me siento triste, estoy cansado… Son las oraciones atributivas. Esas oraciones, cuando el predicado está incluido en el sujeto, decimos que son evidentes; y por extensión lo son el resto de oraciones predicativas. Es evidente que cuando suba la temperatura se fundirá la nieve convirtiéndose en agua, porque la nieve es agua semicongelada; que cuando se produce un impulso nervioso hay desplazamiento de iones, porque el impulso tiene naturaleza eléctrica; que el ATP contiene fósforo, porque es adenosín trifostafo; que Cataluña es España, porque España es el conjunto de sus regiones y entre ellas se encuentra Cataluña; o que el Cid vivió en la Edad Media porque la Edad Media se extiende entre el siglo V y el XV, y el Cid vivió en el siglo X.
            Ya lo decía Santo Tomás: una proposición es evidente cuando el predicado está incluido en el sujeto. Si conocemos el sujeto seremos capaces de comprender esa evidencia, y si sabemos que la sangre es un compuesto de plasma, leucocitos, hematíes y plaquetas, nos parecerá obvio que contiene plaquetas; eso será evidente para nosotros porque lo habíamos estudiado ya, porque las plaquetas están en la definición misma de sangre; pero para quien no sepa lo que es la sangre no será obvio que contiene plaquetas. Para cada uno será evidente lo que ha aprendido, porque reconocerá en el predicado lo mismo que habíamos puesto en la definición del sujeto.
            Pero hay evidencias que no hemos tenido que aprender nunca. Es evidente que todos los puntos de una circunferencia equidistan del centro porque así es como concebimos la circunferencia; es, intuitivamente, lo que todos entendemos por circunferencia, aunque no hayamos ido a la escuela para aprenderlo. Si acudimos a la experiencia, quienes hayan visto una rueda lo pueden confirmar, porque tiene los radios siempre a la misma distancia del eje; si una rueda tuviera los radios más largos por un lado que por otro no sería una rueda, no rodaría: se frenaría en el suelo.
            Hay, pues, evidencias innatas y evidencias aprendidas. Entre las primeras se encuentra el axioma de que el todo es mayor que las partes; entre las segundas, que los ácidos tienen un pH negativo, porque lo sabemos medir con papel de tornasol. Si definimos algo de cierta manera, a todos nos parecerá que el sujeto contendrá alguno de los rasgos que hemos metido en la definición; si definimos el cocido como algo que contiene garbanzos y carne nos parecerá evidente que tiene garbanzos (y carne también, por supuesto, pero no le faltarán nunca los garbanzos). Nuestras evidencias son el conjunto de cosas que hemos aprendido; lo que nos queda por aprender no será evidente por más que en sí mismo lo sea, por más que todas esas cosas sean evidentes en sí mismas; aunque eran obvias las retrogradaciones de Marte para quien las había visto, no lo eran para quienes no habían vivido esa experiencia.
            Las cosas que nos parecen evidentes porque así las hemos visto son, para nosotros, conocimientos a posteriori (pues dependen de la experiencia). Las que no proceden de la experiencia son evidencias innatas, conocimientos a priori, sean afectivos o intelectuales; por ejemplo, que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo; que si tuerzo una barra de hierro ya no estará derecha; o que la luz del sol no se puede ver de noche (porque sabemos que la noche es precisamente la falta de sol). Todas las evidencias, sean a priori o a posteriori, pueden ser descubiertas por análisis; analizar las cosas es descomponerlas en partes y descubrir entre ellas la que estábamos buscando; o descomponer el sujeto para encontrar en él lo que pusimos en el predicado.


