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viernes, 22 de octubre de 2021

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA

 

 

 

LOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA 

 


            A la filosofía se llega por dos caminos: pensando con la cabeza o pensando con el cuerpo. Con la cabeza piensan Sócrates, Platón, Parménides, San Agustín, San Anselmo o Descartes; con el cuerpo piensan Aristóteles, Demócrito, Santo Tomás, Occam, Locke, Hume, Carnap o Wittgenstein. Hay, por supuesto, variantes e incluso intentos de conciliación para que andar por un camino no tenga por qué significar renunciar al otro; pero si tuviéramos que simplificar al máximo podríamos decir que toda la filosofía no es más que un diálogo entre esas dos voces; una disputa entre esos dos puntos de vista.

 

            Pensar con la cabeza. Perménides, Sócrates y Platón desconfiaban de todo lo que podemos conocer con el cuerpo. El lápiz que aparece torcido dentro del agua está derecho, las sombras chinescas parecen cocodrilos o conejos sin serlo, un helado puede saber a fresa sin tener fresa (porque tiene potenciadores del sabor), a los amputados les duele el brazo que no tienen y hasta los daltónicos ven los colores cambiados: ¿cómo fiarnos de nuestras sensaciones? La única forma de conocer cómo son de verdad las cosas es la inteligencia; el sol se ve como un disco pequeño, pero razonando puedo descubrir que en realidad es una esfera muy grande; desde lo alto veo a la gente muy pequeña, pero sé, aplicando la inteligencia, que es un efecto de la perspectiva; y sé de sobra que yo no soy capaz de soportar el peso de un coche, pero lo levanto con una grúa que he construido aplicando el principio de Pascal. En resumen: todo lo que podemos conocer con el cuerpo (la vista, el oído, mis músculos, el tacto, la lengua) es engañoso; sólo podemos fiarnos de lo que podemos descubrir por la razón.

            Por eso hay que desconfiar de nuestros conocimientos. Sócrates no enseñaba cosas (“yo sólo sé que no sé nada”), sólo enseñaba a pensar. Platón pensaba que la inteligencia es una luz atrapada entre las mentiras del cuerpo (“el cuerpo es la cárcel del alma”). Parménides enseñaba a prescindir de la observación de las cosas y a fijarnos sólo en el pensamiento (dos segmentos que parecen distintos resulta que tienen la misma longitud, como se comprueba en el experimento, o ilusión, de Müller-Lyer). San Agustín enseñaba que no estamos seguros de nada pero que si nos engañamos, existimos, y por lo tanto tenemos al menos esa seguridad. Descartes, en la misma línea, dudaba de todo lo que podemos captar con los sentidos pero no de que existo, porque no podría pensar si no existiera; y la razón contradice a la experiencia, porque los cuerpos son inertes aunque parezcan moverse (eso le hizo descubrir el principio de la inercia); otro platónico famoso, Galileo, descubrió que, en contra de la experiencia, un trozo de hierro tarda en caer al suelo lo mismo que tarda una pluma (eliminando, en el vacío, la resistencia del aire). Y hasta Leibniz, otro famoso cartesiano, descubrió los infinitésimos y que en un intervalo infinitesimal una curva se puede confundir con su derivada.

            A la costumbre de fiarse sólo de la inteligencia (o sea, de pensar sólo con la cabeza) se la conoce  como platonismo, intelectualismo, realismo exagerado y racionalismo o pensamiento a priori.

 


            Pensar con el cuerpo. Aristóteles aseguraba que lo único de lo que podemos estar seguros es de la experiencia, nuestra cabeza sólo puede pensar sobre lo que observamos; y así, por mucho que le hablemos a un ciego de las longitudes de onda que tienen los colores, nunca conocerá el color rojo si no lo ha visto antes. También Demócrito pensaba que sólo podemos conocer las cosas gracias a las sensaciones; para el empirismo, si naciéramos ciegos, sordos, mudos, sin ningún tipo de sensibilidad y hasta sin poder movernos, nuestra mente estaría vacía y no podríamos conocer nada. Descartes, que casi no hacía experimentos porque desconfiaba de la experiencia, se equivocó en casi todo y Newton, que no paraba de experimentar, casi siempre acertaba. Todo está lleno de signos, de sensaciones (Decía Guillermo de Occam), y sólo tenemos que estar atentos a lo que nos rodea (Guillermo de Occam es Sean Connery en El nombre de la rosa y en esa película se muestra siempre atento y observador). Santo Tomás afirmaba que sólo se podía demostrar la existencia de dios a través de sus criaturas, dicho de otro modo: sólo podemos conocer al creador a través de su creación. Carnap, como Francis Bacon, sólo admitía el conocimiento inductivo (experimental) y Wittgenstein decía tajantemente: vale más no hablar de lo que no podemos decir con palabras.

            En efecto: un marciano que no hubiera estado nunca en la tierra no podría conocer cómo es la naturaleza de la tierra, no la podría sacar sólo de su pensamiento. No podemos saber cómo el peso puede hacer que nos duelan los músculos si no hemos ido a un gimnasio. Ni sabrá cómo duele el corte de un cuchillo quien no se haya cortado. El adolescente inexperto no conocerá lo que es la sexualidad mientras no haya estado con una mujer. Y no sabremos cómo es la tierra desde el espacio hasta que no hayamos viajado en una nave espacial. Nadie sabrá de verdad lo que es la gravedad si no la experimenta en carne propia, y si no ha ido a la luna o no se sumerge en el mar, no sabrá tampoco lo que es una gravedad disminuida. En realidad no pensamos con el cuerpo, sino desde él; el órgano del pensamiento no deja de ser la cabeza.

            Pero el pensamiento abstracto nos deja vacíos y por eso algunos pensadores, como Nietzsche o Heidegger, creyeron que la vida debía ser el eje de la filosofía y no la razón: vitalismo y no racionalismo. Ya Hume había dicho desde el empirismo que no existen las ideas innatas pero sí los sentimientos innatos; por eso el empirismo puede ser considerado como uno de los precursores del romanticismo. Luego Freud nos recordará que el inconsciente puede ser más importante que la conciencia y que el noventa por ciento de nuestra vida escapa al control racional.

            A la costumbre ce observar las cosas para conocerlas la llamamos aristotelismo o empirismo; en una de sus variantes es también nominalismo, y otros hablan de sensualismo y pensamiento a posteriori.

 


            Hay quien ha intentado conciliar estas dos posturas pensando que cada una por sí sola se queda coja, y es incompleta; así Kant, que era racionalista, quiso criticar a la tazón para demostrar que sólo podíamos pensar a partir de la experiencia (lo de Kant es un pensamiento crítico). También Ortega y Gasset pensaba que la razón sin la vida es poca cosa, lo mismo que es poca cosa la vida sin la razón: por eso las puso a las dos juntas inventándose aquello de la razón vital; pera él, la vida era historia y para María Zambrano, que era discípula suya, poesía; por eso Ortega es el padre de la razón histórica y Zambrano la madre de la razón poética; Ortega quiso juntar a Descartes con Nietzsche, a Platón con Aristóteles, a San Agustín con Santo Tomás de Aquino.

