viernes, 9 de noviembre de 2018

EL CID






EL CID



             Lucía la llama tenebrosa del crepúsculo. Sobre un cielo agitado se movían amenazantes nubarrones, se superponían y entrelazaban las nubes como suspiros (manchas de humo deshilachados, flecos aéreos penando, errantes por el cielo); las sombras le daban el aspecto desolado de un campo de batalla. El gris plomizo evocaba las nubes duras, densas, la fuerza en movimiento de enigmáticos fantasmas: el agrio fragor de los combates; como suspiros escapados de las bocas, las nubes parecían espíritus, almas en pena que surcaban el espacio, recuerdos atormentados, despiadada justicia. La pátina del viento.
            Abajo estaba la tierra, cubierta de hierba oscura. Un halo sombrío la hacía parecer inquietante, enigmática, siniestra; todo lo cubrían las flores del crepúsculo. En la inmensidad del océano telúrico, una sombra apareció como un lamento: una presencia tenebrosa, extraña, amenazante, pero serena. No se veía lo que acababa de surgir. Su aparecer no se debía a que aquella sombra marchase hacia nosotros, sino a un velo roto que se rasgaba entre la niebla; en el mismo aire se había empezado a formar la sombra. Era la tierra que paría fantasmas. El aire que se ensombrecía en un punto del espacio, y el cuerpo que se alumbraba por la mano de los  cielos.
            No vino a nosotros: se acercó, desde la lejanía, como si nosotros nos fuéramos acercando a él (flotando sin agua); en un mundo de espíritus en el que las cosas, de repente, hubiesen cobrado vida. Ahí está. Un jinete montado a caballo, clavado en el suelo, surgido de la presencia del cielo, manado de los rincones del espacio. El caballo estaba inmóvil; sus patas, poderosas, clavadas en tierra; el cuello del animal hundido en el suelo, sosteniendo como flecos sus crines blancas; pero la cabeza no se fundía con la tierra, no seguía el instinto del cuerpo, no buscaban sus dientes la fresca hierba: era furia. Sus belfos calientes resoplaban con ira, doblado el cuello sobre su lado derecho, vuelta la cabeza y tensada por la fuerza que desde dentro lo estaba minando.
            Sobre su grupa se levantaba el jinete. Su mano sostenía la brida mientras el cuerpo, tensado y duro como la piedra, yacía impasible a lomos del animal: como un centauro. Sobre su espalda se desplomaba una capa; una capa que se detenía, como en cascada, levantando la cerviz sobre los cuartos traseros del caballo, y penetraba en el caballero con su majestad sombría. El hombre de hierro. Los cueros claveteados, la sed de venganza, la espada, sujeta a las correas de la cintura, descansando serena y cortante a lo largo de la pierna de acero. El vestido granate era una sandía estampada (seco, oscuro, plúmbeo y cobrizo como un resplandor apasionado; pero furia contenida, gesto de amenaza, reproche poderoso, no violencia ni cataratas de batallas). En el pecho, el escudo de Castilla. Tizona palpitaba en su muslo como el respirar de un caballo, como la pasión que se contiene, como la imagen de la vida: como el temblor de la justicia agitado por la venganza.


            El jinete se contenía. Si nos acercamos a él, veremos en su cara el resplandor de la furia. Unas facciones atadas manteniendo la calma bajo la tormenta. Un ceño fruncido aplastado por el casco. El protector de nariz cambiaba el mundo de arriba por el de abajo (por abajo rasgaba el aire con un cuchillo que le partía la cara hasta la boca; por arriba flameaba apuntando hacia las nubes, dispuesto a surcar el cielo como las ojivas de los templos). La faz del cielo latía bajo su faz de hierro. Dos cortes implacables le rasgaban la cara, marcados con fuerza por el polvo del camino, marcados –bien claro estaba- por el polvo de las batallas. A ambos lados de su cara se desbordaban los pelos tupidos de la barba, explorando los surcos hasta los pómulos como exploran las semillas los surcos de la tierra; hurgando en sus posibilidades para sembrar maleza enredada. El mentón, que se prolongaba en lo más poblado de su barba, arrancaba entre mechones oscuros y matas blancas, agitándose como penachos a los lados, bajo los implacables muros que la partían. Dura cota de mallas que tenía enfundada en el cuello, desde la metálica sombra del casco, extendiéndose sobre el pecho que le cubría las clavículas como un escudo. Babero implacable que irrumpía, exultante, en el fragor de las batallas.
            El Cid Campeador. La figura mítica que amenaza desde el pasado (o desde las entrañas puras del ser) a toda la estirpe de los traidores. Tizona. La espada de la justicia. El Cid se contiene para no cometer injusticia haciendo de la justicia una defensa apasionada. El Cid se escuda frente a los ataques de la venganza. Sabe que la justicia le hierve, pero también el sentimiento lleva en su vientre un hijo terrible, un hijo que quizá no deberá nacer, un hijo que terminaría destrozándolo todo. La venganza es una estrella que espolea el caballo de la justicia, pero no debe matarlo. No existe la justicia insensible porque es de carne, y al buscar el bien busca también la destrucción de los malvados. Pero quien a hierro mata, a hierro muere. La bondadosa sed baja del cielo en el corazón profundo de las personas donde está clavada, pero no baja si la venganza no llama.
            La venganza. Voz que despierta a la justicia dormida, no brazo ejecutor que la suplanta. Como los glóbulos blancos se comen a sí mismos cuando deberían defenderse unos a otros, así también la justicia sucumbe muchas veces a manos de la venganza. La venganza es la leucemia de la justicia. Hay una tensión invisible uniendo los dos brazos, un mismo sometimiento brota del corazón viniendo de las tripas, y no puede abortarse quedándose en tripas sólo. Los glóbulos blancos que matan a sus compañeros son como los ejércitos que atacan a sus conciudadanos: el ejército, hecho para defendernos de los ataques, se pone a atacar a quien defiende; la venganza, nacida para despertar a la justicia, se vuelve contra ella. Es como un amigo que te roba, como un invitado hecho parásito, como un vampiro, una tenia, un chupón que saca sus fuerzas de las tuyas.
            La venganza es el parásito de la justicia. La indignación es la fidelidad de la venganza.


