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viernes, 10 de julio de 2020

CUVIER




CUVIER



            Voy a hacer un dibujo en este papel. Ahora lo romperé y esparciré sobre esta mesa todos los trozos. Bien. Ya los estoy mezclando y, como pueden ver, ahora están amontonados al azar; lo que tengo aquí es un montón de papeles en desorden. Fíjense en lo que voy a hacer ahora: cojo uno de esos trozos y observo las líneas que tiene dibujadas en su superficie; voy a mirar en el montón todos los trozos uno a uno, hasta dar con los que coinciden con él en cada uno de sus cuatro lados; los coloco sobre la mesa ordenados según la continuidad de sus líneas, pues las líneas que hay cortadas en este trozo –el profesor levantó un papel para mostrárselo a sus alumnos- continúan su trayectoria en este otro. Ahora voy a buscar más trozos cuyos bordes coincidan con los de los trozos que hay montados en la mesa; y los voy juntando de manera que, poco a poco, se vayan reconstruyendo las líneas que hay dibujadas en cada uno; éste es un trabajo minucioso; pero al final, armándome de una santa paciencia, habré conseguido juntar todos los trozos perfectamente ordenados y habré reconstruido el dibujo que hice en el papel antes de romperlo. Es como un rompecabezas. Ahora sólo tengo que pegarlos para evitar que se vuelvan a separar. Con los fósiles sucede lo mismo: pegamos los huesos trozo a trozo hasta que reconstruimos el animal completo.
            El profesor miraba a su auditorio. Hablaba desde su pupitre, una mesa de madera vieja, rancia del sabor de los años, con los bordes pulidos por el uso y cortes, relieves y rayones limados por el tiempo. Detrás de él había una pizarra; la tiza blanca había trazado líneas y esquemas a medida que el profesor desgranaba sus teorías. Ante él, formando un semicírculo, las mesas de los estudiantes tenían que ser dos teatros colocados frente a frente y pegados uno al otro. El profesor continuaba con su explicación.
            Reconstruimos los fósiles lo mismo que cuando hacemos un rompecabezas. Pero ¿qué hacemos cuando al rompecabezas le faltan piezas? Adivinamos las líneas que había dibujadas en los trozos que faltan; y lo hacemos siguiendo las líneas que hay en los trozos que tenemos; como si cada trozo tuviese insinuado el plan de todo el conjunto; como si cada línea fuera un hilo y funcionara como un hilo conductor que nos lleva, desde cualquiera de sus partes, a la reconstrucción del todo completo. Veámosla con un ejemplo.
            Cuvier se detuvo un instante para mirar a su auditorio. El silencio de los estudiantes era casi religioso, la atención era máxima. Con apenas treinta y un años ya era catedrático en el Collège de Francia. Había perfeccionado la taxonomía de Linneo agrupando los animales en cuatro estructuras básicas: los vertebrados, los moluscos, los articulados y los radiados; cada estructura era como un modelo sobre el cual los distintos animales tenían sus propias variaciones; lo mismo que hay iglesias románicas, góticas y barrocas, pero todas tienen en común la planta de cruz latina, así también los vertebrados son un mismo patrón que comparten mamíferos, reptiles, anfibios, aves y peces. Cada estructura animal tiene sus líneas maestras, su plan de trabajo que luego desarrolla cada grupo de especies a su manera; era como si cada forma básica fuera un esquema y las distintas especies la rellenaran de manera distinta, poniéndole cada una su decorado. Georges Cuvier, con la taxonomía en su cabeza, siguió hablando para su auditorio.


