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viernes, 9 de abril de 2021

CANTO

 

 

            En los tiempos antiguos se invocaba a las musas. ¿Qué sería yo si, para escribir un relato, llamara a la inspiración? ¿A esos puntos donde se concentran sus fuerzas, espíritus enamorados, las musas? También ellas vendrían, me poseerían, las absorbería como esponjas y, empapándome de ellas, cantaría. Cantaría, por ejemplo, una rapsodia eterna. Y ellas hablarían por mi boca antigua.

 

CANTO

 


1.

 

            Y entre sueños un Juan crepuscular se oía decirse:

            ¡Cantad, musas, las tristezas blancas! Cantad las verdades que caen a tierra como copos de nieve. Cantad las sensaciones que llovieron como las hojas de otoño. Traed los sentimientos a mi corazón marchito, invocad en el fondo cósmico las expansiones del mundo: y que fluyan en mí por los cordones de la placenta, por las arterias del tiempo, por el ombligo del ser, las entrañas que hay más allá del espacio y del tiempo, en agujeros de gusano, disimulados al sentir. Sembrad en mí los recuerdos puros, la inquietud liberadora, los sentimientos limpios, las palabras justas. Barred la realidad con la poesía, quitad a escobazos las impurezas, desnudadla de sus trajes burdos; dejad las hojas limpias, las alfombras multicolores, la vida y la muerte, el verde, el amarillo, eliminad la hojarasca, templad la verdad. El otoño atraviesa la realidad con sus colores puros, la luz se baña en ellos y sus reflejos multicolores, vistiéndola de transparencia, saca naturaleza de su superficie alada, de sus entrañas dormidas. ¡Cantad, musas, la verdad y la vida! Sacad vida de la propia muerte, arrancad los colores de las entrañas sucias, plantadlas en el humus de la naturaleza, sembrad con sus viñas las leyendas del ser.

 


2.

 

            Y la musa despertó en su corazón recuerdos marchitos. Se abrieron a la luz las historias olvidadas y habló Clío. Manaron de él sensaciones vivas entre desnudos sentimientos y habló Euterpe. Se unieron en Juan la historia y la poesía. La historia que él vivió, las sensaciones que tuvo en ella, los sentimientos que le conmovieron, y todo, como un espectro, se levantó desde el sueño como una noche de difuntos. Se alzaron los espíritus, las aves del cuerpo levantaron el vuelo, cubrieron el cielo los fantasmas del pasado. En él se hicieron gotas, y llovieron tristemente en el corazón de la  gente buena. Se limpiaron de impurezas y fueron copos de nieve en el corazón de los niños. Todo lo malo que ocurrió se hizo bueno cuando la historia fluyó libremente transformada en poesía. Miles de rayos de luz fluyeron de las zonas oscuras donde el corazón guardaba los sueños. Y fueron ríos de tinta que llevaron frescura a las tierras áridas, las mismas que el corazón endureció con hiel.

 


3.

 

            Y la musa sembró en su corazón los puntos de vista. No le basta al poeta tener la verdad, tener sentimientos, materia donde sacar vida. También necesita ojos. El poeta cuenta lo que vive, no lo que vivieron otros: para eso necesita sus puntos de vista. La historia, deslizándose en el cielo, busca en los ojos del mundo el brillo de la noche. Las estrellas. Allí está la verdad inaccesible al poeta, para él los trae en su regazo la musa del tiempo. Los trae tomándolos del espacio y del tiempo en sus múltiples facetas; de los cristales rotos que vuelven la realidad poliédrica; de las entrañas del mundo que palpitan en corazonadas; de la verdad cordial, eterna, dulce, dolorosa en su propia dulzura; de los agujeros de gusano que fluyen del tiempo y de él sacan la luz, de las entrañas oscuras del ser: de una oscuridad luminosa sembrada de leyendas.

 


4.

 

            Y la musa le inspiró las palabras buenas. Para que el viento del mal no las prostituyera. Las dulces palabras de la poesía, aspirando alegría y risa sin que se contaminaran de realidades muertas; las que, convertidas en significado, en su vientre fértil se tuvieron que  transportar. Las musas sembraron en ellas, sobre el significado, sentido. Sembraron sobre el viento de la historia poesía. Las historias destilaron vapor libre sobre las cuevas del tiempo.

