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viernes, 26 de junio de 2020

RESPUESTA A LA CARTA DE UNA PROFESORA





RESPUESTA A LA CARTA DE UNA PROFESORA   
  

            Ha llegado a mis manos el libelo de una profesora que se presenta como ardiente defensora del idioma. Está escrito en forma de carta (“carta de una profesora”), pero es una carta sin destinatario; la envía una mano anónima que alaba todo lo que dice, y al presentarla como “profesora de un instituto público” destaca su “acertadísima y lapidaria frase final”. Concluye diciéndole al lector: “pásalo por ahí”, y al expresar su deseo de que “con suerte termine (…) hasta en los ministerios” nos hace pensar dos cosas: que se dirige a un destinatario anónimo que es el público de internet, y que la maestra y el remitente son la misma persona porque la “lapidaria” frase final, que se supone escrita por la maestra, la escribe, en realidad, la persona que envía la carta; el emisor es el mismo que el remitente, contrariamente a lo que se decía en un principio, y esta incoherencia comunicativa nos hace pensar, ya antes de leerla, que la carta tiene truco.
            Empieza después de un largo preámbulo en el que ensalza, de manera beligerante con la educación actual, la educación que recibió (cualquier tiempo pasado fue mejor): la cual primaba el esfuerzo sobre la propaganda (comparando términos que no son comparables por no ser contrarios entre sí), la educación con las editoriales (que transforman los libros en cuadernos) y la lengua con la educación física (menospreciando esta última de manera implícita); pero no compara la “corrección” (que nombra) con la creatividad (que no menciona), dando a entender que lo interesante es obedecer las reglas y no ser libres, formándonos no para ser escritores sino escribanos  y comunicadores, no autores sino amanuenses. Los valores que pregona la profesora tienen que ver con la sumisión frente a la libertad, pues lo que importa es la corrección, el respeto a la norma, reduciendo la lengua a gramática y olvidándose no ya de la pragmática, sino de la etimología; la literatura queda en una lista de autores en la que la mera exposición de los nombres predispone a la reverencia, no a la crítica; al culto, no a la cultura; y si la lengua se queda en gramática (eso sí, reducida a morfosintaxis), la literatura no llega a producción y sólo es consumo.
            Luego viene el verdadero tema de esta carta, que es la crítica del lenguaje inclusivo. Y lo hace presentándolo, más o menos implícitamente, como una consecuencia de nuestro sistema educativo; de tal manera que si el primero era bueno (la autora dijo que estudió “bajo unos planes educativos buenos”), al oponerse a los actuales (con expresiones descalificadoras como “no como ahora”, “mire usted”, “por encima de”, “pero, sobre todo”), da a entender que el que tenemos es malo; y si la educación actual es mala (puesto que aquélla era buena), y si consigue demostrar, además, que una de sus consecuencias (el lenguaje inclusivo) es mala, habrá demostrado, por fin, que lo bueno era lo que defendía la educación anterior: es decir el lenguaje sexista; todo está en convertir el lenguaje inclusivo en ideología para demostrar (sin concluir, simplemente por contraste) que el otro no tenía ideología, sino sólo gramática; a eso vamos.
            Empieza enseñándonos que el castellano ha heredado del latín los participios activos (de “atacar”, “atacante”); sin embargo, en la escuela sólo nos han enseñado los pasivos (“atacado”). Un participio es una forma no personal del verbo que funciona como adjetivo. Ahora bien, los adjetivos tienen género y por lo tanto pueden ser masculinos o femeninos: ¿por qué el participio pasivo tiene género (“cantado”, “cantada”) y el activo (“cantante”) no lo tiene? La profesora defiende a capa y espada la necesidad de no ponerle género al participio activo (cantanto, cantanta) y se olvida de recordar que al pasivo sí que se lo ponemos. La pregunta no es saber qué forma de hablar se nos ha impuesto a lo largo de la historia, sino por qué se nos ha impuesto esa forma y si las formas lingüísticas que han sido excluidas merecen ser relegadas al olvido. Cuando los imperios conquistaban pueblos les imponían su idioma (a nosotros nos impusieron el latín), pero el idioma impuesto sólo es norma por la fuerza, no por la razón, y Alicia, en el relato de Lewis Carrol, ya nos lo dejaba bien claro: lo que importa no es saber quién tiene razón sino quién manda aquí; en francés el complemento directo concuerda con el sujeto, pero en español no: ¿cuál es la forma correcta, si las dos lenguas derivan del latín? Alguna de las dos se la habrá saltado. 


