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sábado, 5 de noviembre de 2016

Los dilemas morales





LOS DILEMAS MORALES

 

1. El razonamiento moral.
            Hacen falta unas virtudes básicas en la toma de decisiones; para ello es preciso que las tentaciones y los instintos dejen hablar a la razón en aras de los instintos superiores. El razonamiento moral consta de tres pasos: estudio de la realidad, búsqueda de ideales (a la que Aristóteles llamaba “representación de los fines”) y deliberación. Luego, para llevar a cabo lo que hemos elegido, nos decidimos por fin y nos sometemos a nuestra propia disciplina. Vamos a exponer estos cinco pasos uno por uno.
1.1. Análisis de la situación. Lo primero que hay que hacer, antes de tomar cualquier decisión en la vida, es saber lo que pasa; asegurarnos bien de que conocemos el terreno, conocer las cosas: ése es el paso previo a cualquier transformación que queramos hacer; no podemos castigar a un chico por estar fuera de su clase si su profesor lo ha mandado a hacer un recado.
            El estudio de la realidad nos ayuda a plantear los problemas y resolverlos. Para hacerlo hay que comprender y comprobar lo que pasa. Comprender es observar y explicar; observamos los hechos cuando, al ver un conjunto de cosas, nos centramos uno por uno en los detalles para estudiarlos mejor, como un zoom hacia adelante (a eso lo llamamos análisis); y después volvemos a insertar el detalle en su conjunto para ver  si lo que zoom hacia atrás). Luego, si fuera necesario, volvemos a analizar más detalles, y los volvemos a insertar en su conjunto para entenderlos mejor; el proceso de análisis y síntesis puede durar tantas veces como sea necesario. La observación nos da una descripción de los fenómenos o hechos que estamos estudiando (describir las cosas es decir cómo son).
            La observación nos muestra como son las cosas; después hay que explicarlas, saber cómo son como son, y para eso hay que buscar las causas, las circunstancias y los motivos que han hecho que las cosas sean como son y no de otro modo. La explicación es la búsqueda del porqué de lo que estamos observando.
            Así pues, comprender es observar y penetrar, describir y explicar. Después de que hemos entendido las cosas hay que ver si nuestra interpretación es la correcta: hay que comprobar si lo que hemos pensado ha sucedido realmente; hay que ver si nuestras ideas encajan con los hechos; no basta con que tengamos una explicación, necesitamos también una prueba; necesitamos saber si nuestras explicaciones (nuestras hipótesis) encajan verdaderamente en la realidad, y que no son figuraciones y fantasías. 

 

1.2. Búsqueda de ideales. Una vez que comprendemos lo que ha sucedido, y que estamos ya con los pies en tierra, hay que buscar los ideales que ayudarían a resolver el problema que estamos estudiando: muchos los llaman valores; un ideal, o un valor, es la creencia de que una forma de ser es mejor que otra para llenar de sentido y satisfacción nuestra vida. ¿De dónde vienen esos ideales? ¿Del mundo? ¿De nosotros? ¿Quién manda en nosotros? ¿Quién tiene autoridad para decirnos lo que debemos hacer?
            Puede ser el mundo que nos rodea; el mundo que nos provoca tentándonos con una multitud de estímulos que excitan nuestros deseos: nosotros los llamamos tentaciones.
            Pueden ser nuestros caprichos: esos impulsos que nos vienen de las tripas (podemos llamarlos instintos). Nuestro instinto cede a las tentaciones de una manera irracional, acrítica; como cuando los marinos de Ulises se dejaban llevar por el atractivo de Circe sin saber que los convertiría en cerdos. También dispara impulsos que vienen de dentro de nosotros y que son independientes del medio en que vivimos; impulsos que, por estar desligados de la razón, son ciegos; como el impulso de correr sin mirar si lo que tenemos delante es un precipicio o un camino. Un capricho puede ser, o bien un impulso despertado por una tentación, o un impulso que se despierta solo sin necesidad de ser tentado.
            También puede ser que quien nos diga lo que hacer sea nuestra razón: hay razón en la lógica, motivos que surgen, no ya de los impulsos, sino de la conclusión de un razonamiento; nuestra mente nos obliga al razonamiento, no a los impulsos; como cuando decidimos usar botas si comprendemos que va a llover, aunque el cuerpo nos pida ir con un calzado más ligero. Dejarse llevar por la razón es ser capaz de ver las consecuencias de nuestros actos, anticiparnos a ellas, y abstenerse de hacer algo bueno cuando sus consecuencias pueden ser malas (incluso peores que el mal que intentan resolver): esta capacidad de ver más allá del presente y del lugar donde estamos, en el pasado y en el futuro y en otro espacio, con la razón y no con los sentidos, es lo que llamamos prudencia.
            Pero la razón también se expresa mediante la intuición: una intuición intelectual, no sentimental o afectiva; por ejemplo, puedo calcular la distancia del coche que tengo delante y el tiempo de frenada para no chocar con él si ese coche se para; y puedo hacerlo intuitivamente, con bastante aproximación, sin hacer cálculos; también puedo saber que si es de día no es de noche, sin que nadie me tenga que explicar el principio de no contradicción; ese principio se intuye, no podemos demostrarlo.
            También podemos dejarnos llevar por nuestro corazón: es una sensibilidad cordial; aquí somos sensibles a los sentimientos, no a las sensaciones como cuando hablábamos de los caprichos. Lo mismo que los caprichos son impulsos despertados y cegados por las tentaciones (podríamos hablar de pasiones sensoriales y viscerales), así también los impulsos del corazón tienen sus propias tentaciones (las pasiones cordiales, que se despiertan cuando vemos a una persona a la que queremos, odiamos, envidiamos o admiramos); pero también hay impulsos del corazón que no necesitan, para despertarse, ser tentados por la presencia de personas por las que sentimos cosas: por ejemplo sentimos la amistad, no al amigo: ésos son los sentimientos morales; un tipo de pasiones a las que Scheler llamaba valores.

