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sábado, 23 de noviembre de 2019

EL ARTE (2): LA ELABORACIÓN EN EL ARTE



EL ARTE (2) 
LA ELABORACIÓN EN EL ARTE


1. La técnica.

            El ejercicio aristónico es como un parto, es un esfuerzo del artista por sacar a la luz todo lo que tiene dormido en las cavernas del espíritu; es una lucha contra la resistencia de la materia; lucha por vencer las rigideces de lo inanimado, de la inercia, y transformar en potencial expresivo la falta de flexibilidad de la naturaleza mineral. El pintor trabaja con los colores, a los que debe domar; debe aprender a mezclarlos para atrapar matices que no se encuentran en estado puro en la naturaleza. Debe dominar, con la técnica del claroscuro, el arte del encuadre, el valor expresivo de las líneas según las direcciones del espacio, la creación de volúmenes en la superficie, el escorzo. Sólo cuando ha derrotado las limitaciones de la materia el artista puede proyectar el espíritu en sus infinitas posibilidades, y transformarla; convertir en sustancia maleable, y por tanto expresiva, las durezas inexpresivas de la materia mineral.
            El músico trabaja con sonidos. Y con silencios. Su arte es hacer hablar al ruido, convertirlo en un medio de expresión, transformarlo en música. Su esencia está hecha también de tiempo, a diferencia de la pintura, que está hecha de espacio. Una misma secuencia sonora expresa cosas diferentes según se distribuya el tiempo entre las notas. Puede haber sonidos breves y silencios largos. O al revés. Tras notas pueden ser lamento descriptivo o convertirse en un trino. Hay que domar el ritmo contenido en el compás, y reservarse unos sonidos y usar otros según la escala que estemos manejando, y luego domar la materia para sacar de ella los sonidos que queremos; fabricar instrumentos; y construir claves en el pentagrama para tocar con unos instrumentos y con otros. Una vez que maneja con maestría los materiales sonoros, el músico puede convertir en expresión las energías inexpresivas y dejar fluir, entre ellas, la inspiración, la fantasía de su espíritu que se desliza entre las notas, penetrándolas a todas, para hacerlas hablar y decir con ellas lo que quiere.
            El escritor trabaja con palabras. Tiene que aprender a domar sus sonoridades, a manejar sus significados, para que la rima no sea ripio ni los conceptos yuxtaposiciones inexpresivas y mecánicas. Tiene que conseguir que en cada sílaba, y en cada pausa, suene el pulso de la sangre, el latido de la respiración, la tensión de las venas, la presión de los ojos, el aleteo del vientre, el pálpito de las sienes, la relajación de la cara, o, según lo que esté escribiendo, la fuerza de la mandíbula mientras aprieta los dientes. El escritor no se deja mandar por las palabras, por sus sonidos y sus ritmos, sus silencios y sus significados; el poeta no escribe una rima porque se lo mandan las palabras, sino al revés: ordena a las palabras que se amolden a la rima que está buscando, que expresen los sentimientos que tiene dentro de su alma, y que buscan expresarse, y que no pueden salir si no convierte a la palabra en su vehículo, domándola y respetándola, obligándola y mimándola al mismo tiempo. El poeta, el dramaturgo, el novelista, no elige las palabras que se imponen a él en detrimento del sentimiento que quiere expresar, sino al revés: es el sentimiento el que se impone a las palabras, y si no valen unas se buscan otras, pero la creación brota como un flujo del escritor que ha sido atrapado por la musa, y lo exprime, soltando de sí un aliento que lamina las palabras como el agua arranca la arena del cauce, y por eso las palabras, tierra y arena erosionada del río, brotan por sí solas sin que apenas el poeta tenga necesidad de buscarlas. 