            Así se puso a escribir la mano de Juan. Sacó el relato de las cavernas de su memoria, sacó la verdad, sacó la belleza; y sacó la bondad, sacó el corazón, sacó sentimientos. El mundo pervertido le mandó sus perversiones y él tenía que contarlas. Tenía que transformarlas en expansiones del ser. Para eso necesitaba el auxilio de las musas. Y las musas lo oyeron.

            Sobre su pecho cayeron copos de nieve. Copos de historias, de pasión, de poesía, de leyenda. La historia se hizo legendaria y la leyenda se hizo bella. La poesía destilaba, en el pozo de la verdad (sobre las paredes del mundo), las caleidoscópicas caras del ser. Y la naturaleza era buena. Y la naturaleza era vida.

 


 

 

 

viernes, 8 de septiembre de 2017

FAUSTO Y DON JUAN






FAUSTO Y DON JUAN

 
-¡Tan largo me lo fiáis!
Juan pronunció la frase como una cantilena, marcando las sílabas y alargando la a del final. Lo hizo como si estuviera en un teatro, forzando y relajando la voz, aunque el esfuerzo contenido mantenía la garganta en tensión.
-¿Qué os parece?
Los chicos permanecían en silencio.
-¿Qué pensáis vosotros?
Maia pidió, con su voz atropellada, un suplemento de explicación.
-Verás, Maia –dijo Juan Luis tras el “¿eso, qué quiere decir?”-. Supón que yo te pido que estudies y te digo que, con eso, aprobarás dentro de treinta años. ¿Qué dirías?
Maia se reía, enseñando los dientes.
-¿Qué dirías, Maia?
La risa de Maia enseñaba las encías inflamadas.
-¡Que estudie tu padre!- concluyó, después de un silencio.
-¿Veis lo que dice?- enlazó Juan Luis ante aquel exabrupto. Evidentemente, Maia no había hablado así para ofender a nadie. Pero le salió porque era su forma habitual de expresarse; era tosca, impulsiva, de movimientos recios. No era mala chica. Tenía buen corazón-. Venga, hombre, no arméis jaleo- tuvo que exhortarlos para que dejaran de reírse; las risas, y las voces, habían creado un murmullo que había acabado convirtiéndose en ruido de fondo-. Venga –insistió Juan Luis-: ¿qué quiere decir Maia?
-Que se puede morir de aburrimiento- despachó Jorge, incisivo.
-¿Perdón?
-Que ya puede esperar sentada –aclaró Marta-. De aquí a entonces habrá llovido y habrá escampado.
-Que espere tu tía –volvió a aclarar Darío, con rudeza.
-Que como tenga que esperar sentada le salen raíces.
-Se queda plantada.
-Sí- resumió Juan Luis, recogiendo todos aquellos guantes-. Es para esperar desesperando. Por eso contesta don Juan: “¡tan largo me lo fiáis!” Que es como decir: “ya puedes esperar sentado”. Si piensas que voy a esperar tanto, estás listo.
-Apañado estás.
-Apañada estás, Maia. “No me des plazos tan largos  que me muero esperando”; y, claro, esperando tanto uno puede morirse. ¿Sabíais por qué cuesta tanto dejar de fumar?
Julia y Marta se miraron. Ellas fumaban. Se metían por las mañanas, unas cuantas veces al día, en el pequeño cubículo de fumadores.
-Fumar produce placer inmediato. Pero a la larga, daña los pulmones. Y puede producir cáncer a largo plazo.
Juan los miró a todos, haciendo una pausa para mantener el interés. Era uno de aquellos trucos de contadores de cuentos.
-Y la gente se dice a sí misma: ¡tan largo me lo fiáis! “De aquí a que me dé cáncer ya me habré muerto; puedo seguir fumando tranquilamente. A mí no me pasará nunca”. El placer de fumar lo sientes en el acto. Sus efectos dañinos, por el contrario, están lejos. Carpe diem. Tan largo me lo fiáis.
-Carpe diem-. Marta lo repitió ensimismada, como haciendo una pregunta. 

