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domingo, 20 de febrero de 2022

 

 

 

LA SERPIENTE QUE SE ENROSCA

 


            Al principio no había luz. Y tampoco había sombra porque la sombra es el recorte de la luz y la luz se la había tragado la tierra. Lo que había era una tiniebla enorme, una oscuridad donde no se recortaban las formas porque las formas eran tijeras encendidas cortando sombras, y el mundo era oscuro como el fondo de un pozo sin bordes, como el sueño de unos ojos que no sueñan, como un cielo enorme sin estrellas: que parece que se va a caer porque la oscuridad de la noche pesa. Y vino Huiracocha y sacó la luz del mismo vientre de la tierra. Y la luz se derramó en el cielo y las gotas de luz se clavaron y fueron puntos mezclados con tierra, unos más, otros menos, y unos eran luminosos como el sol, otros pálidos como la luna, y en el firmamento, que era un telón negro, figuras de un teatro muerto donde las luces eran focos de la escena.

            El sol fue luz y salió de la tierra. La luna fue luz y salió del mismo lugar que el sol, pero estaba más enterrada y por eso era mortecina y brillaba menos; y luego salieron luces diminutas, diamantes, gemas, unas envueltas en más tierra y brillaban menos, otras, Huiracocha las había limpiado quitándoles el polvo y brillaban más, pero nunca como el sol, y esas piedras diminutas, irisadas, talladas con montones de caras, eran estrellas que se clavaron en el telón del cielo y fue el primer decorado que hubo en el teatro de la tierra.

            Pero las luces eran blancas. No había color y Venus no era azul, Marte no era rojo, el Sol no era amarillo y las nebulosas no eran caleidoscopios ni arco iris, ni era el iris de los ojos sembrado en el cielo como cuadros de Renoir, de Degas, como luces de Sorolla o lluvias de Turner desplomándose en días de tormenta. Todo el cielo era negro. Todas las luces eran blancas. Y entre el blanco y el negro todo era gris, gris blanco o gris negro o gris gris o gris gris y gris, pero el pincel de la oscuridad guardaba intensidades sin colores; sin alegrar el mundo, sin teñirlo de nostalgia, y la luz tenía más vida y las sombras tenían menos, pero no había manchas de colores que pusieran corazón en un mundo de tripas escondiendo cabezas incontables, almacenes de lógica donde dormitaba la inteligencia.

            En un lugar de la tierra había montañas de picos cortados como cráteres; y cada cráter era un pozo de lava fría y cada pozo tenía la lava de un color, y había miles de pozos con miles de colores diferentes; pero como los indios no sabían distinguir todos los colores, Huiracocha quiso que en un rincón de aquella sierra sólo estuvieran los picos del arco iris; que eran muy pocos. Nadie los había explorado y sólo los indios del crepúsculo tenían el color rojo y el amarillo y el rojo y el blanco los tenían los indios de la aurora. Los tenían guardados en cubos y los cubos estaban metidos en un almacén, cerrados con siete llaves. La llave del lunes, la del martes, y del miércoles y el jueves, las llaves de los cinco planetas y del sol y la luna, y de las estrellas.

            La culebra siseaba entre las plantas y el suelo, subiéndose a los árboles y amparándose de las rocas, o escondiéndose bajo ellas. La serpiente miraba al sol, abría sus escamas, aspiraba profundamente y se llenaba de fuerza. Huiracocha, padre del Sol, había dispuesto que todos los animales y las plantas obedecieran al Sol, que era el padre de las fuerzas que se guardaban en ellos. La serpiente, comiéndose al puma, le quitaba la fuerza al puma que se comía; y el puma se la quitaba a la llama; la llama se la quitaba a la hierba; y la hierba se la había quitado al Sol, comiéndose sus rayos con las hojas, que eran de un gris oscuro, a veces brillante, o a veces negro. 



            Pero el Sol sólo brillaba por el día. Inti lo llamaban los indios. El sol Inti se escondía por la noche y nadie podía encontrarlo, si buscaba su luz, para seguir viendo las cosas en los días de insomnio. La serpiente buscó con ahínco la luz de la noche. Anduvo por las selvas, quebradas, picachos, nubes y collados; buscó en la puna. Y encontró un día, amparados al abrigo de las rocas, enfundados en sus chullos y envueltos en sus ponchos, unos indios calentándose al fuego, un fuego que habían encendido arrebatándoselo al rayo, al que habían arrimado un haz de leña para que prendiera; y el fulgor de las llamas brillaba en la suela negra de sus ojotas.

