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viernes, 7 de agosto de 2020

EL HEDONISMO

 

 

     Hoy vamos a dar una clase de filosofía. Para ser más exactos, de ética.  

EL HEDONISMO 

            Hay una corriente ética que se conoce como hedonismo (la palabra griega “hedone” suele traducirse por “placer”): sus dos principales representantes son Aristipo (que fundó la escuela de Cirene, razón por la cual a sus discípulos se les llama cirenaicos) y Epicuro (que fundó también su propia escuela, conocida como el Jardín).

            Epicuro, como Aristipo, piensan que la felicidad consiste en el placer; pero no se ponen de acuerdo en lo que es el placer; contemplar un cuadro o un bello atardecer, escuchar una sinfonía o dar un paseo son actividades placenteras, pero también lo son beber vino, comer bien, darse un baño relajante o entregarse al erotismo. ¿Qué tipo de placeres es preferible? ¿En ambos casos se puede hablar de placer?

  • Para Aristipo hay que buscar el placer en el momento presente, y se trata por tanto de un placer sensorial.
  • Epicuro prefiere el disfrute de los momentos pasados o futuros; a veces disfrutamos más recordando un viaje que mientras viajábamos, y suele ocurrir también que soñar con la realización de nuestros proyectos nos proporciona más alegría que cuando los empezamos a realizar. Epicuro se interesa, por consiguiente, por la búsqueda del placer espiritual.

1. LOS PLACERES

(1) El cuerpo:

Aristipo y los cirenaicos admiten que hay dos sentimientos (páthe) básicos en el cuerpo: 

            El placer como movimiento suave.

            El dolor como movimiento áspero.

(2) El alma:

Epicuro, frente a los placeres del cuerpo, admite también los placeres del alma:

            El placer estable (“catastemático”) es el que sigue a la eliminación de los dolores: es una ausencia de perturbación. Éste es el fin último.

Epicuro emplea el vocablo “hedoné” para referirse a la ausencia de dolor, y éste tiene dos vertientes, igual que la medalla tiene dos caras:  

            a) Aponía es la falta de dolor en el cuerpo.

b) Ataraxía es la ausencia de perturbación espiritual.

          Podríamos resumir esta diferencia diciendo que para Aristipo la felicidad consiste en el placer, mientras que para Epicuro consiste en la ausencia de dolor; “no es más rico quien más tiene, sino quien menos necesita”, dice el refrán popular.

El placer de los cirenaicos es un placer cinético puesto que se transforma en su contrario, el dolor (a toda borrachera le sigue siempre una resaca). Y el de los epicúreos es más bien un placer catastemático (es decir estático), puesto que nunca se transformará en su contrario (el placer de un paseo tranquilo nunca se convierte en perturbación o dolor).

1. El placer cinético o genético es una agitación de nuestra sensibilidad.

2. El placer catastemático (es decir “estable” o “constitutivo”) es el placer fundamental. El dolor es el límite del placer; y por tanto:

a)      No hay un estadio neutro intermedio entre placer y dolor, como el gris es el intermedio entre el blanco y el negro.

b)      No existe ese placer mixto, formado de mezcla de placer y dolor, del que hablaba Platón.

Y como el placer está enraizado en nuestra sensibilidad, no es ilimitado; la naturaleza misma ha fijado los límites del placer.  En efecto,

a)      El placer nos es connatural, propio de nuestro organismo vivo; oikeîon.

b)      El dolor es allótrion (“extraño, ajeno”).

 

2. LOS DESEOS

 El deseo es esa especie de atracción que sentimos hacia el placer. Hay cuatro clases de deseos:  

 1. Los que son naturales y necesarios (como beber cuando se tiene sed). Éstos son los que eliminan el dolor. Comer, beber, dormir, vestirse, sentir amistad, pasear, son placeres naturales y necesarios.

 2. Los que son naturales, pero no son necesarios (como la comida refinada). Éstos diversifican el placer sin eliminar el sentimiento de dolor. Vivir en una casa de lujo, vestir bellas ropas, tener colchones mullidos, cojines y alfombras, nos proporcionan placeres naturales (puesto que dormir y vestir son necesidades de la naturaleza), pero de manera innecesaria (porque la naturaleza no exige que se añada lujo a la satisfacción de esas necesidades).

 3. Los que no son ni naturales ni necesarios (como las coronas y la erección de estatuas honoríficas). Hoy diríamos que las drogas, la moda, el botellón, los tatuajes, los peircings, son placeres artificiales (es decir “no naturales”) y no necesarios.

