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viernes, 17 de septiembre de 2021

EL PROFESOR

  

EL PROFESOR

  


Los profesores son el antiguo régimen. Son el poder legislativo porque dictan los programas; los programas que les dictan a ellos desde arriba. Son el ejecutivo porque mandan en sus clases. Y son el poder judicial porque continuamente juzgan y evalúan. Nadie los juzga a ellos. No hay evaluaciones, ni externas ni internas, que introduzcan en su cometido un solo átomo de crítica. Son simulacros de evaluación. Ejercicios de libertad cuyo destino es la papelera. “Evaluación de la práctica docente”: eufemismos que se inventan en Madrid; y que hay que cumplir, sometiéndose a la ley para cabalgar sobre ella, cada muerte de obispo. Como en unos carnavales de escuela, allí los chicos dicen lo que quieren con libertad efímera. Luego se reúnen las comisiones pedagógicas y nadie les hace caso; como déspotas de feria, los profesores ignoran las críticas descalificando a quienes las hacen: porque, como ya se sabe, los chicos no saben lo que quieren; no saben lo que dicen; no saben lo que piensan. Y no hay conciencia más limpia que la de quien no se quiere enterar: que donde hay confusión de poderes nunca ha habido democracia, sino absolutismo.

 


 

viernes, 20 de agosto de 2021

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 

 

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 


1. El hincha.

 

La hinchada es un reparto de tareas; unos ponen el trabajo, otros se alegran del éxito.

La hinchada se parece a la explotación; el éxito lo celebra el amo, pero el trabajo lo pone el siervo.

La diferencia entre la hinchada y la tiranía es que la segunda se alegra por un éxito que le da ganancias, y la primera no; lo único que el hincha gana con alegrarse es disfrutar del buen humor.

El hincha no disfruta de su buen humor, porque el humor se lo da el equipo que pierde o gana; y así, el hincha siente por lo que otros viven. Sólo quien juega vive el partido; el espectador, al vivir el éxito del equipo, vive la vida de otros; y si su equipo representa a su país, vive las alegrías y tristezas de su país sin hacer nada por lograrlas; el espectador sólo es un consumidor; el que produce es quien juega.

Cuando el aficionado ve a su equipo se está viendo a sí mismo, como si los méritos del equipo fueran propios; así, cuando gana el equipo no han ganado ellos: hemos ganado nosotros.

Ellos son los adversarios. La identificación del público con el protagonista hace que todos asumamos los aciertos y los errores de algunos; y eso ni es bueno ni es justo. Se parece a los problemas étnicos en que los errores de uno se los imputan a la etnia a la que pertenece.

Así surge la enemistad. En el deporte luchan los adversarios, pero los espectadores se enfrentan como enemigos. Ser enemigo de alguien es estar dispuesto a reconocerle los errores, pero no los aciertos. Si yo fallo es mi pueblo el que falla, pero mis aciertos son simplemente una cosa personal. Inversamente, los fallos de mi pueblo me los endosan a mí: pero no sus aciertos.

El individuo carga con los pecados de la colectividad, y la colectividad carga con los pecados del individuo. Pero las virtudes de los individuos y de su pueblo no se trasvasan entre sí; se pierden.

Ser enemigo es estar condenado a ser malo. Malo para la persona que nos mira, si esa persona es enemiga.

Ser enemigo de alguien es quedarse ciego para media realidad: la mitad de la realidad que no se quiere ver. Si hacen algo malo a uno de los nuestros nos indignamos; si se lo hacen a ellos miramos para otro lado. Y así anda el hincha, tuerto pero no ciego.

 


2. ¿Enseñar o educar?

 

Josemari se movía en su asiento con aire satisfecho. Vivía y respiraba por todos sus poros la sensación de estar en lo cierto.

-El profesor debe limitarse a transmitir conocimientos. La educación es cosa de los padres.

Y todo porque estaban comentando un texto sobre Sócrates. En el aire estaba si Sócrates, que presumía de no enseñar nada, realmente enseñaba; si se limitaba sólo a hacer preguntas; si el discípulo encontraba solo las respuestas conducido por las preguntas del maestro, como el gobernalle dirige el curso de los barcos sobre el mar.

Juan Luis inquirió entonces:

-¿Verdaderamente Sócrates no enseñaba nada?

Hubo un entrecruce de ideas y hubo controversia, pero el debate no acababa de centrarse. Entonces Juan Luis sintió la necesidad de precisar:

-¿Enseñaba Sócrates sólo con sus palabras? ¿O también enseñaba con su presencia?

Siguió habiendo intercambios, pero ninguno conclusivo. Y volvió a precisar su idea:

-¿Los maestros enseñan con lo que dicen o con lo que hacen?

-Con ambas cosas –respondió Jorge.

-¿No dura más en el recuerdo –habló Juan Luis- ver a un maestro fumando que su prohibición de fumar? Cuando un maestro no hace lo que dice, pierde autoridad ante los discípulos.

-No tiene por qué –interrumpió Josemari-. Mi madre fuma y dos de mis hermanos no han fumado nunca.

-Bueno –replicó Juan Luis-. Pero ahora no hablamos de cómo aprenden los discípulos, sino de cómo enseñan los maestros; ése es el tema que estamos debatiendo con Platón. ¿Qué pensáis que deja más huella? ¿Lo que dice el maestro o lo que hace cuando lo dice?

-Es lo que hace –contestó Juana-. Poco importa lo que digas: lo que me va a marcar es cómo lo digas.

-Y eso es educar –concluyó Juan Luis.

-¡No! -objetó Josemari-. Los profesores no tienen por qué educar, que para eso están los padres; los profesores deben limitarse a enseñar.

Aquello sonó a doctrina bien aprendida. Aquello sonó a consigna. De alguna manera intuía que los hijos eran el escenario de una batalla campal que se libraban los padres entre sí. Y él, como profesor de filosofía, debía combatir con razones los sectarismos de todas las capillas.

  -Está bien –terció Juan Luis-. ¿Un padre alcohólico tiene más derecho que un maestro cuerdo a educar a su hijo?

-¡Eso es una exageración! –protestó Josemari.

 -Precisamente, la técnica del debate consiste en el contraejemplo. Si yo pongo un solo ejemplo que contradiga lo que tú dices, te verás obligado a contestarme. Y el debate se enriquecerá analizando los casos extremos.                                                                                                                                                                   

-¡Pero las cosas no son así! –contestó Josemari, incómodo.

-Sí que lo son. Como lo es también el derecho de un padre a educar a su hijo, a su hija, cuando ese padre está dispuesto a matarla para salvar su honra, si la chica no actúa de acuerdo con las normas que él trata de imponer.

-¡Pero no exageres! Eso son unos casos extremos; en la mayoría de los casos no sucede así.

 -Sucede muchas veces. Más de lo que crees. Y cuando sucede, la chica está desprotegida frente a un padre abusivo si le niegas al maestro el derecho de educarla.

-La educación sólo les corresponde a los padres, no a los maestros; para eso han querido tener a sus hijos y se han sacrificado por ellos.

No siempre. Recuerda que se dan muchos casos de relaciones amorosas en las que el niño viene al mundo por accidente, por pura casualidad; y en muchos de esos casos es un niño no deseado, o no querido.