            El fuego tenía luz. Y con su luz podía ver en plena noche como si fuese el día. Pero en la luz tenía calor y vio que si se acercaba mucho se quemaría. Y le dio miedo. Entonces se marchó porque al luz del fuego sólo podía servirle si la veía de lejos. Además, ahora dependía de los indios, que eran quienes encendían el fuego; y no lo encendían cuando quería la serpiente, sino cuando querían ellos; si antes dependía del Sol, ahora dependía de los indios, y ella lo que buscaba era una libertad independiente. ¡Promete, oh, Huiracocha, que encontraré la luz que dependía de mí solo y de nadie más! Huiracocha la miraba con ojos torvos, y pensaba en castigarla por querer ver la luz sin obedecer a sus leyes, porque no quería obedecer más que a sí misma, y lo demás le resultaba del todo indiferente.

            Siguió caminando y vio la luna, que le daba una luz pálida con la que podía ver, dentro de su corazón más que fuera de su pellejo, aunque también veía las cosas que había fuera, pero frías. Y le gustó. Vio que ya no dependía del Sol pero pronto descubrió, también, que ahora dependía de la luna; porque no salía cuando le apetecía a la serpiente sino a ella; y aun así, cuando salía entre las nubes no la podía ver y también dependía de las nubes, las mismas nubes que le ocultaban a veces las estrellas; su voluntad de serpiente no era nada sin la voluntad del Sol, y de la luna, y de las nubes.

            Siguió arrastrándose buscando la luz que dependiera sólo de ella. Anduvo por sendas, bosques, selvas, montes y valles. Estiraba su cuerpo haciendo ondulaciones, como los ríos, y a veces se ondulaba tanto que parecían meandros que quisieran salirse de la serpiente y formar islas, como los ríos. Hasta que llegó a un lugar del bosque. La noche era profunda y la intensidad de la sombra espesaba la bruma del cielo negro. No había sol. No había luna. Detrás de las nubes no brillaban las  estrellas. Y la serpiente vio, en el cuerpo sin cuerpo de la noche, puntos de luz que brillaban en el suelo. Como si fueran estrellas de tierra. No es que viera mucho, pero algo se veía; aunque sólo fuera por no depender del sol ni de la luna ni de las nubes, mirar por aquella luz diminuta, que alumbraba como faros invisibles, valía la pena; hasta que se dio cuenta de que ahora dependía de las luciérnagas; no era libre, no, su voluntad no dependía de sí misma, su voluntad dependía de fuera.

            Se quedó quieta. Estaba cansada y se durmió. Y en sus sueños, vio como un hilo de plata que alumbraba en la noche por los sitios donde había pasado, los sitios donde se había movido; eran como ríos que hubiera sembrado y ahora, si quería avanzar, sería como un río en la noche, un río que se mueve, un río cuyas aguas nunca estaban quietas aunque descansara. Se volvió a dormir. Y una voz, en la luna del sueño, le decía, cavernosa, desde el fondo de sí mismo:

            -¿De dónde viste a Huiracocha sacar la luz?

            Otra voz, en el inconsciente, contestaba:

            -De dentro de la tierra.

            La misma voz le preguntaba:

            -¿De dónde la habrás de sacar tú?

            La conciencia de la serpiente le decía:

            -Del fondo de mí misma. 



            Entonces pudo dormir, con una tranquilidad que no había conocido en toda su vida. En ese sueño vio que tenía dentro de los ojos un cristal, un cristalino; que si en los otros animales el cristalino cambiaba de tamaño, en el ojo de la serpiente se movía hacia adelante y hacia atrás y esto no dependía más que de sí misma. Pero este ojo necesitaba la luz para ver, necesitaba del sol, era esclavo de las nubes, dependía de la luna. A la serpiente le hacía falta un ojo que pudiera ver en la oscuridad. Un ojo capaz de ver el calor, no solamente la luz. Y se le ocurrió ponerse en los bordes de la boca unos ojos para ver el calor. Los ojos luminosos verían por el día y los ojos térmicos le darían visión nocturna. Y así fue. Ya no dependería del sol, ni de la luna, ni de las luciérnagas, ni de las nubes. Y es verdad. La serpiente boa tiene ojos en la cara que detectan las formas y ojos en la boca que detectan la variación del calor; la serpiente, que tiene fría la sangre, detecta la presencia de otros animales que son de sangre caliente aunque sea de noche y ya no se quedará sin ver, aunque no haya luz, como las serpientes subterráneas, las serpientes ciegas.