  

3. EL TETRAFÁRMAKO

(CUÁDRUPLE REMEDIO)

         Hay obstáculos a nuestros deseos, que son dificultades para conseguir el placer. Epicuro destaca cuatro miedos que hay que vencer: a los dioses, a la muerte, al placer y al dolor.

 1. Los dioses.

             Los dioses son felices e imperecederos, por lo tanto ni tienen preocupaciones ni nos las proporcionan a nosotros. 

Este mundo funciona solo, no tiene necesidad de que ningún dios lo haga funcionar. Por lo tanto no hay que temer a los dioses ni esperar que los dioses nos salven; tendremos que salvarnos nosotros mismos.

            Tampoco hay que atribuir a los dioses acciones indignas de ellos, como los castigos de su cólera terrible; ni ellos nos necesitan a nosotros (y por tanto todo sacrificio es inútil) ni tampoco se enfadan con nosotros como creemos.

 2. La muerte.

             La muerte nada es para nosotros, porque mientras existimos la muerte no está, y cuando se presenta ya hemos dejado de existir.

            En efecto, todo bien y todo mal, tanto el placer como el sufrimiento,  residen en la sensación; pero como la muerte es ausencia de sensaciones (puesto que cuando estamos muertos no sentimos nada), entonces no nos puede hacer sufrir; por lo tanto no tenemos motivos para temerla. 

 3. El placer.

             El bien es fácil de procurar.

Donde exista placer, por el tiempo que dure, no hay ni dolor ni pena ni mezcla de ambos.

 4. El dolor. La enfermedad.

             El mal es fácil de soportar.

            El dolor del cuerpo no dura mucho, el más agudo perdura lo mínimo y el más leve no persiste muchos días.

            Y las enfermedades duraderas ofrecen al cuerpo mayor cantidad de placer que de dolor.

             Tampoco hay que temer a la fatalidad: unas cosas suceden por necesidad, otras por azar y otras dependen de nosotros.

            1. La necesidad es irresponsable. Es la fatalidad de los físicos.

            2. El azar es vacilante.

            3. Lo que está en nuestro poder es la única propiedad que tenemos. Es mejor ser sensatamente desafortunados que gozar de buena fortuna con insensatez. (Hoy diríamos que la suerte no viene sola, sino que se busca; y se busca siempre con nuestro trabajo, por eso no hay que esperar a tener suerte quedándonos con los brazos cruzados). Se trata, por supuesto, de la voluntad.

             Los placeres que valen la pena dependen de nuestra voluntad.

 

