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viernes, 30 de julio de 2021

DE LAS DEUDAS AJENAS

 

 

LA VENTANA DE CRISTAL

 

DE LAS DEUDAS AJENAS   

 


            Las hojas tienen dos caras, como las monedas, y no hay anverso sin reverso como tampoco hay cara sin cruz. Que la llegada de los españoles perturbó la historia de América es una gran verdad; pero también lo es que antes de que llegara España en América ya había perturbaciones. Perú no fue un modelo de armonía antes de la conquista: la guerra entre Huáscar y Atahualpa causó centenares de miles de muertos, algunos hablan de millones, las masacres fueron terribles, las crueldades, infinitas y las venganzas, espantosas. Los incas no tenían una sociedad igualitaria exenta de desigualdades, y España no sólo llevó allí aventureros sino también el derecho de gentes; no es honesto citar las virtudes propias omitiendo sus vicios y recordar los defectos ajenos olvidándose de sus virtudes. Toda cara tiene su cruz; toda cruz, su cara.

 

            Toda la vida han maltratado al niño. Ha sido su abuelo. Después de sufrir sus palizas, ahora castigáis al niño por lo que su abuelo les ha hecho a los demás. Castigar a uno por las culpas de otro. Mis antepasados invadieron América y ahora me echan la culpa a mí, ¿qué tengo que ver yo? Tal vez no esté de acuerdo con muchas de las cosas que se hicieron, ¡pero es que encima me acusan de haberlas hecho! La mujer no tiene por qué pagar las deudas que su marido ha contraído en el juego.

 

            Yo soy inocente y no se me puede acusar. Los culpables ya se han muerto, pero el daño está hecho. Por mal camino vamos si queremos que otros paguen las deudas que nadie ha podido contar. Todavía es peor tapar nuestros errores de hoy con errores de otros en el pasado, es como obligar a pagar las deudas del abuelo para no tener que pagar nuestras propias deudas. No mires por la ventana y mírate en el espejo: tal vez veas en tu cara los errores de los que a los demás les estás acusando.

 


 

 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Los orígenes de la filosofía en el Perú






LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA EN EL PERÚ


1. EL PROBLEMA DE LOS ORÍGENES DE LA FILOSOFÍA.

            La razón  no ha surgido luchando contra el mito como si el mito fuera irracional; por el contrario, ha salido del vientre del mito como un árbol que sale de su semilla. Y no surgió bruscamente, sino a través de una lenta maduración. No puede decirse que, de repente, después de una dura lucha de la razón contra las fuerzas irracionales, aquélla saliera victoriosa arrinconando a la ignorancia para siempre; a la ignorancia, a las creencias, a la magia, a la superstición. No ha habido un momento en que el mito acabara por retirarse para dejar paso al logos: para empezar, la razón estuvo siempre en el interior de los pensamientos míticos, pero estuvo dormida; y para seguir, el mito no se retiró tampoco de la escena de la historia cuando se produjo el desarrollo de la razón: por eso fue razón naciente antes de ser una razón nacida; también hubo una razón latente, herida, aletargada, que terminó por eclosionar.
            Suele considerarse a Homero y Hesiodo, en el siglo VIII antes de Cristo, como los representantes tardíos del pensamiento mítico en Grecia. Pero en los cuatro siglos que les precedieron, quizá el mito no era vivido de la misma manera; quizá pudiéramos hablar de mito I y mito II para referirnos a dos formas sucesivas de vivirlo a lo largo de los años. Paralelamente, quizá desde el siglo VIII hasta el VI, y hasta incluso el V, la filosofa no revistiera tampoco las mismas formas; quizá también pudiéramos hablar de filosofía I y filosofía II para caracterizar estas dos fases. El paso del mito a la razón sería una expresión simplista para referirse a un proceso complejo más dilatado. ¿En qué consisten esas fases de la razón de las que hemos hablado?

(1)     Llamamos razón atada a las épocas que producen pensamientos cautivos; épocas de la historia donde el pensador está sujeto al político. Corresponden a la fase de mito I y se trata de un pensamiento extensional imaginativo, porque lo que no es extensión se conoce imaginándolo. El mito en su primera fase (Kotosh, Chavín) se extendería del año -700 hasta el +100, y se caracterizaría por una experiencia sin analizar llena de personificaciones igualmente sin analizar; y el mito, como punto de llegada, era la culminación de las razones.

(2)     La razón naciente. Produce pensamientos sueltos (pero aún no verdaderamente libres). Conoce una liberación progresiva del saber con respecto al poder, y el mismo saber empieza a vencer los obstáculos epistemológicos. Es lo que llamamos primer pensamiento intensional reflexivo. Se despliega en dos fases:

·        Mito II.  (Paracas, nazca). Del año 100 al 800. Caracterizado por un análisis empírico defectuoso sobre un incipiente análisis de las personificaciones (nazca, paracas).

·        Filosofía I. (Mochicas, chimús, incas). Desde el año 800 hasta el 1532. Ahora el mito es sólo punto de partida. La inducción y la analogía se revisten de lógica (deducción) y el culto ha segregado crítica, y convive con la cultura. Ya hay un análisis conceptual explicativo, fragmentariamente desligado de la experiencia.