            Huiracocha se enfadó y su cólera fue profunda. Él había creado todo lo que hay para que dependiera de él, no para que se criaran voluntades ajenas. Y quiso castigar a la serpiente por atreverse a ser libre, a vivir sin él, a vivir su vida. No pudo soportar perder el control de una sola de sus criaturas y así hay padres que quieren a sus hijos bien atados, y les espanta la posibilidad, aunque sea remota, de que sus hijos sean más poderosos y mejores de lo que ellos han sido. Huiracocha lanzó un rayo invisible con su mano. Paralizó a la serpiente, la durmió, la estiró como una soga y la ató con grapas a la tierra; cuando despertó, su voluntad era libre pero estaba atada a su cuerpo, que había sido atado a la tierra, que estaba atada a Huiracocha, que no estaña atado a ninguna voluntad a no ser del dios Con, que reinó en los tiempos pasados, pero que ahora había desaparecido. El único color que había era el de la tierra, que era una variedad del gris, tenebroso, oscuro, que sacaba la luz que tenía dentro dejando una huella brillante cuando se arrastraba por el suelo. El río es una serpiente que camina.

 


            La serpiente, que era del color de la tierra, fue condenada a perder su color. La ataron, estirada sobre el suelo, para que no se moviera. Y aparecieron muchos indios con un cubo de agua y una brocha. Luego apareció una india que transportaba un cubo lleno de intensa pintura roja. Detrás vino un niño que llevaba en su mano un cubo de pintura amarilla.

            Se pusieron en fila todos los que llevaban cubos de agua, mirando a la serpiente, desde el primero, que estaba junto a la cabeza, hasta el último, que estaba junto a la cola. El dios Sol, hijo de Huiracocha, los miraba desde el cielo. Todos los indios tuvieron que vaciar la mitad del agua que había en sus cubos. Luego vino la mujer con su cubo rojo y pasó delante del primer indio sin decirle nada. Fue adonde estaba el segundo y echó en su cubo un vaso de la pintura que traía en el suyo. Luego fue al tercero y le echó dos vasos. En el cuarto cubo echó tres. En el quinto seis. Y el último indio tuvo que vaciar su cubo para dejar sitio a todos los vasos de pintura roja que le estaba echando la india.

            El primer indio mojó su brocha en el cubo y pintó la cabeza de la serpiente; como no había más que agua, la cabeza se quedó como estaba.

            El segundo le pintó el cuello, y como en el agua se había disuelto sólo un vaso de pintura roja, el cuello se tiñó de un rosado lejano, tan lejano que apenas parecía rosa.

            El tercero le pintó el primer anillo que tenía la serpiente después del cuello; un anillo invisible, como si la serpiente estuviera hecha de tubos de carne como vértebras, como cuentas de un collar, y a todas las cubriera una piel viscosa llena de escamas. El indio pintó ese anillo y, como en su cubo se habían disuelto dos vasos de pintura roja, el color rosado ahora se notaba un poco más.

            El cuarto indio le echó con la brocha una pintura rosa que se notaba más todavía.

            El quinto indio pintó el siguiente anillo y le dejó un color rosa todavía más intenso.

            Y así hasta que el último indio, que no tenía más que pintura roja en un cubo sin agua, le dejó el anillo pintado de un rojo tan intenso que parecía encarnado o carmesí, del color de los rubíes, de tonos granates.

            Luego vino el niño y en su mano tenía un cubo de pintura amarilla Pintó él mismo de amarillo el siguiente anillo de la serpiente. Luego vertió un vaso de pintura amarilla en el cubo de agua del primer indio, y le dijo que la removiera hasta que se mezclase toda: y parecía que se había teñido de un amarillo remoto, tan lejano era su parecido con el amarillo y tan grande su parecido con el agua. En el cubo del siguiente indio echó otro vaso, y como ya tenía un vaso de color rojo disuelto en el agua la pintura se volvió lejanamente naranja. En el siguiente cubo echó dos, y en el siguiente tres, y así hasta llegar al último; y en el último el color naranja se volvió pastoso e intenso.

            Los indios, entonces, siguieron pintando los anillos de la serpiente uno tras otro. Y cada anillo que pintaban tenía el color de las naranjas cada vez más fuerte y profundo. Y cuando terminaron, la cola estaba teñida de un color intensísimo mientras que la cabeza no tenía color ninguno, tal era la marca del agua; y en ella fulgían dos ojos vacíos pintados con una raya de miedo.