            No es el Cid histórico, el Cid de verdad, pero tampoco es el Cid literario: es el que está disuelto en nuestras almas. El Cid histórico era ambicioso, cruel, implacable, pero también leal compañero. El Cid literario defiende el honor, el amor, la fidelidad al rey (aun sufriendo su injusticia), la valentía, la magnanimidad. El Cid que hay dentro de nosotros es todo lo bueno que parió el espíritu, aferrado a la vida, sumido en sus entrañas. El Cid verdadero no nos gusta. El Cid que nos gusta no es verdadero. Pero el que hay en nosotros es bello y más puro que los cantares, pues no se deja llevar por la venganza sino por la justicia; una justicia que la venganza mueve.
            Las sombras de la noche giraban sobre el yelmo. El rostro duro, las manos pétreas, los ojos de fuego; la estatua clavada en el campo de honor de la justicia. La mano dura, enfundada en el guantelete; el pecho valeroso; los brazos fuertes, protegidos por su escudo, por su coraza, por su cota de mallas. Pero la dureza del guantelete guarda entre sus dedos una mano abierta. Pero bajo el valor del pecho luce un corazón que siente. Pero bajo la fuerza de su brazo yace el amor del abrazo. El Cid Campeador, paladín de la vida, es al mismo tiempo campeón de la justicia. Fuerza que abraza, dureza abierta, fiereza tierna, acción sentimental: el ideal del Cid que todos tienen dentro, no la fuerza débil sosteniendo el corazón: no el amor sin vida, el Cid sí, no el príncipe azul.
            Dos surcos implacables cortan su rostro cobrizo. Una silueta altiva, jirón potente de la naturaleza, era la fuerza imparable que brotaba en la estatua desde su quietud. Firmeza y seguridad en el fragor de las batallas, curtidas en los rayos potentes del sol, cegadores en la dureza de la calma. Abrasando la vida, luz que ciega y que engendra, luz que desvela las cosas, luz del sol y luz del alma, luces manadas de la niebla. Las luces que duermen en las profundidades del corazón.
            La faz del cielo latía en el fondo de la faz de hierro. Aquel penacho de crines, aleteando suavemente en el arco de su cuello, y la cola del caballo, retorcido, encabritado, salpicando el dolor de sus cuartos traseros, era la viva imagen naufragada del dolor. El Cid sintiente, el Cid apasionado, el Cid justiciero; el Cid poderoso cuya espada vigilaba (la mirada ceñida, rígido el semblante) sobre las cabezas de los traidores pululando por España, por la humanidad entera. Y por Baba, amigos míos, y por Baba. Por el triste y desdichado pueblo que sucumbió a la ambición de Paredes. A su venganza. A su sed de poder que arrasaba con todo como el caballo de Atila. A la camarilla estúpida que unió sus esfuerzos en la traición. A la pandilla de babosos que les chupaban el culo, en Baba. A la triste historia de gente corrompida por la pasión mermada de sus fuerzas (mandar sin dotes de mando, vencer sin fuerza, matar sin valor, felonía). Desde su atalaya de la noche oscura, y encaramada a su estatua de piedra, descorazonado, el Cid vencía.
            Gentes sin rostro temblaban bajo la vigilancia del Cid.






viernes, 2 de noviembre de 2018

DE LA DEMOCRACIA AFECTIVA





DE LA DEMOCRACIA AFECTIVA    


 1.