            El bailarín trabaja con el cuerpo. Y sus músculos, pesos que se oponen al movimiento, deben convertirse en velas que el viento arrastra arrastrando con ellas los barcos en los que están plantadas; o como alas que baten el aire a veces y a veces se dejan llevar por la corriente, venciendo su resistencia o entregándose a ella, pues el baile es victoria y derrota al mismo tiempo, atleta que obedece a las olas para vencerlas en su tabla hawaiana, y es una obediencia rectora, una obediencia creadora, una obediencia que manda. Pero el bailarín no flota en el aire por sí solo, primero ha de vencer la resistencia de sus músculos; y transformarlos, de cuerpos pesados que se oponen al movimiento (inercias que lo lastran como piedras en las piernas), en catapultas que lo impulsan a la velocidad del rayo, o en la lentitud de la alondra que parece, más que volar, que flota. Vemos un bailarín y parece aire que fluye dentro del aire como una corriente dentro de otra. Lo vemos de cerca y vemos sus músculos tensados, sus nervios de acero, toda una maquinaria que tensa su anatomía como el arco y la ballesta, como la catapulta, dispuesta para lanzarla. El baile es libertad, pero para ser libre hay que dominar el cuerpo y eso requiere una técnica ciclópea, dolorosa, tenaz, constante y espartana; también el escritor debe, para volar en libertad, someterse a disciplina y domar las palabras; el músico no puede saltarse las reglas si no las aprende primero, si no se pliega a ellas, si no es humilde antes de que venga la arrogancia; ni puede el arquitecto plasmar en la materia las creaciones de su espíritu si no conoce primero la resistencia de los materiales: para burlarla después y construir esas catedrales aéreas cuyas ojivas, ligeras, están hechas con materiales pesados y parece que desafiaran la ley de la gravedad.
            Sí: el arte es técnica. Ningún artista puede expresar lo que tiene dentro si no domina las técnicas expresivas, si no conoce los materiales con los que tiene que trabajar. Donde hay arte hay ciencia, lo que no quiere decir que sólo con conocer tu ciencia ya seas artista. Donde hay arte hay esfuerzo, pero tampoco basta con el esfuerzo para ser artista: hay dibujantes que han aprendido todas las técnicas de la academia y saben hacer dibujos académicos, pero sin alma. El arte requiere dominio de la técnica, sí, pero además requiere un escalofrío interior, una suerte de respiración recóndita, un misterioso suspiro del alma. El alma que respira es inspiración: soplo que viene de dentro como si un espíritu le hablara al oído, el poeta inspirado escribe como si escuchara una voz interior, o más bien, como si en su propio interior hubiese voces que se atropellaran luchando denodadamente por salir. El arte es, a un tiempo, inspiración y técnica. Técnica: cuando los Beatles saltaron a la fama lo primero que hicieron fue aprender música, porque se dieron cuenta de que con sus limitaciones sonoras no podían subir un peldaño más allá de su fama. Inspiración: cualquiera no puede aprender a escribir en un taller literario si no siente en sus entrañas el aliento de la creación. Una técnica no inspirada está vacía, y una inspiración no adiestrada está ciega; de nada sirve saber expresarse si no se tiene nada que expresar, y poco puede quien tiene mucho que decir y no sabe expresarlo; el técnico puede hacer cosas bonitas, pero sin alma; el artista, si no está preparado, puede fluir en el verso, pero fluiría mejor si supiera escribir, y su poesía alcanzaría entonces cotas más altas. Ya decía Bécquer que el genio poético debe saber atar a un mismo yugo la razón y la inspiración, y Edgar Allan Poe, cuando escribió “El cuervo”, contó de qué manera el genio creativo requirió de un control técnico, de una laboriosa preparación, antes de poder plasmarlo con palabras.