            Luego la desataron; recogieron sus cubos y se fueron todos; y la serpiente quedó pintada de tantas tonalidades que parecía un arco iris que se arrastraba por tierra bañada de todos los colores cálidos: el rojo, el naranja, el amarillo y el color de la tierra que había en su cabeza; que era, según se la mirase, un color cálido o un color frío; y por la noche la frialdad de su cabeza arrastraba un collar de colores que brillaban a la luz de la luna: así la verían todos los animales y aquellos de los que se alimentaba huirían al verla, y ya no los podría cazar y se moriría de hambre; pero Huiracocha había dispuesto que no se muriera nunca para que el hambre la atenazara durante la noche, mañana y tarde.

            También los animales que la atacaban la podrían ver y le clavarían las zarpas, los picos y los dientes y no se moriría nunca y tendría que arrastrar toda la vida, como un rosario de maldiciones, como una cadena, todos los males que la aquejarían como consecuencia de aquella condena. Y ya para toda la vida no se podría disimular, no se podría proteger y la verían todos: había sido castigada a no esconderse, pues tan grande fue su delito como su castigo.

 


            La serpiente se arrastraba sobre la tierra. Su cuerpo frío iba dejando una estela, una estela de agua como la baba de los caracoles, como una línea que avanzaba por donde ella avanzaba, y se veía brillar a la luz de la luna. Porque su vientre era blanco. Pero su espalda, llena de colores, espantaba a los animales que huían de ella para que ella no los cazara; y atraía a los animales que no huían para que la mordieran con sus colmillos, la pincharan con sus picos, la rajaran con sus zarpas. Un mapa de cicatrices acabó cubriendo la serpiente. Cuando se cansaba, muerta de hambre mientras dormía la selva, se enroscaba alrededor de su cola y ponía la cabeza en la última vuelta de la espiral de su cuerpo, la más grande, y parecía un remolino rojo que se volvía amarillo en el ojo estrecho que tenía en el fondo; allí donde el agua se hunde en las profundidades, atraída por la fuerza irresistible del remolino.

            Se despertó y volvió a dibujar con el vientre brillantes estelas blancas. Allí donde se había enroscado había dejado su huella un círculo brillante, un mar de agua: un lago. El río es una serpiente que camina. Y volvió a pasar hambre. Y volvieron los dientes afilados, los picos puntiagudos y las garras aceradas. La sangre volvió a salir por sus escamas, y era roja donde el cuerpo era rojo y amarilla donde amarillo. En todo su cuerpo se volvieron a abrir, trocha sobre trocha, los filos del machete, los surcos del arado.

            Se enroscó sobre una rama. Vio a unos indios comiendo papaya. Sin poder acercarse a ellos para que no la descubrieran, llena de colores como estaba, condenada a estar lejos y a no cazarlos, los miró. Un indio rajó la piel con su cuchillo y desnudó la papaya. Bajo aquella piel, amarilla teñida de verde, apareció la pulpa; de un amarillo intenso, y el indio la iba cortando y lentamente se la comía; y saboreaba sus jugos. Hasta que el último corte de su cuchillo abrió, bajo la pulpa, un pozo negro, negro como el ojo de un remolino, lleno de semillas que parecían gemas en el interior de una  geoda, como granos iridiscentes de cuarzo; sólo que eran redondos y negros y tapizaban las paredes de la cavidad que tenía la papaya en el núcleo, como ojos sombríos de una oscuridad tenebrosa, sin brillo.

            El otro indio cortó su papaya en dos mitades. Con la punta del cuchillo fue arrancando la pared membranosa del corazón hasta despegar sus tripas, llenas de pepitas, que tiró al suelo y quedó enredado entre las hojas, soltando gotas y jugos filamentosos que aún chorreaban, gota a gota, en las ramas. Entonces el indio empezó a arrancar la pulpa cortándola a trozos y se la iba comiendo y cuando rascó bien las paredes que cubrían la pulpa sólo quedaba una piel, y la tiró. Era la cáscara.

            ¿Ves? Un indio se comió la papaya de fuera adentro y el otro se la comió de dentro afuera; la primera fue del amarillo al negro y la segunda del negro al amarillo; y ahora pensó que se iba a enroscar rodeando la cabeza con su cuerpo y, después de tejer sobre ella un remolino de colores, en la última vuelta dejaría la cola; y sería un remolino amarillo que se volvería rojo hacia el centro de la espiral, allí donde el agua la sorbía desde abajo con su fuerza.