            Quien quiera acercarse a la filosofía se verá abocado a elegir entre racionalismo o empirismo; o a permanecer entre ellos, como hiciera un su día Ortega y Gasset; aunque el verdadero genio que quiso conciliar estas dos posturas fue, desde una postura grandiosa, junto a Platón y Aristóteles, un verdadero monstruo de la filosofía: estamos hablando de Immanuel Kant.

 


 

viernes, 13 de noviembre de 2020

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTIN

 

 

SÓCRATES A LA LUZ DE SAN AGUSTÍN

            Según el intelectualismo moral para obrar bien hay que conocer el bien, y no hay gente malvada sino ignorante. Esto significa cuatro cosas:

 

            Primero: que si conozco los efectos del tabaco y no dejo de fumar ¿es por ignorancia o por falta de voluntad?

            Por ignorancia: sé lo que me puede pasar, pero ese inconveniente a largo plazo es sólo probable, mientras que los beneficios del tabaco son seguros. 

            No sé lo que es sufrir porque te hayan diagnosticado un cáncer; no me pongo en situación, no he vivido esa tesitura: ni soy tampoco capaz de imaginarme sufriendo, (pero conociendo el sentimiento de sufrir, no la palabra sufrir); muchos conocen la palabra pero no el significado.

 

            Segundo: que si me quedo con un dinero que no es mío ¿es por ignorancia?

            Sí. Ignoro el remordimiento y el sentimiento de no estar a gusto conmigo mismo. Conocer la palabra no es conocer su significado, y el significado de las palabras que expresan sentimiento son los sentimientos expresados por esas palabras.

            Tampoco me he puesto en el lugar de la persona que pierde el dinero con el que yo me quedo. A lo mejor no me gustaría que me lo hicieran a mí. Tengo que saber lo que se siente, pero para eso tengo que sentirlo yo primero, y para sentirlo yo, tengo que mirarme en el espejo de quien lo sufre, lo que sólo es posible si mi naturaleza me da la posibilidad de mirarme en el otro; los neurocientíficos hablan de neuronas-espejo.

 

            Tercero: que si me ponen en el plato cubiertos que no sé manejar, seguro que no sabré utilizarlos.

            Nadie me ha enseñado a usarlos; por esa ignorancia me comportaré mal a la hora de comer, y pasaré por un maleducado.

            Y cuarto: que si el romano le hace daño a Jesús se está comportando mal.

            Porque es un ignorante. Ve sufrir a Jesús pero no siente en sus carnes ese sufrimiento; no sabe lo que es, no lo conoce. En este caso conocerlo es sentirlo.

            a) Unas veces conocer es contemplar: sé lo que es un filete porque lo he visto.

            b) Otras veces es oler, gustar y tocar: sé lo que es el filete porque lo he probado.

            c) Otras veces es oír la palabra y entender (no sentir) su significado: pi es la circunferencia dividida por el diámetro. Aquí también hay dos grados: unas veces comprendo la fórmula de manera operatoria, que me permite hacer cálculos, como cuando sé que 6:1’9 = 3’14; y otras veces entiendo el significado de la fórmula, que tres veces y pico el diámetro sobre la circunferencia nos da pi. Comprender es entender las relaciones entre líneas; pero también es calcular.

            El conocimiento moral se basa en la simpatía, que es conocer con ayuda de los sentimientos propios los sentimientos ajenos.

            Cuando Sócrates dice que obrar bien es entender se refiere al conocimiento moral, es decir a la empatía. Lo que Agustín de Hipona llama voluntad no es más que sentimiento (propio o empático) convertido en acción; si bien yo siento (en este caso de manera figurada) el dolor del cáncer, no puedo dejar de evitarlo, es decir no puedo dejar de fumar. Las personas que siguen fumando después de habérseles explicado los efectos del tabaco lo ven pero no lo sienten, y no lo entienden de verdad; es decir, lo comprenden pero no les duele; como no sienten hoy el dolor que sentirán en el futuro, responden diciendo: “tan largo me lo fiáis”; y como sienten el placer de hoy sin ver en él el dolor de mañana (pues en él está escondido), no son conscientes de lo que hacen.

            Si sintiéramos hoy ese dolor futuro sentiríamos de inmediato el impulso de no fumar, que es un movimiento visceral, doloroso, incontenible y automático que nos sale de dentro: eso es lo que Agustín de Hipona llama voluntad; la voluntad es la motricidad asociada a la sensibilidad, como dos caras de una misma moneda.

            En el reverso del placer está el dolor, pero no vemos el segundo cuando experimentamos el primero: en el placer hay tentación y en el dolor tenemos el castigo; son las dos caras que tiene la funda de la medalla.

            Cuando sentimos en el placer de ahora el dolor de mañana y descubrimos la trampa, es como si tuviésemos una llave: con ella se abre la funda y vemos la moneda en su interior; la sensibilidad que hay en la cara activa la motricidad que hay en la cruz, y el sentimiento mueve (conmueve) nuestro ser: y entonces convierte el sentimiento en voluntad.

            “Voluntad” es la palabra que tiene Agustín de Hipona para traducir el conocimiento de Sócrates, empático y cordial, además de visceral; por eso el voluntarismo no es más que otra forma de decir intelectualismo (en este caso moral). Para obrar bien no basta con conocer el bien, además hay que quererlo; porque querer no es más que la otra cara del sentir, y sentir, a diferencia del conocimiento frío y abstracto, no es más que la auténtica cara del verdadero conocer.


 

 