            Sea, por ejemplo, la proposición “dios es su existencia”; si la analizo veo en seguida que necesariamente dios tiene que existir, porque es así como lo hemos definido. El problema es saber si tienen que existir las cosas que definimos. Si digo que un dragón es una cabeza de lagarto, un cuerpo de serpiente, una cresta de dinosaurio y una boca que echa fuego, es evidente (o lo que es lo mismo: está claro) que ese dragón tiene que existir en mi cabeza. Pero si digo que dios es su existencia fuera de mi pensamiento, ¿tiene dios que tener esa existencia extramental que mi mente ha pensado? ¿Puede pensar mi mente una existencia extramental? ¿Tiene derecho mi pensamiento a pensar cosas que existen fuera de él? Si la respuesta a esta pregunta fuera positiva, habríamos demostrado la existencia de dios; o más bien habríamos demostrado la existencia de lo designado por la palabra “dios”, en la que no tenemos derecho a asociar la existencia extramental de otros contenidos mentales como el dios de la Biblia, que ya no son contenidos lógicos, sino representaciones psicológicas y culturales. Existe, pues, algo que es su propia existencia, pero no sabemos qué es. Su naturaleza es un enigma. Estamos hablando de evidencias intelectuales.
            ¿Existen también las evidencias afectivas? Es evidente que nadie se quiere morir. Y que la muerte, como fin de la vida, es al mismo tiempo el fin de la existencia. Si el fin de la vida nos da pena, la vida, evidentemente, no puede ser sino alegría. La alegría es una evidencia afectiva, y en este caso es una alegría vital. Siento, luego existo. Sentir es sentirse impulsado hacia la existencia como pensar es sentirse vivo, permanecer en la existencia, existir.  Pienso, luego existo: pensar es sentir que uno está en el mundo, es evidente. Pero sentir es buscar el mundo, ansiarlo, anhelarlo, apegarse a él. Saber que existo porque pienso no es más que sentir que el pensamiento me tiene anclado en la existencia: esa evidencia es el sentimiento (sentimiento de certeza, convicción espontánea, intuición, evidencia intelectual, absolutamente indubitable) de que estoy vivo; de que existo. Y sentir es la evidencia intuitiva del corazón de que soy un anhelo enganchado a la existencia, porque me aferro a ella con todas las fuerzas de mi ser. ¿Qué soy yo? Un ser pensante, decía Descartes; un ser sintiente, digo yo. ¿Y qué es dios? La existencia del dios bíblico, dijeron los teólogos; la existencia de un ser misterioso, digo yo. Pues bien, cada vez que analizamos ideas innatas que tienen una evidencia a priori estamos haciendo demostraciones de un tipo muy preciso; Santo Tomás las llamaba demostraciones propter quid.


2. Las demostraciones.

            También (nos dice Santo Tomás) existen las demostraciones quia; son las que no se centran en las definiciones, sino en la experiencia; las definiciones son, en cierto modo, experiencias mentales; lo que llamamos “experiencia” a secas son en realidad experiencias sensoriales interpretadas, y transportadas, por la mente; en suma, proposiciones sintéticas (donde el predicado no está incluido, por lo menos todavía, en el sujeto). Sé lo que es un neandertal, pero no sé todavía si los neandertales  hablaban; el predicado “hablar” no sabemos si formaba parte, o no, del sujeto “neandertal”. A las “demostraciones propter quid” nosotros podemos llamarlas “demostraciones lógicas” o “demostraciones por definición”; y a las “demostraciones quia” las llamaremos, en cambio, “demostraciones empíricas” (sería más correcto decir “lingüísticas”, en la medida en que nuestras percepciones no se transmiten por símbolos vacíos de significado, como son las variables de la lógica, sino con palabras con contenido sensorial, denotativo); o incluso “demostraciones por descubrimiento”; y evitaremos la utilización de términos confusos como “analítico” (el análisis puede ser de proposiciones a priori o a posteriori) y “sintético” (puesto que también hay síntesis lógicas, no sólo de observación mundana y extramental). Analizar definiciones no es lo mismo que analizar percepciones: en eso se distinguen estas dos formas de investigación.