            Cuando la gente está desinformada piensa, dice y hace las cosas de acuerdo con las cosas que sabe; si sabe cosas falsas las toma por realidades; y como lo que sabemos es la fuente de nuestras creencias, creeremos unas cosas u otras dependiendo de las cosas que nos hayan enseñado; si creo lo que dice la Biblia de manera literal, consideraré adecuado sacrificar a mi hijo, si oigo voces que me lo mandan, como hizo Abraham; o me creeré con derecho a exterminar a los habitantes de una ciudad como pasó en Jericó, o en Sodoma, incluso me creeré con derecho a exterminar a una población entera como sucedió con el diluvio; pero si, frente a un dios inflexible y colérico, se levanta otro justo y bondadoso, ¿de cuál de las dos maneras tengo que actuar? ¿Cómo interpretar el antiguo testamento con el testimonio de los evangelios? ¿Cómo entender el mandamiento del amor con la cólera apocalíptica? ¿El San Juan del apocalipsis dice lo mismo que el del evangelio que hablaba de Jesús? ¿No es el evangelio la buena nueva? ¿No es ése su significado etimológico? ¿Puede ser buena una noticia de destrucción?
            Hay interpretaciones literales y metafóricas de la Biblia, y de todos los libros sagrados de todas las religiones, y de todos los libros políticos de todas las utopías; si hay que matar y robar por la causa, se roba y se mata, mas si no es por la causa eres un ladrón y un asesino. El militante que sigue la línea del partido y hace lo que el partido le manda obra bien: aunque el partido se equivoque; aunque la nueva doctrina de Estalin diga lo contrario de lo que dijo el Estalin del primer marxismo, e incluso de lo que dijo  Lenin.
            España nos roba. España es un país totalitario y fascista. España teme a la democracia, ataca a la gente que quiere votar, tiene un problema con las urnas. España lleva tres siglos sojuzgando al indefenso y pacífico pueblo catalán. Algunos catalanes que se le han enfrentado están en el exilio. Otros son presos políticos. El rey se ha puesto en contra del pueblo, ha tomado partido por la opresión. Todas esas afirmaciones, y otras menos confesables, forman parte de la verdad o son una mitología. Que son verdaderas lo dicen la televisión y la radio catalanas, parciales, sesgadas e independentistas. Para comprobarlo habría que tener acceso a la información, no a la propaganda; la propaganda camufla las cosas y la información las desnuda; la propaganda dice falsedades reales para convertirlas en verdades oficiales y la información quiere que sea verdad todo lo real, una auténtica verdad, sí, que pueda convertirse en oficial.
            Sucede, sin embargo, que la verdad se estrella contra la propaganda. Si uno está acostumbrado a tomar las mentiras por verdades luego le cuentan las verdades y no se las cree; porque la mentira se ha repetido muchas veces y la verdad una sola; además, a las mentiras de casa les hemos cogido cariño; y las verdades duelen, sobre todo si vienen de fuera; los mitos arraigados en el corazón tienden a convertirse en verdades de toda la vida y el corazón se resiste a dudar de todas las cosas hermosas que hemos creído; sobre todo si las hemos creído siempre; la información puede muy poco contra las historias y convicciones que forman el caldo de cultivo en el que hemos nacido y crecido.
            Nuestra mitología, nuestras creencias, la propaganda, han conformado nuestra manera de pensar. Son como una droga, que nos hace más daño cuanto más la tomamos, cuanto más la queremos: querer una droga es ser esclavos de ella y eso no es el verdadero cariño. Luego nos cuentan la verdad y no la creemos: porque tenemos mono de nuestros mitos. Por eso esa parte de la población catalana que se ha alimentado de sus mitos no se creería las verdades si las leyera en otros periódicos, porque las tomaría por infundios de sus enemigos; pero tampoco las leería en los periódicos de casa, porque creería que el enemigo los ha secuestrado obligándolos a decir mentiras; y aunque supiera que no están secuestrados, se creería que sus periodistas se han vuelto locos, como don Quijote, que negaba las evidencias argumentando que un mago nos ha quitado el seso haciéndonos creer que esos gigantes son molinos; aunque mis oídos y mis ojos me digan que no son gigantes, sino molinos.
            Como las drogas, necesitamos las informaciones falsas para no tener mono de ellas. Para desintoxicarnos de la propaganda profundamente arraigada en nosotros no basta con la verdad; habría que dosificar las verdades mezclándolas con las mentiras; aumentando la dosis de verdad a medida que disminuimos la de la mentira, como vamos disminuyendo la metadona después de haberla tomado en lugar de la heroína; porque nuestro cuerpo intoxicado soporta mejor un mal menor que un bien que se nos administra de golpe y porrazo: así también los espíritus drogados son incapaces de tolerar la verdad, cuando triunfa la libertad y pone las verdades en el lugar que ocupaban nuestros viejos mitos; porque creerán que son mentiras nuevas y les faltarán criterios para criticarlas, como les faltan para criticar los viejos mitos; sobre todo si tenemos en cuenta que no hay verdades puras, y que todas las verdades vienen acompañadas de un envoltorio, aunque sea delgado, de propaganda y de mitos; entonces, como dijo Machado, te dirán que mientes si dices media verdad; y si, criticándote a ti mismo, algún día dijeras la verdad completa, te dirían que mientes dos veces porque has dicho la otra mitad.


2.

            Algunos autores, como Adela Cortina, están embarcados en una teoría de la democracia deliberativa. Comparto ese punto de vista, pero sólo es aplicable a las personas que:

(1)   Están informadas o dispuestas a informarse.
(2)   Están dispuestas a debatir.
(3)   Están dispuestas a aparcar sus intereses y guiarse sólo por la razón.

