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viernes, 15 de mayo de 2020

A PRIORI Y A POSTERIORI




DICCIONARIO DE FILOSOFÍA:
A PRIORI Y A POSTERIORI
  
          
            Los sofistas eran personas que habían estudiado mucho y sabían, por consiguiente, muchas cosas; su erudición hacía de ellos unos auténticos ilustrados; a los sofistas les debemos la expansión cultural de Atenas durante el siglo de Pericles, aunque ya enseñaban sus conocimientos durante el siglo –VI; porque eran extranjeros y careciendo, por tanto, de derechos políticos, se ganaban la vida dando clases; los sofistas cobraban por enseñar.
            ¿Y qué es enseñar? Meter cosas en la cabeza de los alumnos, llenarla de conocimientos, como el minero llena las vagonetas con el carbón que extrae de las minas. Y eso es lo que hacen los profesores hoy: sueltan sus conocimientos para que los aprendan los alumnos, o, como los alumnos dicen, “sueltan el rollo”; cuando habla uno para que escuchen los demás se dice que está dando un discurso: eso es lo que hacen los profesores de geografía, de historia, de literatura, de biología o de química. El discurso era la herramienta con la que trabajaban los sofistas. Pero ellos, además de enseñar cosas, enseñaban a hablar en público; y también enseñaban cuestiones de moral: hoy decimos que la degeneración de la moral (la moralina) convierte los discursos en sermones o monsergas, y las monsergas, unidas a los discursos aburridos, son rollos. Pues bien, los sofistas procuraban enseñar bien sin soltar rollos. Enseñaban conocimientos, procedimientos y valores.
            Sin embargo Sócrates enseñaba de otra forma. Decía que la mente no era un almacén que teníamos que llenar, sino una facultad dormida que había que despertar; enseñar no era meter conocimientos en la mente de los alumnos sino sacarlos de ella; y lo demostró logrando que un esclavo al que nadie había enseñado nada resolviera por sí solo un problema de geometría; Sócrates, preguntándole cosas, iba guiando su pensamiento hasta que el esclavo solo encontró la respuesta; no se trata de enseñar cosas sino de enseñar a pensar, y eso es lo que hacen los profesores de matemáticas: que en lugar de demostrar teoremas les piden a los alumnos que los demuestren ellos. Esto tiene mucho que ver con el aprendizaje por descubrimiento: en lugar de enseñarles cosas a los alumnos ellos las tienen ellos que descubrir; el profesor ya no es una enciclopedia ambulante que nos enseña lo que sabe: sino un animador y un guía que nos ayuda a aprender. El profesor tiene que hacer las preguntas adecuadas para que el alumno descubra lo que sabe, no confundirlos con sus preguntas (que es lo que hacen quienes “van a pillar”). El arte del maestro ya no es el discurso, como en los sofistas, sino el diálogo; en el diálogo socrático (que se llama mayéutica) el maestro pregunta y el discípulo, después de unas cuantas preguntas, encuentra la respuesta. 


