viernes, 27 de agosto de 2021

CUANDO VESTIR ES PROVOCAR

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 Cuando vestir es provocar. 

 


            El hombre habla con otros hombres de cómo piensa la mujer. La mujer habla con otras mujeres de cómo siente el hombre. El amo habla con otros amos de cómo viven los esclavos. El esclavo habla con otros esclavos de cómo es el amo. Y ni el hombre sabe cómo es la mujer, ni la mujer sabe cómo es el hombre, ni el amo cómo es el esclavo ni el esclavo sabe nunca cómo es el amo.

 

            Yo estoy en la biblioteca. Estoy tranquilo, enfrascado en mis cosas. Pero vienen chicas con faldas hasta la ingle, escotes hasta medio pecho inflados de turgencias, camisetas que muestran el ombligo y pantalones que enseñan las nalgas y no quiero mirar: pero se me van los ojos; lo mismo que te mandan que estudies sin música para que puedas concentrarte, también deberían prohibirse en las bibliotecas los atuendos del baile. Cada sitio tiene su indumentaria y si no te quieres distraer, no pongas cosas que te distraigan. Quien quita la ocasión quita el peligro.

 

            Mira con los ojos de la gente a la que ves y entonces tendrás razón. Dirás que te han enseñado a no mirar para ser mujer y tendrás razón. Dirás que me han enseñado a mirar para ser hombre y tendrás razón. Pero no digas que no se le van a uno los ojos cuando usas la ropa para desnudarte: si no reconoces que me pica la ingle simplemente porque soy hombre, perderás la razón que me estabas ganando simplemente porque eras mujer.

 


 

 

viernes, 20 de agosto de 2021

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 

 

IDEAS QUE PARECEN DISPARATES

 


1. El hincha.

 

La hinchada es un reparto de tareas; unos ponen el trabajo, otros se alegran del éxito.

La hinchada se parece a la explotación; el éxito lo celebra el amo, pero el trabajo lo pone el siervo.

La diferencia entre la hinchada y la tiranía es que la segunda se alegra por un éxito que le da ganancias, y la primera no; lo único que el hincha gana con alegrarse es disfrutar del buen humor.

El hincha no disfruta de su buen humor, porque el humor se lo da el equipo que pierde o gana; y así, el hincha siente por lo que otros viven. Sólo quien juega vive el partido; el espectador, al vivir el éxito del equipo, vive la vida de otros; y si su equipo representa a su país, vive las alegrías y tristezas de su país sin hacer nada por lograrlas; el espectador sólo es un consumidor; el que produce es quien juega.

Cuando el aficionado ve a su equipo se está viendo a sí mismo, como si los méritos del equipo fueran propios; así, cuando gana el equipo no han ganado ellos: hemos ganado nosotros.

Ellos son los adversarios. La identificación del público con el protagonista hace que todos asumamos los aciertos y los errores de algunos; y eso ni es bueno ni es justo. Se parece a los problemas étnicos en que los errores de uno se los imputan a la etnia a la que pertenece.

Así surge la enemistad. En el deporte luchan los adversarios, pero los espectadores se enfrentan como enemigos. Ser enemigo de alguien es estar dispuesto a reconocerle los errores, pero no los aciertos. Si yo fallo es mi pueblo el que falla, pero mis aciertos son simplemente una cosa personal. Inversamente, los fallos de mi pueblo me los endosan a mí: pero no sus aciertos.

El individuo carga con los pecados de la colectividad, y la colectividad carga con los pecados del individuo. Pero las virtudes de los individuos y de su pueblo no se trasvasan entre sí; se pierden.

Ser enemigo es estar condenado a ser malo. Malo para la persona que nos mira, si esa persona es enemiga.

Ser enemigo de alguien es quedarse ciego para media realidad: la mitad de la realidad que no se quiere ver. Si hacen algo malo a uno de los nuestros nos indignamos; si se lo hacen a ellos miramos para otro lado. Y así anda el hincha, tuerto pero no ciego.

 


2. ¿Enseñar o educar?

 

Josemari se movía en su asiento con aire satisfecho. Vivía y respiraba por todos sus poros la sensación de estar en lo cierto.

-El profesor debe limitarse a transmitir conocimientos. La educación es cosa de los padres.

Y todo porque estaban comentando un texto sobre Sócrates. En el aire estaba si Sócrates, que presumía de no enseñar nada, realmente enseñaba; si se limitaba sólo a hacer preguntas; si el discípulo encontraba solo las respuestas conducido por las preguntas del maestro, como el gobernalle dirige el curso de los barcos sobre el mar.

Juan Luis inquirió entonces:

-¿Verdaderamente Sócrates no enseñaba nada?

Hubo un entrecruce de ideas y hubo controversia, pero el debate no acababa de centrarse. Entonces Juan Luis sintió la necesidad de precisar:

-¿Enseñaba Sócrates sólo con sus palabras? ¿O también enseñaba con su presencia?

Siguió habiendo intercambios, pero ninguno conclusivo. Y volvió a precisar su idea:

-¿Los maestros enseñan con lo que dicen o con lo que hacen?

-Con ambas cosas –respondió Jorge.

-¿No dura más en el recuerdo –habló Juan Luis- ver a un maestro fumando que su prohibición de fumar? Cuando un maestro no hace lo que dice, pierde autoridad ante los discípulos.

-No tiene por qué –interrumpió Josemari-. Mi madre fuma y dos de mis hermanos no han fumado nunca.

-Bueno –replicó Juan Luis-. Pero ahora no hablamos de cómo aprenden los discípulos, sino de cómo enseñan los maestros; ése es el tema que estamos debatiendo con Platón. ¿Qué pensáis que deja más huella? ¿Lo que dice el maestro o lo que hace cuando lo dice?

-Es lo que hace –contestó Juana-. Poco importa lo que digas: lo que me va a marcar es cómo lo digas.

-Y eso es educar –concluyó Juan Luis.

-¡No! -objetó Josemari-. Los profesores no tienen por qué educar, que para eso están los padres; los profesores deben limitarse a enseñar.