            Los colores estaban cambiados y los cambiaba ella según le apetecía. Levantó los ojos y vio una cascada cubierta por dos arco iris; el primero tenía los colores al derecho y el segundo al revés; y era, allá a lo lejos, donde la selva se hundía en el suelo y el agua se precipitaba como una pulpa hacia el centro de sí misma; en una tormenta de espuma que ponía estruendo sobre la nube líquida se deshacía en gotas, y las gotas en nubes, flotando sobre el suelo con un estrépito ensordecedor.

            También las rocas se hunden en el precipicio de los acantilados. En su caída, se desnudan al viento y todos pueden ver que también están hechas de capas como las papayas; se fueron llenando de abajo arriba y cubriendo los tiempos viejos con los nuevos, tapando, con estratos nuevos, los antiguos. Pero allá al fondo había un trozo de roca que se había plegado, como las hojas que se doblan dejando arriba el envés, y, doblada por la fuerza de la tierra y cortada por el cuchillo del viento, parecía un pastel con las primeras capas arriba dejando al fondo las últimas; como si la roca estuviera boca abajo; como si fuera una papaya cortada por la mitad y el indio la hubiera pelado de dentro afuera, de abajo arriba.

            La serpiente se durmió. Cansada, como estaba, de que todas las fieras le arrancaran los dolores del cuerpo cubriéndola de cicatrices; de que al día siguiente se secaran las cicatrices y nuevamente los dientes, picos y garras la volvieran a rajar. Un día se fijaron los indios en las roscas de la serpiente; se había formado un lago; sus aguas, teñidas de rojo por el sol, eran manchas sangrientas arrebatándose en llamaradas; llamaradas granates, amarillas y naranjas, sangre que manaba de las cicatrices y salpicaba el cielo como una borrachera de vino tinto, negro y morado, ebrio de dolor, rojo de cólera, contra la crueldad de Huiracocha.

            Volvió un nuevo día y las cosas volvieron de nuevo. El vientre de la serpiente, con su hilo blanco que brillaba (tal la tela de una araña) bajo el Sol, cavaba ríos que corrían y se estancaba en lagos en los sitios donde la serpiente había estado. Y un día le brotó una sonrisa malévola a la serpiente. Se le cubrieron los ojos de una mirada cruel, más cruel que Huiracocha, y se expandió su corazón al ver que había vencido. Sí, había vencido. No era el Sol el que pintaba los lagos con las luces del crepúsculo sino al revés: los lagos eran los pinceles del Sol. Agazapado en las sombras, con la pluma en la mano, garabateando en el papel, el poeta lo escribía. La serpiente se enroscó extendiéndose como un lago. Pero el agua del lago era blanca, blanca como el Sol, y no se llenó de colores hasta que la serpiente se hubo enroscado; y allí en el agua los colores de sus escamas brillaron hasta el cielo y en el espejo del Sol se pintaron todos, derramándose en pinceladas y brochazos, como la sangre de una herida (¿quién sabe?, dentelladas, picotazos y zarpazos), golpeada por la mano de un pintor loco. ¡Era la serpiente, que le daba sus colores al Sol! ¡No era el Sol el que pintaba las aguas del lago! ¡Había vencido a Huiracocha! ¡Su voluntad se había impuesto a la voluntad de un dios malo!

            Mira. Que el poeta, desde las sombras, mira. Mío es el triunfo, Huiracocha, no has podido conmigo, por más que sufro, te he vencido. Nada pueden el hambre ni los picos, ni los dientes ni las garras, José Santos Chocano. Soy artífice de la derrota de Huiracocha, del triunfo del río y la serpiente, del brillo de su cólera en el lago. Que el lago es la serpiente que se enrosca; y el río una serpiente que camina.

 


 