viernes, 17 de enero de 2020

PICO Y OJITOS



PICO


            El cuerpo, libre de la voluntad, sólo se expresa. La voluntad dice las cosas o las calla, y el cuerpo se muestra siempre sin callar. A veces queremos hacer cosas pero el cuerpo se mueve al compás de lo que sentimos y la conciencia, que maneja el mundo, no es capaz de vivir sus vibraciones: las que se filtran en nosotros. Un pájaro. Esas vibraciones pueden ser un pájaro que pía, tierno, diminuto, indefenso. Un cuerpecito apenas plumas, una bolita un poco torpe, de patitas frágiles como paja, como patas de araña, como alambre. Su pico cerrado parece que no vive pero luego se abre, y es una boca de par en par, como pidiendo la comida de sus padres. Pero no tienen padres. Están solos.
            Bruno terminaba su fiesta aquella noche. En el suelo, dos pájaros, apenas bolitas, piaban. Bruno los cogió, agachándose, y los sintió trotar como cosquillitas en la palma de la mano. Su corazón se encogió y de sus labios escapó una sonrisa; de esas sonrisas que no quieren expresar nada, porque sólo son expansiones de dentro. Iria, de pie, miraba; y los ojos de Iria se llenaban de luz como chispitas. Los pajarillos piaban, piaban y piaban sin parar, piaban. Iria tendió su dedo bajo las patas y el más vivaz, aleteando por instinto, se subió a ella. Iria lo miró con ojos anegados y el embeleso, espontáneamente, se trocó en sonrisa. Iria le hablaba con esos ojos empañados por la emoción y le dijo:
            -Chiquitín, no paras de hablar, menudo piquito tienes; tienes un pico de oro.
            -Pico. Lo llamaremos Pico –dijo Bruno.
            -¿Y éste? –repuso Iria mirando al otro.
            El otro pájaro era una bolita que apenas se movía. Parecía más frágil, como si tuviese algo, como si la debilidad de su cuerpo le impidiese prolongar en movimiento lo que sentía. Lo más desamparado nos produce mayor ternura. Tenía los ojos cerrados y Bruno, acariciándolo con su mano, lo levantó hasta sus ojos.
            -¿En qué estás pensando, chiquitín? Dime algo.
            Nada decía. Los pájaros no dicen nada porque no saben ocultar la realidad, ni plantar palabras bonitas aunque no sean nuestras, ni poner la cara que gusta aunque no mane del ser; los pájaros son, y su ser se desparrama en piar, en acurrucar, en moverse; sus saltos, sus mimos y sus trinos vienen de dentro sin pasar por el filtro de la inteligencia; y, simplemente, siendo, muestran su ser, su ser se muestra en ellos sin que se les ocurra en ningún momento tener nada que mostrar. El pajarillo nada miraba, nada pensaba, nada decía; sus ojillos estaban ciegos.
            -Ojitos. Te voy a llamar Ojitos. Ojitos, vente conmigo.
            Como si entendiera, sus ojos se abrieron al cielo; y Bruno se lo llevó a la cara y lo acarició en un arrebato de infinita dulzura. Bajó la mano y abrió los dedos: y Ojitos se quedó inmóvil esperando que lo acunaran, moviéndose en ella.
            Buscaron una caja para Pico y Ojitos. Encontraron una caja grande donde los pusieron, y la cubrieron con la tapa y en la tapa hicieron muchos agujeros.
            -Se han caído del nido, y cuando se caen ya no los quieren sus padres. Los vamos a cuidar hasta que se hagan mayores y aprendan a volar; entonces los soltaremos.
            Fue un botellazo el que derribó el nido, lanzado por unos gamberros.
            -¿Por qué lloras? –decía Laura a su hijo.


            Y el hijo lloraba desconsoladamente. Laura lo abrazó, conmovida. El niño lloraba y sus lágrimas, que corrían abundantes, regaron su cara. Su frente arrugada, sus mejillas rojas, sus ojos anegados y copiosos le regaban la cara de arriba abajo, surcando su nariz, cuyas aletas temblaban; sus lágrimas entraban en su boca, que las hallaba saladas; y se perdían en su cuello sin que sus manos tuvieran la fuerza de enjugarlas. Las enjugó su madre, que no podía evitar, aunque lo intentase, que se le empañaran sus ojos.
            -Hijo mío, ¿qué te ocurre?
            Y lo abrazaba. Con toda la pena de su cuerpo, lo abrazaba. Con el sufrir de lo auténtico, que de pura transparencia no tiembla ni juega ni hace aspavientos ni fuerza el gesto.
            Bruno había llegado con su caja. Eran las ocho de la mañana y no había dormido. Vio a Javi, que jugaba en la calle, acostumbrado a levantarse pronto, aunque era sábado y no había colegio. Se la enseñó. Abrió la caja y vio a los dos pajaritos piando en su interior: Pico piaba mucho; Ojitos piaba menos. Javi, como peluches, quiso cogerlos con la mano y acariciarlos queriéndolos sentir, suaves y tiernos. Una oleada de ternura lo envolvió sin poderlo evitar, una expansión de fragilidad lo inundó todo (fue un instante), y en ese instante (duraría segundos, cinco tal vez) su corazón flotaba en el reino de las cosas que no tienen peso. Luego volvió a la realidad. Miró a las crías y ahora los veía como seres que tenía delante: no como seres fundidos en su ser cuando no había sujeto ni objeto.
            -Les vamos a dar de comer –dijo Bruno-. Los vamos a criar, para que se hagan mayores y sean libres. Pero ahora me voy a acostar, tengo mucho sueño. Javi, ¿quieres guardarlos mientras yo me despierto?
            A Javi se le abrió una gran sonrisa y se expandió el alma.
            -¿Y dónde los guardaremos? –dijo.
            Los guardaremos en el pajar. Allí hay calor y los polluelos pueden estar a gusto. ¿Quieres?
            Javi lo miraba con ojos encendidos.
            -¡Sí!
            -Cuando me despierte les compraremos comida y jugaremos un poco con ellos.
            Y jugaron todo el día con los pajarillos. Los tenían en la mano, estiraban el dedo y se subían a él, y levantaban el dedo y Pico se soltaba y echaba a volar. Era un vuelo torpe, incipiente, que cogía poca altura y se detenía en el borde del armario, donde se agarraban sus patas movidas por el instinto; otras veces no conseguía llegar y caía al suelo. Dos veces se cayó detrás de la televisión, que estaba encajada entre armarios; y Javi tiraba del cajón de abajo y metía la mano en su hueco, y allí estaba Piquito. Luego se hicieron fotos. Bruno, que estaba con el torso desnudo porque hacía calor, se los puso a cada uno en un hombro. Lo cogieron en el hueco de la mano, donde él picoteaba, y hasta la abuela, que miraba con una sonrisa en los ojos, tenía el rostro encendido y sonreía cuando Bruno le ponía los pájaros en la mano: y allí se quedaron quietecitos, piando con un trotecillo alegre, Pico y Ojitos. Iria, todo corazón y pecho femenino, se desvivía en sus afanes de acariciarlos y de darles el calor que les faltaba; de cuidar a los animalitos.


            Luego se los llevaron al campo. Bruno, Iria y Javi; y Ojitos, y Pico. En el campo trastearon levantando el vuelo, más que Ojitos, Pico; y se echaban a trotar por los aires buscando el sol y respirando, reencontrándose con la naturaleza, buscando nido, sintiéndose libres como el viento. Pico aprendía a pasos agigantados. Su cuerpo irradiaba salud, y sin embargo era diminuto (parecía tan frágil…). Ojitos, más tranquilo, prefería mirar agarrado al dedo de Javi, al brazo de Bruno, a la espalda, al cuello, al pecho de Iria. El corazón se les encogía temiendo que Ojitos estuviera enfermo; luego supieron que era porque era más pequeño; tenía que aprender todavía… Su hermano, mientras tanto, volaba y dominaba el universo. Todo el aire era libertad, todas las ramas cobijo, toda la tierra era aliento. Y volaba y volaba, alegre como unas castañuelas, flotando en expansiones de espacio, las mismas expansiones que le salían dentro. Libre como el viento, pero protegido por la tierra donde caía; que la tierra nos da cobijo y es nuestra madriguera, nuestro nido, nuestra casa, y sólo cuando hay casa puede haber libertad. La condición de ser libre es que pueda recogerse uno en el hogar donde vive.
            Mas ¡ay! que tanta alegría acaba volviendo celoso al destino. Aquella felicidad duró apenas dos días. Bruno y Javi les prepararon una cajita de cristal con agujeros para que respiraran; su suelo lo llenaron de tierra, con paja moldearon un nido y lo pusieron en uno de sus rincones; en otro pusieron una tapita con comida, y en el otro, con agua. No sabían qué darles de comer. Les cortaron pulpa de ciruela y la aplastaron y Pico la comía: Ojitos, la regurgitaba. Después les compraron pipas y las pelaron y machacaron e hicieron una masa que parecía que comían a gusto. Por último fueron a una tienda de animales: allí les dieron unos polvos amarillos que había que mezclar con agua y dárselos con una jeringuilla; las más de las veces tenían que abrirles el pico pero a veces parecía que, movidos por reflejos, lo abrían ellos. Así empezó a comer Ojitos.