 

            ¿Y qué es, entonces, la conciencia moral? Conciencia es darse cuenta de las cosas, cuando estamos despiertos (no dormidos, ni drogados, ni ebrios, ni inconscientes). Y conciencia moral es darse cuenta del bien y del mal, porque el bien nos obliga y el mal nos prohíbe, sentimos el deber de hacer el bien y la prohibición de hacer cosas malas. Pues bien: la razón moral nos protege contra las consecuencias adversas de nuestros actos (es la prudencia); el sentimiento moral nos obliga a cumplir con nuestro deber, aunque no nos apetezca (hay personas en quienes el impulso moral es más fuerte que el del capricho, aunque lo más frecuente es que suceda lo contrario): ésa es la justicia; un instinto moral emanado del corazón, no como los impulsos viscerales, que arrancan de las tripas. La conciencia moral es darse cuenta de lo que debemos hacer, que es cuando la justicia y la prudencia se hacen conscientes (¿quizá era eso lo que suponía el intelectualismo moral cuando lo vislumbraba Sócrates?). La conciencia moral selecciona, entre lo que más nos apetece (y a veces entre lo que menos) lo que es mejor para nosotros; para nosotros y para todo el mundo. Llamaremos cordura a la síntesis de la prudencia y la justicia; de la razón y el corazón; de las razones para actuar y los sentimientos entrañables que actúan.
            1.3. Deliberación. Hemos seleccionado unos fines para realizar los ideales que nos hemos marcado; ahora se trata de buscar los mejores medios para conseguir esos fines, y a eso es a lo que llamamos deliberación. Primero buscamos todos los medios que se nos ocurren para conseguir un fin: por ejemplo, para aprobar un examen podemos estudiar, hacer chuletas, pedirle a un compañero estudioso que se presenten en nuestro lugar o cualquier otra cosa semejante. Luego los comparamos entre sí, sopesando los pros y los contras de cada opción, como hemos hecho en el apartado 2: o sea, midiendo las consecuencias; por ejemplo, si hago chuletas aprobaré acumulando una ignorancia que, como una bola de nieve, se me echará encima impidiéndome afrontar con éxito exámenes futuros; la chuleta, pues, no es una buena opción. Por último, y después de haber sopesado todos los medios alternativos que hemos descubierto, elegimos los más adecuados.
            1.4. Decisión. Hacemos acopio de energía para atrevernos a hacer lo que hemos elegido; en eso consiste el valor; los griegos también lo llaman fortaleza. Siguiendo con nuestro ejemplo, hay gente que ha elegido estudiar para aprobar un examen; sabe lo que tiene que hacer, pero no acaba de decidirse a hacerlo.
            1.5. Ejecución. Y entonces viene el último paso: hacemos un despliegue de energía para mantener nuestra decisión; es la tenacidad, el espíritu de sacrificio, la constancia. No todo el mundo tiene fuerza para materializar en un horario, bien calculado y con unas rutinas razonables, el resultado de su decisión; es lo que llamamos disciplina. 