El dibujo de un rompecabezas puede compararse a una estructura, un plan de trabajo, una forma básica o modelo; es como el patrón que usan las costureras para hacer sus trajes: una referencia, una plantilla sobre la que hacemos calcos en las distintas telas; el perro anda, el delfín nada y el murciélago vuela; sin embargo los tres tienen los huesos ordenados de la misma manera, sólo que unos los han adaptado para correr, otros para nadar y otros para volar; pero la mano –abrió, mostrando sus dedos, la palma de su mano derecha-, esta mano, mírenla bien, esta mano tiene los mismos huesos que el ala del murciélago; sólo que el murciélago le han crecido los dedos y entre ellos le han salido membranas para volar.
Carraspeó. Georges  Cuvier carraspeaba. Era un viejo cascarrabias que, además de gruñir, carraspeaba. No sabía que moriría al año siguiente; de hecho, no sabía que le tocaba morir tan pronto; porque tenía cincuenta y dos años y, sin ser lo que se dice un adolescente, no era, sin embargo, tampoco lo que se dice un viejo. Pero se moriría de cólera un año más tarde. Lo enterrarían en el Père-Lachaise al mismo tiempo que enterrarían su parte perecedera. Como en todas las cosas, sucede que cuando morimos hay una parte que pasa y otra que permanece. Enterraríamos el fijismo y el enterrador sería, desde las teorías transformistas, Lamarck: que a su vez sería enterrado por Darwin aunque luego intentara resucitar varias veces. Pero ahí quedaría el catastrofismo, surgido de los estudios estratigráficos que el mismo Cuvier ayudó a impulsar, y del principio de correlación orgánica: todas las partes de un organismo se ajustan funcional y estructuralmente; podemos adivinar (“deducir”, decía él) la estructura completa de un organismo a partir de algunas de sus partes; en cada pieza podemos encontrar, por así decirlo, el diseño del conjunto, como si cada trozo que continúa en el trozo siguiente tuviera dibujado, en miniatura, el rompecabezas completo para servirnos de modelo. El profesor nos maravilló a todos reconstruyendo animales desaparecidos con sólo algunas piezas de su esqueleto.
Piensen en el foramen magnum: el agujero donde se inserta la columna vertebral en el cráneo. Imaginen que tengo un cráneo en mis manos. Un cráneo de un animal desconocido: ningún hueso más. Si el foramen apunta hacia atrás, y no para abajo, puedo deducir que se trata de un cuadrúpedo; y por lo tanto sé más o menos cómo era su columna y, sobre todo, cómo era su cadera; de ahí deduzco la estructura de sus extremidades. Si además sólo tiene incisivos, puedo colegir que se trata de un roedor. Es más, si encuentro un solo diente también puedo deducir la estructura del animal entero, porque si es un canino ya sé cómo era su estómago, aunque me falten piezas para conocer la forma de su cadera y, a partir de ella, saber si era cuadrúpedo o bípedo.
Lo que decimos de los huesos también vale para las partes blandas. De una pezuña puedo saber que se trata de un animal herbívoro. Si encuentro un trozo de piel con restos de mamas ya sé que es un mamífero, y que por lo tanto tiene vértebras y dientes, no escamas y pico. Y si tiene por fuera alas y pico con eso me basta para saber que por dentro tiene molleja. Si tengo una parte de un animal y la estudio puedo saber por lo menos cómo eran algunas de sus otras partes; si tengo suerte, puedo hasta saber cómo era el animal entero. Puedo reconstruir un animal a partir de algunos restos. Los huesos que mejor saben hablarnos son los de la cabeza y los de las extremidades. La forma y la dirección de los huesos de cada parte del cuerpo son como las líneas que hay dibujadas en las piezas de un rompecabezas: hilos conductores (hilos de Ariadna) que nos llevan de unas piezas a otras y nos ayudan a salir del laberinto. 


Georges Cuvier fue capaz de reconstruir los esqueletos completos de animales fósiles. Supo descubrir que los huesos de un mamut no pertenecían a ningún elefante. Que en los estratos de las rocas los fósiles eran distintos, y por lo tanto pertenecían a épocas diferentes. En el principio de Cuvier (este principio de correlación) está contenido el desarrollo de la anatomía comparada, y la estratigrafía también fue el punto de arranque de la paleontología. Pero Cuvier observó que a veces no había fósiles entre capa y capa, y que las capas superficiales corresponden a los animales más recientes: esto último le hizo suponer que en la historia de la tierra habían ido cambiando, época tras época, las distintas especies animales y vegetales; pero los vacíos estratigráficos los interpretó como catástrofes que habrían destruido unas especies reemplazándolas por otras.
            De Georges Cuvier quedaron unas  cosas y se enterraron otras. Pero ya nadie se acuerda de su mal carácter. Sus alumnos sí. Los grabados de la época nos muestran, en sus rasgos jóvenes, cierto orgullo rayano en la egolatría; su mirada, sin embargo, parecía perdida, como aquellos que no miran aquí, ni siquiera allá, a lo lejos; Cuvier no miraba allá sino más allá, porque no estaba en este mundo sino en otro, y parecía mirar desde el presente cuando en realidad estaba en el pasado; o quizá en otra parte, en el país donde no pasa el tiempo, que es el reino de la lógica, de la imaginación que se desborda en los datos, de las teorías; Cuvier miraba lo que pasa pero se fijaba en lo que queda; Cuvier se podía equivocar pero se equivocaba más allá, no en lo que no trasciende, no en la superficie, y por eso nunca estaba aquí: aunque tú estuvieras aquí y él te estuviera hablando.
            Aquellos jóvenes paseaban entretenidos en animada conversación. Estaban seducidos por las teorías del maestro, pero enfadados por su mal genio. Pierre le había hecho una pregunta y aquella pregunta le había rebotado en plena cara: ¡esto ya lo expliqué ayer! ¡Usted es un ignorante! Por eso nadie se atrevía a preguntar nada. Habrían sido unas clases estupendas si hubiera habido conversación, si hubiera habido debate. La cara de Pierre había enrojecido aunque no de vergüenza, sino de furor; en realidad el maestro no los enfurecía por sus insultos sino por su tono agrio, por su sonrisa, entre sardónica y amarga, que era aún más insultante que sus palabras. Era una extraña mezcolanza la de su mirada ausente, su mueca, su tono despectivo y un rictus cargado de rigideces; resultaba extraño aquel aire distraído en aquella máscara de orgullo, la impresión de estar fuera del mundo y de ver al mismo tiempo que pisaba fuerte en él, con redobles de autoridad. Sin embargo admiraban aquella extraña pareja que formaban su inteligencia y su método; el principio de Cuvier (el principio de correlación orgánica) era el camino por donde avanzaba su extraordinaria inteligencia; “camino” se dice “método” en griego, y de nada sirve tener inteligencia si no la empleamos bien, como ya había advertido Descartes.
            Decidieron gastarle una broma. Una broma pesada. Muy pesada. A aquella mente que la razón esclarecía le querían infundir terror, y así el temblor supersticioso nublaría por una vez la claridad de la ciencia: orgullosa, segura y despejada; la luz de la razón palidecería ante las tinieblas de la ignorancia. Se introducirían en su habitación. Uno de ellos se disfrazaría de demonio y en la negrura de la noche, haciendo ruidos misteriosos y golpeando la cama, conseguirían aterrorizarlo; tenían que hacerlo muy bien, lo querían dejar en ridículo y sólo lo conseguirían si lo escenificaban lúgubremente; si el que hacía de diablo le daba a su fantasmagoría toques, más que espantosos, espeluznantes. 