Lo que llamamos corrección gramatical no es más que sumisión a unos usos impuestos por el vencedor; y un pueblo que admite el femenino para el participio pasivo pero no lo admite para el activo es un pueblo que le impone a la mujer pasividad y obediencia, mientras que al hombre le atribuye acciones y capacidad de decidir: lo que indica que el latín era el modo de expresión de una visión sexista de la vida, que es la que tenían los romanos. Si las cosas hubieran sucedido de otro modo tal vez hoy diríamos “presidenta” sin que esa palabra nos chirriara al oído. ¿Cuál sería el lenguaje de las amazonas, si las amazonas hubieran existido, tal y como nos lo cuenta Platón en uno de sus diálogos? Reclamar corrección lingüística es reclamar una ideología que nos ha sido transmitida desde el pasado: pero como suelen las ideologías camuflarse siempre, no se  presentan nunca como ideología, sino, en este caso, como gramática; y en nuestro inconsciente colectivo lo ideológico desprestigia, pero la gramática ennoblece. Obsérvese que nuestra profesora escribe “ideología” con minúscula y reserva la mayúscula para la “Gramática”; al hacerlo viola, sin inmutarse, las leyes más elementales de nuestra propia gramática: las que prohíben escribir con mayúscula la primera letra de toda palabra que, sin ser nombre propio, no viene después de un punto ni es la primera palabra de un texto; la mayúscula no tiene entonces valor gramatical sino laudatorio, valorativo… ideológico. La Gramática es el dios al que la profesora le gusta adorar; su ideología.
            Hay que observar que nuestro idioma sí tiene expresiones inclusivas, pero nuestra profesora las desprecia; al decir que “al que preside se le llama ‘presidente’” da a entender que sólo pueden ser presidentes los hombres; de lo contrario no habría dicho “al que preside” sino “a quien preside”, sin prefigurar de antemano cuál debería ser el sexo de quien manda.
            Además, en latín las palabras se presentan con su nominativo y su genitivo (ens, entis; jus, juris; Jupiter, Jovis; virtus, virtutis); ¿a qué se debe que tengamos que construir palabras a partir del uno o del otro? Decimos “jurídico” (como el genitivo, acusativo más bien), pero decimos “virtuoso” (que se parece más al nominativo que al genitivo), al revés que si hubiéramos dicho “virtutoso” (que habría sido tal vez más correcto aunque suene mal al oído); y hay palabras distintas de un mismo vocablo que se forman a la vez sobre el nominativo y el genitivo-acusativo, como “jupiterino” y “jovial”. Como vemos, la gramática posee espacio para la creación de palabras; mantenerse en una ortodoxia estricta con el martillo de la “corrección” nos obliga a usar la lengua como espacio de obediencia, no como espacio de creación.
            De manera análoga ¿quién, en el pasado, decidió qué palabras podían o no podían ser femeninas? Unas porque sólo admiten el masculino (“sargento” está bien, pero no “sargenta”); y otras porque la forma que debía ser inclusiva (“dirigente” incluiría tanto a “dirigento” como a “dirigenta”, que no existen) se ha identificado con el masculino en nuestro inconsciente colectivo (¿quién no piensa en un hombre cuando oye las palabras “dirigente” y “presidente”?); sobre todo porque el artículo que la precede ha sido hasta ahora el masculino, que ha convertido en no inclusivas las palabras inclusivas; al mismo tiempo ha acostumbrado a nuestro oído a captar como masculina la terminación “-ente” (que corresponde, en realidad, a los nombres epicenos); un nombre epiceno es aquel que, aunque se escriba en un género, se refiere a los dos: como “agente”, “amante” o “atleta”; el mérito de nuestra época ha sido convertir en ambiguos los nombres epicenos, pues lo mismo que decimos “el mar” o “la mar” también hemos aprendido a decir “el amante” y la amante”, o “el artista” y “la artista”; este uso, en verdad, no es epiceno (porque admite los dos artículos), pero tampoco ambiguo (porque no denota cambio de sexo cuando le cambiamos el género); esta forma es una creación de nuestra época, acorde con las leyes de la gramática, a la que podríamos llamar “inclusiva”; y así, junto a los nombres masculinos, femeninos, ambiguos y epicenos, propongo desde estas líneas que se admitan también los nombres inclusivos. 


            Otra cosa es saber lo que es una lengua. Una lengua es un instrumento que usamos para comunicarnos, de tal manera que podemos nombrar seres ausentes y no solamente los que están presentes (como les sucede a los animales). Y sucede que, si en toda comunicación tenemos, como mínimo, un emisor, un receptor, un canal, una referencia, un código y un mensaje, el código (la lengua) tendrá que cambiar para adaptarse a los cambios del emisor, el receptor, el canal, la referencia o el mensaje. A veces hay referencias que todavía no tienen palabra para designarlas: como le ha pasado al euskera que, en el proceso de sistematización de su léxico y su gramática, se encontró con realidades para las que la lengua (que era una lengua antigua) no tenía palabras, como la televisión: y tuvo que inventarlas o tomarlas prestadas; nosotros también hemos tenido que inventar palabras para designar realidades nuevas, como ordenador, astronauta, móvil e internet; y lo mismo que los seres vivos han evolucionado siempre para adaptarse a su medio, también la lengua es un ser vivo que intenta adaptarse a su entorno; entre el nonato y el nacido, médicos, académicos y juristas necesitan crear el neologismo “nasciturus”.
            También la lengua se adapta a los cambios que se producen en los emisores; así, cada país conquistador o conquistado le trasvasa al otro sus propias palabras: ha sucedido con “cacahuete”, “patata”, “chocolate”, “rock and roll”, “palafrenero” o “aljama”; ni que decir tiene que si el movimiento inclusivo tiene mucha fuerza la lengua acabará admitiendo cuantos vocablos requiera la inclusión, obligando a que términos como “presidenta”, que no existían antes, empiecen a existir; porque la cuestión no es saber, como decía Alicia, si la norma tiene razón (que seguramente no la tiene), sino si tiene poder suficiente para seguir mandando; porque no se puede mandar si no hay alguien que obedezca a la voz de mando.
            En el canal de comunicación pasa también cuando decimos “aló” al ponernos al teléfono. No digo ya las transformaciones que experimenta el idioma provocadas por el mensaje, donde la función emotiva se convierte en poética: así, Unamuno tuvo que inventarse, por ejemplo, la palabra “nivola”, y los novelistas, dramaturgos y poetas se inventan a veces términos cuando quieren nombrar sentimientos y vivencias que todavía no tienen palabra, como “serendipia” (que la ha acabado aceptando la Real Academia de la Lengua).
            Y si la lengua es una realidad viva tenemos que retratarla en su dinamismo, no de manera estática; la pragmática, que ajusta las estructuras al uso creando nuevos juegos de lenguaje (léase a Wittgenstein), debe actuar sobre la gramática (que estudia las palabras olvidándose de los hablantes); y la etimología es la parte de la lingüística que se ocupa de la historia de las palabras (porque las palabras que usamos hoy, lo siento por la profesora que las adora hasta el delirio, también pasarán a la historia). Lo que hay que hacer no es una foto fija, sino una película de nuestra lengua. Y como todas las lenguas son seres vivos, está claro que han cambiado, cambian y seguirán cambiando; y cambian porque quieren los escritores, lo quiere el pueblo y lo quiere hasta la Real Academia de la Lengua. Vamos  a ver lo que pasa con todos ellos.