Individualmente todos admiten el imperativo categórico; en cuanto a la acción comunicativa, suponemos que aceptan los requisitos exigidos por Habermas. Esto afecta a algunos profesionales de la política (pocos, porque la mayoría son correas de transmisión de las consignas de los partidos); y a una parte, más exigua que numerosa, de la opinión pública (pues la mayoría tiene la razón cegada por la necesidad o por la ignorancia, y algunas veces también por las consignas de los partidos que dicen defenderlos).
La mayoría de la población o se desentiende de la política o practica lo que podría llamarse una democracia afectiva: democracia, porque se expresa el pueblo; afectiva, porque el pueblo no hace caso a la razón, y escucha a veces al corazón pero sobre todo, la mayoría de las veces, escucha sólo la voz de las tripas: en lo que coincide con otra parte de los políticos y de la opinión pública, obnubilados, no ya por la necesidad (porque no la tienen), sino más bien por sus intereses y su avaricia.
            La información es uno de los motores de la acción. Pero la pasión por la verdad solamente dinamiza a una minoría; la mayoría se emociona por esas historias que tienen grabadas, en el estómago más que en la cabeza, y que se empeñan en elevar al rango de verdades aunque no resistan la comparación con los hechos ni con la lógica. La gran mayoría quizá no sea analfabeta, pero sí inculta; y, a falta de conocer y recordar la historia que ha estudiado, está dispuesta a aceptar como verdades afirmaciones interesadas y gratuitas; esas historias llegan a las tripas después de pasar por el corazón, y van engrosando el fanatismo. Por eso la historia se repite: porque sólo la recuerdan unos pocos expertos e intelectuales y los demás la reviven como si nadie nunca la hubiera vivido; los pasos que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial desde la crisis del 29 se vuelven a dar en parte con la crisis del 2008, pero para la mayoría de la población es como si nunca en la historia se hubiera transitado, después de una crisis económica, desde la depresión social primero, política luego, y por último una exaltación de la xenofobia y la agresividad como antesala de un nuevo totalitarismo.
            Los pueblos tienen la memoria corta; los expertos no; por eso la historia se repite. El motor de los corazones guiados por las tripas es la falsedad convertida en propaganda: y en esto la opinión pública tampoco quiere ni sabe muchas veces emplear la lógica para despertar el espíritu crítico: unos porque tienen demasiada hambre, otros porque los embrutece un trabajo que les roba el tiempo y no les da lo suficiente para vivir, y otros porque, por las razones que sea, están acostumbrados a no pensar. Estamos hablando de la gran mayoría: ¿qué importa que con una minoría sí funcione la democracia deliberativa? La decisión más sensata la puede derrumbar con su voto un pueblo enloquecido.
            Toda ideología tiene un núcleo afectivo que se considera sagrado, y por lo tanto intangible: dios en las religiones, la patria en el nacionalismo. Los mejores argumentos sólo valen cuando sirven para apuntalar este corazón emocionante de las ideologías; en la Edad Media los mejores filósofos sólo eran tenidos en cuenta cuando reforzaban los dogmas urdidos por los teólogos; en caso contrario eran perseguidos sin piedad. Hay que desear que, con la metadona de la crítica, la razón sea capaz de derrumbar los peligrosos prejuicios de Cataluña; los que han destruido la grandeza de su mundo; de los que han reducido la patria a una sardana, una senyera y una barretina; los que han enfrentado a los catalanes entre sí para defender los intereses de unos cuantos, encarnados en las tripas de una masa a la que espolean, como espitas peligrosas, sin darse cuenta de que son marionetas y sus déspotas son los que mueven los hilos; todo lo soportan con tan de que sea de casa; hasta el despotismo. Y la crítica, unida a la metadona de la razón, es la única que puede parar este delirio; pero lleva tiempo; quizá perdamos una generación, olvidándose de lo que importa y peleando, ¡qué ironía!, por absurdos que una mente sana identificaría rápidamente como payasadas de los circos.


Epílogo.

            Un ejemplo de conversación en cualquier lugar, en cualquier momento, impregnada por el virus de la propaganda, que carcome todos los brotes de la crítica:

            -Los catalanes tienen derecho a separarse del resto de España.
            -Pero no desobedeciendo a la constitución.
            -Hay que combatir las leyes con la libertad.
            -La constitución la votamos libremente entre todos, por una gran mayoría; la votó la mayoría de los catalanes.
            -Pero ahora no la quieren.
            -No la quiere la mitad; la otra mitad sí; y aunque no la quieran, no pueden dejar de cumplir con sus compromisos; ellos también firmaron la constitución y te recuerdo que dos de los padres de la patria eran catalanes.
            -Pero somos republicanos.
            -Tenemos un rey.
            -Un rey impuesto por Franco.
            -Ése no es el rey que tenemos; el que tenemos es el que puso la constitución, que casualmente es el mismo que puso Franco; y lo votaron los propios catalanes.
            -Pues ahora se sienten republicanos.
            -Entonces habrá que reformar la constitución; pero no por las bravas, sino por el diálogo.
            -Los catalanes tienen derecho a decidir.
            -Pero no violando la constitución.
            -La constitución la viola España.
            -¿Ah, sí? Explícamelo.
            -La constitución dice que no tiene que haber paro, y lo hay; por lo tanto el gobierno no respeta la constitución.
            -Te equivocas. Lo que dice la constitución es que hay que promover el pleno empleo, pero por mucho que lo intentemos nada nos garantiza que lo consigamos. Sería bonito que una constitución mandara crear una clase media y criticáramos a los gobiernos que no lo consiguen por mucho que lo intenten; la clase media no se crea por decreto, la constitución no es una varita mágica que hace realidades con los deseos; es como si un colegio quisiese que aprobaran todos los alumnos y luego sancionáramos a los profesores porque algunos han suspendido; a menos que consideres ético que se regale el aprobado general sin que los alumnos lo merezcan; lo que sí podemos hacer es criticar a los profesores que no hacen bien su trabajo, pero aunque se hagan las cosas bien, eso no nos garantiza el éxito en nuestros objetivos.
            Silencio. Luego vuelve a decir:
            -Pues en España hay paro: de modo que no se respeta la constitución.
            Zas: en la boca; como si esta conversación no hubiera servido para nada. El joven empecinado, al margen de la racionalidad, repite la consigna de su partido. Se queda tan oreado. Y no tiene sentido del ridículo.




viernes, 26 de octubre de 2018

A VUELTAS CON OCCAM: LAS IDENTIDADES COLECTIVAS





A VUELTAS CON OCCAM:
LAS IDENTIDADES COLECTIVAS

    
            Eso de las identidades colectivas es una tontería. Las identidades no existen. El principio de identidad sólo sirve para la lógica, y la lógica no trabaja con realidades; sus sujetos y sus predicados son realidades vacías; no son ni conceptos siquiera, sólo lugares que pueden ser ocupados por conceptos o individuos, y que son designados por nombres arbitrarios. La realidad es cambiante. La realidad es poliédrica. Tiene mil caras.

