sábado, 18 de marzo de 2017

Entre la letra y el espíritu



ENTRE LA LETRA Y EL ESPÍRITU

 

            Figuraos que hay un chico que ha metido la pata hasta el fondo; que ha desperdiciado el trimestre cosechando un fracaso clamoroso; figuraos, por ejemplo, que el aprobado en los estudios se cifra en dos exámenes y el primero se ha saldado con un cero; figuraos, pues, que en el segundo examen tiene que sacar la máxima nota para que la media de los dos le dé el pase para el aprobado; tiene que lograr una remontada, trabajar como un cosaco y lograr el éxito. El estudiante hace un esfuerzo titánico y lo consigue.
            Suponed ahora que entre las seis hojas que tiene el examen se haya traspapelado una; y que esa hoja corresponda a otro alumno, el mejor de todos los de la clase. El profesor las corrige por error como si fueran suyas y le da la máxima nota: lo que le supone el aprobado.
            Suponed también, por qué no, que es el propio profesor el que ha cambiado los papeles. Que le ha añadido a sabiendas una hoja que no le pertenece a él, sino al mejor de los alumnos: la intervención fraudulenta del profesor ¿anula en algo el trabajo del que está suspenso, cuando ha sido titánico su esfuerzo? Todas las horas de estudio, las noches sin dormir, el trabajo acumulado ¿dejan de tener mérito porque el profesor haya cometido una injusticia? Hay ocasiones en que el profesor, queriendo ayudar al alumno, lo condena.
            Supongamos que el alumno saca la máxima nota: la hoja traspapelada, brillantemente escrita, ¿les quita mérito a las otras cinco si no tienen menos brillantez? Alguien podrá argumentar que quien ha salido perjudicado es el autor de la hoja traspapelada; dar por supuesto, de manera gratuita, que el estudiante que tuvo que remontar un cero escribió cinco hojas bien y una mal; y que la hoja mal escrita es la que ha ido a parar al examen del alumno más brillante. ¿Con qué fundamento suponemos esto? ¿No podría haber escrito ese alumno una hoja perfecta, pero de la persona equivocada? Despreciar el trabajo de un alumno por el error de un profesor es quitarle valor a un esfuerzo que ha sido valioso; que el profesor se haya equivocado o haya hecho trampa es un detalle secundario. Supongamos que los dos alumnos compiten en unas oposiciones por la misma plaza, y que el autor de la hoja traspapelada sacó en el primer examen una nota excelente; el error (o la trampa) le habrán privado de un triunfo que se merecía por nota, pero no por esfuerzo; porque el excelente examen que hizo la primera vez no impide que en el segundo examen haya sido un aspirante mediocre. 

 

            Este símil nos sirve para analizar un torneo de fútbol: los octavos de final de la Champions, entre el Paris-Saint Germain y el Barça, que se disputaron en marzo de 2017; en el partido de ida ganó el primero por cuatro a cero; en el de vuelta, ganó el segundo por seis a uno; el esfuerzo del Barça fue titánico; la remontada, épica; los jugadores sudaron sangre como quien suda tinta, transfigurados, y traspasados, por el dardo de la fe; los parisinos, por el contrario, se limitaron a defender su ventaja echándose atrás, blindando la portería, echando el cerrojo, sin jugar al fútbol: un equipo rácano fue arrollado por otro equipo sublime. Lo que pasa es que el árbitro se equivocó.
            De los seis goles que marcó el Barça uno fue consecuencia de un penalty inexistente: ¿se debió acaso a un error arbitral? ¿Fue, por el contrario, obra de la parcialidad del árbitro? Ahí entramos en el terreno de las especulaciones. En cuanto al resultado del partido, entramos en el terreno de la ficción. ¿Alguien podría asegurar que, de no tirarse Suárez (como parece que hizo), los ataques del Barça (quizá en esa misma jugada) no habrían acabado la jugada en gol? El ímpetu que movió al equipo durante aquellos últimos minutos se saldó con tres goles: quitémosle uno, todavía quedan dos; y, volviendo a insistir en lo mismo, nada garantiza que sin ese penalty mal pitado el Barça no hubiera marcado de todas formas el tercero; el equipo se encontraba en estado de flujo, que es un estado que los psicólogos conocen bien; nosotros lo llamamos inspiración, acierto, euforia, éxtasis, arrebato, rapto; y ese furor incontenible, ese huracán imparable, auténtica fuerza de la naturaleza, es algo que se salda casi siempre con el éxito. En ese estado las pelotas casi siempre entran en la portería y nadie sabe por qué; es como si el corazón fuese movido por una mano divina que se trasladara al pie y el pie se lo comunicara a la pelota.
            El esfuerzo del Barça fue titánico. La remontada, épica. Que hubiese error en el árbitro (con intención o sin ella) no le quita valor ni mérito. Sin el árbitro quizá (pero sólo quizá: eso no se sabe) uno de los seis goles no habría subido al marcador; nada nos asegura que el portero del Barça no hubiera parado un posible penalty en contra, en pleno estado de flujo como estaban; como le pasó una semana después al portero del Leicester contra el Sevilla. Reducirlo todo al error arbitral es ignorar la magistral lección de fútbol que dio el Barça durante todo el partido. Supongamos (por suponer) que uno de los seis goles no hubiera subido al marcador: el Barça no se habría clasificado, pero eso no le hubiera quitado valor; los sofistas estaban preocupados por el éxito; Sócrates lo estaba por el mérito; si hubieran sido cinco goles en vez de seis, el Barça no se habría clasificado pero lo habría merecido; a veces la aritmética no expresa la justicia, como la realidad no se retrata fielmente en el reconocimiento; que con un cinco a uno no se le reconociera el derecho a clasificarse no significa que los chicos del Barça, en aquella obra de arte que fue el partido (una obra apoteósica de inspiración colectiva), no lo hubieran merecido.
            Los griegos llamaban praxis a las acciones que tenían por objeto la mejora personal de quien las hace. El partido de aquella noche fue el toque sublime de la praxis; no reconocerlo es envidia. Dice el evangelio que la letra mata: el espíritu da vida; quienes lo reducen todo a la pitada del árbitro son seres mediocres pegados a la letra; por encima de la letra, y muchas veces a pesar de ella, resplandece el espíritu del partido. Recoger firmas para que se repita es un gesto desesperado, pero legítimo, de quienes perdieron; pero hacerlo por no reconocer al ganador es un gesto estrecho y mezquino del envidioso: y eso lo deslegitima. 

 



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