(1)   El pueblo.  
            El pueblo usa palabras y construcciones que no admite todavía la Real Academia de la Lengua. Recordemos que el lema de la Academia es “limpia, fija y da esplendor”. Limpia las palabras como hace el barrendero cuando limpia la calle: quitando lo que ensucia, las mismas hojas que antes adornaban los árboles y que ahora, cuando se han secado, se han convertido en un estorbo. Pero también fija las normas del uso, es decir que a veces cambia las normas viejas por otras nuevas; de modo que la función de la Real Academia es cambiarlas siempre que sea necesario (no, como hace nuestra profesora, defenderlas a capa y espada, que en esto se muestra más papista que el papa). Los malos usos de ayer son los buenos usos del mañana.
Tomemos a título de ejemplo el caso de las preposiciones: es sabido que hay preposiciones que pueden ir juntas, como cuando decimos que tal persona fue buena “para con” sus padres; pero las preposiciones “a” y “por” no pueden ir juntas jamás porque su uso es considerado vulgar y poco apropiado; así, no diremos nunca que vamos  “a por” agua sino “por” agua; ésa es la norma establecida por la Real Academia de la Lengua. Ahora bien, la Real Academia no puede ir contra el uso de los hablantes porque si el pueblo emplea esa construcción contra viento y marea, prohíbanle lo que le prohíban, las autoridades no tienen más remedio que aceptarla: y eso es lo que ha ocurrido; esa construcción lingüística ha dejado de ser incorrecta y ahora forma parte de las formas perfectamente admitidas en el diccionario; porque la lengua es un pulso entre la norma y el uso y cuando una norma es contraria al uso, si ese uso persiste, la norma no tiene más remedio que aceptarlo. A nuestra profesora se le ha parado el reloj porque defiende el diccionario de hace cincuenta años; no se da cuenta o no quiere darse cuenta de que en la última edición las normas han evolucionado.
También podríamos recordar que en la Edad Media, incluso durante el Renacimiento, la regla de la B y la V no estaba clara; cada uno hacía lo que quería (no hay más que remitirse a los textos de la época), y podemos encontrar lugares en los que un mismo autor escribía la misma palabra indistintamente con B o con V. Nebrija estableció en el siglo XV las normas de la gramática castellana y puso las que puso; podría haber puesto otras. Recordemos también que el latín evolucionó al castellano porque muchos de sus hablantes lo hablaron mal; o más bien porque lo hablaron de forma diferente a como se hablaba antes, buscando recursos expresivos que se fueron imponiendo sobre los del pasado bien porque fueran mejores, o bien porque fueran, en contra de la norma, más adaptados a las intenciones comunicativas, más apropiados. Así pues, los hablantes no respetaron las reglas y a esta falta de respeto la llamamos evolución; por ella llegamos al latín vulgar, y desde éste, a su vez, al castellano. Porque el pueblo simplificó las reglas del pasado y las hizo más prácticas. Antes se decía “comprehensión” y ahora se dice “comprensión”; antes se decía “substancia” y ahora decimos “sustancia”; antes se decía “psicología” y ahora se puede decir “sicología”, y antes, por limitarnos a algunos ejemplos, se decía “transtorno” y ahora ya admitimos “trastorno”; en el mismo ordenador en que escribo estas líneas me sale la palabra “transtorno” subrayada en rojo indicándome que es un problema de ortografía: y no me sale con la palabra “trastorno”, que es correcta ahora, aunque fuera incorrecta en el pasado.


            (2) Los escritores.  
            Pero no sólo el pueblo cambia las cosas: también lo hacen los escritores, y las innovaciones que proponen unas veces prosperan y otras no. Por ejemplo, durante el Renacimiento los escritores trajeron de Italia cultismos que convivieron con los vulgarismos castellanos; “óptimo” en lugar de “buenísimo” (porque ya nadie dice “bonísimo”, que es lo que quería la Real Academia que dijéramos); también Gabriel García Márquez propuso una reforma de la ortografía que no ha tenido éxito (y es que hay que dejar obrar al tiempo cuando los cambios son drásticos, no se pueden cambiar las cosas de golpe y porrazo); Juan Ramón Jiménez escribía siempre con j el sonido gutural fuerte (jota, jefe, pájinas, etc.), y tampoco ha prosperado; pero ha prosperado el neologismo que propuso Unamuno, introduciendo “nivola” como una forma distinta de “novela”. Las novedades introducidas por los escritores hay que considerarlas como tanteos, y unas veces son admitidas por el uso y hasta por la Academia y otras no. También las hipótesis científicas se descartan unas veces y otras son corroboradas. Y entre nuevas las formas evolutivas, la naturaleza selecciona unas y descarta otras (condenándolas a la extinción), dependiendo de que estén adaptadas a su medio o sean inadaptadas.

            (3) La Real Academia de la Lengua.  
            La Real Academia acaba de hacer una reforma de la acentuación que ya no respeta las reglas que ella misma nos había impuesto antes (que son las que nos obligaron a aprender cuando éramos pequeños); ya no hace falta distinguir el adjetivo del pronombre poniéndole tilde a este último, a menos que lo pida la comprensión del texto; tampoco hay que poner acento diacrítico a la palabra “solo” para distinguir el adjetivo del adverbio, a menos que la comprensión lo requiera. Los viejos dinosaurios como esta profesora y yo nos vemos obligados a escribir mal porque a nuestra edad ya no vamos a aprender reglas nuevas; y estamos, en lo que a la lengua se refiere, inadaptados.
            De modo que el idioma cambia y si un día a la Real Academia le da por incluir el término “presidenta”, ¿quién se lo podría a impedir? Pero la maestra que ha escrito este libelo (que no deja de ser un manifiesto y, como todo manifiesto, proclamación de una ideología), lamenta con ironía “haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto”, y los llama “ignorantes”; bueno, les da a elegir entre la ignorancia y la ideología, pues según ella “la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones los hace más ignorantes”. No deja de ser paradójico que llame ignorantes a quienes quieren que el idioma se adapte a la realidad y no se lo llame a sí misma, que pretende que sea la realidad la que se adapte al idioma (precisamente antes les había reprochado a las estadísticas que, en lugar de ser una foto de la realidad, pretendan que la realidad sea una foto de las estadísticas). Al fin y al cabo no dejan de ser dos ideologías, una realista y otra conservadora: realista la que reclama que las palabras se ajusten a la realidad cambiante; conservadora la que exige que las palabras se impongan sobre la realidad, para que no cambie; la lengua se convierte así en una cadena que encorseta y constriñe al mundo para ahogar la vida, para ahogar los cambios; el respeto por la gramática se instala en nosotros convirtiendo la lengua en obediencia y la gramática en cadena; y es una visión de la lengua anterior a Peirce, a Searl y a Austin, pues antes de ellos la lingüística era morfosintaxis y semántica y ahora también es pragmática; quizá no sea ocioso recordar (porque nuestra maestra, la que nos tacha de ignorantes, parece ignorarlo) que la morfosintaxis estudia la relación de los signos entre sí, la semántica, la de los signos con sus significados, y la pragmática, la de los signos con sus usuarios. 