            Pasaron la noche. Bruno los sacó a la calle, pero después le pareció que tendrían frío; entonces los llevó a su habitación y los metió en su caja de cartón, con agujeros, para que se abrigasen, y los tapó con papel de periódico. Al día siguiente Pico seguía revoloteando y, a pasos agigantados, aprendía: aprendía a volar, a correr, a valerse por el mundo, a hacerse joven, a dominar los ríos. Aprendía jugando y velando en los peligros, Bruno lo protegía; que siempre está el maestro cuidando del discípulo cuando jugaba a irse solo si no era mayor para defenderse.
            Mas ¡ay!, que la felicidad es frágil y el ensueño no dura. Y el sino de la envidia nos persigue cuando nos ve demasiado felices y, cuando menos lo esperamos, acecha. Y aquella mañana los persiguió taimadamente, sin que ellos lo pudieran esquivar, y sacó su mano helada, enfrió el aire y tropezó el ala en pleno vuelo: allí se torció el destino. El pajarillo, volando tan alegre como unas castañuelas, chocó con el pecho de Bruno y cayó al suelo; pero antes de caer pudo remontar el vuelo y, enseñoreándose en el aire, alegre de nuevo, dio un par de volteretas planeando aún torpe, pero creyéndose  experto; y cayó con tan mala fortuna que fue a parar bajo el pie de Javi; y Javi, que no se lo esperaba, incapaz de cambiar el paso, cuando vio al pájaro ya estaba poniendo el pie en el suelo, lo aplastó dolorosamente y en la tierra crujieron sus tristes huesos. Y Javi, cuando vio lo que acababa de hacer, sintió un vuelco en el corazón y le paró de latir, aterrorizado. Su cuerpo se paró, su rostro se puso lívido, y una nube helada empezó a adueñarse de su pecho, congelando el aire, derrumbando el amor, parando latidos. El amor por aquel pájaro (pues no acababa de conocerlo y ya lo quería) se trocó en una pena que invadió sus entrañas removiéndolas desde dentro como remueve, en la carne, la espina que se clava en una herida. El mundo se vino abajo en el corazón de Javi cuando el corazón de aquel pájaro, aplastados sus tristes huesos, moría. Luego fueron a enterrarlo y ya no fue nada como era antes; pues Pico había dejado de piar y sus alas no revoloteaban juguetonas, y sus ansias de aprender, truncadas por el destino, sucumbieron en los peligros de la vida.
            -¡Oh, ya sé por qué sufres, hijo mío! ¡No sufras tanto, mi tesoro! ¡No llores así, mi bien! ¡Que me arrancas el alma, con tus sufrimientos, y no quiero!
            Y la madre se acurrucaba en el niño. Sus manos, acariciando las mejillas, enjugaban sus lágrimas. Su cuerpo tiritaba y no era capaz de infundir sosiego en el otro cuerpo que temblaba. Y así madre e hijo, consolándose sus cuerpos como si fueran nido el uno del otro, se sentían diminutos pajarillos que se abrazaban, indefensos, a las pajas enlazadas donde se acurrucaban con su madre que les daba calor y comida. Y una mano cruel, lanzando una botella al aire, vaciaba el nido y caían los dos pájaros, precipitándose, indefensos, al suelo. Ya no hubo hogar para Pico y Ojitos. Todo fue porque una mano se disparó desde una garganta borracha: por divertirse.
            Y la madre consolaba a su hijo. Laura consolaba a Javi, inconsolable. Y Javi no paraba de decir:
            -¡Por mi culpa ha sido, por mi culpa: yo lo he matado!
            Y la madre, con la pena atravesándole el alma, buscaba algo que decir, pero no podía.
            -No ha sido culpa tuya, no te mortifiques. Tú no pisaste a Pico, Pico cayó bajo tus pies, no pudiste hacer nada. Accidentes como ése los hay todos los días. Todo es la pura fatalidad, tú pasabas, pero no has sido. ¡No llores, no llores, hijo mío!