Aquello sonó a doctrina bien aprendida. Aquello sonó a consigna. De alguna manera intuía que los hijos eran el escenario de una batalla campal que se libraban los padres entre sí. Y él, como profesor de filosofía, debía combatir con razones los sectarismos de todas las capillas.

  -Está bien –terció Juan Luis-. ¿Un padre alcohólico tiene más derecho que un maestro cuerdo a educar a su hijo?

-¡Eso es una exageración! –protestó Josemari.

 -Precisamente, la técnica del debate consiste en el contraejemplo. Si yo pongo un solo ejemplo que contradiga lo que tú dices, te verás obligado a contestarme. Y el debate se enriquecerá analizando los casos extremos.                                                                                                                                                                   

-¡Pero las cosas no son así! –contestó Josemari, incómodo.

-Sí que lo son. Como lo es también el derecho de un padre a educar a su hijo, a su hija, cuando ese padre está dispuesto a matarla para salvar su honra, si la chica no actúa de acuerdo con las normas que él trata de imponer.

-¡Pero no exageres! Eso son unos casos extremos; en la mayoría de los casos no sucede así.

 -Sucede muchas veces. Más de lo que crees. Y cuando sucede, la chica está desprotegida frente a un padre abusivo si le niegas al maestro el derecho de educarla.

-La educación sólo les corresponde a los padres, no a los maestros; para eso han querido tener a sus hijos y se han sacrificado por ellos.

No siempre. Recuerda que se dan muchos casos de relaciones amorosas en las que el niño viene al mundo por accidente, por pura casualidad; y en muchos de esos casos es un niño no deseado, o no querido.

Josemari objetó que eso era porque nuestro mundo carece de valores y bla, bla... Frente a aquella moralina Juan Luis sintió la necesidad de ser contundente.

-Está bien –dijo-. Los profesores sólo podemos transmitir conocimientos. Ni ejercer de animadores, ni ser guías, ni cosas por el estilo; sólo tenemos derecho a enseñar. Está bien. Yo ahora os enseño el temario de filosofía. Si en mitad de la clase se produce un atropello, una falta de respeto, una agresión, yo no intervengo; mi misión no es educar.

-No es así. Los profesores nos podéis sancionar. Además, eso lo hace el consejo escolar, en el que han votado los padres. Y la disciplina sanciona conductas, no creencias.

-Falso. Una conducta es punible cuando manifiesta un hábito, y los hábitos reflejan actitudes, y las actitudes reflejan creencias. Recurrir a la disciplina adquirida equivale, a fin de cuentas, a modificar creencias. Yo como profesor debo conseguir que los alumnos crean que es preferible respetar al prójimo. Y eso, mi querido Josemari, es educar. –Se sentía marejada y había oleaje de fondo, y el timbre iba a sonar. Juan Luis zanjó la polémica remitiéndolos al texto-. Pero lo que estamos haciendo aquí es comentar las palabras de Sócrates. Recordad lo que estábamos debatiendo: ¿enseñaba Sócrates sólo con sus palabras, o con su presencia enseñaba también?

Cuando sonó el timbre ya Luis había dicho:

-Sócrates no enseñaba cosas, porque presumía de no saberlas. ¿Qué conocimientos podía transmitir si, por muchos que tuviera, no estaba seguro de ninguno? Él enseñaba a aprender. Y mientras lo hacía enseñaba a escuchar, a respetar las razones del adversario, a amar la fuerza de la razón, a ser firme en sus convicciones, a hablar cuando hace falta y cuando hace falta callar. Y eso, por encima de todo, es educar.

Y sonó el timbre. Se fueron todos. Y no hubo más.

 


3. Somanoética.  

 

            Se le ocurrió crear una pedagogía psicosomática. Sus dos pilares serían la somítica y la somética (la primera tendría por objeto la somanoesis, y la segunda el somanoeto).

            La somítica es una mítica somática; el mythos es a la vez historia y palabra, relato surgido del fondo de la experiencia del cuerpo; y como hay que saber pensar desde el cuerpo, no está claro en qué medida esta mítica debe ser completada por una lógica: por un análisis del sentido de las cosas, con un análisis del significado de las palabras.

            De la experiencia somítica emergerá la somética: la ética somática. El sentimiento de la vida, emanado del cuerpo, pensado somáticamente, da lugar al descubrimiento del sentido; del sentido de la vida. Los valores, antes de ser pensados, deben ser sentidos; sólo entonces es posible la valoración; una valoración psicosomática en donde el cuerpo es el vehículo de la mente, y en los estratos más profundos llega a confundirse con la mente misma.

            Habría que crear un centro de pedagogía psicosomática. Que podría estar al lado de una sociedad de filosofía (Sofía) y de otras asociaciones parecidas. Todas ellas cabrían en un centro global de investigaciones sociales: el Centro de Investigaciones del Duero; el Cid.

 


 

 

 

viernes, 13 de agosto de 2021

DESPEDIDA

 

 

 

DESPEDIDA

 


            Mis queridos amigos: lo mejor que hay en la escuela son los alumnos. Los mayores estamos trillados y entre tanto grano hay mucha paja: también hay cizaña. Vosotros sois arcilla tierna sin durezas y podéis cambiar el mundo adaptándoos a él: sólo tenéis que derribar las rigideces mentales que os hacen a veces esquemáticos; pero vuestros esquemas son los andamios de vuestra personalidad, como cuando construimos una casa levantando andamios que luego hemos de derribar cuando la casa esté hecha: así también, cuando nos construimos como personas, levantamos estereotipos a los que nos tenemos que encaramar para poder hacerla; y luego, cuando ya está más o menos hecha, los tiramos al suelo porque han dejado de servirnos. La juventud es tierna, tierna como la arcilla; pero necesita esquemas que la puedan sujetar antes de desparramarse; que es preferible tener una forma a estar sin ella, y esa forma, cuando ya no nos vale, tenemos que cambiarla, como el andamio que sólo sirve mientras construimos la casa; como el capullo duro mientras se construye la crisálida; nuestra vida es una continua metamorfosis y nosotros, los mayores, cada vez tenemos menos capacidad para adaptarnos a nuevas formas; pero vosotros, que sois arcilla, tenéis toda la capacidad del mundo. Sois fuertes y flexibles como la goma; los adultos, al perder flexibilidad, vamos perdiendo vida y nos volvemos duros; nos rompemos.