            Lo que está en juego es saber si el lenguaje inclusivo procede (ya lo ha dicho la profesora) de la ignorancia o de la ideología. Ella excluye para sí misma la primera, pues presume de no ser “víctima de la Ley Nacional de Educación” (sic), y aclara, por si no lo hubiéramos entendido bien, que ha “tenido la suerte de estudiar bajo unos planes educativos buenos” que no tenían nada que ver con “la propaganda política”; se supone que el término “propaganda”, asociado al adjetivo “política”, significa “ideología”, y toda ideología es un cuerpo doctrinario que se acepta con corazón y sin crítica; se habla, por ejemplo, de que el catecismo es la doctrina de la Iglesia católica y de que enseñar doctrina es adoctrinar. Ojo, no estoy diciendo que sea malo enseñar contenidos axiológicos o valorativos, sino que hay que enseñarlos desde la fortaleza del corazón auxiliado por la inteligencia, la cual florece en forma de crítica.
            Tengo a mano la enciclopedia Álvarez con la que ha estudiado esta profesora que presume de no haber sido adoctrinada en ninguna ideología; y encuentro que la quinta parte de sus páginas es historia sagrada, evangelios, lecciones conmemorativas y enseñanzas políticas; la reto a que compare si las páginas de formación ética que se imparten hoy son la quinta parte del conjunto de todos los libros de las otras materias. Creo que en materia de asepsia ideológica esta profesora no tiene muchas lecciones que darnos.
            A menos que profesemos una especie de platonismo a la manera de Rousseau, pretendiendo que las cosas son perfectas hasta que la sociedad viene a pervertirlas con sus leyes; como si antes de la primera ley de educación hubiera habido un sistema educativo ideal que luego han venido a estropear todos los demás (y, a diferencia de los políticos de antaño, lo hubieran ensuciado todos los políticos posteriores); como si la primera ley de educación no la hubiera puesto ningún político; o como si hubiera sido una suerte de naturaleza primigenia, inocente y pura, anterior a todas las leyes, que ha sido estropeada luego por las leyes.  
            Pero nunca ha existido ese pasado educativo ideal. El primer maestro que hubo en la historia (o quién sabe, quizá en la prehistoria) fue puesto por alguien que le dio fuerza de ley. Y si las leyes educativas convierten en víctimas a los aprendices, entonces todos los aprendices estamos condenados a ser víctimas porque las leyes educativas son anteriores a las instituciones educativas. De modo que si la autora no ha sido víctima de la “Ley Nacional de Educación”, lo ha sido de una ley anterior: ¿qué ley es ésa, que se supone que es mejor que todas las posteriores? Porque no puede mantener la pretensión utópica de que a ella la educaron antes de que existiera la educación (es decir antes de que existieran los sistemas educativos).
            O sea que lo que pretende decir subrepticiamente es que las leyes anteriores a la democracia española fueron mejores que las que vinieron después. Eso habría que demostrarlo. Para ello habría que hacer un recorrido por la educación infantil, primaria y secundaria: vayamos por partes.
            Los planes educativos bajo los cuales estudió nuestra profesora corresponden, desde la educación secundaria, a la ley Villar Palasí de 1970 (cuando ella tenía diez años). Esta ley pretendía desarrollar una inteligencia activa donde antes primaban los aprendizajes memorísticos (por lo visto éste era el modelo ideal de nuestra profesora); yo, que he crecido bajo el paraguas aquel, sigo sin entender por qué la primera guerra mundial la desencadenó un serbio, cuando Serbia ocupaba un papel irrelevante, por no decir inexistente, en la Europa que nos enseñaban en historia; y aprendí las tablas de multiplicar, pero nunca me explicaron su significado: lo aprendí cuando fui maestro; cuando tuve que prepararme para enseñar. 


            La ley Villar Palasí promovió una enseñanza tecnocrática, de corte conductista, cuando España tenía que adaptarse a la psicología de Skinner; el aprendizaje tenía que ser ahora de tipo proceso-producto, y el profesor un técnico competente que diseñara buenos programas con objetivos claros y medibles; medibles; ya me dirán cómo se pueden medir las humanidades. ¡Ah, ya sé! Vaciándolas de creatividad y reduciéndolas a obediencia. La lengua no es un vehículo con el que se puede crear, sino una gramática que se puede medir (se puede contar el número de faltas que contiene un texto, pero no el número de unidades creativas que hay en él; sin destruir su carácter creativo, por supuesto). Pero nuestra profesora presume de haber estudiado “en Bachillerato (…) Historia de España, Latín, Literatura y Filosofía”: lo mismo que estudian hoy mis alumnos, mire usted. Pero la historia de aquel entonces ¿era algo más que una lista de nombres y fechas? ¿Medibles a la manera de Skinner? El latín ¿era algo más que declinaciones, conjugaciones y reglas? ¿No era también aprender cultura y traducir? ¿Cuál era el peso de Julio César y Cicerón frente a aquellos corsés gramaticales? La filosofía ¿era algo más que una trabazón de conceptos y nombres unidos lógicamente pero inconexos para el estudiante? Nuestra maestra presume de haber leído entonces  “El Quijote”: ¿de verdad? Yo estudié cinco años antes que ella y, si la antigüedad de los planes educativos es criterio de calidad, debí haberme leído el Quijote mucho mejor que ella; pero a nosotros no nos pedían que leyéramos las más de mil páginas que tiene el mamotreto; leíamos lo que decía el libro de texto, si acaso algún fragmento, y para de contar; sólo más tarde me he sumido en ese mamotreto infumable para descubrir en él maravillas que ni por asomo sospeché cuando estudiaba el bachillerato. Lo mismo podemos decir del Lazarillo. En cuanto a Manrique, leíamos sus coplas al completo porque eran cortas; y de Lope, Garcilaso, Góngora y Espronceda leíamos versos (yo me leí las obras completas de Espronceda porque me gustaban, no porque fueran obligatorias). Sin embargo hoy los bachilleres leen el Quijote, la Odisea, el Lazarillo, la Celestina y muchas cosas más, y las leen por entero; en ediciones adaptadas, por supuesto, pero, salvo el Quijote (al que se han quitado bastantes fragmentos), el resto de las obras se leen completas; y luego te las preguntan en clase. Pero eso no es todo: hoy también leen los chicos el Diario de Ana Frank, la República de Platón, el Compendio de Hume, y además ven películas y les mandan buscar en internet y les siguen mandando hacer composiciones escritas y exposiciones orales, muchas de ellas con power point. De modo que en materia de calidad de enseñanza el pasado no tiene muchas lecciones que darle al presente. Tal vez el problema no sean los planes de estudio, sino la cuestión sociológica la que lo tiñe todo; pero es que hoy estudian muchos chicos y antes estudiaban sólo unos cuantos, mire usted.
            Pero vamos a la educación primaria; la que ella estudió bajo unos planes anteriores a los de la ley Villar Palasí. “En primaria estudiábamos Lengua, Matemáticas, Ciencias, no teníamos Educación Física”: claro, porque los niños eran almas sin cuerpo (y eso no es ideología). El alma, el espíritu, se estudiaba igual que ahora, pero el cuerpo no importaba nada (los romanos, siguiendo en esto la línea de los griegos, estaban más avanzados que nosotros, pues perseguían una “mens sana (in) corpore sano”). Eso sí, “en 6º de Primaria, si en un examen tenías una falta de ortografía del tipo ‘b en vez de v’ o cinco faltas de acentos, te bajaban y bien bajada la nota”; eso era lo que importaba; no que supieras oxigenar tus músculos, alcanzar la alegría mediante el deporte, medirse las fuerzas unos con otros, conocer el baile, educar la sensibilidad a través del cuerpo, eso no, no importaba. Ahora lo hacen todos los niños de primaria. Y eso no les quita de estudiar lengua, matemáticas y ciencias, que también se estudian, y bien; por lo menos igual de bien que lo estudió nuestra profesora.