            Platón hacía lo mismo que Sócrates: la dialéctica (o arte del diálogo) pretendía que el discípulo aprendiera solo (eso sí, guiado por el maestro): por eso no escribía tratados, sino diálogos. Aristóteles, por el contrario, hacía lo mismo que los sofistas: era un erudito y enseñaba todo lo que sabía, y lo hacía escribiendo tratados; los tratados son discursos escritos. En matemáticas se enseña a pensar, en geografía se enseñan conocimientos, y la física tiene una parte que es discurso (pues hay que conocer las características de la materia y las leyes que rigen su comportamiento) y otra parte que es mayéutica (cuando el profesor nos pide que deduzcamos fórmulas nuevas de las viejas fórmulas que ya conocemos). La química, la biología, pero también la historia, la geografía o la literatura tienen, junto a los conocimientos que adquirimos, una parte de mayéutica, pues las cosas que aprendemos nos ayudan también a pensar; por ejemplo, conociendo los factores del clima y el lugar donde se encuentra cada pueblo, podemos deducir el clima que hará en cualquier parte del mundo; conociendo los estilos literarios, el lector podrá descubrir la estructura de una novela y la época en que ha sido escrita; y la historia no se conforma con enseñar hechos, también nos pide que entendamos sus causas y consecuencias.
            Empeñado en enseñar cosas, Aristóteles era un observador, y se pasaba la vida estudiando animales, plantas, estrellas y constituciones; Aristóteles era médico. Pero Platón era matemático. ¿Cómo podemos estudiar la zoología? Abriendo puertas y ventanas, abriéndose al mundo, saliendo a la calle, abriendo los ojos y empapándose de lo que vemos. ¿Cómo podemos estudiar matemáticas? Cerrando las ventanas, aislándose uno del mundo, buscar en la mente y ver lo que tiene uno en ella. Aristóteles estudiaba lo que hay fuera, lo que formaba parte de su experiencia, y como “experiencia” se dice en griego “empiría”, lo que descubrimos observando el mundo se dice que son conocimientos empíricos. Pero Platón estudiaba lo que tenemos en la cabeza, esos conocimientos con los que hemos nacido sin que nos los haya enseñado nadie: los conocimientos matemáticos, que sabemos antes de nacer, pero los tenemos dormidos y ahora toca despertarlos, como el gallo nos despierta con su canto: los descubrimientos matemáticos son conocimientos innatos. Si Platón se preocupa por lo innato, Aristóteles se preocupa por lo aprendido. Es la diferencia que hay entre lo que llamamos hoy ciencias formales (matemáticas y lógica) y lo que llamamos ciencias empíricas (todas las demás).
            En la Edad Media la principal preocupación de los estudiosos era demostrar que Dios existe. Unos decían que teníamos a dios dentro de la cabeza y que nadie nos la había enseñado, habíamos nacido con ella; demostrar la existencia de dios no era más que sacarla de nuestro pensamiento, despertarla como nos despierta el gallo, hacerla hablar, como Sócrates hacía hablar a nuestra mente dormida: es lo que hacían Agustín de Hipona y Anselmo de Canterbury, vulgarmente conocidos como San Anselmo y San Agustín.
            Tomás de Aquino, por el contrario, quería llegar a dios por medio de la observación de la naturaleza (y seguía, al hacerlo, el camino de Aristóteles). Tener a dios en la cabeza no era saber que dios existe, como saber que alguien llama a la puerta no es saber que quien llama es Pedro. Y si no podemos sacarlo de nuestra cabeza aunque lo tengamos dentro, el único camino que nos queda es observar el mundo y sacar de él al ser que lo había hecho; al mundo se le llamaba “creación” en la Edad Media, y a dios, el creador; nosotros, que formamos parte del mundo, somos sus criaturas. La mayéutica socrática pasa ahora a llamarse demostración propter quid, y la observación aristotélica demostración quia; aunque más lejos que los aristotélicos fueron, en su afán por observarlo todo, los nominalistas; nosotros conocemos a un nominalista famoso: Guillermo de Occam, el protagonista de El nombre de la rosa (pero Umberto Eco le cambió el nombre por el de Guillermo de Barkerville). 


            Ya en el siglo XVII la mayéutica socrática, o dialéctica platónica, que no es otra cosa que el método propter quid de Santo Tomás, la volvemos a encontrar en Descartes; curiosamente Descartes, como Platón, es un amante de las matemáticas; inventó las coordenadas que llevan su nombre, descubrió la geometría analítica y se dedicó a deducir las leyes de la naturaleza en vez de observarlas; pero como este método, que vale para las matemáticas, no vale para la física, se equivocó en casi todo. Los conocimientos innatos a partir de entonces se llamaron a priori, es decir que son anteriores a toda experiencia, los que teníamos ya en la mente antes de que empezáramos a aprender nada: como el principio del tercio excluso.
            Y en el siglo XVIII, con el desarrollo del empirismo inglés (cuyos principales representantes son Locke y Hume), los conocimientos que aprendemos por observación, pasarán a llamarse conocimientos a posteriori: y es que los adquirimos después de nacer, “posteriormente” al nacimiento, en contacto con la experiencia: son los viejos conocimientos empíricos de Aristóteles. Si para el racionalismo cartesiano nuestra mente nace con conocimientos que no pueden venir de ninguna experiencia previa puesto que todavía no hemos nacido, para el empirismo inglés en nuestra mente no hay nada que no hayamos aprendido; y como sólo podemos aprender por los sentidos, un niño que hubiera nacido sin ellos (ciego, sordo, mudo, sin olfato, sin gusto y sin tacto) tendría la mente vacía; esa mente que, según los empiristas, no viene al mundo con ideas anteriores al nacimiento sino que es una tabula rasa, una pizarra vacía, y en ella no hay nada más que lo que vamos escribiendo a lo largo de nuestra vida con la tiza de la experiencia. A diferencia de Descartes, Newton descubrió las leyes de la naturaleza observando, inquiriendo, experimentando: y acertó.
            Ésta es la diferencia que hay entre lo a priori y lo a posteriori: lo innato y lo aprendido, lo pensado y lo memorizado, lo formal y lo empírico, lo platónico y lo aristotélico. Todos los filósofos y científicos se siguen escindiendo entre estas dos corrientes. A título de ejemplo, podemos decir que en la órbita de Platón, y por lo tanto del pensamiento a priori, no encontramos solamente matemáticos sino también científicos; científicos que, o bien hacen experimentos ideales sólo matematizando el mundo, o bien se ven obligados a prescindir de la experiencia porque la parte de la naturaleza que ellos estudian no se puede observar; es lo que pasa con la física cuántica o la teoría de cuerdas, cuyas únicas herramientas son las matemáticas, a falta de poder hacer experimentos; otros científicos platónicos son Copérnico, Kepler, Giordano Bruno, Chomsky o Galileo.
            En cambio Skinner, Pavlov, Bacon, Mendeleiev o Darwin se pueden clasificar como empíricos preocupados por los conocimientos a posteriori, en la medida en que no creen que podamos saber nada acerca del mundo si no es experimentando con él; son, por lo tanto, empíricos aristotélicos y hasta nominalistas. Bertrand Russell, que en una etapa de su vida había sido platónico, acabó sus días abandonando el platonismo. Y buena parte de la física cuántica abrazó un pitagorismo emparentado con Platón. Aunque en Newton el ideal platónico no tuvo más remedio que plegarse, a través del experimento, a la realidad empírica de los hechos, que son tozudos. También le había pasado a Galileo unos años atrás.
  