 
-Carpe diem- insistió Juan-. Coge el día con tus manos, coge a manos llenas el placer de todos los días. Y hazlo hoy, porque eso es lo que importa: el día de hoy, no el de mañana ni el de ayer. Disfruta el día, aprovecha el momento. Hoy lo tienes todo para ti, ¿quién sabes si lo tendrás mañana?
Los chicos miraban en silencio, entusiasmados. Aquellos ojos entregados fueron combustible en el corazón de Juan.
-El placer de fumar lo disfrutas en el momento: ¡carpe diem! Y es seguro. Las enfermedades del tabaco tardarán en llegar: ¡tan largo me lo fiáis! Y no es seguro que las tengas. Ya ves, Churchill era alcohólico y un fumador empedernido, y cuando se murió tenía más de ochenta años.
Algunas bocas se abrieron, pero no de sueño. Estaban en Babia.
-El placer inmediato te atrae; el que se hace esperar mucho te deja frío. Por eso yo, si prometo aprobarte dentro de treinta años, no conseguiré nunca que te animes a estudiar. La regla que rige los placeres es el binomio que os acabo de nombrar. Carpe diem. Tan largo me lo fiáis.
-Ayer nos dijiste- interrumpió Cristal- que nos ibas a hablar de Fausto. ¿Tiene algo que ver con esto?
-¡Precisamente! –exclamó Juan, alentado. La intervención de Cristal le iba a permitir enlazar con lo que había dejado a medias-. Fausto desprecia el momento presente y vive sólo para el futuro. Sacrifica los placeres del momento para labrarse los placeres futuros: y se pasa la vida trabajando; al final se da cuenta de que no ha disfrutado. Creía que trabajar para labrarse el futuro era aprovechar el tiempo, y al final resulta que no solamente no ha ganado tiempo, sino que lo ha perdido.
Juan carraspeó un poco antes de seguir. Todavía no se llevaba su botella de agua. Tenía vergüenza de beber delante de los alumnos. Le parecía una falta de respeto.
-Su lema podría ser: “ríe mejor quien ríe el último”. Pero no le da resultado, porque se pasa el día trabajando y no tiene tiempo de reír. Y aunque lo tuviera, no es lo mismo reírse sólo al final que reírse a todas horas. Fausto se ríe sólo una vez. Don Juan se ríe siempre.
Juan los dejó pensando. Pero no quería darles tregua.
-Don Juan vive el presente. Fausto prepara el futuro. Pero ni Fausto vive el tiempo que prepara, ni don Juan prepara el tiempo que vive; la vida de don Juan es una existencia superficial; la de Fausto, una profundidad que no existe.
Juan se sorprendió a sí mismo. Había descubierto un juego de palabras portador de un sentido de alto calado, y lo había descubierto delante de los alumnos: mientras les daba clase. La búsqueda de la sencillez para que le entendieran le había hecho navegar por aguas profundas. Otras veces se acordaba de que, reflexionando a solas, bogando por complejidades metafísicas, al no necesitar sencillez en la expresión se había enredado en las palabras, que envolvían su pensamiento como los tentáculos amenazadores de un pulpo, o los hilos que se enredaban en él pero no como redes, sino como telarañas; no como herramientas para pescar conceptos, sino como trampas. Y ahora, entre los alumnos, porque quería ser sencillo, tocaba profundidad sin caer nunca en su propia trampa. 