(3)     La razón nacida es generadora de pensamientos libres. La técnica va arrinconando a la magia y el mito deja paso a la filosofía: es lo que llamamos segundo pensamiento intensional reflexivo. Ya no se trata sólo de impulsos  racionales y liberadores, sino de proyectos liberadores de la razón. Corresponde a las fases de filosofía II y ciencia. 

·        Filosofía II.  (Perú colonial). Desde 1.532 hasta 1.800. La filosofía refuerza la porosidad urbana sobre la que se asienta, que es a la vez consecuencia y causa de su actividad; el mito es sustituido por los conceptos y sobre una técnica mejorada crece un análisis empírico cada vez más afinado.

·        Ciencia.  (Perú republicano). Desde 1.800 hasta hoy. Aquí surge, segregado por la experiencia, el experimento (que es una experiencia controlada). El pensamiento especulativo se transforma en ciencia experimental y las explicaciones, ancladas en los hechos, se vuelven abstractas (porque levantan el vuelo sobre el techo de lo cotidiano).

En Perú, el período de la razón nacida se escindiría en dos periodos:
A.    Razón suplantada. El logos autóctono es suplantado por el europeo.
B.  Razón plantada. El logos autóctono emerge, para emprender una síntesis, cuando se relajan las ataduras del europeo.

La tesis que defenderemos es la siguiente: que el pensamiento peruano precolombino alcanzó el estadio de filosofía I casi 1.500 años después de que los pensadores de Mileto hubieran alcanzado el umbral de la filosofía II. Y no avanzó más porque sus ciudades no eran suficientemente porosas; la ausencia de escritura impidió el desarrollo de la democracia, de la curiosidad y de la apertura no militar a otras culturas de su entorno. 

 
2. EL PROBLEMA DE LOS ORÍGENES PERUANOS DE LA FILOSOFÍA.

2.1. RAZÓN ATADA (PENSAMIENTO CAUTIVO).  

La constelación de la cruz del sur “destaca en el cielo nocturno entre los meses de marzo y agosto y puede observarse prácticamente toda la noche hasta junio y especialmente en el mes de mayo. Está constituida por estrellas brillantes y es visible desde el polo sur hasta el ecuador”. Gustavo Estremadoyro señala que “los habitantes de las antiguas culturas rindieron culto a la constelación de la Cruz del Sur, no como una divinidad sino como un sistema de orientación y como relación básica para su sistema de medida”;

1. CULTURA CHAVÍN .

            El templo de Chavín tiene galerías angostas, altas, frías, formando un laberinto donde es fácil perderse: hay una sensación de misterio. El presunto dios-jaguar, cuya cabellera está formada por haces de serpientes, inspira una mitología centrada en el terror. Así lo pinta Vargas Llosa.
Pero, más todavía que al temblor, al rayo, los aniegos y el huaico, la razón primordial de su pavor eran las garras y los colmillos del puma y el jaguar, o la mordedura del crótalo, que anidaban por doquier en estos bosques intrincados y que debían causar innumerables víctimas en las aldeas y caseríos. Por eso los convirtieron en divinidades y trataron de sobornarlos y aplacarlos, construyéndoles este majestuoso santuario”; imagina Vargas Llosa que “el miedo que sentían explica el salvajismo a que se entregaban, la inaudita violencia a que recurrían”. Porque “ese horrible dios, híbrido de pájaro, crótalo y felino”, estaba representado en el Lanzón; y el Lanzón “estaba impregnado de sangre humana, que chorreaba sobre él, de las víctimas sacrificadas por los sacerdotes, allá arriba, en el templo, en la piedra que era el ara propiciatoria, estratégicamente colocada de tal modo que la sangre del sacrificado bañara al dios de la caverna. Muchos peregrinos caerían fulminados, aquí, de terror y devoción”.
El mundo es un entorno hostil que impone un pensamiento afectivo: no puede, pues, haber ciencia, sino rudimentarios conocimientos empíricos. No se busca un arte realista que sea representación del mundo sensorial; el arte de Chavín es simbólico, metafórico y abstracto.


2. CULTURA PARACAS .

            No es lo mismo la naturaleza como conjunto de las cosas que hay que la naturaleza como totalidad con sentido; en el primer caso hablamos de la pluralidad; en el segundo de totalidad, de absoluto. Chavín no conoció enriquecimientos significativos de la experiencia que no estuvieran orientados a la explotación técnica del medio; y en cuanto a pensar lo absoluto, no hubo inquietudes destacables, ya que el pensamiento estaba guiado mucho por las emociones y poco por la razón. Paracas, contemporánea de Chavín, desarrolló una técnica elaborada de las trepanaciones, y produjo las telas más bellas de todo el continente americano. Técnica y arte, pero no experiencias protocientíficas ni interés por la trascendencia. El periodo Formativo se caracteriza por una ausencia de teología y por una liturgia orientada sobre todo al sacrificio.