Josemari objetó que eso era porque nuestro mundo carece de valores y bla, bla... Frente a aquella moralina Juan Luis sintió la necesidad de ser contundente.

-Está bien –dijo-. Los profesores sólo podemos transmitir conocimientos. Ni ejercer de animadores, ni ser guías, ni cosas por el estilo; sólo tenemos derecho a enseñar. Está bien. Yo ahora os enseño el temario de filosofía. Si en mitad de la clase se produce un atropello, una falta de respeto, una agresión, yo no intervengo; mi misión no es educar.

-No es así. Los profesores nos podéis sancionar. Además, eso lo hace el consejo escolar, en el que han votado los padres. Y la disciplina sanciona conductas, no creencias.

-Falso. Una conducta es punible cuando manifiesta un hábito, y los hábitos reflejan actitudes, y las actitudes reflejan creencias. Recurrir a la disciplina adquirida equivale, a fin de cuentas, a modificar creencias. Yo como profesor debo conseguir que los alumnos crean que es preferible respetar al prójimo. Y eso, mi querido Josemari, es educar. –Se sentía marejada y había oleaje de fondo, y el timbre iba a sonar. Juan Luis zanjó la polémica remitiéndolos al texto-. Pero lo que estamos haciendo aquí es comentar las palabras de Sócrates. Recordad lo que estábamos debatiendo: ¿enseñaba Sócrates sólo con sus palabras, o con su presencia enseñaba también?

Cuando sonó el timbre ya Luis había dicho:

-Sócrates no enseñaba cosas, porque presumía de no saberlas. ¿Qué conocimientos podía transmitir si, por muchos que tuviera, no estaba seguro de ninguno? Él enseñaba a aprender. Y mientras lo hacía enseñaba a escuchar, a respetar las razones del adversario, a amar la fuerza de la razón, a ser firme en sus convicciones, a hablar cuando hace falta y cuando hace falta callar. Y eso, por encima de todo, es educar.

Y sonó el timbre. Se fueron todos. Y no hubo más.

 


3. Somanoética.  

 

            Se le ocurrió crear una pedagogía psicosomática. Sus dos pilares serían la somítica y la somética (la primera tendría por objeto la somanoesis, y la segunda el somanoeto).

            La somítica es una mítica somática; el mythos es a la vez historia y palabra, relato surgido del fondo de la experiencia del cuerpo; y como hay que saber pensar desde el cuerpo, no está claro en qué medida esta mítica debe ser completada por una lógica: por un análisis del sentido de las cosas, con un análisis del significado de las palabras.

            De la experiencia somítica emergerá la somética: la ética somática. El sentimiento de la vida, emanado del cuerpo, pensado somáticamente, da lugar al descubrimiento del sentido; del sentido de la vida. Los valores, antes de ser pensados, deben ser sentidos; sólo entonces es posible la valoración; una valoración psicosomática en donde el cuerpo es el vehículo de la mente, y en los estratos más profundos llega a confundirse con la mente misma.

            Habría que crear un centro de pedagogía psicosomática. Que podría estar al lado de una sociedad de filosofía (Sofía) y de otras asociaciones parecidas. Todas ellas cabrían en un centro global de investigaciones sociales: el Centro de Investigaciones del Duero; el Cid.

 


 

 

 

viernes, 23 de abril de 2021

MARÍA CORONEL

  

 

MARÍA CORONEL   

 


            José Luis Bartolomé ha sido profesor de literatura en tierras castellanas. Después de la literatura se interesó por la historia del arte y por la filosofía, cursando definitivamente estas tres carreras. Es poeta, dramaturgo y narrador, y después de hacer incursiones en el relato breve está embarcado actualmente en la redacción de varias novelas. Como dramaturgo ha escrito y representado El mojón, que forma parte de la trilogía de Tierra de Campos. María Coronel, una Bernardina para la historia le ha sido encargada para conmemorar el quinto centenario de la boda de María con Juan Bravo, el popular jefe comunero que tiene una estatua en la ciudad de Segovia.

 

RESUMEN.

 

            En 1492 se produce en España la expulsión de los judíos. El viejo consejero de la reina, Abraham Senneor, tiene que convertirse al cristianismo si quiere seguir viviendo en la tierra que le vio nacer; a partir de entonces se llamará Fernán Pérez Coronel. Su hija María se casará con Juan Bravo, el jefe comunero que, junto a Padilla y Maldonado, será decapitado en Villalar. María sólo ha tenido tiempo para disfrutar dos años de su matrimonio. Muerto Juan Bravo, será despojada de sus posesiones por el emperador y caerá en desgracia. Hasta que años más tarde le vuelva a ser restituido lo que se le arrebató. Ésta es la historia de María Coronel, que se casó en Bernardos y catapultó a este pueblo anónimo en volandas hacia la historia.

 


CRÍTICA.

 

            La referencia obligada es, para mí, El mojón: era aquélla una obra libre, de autor, mientras que ésta es una obra de encargo, de publicista, casi podría decir “de intelectual orgánico”; el objetivo de aquélla era la realidad descarnada de la tierra; el de ésta, su idealización y lucimiento; todo lo que había en aquélla de pintura realista es en ésta pincelada rendida y afán laudatorio. Puesto el marco en que se desarrolla la obra, vamos ahora con el cuadro.

            El cuadro es una loa a las virtudes admirables de María Coronel, vista no sólo como persona (que también), sino sobre todo como paisana. La historia evoluciona en cuatro actos y todos, excepto el último, tienen la misma estructura: en la primera escena aparece un juglar que canta, al igual que las canciones de Brecht (poniendo distancia con los personajes pero acercándonos a sus mitos para identificarnos con ellos), más al modo de los pliegos de cordel o cantares de ciego; en la segunda asistimos a un diálogo entre María y un hermano suyo (en él evocan el pasado y perfilan la historia); y en la tercera hay una escena con protagonistas y antagonistas donde ya ni cantan ni cuentan, sino que viven ante nosotros cuatro momentos cruciales de la historia: la conversión de Abraham Senneor, la ejecución de Juan Bravo y la restitución de los bienes confiscados; la última escena (la boda de María y Juan Bravo) se sitúa cronológicamente entre el primer y el segundo acto, pero se vive como un salto atrás al final de la obra porque el autor quiere que este episodio se reviva con todo su esplendor en los escenarios (la iglesia, la plaza) donde se cree que ocurrieron; la intención es una apoteosis final donde, al mismo tiempo que la protagonista, se luzcan como en un altar la propia iglesia y las calles del pueblo.

            El efecto está muy logrado. Los octosílabos del romance crean un animado espectáculo donde se recrean, a su vez, los antecedentes que necesita el espectador para entender la historia que se va a contar: éste es el equivalente del coro griego, sólo que en vez de insistir en el drama y la reflexión le dan a la historia aires lúdicos y épicos. Los diálogos entre los hermanos remedan el juego de las tragedias, donde se habla de las cosas que han sucedido sin que el espectador las vea. Y la escena con la que se cierran esas trilogías que son los tres primeros actos no dicen, sino que muestran: éste es el teatro de verdad, no los recuerdos; ni los cantos.