OJITOS

            Después de la muerte de su hermano, Bruno y Javi cuidaron de Ojitos. Se desvivieron por él dándole de comer, y lo sacaron al balcón. Creyeron que allí tomaría el sol, que le daría el aire, que pasaría un rato agradable con el airecito que corría. Comieron. Y cuando a las cuatro fueron a buscar la jaula el pobre Ojitos se moría.
            No se puede decir lo que sufrieron. No se pueden describir los sentimientos. Bruno y Javi se hundieron, e Iria, cogiendo alimento con la jeringuilla, le abría la boca y se lo metía. Pero ojitos no reaccionaba. Ojitos desfallecía. Su cuerpecito temblaba y sus plumas, aún bordadas de plumón, estaban inmóviles. Tiritaba. Desesperados, no sabían qué hacer: Bruno calentándolo con la mano, Javi llorando, Iria insistiendo con la jeringuilla. Fue cuando Laura sugirió, ya a la desesperada:
            -Llevadlo a la habitación. Encended la lámpara de la mesa y dadle calor con ella.
            Así lo hicieron. Metieron al pájaro en la jaula y doblaron la lámpara sobre la jaula. El pajarillo, indefenso, tiritaba. Parecía una agonía, pero era un velatorio, los chicos esperaban. Y el tiempo se les hacía eterno. No parecía que el pobre Ojitos pudiese volver a la vida. No parecía capaz de despertar de nuevo. Su cuerpo diminuto, aplastado sobre el nido, con las patas dobladas y el pico vencido, desfallecía. Laura se había ido al comedor porque no podía verlo. Su corazón estaba roto. Y algo muy triste en su pecho se partía. Ella que parecía seria. Ella que no compartía ternuras con el pajarillo. En realidad aparentaba frialdad porque estaba sufriendo. ¡No quiero verlo, no quiero verlo! Su frente intuía un triste presentimiento. Y su alma vencida, repleta de pasión, disimulaba.
            De repente se oyó un grito por el pasillo.
            -¡Ojitos revive! ¡Ojitos revive!
            Laura salió corriendo hacia la habitación, disparada como una flecha. Y vio a Ojitos piando, piando sin parar, con energía. Suspiraron todos y sus pechos se sintieron aliviados, como si se les hubiera quitado un peso de encima. Bruno llegó a decir:
            -A lo mejor está triste porque no ha visto a su hermano. A lo mejor es calor de hogar lo que le falta, y no sólo calor de cuerpo; por eso está ausente.
            Y todos presintieron que era la pena del hermano ido. Pero como un milagro, cuando nadie lo esperaba ya, Ojitos volvió a la vida. Piaba y piaba y su vocecita llenaba la habitación con un cascabeleo infantil: la vida. Bruno cogió la jeringuilla y se la dio al pajarillo, y el pajarillo comía. Le pareció que la comida podía estar estropeada y la cambió; tiró el líquido al lavabo y enjuagó el vasito, cogió el paquete de polvo amarillo, echó un poco, lo volvió a mezclar con agua y se lo dio con la jeringuilla. El pájaro no abría la boca y Bruno lo cogió en su mano, le abrió el pico y le echó una gota: Ojitos movía el pico como chupando, y parecía que se relamía. Así lo hizo varias veces.
            -¿Dónde tiene el buche? –dijo Javi.
            -Aquí. -Bruno le enseñó, bajo el cuello, la parte del pecho que parecía una quilla.
            -Es que el señor ha dicho que cuando lo tienen hinchado es porque están llenos.
            Ojitos no paraba de jugar. Piaba y le encantaba que le tendiesen un dedo para agarrarse a él con sus patas. Le gustaba que lo sacaran de la jaula, picoteaba la mano con cosquillitas, y a veces (quizá cuando la otra mano se acercaba) levantaba el cuello y abría la boca de par en par: parecía como si quisiera que sus padres echaran en ella la comida. Luego lo devolvían a la jaula y Ojitos permanecía en el centro del nido. Otras veces se encaramaba a su borde, y se erguía estirando patas y cuello, como un gallo. Ya no tenía hambre. Bruno hizo otro intento, pero ya no quiso más.
            -Debe tener una semana –le había dicho el señor de los pájaros-. Dentro de diez días le ponéis dos tapitas, una con esta masa amarilla y otra con un poco de alpiste; cuando él mismo lo pida, no antes: no lo forcéis.
            Bruno sabía ahora lo que quería decir. Siendo cría, el pajarillo no abría la boca para comer, había que abrírsela. Pero de vez en cuando le venía el instinto y abría el pico, y entonces buscaba la jeringuilla y tragaba, parecía que con gusto, la gota de comida que le caía. A medida que su ser se fortificaba, desarrollándose, comería poco a poco sin pasividad, hasta que ya la comida no fuese algo que le llevaban sino algo que pedía. Ojitos piaba y piaba, y su chillido era una vocecita aguda, niña, tenue. Javi tenía esa vocecita clavada en el recuerdo. 


            Estaban en el comedor. Cada diez minutos, a veces cinco, iban a ver al pajarito. Y el pajarito, en la habitación, piaba y piaba, lleno de vida. Pero se hizo de noche y pensaron que quería dormir.
            -Le hemos puesto una lámpara –había dicho Bruno.
            -Eso es. Calor es lo que necesita.
            Le había respondido el hombre de los pájaros. Y Bruno, desconcertado (la ignorancia de los pájaros lo tenía a ciegas), volvió a preguntar.
            -Le hemos tenido con la lámpara toda la tarde. Ahora se la quitaremos, para que duerma.
            -No, no, es al contrario: por la noche refresca un poco; por eso hay que dejarle la bombilla. De día se la podéis quitar.
            Pero Ojitos piaba y no se dormía. Bruno pensaba que la luz no le dejaba dormir. Una de las veces que fueron lo encontraron inflado, posado en el borde del nido, durmiendo; eso les parecía. Pero al llegar Ojitos se despertó. Entonces se volvieron a marchar para dejarle tranquilo; pero Ojitos piaba y piaba sin poder conciliar el sueño. Entonces le apagaron la luz. A los pocos minutos dijo Javi:
            -¿Vamos a ver si duerme?
            Bruno le dijo:
            -Sí; pero trae tu linterna, porque en la habitación ya no hay luz.
            Así lo hicieron; y fueron a la habitación. A la luz de la tenue linterna, casi en penumbra, Ojitos dormía. Se volvieron a marchar. No volvieron a transcurrir tres minutos cuando Bruno volvió de nuevo. Cogió la linterna de Javi, la encendió por el pasillo, y en la habitación, con el alma en vilo, alumbró la jaula; lo que vio le heló la sangre en las venas: Ojitos yacía en un rincón de la jaula, en la diametral del nido, sobre la tapita donde habían puesto algo de comida, tumbado y patas arriba. Desesperado, fue al comedor donde estaban Javi y Laura y, mirándoles con abandono, sin aspavientos, sin dramatismo, dejó caer en una frase un universo patético.
            -Ojitos ha muerto.
            -¡No…! 


            Quedaron paralizados. Laura se acercó, apresurada pero sin correr, a ver la jaula del animalito. Javi se quedó de piedra; su rostro mudo fue como el mármol, pero pronto su mejilla se sonrojó de nuevo. A sus ojos, sufrientes, asomaban lágrimas que apenas los llegaban a coronar, por el borde, sin derramarse en sus mejillas; su vista se empañaba. La misma tristeza, el mismo día, volvió dos veces desde que la mañana se llevó a Pico. Ojitos había muerto. Sus patas, levantadas, eran la tétrica morada de un cadáver. Pero Javi todavía se resistía a creerlo. Sobre todo a admitirlo.
            -¿Pero siempre que tienen las patas para arriba es porque están muertos?
            -Sí.
            -¿Y no puede ser que estén dormidos? ¿Nunca duermen con las patas para arriba?
            -No. Ojitos está muerto.
            Las lágrimas pugnaban por aflorar a los ojos de Javi. Bruno, doliente, le puso la mano en el hombro.
            -Hay que aceptarlo, Javi. Quizá cuando le hemos quitado la lámpara se ha muerto de frío. O quizá ya estaba moribundo cuando estaba puesta la lámpara, y el calor que le dimos no ha hecho más que prolongar su agonía: no lo sabemos. Hemos venido dos veces y creíamos que estaba dormido; a lo mejor se estaba muriendo. ¿Cómo íbamos a saberlo?
            Laura, que sentía el remordimiento rondando el espíritu de Javi, pudo desarmarlo antes de que llegara.
            -No es culpa nuestra, Javi. Nosotros no sabemos de pájaros. No sabemos interpretar sus gestos, sus movimientos, no conocemos sus necesidades. Ese señor nos ha dado unos cuantos consejos, pero no han sido suficientes. Para criar pájaros hay que conocer mucho de ellos. Mira, Javi: cuando nace un niño demasiado pronto lo ponen en la incubadora, que es como una jaula con una bombilla para darle calor; pero la vida es tan frágil que pende de un hilo, y es muy difícil evitar que se muera. Hasta plantar un árbol es difícil: tú plantas la mata y no puedes esperar a que crezca, porque se te muere; hay que darle muchos cuidados y aun así el árbol se seca; la vida es tan frágil… Es muy difícil cuidar a los pequeñines, porque son los más desprotegidos. 