 
 
2. El dilema moral.
            Un dilema moral es un caso en que dos ideales entran en conflicto: ¿cuál de ellos debemos elegir? ¿Podemos elegir entre una novia y un amigo, entre el amor y la amistad? Para intentar entenderlo vamos a analizar el caso que exponemos a continuación:
            Pedro es muy amigo de Juan; ambos comparten gustos, diversiones y confidencias; confían plenamente el uno en el otro, se ayudan cuando hace falta, y si algo tienen claro es que el cemento de su amistad es siempre el respeto. Pedro sale con Lucía y ambos se quieren; sin embargo, en algún momento Lucía se acaba enamorando de Juan. Juan, al principio, la ignora por respeto a su amigo, pero poco a poco también se va enamorando de ella. Un día se da cuenta de que se encuentra desgarrado entre el amor de Lucía, a la que adora, y la amistad de Juan, al que quiere como si fuera su hermano. La situación se va volviendo insostenible y Juan no sabe qué hacer. Por más que lo piensa está hecho un lío, y tarde o temprano tendrá que tomar una decisión. ¿Qué debería hacer?
            Procederemos de la siguiente manera: primero analizaremos los hechos; luego buscaremos los valores en conflicto y los ordenaremos en una jerarquía; después tomaremos una decisión y, por último, comprobaremos si es la más adecuada. (La fase de ejecución no tiene lugar aquí, porque se trata de decidirse, no de realizar lo que hemos decidido; se trata de estudiar un dilema moral, no de realizar la acción moral sobre la que hemos decidido en el dilema. Veamos.
            2.1. Analizaremos la situación para mejor resolver el conflicto. Y como para resolver un conflicto primero tenemos que conocerlo bien, analizaremos los tres ejes que tiene el caso que nos ocupa:
a) Pedro y Juan son muy amigos. Comparten gustos, diversiones y confidencias; se ayudan y se respetan.
            b) Pedro y Lucía se quieren y salen juntos.
            c) Juan y Lucía rompen las dos relaciones anteriores: Lucía se enamora de Juan y Juan la ignora por respeto a su amigo Pedro, pero, al correr el tiempo, también acaba enamorándose de ella: entonces se siente desgarrado entre el amor por Lucía (a la que adora) y la amistad por Pedro (al que quiere como a un hermano); entre esos dos amores incompatibles Juan no sabe qué hacer.
            2.2. Valores en conflicto. En la relación entre Pedro y Juan, como hemos visto, sólo hay solidaridad (esto es, ayuda) y respeto; y en la relación entre Juan y Lucía hay amor y amistad; sólo hay estos cuatro valores: todo lo demás son hechos.
            2.3. Jerarquía de valores. Respeto, amor y amistad: por ese orden; no hay respeto sin amor ni amor sin amistad; estos dos últimos requieren solidaridad; puede haber solidaridad sin amor, pero no puede haber amor sin solidaridad. Ésta es, pues, la jerarquía que buscamos.
1. Respeto.
2. Amor.
3. Amistad.
4. Solidaridad.
            Aunque, según se dice, cada cual puede tener su propia jerarquía de valores, está por ver si eso es cierto. Lo importante es que al hacerlo no nos dejemos llevar ni por el mundo (que nos tapa los ojos del instinto moral con sus normas, sus costumbres y sus modas, con el velo del prejuicio inmovilizando nuestro juicio), ni por el capricho (que son esos instintos premorales despertados, a veces, también por las tentaciones del mundo); sino sólo por la cordura, que es armonía ritmada en un concierto a dos voces: la voz del corazón (cuando la escuchamos sentimos que detrás de las sensaciones, ordenando sus impulsos, nos guía el sentimiento); y la voz de la razón (que, cuando mis sentimientos son confusos, por ejemplo si hay conflicto de valores, también me ayuda a decidir, y cuando he decidido me ayuda a mantenerme firme en mi decisión). 