            Esta estructura es muy sencilla y está pensada para agradar al público, eliminando todo conato de crítica y favoreciendo esa identificación colectiva que arrastra a la gente en las grandes ocasiones. En esto el autor se muestra como el maestro que es. No obstante hay elementos de crítica velada: como cuando, pasando de puntillas, el autor dice por boca de su personaje que el movimiento comunero pudo ser una defensa de las clases marginadas, pero también un movimiento retrógrado que no iba con los tiempos (p. 30): el autor enuncia esas dos valoraciones sin tomar partido por ninguna, aunque se recrea en el sentimiento ingenuo de la gente que abrazaba la utopía soñando con igualdad y libertad, “sin tener en cuenta las consecuencias” (p. 31); y hasta se atreve a hacer una crítica silenciosa suponiendo que, si los comuneros hubieran ganado la guerra, nos hubiera ido peor. Pero se recrea en el espíritu del héroe; el héroe es el que sigue adelante aun cuando tenga la certeza de que la causa está perdida (p. 30). Esos aires épicos gustan de ser sazonados con declaraciones grandilocuentes: “seremos unos héroes a las puertas de la gloria” (p. 25); “traidores hacia los poderosos, mas no (…) para el pueblo”; en fin (parece como si hablara Fidel Castro), “la historia nos dará la razón” (p. 24). El autor hace que la realidad se desdoble: en la primera visión el corazón repite el eslogan en el que quiere creer el público con el optimismo de la voluntad; en la otra la cabeza muestra los argumentos que se imponen por sí solos con el pesimismo de la razón; y así, pareciendo decir lo que el público quiere oír, dice realmente lo que el sabio le tiene que recordar”.

            Es la historia de María Coronel un espectáculo con música, fiesta, escenografía y verso; pero debajo retumban, con un eco sordo, las voces sensatas que, lejos del espectáculo, se presentan como auténticas voces de la verdad. Parece que el autor dice lo que le piden que diga. Y al hacerlo suenan, como el eco de las voces, las razones que no quiere oír nadie pero que se oyen, acalladas por la fiesta. Porque el vino y el cordero y las vituallas y viandas son el espectáculo que parece apagar, sin conseguirlo, las voces que nos hablan desde la razón que está callada: y que se oye.

 

            En 1521 se produce la batalla de Villalar. Las tropas de Carlos V derrotan a los comuneros y sus principales cabecillas son decapitados.

Hoy se sabe que la lluvia mojó la pólvora y los cañones no pudieron disparar; quizá por eso los comuneros no ganaron la guerra y la historia de España no pudo seguir por otros derroteros. O no. Quién sabe si la monarquía autoritaria no se hubiera acomodado con las figuras de Padilla,  Bravo y Maldonado.

            Yo no envié a mis tropas a luchar contra los elementos.

 


 

 

 

viernes, 27 de diciembre de 2019

CLASIFICACIÓN DE LAS ARTES



CLASIFICACIÓN DE LAS ARTES


             Cuando hablamos de arte ¿estamos hablando de presencia o de representación? Las dos cosas. Un cuadro es la representación de una escena, pero también es una presencia que nos habla; como representación no habría diferencia entre un cuadro bueno y otro malo, si lo que nos interesa es el contenido o, más que el contenido, su referencia (no la estructura que la contiene); pero como presencia es una propuesta sensorial que incluye, más allá de las sensaciones, placer que sobrepasa el mero placer sensorial, más que hedoné, aisthesis; nos hablan la forma y el brío (o la falta de brío) de sus pinceladas, el vigor de sus  rasgos, la intensidad de la luz, las sombras, el contraste o la ausencia de contraste.
            Un fragmento musical puede representar escenas reconocibles: Vivaldi hace una representación sonora de las cuatro estaciones del año, Grieg representa la tormenta en El regreso de Peer Gynt, Beethoven retrata la naturaleza en su sinfonía pastoral, Mozart hace aparecer el infierno en un momento de su réquiem, las campanas de Berlioz tocan a muerto en la Sinfonía fantástica, las gotas de lluvia de Chopin terminan con el disparo del fusil de los soldados, las aguas de los ríos fluyen cristalinas en Smetana… Los cellos representan las llamas, las flautas son el trino de los pájaros, la percusión puede ser el trueno, y el desorden de los instrumentos (en la célebre marcha fúnebre de Chopin) representa el desorden que se produce entre los deudos cuando se acaba el entierro…
            También se pueden representar metáforas: el estallido interior de Tchaikovsky en la Sinfonía patética, el diálogo entre la libertad y el destino en la quinta sinfonía de Beethoven…
            Otras veces, en la música, no sentimos representaciones, sino presencias; la tensión se mastica en el baile de Prokofiev (a propósito de Romeo y Julieta), el infinito dolor de la delicadeza en la canción de Aase (Edvard Grieg), el frenesí del aquelarre en la fantástica de Berlioz, la distorsión sensorial producida por las drogas en el Magical mystery tour de los Beatles…
            La obra de arte es presencia que nos puebla a través de sus representaciones (la distorsión sensorial de los Beatles nos habla de las drogas, pero no lo hace contándonos cosas sobre ellas, sino haciéndonoslas sentir; y el destino de que nos habla Beethoven no se describe, se siente, y quedamos paralizados mientras lo sentimos por sus cuatro notas). La obra de arte puede ser, también, representación sin presencia (un dibujo puede representar una escena con tan poco brío que nos deja insensibles). Y el arte puede ser, sobre todo, presencia sin representación: ya no es una música programática. La gran fuga de Beethoven podría ser un ejemplo.


1. Presencia y representación.
           
            Si aplicamos esta observación como primer criterio, podremos distinguir entre artes de la presencia y artes de la representación. El segundo criterio serían los receptores sensoriales, pues unos están hechos para la presencia (el olfato, el tacto, el gusto) y otras para la representación (el oído y la vista), de mayor a menor distancia: del olfato al tacto, pasando por el gusto, el contacto viene de más lejos a más cerca, y el oído capta sensaciones menos lejanas que la vista. Estamos hablando, claro está, de la distancia entre el estímulo y el receptor, esto es, de las presencias. La vista capta el espacio, el oído el tiempo, y los tres sentidos restantes el instante; la vista y el oído son representación y el olfato, el gusto y el tacto, presencias: esto quiere decir que en los dos primeros hay que distinguir entre la presencia que habla y la distancia que representa. La máxima distancia en la representación la constituye, por supuesto, la palabra: pues la palabra nos da sentidos que van más allá de los sentidos. La palabra aplicada a los sentidos de la presencia nos da la profundidad, igual cuando expresa razones que sentimientos; pero para atravesar la sensación y captarla en su hondura la palabra debe cargarse de símbolos: símbolo entendido como metáfora, no como sistema de signos; un símbolo así entendido es un signo que no representa la realidad percibida sino la realidad sentida; la realidad pensada se representa, más que con el símbolo, con el concepto.
            Luego está la memoria. La memoria convierte en representaciones todas las presencias. El olor de la madalena evoca un tiempo pasado en la vida del autor. Y el sabor del pescado frito nos trae a la mente la presencia del Mediterráneo, y de Andalucía.