2. El boceto.     

            El pintor debe sentir la llamada de la musa. Debe conocer la técnica de la pintura. Pero también debe tener una idea de cómo es el cuadro que quiere pintar, qué composición quiere hacer, cómo quiere distribuir la luz, qué cosas quiere expresar y a partir de qué recursos; en suma, debe hacer un boceto antes de pintar el cuadro; o tres, o veinte, los que sean. Picasso hizo muchos estudios antes de tener claro cómo quería pintar el Guernica. En el boceto el pintor va estudiando cómo perfila el cuadro definitivo y va desarrollando la idea inicial, añadiéndole detalles a la visión de conjunto; a través del cuadro la primera visión nebulosa va saliendo a la luz, emergiendo lentamente entre la  bruma, definiéndose poco a poco, perfilándose cada vez más.
            Un edificio no se puede construir sin andamio. Un boceto funciona como un andamio. El arquitecto hace los planos de la casa, el músico analiza, antes de crearla, la música que tiene en su mente, para poderla alumbrar, y el escritor (poeta, dramaturgo, novelista) suele diseñar un plan de trabajo para que no queden cabos sueltos. La elaboración tiene dos fases: primero, hay un boceto que marca las líneas maestras de lo que vamos a construir, dividiéndolo, a ser posible, en partes (escenas, capítulos, estrofas, dejando en cada una de ellas los ganchos por medio de los cuales se va a conectar con las otras); y luego se construye, una por una, cada parte, cada capítulo, cada escena, y en esta segunda elaboración aflora, con todo su dramatismo (el dramatismo de la inspiración, que lucha contra los obstáculos), el aliento del poeta. Un flujo que nos lleva puede construir unas páginas hermosas; pero para que sea hermosa toda la obra hay que construir una estructura, quizá más compleja cuanto más simple sea lo que queremos escribir, y que sirva de cauce para que se derramen ordenadamente todos los flujos que nos mande la inspiración, y se repartan por la obra procurando recorrerla toda, como los canales de riego deben repartirse, sin olvidarse de ninguno, por todos los lugares de la huerta.


sábado, 18 de marzo de 2017

Entre la letra y el espíritu



ENTRE LA LETRA Y EL ESPÍRITU

 

            Figuraos que hay un chico que ha metido la pata hasta el fondo; que ha desperdiciado el trimestre cosechando un fracaso clamoroso; figuraos, por ejemplo, que el aprobado en los estudios se cifra en dos exámenes y el primero se ha saldado con un cero; figuraos, pues, que en el segundo examen tiene que sacar la máxima nota para que la media de los dos le dé el pase para el aprobado; tiene que lograr una remontada, trabajar como un cosaco y lograr el éxito. El estudiante hace un esfuerzo titánico y lo consigue.
            Suponed ahora que entre las seis hojas que tiene el examen se haya traspapelado una; y que esa hoja corresponda a otro alumno, el mejor de todos los de la clase. El profesor las corrige por error como si fueran suyas y le da la máxima nota: lo que le supone el aprobado.
            Suponed también, por qué no, que es el propio profesor el que ha cambiado los papeles. Que le ha añadido a sabiendas una hoja que no le pertenece a él, sino al mejor de los alumnos: la intervención fraudulenta del profesor ¿anula en algo el trabajo del que está suspenso, cuando ha sido titánico su esfuerzo? Todas las horas de estudio, las noches sin dormir, el trabajo acumulado ¿dejan de tener mérito porque el profesor haya cometido una injusticia? Hay ocasiones en que el profesor, queriendo ayudar al alumno, lo condena.
            Supongamos que el alumno saca la máxima nota: la hoja traspapelada, brillantemente escrita, ¿les quita mérito a las otras cinco si no tienen menos brillantez? Alguien podrá argumentar que quien ha salido perjudicado es el autor de la hoja traspapelada; dar por supuesto, de manera gratuita, que el estudiante que tuvo que remontar un cero escribió cinco hojas bien y una mal; y que la hoja mal escrita es la que ha ido a parar al examen del alumno más brillante. ¿Con qué fundamento suponemos esto? ¿No podría haber escrito ese alumno una hoja perfecta, pero de la persona equivocada? Despreciar el trabajo de un alumno por el error de un profesor es quitarle valor a un esfuerzo que ha sido valioso; que el profesor se haya equivocado o haya hecho trampa es un detalle secundario. Supongamos que los dos alumnos compiten en unas oposiciones por la misma plaza, y que el autor de la hoja traspapelada sacó en el primer examen una nota excelente; el error (o la trampa) le habrán privado de un triunfo que se merecía por nota, pero no por esfuerzo; porque el excelente examen que hizo la primera vez no impide que en el segundo examen haya sido un aspirante mediocre. 