-Otros, sin embargo, viven del pasado –prosiguió Juan. Su mente flotaba en las nubes sin ataduras, con una claridad fecunda, entusiasta-. Es lo que le pasa al artista romántico. El goce del pasado lo aleja del futuro, y no le deja disfrutar del presente. Se le paró el reloj. Impotente para sentir los bríos del presente, medio vive el sentimiento de la nostalgia. Como Fausto, vive una profundidad que inexistente. El nostálgico también deja pasar la vida, y vive trabajando para nada.
 -Pero don Juan –preguntó Cristal- vive sin trabajar. Eso también es un fracaso; tanto como trabajar olvidándose de vivir.
–Hay quien vive para trabajar –resumió Juan- y hay quien trabaja para vivir. La hormiga se pasa la vida acumulando víveres; la cigarra, canta a todas horas sin acumular; y se queda sin víveres para el invierno. Yo creo que son dos extremos igualmente peligrosos: vivir el presente sin preparar el futuro, o preparar el futuro sin tiempo para vivir.
Juan se calló un rato. Se puso grave. Los miró de hito en hito.
-Ojalá vuestras vidas consigan estar equilibradas. Que podáis vivir cada momento del presente, y con tiempo para preparar el futuro. Preparar el futuro es quitarle tiempo al presente, sacrificando una parte de vuestra vida para que vuestra vida, tomada globalmente, empiece a cobrar sentido.
Juan se paró de nuevo y volvió a mirarlos con su aspecto grave.
-Y que podáis vivir el pasado de la misma manera que preparáis el futuro: arañándole tiempo al presente, pero lo justo para no matarlo con vuestro sacrificio. Es una cuestión de equilibrio. Y el equilibrio, amigos míos, es algo que nadie podrá enseñaros nunca. Cada uno tiene su propio ritmo. Cada uno tiene su reloj interno, que es distinto al de los demás. No hay recetas para todos en esto del arte de vivir, cada uno debe encontrar la suya.
Y ya, entregado en el punto en el que había dado a luz, el tiempo fue para él una mirada tranquila. Un disfrutar fecundo del sacrificio. Un esperar feliz, a que sonara el timbre.






sábado, 5 de noviembre de 2016

Los dilemas morales





LOS DILEMAS MORALES

 

1. El razonamiento moral.
            Hacen falta unas virtudes básicas en la toma de decisiones; para ello es preciso que las tentaciones y los instintos dejen hablar a la razón en aras de los instintos superiores. El razonamiento moral consta de tres pasos: estudio de la realidad, búsqueda de ideales (a la que Aristóteles llamaba “representación de los fines”) y deliberación. Luego, para llevar a cabo lo que hemos elegido, nos decidimos por fin y nos sometemos a nuestra propia disciplina. Vamos a exponer estos cinco pasos uno por uno.
1.1. Análisis de la situación. Lo primero que hay que hacer, antes de tomar cualquier decisión en la vida, es saber lo que pasa; asegurarnos bien de que conocemos el terreno, conocer las cosas: ése es el paso previo a cualquier transformación que queramos hacer; no podemos castigar a un chico por estar fuera de su clase si su profesor lo ha mandado a hacer un recado.
            El estudio de la realidad nos ayuda a plantear los problemas y resolverlos. Para hacerlo hay que comprender y comprobar lo que pasa. Comprender es observar y explicar; observamos los hechos cuando, al ver un conjunto de cosas, nos centramos uno por uno en los detalles para estudiarlos mejor, como un zoom hacia adelante (a eso lo llamamos análisis); y después volvemos a insertar el detalle en su conjunto para ver  si lo que zoom hacia atrás). Luego, si fuera necesario, volvemos a analizar más detalles, y los volvemos a insertar en su conjunto para entenderlos mejor; el proceso de análisis y síntesis puede durar tantas veces como sea necesario. La observación nos da una descripción de los fenómenos o hechos que estamos estudiando (describir las cosas es decir cómo son).
            La observación nos muestra como son las cosas; después hay que explicarlas, saber cómo son como son, y para eso hay que buscar las causas, las circunstancias y los motivos que han hecho que las cosas sean como son y no de otro modo. La explicación es la búsqueda del porqué de lo que estamos observando.
            Así pues, comprender es observar y penetrar, describir y explicar. Después de que hemos entendido las cosas hay que ver si nuestra interpretación es la correcta: hay que comprobar si lo que hemos pensado ha sucedido realmente; hay que ver si nuestras ideas encajan con los hechos; no basta con que tengamos una explicación, necesitamos también una prueba; necesitamos saber si nuestras explicaciones (nuestras hipótesis) encajan verdaderamente en la realidad, y que no son figuraciones y fantasías. 