viernes, 26 de mayo de 2017

LA VIDA COMO ENTROPÍA






LA VIDA COMO ENTROPÍA


            Juan Luis explicaba a sus alumnos de letras el concepto de entropía. Cogió el borrador y lo tiró al suelo. “¿Veis?”, dijo; “el borrador cae cuando yo lo suelto, pero no puede subir a mi mano cuando está en el suelo. La energía potencial va de arriba abajo, no de abajo arriba. ¿Y qué pasa cuando el borrador está en el suelo? Que ya no puede bajar más. Ahí se queda. Los objetos tienden a buscar el sitio donde su energía potencial es más débil”.
            De repente le asaltó una idea. Fue un flash que iluminó su mente en el transcurso de su pensamiento. Se le ocurrió que eso era precisamente la pereza: la búsqueda de una situación en la que gastamos el mínimo de energía. Al perezoso no le falta energía, no, sino que no quiere gastarla. No quiere... ¿o no puede? ¿A qué llamamos querer? Se le ocurrió que cuando nos dejamos llevar por lo que nos atrae dejamos que el mundo nos mueva sin oponer resistencia: eso es el deseo; y si nos atrae el mundo es porque nuestra naturaleza nos empuja espontáneamente hacia él. Pero la voluntad es otra cosa. La voluntad es resistirse a perder nuestra energía potencial. Es no dejarse caer adonde ya no nos podamos levantar. El deseo es victoria de la entropía. La voluntad, resistencia; negativa a rendirse. El deseo es la pereza.
            El esfuerzo frente a la pereza es la energía luchando contra la entropía; contra la fuerza inexorable que la arrastra a su perdición. La vida, como un islote a la deriva entre la inercia, es voluntad combatiendo el deseo. Pero para ser vida no tiene más remedio que alimentar el deseo, pues que los placeres son una parte sustancial de nuestra vida; y como la dinámica de los placeres nos destruye, la dinámica de la vida es (se acordó de Bichat) resistencia frente a la destrucción: resistencia, en fin, frente a la muerte. De modo que el impulso de la vida crea la voluntad para no sucumbir a la inercia destructora de los placeres. Vivir es gozar, por supuesto, pero también trabajar para que mañana podamos seguir gozando. La voluntad, que es esfuerzo (y sacrificio), no puede combatir al deseo porque el deseo es el punto de arranque de la vida.
            ¿Qué es la vida? Un frenesí (que diría Calderón). Un instinto que nos arrastra irremediablemente a su propia conservación. Pero es absurdo que exista una pasión de perdurar si está vacía. ¿Qué es lo que quiere conservarse cuando vivimos? Juan Luis concluyó de la forma más natural del mundo: el placer. La vida es el instinto de conservación del placer. Instinto de placer, que es deseo; e instinto de que no se acabe el placer, que es voluntad. La vida tiene un impulso de arranque (el deseo) y un impulso de destino (la voluntad).
            Y entonces se le iluminaron los ojos. Los estoicos habían denigrado los placeres para entronizar la voluntad. La razón era el instrumento de la voluntad en el mundo. Pero ahora Juan Luis lo veía todo claro: la razón, como instrumento de la voluntad, sólo tenía sentido si era también instrumento de los placeres. ¡Eso es! ¿Cómo no había caído en ello? La vida no era lucha por la vida (además de ser un círculo vicioso, esa idea siempre le pareció absurda: la vida no podía ser una pasión inútil). Ni era tampoco voluntad de poder, como pretendía Nietzsche. Tenía que ser antes que nada voluntad de querer.
            Ahora encajaba todo. El mundo como voluntad, que decía Schopenhauer, no distinguía entre voluntad y deseo y por eso corría hacia su ruina. La naturaleza viva es instinto: eso es lo que realmente decía Schopenhauer cuando hablaba de la voluntad. Ese instinto para él era el deseo. Y el deseo, con su pasión desenfrenada de desear más, al final nos hacía desgraciados. Por eso había que conseguir sustraerse al deseo. Pero lo que nos queda entonces es una vida sin placeres, sin alicientes, sin sentido. Schopenhauer se equivocaba. La vida (él no lo pudo ver correctamente) no es instinto de placer, sino instinto de perduración del placer: por lo tanto, instinto que se gobierna a sí mismo: desde la razón; no instinto combatido por la razón desde fuera. Schopenhauer por un lado, y los estoicos por el otro, habían errado el tiro. 