3. Las vías tomistas.

            Santo Tomás intentó demostrar la existencia de dios a partir de la experiencia. Por varios caminos. En uno de ellos constata (todos lo podemos constatar) que no hay nada que se mueva sin una causa que lo empuje. Toda causa tiene su efecto, el cual a su vez causa otros efectos en el mundo: el aire es la causa de que vivan los hongos, los cuales son la causa, a su vez, de que fermente la leche. Podemos concluir que todos los fenómenos son causas intermedias entre una causa que les precede y otra que les sucede; como el rayo causante de la muerte del árbol ha sido causado, a su vez, por el choque de dos nubes de distinta carga eléctrica.
            Toda causa es anterior a su efecto, pues no sucede nunca que una bola de billar salga disparada antes de que otra bola choque contra ella. Y por eso no hay nada que sea causa de sí mismo, pues entonces sería anterior a sí mismo y eso sería imposible; una mano (como en el grabado de Escher) no puede dibujarse a sí misma porque entonces tendría que existir antes de dibujarse, es decir antes de darse la existencia: o sea, estar presente antes de hacerse presente; yo no puedo ser mi propio padre porque tendría que existir para engendrarme (para darme la vida) antes de cobrar vida en la existencia; se daría el absurdo de que tendría que existir antes de existir.
            También rechaza Santo Tomás que la cadena de las causas intermedias pueda ser infinita. Tiene que haber una causa primera porque sin ella no habría una causa segunda, ni tercera ni cuarta, ni existencia ninguna de las causas siguientes. El error de Santo Tomás es confundir la causa primera con la causa anterior. Todas las causas intermedias tienen que tener una causa que las preceda en el tiempo, de modo que todas tienen una causa anterior; pero como la cadena causal es infinita, nunca llegamos a una causa primera; de modo que todas las causas son producidas por una causa anterior pero ninguna tiene una causa primera, por la definición misma de infinito: una cadena causal es infinita cuando no tiene principio, ni tampoco final; que no existe ninguna causa primera lo hemos demostrado por definición, no por experiencia; y la demostración de Santo Tomás, que pretendía ser a posteriori (yendo de lo visible a lo invisible) se ha transformado, sin que santo Tomás se diera cuenta, en una demostración a priori (yendo de la definición a sus consecuencias); con ello cae en el platonismo al que combate, creyendo ser aristotélico en sus demostraciones: lo cual es, para él de una enorme inconsecuencia; aparte de perder también su coherencia. Pues del infinito no podemos tener experiencia alguna y no cabe ninguna demostración a posteriori sobre una experiencia que está fuera de la experiencia: Santo Tomás ha dado el salto de “muchos” a “todos” incurriendo, al contradecirse, en la eterna paradoja de la inducción. Y es que, como verá Kant, el universo es infinito y va más allá del conjunto de nuestras experiencias; contiene experiencias que no viviremos jamás, porque la muerte se encargará de que no podamos vivirlo todo.


viernes, 14 de septiembre de 2018

EL MÉTODO CARTESIANO



La impertinencia de la lechuza.
            Hoy toca corregir a los clásicos… O por lo menos darles un toque de atención.


EL MÉTODO CARTESIANO
  

 1. El problema del método.

            Todos podemos pensar, todos tenemos inteligencia, todos somos capaces de razonar. La razón (“el buen sentido”) es la capacidad de juzgar bien; juzgar es poner un sujeto delante de un predicado (“Juan tiene hambre”, “el perro tiene cinco patas”); juzgar bien es distinguir lo verdadero de lo falso (ningún perro tienen cinco patas, lo sé por experiencia; en cuanto a si Juan tiene hambre, tengo que fijarme o preguntarle a él).
            Todos somos capaces de entender las cosas, pero no todos sabemos utilizar nuestro entendimiento; hay que ir por el camino recto, utilizar un método adecuado, y es preferible no correr porque es fácil que nos equivoquemos por el camino y no lleguemos adonde queríamos ir. Es mejor ir despacio  y fijarse bien en lo que hacemos.

1.1. Duda.

            Lo primero es no creer con los ojos cerrados nada de lo que vemos. Vemos un cuaderno rojo, pero quizá es verde y soy daltónico; veo un sol pequeño, pero seguramente su tamaño es enorme; este bocado sabe a fresa, pero quizá sea otra fruta y le hayan puesto un aditivo, un saborizante; huelo a canela, pero quizá es un perfume que se ha puesto una mujer; hay infinidad de estímulos equívocos que producen en nosotros sensaciones erróneas, y lo único que puedo hacer es dudar de ellos, dudar por principio, dudar por método: por lo menos hasta que tengamos una certeza de la que no podamos dudar.