            Estuvieron hablándolo largo rato. ¿Qué es el diablo? Un macho cabrío, por supuesto. ¿Cómo harían que pareciese monstruoso? A la luz de las antorchas, en la oscuridad absoluta y con gemidos lúgubres. Se metieron en la biblioteca. Buscaron libros satánicos y descubrieron que el color del fuego tendría que ser verde, de un verde color azufre. Pero también rojo, el resplandor de las llamas tenía que ser de un rojo infernal con fogonazos de azufre. Tenían que hacerse con el cráneo de una cabra, con unos cuernos largos y, a ser posible, retorcidos. Vestir una sábana blanca bajo la cual agitarían dos patas de cabra con sus pezuñas. Sujetar las pezuñas muy bien para que no se les cayeran de las manos. Contaron el dinero. Pusieron cada uno una parte y compraron unas cuantas antorchas: bastones nudosos con el extremo envuelto en sustancias oleaginosas y materiales inflamables; compraron también unas pastillas de azufre; fueron al matadero y buscaron, entre las cabras despedazadas, el cráneo más retorcido con los cuernos más abiertos y más largos, cubierto todavía con espesos pelos, negros y salvajes; eligieron, entre todas las patas sin despellejar, las que tenían las pezuñas más grandes; más sobresalientes. El resto lo encontrarían en su casa: un par de sábanas blancas a las que pondrían agujeros para los ojos; Pierre sería el diablo, y por lo tanto la cabra; Antoine y François se enfundarían las sábanas; sólo ellos podrían llevar antorchas, porque a Pierre, si agitaba las pezuñas, no le quedarían manos para sujetar ninguna antorcha. Así lo hicieron; hicieron acopio de materiales y los guardaron en una de las casas. Habían elaborado un plan perfecto. Conocían la hora a la que dormía el profesor, se sabían los recodos que llevaban a su habitación y habían estudiado, dentro de ella, dónde se encontraba la cama y cómo estaría dispuesta; sólo quedaba esperar el momento.
            El momento llegó una noche de tormenta. Los truenos retumbaban como cantos que rodaran por el suelo sobre los adoquines de las calles, los rayos fulminaban el cielo con sus descargas y tras ellos se encendía, como una presencia fantasmal, el resplandor de los relámpagos. Se dirigieron a la casa del profesor cubriéndose con paraguas. Bajo los paraguas protegieron antorchas, sábanas, patas y cuernos con mucho cuidado para que no se mojaran; al menos que no se mojaran ni las antorchas ni el azufre, aunque el resto se empapara un poco: pero no se empapó. Atravesaron la calle y los adoquines sonaban, huecos, bajo sus zapatos. Cruzaron la puerta, subieron tanteando las escaleras (se las conocían muy bien) y arriba, a la puerta del dormitorio, empezaron a disfrazarse. El ambiente se volvía sobrecogedor y hasta ellos mismos tenían miedo. Consiguieron abrir con una llave que se habían agenciado (no preguntemos cómo) y, sigilosamente, penetraron en la habitación. Encendieron las antorchas. Coloquémonos como si estuviéramos en la cama para ver las cosas con los ojos del viejo profesor.
            Había tres bultos pegados a la pared, los de los lados eran blancos. Dos lúgubres antorchas iluminaban el techo con un fuego rojo, monstruoso, infernal. De vez en cuando se producían fogonazos verdes; y un destello incandescente, casi blanco, lo quemaba todo con su luz fantástica que se volvía centella, de un verde claro, y luego soltaba chispas de un verde horrible que ponía los pelos de punta. Un gigantesco resplandor encendió al habitación y soltó destellos por las junturas de la ventana: destello fugaz, pues la oscuridad se hizo más negra, más profunda y más intensa y le siguió luego un trueno que pareció derribar desde el cielo un montón de piedras que chocaban. Después calló por un largo rato el aparato eléctrico. Y se oyó ulular al viento con un aullido espeluznante. Mas no era el viento, no, eran los fantasmas. Agitaban sus antorchas y los pliegues de sus sábanas resplandecían formando luces en el aire recortadas en las tinieblas. Un ulular de voces, cavernosas, huecas, profundas y guturales, voces que se prolongaban como vientos misteriosos que soplaran tras de las ventanas; y en el dormitorio se superponían el vendaval y el ulular de las voces del infierno. 