 

            2.4. Tomamos una decisión. En el caso que estamos estudiando yo, personalmente, elegiría el amor de Lucía, pero no a costa de la amistad de Pedro; amar a Lucía significa respetarla en su propia  toma de decisiones (que, si son contrarias a las mías, deben ser discutidas escuchando sus razones y las mías, y, si las mías no son más poderosas, debo sacrificar mi amor por ella en aras del respeto). Mi decisión tampoco debe tomarse a costa de la amistad que tengo hacia Pedro, que implica respeto hacia él, es decir que tengo la obligación de no traicionarlo; pero que lo obliga a él a respetar mi amor por Lucía si ha surgido de la espontaneidad, no de un plan deliberado por arrebatársela.
            Sería necesario, pues, que Lucía y yo nos quisiéramos noblemente (lo que, de hecho, sucede); que ambos habláramos con Pedro para explicarle la situación (la situación es que nos hemos querido muy a pesar nuestro; que no somos culpables de nuestro amor, sino más bien sus víctimas, puesto que ninguno de los dos lo hemos querido; y que le faltaríamos al respeto si se lo ocultáramos aunque fuera renunciando a nuestro amor, separándome de Lucía: pues entonces Lucía seguiría a su lado sin quererle, y eso sí que sería desleal). En fin, habría que velar por que esta situación dramática no suprimiera nuestra solidaridad recíproca, porque, aunque a partir de ahora, y para evitar sufrir y hacernos daño unos a otros, dejáramos de salir juntos, eso no significa que hubiera desaparecido nuestra amistad; en un futuro, cuando las heridas se hubiesen cerrado, ningún falso orgullo impediría que volviéramos a cultivarla de nuevo.
            2.5. Comprobamos si hemos elegido de acuerdo con nuestros ideales. Y sí: la decisión es coherente con la jerarquía de valores que hemos establecido. He tenido que sacrificar, muy a pesar mío, la amistad de Pedro, pero era necesario: no había otra salida. A veces hay que sufrir cuando se preserva el sentimiento de humanidad.
            Se puede admitir comúnmente que cada uno tiene su propia jerarquía de valores; y que cada uno toma decisiones diferentes según cuál sea esa jerarquía: no creo que sea acertado hablar así. Los valores morales son universales, y por tanto son los mismos para todos; no me vale decir que si tú pones el dinero por encima del amor tienes derecho a sacrificar el amor para conseguir riquezas, porque el amor nunca valdrá menos que el dinero; ni el respeto; ni la salud; ni la vida. Los valores morales están ordenados en una jerarquía que no depende de nosotros; de nuestros gustos, de nuestra voluntad, mucho menos de nuestra mentalidad o nuestro capricho. Si me he criado en un lugar donde el poder es un ideal más fuerte que el respeto, eso no significa que el poderío valga más.
            ¿Qué hacemos, entonces? ¿Negamos que cada uno pueda tener su propia jerarquía de valores? Por supuesto que lo negamos, si estamos hablando de valores morales; nadie está por encima der los derechos de los demás, porque esos derechos valen más que nuestra voluntad, aunque sea la voluntad de todos. Sí podemos jerarquizar esos valores, esos ideales, que dependen de nuestra naturaleza personal, no los que dependen de la naturaleza de todos; mis gustos, mis preferencias, mis instintos premorales, sí que se pueden jerarquizar a criterio de cada cual; pero no los instintos morales, que son intocables y que ninguna voluntad puede cambiar. Cada uno podrá tener sus propios valores estéticos, pero los valores morales son los mismos para todos; lo mismo cabe decir de la jerarquía en la que están ordenados.
            Por lo tanto el dilema moral que hemos dilucidado en este ejercicio no tiene tantas soluciones como personas intenten resolverlo. La solución para todos es la misma. Sólo podemos admitir diferencias de orden psicológico, de ninguna manera diferentes éticas; por ejemplo, si Pedro es una persona tan sensible que no podría estar junto a su amigo y su novia después de que su novio se hubiese ido con su amigo, habría que respetar su derecho a no verlos más; pero eso no significa que dejasen de ser amigos; otro carácter más fuerte, menos sensible a esas cosas, aceptaría sólo una separación temporal, como dicen que sucede en Islandia; su ruptura transitoria tampoco supondría la ruptura de su amistad.
3. Epílogo.
            Una última precisión de orden metodológico. Todo lo que precede puede considerarse una aplicación, e incluso una extensión, del método “cocer”; la “e” que viene después del conocimiento (“co”) comprensivo (“c”) es una comprobación de la existencia de lo que estamos investigando (algo que en el método hipotético-deductivo equivale al experimento); la búsqueda de la garantía de que lo que estamos observando son realidades y no visiones, existencias y no especulaciones, presencias y no castillos en el aire; el análisis de la situación, como primer paso de la resolución de un dilema moral, corresponde, pues, a la afirmación de que los conocimientos comprensivos que hemos adquirido se refieren a cosas que existen realmente. Pero la “e” tiene un doble significado: aparte de existencia indica también elección; aquí intervienen el segundo paso de la resolución de los dilemas morales (identificación de los valores en conflicto), el tercero (su organización jerárquica) y el cuarto (elección del que más importa entre todos ellos); la “r” final del método “cocer” nos advierte de que todas nuestras elecciones deben ser guiadas por el respeto, como si el respeto fuese el faro que ilumina el instinto moral que late dentro de nuestra conciencia. Para analizar la realidad (primer paso) es necesaria la metáfora; para identificar el ideal (en los tres pasos siguientes) necesitamos el ejemplo; el quinto y último paso nos obligan a comprender si la decisión que hemos tomado (cuarto paso) es coherente con la jerarquía de valores; teniendo en cuenta que esa jerarquía también es coherente (porque emana de ella) con la realidad del caso que hemos estudiado.