 

1.2. Búsqueda de ideales. Una vez que comprendemos lo que ha sucedido, y que estamos ya con los pies en tierra, hay que buscar los ideales que ayudarían a resolver el problema que estamos estudiando: muchos los llaman valores; un ideal, o un valor, es la creencia de que una forma de ser es mejor que otra para llenar de sentido y satisfacción nuestra vida. ¿De dónde vienen esos ideales? ¿Del mundo? ¿De nosotros? ¿Quién manda en nosotros? ¿Quién tiene autoridad para decirnos lo que debemos hacer?
            Puede ser el mundo que nos rodea; el mundo que nos provoca tentándonos con una multitud de estímulos que excitan nuestros deseos: nosotros los llamamos tentaciones.
            Pueden ser nuestros caprichos: esos impulsos que nos vienen de las tripas (podemos llamarlos instintos). Nuestro instinto cede a las tentaciones de una manera irracional, acrítica; como cuando los marinos de Ulises se dejaban llevar por el atractivo de Circe sin saber que los convertiría en cerdos. También dispara impulsos que vienen de dentro de nosotros y que son independientes del medio en que vivimos; impulsos que, por estar desligados de la razón, son ciegos; como el impulso de correr sin mirar si lo que tenemos delante es un precipicio o un camino. Un capricho puede ser, o bien un impulso despertado por una tentación, o un impulso que se despierta solo sin necesidad de ser tentado.
            También puede ser que quien nos diga lo que hacer sea nuestra razón: hay razón en la lógica, motivos que surgen, no ya de los impulsos, sino de la conclusión de un razonamiento; nuestra mente nos obliga al razonamiento, no a los impulsos; como cuando decidimos usar botas si comprendemos que va a llover, aunque el cuerpo nos pida ir con un calzado más ligero. Dejarse llevar por la razón es ser capaz de ver las consecuencias de nuestros actos, anticiparnos a ellas, y abstenerse de hacer algo bueno cuando sus consecuencias pueden ser malas (incluso peores que el mal que intentan resolver): esta capacidad de ver más allá del presente y del lugar donde estamos, en el pasado y en el futuro y en otro espacio, con la razón y no con los sentidos, es lo que llamamos prudencia.
            Pero la razón también se expresa mediante la intuición: una intuición intelectual, no sentimental o afectiva; por ejemplo, puedo calcular la distancia del coche que tengo delante y el tiempo de frenada para no chocar con él si ese coche se para; y puedo hacerlo intuitivamente, con bastante aproximación, sin hacer cálculos; también puedo saber que si es de día no es de noche, sin que nadie me tenga que explicar el principio de no contradicción; ese principio se intuye, no podemos demostrarlo.
            También podemos dejarnos llevar por nuestro corazón: es una sensibilidad cordial; aquí somos sensibles a los sentimientos, no a las sensaciones como cuando hablábamos de los caprichos. Lo mismo que los caprichos son impulsos despertados y cegados por las tentaciones (podríamos hablar de pasiones sensoriales y viscerales), así también los impulsos del corazón tienen sus propias tentaciones (las pasiones cordiales, que se despiertan cuando vemos a una persona a la que queremos, odiamos, envidiamos o admiramos); pero también hay impulsos del corazón que no necesitan, para despertarse, ser tentados por la presencia de personas por las que sentimos cosas: por ejemplo sentimos la amistad, no al amigo: ésos son los sentimientos morales; un tipo de pasiones a las que Scheler llamaba valores.