1.2. Evidencia.

            Lo cierto es que ahora estoy pensando. Y como no pueden hacer nada las cosas que no existen, como un dragón inexistente no puede comer (precisamente porque no está en ningún sitio), así tampoco podría pensar yo si no existiera; puedo existir sin pensar, sí, pero entonces no sabría que existo; pero si pienso, aun sin darme cuenta de si existo o no, no puedo dudar de que, verdaderamente, existo. Si pienso es porque soy un ser que piensa y si soy un ser que piensa es porque soy un ser, y si soy un ser soy, entonces, simplemente, existo (es el principio de cercenamiento). Pienso, luego existo. No puedo saber si el aspecto que tengo existe en mi cuerpo ni tampoco si mi cuerpo existe también, pero sí puedo saber que existo como ser que piensa, y que por lo tanto los pensamientos que tengo existen conmigo.
            Pienso, luego existo. Démosle la vuelta a la proposición: existo, luego pienso. Es a todas luces falso. Una piedra, aunque exista, no piensa. Pero lo contrario siempre es verdadero: algo que piensa necesariamente tiene que existir. Podemos decir, por contraposición, que si algo no existe desde luego que no piensa, pero no que si algo existe tiene necesariamente que pensar.
            ¿Qué tengo yo en el pensamiento? Ahora pienso en un ser sin límites, un ser inmenso. Ahora bien, yo soy un ser limitado porque me doy cuenta de que hay muchas cosas que no puedo hacer (volar, por ejemplo), y hay muchas cosas que no caben en mí (un árbol, por ejemplo). ¿Cómo ese ser limitado puede caber dentro de mí? Es como si un libro cupiera dentro der un verso, como si una muchacha (a decir de Vázquez Montalbán) pudiera meterse dentro de su útero, como si una estrella se metiera dentro de un átomo: lo grande no cabe dentro de lo pequeño a menos que disminuya de tamaño, lo que no tiene límites no cabe dentro de ningún límite, la idea de un ser infinito no cabe dentro de mi pequeñez, no puedo haberla metido yo mismo en mi cabeza, ¿de dónde viene esa idea, pues? Una idea enorme sólo puede proceder de un ser enorme, sólo dios, ser inmensamente grande, ha podido meter su idea de ser enorme dentro de mi pequeñez: por lo tanto dios existe.
            Y si dios existe como ser infinitamente grande y si ser bueno es más grande que ser malo, entonces dios tiene que ser necesariamente bueno; y si es bueno no puede engañarme cuando investigo en la naturaleza: por lo tanto puedo fiarme de lo que veo en mis experimentos, puedo entregarme razonablemente a la experimentación aunque dude de mis sentidos, pero las observaciones deben ser guiadas por la inteligencia.
            ¿Y cómo son las cosas que observo? No estoy seguro de su color, de su olor su forma, todo eso que Galileo, siguiendo a Epicuro, llamó cualidades secundarias: las que son subjetivas; donde para unos hace frío para otros hace calor y no nos podemos poner de acuerdo en ello. Pero sí nos podemos poner de acuerdo en las cualidades primarias, las que son objetivas, cuantificables y medibles; la temperatura que marca el termómetro será siempre la misma para quien tiene calor y para quien tiene frío; los segundos que tarda un cuerpo en caer serán los mismos para todos los que tengan un cronómetro que funcione; y la distancia que hay entre dos puntos será siempre la misma pata todas las personas que puedan medirla con un metro. Una vela cambia de forma cuando arde, cambia de color, de olor, pero de lo que no cambia nunca es de tamaño, tenga la forma que tenga: y, como la materia es extensión puesto que toda materia ocupa un lugar en el espacio, puedo utilizar un sistema de coordenadas para medirla en todo momento; las que inventó Descartes se llaman, en su nombre, coordenadas cartesianas, como llamamos galileanas a las que inventó Galileo. La física, pues, debe estudiarse experimentando y observando,  pero siempre en un sistema de coordenadas dentro del que podamos situar los objetos, para medir y calcular.


            Empezamos a estudiar con las cosas de las que estamos completamente seguros: que yo tengo pensamientos y que la materia es extensión son cosas que me van a servir para la física; que existe Dios es algo que me podrá servir en metafísica: para la física no. Aparte de estas dos ideas (el pensamiento y la extensión) ¿de qué otras cosas puedo estar seguro? ¿Del teorema de Pitágoras, de la ley de los vasos comunicantes, de que el cielo tiene oxígeno? No mientras no lo compruebe. Empecé por la duda metódica y he desembocado en la evidencia; es evidente aquello que yo entiendo con claridad (está claro que la materia ocupa un lugar en el espacio) y que sé distinguir de lo que no es (sé distinguir muy bien entre un cuerpo material y una idea, sin lugar a dudas). Supongamos, ahora, que tengo que resolver un problema: descifrar el sentido que tiene un conocido pareado, o sea averiguar si tiene algún sentido o si está enunciando un absurdo. El pareado es el siguiente:
   ¿Qué será, y parece cosa extraña,
comer un conejo hoy y matarlo mañana?