 


                                                                                                                                                                                                                                            


sábado, 24 de septiembre de 2016

La matrioschka del método "cocer" (3) Respetar




LA MATRIOSCHKA DEL MÉTODO “COCER” (3):
RESPETAR

 
 
            La necesidad es lo fatal, lo imprescindible, lo inexorable; cuando es independiente de nuestro pensamiento es la descripción del ser de las cosas, y se presenta como ley de la naturaleza; pero cuando depende de nuestras decisiones es un deber, una obligación, y se manifiesta entonces como ley moral; estas últimas son de dos tipos:
            a) Obligaciones esenciales. Proceden de nuestra naturaleza, y vienen a ser los derechos humanos que conforman, como se ha dicho muchas veces, el derecho natural; faltamos a los deberes esenciales cuando engañamos al tendero, cuando no cumplimos una promesa, o cuando acosamos a la gente privándola de su libertad. El respeto es una de nuestras obligaciones esenciales: es fruto de una decisión vivencial.
            b) Obligaciones existenciales. Proceden del entorno, de nuestra historia, de nuestros compromisos, y son todas las acciones que queremos llevar a cabo (fruto, en este caso, de alguna decisión circunstancial). Dar dinero para que me den fruta es una obligación existencial, que no depende de mi naturaleza moral (aunque la implique), sino de la forma como están regulados en un momento dado los intercambios comerciales; y depende de la decisión (circunstancial) de comprar fruta en vez de gastarme el dinero en ir al cine, por ejemplo. Ayudar al necesitado es una obligación esencial; pagar impuestos (que sirve más o menos para lo mismo) es una obligación existencial, pues depende de la legislación de cada país en cada momento de su historia; lo primero es fruto de una decisión vivencial; lo segundo, de una o varias decisiones circunstanciales.
            Actuamos siempre comparando lo que sucede con la experiencia, lo que nos pasa con lo que nos ha pasado. Ya hemos visto que en nuestra mente hay un conjunto ordenado de recuerdos que constituyen nuestra cultura; y cuando conocemos cosas nuevas (es decir cuando descubrimos algo investigando de manera fortuita, y cuando aprendemos), lo que hacemos es siempre cotejar nuestras sensaciones nuevas con esa cultura. Pues bien, también tenemos acumulada en nuestra mente una forma de actuar, que son los sentimientos que hemos cultivado, los valores que hemos asumido; es como una fuente de donde mana nuestro comportamiento; unos impulsos nos vienen del corazón, otros de las tripas: nosotros hemos elegido cómo queremos ser (aunque a veces son las circunstancias las que eligen por nosotros): es nuestro carácter, la manera de ser que ha resultado de la interacción de nuestra naturaleza con nuestra historia.
            Será nuestra naturaleza el conjunto de impulsos esenciales, innatos, que son nuestros instintos; ésa es la fuente de nuestra personalidad, la fuente desde la que se construye nuestro ser (siempre sobre la realidad histórica en la que nos ha tocado vivir): de ella se escapan nuestras decisiones como las burbujas que brotan del champán y luego, al estallar, vuelven a él. Son las decisiones circunstanciales; las que tomamos para actuar en los casos concretos, guiados por nuestras decisiones vivenciales, que forjan la manera como queremos ser; y las decisiones circunstanciales realimentan las mismas decisiones vivenciales de las que previamente se han alimentado.