            ¿Y la educación infantil? ¿Qué podemos decir de ella? Pues que para nuestra profesora vale menos el español que el alemán, porque habla con orgullo del “jardín” (así se llamaba lo que hoy es ‘educación infantil’, mire usted”); como si la palabra “infantil” no formara parte de nuestro vocabulario; y como si fuera más noble copiarles el “jardín” de su “kindergarten” a los alemanes. A los niños nosotros también les llamábamos “parvulines”, una palabra que procede del latín, del que nosotros también procedemos. Pues bien, nuestra profesora presume de aquella cartilla que enseñaba las letras convirtiéndolas en sílabas; mientras que hoy se estudian convertidas en sonidos (fonemas antes que grafemas), y no sílabas; y se enseña, tanto fonética como gramaticalmente, a unir las letras entre sí, lo que no se hacía antes; le recomiendo que les eche un vistazo a los libritos de Micho, que vienen, además, con canciones incorporadas. ¡Ah!, y los párvulos de hoy no tienen Educación Física pero tienen algo mucho mejor: psicomotricidad. Oh, perdón, es una palabra moderna, debe ser muy malo porque se nombra con un neologismo: lo bueno debe ser antiguo. En cuanto al provecho que sacan las editoriales de los libros que no se llaman Semillitas, eso es cosa del negocio, no de los sistemas educativos; aunque sí les podemos reprochar (en esto sí le voy a dar la razón a nuestra profesora) haber roto la frontera que separaba a los cuadernos de los libros, porque los libros han quedado convertidos en material fungible.
            Todo este excursus acerca de los sistemas educativos fue motivado, recordémoslo, por la acusación de ignorantes que les lanzaba nuestra profesora a los “políticos”, “periodistas” y “hombres” en general que firman manifiestos defendiendo el lenguaje inclusivo. Acabo de demostrar que tales hombres (y mujeres, no las olvidemos a ellas) han sido formados en un sistema educativo más potente que el que conoció nuestra profesora: no son, por lo tanto, unos ignorantes. Entonces están deformados por la ideología: también he mostrado que el peso ideológico de la educación anterior era muy superior al que tiene la de ahora. Lo que nuestra profesora planteaba como una alternativa (o ignorancia o ideología) no funciona: no se trata, pues, de una alternativa, puesto que entre la ignorancia y la ideología hay otras cosas: lo mismo que entre el blanco y el negro también hay muchos colores.
            Descalificar como “ignorantos” e “ignorantas” a quienes no piensan igual que la profesora es un acto de desprecio. Ya hemos visto que hasta las lenguas muertas tienen vida y que donde hay vida hay historia, ¿qué no decir, entonces, de las lenguas vivas? Todas las lenguas (y la nuestra no es una excepción) tienen amplios márgenes para manifestar ese cambio. Y no hay que ignorar que los significados de las palabras se escinden en denotativos (que suelen ser referenciales y afloran a la conciencia) y connotativos (que son, por el contrario, emotivos e inconscientes, y muchas veces irracionales): esto pasa con todas las palabras, con todas las reglas, y la cuestión del género no es una excepción; aunque muchas palabras masculinas denoten inclusión y se refieran a ambos géneros, connotan, sin embargo, exclusión y universos mentales masculinos. Cuando decimos que el hombre primitivo vivía de la caza ¿alguien se imagina a una mujer cazando? Cuando los filósofos hablan del “sitio del hombre en el cosmos”, ¿no pensamos más bien con mente masculina? Lo peor es que hay legislaciones que contienen saltos semánticos, pues palabras como “hombre” y “ciudadano” se toman unas veces en su sentido genérico y otras veces están referidas al varón. Por todo ello se hace necesaria una reforma del vocabulario y de la gramática; hay usos y normas que deben cambiar en el presente, igual que hubo otras normas y otros usos que cambiaron también en el pasado. 


