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viernes, 13 de agosto de 2021

DESPEDIDA

 

 

 

DESPEDIDA

 


            Mis queridos amigos: lo mejor que hay en la escuela son los alumnos. Los mayores estamos trillados y entre tanto grano hay mucha paja: también hay cizaña. Vosotros sois arcilla tierna sin durezas y podéis cambiar el mundo adaptándoos a él: sólo tenéis que derribar las rigideces mentales que os hacen a veces esquemáticos; pero vuestros esquemas son los andamios de vuestra personalidad, como cuando construimos una casa levantando andamios que luego hemos de derribar cuando la casa esté hecha: así también, cuando nos construimos como personas, levantamos estereotipos a los que nos tenemos que encaramar para poder hacerla; y luego, cuando ya está más o menos hecha, los tiramos al suelo porque han dejado de servirnos. La juventud es tierna, tierna como la arcilla; pero necesita esquemas que la puedan sujetar antes de desparramarse; que es preferible tener una forma a estar sin ella, y esa forma, cuando ya no nos vale, tenemos que cambiarla, como el andamio que sólo sirve mientras construimos la casa; como el capullo duro mientras se construye la crisálida; nuestra vida es una continua metamorfosis y nosotros, los mayores, cada vez tenemos menos capacidad para adaptarnos a nuevas formas; pero vosotros, que sois arcilla, tenéis toda la capacidad del mundo. Sois fuertes y flexibles como la goma; los adultos, al perder flexibilidad, vamos perdiendo vida y nos volvemos duros; nos rompemos.

            Quiero daros las gracias por el hermoso libro que me habéis regalado. Hermoso por partida doble: porque es modesto, y en su pequeñez sin pretensiones refleja lo mucho que habéis hecho con lo poco que tenéis (por eso vale más que un libro caro); y porque en sus páginas he podido desfrutar lo más delicioso que se ha escrito, porque tiene la frescura de las palabras sencillas y en esa sencillez sin pretensiones tiene la hondura que suele faltarles a las palabras pretenciosas. Todo el curso nos lo hemos pasado salpicando las clases con chistes, como si los chistes fueran el azúcar que endulza la leche; pero este libro viene a decirnos que el azúcar es algo más que el dulce del bizcocho; porque, si no hubiera azúcar, no habría bizcocho; sería una masa con apariencia de bizcocho, pero no tendría sabor, no estaría dulce; como la filosofía sin humor sería mera apariencia de filosofía; por eso me ha gustado como lo llaman los autores de vuestro libro: filochiste. No os quepa duda de que este librito va a ser la biblia con la que voy a preparar las clases del futuro; pero ya no las disfrutaréis vosotros: las disfrutarán otros alumnos.

            Gracias por haber estado conmigo todo este curso. Gracias por haberme contagiado con vuestra frescura, y cómo no, con un poco de la ternura de vuestra arcilla. Aunque ya no tengo vuestros años, por ósmosis, espero mantenerme joven; como esa crisálida que se mueve dentro de las rigideces del capullo. El capullo es el que se apega a lo viejo despreciando lo nuevo; el que prefiere el esquematismo de lo duro a la vitalidad de la crisálida; el que se queda con el andamio porque no tiene paciencia para ver la casa. Espero no ser nunca un capullo.

            Y vosotros, cumplid lisa y llanamente con vuestro destino. Sed arcilla, construiréis muchas cosas. Sed vida, que atravesaréis todos los esquemas, todos los capullos, todos los andamios. Los esquemas son necesarios: pero para formar la vida, no para apresarla; los esquemas son como el tutor de las plantas, que las ayuda a crecer, no como el corsé que las aprieta. Con ser vosotros mismos (arcilla fresca y no cemento armado) seréis salud y vida; que puede más la hierba humilde que se dobla con el viento que la caña orgullosa que se pone tiesa: y por eso el viento la troncha.