            Y ahora, mirando a los chicos en su pupitre, creía comprender muchas cosas. La vida no se identifica con el mínimo esfuerzo. Este principio es un ingrediente de la vida, pero no la resume toda. A todos se nos debe reconocer el derecho a la pereza (recordaba en esta expresión una canción de Moustaki). Gozar, disfrutar, divertirse, era sentirse perezoso y revolcarse en la ociosidad; y en ese revolcarse abandonándose al no pensar, en ese hozar por los márgenes del pensamiento, en ese sentir sin necesidad de pensar, estaba la relajación: el masaje de la vida, el gusto de estar en el mundo, la comodidad de ser. Es innegable que si tú piensas y te preocupas cuando estás teniendo un orgasmo dejas de tenerlo. El mayo francés, y Reich, y Freud, habían puesto el dedo en la llaga: es necesario disfrutar de la vida. Pero el siglo XX se había extraviado confundiendo la vida con el placer. Ni Aristipo con la aceptación de los placeres, ni Epicuro con el placer de la renuncia, habían dado con la solución. Séneca también había meado fuera del orinal renunciando a los placeres. Como había errado Schopenhauer, y el cristianismo, y Buda. Nietzsche, en el universo de Juan Luis, ocupaba un lugar aparte con su extraña aceptación del dolor. Pero ahora, de repente, lo entendía todo. El dolor sólo tiene sentido si es el sacrificio de la razón en defensa del placer; y en su odisea, la gesta del sacrificio hace emerger la voluntad como un islote después del estallido de un volcán, en el océano. En el propio sufrir se crea el drama, y la tragedia eleva de manera fantástica el valor de la vida. El enano que disfruta se convierte en un gigante que lucha. La idílica arcadia reviste dimensiones épicas, y entonces el lirismo potencia la sensibilidad llevando el placer a los niveles máximos. No sólo el dolor es sacrificio necesario, no; el dolor enriquece el placer llenándolo de tesoros. Quizá el paraíso de los cristianos sea un mundo donde el placer, siendo lírico, no necesita ya de la épica y el dramatismo. Si eso fuera posible, sería magnífico. Pero a falta de ese ideal vivimos la realidad como una existencia épica de cuyo envoltorio se van liberando los sentimientos.
            Y estaban allí, sentados en sus pupitres. Sus alumnos arrancados al sueño, en la primera hora de la mañana. Comprendía que los estudios eran, para ellos, un sacrificio difícil; quienes no eran capaces de sacrificio los vivían como una caída en la rutina, en el aburrimiento. Él era profesor y sabía que tenía que motivarlos. Pero cuanto más enseñaba más se daba cuenta de que el meollo de la motivación estaba dentro de cada uno. Explicando las cosas con humor hacía las clases agradables, y no todas: unas porque no era posible, otras porque no le salían. Pero pasárselo bien en clase no servía de nada si luego no se estudiaba. La amenidad era, desde luego, un recurso didáctico, un recurso útil, porque a veces hacía comprender cosas áridas y abstrusas; la amenidad, por supuesto, no sirve si no se construye desde la autoridad y la competencia. Pero era, también, un importante recurso pedagógico; educativo. Hacer las clases amenas era una forma de mostrar que las dificultades no tienen por qué ser aburridas. Eso ayudaba a encarar la vida con ganas, con optimismo. Era importante evitar que los alumnos fueran abúlicos. Y también que fueran esclavos de un hedonismo inconsciente. Disfrutar sin sacrificarse era un modo de vida desgraciado, pero perderle el gusto al placer todavía lo era más.
            Si convertimos las clases en meros sitios agradables, estaremos convirtiendo la educación en espectáculo. El profesor no es un animador de guitarra y castañuelas. El profesor no es un payaso. Es un mago que trata de hacer agradable lo desagradable. Pero eso, que es el lado lúdico y estético de la enseñanza, no deja a la postre de ser enseñanza: y enfrente tiene que haber aprendizaje. El esfuerzo del profesor por enseñar no es muy útil si el alumno no se esfuerza por aprender. La motivación, como metodología, despertará en el alumno el deseo de motivarse: las ganas de vencer los obstáculos, el deseo de superarse, el espíritu de sacrificio. Algunos profesores, que enseñan mal, se pasan la vida diciendo que sus alumnos son vagos y maleducados. Otros, preocupados por enseñar bien, se olvidan de que las clases no son nada si la explicación no compite con el estudio. El profesor, sí, debe esforzarse por enseñar: pero no para que los alumnos aprendan sin estudio, sino que, como un reloj que nos arranca sin piedad de los profundos sueños, se remueva en el sopor de la pereza la energía del alumno; y despierten, derrotadas las inercias que sirven de freno a la vida,  las ilusiones perdidas y las ganas de saber. La pereza es el sueño del esfuerzo. Y el esfuerzo el empuje que nos devuelve los placeres; cuando la pereza es alegría.
            Hay una pereza que se muere y otra que se vive. La vida contiene pereza entre sus ingredientes. Pero la pereza se centra en el placer para hacernos felices, y el placer, mal que pese a muchos, requiere, para poderse vivir, de buenas dosis de sacrificio.




sábado, 26 de noviembre de 2016

Juventud y borrachera





JUVENTUD Y BORRACHERA

 

      Ha muerto una niña. Y era fin de semana. Empapándose de alcohol (tenía doce años). Salió con sus amigas y, como muchos jóvenes, ya no sabía divertirse si no es con el botellón. Celebraban halloween. Y, como una ironía, la fiesta de los muertos condujo a la muerte de la fiesta, en un momento de la noche, cuando todavía no había empezado la resaca. Se había bebido un litro de vodka. Ella sola. Doce años. Se quedó tumbada en el suelo, olvidada de todos, mientras a su alrededor la fiesta continuaba. Pasaron cuarenta minutos hasta que alguien se dio cuenta de que llevaba tiempo sin moverse. La metieron en un carro de la compra y la llevaron al centro de salud. Allí urgieron a la ambulancia y le hicieron cuidados intensivos, pero en el hospital, donde todavía la mantenían con vida, no pudieron hacer nada ya; fue un fallo multiorgánico.
      El alcohol nos hincha el cerebro (edema cerebral, dicen los médicos); nos para el corazón; y en más de cinco minutos la parada cardiorrespiratoria provoca trombos que detienen la sangre y los órganos empiezan a necrosarse: el vientre, el estómago, el riñón; al final, todos los órganos acaban muertos. La niña se murió porque se le murió todo el cuerpo; parte a parte, hasta que el todo ya no pudo. Otros se ahogan en sus propios vómitos. Pasas por la calle y te encuentras a jóvenes en las esquinas, inconscientes, abandonados de sus amigos, empapados en alcohol. Es frecuente que los jóvenes acaben en un coma etílico; unos mueren, otros se pueden salvar.
      El botellón. Maldita sociedad que nos empapa las mentes de botellón. No sé quién lo inventó todo, pero al principio debió ser una forma de resistencia. Frente a los precios abusivos de los bares, nada tan natural como comprarte las botellas tú mismo; democratizar el gasto; zumos, cervezas, gaseosas… En lugar de botellines se compraron botellas grandes. El litro de cerveza se llama botellón: así empezó todo. Pero empezaron a pasar frío. Ya no se sentaban al calor del bar y buscaron sitios más inhóspitos; la calle de los bares fue sustituida por lugares apartados de la ciudad.
      Pero poco a poco la gente ya no se reunía para beber; se reunía para beber alcohol; comprarlo barato acabó siendo empezar a perder el control. Cuando la consumición se pagaba a precio de bar, el límite del consumo lo marcaba el bolsillo; pero ahora, que las botellas se compraban en la tienda, todo era más barato: y se perdieron los límites del fin de fiesta; la fiesta duraba lo que duraba el alcohol, y entonces la propia fiesta acabó durando más tiempo. Un botellón de zumos y cerveza es un lugar para reunirse, la gente habla en la calle, aquello es un acto social. Pero un botellón de alcohol es una ocasión de aislarse, la gente no se emborracha porque bebe, sino que bebe para emborracharse; y no es extraño que una persona se aferre a una esquina para beberse la botella, despreocupada del resto, agarrada a su botella, a su móvil, y hablando en la distancia mientras desprecia a cuantos tiene al lado, como si las caras virtuales fueran más importantes que las de verdad. 