2. Primeros esbozos de clasificación.

            Hemos visto que el arte es el placer del espíritu. Podemos convenir, al margen de toda etimología, que hedoné es el placer de los sentidos y aisthesis el placer del espíritu sensorial (es decir, del sentimiento enraizado en los sentidos); podríamos distinguir, también, entre el placer intelectual (al que podríamos llamar diligencia), el placer del espíritu compasivo (al que llamaríamos piedad) y el placer espiritual (al que llamaremos místico).
            Definimos la sensibilidad como la capacidad de dejarnos impresionar por el exterior; y espiritualidad como la capacidad de unificar todos los sentidos en una experiencia única; si lo que se unifica es el componente informativo de las sensaciones, obtenemos una percepción (la percepción es una experiencia); y si se unifica su componente afectivo lo que obtenemos es una aisthesis (una vivencia estética: al no haber posibilidad alguna de confusión también podremos llamarla experiencia estética).
            La suma de cualidades sensibles más sus correspondientes gestalten produce percepciones. Y la suma de hedonés más sus correspondientes gestalten produce aisthesis. La hedoné, ya lo hemos visto, es el placer sensorial; la aisthesis es el placer estético. Un arte es un universo estético definido por un tipo de aisthesis dominado por un receptor sensorial. Las artes de la presencia buscan el espíritu en sus mismas sensaciones; las de la representación lo buscan en cada una de las dos mitades en que se escinden: por un lado la presencia sensorial, que nos penetra, y por otro la representación, que nos envuelve; veámoslo más de cerca.


            1. Artes de la presencia. Buscan espiritualidad en las sensaciones y encuentran la eternidad en el instante: puerta desde la que trasciende a la esencia. Dentro de estas artes de la sensación podemos distinguir tres tipos:
            1.1. Artes del tacto. Se trata del erotismo. En el orgasmo el placer tiene su concentración máxima en un instante, desde el que explota, a veces prolongándose durante un tiempo, en el estar fuera de sí, fuera del mundo, abandonándose al dejarse ir en el que se estaba concentrado; un rapto de los sentidos, un éxtasis u olvido de sí mismo para fundirse en el placer máximo de ser, que es como unirse al flujo del mundo. Ese mismo abandono, cuando trasciende los sentidos, es un éxtasis espiritual: el alma se funde con el espíritu universal y se olvida de sí misma, pierde los sentidos, pierde la razón.
            1.2. Artes del gusto. Buscando la hedoné está la gastronomía, conjunto de técnicas para extraer el máximo poder de goce en el paladar; esto es sólo placer en el cuerpo, mas para conseguirlo, como le pasaba también al erotismo, es preciso que la técnica se una a la inspiración: es, desde luego, un arte más que una técnica. Pero el placer que se obtiene no deja de ser una hedoné, no llega a aisthesis: ¿podríamos decir que la gastronomía es un arte sin aisthesis? Tal vez. Sería un arte incompleto, puesto que en la elaboración intervendría el espíritu pero en el resultado no; sería inspiración, y por tanto rapto, en busca de la hedoné, no de la aisthesis.
            1.3. Artes del olfato. El culto a los perfumes, la cata de vinos. La concentración debe ser máxima y el artista debe estar suspendido para conocer lo sublime (esto es, debe estar inspirado); pero el resultado no pasa de ser una hedoné muy sublimada y sutil; en esa delicadeza ¿no podríamos decir que la hedoné (el placer de oler el vino) se transforma en aisthesis (placer de hundirse en el espíritu del vino a través de su olor)? ¿No podríamos decir lo mismo de la gastronomía, por lo menos cuando trasciende mucho más de las recetas y lo fía todo al tacto, al instinto, a la inspiración del cocinero?
            2. Artes de la representación. Buscan espiritualidad en las sensaciones y en el universo que trasciende por detrás de ellas: el que se vive sin estar en él, desde la distancia. La distancia se despliega en intensidad, en el espacio, y en fluidez, en el tiempo.
            2.1. Artes del tiempo. Su medio de expresión es el sonido, que nos lleva, por dentro de la realidad, hasta el éxtasis que se produce más allá de ella.
            2.1.1. Artes del sonido. Buscan, en la sensación sonora, un placer que va, más allá del sonido, hasta el misterioso espíritu sonoro. El sonido puede ser estridente o dulce, y agrada o hiere al oído; pero también puede ser sublime, dramático o trágico, y entonces quien siente y padece es el espíritu, que tiene un peldaño en el oído y se lanza, más allá de la corteza, en el cerebro de las emociones. El sonido conmueve nuestras fibras interiores y se expande en las entrañas, hasta el recóndito mundo del sentir, más allá del sentido viscerotónico del vientre: y es música. O expandirse, desde las fibras interiores, a los músculos, y del éxtasis del espíritu es sensación apegada al movimiento; y es música expresada con el cuerpo, tiempo vertido en el espacio, es la danza. También hay momentos en que esa presencia quiere representar, desdoblar el mundo real en otro virtual que es como la sombra del primero, y es música programática; pero el mundo virtual no tiene su eco en la realidad, su referente, preexistente, más que en la percepción, en la imaginación y el recuerdo, es un mundo creado que sirve de modelo a la representación que lo imita.