 2.2. RAZÓN NACIENTE (PENSAMIENTO SUELTO).  

3. CULTURA MOCHICA.

En la cerámica mochica los astrónomos aparecen representados en forma de sacerdotes-búhos; ello se debe a que se interesaban más por la astronomía nocturna, centrada en la observación de las estrellas más que en el estudio del sol.
            Soldados-felinos, sacerdotes-búhos, pueblo-lagartija. La cerámica escultórica posee un “afán de retratar la vida cotidiana”, como los escritores y artistas del Siglo de Oro español; veremos que aquí aflora también una atmósfera picaresca. Se representan palacios, pero también casas humildes. La cerámica representa al médico, al idiota, al jiboso (reconocible por su rostro triangular), al ciego (“que ya no tiene necesidad de utilizar determinados músculos faciales”). Se representa “la cara del individuo (...): al pensativo, al enérgico, al sereno y al colérico, al que ríe y al que sufre, al de nariz carnosa y al de ojos almendrados; se representan “partos difíciles, hermanos siameses unidos por el costado, caras con huella de forúnculos, labios leporinos, sífilis de tercer grado, mal de Pott, bocio exoftálmico, hemipejia, rostros roídos por la uta, pies y párpados edematosos”. Por último cabe destacar el huaco pornográfico, que parece remitir a ritos sexuales sin afán moralizador.
            La cultura mochica también piensa la pluralidad, pero lo hace en sus apariencias, no en sus profundidades especulativas e inobservables. Frente a la metafísica intuitiva nazca podemos hablar de la extraordinaria observación científica de los mochicas: tal es la cantidad de los datos recogidos que cabe pensar en la presencia de verificaciones, y por lo tanto conocieron la experimentación, aunque fuese rudimentaria. Quién sabe si se dedicaron a describir más que a explicar, y por eso podría hablarse, salvando todas las distancias, de un positivismo mochica. Pero este interés por los datos se dio en la medicina, que también en Grecia supuso una avanzadilla de la ciencia entre las creencias religiosas y las especulaciones metafísicas; entre la cultura nazca y el propio clero mochica.
Se trata de una verdadera secularización, y es difícil no imaginarse a buena parte de la sociedad civil disputarle el saber, si no el poder, al sacerdote.
            El realismo adquiere carta de nobleza en la cultura mochica. Ya no se busca la metáfora y el símbolo que expresan lo indecible (y lo temible), sino una verdad concebida como adecuación a la experiencia cotidiana. Sigue habiendo dioses feroces: Aia-Paec todavía ostenta colmillos heredados del legendario dios-jaguar. La casta guerrera, extremadamente cruel como en las anteriores culturas, tiene como distintivo, “tal como se ve en la cerámica pintada, (...) la figura antropomorfa con cabeza de felino”. Pero los sacerdotes, siendo aún guerreros, también eran “grandes médicos y cirujanos”, como hemos visto. Su distintivo no es el felino que destruye, sino el zorro y el búho; el zorro, “animal conocedor de muchos secretos y gran amigo de la luna, como que le aúlla y conversa en la soledad nocturna”. El saber está relacionado con la noche, tanto en la figura del zorro como en la del búho: parece una intuición de la lechuza de Atenea.


4. CULTURA NAZCA.

Seguirán estudiándose las extensiones, con lo que no dejarán de desarrollarse las matemáticas y la astronomía (el calendario nazca da fe de ellos); pero ahora hay un interés por interpretar los fenómenos completando la imaginación con el pensamiento reflexivo, y matizando las intuiciones con la inteligencia.
Su interés se centra en la pluralidad circundante para resbalar de inmediato en la estructura profunda, huyendo de la apariencia. No busca, pues, enriquecer el universo empírico, sino metafísico. Trasciende la apariencia para penetrar en su corteza, auscultando lo que guarda: aquí metafísica no es teología.
     a) Sustancia. Hacia el siglo +VI la cerámica nazca huye del fondo que rodea la figura, y lo suprime dibujando seres que engendran dos seres cada uno, y éstos a su vez engendran cuatro; no se trata aquí de iteración yuxtapuesta, sino introducida dentro del motivo inicial, como si fuera una “mise en abîme”: hoy los llamamos fractales. El horror al vacío no es aquí una conceptualización como en Aristóteles; es un sentimiento. No describe, sino que prescribe. Proyecta el propio sentir sobre el objeto de arte. Y lo hace asomándose sin saberlo a la noción de fractal, que el siglo XX conceptualizará como espacio de un número decimal de dimensiones. Esta huida del espacio hace presagiar una ontología llena donde el vacío no tiene cabida; ontología intuitiva en que la sustancia reside en la forma, pues permanece la forma replegada sobre sí misma en reflejos infinitos y decrecientes. Pero es, en la cultura nazca, un sentimiento de artista, lejos aún de la abstracción del filósofo.
     b) Movimiento. Un autor anónimo esculpió la Procesión del Antarista, que representa a un músico junto a varios personajes; “si vemos a los personajes de perfil aparecen caminando, si los vemos de frente están detenidos: el secreto estriba en que cada personaje posee tres piernas”. Un recurso que va más allá de los bisontes de Altamira, que parece que corren porque tienen más de cuatro patas. Dos conclusiones hay que extraer de estas observaciones: la primera es que el artista nazca ve la naturaleza como un movimiento que subyace a las figuras que se mueven (el mundo es un vértigo que a escala humana genera quietud, como el equilibrio newtoniano es el resultado de desequilibrios y aberraciones cuánticas: la quietud es una apariencia y, al revés que en Parménides, la auténtica realidad es cambio); y la segunda observación es que el antarista es una imagen vista desde varios ángulos, una acumulación de perspectivas (algo que siglos después desarrollará el cubismo). Si recordamos que Ortega y Gasset veía a Dios como la reunión de todas las perspectivas, veremos en el antarista no un perspectivismo epistemológico sino metafísico.
Esta metafísica intuitiva de artistas (y, seguramente también, sacerdotes) quizá no fue capaz de generar una ética respetuosa de la condición humana. ¿O sí? La ausencia de textos es ahora mudo testigo de nuestra ignorancia.