            Javi la miraba, con unos ojos como los de Ojitos, triste, muy triste. Pero en ellos había consuelo. Su madre había logrado borrar de su corazón todo sentimiento de culpa. Pero le quedaba la pena: esa pena inmensa que te deja el vacío de los seres que has querido con tanto corazón.
            -Yo no quiero tener más animales; se sufre mucho cuando se mueren.
            Laura agarró a su hijo por los hombros y lo apretó contra sí. Por la noche, mientras le leía el cuento, Javi no se dormía. Tenía sueño pero el recuerdo de Ojitos no le dejaba de rondar. Entonces su madre le leyó otro capítulo. Y otro  y otro. Y Javi cerraba los ojos y parecía que estaba dormido, pero cuando se levantaba su madre los abría de nuevo.
            -¿Sabes, mamá? Oigo como un ruido a lo lejos; un ruido que se repite.
            -La alarma de un coche –contestó su madre-. A veces se disparan y tardan en apagarlas.
            -No, no es eso. Son dos ruiditos que se repiten sin parar: es el piar de Ojitos, que no me lo puedo quitar de aquí -señaló con la mano a la frente-; lo tengo clavado en mi cabeza, lo oigo siempre, parece como si estuviera vivo: lo tengo aquí, aquí, es la voz de Ojitos, mamá.
            A Laura se le empañaron los ojos. “No pienses más en él”, dijo. “Ojitos no sufre ya. Ahora debes descansar, hijo, busca el sueño. Piensa en el cielo, hijito. Duerme en paz”.
            Ojitos también descansaba en su triste sueño. Pero el sueño de Ojitos mañana no tendría su despertar.



sábado, 19 de octubre de 2019

A VUELTAS CON SÓCRATES


  

A VUELTAS CON SÓCRATES   


 1. Sócrates.

            Para obrar bien hay que conocer el bien. “Conocer” significa varias cosas:

            a) Saber lo que pasa: a eso lo llamamos tener conciencia. Si yo me doy cuenta de que estoy en clase puedo decir que tengo conciencia de dónde estoy; si por el contrario no me doy cuenta de nada es porque estoy inconsciente (me he dormido, estoy bebido o me he mareado).
            b) Saber lo que debo hacer: a eso lo llamamos tener conciencia moral. Si me doy cuenta de que estoy copiando en un examen y sé que no debo hacerlo, tengo conciencia de dónde estoy pero también tengo conciencia moral; y si robo pero no sé que robar es malo es porque soy un inocente; y si sé que robar es malo y a pesar de todo robo soy un inconsciente. Somos inconscientes porque estamos enfermos (por ejemplo, porque somos psicópatas), o porque nos hemos distraído, o porque nos han educado mal o porque estamos mal acostumbrados.
            Sócrates seguramente se refería a lo segundo: conocer el bien es tener conciencia moral. Aunque también puede entenderse en dos sentidos:
(1) Saber hacer las cosas: son las destrezas adquiridas; saber montar en bicicleta, saber construir un puente, saber escribir. Se trata de conocer los medios necesarios para alcanzar el fin que buscamos (como saber leer y escribir para entender las cartas que nos manda nuestra familia).
(2) Saber qué cosas tenemos que hacer: éste es el conocimiento moral o, como diríamos igualmente, la conciencia moral. Todos tenemos este tipo de conocimiento pero a veces nos distraemos y no nos fijamos cuando hacemos las cosas, por eso Sócrates también decía:

            No existe gente malvada, sino gente ignorante.

            Ser malvado es olvidarse de pensar las cosas antes de hacerlas, perder la costumbre de pensarlas, o no haber sido enseñado de niños para reflexionar sobre todo; tener conciencia moral es sentir en nuestro fuero interno lo bueno y lo malo, con lo que darse cuenta de lo que está bien no es otra cosa que experimentar el goce de hacer el bien o el remordimiento (el arrepentimiento) que sentimos cuando hacemos cosas malas. Conocer es sentir.

2. Agustín de Hipona.

            Para obrar bien no basta con conocer el bien: además hay que quererlo.

            a) La conciencia puede ser de dos tipos: conciencia de lo que pasa y de lo que hacemos (por ejemplo, que estoy fumando) o conciencia de lo que puede pasar (por ejemplo, que si sigo fumando puedo enfermar de los pulmones; a esto último lo llamamos conocer las consecuencias de nuestros actos). Puede ocurrir que yo no conozca esas consecuencias (entonces si fumo es por ignorancia); y que, conociéndolas, siga fumando (porque me parecen tan lejanas que piense que nunca me van a pasar: “¡tan largo me lo fiáis!”, que dice Tirso de Molina): comportarse así es ser inconsciente.


b) La conciencia moral la tenemos cuando tenemos uso de razón; los niños pequeños parece que son inconscientes. Pero también hay inconscientes entre los adultos porque se han acostumbrado a hacer las cosas sin pensarlas, y son brutos; porque no sienten la diferencia entre el bien y el mal, y están enfermos. Hasta los brutos que tienen pocas luces tienen sentimiento moral, y son buenos.
Podemos distinguir, así, entre la inconsciencia perezosa (propia de quien sigue fumando aunque conozca los efectos del tabaco, sólo porque le da pereza dejar de fumar); y la inconsciencia afectiva (propia de quien no siente que algunas cosas están mal, como matar para el psicópata).
¿De cuál de estas dos formas de inconsciencia hablaba Agustín de Hipona? Tener conciencia afectiva es lo mismo que sentir el impulso de hacer el bien, como decía Sócrates: entonces con sólo conocerlo ya tenemos ganas de hacerlo, en eso consiste el instinto de hacer el bien, el instinto moral. Pero la conciencia perezosa no es un instinto, por eso conocer las consecuencias de las cosas no nos da un deseo irrefrenable de obrar bien; y fumamos aunque sepamos que no nos va a hacer bien.
¿De cuál de estas cosas hablaba Agustín de Hipona: de la conciencia perezosa o del instinto moral?

3. La conciencia.

            En resumen, podemos tener conciencia:

1. De lo que pasa (es decir, de los hechos). Estamos conscientes cuando nos damos cuenta de lo que sucede a nuestro alrededor; de lo contrario nos habremos desmayado, o estaremos borrachos, con fiebre, o drogados… en una palabra: estaremos inconscientes.
2. De lo que hacemos (o sea, de nuestros actos). Se trata de todo lo que hacemos de manera consciente: comer, estudiar, pasear, ducharnos, ir al teatro… Como en el caso anterior, estar consciente y sobrio es lo contrario de perder conciencia.
3. De lo que debe pasar (o sea, de las consecuencias de lo que nos pasa y de lo que hacemos). Consecuencias de los hechos: si hay actividad volcánica es señal de que temblará la tierra; si cae algo en un vaso de ácido sulfúrico se disolverá; si llueve olerá después a tierra mojada. Consecuencias de nuestros actos: si nos acostamos tarde nos levantaremos tarde; si le dedicamos demasiado tiempo a los juegos electrónicos no nos quedará tiempo para leer; si cenamos tarde tendremos el sueño pesado; si no miramos donde pisamos nos caeremos. No pensar en las consecuencias es propio de la inconsciencia perezosa: nos resulta más cómodo no pensar.
4. De lo que sabemos hacer (es decir de nuestras capacidades y destrezas). Si somos conscientes de nuestra pericia o nuestra torpeza sabremos en todo momento lo que podemos intentar o no; si no sé que debo protegerme las manos con guantes o quitar los plomos, no será prudente empalmar dos cables para que haya corriente eléctrica; si no sé conducir no será prudente ponerme al volante; si no sé cantar no tendrá sentido meterme en un coro.
5. De lo que debemos hacer (es decir tener conciencia de nuestro deber). Todos tenemos el instinto de hacer las cosas buenas, el instinto de hacer el bien: ayudar al necesitado, desarrollar nuestro potencial, ser felices, llevar una vida placentera sin dejarnos dominar por el placer, ser los dueños de nuestras vidas: a eso lo llamamos tener conciencia moral.