 

      El botellón empezó para gastar menos, sí; pero el dinero que se ahorraba acabó gastándose también, y ahora con lo mismo que se tenía antes se compraba más; de manera que lo que debía emplearse en gastar menos, ahora se empleaba en beber más; más alcohol, se entiende. Pero ahora los bares y discotecas ya no estaban para controlar, la edad de consumo se fue rebajando poco a poco. Primero se bajó a los diecisiete, luego a los dieciséis, después… Bueno, ahora a los doce; como esa niña que se bebió una botella de vodka ella sola en la noche de halloween.
     Y ¿quién les vende alcohol a los menores? Siempre hay un amigo que tiene dieciocho años (normalmente los que fracasan en los estudios, aunque no siempre; los que están menos preparados para pensar); y es ese amigo quien hace la compra de todos. También hay, entre los tenderos, desaprensivos capaces de vender alcohol a los menores, todo vale con tal de ganar. Y si alguno, como esta niña, es alto y tiene el cuerpo desarrollado, acaso pase desapercibido y no lo tomen por criatura y le vendan alcohol. Yo me acuerdo de lo que pasó en Rusia cuando vino la democracia: la carne costaba demasiado cara y pocos la podían comer, pero el vodka era muy barato; el alcoholismo en Rusia se había convertido en una lacra, y, con la economía destrozada, muchas veces he pensado que sólo el vodka evitaba que algún día se produjera un estallido social.
      Y me acordé de los emperadores romanos: pan y circo; los emperadores de ahora conservan el circo aunque ya no puedan dar pan a nadie; y los jóvenes, que crecen como esponjas, se empapan de las modas y de todo lo fácil que le viene bien al poder. Antaño podíamos salir de fiesta a las diez de la noche; y cuando volvíamos a casa, a las dos, ya habíamos tenido tiempo suficiente para divertirnos: cuatro horas. Ahora, sin embargo, la gente sale a la una de la noche y antes de las cinco todavía no ha tenido tiempo suficiente para divertirse. ¿Quién fue el que cambió los horarios? “La noche es joven”, se le ocurrió a una importante casa de bebidas; que no eran bebidas alcohólicas, pero combinaban muy bien con el alcohol. El propio Nietzsche ensalzó las fuerzas irracionales de la vida ligándolas a la noche; al delirio báquico; a la pérdida de control. ¿Es la borrachera una construcción social que mamamos de pequeños? ¿O es un instinto natural que nace pegado a la vida? No lo sé, pero siento que esto último, en caso de ser cierto, acaba siendo potenciado por las fuerzas oscuras de la sociedad: que ejercen un efecto multiplicador. En Segovia se inventaron la ruta de San Millán con una lista de bares por los que había que pasar, la noche que salías de marcha, como estaciones de un via crucis; como si fueras en procesión; y no te podías saltar ninguno, que era pecado. Y tiempo atrás la gente se iba hasta Valencia viajando en su coche, recalando las noches en la discoteca y empapándose de drogas para aguantar varias noches sin dormir. 