            Georges Cuvier abrió los ojos. Se subió las sábanas para taparse el mentón, estremecido por aquellas presencias y temblando de frío. Su mente lógica se resistía al miedo, pero estaba asustado y no era por los fantasmas: era simplemente que los tomaba por ladrones; pero ellos creían que eran los ruidos de ultratumba los que lo asustaban. Brillaban más rayos, sonaban más truenos. Las luces de las antorchas despedían también sus fogonazos interiores; que en medio de la oscuridad parecían llamas flotando en el vacío, llamas verdes, rojas, amarillas, luz vacilante entre chispazos, oscuridad encendida.
            De pronto empezó a agitarse, en el centro, una figura negra, la única que no cubrían las sábanas. Las antorchas la iluminaban una tras otra, dibujando en el espacio caminos de fuego. El ruido de la lluvia, ruido de contraventanas que chocaban en la calle, voces ululando. La luz de las antorchas dibujaba, a contraluz, las terribles facciones de un macho cabrío. Pelos negros en la negrura, noche dentro de la noche, pelos encendidos de irisaciones verdes, rojas, grises y amarillas. Los ojos se encendían y se apagaban al compás de las luces. Bajo un manto gris se alzaban, siniestras, las patas del macho cabrío y era aquello un aquelarre; en el espacio podíamos adivinar nubes y brujas, peñas colgando de los abismos, una música infernal donde danzaban los cuerpos desarticulándose, excesivos y contorsionados; todo eso podía recrear la imaginación espoleada y azuzada por el miedo; por el aire revoloteaban escobas volando. Y una mente asustada, mezclando los sueños con la realidad, vería, como veía Cuvier en su desvelo, aquellas patas que agitaba el macho cabrío, aquel brillo duro de sus pezuñas, y una voz, detrás de la cornamenta, se oyó decir:
            -¡Despierta…!
            Susurro de ultratumba.
            -¡Despierta…!
            Lamento que ululaba.
            -¡Soy el demonio! ¡Te devoraré!
            Y rodaban las erres como las ruedan los oradores en la tribuna. Cuvier, sin embargo, no se inmutó. Cuanto más querían asustarlo menos se asustaba, cuanto más miedo querían meterle en el cuerpo menos miedo tenía. Abrió los ojos con mucha sangre fría mirando las patas que describían círculos amplios con sus pezuñas. 
            -¡Soy el demonio!
            Entre el ulular de voces se irguió Cuvier como si nada, y en su rostro había una máscara de la razón. No tenía miedo porque la razón, volviéndolas conocidas, les daba sentido a las cosas; el miedo no es más que una expresión de angustia provocada por la ignorancia.
            -¿Eres el diablo? Puede ser.
            Y entonces se paró para respirar.
            -Pero tienes cuernos y pezuñas y por el principio de correlación orgánica tienes que ser herbívoro y no puedes comerme, imposible. ¿Cómo va un herbívoro a devorarme a mí, que soy un trozo de carne?
            Las luces se pararon. Las sábanas dejaron de moverse. Las voces dejaron de ulular. Dos patas de cabra cayeron al suelo y cayó sobre ellas la cabeza con la cornamenta. Cayeron las sábanas y ahora las antorchas iluminaban, sin moverse, a los estudiantes. Hubo un silencio y hasta los relámpagos dejaron de tronar. Lo que atronó fue una salva de aplausos nacidos de la admiración por el maestro, aquellos aplausos llenaron la alcoba desde la oscuridad y un relámpago los encendió entonces, un rayo, y  un homenaje parecía ya el rumor de la tormenta.
            Ésta es la historia de Georges Cuvier. Un genio que alumbró las teorías más interesantes para las más fantásticas historias. Y un hombre débil convertido en payaso por las acciones excéntricas de su soberbia. Pero fue, sobre todo, un enamorado de la razón. Porque la razón encendió su fantasía y lo llevó por los mundos fabulosos que salieron de su cabeza; también le dio seguridad contra la amenaza, contra la mixtificación, contra la mentira, contra el engaño; el miedo no es más que el olvido de la lógica que hay en las cosas y ya lo dijo el pintor: el sueño de la razón produce monstruos. Con la razón tu mente será capaz de crear maravillas; y de vencer el miedo de los monstruos que crearon otros, si quisieron asustarte con ellos. Serás una máquina sin corazón si la lógica descarnada es la única razón que tienes, pero la carne de la razón llenará de vida esos huesos y hará de ti un animal fantástico, pensador, creativo, emocionante y fuerte. Un enamorado de la ciencia. Y un animal sin miedo.





sábado, 23 de julio de 2016

Un darwinismo lamarckista de inspiración cristiana




UN DARWINISMO LAMARCKISTA DE INSPIRACIÓN CRISTIANA[i]

 