viernes, 20 de marzo de 2020



LA SUPERFICIE DE LA TIERRA
  

            -Este mundo -prosiguió Juan- es una superficie bajo la cual está el mundo subterráneo. Cuanto tiene que ver con la superficie terrestre es el reino de lo telúrico; y todo cuanto se relaciona con el subsuelo es lo ctónico. Lo telúrico y lo ctónico son las dos dimensiones de la tierra: Gea, nuestra madre.
            -Pero si lo que hay bajo la tierra está visible cuando escarbamos y cavamos, sobre ella estamos nosotros; y sobre nosotros no hay ninguna frontera que nos separe del cielo. Nuestro mundo está separado del de abajo por la superficie de la tierra, pero con el de arriba no hay separación aparente. Arriba está el aire que no se ve; por eso no apreciamos sus límites.
            -La tierra nos rodea, y el final de la tierra es una línea horizontal: el horizonte. Pero la vertical, que nos une con el sol cuando el sol está sobre nosotros (a mediodía), es imposible de ver. Las líneas del cielo son invisibles; las de la tierra no.
            -La vida del ser humano, desde que empezó a tallar la piedra, es el paleolítico: hace un millón de años. Nuestra historia empieza en el paleolítico superior, hace cuarenta mil. La inteligencia humana ya era capaz de producir cultura. El ser humano era cazador, y recolector; por eso tenía que desplazarse detrás de los animales, y de los árboles frutales: tenía que buscar nuevos árboles cuando se había comido ya todos sus frutos.
            -Y la gran pregunta era: ¿cuándo? ¿Cuándo vendrían los mamuts? Por increíble que parezca, la respuesta estaba en el cielo.
            Luis cogió una tiza y dibujó tres viñetas en el encerado; las tres tenían el horizonte a la misma altura, y en las tres había un árbol. En la primera estaba saliendo el sol: la sombra del árbol era muy larga. En la segunda el sol estaba arriba: la sombra era corta. Y en la tercera, en que el sol empezaba a ponerse, el árbol proyectaba sobre el suelo una sombra tan larga como en el amanecer, pero en la dirección opuesta. Luis apenas necesitó explicar sus dibujos, porque hablaban por sí solos.
            -Esta experiencia os resulta a vosotros más que familiar. En el paleolítico empezaron a medir así la luz del día. Y la clave estaba en el cielo: en el sol.
            -El sol –prosiguió Juan- era el instrumento que permitía medir el día. Pero el cazador necesitaba medir periodos más largos de tiempo: el secreto estaba en la luna.
            -Como sabéis, las noches de luna llena se ve el disco lunar entero. Luego desaparece poco a poco (lo llamamos cuarto menguante). Cuando la luna ha desaparecido del todo es la luna nueva, y entonces empieza a aparecer de nuevo: es el cuarto creciente. Cuando ha vuelto a crecer del todo es nuevamente la luna llena.
            -Desde que es luna llena hasta que vuelve a ser luna llena el cazador contaba treinta días. Los iba marcando, con pequeñas muescas en colmillos de mamut, en lo que fueron los primeros calendarios paleolíticos, hace treinta y cinco mil años.
            -Pero hay pueblos que no utilizaron el sol y la luna para contar el tiempo, sino las estrellas. Algunos aborígenes australianos todavía buscan en la posición de Arturo, que es una estrella muy brillante, el momento de realizar la caza de hormigas; de ellas se alimentan. Y la tribu de los tucanes, en Brasil, busca la constelación de las pléyades para conocer la estación del año. Cuando esa constelación se sumerge en el horizonte después de la puesta del sol, quiere decir que muy pronto llegarán las lluvias; y que va siendo hora de empezar a sembrar.