 

      Hay un hedonismo expansivo en los jóvenes. Pero no es el de Epicuro, que se ríen si les hablas de un placer espiritual; aunque, si le damos gusto al cuerpo, tampoco es de los placeres de Aristipo, que se empeñaba en gozar de los sentidos sin que los sentidos gozasen de él; controlándolos siempre, evitando siempre que los placeres lo controlaran. No: al placer de los jóvenes ni le gusta el espíritu ni practicar el control; se reirán de ti si los llevas a ver cuadros al museo del Prado; el sentimiento ha sido sustituido por la sensación, ya no es ni siquiera conectar con el alcohol con las fuerzas creativas que hay en ti sino dormirlas: acallarlas, perder la conciencia para buscar silencio en el inconsciente, quedarte desmayado para no oír, ni sentir, ni pensar: la borrachera que buscan los jóvenes se parece al coma etílico, a tener la mente en blanco, como si buscaran las sensaciones para perder la experiencia misma de la sensación.
      ¿Es eso hedonismo? ¿Se puede llamar placer a la inconsciencia donde ya ni siquiera puede hablar el inconsciente? Uno puede entender que el alcohol sea la llave que te lleva a un mundo de éxtasis desconectándote de la realidad, pero lo que no se entiende es que desconectes a un mismo tiempo de la realidad y del éxtasis; como si lo que de verdad te interesara fuera salir del ser, fundirte en la nada.
      Sé por unos jóvenes que, para no oler a alcohol cuando llegan a casa, se echan el alcohol directamente en los ojos; parece que así les llega antes al cerebro; también parece que se lo echan en la vagina, que eso les produce efectos similares; yo, como decía el dramaturgo, ni lo afirmo ni lo niego: como me lo contaron, te lo cuento. Pero si fueran así las cosas tendríamos la mejor prueba de que lo que los jóvenes quieren no es disfrutar, sino mamarse; saltar directamente desde la conciencia a la nada (todavía algún tonto lo llamará nirvana), sin pasarse por el inconsciente. A ver: si la conciencia es la realidad y la realidad es dura, lo normal será escaparse de ella dejándose llevar, como dice Freud, por el principio de placer y despertar las voces calladas del inconsciente. Pero no. Los jóvenes saltan por encima del placer y llegan a la inconsciencia silenciosa; a esa que no tiene voces que te deleiten; a esa donde no se siente dolor ni placer porque no se siente ya. Ausencia de sensibilidad era la muerte, según  Epicuro: pues bien, cuando los jóvenes beben parece que se quisieran morir, morirse por un momento para volver después a la vida; jugar a morirse, pero sin morirse de verdad; porque los jóvenes tampoco es que vivan, es que juegan a vivir. Jugar a la vida y a la muerte es hacer como si experimentaras las cosas sin experimentarlas siquiera. Por eso quizá les resulte tan atractivo el halloween. 

 