            Gracias por haber estado aquí. Y por haber compartido todo este tiempo conmigo. Hasta en los malos estudiantes he encontrado la tela de la que están hechas las mejores personas. Algunos habréis sido estudiantes malos, de ninguna manera malos chicos. Sólo los que se cierran al mundo se quitan a sí mismos la posibilidad de disfrutar de todo. Me acordaré de vosotros. Ahora cada uno seguirá su rumbo Y que salga la crisálida. Que fructifique.

           

            Junio de 2013.

 

Que la vida iba en serio

uno lo empieza a comprender más tarde

-como todos los jóvenes, yo vine

a llevarme la vida por delante.

 

Dejar huella quería

y marcharme entre aplausos

-envejecer, morir, eran tan sólo

las dimensiones del teatro.

 

Pero ha pasado el tiempo

y la verdad desagradable asoma.

Envejecer, morir,

es el único argumento de la obra.

 

                                               Jaime Gil de Biedma. 





viernes, 6 de marzo de 2020

LAS SOMBRAS DE NUESTRAS IDEAS




LAS SOMBRAS DE NUESTRAS IDEAS


1.

            -En el mundo –dijo Juan- no vemos las mismas cosas con los mismos cristales; para ti son verdes, y es porque llevas gafas verdes; para mí son azules, y no es a causa de las cosas: es a causa de mis gafas.
            -¿Por qué dices eso? –preguntó Beatriz.
            -Es por la pastora Marcela: unos la miraban con gafas acusadoras, otros con gafas comprensivas; pero Marcela, al fin y al cabo, era la misma. ¿No os ha ocurrido que a veces odiáis a las personas sin saber por qué? No os dais cuenta de que las miráis con ojos de odio. Si las mirarais con ojos cariñosos os parecerían simpáticas. –Y de repente Juan pensaba en Kant-. La gente no es como vosotros queréis que sea; la gente es como es.
            -Pero nosotros no queremos que la gente sea de ninguna manera- objetó Pablo.
            -Eso es lo que crees. A las personas las persigue una especie de sombra que hacemos con ellas; y esa sombra es como un retrato manipulado, igual que el fotógrafo retoca las fotos para que las cosas en sus imágenes sean mejores o peores que en la realidad. Nosotros, antes de dirigirnos a alguien, ya tenemos una imagen de él; o una idea; éste es feo, éste es guapo, éste simpático, éste inteligente… Cuando juzgamos a la gente no pensamos en lo que es; la comparamos con la imagen o con la idea que tenemos de ella; queremos que el original se parezca a su retrato, aunque es el retrato el que debería parecerse al original.
            Visi le escuchaba con interés.
            -A veces no miramos con los ojos sino con un espejo; los ojos deberían ser cristales que reflejaran la realidad, cristales transparentes; y que dejaran pasar las imágenes sin impurezas, no como los cristales sucios o ahumados.
            Tosió sujetándose la voz, en la boca, con el puño.
            -Pero a los demás los vemos como espejos; espejos donde proyectamos nuestras imágenes falsas, y queremos que la gente las refleje para nosotros; que se parezca a nuestros clichés, que nos los devuelva; que nos devuelva nuestra imagen para que la realidad sea un calco de nuestras ilusiones; de nuestros prejuicios.
            Volvió a carraspear.
            -Otras veces no miramos con un cliché individual, sino con un estereotipo colectivo. Así Marcela no es Marcela, es una mujer. Y queremos que sea como nos empeñamos que sean todas las mujeres: traidoras, ingratas, calculadoras, malvadas… Pero Marcela no tiene que ser así por ser mujer; es más, la mujer no tiene por qué ser como nosotros queremos que sea. Entonces Marcela, para defenderse, lanza su discurso.
            -Como una lanza que rompe el espejo con el que la miramos.
            -A veces es el único con el que podemos mirar; no sabemos que hay otros.
            Sombras de la caverna.
            -Para que vea don Quijote cómo es en realidad.
            -Y los cabreros, Elisa; y los cabreros.
            Elisa calló, y sus oídos fueron receptivos.
            -Hay que desembarazarse de prejuicios para poder ver. Quitar las sombras que nos nublan la vista. Las sombras, cuando están en los objetos, nos facilitan la visión, pero cuando están en nuestros ojos producen fantasmas, estorban y falsean, crean ilusiones…