1.3. Análisis.

            A primera vista parece imposible: ¿cómo nos vamos a comer hoy el conejo que vamos a matar mañana? Para deshacer la paradoja hay que dividir este problema complejo en partes más sencillas; analicemos, pues; el sujeto del verbo “comer” es “nosotros”; el de “matar”, también: pero no tiene sentido. ¿Quizá es que no lo hemos hecho bien? ¿De qué otra forma lo podríamos analizar? Busquemos.
            Al final caemos en la cuenta de que el sujeto del verbo “comer” también puede ser el sustantivo “conejo”. ¿Cuál de las dos interpretaciones es la mejor?

1.4. Síntesis.

            Para eso es preciso juntar las distintas palabras que hemos separado por el análisis  ver qué sentido crean conjuntamente. En el primer caso se nos dice que nosotros nos comemos hoy el mismo conejo que vamos a matar mañana, y eso es imposible. En el segundo el conejo come hoy y nosotros lo matamos mañana, y eso ya tiene sentido. Hemos resuelto el problema.

1.5. Enumeración.

            Ahora voy a repasarlo todo para estar seguro de que no me he olvidado de nada: miro las palabras, compruebo que todas están analizadas, no queda ningún cabo suelto, todo está bien; he terminado.


2. Algunos ejemplos.
2.1. El ejemplo de Parménides.

            Vamos a resolver otro problema siguiendo el mismo procedimiento: ¿se mueve el ser?
 1. Empezaremos poniendo en duda todo lo que no está en el problema: nosotros hemos visto moverse a muchos seres vivos, pero, aunque hemos visto muchos que son así o asá, no hemos visto ningún ser a secas; ningún ser que sea de una manera o de otra, sino sólo que tenga la característica de ser: sin precisiones, sin adjetivos: sólo ser. Un ser así no es accesible por los sentidos, puesto que no tiene ni forma, ni color, ni olor, ni sabor; sólo podemos captarlo por la razón; por el entendimiento que concibe cosas que somos incapaces de imaginar.
2. Después pasamos a buscar evidencias, y encontramos dos: la primera es que el ser es; la segunda, que el no-ser no es; son cosas tan claras, tan evidentes, que nos parece hasta absurdo pensarlas, de claras que son; sería absurdo dudar de ellas.
3. Ahora vamos al análisis. Descompongamos el significado de la palabra “moverse”: moverse significa salir de donde se está; por lo tanto si el ser se moviera saldría fuera del ser. ¿Y adónde iría?
4. Hacia el no-ser: aquí empieza la síntesis; pero ya sabemos que el no-ser no existe (lo habíamos presentado como una evidencia de la que no se puede dudar): por lo tanto el ser no se mueve; lo acabamos de demostrar.
5.  Mientras razonábamos hemos ido enumerando los pasos que íbamos dando, y el procedimiento ha quedado así:
Evidencias:
(1)   El ser es.
(2)   El no-ser no es.
Análisis:
(3)   Si el ser se moviera saldría fuera de sí (iría fuera del ser).
Síntesis:
(4)   Pero fuera de sí no hay nada: lo que hay fuera del ser es el no-ser.
(5)   Y el no-ser no existe.
(6)   Luego el ser no se puede mover (l.q.q.d.).
Por lo tanto no nos hemos equivocado, y el método de Descartes ha funcionado: hemos demostrado lo que queríamos demostrar.