            La teoría de la evolución admite que las especies biológicas proceden unas de otras; y se admite también que el único mecanismo evolutivo aceptable es el de Darwin: Lamarck, hace ya tiempo, ha caído en desuso. Pero de vez en cuando encontramos en la biología ciertos brotes de lamarckismo. No sólo la selección natural, sino también la adaptación tendría algo que ver en la evolución de las especies; y si a veces se admite, con Lamarck, que la función crea el órgano, no se admite con la misma facilidad que se hereden los caracteres adquiridos; esto bastaría para introducir la idea de finalidad en una evolución que Darwin quería que fuese azarosa.
            Álvaro Hernández Álvarez ha  tenido la idea de especular sobre las posibilidades del lamarckismo; y digo especular porque la formulación de hipótesis reposa sobre observaciones que no han generado experimentos, pero pueden generarlos. La hipótesis es parte fundamental del método científico: la otra parte son los datos; esta conjetura puede ser sometida a prueba y, por lo tanto, sería falsable (con lo que cumpliría el criterio de Popper para ser calificada de científica); aunque, de momento, le falten datos.
            Sostiene Álvaro Hernández que “todo ser vivo es una lámpara con su duende dentro y éste es el que a requerimiento del medio se enerva y crea variedades intencionadas y dirigidas, inconscientemente para el individuo, el duende, el alma que percibe y procesa lo externo”. En esta metáfora se percibe una suerte de lamarckismo cristiano. Cristiano en el sentido en que el alma (del individuo o de la especie) cumple una función relevante en la activación del cuerpo, pero no con vocación de trasladar la reflexión biológica fuera de la ciencia; queda por ver lo que aquí se entiende por alma, pero no es lo mismo un concepto platónico que aristotélico; un espiritualismo gratuito que un finalismo psicosomático.
            Seguimos la exposición de Álvaro Hernández. “El alma de cada ser vivo”, dice, “se expresa al exterior (…) a través de la especie en la que se aloja”; después añade que esa alma que “se relaciona con lo tangible a través de (su) especie”, logra que “sus expresiones (sean) más evolucionadas (…) cuanta más capacidad tenga la especie de expresar lo que desea”.
            Hay, pues, dos puntos de partida. El primero es que todos los seres vivos se expresan a través de su especie. De ahí se derivan las siete tesis siguientes: 

(1)   Cada ser vivo (es decir, cada individuo) tiene un alma.
(2)   El alma se expresa a través de la especie en la que se aloja.
(3)   Lo tangible es el cuerpo. Por lo tanto:
(4)   El alma no es corpórea.
(5)   El alma se expresa a través del cuerpo.
(6)   La especie limita las posibilidades que tiene el cuerpo de expresar la voz del alma.
(7)   La especie es una maqueta, un molde que conforma los cuerpos de los individuos. 

 

Todo esto se resume en una estupenda metáfora que el autor expone en la página 5: “todo ser vivo es una lámpara con su duende dentro y es éste el que a requerimiento del medio se enerva y crea variedades intencionales y dirigidas, inconscientemente para el individuo, el duende, el alma (que) percibe y procesa lo externo”: éste es el segundo punto de partida del que estábamos hablando; y es que todo ser vivo es una lámpara (un cuerpo) con su duende dentro (el alma). De aquí se desprenden otras tres tesis más:
  
(8)   Cada ser vivo tiene dentro un alma y se aloja en una especie; y cada ser vivo es un individuo, por lo tanto, cada especie contiene individuos y cada individuo contiene un alma.
(9)   El alma crea variedades intencionadas.
(10)  Las crea a requerimiento del medio, o sea que el medio plantea problemas y el individuo propone soluciones entre las que el medio, a su vez, elige la mejor. 

            Recapitulando: cada individuo es un cuerpo (“lámpara”) con un alma (“duende”) dentro, y se aloja en una especie; la especie, a su vez, se aloja en el medio en el que vive.
            Como Segovia está en Castilla, que está en España, que está en Europa, así también el alma está en el cuerpo, que está en la especie, que está en el medio: es como un juego de muñecas rusas.
            El círculo exterior plantea retos; el círculo interior los resuelve; y el círculo exterior, de nuevo, los valida (los “selecciona” en un “esfuerzo crítico”). ¿Cuál es la función de los círculos intermedios? En el cuerpo se expresa el alma. Y el individuo, un alma contenida en un cuerpo, se expresa a través su especie: conjunto de individuos que comparten los mismos rasgos; es decir que contienen la maqueta que conforma por igual a todos los cuerpos.
            Tal es la distribución lógica. Pero el orden biológico es diferente: un individuo es un cuerpo que contiene un alma específica que contiene, a su vez, el alma del individuo. Toda especie es un conjunto de individuos que tienen, todos, un alma idéntica, clonada, en la cual cada uno ha puesto sus diferencias individuales.
            Ahora bien, el alma (“el duende”), al percibir y procesar lo externo, crea variedades “intencionadas”, pero las crea “inconscientemente”: ¿puede alguien tener intenciones inconscientes? ¿No es eso contradictorio? ¿O no es el alma del individuo quien crea, sino el alma de la especie?
            No obstante, de todas estas afirmaciones se desprenden dos consecuencias:
            Primera:
            1º. Cada individuo propone sus propias soluciones a los retos del medio.
        2º. El medio selecciona las mejores haciendo que sobrevivan generación tras generación; las demás desaparecen.
          3º. Los individuos seleccionados se extienden y conforman una nueva especie; la especie es la proliferación de la descendencia del individuo más acertado.
            Segunda: el afán por superar los problemas surge de la desesperación del individuo cuando su existencia se siente amenazada; surge de su nerviosismo. La especie es el medio que utiliza el individuo para sobrevivir, y si no le vale la suya se inventa otra; es como si un electricista sustituyera la llave manual por una llave eléctrica.
            Todo esto nos lleva, como se ha podido comprobar, a Darwin: el lamarckismo de Álvaro Hernández no es solamente cristiano, sino también darwiniano (valga la paradoja); de Lamarck retiene la idea (aristotélica) de finalidad; y de Darwin conserva la selección natural; evolucionan, efectivamente, las especies, pero en el proceso también tienen algo que decir los individuos. 