            2.1.2. Artes de la palabra. Si la música provoca sensaciones y sentimientos, la palabra produce significados; en la música, cuando hay significados más allá del sentir (música programática), produce conocimiento; pero lo propio de la música no es conocer, sino sentir las profundas fuerzas enraizadas en las tripas y en el corazón, oscilantes entre la luz y la oscuridad sin que la luz sea buena y la oscuridad sea mala, pues muchas veces sucede al revés; y escuchar música es sumergirse en el fondo metafísico de nuestro ser, sin resolverlo en ontología, sino en ontopatía: un sentirse en el mundo y un sentir el mundo en mí, más allá del conocimiento o más acá, quién sabe, con la razón arrastrada por los vientos y las olas y los seísmos, huracanes del ser.
            A) Palabra hablada. Todo eso lo podemos encontrar en la palabra, cuando es arte. Pero en la palabra además hay voces que le hablan a la inteligencia. La música nos habla al corazón  y es un universo sinfónico; o les habla a las tripas y a los músculos, al movimiento, y es danza; la danza es síntesis de sensibilidad y movimiento, la ópera es síntesis de música y palara, y la síntesis de música, danza y palabra es el arte total: así lo entendió Wagner. Palabras para la inteligencia, música para el corazón y danza para el cuerpo; síntesis de la palabra con el sonido y con la voz, una humanidad animal: pues, como decía Aristóteles, los seres humanos tienen palabra y los animales tienen voz.
            La palabra es hablada o escrita: ópera y teatro definen, en la oralidad, un continuo gradual entre la palabra y la música, ópera cantada, tragedias griegas con coros cantados, o teatro brechtiano salpicado de canciones; entre la zarzuela y el musical. En el teatro solamente hablado la intensidad del sentimiento, en el clímax, surge de la intensificación gradual del desarrollo de la acción hasta que se produce un estallido: en él la progresión continua se rompe bruscamente en una explosión. Y junto a la intensificación de la acción se produce la intensificación de la palabra, para conseguir, en esa convergencia, la máxima intensidad posible en el estallido climático: la tensión dramática en su punto álgido.
            A menos que estemos hablando de comedia: y entonces lo que estalla no es el dramatismo, sino la hilaridad.
            B) Palabra escrita. La palabra escrita se escinde en poesía y novela. En la primera se busca la intensidad del sentimiento y es, hundiéndose en las profundidades del alma, búsqueda de las raíces metafísicas de nuestro ser; por eso es la poesía tan parecida a la música y, para muchos, tan árida y tan difícil de leer; en poesía, como en música, se buscan la sensación y el sentimiento más allá del significado, o más acá de él; y por eso las palabras son sensorialidad pura, emoción pura, portadoras de significado despojándose de significación, en su presencia sonora (aliteración, onomatopeya…), o sentida (metáfora: donde el significante no busca su referente en lo representado, sino en la presencia de las emociones íntimas que quiere evocar, despertar, derribar o crear). Originariamente la poesía fue palabra cantada, tanto en su significado afectivo (lírica) como referencial (épica); pero cabe suponer que, más que la lírica, fue la épica la primera poesía cantada.
            La novela, o cualquiera de las formas del relato, no muestra a los personajes y decorados, sino que habla de ellos; y lo hace convirtiendo las palabras en presencias que contaminan a lo representado, y entonces las cosas se muestran a través de ellas escapándose de la representación que dice en lugar de mostrar; lo que se dice es la objetividad que contemplamos; lo que se muestra es la subjetividad que se vuelca en ello; se dice el significado de las palabras, se muestrea su significante, que se impregna en su significado: ésa es la palabra poética; en el tratado las palabras se borran para mostrar sólo su significado, que consiste en decir leyes y fórmulas mientras lo que se muestra no es la palabra, sino la imagen: fotografías, dibujos, esquemas y gráficos.
            2.2. Artes del espacio. El sonido, el músculo y la palabra representaban el mundo a través del movimiento; la pintura, la escultura y la arquitectura lo representan a través de la quietud. Nuevamente se desliga el arte en un doble placer: el de las formas que contemplamos, que es armonía en la representación, y el de la materia moldeada, que es experiencia estética. El primero es un placer externo al arte y el segundo placer inherente al mismo. Hay fotos que parecen bellas por la belleza de lo fotografiado, y fotos que lo parecen por la belleza de su composición, por las transiciones o el contraste, por su estudio del color; las primeras son bellos cromos o imágenes sagradas y las segundas auténticas obras de arte: es la diferencia que hay entre lo bonito y lo bello. Lo bonito utiliza los recursos técnicos con eficacia expresiva, pero sin vida en la expresión; y lo bello es producto de una técnica inspirada; lo primero, simplemente, es técnica; lo segundo además de técnica es arte.


            Las artes visuales son reproducciones del mundo; las artes auditivas, producciones del autor. Toda reproducción es significado al servicio del mundo observado, pero la producción es significante al servicio del autor y del espectador; las reproducciones, para ser artísticas, tienen que ser producciones, es decir creaciones, con los materiales expresivos; de lo contrario es ciencia, tecnología, didáctica, pero no es arte. El carácter de la pintura con respecto a la arquitectura y la escultura depende de los materiales usados (su dureza, maleabilidad o resistencia, cualidades que les dan mayores o menores capacidades expresivas; y, por supuesto, de las técnicas empleadas: no es lo mismo, y no se pueden hacer las mismas cosas, con la acuarela que con el óleo, el granito que el bronce, la piedra que el hierro, el Taj Mahal que la torre Eiffel.

Conclusión.

            La técnica es un conjunto de instrucciones, un modo de uso. Y el arte es el uso creativo de la técnica. Hace falta un científico, y hasta un artista, para crear una técnica pero una vez creada su uso es mecánico. Sin embargo el arte es creación continua. Hasta cuando copia. Cuando dice Platón que las cosas son una mala copia de los ideales, si para hacer esa copia tomamos como modelo al pintor, Platón lo concibe como un mero operario que reproduce mecánicamente la realidad, como si fuera trabajo en cadena: y sin embargo no es así; no es la suma de similitudes con el modelo lo que hace mejor a la obra de arte, sino al revés: el espíritu creador es el que hace que la obra se parezca más al modelo. Platón se equivocaba: el arte no es sólo imitación, copia, mímesis, es ante todo poiesis; y la mímesis, si no es poética, no es artística, copiar es mucho más que calcar en la ventana los contornos de un dibujo que se transparenta en el papel (aquí sí que la copia no es nada creativa). Pero los copistas del monasterio, cuando copiaban los códices, sí que hacían mucho más que copiar.
            El dominio de las técnicas de copia no hace de nosotros unos artistas; ese dominio es necesario, pero no suficiente. Ni tampoco la existencia de gestalten que hacen que nuestra copia sea más atractiva, no: los aprioris también son necesarios, pero no bastan, se necesita todavía algo más. Ese plus diferenciador de la obra de arte es la trascendencia. Pero una trascendencia que, lejos de olvidarnos en la existencia, nos saca de ella; y, como los rasgos que hemos copiado de ella, nos hace llamar a las puertas de la esencia. El arte nos arranca de la banalidad que hay en lo cotidiano y la perfora, llegando a lo profundo: donde lo anodino se vuelve trascendente. El arte, o nos hace tocar la eternidad con los dedos el tiempo, o no es arte; el resto es técnica sin ilusiones, trabajo desencantado, aburrimiento y tedio, alienación; vivir sin arte no es, en definitiva, más que vida sin aliciente: es sólo nostalgia del ser.







viernes, 18 de mayo de 2018



PLATÓN:
CUATRO FORMAS DE LOCURA


            Para que podamos fiarnos de la inspiración es preciso criticar los pensamientos inspirados. Platón distingue dos procesos independientes y complementarios:
            (1) La inspiración. “Es un don que nos alcanza en tres ocasiones bien definidas: durante el sueño, o en una enfermedad, o debido al entusiasmo; en todas ellas se detiene el poder de la inteligencia. “No es trabajo propio del que está poseído por un frenesí (…) juzgar lo que se apareció (…), sino que (…) conviene (…) al sensato hacer y conocer sus propias cosas y a sí mismo” (T.116).
            (2) La crítica. “Es propio del sensato tratar de entender lo dicho en sueños o en vigilia por (…) el entusiasmo en el momento que se recuerda, y distinguir con la razón todas las visiones (…), si significan algo” (T.116).
            Esto se parece mucho a la técnica conocida como lluvia o tormenta de ideas, que se desarrolla a lo largo de dos fases separadas y consecutivas: la creación y la crítica; durante la creación se dice todo lo que se nos ocurre, por muy absurdo que parezca, para evitar que la autocensura yugule la creatividad; y durante la fase crítica se divide lo que se ha creado, poniendo a un lado las ideas válidas, acertadas, y a otro las inútiles y absurdas.