      Pero si los jóvenes no son hedonistas ¿qué son? Uno está tentando de pensar que sólo están insatisfechos, frustrados, inseguros, necesitados de afirmarse; y para eso uno tiene que probarse, demostrarse a sí mismo que vale, superarse aunque sólo sea delante de los demás. ¿Y quién es su público? Los otros jóvenes. Por eso se desprecia olímpicamente la opinión de los mayores. Huyen de los sermones y en eso tienen razón (no hay cosa más antipática que un pepito grillo diciéndote a todas horas lo que tienes que hacer); pero es que también huyen de la razón, porque saben lo que quieren y no quieren que ni la misma razón los aparte aunque sepan que caminan a su pérdida. La vida te exige retos de largo alcance, mucha gente no tiene paciencia para esperar. Si estudias, podrás ser un buen médico (después de estudiar un montón de años). Si respetas a esa chica te acabará queriendo (pero es más sencillo abusar de ella, porque yo lo único que quiero es copular). Si quieres ser un buen futbolista tendrás que entrenar mucho (pero no, que yo quiero ganar partidos ahora mismo; no importa si para conseguirlo tengo que jugar con los que son peores que yo). Esa impaciencia terminará en sentimiento de culpa y de frustración.
      ¿Qué les queda? Los jóvenes deseosos de mostrar que valen mucho ¿qué es lo que pueden hacer? Buscar retos cortos. Satisfacciones inmediatas. Los retos que se ganan en un momento. Échate un pulso: al instante sabrás si eres el más fuerte. Te reto a correr hasta aquel árbol: instantáneamente también sabré si puedo ganarte. Bebamos, a ver quién aguanta más; en un abrir y cerrar de ojos se concede la victoria. ¿Duele un peircing? Yo me hago veinte. Un tatuaje ¿duele también? ¡Venga! ¡Los que hagan falta! Y si tengo que pasarme un mes sufriendo hasta que se me pase, eso demostrará que soy el más valiente: como Juan sin miedo. Ser valiente es lo mismo que valer más. Para mí. Y para todos. Me bebo una botella de vodka ¿qué te apuestas? Y si sabes del coma etílico lo arriesgas todo; echas el resto porque a ti no te va a pasar; y si crees que es posible, igual te arriesgas porque esperas que no te pase nada; y si no tienes ni idea de lo que te puede pasar te arriesgas con los ojos cerrados: ya está; que es lo que pudo pasarle a la chica de doce años que murió en halloween.
      Entonces, si la juventud no es hedonista ¿qué es? Nihilista, dirán algunos. Nihilista es el que no cree en nada; el que no tiene nada y nada quiere; el que no siente nada y el que no tiene nada que perder. Pero nuestros jóvenes tienen vida y no quieren perderla, por eso no se suicidan, sólo juegan a morir; aunque a veces, son gajes del oficio, se mueren de verdad. Yo no creo que los jóvenes no quieran nada. Los jóvenes quieren ser felices como todo el mundo, pero no saben cómo. Sienten que la felicidad está lejos y los separa de ella un foso enorme que no tienen ni fuerzas ni ganas de saltar. Aquí está la paradoja: quiero ser feliz, pero no me apetece molestarme en serlo; tengo pereza; la pereza no es más que una falta de energía. Ser perezoso es lo mismo que no tener fuerzas, te sientes débil y eso te hace sentirte mal, y ese malestar lo curas jugando a que eres fuerte sin serlo; en lugar de cultivar tus fuerzas, sacas a relucir las que te duran poco, como las burbujas del champán; y te metes en apuestas y retos que te dan victorias fáciles, mientras cavas, como telón de fondo, tu enorme fracaso existencial.
      Hedonista es quien busca el placer. Nihilista quien, porque ya no cree en nada, ha dejado de buscar. Pero el que quiere y no puede no es nihilista de vocación: es un perezoso; lo propio de la pereza es arrancarle a la vida el mínimo esfuerzo, el que dura poco aunque exija más; por eso los jóvenes viven en el mundo de lo efímero; hacen de las cosas un escaparate, un envoltorio, un decorado, algo que se muestra, aunque la hermosa caja de bombones no tenga nada dentro. Es la vida, para los jóvenes, un instinto poderoso de llegar a ser, pero instinto sin voluntad; ningún joven carece de fuerza, pero se empeña en no cultivarla porque nadie lo ha animado a sostenerla, y acaba cultivando, sin quererlo ni saberlo (aunque él en el fondo lo intuya), una enorme debilidad. También el fanático se cree fuerte porque es capaz de inmolarse; y es porque sólo ha aprendido a acumular la fuerza en un momento de máximo desgaste, que es cuando aprieta el botón. La experiencia atormentada que precede es para él la prueba más impactante de su fortaleza. Y vive, buscando la muerte, como si la vida fuera una ficción. 

 