Cuando alguien hace las cosas sin medir sus consecuencias, o hace cosas que no sabe hacer o cosas que no debe, decimos que es un inconsciente; el inconsciente se mete a hacer mal las cosas o a hacer cosas malas; tampoco es previsor, porque no tiene costumbre de ver las cosas antes de que se produzcan (sobre todo cuando esas cosas son consecuencia de sus actos). No es lo mismo estar inconsciente que ser un inconsciente; en el primer caso no nos damos cuenta de las cosas que hacemos ni de las  que nos pasan; y en el segundo no nos damos cuenta de lo que puede ocurrir, ni de que no sabemos hacer bien las cosas ni que no sabemos hacer cosas buenas. Los inconscientes no deben confundirse con los dormidos; y estar dormido es lo mismo que desorientarse, delirar, estar desvanecido o haberse desmayado.

4. Ejemplos.

            Vivimos una época de crisis: crisis económica (desde 2008); crisis política (desde hace unas décadas); crisis cultural y crisis social (sobre todo en los últimos años). Podemos pensar que la razón de la crisis es nuestra inconsciencia; veámoslo con algunos ejemplos.
            James Maddoz estaba consciente y en sus cabales; conocía perfectamente el mundo de la bolsa y se daba cuenta de lo que hacía, pero no midió sus consecuencias; sabía, sí, que ganaría un dinero considerable y eso fue lo que sucedió; sabía también que se hundiría la economía del mundo y eso no le importó: porque le faltaba el instinto moral (actuó, aquí, como el ser inconsciente que era); pero no supo prever que lo encarcelarían ni que acabaría suicidándose, dejándoles a sus hijos una herencia bien penosa; por quererlo todo se quedó sin nada y por perder habrá perdido hasta la vida (y, por supuesto, hasta el honor).
            Donald Trump es consciente de lo que hace y a veces de las consecuencias de sus actos; actúa como si conociera toda la realidad y sólo conoce una mínima parte, y por esa fisura se le escapa buena parte de las consecuencias de lo que hace; sabe también cuáles son las destrezas que maneja y conoce sus capacidades, pero le falta el instinto moral; no tiene olfato, no tiene buen gusto, no tiene el sentimiento de su deber aunque sí lo tiene en lo referido a sus deseos y a su actos; es un egoísta en quien los niveles éticos están muy por debajo de lo que necesita la realidad.
            La gente que no tiene trabajo tiende a pensar que es por culpa del extranjero. Le gustaría cerrar sus fronteras y que no pasara nadie. Ve al de fuera como un enemigo, alguien que va a allanar su morada, que le va a robar en la calle, a quitarle su trabajo, y por quitar, le quita hasta el seguro de desempleo y la asistencia sanitaria. Si viviéramos aislados, si no pasara nadie, si las puertas estuvieran cerradas y nos quedáramos solos: entonces estaríamos protegidos de los de fuera.
            Vienen entonces políticos que levantan vallas. Construyen muros para que no se pueda pasar, alambradas de espino, patrullas de policía, y volvemos a la gran muralla. No nos damos cuenta de que los mismos muros que les impiden a ellos entrar nos impiden salir a nosotros; y nos quedamos solos, sin vecinos y sin amigos, sin poder salir de casa, encerrados entre nuestras cuatro paredes, aislados del mundo, sin poder viajar, cautivos de las puertas que les poníamos a los demás; porque mientras protegíamos nuestro hogar no nos dábamos cuenta de que con tanto muro lo estábamos convirtiendo en nuestra cárcel.


            Vivir seguros, aislados de todos; o vivir comunicados y por consiguiente libres. Ser libre no es ponerse vallas para que no pasen los que, amenazándote, nos van a quitar la libertad. Ser libre es diluir las fronteras para que pasen nuestros vecinos: porque si ven que les damos confianza, lo más normal es que nos la devuelvan; sólo nos quieren atacar quienes se sienten rechazados; aunque también hay, por desgracia, gentes rechazadas por otras y que nos atacan a nosotros; pero si acabamos rechazando a todo el mundo resultará que al final no nos atacarán de vez en cuando unos pocos: nos acabarán atacando todos. Si vamos por el mundo tratando a los demás como malvaos, todos los demás acabarán tratándonos como malvados también; no es lo mismo encerrar los brotes malvados en un mundo de bondad que construir un mundo malo donde quedarán atrapados algunos brotes buenos.
            La gente siente temor en tiempos de crisis. Sus buenos instintos conviven en su alma con el temor de los peligros que producen los tiempos malos. En medio de la gente que siente las cosas sin decidirse entre ellas, hay gente que decide sin sentir o, peor aún, decide habiendo sentido en su vida cosas malas; unos pocos deciden habiendo sentido también cosas buenas: son los líderes; los caudillos, los jefes, los que saben mandar; son las voluntades que guían a quien no tiene mucha voluntad, los guías.
            Los guías pueden movilizar los sentimientos buenos que hay en nosotros: son los buenos líderes, los que tienen conciencia del deber. También los hay que movilizan los bajos instintos que duermen entre la población y son líderes que carecen de conciencia del deber: los que ponen su voluntad al servicio de su pasiones brutas; brutas y, las más de las veces, brutales; esos líderes conectan su sed de poder con el hambre que tienen los pueblos de ser guiados; Atila, Hitler, Moussolini, Lundendorff, Borgia, Almanzor, Calvino, Puigdemont, Trump, Boris Johnson… o Salvini. O Stalin. Muchos de ellos sufrieron de niños y aprendieron a llenar el mundo con los abusos que ellos mismos padecieron: Saddam Husein, el propio Hitler, Franco. El dolor sufrido por culpa ajena lo riegan entre los demás porque es lo único que tienen, lo único que les enseñaron. “Por qué acusarme?”, dice Bécquer; “¿puedo dar más de lo que a mí me dieron?”