            Para elegir cómo queremos ser nos fijamos en cómo han sido otros; imitamos a algunas personas que nos sirven de modelo, y que suelen atraernos por su forma de ser y de comportarse (pues el ser se manifiesta siempre por el estar). De entre todos los modelos que tenemos a mano, nuestra mente compara y toma los que más le gustan, y unas veces se deja llevar por los instintos naturales (que son buenos) y otras por los instintos sociales o históricos (que pueden ser malos). El resultado depende de que nuestra naturaleza no haya sido tapiada, o cegada, por la sociedad, y de que tengamos suficientes ejemplos donde elegir. Los instintos naturales son reflejos innatos (entre ellos están los reflejos físicos y los morales); pero los instintos históricos son los que hemos aprendido, y son, frente a los reflejos naturales, reflejos condicionados.
            Los modelos que marcan nuestro ser forman parte de nuestra cultura; y aunque todos tengamos los mismos instintos morales (esenciales), cada sociedad selecciona los que más se adaptan a ella según el repertorio de ejemplos que hay en su cultura; los caracteres verdaderamente grandes son los que se forjan tomando distancia de la cultura en la que están inmersos, como un líquido amniótico; y, rompiendo la cáscara de su historia, se sumergen en otro líquido amniótico más auténtico: el de su naturaleza; en el que flotaba, sin mezclarse, la cáscara en la que se aislaba la cultura como otro líquido subalterno en el que flotábamos al nacer. Hay que distinguir, frente a la cultura, la naturaleza de nuestro ser, que algunas veces sale a la luz sin necesidad de ejemplos que la guíen; y que, las más de las veces, emerge sólo parcialmente seleccionando aquellos aspectos compatibles con nuestra cultura: éste es el carácter que muy bien podemos considerar nuestra naturaleza histórica: fruto, en primera instancia, de nuestra cultura colectiva, que es donde cristaliza nuestra historia colectiva; y fruto, también, de nuestra historia personal.
            Ya hemos visto que el respeto, que es una de nuestras obligaciones esenciales, es fruto de una decisión vivencial. El respeto es la aceptación de la naturaleza de las cosas: no de su historia; la historia se acepta como un hecho, no como un derecho; como una verdad, con como un deseo; yo puedo aceptar la verdad del fanatismo almohade sin aceptar que esa forma de vida sea un modelo deseable. Pues bien: respetar a las personas, lo mismo que respetar la realidad, es aceptarlas como son, no como actúan; sólo podemos aceptar su conducta cuando está en consonancia con su ser, porque la naturaleza no puede ser violada por la cultura, no debe, es una interferencia que no se puede aceptar.
            Así pues, el respeto no puede ser ciego: respetar una situación es conocerla primero, después comprenderla y sentirla en su ser; sólo entonces podemos elegir la manera de comportarnos con ella. Centrémonos en el respeto a las personas: ¿cómo las podremos conocer? No se trata de conocer su historia, sino solamente su naturaleza: que es la misma que la nuestra; con vernos a nosotros ya estamos viendo a los demás. Ahora bien: ¿cómo juzgaremos lo que ha hecho otra persona en una situación determinada, en un caso concreto? Tenemos que ponernos en su lugar. Necesitamos ver desde la perspectiva de los otros para comprenderlos bien; y estamos demasiado acostumbrados a verlo todo sólo desde nuestro punto de vista. Es como cuando nos miramos en un espejo: en el espejo nos vemos como los otros nos ven: es la empatía; Kant la expresó de otra manera: no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; haz las cosas  como a ti te gustaría que te las hicieran: tendremos que mirarnos en el espejo de los demás. Y eso significa que tenemos que sacar enseñanzas de la experiencia; y de la experiencia ajena; fijarse en los otros,  guiarse por el ejemplo, buscar entre los ejemplos de nuestra cultura; y como cada cultura selecciona sólo los ejemplos que le convienen, tendremos que buscar entre los ejemplos de todas las culturas para tener una visión de conjunto; de ahí la necesidad del cosmopolitismo.