            La policía quiere que me identifique. Para ello le doy mi documento de identidad. En él hay una foto: la mía. Pero yo he tenido muchas caras que no se parecen a la de la foto; por ejemplo, la que tuve a los tres meses de nacer. ¿Existe una cara que pueda decir que es mía? Todas las que he tenido. ¿Y cuál de ellas es “mi” cara? Ninguna. Ninguna me identifica con exclusión de las otras. Eso de tener una cara que te identifique de modo definitivo es una quimera. Yo no tengo una cara que me caracterice a través de los años, mi cara es una realidad cambiante; quien vea mi rostro a los ochenta años es muy probable que no reconozca en él la cara que tenía cuando nací. Y lo mismo que le pasa a mi cara le pasa a mi carácter; mi persona no es una naturaleza ya hecha, sino una naturaleza cambiante; mi identidad es la historia de la naturaleza que tenía cuando nací. La historia de mis potencialidades.
            Por eso los documentos de identidad se renuevan cada varios años: para actualizar la imagen de mi cara a medida que cambia. Miremos la que tengo ahora: ¿es ésa mi cara de verdad? Tampoco podemos decirlo. Sí estoy de frente no estoy de perfil, y según la iluminación que tenga aparecerán unos rasgos u otros; pero nunca aparecerán en la foto todos mis rasgos. La realidad es poliédrica. Tiene mil caras. Lo único que hay entre ellas es cierto aire de familia.
            Y lo mismo que no existen las identidades individuales, tampoco existen las identidades colectivas ¿Qué es Grecia? ¿La mesura del doríforo, o el Laoconte y la desmesura? ¿El equilibrio de la época clásica o las figuras retorcidas del arte helenístico? Nietzsche no reconoció a Grecia en el clasicismo de Apolo, sino en el arcaismo de Dionysos. Si alguien decide que Grecia es el siglo de Pericles le estará prohibiendo reconocerse en la época arcaica, y en el helenismo. Forjar una ideología identitaria es escoger por modelo una de las mil caras que tiene un país y obligar a todo el mundo a reconocerse en ella, olvidándose de las otras; reduciendo a una cara esquemática las muchas caras que tiene la riqueza de la vida.
            Y lo que es más grave, la ideología identitaria nos impide evolucionar. Nos obliga a parecernos eternamente a lo que hemos decidido que sea la identidad de nuestra cultura. Grecia cambió al pasar del arcaísmo al helenismo. Si la hubieran obligado a detenerse en el siglo de Pericles, Grecia nunca habría sido helenística. Si me hubieran impedido crecer cuando tenía cuatro años, jamás habría sido un adolescente. Y si me obligan a vivir en la época de los reyes católicos, jamás habría vivido en el siglo veinte.
            La identidad no existe, porque el tiempo la disuelve; como sostenía Heráclito, todo fluye; y no nos bañamos dos veces en  el mismo río. Pero es que la identidad tampoco existe en el espacio, en el momento presente, fuera del tiempo. El presente es una suma de contradicciones tensadas en lucha y la imagen que tenemos es una imagen que de momento ha triunfado sobre las miles de imágenes que luchan entre sí; pero posiblemente mañana triunfará otra; y mañana cambie la imagen que tenemos de nosotros mismos. Nuestra identidad tiene mil caras, y no somos idénticos a nosotros mismos, cada una de nuestras caras es distinta a las demás.
            ¿Significa eso que no podemos defender nuestras identidades? En absoluto. Mi identidad es mi rostro en el momento presente, en mi tiempo. Si alguien atenta contra ella me estará prohibiendo evolucionar a mi ritmo, obligándome a hacerlo al ritmo suyo; o lo que es lo mismo, somete mi sensibilidad, mi voluntad y mi inteligencia a su voluntad y a su sentimiento; quiere que sienta y piense como él. Contra el nacionalismo que me impone su identidad, la identidad se afirma en continuo cambio. Cuando un vasco o un catalán defienden su identidad colectiva, frecuentemente defienden su derecho a dejar de ser dinámicos; y lo que deberían hacer es rescatar el dinamismo que tuvieron frente a las prohibiciones del franquismo, aquel dinamismo que han perdido después a manos de las prohibiciones de su nacionalismo propio. Defender una identidad colectiva suele ser el intercambio de un nacionalismo por otro; el nacionalismo foráneo es sustituido por el endógeno: y da pena ver cómo viejos y jóvenes gastan sus energías luchando por parecer siempre los mismos, por no cambiar de aspecto, por no poder ser de otra manera y no ser copias de lo que hemos sido hasta ahora, luchando por perder la libertad, luchando contra las cadenas extrañas mientras reclaman sin darse cuenta sus propias cadenas; lo que deberían hacer es romperlas. Pero ellos gritan: ¡que vivan las cadenas!
            Yo ya no soy el que era. Y no seré tampoco el que soy. Entre lo que soy ahora y lo que seré algún día, de todas formas ya he dejado de ser el que fui.






viernes, 19 de octubre de 2018

PERSEVERANCIA




            PERSEVERANCIA


            Ser constante es seguir esforzándose sin desfallecer. Hay quien, de manera decidida, emprende una tarea y al poco tiempo se ha cansado. Uno puede ser decidido sin perseverar, y hay quien no se decide y es flojo; pero el más flojo de todos es quien no termina las cosas que empieza.
            Ser capaz de hacer las cosas hasta el final es tener tesón, pues el mero hecho de perseverar requiere una fuerza que muchas veces no tenemos; pero quien, terminando todo lo que empieza, lo hace sin ganas, no lo tiene. Hay dos formas de tener tesón: una consiste en no abandonar la tarea, la segunda en hacerla con empeño. Se puede empeñar uno en hacer las cosas porque se siente ilusionado, pero también por disciplina: surge la disciplina cuando uno siente la obligación de trabajar y es capaz de cumplir aunque no le ilusione.
Procedamos, según esto, a precisar nuestras definiciones:
Constancia es mantener el esfuerzo.
Perseverancia es mantenerlo cuando nos tenemos que esforzar más.
Tesón es persistir en el empeño con una fuerza mucho mayor; entre la constancia, la perseverancia y el tesón habría una diferencia de grado, de menor a mayor.
El empeño son las ganas que tenemos de terminar una tarea, aunque no nos guste; el empeño puede ser constante, perseverante o hacerse con tesón, y puede estar motivado por la ilusión o por la disciplina.
Ilusión es la energía que evita que el esfuerzo se haga pesado; por el contrario, lo vuelve alegre, agradable y ligero.
Disciplina es la energía que nos mueve a terminar las cosas aunque no disfrutemos con ellas; la disciplina es una forma de sacrificio.
Sacrificio es renunciar a una cosa que nos gusta por otra que nos conviene, o que vale más, aunque no nos guste o nos guste menos.