5. Hacer bien las cosas y hacer cosas buenas.

            Cuando dice Sócrates que para obrar bien hay que conocer el bien ¿a qué tipo de cocimiento se refiere? ¿Es un conocimiento teórico? (No hay que tocar el enchufe con las manos mojadas porque las sales del agua son buenas conductoras de la electricidad). ¿Técnicos? (Para cortar los racimos de uvas hay que tirar del pedúnculo hacia arriba). ¿Se trata, por el contrario, de conocer los principios éticos? (No está bien matar). Los conocimientos teóricos y técnicos se adquieren estudiando, pero los principios éticos se aprenden sin estudio, solo como mirar dentro de sí y ver lo que tenemos escrito dentro. La ciencia y la técnica se aprenden mirando fuera; los principios éticos, mirando dentro; la experiencia como fuente de conocimiento debe ser completada con la conciencia. Ahora bien, la teoría y la técnica se aprenden en la escuela, pero la ética ¿puede también aprenderse en la escuela? No, si lo que se aprende en la escuela procede del mundo exterior.
            Muchos estudiantes están sensibilizados con los problemas medioambientales: y muchos de ellos se olvidan de vivir de acuerdo con esta sensibilidad. Todos sabemos buscar la papelera, pero a la entrada de las escuelas hay muchas papeleras vacías y papeles en el suelo. Hay técnicas para dejar de fumar, pero aunque conocemos los efectos del tabaco, nos falta fuerza de voluntad para usarlas. Y sabemos también que copiar en los exámenes es desleal e insolidario, pero resulta más cómodo copiar que estudiar. El mundo no echará a andar correctamente mientras no aprendamos a comportarnos con corrección; es decir según nuestros principios, no según nuestros deseos (los principios son los deseos del espíritu; los llamados deseos, deseos del cuerpo; los primeros son en sí mismos fuerza de voluntad; los segundos, voluntad dormida cuando vislumbramos la sombra de los primeros); el desarrollo sostenible viene de quienes, pensando globalmente, son capaces de actuar localmente; y esa capacidad sólo la tienen quienes saben lo que está escrito en su corazón, lo mismo que en su cerebro; y quienes, sabiéndolo, saben también cómo hay que hacerlo; pero saber cómo hay que hacer las cosas no sirve de nada si no sabemos qué cosas tenemos que hacer; y eso es imposible sin mirar dentro de nosotros, puesto que hay gente que no puede mirar porque tiene tapados los orificios por donde salen las cosas buenas que tenemos dentro.


6. Consecuencias para la enseñanza de la moral.

            Para estar consciente hace falta estar despierto; despierto de cuerpo (que es lo que comúnmente se entiende por estado de vigilia); y despierto mentalmente (o sea, aparte de no estar dormido, eso significa no estar alterado, drogado ni bebido). A eso lo llamamos tener conciencia, y es necesario para tener conciencia moral, pero no es suficiente; tener conciencia moral es otra cosa.
            Ser un inconsciente es lo contrario de ser responsable. Una persona responsable se adelanta a los acontecimientos leyéndolos antes de que ocurran; ve en las cosas que ocurren (nubes bajas, viento, pájaros que vuelan bajo) signos de lo que va a suceder (lluvia). Pero también se preocupa de prever las consecuencias de sus actos (si robo, violo los derechos de otro y me pueden meter en la cárcel). Y le preocupa sobre todo si sus propios actos son buenos o malos (es decir, le debería preocupar más faltarles al respeto a los demás que ir a la cárcel).
            Uno aprende a leer en la naturaleza conociéndola y estudiándola; nos sirven para ello la experiencia y la enseñanza; es necesaria la enseñanza para ampliar nuestra experiencia, como un buen complemento del aprendizaje.
            Uno aprende a cambiar la naturaleza teniendo ideas propias y aprendiendo tecnología y matemáticas; la creatividad se desarrolla hasta que se topa con unos límites; para desarrollarla más hacen falta las escuelas técnicas, aunque ya se empiezan a aprender cosas en la enseñanza general, tanto en la escuela media como en la escuela secundaria.
            Pero es más difícil aprender en la escuela el sentido del deber. El deber es un sentimiento que procede, en parte, de las cosas que sabemos, pero sobre todo de nuestros sentimientos anteriores; la conciencia moral es semejante a un átomo cuya atmósfera electrónica se configura en sociedad, pero su núcleo está en el corazón, y ese corazón viene ya prefigurado antes de ir a la escuela; Hitler aprendió a pintar, pero el escaso valor que les dieron en Viena a sus pinturas no hizo de él un ser rencoroso, sino el sufrimiento que había vivido en su casa, lo mismo que le pasaba a Franco; los sucesivos dictadores norcoreanos se volvieron implacables porque los acostumbraron desde niños a que era bueno imponer su voluntad sagrada; los incas creían natural matar a toda la familia de su adversario, como hizo Atahualpa con Huáscar, eliminando a las más de mil personas que constituían su panaca y bebiendo, sin ningún tipo de remordimiento, en el cráneo vaciado de su hermano. Octavio Augusto tampoco tuvo remordimiento en sembrar de crucificados los caminos que llevaban a Roma; y los talibanes más crueles fueron aquellos niños desamparados, huérfanos de la guerra, que habían sido recogidos en las madrasas; los mismos que, en manos de maestros fanáticos (niños desamparados igual que ellos), comieron un trozo de pan y tuvieron un sitio donde dormir a cambio de aprender el Corán y perforar con dios su corazón vacío: vaciándolo de cualquier sentimiento de compasión o misericordia.
            La educación moral puede dar forma al sentimiento del deber, pero no puede crear ese sentimiento. Ese sentimiento germina en el corazón de los niños que han sufrido privaciones y excesos; la privación del abandono y la desolación; el exceso de poder que han recibido desde que nacieron, y que tapó, probablemente para siempre, su capacidad de amar y respetar a sus semejantes.
            En otras palabras, la conciencia moral no se crea, pero se desarrolla. La escuela puede esculpirla con bellas formas en quienes ya la tienen, pero no puede inocularla en quienes carecen de ella: unos porque están enfermos (como los que son psicópatas)  y otros porque han cegado sus sentimientos desde su más tierna infancia (ya sabemos que lo primero que aprendemos queda grabado en nuestro corazón con tinta indeleble: como los patos de Lorenz).
            Educar la conciencia moral es tarea imposible si no se viene a clase con una conciencia embrionaria; por eso Platón no pudo hacerlo con el hijo del tirano de Siracusa. Hay, en quienes han sufrido, corazones capaces de amar a pesar de todo y por eso tienen suerte; pero la mayoría han sentido cegarse en ellos los poros del corazón y ya no pueden cambiar aunque quieran. Es como el alfarero, que sólo puede moldear la arcilla tierna; con la arcilla seca ya no puede hacer nada. Para esculpir el granito hace falta cincel y martillo y el escultor puede romper, voluntariamente o por error, el granito dándole un mal golpe en un lugar donde ya no es posible rectificarlo; tampoco puede cincelar nada donde los detalles esenciales de la figura tenían que surgir de las partes del granito que estaban rotas. Las familias pueden cuidar el granito o romperlo. Luego la escuela lo cincela. Y ninguna escuela puede cincelar la conciencia moral de los niños, si sus familias han roto irremediablemente el material del que estaban hechos sus sentimientos.