            Ya hemos visto que para comprender las cosas es útil la metáfora; ahora vemos que para saber cómo actuar también es útil el ejemplo; el ejemplo y la metáfora tienen en común que no consisten en ser algo o hacer algo, sino en ser como algo y hacer como alguien. Cuando quiero resistir las tentaciones intento hacer como Ulises; cuando quiero vivir la vida procuro ser como Aristipo (que controlaba los placeres), no como su hijo (que acabó siendo víctima de ellos); cuando quiero resistir a la adversidad me gustaría ser como el Cid, y si deseo que mis pasiones no me destruyan me fijaré en el ejemplo de Hércules; Nietzsche  me enseñará que la vida también contiene dolor, me acordaré del flautista de Hamelín cada vez que quieran arrastrarme adonde no quiero, seré como Cristiano cuando busque la constancia en el esfuerzo, pero no me fijaré en él si lo que busco es humildad y respeto; cada personaje que haya sido famoso será para mí un héroe al que puedo imitar; o un villano del que más me valdría apartarme.
            La metáfora reina en el mundo de la ciencia. El ejemplo reina en el mundo de la ética. Son como dos brazos articulados en torno a un eje central: aprender razonando. La metáfora nos enseña a pensar, el ejemplo nos enseña a vivir; y hay que aprender a pensar para saber vivir. Aprender sintiendo con el alma, desmitificando, viviendo, ése es el mundo del ejemplo; y razonar a partir de lo que el alma siente, ése es el mundo de la crítica. Te dicen que buscan el desarrollo de tu personalidad, y te preparan para trabajar cuando el trabajo en nuestro mundo es lo contrario. ¿Vivir para trabajar o trabajar para vivir? ¿El trabajo al servicio de la persona o la persona al servicio del trabajo? También te dicen que cooperes y te preparan para competir: para ganar una carrera, para aprobar selectividad o para sacar unas oposiciones. El mundo está lleno de aprendizajes paradójicos; y la crítica es la única arma que tenemos para sobrevivir.
            La crítica: si respetamos a una persona es porque la conocemos, la comprendemos y hemos elegido aceptarla con sus virtudes y sus defectos; si elegimos hacer una cosa en vez de otra es porque hemos sopesado los pros y los contras de cada opción. Criticar es buscar si las cosas son verdaderas, bellas o buenas;  y justas. En el primer caso se trata de una crítica científica; en el segundo, de una valoración estética; y en el tercero, de una crítica moral o ideológica. Comparamos los conocimientos con el mundo, y sabemos si son verdad; con el gusto, y sabemos si son bellos; con el alma profunda, y sabemos si son buenos. Los conocimientos son imágenes o visiones, y sentimientos y pensamientos.
            Criticar es valorar. Valorar es dar valor a las cosas. La verdad, la belleza y la bondad son valores. Los valores son como el líquido elemento, el agua que nos envuelve para que podamos flotar; el medio en el que avanzamos después de aprender a nadar. Los valores son las creencias que nos guían en nuestro camino, el horizonte hacia el que avanzamos, y a la vez el medio en el que nos movemos; y también el faro que nos guía. Son nuestras convicciones profundas, las raíces vitales de nuestra fe: los ideales. 

 