1. Adivinación.

            La inspiración profética se somete a las dos fases que hemos descrito al hablar de la inspiración a secas; pero, en lugar de dos momentos protagonizados por una misma persona, dan lugar a dos personas con oficios diferentes: el adivino, que sufre un rapto de inspiración, poseído por un frenesí incontenible e incontrolable; y el intérprete, que, en su calidad de juez de los adivinos inspirados, descubre el sentido “de las palabras dichas mediante enigmas y visiones” (T.116). En el oráculo de Delfos, es la diferencia que hay entre la sibila y el sacerdote.
            Insiste Platón en que la inspiración profética es otra forma de locura (“manía”, en griego): por eso la llamaron “mánica”, aunque alguien introdujo una “t” para convertirla en “mántica” (F’.210). Es, más que investigación del futuro (propia de quienes están en posesión de sus facultades mentales), la predicción del futuro (fruto de un rapto de investigación); y en la primera sugiere Platón que hay dos especies: la de quienes ven el futuro en las aves y otros indicios y señales (augurios), y la de quienes lo ven en la reflexión (predicciones científicas): a ambas se les ha dado, por oposición a mántica, el nombre de oionística (F’.211).
            Por eso el alma, además de ser “lo que se nueve a sí mismo” (F’.214), es también “algo con cierta capacidad de adivinación”; Platón aduce como ejemplo el demonio de Sócrates: “me vino”, dice, “esa señal divina que (…) siempre me detiene cuando estoy a punto de hacer algo (…) y me pareció oír de ella una voz que me prohibía marcharme” (F’.206). Es lo que podríamos llamar corazonada, presentimiento y, en cierto modo, intuición. Junto a la inteligencia puede alcanzar el doble ideal de Platón:
a)      Ser sabio en mi interior”.
b)      Y que lo que me rodea “sea amigo de lo que hay dentro de mi” (F’.274). Una particular versión del yo y la circunstancia de Ortega.


2. Mística.

            La inspiración hace que algunas personas estén sometidas a una fuerza misteriosa que escapa a su voluntad. “Los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio” (I.36), dice Platón. Los coribantes, esos sacerdotes de la diosa Cibeles, “danzaban (…) y entraban en un trance místico (…) en el que creían oír la voz de la diosa”. Hay dos cosas que se excluyen:
a)      El furor báquico.
b)      El sano juicio.
Dominadas y poseídas por el furor báquico, las bacantes pierden el juicio. Para llegar a él utilizan la armonía y el ritmo, que es la parte racional, o controlada, del método; al revés que la adivinación (donde la crítica racional viene después del frenesí), aquí la técnica racional de la danza lo precede como instrumento idóneo para provocarlo.             
                                                                

3. Poética.

            Igual que “los que están afectados por el frenesí de los coribantes bailan sin estar en su sano juicio”, así también “los poetas líricos componen esos bellos cantos cuando no están en su sano juicio, es decir, cuando se adentran en la armonía y el ritmo, y están dominados y poseídos por el furor báquico, igual que las bacantes” (I.36). Por eso “los poetas buenos (…) cantan los grandes poemas (…) no gracias a una técnica, sino porque están inspirados y sometidos”; sometidos a una fuerza divina que se mete en ellos y los posee desde dentro. “No son ellos (…) quienes dicen cosas excelentes, sino que es la divinidad misma quien habla (…) a través de ellos” (I.36); y para eso necesita quitarles, durante un momento, la inteligencia.
            Las musas son las diosas que inspiran el delirio báquico en el poeta (Platón habla aquí de la tragedia, pero lo que dice vale también para la poesía lírica). Cada poeta está unido con su musa: a esto lo llamamos estar poseído, estar dominado (I.39). Terpsícore es la musa de la danza y Erato la del amor; pero Calíope, que es la de mayor edad, y Urania, que la sigue, se ocupan del cielo, y en particular de la filosofía y la música (F’.237).
            Y si los poetas, “poseídos cada uno por una divinidad que los gobierna”, son los “intérpretes de los dioses”, los rapsodas, que interpretan a los poetas, son “intérpretes de los intérpretes”; por eso pregunta Platón: “cuando recitas bien los poemas épicos (…) ¿estás (…) en tu juicio o te encuentras fuera de ti y tu alma, entusiasmada, cree que está en los asuntos que canta, en Ítaca, en Troya (…)?” (I.38). La poesía, en efecto, no consiste en decir, sino en mostrar lo que dice, y mostrarlo a través de la palabra. Por eso señala Platón que la expresión mediante imágenes creadas por palabras es, junto a la expresión sentenciosa y la expresión reiterativa, uno de los “modos de expresión” de las Musas (F’.252).
            Y lo mismo que hay una fuerza oculta en la piedra que Eurípides llamó “magnética”, así también hay una fuerza divina en nosotros; y lo mismo que esa fuerza magnética “no sólo une (…) las propias cadenas de hierro”, sino que se introduce en ellas “de tal modo que puedan (…) unir otras cadenas (…) así también la propia Musa hace inspirados, y por (…) ellos forma una gran fila con otros que están inspirados” (I.36).
            Podríamos decir, siguiendo el hilo de Platón, que la creación poética tiene un momento inspirado seguido de un momento crítico; y a veces precede a la inspiración un momento técnico cuando el poeta busca en la armonía, y en el ritmo, el trampolín para saltar hacia la inspiración; sólo que cuando ese salto no se da, el poeta no pasa de poetastro y la rima se queda en ripio. En algún momento lo vislumbra Platón: “aquel que sin la locura de las Musas llegue a las puertas de la poesía (…) será [un poeta] imperfecto, y su creación poética, la de un hombre cuerdo”, dice Platón, “quedará oscurecida por la de los enloquecidos” (F’.212). Este “estado de posesión y de locura” procede “de las Musas que, al apoderarse de un alma (…) la llenan de un báquico transporte” (F’.212). En el Ión 534b, 536c, en el Menón 98b y en la Apología 22b-c Platón deja muy claro que la nota distintiva del verdadero poeta (es) el estar fuera de sí, es decir “el no estar en dominio de su mente, el estar poseído.


4. Amor.

            Es otra forma de locura. “Se produce cuando alguien, contemplando la belleza de este mundo, y acordándose de la verdadera, adquiere alas y (…) anhela remontar el vuelo” (F’.220). En ella las almas “quedan fuera de sí, y ya no son dueñas de sí mismas (…) Pues en las réplicas terrenales tanto de la justicia como de la templanza (…) no hay ningún resplandor” (F’.221).










sábado, 11 de febrero de 2017

El escritor y sus lectores





EL ESCRITOR Y SUS LECTORES

 