Ejemplo 1. La inactividad. La abulia. El nihilismo.

            Hay quien empieza a leer una novela y, como no se siente enganchado por ella, la abandona: ha tomado la decisión de leerla, con lo que estaba decidido; pero no ha sido constante porque no ha podido seguir leyendo si la novela no lo cautivaba, si no lo atrapaba en sus redes como atrapan las arañas a la mosca; esa persona no puede hacer las cosas que no le ilusionan, incapaz de obligarse si no siente placer, y no puede someterse a disciplina. Algunos psicólogos dirán que es una persona inactiva; las personas no activas no paran cuando hacen cosas que las apasionan, pero demoran siempre la tarea si tienen que hacer algo que no les gusta; un alumno apasionado por la biología puede sacar sobresaliente en biología y suspender en todo lo demás.

Ejemplo 2. El tedio, el hastío. El spleen.

            Después de una arenga puede uno sentirse arrastrado a trabajar, pero en menos de un día pierde la energía acumulada y se esfuman las ganas; y lo que tan apasionadamente ha empezado cae en la inactividad y degenera en abulia; y en aburrimiento, que es el tono anímico que tenemos cuando no queremos hacer nada.

Ejemplo 3. Dueños de nuestro destino.

            Final de la champions. El Real Madrid perdía por uno a cero: faltaban tres minutos para terminar. Si hubieran dado el partido por perdido lo habrían perdido. Pero no se rindieron: y empataron en el tiempo de descuento. Forzaron la prórroga y se hundió el Atlético de Madrid y el Real Madrid se alzó con el triunfo.
            “Hasta el rabo todo es toro”, dice el refrán popular. Si nos rendimos antes de que acabe la batalla renunciamos a vencer. Si abandonamos, podremos achacar la derrota a nuestra mala suerte, pero perderemos, en realidad, porque no hemos querido seguir luchando; en el último minuto podemos cambiarlo todo aunque todo parezca perdido, sólo hay que persistir en el empeño: sólo tenemos que perseverar.

Ejemplo 4. El abandono.

            Hay alumnos que estudian y suspenden y eso sucede montones de veces. Y algunos que piensan que si, después de estudiar, han suspendido, entonces ¿para qué estudiar? Sucede sin embargo que el estudio no te garantiza el aprobado, pero la falta de estudio sí te asegura el suspenso: con total seguridad.
            Si el estudio no te garantiza el éxito al menos te lo hace más probable; y si persistes es más probable todavía que acabes aprobando, sólo tienes que ser constante; si de tanto ir el cántaro a la fuente se acaba rompiendo, también es cierto que de tanto esperar en la cola tiene que llegar el momento en que te toque. Es, simplemente, una cuestión de paciencia: de no abandonar nunca por mucho que tarde en llegar el éxito; mantenerse en la lucha es el único secreto, a veces la lucha ha de ser paciente: y perseverar.



viernes, 12 de octubre de 2018



EL LLANTO DEL LOBO


                                                           Lejos.

Brisa de azabache
y cielo entre colinas.

Muy lejos.

Lobo entre la noche
y solo por el día.

                                                           Llanto.

Luna que se para
y cielo que te mira,  
donde aúlla contra el viento
el joven lobo que camina.

                                                           Lobo.

Lobo lastimero
que en el viento loco aúlla.

                                                           Luna.

Lobo que a la loba
con las lágrimas decía:

                                                    -Dime, loba: tú que miras dentro
de las cosas de la vida,
¿qué ves en el pecho
de este lobo que te mira?

                                                    ¿Qué ves en la frente
si las lágrimas titilan
y te dejan en recuerdos
los temblores de la luna?

                                                    Pues yo, loba, loba,
que te quiero con locura,
tengo en mi pecho aradas
las semillas de la duda.

                                                    ¿Cuál es el desasosiego
que alborota mis heridas
sin saber por qué no puede
suspirar cuando me miras?

                                                    Este lobo está perdido
en la noche que te mira
sin poderte contemplar
porque el viento lo domina.

                                                    ¿Por qué no puedo quererte,
por qué la duda me grita?
Corazón, quieres quedarte,
y la frente andar perdida.  



                                                    ¿Por qué tengo tormentas
en el pecho de mi vida,
por qué los vendavales
no me dejan que te diga:

                                               que te quiero con el alma,
que me muero por tu vida,
pero el viento que me azota
me destroza y me domina?

                                                    ¿Por qué los latigazos
me sacuden con la duda,
por qué no me permiten
que te quiera con cordura?

                                                    Dime: ¿qué es el viento triste
que en sus ráfagas me mira
y me cruza a latigazos
el fragor del alma mía?

                                                    ¿Por qué no puedo quererte
si es la cosa más sencilla,
y te alejan de mi lado
las tormentas que me nublan?

                                                           Lejos.
                                                           Muy lejos.
Llanto, lobo, luna.

                                                    Este lobo enamorado
que en el alma tiene heridas.
¡Ven, mi loba, ven,
ven, abrázame,
caliéntame en los fríos  
de mi vida!

                                                           Lejos.
                                                           Muy lejos.
Llanto, lobo, luna.
Muy lejos, que te marchas,
yo te quiero:
                                                           furia.
Llanto, lobo, luna.