viernes, 13 de abril de 2018




OCCAM Y LA CULTURA DE LA IMAGEN  


             Un signo es una realidad con significado. El significado es una intención del alma (a no ser que se trate de señales, en cuyo caso sería más bien una atención del alma). Vayamos por partes:
Una intención del alma es cuando ponemos cosas dotándolas de significado. Pulgarcito dejó piedras en el camino para marcar el camino de vuelta; para él esas piedras no eran piedras sino avisos, marcas, señales que identificaban, entre todos los caminos posibles, cuál era el que tenía que tomar para volver a casa. Un marcapáginas es una señal que ponemos en el libro para saber hasta dónde hemos llegado con nuestra lectura. Y una fotografía es una señal que hemos puesto debajo de un nombre para identificar a una persona.
            Una atención del alma es cuando atribuimos significado a las cosas, convirtiéndolas en signos cuando descubrimos relaciones lógicas entre ellas. Esos signos son causados por sus significados cuando no se parecen a ellos; el humo es causado por el fuego, el agujero es producido por la bala y la herida ha sido abierta por el bisturí. En la película de Jean-Jacques Annaud, Fray Guillermo estudia unas pisadas que hay en la nieve sobre una pendiente; las que suben son menos profundas que las que bajan: la razón es que, al bajar, el fraile iba con un peso encima, posiblemente el cadáver de otro fraile; lo dejó al fondo del terraplén y por eso al volver, sus pisadas eran menos profundas.
            Los signos intencionales sirven para comunicar; la atención a los signos, para descubrir. El investigador debe estar atento a las señales que tiene delante para poder interpretarlas. En algunos casos esas señales se parecen a lo que representan, como una foto se parece a su modelo o una estatua se parece a su personaje; en otros casos no se parecen, como el humo no se parece al fuego ni la pisada al pie; en el primer caso hablamos de imágenes; en el segundo, de huellas; tanto las huellas como las imágenes pueden servir para expresar cosas (como el pintor del Escorial firmaba con un caballo blanco, o el ciudadano se identificaba con una bandera, o aquella sociedad secreta firmaba con el dibujo de una mano negra); o para estudiarlas (como los huesos del paleontólogo o las huellas de Fray Guillermo). Hay, pues, signos para llamar y signos para entender.
            Hay otros signos que no se parecen a lo que representan pero tampoco son causados por sus significados: son las palabras. La herida es una señal que avisa de la presencia del bisturí, pero la palabra “bisturí” sirve para señalar el bisturí que estamos buscando y para hacernos preguntas acerca de él. Una chaqueta en el asiento de un cine sustituye a su dueño para indicar que la silla está ocupada: ésa es una señal entendida como mensaje lanzado por su dueño; pero un papel con la palabra “ocupado” produce también el mismo efecto. Las palabras reemplazan o sustituyen (a veces pueden suplantar) a una pluralidad e individuos; por ejemplo el término “hombre” sustituye a todos los hombres individuales. Occam decía que las palabras sustituyen a las cosas a las que se refieren (es la teoría de la suppositio; “suppositio” significa en latín “sustituir”).