            Quiero daros las gracias por el hermoso libro que me habéis regalado. Hermoso por partida doble: porque es modesto, y en su pequeñez sin pretensiones refleja lo mucho que habéis hecho con lo poco que tenéis (por eso vale más que un libro caro); y porque en sus páginas he podido desfrutar lo más delicioso que se ha escrito, porque tiene la frescura de las palabras sencillas y en esa sencillez sin pretensiones tiene la hondura que suele faltarles a las palabras pretenciosas. Todo el curso nos lo hemos pasado salpicando las clases con chistes, como si los chistes fueran el azúcar que endulza la leche; pero este libro viene a decirnos que el azúcar es algo más que el dulce del bizcocho; porque, si no hubiera azúcar, no habría bizcocho; sería una masa con apariencia de bizcocho, pero no tendría sabor, no estaría dulce; como la filosofía sin humor sería mera apariencia de filosofía; por eso me ha gustado como lo llaman los autores de vuestro libro: filochiste. No os quepa duda de que este librito va a ser la biblia con la que voy a preparar las clases del futuro; pero ya no las disfrutaréis vosotros: las disfrutarán otros alumnos.

            Gracias por haber estado conmigo todo este curso. Gracias por haberme contagiado con vuestra frescura, y cómo no, con un poco de la ternura de vuestra arcilla. Aunque ya no tengo vuestros años, por ósmosis, espero mantenerme joven; como esa crisálida que se mueve dentro de las rigideces del capullo. El capullo es el que se apega a lo viejo despreciando lo nuevo; el que prefiere el esquematismo de lo duro a la vitalidad de la crisálida; el que se queda con el andamio porque no tiene paciencia para ver la casa. Espero no ser nunca un capullo.

            Y vosotros, cumplid lisa y llanamente con vuestro destino. Sed arcilla, construiréis muchas cosas. Sed vida, que atravesaréis todos los esquemas, todos los capullos, todos los andamios. Los esquemas son necesarios: pero para formar la vida, no para apresarla; los esquemas son como el tutor de las plantas, que las ayuda a crecer, no como el corsé que las aprieta. Con ser vosotros mismos (arcilla fresca y no cemento armado) seréis salud y vida; que puede más la hierba humilde que se dobla con el viento que la caña orgullosa que se pone tiesa: y por eso el viento la troncha.

            Gracias por haber estado aquí. Y por haber compartido todo este tiempo conmigo. Hasta en los malos estudiantes he encontrado la tela de la que están hechas las mejores personas. Algunos habréis sido estudiantes malos, de ninguna manera malos chicos. Sólo los que se cierran al mundo se quitan a sí mismos la posibilidad de disfrutar de todo. Me acordaré de vosotros. Ahora cada uno seguirá su rumbo Y que salga la crisálida. Que fructifique.

           

            Junio de 2013.

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

 

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

 

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma.

Envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

 

                                               Jaime Gil de Biedma. 





viernes, 6 de agosto de 2021

PENSAMIENTOS (3)

 

 

PENSAMIENTOS (3)

 


1. Ocio.

 

            Ocio era para los romanos el tiempo libre, mientras que el tiempo que se dedicaba a las tareas obligatorias era la negación del ocio (negotium, de donde deriva “negocio”). Aristóteles concibió el ocio como cultivo del espíritu; un tiempo en el que, disfrutando de libertad, se descansaba aprendiendo; hoy llamamos aburrimiento, más que ocio, a la ociosidad; el tiempo en el que se descansa sin aprender nada, con lo que ni somos verdaderamente libres ni tenemos un descanso verdadero.

            Solemos contraponer el ocio al trabajo. Trabajar es hacer cosas (en física llaman trabajo al movimiento causado por una fuerza); el trabajo, en sentido amplio, puede ser obligatorio o libre; llamamos “trabajo” en sentido estricto al trabajo obligatorio; y al trabajo libre lo llamamos “afición”, “hobby” o, simplemente, “ocio”.

 

2. Placer.

 

            Es una sensación de bienestar; es decir de estar bien, de encontrarse uno a gusto donde está y como está. No se puede explicar con palabras. Pero si no se puede decir qué es el placer, sí se pueden describir sus efectos, y es que se abre nuestro cuerpo; abrimos la boca, abrimos los brazos, las piernas, nos dan ganas de saltar, correr, reír, el resultado es que nos sentimos cargados de energía, que es lo mismo que sentirse pletóricos.

            Hay dos momentos cruciales en el placer: la concentración y la relajación. Cuando bebemos un buen vino inspiramos profundamente y cerramos los ojos, como si necesitáramos aislarnos del mundo para concentrarnos sólo en nuestro placer; y luego chasqueamos los labios, abrimos la boca, abrimos los ojos y hasta extendemos los brazos.

            Cuando llegamos al orgasmo nos concentramos en dejar fluir el placer y cerramos los ojos, para que entre bien dentro de nosotros y explote y se expanda; y cuando crispamos los miembros, tensándolos mucho para llenarnos de placer durante el tiempo que dure; luego se relajan nuestros miembros y abrimos los ojos para soltar la paz que se nos ha metido dentro.

            El placer tiene, como mínimo, tres fases o momentos: concentración (nos aislamos mientras el cuerpo busca); explosión (nos encerramos profundamente para sentirnos estallar olvidándonos de todo); y relajación (nos invade una paz que irradia de dentro como si la energía que hemos absorbido en esa súbita descarga nos alimentara poco a poco). Concentrarse es aislarse de lo que no es la tarea de buscar placer, aunque todavía podemos sentir lo que pasa alrededor; la concentración es un crescendo que alcanza un clímax: ese clímax es el orgasmo, el estallido, el punto de máxima fruición. Explotar es cargarse súbitamente de energía olvidando completamente lo que pasa a nuestro alrededor. Y relajarse es consumir poco a poco ese chorro de energía que hemos producido, y que hemos almacenado dentro, en una sensación de paz que es plenitud, y que produce ensoñación; uno también se siente pletórico de fuerzas, que mientras la plenitud las siente lentamente hacia adentro, el aliento pletórico las descarga hacia afuera de manera rápida y expansiva.