 

            ¿Y qué es, entonces, la conciencia moral? Conciencia es darse cuenta de las cosas, cuando estamos despiertos (no dormidos, ni drogados, ni ebrios, ni inconscientes). Y conciencia moral es darse cuenta del bien y del mal, porque el bien nos obliga y el mal nos prohíbe, sentimos el deber de hacer el bien y la prohibición de hacer cosas malas. Pues bien: la razón moral nos protege contra las consecuencias adversas de nuestros actos (es la prudencia); el sentimiento moral nos obliga a cumplir con nuestro deber, aunque no nos apetezca (hay personas en quienes el impulso moral es más fuerte que el del capricho, aunque lo más frecuente es que suceda lo contrario): ésa es la justicia; un instinto moral emanado del corazón, no como los impulsos viscerales, que arrancan de las tripas. La conciencia moral es darse cuenta de lo que debemos hacer, que es cuando la justicia y la prudencia se hacen conscientes (¿quizá era eso lo que suponía el intelectualismo moral cuando lo vislumbraba Sócrates?). La conciencia moral selecciona, entre lo que más nos apetece (y a veces entre lo que menos) lo que es mejor para nosotros; para nosotros y para todo el mundo. Llamaremos cordura a la síntesis de la prudencia y la justicia; de la razón y el corazón; de las razones para actuar y los sentimientos entrañables que actúan.
            1.3. Deliberación. Hemos seleccionado unos fines para realizar los ideales que nos hemos marcado; ahora se trata de buscar los mejores medios para conseguir esos fines, y a eso es a lo que llamamos deliberación. Primero buscamos todos los medios que se nos ocurren para conseguir un fin: por ejemplo, para aprobar un examen podemos estudiar, hacer chuletas, pedirle a un compañero estudioso que se presenten en nuestro lugar o cualquier otra cosa semejante. Luego los comparamos entre sí, sopesando los pros y los contras de cada opción, como hemos hecho en el apartado 2: o sea, midiendo las consecuencias; por ejemplo, si hago chuletas aprobaré acumulando una ignorancia que, como una bola de nieve, se me echará encima impidiéndome afrontar con éxito exámenes futuros; la chuleta, pues, no es una buena opción. Por último, y después de haber sopesado todos los medios alternativos que hemos descubierto, elegimos los más adecuados.
            1.4. Decisión. Hacemos acopio de energía para atrevernos a hacer lo que hemos elegido; en eso consiste el valor; los griegos también lo llaman fortaleza. Siguiendo con nuestro ejemplo, hay gente que ha elegido estudiar para aprobar un examen; sabe lo que tiene que hacer, pero no acaba de decidirse a hacerlo.
            1.5. Ejecución. Y entonces viene el último paso: hacemos un despliegue de energía para mantener nuestra decisión; es la tenacidad, el espíritu de sacrificio, la constancia. No todo el mundo tiene fuerza para materializar en un horario, bien calculado y con unas rutinas razonables, el resultado de su decisión; es lo que llamamos disciplina. 

 
 