            En la teoría de Occam las imágenes y huellas no producen intelección, a menos que conozcamos previamente la realidad a la que se refieren; un círculo rodeado de otros círculos es ininteligible (a menos que conozcamos lo que es un átomo, en cuyo caso lo identificaremos con un núcleo rodeado de electrones); o un montón de esferas apelotonadas como una frambuesa es imposible de identificar (a menos que sepamos que es el ojo de un insecto fotografiado con muchos aumentos). Las palabras, en cambio, sí producen intelección, o lo que es lo mismo: desarrollan nuestra inteligencia.
            La idea de Occam es muy sugerente si la trasladamos a la cultura de la imagen. Una imagen (decían los chinos) vale más que mil palabras, y era porque la escritura china es tan compleja que resultaba más fácil dibujar que escribir. Pero con Occam sabemos que una palabra vale más que mil imágenes; por lo tanto, leer una novela nos enriquece mucho más que ver una película. Si la novela habla de un coche nosotros nos tenemos que imaginar cómo es el coche, atendiendo al contexto y, muy especialmente, al lugar y la época; pero una película te lo muestra tal y como es y te ahorra, por tanto, el trabajo de imaginarlo.
            Si nos atenemos a la teoría de la evolución, veremos que el progreso ha consistido en sustituir el tacto por el olfato, el olfato por la vista y la vista por el oído. Los mamíferos primitivos tenían un lóbulo olfatorio muy desarrollado, pero los insectos tenían antenas como los gatos pelos en el bigote; nuestro lóbulo olfatorio se ha atrofiado bajo la masa encefálica en la que se han desarrollado, como flores en primavera, el lóbulo occipital (que controla las imágenes) y el lóbulo temporal (que controla el habla con las áreas de Broca y de Wernicke). Evolucionar es, por consiguiente, pasar del contacto al olor, del olor a la imagen y de la imagen al sonido; un animal que habla es más perfecto que un animal que ve; y leer es siempre más interesante que mirar una pantalla. Cuando los seres antropomorfos se hicieron arborícolas necesitaron dominar las tres direcciones del espacio para no caerse, y desarrollaron una visión estereoscópica; pero cuando el cambio climático destruyó la selva necesitaron dominar no sólo la realidad presente, sino también sus posibilidades; y desarrollaron una forma de comunicación infinitamente más potente que la imagen: el lenguaje. Sin embargo hoy la tecnología está sustituyendo otra vez los sonidos por imágenes, arrastrándonos a una involución que es una evolución al revés, y estamos andando hacia atrás como los cangrejos. Es más, la imagen se ha convertido en soporte de videojuegos, y más que entender una historia nos interesa ahora demostrar nuestra destreza manual apretando botones. En otras palabras: de la inteligencia abstracta (con los conceptos) retrocedemos a la inteligencia concreta (con las imágenes) y ésta sirve de trampolín para proyectarnos hacia la inteligencia sensomotriz: que es la que tienen los niños de menos de un año.


            O sea que la cultura de la imagen nos está atontando. Cierto, también podemos crear poesía con las imágenes, pero eso nos obliga a proyectarlas hacia el concepto, y necesitamos símiles, metáforas, metonimias, sinécdoques, hipérboles, ironías y mucha interacción, la mayoría de las veces compleja, entre la imagen y el sonido; pero eso a nuestros jóvenes no les interesa, y en cuanto ven más de dos secuencias del Potemkin nos mandan parar porque “eso ya raya”; prefieren unas secuencias de Torrente, que produce encefalogramas planos.
            En resumen: en Occam (siglo XIV) encontramos herramientas para hacer una buena crítica de la sociedad en la que estamos; porque las huellas y las imágenes nos enriquecen si van asociadas al lenguaje, sea éste de imágenes, sonidos o palabras; pero las imágenes solas, al margen del entendimiento, sólo pueden atrofiar la mente de los jóvenes; y éste es un producto desastroso del progreso, que debería desaparecer, si queremos, fecundando las imágenes con palabras. Para eso, desde luego, hay que echarle voluntad al asunto. Y estar dispuestos a ponerle esfuerzo al consumo pasivo de imágenes para mantener vivo nuestro esqueleto cerebral; sin asustarse de tener que rayarse un poco cuando eso nos obligue a pensar, tan pronto como empezamos a enriquecernos, con nuestras mentes demasiado cómodas y atrofiadas.