      ¿Quién tiene la culpa? ¿La escuela lo ha frustrado? Puede ser. ¿Pero la escuela habría triunfado si hubiera hecho bien las cosas? Tampoco es seguro; porque detrás de la escuela estaban los padres, y mal puede un maestro lograr que los chicos quieran lo que en su casa le enseñan a despreciar. Supongamos que los padres hicieran bien las cosas; que trabajaran al unísono con la escuela: ¿garantizaría eso que los chicos crecieran sanos, confiados en sus posibilidades y con ganas de luchar por ser felices? Tampoco es seguro: porque la sociedad late detrás de los padres, y mal pueden unos padres, en consonancia con la escuela, hacer que amen los chicos lo que los jóvenes les enseñan a despreciar. ¿Y quiénes son los jóvenes? Los jóvenes son esa ficción construida por todos; ese modelo, esas modas, esa forma de ser que los arroja en brazos de la bebida y los incita a buscar placeres fáciles en la propia destrucción del placer; beber sin disfrutar de la bebida, copular sin disfrutar del sexo, fumar para hacerse mayores, ajenos a cuanto les hace disfrutar. Esa ficción a la que llamamos “los jóvenes” la han construido los comerciantes para ganar dinero, los que hacen rutas de borrachos, los que venden el alcohol a los menores, los que truecan el día por la noche, los que han cambiado los horarios. También la han construido los padres que han llenado su educación de estereotipos y prohibiciones; los que han confundido la madurez con la mayoría de edad; los que se han negado a que sus hijos tomen sus propias decisiones; los que los han querido mucho cuando eran pequeños, y cuando todavía no empezaban a ser grandes les decían: “ay, hijos, ¿por qué creceréis?” Y no se libra la escuela de esa responsabilidad colectiva. La que no ha enseñado a los chicos a ser personas, sino a ser obedientes; la que ha fracasado al convertir la disciplina en una diosa, cuando el verdadero dios debía ser la libertad, madre de la responsabilidad, abuela del control (que la disciplina viene del discípulo, no del maestro; de imponerse a sí mismo unos controles, no que te los impongan otros desde fuera). La escuela fracasa cuando no sabe enseñar y atiborra los cerebros. Cuando tiene que imponer castigos porque no tiene autoridad. Y los padres fracasan porque empapan a sus hijos con sus vicios y sus fobias; con los prejuicios que ellos mismos heredaron de sus padres; con la pereza aprendida que se empeñan en que sus hijos aprendan; o con una naturaleza débil que muestran sin rubor a los ojos de sus hijos, camuflada de machismo, con el instinto gregario de saberse piezas de una maquinaria y no querer que sus hijos aprendan a buscar sus propios caminos, porque los obligan a andar por los caminos por donde siempre les enseñaron a andar a ellos. Y la sociedad, que la hemos construido entre todos, multiplica estos vicios y los hace cristalizar en un escenario, el escenario de nuestras frustraciones; que podría ser el escenario de la libertad. 

 

      Si los jóvenes tuvieran una educación sólida no serían pasto del alcohol, ni de las drogas, ni del tabaco, ni de la aversión al estudio; ni del odio, ni de lo fácil, ni de la pereza; y no morirían bebiendo cuando salen de botellón. Una sólida personalidad es el mejor antídoto para no ser borregos. Hay que reivindicar el hedonismo, tanto físico como espiritual. El amor a los placeres, verdaderos motores de la vida: placer de beber (no de ser marionetas de la bebida); del erotismo creativo, no del sexo mecánico y roto; del placer del paseo y la comida, no del aburrimiento y de la gula; el placer de correr, de jugar y del deporte (no del deporte convertido en maquinaria de ganar copas y torneos); el placer de sentir el aire sobre tu cara, de patear la naturaleza y escuchar el silencio, el placer de la lectura, de ir al teatro, de ver una buena película y no un bodrio que anestesia el tiempo; el placer de la música que eleva los sentidos y dinamiza el cuerpo, no el que nos hace autómatas y nos deja sordos; el de contemplar un cuadro bien hecho y no sólo bonito, el que despierta en nosotros sentimientos de colores y no sólo sensaciones, el que sabe apreciar una estatua, un videoarte, un edificio: no el que nos embrutece haciendo que nos guste lo que nos gusta a todos. Y que cada uno, en la medida de sus posibilidades, disfrute de los placeres; para que nadie considere que ahogar las penas en drogas es un placer.
      Entre todos los placeres, uno de los más exquisitos es el de la trascendencia. Unos lo ven en dios, otros en la vida misma, otros en la naturaleza. El placer del amor, convertido en sentimiento que nos hace felices más allá de los sexos. El placer del amor al prójimo. De amar la naturaleza y el instinto ético. Cada uno en sus posibilidades. Todos, intensamente a veces, y siempre dilatándolo en la duración. El placer de vivir, de ser uno mismo: ¿cree alguien que con esta suma de placeres los jóvenes morirían de botellón?
      Pues no. El sumo placer es el antídoto contra el pesimismo. Que es lo que late detrás del nihilismo, de la frustración. Una vida plena es el ideal que nos orienta a todos, el norte y la brújula que nos fija el rumbo, el aire suave que nos hace vibrar, palpitante y hermoso: si eres feliz, seguro, seguro, que disfrutarás. Pero si no lo eres buscarás la felicidad en el placer y eso sí que ya no es lo mismo: bastará con ser feliz para tener una vida placentera, pero si buscas los placeres no es seguro que seas feliz. El placer de vivir es lo que no tienen los jóvenes que mueren de coma etílico. Si mueren es porque no ven las cosas, que son ciegos, que no han tenido amor; porque tampoco les han enseñado amar. El amor evita que las niñas de doce años mueran emborrachadas. El amor, recóndito y oscuro líquido amniótico, cálido y acogedor, recogido en las entrañas, único trampolín de la vida (llena de saltos), nos enseña a saltar. Un impulso no más es la vida entera. Un impulso que empuja desde la tierra y, aterrizando en ella, nos echa a volar.