            Juan se daba cuenta de que hablaba de las sombras de las ideas. Los prejuicios. Los cabreros no se engañaban con la cara de Marcela: captaban su belleza deslumbrante, sus encantos; pero igual que los cuerpos parecen deformados por el punto de vista, así también se deforman las ideas por la manera de pensar. Los prejuicios nos llevan a conclusiones disparatadas: no nos dejan discurrir; puede que nuestros razonamientos sean correctos, pero nuestras ideas no; y hacemos ideas de desechos como madalenas; cuando echamos basura en los moldes nos salen madalenas buenas, pero nos salen mal.
            Los prejuicios son las sombras de las ideas; de las ideas discutidas; y (pensaba) también hay sombras para todas las ideas que no podemos expresar.
            Ver la realidad es romper los filtros que tenemos en los ojos: los del cuerpo como los del alma. Ver la realidad es tener espejos que no lanzan sombras al interior de nuestra cabeza, imágenes que se confunden con las de los objetos que acabamos de mirar. Y cuando esos fantasmas no son de luz, sino de palabras, la claridad del cuerpo se vuelve transparencia de otro tipo: es, desde luego, una claridad intelectual. Hay tres tipos de sombras: las de la vista, que son sombras en sentido propio; las de las palabras, que son prejuicios; y las de las intuiciones, que son locuras; deformaciones de nuestra vitalidad; son, también, las de nuestra sensibilidad. (No la sensibilidad informativa, sino la expresiva; aquella para la que sentir es segregar sentimientos desde el fondo del alma; aquella para la que el entusiasmo es lo propio de la idea, el sentimiento fundamental).
            Sentir ideas es captar su latido más íntimo, su calidez entrañable; sentir prejuicios es llevarlas al borde de la locura: empaparlas con su visceralidad.


2.

            Unas veces no sabemos ver, otras no sabemos ver bien. Como decía Unamuno[1], unas veces tenemos telarañas en los ojos y otras visiones dentro de ellos. Los carlistas no podían entenderse con los liberales; mutuamente se condenaban a la exclusión. La exclusión es incomunicación por encima de todo.
            Juan pensaba mucho en Arcadio: su mente estaba llena de telarañas (paralizado por el miedo, Arcadio era incapaz de confiar); no confiaba en sí mismo; y, como él se veía en los otros, no confiaba tampoco en los demás. Se sentía bien poca cosa. Le parecía increíble que una chica pudiera fijarse en él. Nuestras intuiciones son al mismo tiempo ilusiones del corazón, porque el ánimo se viste con la alegría de conocer; pero cuando no tenemos confianza nuestra intuición se vuelve ilusa y las alegrías se tornan desilusión. Arcadio sentía visiones y pensaba que era un inocente, incrédulo, un tonto; se sentía desilusionado porque en cada gesto y en cada palabra de cada chica continuamente sentía que lo rechazaban.
            ¡Pobre Arcadio! Su frente abatida denotaba una absoluta falta de entusiasmo. Pero su desengaño no se debía a que sus intuiciones fueran acertadas: por el contrario, eran paranoias; se creía que la gente lo perseguía para reírse y no veía que nadie quería hacerle daño. Pero cuando tenemos corazonadas nos envuelven como la niebla y nos arrastran en su estela, y no tenemos un faro que nos pueda orientar en el océano. ¿Cuándo son obsesiones? ¿Cuándo impulsos del corazón? ¿Cuándo impresiones fieles? ¿Cuándo deformamos en nuestra mente nuestra visión? No hay frontera clara entre la ilusión y la locura, y unas veces soñamos estando cuerdos y otras, entre los sueños, perdemos definitivamente nuestra razón; la ilusión nos hace ilusos y desorientados, perdidos, mezclamos el placer con sufrimiento; no hay nada en nuestra razón que nos ilumine cuando pretendemos, con esa seguridad que tienen los necios, querer hacer el bien regándolo de dolor.





[1] Miguel de Unamuno. Paz en la guerra.