            La tensión que se concentra se rompe bruscamente si, cuando uno inicia el crescendo, alguien rompe la fijación destruyéndola con bromas extemporáneas, como cuando nos cortan un bostezo. 



            El clímax, una vez iniciado, ya no se puede romper. Es una descarga tan fuerte que ya nada la distrae desde el mundo exterior.

            La relajación es más fuerte que todos los estímulos mundanos; aunque si éstos son fuertes y se prolongan, la pueden romper y entonces su magia desaparece, o se debilita.

            Una persona expansiva se siente pletórica después del clímax; una persona contenida se siente plena y se abandona, como cuando la música pone sordina en los momentos fuertes y convierte los gritos en lamentos. La felicidad pletórica es muy distinta de la felicidad plena: la primera es un alarde de fuerza, la segunda de delicadeza; la delicadeza es la fuerza contenida en el recuerdo; el frenesí, fuerza que se despliega en el instante.

            Probar una comida es concentrarse en el sabor, dejarse subyugar por la expresión que se produce en el paladar y espirar soltando el placer; saborear, transportarse y volver.

            Puede suceder con la lectura de un libro. Con la audición de una sinfonía. Con la contemplación de un cuadro, una escultura, un edificio, un ballet, con el embrujo de una conversación, disfrutando de una buena película o creando una obra de arte. Algunos dicen que lo sienten cuando hace estragos en ellos el aliento de dios (y es la mística). Y otros dicen que el éxtasis les sobreviene cuando los abruma la naturaleza, exaltación increíble, cuando los posee, o es poseída por ellos, una fuerza inspiradora: el entusiasmo de la creación.

 

3. Dolor.

 

            El dolor es el extremo de un continuo que empieza en el disgusto o simple desagrado; tampoco lo podemos definir con palabras. Nos duele algo cuando no  nos encontramos bien.

            O sea cuando estamos mal. En Francia al sentir dolor lo llaman “tener mal”. En España al daño lo llaman “mal”, que se usa como sinónimo de enfermedad: “el mal ha avanzado mucho”, decimos a veces, por ejemplo cuando empeora o aumenta una infección, cuando el veneno de una mordedura sube por la sangre, o cuando los tumores se extienden por el cuerpo. Aunque solemos distinguir entre el mal y el dolor: el mal, los tejidos dañados, o la parte del cuerpo que no funciona bien, es la causa del dolor, aunque a veces hay males o daños que no duelen.

            El dolor es una pena, un pesar. Puede ser físico o psicológico. También se da por grados, desde un simple malestar hasta el tormento más terrible, pasando por diversidades que van del malestar o desagrado al pesar, el dolor o el daño, la mortificación… El mal psicológico es un pesar, una pena, una tristeza que va en aumento hasta la rabia, el miedo, el asco o la desesperación.

            Al contrario de lo que sucede con el placer, en el dolor no nos concentramos sino que nos desconcentra; nos distrae de las cosas placenteras. Es quien nos inflige dolor quien debe concentrarse en saber dónde nos duele más. El dolor aumenta por grados hasta llegar al clímax o punto máximo, y entonces se hace insoportable. 




 

viernes, 30 de julio de 2021

DE LAS DEUDAS AJENAS

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 

DE LAS DEUDAS AJENAS   

 


            Las hojas tienen dos caras, como las monedas, y no hay anverso sin reverso como tampoco hay cara sin cruz. Que la llegada de los españoles perturbó la historia de América es una gran verdad; pero también lo es que antes de que llegara España en América ya había perturbaciones. Perú no fue un modelo de armonía antes de la conquista: la guerra entre Huáscar y Atahualpa causó centenares de miles de muertos, algunos hablan de millones, las masacres fueron terribles, las crueldades, infinitas y las venganzas, espantosas. Los incas no tenían una sociedad igualitaria exenta de desigualdades, y España no sólo llevó allí aventureros sino también el derecho de gentes; no es honesto citar las virtudes propias omitiendo sus vicios y recordar los defectos ajenos olvidándose de sus virtudes. Toda cara tiene su cruz; toda cruz, su cara.

 

            Toda la vida han maltratado al niño. Ha sido su abuelo. Después de sufrir sus palizas, ahora castigáis al niño por lo que su abuelo les ha hecho a los demás. Castigar a uno por las culpas de otro. Mis antepasados invadieron América y ahora me echan la culpa a mí, ¿qué tengo que ver yo? Tal vez no esté de acuerdo con muchas de las cosas que se hicieron, ¡pero es que encima me acusan de haberlas hecho! La mujer no tiene por qué pagar las deudas que su marido ha contraído en el juego.

 

            Yo soy inocente y no se me puede acusar. Los culpables ya se han muerto, pero el daño está hecho. Por mal camino vamos si queremos que otros paguen las deudas que nadie ha podido contar. Todavía es peor tapar nuestros errores de hoy con errores de otros en el pasado, es como obligar a pagar las deudas del abuelo para no tener que pagar nuestras propias deudas. No mires por la ventana y mírate en el espejo: tal vez veas en tu cara los errores de los que a los demás les estás acusando.

 


 

 

viernes, 23 de julio de 2021

LAS CAMPANAS DE HUESCA

 

 

LAS CAMPANAS DE HUESCA  

 


1.

 

            Hay una roca que se desploma sobre el suelo pero se detiene a media altura; y no es que parezca suspendida en el espacio, sino que el espacio está suspenso, como un pajarillo en las fauces de un monstruo, en el interior de la roca. Los poetas míticos la verían como el bostezo del caos, y su mole, imponente y sobrecogedora, parece un río de piedra detenido en su caída como una cascada congelada; cascada, pues, como bóveda desprendida del cielo; su base se hincha como si el agua estallara en espuma trocando su esencia etérea por una piedra replegada sobre sí, como un labio enorme, como el borde solidificado de una colada de lava.