2. El dilema moral.
            Un dilema moral es un caso en que dos ideales entran en conflicto: ¿cuál de ellos debemos elegir? ¿Podemos elegir entre una novia y un amigo, entre el amor y la amistad? Para intentar entenderlo vamos a analizar el caso que exponemos a continuación:
            Pedro es muy amigo de Juan; ambos comparten gustos, diversiones y confidencias; confían plenamente el uno en el otro, se ayudan cuando hace falta, y si algo tienen claro es que el cemento de su amistad es siempre el respeto. Pedro sale con Lucía y ambos se quieren; sin embargo, en algún momento Lucía se acaba enamorando de Juan. Juan, al principio, la ignora por respeto a su amigo, pero poco a poco también se va enamorando de ella. Un día se da cuenta de que se encuentra desgarrado entre el amor de Lucía, a la que adora, y la amistad de Juan, al que quiere como si fuera su hermano. La situación se va volviendo insostenible y Juan no sabe qué hacer. Por más que lo piensa está hecho un lío, y tarde o temprano tendrá que tomar una decisión. ¿Qué debería hacer?
            Procederemos de la siguiente manera: primero analizaremos los hechos; luego buscaremos los valores en conflicto y los ordenaremos en una jerarquía; después tomaremos una decisión y, por último, comprobaremos si es la más adecuada. (La fase de ejecución no tiene lugar aquí, porque se trata de decidirse, no de realizar lo que hemos decidido; se trata de estudiar un dilema moral, no de realizar la acción moral sobre la que hemos decidido en el dilema. Veamos.
            2.1. Analizaremos la situación para mejor resolver el conflicto. Y como para resolver un conflicto primero tenemos que conocerlo bien, analizaremos los tres ejes que tiene el caso que nos ocupa:
a) Pedro y Juan son muy amigos. Comparten gustos, diversiones y confidencias; se ayudan y se respetan.
            b) Pedro y Lucía se quieren y salen juntos.
            c) Juan y Lucía rompen las dos relaciones anteriores: Lucía se enamora de Juan y Juan la ignora por respeto a su amigo Pedro, pero, al correr el tiempo, también acaba enamorándose de ella: entonces se siente desgarrado entre el amor por Lucía (a la que adora) y la amistad por Pedro (al que quiere como a un hermano); entre esos dos amores incompatibles Juan no sabe qué hacer.
            2.2. Valores en conflicto. En la relación entre Pedro y Juan, como hemos visto, sólo hay solidaridad (esto es, ayuda) y respeto; y en la relación entre Juan y Lucía hay amor y amistad; sólo hay estos cuatro valores: todo lo demás son hechos.
            2.3. Jerarquía de valores. Respeto, amor y amistad: por ese orden; no hay respeto sin amor ni amor sin amistad; estos dos últimos requieren solidaridad; puede haber solidaridad sin amor, pero no puede haber amor sin solidaridad. Ésta es, pues, la jerarquía que buscamos.
1. Respeto.
2. Amor.
3. Amistad.
4. Solidaridad.
            Aunque, según se dice, cada cual puede tener su propia jerarquía de valores, está por ver si eso es cierto. Lo importante es que al hacerlo no nos dejemos llevar ni por el mundo (que nos tapa los ojos del instinto moral con sus normas, sus costumbres y sus modas, con el velo del prejuicio inmovilizando nuestro juicio), ni por el capricho (que son esos instintos premorales despertados, a veces, también por las tentaciones del mundo); sino sólo por la cordura, que es armonía ritmada en un concierto a dos voces: la voz del corazón (cuando la escuchamos sentimos que detrás de las sensaciones, ordenando sus impulsos, nos guía el sentimiento); y la voz de la razón (que, cuando mis sentimientos son confusos, por ejemplo si hay conflicto de valores, también me ayuda a decidir, y cuando he decidido me ayuda a mantenerme firme en mi decisión). 

 