      El escritor se sienta ante la mesa y busca las palabras. Sabe lo que quiere escribir, pero no sabe cómo: ni los sentimientos se dicen, ni las sensaciones tampoco. Puedo decir lo que es un color rojo pero eso no despertará mi sensibilidad ante el rojo; puedo hablar de su longitud de onda, de su lugar en el espectro electromagnético, justo antes del infrarrojo: y me quedaré frío. Pero si hablo del color intenso de la sangre; del hondo latir del corazón; del estallido de las amapolas en el campo; de la sandía abierta en una tarde de verano, palpitando con las pepitas clavadas como balas; si me inundo en las metáforas hasta que flote mi sensibilidad, arrancándola al vacío, y hundo en ella una borrachera de sensaciones: entonces podré sentir las cosas. No con el concepto, sino con la metáfora. No diciendo, sino mostrando. Decir las cosas es evocar su nombre sin su presencia, como cuando hablo de un color sin sentirlo, nombro un sabor sin que me tiemblen las papilas o designo los olores sin que se estremezca mi pituitaria. El científico habla de las cosas sin que sus nombres lo conmuevan; pero el artista saca las cosas de la carcasa de sus nombres y nos las trae aquí, en su pura presencia, nos las mete por los sentidos, por los poros de la piel, por el cuerpo, las saca de la corteza, las mete en el tálamo, en la amígdala,  nos deja a solas con ellas para que floten desnudas, sin ropa, sin palabras ni conceptos, y lleguemos a flotar con ellas; hasta que se metan dentro de nosotros como el hilo se mete en la aguja, como el agua se mete en la esponja, como el frío se mete en la frente, por la nariz, buscando los rincones íntimos donde se cuela en las entrañas.
      Las palabras del escritor no sirven para nombrar las cosas: sirven para despertarlas. Como el canto del gallo nos saca del sueño sin que nuestro oído tenga que entender. Tan sólo sentirlo. Como el rugido del volcán nos mete el volcán en el cuerpo hundiendo en nosotros los mismos temblores que hay hundidos en él, desde el corazón de la tierra. Una palabra es un sonido que ponemos en lugar de una cosa sin que se le parezca en nada. Pero el escritor busca parecidos entre las cosas y las palabras, y ya no son conceptos sino referencias, no son cosas designadas; sus palabras son fotos de las cosas, presencias de las cosas, las palabras del artista no dicen nada sobre las cosas, sino que se limitan a mostrarlas, a sentirlas, a hacerlas vivir en nosotros, a expresarlas; porque si en la denotación ponemos significados en los signos, en la connotación ponemos su referencia, sus realidades; y así el escritor, que no dice nada sino que se expresa, cambia las representaciones por presencias; el mundo, que está muy lejos de los conceptos, se mete dentro de nosotros en las metáforas.
      El escritor está solo ante su mesa. Solo ante el papel. Su mano sostiene la pluma y quiere escribir, pero las palabras no salen. El científico busca las palabras en su diccionario y sabe que un insecto tiene seis patas, un mamífero tiene pelo y un átomo tiene electrones; pero ni ha experimentado nunca lo que es andar con seis patas ni ver con ojos poliédricos ni ha sentido las escamas del reptil, ni siente la luz del electrón en su desnuda realidad, cuando da saltos; la luz del electrón puede quemar, pero la palabra electrón no emite luces que queman; y ni siquiera el escritor, que es mamífero, sabe lo que es el pelo del mamífero con sólo nombrarlo, si no se mete en la piel de una ballena, en la coraza de un rinoceronte, en el cuerpo de un gorila, en el pellejo de un elefante. 

 

      El ingeniero, el periodista, el cocinero que escribe recetas, artículos, tratados, no ven las cosas por dentro, no las sienten; tan sólo las nombran sintiéndolas desde lejos, que es lo mismo que no sentirlas. Pero el escritor se mete en ellas. No le basta con decir que los insectos se ahogan en la superficie del lago, sino que busca sentir lo que siente el insecto cuando se está ahogando. Kafka se metió en la piel de un insecto. Escribir es un acto de simpatía universal: meterse dentro de las cosas, sentirlas como si fuéramos ellas, sentir sus vibraciones, temblar con sus temblores, meterse los colores en los ojos y meterse uno mismo en los colores, sentir con el que sufre, gozar con el que goza, llorar con el que llora; porque escribir, en suma, no es hablar de la realidad, sino vivirla a través de las palabras. A diferencia de las metáforas, los retruécanos, las silepsis, las antítesis, las paradojas, el concepto no te hace sentir lo que te nombra. Diríase que el concepto surge de la experiencia, pero es una goma que borra en nosotros la experiencia de la que surge. La metáfora, en cambio, es un líquido que se mete en la esponja que tenemos dentro, un cuchillo que se clava en nuestra carne, un aliento que se mete en la pituitaria; y no sólo hunde la experiencia en el fondo de nosotros sino que la funde con nuestro ser, transformándola en vivencia; la diferencia entre vivencia y experiencia quizá esté en la profundidad con que la vivimos; en la intensidad con que se nos mete en el sentimiento.
      El escritor sujeta la pluma. Está desafiando esa hoja de papel. Desafiado por ella. Quiere escribir, tiene mucho que decir, pero no tiene cómo expresarlo. Como se suele decir, tiene la mente en blanco. Si fuerza las palabras las palabras dirán mucho, pero no dirán nada; no le saldrán versos, sino métrica; no le saldrán rimas, sino ripios; y no será poeta, sino poetastro. El poeta no puede escribir mientras las palabras no salgan. Y es que (a diferencia del científico) el dramaturgo, el novelista, el poeta (el artista) no es dueño de sus palabras; se pone a escribir, forzándose a sí mismo, sin que el verbo fluya; y cuando eso pasa no siente el placer de la escritura. Hasta que, a fuerza de escribir sin entusiasmo, siente de repente que el verbo fluye. Ha habido un clic, un momento a partir del cual las palabras salen solas; escribir sin inspiración es como arrancar un coche en el invierno frío; hay que saber torear el frío para calentar su mecanismo, preparar el motor para que arranque, mantener el arranque sin que se ahogue, y luego acelerar sin dejar que cale; el escritor debe arrancar el verbo y sacarlo del silencio en el que duerme; para eso utiliza las palabras; las palabras (sus herramientas) son los materiales de su oficio, como el albañil usa ladrillos y el cocinero usa patatas; pero no basta con el oficio de escritor, como no basta con tener ladrillos para saber construir una casa; el escritor debe sentir lo que escribe; una señal muy clara es el sentimiento de felicidad que experimenta cuando ha conseguido desatascar el verbo dormido.
      De modo que el escritor busca las palabras sin encontrarlas, como un nadador se mueve en un río sin agua; pero el nadador no conseguirá que fluya el agua obstinándose en nadar en el cauce seco; el escritor sí: el escritor conseguirá que fluya el verbo a fuerza de llamarlo con sus palabras. A veces no. A veces escribirá sin éxito y tendrá que tirar las páginas estériles. Otras veces el verbo fluirá solo, y casi sin querer se sentirá traspasado por él y, más que escribir, se dejará “escribir” por él: dejará que se mueva sola la pluma, casi sin que la muevan sus dedos, como si se le hubiera metido una fuerza extraña que guiara su pluma sin apenas tener que esforzarse por guiarla. Los antiguos usaron unas cuantas metáforas para expresar esa actividad febril, ese sentimiento creador que se apodera de nosotros: los griegos decían que era la musa, que se metía en ellos y por eso la invocaban al empezar a escribir; los hebreos decían que era dios el que escribía la Biblia usando a los escritores como instrumentos; el verbo que fluye como un río, a veces como un torrente, potente, incontenible, inagotable, era la inspiración de los románticos; los psicólogos lo llaman estado de flujo. Escribir bajo los efectos de la inspiración es como una borrachera, la inspiración es como una droga, un narcótico, un éxtasis, un rapto, esa manía creadora que nos riega de felicidad mientras creamos, de ella hablaba Platón: como un sueño embriagador que tienes sin buscarlo, y que para los griegos era la visita de un dios que te arranca de la atonía, de la nada de dormir, que fructifica como una tierra fértil cuando estás soñando. 