2.3. RAZÓN DORMIDA (PENSAMIENTO LATENTE).  

5. CULTURA HUARI.

El pensador está sujeto al político, pero hay gérmenes de razón sembrados en el pasado. El retroceso huari supone, al parecer, una vuelta de la razón a las catacumbas: como si volviera Chavín. Parece oscurecerse la ilustración del periodo anterior, con el declive de los mochicas, cuya cultura mochica se renovará, atenuada, en la chimú. Entre ambas se extiende el Segundo Horizonte (de Huari-Tiahuanaco), caracterizado por una religión instalada como ideología más que mentalidad; de agitadores que predican la buena nueva, “con misioneros de Tiahuanaco” o bien “hombres de Huari y Ayacucho que visitaron el altiplano y tornaron inflamados con la fe de los conversos”. Surgió así un Estado al amparo de la nueva religión, “que pronto irradió sus ideas”. Sacerdotes, artesanos y mercaderes, y pastores. Tal un sistema patriarcal “convencido de su religión y que trata de imponerla por la fuerza”. Pachacámac, conquistada, “se convertirá en el gran centro sagrado de la costa”.


2.4. RENACIMIENTO DEL PENSAMIENTO SUELTO.  

6. CULTURA CHIMÚ .

El periodo clásico (de los maestros artesanos: de +100 a +800) continúa en un período posclásico (de los constructores de ciudades: de +1100 a +1450), y la cultura mochica se renueva, atenuada, en la chimú. Entre ambas se ha extiendido el Segundo Horizonte (de Huari-Tiahuanaco),