 

            Lo interesante de esta propuesta es que está en las antípodas de lo que dice el darwinista más convencido del momento: Richard Dawkins; para él es precisamente la especie la que se perpetúa a través de los individuos, y el individuo el medio que utiliza la especie para sobrevivir; por eso habla Dawkins del “gen egoísta”.
            El mecanismo de la evolución acaba de sufrir un vuelco: no se trata ya de variaciones espontáneas, sino de intenciones espontáneas que son seleccionadas por la naturaleza; desembocamos en una suerte de darwinismo lamarckiano.
            Inmediatamente se plantea otra pregunta: ¿de dónde vienen esas intenciones espontáneas? De los individuos, por supuesto, no de la especie. ¿Y cómo surgen? Del nerviosismo desencadenado en los individuos por las trabas que el medio le impone para sobrevivir. El proceso es el siguiente: 

            Primero: el medio pone obstáculos a la supervivencia.
            Segundo: cada individuo varía su conducta para vencer esa resistencia.
         Tercero: si las variaciones son adaptativas, los individuos que las han inventado sobreviven; los otros desaparecen: he aquí un ejemplo de adaptación cultural, típicamente lamarckiana.
            Cuarto: pero las conductas inventadas no se heredan; pudiera ocurrir que, al cabo de mucho tiempo, surgiera una mutación que correspondiera a esas nuevas conductas: entonces se perpetuarían de generación en generación; he aquí un ejemplo de adaptación natural, típicamente darwiniana. 

            No son, pues, los genes quienes proponen novedades; las novedades las propone la conducta nerviosa de los individuos, y los genes no hacen más que copiarlas. Y le damos la vuelta al argumento de Richard Dawkins: son los individuos, y no los genes, los que son egoístas; si por egoísmo entendemos, claro está, el instinto de supervivencia.
            Veamos más de cerca cómo funciona este mecanismo. Las modificaciones del medio producen un nerviosismo en los individuos de una especia amenazada. Cada ser no está en su propio entorno (p. 4), sino que lo tiene que buscar o adaptarse al que tiene: esta tensión (estrés) genera una lucha por la supervivencia que no tiene por qué ser competencia contra otros (aunque también suele serlo). Esta tensión provoca impulsos, al principio ciegos, luego tanteados, para vivir. Si el entorno se adapta al individuo aparecerá una pereza evolutiva: la pereza intrínseca del ser vivo (p. 7); es lo que sucedería en el mundo perfecto de San Francisco de Asís, donde dios dio a cada criatura “su propio entorno”; la lucha contra los entornos adversos es, precisamente, el detonante de la evolución.
            Y es que el medio obliga. Nos impone retos que nos obligan a asumir riesgos, si es que queremos sobrevivir: esos riesgos producen nerviosismo, tensión, desasosiego, estrés. Esto implica otras tres tesis más:

(11)   Que los seres vivos no son sustancias inertes, como pretendía Descartes (sino activas, como quería Leibniz).
(12)    Que la vida es el resultado de cierto grado de organización de las partículas materiales (Diderot); lo mismo cabe decir del pensamiento.
(13)     Que los seres vivos están compuestos de partículas afines que crean una atracción entre ellas (Newton, Maupertuis). 

 