            Porque nuestra profesora está poniendo la gramática por encima de la política y a los políticos y diputados, por ignorantes y demagogos, por debajo de los maestros. Que no son ignorantes lo he demostrado ya, y en cuanto a demagogia, la que algunos puedan tener (si es que la tienen todos), queda muy por debajo de la que tiene la profesora: cuya soberbia la lleva a pretender que, si nos pasamos su escrito de unos a otros, tal vez termine “haciendo bien hasta en los ministerios”; como si la gramática, que refleja siempre a la sociedad que la produjo, pudiera rebelarse contra quien la creó lo mismo que Lucifer se rebeló un día contra Dios. Para salvaguardar su modestia y no parecer orgullosa, la profesora se ha disimulado detrás de un emisor imaginario que en realidad es ella misma. Según este emisor, la frase final es “acertadísima y lapidaria”. Que es lapidaria no da lugar a dudas, pues decir que “no es lo mismo ser ‘un cargo público’ que ser ‘una carga pública’” crea un efecto teatral que tiene mucho gancho (eso está bien), pero sobre todo lleno de connotaciones (y eso ya no está tan bien: pues presupone que reclamar igualdad lingüística entre los sexos es una carga para los demás, y eso es una falacia). Nuestra profesora podría haber mencionado aquello de que ser maestro es más que ministro, porque “magisterio” viene de “magis”, que significa “más”, y “ministro” viene de “minus”, que significa “menos”: expresión que denota lo que se dice pero connota lo que se quiere decir (y eso es un sofisma que prescinde del contexto).
            Por eso mismo podemos decir que la frase con la que concluye la profesora es lapidaria, sí, teatral y contundente: pero no acertada, porque dice una falsedad. Puestos a quedar bien yo también podría despedirme con otra frase lapidaria (como que he dejado la gramática de Madrid por la pragmática de Zaragoza, porque más vale maña que fuerza); pero lo haría sin violentar la lógica con los consabidos juegos de palabras. Podría emplear una dilogía, un palíndrome, un anagrama, un calambur. Que argumentaciones como la de la profesora me hacen sentir bien, como decía Frida Kahlo: bien hundido, pero bien. Aunque prefiero concluir comparando el medio ambiente con la gramática y decir que no lo quiero medio, sino completo, que para tenerlo a medias ya me basta la profesora. Y no digo más.
  






viernes, 8 de mayo de 2020

LA PEREZA




LA PEREZA           


1. Primeras definiciones.

1.1.  El vigor.

El vigor son las ganas de trabajar y a la falta de ganas la llamamos pereza. Hay gente que viene al mundo dotada de una gran cantidad de energía y es gente laboriosa; otras, en cambio, nacen con muy poca fuerza en la reserva y les cuesta mucho trabajar. No es que unos sean esforzados y otros no se esfuercen, sino que unos tienen fuerza y otros no la tienen, unos son fuertes y otros flojos; o sea, la persona esforzada no lo es por un esfuerzo de la voluntad, sino porque padece de su debilidad; la persona trabajadora no tienen ningún mérito en serlo, sino que se esfuerza porque es así; y el vago no es culpable de su pereza, sino víctima de su falta de fuerza.
Entonces ¿qué es el esfuerzo? El esfuerzo es el ánimo que nos da la fuerza con la que hemos nacido. A mí me gusta la filosofía y si he nacido vigoroso me empeño en filosofar y estudio y escribo y el esfuerzo, más que costarme trabajo, me da placer: disfruto trabajando; lo que no le pasa a la persona floja que, aunque disfrute con lo que hace, no le echa horas de trabajo. Fijémonos en un deportista: si, además del gusto por el ejercicio físico, es una persona enérgica, será un deportista sacrificado que goza y sufre en los entrenamientos, sacándoles rendimiento a las fuerzas que tiene; si, por el contrario, es flojo, sólo jugará para pasárselo bien, y maldecirá siempre el momento en que tenga que entrenar, esforzarse y superarse, cuando tiene que sacar fuerzas de dentro para ser mejor, no para disfrutar. En el fútbol hay gente que tiene cualidades y las desarrolla y gente que sólo las utiliza para divertirse; gentes, como Messi y Ronaldo, que son jugadores sacrificados cuya pasión es trabajar siempre para ser mejores, y otros, como Ronaldinho, que estropean siempre todo su potencial pensando sólo en ir de fiesta.

1.2.  La fuerza y el valor.

Tampoco hay que confundir ser esforzado con ser valiente. La persona esforzada tiene espíritu de sacrificio, ganas de trabajar, porque ha nacido motivada para hacer lo que le gusta (al revés de lo que le pasa al vago). Pero la persona valiente tiene espíritu de lucha, ganas de vencer a la adversidad, de superar las dificultades. Nos puede gustar la guitarra y pasar muchas horas tocando, pero a la menor dificultad nos venimos abajo. Hércules es esforzado porque no repara en gastos, tanto físicos como mentales, a la hora de trabajar; pero Héctor es valiente, porque está dispuesto a desplegar toda la fuerza que tiene (que es menor que la de Aquiles y él lo sabe) para pelear con Aquiles; a sabiendas de que no podrá derrotarlo.
Hay que distinguir, pues, entre dos formas de fuerza: la que tenemos almacenada en el cuerpo y la que tenemos almacenada en el ánimo; Aquiles tiene más fuerza que nadie y por eso es invencible; Héctor tiene más capacidad de aceptar retos, aunque sean imposibles, y por eso es valiente; Aquiles es fuerte y Héctor valiente; el valor, como fuerza del ánimo, es la capacidad de cumplir con nuestro deber aunque al hacerlo estemos abocados a la derrota. Aquiles es fuerte pero se comporta como un cobarde, y su fuerza moral es la de una persona poco recomendable; Héctor, en cambio, es un modelo de virtud; Aquiles es capaz de poner en peligro la guerra de Troya por no saber frenar su cólera; Héctor, en cambio, está dispuesto al sacrificio con tal de cumplir con su deber.
Hay que distinguir, pues, entre fuerza y valor. Fuerza es la cantidad de energía que tenemos dentro. Valor es la capacidad de enfrentarnos a la adversidad, independientemente de nuestras posibilidades de éxito. Y si el cuerpo es un almacén de fuerza, el ánimo es un almacén de sacrificio; y el sacrificio es la capacidad de emplear la fuerza no en beneficio propio, ni siquiera en beneficio de los demás, sino en beneficio de todos, que es cuando cumplimos con nuestro deber. El desánimo es la debilidad moral, y se ha visto a gente tener un ataque de cólera porque no ha tenido fuerza suficiente para cumplir con su deber.


1.3.  Resistencia y fuerza.

Fijémonos en cómo funciona un coche. Un coche puede tener más fuerza porque tiene más gasolina que otro; pero también porque tiene un motor más potente, con mayor capacidad de crear fuerza; y así, el que tiene más gasolina tiene menos fuerza que el que tiene más caballos de vapor; la gasolina te asegura que vas a sostener tu esfuerzo por más tiempo, pero tu potencia te garantiza que tu esfuerzo va a tener más intensidad, y la fuerza que despliegas va a ser mucho mayor; es más, la potencia suele ir en relación inversa de la duración, porque los motores potentes gastan más gasolina que los que son más débiles y flojos. Consideraciones parecidas podemos hacer en lo que respecta a la fuerza moral.
            Podemos decir, así, que la resistencia es la capacidad de persistir en el esfuerzo, sea porque nuestro esfuerzo dura más en el tiempo o porque, consumiéndose en menos tiempo, es capaz de contrarrestar una fuerza mayor.