            Dentro de esas fauces hay unas paredes que se elevan, resignadas al abrazo ciclópeo de la roca, con muchos ojos que miran asustados: ventanas románicas que, curvadas por arriba y rectilíneas por abajo, parecen la mirada a un tiempo de miedo y de pena: la mirada del templo a punto de ser engullido por el vientre de San Juan de la Peña. Tocan las campanas. Y es un tañido quejumbroso, voz apagada y lamento, como una queja grabada en el silencio, como el pedal de una gaita, como un bajo continuo.

            Las campanas de Jaca tañen a coro, voces metálicas. Las campanas de Huesca, las campanas del reino. Desde las ermitas laten también humildes campanas en sus espadañas. La campana mayor, campanas de bronce, campanas huecas y roncas con el estruendo que atruena en los sonidos graves. Yo os contaré el secreto de las trágicas campanas. La historia del rey, sacado del convento para ocupar el trono y todos creyeron que sería un muñeco al que manejarían a su antojo. Por eso lo eligieron. Había muerto Alfonso I el Batallador. Quedaría el reino, por dictado suyo, en manos de unas órdenes religiosas: los Templarios, el Santo Sepulcro, los Hospitalarios; órdenes demasiado guerreras para dejarse maniatar. Los nobles prefirieron, entonces, al hermano del rey muerto; de nombre Ramiro, segundo de su linaje, que vivía escondido, retirado, en el fondo de un monasterio; y por eso lo llamaron Monje.

            Venid, pasad. Entrad por esta puerta que se abre dentro de otra puerta de piedra, la roca que muestra sus fauces hasta el fondo de la tierra. Es como si en su lengua estuviera el suelo y el techo se confundiera con su paladar: allí, en ese bostezo, está el monasterio; el tejado de la nave choca contra el techo y la propia piedra se convierte en tejado cuando ya no hay sitio para las tejas. Venid: pasad; no os asuste el impresionante macizo que se cierne sobre el claustro, abatido sobre sus arcos, amenazando con caerse: pero sin caerse nunca. Así, como una muda amenaza, ha estado suspendido siempre, quién sabe, toda una eternidad. Por sus pasillos austeros retumba el silencio con el eco de los pasos. Venid, pasad. Hay una estancia con mesas oscuras, con velas vidriosas de llamas vacilantes, donde el estudio pareciera una condena: allí está la crónica; la crónica desgraciada de Ramiro el Monje; la crónica de San Juan de la Peña.

            En sus garabatos resuenan voces occitanas. Manuscritos hechos voces, voces donde se dicen las palabras, palabras donde se dice la música: trovadores, bailarines, juglares, malabarismos imposibles que juegan con las palabras, lances de amores y gestas guerreras; de allí vienen los versos que la montaña ha aplastado convirtiéndolos en prosa; la montaña que aplasta los versos y los cantos, la que les roba el cantar a las narraciones, la que convierte las narraciones en relatos, la que entierra los relatos en las bibliotecas, la que convierte las bibliotecas en cementerios.

            He aquí la crónica de San Juan de la Peña. El decurso gris de los tiempos que antaño tuvieron color, la voz monocorde que antaño era una canción, un cantar de gesta convertido en crónica, el de Ramiro II el Monje, el que se esconde en el monasterio y enmudece cuando suenan todas las campanas, en Jaca, en las ermitas, en los peñascos del Pirineo; rebotando entre pinos, peñascos y arroyos, torrentes que se desploman bajo las nieves, un torrente de campanas, campanas de la devoción, no devota a nada más que a la guerra; y a su lado, la piedad, herida, muerta y enterrada, no es más que una apariencia: he aquí el cantar de la campana; el cantar de la campana de Huesca.

 


2.

 

            -Yo quiero construir una campana –decía el rey-. Una campana que se oiga en todo el reino. Una campana de hierro, de bronce, de roca y de acero; la campana más potente que jamás pueda oírse en todo el mundo; y que también la oigan en París, tocándola en Huesca, como hizo sonar Roldán, para que se oyera allí lejos, el olifante que tocó, en señal de auxilio, cuando sus tropas morían en Roncesvalles; en el Pirineo.

            He aquí la vida retirada de Ramiro en su monasterio. He aquí negros presagios, vientos de locura, en las noches lúgubres cuando se enciende el cielo. Vendavales soplan en el espacio, vendavales rojos en sus cerrojos negros. Su mente es una tormenta y en ella soplan vientos de locura, sus desorbitados ojos son el eco de la sinrazón, la bóveda del cielo que clava sus saetas en ellos y en sus saetas, el miedo, y en el miedo, las desmesura, y en su desmesura, la justicia convertida en venganza, la venganza convertida en castigo, el castigo trocado en crueldad, la crueldad en crimen despiadado, y el crimen, en el alma desalmada, se convierte en miedo que ha de domar a los nobles levantiscos, crepitando en las llamas cuando se abriga junto al fuego el rey que todavía es monje; acercando sus manos, deslumbrado en la misma llama, y en las cejas abiertas, ojos saliéndose de sus órbitas, presos en la locura, los heraldos del temor, salen llamaradas crepitando, como en la hoguera, estallando en chispas rojas y en esas chispas se extiende, se extenderán por todo el reino, cuando el monje sea rey y trueque en desazón la tranquilidad del monasterio; se extenderán, con su locura, el aliento despiadado del terror: sembrado en todas partes por el rey loco que tiene miedo.

            Ha muerto Alfonso el Batallador. Los monjes recorren el reino buscando, entre las piedras, castillos, y más allá de los castillos, el templo. Han llegado a la austeridad del templo donde vive Ramiro. El monje convertido en abad, porque antes de ser monje, destinado a convertirse en abad porque era noble, y además hermano del rey, no iba a ser el fraile que barre ni  el fogón de la cocina; ni el que toca las campanas, ni el cerillero: el hijo no primogénito del rey va a la iglesia pero lo llevan a mandar, no a obedecer las órdenes de un fraile con menos dignidad, aunque tenga más mérito.