            2.4. Tomamos una decisión. En el caso que estamos estudiando yo, personalmente, elegiría el amor de Lucía, pero no a costa de la amistad de Pedro; amar a Lucía significa respetarla en su propia  toma de decisiones (que, si son contrarias a las mías, deben ser discutidas escuchando sus razones y las mías, y, si las mías no son más poderosas, debo sacrificar mi amor por ella en aras del respeto). Mi decisión tampoco debe tomarse a costa de la amistad que tengo hacia Pedro, que implica respeto hacia él, es decir que tengo la obligación de no traicionarlo; pero que lo obliga a él a respetar mi amor por Lucía si ha surgido de la espontaneidad, no de un plan deliberado por arrebatársela.
            Sería necesario, pues, que Lucía y yo nos quisiéramos noblemente (lo que, de hecho, sucede); que ambos habláramos con Pedro para explicarle la situación (la situación es que nos hemos querido muy a pesar nuestro; que no somos culpables de nuestro amor, sino más bien sus víctimas, puesto que ninguno de los dos lo hemos querido; y que le faltaríamos al respeto si se lo ocultáramos aunque fuera renunciando a nuestro amor, separándome de Lucía: pues entonces Lucía seguiría a su lado sin quererle, y eso sí que sería desleal). En fin, habría que velar por que esta situación dramática no suprimiera nuestra solidaridad recíproca, porque, aunque a partir de ahora, y para evitar sufrir y hacernos daño unos a otros, dejáramos de salir juntos, eso no significa que hubiera desaparecido nuestra amistad; en un futuro, cuando las heridas se hubiesen cerrado, ningún falso orgullo impediría que volviéramos a cultivarla de nuevo.
            2.5. Comprobamos si hemos elegido de acuerdo con nuestros ideales. Y sí: la decisión es coherente con la jerarquía de valores que hemos establecido. He tenido que sacrificar, muy a pesar mío, la amistad de Pedro, pero era necesario: no había otra salida. A veces hay que sufrir cuando se preserva el sentimiento de humanidad.
            Se puede admitir comúnmente que cada uno tiene su propia jerarquía de valores; y que cada uno toma decisiones diferentes según cuál sea esa jerarquía: no creo que sea acertado hablar así. Los valores morales son universales, y por tanto son los mismos para todos; no me vale decir que si tú pones el dinero por encima del amor tienes derecho a sacrificar el amor para conseguir riquezas, porque el amor nunca valdrá menos que el dinero; ni el respeto; ni la salud; ni la vida. Los valores morales están ordenados en una jerarquía que no depende de nosotros; de nuestros gustos, de nuestra voluntad, mucho menos de nuestra mentalidad o nuestro capricho. Si me he criado en un lugar donde el poder es un ideal más fuerte que el respeto, eso no significa que el poderío valga más.
            ¿Qué hacemos, entonces? ¿Negamos que cada uno pueda tener su propia jerarquía de valores? Por supuesto que lo negamos, si estamos hablando de valores morales; nadie está por encima der los derechos de los demás, porque esos derechos valen más que nuestra voluntad, aunque sea la voluntad de todos. Sí podemos jerarquizar esos valores, esos ideales, que dependen de nuestra naturaleza personal, no los que dependen de la naturaleza de todos; mis gustos, mis preferencias, mis instintos premorales, sí que se pueden jerarquizar a criterio de cada cual; pero no los instintos morales, que son intocables y que ninguna voluntad puede cambiar. Cada uno podrá tener sus propios valores estéticos, pero los valores morales son los mismos para todos; lo mismo cabe decir de la jerarquía en la que están ordenados.
            Por lo tanto el dilema moral que hemos dilucidado en este ejercicio no tiene tantas soluciones como personas intenten resolverlo. La solución para todos es la misma. Sólo podemos admitir diferencias de orden psicológico, de ninguna manera diferentes éticas; por ejemplo, si Pedro es una persona tan sensible que no podría estar junto a su amigo y su novia después de que su novio se hubiese ido con su amigo, habría que respetar su derecho a no verlos más; pero eso no significa que dejasen de ser amigos; otro carácter más fuerte, menos sensible a esas cosas, aceptaría sólo una separación temporal, como dicen que sucede en Islandia; su ruptura transitoria tampoco supondría la ruptura de su amistad.
3. Epílogo.
            Una última precisión de orden metodológico. Todo lo que precede puede considerarse una aplicación, e incluso una extensión, del método “cocer”; la “e” que viene después del conocimiento (“co”) comprensivo (“c”) es una comprobación de la existencia de lo que estamos investigando (algo que en el método hipotético-deductivo equivale al experimento); la búsqueda de la garantía de que lo que estamos observando son realidades y no visiones, existencias y no especulaciones, presencias y no castillos en el aire; el análisis de la situación, como primer paso de la resolución de un dilema moral, corresponde, pues, a la afirmación de que los conocimientos comprensivos que hemos adquirido se refieren a cosas que existen realmente. Pero la “e” tiene un doble significado: aparte de existencia indica también elección; aquí intervienen el segundo paso de la resolución de los dilemas morales (identificación de los valores en conflicto), el tercero (su organización jerárquica) y el cuarto (elección del que más importa entre todos ellos); la “r” final del método “cocer” nos advierte de que todas nuestras elecciones deben ser guiadas por el respeto, como si el respeto fuese el faro que ilumina el instinto moral que late dentro de nuestra conciencia. Para analizar la realidad (primer paso) es necesaria la metáfora; para identificar el ideal (en los tres pasos siguientes) necesitamos el ejemplo; el quinto y último paso nos obligan a comprender si la decisión que hemos tomado (cuarto paso) es coherente con la jerarquía de valores; teniendo en cuenta que esa jerarquía también es coherente (porque emana de ella) con la realidad del caso que hemos estudiado.