            La palabra “valorar” puede usarse en dos sentidos: como valoración lógica está buscando coherencia; como valoración espiritual está buscando bondad: separar lo bueno de lo  malo, elegir caminos de vida. La lógica busca razonamientos válidos; por lo tanto, conclusiones válidas. Pero la sensibilidad busca sentimientos valiosos, y los acompaña con pensamientos válidos; la sensibilidad intuye las cosas, pero también discurre sobre ellas; piensa con palabras y sin ellas.
            La experiencia es conocimiento. Cuando lo llenamos de coherencias se convierte en comprensión. La memoria lo almacena todo y lo convierte en recuerdo; y la palabra se lo comunica a los demás. Hasta ahí se extiende el primer peldaño de la crítica, el que abarca la verdad y la coherencia; el de la ciencia. Luego ascendemos por un segundo escalón, que contiene las valoraciones de la sensibilidad: lo bueno y lo malo, convertido en placer, belleza, vitalidad y justicia; y estamos en el terreno de la moral. Los dos escalones juntos contienen la vida.
            El amor es la primera niebla que emana de la sensibilidad. Lo envuelve todo. Y cuando se disipan los primeros vapores se convierte en ideales como la cromátida se convierte en cromosoma. El respeto es el primer vaho que procede del amor.
            Sentimiento. Amor. Respeto. ¿Comprendemos cuando sentimos o cuando entendemos? Supongamos que debemos elegir entre dos sentimientos: el placer de irse de paseo o el placer de aprobar un examen. ¿Elegimos entre dos sentimientos? ¿Entre un sentimiento que nos atrae y una consecuencia que tememos? Razón o sentimiento: ¿qué es lo que nos impulsa a actuar?
            Dos sentimientos incompatibles: ¿vencer o disfrutar?
            Un sentimiento y una razón: ¿amar o justificar?
            Un sentimiento y su consecuencia: ¿pasear o suspender?
            Si paseo hoy no estudio, y por lo tanto suspenderé mañana; a veces es preferible renunciar a un placer en beneficio de una molestia que nos dará mañana un placer mayor: si paseo hoy (lo que me da placer) suspenderé mañana (lo que me producirá un disgusto); y si estudio hoy (lo que me desagrada) apruebo mañana (que me gustará); tengo que sopesar dos cosas: cuál de los dos placeres (pasear o aprobar) me conviene más; y cuál de los dos inconvenientes (suspender o estudiar) me conviene menos; al final desembocamos en un cálculo de los placeres, como pensaban Epicuro y Stuart Mill.
            Para conocer el mundo recurrimos a la experiencia. La experiencia son las sensaciones alojadas en la memoria, y los seres que identificamos en esas sensaciones; y el placer y el dolor, que son un sentir sensorial. Pero las vivencias brotan de un sentimiento íntimo que oye las voces del corazón. Es un sentir cordial. Y hasta Sócrates, que pensaba que había que conocer para obrar bien (y no se puede conocer sin pensar), intuía que se trataba de una razón afectiva; porque conocer el bien para él era como sentirlo, escuchar la voz de la conciencia. A la ética de Sócrates la llamamos intelectualismo moral, porque obrar el bien era lo mismo que conocerlo (¿conocer es obrar? ¿O en el obrar hay algo más que en el conocer?). San Agustín practicaba lo que podríamos llamar un sentimentalismo moral: ¿quién siente el bien y no lo busca? ¿Es posible hacer, y querer, lo contrario de lo que sentimos? Pero Sócrates, en realidad, lo que practica es un presentimentalismo moral: a veces conocemos el bien y no lo hacemos (cuando conocemos los efectos del tabaco y no por eso dejamos de fumar); otras veces lo sentimos pero eso no nos impulsa a hacerlo (como cuando sentimos remordimientos por no estudiar pero el sentimiento puede menos que la pereza, la fuerza de arranque es menos que nuestra inercia, y no alcanzamos la energía de activación); pero cuando tenemos el presentimiento, el gusanillo, la corazonada de lo que debemos hacer, lo hacemos. Ni el sentimiento, ni el conocimiento, ni la razón, nos mueven a actuar; sólo el presentimiento; la intuición; la voz de la conciencia. El demonio de Sócrates (la voz de su corazón) puede más que la inteligencia.
            Lo primero es saber lo que conviene hacer, razonando; y esas razones necesariamente coinciden con nuestra vocación interior, como si el corazón nos estuviera hablando desde dentro y la inteligencia fuera el eco de su voz. Es como si para saber cómo hay que comportarse pudiéramos encontrar la respuesta por dos caminos: el de la inteligencia y el del corazón; los dos van al mismo sitio, y por eso coinciden sus voces, la razón se vuelve poética; el cerebro late al ritmo del corazón; sin dejar de ser cerebro; sin dejar de pensar.
            El corazón descansa sobre un colchón que contiene nuestros instintos primarios: lo llamaremos, coloquialmente, las tripas. Y el corazón siente al unísono con el cerebro. Pues bien, si las fuerzas del corazón ahogan a las de las tripas, ahogaremos nuestra naturaleza en nuestra cultura; y si son las tripas las que ahogan al corazón, viviremos en un mundo salvaje y despiadado; pero educar es despertar la alegría que subyace detrás de los goces; y enseñar es, a la postre, educar para la vida: eso ya es vivir. Lo decía Jesús con una de sus metáforas: yo soy la luz, la meta, pero también soy el camino que conduce a ella, el fin no justifica los medios aunque le pese a Maquiavelo; si para ir a la felicidad hay que pasar por un camino de espinas, no será porque nosotros lo busquemos; será porque las espinas estaban ahí y no nos quedaba más remedio que combatirlas: para gozar muchas veces hay que luchar.