7. CULTURA INCAICA.

     a) Inmovilidad. La pintura de los keros (vasos) representa pájaros que vuelan sin avanzar como si estuvieran petrificados; lo mismo sucede al resto de los animales, y también a los seres humanos. El dinamismo mochica se trueca en ausencia de movimiento.
     b) Sustancia. La sustancia incaica, a diferencia de la nazquense, no reside en la forma: reside en la materia, concretamente en la dureza. El modelo es la piedra: naturaleza pétrea de los Andes, de la que derivan los duros y macizos edificios La dureza es inmovilidad, resistencia a la erosión, y por lo tanto permanencia. La sustancia-piedra es estable, compacta y de hondos relieves; mas no es un concepto forjado por los amautas, sino un sentimiento expresado por los artistas.
La cultura incaica, inspirándose en la mochica, representa en sus vasijas todo tipo de personajes: incas y coyas, príncipes y princesas, mujeres y niños[1]; aunque no tanto como explicación, sino como descripción y relato. La profundidad de las imágenes mochicas queda lejos de sus imitaciones incaicas; pero queda el modelo.
La physis, dominada con la técnica pero aún no comprendida por la teoría, tiene un doble especular: el estudio de la sociedad, entendido como técnica de dominación antes que como teoría del poder; en el plano teórico es sobre todo ideología de legitimación, nunca interés por comprender el mundo: con lo que lo religioso cubre interesadamente lo social en vez de entroncarlo con lo físico y metafísico.
     c) Libertad petrificada. El tiempo libre no existía para los jatun-runa: el ocio se identificaba con la pereza, hasta el punto de ser azotados quienes eran sorprendidos durmiendo de día[2]. Al ser el descanso una noción pecaminosa, también lo era el ocio (del que emana la cultura). El trabajo ha de ser penoso; no se concibe el trabajo agradable, pues es una contradicción en los términos.
            Libertad. No existía en el tawantinsuyo. Pasar el tiempo es tedioso, y en la mente del campesino no ha arraigado la idea de aprovecharlo en libertad, fuera de las obligaciones laborales. Entre los campesinos la cosa el ocio es pereza y por eso se castiga con el trabajo inútil; por ejemplo, bajando piedras al valle para luego volverlas a subir (verdaderos sísifos de los Andes).
Igualdad. No existe en el tawantinsuyo. Es más, la desigualdad no sólo es jurídica, sino ontológica. Hay una asimetría entre el inca y sus súbditos. Si el término “runa” significa “hombre” en quechua, entonces el inca, que es hombre, no sería runa; y es que (cito a Waldemar Espinoza) “los incas de sangre constituían una nación, y el nombre de ésta era incaruna”; el incaruna se divertía y gozaba, mientras el mitayo o jatunruna (el campesino) sólo debía “sufrir, padecer y callar”.
         Fraternidad. Fraternidad social: la minka o reciprocidad que, entre otras cosas, movilizaba a los campesinos para realizar trabajos para la comunidad (obras hidráulicas, por ejemplo). Aquí sí se vivía el trabajo como una fiesta; el trabajo comunitario, a diferencia del trabajo de interés individual, era vida, y dinamizaba voluntades compensando esfuerzos con cantos y comidas y bebida. Mas la fraternidad reposa sobre la voluntad de quien la practica, no sobre la obligación ni la recompensa. No puede, pues, hablarse de amor y fraternidad entre los jatun runas, sino de racionalización en la gestión de recursos y en el reparto de tareas.
            La ausencia de fraternidad queda bien ilustrada en el concepto de eficacia que tenía el tawantinsuyo. En un país donde la escritura o no existía o era patrimonio de la casta sacerdotal, los correos debían memorizar los mensajes relevándose unos a otros en su travesía de los Andes; el correo desmemoriado era ejecutado en la plaza de su pueblo “con cincuenta mazazos en la cabeza y luego, ya cadáver, se le quebraban las piernas”.
            También la ausencia de fraternidad se manifiesta en un desprecio a la vida (valor fundamental del pensamiento circumeuropeo). En la pena de muerte se llegaba incluso a “la muerte en masa de los inculpados”[3]. Las vírgenes del sol que perdían su virginidad podían ser despeñadas o quemadas, colgadas de los cabellos y abandonadas hasta la muerte, “hallándose determinado afán ejemplarizador en sepultarlas vivas con sus cómplices”; pero lo peor es que después se asolaba el pueblo de los culpables, matándose a todos los hombres.
            Los jatun runa son, pues, un pueblo sin alegría, sin amor, sin intimidad, casi está uno tentado de decir: sin derechos. Y ciertamente no tienen derechos individuales, sólo son titulares de derechos colectivos. Basadre y Belaúnde ven en el derecho incaico el más desarrollado de América precolombina, y si eso es verdad podemos certificar una cosa: que la cultura incaica estaba muy por debajo de la cultura española que la conquistó, por más que la Conquista y sus abusos hayan sido económica, política y militarmente una gesta inhumana; pero espiritualmente fue también una inyección de humanidad.
            Le faltaba también (esto lo podemos añadir ahora) una dimensión ética que no había en su moral. Pero algún atisbo de ello hay cuando, en el nombre de uno de los barrios del Cuzco, encontramos la palabra “munaysenca”. Munaysenca significa “relación de voluntad y amor”: este solo nombre es ya una huella de lo que debió ser pensamiento delicado y profundo. Obsérvese que este pensamiento surgió en el Cuzco; y eso indica que, frente a la moral pasiva de los jatun runa, seguramente se estaba desarrollando una actividad ética (filosófica y no sólo religiosa) en la sociedad de los inca runa. La voluntad es amor en San Agustín, y amor es para él “diligere” (elegir), no “amare”; querer presupone pensar, pero sobre todo es un amor sensible; así se desprende de esta palabra dejada como mudo testigo en el tiempo del Cuzco. ¿Qué anónimo amauta forjaba tales intuiciones, quizá en el propio barrio de Munaysenca?




2.5. RAZÓN NACIDA (PENSAMIENTO LIBRE).  

Después de la conquista ha eclosionado un pensamiento liberador coincidiendo con el nacimiento de la razón. Pero, por desgracia, no ha surgido de la semilla pacientemente plantada en los Andes; ha surgido de una semilla europea. El pensamiento andino es brutalmente perseguido, arrinconado, destruido, y sus manifestaciones reducidas a la nada por la codicia de los conquistadores; sus dogmas, tan distintos de los cristianos, son reducidos al silencio por los extirpadores de idolatrías. Como en un campo de maíz donde se arranca el maíz para plantar el trigo, el pensamiento andino desapareció sin dejar huella más que en la mente de los aldeanos; y de los cronistas
            En Perú se escindiría en dos periodos: el de la razón suplantada (desde el 1.532 hasta el año 2.000) y el de la razón plantada (del 2.000 en adelante).
El tema de nuestro tiempo sería entonces repoblar los Andes con la razón andina. Al lado de la europea. Sin que ninguna de las dos se convierta en cizaña que eche a perder los frutos de la otra. Será entonces una razón plantada. La tarea más importante de la filosofía peruana no es, hoy, buscar razones que ya posee, sino plantarlas en esas otras razones que laten dormidas en su suelo. Eso es renovarse el Perú desde sus orígenes: de él podrá brotar en el siglo XXI la razón plantada. 
 





[1] José Antonio del Busto, Perú incaico, Lima, Studium, 1986; p. 362.
[2] Luis Emilio Valcárcel, Historia del Perú antiguo, 1, Lima, Ed. Juan Mejía Baca, 1964; p. 648.
[3] Luis Emilio Valcárcel, ibídem, p. 642.

domingo, 23 de marzo de 2014

Lo Real Maravilloso

LO REAL MARAVILLOSO


            Hace muchos años que viajé al Perú. Hay allí un lugar pequeño, muy cerca de la ciudad de Trujillo, cuyos caminos polvorientos despertaron mi curiosidad; de aquel gris terroso y seco manó un paisaje colorido, y aquel viaje de fortuna, rumbo al interior de los Andes, me llevó a unos cerros que sesteaban perezosamente bajo una calma cotidiana; cerros que sacaron a mi imaginación de la pereza. En estas líneas hay un recuerdo emocionado de aquel viaje que olía a tierra.