            He aquí a Ramiro convertido en rey. Ramiro recluido en su castillo, lleno de almenas para protegerse, lleno de adarves y troneras, lleno de peligros por todas partes. Ramiro II el Monje. Su vida es un cubil de rebeldías, un tropel de felonías, un baile de conspiraciones. Los nobles quieren gobernar y ser más poderosos cada día y quitarle poder al rey y desobedecer sus dictados. Es débil e indeciso, piensan todos;  es manso como un cordero, esclavo como un buey, no tiene carácter. Pero nadie cuenta con que está loco. Recluido, fue un loco en su locura, fue un toro dentro del buey, una víbora en la lombriz, y dentro de la paloma había un águila. Los nobles vuelan y se soliviantan, se juntan en sus castillos, encienden fuegos, levantan banderas, hablan y hablan. Por todas partes llegan noticias al rey: sus emisarios detenidos, sus campos saqueados, sus caminos hollados, sus castillos vencidos, sus correos asesinados. Hasta las caravanas del infiel han sido atacadas, musulmanes, almohades protegidos por el rey, han sido atacados por los nobles, y vencidos, y muertos, maldecidos en su ley, y atacados, y robados. 




            El rey medita, pero no piensa. Sale a las murallas y contempla sin ver, sus ojos miran al fuego pero el fuego los deslumbra, y en su resplandor ve lo que ha de ser, lo que será lo ve en lo que fue, y en el consejo del buen abad, su amigo y maestro, a él le dirá qué hacer, a él le preguntará, perplejo, a él le pedirá consejo. Salen unos jinetes hacia el monasterio de San Ponce. Con ellos una misiva: ¿qué hacer, mi señor abad? ¿Qué hacer, si mando, si no me oyen, qué hacer, señor, con mis nobles levantiscos? Siendo niño Ramiro tuvo un maestro que le enseñó muchas cosas e hizo de él un monje, refugiado en el silencio, recluido entre paredes, amante de los libros. Ese maestro hoy es abad. Y como él, ya rey, tiene arrugado el rostro, tiene la frente marcada, tiene el ceño fruncido: así también el abad es viejo pero más viejo que él, y mira al mundo desde lejos, preparándose para partir, y la ceremonia de la muerte le ha dado sabiduría.

            El abad escucha a los emisarios del rey. Guarda silencio. Con ademanes pausados, enjuto y cansado y hermético como una tumba, se levanta y camina cogiendo unas tijeras: los emisarios le siguen. Ha salido por la puerta y ahora mira la tierra, el campo sembrado de coles, y más allá hay una valla, y detrás de la valla campos de trigo. Avanza hacia ellos y, sin decir nada, va cortando una a una todas las espigas que sobresalen. Su rostro adusto tiene la barba partida. Después se da la vuelta y regresa al claustro y los hombres, que han sido despedidos, recorren a caballo los álgidos campos, el Duero, Zaragoza, y llegan a su señor penetrando en el castillo.

            -¿Y bien? –les pregunta el rey.

            Sus hombres le cuentan lo que ha hecho el abad, lo que sus ojos han visto. El rey los mira y su mirada traspasa la realidad; se va más allá donde el bruto no piensa, donde la bruma de la inteligencia se funde con el desvarío, y hay un destello de locura que arranca de sus ojos, y es la voz de la conciencia hecha luz, de una conciencia que es la sabiduría de los locos, la que no distingue la luz, aquella para la que no hay colores y todo lo ve en blanco y negro; aquella sabiduría donde el corazón se duerme en la astucia, despiadado saber qué hacer, la razón de Estado.

 


3.

 

            Hoy las campanas tocan a la vez: tantas campanas en tantas iglesias, tantas torres en tantos campanarios. Campanas grandes y pequeñas, de bronce y de hierro, cantarinas y siniestras, amenazadoras y alegres, tocan, tocan, y suenen, suenan, perforan los tímpanos del aire, gritan al cielo golpeándose en las cuerdas, martillos de bronce en los pesados yunques, voces de iglesia en sus múltiples badajos. El rey ha convocado a los nobles del reino. Reunirá las cortes en Huesca y allí les mostrará, según han dicho los heraldos, avanzando por tierras y rocas, trigos y peñas, llanuras y barrancos, una campana que habrá de oírse por todo el reino. El rey la ha mandado construir y ya los nobles, intrigados y curiosos, parten hacia Huesca deseosos de conocer aquella campana que, al decir de los heraldos, a nadie dejará indiferente; porque, tosca o pulida, fina o machacada, aplastada con mil martillos de mil herreros de miles de manos implacables, y hercúleas, a todos sorprenderá sin duda, no ha de dejar indiferente a nadie.

            -¡Vayamos a ver esa campana! –decían los nobles-. ¡Vayamos a ver esa locura del rey, esa locura!

            Y todos andaban, expectantes y curiosos, maravillados unos, y otros le hacían burla. Recorrieron los campos y se desparramaron por toda la geografía montados en sus corceles, ataviados con sus mejores galas, ricamente vestidos, almetes, correajes, espadas, capas, hermosas telas, pero metálicos, brillantes y enfundados en sus cotas de malla. El rey los agasajó con un suculento asado que, sacado de las brasas, chorreaban el jugo de sus grasas y prometían ricos manjares desde el mirar de sus cuellos descabezados. El vino sangriento resbalaba por sus labios y los nobles, ignorantes y analfabetos, se restregaban las manos por sus bocas y la grasa primitiva brillaba en sus labios toscos que, por un momento, parecían limpios y no era más que el brillo de la suciedad que vive bajo el lujo sin haber sido nunca de las cavernas.

            El rey les quiso mostrar la extraordinaria campana que había hecho construir. Lo más impresionante de todo –decía- era el badajo; no había adjetivo para describirlo; era desproporcionado, metálico, justiciero, cavernoso, sobrecogedor y terrible; un badajo que nadie había visto en el mundo, por él la campana retumbaba con más brío, con él sería potente, y llegaría a París, el extraordinario repicar de la campana.