Disquisición final.
            Pertenecer a una especie es tener dentro de cada célula el código genético de la especie a la que se pertenece; no es estar unido por lazos invisibles a una especie de cerebro exterior que fuera el cerebro de nuestra especie. Es como si la especie se alojara en nosotros, no como si nosotros nos alojáramos en ella. Somos como tarjetas magnéticas autónomas que, además de contener el cerebro del banco, tienen también su propio cerebro; por eso se pueden introducir en los cajeros y operar cada una según su propia información personalizada, compartiendo todas ellas la misma información común del banco al que pertenecen; es como si contuvieran, a la vez, el alma individual y la de la especie; el alma de la especie se expresa directamente en el cajero y el alma individual necesita alojarse en el cerebro para expresarse. Somos tarjetas magnéticas: nuestra especie está clonada en todos los individuos. No se trata de un ombligo universal al que todos estamos unidos a través de nuestros ombligos. Lógicamente hablando, nosotros vivimos alojados ene nuestra especie; pero biológicamente (es decir como seres físicos, químicos y orgánicos) nuestra especie vive en nosotros multiplicándose en cada uno como si estuviera rota en mil cristales y cada uno se reflejara en un cristal, al tiempo que ella se refleja en cada uno de nosotros; vivir en nuestra especie no significa que estemos metidos en su casa, sino que somos miles de casas en las que ella se mete.
            Nuestra vida no consiste en adorar a la especie que tenemos en nuestro interior, sino en utilizarla para sobrevivir y desarrollarnos; la especie no es un parásito que vive a nuestra costa sino un motor que nos ayuda a vivir; según el motor que tengamos (es decir, según la especie a la que pertenezcamos), así serán las posibilidades de nuestra existencia. Nuestra especie es el motor y nuestro cuerpo la carrocería; y en ese coche en el que vivimos, en esa lámpara, hay un genio que piensa y siente y decide: el conductor; nuestro cerebro, que conduce el coche donde estamos. A veces es el coche el que nos lleva cuando su mecanismo no responde (le fallan los frenos, la refrigeración o el embrague); otras veces se rebela y no quiere dejarse llevar (como el ordenador que se rebela contra los astronautas en la película “2001”); pero lo más normal es que el coche obedezca al conductor¸ que la especie se deje llevar por el individuo; puede haber errores en la replicación de las hebras de ADN, pero lo más normal es que el material genético se replique sin errores.
            Contrariamente a la tesis de Richard Dawkins, no somos instrumentos utilizados por nuestros genes para sobrevivir; al revés, nuestros genes son el instrumento de nuestra supervivencia; y son, también, los amigos diminutos que tenemos que respetar si queremos respetarnos a nosotros mismos; los genes no son nuestros esclavos, sino nuestros amigos; ni son nuestros esclavos ni nosotros somos esclavos suyos; son parte de nuestro ser, parte íntima de nosotros; y si alguna vez nos los arrancamos para sobrevivir, nos estaremos matando en el acto mismo en que sobrevivimos: pues no podemos arrancarlos de nosotros in arrancarnos a nosotros mismos de nuestro cuerpo: sería un suicidio. Es como si para quitarnos el dolor de la herida del brazo nos cortáramos el brazo herido; o como si para curarnos de una enfermedad nos hiciéramos una lobotomía: estaríamos vivos, pero ya no seríamos los mismos.
            El modelo de la tarjeta magnética tiene sus limitaciones. Cada tarjeta contiene una doble memoria: la del banco y la del usuario; la de la especie y la del individuo. La de la especie contiene nuestra naturaleza, la del individuo, nuestra historia. Las dos siguen mecanismos diversos: la de la especie se aloja en las células y la del individuo en el cerebro; son dos softwares diferentes, pero conectados entre sí; la naturaleza se conserva y la historia cambia; pero también hay cambios que afectan a la naturaleza y que disparan la evolución: esos cambios son, para Dawkins, fortuitos (intencionados para Lamarck); el problema es que las informaciones de nuestro cerebro puedan afectar a las que hay en el núcleo de nuestras células; que la historia del individuo pueda comunicarse con la de la especie; y que la filogénesis, que ha mejorado nuestra ontogénesis, pueda ser mejorada también por nuestra historia; que no todos los cambios evolutivos se debieran al azar.
            No sólo los errores de programación genética intervendrían en la evolución de las especies; también tendrían algo que decir la epigénesis y la historia del individuo; es como si volvieran, respectivamente, Aristóteles y Lamarck (que un día salieron por la puerta del teatro y se cuelan, ahora, por sus ventanas); vuelven a la escena de la obra en la que tenían algo que decir. Vienen dispuestos a ello y ya no se quieren callar. 


 




[i] Álvaro Hernández Álvarez. Bases teóricas de una nueva teoría de la evolución, manuscrito de 7 páginas.

sábado, 27 de junio de 2015

Cuando los buenos no son los mejores






CUANDO LOS BUENOS NO SON LOS MEJORES


            La selección natural nos habla de la supervivencia de los más aptos. Como en la escuela, las notas van de 1 a 10 en función del grado de aptitud de los alumnos; a más nota, mayor aptitud; si todo fuese como debe ser, los mejores alumnos tendrían las mejores notas.
            Pero no es así. La selección natural no garantiza la supervivencia de los más aptos, sino de los más adaptados; y los adaptados no siempre son los mejores; los pícaros y los pillos, no los buenos; no sobreviven los inteligentes, sino los listos. La picaresca es una forma de inteligencia (la inteligencia darwiniana) que le cierra el paso a otra forma de inteligencia: la que no es interesada, aprovechada o pícara (la podemos llamar inteligencia libre). La inteligencia es capacidad, la picaresca capacitación; estamos hablando de la diferencia que hay entre aptitud y adaptación. Se puede ser fuerte por ser apto o por estar adaptado, y el primero es un ser libre: el segundo es un esclavo de la sociedad. Los más aptos son los mejores porque son capaces de crear; y, como diría Machado, hacen camino al andar. Pero los mejor adaptados son como Vicente, que van donde va la gente; por eso sobreviven. El que se ha hecho fuerte por haber sabido acomodarse es como el camaleón que adopta el color del lugar donde está. El que es fuerte por haberse atrevido a ser libre pinta los lugares con sus colores, y hasta sabe respetar, si hace falta, los colores del terreno. Pero en este mundo donde vivimos la fortaleza de la libertad sale derrotada por la de la picaresca; y sacan más nota los pillos que saben copiar que los buenos que no han copiado; así se aprueban los exámenes.  
            El martes 25 de abril de 2012 el Barça fue eliminado de la champions por el Chelsea. Para quien viera el partido con un tanto de objetividad, había buenos jugadores en ambos lados (y no me refiero sólo a Drogba); pero el Barça era superior. Sucede que ser bueno es lo mismo que ser fuerte. A los débiles no les queda otra opción que ser pillos, ya lo dijo Torres al final del enfrentamiento: no habían hecho un buen fútbol, pero ésas eran las armas que tenían. Para vencer al fuerte lo mejor es no dejarle jugar, y eso se conseguía atándolo. El Chelsea blindó su portería con dos líneas cerradas que funcionaban como un doble muro de contención; imposible atravesar ese muro, había más cuerpos que aire; y sin embargo el Barça lo atravesó; dos veces; dos goles, uno de ellos anulado; porque era el más fuerte; sólo una fortaleza titánica puede atravesar un muro de cemento; el Barça lo hizo; pero, con mala fortuna, sucumbió dos veces en sendos contraataques; dos escapadas solitarias para tirar a portería vacía. 