2.2. El ejemplo de Galileo.

            El ejemplo que acabamos de examinar procede de Parménides. Veamos ahora cómo procedería Galileo. A la hora de estudiar la caída de los cuerpos lo primero que hace es desdeñar las cualidades secundarias: cosas como el calor, el color o el olor son totalmente subjetivas, y por lo tanto dudosas; para salir de la duda sólo las cualidades primarias (el lugar, el tiempo, la masa) pueden aportarnos evidencia, porque tienen que ver con una de las evidencias básicas de Descartes: que la materia es extensión.
            Analicemos la caída de los cuerpos. Dividámosla en sus partes más sencillas: nos quedarán precisamente esas variables, lugar, tiempo, masa. Esto que Descartes llamaba análisis lo llamaba Galileo “resolución”; separar, aislándolas, las distintas variables es resolver un problema en sus partes más sencillas, algo así como tener todas las piezas de un puzle; para el investigador es tener piezas que nos valen y piezas que no, como si estuvieran mezcladas las piezas de varios puzles y nosotros sólo tuviéramos que seleccionar las que nos sirven; Galileo se quedó con el espacio y el tiempo, pero despreció la masa. ¿Cómo lo hizo? Tirando desde la torre de Pisa objetos de varios tamaños y pesos, o haciéndolos rodar sobre un plano inclinado; hasta que comprobó que la masa no influía en la velocidad de la caída de los cuerpos.
            Una vez que ha separado las piezas que le sirven las tiene que juntar, y debe descubrir qué operaciones necesita para unirlas: síntesis. Galileo lo llamaba “composición”. ¿Cómo debemos componer, o ensamblar, esas variables para que nos den la fórmula que buscamos? ¿Sumándolas? ¿Restándolas? ¿Dividiéndolas? Galileo descubrió, experimentando, que se trataba de una división si lo que buscamos es la fórmula de la velocidad, o de un producto si se trata de movimientos uniformemente acelerados:
Velocidad = espacio / tiempo
            Al hacer todas esas cosas que iba haciendo, para poderlo repasar todo varias veces y asegurarse de que no se había olvidado de nada: enumeración. Ya está. El método de Galileo es, en el fondo, el mismo método que utilizaba Descartes; sólo que al análisis y la síntesis Descartes añadía dos pasos que Galileo hacía también pero de manera implícita: la duda y la evidencia.


2.3. El ejemplo del mecánico.

            El coche no funciona: tengo que llevarlo al taller. Si supiera lo que le pasa se lo diría al mecánico y entonces el mecánico sabría por dónde tiene que empezar, pero no lo sé. De modo que el mecánico tiene que desmontarlo hasta dar con algo que no esté como debe estar. Y cuando da con una pieza defectuosa la cambiará y luego lo montará todo de nuevo. Desde que empezó hasta que terminó debió anotar todos los pasos que iba dando para evitar que al montarlo todo le sobrara ni le faltara ninguna de las piezas que tenía. Desmontar (análisis), montar (síntesis), apuntar (enumeración): aquí tenemos los pasos del método cartesiano.
            Pero en realidad las cosas no suceden así. Los mecánicos no desmontan a ciegas hasta que aparezca la avería. Desmontan ya con una idea preconcebida que les va orientando sobre qué partes deben desmontar y cuáles no. ¿Se me apagan las luces del coche? Voy a mirar las bombillas; o si no la batería, o el alternador, por ese orden: de lo más fácil a lo más difícil, de lo sencillo a lo complejo. ¿Pierde agua? Voy a mirar en los manguitos, y si no está ahí el problema desmontaré la junta de la culata. ¿Suelta demasiados humos? Voy a ver el tubo de escape, o si no miraré las revoluciones del contador. Si el cliente le da una pista, el mecánico desmontará por donde le dicen; si no le da ninguna tendrá que hacer el mecánico algunos tests para saber por dónde puede empezar; pero lo que no va a hacer el mecánico es desmontar a ciegas; desmontarlo todo y ver pieza por pieza cuál está averiada.
            Hempel insiste en ese detalle: el investigador sólo hace análisis y síntesis a partir de una hipótesis, de una idea probable acerca de lo que pasa; recopilar datos a ciegas, como parece proponer Francis Bacon, es gastar demasiadas energías para poca cosa; la recopilación se guía, y eso la hace más económica, por las hipótesis que manejamos. No buscamos en los datos la idea que solucionará el problema, sino que buscamos primero una idea que nos orientará en la búsqueda de los datos.

2.4. La iglesia de Segovia.

            Había en un pueblo de Segovia una iglesia románica que gustó mucho a un norteamericano. La compró. Para llevársela a su país tuvo que desmontarla, piedra por piedra, embarcarla y volverla a montar. Ésta era la tarea:
            Primero desmontar.
            Segundo, numerar cuidadosamente las piedras para saber cuál era el sitio exacto que debía ocupar cada una.
            Tercero, montarlas de nuevo.