            -Venid a verlo –les dijo-. Pero quiero enseñárselo primero a los nobles más excelsos del reino, a mis nobles más destacados.

            Salió el rey. Y se metió por una puerta recóndita y sombría. Y detrás de él fueron Pero Martínez, y luego Pero Vergua, Ferriz de Lizana, los cinco nobles del linaje de Lema; quince nobles fueron y el último era el obispo de Zaragoza, el señor de Ordás, y todos fueron a enterrarse en aquella torre oscura, justo debajo de la sala del trono; allí fue donde el rey quiso enseñarles la fabulosa campana que había de oírse por todo el reino, una inaudita maravilla.

            Después salió el rey. Y sus ojos miraron al sol, un sol cargado de nubes, donde la sombría majestad se alza sobre la luz mirando más allá, en un lugar del mundo que está fuera del mundo adonde no llegan los ojos de las más turbias ambiciones, tan largas en deseos como cortas de vista. Era Alfonso I el Batallador, forrado de cuerpo entero con su cota de mallas y cubierto de largos faldones, abiertos por los lados donde colgaban gruesos correajes, fuertes, recios, ampulosos, mil veces decorados, con una espada que tiraba hacia el suelo y arrastraba, en su pesadez, las espuelas que erizaban la cota y una corona que aplastaba la frente más que elevarla. Sobre esa figura quería imprimir la suya Ramiro II el Monje. Pero era un viejo donde su hermano murió joven, barbas blancas donde había barbas negras, luengas y partidas donde antes eran cortas, tenía abrigo oscuro donde el cuerpo vestía claridad y tenía también, en lugar de espuelas, un enorme dogo más negro que el infierno y en su cabeza no había corona, ni tampoco era de oro, sino bermeja: un gorro tosco y pesado como los ancianos que ya no pueden vivir, y en su color había un halo siniestro porque tenía el color de la sangre. 




            El rey Ramiro les sonrió con una mirada malévola y los recorrió de una punta a la otra con sus pupilas. Y en su mirada estaba la roca que aplastaba al monasterio de San Juan de la Peña. Una catarata de piedra había en sus ojos, una colada de lava detenida en el espacio, detenida en el tiempo de los guerreros, donde las tejas de la justicia son aplastadas por la razón de Estado y el templo es, sin morir a manos de su peso hercúleo, un espacio preso en la voracidad de sus fauces. Los ojos del rey Ramiro contenían todo eso. Y presagiaban nubarrones negros cuando les indicó, con un gesto de su mano, que fueran todos a ver la misteriosa campana.

            Todos los nobles bajaron por la escalera. Él les mostró el camino y cuando lo engulló la torre, los engulleron a todos los peñascos que se precipitaban desde lo alto del terror y en las profundidades de los infiernos más terribles de sus cabezas. En el suelo, en círculo, estaban sembradas las cabezas de los nobles; nadaban en charcos de sangre. Negros, blancos, envidiosos, brutos, asesinos, ahogados por la codicia, viejos y jóvenes, los tétricos muñones regaban el suelo de piedra de la torre centenaria; al fondo, amontonados contra el muro, estaban los cuerpos descabezados. Y una cuerda les erizó el pelo sacando escalofríos que tenían dormidos en la sangre. De ella colgaba la última cabeza, la más poderosa y díscola, la que parecía reírse todavía del rey, aunque hubiera traspasado los umbrales de la muerte. Los nobles, inmóviles en la escalera, se agolpaban unos contra otros y se apoyaban con las manos en las paredes: en aquellas cabezas estaba su futuro; así acabarían como ellos, si no cesaban en sus conspiraciones, si no atentaban contra el rey, si no escarmentaban: aprendieron la lección.

            Sí: el rey enloqueció, presa de su furor, y los ojos se le abrieron y se quedó ciego porque escaparon de sus órbitas para volar hacia unas nubes cargadas de tormentas: donde unos vientos huracanados azotaban el alma a latigazos, donde el agua se desplomaba en cascadas y eran cataratas de piedra, resplandor de rayos, culebras de fuego que rasgaban las nubes y partían la bóveda del cielo, desplomándose sobre el alma, destrozada en mil pedazos; y así el alma del rey se desató como un poseso; como ese perro negro que sujetaba en su correa, y, ya suelto, desbocado, recorrería la tierra hasta desplomarse en el Ebro por las rocas empinadas y los profundos barrancos. Así es como la furia nos lleva a la muerte, cuando se desboca, y, ya fuera de control, transforma en rey cruel al rey justiciero y se deshace en polvo y brasas y humo y fuego y explosiones de locura mientras el rey tañe, desorbitado, loco, solo en su soledad, meneando la cuerda que arrastra su cuerpo mientras su cuerpo lo arrastra para que el badajo sangriento golpee, una y mil veces, la campana de bronce, la que iba destinada a sembrar el terror, la que no olvidaría nadie y se oiría por todo el reino: la campana de Huesca.

Desde entonces nadie se olvidó de ella y el escarmiento perduró por los suelos y los años pero el rey se perdió porque, ganando su reino, perdió la razón, y la razón que se ha muerto se convierte en razón de Estado. Razón saliendo de la pérdida de razón, luz que se oscurece en las pupilas ciegas, voces que se apagan en las manos de un rey loco: las manos teñidas de bronce y manchadas de sangre; las manos que ya no abren libros porque ciñen la espada; las manos que ya no acarician porque son manos que matan; y ahora golpean el badajo porque sólo saben tocar, tocar, tocar, tocar campanas de muerte, tocar, tocar y anunciar el miedo porque las campanas van a oírse ya por todo el reino; las campanas del rey loco, del rey despiadado, del rey que pudo ser pero ahora ha muerto; y murió cuando empezó a tocar las campanas, las campanas que anuncian la muerte, campanas de bronce, campanas bermejas, campanas de viento y desolación, las campanas de Huesca. Las campanas.