            -Como podéis ver –continuó Juan- cuando los primeros humanos empezaron a preguntarse: “¿cuándo?” se crearon los primeros calendarios. Pero no les bastaba con medir el tiempo, también querían medir el espacio. Y entonces se preguntaron: ¿dónde?
            -¿Dónde encontraremos árboles con frutos? ¿Dónde habrá animales para cazar?
            -No tenían mapas, y querían orientarse. También la clave estaba en el cielo. Vieron día tras día que el sol salía y se ponía más o menos por el mismo lugar: relacionando esos puntos con montañas o ríos, descubrieron las estaciones; porque el sol no se ponía por el mismo lugar en marzo que en junio. También, como los tucanes y los aborígenes australianos, aprendieron a leer en las estrellas el principio de cada estación.
            Habían venido observando que los chicos estaban atentos a sus explicaciones. A primera hora de la mañana estaban tranquilos y bastante receptivos. Distinto era cuando se acercaba la hora de salir, sobre todo después del recreo; y más aún si volvían de la clase de gimnasia: entonces se ponían rebeldes y ruidosos.
            Ahora, de momento, no era el caso. Hasta el punto de que Luis se había atrevido a proponerles una pequeña curiosidad.
            -¿Sabéis cómo distinguir el cuarto menguante del cuarto creciente? Estoy seguro de que los confundís.
            La mayoría de los chicos esperaba, pasivamente, que Luis les diera la respuesta. Algunos fruncían el ceño, en ademán meditativo. Pero nadie se atrevió a responder.
            -¿Lo sabéis? –insistió Luis.
            Entonces Cristal tomó la palabra.
            -No tengo ni idea. Nunca se me había ocurrido que hubiera que distinguirlos.
            -Eso es porque no te interesa mucho el cielo –comentó Juan con una sonrisa-. Si tuvieras curiosidad por él ya te lo habrías preguntado.
            -Es muy fácil -continuó Luis-. La palabra “creciente” empieza por C, y la C tiene el vientre a la izquierda. Pues bien, cuando la luna tiene los cuernos al revés que la C es que está en cuarto creciente. Acordaos bien: creciente, que se escribe con C, es cuando la luna tiene los cuernos al revés que la C.
            -¡Qué curioso!- replicó Cristal, mirando las fotografías de la luna que Juan proyectaba en la pantalla. Entonces habló Juan, tomando el relevo:
            -Todo esto ocurrió durante el paleolítico; cuando, para buscar la caza y los árboles frutales, el ser humano se desplazaba errante, nómada. Pero hace algo más de diez mil años se produjo un hecho anómalo. El tiempo empieza a cambiar y desaparecen los grandes mamíferos. Los cazadores ya no tienen que cazar, y la sociedad entra en crisis. Entonces las mujeres, que conocían las plantas medicinales, se ponen a pensar y descubren la agricultura. Los recolectores se hacen agricultores; los cazadores se vuelven ganaderos. Y ya no hace falta desplazarse para buscar alimento. Los nómadas se vuelven sedentarios.
            -Ahora se asientan en los lugares donde han sembrado. Construyen casas. Surgen las primeras aldeas. Y luego las ciudades. Ya no se talla la piedra, ahora se pule.
            -A la edad de la piedra pulimentada se la conoce como neolítico. En el neolítico se descubrió la agricultura. El paleolítico, dominado por la caza del mamut y por la vida en las cuevas, ya se ha terminado. Todo por un cambio climático: se retira la glaciación y la temperatura se hace más suave.
            -Ahora el problema será saber cuándo hay que plantar patatas, cereales, pepinos o cebollas. El mes lunar, que utilizaban los cazadores, ya no bastaba. Ahora necesitaban medir períodos más largos de tiempo.
            -Surgió la pregunta: ¿cuándo? ¿Cuándo había que plantar los pepinos?
            -Pero los sumerios dependían de la luna; la adoraban. Y ahora necesitaban un calendario anual.


            Juan se paró a explicarles los problemas técnicos que planteaba aquella nueva necesidad.
            -El año lunar tenía doce meses lunares, y cada mes tenía treinta días: el calendario sumerio tenía, pues, sólo 360 días. Pero la luna llena no aparece cada 30 días, sino cada 29. Ahora bien, el año solar tiene 365 días. Si cada año se pierden 5 días, al cabo de diez años el año tendrá cincuenta días menos, y la primavera caería en invierno: eso es lo que no podía suceder. Los sacerdotes tienen que poner un remedio.
            -Entonces vinieron los asirios y los babilonios. Se construyeron torres para observar el cielo: las llamaron zigurats, que quiere decir “montañas que surcan el cielo”. Durante años anotaron las posiciones del sol al salir y al ponerse, y los grupos de estrellas que brillaban cuando el sol se había ocultado. Para identificarlos les dieron una forma, y a cada forma le dieron un nombre. Fueron las constelaciones. Por ejemplo, hay una que tiene forma de carro grande; con la imaginación se la podía ver como una osa: era la osa mayor. Llegaron a medir el año con un error de menos de dos horas.
            -Para resolver el problema, alternaron meses de 29 y 30 días. De vez en cuando tenían que añadir un mes que faltaba. Era el calendario luni-solar.
            -¿Cuándo? ¿Cuándo hay que sembrar, cuándo cosechar y trillar, cuándo viene la fiesta, cuándo viene el descanso?
            Juan necesitó explicar algo antes de continuar.
            -A mediodía el sol está encima de nosotros, en su punto más alto del cielo. ¿Sabéis cómo se llama ese punto?
            Hubo un silencio. Después Juan contestó.
            El zénit. Cuando el sol está sobre nosotros, a la hora que más calienta, decimos que está en el zénit.
            -Es una precisión muy útil –comentó Luis-. Sin ella no se entenderá lo que voy a explicaros ahora. Veréis. Durante los 365 días del año el sol se pone por el oeste, pero no siempre en el mismo punto; unos días se pone un poco más al norte, otros algo más al sur: son los solsticios; el de verano, porque el sol calienta mucho y la noche es más corta; y el de invierno, porque calienta menos y las noches son más largas. Pues bien: hay días en que los días y las noches son iguales; son los equinoccios.
            -Plantemos una estaca y mantengámosla bien clavada en el suelo. En el neolítico, en vez  de estaca, plantaban un menhir (ya sabéis: una gran piedra en forma de porra, como las que fabricaba Obélix). Y los egipcios plantaban un obelisco.
            -Fijaos bien: cuando los días y las noches son iguales, la línea imaginaria que une la salida y la puesta del sol señala exactamente el este y el oeste: es el paralelo. Cuando el sol está en su zénit, la sombra de mediodía dibuja sobre el suelo una línea que va de norte a sur: es el meridiano. El meridiano y el paralelo son perpendiculares.
            -Y con esto también damos respuesta a la pregunta: ¿dónde? Hemos medido el tiempo,  sabemos que un año son los días que hay entre dos solsticios de verano consecutivos. Ahora vamos a medir el espacio: ya tenemos, para orientarnos, el meridiano y el paralelo; con esas dos líneas nos orientamos en la superficie del suelo. Pero para orientarnos en el cielo necesitaremos dos ángulos: la distancia cenital (que mide la altura) y el azimut (que mide el horizonte).
            Luis estaba dibujando el sol y el obelisco en el encerado.
            -El ángulo que hace a mediodía el obelisco (o sea la vertical) con el sol es lo que llamamos distancia cenital. En los equinoccios es prácticamente nula, porque el sol está vertical: en el cenit. Pero en los solsticios está caído en el cielo, está oblicuo, no está a la vertical: la distancia cenital varía con los días según va avanzando la primavera y el otoño. ¿Lo entendéis?