 

            Este símil nos sirve para analizar un torneo de fútbol: los octavos de final de la Champions, entre el Paris-Saint Germain y el Barça, que se disputaron en marzo de 2017; en el partido de ida ganó el primero por cuatro a cero; en el de vuelta, ganó el segundo por seis a uno; el esfuerzo del Barça fue titánico; la remontada, épica; los jugadores sudaron sangre como quien suda tinta, transfigurados, y traspasados, por el dardo de la fe; los parisinos, por el contrario, se limitaron a defender su ventaja echándose atrás, blindando la portería, echando el cerrojo, sin jugar al fútbol: un equipo rácano fue arrollado por otro equipo sublime. Lo que pasa es que el árbitro se equivocó.
            De los seis goles que marcó el Barça uno fue consecuencia de un penalty inexistente: ¿se debió acaso a un error arbitral? ¿Fue, por el contrario, obra de la parcialidad del árbitro? Ahí entramos en el terreno de las especulaciones. En cuanto al resultado del partido, entramos en el terreno de la ficción. ¿Alguien podría asegurar que, de no tirarse Suárez (como parece que hizo), los ataques del Barça (quizá en esa misma jugada) no habrían acabado la jugada en gol? El ímpetu que movió al equipo durante aquellos últimos minutos se saldó con tres goles: quitémosle uno, todavía quedan dos; y, volviendo a insistir en lo mismo, nada garantiza que sin ese penalty mal pitado el Barça no hubiera marcado de todas formas el tercero; el equipo se encontraba en estado de flujo, que es un estado que los psicólogos conocen bien; nosotros lo llamamos inspiración, acierto, euforia, éxtasis, arrebato, rapto; y ese furor incontenible, ese huracán imparable, auténtica fuerza de la naturaleza, es algo que se salda casi siempre con el éxito. En ese estado las pelotas casi siempre entran en la portería y nadie sabe por qué; es como si el corazón fuese movido por una mano divina que se trasladara al pie y el pie se lo comunicara a la pelota.
            El esfuerzo del Barça fue titánico. La remontada, épica. Que hubiese error en el árbitro (con intención o sin ella) no le quita valor ni mérito. Sin el árbitro quizá (pero sólo quizá: eso no se sabe) uno de los seis goles no habría subido al marcador; nada nos asegura que el portero del Barça no hubiera parado un posible penalty en contra, en pleno estado de flujo como estaban; como le pasó una semana después al portero del Leicester contra el Sevilla. Reducirlo todo al error arbitral es ignorar la magistral lección de fútbol que dio el Barça durante todo el partido. Supongamos (por suponer) que uno de los seis goles no hubiera subido al marcador: el Barça no se habría clasificado, pero eso no le hubiera quitado valor; los sofistas estaban preocupados por el éxito; Sócrates lo estaba por el mérito; si hubieran sido cinco goles en vez de seis, el Barça no se habría clasificado pero lo habría merecido; a veces la aritmética no expresa la justicia, como la realidad no se retrata fielmente en el reconocimiento; que con un cinco a uno no se le reconociera el derecho a clasificarse no significa que los chicos del Barça, en aquella obra de arte que fue el partido (una obra apoteósica de inspiración colectiva), no lo hubieran merecido.
            Los griegos llamaban praxis a las acciones que tenían por objeto la mejora personal de quien las hace. El partido de aquella noche fue el toque sublime de la praxis; no reconocerlo es envidia. Dice el evangelio que la letra mata: el espíritu da vida; quienes lo reducen todo a la pitada del árbitro son seres mediocres pegados a la letra; por encima de la letra, y muchas veces a pesar de ella, resplandece el espíritu del partido. Recoger firmas para que se repita es un gesto desesperado, pero legítimo, de quienes perdieron; pero hacerlo por no reconocer al ganador es un gesto estrecho y mezquino del envidioso: y eso lo deslegitima.