 


 

 

 

sábado, 17 de julio de 2021

LA TIENDA

 

 

LA TIENDA



            Había una vez un mundo en el que siempre hacía frío. Habían puesto una tienda de ropa con un letrero que decía: “esta ropa cuesta trabajo”. Al lado, un letrero un poco más pequeño aclaraba: “después del mes de mayo sólo se venden camisetas”. Y así funcionaron las cosas, durante horas y días, durante semanas, meses y años; durante siglos.

            Un día Vicente fue a comprarse ropa. Tenía frío. En su desnudez, los fríos de enero sembraban aire, niebla, copos, hielo. Tenía frío y no podía moverse. Los hielos no le dejaban pensar, lo paralizaba la escarcha, el viento tiritaba, el viento. Fue a la tienda a comprarse ropa pero el viento lo zarandeaba; debilitados sus movimientos, se agarraba a los árboles y buscaba cuerpos de apoyo, pero no los veía. Le fallaban las fuerzas. Aquellas fuerzas que había ido acumulando desde niño las había echado a perder; no las había guardado, en su descuido, o se las habían quitado otros que se habían aprovechado de su desidia. Ahora estaba desarmado su hálito temblaba, y no encontraba un sitio donde poderse apoyar.

            Se sintió débil: se sintió solo. Lamentó aquellos años en los que no recogió los frutos que la vida había puesto a sus pies. Se sintió yerto. Sintió impotencia, su cuerpo acusó la debilidad, su mente el vacío, hambre en la memoria, frío en el corazón, sed en el pensamiento. Se sintió muerto. Supo que aquel bagaje ahora le sería útil, pero ya era tarde; no recogió la lluvia que cayó en su momento y ahora se había quedado sin agua. Tenía hambre, sed, cansancio; lloraba. Y no llegaba a la tienda donde iba a comprarse la ropa porque tenía frío. No llegaba y el frío del que quería protegerse le quitaba las fuerzas para buscar protección.

            Cuando llegó a la tienda ya había pasado el mes de mayo. A la entrada había un hombre con una máquina de medir esfuerzos. Mandó subir a Vicente y, después de esperar un rato, apareció en la pantalla un letrero:

            “Con el trabajo de este hombre se puede comprar una camiseta, una camisa, una chaqueta, unos calzoncillos y un pantalón; y unos zapatos; y un sombrero”.

            Le dio un vale y Vicente lo cogió con sus manos temblorosas. Lo leyó; “en el primer puesto puedes comprar camiseta, camisa y chaqueta; en el segundo, pantalones y calzoncillos; y en el tercero, zapato y sombrero”.

            Fue al primer puesto, entregó el primer vale. El vendedor le dijo:

            -Toma, una camiseta.

            Él preguntó que por qué no le daban chaqueta, si la tenía puesta en el vale junto a la camisa.

            -Porque has venido después de mayo –le dijo-. Pasado ese plazo, ya no hay camisa ni chaqueta aunque te las hayas ganado.

            Llegó al segundo puesto y entregó el otro vale.

            -Aquí tienes –le dijeron-: unos calzoncillos.

            -¡Pero si tengo derecho a pantalones!- repuso él.

            -Ese derecho lo has perdido –le contaron-. Has llegado tarde.

            Y en el tercer puesto, donde entregaban el sombrero y los zapatos, no se los quisieron dar. Y se encontró aterido, acurrucado, herido y en camiseta.

            -En calzoncillos.

            -Bueno, en calzoncillos.

            O en bragas. Y lo peor es estar con el culo al aire. Porque podías morirte de frío, en aquel reino, si no merecías abrigarte. Para cubrirse era necesario hacer méritos.

            Y anda poblado el mundo de personas en camiseta, en bragas o en calzoncillos. Y son legiones también los que andan con el culo al aire. Mucha gente pasa frío y sólo algunos se han calentado. Y éstos, a quienes ha sonreído la suerte, además de estar calientes se ríen de los que están desnudos; de los débiles, de los que andan por ahí en calzoncillos; de los del culo al aire; de los perdidos.

 


            El mundo de nuestro cuento es un retrato de la escuela en que nos ha tocado vivir. Quienes suspenden están con el culo al aire; son gente sin diploma, sin preparación, sin historia, sin fortuna; por no tener, no tienen ni nombre siquiera: son los marginados, los excluidos. Y vagan por el mundo ateridos ante la indiferencia de la sociedad. Una sociedad desalmada que se ríe de los fracasados sin preocuparse de comprender las flaquezas que los llevaron al fracaso. Porque las debilidades de antaño te las restriegan en la cara durante toda la vida, como si fueran estigmas; identificados para el castigo, señalados, reos para siempre, carne de cañón.

            Luego están quienes han llegado y se compran ropa. Pero no se la dan porque han llegado tarde, y te quitan pantalón y chaqueta, sombrero y zapatos, para quedarte sólo en calzoncillos. Así hay quien suspende en los exámenes y los recupera con un sobresaliente; y el sobresaliente, como lo han sacado a destiempo, te lo han cambiado por un aprobado. Detrás de los aprobados hay sobresalientes y notables que la escuela no reconocerá nunca, aunque sean tuyos. Te los habrás ganado a pulso pero estarán escondidos; serán imposibles de encontrar, camuflados entre la masa de estudiantes que verdaderamente hayan pasado con un aprobado raso.

            ¿Qué sociedad es ésta? ¿Qué escuela, que esconde entre la niebla los trajes que se han comprado en el tiempo del estudiante, cuando no coincide con el de los profesores? Si la sociedad nos deja arreglar los platos rotos ¿por qué los rompe luego de nuevo, por qué? Quien sobresale en una recuperación se queda con un aprobado raso para esconder el sobresaliente; porque haber fallado era un pecado imperdonable por el que hay que seguir pagando, aunque los platos rotos ya se hayan arreglado, durante toda la vida. Como una marca imposible de borrar, como una cicatriz del fracaso. Una huella. Para esas gentes la escuela es una cárcel donde las faltas del alumno, como un eterno pecado original, no las borra ni dios con su misericordia ni el alumno con su esfuerzo; pues se han escrito con tinta indeleble y te perseguirán para toda la vida. Para siempre jamás.