3. Crítica.
3.1. La iglesia.

            Desmontar: análisis. Montar: síntesis. Y enumeración. Pero el montaje de las piedras en América no juega aquí el mismo papel que jugaba la composición de Galileo; en Galileo se trataba de crear una fórmula uniendo, pegando literalmente, cada una de sus partes; en el ejemplo de la iglesia esa síntesis correspondería al plano del edificio; el montaje de las piezas sería más bien lo que Galileo llamaba “comprobación”; comprobar algo es asegurarse de que la realización corresponde a lo proyectado, que el edificio construido es un calco del que hay idealizado en el plano.
            La enumeración no es sólo identificar cada una de las piedras que hemos desmontado para volverlas a montar después; es contar los pasos que hemos ido dando para hacerlo y distribuir las piedras clasificadas en los montones para que podamos montarlas. De modo que aquí la síntesis está al principio y hay una doble síntesis: el templo real y el templo ideal. El análisis (el desmantelamiento) viene después. Este desmantelamiento debe hacerse anotando cada piedra con el mismo número que tenía en el plano para poder localizar después el sitio exacto donde la debemos montar.
            El ejemplo de la iglesia no sirve para ilustrar el método cartesiano: la síntesis no viene aquí después del análisis sino antes; y la síntesis inicial, que sirve de mapa o guía, no debe confundirse con la síntesis final, que es la propia iglesia edificada de nuevo.

3.2. Parménides y Galileo.

El ejemplo de Parménides contiene exactamente los mismos pasos que el de Descartes, pero el de Galileo contiene uno más: la comprobación. Galileo, después de descubrir la fórmula que buscaba, necesita comprobar que la realidad es así; y para eso necesita deducir conclusiones que permitan predecir situaciones nuevas en las que poder observar si se realiza la hipótesis; por ejemplo, si velocidad es igual a espacio partido por tiempo, dividiendo el espacio recorrido por el tiempo tardado en recorrerlo en distintos medios (al aire, el agua, el vacío) deberíamos obtener diferencias en la velocidad; y si un cuerpo se mueve  a 10 kilómetros por hora, si ha recorrido cien kilómetros en dos horas, al reducirlo a la unidad debería darnos la misma velocidad; y no es el caso en el ejemplo elegido, luego tiene que haber un error en alguna parte. Y si Galileo hubiera podido medir velocidades astronómicas, habría comprobado que dos velocidades que se añaden no siempre dan por resultado una velocidad que es la suma de las velocidades iniciales, como comprobó Einstein con la velocidad de la luz.
El método de Descartes, a diferencia del de Galileo, carece de comprobación, y ése es su gran fallo; por eso se equivocó tantas veces mientras Newton acertaba. El error no está en imaginar hipótesis; el error está en no comprobarlas.



3.3. Galileo y el mecánico.

            Normalmente no analizamos las cosas para ver qué hay en ellas; cuando las analizamos suele ser porque buscamos algo. “Sólo se busca lo que se conoce”, decía la policía francesa, y puede parecer paradójico; pero eso no significa que conozcamos lo que buscamos antes de buscarlo, sino que conocemos qué es lo que queremos buscar: conocemos el problema que hay que resolver, no la solución; para descubrir la solución tenemos que aplicar un método, el método que estamos buscando.
            Por lo tanto antes del análisis hay que plantear un problema (o de lo contrario caeremos en la búsqueda ciega que le reprochábamos a Bacon). Llevamos el coche al mecánico y le decimos qué es lo que falla. O vamos al médico y le decimos qué es lo que nos pasa: él buscará hipótesis para dar con la causa.
            En otras palabras, antes del análisis tiene que plantearse un problema, y después de la síntesis tiene que haber una comprobación.

4. Conclusión.

            No parece que el método de Descartes funcione demasiado bien. Pienso que, como él plantea, toda búsqueda debe empezar por unas evidencias que guíen nuestra búsqueda, pero evidencias empíricas, físicas, no metafísicas; las evidencias de Descartes son como el marco de un cuadro, que siempre debe estar ahí para que el cuadro destaque; pero cada investigación es un cuadro distinto y debe hacer su propia pintura; y, con el mismo marco, debe tener un contenido diferente: de ahí que junto a las evidencias cartesianas deba haber otras evidencias que funcionen como axiomas en cada ciencia, en cada rama del saber, en cada problema concreto; y dentro de ellas debe haber dudas que cristalicen en hipótesis.
            Y tenemos que empezar por un problema; si no planteamos problemas descubriremos cosas por casualidad, y eso también sucede: pero no debe ser la norma. Cuando tenemos un problema lo primero que tenemos que hacer es analizarlo; y si a lo largo de la tarea logramos unir algunos de los elementos que hemos separado para formar una hipótesis, nuestra búsqueda dispondrá de un faro más potente que la pregunta o problema de donde arrancábamos. No es lo mismo decir “¿por qué llueve?” que decir “¿es la condensación de las nubes la causa de las lluvias?” La primera pregunta (el planteamiento del problema) es un faro mucho más tenue que la segunda (formulación de una hipótesis).