            Hubo quien no lo entendió, y Luis tuvo que explicar varias veces el significado geométrico de sus dibujos. Luego lo reemplazó Juan.
            -Lo mismo que hacemos con el sol, lo podemos hacer con las estrellas. De día y de noche. Supongamos que es de noche. Estamos mirando una estrella, por ejemplo Arturo. La vertical nos la da ahora la estrella polar. La estrella polar, el observador que mira desde el suelo y la estrella observada, forman un ángulo: ésa es ahora la distancia cenital.
            Juan lo dibujó en el encerado. Ahora continuaba Luis. Luis dibujó de nuevo el obelisco, el sol y la sombra del obelisco. Entre el obelisco y su sombra trazó un ángulo.
            -Ésa es la distancia cenital –dijo-. Es la misma que la que hace el sol con el obelisco: la que os hemos explicado antes. ¿Lo entendéis?
            Todos asintieron con las cabezas, pero Juan sabía que Pedro no lo había entendido; su mirada perdida y su cara de bobo así lo indicaban. Mientras tanto, Luis dibujaba otro sol en el cielo que indicaba un momento posterior del día. Los dos soles proyectaban dos sombras separadas por un intervalo de una hora: por ejemplo.
            -Ese intervalo es el azimut.
            -Os voy a poner un ejemplo. Hay días en que el sol está justo encima de nosotros y no tenemos sombra. En esos días la distancia cenital es nula.
            Jorge, Maia, Ilse, Cristal, Adrián y Héctor asintieron; y aunque muchos no asentían, se les notaba que habían entendido. Pero Luis vio algunas caras que estaban en la inopia; Jose y Pedro, por ejemplo.
            -Y días en que, a mediodía, nuestro cuerpo proyecta una pequeña sombra. En esos días el sol no está a la vertical, no está en el cenit; y su distancia cenital forma un ángulo más o menos cerrado.
            -Ya sabéis cómo orientaros en la tierra: mediante dos líneas horizontales a las que hemos llamado meridiano y paralelo. Y sabéis orientaros en el cielo mediante el azimut y la distancia cenital. Pero recordaréis que, mientras la superficie de la tierra es visible, el cielo no lo es. Esto llevó a los antiguos a imaginar el cielo como una bóveda cristalina en la que estaban enganchadas las estrellas. La estrella polar marcaba el norte de la tierra, pero también el norte del cielo. Y cuando Anaxímenes pensó que la tierra era redonda, el cielo apareció como una esfera aérea que la rodeaba. En esa esfera imaginaria se podían ver las posiciones relativas de las estrellas durante la noche.
            Juan zanjó de manera abrupta sus explicaciones:
            -Eso es todo lo que necesitáis saber… por hoy.