Brisa de azabache
y cielo entre colinas,
lobo entre la noche
que navega por el día.

     Luna que se para
en un cielo que te mira 
donde aúlla contra el viento
el joven lobo que camina.

     Lobo lastimero
que en el viento sólo aúlla.

                                                           Luna.




viernes, 5 de octubre de 2018



La impertinencia de la lechuza.  
Esta vez le toca el turno a Tomás de Aquino, que, como veremos, también se equivocó.


LAS VÍAS TOMISTAS
O LOS CAMINOS SIN SALIDA DE SANTO TOMÁS


1. Las evidencias.

            Una proposición es una oración que puede ser verdadera o falsa: llueve, tengo hambre, hace frío… Hay una clase especial de proposiciones que son las que se construyen con el verbo ser y emparentadas: soy estudiante, me siento triste, estoy cansado… Son las oraciones atributivas. Esas oraciones, cuando el predicado está incluido en el sujeto, decimos que son evidentes; y por extensión lo son el resto de oraciones predicativas. Es evidente que cuando suba la temperatura se fundirá la nieve convirtiéndose en agua, porque la nieve es agua semicongelada; que cuando se produce un impulso nervioso hay desplazamiento de iones, porque el impulso tiene naturaleza eléctrica; que el ATP contiene fósforo, porque es adenosín trifostafo; que Cataluña es España, porque España es el conjunto de sus regiones y entre ellas se encuentra Cataluña; o que el Cid vivió en la Edad Media porque la Edad Media se extiende entre el siglo V y el XV, y el Cid vivió en el siglo X.
            Ya lo decía Santo Tomás: una proposición es evidente cuando el predicado está incluido en el sujeto. Si conocemos el sujeto seremos capaces de comprender esa evidencia, y si sabemos que la sangre es un compuesto de plasma, leucocitos, hematíes y plaquetas, nos parecerá obvio que contiene plaquetas; eso será evidente para nosotros porque lo habíamos estudiado ya, porque las plaquetas están en la definición misma de sangre; pero para quien no sepa lo que es la sangre no será obvio que contiene plaquetas. Para cada uno será evidente lo que ha aprendido, porque reconocerá en el predicado lo mismo que habíamos puesto en la definición del sujeto.
            Pero hay evidencias que no hemos tenido que aprender nunca. Es evidente que todos los puntos de una circunferencia equidistan del centro porque así es como concebimos la circunferencia; es, intuitivamente, lo que todos entendemos por circunferencia, aunque no hayamos ido a la escuela para aprenderlo. Si acudimos a la experiencia, quienes hayan visto una rueda lo pueden confirmar, porque tiene los radios siempre a la misma distancia del eje; si una rueda tuviera los radios más largos por un lado que por otro no sería una rueda, no rodaría: se frenaría en el suelo.
            Hay, pues, evidencias innatas y evidencias aprendidas. Entre las primeras se encuentra el axioma de que el todo es mayor que las partes; entre las segundas, que los ácidos tienen un pH negativo, porque lo sabemos medir con papel de tornasol. Si definimos algo de cierta manera, a todos nos parecerá que el sujeto contendrá alguno de los rasgos que hemos metido en la definición; si definimos el cocido como algo que contiene garbanzos y carne nos parecerá evidente que tiene garbanzos (y carne también, por supuesto, pero no le faltarán nunca los garbanzos). Nuestras evidencias son el conjunto de cosas que hemos aprendido; lo que nos queda por aprender no será evidente por más que en sí mismo lo sea, por más que todas esas cosas sean evidentes en sí mismas; aunque eran obvias las retrogradaciones de Marte para quien las había visto, no lo eran para quienes no habían vivido esa experiencia.
            Las cosas que nos parecen evidentes porque así las hemos visto son, para nosotros, conocimientos a posteriori (pues dependen de la experiencia). Las que no proceden de la experiencia son evidencias innatas, conocimientos a priori, sean afectivos o intelectuales; por ejemplo, que cinco minutos antes de morir todavía estaré vivo; que si tuerzo una barra de hierro ya no estará derecha; o que la luz del sol no se puede ver de noche (porque sabemos que la noche es precisamente la falta de sol). Todas las evidencias, sean a priori o a posteriori, pueden ser descubiertas por análisis; analizar las cosas es descomponerlas en partes y descubrir entre ellas la que estábamos buscando; o descomponer el sujeto para encontrar en él lo que pusimos en el predicado.