 

      No es escritor el que busca las palabras, sino el que las encuentra. Y las encuentra quien es capaz de sentir, pero no siente cuando quiere, como el enamorado no puede amar a la fuerza a una joven que no le atrae, aunque busque esa atracción. La búsqueda unas veces se ve coronada por el éxito y otras no. A veces el roce hace el cariño, como la búsqueda de palabras acaba provocando la inspiración; otras veces el empeño será estéril; y muchas veces vendrá la inspiración sin buscarla: gratuitamente, como un don que se te da sin apenas merecerlo. Bienaventurados aquellos que se han visto tocados por el dedo de la gracia.
      El lector busca despertar en las palabras los mismos sentimientos que se despertaron en el escritor cuando las escribía. Si lo consigue, habrá conectado con el libro. Hay libros que no nos dicen nada, y es porque no lo hemos conseguido aún, o porque esos libros están mal escritos. A veces no sentimos cosas que la moda no tiene antenas para sentir; y como el gusto estético tiene una parte innata y otra adquirida, la sensibilidad de nuestra época muchas veces borra en nuestra sensibilidad la capacidad de sentir cosas para las que no está preparada nuestra época; el tiempo que nos ha tocado vivir; así, Wagner fue rechazado en un principio y poco a poco su música fue entrando en el gusto de la gente. Sentir, disfrutar una obra de arte, es conectar con los sentimientos universales que hay en ella; que son los mismos sentimientos que recorren el alma humana a través de los tiempos; por eso, casi tres mil años después, somos capaces de disfrutar de Sófocles y Eurípides. Si no somos capaces de disfrutar de un libro puede ser porque no estemos abiertos a otros cánones distintos de los cánones de nuestra época; o porque no estemos familiarizados con la escritura; o porque no tengamos sensibilidad; o porque el libro sea malo.
      Los cánones de una época son las formas de sensibilidad que han sido seleccionadas por cada tiempo. Cada época tiene su forma particular de sentir: podemos llamarlas formas a priori de la sensibilidad histórica; formas, porque son cauces expresivos (no todos los ríos circulan por los mismos cauces); a priori, porque se incrustan en nosotros antes de que tengamos conciencia de ellos; de nuestra sensibilidad, porque forman parte de nuestra naturaleza; y de nuestra sensibilidad histórica, porque, de toda la amplia gama de sentimientos que caben en nosotros, sólo una parte ha sido seleccionada por la época que nos ha tocado vivir; y son, por tanto, aprioris de nuestra historia, no de nuestra naturaleza; cauces estéticos que conforman nuestra sensibilidad después de nacer (serían a posteriori), pero antes de poder hacer uso de nuestros sentimientos (por eso son aprioris de la sociedad, aunque sean a priori según nuestra naturaleza). 

 

      La familiaridad con la escritura se desarrolla con el hábito. Hay gente que no disfruta leyendo y es porque no lee. Como hay gente que no disfruta con una sinfonía y es porque no la entiende; y no la entiende porque no se ha puesto a escucharla; y no la escucha porque vive en una época acostumbrada a escuchar rock, pero no música clásica. Apreciar una obra significa salir de tu época e intentar ponerte en el pellejo del escritor y de la suya. Para eso es necesario disfrutar. Casi todo el mundo sabe leer, pero a muy pocos les gusta la lectura. Se han acostumbrado a los móviles, los ordenadores, los videos, la literatura fácil, los entretenimientos de consumo rápido, el disfrute que no da que pensar, porque “eso raya”. La imagen ha sustituido a la palabra. Y más la imagen que dice que la imagen que muestra; o la imagen que muestra sin decir nada. Hay que obligarse a abrir un libro: al principio quizá nos aburra, pero si hablamos de él y compartiremos nuestras experiencias de lectura, opinaremos sobre él y opinarán otros; habrá un tiempo en que seguiremos sin disfrutarlo, nos costará leer; pero hay que pasar página, no cerrar el libro; y llegará un momento en que, de repente, disfrutaremos leyendo. Todos los tesoros valiosos cuestan esfuerzo. Y la lectura es un tesoro.
      Hay gente que no tiene sensibilidad para algunas cosas. A muchos la poesía les deja fríos, y por eso los poetas no tienen un gran público. Hoy gustan los libros trepidantes, los libros de acción, los que te mantienen en vilo: de ellos unos son de calidad y pasarán la criba del tiempo; otros no lo resistirán y caerán en el olvido; pasarán los que son pura técnica y quedarán los que te ponen en estado de flujo, los que son técnica inspirada. Los cánones de nuestro tiempo no están abiertos a las obras descriptivas, disfrutan sólo con lo narrativo. Aprecian la acción, el verbo, no la sensación y el adjetivo. El tiempo que pasa, no el tiempo detenido. Las cosas que pasan en el tiempo, no las que quedan y permanecen en todos los tiempos, en todos los lugares, en todas las épocas y en todos los mundos. La calidad no está reñida con el entretenimiento, pero hoy se busca entretenimiento barato y de consumo rápido: que no cueste entrar en él, que nos salga gratis, que no nos aburra; y se confunde la calidad con el aburrimiento; el entretenimiento con la pereza; la plenitud con el vacío.
      Hay una novela que nos habla del tiempo. Se llama Momo. En ella aparecen los que viven en el tiempo y otros, señores serios, córvidos y siniestros, que lo devoran. Vivir el tiempo es jugar con los niños, cuidar a los enfermos, disfrutar del arte, deleitarse en la amistad, amar, conversar con los ancianos. Devorarlo es hacer cosas útiles nada más: trabajar, ganar dinero, ejecutar proyectos, ser máquinas eficaces que funcionan a piñón fijo. Pues bien: la diversión se ha convertido en devoradora de tiempo; ya no pensamos en detener el tiempo sino en pasar el rato; divertirse, entretenerse, es matar el tiempo; no llenarlo de vida y empaparse de él, y disfrutarlo. El público ya no lee libros: los devora. Entre un debate de literatura y un programa de cotilleos, del corazón, del pulmón o del hígado, el público prefiere lo segundo. La literatura no sigue los cauces de la oferta y la demanda. No si lo que se busca es pasar el tiempo. Pero los seguirá si usamos, como criterio, el privilegio de llenarlo. Hoy muy poca gente quiere llenarlo. Tiene abandonada su sensibilidad. Se ha olvidado de ella. Y vive, con el hígado plantado en el tedio, la maldición de disfrutar del aburrimiento.
      Pero si una obra no se ajusta a los cánones del momento; si no despierta la necesidad de leer, cuando invertimos nuestro esfuerzo en acostumbrarnos a la lectura; y si no despierta la sensibilidad que duerme en nosotros: entonces es que el libro es malo; y no tendremos más remedio que tirarlo a la basura y olvidarnos de su autor. Que en este mundo tenemos mucho que hacer cuando no tiramos el tiempo. Cuando disfrutamos de las cosas, cuando nos empapamos de ellas en vez de limitarnos a usarlas; así, el tiempo se alarga cuando está lleno, nosotros que somos mortales, y entonces somos capaces de vivir toda una eternidad.