2. Hacia una definición de la pereza.

2.1. Sacrificio.

            Llamamos vigor a la fuerza. Fuerza física es la capacidad de acción que hay en  nosotros. Fuerza anímica es el deseo de acción que tenemos dentro, que es, en tanto que deseo, búsqueda de placer, y en tanto que despliegue de fuerza, esfuerzo o sacrificio; es, por tanto, espíritu de superación en el que se sufre al mismo tiempo que se disfruta. Este deseo de enriquecerse aunque cueste sacrificio es la ambición de verdad, es anhelo de plenitud, de ser cada vez más uno mismo.

2.2. Pereza.

            La ausencia de fuerza física es debilidad, escasez de capacidad de acción. Pero esa otra forma de debilidad en que consiste la debilidad moral (a la que también podríamos llamar debilidad anímica) es la pereza: búsqueda de placer sin esfuerzo o sacrificio, que es falta de ambición; mediocridad, justamente lo contrario del espíritu de superación.

2.3. Potencia.

            Podemos distinguir entre potencia y duración. La potencia de un coche es la cantidad de fuerza que puede desplegar, concentrándola en cada segundo, y se mide en caballos de vapor; la potencia es, entonces, acción sobre el mundo; acción: capacidad de cambiar las cosas y capacidad de iniciar ese cambio. Así, ese vigor al que hemos caracterizado como fuerza anímica, ambición esencial, deseo de plenitud o búsqueda de superación, puede ser más potente si puede hacer más cosas en menos tiempo; y en todo caso lo hace por propia iniciativa, por deseo de ser cada vez más y mejor.


2.4. Inteligencia.

            La duración del esfuerzo es la cantidad de tiempo que podemos mantener desplegada nuestra potencia; en un coche corresponde a la cantidad de gasolina que tiene, a la cantidad de combustible. A mayor potencia menor duración, porque consumimos nuestras energías en menos tiempo: como le pasa al guepardo, que es capaz de correr a cien kilómetros por hora pero si, en poco tiempo, no es capaz de cazar una presa, se queda agotado y tiene que resignarse a pasar hambre. Una persona dotada de gran fuerza moral y de una gran potencia debe tener la inteligencia de dosificar su fuerza, so pena de perecer consumido por el despliegue de su propio esfuerzo.

2.5. Reacción.

            Pero la potencia no se opone solamente a la persistencia, es decir a la duración. También es lo contrario de la resistencia, es decir de la reacción; la reacción es lo contrario de la iniciativa, a la que solemos llamar a veces (de modo incorrecto) acción; incorrecto, porque la reacción es también una forma de acción (precisamente la que no ha llevado la iniciativa).
            Pues bien, la reacción es la forma de vida que tiene la persona no vigorosa, es decir inerte (que lo mismo es no hacer nada como ser un peso muerto): la que pone inercia donde debía poner iniciativa, y se limita a responder a las preguntas del entorno en lugar de hacer ella sus propias preguntas.
            Resumiendo: vamos a condensar la diferencia entre vigor y pereza.

A. Vigor. Una persona vigorosa es la que, independientemente de que tenga fuerza física o no, disfruta superándose, se supera esforzándose, y esa forma de plenitud es el motor de sí misma: la ambición de ser, no de estar, y por lo tanto el espíritu de iniciativa; y tiene la inteligencia (la llamaríamos prudencia) de dosificar su esfuerzo para no romperse en el empeño de ser más y mejor. A eso es a lo que llamamos echarle ganas a la vida, y, en tanto que vida con iniciativa, disfruta del esfuerzo sin dejarse llevar por el viento: porque él mismo se mueve gracias al motor interior.

B. Pereza. El perezoso es un abandonado. Una persona de ánimo débil y poca entereza moral: que vive de forma mediocre porque se empeña en disfrutar sin esforzarse, huyendo siempre del sacrificio y dejándose llevar en todo momento por la falta de ambición; puede tener potencia de acción, pero, carente de iniciativa, emplea toda su vida en reaccionar frente a los ataques del mundo sin afán de hacerse mejor en la resistencia; sino conformándose con poco, que es la vida cómoda, y para ello escatima esfuerzos y busca continuamente la forma en que pueda lo más pronto posible dejar de resistir.


3. Ejemplos.

3.1. La cigarra y la hormiga.

            La cigarra se pasa el día cantando, tumbada en su rama, disfrutando del momento y  olvidándose del mañana. Sólo le interesa disfrutar, dejarse llevar, vivir sin esfuerzo y no hacer nada, si por no hacer nada entendemos hacer sólo lo que le apetece.
            La hormiga se pasa el verano trabajando, esforzándose siempre y empeñándose en pensar en el mañana; su meta no es disfrutar, sino acumular alimento para tener qué comer cuando llegue el otoño. Sólo piensa en el futuro, y por preparar el futuro se olvida del presente; y se pasa la vida haciendo lo que no le gusta sin dejar de sacrificarse; pues sacrificar es renunciar al placer por asegurarse la supervivencia; y para sobrevivir mañana hay que dejar de vivir hoy, si por vivir entendemos algo más que sobrevivir: disfrutar.
            La cigarra hace sin esfuerzo lo que le gusta, disfruta, porque disfrutar es dejarse llevar por la naturaleza, haciendo lo que le sale solo.
            La hormiga se esfuerza en hacer lo que no le gusta, empeñada, no ya en vivir, sino en durar; pero ni disfruta mientras se prepara para el invierno, perdiendo la alegría del verano, ni cuando ya ha pasado el verano, empeñada en un invierno reducido a la supervivencia, donde la vida no tiene alegría ni placer.
            La cigarra es alegría. La hormiga es sacrificio. La fábula nos obliga a elegir entre trabajar sin disfrutar o disfrutar sin trabajar; como si la ambición de la hormiga no tuviese plenitud y la alegría de la cigarra estuviera vacía de ambición.
            No existe el placer sacrificado. Sólo existe el placer sin esfuerzo y el sacrificio sin placer. Y gozar, para la fabula, es lo mismo que ser perezoso; mediocridad, inercia, falta de vigor y de fuerza, un ser disminuido y carente de naturaleza, confundir el dejarse ser con el dejarse llevar.
            La fábula confunde el placer con la pereza, la vida con la supervivencia, la alegría con la inercia, el goce con la desgana y con el deseo de no hacer nada: eso representa la cigarra. Y la hormiga representa otro tipo nefasto de confusión: el trabajo con el sufrimiento, la iniciativa con la tristeza, el sacrificio con la renuncia y el hastío, y la inercia con el instinto de hacer sin disfrutar.
            Pero hay una alternativa para el trabajo bíblico. Para el trabajo concebido como una cadena, una condena, una prisión. Se puede trabajar sin sufrir y se puede desfrutar sin ser vago. Gozar, vivir y cantar no tiene que ser verse convertido en cigarra perezosa, sino esforzada en disfrutar. Y trabajar, sobrevivir y sacrificarse no tiene por qué convertirnos en hormigas sufridas que se han olvidado de disfrutar.
            El placer no es lo mismo que la pereza. El trabajo no es lo mismo que el sacrificio. Entre la cigarra y la hormiga hay una tercera forma de vivir.