            El azar juega un papel importante en la selección natural. No el mérito. El azar quiso que el Chelsea ganara sin merecerlo. Las palabras de Torres describiendo su juego hablan por sí solas: no somos fuertes (vino a decir); hemos hecho lo que podíamos. No dejar jugar al fuerte. Recurriendo a la picaresca. No a la excelencia. El azar quiso que, cuando el Barça ya era victorioso, el Chelsea marcara en el descuento de la primera parte. Una jugada afortunada. Pero injusta. Si la suerte hubiera sido otra es muy posible que el Chelsea hubiera tenido que jugar al fútbol; olvidarse de su doble muro de cemento, de su obstrucción, de su trinchera; y en esas condiciones, jugando uno contra otro, es posible que hubiera sido goleado. Pero la fortuna quiso que pudiera atrincherarse. Que hubiera un partido donde unos jugaban y otros no dejaban jugar. Y que, para colmo de las paradojas, ganara el que no jugaba. El pícaro le ganó el pulso al bueno, el débil ganó al fuerte. El camaleón al hombre.
            Un cúmulo de fatalidades fue el segundo tiempo. Un penalty que el portero no paró (pero que Messi tiró al larguero). Dos tiros al palo que hubieran sido goles. Un gol anulado en esa penetración extenuante por la muralla del Chelsea. Y un contraataque solitario en el que, sin jugar, el Chelsea metió un gol, como en el primer tiempo. El azar es una fuerza poderosa en el juego de la evolución. Es una injusticia que pierdan los que juegan porque otros se hayan negado a jugar. Suele ocurrir lo mismo en la sociedad de todos los días. Hay profesionales muy preparados que no han estado en el lugar adecuado en el momento preciso; y otros, mediocres, han sabido trepar con picardía. Ya lo dijo Ortega: el problema surge cuando se produce la ausencia de los mejores; cuando en los puestos de mando no tenemos a los mejores, sino a los trepas; y cuando, empeñados en silenciarlos, consiguen hacer lo necesario para que no puedan jugar. Un país va al desastre cuando los mediocres consiguen lograr la ausencia de los mejores. Mozart eliminado por Salieri. El Barça por el Chelsea.
            Pero hay diferencias: Salieri fue malvado (el Chelsea sólo listo); el Barça supo perder (otros hay que, sin felicitar al adversario, se meten con el árbitro, se enredan en la camorra, airean errores, escatiman méritos). El Barça, en medio de la adversidad, se reivindicó abrazando al vencedor, asumiendo la derrota; Guardiola en cabeza. En su deportividad está su grandeza: reconocer el mérito del adversario (porque el Chelsea, a pesar de todo, supo defenderse). Y aunque sus líneas fueron perforadas, hace falta saber fútbol para defender con la intensidad con que defendieron. Pero no fueron creadores en el terreno de juego; fueron, por el contrario, destructores de la creación. Eran buenos, pero no los mejores: por eso se hicieron nihilistas; a falta de crear juego, destruyeron el que había.
            Así es la sociedad. Como decía Kant, los buenos suelen salir perdiendo. Nos encontramos a Benjamin, a Ortega, a María Zambrano. Por eso los perdedores nos resultan tan simpáticos, y eso era lo que representaba, para nosotros, Fernando Fernán Gómez. Hay épocas de crisis en las que vencen los que destruyen a las fuerzas creadoras; las tierras estériles se enseñorean de las tierras fértiles. Entonces nos acordamos del Barça. En su derrota está su grandeza. En su nobleza está el juego, en su respeto del adversario: porque supo ganar, supo perder. Bien está que el bueno le gane la partida al malo, pero no está bien que los buenos ganen a los mejores porque entonces el notable vale, por supuesto, mucho más que el sobresaliente. La lucha por la vida le gana el pulso a la lucha por la excelencia (porque llamamos vivir al sobrevivir cuando la vida verdadera es vida plena y desbordante: la excelencia, que pierde las batallas frente a la mediocridad).
            Se hace camino al andar, que decía Machado: pero otros van por los caminos trillados. Sobrevivir, en este mundo, vale más que vivir plenamente. Luchar por la supervivencia vale más que la voluntad de ser mejores, y en el mundo impera, como decía Ortega, la ausencia de los mejores.