Roma, peligro para caminantes. El poeta se perdió en sus calles, exploró las esquinas, desnudó el tiempo. Roma era para él ciudad eterna y bella, era también un libro de historia, pero era ajena. El poeta paseaba su exilio por aquellas calles milenarias, arribado de Argentina, después de haber sido vomitado por España.
            Aprendí después que Roma no está en Italia. Es un pueblecito escondido en las estribaciones de la sierra, allende los mares y las tierras, próximo a la costa del Perú. Cerca de la ciudad de Trujillo, en el departamento de la Libertad. Allí fui un lejano mes de agosto, borracho de ganas de conocerla. Roma, aldea perdida. Auténtico peligro para caminantes. Roma, lejana y bella.
            Nos llevó Felipe a la estación de autobuses de Trujillo. Ya entonces me sorprendió la forma en que ómnibus y micritos asaltaban a la clientela. Por todas las esquinas pululaban jóvenes descamisados, sudorosos y desaliñados, gritando a los viandantes el destino de los vehículos; como en un mercado persa, andaban a la caza de los posibles viajeros, regateando y pujando en los precios, perjurando que sus autos eran seguros, luchando entre ellos para arrebatárselos de las manos. “¿A Roma, señor?”, decía uno; “¡venga conmigo! No se vaya en ese micrito, que la semana pasada tuvo tres accidentes; y aquel otro volcó; venga con nosotros, viajará seguro”. Felipe nos decía que no nos fiáramos  de ninguno y nos subió a un autobús viejo pero que lo era menos que los otros; los asientos tenían hierros que se clavaban en las posaderas, demasiado juntos para quien, como yo, tiene las piernas demasiado largas; el forro de tela estaba roto y descosido, el suelo lleno de barro seco, y había un cobrador con una cartera al hombro que al pronto dijo: “¡vámonos!” Felipe nos advirtió que costaría un sol más, pero que sería más seguro que los endiablados micritos que pisaban el acelerador como condenados huyendo; y como eran camionetas pequeñas desprovistas de estabilidad, claro está, volcaban.
            Partimos de Trujillo por una carretera asfaltada que, apenas se escurría del óvalo, se escapó por un camino terroso por el que levantaban las ruedas una sucia nube de polvo. De vez en cuando gasolineras precarias (grifos, que allí les llaman); hileras de casuchas desvencijadas, tablas arremolinadas en confuso montón, piedras huérfanas y cartones, esteras, ladrillos, y algún bar con olor a queroseno. La carretera levantaba polvo y batía tierra, el traqueteo de los baches se clavaba en los huesos, y en la otra hilera de asientos se sentaron dos cholas navegando en sus amplias polleras. Subió luego una jovencita con cara india que vestía un traje negro de falda corta que dejaba ver sus jóvenes carnes: era un uniforme de azafata, iba a trabajar en algún congreso (¿o acaso volvía de él?); pero se adivinaba tras sus finos ademanes la cara de hambre de una chica de pueblo.
            En otra parada subió un hombre con una guitarra. Apenas se cerró la puerta sonó el cascabel de sus dulces cuerdas, y nos obsequió con una andanada de luz y alegría que abrió nuestros dormidos pulmones y ensanchó el corazón, llenándolo de espacio y oxígeno. Desfilaban huainitos junto a la colegiala, guajiras, lambada, algún vals y alguna que otra salsa. Concluida la actuación, en un equilibrio certero de aquel autobús zarandeado por las olas de los baches, se quitó el sombrero y pidió perdón por, según decía, “haber sido molestoso”. Mi hijo de seis años que se sentaba junto a mí, se levantó al punto y le replicó: “no, señor, usted no ha sido molestoso; sus canciones me han gustado mucho”. Entre las risas de la gente lamenté no tener moneda sencilla para pagar a aquel hombre por su hermoso concierto. Su guitarra cantarina se quedó en mi recuerdo como un derroche de vida y color, que espero poder pagar de no sé qué manera, en algún otro lugar, algún día.
            Mientras el autobús surcaba el polvo de la ruta me asusté con aquel palo que se dirigía a mí, como una lanza que quisiera atravesar la carrocería. Era el bastón de un pobre hombre que se abalanzaba sobre el autobús, y que al punto yo creí que éste lo atropellaría. No fue así, y al parar avanzó torpemente como un cangrejo apoyado en su garrota retorcida: estaba ciego; sus pasos adolecían, además, de una disfunción motórica que los hacía bailotear como las patas de madera de un muñeco mal articulado. Ya en el autobús pidió dinero. Y comprendí entonces que los sucios vagones del metro de Madrid, que reciben en algunas paradas una guitarra, una armónica o un acordeón pidiendo limosna, eran sólo una pálida copia de aquel variopinto retablo de las maravillas.