            Sea, por ejemplo, la proposición “dios es su existencia”; si la analizo veo en seguida que necesariamente dios tiene que existir, porque es así como lo hemos definido. El problema es saber si tienen que existir las cosas que definimos. Si digo que un dragón es una cabeza de lagarto, un cuerpo de serpiente, una cresta de dinosaurio y una boca que echa fuego, es evidente (o lo que es lo mismo: está claro) que ese dragón tiene que existir en mi cabeza. Pero si digo que dios es su existencia fuera de mi pensamiento, ¿tiene dios que tener esa existencia extramental que mi mente ha pensado? ¿Puede pensar mi mente una existencia extramental? ¿Tiene derecho mi pensamiento a pensar cosas que existen fuera de él? Si la respuesta a esta pregunta fuera positiva, habríamos demostrado la existencia de dios; o más bien habríamos demostrado la existencia de lo designado por la palabra “dios”, en la que no tenemos derecho a asociar la existencia extramental de otros contenidos mentales como el dios de la Biblia, que ya no son contenidos lógicos, sino representaciones psicológicas y culturales. Existe, pues, algo que es su propia existencia, pero no sabemos qué es. Su naturaleza es un enigma. Estamos hablando de evidencias intelectuales.
            ¿Existen también las evidencias afectivas? Es evidente que nadie se quiere morir. Y que la muerte, como fin de la vida, es al mismo tiempo el fin de la existencia. Si el fin de la vida nos da pena, la vida, evidentemente, no puede ser sino alegría. La alegría es una evidencia afectiva, y en este caso es una alegría vital. Siento, luego existo. Sentir es sentirse impulsado hacia la existencia como pensar es sentirse vivo, permanecer en la existencia, existir.  Pienso, luego existo: pensar es sentir que uno está en el mundo, es evidente. Pero sentir es buscar el mundo, ansiarlo, anhelarlo, apegarse a él. Saber que existo porque pienso no es más que sentir que el pensamiento me tiene anclado en la existencia: esa evidencia es el sentimiento (sentimiento de certeza, convicción espontánea, intuición, evidencia intelectual, absolutamente indubitable) de que estoy vivo; de que existo. Y sentir es la evidencia intuitiva del corazón de que soy un anhelo enganchado a la existencia, porque me aferro a ella con todas las fuerzas de mi ser. ¿Qué soy yo? Un ser pensante, decía Descartes; un ser sintiente, digo yo. ¿Y qué es dios? La existencia del dios bíblico, dijeron los teólogos; la existencia de un ser misterioso, digo yo. Pues bien, cada vez que analizamos ideas innatas que tienen una evidencia a priori estamos haciendo demostraciones de un tipo muy preciso; Santo Tomás las llamaba demostraciones propter quid.


2. Las demostraciones.

            También (nos dice Santo Tomás) existen las demostraciones quia; son las que no se centran en las definiciones, sino en la experiencia; las definiciones son, en cierto modo, experiencias mentales; lo que llamamos “experiencia” a secas son en realidad experiencias sensoriales interpretadas, y transportadas, por la mente; en suma, proposiciones sintéticas (donde el predicado no está incluido, por lo menos todavía, en el sujeto). Sé lo que es un neandertal, pero no sé todavía si los neandertales  hablaban; el predicado “hablar” no sabemos si formaba parte, o no, del sujeto “neandertal”. A las “demostraciones propter quid” nosotros podemos llamarlas “demostraciones lógicas” o “demostraciones por definición”; y a las “demostraciones quia” las llamaremos, en cambio, “demostraciones empíricas” (sería más correcto decir “lingüísticas”, en la medida en que nuestras percepciones no se transmiten por símbolos vacíos de significado, como son las variables de la lógica, sino con palabras con contenido sensorial, denotativo); o incluso “demostraciones por descubrimiento”; y evitaremos la utilización de términos confusos como “analítico” (el análisis puede ser de proposiciones a priori o a posteriori) y “sintético” (puesto que también hay síntesis lógicas, no sólo de observación mundana y extramental). Analizar definiciones no es lo mismo que analizar percepciones: en eso se distinguen estas dos formas de investigación.

3. Las vías tomistas.

            Santo Tomás intentó demostrar la existencia de dios a partir de la experiencia. Por varios caminos. En uno de ellos constata (todos lo podemos constatar) que no hay nada que se mueva sin una causa que lo empuje. Toda causa tiene su efecto, el cual a su vez causa otros efectos en el mundo: el aire es la causa de que vivan los hongos, los cuales son la causa, a su vez, de que fermente la leche. Podemos concluir que todos los fenómenos son causas intermedias entre una causa que les precede y otra que les sucede; como el rayo causante de la muerte del árbol ha sido causado, a su vez, por el choque de dos nubes de distinta carga eléctrica.
            Toda causa es anterior a su efecto, pues no sucede nunca que una bola de billar salga disparada antes de que otra bola choque contra ella. Y por eso no hay nada que sea causa de sí mismo, pues entonces sería anterior a sí mismo y eso sería imposible; una mano (como en el grabado de Escher) no puede dibujarse a sí misma porque entonces tendría que existir antes de dibujarse, es decir antes de darse la existencia: o sea, estar presente antes de hacerse presente; yo no puedo ser mi propio padre porque tendría que existir para engendrarme (para darme la vida) antes de cobrar vida en la existencia; se daría el absurdo de que tendría que existir antes de existir.
            También rechaza Santo Tomás que la cadena de las causas intermedias pueda ser infinita. Tiene que haber una causa primera porque sin ella no habría una causa segunda, ni tercera ni cuarta, ni existencia ninguna de las causas siguientes. El error de Santo Tomás es confundir la causa primera con la causa anterior. Todas las causas intermedias tienen que tener una causa que las preceda en el tiempo, de modo que todas tienen una causa anterior; pero como la cadena causal es infinita, nunca llegamos a una causa primera; de modo que todas las causas son producidas por una causa anterior pero ninguna tiene una causa primera, por la definición misma de infinito: una cadena causal es infinita cuando no tiene principio, ni tampoco final; que no existe ninguna causa primera lo hemos demostrado por definición, no por experiencia; y la demostración de Santo Tomás, que pretendía ser a posteriori (yendo de lo visible a lo invisible) se ha transformado, sin que santo Tomás se diera cuenta, en una demostración a priori (yendo de la definición a sus consecuencias); con ello cae en el platonismo al que combate, creyendo ser aristotélico en sus demostraciones: lo cual es, para él de una enorme inconsecuencia; aparte de perder también su coherencia. Pues del infinito no podemos tener experiencia alguna y no cabe ninguna demostración a posteriori sobre una experiencia que está fuera de la experiencia: Santo Tomás ha dado el salto de “muchos” a “todos” incurriendo, al contradecirse, en la eterna paradoja de la inducción. Y es que, como verá Kant, el universo es infinito y va más allá del conjunto de nuestras experiencias; contiene experiencias que no viviremos jamás, porque la muerte se encargará de que no podamos vivirlo todo.