3.2. Los tres cerditos.

            Tres cerditos se querían construir una casa. Uno, tocando el violín, junta unas pocas ramas que se lleva el viento por no dejar nunca de tocar. Otro, disfrutando con la flauta, trabaja un poco más aunque toque menos, y a cambio le dedica más tiempo a la casa, y la construye juntando piedras y troncos que resisten más. El tercero se la construye con argamasa y ladrillo, juntando cemento, yeso, materiales duros y utilizando la paleta, la llana, el nivel, la plomada y la técnica del albañil: pero no tiene tiempo de disfrutar de la música; se pasa la vida construyendo su casa sin pensar en nada más.
            Luego viene el lobo y sopla sobre las ramas del primer cerdito, que tiene que salir corriendo a refugiarse en casa de su hermano mayor; desbarata a golpes y patadas las piedras y los troncos del segundo, que tiene que salir corriendo también; pero cuando llega a casa del albañil ni los soplidos ni las patadas del lobo consiguen derribar una casa tan bien construida. La moraleja es que si te pasas la vida divirtiéndote no trabajas y  te quedas sin casa; tienes que elegir entre ser vago o trabajador.
            Pero el cerdito trabajador no disfruta de la vida. Se pasa todo el tiempo trabajando como un esclavo, y nunca tuvo tiempo de deleitarse con la música. Como una hormiga.
            El cerdito perezoso nunca tuvo casa. Se pasó las horas muertas tocando y disfrutando y nunca hizo nada por construir su seguridad. Como una cigarra.
            La solución está aquí en el cerdito de en medio: pero la historia está mal desarrollada, como si los dos primeros cerditos representaran grados distintos de pereza y sólo el tercero fuera el cerdito trabajador. Visto así, cualquier grado que adoptemos en la escalada de la pereza estará mal elegido; sólo elegiremos bien cuando nos decantemos por trabajar, y no por pasarlo bien.
            La salvación está aquí en el cerdito de en medio, pero hay que cambiar la historia para hacerla hablar mejor. Ni cerdito que se divierte sin trabajar como la cigarra perezosa que nunca tendrá una casa; ni cerdito que trabaja sin divertirse como la hormiga que se construye una casa envidiable pero nunca tuvo tiempo para disfrutar; sino cerdito que se construye una casa sólida trabajando con sacrificio pero sin perder la ocasión de tocar en ella y disfrutarla. Entre la hormiga sacrificada y la cigarra perezosa el cerdito de en medio nunca confunde el placer con la pereza. El placer es una forma de trabajo en la que nos dejamos llevar, y el sacrificio es esa otra forma de trabajo con la que guiamos nuestro esfuerzo, y que nos lleva.
            La vida está hecha de placer perezoso que nos arrastra a lo que nos gusta. Y de trabajo sacrificado con el que debemos combatir nuestras inercias, siempre que sean inercias peligrosas para la supervivencia. Debemos ser cigarras y hormigas a la vez. Seres sacrificados capaces de disfrutar. No seres condenados al sacrificio ni vagos prisioneros del placer, como la hormiga que nunca fue cigarra ni la cigarra que supo ser hormiga para sobrevivir. No hay que elegir entre el trabajo y el placer, como si el placer fuera lo mismo que la pereza. Hay un trabajo placentero que riega nuestras aficiones y nuestros gustos y un trabajo esclavo que nos impide disfrutar. La vida es una urdimbre de aficiones y sacrificios en la que nos vamos construyendo: como una tela de hermosos colores que debe someterse a una regla para lanzar su libertad al viento, o como la melodía que se construye libremente sometiéndose a la disciplina del compás.


3.3. ¿Qué hacemos con la pereza?

            Nosotros utilizamos la palabra “pereza” en dos sentidos: por un lado la concebimos como creatividad, o más bien libertad, pues no puede crear nada la persona que no se siente libre; y por otro lado significa desgana, falta de energía, inactividad. En el primer sentido confundimos la pereza con la libertad. En el segundo la utilizamos como sinónimo de falta de vigor. La libertad, que es, por definición, trabajadora, nos satisface y enriquece, nos llena de plenitud. La pereza, que es falta de ganas de trabajar cuando sentimos la necesidad y el instinto de hacer cosas, nos hunde en el hastío, en el aburrimiento. O hay que confundir la energía libre con la desgana y la creación con la falta de energía, como ya lo decía Quevedo: la libertad ha engendrado en mi pereza la pobreza.
            Hemos nacido para ser libres.
            Y hemos nacido para el sacrificio.
            Pero no hemos nacido para aburrirnos.
            La ley del mínimo esfuerzo nos hace libres. La necesidad y el instinto de apasionarnos en la construcción de nosotros mismos nos hace amar el sacrificio. Sólo el perezoso deja de apasionarse en la pereza de no hacer nada porque, como un día recordaba Savater, aburrirse viene de burro. Sólo se aburre quien no hace nada porque le da pereza, porque no quiere hacer ningún esfuerzo por divertirse. Y ser un burro, ya lo sabemos, significa dos cosas: por un lado es ser tonto; por otro es ser vago; y al vago, ya lo sabemos, no le interesa a zanahoria: sólo sabe trabajar con el palo.