            El ciego que casi no podía caminar era, además, mudo. Tenía una camisa sucia y sus mugrientos pantalones casi no llegaban a aquellos pies medio descalzos, medio desnudos. Vi después que no era ciego del todo, porque entre las nieblas de su lóbrego mundo vio la sombra borrosa del músico que nos había deleitado cantando. Se le ocurrió, al verlo, que tenía que pedir limosna cantando, como él; y tañó un concierto tristísimo de voces y gruñidos, esforzado en luchar con unas vocalizaciones que no le salían, que se trocó en mi corazón en el eco de un llanto: llanto por los abandonados y los desvalidos; llanto por los miserables y los pobres; llanto por los desheredados cuando eran niños. Ahora, que estoy muy lejos de aquel camino, se ha incorporado a mi sentir aquella escena como un clamor sordo de tristeza infinita sobre mi conciencia.
            Se estrechaba el camino por momentos. El polvo seco se metía por la nariz y la garganta. Por aquel desierto de dunas sucias y grises empezaron a aparecer piedras sueltas, luego paredes rocosas y algún picacho; aquí o allá resaltaba algún letrero, reliquia de un próximo pasado, llamando a luchar contra el cólera. Llegamos, pues, a Chocope. Tras la pequeña cuesta surcada por paredes blancas se hallaba el hospital que guardaba el pasado de mis tíos. Todavía Rebeca, hacía tan sólo una semana, había vuelto a cruzar sus arcillosas paredes para ir a curar su brazo roto. Salió el autobús del pueblo.
            De repente, Casagrande. Al girar el autobús por una calle dio de narices en la plaza. Era día de mercado. Había puestos con telas de colores, puestos separados entre sí por oscuras esteras, canastas de frutas y verduras: sandías, zapallos, granadas, papayas, guayabas, limas; otros puestos exponían innúmeras clases de papas, yucas, piñas. Más allá había una estera de la que colgaban jirones de carne martirizada por las moscas, que revoloteaban y se posaban en patas y lomos de color oscuro que antaño seguramente fueron rojos. Había serranas (serranas ya, pues entrábamos en la sierra) con fuegos de queroseno asando anticuchos, y un olor acre se adueñaba de la plaza. Un niño descalzo comía fruta allá en el suelo; otro lo miraba con ojos grandes sobre sus ojotas. De repente miré hacia la derecha, por la ventanilla del lado opuesto a donde yo estaba. Vi un edificio cerrado con una puerta sobre la que se leía la extraña palabra “terrapuerto”. Una palabra que yo no había oído en mi vida. Me parecía evocar el terrarium, y me sugería un mundo de urnas llenas de arañas y reptiles; y por lo de “puerto” me hacía pensar en un aeropuerto… Sí, en verdad era aquella una palabra extraña. Luego me enteré de que designaba una especie de aeropuerto de tierra: en suma, una estación de autobuses.
            Casagrande. En algún lugar del pueblo estaba la antigua hacienda. Una fábrica de azúcar que se alimentaba de los inmensos cañaverales que se extendían hasta perderse en el horizonte, hasta Roma. Sobre su puerta estaban escritas, en otros tiempos, las siguientes palabras: “Tace, ora et labora”, que en latín significan: “cállate, reza y trabaja”. Luego, el gobierno del general Velasco repartió las tierras entre los indios, y aquella inscripción fue cambiada por otra que decía: “ama llulla, ama sua, ama kella”; eran los tres mandamientos de los tiempos incaicos, que en quechua quieren decir: no seas ladrón, no seas ocioso, no seas mentiroso. Dicen que la hacienda ha ido a menos desde entonces. La eficacia productora de los dueños fue sustituida por la impericia de aquellas gentes, humildes y sencillas, incapaces de gestionar nada. El tiempo se lo llevó todo.
            Roma. Hemos llegado a Roma. Es una calle ancha, separada por una franja de palmeras, a cuyo alrededor se apretuja el pueblo. A un lado son casas pequeñas, de un solo piso, que ahora están desiertas porque es la hora de comer. A otro lado, el cerro. El cerro de hoy, que ya no es el mismo que el de antaño. Nuestros ojos se pierden entre sus formas, intentando encontrar una piedra llamada “resbalosa”: no aparece por ninguna parte, y nos sorprende el desconcierto. Hasta que un joven del pueblo dirige nuestra mirada hacia una casa. “¿Ven ustedes aquella casa blanca allá, por la derecha?” Sí, la vemos. “Pues debajo está la resbalosa”. Y aquí el estupor sucede al desconcierto: ¡sobre la resbalosa han construido una casa! Pero no es la única. Todo el cerro se halla cubierto de casas de fortuna, más o menos sólidas, más o menos uniformes, construidas por los pobres que se han ido adueñando del cerro. En una de sus piedras se dibuja el esqueleto roto de una torre eléctrica, hoy postrada y con la espina rota. “Lo han hecho los terrucos”, dice nuestra tía Rebeca. “Una noche retumbó el suelo mientras todos dormíamos, y era la explosión que la partía en dos. Habían dinamitado la torre. Ya ves, Roma, que siempre ha sido un lugar tranquilo y sin historias, también ha sido visitada por la guerrilla”.