            Conviene, eso sí, anotar los pasos que vamos dando; enumerarlos; por pura precaución. Y después hay que extraer de las hipótesis consecuencias que nos permitan predecir fenómenos inobservados; y someterlos a contrastación.
            De modo que los pasos del método ideal deberían ser éstos: duda; evidencias-marco; planteamiento del problema; análisis; enumeración; síntesis (hipótesis); predicciones; comprobación.
            Hay dos tipos de problemas: de comprensión y de generalización. No es lo mismo estudiar un fenómeno que estudiar si ese fenómeno se produce siempre. Veamos algunos ejemplos.
            He observado que hay animales con pelo: perros, gatos, liebres, sí, pero también moscas, mariposas y arañas. Me fijo en que los perros y los gatos tienen tetas y las moscas no; entonces digo que todos los mamíferos tienen pelo, y me desentiendo de los insectos y las arañas. Los observo bien, me acerco a sus cuerpos, los analizo al detalle; podemos decir que analizar dignifica aquí mirar con una lupa; o, como se dice comúnmente, enfocarlos con el zoom. Ya no se trata de dividir las cosas en partes, cortarlas en trozos y separar esos trozos para poderlos estudiar aisladamente; se trata de separar con la mirada acercándome a ellos, no separar con el bisturí para verlos a simple vista sin acercarme. De todas formas la palabra “analizar” significa lo mismo en todos los casos: separar, aislar un plano de detalle del conjunto. Podemos separar las cosas físicamente (desarmándolas) o sensorialmente (acercando los conjuntos para ver sus partes); o incluso mentalmente (separando las ideas que dependen unas de otras).
            Yo veo una mosca: y tiene pelo. Ahora veo un gato: también tiene pelo. Puedo analizar la composición del pelo del gato y de la mosca para ver si es el mismo; paralelamente observo también que el gato es mamífero y la mosca no: lo observo en la presencia o ausencia de tetas. La siguiente pregunta es: ¿en todos los mamíferos es igual? Observo y analizo otras especies de mamíferos y concluyo que sí: es la fase inductiva. De modo que muchas veces para comprender un fenómeno tengo que generalizar a partir de lo que observo; o sea que el análisis va de la mano de la inducción muchas veces.
            Todas estas cosas no las encontramos en Descartes. Su método carece de contrastación sistemática, lo que le impide controlar bien las hipótesis; y no puede discernir bien lo que es una explicación del fenómeno que se estudia de las metáforas científicas. Por eso Newton tuvo que recordarle que debía tener cuidado con las fantasías, que la ciencia no es literatura; “yo no imagino hipótesis”, le dijo: “hypotheses non fingo”. El científico debe tocar tierra cada vez que levanta el vuelo; al revés que el poeta; al revés que el filósofo.
            El método de Descartes es correcto: pero insuficiente. Hay que analizar y crear, pero también comprobar. El análisis es una colecta de datos motivada por un problema; y cuando llega a un grado mayor de complejidad se convierte en una colecta de datos guiada por una hipótesis. Descartes incurre en varios errores:
El primero, no avisar de que el análisis debe ser precedido por el planteamiento de un problema.
El segundo, no advertir de que, cuando el análisis tropieza, hay que sintetizar una hipótesis para poder proseguir con él.
El tercero, no avisar tampoco de que al análisis suele revestirse de inducción; el primero nos desvela una estructura, el segundo nos advierte de si la estructura es compartida o no por un grupo de individuos.
Esas imprecisiones hacen que el método cartesiano empiece siendo riguroso y acabe encallando en la fantasía; que es falta de rigor, no lo olvidemos, y confunda las ideas con la realidad, el mundo con la ficción; y se acabe convirtiendo la ciencia en ideología.