            Pero Roma sigue tranquila todavía. Atrás queda la confusión de Lima. Atrás la actividad de Trujillo. Roma se levanta junto a la sierra, como un lugar de retiro, envuelto en la paz y llamando a la meditación que por doquier se respira. Vamos a la piscina donde tantas veces se bañó Marinanda con sus padres, sus tíos y toda aquella caterva de chiquillos. Más allá, los cañaverales. Extensos campos de caña de azúcar que ahora estaban cortados. De los limpios cortes de los machetes, brotaban aquí y allá espejos de lágrimas dulces. “Caminemos un rato por las cañas. Busquemos algo de melaza”.
            Poco a poco iba cayendo la tarde sobre nosotros. Al volver visitamos el cine del pueblo. El viejo cine donde, todos los días del verano, veían películas gratis los hijos de los administradores: hoy está cerrado. En el abandono que se adivina dentro, dice la gente que ahora es pasto de las ratas. Pero el edificio por fuera se mantiene firme, entero y orgulloso. A Marinanda se le hace un nudo cuando contempla todo aquello. Altas y majestuosas palmeras se levantan aquí y allá, inundándolo todo de verde. Está la fábrica donde se procesaba la caña de azúcar. Ella recuerda la fila de indios que iba, caminando taciturna al toque de campana, mascando coca en sus bocas adormecidas. Metían en ellas las hojas de coca, les añadían un poco de yeso y con la saliva, moviendo y desplazando la lengua, formaban una bola que inmovilizaban en el carrillo y absorbían en silencio. La coca les hacía olvidar el hambre, duplicaba sus fuerzas y les quitaba el sueño. Así se preparaban todos los días para trabajar en las labores del campo.
            Más allá cruzando de nuevo al otro lado, la que fue casa del tío Alberto. ¡Qué diferente está todo, dios mío! ¡Qué abandonado! La noche ha caído sobre nosotros, y ya las estrellas titilan en el cielo limpio de la sierra. Levanto mis ojos hacia ellas, siguiendo el rastro de los ojos de mi hijo, y veo una nitidez precisa y un resplandor luminoso surcando la negrura de la noche. Buscamos las constelaciones del otro hemisferio y nos vamos frustrados, yo y el niño, de no haber visto la cruz del sur.
            Durante la tarde no han parado de llegar y salir autobuses y micritos por aquella solitaria zona. “¡A Trujío, a Trujío!” Y era una música que nos ha acompañado en la tarde nostálgica, solitaria y tranquila, de aquel hermoso pueblo incorporado al retablo de las maravillas. Dicen que Ascope fue en su día un emporio, más importante que Trujillo. Muchos autobuses van a Ascope. Nosotros vamos a “Trujío”. Y es la vuelta por los pueblos sencillos, ahora envueltos en las tinieblas de la noche, olvidado el mercado, el terrapuerto, el hospital, el cobrador y el músico. Ya la polvareda se ha vuelto fría, invisible, y a lo lejos empiezan a aparecer las primeras luces de Trujillo.
            Acabo de visitar lo real maravilloso. Lo he visto y está en Perú: en el ciego del camino, en el mercado de Casagrande, en el emporio de Ascope, en la resbalosa de Roma. Es un mundo que ha desaparecido sin haber sido sustituido por ningún otro. Entre las ruinas se mueven ciegos y mendigos, guitarras y ruidos, gentes que están ahí sin saber adónde van: y que se enquistan, convertidos en árboles que ven pasar el tiempo, en piedras ocultas tras efímeras casas. Bajo la costra podrida de un mundo que se muere están los sueños henchidos, la infancia eterna, pero perdida, las sombras deformes que se apoderan de las ideas emanadas de la razón: porque la razón no es el huésped que puebla estos contornos. Todo en ello es irracional, terrible, triste, y lo pequeño es exagerado, y las estrellas son espejos, y el olvido es una serpiente reptando por las palmeras que cubren de hojas el cielo. Pienso en este ensueño y el ensueño me habla de Alejo Carpentier, de García Márquez, de Miguel Ángel Asturias y hasta de un gallego llamado Wenceslao Fernández Flores. La realidad es un espejo deformado de sí misma, y es, como Galicia, tierra de sueños, nostalgia, brujas, arañas y supersticiones. Es un suelo detenido en el tiempo mientras el resto de las cosas pasa, tejiendo el ciclo de la vida. La realidad americana es maravillosa, y eso es lo que nos admira; está parada, pero no está muerta; se ahoga en el asco, pero retoza llena  de vida. Es un mundo donde se han perdido las esperanzas, y ese esperar desesperado se disfraza de magia, recreando maravillas.
            También Quevedo se recreó en el humor, y la risa le ayudó a soportar el mundo amargo en el que le había tocado vivir. Lo real es espantoso, inaceptable, increíble; por eso se subleva contra su propio destino, trocando la desesperación en magia. Ahora entiendo perfectamente la literatura latinoamericana… Pero voy despertando de aquel ensueño, al ver las luces que me llaman de Trujío.